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Filosofía desde la trinchera

Lo malo es que en un mundo que confunde al asno con el sabio esto ocurre con toda la normalidad y el resto sigue igual. La puñetera condición humana. ¿Dónde está la areté, la excelencia?

 

                                   21 de octubre de 2009

 

Muy distintas son las muertes de Jesús y Sócrates. Dos modelos distintos de vida. A pesar de las coincidencias y de que la tradición los ha querido acercar, son distintos. Sócrates es el modelo de la vida filosófica comprometida con la polis. Con la búsqueda del conocimiento y la virtud que da la sabiduría y la serenidad. Y que esta búsqueda tiene lugar en la polis, en relación con los demás. La de Sócrates es una muerte serena, aceptada. Todo se le ha dado en la vida. Ha alcanzado la sabiduría, ya nada tiene que temer, es digno, feliz y dichoso. La muerte sólo es el final de esa plenitud para extinguirse en la nada. La vida ha sido plena. La muerte le es ajena al sabio, como diría Spinoza, en nada piensa menos el sabio que en la muerte. Y también dice Platón que, filosofar es prepararse para morir; esto es, una vez que estamos preparados, ya no nos importa. Pero, en cambio, la muerte de Jesús es un sacrificio, una pasión, incluso está la duda al final, dios mío por qué me has abandonado. En lugar de la serenidad encontramos el dolor, el sufrimiento y, al final, la resignación. El valor que transmite aquí el cristianismo es el de la resignación. En definitiva es una negación de la vida. El filósofo, el sabio, afirma la vida siempre que merezca la pena ser vivida: la vida virtuosa, en definitiva.

 

 

                                   21 de octubre de 2009

 

            La sombra de Sócrates es alargada. Para entender nuestra civilización occidental tenemos que tomar como referencia dos pilares. Uno es Atenas, que expresa la tradición crítica y racional y el otro es Jerusalén, que nos transmite la tradición religiosa, concretamente el judeocristianismo. Sin estos dos pilares y lo que ello conlleva, añadiéndole lo que de novedad pudieron aportar el renacimiento y la ilustración, no podemos entender nuestra sociedad. Además hay que tener en cuenta que nuestra civilización occidental se ha globalizado y ese proceso comenzó, precisamente, en el renacimiento, para bien y para mal. Pues igual que los dos pilares se centran en dos ciudades, también los podemos concretar en dos personajes históricos, hasta, cierto punto enigmáticos y legendarios, que producen un giro radical en el pensamiento y en sus tradiciones culturales. Ambos personajes, a su vez, tienen sus semejanzas y sus diferencias. Y de ambas podemos aprender en la tarea de intentar comprendernos a nosotros mismos a través del estudio del origen de nuestra tradición. Me toca ahora hablar de Sócrates, haré algunas referencias a Jesús de Nazaret, a éste último, en su momento le reservaremos una reflexión a parte.

 

            Cada vez que leo algo sobre Sócrates, o que lo tengo que explicar y exponer a mis alumnos encuentro al personaje mucho más seductor y en la misma media más incomprensible. Cada vez encuentro más claves en su quehacer filosófico para entender la realidad histórica en la que se encuadra su filosofía y, por otro lado, para entender mejor la realidad de la democracia en la que vivimos y sus defectos o imperfecciones. En Atenas nos encontramos con que se había desarrollado una democracia que implicaba el gobierno del pueblo. Era una democracia directa y asamblearia, las decisiones se tomaban directamente por los ciudadanos. Desde luego no era una situación idílica porque no todos los ciudadanos participaban y tampoco eran todos ciudadanos. Pero no vamos a entrar en estas disquisiciones que tienen que ver con la teoría democrática, de lo que hoy quiero hablar es de la personalidad filosófica de Sócrates y su influencia paradigmática para el resto del pensamiento. Los sofistas, a su manera, alimentan la democracia. Lo que podemos decir es que la democracia es la condición de posibilidad política de que se dé la filosofía o el pensamiento, porque la democracia implica la libertad desde la isonomía y la isegoría. Los sofistas inventan el arte del discurso, a esto le llamamos la retórica que consistiría, grosso modo, en el arte del discurso que pretende convencer, independientemente de la verdad de aquello de lo que se convence. Esto es muy importante y tiene que ver con la esencia de la democracia. Pero aquí precisamente, nos vamos a encontrar la tensión entre los sofistas y Sócrates, tensión que se mantiene en la actualidad. Es una tensión propia de la democracia. Hoy en día podríamos hablar de la tensión entre el político y el intelectual, o, incluso, entre el político profesional y el político en tanto que ciudadano y vocacional (el que quiere el bien de la polis, o el que se dedica a la política, como acabo de leer en frase de Vaclas Havel, por imperativo ético). Y es esta tensión a la que me quiero referir es la que da sentido a la vida y la muerte de Sócrates, pero que trasciende al propio Sócrates porque es una tensión de la democracia como forma de gobierno. Los sofistas inventan la retórica porque parten de un presupuesto filosófico de gran calado y de enorme actualidad. Los sofistas llegan a la conclusión de que el conocimiento es relativo, de que la verdad absoluta no existe, que la verdad, el bien y la justicia, dependen de circunstancias y momentos. Que la verdad, el bien y la justicia tienen más que ver con la utilidad y la conveniencia que con una correspondencia con algo real. Pues bien, este principio relativista es de enorme interés para la democracia porque este sistema de gobierno parte de la idea de que en democracia la verdad absoluta no está de parte de nadie, por eso es necesario e diálogo y el consenso. Por eso decíamos que la democracia es la condición política de posibilidad para que se desarrolle el pensamiento, porque éste último es diálogo. Y por eso decía también que la democracia y la sofística se necesitan mutuamente. Con ello quiero decir que los sofistas, que han pasado por ser los malos de la historia, debido al triunfo de la filosofía platónica a través del cristianismo, no son, en ningún modo, los equivocados. La democracia se desarrolló porque los sofistas la alimentan desde el relativismo. Lo que sucede es que el relativismo puede acabar radicalizándose, de tal forma que, paradógicamente, se convierte en un absoluto en el que la divisa es todo vale; y cuando todo vale, la verdad se basa en la imposición del poder. Es verdadero aquello que defiende el más poderoso. Pero la sofística, aún no degenerada, defendía, que el discurso retórico debía defender que la verdad, el bien y la justicia eran lo conveniente y útil en ese momento para la polis. Y es esto último lo importante. Una democracia saludable, parte del presupuesto de que nadie tiene la verdad y que por medio del discurso retórico podemos convencer a la ciudadanía de lo que es mejor para el bien común, la polis. Ahora bien, es fácil deslizarse de la retórica a la demagogia. Si el discurso retórico es el que marca que es lo que debemos considerar como verdadero, es fácil caer, y eso ocurre por las propias tentaciones del poder, en que lo verdadero es aquello que nos beneficia a nosotros particularmente, nos olvidamos entonces de la polis. Y es aquí cuando caemos en la demagogia, el intento de convencer a los demás para nuestro propio provecho particular, o en las democracias actuales, partitocracias, el beneficio del partido. Es decir, que la retórica que tiene a la base el relativismo tiene en sí mismo el germen de la demagogia; es decir, de la corrupción de la democracia en su propia esencia. Pero profundicemos un poco más en la retórica y la demagogia para poder entender el pensamiento socrático y su enfrentamiento contra los sofistas. La retórica es un discurso que intenta convencer a partir de argumentos racionales, si bien utiliza en el proceso de la argumentación, falacias (argumentos lógicamente incorrectos). Pero, en definitiva, estos argumentos están dirigidos a la razón. Ahora bien, la retórica también se dirige a las pasiones, en este caso la razón ya no juega el papel del filtro por el que han de pasar nuestras decisiones a la hora de elegir. Pues bien, una diferencia importantísima entre la retórica y la demagogia es que ésta última se dirige directamente a las pasiones pasando por encima de la razón. La cosa es de gran calado. Porque si bien, desde la retórica todavía se considera al ciudadano en cuanto tal, un individuo capaz de elegir libremente después de haber escuchado diferentes razones sobre un mismo asunto, en la demagogia, por el contrario, de lo que se trata es de convertir al individuo en masa. El asunto consiste en que la demagogia instrumentaliza al ciudadano, lo pone al servicio de sus propias pasiones. El discurso demagógico, al estar dirigido al corazón, es inconsciente, impulsivo, cambiante y gregario, recordemos el fragmento de la obra de Shakespeare Julio Cesar, cuando Marco Antonio convence demagógicamente a la ciudadanía de cosas distintas sucesivamente hasta que consigue que se rebelen contra el poder, fin que él deseaba por venganza y por poder. Y cuando los ciudadanos obedecen sólo a sus pasiones e intereses particulares entonces se convierten en esclavos de sus propias pasiones, pero resulta que éstas últimas están dirigidas por el poder, con lo que los ciudadanos se convierten en masa homogénea manipulable eficazmente.

 

            Y es aquí en esta disyuntiva, que se repite en nuestras democracias, por muy distintas que sean a la griega, donde entra Sócrates. Es más, la demagogia en nuestras democracias liberales, formales y capitalistas cuentan con los medio más sofisticados para amplificar la demagogia y domesticar-esclavizar al ciudadano. Sócrates era ciudadano ateniense que desconfiaba de la democracia como posibilidad de ser un gobierno justo en la media en la que consideraba que la democracia, tal y como se estaba desarrollando no producía ciudadanos virtuosos, y una sociedad es políticamente saludable si se apoya en ciudadanos virtuosos. La virtud para loas griegos es política o pública. La virtud tiene que ver con ser un buen ciudadano. Para nosotros hoy en día existe una individualidad e intimidad que se rige por la ética de la cual sólo nosotros somos responsables, en parte esto se lo debemos a Sócrates y en parte esto tuvo que ver con su muerte. Pero para la Atenas democrática ética y política son una y la misma cosa. Es Sócrates el que va a abrir la brecha. Sócrates desconfía de los sofistas, no piensa que todo se pueda defender, ni piensa que no exista la verdad, el bien y la justicia. En todo caso lo que él piensa es que no los conocemos, que es distinto. Por eso Sócrates arranca de dos principios básicos, éticos y epistemológicos, que son la base de su filosofía y de la filosofía en general. El primero es la máxima del templo de Delfos, conócete a ti mismo y, la segunda, sólo sé que no sé nada. Sócrates, al contrario que los sofistas, considera que no sabe nada, salvo que nada sabe y a ese conocimiento ha llegado a través del estudio de sí mismo. Por tanto, no es que no exista la verdad, es que no la conocemos. El error del sofista es que no sabe que no sabe; y esto es lo que llamamos ignorancia. Frente a la retórica lo que propone Sócrates es el diálogo. La retórica presupone que no hay verdad, el diálogo presupone que no conocemos la verdad y estamos obligados, en tanto que ciudadanos libres, a buscarla conjuntamente, desde la razón. Sofistas y Sócrates coinciden en la ausencia de la verdad, pero los primeros optan por la retórica, la cual degenera en demagogia y anula al ciudadano, mientras que Sócrates apuesta por el diálogo. Ahora bien, el diálogo, que es la esencia de la democracia, presupone la existencia de ciudadanos libres y, por tanto, virtuosos; esto quiere decir que su interés es el interés de la polis. Ésta es una exigencia tremenda. Nada más y nada menos que Sócrates nos está diciendo que seamos libres, que pensemos por nosotros mismos y que sigamos a la razón, no a la pasión. Las pasiones por sí misma nos esclavizan y sirven como instrumento que el poder utiliza contra nosotros y la democracia. Aunque estamos en el marco de la democracia, los sofistas y Sócrates representarían formas muy distintas de entender la misma y practicarla. Porque no olvidemos que la democracia es práctica, una forma de vida. Lo que se podría seguir de Sócrates es que el modo democrático justo es el de la democracia asamblearia constituidas por ciudadanos libres con capacidad de dialogar siguiendo a la razón en pos de la verdad. Si esto no es posible, entonces no es posible la democracia. Algunos pensarán precisamente esto, por eso optan precisamente por las democracias formales y representativas que fácilmente se convierten en oligarquías partitocráticas. La exigencia de Sócrates es una exigencia ética. Y aquí entramos en el asunto de la condena de Sócrates. Éste último se declaraba el tábano de Atenas. Dedicó su vida a analizarse a si mismo, llegando a decir que una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida. Pero también se dedicaba a analizar a los ciudadanos con los que se encontraba, por medio de su mayéutica, el arte de preguntar indagaba en el fondo de sus interlocutores llevándolos a contradicciones y al reconocimiento de su ignorancia e incluso a hacerles ver que estaban desperdiciando su vida cuando tenían la posibilidad de llegar a ser ciudadanos virtuosos, mientras que, al contrario, malgastaban sus vidas en el vicio, la corrupción, los placeres, el interés particular, las riquezas, el éxito, y olvidaban lo que únicamente merecía la pena, la virtud. Por eso se consideraba el tábano de Atenas, porque aguijoneaba las consciencias de sus conciudadanos. Por supuesto que esto no podía tener un buen final. Sócrates estaba minando las bases de la sociedad ateniense, de la misma manera que hizo Jesús de Nazaret. Ambos sabían a lo que se enfrentaban, pero tenían que ser coherentes y consistentes y esto les llevaría a la muerte. Pero en ambos casos la muerte es un acto pedagógico más. Una exigencia del guión de su propia existencia, una consecuencia inevitable de su pensamiento. Por eso podemos hablar en ambos casos de un suicidio voluntario.

 

            Sócrates es acusado de impiedad y corrupción de la juventud, crímenes que por sí solos lo podrían llevar a la pena capital. Las acusaciones no tienen fundamento real, pero sí justificación filosófica y política. Sócrates era un personaje molesto para el poder y había que callarlo como fuese, era un crítico, un inconformista, un heterodoxo, un hereje, un disidente. Es decir, alguien que está en el polo opuesto del poder. Se le quería dar un escarmiento. Pero Sócrates será consecuente, no quiere escarmientos, quiere seguir siendo filósofo-ciudadano hasta el final. La base de la acusación, en definitiva, la encontramos en que Sócrates era un personaje peligroso para la democracia-demagogia según la venían entendiendo los griegos. Sócrates decía que tenía un dios particular que siempre le había dicho lo que tenía que hacer y decir. Esto es muy importante porque lo podemos entender como la voz de la conciencia o, como dirá Hegel, el surgimiento de la eticidad. En realidad Sócrates lo que está diciendo es que él, en tanto que ciudadano y hombre libre sólo obedece su ley (ética), aunque en su caso coincide con la ley de Atenas. Pero, claro, esto es romper la unidad griega entre ética y política. Por eso, de alguna manera, igual que sucede con Jesús, los griegos tiene razón al condenar a Sócrates. Los dos personajes están socavando los cimientos de su sociedad. Están dando alas a una nueva forma de entender al hombre. Su muerte, como dirá Hegel, no es conmovedora, sino trágica. En definitiva, la vida de Sócrates tiene que ver con la democracia y su viabilidad. Si ésta no se apoya en ciudadanos libres se convierte en demagogia y entonces la salida es la platónica: los hombres no pueden gobernarse a sí mismos porque no saben, es necesario el gobierno de los sabios, es decir, un gobierno autoritario.

TRIBUNA: ANTONIO ELORZA

¿’Quo vadis’, Berlusconi?

ANTONIO ELORZA 21/10/2009

La decisión del Tribunal Constitucional (TC) italiano en el sentido de privar de inmunidad a los cuatro altos cargos del Estado, anulando así la Ley Alfano, ha dado lugar a un estallido de Berlusconi similar al que anunciaban los últimos minutos de El caimán, la película de Nanni Moretti. Fue una reacción en que se mezclaron la prepotencia y la irritación, un miedo mal encubierto con una agresividad de signo paranoico. Pocos días antes había tenido que encajar la sentencia sobre el caso Mondadori, con 750 millones de coste y la confirmación de haber sobornado a dos jueces. Ahora la resolución del TC no supone una condena, pero vuelve a hacerle vulnerable.

La carrera de Silvio Berlusconi se ha convertido en un permanente ejercicio de imposición de su voluntad soberana sobre la ley y las instituciones cada vez más distanciado de los usos democráticos. No resulta inútil, en consecuencia, la comparación con otro líder carismático italiano del pasado siglo. Para empezar, al modo de Mussolini, conjuga brutalmente en su discurso la afirmación de la propia personalidad excepcional -ahí está su grotesco "¡Viva Italia! ¡Viva Berlusconi!" ante los periodistas- con la descalificación y el desprecio absoluto dirigidos frase a frase, y repetidos por el coro de fieles, contra sus oponentes. No son éstos, "la izquierda", sus adversarios, sino los enemigos a aplastar de Italia. El "pueblo italiano" es suyo. Su predecesor, el Gobierno Prodi, no existió; fue el Gobierno sombra. Volvemos al lenguaje de los años veinte.

Curiosamente, ahora antiguos escuadristas se han vuelto demócratas (Fini), pero su papel es cubierto de sobra por la masiva acción de los medios que garantizan al redentor San Silvio un monopolio parcial ante la opinión pública. Unos son más toscos (Il Giornale), otros más sofisticados (el Porta a porta, de Bruno Vespa), mientras domestica como hiciera el Duce a los independientes (La Stampa, Il Corriere: ambos edulcoraron la mención despreciativa hacia el presidente de la República italiana -"No me interesa lo que diga Napolitano"- en un "No me interesa lo que diga el jefe del Estado"). Contra la oposición rigurosa, tipo el diario Repubblica, no siendo factible hoy el recurso al manganello ni al cierre forzoso, pone en juego calumnias de un lado, medidas de estrangulamiento de otro. Como para Chávez, la prensa y la televisión críticas son enemigos declarados. Sólo admite una actitud de rigurosa obediencia, cuyo ejemplo sería el mencionado programa Porta a porta.

De nuevo, igual que su precursor, nombrado por su masculinidad Lui, Él, Silvio asume públicamente el papel de supermacho, no sólo al presumir de sus "conquistas" sexuales, quien sa

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be cómo consumadas, sino cuando se permite en Rai-1 insultar a una opositora sexagenaria. No son alardes gratuitos, sino reflejo de la vieja concepción del poder que recogieran el Código de Manu con la vara por emblema y los Brahmanas, acudiendo a la virilidad: el poder es el pene del gobernante que penetra al pueblo, su contrapartida femenina. En su versión actualizada, encarnan ésta "las masas" (Mussolini), "el pueblo italiano", "los electores" (Berlusconi), gracias a su vigor proverbial y al encantamiento que produce la eficaz propaganda del Gran Seductor. Ahora con la televisión como instrumento decisivo.

Los mecanismos de la democracia representativa o la autonomía del poder judicial sobran, salvo como elementos suntuarios, ya que interfieren en la única relación política que debe existir, entre el Jefe que decide y quienes manifiestan en elecciones/plebiscitos su fiel adhesión a Él, Lui, proprio Lui, como ironizaba una cancioncilla de la era fascista. Según revela una y otra vez en sus declaraciones, ha de contar sólo el poder refrendado por "los electores", el suyo (a pesar de no haberse acercado nunca al 50%). Los demás quedan relegados al papel de títeres, incluido un presidente de la República cuyo deber sería forzar el voto de los jueces del Constitucional a favor de la inmunidad de don Silvio. En otro caso, se convierte en alguien que debe ser denigrado, no mereciendo siquiera en la cita la consideración de "jefe del Estado", y en un obstáculo inadmisible. No cabe un poder neutral super partes, precisa. De ahí el calumnioso ataque al presidente Napolitano -"ya sabéis de dónde viene"- cuyo derrocamiento permitiría a Berlusconi poner en marcha un vuelco al orden constitucional.

El norte inmediato de su política consistirá en una eliminación de aquellos ("comunistas" del Partido Democrático, "la izquierda", los jueces) que tratan de impedir su benéfico liderazgo de "una Italia que quiere la tranquilidad, que quiere la calma en el trabajo". Son éstas palabras del Duce en enero de 1925, cuyo contenido hoy Berlusconi retoma para avalar su voluntad de traer felicidad a los italianos por medio de su buen gobierno.

A Il Giornale le ha faltado tiempo para lanzar un manifiesto pro-Berlusconi del "país que produce" para acabar con "la Italia de los tramposos". Igual que su precursor, non molla, no cede y amenaza: "Veréis de qué pasta estoy hecho". No hace falta que lo explique. Jugará todas las bazas para convertir la democracia representativa italiana en un régimen autocrático de base plebiscitaria. A Carl Schmitt le hubiera encantado por personificar como antes Mussolini, en una circunstancia menos dramática, la figura del katejon, el que se impone, frente al Anticristo izquierdista y al caos, figura inventada por San Pablo y puesta al día por Schmitt, a cuyo cargo corre por encima de la norma garantizar el orden social (véase el esclarecedor estudio de C. Jiménez Segado).

¿Qué ha hecho Italia para merecer esto ahora, como antes el fascismo en los años veinte? Sin duda en la gestación de las dificultades del último siglo cuentan las malformaciones territoriales del Estado por obra del Risorgimento, la tardía modernización, la interferencia constante de una Iglesia habituada a una hegemonía secular, el decisivo trauma causado por la intervención en la Gran Guerra y el hecho de que las crisis orgánicas de aquella posguerra y del corrupto régimen de la Primera República no abocaran a una transformación progresista, sino por el contrario a soluciones conservadoras, de corte autoritario y lastradas asimismo por la corrupción.

Los residuos del comunismo tras la caída del muro sirvieron de coartada para invocar de nuevo la aparición del katejon. Así, de la costilla del seudosocialista Craxi surgió Berlusconi, formado en el mundo de grandes negocios fraudulentos del milagro italiano y con la imagen de un fascismo modernizador en el fondo. El monopolio de la televisión hace innecesarios a los escuadristas. Para sofocar el pluralismo político, bastan la manipulación masiva de la opinión desde sus medios, el fraude de ley y una constante presión agresiva contra los opositores. Todo tiene su lógica.

                                   20 de octubre de 2009

 

            Es increíble lo que hay que soportar en la prensa políticamente correcta. Ahora abundan los artículos de opinión de grandes catedráticos de economía de la universidad que piden y sugieren la idea del nuevo keynesianismo, la intervención del estado. Que hablan de los límites del crecimiento, del problema del agotamiento de los recursos fósiles. Desde luego, cuando esto se viene pensado desde hace más de cuarenta años y tenemos las bases teóricas para la acción. Ahora todos se rasgan las vestiduras y quieren poner límites al crecimiento. No son más que intelectuales orgánicos aprovechados; esto es, ideólogos del sistema. Hasta hace poco sólo existía un pensamiento único, políticamente correcto, cualquier heterodoxia era una disidencia y una locuta y declarado anatema. Hoy en día, todos se suben al carro de la sostenibilidad. Antes todos defendían como única viabilidad de la democracia el sistema neoliberal, desregulación absoluta, estado mínimo, el mercado corrige errores y produce justicia social. Una gran mentira donde las haya. Ahora resulta que ya no está tan claro para los ideólogos del poder. Pero me temo que estos ideólogos juegan a despistar, porque en definitiva, el sistema de producción que tenemos sigue siendo el mismo. No sabemos si hay un final de la crisis, pero si hay un repunte, seguirá el neoliberalismo. Las propuestas no han llegado a la radicalidad que se requiere. Mientras los intelectuales orgánicos cacarean, el poder económico sigue en sus trece.

 

            La viñeta de El roto de hoy es tremendamente esclarecedora. La realidad social y política es un caos. Interesa ese caos y que no se toque. Es decir, no se admite la racionalidad. Leí un libro hace muchísimos años que me impactó, La locura organizada, de Billy Brand. La conclusión es clara, el desorden, caos, del mundo está absolutamente organizado de forma racional. Responde a razones de interés. El hambre en e mundo, la pobreza, las guerras, la carrera armamentística, el problema ecológico, todo está racionalmente pensado. Pero esto implica que está en contra de la racionalidad ético política. La globalización, que es un fenómeno absolutamente inevitable debe estar regida por ésta última racionalidad.

 

 

                        20 de octubre de 2009

 

            Al menos sé que tengo un lector fiel, lo cual es de agradecer, pero también es un compromiso. Ayer estuve hablando con mi buen amigo P.C. y me preguntó qué como andaba, que había estado varios días sin escribir en este diario. Me sorprendió, pero agradezco su atento seguimiento, mucho más en cuanto que no sólo por leerme y acercarse a textos que, en algunos casos, son difíciles de entender por abstractos y porque es necesario ciertos conocimientos filosóficos previos, y, sobre todo, por la falta de claridad del que escribe. Pero es que además mi amigo soporta mi mala literatura, lo que para mí es admirable porque él es un purista en el estilo. Hablar con P.C. siempre me estimula, porque es un indagador nato. Su discurso tiende más a la indagación que a la respuesta. Él busca conocimiento y explicaciones, de tal forma que hablar con él es siempre una indagación sobre uno mismo. Siempre le estaré agradecido. Ayer hablamos de dos temas fundamentalmente, la escritura y el cine. Para mí la escritura, en su modo ensayístico, que es el que intento practicar, es una forma de expresar lo que bulle dentro de mi cerebro y de mi corazón. Mis escritos son de origen pasional, nacen generalmente de la indignación. Son un intento de comunicación. Considero como Sócrates y Platón, que el pensamiento es diálogo. Hablar con los demás es pensar. Pensar es dialogar con uno mismo. Siempre tenemos un interlocutor, ese yo interno del que hablaba Vigostki, que en el niño está presente y hace posible el surgimiento del lenguaje. Ese yo interior es nuestro interlocutor eterno, también la conciencia, pero aquí habría que introducir más matices que tienen que ver, primero con la ética y después, con el cristianismo. Escribir es una forma de instrumentalizar, o, incluso, objetivar, el pensamiento, esto es, el diálogo. Cuando escribimos nos ponemos en profunda comunicación con nosotros mismos. El estilo del ensayo y el diario ensayístico, particularmente tienen un tono de confesión que hacen que el diálogo sea más íntimo, más auténtico. Uno en este modo de escritura expresa lo que de alguna manera es, o está siendo o construyéndose. La escritura es una confesión del yo ante sí mismo, una prueba de búsqueda de autenticidad. El ensayo, el diario y la autobiografía, los podemos encuadrar dentro del ideal socrático del conócete a ti mismo. Toda forma de pensamiento, al ser un diálogo, es una forma de indagación y, como tal, una búsqueda de la verdad. Lo mismo sucede con la lectura, aunque aquí hay más niveles. El meramente de entretenimiento, que es muy legítimo y que sintoniza con la necesidad humana, que surge de la autoconciencia vehiculada por el lenguaje, de que se le cuenten historias. Un segundo nivel, que sería el estético: el conocimiento de la belleza por vía de la literatura, como puede ser por la música, la pintura… y, por último, la lectura como conocimiento. En este caso, la lectura es un diálogo con los grandes sabios del pasado y del presente. Es un auténtico privilegio, es lo que llamé en un artículo, la lectura como conversación de la humanidad.

 

            También me preguntaba mi amigo sobre el cine, sabe que hace algo más de tres años que no voy al cine, muy a mi pesar. Para mí el cine, será por mi formación, es un ritual, que necesita de una sala grande y oscura. Pero, de todas formas, no soy un cinéfilo exigente. En el cine busco, fundamentalmente, una fusión entre estética y entretenimiento, una historia bellamente contada. No soy partidario del cine intelectual, para eso están los libros que potencian mucho mejor el pensamiento y la imaginación. Por supuesto, no niego que dentro de este cine “intelectual” existan auténticas obras de arte; esto es, una historia bellamente contada. Es muy importante el ritmo en la narración histórica en una película. El ritmo sintoniza con nuestras estructuras psicológicas, en lo que se refiere a la percepción del tiempo y lleva a la historia sola permitiéndonos la contemplación de la belleza. Hay que tener en cuenta, por otro lado, que el arte es una forma de conocimiento que se basa en el mostrar, no en el demostrar. De ahí la gran diferencia entre la filosofía y la ciencia con respecto al arte. La preocupación de las dos primerazas es la de la demostración. Por su puesto no son excluyentes aumentar nuestro conocimiento en tanto que descubrimiento socrático de uno mismo es participar de ambas formas de acceso al saber.

                                   19 de octubre de 2009

 

            Una cosa es la filosofía y otra es la doxografía o la filosofología. Lo que se suele enseñar en la academia es esto último. El conocimiento sobre los autores y lo que quisieron o pudieron decir. La filosofía, en cambio, se ocupa de problemas. Los problemas filosóficos siguen en su inmensa mayoría pendientes de solución, entre otras cosas, porque su solución es por vía aproximativa. Lo interesante es ocuparse de los problemas filosóficos y darles la perspectiva de los tiempos. La filosofía académica, si bien necesaria, es muerte del pensamiento.

 

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            La locura siempre ha sorprendído a la gente normal, porque hay algo enigmático que podría ser tan normal como lo que llamamos normalidad. El delirio se puede clasificar como tal porque es solitario, pero cuando es común, no hacemos tal. Pienso que la religión no es sólo como decía Freud una neurosis colectiva, sino un delirio colectivo. En la medida que es tal entra dentro de la normalidad. La locura ha de ser controlada, porque se escapa de la normalidad. Para que una sociedad pueda funcionar todos tenemos que funcionar al unísono, la diferencia tiene que ser mínima. La locura es la condena a la incomunicación y la soledad. De ahí que el sabio y el genio estén a un paso de la locura. Lo que lo diferencia de este último es que tienen capacidad de comunicación y de síntesis innovadora de lo real. El genio puede llevar a la historia a un paso más allá. El loco, si no es capaz de normalizar su locura, vía ritualización, se aísla en sí mismo: delira. Por eso, lo que nos salva a todos es la rutina y, por eso, también, al poder lo que le interesa es el máximo control de las formas de pensamiento. Los ritos, la repetición siempre de lo mismo es lo que nos da sentido, en definitiva, el espíritu gregario. El poder conoce esto y utiliza los centros psiquiátricos y educativos como centros de domesticación que intentan evitar los rasgos de singularidad que aparecen en los individuos. Porque, a pesar de que somos gregarios, también somos solitarios y forjadores de nuestro propio ser. Y es esa tensión que se da en nosotros, la que el poder intenta eliminar domesticando nuestro espíritu de disidencia y rebeldía, haciéndonos volver a todos al redil. Esto es claro porque es el propio conatos del poder, el intento de mantenerse en su ser. Pero también lo es del ser libre y excelente el llegar a ser por sí mismo lo que realmente es. En definitiva vivimos en la tensión kantiana de la insociable sociabilidad del ser humano.

 

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            Cosmopolitismo, ese es el ideal. El nacionalismo es identitario, irracional, religioso. Desde luego que necesitamos de la identidad; pero la identidad produce diferencia y exclusión. Genera ideas integristas, fanáticas y violencia al final. Se combate religiosamente y por fe sobre creencias, no se defienden ideas. El nacionalista es un paleto que no es capaz de ver la humanidad en el otro. Por supuesto que hay que luchar por la emancipación de los pueblos oprimidos, pero esto pasa por la idea previa de la emancipación de los hombres en particular. No se trata de salvar a un pueblo o una nación con una identidad, esto es una abstracción histórica; de lo que se trata es de salvar a los hombres. Por eso el cosmopolitismo es la filosofía que nos ayuda a pensar qué es lo que hay en todo hombre que no me es ajeno. De lo que se trata es de reconocer la dignidad humana, y ésta habita en cualquiera, sea del pueblo, etnia o estado que sea. La lucha es por la justicia global y la diferencia local. Pero esa diferencia no debe ser más que accidental. Lo sustancial es la dignidad y viene defendida por los derechos humanos. El relativismo cultural es una enfermedad del posmodernismo. Una forma que ha evitado la posibilidad de entendernos. Hay que aceptar el hecho del multiculturalismo como producto de la historia. Hay que luchar contra el imperialismo; pero estas luchas no nos deben cegar e impedir ver la realidad universal del hombre y la sociedad cosmopolitas de repúblicas libres que debe constituir la idea regulativa de la praxis política. Toda discusión entre etnocentrismo y relativismo cultural es vacía. Es una discusión desde la intolerancia. De lo que se trata es de la defensa de lo universal dentro de la diferencia. En definitiva, estas ideologías han sido utilizadas por el poder para fomentar el odio y la incomprensión, que, a su vez, produce miedo y es la mejor forma de crear vasallos.