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Filosofía desde la trinchera

            Interesantes artículos leídos ayer en la revista Claves y en la revista Investigación y ciencia. Un artículo sobre Unamuno y el final de su vida en Salamanca cuando estalla la guerra nos muestra la dificultad del intelectual con pertenecer a ningún grupo y, también, la soledad y la incomprensión del mismo debido siempre a su actitud crítica que le impide comulgar con ruedas de molino. El intelectual debe tomar partido, pero debe ser consciente de que puede siempre rectificar. Y esto último no lo entenderán nunca. Eso es un problema. La lucha necesita unión, pero el avance en las ideas necesita de la crítica.

 

            Artículo muy interesante también sobre los límites del crecimiento en Investigación y Ciencia. Los autores sostienen que el problema se ha abandonado en la enseñanza, porque últimamente se ha hecho más hincapié en el cambio climático y la caida de la biodiversidad. Otro factor sería que cuando se habló de los límites del crecimiento en los años setenta, estábamos en crisis, cuando salimos de ella hubo un crecimiento, entonces se volvió a sostener la idea del crecimiento ilimitado porque en realidad el mercado lo regula todo y solucionaría e problema, aparentemente fue así. Pero resulta que las críticas al crecimiento ilimitado, como yo he hecho aquí, siguen siendo ciertas y además tienen una base científica sólida en el estudio del agotamiento de los recursos. No hay escapatoria, las predicciones tienen su punto de inflexión en el año 2000, y esto es lo que no vieron los críticos de la idea de que era imposible el crecimiento ilimitado. Es hora de tomar conciencia del problema, en caso contrario la situación será irreversible y caótica con miles de millones de muertos al final de esta centuria. Pero es más, el análisis del agtamiento de los recursos hay que unirlo al del cambio climático, los dos factores juntos pueden ser una auténtica bomba. Tenemos que actuar ya. Un dato que me sorprendió es el hecho de que a pesar de que las energías y recursos renovables han aumentado, en primer, lugar sólo representan un uno por ciento; pero, además, no han sustituidos a los recursos fósiles no renovables, sino que su uso ha crecido junto con ellos. Y esto es porque seguimos creciendo por encima del límite ya sobrepasado.

 

 

            14 de octubre de 2009

 

            Hay un tema sobre el que en el último curso he pensado bastante y sobre el que escribí un largo artículo que apareció en la revista de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura y también en la revista esbozos. Se trata de las implicaciones de la teoría de la evolución. Pero al final del curso leí un libro de Carlos Castrodeza, que quiero leer otra vez y hacer unas reflexiones sobre el mismo, que se titula La darwinización del mundo. Ahí mi amigo Carlos Castrodeza, sabiamente, radicaliza las consecuencias de la idea darviniana. Como diría Dennet de la peligrosa idea de Darwin. Como ya he espuesto en este diario soy del pensamiento de que la vida humana no tiene sentido, la historia tampoco. Hemos comentado algunas consecuencias ético-políticas de esto; y probablemente volveremos sobre el tema en más de una ocasión. Pero ahora quiero tratar el asunto desde otra perspectiva.

 

            El siglo XIX lo podemos considerar, siempre, por su puesto, entre otras cosas, como el siglo de los grandes ateismos. Hay una serie de pensadores que lo que hacen es desenmascarar la supuesta realidad, que no son más que las apariencias, para enseñarlos, la nada que subyace a toda esa construcción de occidente que se basaría en la idea de verdad, bien, belleza y justicia, tras la cual está, nada más y nada menos, que a idea de dios. Los grandes pensadores de este ateismo son Freud, Marx, Nietzsche, Schponhauer y Darwin. Precisamente es Nietzsche el que nos dice que no nos veremos libres de dios, mientras sigamos creyendo en la gramática. El lenguaje es el vehículo de transmisión de los pensamientos, y en esta medida es el que configura la realidad. Dios, como concepto, es el absoluto, por tanto, el bien, la verdad, la belleza y la justicia tienen su sentido en la medida en la que existe un referente último absoluto que es dios. Por eso también llega a decir Dostoiesvki que si dios ha muerto, todo está permitido. Ésta última pretende ser la consecuencia moral de la inexistencia de dios. Cada uno de los pensadores que hemos citado, sumado por su puesto al ateismo de origen científico, el mecanicismo determinista de Laplace “Yo no necesito de esa hipótesis” cuando le preguntó Napoleón sobre el lugar de dios en su sistema del mundo, han llegado por distintos caminos al ateismos con todas sus consecuencias. La consecuencia final y última es que nada tiene sentido. Pero algunos, como es el caso de Marx, una vez que terminan con la religión porque considera que es ideología y, por tanto, alienación del hombre, lo que hace es secularizar el mensaje del cristianismo. La historia para el marxista tiene sentido, pero es inmanente y se rige por las leyes deterministas de la historia, que son las leyes del desenvolvimiento dialéctico de la infraestructura económica. El fin de la historia, de carácter escatológico, como el cristianismo es el de la emancipación de la humanidad a través de la realización de la sociedad comunista, en fin, el reino de dios o de los cielos, pero en la tierra. Podemos decir entonces que el marxismo no lleva a las últimas consecuencias la idea de la muerte de dios. Y por eso ocurre también que el marxismo, igual que el cristianismo, degenera políticamente en totalitarismo. La idea de dios lleva en sí mismo el concepto de verdad absoluta. Marx acaba con la idea de dios religiosa, pero el concepto y la idea de dios, con todas sus consecuencias, se le cuela en el lenguaje y da sentido a su filosofía. Por tanto, su ateismo no es un ateismo consecuente. El ateismo consecuente nos tiene que llevar directamente a la ausencia de sentido y tenemos que sacar las consecuencias y conclusiones de esta ausencia total de sentido. Y yo creo que esto nos viene dado por la darwinización del mundo o por lo que de peligro engendra en sí mismo la idea de Darwin.

 

            Schopenhauer desenmascara la realidad a partir de la filosofía kantiana. En su obra el mundo como voluntad y representación lleva a su extremo la filosofía kantiana y concluye que el mundo que llamamos fenoménico es producto de la representación de nuestras estructuras mentales. Es decir, que el mundo es representación. No hay un absoluto, aunque esa representación sea igual para todos los humanos. Pero donde podemos atisbar mejor el ateismo de Schopenhauer es en su pesimismo ético. La vida es dolor y sufrimiento, su ética está incardinada al budismo. El único sentido de nuestra existencia es eliminar en lo posible este dolor y sufrimiento. Y el origen del dolor y el sufrimiento es el deseo, sólo la eliminación y control del deseo nos aporta serenidad. Como vemos estamos ante un sentido negativo de la felicidad. Ésta última consiste en privación, es decir, la ausencia de dolor nos lleva a la serenidad. Más allá no hay nada.

 

            Freud desenmascara la realidad a través del inconsciente. Los deseos, instintos o pulsiones son el origen de nuestro psiquismo. Las pulsiones son domesticadas por la sociabilidad del hombre, por la cultura, que constituirá el super yo, conjunto de norma, costumbres, leyes, que reprimen nuestros instintos naturales –hoy en día los podemos estudiar desde las ciencias positivas, la etología, no desde el etéreo psicoanálisis, aunque el mismo Freud dijo que tarde o temprano se encontrarían las bases biológicas de su pensamiento, y en ello andamos- y del que surge el yo. Por tanto, lo que somos, el yo, es el resultado de la tensión dinámica entre nuestras pulsiones y el super yo o la cultura. El concepto de dios es creado para facilitar la socialización y se apoya en el concepto del tabú, como bien desarrolla en sus obras Freud, concretamente Tótem y tabú y Moisés y el monoteísmo judío. Pero es en su obra El malestar en la cultura donde podemos apreciar las consecuencias últimas de que sin dios no hay sentido. Toda nuestra vida no es más que un intento de conquistar la felicidad, pero ésta se haya en el sentimiento oceánico que es el del útero materno, disolvernos en el todo. Por eso, toda búsqueda de felicidad es la búsqueda de la eliminación del yo que es el lugar donde residen las tensiones entre los instintos y las normas. Pero, claro, esto es imposible en la media en que somos seres sociales, ya lo decía Kant, sociablemente insociables, y en este sentido estamos sometidos a las normas. Nuestra supervivencia como especie, digamos, lleva aparejada nuestra infelicidad subjetiva. Sólo parcialmente y transitoriamente podemos sublimar nuestros instintos a través de distintas prácticas. También, por su puesto, en Freud encontramos al viejo Sócrates, el psicoanálisis lo podemos entender como un conocimiento de uno mismo, que es la máxima socrática. En la medida en la que nos conocemos somos más libres porque conocemos las causas de la constitución de nuestro yo.

 

            Pero es la idea de Darwin la que nos lleva a las últimas consecuencias del ateismo y la que complementa, de forma positiva, las argumentaciones de los pensadores anteriores. Por eso hay un antes y un después de estos pensadores y un antes y un después, especialmente de Darwin, para la antropología y la ética. La idea de Darwin pone al hombre definitivamente en su sitio. El hombre no es más que una especie más entre las miles de millones que han sido, son y serán. Su existencia es fruto del azar y la necesidad, que son las leyes que rigen la evolución. La evolución de las especies, por tanto, como he demostrado en otro lugar, no tiene ni sentido ni dirección. El homo sapiens existe, como bien podría no existir y todo seguiría igual, es más, dejaremos de existir y todo seguirá igual. Y éste es el vacío y nihilismo naturalista al que nos lleva la peligrosa idea de Darwin. Pero si aceptamos esta idea y sus consecuencias, resulta que no existe ningún sentido de la existencia humana particular, ni histórica. El ser humano es un producto contingente de la evolución. Ahora bien, si nada tiene sentido corresponde al hombre ser el dador del sentido, pero con una enseñanza crucial, no existe ningún sentido absoluto, porque dios, en definitiva, está muerto y bien enterrado. Claro, si el hombre es el dador del sentido de sí mismo y de la historia, resulta que todo sentido es provisional, no quiero caer aquí en el relativismo. Cuando digo provisional, no digo relativo. Creo que la provisionalidad puede ser objetiva. Quiero decir con esto que, aunque no exista un fundamento absoluto del sentido siempre tendremos un argumento pragmático-histórico para defender nuestras supuestas conquistas ético-morales y políticas. No hay otro tipo de argumento que lo pueda defender. Pero, claro, esto es mucho más que el relativismo del todo vale del posmodernismo. Este último relativismo nos lleva a la extinción. Y el único “sentido” del hombre es el natural, el de la evolución. Toda forma de vida tiende a perpetuarse. Pero para dar sentido hay que partir de cual es nuestra naturaleza biológica, por eso no debemos olvidar, porque es imprescindible, la etología. La ética y la política tienen que surgir de un estudio naturalista del hombre –por su puesto, que no hay que renunciar a toda la tradición filosófica que es tremendamente enriquecedora, en definitiva, son respuestas del hombre como un ser natural en busca de su sentido- este estudio sería el pilar sobre el que apoyarnos. También sería necesario mencionar aquí, que dentro de este nihilismo naturalista, tendríamos que tener en cuenta la ética naturalista ecológica, que la podemos considerar como una segunda ilustración. La base de esta ética naturalista y ecológica es que somos responsables de nuestras acciones ante el otro desconocido y ante los no nacidos. Pero esto implica la ética del cuidado del planeta que es la nave donde todos vamos. Y esto exige un cambio de paradigma. Es lo que Hans Jonás llamó el principio de responsabilidad y lo que Manuel Sacristán y su discípulo Jorge Riechmann llaman el paradigma del cuidado. Esto es también una consecuencia de la idea de Darwin, porque en definitiva, como seres naturales que somos estamos todos en pié de igualdad. A nosotros, como imperativo biológico nos toca luchar por nuestra supervivencia, pero ésta sólo es posible con la supervivecia de la nave en la estamos. De lo contrario, la nave nos tirará por la borda cuando se desate la tormenta. También, asumir que sólo somos biología y que ésta es una forma de manifestarse el universo, y nosotros un modo de esta manifestación nos otorga una visión panteísta del universo. No olvidemos que el panteísmo es una forma de ateismo. Sólo existe el universo, el universo es la sustancia divina, esto es, la sustancia infinita de Spinoza, por tanto, el universo es dios y dios es el universo. Pero claro este dios no tiene nada que ver con el dios trascendente de las religiones bíblicas, más con el todo o, mejor, la nada budista. De ahí también lo del nihilismo naturalista. En definitiva también se nos abre una puerta hacia lo místico desde el nihilismo naturalista que emerge de la idea de Darwin. Decía Wittgenstein que el mundo no tiene sentido, que el sentido del mundo es lo místico, pero lo místico es lo inefable.

 

 

No es que ya no luchen por la polis, lo que es peor, se devoran. El político es un animal que busca el poder. No tendremos una democracia san mientras sino se reconstruya completamente la clase política. Para empezar debería de dejar de ser una clase separada de los ciudadanos. Su clasicismo los envuelve en un delirio que los separa de la realidad.

Siempre me ha preocupado el tema del relativismo, tanto desde la perspectiva epistemológica, como, por supuesto, ético-política. A mi modo de ver los sofistas fueron unos filósofos muy importantes para establecer la democracia. Si seguimos el relativismo radical caeremos en un modo de absolutismo contradictorio en el que se puede afirmar que todo vale, esto es malo en política. En ciencia nos ha llevado a absurdos que intentan hacer equivaler la astrología con la relatividad de Einstein, sería, el posmodernismo científico del que el caso Sokal dio buena cuenta. Pero hay un matiz muy importante desde el punto de vista político del relativismo de los sofistas. La premisa básica de éste es que no existe la verdad absoluta, el bien o la justicia absoluta. Nadie está en posesión del bien, la verdad y la justicia. Todo esto es cuestión de palabras y son relativos a las circunstancias. La democracia parte de la tesis de que no existe la verdad absoluta. Es el dialogo, cuando el logos, la razón es lo común, lo que está a la base de la democracia. Los sofistas aciertan en su relativismo. Por eso la democracia florece con ellos. Pero pronto se pervierte en la medida en que el arte de la retórica que inventan se transforma en demagogia. Si radicalizamos el relativismo lo que sucede es que la verdad reside en el poder más fuerte. Desaparece el concepto de ciudadano, porque éste es instrumentalizado por el poder para ponerlo a su servicio. De ahí que la discusión de Sócrates sea la de intentar refutar a los sofistas porque los considera un cáncer de la democracia que defienden el todo vale. Por su parte él no habla de verdades absolutas, pretende la objetividad y utiliza, en lugar de la retórica, el diálogo. Éste último exige que cada cual sea ciudadano, libre, que se ejercite en el conocimiento de sí mismo. Y éste es el núcleo de la tensión entre Sócrates y los sofistas. Platón resolverá este conflicto, eterno en la democracia, negando la misma y estableciendo el gobierno de los sabios. Pero, claro, ¿quiénes son los sabios? Hoy en día, además de afirmar -como ya lo hemos hecho en este diario- que vivimos en una partitocracia oligárquica, también podemos decir que vivimos en un gobierno de los sabios en la medida en la que la tecnocracia lo inunda todo.

 

 

La palabra es un arma cargada de futuro.

                        Gabriel Celaya.

 

            Son muchas las cosas que podría decir tras la polémica que, creo, injustamente produjo mi intervención el el blog de Ciudadanos de Villafranca. En primer lugar agradecer las palabras de comprensión y halagos de la mayoría de los que intervinieron. Sinceramente se lo agradezco porque esta uno acostumbrado a luchar en solitario, desde la trinchera, y esto nos condena a la soledad, a la incomunicación. Uno de los males de la vida intelectual, cuando uno no está en la academia, es el de la incomunicación y esto es un cáncer de la vida intelectual porque como hemos dicho muchas veces el pensamiento es diálogo. Pero de todas formas, a pesar de los agradecimientos me gusta ceñirme a las enseñanzas del viejo Diógenes el perro. Es preferible un bastonazo que un halago. Los aduladores, no es éste el caso de los que escriben, te devoran sin darte cuenta. Uno de los vicios del intelectual es la vanidad, si te alaban comienzas a tener una visión distorsionada de tu yo y pierdes la capacidad de autocrítica. Vives en la autocomplacencia y la satisfacción, además, de la egolatría. Por eso, hay que cuidarse de los halagos, aunque a uno le gusten y le satisfagan, debe olvidarlos pronto y seguir con su tarea. Y el bastonazo ayuda a seguir en la brecha. Cuando se nos critica, pensamos; entre otras cosas, para defendernos. La crítica, si la aceptamos dentro del marco del diálogo, nos hace madurar y crecer. Por eso me ha hecho pensar más la crítica que la complacencia, si bien la agradezco.

 

            De todas formas creo que mi crítico J.L.R.  se equivoca, y también M. yo no he desestimado nunca la acción, además mi comentario se dirigió a un análisis de la democracia. El comentario de J.L.R. fue una salida de tono y una falta de respeto hacia la intimidad. Me acusaba de no estar en el tajo, no sé a cuento de qué, cuando he estado en el tajo del que él habla, dos años. La cuestión es que hay muchos tajos. Y, además, si estaba de acuerdo en mi artículo, y decía que al final la cagaba, pues que haga una crítica y de razones de porqué al final me equivocaba. Yo decía que era lamentable que hubiese tenido que llegar una situación que afectase a nuestros intereses privados para hacer una defensa de la democracia, para tomar conciencia de la libertad y la democracia. Que si fuésemos buenos ciudadanos ya hubiésemos tenido valores más universales y se hubiesen reflejado en nuestros votos. Y ahora añado, que si hubiésemos sido buenos ciudadanos, sólo con nuestros votos no hubiésemos permitido que en Extremadura hubiésemos llegado a esta situación. Pero a pesar de ello me alegro de la fuerza del movimiento y de su éxito.

 

            Por su parte M. en su intervención al principio es suave, no sabe por quién decantarse. En realidad no ha entendido la discusión, tampoco J.L.R., puesto que yo no he hecho nunca una crítica al movimiento activo, o a la acción. En fin, algún rencor deberán guardar. El caso es que después M. empieza con una retahíla de lo mucho que se tiene que esforzar porque es ama de casa, etc, para poder participar activamente. No creo que nadie haya negado esto, es más lo he alabado, he dicho que es un movimiento heróico y perseverante. Por tanto, eso requiere el esfuerzo de todos los que están ahí presente en primera y primerísima línea. No sé porqué se me critica. O, mejor, sí.

 

            Pienso que uno de los motivos del éxito del movimiento es que se ha consolidado, casi institucionalizado, en su dimensión política sí porque posee un grupo político con representación en el ayuntamiento. Pues como digo, para que un movimiento tenga éxito es necesario cierta dosis de dogmatismos e, incluso, de integrismo. De ahí que creo que las críticas proceden de una concepción errónea de la verdad. La plataforma y el grupo de ciudadanos, en cuanto que movimiento, se creen poseedores absolutos de la verdad. Y esto es un error y hace inviable la crítica y la democracia; aunque, desde luego, da fuerzas, pero inhibe la posibilidad de la autocrítica y la de ponerse en el lugar del otro. Yo sólo he insinuado la posibilidad de la crítica y he valorado los orígenes del movimiento y, en lugar de respondérseme a esto, se me ha anatemizado. Soy un no válido para el movimiento porque no me manifiesto. Bien, pues me he manifestado, por diferentes causas desde que tenía 17 años, y lo seguiré haciendo. En la plataforma lo hice durante dos años, además de dar conferencias, charlas, escribir artículos, ruedas de prensa, en fin, lo deje por cuestión de prioridades y de principios personales y filosófico. Pero seguí y sigo defendiendo las razones de fuerza del movimiento, fundamentalmente, en mi actividad pública, en lo que decía Kant el uso público de la razón. Además,practico la desobediencia civil en el ámbito educativo con perjuicio para mi sueldo, porque no participo de la perversidad de la ley educativa. Todo ello viene a significar que, si bien, el movimiento civil ha madurado y ha obtenido un gran éxito, no ha madurado lo suficiente como para realizar una autocrítica. De todas formas yo no la voy a hacer, creo que en este momento es muy peligrosa, aunque ya la tenga pensada, para la estabilidad del mismo movimiento, ahora que casi hemos alcanzado el objetivo particular, el abandono del proyecto de construcción de la refinería. Los que me conocen en la intimidad saben de las críticas que hablo, además, algunos de los que son de primerísima fila con los que he hablado sobre temas cruciales no he estado de acuerdo. Pero sí, para finalizar quiero hacer alguna observación para la reflexión de cada cual. Si el grupo de ciudadanos y el PP hubiesen sacado entre ambos mayoría absoluta, ¿qué se hubiese hecho? Se hubiese pactado para eliminar a Ropero y el grupo socialista? Piensen la respuestas, explica mucho de estos dos últimos años. O creemos de verdad en la democracia y nos sirve como modelo de ella lo que ha hecho el grupo de electores desde la minoría, enfrentándose al poder y al resto de oposición, o somos posibilistas políticos, negamos la esencia de la democracia, y buscamos sólo fines, intereses particulares. En fin, sólo dejo esta reflexión para ustedes. Cuando hayamos triunfado y no se ponga la refinería, además de agradecer el esfuerzo de todo aquel que ha estado en la calle, pegando carteles, recogiendo firmas, disputando en el ayuntamiento, acudiendo a asambleas, etc, cuando yo no he estado, haré mi crítica. Además el futuro, en las elecciones, hablará por sí solo.