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Filosofía desde la trinchera

 

 

                                   27 de octubre de 2009

 

                        Muy bien, de nuevo, el artículo de Jesús Sánchez Tortosa. Desde que leí su libro, El profesor en la trinchera, además de la analogía con el título de mi obra, he encontrado siempre una sintonía de pensamientos, lo cual me alegra, porque aleja a uno de la soledad intelectual en la que a veces cae, que le hace pensar, al estar tan sólo, si es que no ve las cosas demasiado deformadas. Pues, no, muchos otros, llegan a las mismas conclusiones por caminos diversos.

 

            Considero, como Jesús Sánchez, que nuestras democracia, que se suelen llamar liberales, o mejor, neoliberales, no son tales; sino que podemos denominarlas partitocracias oligárquicas. En realidad los que gobiernan son los partidos y dentro de los partidos la democracia brilla por su ausencia, lo que se da es, precisamente, una lucha de poder. Ahora bien, tal y como están organizadas estas democracias son imposibles sin el apoyo del poder económico; de ahí lo de la oligarquía. No se puede concebir un partido sin financiación y sin control de los medios de producción. Esto queda muy bien analizado en la obra El desgobierno de lo público, la financiación de los partidos viene por tres medios, la subvención estatal, la militancia, (cada vez más escasa) y las donaciones privadas. Sin estas últimas no existirían los partidos mayoritarios. Es imposible mantener la estructura de un partido sin una gran cantidad de fondos. Ya lo decía Ibarra riéndose de los de UPyD, “no saben estos el dinero que hace falta para montar un partido con opciones serias de gobierno u oposición” lo peor de todo es que este señor lleva razón y admite, entonces, desde dentro mismo de la democracia, la violencia contra la misma. Si la supervivencia de los partidos procede del crédito económico ocurren dos cosas igualmente graves. La primera es que se viola el principio de igualdad. No todos tienen las mismas oportunidades, las ideas políticas están compradas por el dinero. Es más, lo que ha ocurrido es que los partidos se han desideologizados. Los partidos con opción de poder o gobierno son, ideológicamente planos y grises. No interesan las ideas, interesa el poder. Lo mejor es que las ideas no sean más que el pensamiento hegemónico o dominante, el neoliberalismo que forma las conciencias hedonistas, individualistas y consumistas, que no tienen la posibilidad de pensar más allá de sí mismo, con lo que por este otro lado también queda la democracia amenazada, en la medida en la que no existe salud democrática. Para que exista tal es necesario la salud pública de los ciudadanos, es decir, que estos sean virtuosos. Pero el sistema ya se ha encargado bastante bien, de que el ciudadano sea tal y se convierta en una marioneta. De modo que lo primero que se conculca con la financiación privada de los partidos es la igualdad; como vivimos en una partitocracia existe una desigualdad de fondo o de partida que es de origen económico, la cual crea a su vez una falsa conciencia en los ciudadanos, de tal forma, que estos ya no son capaces de contemplar lo público. La segunda consecuencia antidemocrática de la financiación privada de los partidos es la corrupción. Si los partidos son financiados por los que tienen el poder económico, entonces, resulta que, inevitablemente, están sujetos a los intereses de este poder. La corrupción, no es algo que nos tiene que extrañar, es, por el contrario, algo absolutamente normal en las estructuras de nuestra democracia. Y, además, sospecho que esta situación a la que hemos llegado, no es algo casual, sino que tiene sus motivos. Hay un interés de fondo, en la construcción de las democracias liberales, de tal manera que, aparentemente se gobierne para el pueblo, pero, en realidad, se gobierna para una élite rica. Claro, la corrupción dentro de los partidos políticos trae otra consecuencia importante. Si los miembros de los partidos participan de esta corrupción resulta, entonces, que ya no son los modelos de valores que el político debía ser. La democracia es el gobierno del pueblo, pero como éste no puede gobernar directamente elige a sus representantes, los cuales han de ser los más excelentes. Pero, como venimos analizando, la estructura de las democracias liberales, lo que vienen garantizando es precisamente lo contrario. El que triunfa, el que está más arriba, es el que tiene más ansia de poder, el más corrupto, de entrada acepta el sistema que es en sí corrupto. Por eso, para revitalizar la democracia habría que aplicar una serie de revisiones técnicas que eliminarían la corrupción y de paso, eliminarían el elitismo de la clase política y la connivencia entre el poder político y económico. Una de las medidas sería la eliminación de las subvenciones privadas, otra la creación de listas abiertas, otra la democratización seria y a fondo de los partidos políticos, otra, la eliminación de la profesionalidad de la política a nivel local y regional. No es mucho, la verdad; pero sí es demasiado, porque el poder ejecutivo, que es el que tiene la posibilidad de cambiar las leyes, no lo hace.

 

            Lo que yo pienso es que hay que recuperar el espíritu filosófico de la democracia que se recoge en el texto de Isócrates, que dice:

 

            «Para decirlo en una palabra, aquéllos [Solón y Clístenes] habían determinado que el pueblo, como un tirano, debía establecer los cargos públicos, castigar a los infractores y resolver las disputas, y que los que fueran capaces de mandar y hubieran adquirido unos medios de vida suficientes, se ocuparan de los asuntos públicos como si fueran sus servidores y que, si llegaban a ser justos, fueran aplaudidos y se conformaran con este honor. Además, que no alcanzaran disculpa alguna caso de gobernar mal, sino que cayeran en las mayores penas. Por eso ¿cómo se podría encontrar una democracia más firme o más justa que la que ponía a los más capacitados al frente de los asuntos y hacía al pueblo señor de ellos?»

 

            Si nos damos cuenta el poder del pueblo está por encima del gobernante, debe ser su tirano. También esto es un peligro, porque si la democracia se convierte en demagogia, que era lo que Sócrates y Platón pensaban, el gobierno del pueblo se convierte en el gobierno de los ignorantes, una tiranía individualista e interesada, basada únicamente en las pasiones. Pero lo que señala el texto, y lo que señala Pericles también, en su oración fúnebre es que la democracia es el gobierno del pueblo que garantiza la isonomía y la isegoría. Ahora bien, esto no implica que la democracia no fomente la excelencia y que los que ocupen los puestos más altos en el poder en las diferentes administraciones sean, precisamente, los más excelentes.

 

 

                                   27 de octubre de 2009

 

 

            Hablé ayer de la lectura e hice una crítica al poder cuando este pretende crear un plan de fomento de la lectura, lo que a mi me parece hipócrita, porque, en definitiva, el poder persigue la ignorancia. Y esta reflexión que hice me recordó tres lecturas que hice este verano, que no eran libros estrictamente de filosofía o ciencia o historia o teoría política y ética, que es lo que suelo leer, algo de literatura también, pero ahora no tengo demasiado tiempo. Me permití el lujo de hacer estas tres lecturas en verano y ha sido de lo mejor que he leído últimamente que no tenga que ver con los ámbitos que he citado antes. La primera obra se titula Los huesos de Descartes, es una obra entre la novela negra y el ensayo histórico filosófico. De lo que se trata es de seguir la huella de los huesos de Descartes desde Estocolmo a París, y sobre todo, del cráneo que se extravió en este viaje. Paralelamente se va haciendo un recorrido de la influencia de Descartes en la modernidad; es decir, en nuestro mundo. Con Descartes nace una nueva forma de conocer el mundo, de relacionarse con él, de pensar y de actuar. Con Descartes nace también la ciencia moderna. Es el inicio de la secularización que culmina en el siglo de las luces. Los epígonos de la obra de Descartes son la posmodernidad. Este desarrollo es tremendamente interesante para saber quienes somos y de donde venimos y porqué nos encontramos en la situación en la que estamos.

 

            La otra obra es La familia Wittgenstein. Es una biografía de la familia de los Wittgenstein, una de las más ricas y cultas del primer tercio del siglo XX, además perfectamente encuadrada y ambientada en la Viena de principio de siglo. Una familia de nueve hijos, tres de los cuales, varones, se suicidan, los dos últimos son auténticos genios: Ludwing es uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, a la par que uno de los hombres más raros y atormentados. Por su parte Poul es un prestigioso pianista que se tuvo que adaptar a tocar el piano con la mano izquierda, la derecha la perdió en la primera guerra mundial. Las obras de piano para ser tocadas con la mano izquierda de los grandes compositores del siglo XX estaban compuestas especialmente para Poul Wittgenstein. El libro es tremendamente realista, describe a cada uno de los personajes con sus grandes virtudes y defectos, las luchas entre ellos, el ambiente extremadamente erudito y estético de la familia de los Wittgenstein, la pasión de toda la familia por la música, la locura que roza, junto con la genialidad, a la mayoría de ellos. Las tremendas y delicadas situaciones en las que se encontraron en la gran guerra y después. El devenir de la familia que no es más que la historia de la extinción de una extirpe de la que actualmente solo queda uno, un prestigioso matemático, hijo de una de las hijas de Poul, y sin descendencia.

 

            Y la última obra, impresionante, y literariamente la mejor con diferencia, es la de Stephan Zsweg, un dramaturgo Vienes de la primera mitad de siglo, El mundo de ayer. En esta obra se hace un recorrido sobre la última parte del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Lo llamativo es, quizás, la cierta semejanza con el momento actual que vivimos. La cualidad fundamental que el autor ve, hasta el comienzo de la Gran Guerra, es que el mundo en el que se vivía es un mundo de seguridad, en la que se pensaba que nada cambiaría, que todo iba progresando hacia mejor, que estábamos en el mejor de los mundos posibles y, encima, progresábamos, no se veía ningún peligro en el horizonte. El sentimiento, casi innato, era el de la seguridad. Pero pronto todo aquello comienza a desquebrajarse, comenzando por la primera guerra mundial, siguiendo con la gran depresión económica, y culminando, como consecuencia de ésta, con la segunda guerra mundial. Éste es el primer gran periodo de barbarie del siglo XX. Cuando todo estaba seguro nos quedaba por ver, todavía, a los infiernos a los que podía llegar el hombre. Una obra imprescindible para entender el siglo XX, aunque sea una autobiografía intelectual. Sólo por la belleza con la que está escrita merece la pena ser leída, por el deleite estético, en suma.

La corrupción, de hecho, es un componente esencial en una partitocracia dependiente del soporte económico del mercado desarrollado

Corrupción o utopía

Sin financiación ilegal la supervivencia misma de los partidos políticos sería inviable

Martes 20 de octubre de 2009, por José Sánchez Tortosa

Las condiciones materiales mismas que las sociedades opulentas ponen en juego propician el auge de sus enemigos: el fanatismo homicida y el angelical idealismo pánfilo que es hijo de esas sociedades


No es la corrupción lo que destruye una sociedad dotada de los mecanismos de un sistema de democracia representativa en las sociedades opulentas de inicios del siglo XXI. La corrupción, de hecho, es un componente esencial en una partitocracia dependiente del soporte económico del mercado desarrollado. Sin financiación ilegal la supervivencia misma de los partidos políticos sería inviable. Lo que denominamos corrupción es la cuota necesaria que el contribuyente ha de pagar para el sostenimiento de un sistema corrupto, pero tolerable en la medida en que conserva ciertas garantías ciudadanas y un mínimo bienestar económico y social. Por lo demás, toda realidad está sujeta a procesos de corrupción, si consideramos el dictamen aristotélico. O, dicho de otro modo, nada real es eterno, ni perfecto absolutamente. Esta evidencia antiutópica queda relegada al olvido por los fanatismos y por ese fanatismo débil, retórico, que es el idealismo democrático. Mientras ese margen de corrupción no desborde el umbral asumible por el sistema, éste mantendrá su equilibrio inestable. El ciudadano tendrá que tolerar la existencia de una casta privilegiada que tiene acceso a las prebendas del poder, pero si son capaces de desarrollar una gestión racional de la sociedad, ésta podrá dar cobertura material a la mayor parte de los sujetos que la componen. Pero pretender que un sistema de estas características pueda gestionarse en un plano de ausencia total de corrupción es soñar con los ojos abiertos, es entregarse a un idealismo suicida, a una utopía cuyo previsible despertar muestre, sin más, los restos de la catástrofe.

Precisamente, lo que carcome los cimientos de un tipo de sociedad como ésta son esas dos derivas que se ciernen sobre nosotros sin que los responsables administrativos parezcan advertirlo o, en todo caso, sin que muestren el mínimo esfuerzo por defenderse de su empuje, ya que están atrapados por las redes ideológicas y retóricas que las alimentan, cuando no forman, directamente, parte de ellas, y en ocasiones de ambas: son la incompetencia y el fanatismo, dos variantes de la estupidez humana.

Por su naturaleza, las democracias occidentales son vulnerables a fuerzas sociales menos escrupulosas o más ilusorias. Las condiciones materiales mismas que las sociedades opulentas ponen en juego propician el auge de sus enemigos: el fanatismo homicida y el angelical idealismo pánfilo que es hijo de esas sociedades.

La utopía, ese «reino que no es de este mundo», amenaza nuestra civilizada decadencia, pone en peligro esos átomos de auténtico epicureísmo que aún van quedando, los pocos oasis de inteligencia y belleza que resisten bajo la idiocia hegemónica, bajo la estulticia institucionalizada. Los políticos establecidos en las cúpulas de ciertos Estados muestran una actitud más propia de salvadores iluminados que de gestores al servicio de la Res publica. La imparable deriva sofística inherente al propio desarrollo de las sociedades de masas pone al mando a los menos capaces. Ante la estulticia democratizada, no quedan defensas en los individuos, ni propiamente individuos ni ciudadanía que merezcan tales términos, desarmados, gracias a un sistema educativo que ha dinamitado el pensamiento, ante la retórica vacía y amplificada por los medios masivos de producción de consenso.

«Para decirlo en una palabra, aquéllos [Solón y Clístenes] habían determinado que el pueblo, como un tirano, debía establecer los cargos públicos, castigar a los infractores y resolver las disputas, y que los que fueran capaces de mandar y hubieran adquirido unos medios de vida suficientes, se ocuparan de los asuntos públicos como si fueran sus servidores y que, si llegaban a ser justos, fueran aplaudidos y se conformaran con este honor. Además, que no alcanzaran disculpa alguna caso de gobernar mal, sino que cayeran en las mayores penas. Por eso ¿cómo se podría encontrar una democracia más firme o más justa que la que ponía a los más capacitados al frente de los asuntos y hacía al pueblo señor de ellos?»

(ISÓCRATES, Areopagítico, 21-28)

Y al ciudadano le hacen bailar a su propio son. Esto es la fiesta del fin del mundo.

 

 

                                   26 de octubre de 2009

 

            Se nos viene hablando últimamente desde las autoridades académicas de un plan de fomento de la lectura. Quieren estos señores agarrados a la poltrona y a la lucha por el poder políticos, que probablemente no han tocado un libro en su vida, fomentar en los centros de enseñanza la lectura. Me parece muy bien, pero cuando esta iniciativa viene del poder y, creo, que éste es, por lo que muestran, tremendamente inculto me parece poco menos que sospechoso. Desde luego que en mi centro educativo hay que agradecer la gran labor que un puñado de profesores han realizado con la biblioteca, la han ordenado, catalogado e informatizado. Esto supone muchísimas horas de trabajo y esfuerzo, desde aquí se lo agradezco. Antes la biblioteca estaba relegada al olvido, hoy es una realidad que puede ser perfectamente utilizada y con un gran fondo de libros. Pero no es sólo esto la idea del plan de fomento de la lectura.

 

            Vamos por parte. Considero la lectura como una de las actividades más importante que pueda realizar el hombre. Ahora bien, lo que ocurre es que hay que matizar muchas cosas en el tema de la lectura. La lectura, no es meramente entretenimiento, aunque sólo el acto físico de leer sea un placer, sino que la lectura tiene que ir más allá. La lectura tiene que ir dirigida al conocimiento. Y este conocimiento es el conocimiento del mundo y de uno mismo. La lectura es diálogo, de ahí que la lectura sea pensamiento y autoconocimiento. La lectura pone en contacto a la humanidad entera, en el presente y en el pasado. La lectura es el instrumento que tenemos para acceder al mundo del conocimiento y de la belleza. La lectura, meramente como entretenimiento, creo que es dispersión, pan y circo, de lo que se trata es de tener entretenidos al personal. Curiosamente los libros que triunfan y que se venden más son todos estos que tienen como fin entretener a los ciudadanos y llenar su vacío interior. De ahí que proliferen las noveles de misterios, religiosas mezcladas con novelas negras, etc. Son pocos los títulos que encontramos en las librerías. Los libros se exponen como cajas de detergentes, es la cultura mediatizada por el mercado. Pues bien, muy lejos para mí está el tema del fomento de la lectura. Para empezar hay gente que lee, y no pueden concebir la vida sin la lectura –siempre dirigida a la búsqueda de la verdad y la contemplación de la belleza- y otros que no leen, de entre ellos la mayoría no lo harán nunca, por mucho fomento que haya, otros sí. Pero la lectura es una cuestión elitista, de unos pocos. No quiero decir con esto que sean los mejores, sino sólo unos pocos.

 

            ¿Por qué sospecho de un plan institucional de fomento de la lectura? Es muy sencillo. Después de muchos años de insistirles a mis alumnos de la necesidad y el bien moral e intelectual que puede hacerles la lectura, he claudicado. Mi mensaje ahora es que no lean, que leer es peligroso, pero, sobre todo, peligroso para el poder. También es peligroso para ellos porque pondrá en entredicho sus ideas y creencia. El conocimiento que la lectura genera, produce duda, y esto es pensar. De alguna manera esto también es peligroso. En la medida en la que uno empieza a leer entra en lo que he llamado la conversación de la humanidad, digamos que entonces ya ha mordido la manzana, ya no hay vuelta atrás. El mundo y nuestra vida ya siempre serán de otra manera. Nos habremos dado cuenta de nuestra ignorancia y de que vivimos en un mundo de apariencias, por eso las cosas no son lo que parecen, el mundo interpretado empieza a carecer de sentido. Llegamos al desencanto del mundo, o desacralización de lo real. Se instala para siempre en nosotros la duda y la indignación contra el poder que intenta imponernos un mundo a su medida. Por eso no puedo creer, de ninguna manera, en la bondad de ese fomento cuando viene de las instituciones ocupadas por el poder. La lectura está relacionada con la libertad, con la rebeldía, y esto es lo que menos le interesa a las distintas formas de poder. La cosa está muy clara desde el mito del génesis, se nos prohíbe comer del árbol del conocimiento. El conocimiento produce la heterodoxia, la disidencia, por eso siempre ha sido sospechoso para el poder, ha sido declarado anatema. Cuando cualquier forma de poder se hace autoritaria tiende a eliminar todas las formas de conocimiento que no coincidan con la ideología del poder. Por eso, insisto, déjenme que sospeche de la bondad de este plan institucional de fomento de la lectura, máxime cuando viene de la institución que se ha cargado la enseñanza. Esa medida queda muy bonita sobre el papel, pero no es más que propaganda, autobombo y engaño. Y luego tiene a todos los sociatas que hayan escrito cuatro líneas dando charlas por los centros educativos, eso también tiene tela,…¡qué mundo ha creado esta perpetuación del poder! ¡cuántos intereses!, en fin.

 

            He leído últimamente una frase de M. Kundera que es tremenda y con la que coincido plenamente, dice lo siguiente, la lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido. ¡Cuánto contenido encierra esta frase! ¡Y cuánto de lo que venimos diciendo en estos pensamientos está contenido en ella! La lectura como forma de conocimiento es una forma de recuperar la memoria, de hacerse autoconsciente y, por lo mismo, una forma de lucha contra el poder, el olvido y el engaño.

 

23 de octubre de 2009

 

            Terminé hace un par de días un libro buenísimo Los límites del patriotismo. Se trata de una compilación en la que se arranca de un ensayo patriotismo y cosmopolitismo de la filosofa norteamericana Martha Nussbaum a la que le sigue una serie de ensayos en respuesta al primero lo que muestra la gran polémica que suscitó. Se cierra el libro con una réplica magistral de la filósofa. La idea general es muy sencilla, Nussbaum defiende el cosmopolitismo, frente al patriotismo y considera que hay que introducir los valores del cosmopolitismo en la educación; se refiere fundamentalmente a los EE.UU. Su tesis arranca de Diógenes el perro, cuando a éste le preguntaron de qué ciudad era, respondió:  yo soy “Kosmo polita”, esto es, ciudadano del mundo. A lo largo de la tradición filosófica occidental ha habido múltiples defensores del cosmopolitismo, los estoicos griegos y después los romanos, Séneca, Marco Aurelio, Cicerón, entre los modernos nos encontramos a Adam Smith, a Kant que sería el más completo. Luego el siglo XIX trajo la terrible enfermedad de los nacionalismo y del advenimiento de un hombre nuevo, que después se uniría, curiosamente, al internacionalismo socialista y comunista (que en principios deberían ser cosmopolitas) con la intención de luchar contra la opresión. Por mi parte pienso, y lo he discutido mucho con marxista, como M. M. que esto es una contradicción de los marxistas de la que no han sido capaces de salir. De todas formas este no es el tema, pero sí tiene que ver mucho con el fracaso de la izquierda y sobre todo, aquí en España. Una cosa sí es verdad, tanto al marxismo, como a los nacionalismo le anima el mismo espíritu, el romanticismo irracional y utópico.

 

            Pero vamos al asunto del cosmopolitismo que a mí desde mi adolescencia, cuando por primera vez tuve acceso a los estoicos, me fascinó. Cuando escuché por primera vez esta teoría me sentí raptado en mi pensamiento, encontré una explicación, que de alguna manera, me daba alas, me liberaba de las normas y costumbres que me rodeaban y coartaban y que yo consideraba, como buen adolescente rebelde, vacías e hipócritas. Desde entonces para acá me he considerado cosmopolita, igual que soy, desde el punto de vista ético, universalista, además, esto con un fundamento en la naturaleza. La naturaleza humana, que es sólo la biológica, es universal. Pero el cosmopolitismo tiene un mensaje ético mucho más profundo que desarrollaré después. Primero analizaré la crítica fundamental que se le puede hacer. Se dice que para el ser humano es imposible la vida, como ser social que es, y esto es ya desde Aristóteles, sin la identidad; y que ésta tiene lugar a través de la familia, el pueblo, la ciudad y, como mucho el estado y la nación. Bien, nada hay aquí incorrecto. Nuestro proceso de socialización tiene que pasar por un proceso de identificación, pero éste al final tiene que trascenderse. Esto es, que tenemos que llegar a lo universal a través de lo particular y vuelta. Nos reconocemos en lo universal a través de lo particular y en lo particular a través de lo universal. Por otro lado, el paso de lo particular a lo universal se encuentra en el propio proceso de humanización que lo podemos estudiar desde la antropología. Primero eran los clanes en el paleolítico, y se luchaba entre ellos, luego las ciudades, más tarde los estados y, por último la globalización, aunque se me diga que ésta es sólo económica. Es cierto que sí, pero no sólo, también tenemos los derechos humanos, el derecho internacional, la corte penal internacional. Todo en pañales, sí, pero ahí están para ser desarrollados. De modo que la crítica si bien es cierta, lo que le ocurre es que no entiende el mensaje ético que tiene el cosmopolitismo. No sólo lo encontramos en los estoicos, griegos y romanos, sino también en los evangelios, parábola del buen samaritano, piedra angular de la ética cristiana. Lo encontramos desarrollado también en las teorías del derecho de gentes que tiene uno de sus máximos defensores en Bartolomé de las Casas que quiere considerar a los indios en pié de igualdad con los cristianos, a pesar de no ser bautizados. Está surgiendo el concepto de dignidad y así seguiremos hasta Kant, que es el que le da toda la dimensión universal que se merece, aunque el no le saque, en la práctica, las consecuencias que llevaba implícito en sí mismo su imperativo de la dignidad: obra siempre como si el otro fuese un fin en sí mismo y no un instrumento. Y esto es precisamente el gran logro del cosmopolitismo. El ciudadano del mundo es el que reconoce en el otro a otro yo, a un semejante, al prójimo. Lo que tiene el cosmopolitismo, y hoy en día es absolutamente necesario para luchar contra la globalización neoliberal excluyente, es una impronta ética de hondo calado. El ser ciudadano del mundo implica el reconocimiento de que cualquier otro, incluso los no nacidos, las generaciones venideras son sujetos de dignidad, por tanto debemos construir un modelo social –conjunto de instituciones que garanticen- la puesta en práctica de este principio moral universal. De lo que se trata es de la capacidad de reconocer lo humano en el otro. Como decía el sabio, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Pero, claro, esto no implica, y ahí lo entienden mal los críticos, que están cegados por el patriotismo o patetismo, el abandono de las identidades particulares. Uno se construye a partir de estas identidades, pero debe ser capaz de trascenderlas y de mirarlas desde la perspectiva de lo universal. De tal forma que el trato con los de tu propia identidad ya no se basa en el hecho de que sean de tu propia familia, pueblo, ciudad, estado; sino que se basa en el hecho de que son personas, fines en sí mismo, sujetos de dignidad. Y entonces habremos dado un paso importante en nuestro mundo ético. Después viene el asunto político. Tenemos que ser capaz de trascender las instituciones nacionales y estatales, si bien necesarias, en pos de unas instituciones globales que garanticen la humanidad-dignidad de todos los hombres. Y ese es el camino de la sociedad cosmopolita, o, como diría Kant, de la sociedad de repúblicas libres cosmopolitas.

 

            Curiosamente ha coincidido que me estoy leyendo un libro interesantísimo, del que estoy aprendiendo mucho, de la filósofa que despertó la polémica Martha Bussbaum. El libro se titula Las fronteras de la Justicia. El libro hace una crítica a las teorías del contractualismo político, incluyendo la más desarrollada y completa, la del recientemente fallecido Rawls, porque parten de un concepto de igualdad equivocado que les impide tratar tres problemas importantes, que a mi modo de ver, tiene que ver con el cosmopolitismo. Los problemas son: el trato a los incapacitados psíquicos y físicos, la posibilidad de trascender las leyes de la nación (sobre todo cuando ésta es la dominante EE.UU) y la necesidad de extender la justicia a la naturaleza. El problema de los contractualistas es que consideran que el contrato originario se hace entre iguales para obtener un beneficio mutuo, esta sería la base de la formación de los estados democráticos liberales. Pero lo que señala Nussbaum es que si partimos de esa situación originaria nos quedamos fuera esos tres ámbitos, con lo cual, no podríamos construir una sociedad justa, habría tres ámbitos de exclusión. El contractualismo de Rawls es el más completo e introduce dos conceptos muy importantes. El primero es el del velo de ignorancia, según éste el acuerdo al que se llega debe basarse en la ignorancia de lo que es cada cual, de esta forma todos parten de la igualdad, porque deben pensar (por el dilema del prisionero) que se pueden encontrar en la posición más injusta y desfavorable, por eso, en su contrato intentará que todos aquellos que se encuentran en situación desfavorable sean atentidos justamente. Por su parte, Nussbaum considera que hay que pasar de un enfoque cntractualista a otro al que se le sumaría el de las capacidades. Por mi parte pienso que si ahondamos en el velo de ignorancia, también podríamos pensar que nuestra situación inicial fuese de la la discapacidad y ahí estarían incluidos todos los discapaces, mujeres, dependientes por edad, etc. En cuanto al tema de la naturaleza me sumo a lo que ya dijera Hans Jonas el principio de responsabilidad. Tenemos que ampliar nuestra ética desde este principio, que lo podemos considerar como el principio básico de la ética ecológica. Viene a decir lo siguiente, nuestros actos deben tener en cuenta siempre su repercusión en el otro, pero no el cercano (prójimo) sino en aquel que ni conocemos e, incluso, al no nacido. De esta forma nuestras relaciones con la naturaleza vendrían mediatizadas por este principio. El segundo paso sería el político-jurídico que consiste en llevar esto a la práctica desde instituciones internacionales. Volvemos, por este camino también, al cosmopolitismo desde una visión ética universal de la humanidad y que, además, como adelanté antes, tiene una base en nuestra propia naturaleza biológica.

¿Qué gram lucidez desde la ironía? Esto si que es un análisis de la crisis y sus causas y de la falta de voluntad (estupidez, avaricia, vanidad, ansia de poder) para resolverla.

TRIBUNA: JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN

’La cena de los idiotas’

JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN 23/10/2009

El argumento de la divertida película francesa La cena de los idiotas refleja, en miniatura, el escenario de la crisis que estamos padeciendo.

Ejecutivos elitistas se disputaban el placer de conseguir invitar a la persona que consideraban más idiota. El verdadero protagonista del film es precisamente el supuesto idiota. François Pignon es una persona poco agraciada, torpe de expresión, humilde y tímido. Sus anfitriones olvidaron que trabajaba como inspector de Hacienda y que sus preguntas iban a resultar embarazosas, creándoles situaciones incómodas que revelarían dónde radicaba la verdadera estulticia.

Trasladando la trama a los tiempos presentes, podemos imaginarnos a nuestro protagonista asistiendo a varios tipos de cena.

Primera cena. Invita un grupo de altos ejecutivos financieros. Se produce un pugilato entre los anfitriones sobre su habilidad para falsear los resultados contables y presentarlos como sanos y sólidos. Pignon pide disculpas por terciar en sus brillantes exposiciones y pregunta ingenuamente cómo se puede dar por bueno un asiento contable absolutamente falso.

Las carcajadas estallan al unísono y apenas se dignan explicarle que los organismos reguladores no se fijan en esas minucias. Añaden que si son descubiertos sus abogados sostendrán, donde proceda, que se trata de ingeniosos artificios contables producto de la creatividad e imaginación de sus privilegiadas mentes.

Segunda cena. En esta ocasión se unen a la cena ni más ni menos que el presidente del Fondo Monetario Internacional y el secretario del Tesoro estadounidense. Se vislumbraba la bancarrota de Lehman Brothers. Nuestro personaje pregunta si son ciertos los rumores y uno de los asistentes le contesta: "Mire, realmente éramos demasiado codiciosos. Por eso tenemos que controlar nuestra codicia con una regulación mejor". Casi sin voz se atreve a comentar: "Pero la codicia es un pecado, ¿por qué simplemente corregirlo?". Reconocieron que sería conveniente reconsiderar el sistema de remuneración de los altos ejecutivos. Alguno advirtió solemnemente: "Si no hay reglas globales (sobre las remuneraciones) habrá una fuga de talentos".

El buen Pignon les comentó que había leído que el FMI no goza de simpatías en los países menos desarrollados. Sus recetas son duras: saneamiento del presupuesto a expensas del gasto social. Reducción del Estado y puesta de toda su maquinaria al servicio de la deuda externa. Había oído que en algunos países facilitaron golpes militares para establecer sistemas antidemocráticos que, además de violar los derechos humanos,colocaban a responsables económicos proclives a estas tareas. De manera cortés pero tajante afirmaron que ellos nunca organizaron golpes militares. Allí terminó, por esta vez, la cena.

Tercera cena. En esta ocasión los convocantes incorporaron a la cena a algunos intelectuales de prestigio. Pignon sintió que, por primera vez, lo que estaba oyendo le resultaba sugerente. Joseph E. Stiglitz planteó si era posible atender simultáneamente a dos grandes desafíos, el cambio climático y la crisis económica, manteniendo o intentando mejorar el PIB (producto interior bruto) pero sin elevarlo a la categoría de fetiche intocable. Alguien mencionó la Tasa Tobin, y la conveniencia de un impuesto fuerte sobre las transacciones financieras. Después se enteró de que James Tobin es un economista estadounidense que lanzó ésta y otras ideas sobre impuestos a la producción armamentista. Su osadía suscitó la airada respuesta de los neoliberales, que llegaron a insinuar que se trataba de un sesgado apoyo al desarme frente al enemigo y un apoyo al tan denostado pacifismo. Les recordó que el asesor especial del secretario general de la ONU en materia de finanzas para el desarrollo, Philippe Douste-Blazy, había anunciado: "Nos enfrentamos a una crisis de ética, a un problema de cinismo del propio sistema. No podemos seguir como hasta ahora".

La intervención de Claudio Magris fue ilustrativa. "El liberalismo dice que la libertad de un individuo termina donde se inicia la del otro; los anarcocapitalistas que no se preocupan de estos límites y estas tutelas no pueden declararse liberales más de lo que lo podría ser un estalinista".

La última cena. Al parecer, sus anfitriones le habían tomado cariño y volvió a ser invitado. Aceptó no sin cierto escepticismo, pero pensó que los intelectuales habían trazado un camino posible hacia horizontes más dignos. Esta vez el tema versaba sobre los impuestos. Qué le iban a contar a él que era inspector de Hacienda. Cada vez que surgen estos desagradables temas los sectores privilegiados reaccionan airados y con un cierto desdén. El sistema está trazado y nadie conseguirá enmendarlo. Se paga por lo que se consume y se contribuye por los ingresos medios y bajos. Todo lo demás es discutible pero, según sus anfitriones, intangible.

Pignon insinuó que algunos pretenden hacer cambios basados en la razón y en la opinión de las mayorías. Si unimos la razón y la mayoría, el paso hacia el cambio es inobjetable. Entendió que quien proponga soluciones novedosas en busca de la justicia tributaria como instrumento para conseguir una mejor justicia social se convierte automáticamente en un enemigo del pueblo. Pignon siempre había recaudado conforme a las pautas que le marcaban. No se había detenido a pensar sobre la posibilidad de establecer un impuesto sobre las grandes fortunas y las exorbitantes remuneraciones de la casta de los sacerdotes que ofician, en exclusiva, en los altares del sistema financiero.

Ante la grosería y prepotencia de los argumentos de quienes justificaban sus privilegios, Pignon perdió, por primera vez, su compostura y se atrevió a decir que las multimillonarias retribuciones y jubilaciones eran injustificables e intrínsecamente perversas, tanto en épocas de cierta bonanza como en las tormentas perfectas que ellos mismo habían desencadenado con sus artificios financieros. Percibió que había despertado un movimiento de solidaridad entre los líderes que clamaban desafiantes ante lo que consideraban un despojo intolerable. Se comportaban como masas enfurecidas dispuestas a refugiarse y resistir en las barricadas de los últimos pisos de sus rascacielos. Se lo dijeron a los líderes del mundo reunidos en Pittsburgh con tal intensidad que éstos, de muy diversa ideología y origen, decidieron posponer el tema hasta que se restaurasen los equilibrios climáticos y desparecieran las turbulencias. Su triunfo era indiscutible y su impunidad estaba garantizada.

Esa noche Pignon me confesó que estaba cansado y que no pensaba asistir a ninguna otra cena. Comprendí su hastío y le agradecí su inmensa paciencia y la dignidad con la que nos había representado.

 

 

            22 de octubre de 2009

 

Acabo de terminar una de las tareas más tediosas de la enseñanza tal y como nos la tienen impuesta. Acabo de terminar, nada más y nada menos, que la programación general del curso. Ahí es nada. Esto es lo que quieren estos burócratas de la enseñanza que no tienen la más mínima idea del acto mismo de enseñar, de la transmisión, inefable, de conocimientos y valores. ¿Cómo vamos a reducir un arte y un saber práctico a un conjunto de términos pseudocientíficos que lo único que hacen es encubrir la nada de la educación? La nada a la que estos ideólogos, ¿qué digo? No creo que lleguen a tanto, estos creyentes obedientes del mito del pseudoprogresismo de la escuela que ha llevado la enseñanza a una cuasihecatombe, de la que tendrán que pasar lustros para ver un poco de luz. El daño que esta izquierda progre ha hecho a la enseñanza no tiene parangón. Ya nos hemos referido aquí a su peligrosa falacia, por aquello de ser un mito, y en los mitos se cree y, por tanto, se imponen, de la democratización de la enseñanza. Esto es una auténtica barbaridad. La enseñanza debe potenciar la excelencia. Y esto no quiere decir que la enseñanza deba ser elitista (para los que tiene poder económico o de otra clase), no. La enseñanza debe ser universal; pero su objetivo debe ser el de producir ciudadanos. Enseñar y educar debe ir encaminado a la misión casi mágica de hacer que un individuo, casi un homínido, se transforme en un ciudadano, un ser libre y autónomo. Pero las diferentes leyes de educación, con palabras robadas a la democracia, han hecho todo lo contrario. Nos han engañado, no quiero pecar de vanidad, pero desde el principio de la LOGSE, allá por los noventa, ya lo sospechaba. Siempre fui crítico de la LOGSE, pero poco a poco me he ido dando cuenta da la tremenda carga ideológica que tiene la misma y de lo bien pensada y planeada que está. Lo deja todo atado y bien atado. Es como una religión, o se niega la totalidad, o no hay forma de meterle mano. La LOE, que la ha sustituido es aún peor, porque no sólo es más de lo mismo, sino que profundiza aún más poniendo los instrumentos necesarios para que se transmita la ideología de la pseudoizquierda de la igualdad. Y a los inspectores y a las juntas directivas, lo único que les importa es el papel. Que haya papeles y justificaciones de todo. ¡Qué sabrán ellos de la magia y el arrebato del enseñar y aprender! Nunca el aprender es cuantificable.

Como filósofo y ciudadano que soy mi deber es hacer una crítica a la ley de educación. Aquí tengo que matizar. Kant hacía una doble distinción del uso de la razón. Hay un uso privado y un uso público. Es una distinción muy sutil y de gran calado, pero en otro momento la abordaremos. Sólo decir, que el uso privado implica la obediencia. Yo, como funcionario del estado, tengo que obedecer la ley. Pero como ciudadano y, más aún, como filósofo, porque es mi deber, tengo que hacer una crítica pública de la ley, cosa que hago por escrito y ante mis alumnos para despertar sus conciencias y animarles a que sigan el ejemplo. Se podría ir aún más allá, desobediencia civil, también ésta en algún ámbito la practico. Pero esto es más complejo de lo que parece. En realidad, tenemos la enseñanza que nos merecemos. Los profesores hemos aceptado indiferentemente las leyes educativas, ni se han criticado en profundidad y de forma generalizada, ni se ha protestado, ni ha habido huelgas, manifestaciones, encierros. Cuando se nos presenta este estado de cosas, entonces uno se echa las manos a la cabeza y dice: pero, bueno, cómo es posible que los que se encargan de la educación, los que tratan con las ideas, los supuestos intelectuales, son tan cómodos, tan poco críticos y tan borregos. Cómo es posible enfrentarse a las leyes ideológicas del poder si el profesorado ha sido el primero en dejarse –a lo mejor es que es inconsciente, lo que es peor todavía- domesticar. La educación es el vehículo de transmisión de la ideología del poder. Es un mecanismo de control. Y los profesores han sido la transmisión de esta ideología. Pieza clave del sistema. Han sido obedientes y sumisos. Se han vendido, esto cuando han tenido cierta conciencia, por un plato de lentejas. Para cobrar los sexenios, pues, ala, allá que van todos a los CPR a escuchar estupideces y tonterías pseudocientíficas sobre la didáctica de yo qué sé que naderías. Y así, poniéndose un velo en los ojos, estos los más críticos, cubren el expediente y engordan sus sueldos. No, aquí, desobediencia civil. El profesor tiene que formarse en su materia, porque supuestamente la ama y vive entre otras cosas para ella. Pero no, el profesor está instrumentalizado. Y ahora se llevan las manos a la cabeza con la violencia en las aulas, el fracaso escolar, el absentismos, pero la cosa viene de mucho más lejos y estaba todo muy bien pensado. Los últimos en caer, donde creíamos que residía el último baluarte del espíritu crítico, el tribunal de la razón, la universidad. Éstos se han rendido al plan Bolonia, también, por un plato de lentejas, eso si, para estos más abundante. En fin, que no se hable de los alumnos, alumnos y profesores están hechos de la misma pasta, materia maleable y domesticable.

Pero también quisiera hablar de algunas de esas profundizaciones que la LOE  ha hecho en la ideología que se venía defendiendo y que nos hacen creer que es la izquierda, cuando en realidad no es más que el pensamiento único hegemónico, el pensamiento neoliberal que sólo mira la productividad y que lo convierte todo en mercancía. Me refiero a ese invento de las competencias básicas. Ahora el objetivo ya no es el conocimiento –que ya antes casi tampoco lo era- sino, las competencias básicas. Sólo la palabra competencia está ya dentro de la ideología mercantil. Cuando decimos que el objetivo es el de alcanzar una serie de competencias básicas, lo que estamos diciendo es que el conocimiento está instrumentalizado, es un medio para obtener otra cosa. El conocimiento pierde el fin en sí mismo, por tanto, su dignidad. Claro, en una sociedad en la que todo vale, el conocimiento ha de perder el valor. De lo que se trata es de la adaptabilidad. Las competencias básicas no son más la forma de que la escuela produzca individuos adaptables al sistema, no ciudadanos libres, sino individuos sumisos. Se nos pone como un algo inevitable el mundo en el que tenemos que vivir, y las competencias básicas son las que nos van a permitir vivir en este mundo. Por tanto, lo que se nos está enseñando es a obedecer a algo, que de entrada, se da como inmutable: la estructura social en la que vivimos. Y esto es lo mismo que ocurre con el plan Bolonia, de lo que se trata es de la adaptabilidad. Pero la verdadera educación lo que debe perseguir es la capacidad de crítica y, por ello, la posibilidad de cambiar el mundo que nos rodea, si consideramos que es injusto y desagradable. Eso es ser libre e ilustrado. Se ha confundido el ideal ilustrado con la educación universal y obligatoria. El ideal de la educación de la ilustración era ofrecer el conocimiento que nos librase de las cadenas de la superstición y de las creencias, en aquel momento religiosas y aristocráticas. Hoy en día el pensamiento ilustrado sigue siendo válido. El objetivo de la educación es la libertad, luchar contra las ideologías, las creencias y las supersticiones con las que el poder pretende domesticarnos.