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Filosofía desde la trinchera

 

            Hoy viene un artículo Sami Nair en El País en el que habla del futuro del socialismo en Europa. La verdad es que me alegra coincidir con él en el sentido de que afirma que, por diferentes razones, el socialismo ha renunciado a sus reivindicaciones e ideología, lo cuál al final le ha pasado factura. Efectivamente lo que yo vengo sosteniendo es que no hay prácticamente diferencia entre la derecha y la izquierda, y cuando me refiero a ésta es a la que tiene capacidad de gobierno, la socialista. Ésta izquierda ha renunciado a su ideología y ha comulgado con el idel del mercado libre. Por tanto, no es que se haya centrado, sino que se ha ido hacia la derecha económica. Lo sorprendente es que tras la crisis podrían haber aprovechado para lanzar un mensaje ideológico que cautivase a los votantes presentando una alternativa al modo de producción del libre mercado que uniese el socialismo y el ecologismo. El modelo socioecologista. Este modelo tiene dos pilares importantes. Aporta un modelo de producción distinto, al que además no tenemos alternativa, porque si no lo seguimos lo seguiremos a la fuerza, el decrecimiento sostenible. Y un segundo pilar que sería el de los derechos humanos más el pensamiento y la ética ecológica. De ahí tendrían que emanar una serie de valores que harían florecer, por medio del vehículo de la educación, un nuevo ciudadano.

Y los ciudadanos seguimos tan tranquilos y satisfechos. Domesticados y comiendo de nuestro pesebre. Es necesario un cambio de modelo de producción, ya. El crecimiento ilimitado es insostenible y, además, mata. Sin contar con la caterva de ladrones que lo sustentan.

 

 

Inversión de la democracia. ¿Quién piensa como quien? o, mejor, ¿Quién piensa?.El circulo se cierra, la sociedad orwlliana es un éxito total.

 

Lo que yo sugiero,porque comparto el análisis del autor, es que el momento liberal del que él habla es la democracia, la derecha es otra cosa y no se puede apropiar del discurso liberal político-filosófico.

TRIBUNA: JOSE MARÍA LASSALLE

Momento liberal

JOSE MARÍA LASSALLE 12/10/2009

La crisis exige de las sociedades abiertas una enérgica respuesta de ejemplaridad. Una vuelta a los valores cívicos y a la responsabilidad moral.

De lo contrario, se corre el riesgo de que se produzca un peligroso desencuentro entre el relato legitimador que sustenta la democracia y la vivencia cotidiana de la política por parte de los ciudadanos. Un desencuentro que, coincidente con un clima de apatía social, resucite populismos que hagan que los espacios públicos se iluminen con los fogonazos de irritación y malestar de un pueblo que, jaleado por algunos demagogos postmodernos, no entiende por qué algunos gobernantes democráticos se dejan llevar por la frivolidad pasiva de la improvisación convertida en política. De este modo, por parafrasear la expresión acuñada en los años setenta por John Pocock en su famoso ensayo El momento maquiavélico, es imprescindible revisitar los fundamentos del liberalismo y afrontar, por así decirlo, un momento liberal que ofrezca una respuesta desde la libertad al desafío que plantea el cambio de paradigmas al que se enfrentan las democracias como consecuencia de la grave crisis social que padecemos.

En resumidas cuentas, hay que recuperar la entraña del humanismo cívico que estuvo detrás de la aparición del pensamiento liberal. Un humanismo cívico basado en la excelencia de la virtud y que genealógicamente es el antecedente de los liberales del siglo XVII y XVIII, desde Locke a Jefferson, pasando por Montesquieu, Adam Smith o Ferguson. Un humanismo cívico que no ocultaba su filiación patrióticamente ciceroniana y cuya obsesión primordial era impedir el despotismo que acechaba detrás de la supresión de las virtudes civiles y políticas. Quizá por ello el mismísimo Hayek no tenía dudas al afirmar en La Constitución de la libertad que tenía a Cicerón como "la principal autoridad del moderno liberalismo".

Hoy, como siempre, el discurso de la virtud civil y política es imprescindible si queremos recuperar la confianza en el futuro del Progreso inspirado en la libertad. Los atajos en la búsqueda del bienestar y la prosperidad mediante una visión maximizadoramente economicista del mercado no pueden ser justificados tras la experiencia brutal que está suponiendo la crisis para millones de ciudadanos. Ésta no se ha producido por la ineficiencia del mercado a la hora de generar riqueza, sino por la depreciación tanto de los controles de justicia que deben asegurar la plena vigencia de las leyes, como por una relajación en el comportamiento de aquello que Adam Smith denominaba la benevolencia, esto es, el interés por el bienestar de los otros, pues, "el sentir mucho por losdemás y poco por nosotros mis

-mos, el restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los benevolentes, constituye la perfección de la naturaleza humana".

No cabe sostener -como han hecho algunos desde planteamientos neoliberales- que el discurso de La riqueza de las naciones de Adam Smith esté disociado de los ideales virtuosos que inspiran sus Lecciones de Jurisprudencia o su Teoría de los sentimientos. No es cierto que en el liberalismo el homo oeconomicus hubiera primado sobre el ciudadano, o que el interés hubiese devorado la virtud. Todo lo contrario. Ambos conviven dentro de un ideal de justicia que, además, es riguroso en su ejercicio y cumplimiento, ya que para el pensamiento liberal la tensión que inspira el cultivo de la virtud ha sido siempre una de las claves de bóveda de su diseño del gobierno bajo el imperio de la ley y que, inspirado en la Roma republicana, se mantuvo en el inconsciente de la libertad de los antiguos hasta que, entradas en acción las revoluciones transatlánticas, se transformó en la libertad de los modernos que luego describiría con tanto acierto Benjamin Constant.

En este sentido, el liberalismo tiene ante sí la tarea de reafirmarse en lo que fue en sus orígenes cultivando un presente de valores secularizados que restablezcan la condición activa y ejemplar de la política ciudadana mediante la defensa de un mérito público basado en el esfuerzo y la austeridad, en el trabajo diligente y en la responsabilidad hacia uno mismo y los demás. Hay que restaurar las raíces morales de las que nació el liberalismo para volver luego desde ellas a la defensa del mercado y la libertad económica. Comprender, como lo hizo Adam Smith, que la acción moral afecta siempre a la económica, ya que de acuerdo con su filosofía el comportamiento virtuoso no sólo no se opone a la prosperidad sino que casi siempre es la mejor vía para conducirnos a ella. De modo que, como señala en la Teoría de los sentimientos morales, "el viejo proverbio según el cual la honradez es la mejor política resulta casi siempre cierto".

Hay, por tanto, que impulsar un momento liberal que impida la debilidad del espíritu público; que venza la creencia en el provecho material y la filosofía anhelante de los derechos mediante una cultura del deber que, puesta al servicio de la libertad, vertebre la participación de la ciudadanía en el manejo y mejora de la cosa pública. En fin, hay que articular un momento liberal que nos devuelva la fortaleza de la virtud política o patriótica, pero entendiendo ésta como ese amor respetuoso a las leyes y las instituciones que protegen la libertad común, que es la tesis esgrimida por Montesquieu cuando reflexionaba sobre ella en Del espíritu de las leyes. Precisamente esa virtud patriótica debe ser reclamada más que nunca. No hay que olvidar que comenzamos a sufrir una crisis social que amenaza con descomponer y desvertebrar los fundamentos mismos del tejido cívico que sustenta nuestras sociedades civiles.

La crisis no será vencida sin sacrificios duraderos al servicio de reformas muy profundas, y estos sacrificios no podrán ser exigidos sin eso que Javier Gomá ha definido recientemente como ejemplaridad igualitaria. Ésta ha de suponer un compromiso virtuoso de todos por el respeto a un ideal de vida buena, un compromiso de todos con la excelencia y una verticalidad meritocrática que restablezca el deseo de cultivar lo mejor que hay en nosotros mismos y ponerlo al servicio de la sociedad.

Urge, por tanto, reactivar la vivencia pública de la ciudadanía y eso significa asumir que si el respeto a las leyes en las que se fundan la libertad y los derechos se descuida, entonces, éstos pueden ser fácilmente atropellados por cualquiera. Por eso, John Rawls identificaba al liberalismo con el presupuesto de que si los ciudadanos quieren salvaguardar sus libertades y derechos fundamentales, entonces, han de ejercitar y "poseer en grado suficiente las virtudes políticas y estar dispuestos a participar en la vida pública".

            Esa dinámica que existe entre lo público y lo privado y que al sistema neoliberal le viene de perlas para dinamitar el ámbito de lo público, refleja la crisis de actitudes de los ciudadanos frente al estado de bienestar. Es increíble que se suela, en España, me refiero, apostar por lo privado, en detrimento de lo público. Eso es echar piedras sobre nuestro propio tejado. El estado social ha sido una construcción de siglos, construcción que no ha sido terminada y ya la queremos bombardear. Es una de las mayores conquistas de la humanidad para poder realizar los derechos humanos, la justicia, en general. Pero nuestra actitud individualista, nuestra inconsciencia histórica y conceptual, nos llevan a arremeter contra uno de nuestros mayores privilegios, el estado de bienestar. En especial, la sanidad y la educación. Curiosamente, creo que ha sido el partido de la izquierda con posibilidad de gobierno, el PSOE, una pseudoizquierda débil y pacata, ha sido la que más ha aportado a la empresa privada, sanidad y escuela privada. Tampoco estamos, ni somos conscientes del papel de médicos y profesores en tanto que funcionarios públicos, cuya misión es, precisamente, defender y desarrollar dos derechos básicos del ciudadano. Pero, claro, si la actitud general del ciudadano es la de rechazo de lo público, en realidad una ignorancia,  lo que se está favoreciendo con su actitud es el triunfo del libre mercado. Lógicamente, la actitud psicológica es la de no apreciar lo que se tiene, porque no se sabe lo que ha costado. En lugar de tirar piedras contra el estado de bienestar la misión del ciudadano justo debe ser la de hacer que se profundice en él; es decir, que se llegue a su pleno desarrollo. El estado de bienestar no anula el capitalismo, lo regula. El neoliberalismo, por el contrario, si anula el estado (el ámbito de la regulación politico-legal) por eso crea desigualdad. Pero para conservar el estado de bienestar y profundizar en él hace falta una izquierda política más fuerte, que no se deje arrastrar por las circunstancias, un ciudadano más comprometido, más informado y menos individualista y una lucha decidida por la igualdad. Es mucho el camino que queda por recorrer, y mucho del que habíamos recorrido lo hemos perdido en estos últimos cuarenta años de pensamiento hegemónico neoliberal. Una auténtica lástima.

 

TRIBUNA: JULIO LLAMAZARES

Lo público y lo privado

JULIO LLAMAZARES 11/10/2009

Muchos de los españoles que pudieron estudiar gracias a la existencia de una enseñanza pública ahora llevan a sus hijos a colegios y universidades privados, que son mejores según afirman, entre otras cosas menos objetivas, porque no todo el mundo puede acceder a ellos. Del mismo modo, en lugar de a la Seguridad Social, que está tan masificada, acuden a la sanidad privada, más personal y mejor según ellos (aunque, cuando se les presenten problemas de envergadura, les desviarán a los hospitales públicos, que disponen de más medios y más médicos) y, como se fían más de los bancos que del Estado, lógicamente, pues éste va a quebrar en cualquier momento, contratan seguros privados que les garanticen el bienestar futuro.

De donde viene esa desconfianza por los servicios públicos del Estado que discurre paralela a un fervor cada vez más extendido por los que presta el sector privado y que tanto sorprende a muchos extranjeros, para quienes la sanidad pública española es envidiable y en cuyos países generalmente la educación pública es casi exclusiva, no porque no sean ricos, sino porque consideran sencillamente que es la mejor. Es algo que se discute desde hace tiempo sin que nuestros opinadores encuentren una explicación.

Porque, si bien es cierto que tanto la educación como la sanidad públicas españolas tienen problemas, especialmente en aquellas autonomías en las que los gobiernos de la derecha se empeñan en arruinarlas para justificar su privatización, que es lo que pretenden, ello no explica tal desapego hacia ellas, del mismo modo en que tampoco se entiende mucho esa admiración creciente que despierta en muchas personas todo lo que tenga que ver con el sector privado. Salvo que entendamos como justificación, claro, el deseo de muchos compatriotas de emular a las clases más pudientes, que desde siempre han puesto por encima de cualquier otro el criterio de la exclusividad.

El caso es que, de un tiempo para acá, coincidiendo con la bonanza económica que España ha vivido durante años, incluso ahora que esa bonanza se ha detenido a causa de la crisis, los españoles se han lanzado a comprar acciones de las empresas privadas de educación y de sanidad, bien sea en forma de contratos, bien trasladando a sus hijos de los colegios y universidades públicos a los cada vez más numerosos centros privados. Todo ello en la convicción de que son mejores y de que en ellos no encontrarán inmigrantes (salvo los hijos de diplomáticos y gente así) y toda esa gente cutre que llena los hospitales y los colegios e institutos públicos. Razón no les falta, a decir verdad, si no fuera que ellos mismos, muchas veces, comparten esa condición para los ricos de toda la vida, que ven con desagrado cómo los hospitales y los colegios privados empiezan también a masificarse y a vulgarizarse con su presencia. Es lo que tiene vender ideas, que, si te las compran, ya no son tuyas.

El problema, en cualquier caso, no es la actitud de todas esas personas, que, al fin y al cabo, se pagan con su dinero su afán de ascenso social, sino, para los demás, aquellos que no podemos o no queremos seguir sus pasos, el deterioro de los servicios públicos al que de modo premeditado, aunque muy sutil, están llevando en los territorios de su competencia ciertos gobiernos autonómicos (esos que consideran que lo privado es siempre mucho mejor que lo público) con el fin de desviar a los usuarios hacia aquél, lo que les permite de una tacada ahorrar dinero y hacer negocio (¿o en manos de quién están, si no de ellos y sus amigos, los colegios y las clínicas privados?), y el consiguiente desprestigio que de todo lo que sea público se ha establecido en nuestra sociedad. Un desprestigio que cala cada vez más, como continuamente nos muestran muchos ejemplos (deplorar los servicios públicos es casi ya un deporte nacional, incluso entre sus trabajadores), y que se manifiesta sobremanera en el modo en que la gente se comporta ante los servicios públicos y ante los que no lo son. Así, uno puede observar cómo la gente llega ya protestando a los primeros, tenga razón o no para hacerlo, mientras que en los segundos aguanta colas o negativas sin rechistar. O asistir a la escena que un fontanero (el ejemplo sirve para cualquier otra profesión) que en su trabajo hace esperar varias horas, incluso días, a sus clientes sin dar luego ninguna explicación por ello protagoniza porque su médico de cabecera tarda 15 minutos en atenderlo.

Y es que, al hilo de todo lo comentado, parece que los únicos que tienen responsabilidad por sus actuaciones son los empleados públicos, mientras que los de las empresas privadas están exentos de cualquier culpa. Es más, contraviniendo la ley y hasta la lógica, a aquéllos se les presupone todo tipo de defectos y carencias mientras que a éstos se les ve como modélicos, incluso cuando son, como pasa con muchos médicos, que actúan al mismo tiempo en los dos sistemas, exactamente los mismos.

Al final, va a tener razón El Roto cuando sintetizaba en una de sus viñetas con su habitual vitriolismo el nuevorriquismo hispánico. Dos muertos esperan en sus ataúdes el momento de su enterramiento y uno le dice al otro: "Pues a mí me hicieron la autopsia por lo privado. ¡No veas qué diferencia!".

 

A lo largo de mi dedicación profesional me he convertido cada vez más en un peor profesor y, quizás, en un mejor maestro. Estoy pasando progresivamente de impartir lección a impartir reflexión. Por eso que defienda que no se enseña filosofía, como decía Kant, sino que se enseña a filosofar. Creo que este cambio gradual y progresivo, que es fruto de mi profundización filosófica y profesional a los alumnos quizás, al principio les caiga grande, pero creo que, al final, se beneficiaran.