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Filosofía desde la trinchera

 

                                   30 de octubre de 2009

 

            El hombre es un ser para la muerte. Somos hombres, entre otras cosas, en la medida en la que somos conscientes de nuestra propia muerte. Realmente somos conscientes de que tenemos un final, que moriremos como todo el mundo. De todas formas, aunque culturalmente nuestra conciencia de la muerte nos hace humanos, nace el ritual sobre la muerte, por tanto, el mito y la religión; a nivel particular, aunque sepamos que vamos a morir, es una idea con la que no convivimos porque nos produciría una tremenda angustia. La angustia de la vida es que somos seres finitos. Lo único que persistirá de nosotros será nuestra descendencia biológica, sólo en los casos más grandes quedará su obra para la humanidad. De todas formas, lo que queda de cada uno es su biología y su obra, lo que ocurre es que la segunda marca grandes diferencias entre los hombres. Aunque también hay que decir que la fama no siempre es justa, que la historia no es imparcial. Pero esto es otro tema. Hoy toca la muerte ya que nos acercamos al día de los muertos.

 

            Decía que aunque somos seres para la muerte no la vivimos como presencia, es más parece que lo que se intenta hacer es vivir de espaldas a ella, lo que intentamos es burlarla por todos los medios. Pero la muerte es implacable y, además, inminente, en el sentido de que como es impredecible, no sabemos cuando nos puede acaecer, podría ser ahora mismo, o dentro de cuarenta años. De ahí que el pensamiento sobre la muerte sea algo absolutamente necesario para llevar una vida auténtica. En la muerte de cada cual se refleja la dignidad de su vida. Para mi el ejemplo es la muerte de Sócrates y la de los estoicos, que optaban por el suicidio, la eutanasia. Suelo realizar un experimento mental con mis alumnos que consiste en lo siguiente. Les pregunto que qué es lo que harían si supiesen que van a morir, pongamos, dentro de tres meses o a lo sumo un año. La respuesta casi unánime es que van a vivir el tiempo que les queda a tope, que van a hacer lo que siempre han querido hacer, pero dejan para otro momento. Pues bien, esta respuesta muestra una existencia inauténtica. Lo malo es que la mayoría de la gente adulta también respondería algo parecido. Aquí falla algo. Vivimos como si la muerte nos fuese ajena; pero es la única verdad evidente que poseemos, lo único que sabemos con absoluta certeza es que vamos a morir, y no sabemos cuándo. Esto es una verdad inapelable. Pero la tozudez humana, su estulticia, la intenta evitar. Por el contrario, intenta encontrar otras verdades y seguridades en cosas que son banales y perecederas. De ahí que la mayoría de las existencias son existencias inauténticas. Pero también es cierto que todas las existencias están recorridas por ese sentimiento de angustia, casi siempre semiconsciente de que somos seres abocados a la muerte. De ahí que huyamos de la soledad como de la peste. No soportamos la soledad, porque no nos soportamos a nosostros mismos, porque llevamos una vida inauténtica y hueca, llena de frustraciones, porque realmente nos damos cuenta de que efectivamente estamos perdiendo la vida y el tiempo. Porque nuestro tiempo es limitado y el tiempo fluye inexorablemente y somos vagamente conscientes de ello, pero en la soledad se nos hace patente. Nuestra existencia se transforma en una huída de la máxima certeza, es una huída de la muerte como realidad última y radical. Pretendemos entretenernos, pasar el tiempo, en definitiva, desvivirnos. Porque entretenerse, pasar el tiempo, es fomentar la inconsciencia. La consciencia, o, mejor, la autoconsciencia, es la que nos muestra la finitud, mientras menos consciente seamos más nos aceramos al olvido de la muerte. Por eso lo que se busca es la diversión efímera que lo que produce es un estado transitorio de inconsciencia. O también lo que se busca es llenar la vida de objetos, porque en realidad, nuestra vida real está vacía. Consumimos para autoafirmarnos. El acto de la posesión es como un rapto a la muerte, o un reto, pero la muerte está siempre ahí. Nos acecha, anida en nuestros sueños y en nuestras angustias, en el miedo a la soledad, al fracso, a la pobreza, a la enfermedad, a la pérdida de los seres queridos. Nos esforzamos por vivir en contra de nuestra propia realidad e intentamos buscar el sentido de nuestra existencia erróneamente llenando el vacío que nosotros mismos vamos creando. Por eso el común de la gente responde a mi pregunta como señalé antes, disfrutar de la vida, hacer lo que realmente quiero hacer, vivir plenamente. Es una respuesta, como digo contradictoria y que muestra el vacío de nuestra existencia. La clave está en lo siguiente: la muerte, además de ser una certeza, es imprevisible, nos puede ocurrir en cualquier momento. Si eso es así, que lo es como verdad evidente e irrefutable, por más que lo queramos evadir; entonces, ¿a qué esperamos para vivir la vida plenamente, para hacer lo que realmente queremos hacer…? Y es aquí donde se muestra el sinsentido de la existencia de la mayoría y el miedo a la muerte que intentan ocultar con sus existencias vacías, pero llenas de lo inútil. Existencias perdidas, anónimas, casi en el nivel de la inconsciencia. En definitiva, existencias robotizadas, automatizadas que responden obedientemente a los dictados de la costumbre, cargadas de un alto grado de frustración y resentimiento.

 

            Filosofar, decía Platón es prepararse para la muerte. Es una enseñanza de su maestro Sócrates. Y también decía el filósofo de origen español Spinoza, que en nada piensa menos el sabio que en la muerte. Parecen dos frases contradictorias, pero vienen a decir lo mismo. Cuando decimos que filosofar es prepararse para la muerte lo que queremos decir es que nuestra misión es llevar tal vida que si la muerte se nos acerca, no la temamos. Quiero decir con esto, que prepararse para la muerte es llevar una existencia que contempla la inminencia de la muerte, y esa inminencia no produce ningún tipo de temor, porque nuestra existencia es, en cada momento, plena. La muerte, simplemente pone final a esa plenitud, pero nada podemos perder, porque nuestra existencia ha sido auténtica. Eso es estar preparado para la muerte, vivir conforme a la virtud. Si ésta habita nuestra vida permanecemos tranquilos y serenos ante la muerte, que contemplamos simplemente como el punto de llegada, como la culminación de una existencia plena. No hay ni miedo ni angustias ante la muerte, hay una aceptación serena y tranquila de la misma. Por eso vienen a decir lo mismo las dos frases. Si la muerte no afecta a una vida plena, y la del sabio lo es, entonces en nada piensa menos el sabio que en la muerte. La muerte le es absolutamente ajena. Como decía Epicuro, cuando yo estoy, la muerte no está, cuando la muerte está yo no estoy. Por tanto la muerte nos es ajena, y en tanto que hemos alcanzado la sabiduría, nada nos puede arrebatar la muerte, lo tenemos todo. Porque el sentido de nuestra existencia es inmanente a la propia vida, hay que encontrar la plenitud en ella sin pensar en la muerte, ésta es ajena.

 

            Pero, claro, aquí el problema es en qué consiste una existencia sabia y plena. La respuesta es bien sencilla: una existencia plena es aquella que se ha dedicado al cultivo de la virtud, algo que no se compra ni se vende, que no se posee como un objeto, algo que, por el contrario te constituye y te construye y que hace posible una relación sana contigo mismo y con los demás. La virtud es entereza, fuerza. La virtud, pues, es la que nos hace libres. Vivir conforme a la virtud es vivir frente a las pasiones. Las pasiones nos esclavizan, y son las que seguimos para saciar el vacío de nuestra existencia. Pero la dinámica de las pasiones es el deseo y el deseo se retroalimenta continuamente, cada vez nos hace más esclavo, por eso tememos a la muerte, porque siempre deseamos más. Ahora bien, la virtud es lo opuesto, lo que nos libera de la pasión. Y esta liberación es la propia libertad. Vivir conforme a las virtudes es vivir libremente. Y entonces cobra sentido hacer con la vida lo que yo quiero. Generalmente cuando se dice esto, la gente suele pensar en realizar todo aquello que no ha hecho por cobardía, por prejuicios de las costumbres, indolencia, en fin, por pereza. No se trata de esas cosas las que yo estoy queriendo decir con mi discurso. Hacer realmente lo que uno quiere es seguir la virtud. Porque como hemos dicho la virtud es lo que nos hace libres y en la medida que somos libres somos dueños de nuestra propia existencia. La vida es una tarea que hay que emprender a diario. Nuestro deber y nuestra virtud es ser dueños de nuestra propia existencia. Y esto es hacer realmente lo que nosotros queremos, porque la vida es un proyecto, de ahí lo de la tarea, no un simple dejarse vivir, esto no es más que una existencia animal y de costumbres. Pero la gente confunde hacer lo que uno quiere con seguir las pasiones que tiene insatisfechas y es ahí donde podemos medir el grado de insatisfacción y de frustración de su propia existencia.

 

            Considero que la muerte es definitiva, que el sentido de nuestra existencia, excepto el biológico es construido, e, incluso, esta construcción tiene la base en la biología. Tenemos que encontrar un sentido a la existencia, por muy engañoso que sea, para llegar a la reproducción que es, en última instancia, el fin de nuestra existencia como seres biológicos que somos. Somos el vehículo particular, y en el caso del homo sapiens sapiens, autoconsciente de lo que es potencialmente inmortal que es el código cifrado del ADN, con más de 3.500 millones de años de antigüedad. Deberíamos tomar esto en cuenta, sumado al hecho de que la existencia de la especie humana es meramente contingente, al igual que la de cada uno en particular. Además tener en cuenta la inmensidad espaciotemporal del cosmos, para empequeñecer nuestro yo egoísta y vanidoso y ser conscientes de nuestra propia pequeñez. Esta idea, en lugar de crear frustración, lo que produce es serenidad y calma. Bastante es que estamos aquí y somos capaces de pensar el mundo que nos rodea, sentirlo, querer a nuestros seres queridos, ver como crecen nuestros retoños, como apuntan a la consciencia, ver en la lejanía todo el camino que les queda por recorrer; y a su vez, saber que todo esto es nada. Es la vieja sabiduría de los budistas. La vida se reduce a velo de Maya, apariencias, detrás de ellas no hay nada, el nirvana. Tomar consciencia de lo que somos como un elemento más nos ayuda a aceptar nuestra nada, y esto nos ayuda a pensar la poca importancia que tienen las pasiones y lo liberadoras que son las virtudes. Las virtudes nos instalan en el ser, mientras que las pasiones son una huida frustrante de la existencia que lo único que hacen es reafirmar nuestro yo, con lo cual, lo que provocamos es aumentar nuestro sufrimiento. El ideal panteísta como nirvana, he ahí el sentido de la existencia. La sabiduría d

 

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                                   30 de octubre de 2009

 

            Vamos esto es increíble, la propuesta que hace ahora el ministro de educación, Gabilondo, aumentar la obligatoriedad hasta los 18 años. Pero, ¿qué coño se piensan esta gente, que por estar más tiempo los alumnos jodiendo la enseñanza más nivel cultural o formación profesional van a tener? ¿dónde se ha visto tamaño despropósito?. Pero si uno de los perores males de la enseñanza está en la obligatoriedad hasta los 16 años, esto ha hecho que proliferen un montón de artilugios educativos, de nombres impronunciables para que los alumnos terminns la enseñanza a los 16 años, además, prorrogables hasta los 18. Desde luego que tenía que ser un catedrático de metafísica al que se le ocurriera esto. Cuando entran en la política, por muy académicos que sean, se vuelven iditas y estúpidos. Será que tendrán que justificar su puesto de trabajo con alguna medida. O padecerán el complejo de Erostratos y querrán ser conocidos y pasar a la historia, para lo cual cometen un tremendo atropello. La verdad es que cada día entiendo menos la política, no sé de dónde proceden sus razones, si de la razón, del corazón, de la estupidez, de las nubes, de los intereses particulares, de la obediencia a un credo; el caso es que dejan de ser personas, obedecen ciegamente y empiezan a desbarrar, con el peligro que conlleva eso para la ciudadanía.

 

 

                                   29 de octubre de 2009

 

            Interesante la idea de Fernando Broncazo en su última obra, La melancolía del ciborg. Define Fernando Broncazo al hombre como un ciborg, no tiene naturaleza esencial, es una mezcla una hybris. Su naturaleza se va construyendo a base de prótesis, la cultura sería la mayor de las prótesis, que se hace posible por la prótesis del lenguaje. Nuestra existencia está en nuestra naturaleza híbrida. No podemos renunciar a nuestras prótesis. El ser humano nació sin una adaptación predeterminada a la naturaleza. Ahora bien, tampoco la teoría de la evolución defiende ese esencialismoo naturalista en la que se entiende que todo lo que existe tiene un motivo, yo soy partidario, y también Fernando Broncazo del puntualismo y neutralismo de Gould. Todo cambio, no es adaptativo necesariamente, además, contamos con la deriva genética.

 

            Pero en el ser humano la característica de mezcla entre lo natural y lo artificial es la más señalada. Lo que ocurre es que tampoco podemos distinguir entre lo natural y lo artificial, nuestro estatus biológico es la condición de posibilidad de nuestro ser cultural. Ambas cosas son inseparables. Pero el estudio de Broncazo está dirigido al análisis de en qué consiste esa naturaleza de ciborg en el hombre posmoderno del siglo XXI. Renuncia al papel del intelectual como crítico, lo considera trasnochado, del siglo pasado. Reivindica que el intelectual debe dar luz, esclarecer. No participo del todo en esta opinión, sí en la segunda parte, porque considero que es condición necesaria de la primera. El intelectual debe ejercer la crítica contra el poder, ahora bien, nos es necesario dar luz primeramente. Dice que la característica propia del ciborg en la actualidad es la de la melancolía, no la de la obsolescencia de las sucesivas prótesis que el desarrollo tecnocientífico va proporcionando. Realmente hay obsolescencia, pero es que esa es la característica de la naturaleza del ciborg, lo que señala Broncazo es que su propia naturaleza de ciborg le lleva a la exclusión. Es decir, que el ciborg, el hombre, es un ser de frontera. O también dicho de otra manera un ser intermedio y siempre en construcción, diría yo que la artificialidad natural es nuestra naturaleza, naturaleza y cultura en el hombre son inseparables. Ahora bien, lo que a mi me interesa es si este estudio, que Broncazo realiza para esclarecer, es decir de forma descriptiva y metodológica, tiene realmente alguna implicación social, ética y política. No nos podemos quedar sólo en la descripción, hay que pasar a la crítica. Lo de la exclusión me parece interesante, lo característico del ciborg, como ser de frontera, no es la obsolescencia de las prótesis, sino, la exclusión. Esto es la naturaleza del ciborg es –como la de cualquier viviente la de estar adaptados- y esto el ciborg lo consigue por medio de las prótesis, no podemos permanecer desconectados. La desconexión es la exclusión. Y es aquí donde aparecen los temas ético-políticos. Para mí estos tienen dos patas. La primera es la de la propia exclusión. Un desarrollo desigual de la humanidad, marcada por la globalización neoliberal, nos lleva a la exclusión de una gran parte de la humanidad, con el grave peligro, debido al avance de la tecnociencia, de llegar incluso a cambiar tanto nuestra naturaleza biológica a través de esas prótesis, que la exclusión se transforme no en algo, meramente ético-político, que no es poco, sino en algo ontológico, de por sí ya irremediable. La otra pata de la argumentación es que el desarrollo tecnocientífico de las últimas décadas no es algo neutral, que se deba al desarrollo interno de las ciencias y la tecnología; sino que tiene un interés económico y una ideología detrás. Y esto no lo debemos olvidar. En primer lugar la tecnología se nos ha ofrecido como la panacea para todos los males del hombre, incluso conseguiríamos la inmaterialidad e inmortalidad. Es decir, que el discurso tecnófilo se convirtió en una escatología religiosa, de ahí su falta de crítica y su carácter ideológico. Pero también estaba en juego la ideología del mercado, de lo que se trataba es de consumir, el estar enganchado y conectado, no era un imperativo del propio desarrollo económico y de nuestro ser en tanto que ciborg, sino de un interés del mercado y el poder político, con dos fines. El primero es el del consumo con el que la máquina de la producción no se para, salvo cuando llegamos a los límites del planeta, cosa que ya hemos sobrepasado. Y la segunda es que mientras que se consume y se adapta el individuo a las nuevas prótesis permanece distraído de la auténtica realidad. Una cosa así como el mito de la caverna o como Matriz, en su versión tecnobarroca.

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TRIBUNA: IGNACIO SOTELO

El descrédito de la política

IGNACIO SOTELO 29/10/2009

Uno de los síntomas más preocupantes del estado actual de las democracias es el creciente desprestigio de los políticos, a los que se les considera tan ineptos como corruptos. De poco sirve escudarse en que no todos los políticos son iguales, una obviedad manifiesta, ni advertir de las fatales consecuencias para la estabilidad del orden político establecido, una amenaza que al menos tiene la virtud de mostrar lo hondo que esta opinión ha calado.

Empero, lo más grave de la situación radica en que la clase política esté poco dispuesta y menos capacitada, no ya para enfrentarse, sino ni siquiera para detectar las causas de este desprestigio, cuyas perversas secuelas, por otro lado, a nadie se le ocultan. La mala fama de los políticos, que deteriora ya las instituciones, hunde sus raíces en dos malformaciones propias de las democracias contemporáneas: las competencias del Parlamento en buena parte las ejercen los partidos, y éstos no respetan la democracia interna.

Y de ambas, los ganadores, pero también los perdedores, son los políticos, presos de una aporía de la que no pueden librarse. Su legitimidad proviene de representar al conjunto de los ciudadanos, cuya voluntad soberana expresa el Parlamento; pero, los que deberían actuar según los dictados de su conciencia, según reza la Constitución, poco pueden hacer en este sentido. No sólo los reglamentos regulan el comportamiento de los grupos parlamentarios, sin dejar apenas resquicio para una actuación individual responsable, sino que se trata a los parlamentarios como si hubieran recibido un mandato imperativo que restringe casi por completo su libertad, máxime si en las próximas elecciones pretenden mantenerse en las listas.

El mayor acto de libertad individual que le queda al parlamentario es abandonar el grupo en cuya lista ha sido elegido, una decisión que, no importa cómo la justifique, la opinión pública y los partidos consecuentemente la rechazan por no encajar en el sistema de listas cerradas y bloqueadas, pero sin preguntarse si el principio constitucional de actuar según la propia conciencia no fuese tal vez incompatible con la elección en listas cerradas. Nadie accede al Parlamento por méritos propios -aunque algunos, o muchos, puedan tenerlos-, sino por la voluntad de aquellos que los colocan en la lista en un puesto de salida.

Algunas consecuencias graves, que permanecen en una discreta penumbra, se derivan de este modelo electoral. Una vez que dada la complejidad de las sociedades modernas, el Parlamento no parece el instrumento adecuado para legislar y controlar al Ejecutivo, es perfectamente coherente el que se impida el acceso a los que pretendan responder ante su conciencia. Probablemente, un Parlamento de personas libres,elegidas en virtud de su cualificación y con un apoyo popular individualizado, resultaría ingobernable. Pero ante uno de autómatas, la gente no se libra de la impresión de que se obtendría el mismo resultado, y sobre todo sería más barato, si quedase reducido a las cabezas de grupo, aduciendo cada uno el número de escaños con que cuenta.

Antes de ocupar la secretaría general del partido, en sus muchos años de parlamentario, como la mayor parte de sus colegas, el señor Rodríguez Zapatero no tuvo la menor oportunidad de darse a conocer. Aunque se supone una mayor legitimidad democrática en el representante de la nación que en el que asciende en la jerarquía del partido, únicamente se logra una cierta visibilidad cuando se llega a la cúspide de la organización. La parte más dura, y la decisiva, en la vida de un político se realiza con la mayor opacidad de puertas adentro. Se puede llegar al poder sin haber tenido apenas contacto con el país real y desconociendo por completo lo que ocurre fuera de nuestras fronteras. A veces ni siquiera se guardan las formas, y el jefe nombra directamente a su sucesor, el "dedazo" que dicen los mexicanos, que practicó tanto González con Almunia, como Aznar con Rajoy.

El que el Parlamento ya no sirva de plataforma para seleccionar a los líderes explica que el debate político, salvo en ocasiones excepcionales, se haya trasladado a los medios. Algunos comentaristas, tertulianos o columnistas, son más conocidos e influyentes que la mayor parte de los parlamentarios. Agazapados en sus escaños y callados como muertos ante escándalos de los que todos hablan, menos ellos, terminan por tragar todo lo que les echen ¿Saben de algún político del PP que se haya posicionado ante las noticias escalofriantes que a diario nos proporcionan los periódicos? En conversaciones privadas, y algunos más privilegiados en los medios, todos expresamos una opinión, menos la inmensa mayoría de los políticos, que se han convertido en los únicos ciudadanos a los que parece que no les concierne nada de lo que sucede.

Callar por miedo a los altos costos personales que habría que pagar si se cumpliera con esta obligación implica un tipo de corrupción que el derecho penal no castiga, pero que fomenta el que se expandan otras formas punibles. Una clase política, dispuesta a asumir sin el menor filtro crítico todo lo que dicte la cúpula, ampara la corrupción, al fomentar el marco de silencio que necesita para reproducirse. Cuando se ha renunciado a manifestar lo que se piensa, echando por la borda principios y convicciones, la única compensación es asegurarse un beneficio personal.

Los políticos que tenemos son producto de los dos hechos enunciados: pérdida de la centralidad del Parlamento, desplazado a mero instrumento de ratificación de lo decidido fuera de su órbita, y el que en los partidos la democracia interna haya quedado reducida a mínimos. Los políticos son los ganadores de esta situación, en cuanto muchos, si otras hubieren sido las vías de acceso, no habrían llegado a los cargos que ocupan, pero también son los perdedores, porque una vez instalados perciben en su propia carne hasta qué punto les perjudica cualquier intento de sobresalir o tan sólo mostrar alguna ambición. El Parlamento, lejos de ser la plataforma en la que poner de manifiesto la valía personal, se rige por la consigna de que "el que se mueva, no sale en la foto".

El desprestigio creciente de los políticos tiene su fundamento en un sistema de selección y promoción que no favorece a los mejores, aunque algunos de primera hayan sabido acoplarse a las condiciones impuestas, conscientes de que no se puede navegar contra viento y marea. A éstos les favorecería un cambio en las reglas de juego, pero la más pequeña innovación que promoviese una mayor competitividad interna no parece viable, al oponerse con gran tesón la cúspide de los partidos.

Aunque seguirá creciendo el distanciamiento de la población ante los políticos, mientras la participación no baje de un 50% y se mantenga una polarización visceral entre las sedicentes izquierda y derecha que refuerza la cohesión interna; mientras que la política social, gobierne el que gobierne, descienda a un ritmo tolerable y se perfeccionen los canales por los que transcurre la corrupción, de modo que los escándalos se dosifiquen en el tiempo, y sobre todo sigamos con una Ley Electoral tan injusta como poco apropiada para restablecer el prestigio de los políticos, me temo que los partidos esperarán a que pase el chaparrón y se apacigüen los ánimos, sin emprender nada que pueda disminuir el poder acumulado.

                                   28 de octubre de 2009

 

            Magistral el libro de José M. Ridao La paz sin excusas. Un libro de ensayo histórico-filosófico y político de envergadura. Pone sobre el tapete las apariencias con las que se nos pretende engañar desde el poder. Nos intenta explicar la realidad que subyace a las ideologías que, en definitiva, lo que buscan es la justificación de la violencia. Coincido plenamente con las tesis del autor. Voy a hacer una reflexión sobre algunos de los aspectos del libro que, a su vez, tienen que ver con el asunto del choque de civilizaciones, aunque Ridao no nombra al autor de esta tesis política, pero está en el fondo de su argumentación. La tesis de Huntington es que a lo largo de la historia se han producido una serie de choques, que se expresan por medio de la guerra entre civilizaciones. Las civilizaciones se caracterizan por un modelo cultural; esto es, de costumbres, moral, política, religión, ciencia, etc, que las hace incompatibles entre sí de tal forma que su contacto acaba en un choque inevitable por una imposibilidad de entendimiento. Pero, también, lo que mantiene Huntington es que entre las diversas civilizaciones que han sido y son ahora mismo, hay una que es claramente superior a las demás. Nos referimos a la civilización occidental cristiana. Pues bien, a mi modo de ver, esto no es más que una ideología, en el sentido marxista, falsa conciencia, enmascaramiento de la realidad, que tiene como objetivo la creación de un estado de conciencia de los ciudadanos que va directamente encaminada a la justificación de una serie de políticas de guerra. En este caso la tesis de Huntingnton se une al pensamiento único de Fukuyama. Ambos filósofos han consolidado la base ideológica de la política internacional estadounidense que se extiende a nivel mundial. Si nuestra civilización es la más avanzada, la más desarrollada, la que ha generado la justicia y la democracia, el resto de las civilizaciones que coexisten en la actualidad con ella son una amenaza, por tanto, está justificada la guerra preventiva. De lo que se trata es de producir un pensamiento ideológico que enmascare la realidad, de tal forma que el ciudadano común no pueda pensar de otra manera. La religión es opio del pueblo, las ideologías políticas, en lo que tienen de religiosas, también. Dos son los pilares de la ideología hegemónica neoliberal en la que estamos instalados, a pesar de la crisis. En primer lugar la creencia de que la única forma posible de organizarse sociopolitica y económicamente es la economía neoliberal de libre mercado, el segundo pilar es el pensamiento de que nuestra civilización tiene una identidad que reside en sus orígenes griegos, que no le debe nada a ninguna otra civilización y que las que actualmente existen, fundamentalmente la islámica, también la asiática, indochina, son una seria amenaza para la supervivencia de la civilización occidental cristiana que se supone que es la garantía del progreso y de la libertad.

 

            Pues bien, esto no es más que mera ideología, pensamiento para dominar al pueblo, para justificar las guerras, la violencia, la tortura y el colonialismo, con lo que esto conlleva de saqueo de otros países y culturas. No es más que una justificación del poder. Y como todo ideología lo que intenta es enmascarar la realidad, es decir, fomentar el olvido a través de la creación de una historia inventada, construida a posteriori y que tiene como objetivo la justificación de la acción política que se persigue. En realidad no se trata de protegerse, sino de aniquilar otras formas de civilización. Pero para eso es necesario la creación de una identidad que es, como señala Popper y veremos, una ficción, un mito. Las supuestas identidades no son más que construcciones históricas a posteriori que tienen como misión mantener una unidad nacional y estatal de carácter político, militar y económico. La ideología de la identidad y la nacionalidad (el nacionalismo irracional del XIX) no es más que la máscara que se le pone al pueblo, para que no vea, en última instancia, la lucha de poder que subyace a esa ideología. Por su puesto, también, para crear el sentimiento psicológico de la identidad o pertenencia y, como consecuencia, el sentimiento del miedo y la angustia de perder esa identidad sin la cual nuestras vida no tiene sentido. En realidad la ideología de la identidad de las civilizaciones, además de enmascarar la realidad, como demostraremos más adelante, intentan producir un estado de ánimo en el pueblo a partir del cual éste se ve arrastrado por las pasiones y es incapaz de pensar. Con respecto al pensamiento neoliberal que es el otro pilar del pensamiento único hegemónico, en este momento no voy a decir nada, lo he analizado en otras partes, simplemente decir que es un conjunto de creencias, que además se han venido abajo con la crisis anunciada y para la cual no se han propuesto de momento un recambio de modelo productivo. Nos vamos a ceñir aquí al asunto del choque de civilizaciones y como se configuran éstas como justificación de la violencia y el colonialismo.

 

            Como decía la base de la construcción de un modelo de civilización es la creación de una supuesta identidad histórica, desde el punto de vista cultural y de las ideas, que justifica la posesión de una posición geográfica. El modelo de la identidad no se apoya en los límites geográficos, sino a la inversa, un conjunto de ideas, que constituyen la civilización, son los que demarcan los límites geográficos. Así nace el mito de la civilización griega o europea u occidental. Se nos viene a decir que la cultura occidental es la del diálogo, el pensamiento, la crítica, la que genera los valores universales y que encuentra su cuna en el supuesto milagro griego que se entiende como el surgimiento de la ciencia y la filosofía. A este primer pilar habría que añadirle el segundo que es el religioso, el jedeocristiano, y aquí nos encontramos con los textos fundacionales de occidente, que son los textos bíblicos. Pues bien, antes de analizar esto errores, que se han convertido en una ideología y que además es objeto de estudio en escuelas, institutos y universidades –con lo cual se garantiza el vehículo de transmisión de la ideología del choque de civilizaciones- hay que analizar dos ideas filosóficas que subyacen al invento y construcción de una identidad histórica.

 

            Pasemos a la primera. La crítica la encontramos en la obra de Popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Nos referimos en primer lugar, al mito de la caída. Toda teoría de la identidad nacional o civilizatoria se basa en este mito que nos viene a decir que hubo un tiempo primitivo idílico, que es el tiempo de los orígenes, el tiempo fundante, tras el cual se produce la caída. De lo que se trata, entonces, para recuperar nuestra identidad es poner los medios para acceder a ese tiempo primitivo en el que reconocemos nuestra identidad. Esto ocurrió, como veremos, en el renacimiento cuando se pretendió recuperar la cultura clásica, como forma de identidad europea, para ello lo que se hizo es, en primer lugar, renegar de lo islámico y, en segundo lugar, falsificar las fuentes de la herencia musulmana que habían configurado la cultura occidental. El segundo pilar filosófico del concepto de identidad en las civilizaciones es el de la concepción determinista de la historia. Se piensa que la historia es un desarrollo determinado desde el inicio y encaminado a un fin último. Curiosamente, el principio y el fin son los que coinciden con los ideales identitarias creados por la civilización en cuestión, en nuestro caso, la occidental cristiana que es la hegemónica. Lo que se intenta marcar es una línea histórica, en la que los sucesos están perfectamente determinados, que va desde el origen fundante, hasta la recuperación última de la identidad, que no es más que la realización de los ideales de esa civilización (occidental) que pasa, obviamente, por la eliminación histórica, y de hecho, de cualquier otra civilización. De esta manera se muestra la verdad última de nuestra civilización. Pero lo que aquí no hay que olvidar es que todo esto no es más que una construcción a posteriori para justificar una serie de acciones políticas que justifican la violencia, nos referimos en la actualidad a la supuesta guerra contra el terrorismo, de origen islámico, por ejemplo. Hay mucho más en al ámbito del colonialismo del mundo en su totalidad, a través de la ideología de la globalización neoliberal. Pero resulta que la historia no tiene nada que ver con un proceso determinista ni con que los acontecimientos se reduzcan a un conjunto de causas que van encaminadas a la consecución de un fin último. Nada más alejado de la realidad. Por un lado, esta concepción de la historia elimina al individuo como soporte de la misma, elimina la dignidad y la libertad. Es un pensamiento cerrado y, por esto, excluyente. Se excluye al individuo, porque no es más que un peón de la historia embarcado en un fin más alto, y se excluye a las otras civilizaciones como formas perversas de la humanidad que se empeñan en poner cortapisas al desarrollo de la civilización occidental. En la historia hay tendencias y la base de la construcción social deben ser un conjunto de ideas abiertas, no excluyentes, que fomenten el dialogo con otras culturas y que puedan constituir la base de la construcción de sociedades abiertas y democráticas. Por su puesto, nunca como imposición, porque esto no seria más que la justificación del colonialismo. Y este pensamiento abierto tiene que tener a la base un concepto humanista universal. Nada de lo humano nos es extraño. Un principio moral, en definitiva, que subyace al cosmopolitismo, ser capaz de reconocer en el otro a la humanidad, por tanto, que el otro, por muy distinto a mi que sea es un sujeto de dignidad.

 

            Varios son los momentos históricos en los que apreciamos la creación de este mito de la identidad que, en última instancia, hoy en día, son aprovechados para la justificación de la violencia contra los otros y la supuesta verdad del choque de civilizaciones al que determinísticamente estaríamos abocados. En primer lugar se intenta crear una identidad europea a partir del surgimiento del pensamiento racional y crítico en Grecia. No vamos a discutir aquí lo que de particular ocurre en Grecia y que hace posible el surgimiento de la filosofía. Pero de ninguna manera se puede encontrar aquí una identidad, un tiempo mítico origen de todos los tiempos. En la historia no existen esos saltos, no hay milagros, hay un desarrollo causal y azaroso en el que se entremezclan los acontecimientos. Con esto quiero decir que no podemos entender el surgimiento del pensamiento griego, del que somos herederos, sin la cultura babilónica, sin la cultura egipcia, tremendamente atrayente para los sabios griegos y a la que tanto le debían, a la civilización indú, recordemos los gimnosofistas. Por su puesto, hay factores de carácter estructural como es el desarrollo de las actividades comerciales y artesanales que libera de las cadenas naturales de la producción agrícola, lo cual crea la posibilidad de más tiempo para pensar y contemplar, también favorece la emergencia de la democracia, condición política del diálogo y del pensamiento. Pero en realidad, no existe ningún texto fundante de la tradición occidental en Grecia, es una fusión de culturas, de ideas, de técnicas de producción y científicas (astronomía, matemática) que confluyen dando lugar a lo griego que es común a occidente pero que hunde sus raíces en otras culturas. Claro, cuando decimos esto, estamos diciendo que otras culturas pueden entender y desarrollar el pensamiento racional. Pero los partidarios de la identidad civilizatoria lo que piensan es que esto es un fenómeno exclusivo y excluyente. Las otras civilizaciones no podrían alcanzar las cotas de desarrollo de la civilización europea, con lo cual deben ser relegadas, en nombre del progreso, la libertad y la democracia, al cajón de la historia; pero esto pasa por el exterminio físico y la colonización. Y aquí es donde nos damos cuenta de lo peligrosas que son las ideas de la identidad.

 

            U segundo momento histórico que se considera fundante de la identidad de la civilización occidental es el de sus orígenes cristianos, por eso se proponen como textos fundantes los de la Biblia, fundamentalmente el Génesis y se declara que esto es un fenómeno exclusivo de occidente. Pero la verdad es que al basarse en el mito de la identidad lo que ha hecho la cultura occidental es ocultar los orígenes de esos textos y, también, la semejanza con otros de culturas más antiguas. El mito del génesis es casi calcado a los mitos de los orígenes de los persas y de los babilónicos, de los cuales procede. Pero esto se intentó ocultar siempre y por dos razones. Había que mantener el origen divino de nuestra civilización, lo cual garantiza su superioridad, y, en segundo lugar, había que eliminar de la memoria histórica la existencia de textos similares, lo cual hacía de nuestra civilización algo exclusivo. Es decir, que todo ello constituye una falsificación y recreación de la historia.

 

            Otro momento histórico es el del renacimiento en el que como venimos diciendo se intenta reafirmar la identidad y superioridad de la civilización occidental. Y este es importante por dos razones. La primera es que en el renacimiento empieza la mundializacion, que no es más que la colonización del mundo por parte de la civilización occidental, con lo cual era de vital importancia reafirmar nuestra identidad. En segundo lugar, en el renacimiento hay que afirmarse contra la gran civilización que había sido hegemónica durante ocho siglos, nos referimos a la árabe musulmana. Claro, lo que se hizo sustancialmente en el renacimiento fue negar las raíces islámicas de la civilización occidental cristiana. Dos cosas hay que merecen la pena sercomentadas aquí. En primer lugar la discusión que hubo sobre la influencia en textos similares de la cultura islámica en La divina comedia. Lo que se intentó por todos los medios, y remito a la obra de Ridao para apoyar documentalmente esta tesis, es borrar todo rastro de esta influencia y todos los libros que hablasen de ella. De lo que se trataba era de proponer La divina comedia como uno de los textos fundantes de la modernidad. Pero los estudios históricos han ido demostrando progresivamente lo contrario. Hay una fusión entre el Islam y occidente fruto de ocho siglos, es más el Islam fue el vehículo de transmisión de la cultura. Y esto último tiene que ver con otro de los puntos que quería tratar: el surgimiento de la ciencia. Se considera que el surgimiento de la ciencia moderna es un fenómeno estrictamente europeo y que encuentra sus raíces en la recuperación que se hizo durante el renacimiento de la cultura grecolatina. Pues nada más lejos de la realidad como han demostrado historiadores de la ciencia de la talla de Joan Varnes y Koyre. Ambos consideran y prueban con una documentación exhaustiva y detallada el origen islámico de la ciencia moderna. Incluso se llega a decir que el renacimiento tiene lugar o sus raíces en la España musulmana del siglo XI a partir de la ciencia árabe que se había recopilado en la biblioteca de Córdoba, procedente de Bagdad y de Alejandría. Varnes argumenta documentalmente que los avances de la ciencia árabe, son similares, sólo que varios siglos antes, a los del renacimiento. Por su parte Koyre nos informa de que sin la ciencia árabe y su traducción del griego y del árabe al latín, Europa hubiese seguido sumisa en una profunda ignorancia científica. Los que acudieron a los textos científicos griegos fueron los árabes y eso fue una tarea de siglos, pero no fueron meros recopiladores, como defiende el pensamiento políticamente correcto, sino, también, innovadores. Los árabes fueron el vehículo de transmisión de todo ese saber. Pero lo que se pretende con esta ocultación son dos cosas. La primera es dar una identidad a la civilización occidental que la une directamente con el saber griego y latino lo que nos mostraría su superioridad, esto es una auténtica falsificación, como hemos visto. Por otro lado, y no menos importante, de lo que se trata es de hacernos ver que de la civilización islámica no puede salir un pensamiento científico y crítico, ni puede aparecer la tolerancia, ni la interpretación libre de las escrituras, no olvidemos la teoría del filósofo musulmán español de la doble verdad, algo que el cristianismo intenta refutar por todos los medios, hasta que se llegó a la teoría tomista, aún hoy en día aceptada por los teólogos, de la subordinación del saber científico racional a la verdad de fe. En fin, lo que se pretendía era la eliminación del Islam como algo inferior y degradado, una cultura que ha de extinguirse.

 

            Pues bien, todos estos mitos tienen hoy en día más actualidad que nunca, justifican las guerras que protagoniza EEUU y a las que a ONU se suma como comparsa. La lucha contra el terrorismo se confunde con la guerra contra la civilización islámica y con la progresiva colonización del mundo vía globalización neoliberal. Hay que defender el choque de civilizaciones y la superioridad de la occidental cristiana, para justificar la violencia del poder. Como alternativa tenemos que recuperar el humanismo al estilo de Erasmo que criticaba al poder de la iglesia y al político con el fin de alcanzar la paz en el infierno de las guerras de religión que asolaron Europa. De lo que se trata es de recuperar el liberalismo en el sentido de la recuperación de una sociedad abierta, basada en la tolerancia y el respeto, que tiene una idea universal del hombre, sin eliminar las diferencias y que, como pensamiento abierto que es, fomente el diálogo y el enriquecimiento; y que tiene a la base la idea kantiana del hombre como fin en sí mismo y la paz perpetua como una asociación cosmopolita de repúblicas libres. Éste es el largo camino que hay que recorrer y para eso se requiere luchar contra el poder, contra la tergiversación de la realidad que lo pretende justificar. El pensamiento es desenmascarar, al menos, el pesamiento crítico.