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Filosofía desde la trinchera

 

 

            Cómo no estar de acuerdo con lo que dices, si es la pura verdad. Pero, si me has entendido bien, tanto en la reflexión, como en el comentario a Punset, yo he dicho lo mismo, pero con distintas palabras. Creo que no hay nada que añadir al esquema de reflexión que tú has hecho. Ahora bien, has dicho una cosa que para mí es muy importante y con la que estoy absolutamente de acuerdo. Es más, es algo que me preocupa tremendamente. El tema de la religión. Estamos de acuerdo que la religión, en su modo catequesis, ya sea de la confesión que sea, debe estar fuera de la educación pública. Y que la democracia debe garantizar el acceso y la expresión a cualquier tipo de creencia. Pero, independientemente de esto, como señalas, la religión debe ser enseñada en los institutos. Eso es absolutamente cierto y necesario. Creo que estarás observando, como yo, el vacío y la ignorancia que sobre la dimensión religiosa de la persona, de la cultura en general, y de la civilización occidental, en particular, tienen los jóvenes. Sin estos conocimientos no pueden entender nunca la realidad en que se mueven, ni como hemos llegado a donde estamos, ni cuales son los mitos –tremendamente inferiores- que sustituyen a la creencia religiosa y a su aporte ético a la historia de la humanidad y, en nuestro caso, insisto, de occidente. La historia de las ideas, no sólo de la filosofía, es imposible que se entienda sin la religión. Toda la cultura está inmersa en la religión. El hombre es un ser religioso desde sus inicios. Las religiones nos salvan o nos convierten en fanáticos. Pero las pseudoreligiones de hoy en día nos esclavizan y nos hacen inconscientes e ignorantes y la progresía de izquierda, como tú dices, ha hecho mucho daño al respecto. Ahora, se despachan con una alternativa a la religión católica o evangélica con una asignatura de historia y cultura de las religiones. Eso es mera pose. Como hemos hablado muchas veces, la religión es mucho más influyente en la humanidad y en occidente que las matemáticas. Sin embargo la razón instrumental y el mito del progreso han desterrado esta dimensión, cayendo en otro mito, el de la barbarie de la tecnociencia, la economía y el beneficio…

Coincido con Punset en que la crisis profunda está en la educación. Pero no participo de su análisis. La educación debe formar la inteligencia instrumental, social y emocional. Todas, por supuesto. Pero lo fundamental de la educación es que debe trasmitir valores auténticos de libertad y dignidad. Lo que el señor Punset nos dice es que el maestro debe hacer más hincapié en la educación de la inteligencia social y emocional. Yo pienso, que salvo en las dictaduras, el maestro educa, y los padres, en gran medida, este tipo de desarrollo social y psicológico. Quizás sin saber nada de estas teorías. Ahora bien, lo que se desprende del discurso de Punset es que los alumnos serán educados, en el fondo, en la adaptabilidad. De la inteligencia emocional y social de la que habla es aquella que facilita la cooperación, la adaptación a las situaciones conflictiva. En definitiva, la normalización y uniformización de los individuos. Creo que esto extirpa la diferencia, la genialidad, la rebeldía. El conocimiento, por sí mismo, produce todos estos efectos. La negación de la transmisión de conocimientos en pos de destrezas sociales y emocionales, no es más que una forma de control de los individuos. La instrumentalización de la ciencia quiere reducir al individuo, a través de la enseñanza, a un instrumento, un objeto maleable del sistema. La razón instrumental llega a la enseñanza de manos de la ciencia y quiere reducir a la persona a un medio, olvidándose de que toda persona es un fin en sí mismo. La educación, y más en la infancia, es un arte en el que hay que compaginar los afectos con los conocimientos, es una forma de ayudar al alumno a liberarse de sus pasiones pero, precisamente, por el autoconrtrol; esto es, la educación de la voluntad. Pero la ciencia reduce a recetas instrumentales la inmensa complejidad de la transmisión de valores y conocimientos. En la educación está ocurriendo lo mismo que ya ha ocurrido en la medicina, se está deshumanizando a causa de la instrumentalización científica. En el caso de la medicina algo hemos ganado en eficacia. Pero en la educación lo que ganaremos es la adaptabilidad y disponibilidad del futuro ciudadano al mundo cambiante regido por el capital. Y esto último que digo es a lo que se reduce el mito de Bolonia o el espacio común educativo europeo: una farsa de las empresas y un engaño de los políticos. Las opiniones como las de Punset favorecen esta tecnobarbarie educativa.

 

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            La cuarta entrega de Michel Onfray “Los ultras de la ilustración. Una contrahistoria de la filosofía”, es, como los volúmenes anteriores, fantástico. La filosofía y la historia de ella no es como se nos enseña en los institutos ni en las universidades. La filosofía va más allá del círculo academicista. Existen otras historias de la filosofía que no son la dominante y que no es más que una versión hegemónica y políticamente correcta del pensamiento. En el caso de la ilustración nos hemos quedado con la imagen de los que podríamos decir eran tibios en sus tesis, los que no llegaron al fondo. Por eso en la ilustración se nos dice que lo que se defendía era el deísmo, no el materialismo y el ateísmo. Los nombres de la ilustración Rousseau, d´Alambert, Voltaire, Kant, Diderot, todos ellos se quedan a medio camino, por muy importantes que fuesen sus enseñanzas. Todos pecaban de no haber sido capaces de sacudirse del todo el cristianismo ni el idealismo, así como de ser excesivamente eurocéntricos. Las luces de la razón eran para el docto europeo, no para el resto de las personas. Se seguía creyendo en un dios necesario para el funcionamiento del mundo, el deísmo, no se supo dar el paso hacia el ateísmo, como lo hizo anteriormente Spinoza. Incluso, aunque se llega al agnosticismo, como en Kant, dios y el alma son postulados de la razón práctica, es decir, de la ética. Ya digo, los ilustrados que la historia oficial ha considerados las figuras mayores no llegan a las últimas consecuencias, son demasiado tibios. Pero lo que este contramanual de historia de la filosofía nos narra son los pensamientos de otros ilustrados que sí llegaron al materialismo, al ateismo, y al hedonismo, éste último, como salida ética. Estos sí rompieron con el cristianismo y su ética del resentimiento y la resignación y con el idealismo platónico asociado. Todos estos pensadores, que son considerados menores, produjeron un tremendo influjo en la época. Pero la reconstrucción racional del pensamiento, siempre conservador y políticamente correcto, los relegó a un segundo plano. Michel Onfray, antiguo profesor de instituto, con más de cuarenta libros a las espaldas está realizando una inmensa labor en dos sentidos. Está construyendo una contrahistoria de la filosofía no oficial que bucea en los pensamientos de pensadores considerados por los poderes establecidos de segundo orden, pero que, al adentrarnos en ellos vemos que son de primerísimo calidad, además de más radicales y rebeldes, menos dóciles al poder. En segundo lugar, practica una filosofía antiacadémica. El academicismo es la muerte del pensamiento: es doxografía, historiografía y nada más. La filosofía tiene problemas reales que resolver y a los que enfrentarse, problemas que son perennes en la historia de la humanidad, pero que cada época de la historia necesita de una respuesta adecuada. Ésta, junto con la tarea de desenmascarar el engaño, es una de las misiones imprescindibles del pensamiento hoy en día.

Amigo y compañero Fernando, tus disculpas no son en absoluto necesarias. Tus comentarios no me molestaron, sólo que no eran argumentos referentes a los que yo esgrimía y, además, había una falsedad, lo del consejo de redacción. Por eso insistí en que he sido colaborador de otros medios de información…siempre sólo colaborador. Coincido contigo en que no existe la independencia o la neutralidad, pero sí la objetividad y la pluralidad y esto es necesario perseguirlo en una sociedad democrática. Esto lo compartimos. En cuanto a mí, no pertenezco a ningún tipo de ideología, persigo y analizo ideas. Intelectualmente soy un escéptico: aquel que busca. Pero lo más característico del escéptico es que va contra todos los dogmas y creencias establecidas. Esa es su misión de desenmascarar las verdades establecidas, pero no ofrece ninguna. Además la filosofía no es el ámbito de la verdad, sino de la crítica. La búsqueda de la verdad es algo que corresponde a la ciencia. Por otro lado, te agradezco tus halagos, pero aquí, igual que tu (quizás tú más que yo porque te dedicas a la política activa) cumplo el deber del ciudadano que se mezcla con el del filósofo visto desde la personalidad socrática. Pero como decía Diógenes el perro es mejor un bastonazo que un halago. El primero te despierta y te hace mejorar, el segundo provoca que te duermas en los laureles. Así que con tu permiso y abusando de tu tiempo, que ahora debe ser escaso, paso a tus bastonazos.

 

            Ahora sí presentas verdaderos argumentos. Pero, de entrada, hay un problema, no respondes a ninguno de los míos, muestras otros muy consistentes, pero, ni por asomo, te refieres a los que yo defiendo. Pero, en fin, como creo que tus argumentos son muy buenos y, además, antiguos y de gran importancia y, en parte, no resueltos, como todo en la ética y la política, por eso es más fácil la resolución de problemas científicos, a la larga se solucionan. Los ético-políticos son los problemas perennes de la humanidad. Una de las cosas que señalas, perdona que no siga el orden de tu exposición, es que los políticos son necesarios. Efectivamente, yo no lo he dudado en ningún momento. La organización que tenemos así lo hace preciso. Y no sé si puede haber otra forma en la que los políticos no sean necesarios. Creo que si eliminamos al político caemos en una dictadura (cosa que está ocurriendo con el determinismo del mercado y la tecnociencia), lo cual no exime de que las actuales democracias neoliberales sean totalitarismos encubiertos o débiles. Los políticos son necesarios. Pero lo que yo he sugerido es que es necesario cambiar la democracia y la forma de hacer política. Considerar que la política que tenemos hoy en día es la que hay, y no se puede cambiar, es un derrotismo. La política que tenemos no es que se pueda cambiar, es que se debe cambiar. Es necesario un giro radical en el que la política, inspirada por la ética, domine a la economía. Ahora bien, si nuestro señor presidente nos dice que los mercados mandan, entonces está excluyendo precisamente el papel del político que es el que yo reivindico. En segundo lugar, la regeneración de la democracia tiene que pasar de una democracia, meramente ritual, a una democracia como forma de vida. Y esto es mucho más difícil.

 

            Otra idea que señalas y en la que creo que te equivocas porque, además, es un prejuicio muy extendido, es la diferenciación entre las ideas puras y la realidad. No existen esas ideas puras, ni ese político puro, ni siquiera las ideas de las matemáticas habitan en un mundo de las ideas platónico. Están encarnadas en la misma realidad y, a través del conocimiento científico, sirven para transformarla. Pero a lo que me quiero referir es que las ideas éticas y políticas son respuestas a problemáticas históricas muy concretas. Son pensamientos sobre la realidad social que influyen en ella directamente y, por diversos caminos, uno de ellos es la política. Y, además, lo que el intelectual, pensador, filósofo o como lo quieras llamar debe hacer es estar vigilante ante estas ideas, porque todas las ideas tienen consecuencia, no son ni vacías, ni puras, ni neutrales. Actúan directamente en la realidad de la que, por lo demás, han salido. Las ideas no se pueden descontextualizar nunca, eso es un tremendo error. Como digo, las ideas tienen consecuencias y el problema es que algunas de ellas tienen consecuencias nefastas para el hombre e, incluso, para la humanidad. El fascismo y el totalitarismo comunista proceden de ideas que comienzan a gestarse en la modernidad y que cuajan en el siglo XIX, y alcanzan su desarrollo en el siglo XX. El neoliberalismo, arranca de principios de siglo, aunque los que detonan políticamente su desarrollo hace cuarenta años sean Thacher y Reagan. Ellos no fueron los fundadores de estas ideas tan peligrosas y engañosas que en muchos lugares he analizado. La idea del pensamiento único, del fin de la historia, del determinismo tecnológico y económico también surgen de la realidad para repercutir en ella con un grave daño para la humanidad. Las consecuencias de estas ideas las conocemos por la historia, las hemos vivido y las seguimos padeciendo. Ojo, las últimas que he mencionado eliminan el papel de la política y el político, que se convertiría en un mero administrador. Por eso, en su momento, las he combatido porque creo en la necesidad de la política, del político y de la intervención de los ciudadanos, en definitiva, en la libertad. Curiosamente, a mis alumnos les digo que la actividad más noble, en el sentido griego, es la política, ser un político (ciudadano). Como sabes la juventud suele ser reacia a la política. Generalmente piensan mal del político y dicen que no se puede hacer nada. Frente a eso yo lo que hago es animarlos a participar en la política, como ciudadanos activos y como militantes de los partidos para que, si no les gustan, puedan cambiar la estructura de los partidos y de la política desde dentro. Hay que aprovechar el idealismo de la juventud, aunque, desgraciadamente, éste cada vez brilla más por su ausencia. El joven es cada vez más pragmático y más maleable (adaptable) para eso está siendo educado, dicho sea de paso.

 

            Otra cosa en la que discrepamos es en el papel de la mayoría, o del pueblo en las democracias. Tú consideras que los filósofos nos equivocamos porque consideramos que el pueblo es tonto. Hombre, yo nunca he dicho esto. Y consideras que al final el pueblo tiene la razón y que pone a cada uno en su sitio. Creo que cometes dos errores. Todos los ciudadanos, y digo todos, somos mucho más estúpidos de lo que creemos. No estamos informados, ni pretendemos estarlo y, probablemente el trabajo de ocho horas y la familia, no den tiempo para más. Los medios de comunicación son homogéneos y tienen dueño. Al pueblo se le engaña, como se ha hecho siempre. Tienes que profundizar en tus raíces de izquierda, que están en Marx, para comprender el concepto de ideología y alienación. Tanto el pueblo, como la clase política están alienados, tienen una falsa conciencia que procede de una ideología, que es una visión del mundo y de la sociedad acrítica. Los hombres preferimos que piensen por nosotros, que gobiernen otros. Y así se hace. Un pueblo cada vez más ilustrado es cada vez más libre. El problema es dónde está el límite de la ilustración. ¿Todo el mundo puede alcanzar esa autonomía y esa libertad? Éste es un tremendo problema de la filosofía política. ¿Quién tendría derecho al voto? A lo mejor, el voto universal no garantiza la libertad, si el pueblo está desinformado. Y lo está, por su propia voluntad, por imposibilidad material y por voluntad ajena: la intervención de diversos poderes. Por eso el ideal de una democracia republicana es la del gobierno del pueblo, pero ilustrado. Mi duda aquí es el tema de la ilustración. Tendría que haber un cambio social tremendo que hiciera posible la ilustración y el compromiso del ciudadano. Confío en que este cambio se pueda producir, como se produjo –y nadie daba un duro por ello- el paso del antiguo régimen a la democracia. (No ves, otras ideas que tuvieron tremendas consecuencias para la humanidad, en este caso altamente beneficiosas. Las ideas ilustradas: la formulación de los derechos del hombre y el surgimiento de una nueva forma de gobierno: la democracia)

 

            Y, por último, con respecto al pueblo dices que al final pone a cada uno en su sitio. Es decir, que implícitamente estás diciendo que el pueblo tiene la razón. Perdona que te diga pero esto es un error básico a la hora de entender el funcionamiento más elemental de la democracia. Para empezar, el pueblo, es una entidad inventada inexistente…pero no vamos a ir por este camino porque es muy complejo. Cuando se dijo, nosotros, el pueblo…pues resultaba que no eran todos, ya sabrás, negros, indios, mujeres… pero lo que yo quiero señalar es otra cosa. Si entendemos las democracias desde un punto de vista sólo procedimental, es decir, como un procedimiento para garantizar el gobierno sin utilización de la violencia; esto es, una democracia formal como la que tenemos, entonces el papel de la mayoría es el de garantizar la gobernabilidad. Pero el error lógico es confundir la gobernabilidad con la verdad. El pueblo elige a sus gobernantes, pone y quita a los partidos que “cree”, suponiéndolo absolutamente libre, que deben gobernar. Ahora bien, eso no implica que la mayoría tenga la razón. La mayoría puede estar equivocada y, además, tremenda y peligrosamente equivocada. El mito de las mayorías es altamente peligroso, porque establece como verdad absoluta lo que sólo es una opción temporal de gobierno. O, incluso, las mayorías muchas veces sirven no para poner a un gobernante, sino para quitar, sin utilizar la violencia, al que consideramos que lo está haciendo mal. La equiparación entre mayoría y verdad nos lleva al fascismo. El ejemplo más tremendo de la historia es el del nazismo alemán. Y hubo que utilizar la fuerza, esto es, métodos antidemocráticos para acabar con él. Los aliados lo hicieron posible, con el papel fundamental soviético y la ayuda del general invierno. Hasta 1941 todo lo que se podía pensar es que al mundo o, al menos, a Europa, le esperaban largos años de dictadura nazi, curiosamente, ésta procedía de la democracia y los ciudadanos estaban perfectamente engañados y habían hecho posible ese gobierno y apoyado todas sus decisiones. Y una gran mayoría de científicos y filósofos participaron de la masacre. Para que veas hasta donde llega el engaño y lo peligrosas que son las ideas, entre ellas, pensar que la mayoría puede tener la razón. La mayoría puede tener parte de razón, pero su papel es garantizar la gobernabilidad y la pluralidad.

 

Saludos, y muchas gracias de nuevo por hacer posible este debate que son muy raros entre políticos y filósofos. No hay ni buenos ni malos, ni verdad, ni mentira, hay perspectivas distintas de las que todos podemos aprender.

 

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            Leo un artículo de un compañero y amigo sobre educación. Defiende a toda costa la enseñanza pública y soy testigo de que no sólo lo hace teóricamente, sino que cuando ha tenido oportunidad lo ha hecho realizando una gran labor en su centro para que éste sea de calidad. Y yo, como compañero y amigo se lo agradezco. Defiendo las tesis fundamentales que él apoya, pero discrepo en algunos de sus diagnósticos sobre el mal de la educación pública. Defiende, a grosso modo cuatro tesis importantes: la prioridad de la enseñanza pública, la universalización de la educación, la igualdad de oportunidades y la eliminación de la religión del horario lectivo.

 

            En nada discrepo de estas tesis. Pienso que la enseñanza pública es la garantía de una sociedad democráticamente sana. A su vez, la democracia defiende la libertad de ideas y la libertad de mercado, por tanto, ahí tienen cabida la enseñanza privada. Concertar esta enseñanza es un engaño al ciudadano. La libertad de empresa debería hacer que los colegios privados se mantengan con sus ingresos, no con los del estado en detrimento de la enseñanza pública. Y hay un factor más, esos colegios concertados, muchos de ellos son religiosos, con lo cual proporcionan una enseñanza que no tiene nada que ver con el laicismo y la aconfesionalidad de la constitución. También defiendo la universalidad de la enseñanza. Todo ciudadano tiene derecho a la educación y eso es lo que hace posible la igualdad de oportunidades. El pobre, el débil, el marginal, si no accede a la educación sigue para siempre en la marginalidad. Es necesario fomentar esa igualdad de oportunidades. El problema aquí es que las diferentes leyes educativas no lo han hecho bien. La obligatoriedad de la enseñanza en su pretensión de salvaguardar la igualdad de oportunidades lo que ha producido ha sido un deterioro de la enseñanza. Y es aquí en donde discrepo con el autor. Éste considera que el mal en la educación y el prestigio de la enseñanza privada/concertada es causa del neoliberalismo. De ninguna de las maneras. Es la propia dinámica de la LOGSE-LOE, la que ha favorecido la quiebra de la enseñanza pública y, de rebote, el prestigio de la privada. Es curioso, que los gobiernos de izquierdas hayan sido los que más favor le hayan hecho a la enseñanza privada. Tampoco tenemos que olvidar aquí que el partido socialista comulga con el neoliberalismo, ha claudicado de la socialdemocracia. Y esto no es de ahora, que se ha puesto de redilas ante el mercado, sino que viene de lejos, como el autor sabe.

 

            Por supuesto que participo de la eliminación de la enseñanza religiosa en el horario lectivo. Es una de mis viejas luchas en pro del laicismo constitucional. La enseñanza de la religión en los centros públicos es otra de las pruebas de nuestro déficit democrático y de la no tan modélica transición.

 

Y, por último, no estoy de acuerdo con lo que el autor sostiene como modo de acción para mejorar la enseñanza pública: más formación del profesorado. Creo que esto es un engaño. La formación a la que el profesorado tiene acceso, además, sus sexenios dependen de ellos, es la de los centros de profesores y los sindicatos. No tiene nada que ver con su formación académica ni investigadora. La formación actual del profesorado es adoctrinamiento en la LOGSE-LOE. Un saludo muy afectuoso para el autor.

Hombre, Fernando, siendo profesor de matemáticas, desde luego que la lógica no es tu fuerte. Tus argumentos son ad hominem y, encima, engañosos. Primero, no pertenezco a ningún consejo de redacción de periódico alguno, ni nuevo ni viejo, por tanto, tu argumento, además de ser ad homnem es, mentira. Y como todo argumento ad hominem pretende la calumnia y no la argumentación en busca de conocimientos. Soy colaborador en ese periódico, como lo fui del periódico local, del que, de una manera u otra, fui invitado a salir. Como fui colaborador de la radio local con el programa “El sueño de la razón” y también, de alguna manera, no la mas idónea, tuve que abandonar. Bien es cierto que en los dos casos lo hice voluntariamente, nadie me forzó.

 

            Y, sí, por supuesto, hago política, en todos lados, como Sócrates. Es una de las cosas que he querido decir en mi comentario. Pero tú, tergiversas maliciosamente, porque confundes la política en el sentido filosófico, o, lo que es lo mismo, el deber de un buen ciudadano, con la política profesional que es de la que estamos hablando aquí. Por tanto, sacar la conclusión de que lo mío es un acto de cinismo es confundir los niveles de la palabra y la praxis política. Si no pretendes engañar a nadie, al menos te engañas, o no me entiendes. La defensa del partido y del líder te ciegan. Una vez que he refutado tu postura –aunque, como digo, no era necesario, porque tus argumentos son falacias ad hominem, te animo cordialmente a que critiques uno por uno mis argumentos, que no son pocos, ni endebles, y que se podrían rellenar empíricamente con una serie ilimitada de datos. Por otro lado, mis argumentos no son universales deductivos, son generalizaciones inductivas y principios filosófico-políticos, es decir, que no hablo de todo aquel que se dedica a la política, sino de la política como praxis…hay aquí una diferencia también de nivel. Tampoco puedo hablar del mundo de las intenciones privadas. Cada cual conoce las suyas. Lo que sí digo es que el infierno está empedrado de buenas intenciones…Un cordial saludo y gracias por tu comentario, me invita a pensar y a hacer política.

 

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            Magnífico el artículo de José Sánchez Tortosa: La teledemocracia. Nada creo que se le pueda añadir, si acaso abundar en sus ideas. Los medios de comunicación son medios de control del pensamiento. Crean el lenguaje que nos permite acceder a la realidad. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Esta sentencia wittgensteniana la han aprendido muy bien los que ocupan el poder. De lo que se trata es de controlar el pensamiento y el que tiene el control del pensamiento tienen el control de los ciudadanos. La paradoja es que los medios de información son medios de desinformación. Quien tiene los medios de información tiene el poder. En la sociedad de la información en la que se nos dice que vivimos es en la que menos información hay. En primer lugar los medios más tradicionales, como es el caso de la televisión, son máquinas ideológicas de reproducir los valores que al sistema de poder le interesa que el ciudadano asuma. Y los valores son la guía de nuestra acción. Una vez que la ciudadanía admite esos valores está ya controlada sin necesidad de cadenas. La democracia que de una ciudadanía teledirigida se puede esperar es la que realmente tenemos. La de un ciudadano ampliamente desinformado y que busca sólo sus intereses privados, sin tener la más mínima conciencia de la polis. Ese ciudadano, perfectamente maleable, es el que le interesa al poder político y al económico. Y, la información por sí sola, si la hubiese, es ciega. Es necesario el conocimiento. Pero este viene de la escuela, y ésta, como ahora lo está siendo la universidad, ha sido vaciada de contenido. Medios de comunicación y enseñanza son los instrumentos que el poder utiliza para adoctrinar y crear buenas conciencias de ciudadanos demócratas, tolerantes… Nada, todo lo que se fomenta es el relativismo absoluto, el que todo vale y, como consecuencia, el triunfo y el éxito del fuerte y el bochorno diario de la mediocridad.

            Leo en una entrevista a un político local en un nuevo periódico que la tarea más noble a la que se puede dedicar uno es a la política. Que se me perdone, pero con la que está cayendo y con la crisis de la democracia en la que vivimos esto es unas auténtica barbaridad. No sé si es cinismo político o autoengaño. Pero no voy a hacer argumentos ad hominen (falacias) si no que voy a argumentar la falsedad, ambigüedad y el cinismo de dicha sentencia. En primer lugar, por el principio constitucional de igualdad no creo que existan tareas más nobles que otras. Toda sociedad es un conjunto de interrelaciones que se necesitan las unas a las otras. No sé porqué un basurero realiza una tarea menos noble o digna (hay una sinonimia entre ambos términos) que un alcalde, médico o profesor. La nobleza y la dignidad residen en la persona, no en la actividad que realizan. Si uno se confunde con su actividad deja de ser hombre y se convierte en una caricatura, como ya nos recordase uno de los hombres más lúcido y libre de España: Miguel de Unamuno. Primero somos personas, después ciudadanos –que no se puede ser sin ser personas- y, por último, desempeñamos una tarea en la sociedad, un trabajo que siempre, de una manera u otra, repercute en el conjunto. Confundir nuestro ser, que tiene que ver con la libertad y la dignidad, con la función que realizamos viola el principio de igualdad y se instala en una aristocracia rancia, no en la aristocracia de la excelencia: la de la virtud cívica que esa sí la defiendo yo. La excelencia es algo que se conquista con el esfuerzo, no se otorga por el puesto o cargo que se desempeñe. Confundir esto es caer en una sociedad aristocrático-elitista-arbitraria y, como consecuencia, dictatorial. Este es el argumento ético-político de base, que, por lo demás, no habría que recordárselo a ningún político, claro está, si estos fuesen los excelentes. Pero me temo que no es el caso.

 

            En un sentido originario, allá cuando surge la democracia en Atenas, sin caer en idealizaciones, porque esta democracia también calló en manos de los demagogos y no era tan perfecta como se nos cuenta, la política era la actividad más noble a la que el ciudadano (hombre libre, no cualquiera) se podía dedicar. Pero no se pueden sacar las cosas de su contexto. La ciudad en griego se dice Polis, al habitante de la ciudad con derecho a participar en la asamblea, es decir, el hombre libre: no los esclavos, ni los extranjeros, ni las mujeres, se las llama polities: políticos. El político es el hombre libre. Libre, en principio, porque no necesita del trabajo manual para vivir, sus esclavos y posesiones se lo permiten. Por ello, todos los ciudadanos griegos (hombres libres) son políticos y gozan de la isonomía e isegoría. Esto es, de la igualdad ante la ley y de la igualdad de palabra o del uso de la misma en la asamblea. Hay que hacer notar que, cuando surge la democracia en Atenas, la igualdad no es ontológica, sino de expresión (el logos, la razón es lo común) y de ley (el imperio de la ley: todos somos iguales con respecto a ella) Ahora bien, la actividad política es la que debe ejercer todo ciudadano en cuanto tal, es su deber, participar en la gestión de la cosa pública. El idiota para el griego es el que sólo se preocupa de sí mismo, no del bien común. Esto es considerado un tremendo vicio para la mentalidad griega. Sería interesante pensar lo que un griego diría del común de los ciudadanos de las democracias actuales que han convertido al ciudadano en un individualista hedonista que no es capaz de ver más allá de su puro placer inmediato. Pero el ejercicio de la política es el ejercicio de la excelencia, esto es, de la virtud pública, que en los griegos no se distinguía de la vida privada. La única que reviste importancia es la vida en y para la polis. Pero además, esta democracia reconoce, y aparece con claridad en la oración fúnebre de Pericles, que quienes deben gobernar han de ser los más excelentes. Los que mejor hayan cultivado la virtud, los ciudadanos ejemplares. Todo esto está muy lejos de la política actual.

 

            Las cosas han cambiado mucho, nuestras democracias no son asamblearias, ni directas, ni participativas, ni republicanas, con lo cual la virtud de los políticos es algo que se presupone. No hay relación entre política y nobleza o excelencia. Si bien es cierto que la intención de algún político en principio es la res pública, el ejercicio real de la política elimina esta buena intención de entrada por la propia estructura del poder establecido. La política moderna emana de Maquiavelo, y recomiendo que se lea “El prícinpe” de este autor. Maquiavelo rompe la relación entre ética y política con su principio de realismo político, concretado en su famosa sentencia de que en la praxis política el fin justifica los medios. La política moderna es una política maquiavélica, no en el sentido peyorativo del término, sino en el sentido del realismo político que separa ética de política, porque, aunque existan vínculos de unión, no son lo mismo como ocurría en los griegos. Vivimos instalados en democracias liberales representativas. Los representantes de los ciudadanos que ejercen su “libertad” en el momento del voto cada cuatro años son los partidos. Estos son los que administran el poder que los ciudadanos les otorgan. Ahora bien, es de todos sabido que los ciudadanos no votan por el programa, que nadie lee, que los políticos no cumplen el programa, cuando no les conviene. Éste es papel mojado. Los políticos, tanto en el parlamento, cono en la campaña electoral entran en una dinámica de lucha por el poder. La polis, el bien común, está muy lejos de su conciencia. Hay algunos argumentos tumbativos en este sentido. En primer lugar, la ausencia total de democracia interna de los partidos. Dentro de los mismos partidos existe una lucha implacable por el poder. El disidente es expulsado porque rompe la homogeneidad del pensamiento único. No hay diálogo dentro de los partidos, hay obediencia al líder carismático. Las elecciones no se realizan con listas abiertas que permitirían que el ciudadano vote al que considere más excelente, independientemente del partido. Las listas son cerradas, con lo cual se vota al partido y al lider (carisma: oscurantismo) no a las personas (excelencia) ni al programa. Los partidos se han encargado de que esto funcione así para que exista una clase, la casta política, que vivan de la política y no para la polis. Eso de la nobleza brilla por su ausencia. Por otro lado, dentro de los partidos existe la obediencia a la línea defendida por el líder: obediencia de voto. No existe libertad dentro del partido. Esta obediencia garantiza el triunfo del grupo en contra de la libertad de pensamiento y la autocrítica. De aquí lo que se deduce es que además de eliminar la libertad individual, los partidos no persiguen el bien común, sino, el poder. Ése es el objetivo, por más que la demagogia nos quiera engañar, aunque incluso ellos, se autoengañen. Farsa, no democracia, es lo que tenemos.

 

            Por último, dos argumentos más. Los partidos mayoritarios no quieren, en primer lugar, una reforma de la ley electoral, ni una reforma de los partidos. Ambas reformas irían en contra de su lucha por el poder y a favor del bien común, lo cual si hablaría de su excelencia, nobleza y dignidad. Desarrollemos un poco esto. La ley de partidos garantiza la financiación de los mismos, entre muchas otras cosas, y las listas cerradas. La financiación es un tema altamente delicado. Los partidos políticos, como los sindicatos, no pueden mantenerse por sus afiliados y por la subvención pública, por ello necesitan de las donaciones privadas. Para mantener en marcha un partido mayoritario hace falta mucho dinero. Y aquí entra un factor importante. Quienes ganan las elecciones son los que cuentan con mayor financiación. Y esto abre las puertas directamente a la corrupción, por un lado, y a la alianza entre el poder político y el económico por otro. Creo que en estos teje y manejes de los partidos el bien común ni se les pasa por la imaginación. En segundo lugar, y en el caso de España, la reforma electoral, exigiría una mejor redistribución de la representatividad del voto que viola el principio democrático de una persona un voto. Ni los partidos mayoritarios, ni los nacionalistas, admiten una reforma de la ley electoral. Esto no es buscar el bien común, esto es perseguir el interés particular del partido y una amplia cuota de poder a costa de la falsa representatividad de los ciudadanos. La ley electoral es una de las mayores farsas democráticas que vivimos hoy en día que da lugar a la violación fundamental del principio básico de la democracia y establece un bipartidismo en el que lo que se da es una ausencia total de pluralidad de ideas y el triunfo de un pensamiento único. Si a esto le sumamos que los partidos se hacen con los medios de comunicación, entonces, lo que tenemos es una especie de fascismo que lo que pretende es mantener una partitocracia oligárquica. Esto es, una plutocracia. Esta forma de democracia liberal, que nuestros políticos defienden como una religión, lo que ha hecho ha sido vaciar de contenido la democracia y la ha reducido a un mero ritual. Como conclusión afirmo que defender que la actividad política es la acción más noble a la que se puede dedicar alguien, hoy en día, es ingenuidad, ignorancia, o, peor, cinismo.

            La improbabilidad de que seamos capaces de salvarnos de la catástrofe es la única esperanza que nos queda. No sería la primera vez en la historia que esto ocurrió. Dos ejemplos: la guerra contra los persas y la segunda guerra mundial.

            El descubrimiento de América no fue tal, sino una conquista y destrucción de las indias. Así lo prueba el historiador y amigo Esteban Mira Caballos en su última obra: “Conquista y destrucción de las indias.” Lo que los españoles realizaron en las Américas fue un auténtico etnocidio y genocidio como lúcidamente argumenta Esteban y documenta profusamente. El motivo último: el dinero. La ideología que lo motivaba, el cristianismo. Hoy en día los latinoamericanos siguen siendo los débiles y en nombre de la democracia el neoliberalismo hace estragos en la población. De nuevo el capital y las materias primas. Ahora la ideología es la sacrosanta democracia liberal, que llama populistas a Chaves o Evo Morales y que apoyó a dictadores como Pinochet. ¡Cuánta farsa y mentira! Nosotros no somos ejemplo de ninguna democracia. Somos los oligarcas y los fuertes, los inconcientes y conniventes. No existen paraísos, tampoco América lo era. Pero siempre es necesario estar al lado del débil, segura que tiene la razón, pues sólo pretende sobrevivir. Como dicen los teólogos de la liberación, que anteponen la justicia al dogma, “fuera de los pobres no hay salvación”.

La vida no tiene ningún sentido, salvo el biológico. Pero nos encontramos con una paradoja. El hombre es el animal del sentido. Nos empeñamos en dar sentido a nuestra existencia y a la historia. ¿Por qué sucede esto? Pues también tiene que ver con nuestra biología. Nuestra inteligencia es instrumental, con lo que objetualiza lo que nos rodea. Pero la instrumentalización de los objetos se hace conforme a proyectos. La inteligencia humana anticipa. Es decir, que no vivimos en el presente, que es la eternidad, la ausencia de tiempo, sino en el futuro que aún no es. El hombre es el inventor del tiempo. Y el tiempo es lo que nos da la conciencia de lo inacabado, de lo imperfecto. De ahí el origen de la infelicidad humana: el tiempo. Nos desvivimos por lo que no es. Pero es que, además, la incertidumbre de lo que no es, el futuro, está, como tal, abierta, ello nos lleva a buscar un sentido y una dirección. Pero la realidad natural es que no existe ningún sentido, salvo el imperativo biológico. Pero, dicho sea también de paso, nuestra especie, como cualquier otra es contingente, puede dejar de ser en cualquier momento. La diferencia fundamental con los animales y con los niños, es precisamente la noción de tiempo. Insisto en que la diferencia con los animales es de grado, no esencial. Los animales no viven en el tiempo, viven. No anticipan el futuro, están instalados en el ser, no en el devenir. En realidad lo único que hay es el ser. El devenir no es más que una conciencia incompleta de nuestro ser.

 

            Nuestra inteligencia ha servido para adaptarnos al medio, pero lleva aparejada sus contraindicaciones. La posibilidad de manipular y transformar el medio, para formar nuestro mundo, humanizar la naturaleza, nos ha hecho consciente de nuestra propia limitación, del tiempo y, con ello, de la muerte. Por eso toda la cultura no es más que un intento de dar sentido a la finitud humana, a su ser para la muerte. La condición humana, en este sentido, es de incompletad, es infelicidad. Toda promesa de felicidad no es más que un engaño y autoengaño. Es el peaje que tenemos que pagar por tener una inteligencia anticipadora. Ahora bien, como venimos diciendo, nuestra inteligencia es instrumental, anticipadora de los acontecimientos. Pero, curiosamente, esa inteligencia, más nuestro ser gregario y el lenguaje que lo mediatiza, además de permitir la adaptación ha servido para múltiples funciones que, en principio, no son adaptativas, en primer orden. Me estoy refiriendo a las actividades creativas: el arte, la ciencia y la filosofía e, incluso, la religión. Todas ellas nos permiten deleitarnos en la verdad, el bien y la belleza. La inteligencia humana no aparece dirigida a crear la música de Mozart, pero, curiosamente, la hace posible y así todo el ámbito de la cultura. Ya hemos dicho que la cultura es un modo de dar sentido a lo que por naturaleza no lo tiene. Por ello llego a la conclusión de que la felicidad tiene que ver con un sano hedonismo a lo Epicuro. El placer es la ausencia del dolor. El placer es lo inmediato. Los placeres naturales son los de la vida misma y producen felicidad en la inmediatez de su satisfacción, pero su exceso producedolor. A estos placeres naturales y necesarios hay que sumarles los placeres de la inteligencia, de la contemplación y la creación artística e intelectual. Pero este placer no debe trascender ese mismo placer. Precisamente lo que hace que el placer sea tal es su inmediatez, quiere decirse, la eliminación del tiempo. Y esa es la clave de la felicidad. Pero por eso nuestra felicidad es efímera, porque, querámoslo o no, vivimos instalados en el tiempo producto en última instancia de nuestra inteligencia: una ficción, una fantasía. Y esto es lo envidiable del mundo animal y de la inocencia de la niñez. El placer y el dolor en el animal y el niño son inmediatos, no se teme al futuro. Cuando el niño va creciendo, a la par que va apareciendo el concepto de tiempo, comienza el miedo al futuro, los temores, la angustia y la felicidad. El niño es expulsado paulatinamente del paraíso y se convierte en hombre con su “pecado original” la inteligencia anticipadora, pero con todo un mundo de la cultura abierto al disfrute hedonista más puro, sensato y prudente.

 

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            A pesar de que hay algunas diferencias de fondo importantes, como por ejemplo una concepción determinista de la evolución, que, a mi modo de ver, no se sostiene, nuestras diferencias son más de carácter o temperamento. Otra cosa sí quiero decir. Los modelos ejemplares de conducta moral son pocos, pero son los muchos los que producen el cambio. Estos modelos éticos heroicos canalizan los sentimientos humanos y hacen posible la acción de una mayoría. El hombre es un animal gregario que necesita de líderes. Estos les pueden llevar a un mundo mejor o al holocausto. Pero, lo que sí es cierto, es que sin una mayoría anónima y silenciosa, no hay cambio. Me considero un escéptico activista, pero las formas de activismo son múltiples. Incluso no actuar es actuar a favor de los que lleven las riendas y caer en el sueño placentero de que todo está decidido.

 

            Mi actitud crítica me hace feliz en la medida que considero que cumplo con mi deber moral: en la dimensión de ciudadano y filósofo. La felicidad para mí está en el hedonismo epicúreo: el disfrute de los placeres naturales y necesarios para la vida y los de la contemplación intelectual y artística (incluida la contemplación de la naturaleza) pero, insisto, antes que la felicidad está la dignidad y la libertad. La primera puede ser engañosa y narcisista. Ahora bien, una vida equilibrada debe perseguir las dos: felicidad y dignidad. Ha sido un placer enriquecedor el debate que hemos sostenido. Muchas gracias. Siempre estoy abierto, si quieres, a la réplica.