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Filosofía desde la trinchera

Algunos hombres buenos. De la excelencia a la valentía.

                Mucho ha sido ya comentado el asunto del desaire que los graduados con máxima excelencia en España hicieron al ministro Wert a causa de su política educativa. Fundamentalmente su ley de educación y sus recortes en investigación así como en el profesorado universitario. Y lo que a mí me asombra es que todavía gran parte de la población vea el acontecimiento (la retirada del saludo a Wert, por parte de algunos premiados con la excelencia académica) como un desaire, una falta de educación, e, incluso, como una falta de respeto. Si esto es así, que me temo que sí, es que no tenemos la más mínima conciencia ciudadana, política, civil y ética. Nuestros políticos están para representarnos, no para mandar, ni imponer. Y, mucho menos, para imponer una ideología refugiándose en la manida crisis que, por lo demás, no es más que una consecuencia del capitalismo sin bridas que ellos mismos defienden. Son nuestros propios verdugos los que quieren poner los medios para salvarnos, más bien esos medios nos llevan al abismo. Pero vayamos a la educación y a la investigación que es lo que motivó, fundamentalmente, el acto que estos excelentes y, además, valientes, porque se enfrentaron al poder político y al mediático (recordar que TVE ocultó o censuró las imágenes, medio que pertenece al pueblo, pero gestiona el gobierno, que como digo nos deben representar, por tanto la manipulación de la información en este caso fue un acto, simplemente, dictatorial) llevaron a cabo.

                La LOMCE es una ley en contra de los principios básicos de la democracia, en contra de la igualdad de oportunidades, en contra de la aconfesionalidad del estado, en contra de la escuela pública y a favor de la enseñanza privada, que en España es, fundamentalmente de carácter religioso. Por otro lado es una enseñanza absolutamente ideologizada, no sólo religiosamente, sino, mercantilmente. El alumno aprende para la empleabilidad, y no lo digo yo, sino el señor Ministro. Es decir, que el alumno es un instrumento, una mercancía para el mercado laboral al que ha de enfrentarse. A esto se le llama cosificación, es decir, tratar a un sujeto como un objeto o cosa, por tanto, pérdida de la dignidad humana. Por todo ello, es una ley dictatorial. Obedece a la dictadura del mercado. Estos son motivos suficientes como para retirar el saludo al Ministro, y, además, exigir su inmediata dimisión, por antidemócrata e inconstitucional, si es que la Constitución sirve ya para algo. No es falta de respeto ni de educación, es una exigencia, un plante ante alguien que ni representa al pueblo, ni a la institución, porque, al contrario, utiliza la institución para imponer una ley que viola los principios básicos de la democracia. De ahí la valentía de estos doce excelentes. Han tenido valor, por medio de un gesto, de decirle al Ministro que su gestión es nefasta y que como se salta la propia dignidad humana habría de dimitir. Lo que pasa es que este país está lleno de tibios, y así nos va. Hay una cosa importante: el mal se produce, no sólo porque exista un autor material del mal, sino porque existe el mal consentido y este es el caso de la sociedad española que sigue en silencio y no sigue la consigna que un señor como Federico Mayor Zaragoza aconseja: insumisión generalizada. Lo que está ocurriendo en la educación desde los noventa es una debacle, porque la LOGSE-LOE es una preparación de esto (la LOMCE) que se nos viene encima. También esta ley se ha hecho desde el paradigma neoliberal.

                Y en cuanto a lo de la investigación, pues es una ironía, sino un sarcasmo o cinismo político. Se premia a los excelentes, para qué, ¿para que tengan que irse a otros países a desarrollar su producción intelectual?, ¿para ser eliminados, arrojados al paro, de programas de investigación en curso? ¿para cobrar sueldos de miseria que no les permiten casi vivir y, menos, formar una familia? Hombre, esto es una burla. Y que encima tengamos que soportar toda la corrupción en la que los menos virtuoso, los más cobardes y los menos excelentes, se llevan el dinero a paraísos fiscales, nos roban a los contribuyentes, ocupan cargos ficticios sin hacer nada, sólo medrar durante años en el partido para escalar posiciones. ¿Dónde está la ética y la excelencia de estos señores? En ninguna parte. Son escoria y miseria, no hablo del señor Wert, sino de la corrupción en general, son la sangría del pueblo. Un pueblo autoculpable por su indiferencia, su cobardía y su pereza. Es normal, por España, exceptuando un breve periodo con la constitución de Cádiz, no pasó la Ilustración. Y así nos va. Sumidos en la superstición y el folclore y ansiosos de un nuevo líder que nos ilumine, incapaces de pensar por nosotros mismos, obedeciendo consignas y con el miedo en el cuerpo, siempre mirando hacia un lado con el temor al qué dirán. No señalarse, otra de las consignas.

                Pues señores, felicito y agradezco a estos doce excelentes y valientes, que no se quedan en lo meramente académico, por eso son excelentes, y tienen sensibilidad ética y política y que con un simple gesto señalan, no sólo el malestar de la población, en este caso de la educación, sino que en el fondo están diciendo que el que manda es el pueblo. Estos señores constituyen un modelo de ejemplaridad pública, nos han enseñado con su gesto que debemos recuperar el poder que se nos ha arrebatado.

¿Quiénes están detrás de la LOMCE?

                Pues una pandilla de sinvergüenzas. Y en el más puro sentido ético. Una serie de señores que no sienten vergüenza de sus actos ni de sus ideas. Sus actos son estrictamente criminales. Condenan a toda una sociedad a la precariedad, crean un plan de enseñanza para aborregar, es decir, para adiestrar en el trabajo. Para crear mano de obra, no personas ni ciudadanos. Y son una serie de señores, y es decir mucho de esta pandilla de indocumentados, que ocultan el robo a gran escala, que defienden a los grandes banqueros y al capital. Que les importa un bledo la ciudadanía, la democracia y la persona. Sólo les interesa el rendimiento económico. Y son unos auténticos sinvergüenzas en el sentido ético porque no sienten vergüenza ante los demás de lo que están haciendo, incluida la nueva ley de educación.

                La base de la ética es la vergüenza y la empatía. El sentir vergüenza ante el otro de nuestros actos es lo que nos hace responsables de ellos. Pero estos no tienen vergüenza de sus actos, los ocultan o, peor, se vanaglorian. Están por encima del bien y del mal, es decir no son sujetos éticos, sino sinvergüenzas. Y el segundo pilar de la ética es la empatía, el sentirse identificado con el otro, con su alegría, tristeza, dolor o sufrimiento. Pero estos, no, estos actúan como autómatas y nos dicen que son necesarios sacrificios. Sí, sacrificios para que el gran capital siga devorando a la clase media, al estado social y de derecho. No sienten el dolor en la cara del otro, ni su sufrimiento. Lo que ellos llaman sufrimiento nos lo venden como un mal necesario. Y, por eso, no es necesaria la ética en el sistema de enseñanza. Porque la ética es conciencia del otro y eso entorpece la marcha del capital, lo que sí es necesario es la instrumentalidad, más matemáticas (instrumentales, no teóricas, claro) y más lengua (sintaxis y lectura, no verdadera literatura) Todo conocimiento que nos lleve a la autoconciencia y a la crítica no es que sea peligroso, para el gran poder ya no hay peligro en nada, simplemente entorpecen y son un gasto superfluo. Lo mejor es eliminarlo. Y como el objeto de la LOMCE es el de la empleabilidad, pues tampoco hacen falta sujetos éticos, sino prácticos. El retroceso ético-político ha sido de 250 años. El nuevo sistema de educación ya no nos considera sujetos, fines en sí mismos dotados de dignidad, sino que nos considera meros instrumentos al servicio del sistema. Un sistema de darwinismo social (que no tiene nada que ver con el darwinismo de verdad) de una lucha de todos contra todos en la que prima la supervivencia. En definitiva, un estado hobbesiano, absoluto y totalitario, de guerra de todos contra todos. Para qué queremos la ética en este contexto. Simplemente es algo anacrónico. El poder está por encima de la ética, como el príncipe de Maquiavelo, y el pueblo deja de ser sujeto para convertirse en objeto, por tanto deja de ser ético, por consiguiente la ética no es más que un adorno. Precisamente lo que nos humaniza, como hemos dejado de ser humanos, para ser meros animales, pues lo tiramos por el retrete.

                Y qué pasa con la historia de la filosofía. Pues miren ustedes, les guste o no a mis compañeros, eso me da ya igual. Es la disciplina más importante de todo el bachillerato, también por su inmensa dificultad la más incomprendida por los alumnos y, por su puesto, por los profesores, que tampoco la entendieron en su tiempo, ni ahora, a la vejez les interesa. Porque el aguijón de la filosofía comienza en la juventud. Y si en la juventud eres inmune a él, pues… En fin, que la historia de la filosofía es la disciplina más importante del bachillerato por la sencilla razón de que es el fundamento último de todas las demás. Pero esto no es lo que nos interesa aquí. Lo que nos interesa es que la historia de la filosofía es la conciencia o, mejor, la autoconciencia de Europa u occidente, con sus luces y sombras. Es lo que nos permite entender la actualidad y entendernos y, sobre todo, forjar un proyecto de futuro. Pero resulta que la ideología dominante nos dice que hemos llegado al fin de la historia –una mentira, una ideología, una falsa conciencia- que estamos en el mejor de los mundos posibles y que todavía vamos a mejorar más hasta llegar a la perfección. Que el mercado, las nuevas tecnologías y la tecnociencia, sobre todo, las ciencias de la vida, eliminarán definitivamente el sufrimiento en el mundo. Señores, todo está resuelto. Todo ha sido pensado y el último pensamiento es el neoliberalismo posmoderno. Pero para que esto surta su efecto el ciudadano, que, por su puesto, ya no es ciudadano, ha de perder el sentido del tiempo, de la pertenencia a una tradición, la tradición occidental, precisamente. El supuesto ciudadano, obediente y sumiso, adaptable hasta la máxima maleabilidad a las exigencias del mercado, debe vivir en un eterno presente. Ése es el mundo que se les ofrece. De nuevo, la historia de la filosofía, o de las ideas que configuraron Europa o la tradición occidental no es que no sirvan, o carezcan de relevancia, es que son un estorbo. No son útiles. Y el principio que rige el ultraliberalismo es el de la máxima utilidad e instrumentalidad, para instrumentalizar. Por tanto, es necesario eliminar la historia de la filosofía. Y los grandes señores del poder no cayeron en esto en el primer borrador, o quisieron que nos fuésemos acostumbrando, y lo dejaron para el segundo y así, ellos ausentes de ética y dominadores del pasado, el presente y el futuro, lo mantuvieron pese a la leve resistencia del domesticado profesorado. En definitiva, la coherencia de la ley es impecable e implacable.

                               La ambigüedad de la utopía.

                El pensamiento utópico es atractivo per se. Responde a la connatural esperanza del hombre. A la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? A esta pregunta hasta el siglo XVIII daba respuesta la religión. De esta manera la teología tenía un discurso sobre el sentido de la historia y de la vida particular. El sentido de la historia es el de la salvación del hombre y el de nuestra vida, pues el de la salvación de nuestra alma, la salvación particular. El cristianismo consigue dar un sentido a los hechos de la historia. Sustituye a las estructuras políticas del imperio romano y da un sentido de trascendencia a la ciudad terrenal. De ahí su doble discurso de la ciudad terrenal y la ciudad de dios. La primera es la ciudad física, Roma y todos los imperios que han existido, la segunda es la iglesia. La iglesia ocupa Roma físicamente, pero la trasciende espiritualmente. Donde hay un cristiano allí está la ciudad de dios. La ciudad de dios no tiene límites, es la cristiandad. De ahí el proselitismo del cristianismo. Éste quiere extenderse por doquier y llevar el mensaje de dios a todas las criaturas. Porque una vez que dios sea conocido en toda la tierra y aceptado por todas sus criaturas tendrá lugar la segunda venida del mesías. Y esto supone el fin de los tiempos, el apocalipsis y la llegada del reino de dios y, con él, la restauración de la justicia universal y divina.

                Como se ve subyace a esta visión de la historia, la primera filosofía de la historia que existe y que cuaja en el pensamiento de Agustín de Hipona, la idea de progreso. De ahí que el progreso no sea una idea, sino un mito. Y de ahí precisamente todos los problemas, porque todas las filosofías de la historia beben de la filosofía de la historia primera, la del cristianismo. El progreso es un mito, una creencia. No hay nada que lo justifique. Sí podemos pensar que existe un progreso científico-técnico, pero nada garantiza que perdure o permanezca, que se desvanezca, como ha ocurrido en más de una ocasión en la historia. Pero el problema es cuando esta creencia o mito se aplica a la historia y a la praxis política. Y es esto precisamente lo que ocurre tras la muerte de dios en los siglos XVIII y XIX. Si dios ha muerto todo carece de sentido. Y el hombre es un ser de sentido. Y lo que hace es buscar un sentido a lo que ha quedado sin él. El hombre, en tanto que individuo y en tanto que ser histórico, tiene que dar respuesta a la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? Si ya no nos cabe esperar el reino de los cielos pues lo que hacemos es que nos inventamos un reino de los cielos en la tierra. Y de ahí nacen todas las utopías políticas. Pero, ¿cuál es el problema? Pues que todas las utopías políticas se basan en una falsa y mítica visión de la historia. En primer lugar consideran que la historia tiene un sentido, un principio y un fin. Que hay una historia de la salvación de la humanidad, que existe un fin en el que habrá justicia, paz y felicidad y se acabará el sufrimiento. Esto es un mito. Una idea del cristianismo que se cuela en los discursos históricos y políticos porque el peso del cristianismo, a pesar de la muerte de dios es demasiado grande. Y porque la condición humana es así, quiero decir, que el hombre vive de sus esperanzas. Cuando realmente, u ontológicamente, sólo hay un sentido biológico. Y el sentido biológico es que somos una especie más, como podríamos no haber sido y, como seguramente, dejaremos de ser. De modo que en el discurso histórico político se cuela el mito del progreso, la creencia de que vamos hacia algo mejor. En segundo lugar, el discurso político se fundamenta en supuestas teorías de la historia, como el hegelianismo, el marxismo, el liberalismo, el capitalismo, el cientificismo… que creen que la historia está determinada y ellos conocen las leyes de la historia que la determinan. De modo que sólo es necesario actuar, y ésa es la praxis política y lo peligroso, es la perversión de la razón ilustrada que se endiosa y cae en lo mismo que critica, para dirigir la historia hacia la emancipación del hombre y, con ello, hacia el estado de justicia y felicidad. Pues bien, todos estos pensamientos, ideologías, filosofías y políticas, como también el cristianismo, lo que han producido es precisamente lo contrario: el genocidio y el exterminio, el infierno en la tierra. Y este es el fundamento filosófico de los totalitarismos: el mito del progreso y la visión determinista de la historia aliada a una razón endiosada y absoluta que, contrariamente a su origen, deshumaniza al hombre y lo convierte en un objeto.

 

En qué situación nos encontramos. Pues como digo el hombre es un ser de esperanzas y esperanzado pero que se ha quedado sin dios. A las utopías que nos han prometido un mundo mejor pero nos han llevado a la catástrofe se les ha llamado utopías negativas. Hay todo un género literario de este tipo, no sólo las que se han producido en la realidad histórico-política. Las utopías en este sentido son un pensamiento cerrado, un pensamiento único y una anulación y exterminio del pensamiento y del disidente como portador de ideas heterodoxas. De ahí que en las ideas totalitarias esté el germen del exterminio, porque es necesario eliminar al disidente, al que piensa de otra manera, al hereje, que eso es lo que significa en griego. De ahí que en otro lugar haya definido a la democracia como disidencia. La democracia es el modelo político que te permite la disidencia. Y esto nos lleva directamente a la situación actual. Hoy en día estamos instalados, y casi sin saberlo, o sin saberlo la mayoría, en un totalitarismo que elimina el pensamiento y la disidencia. Ese totalitarismo es la unión del neoliberalismo como teoría económica y praxis política unida a la religión de la tecnociencia y su avanzadilla las tecnologías de la información. Lo que se nos promete desde este conjunto de pseudoteorías económicas y cientificotécnicas es la salvación del hombre y de la humanidad. Sólo hay que “comulgar” (estar en comunión, en comunidad de fieles y creyentes) con estas creencias para ser dignos de entrar en el reino de los cielos. Estamos viviendo, porque estamos instalados en ello, una utopía negativa. El pensamiento único que se nos ofrece como alimento y que se nos despacha por los medios de control y manipulación de masas, a los que se les llama medios de comunicación, o, incluso, medios de conocimiento, como internet, es un pensamiento único, sin alternativas, sin posibilidad de disidencia. Y es un pensamiento que mata, porque el capitalismo, en su afán de crecimiento, que le es consustancial, mata. Es una forma de exterminio en la medida en la que el crecimiento no es homogéneo, sino que se basa en esquilmar al otro para que una parte crezca. Eso, por un lado, por otro, se trata de esquilmar el planeta para que las generaciones futuras se queden sin nada. El grave problema es que la utopía negativa en la que estamos instalados y esclavizados, porque nuestro pensamiento ha sido secuestrado por los medios de control y manipulación de las masas, nos lleva, a la larga, al colapso global. De ahí que no estemos en una crisis, sino en la quiebra del capitalismo global y que lo que nos espera en el futuro es la guerra y la depredación, algo que ha empezado ya hace tiempo y que hace poco ha empezado a llamar a nuestras puertas. Porque el capitalismo se autodevora.

                Por tanto, la utopía es un pensamiento negativo. Pero nos encontramos con la naturaleza esperanzada del hombre. No renunciamos a la esperanza porque es un mecanismo instalado en nuestro cerebro y adquirido por la selección natural que ha sido exitoso y nos ha permitido sobrevivir. De ahí que nos agarremos a la esperanza como a un clavo ardiendo. Pues esto me parece bien, nunca debemos cejar en nuestro intento de mejorarnos. Pero hay que hacer una serie de advertencias. No confundir la esperanza con la utopía, en primer lugar, en segundo lugar, ser conscientes de que no existen leyes deterministas de la historia y, en tercer lugar, aceptar los límites de nuestra razón, que son los límites de la falibilidad del conocimiento, y los límites de nuestra acción. Y, por último, aceptar que no existe un progreso ni un fin de la historia. Que todo progreso es parcial y contingente, fruto del esfuerzo humano, pero que, en cualquier momento, puede venirse abajo. En la historia, como en nuestra vida, todo es provisional; y todo depende de nuestra voluntad para mantenerlo y mejorarlo. Si ésta falla todo se viene abajo. Estamos, que sepamos, solos en el universo, somos una de las miles de millones de especies que hay y han existido en el universo, somos contingentes, podríamos no haber existido. Y no hay una trascendencia que guíe nuestro destino. Por eso, una vez que hemos cometido el grave error de los totalitarismos, anclados en el mito cristiano del progreso, debemos ser cuidadosos y regular nuestra esperanza de tal forma que no se convierta en un pensamiento megalómano. La esperanza, y esta es nuestra vuelta al inacabado pensamiento ilustrado, a la corrección de su perversión, debe ser la guía de nuestra acción política. Y el fin de nuestra acción política es la consecución de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres y la paz dentro de ellas y entre ellas, pero desde la libertad y el diálogo. Es decir, que la esperanza (es un sentimiento, no una idea), no la utopía (que es una idea, un pensamiento cerrado) debe ser la guía de la acción política. Por eso hay que cuidarse mucho del pensamiento utópico, de los grandes ideales y poner los pies sobre la tierra. Pero lo primero de esta praxis es desmontar el mito sobre el que estamos instalados. Una utopía negativa, como hemos dicho, definitivamente letal. Nuestro proceso de construcción pasa por la deconstrucción. Si no somos capaces de hacer esto, la deconstrucción o el derrumbe, mejor, vendrá por sí mismo.

La ética como regulación del derecho y la democracia como proyecto ético-político.

                Ni la ética se reduce al derecho ni a la inversa. Pero tampoco son ajenas. Existe una relación histórico-sistemática entre ambas. No hay ética sin derecho ni derecho sin ética. El derecho, enunciado de forma positivista, podríamos entenderlo como la normalización de la ética o conjunto de normas que hacen posible la convivencia. Pero, aún así, ni el derecho agota la ética, ni la ética el derecho. Lo que sí podemos decir es que el hombre es un animal social y necesita de normas para sobrevivir, como dijera Kant, “hasta un pueblo de demonios necesita de sus leyes…” El derecho es la plasmación positiva de la ética. Ahora bien, el objetivo del hombre es una ética universal. Pero para poder tener una ética universal, o buscarla, tiene que ser, como diría Adela Cortina, una ética de mínimos. Unos mínimos exigibles y consensuados por el diálogo comunicativo entre seres racionales que coinciden con todas las diversas morales existentes. En cuanto nos vayamos a unos máximos empezarán las diferencias. Y por eso el marco político de organización social que haga posible esta ética y que se plasme en el derecho es la democracia. Por eso, tanto la ética, como el derecho, como la democracia son conquistas del hombre. Conquistas en las que el hombre se ha ido autoconociendo o reconociendo o inventándose o construyéndose. Y por eso constituyen una forma de vida.

                Y, también, por este motivo, la democracia es contraria al pensamiento utópico. La utopía es producto de un pensamiento cerrado y acabado. Mientras que la democracia surge del pensamiento en creación, en diálogo, inacabado. La democracia se va haciendo y obedece a la ley de la entropía, si no se la persigue y perfecciona continuamente, degenera. Lo característico del pensamiento utópico es un pensamiento ya construido, que se cree conocedor de la historia y, por tanto, de su devenir y, por ello, puede marcar y delinear el futuro. Este pensamiento es excluyente, elimina al disidente y acaba en totalitarismo. Por el contrario, el esfuerzo de la democracia es la búsqueda de la universalidad, pero no la imposición de mi supuesta creencia universal. La democracia debe de ser capaz, mediante su reglamentación jurídica, de dar cabida a todas las expresiones éticas, siempre y cuando cumplan los mínimos exigibles. Pero es aquí donde se suscitan las mayores cuestiones. ¿Cuáles son esos mínimos exigibles? Yo creo que la cuestión está clara desde la Ilustración y que en lo que consiste el asunto es en proseguir con el proceso inacabado de la Ilustración. Me refiero a la concepción del hombre como sujeto. Cosa que viene formalizada en el imperativo categórico kantiano en su más suculenta formulación: obra siempre de tal forma que consideres al otro como un fin en sí mismo y no como un medio. Es decir, que aquí lo que se nos está definiendo es el concepto de persona. La persona es un fin, por tanto, un sujeto, alguien como yo. Por eso me hace falta la empatía para reconocerme en el otro y actuar moralmente, ser capaz de ver su alegría o su sufrimiento. Es decir, que la persona es un sujeto, por ello tiene dignidad y, en tanto que tiene dignidad, es persona. De todo ello se desprende que es merecedor del máximo respeto, lo que implica que no puede ser instrumentalizado. Pues bien, esta base ética es la que debe defender políticamente la democracia y jurídicamente el derecho. Ahora bien, esto implica que la democracia no es sólo una cuestión formal, sino de contenido. La democracia es una forma de vida, algo que ya inventaron los griegos y que redescubrimos, pero que debe ser guía de nuestros principios y acciones, de nuestra ética, porque es la ética mencionada la que la alimenta, pero sin esfuerzo, ni compromiso, todo se viene abajo. Esto, por un lado, es decir, en lo que compete al ciudadano. Y, en cuanto a lo que compete a los poderes e instituciones pues también están sometidos a una misma ley, como hemos dicho, la de no instrumentalizar. Cada vez que cualquier forma de poder o institución nos toma como instrumento, nos mediatiza, nos convierte en objeto, está destruyendo la democracia. Pero aquí viene algo muy importante. Cuando esto ocurre en una sociedad que se llama a sí mismo democrática es necesario actuar de inmediato. Y la forma de actuar es la desobediencia civil, porque en definitiva el poder, cuando nos mediatiza, se convierte en una tiranía. Y contra la tiranía es legítima la desobediencia civil; eso, si queremos conservar la democracia. Por eso en la sociedad actual, en la española, es necesario un proceso constituyente para recuperar la democracia.

                               Democracia, mesocracia, meritocracia.

                               No habrá un gobierno justo hasta que los filósofos sean reyes o los reyes filosofen.” Platón.

                El mayor crítico de la democracia de la antigüedad, y sus críticas en gran parte siguen siendo válidas, fue el viejo Platón, del que se dice que toda la filosofía no son más que notas  a pie de página de sus diálogos. Pues bien, el centro de la crítica platónica es que una democracia no es justa en la medida en la que la democracia es el gobierno del pueblo y ello es lo mismo que decir de los ignorantes. Claro, se refiere a ignorantes en lo que concierne a la justicia y el bien común. Y como el pueblo es ignorante, en ese aspecto, no en su profesión, pues es engañado por el demagogo que busca su interés particular. Pues esto, señores, y sé que esto levanta ampollas entre los bienpensantes y los progres y que seré tachado por enésima vez de elitista, lo que no me importa, porque si se identifica elitismo con excelencia, pues lo soy o, mejor dicho, persigo la excelencia para el pueblo y para mí, pues decía, que es esto lo que ocurre hoy en día, entre otros muchos males de la democracia. Y es por ello que nuestra democracia de cartón piedra, ni siquiera llega a esa altura de democracia liberal representativa y mediatizada económicamente, sino que además es una mesocracia. Se ha convertido en una mediocridad, es decir, el poder de los mediocres. Y, en concreto, en España, mucho ha hecho la ley de educación aún vigente, la LOGSE-LOE, no es que lo que venga lo vaya a solucionar, es más, profundiza en la mediocridad e instrumentaliza aún más al pueblo. Lo que viene es una consecuencia lógica del trasfondo psicopedagógico de la LOGSE unido al más bárbaro y salvaje capitalismo en el que todo se compra y se vende y el sujeto se ha convertido en absoluta mercancía.

                Pues sí señores, nuestra democracia es una mesocracia, el poder de los mediocres. Y es eso lo que al poder le ha interesado, convertir a la ciudadanía en mediocre, en sujetos autómatas, no autónomos. En sujetos idiotas (es decir, que sólo miran por sí mismo y no por el bien común) Se ha perdido por el camino la solidaridad, que era lo que quedaba del gran valor de la fraternidad, el menos desarrollado de la Ilustración. Mientras las vacas gordas hemos alimentado nuestro ego a base del consumo compulsivo y hemos empeñado nuestra vida en el tener. Y la ciudadanía, inconsciente, sumisa, aborregada y mediocre ha votado la ostentación de lo material, la riqueza por la riqueza. No ha entendido que la virtud está en la austeridad, pero no la que se nos impone ahora que es la miseria. Y ahora, con las vacas flacas, perplejos, espantados, con el miedo en el cuerpo, la ciudadanía sólo es  capaz de mirar su propio bolsillo instalado en una moral mediocre del sálvese quién pueda. Y, si no, miren los que secundan las huelgas de funcionarios o de profesores, una inmensa minoría…una auténtica pena. No es que no luchemos ni por lo de los demás, es que ni nos damos cuenta, o no queremos, luchar por lo nuestro. Asumimos dócilmente las medidas que eliminan los derechos sociales y laborales conquistados durante décadas, más de cien años, y encima nos sentimos hasta culpables y responsables, además de absolutamente desinformados. El colmo.

                Por eso reivindico la meritocracia. Una democracia sana debe perseguir la excelencia, el mérito, la virtud pública. Pero vemos delante de nuestras narices lo contrario. Y no lo denunciamos porque estamos adoctrinados. Hemos sido domesticados y adiestrados durante décadas por el sistema educativo y los medios de manipulación de masas, de tal forma que hemos perdido la conciencia crítica, que nos hemos convertido en unos conformistas, cuando no, los más espabilados de la tribu, en unos cínicos. La meritocracia es la creencia en que la democracia debe perseguir la virtud y la excelencia del pueblo por medio de la educación y el control de los medios de comunicación. Y ello conlleva la recuperación del poder por parte del pueblo. Y a ello se le llama república. La república exige de la virtud del pueblo, de la recuperación de la ciudadanía y el abandono del vasallaje. Pero malos tiempos corren para este ideal republicano que hunde sus raíces en la Ilustración, proyecto inacabado y no me canso de decirlo. El dios mercado lo inunda todo. Los medios de comunicación extienden su ideología, incluido Internet que parece que nos libera, pues no. Los sistemas educativos buscan empleados, no transformadores del mundo. El mundo ya está construido, controlado y dominado por unos pocos y el resto somos sus peones a los que sacrifican sin el menor escrúpulo. Pues señores es hora de la praxis revolucionaria, que diría Marx, y que a los progres de los que hablaba antes se les ha olvidado o nunca lo aprendieron, es hora de la transformación del mundo y de las condiciones de posibilidad de esa transformación. O, de lo contrario, la maquinaria bárbara e infernal nos engullirá en una nueva edad media totalitaria que ya barruntamos durante mucho, mucho tiempo…

                                Europa ¿quo vadis?

Los sabios hablan de ideas, la gente corriente, de acontecimiento y, la mayoría, de otra gente. Albert Einstein.

                La cita que encabeza este escrito no tiene que ver en principio con el tema del artículo, pero sí de fondo. Lo que el ilustrado y genial físico Einstein nos está diciendo con su pensamiento, que algunos, o muchos, que es peor, lo calificarán de elitista, es que la inmensa mayoría de la gente, de las personas, pierden el tiempo conversando sobre otra gente. Que no hay discusión de ideas. Que no hay pensamiento. Este fenómeno visto a la luz del librito de Kant, ¿Qué es la Ilustración? pues nos lleva a pensar directamente que, en realidad, no ha habido Ilustración porque la mayoría de la gente no ha alcanzado la mayoría de edad. No discute sobre ideas, conversa sobre otra gente, su conversación es intrascendente, pura distracción, cuando no, malsana. Pero es que esto es un problema muy grave. Y su gravedad consiste en que no es posible la democracia sin ilustración del pueblo. Y lo que está ocurriendo en Europa es que la democracia está siendo sustituida por el totalitarismo y el pueblo permanece sumiso e inconsciente con todo lo que ello conlleva. Es más, la democracia aparente que tenemos le permite opinar, porque para eso se ha establecido como dogma el relativismo de las opiniones. Que todas las opiniones valen y que todas son iguales o equivalentes. Y los ignorantes, la mayoría, no hemos salido de la crítica platónica a la democracia y su degeneración en demagogia, igual que ahora, pues se afanan en opinar, sin buscar fundamentos, información. Hablar de lo concreto, por el mero hecho de hablar, por el placer de hablar y nada más. Y es éste, nada más y nada menos, el hilo de unión entre la cita del encabezado y el artículo.

                Europa se dirige hacia la barbarie política y ética. Es más Europa ha echado por la borda la política, el asunto público y se ha echado en las manos del mercado y el gran capital. Un proyecto que dura décadas, desde la señora Thatcher hasta ahora en la que la aceleración es imparable porque el pueblo está perfectamente domesticado. Vamos asumiendo la pérdida de los derechos históricamente conquistados sin rechistar. Como un sueño, como un espejismo. Como si fuese algo que no fuese real. Para cuando queramos reaccionar ya será demasiado tarde. Tenemos ejemplos en nuestra propia historia del siglo XX. Porque, precisamente, lo que se está instaurando es el fascismo. Un fascismo económico y político. Con todo lo que ello conlleva que parece que no nos damos cuenta. Por eso me pregunto, junto con Felix Ovejero, si somos idiotas o ciudadanos, como reza el título de su última obra. Y yo apuesto por lo primero, somos idiotas, nos han convertido en idiotas aprovechando la propia naturaleza del hombre que es la de la servidumbre humana voluntaria. Por eso nos es tan difícil salir de la minoría de edad, de pensar por nosotros mismos. Simplemente de pensar y no de opinar y hablar por hablar. Y cuando digo idiota no lo digo como insulto, sino que lo utilizo en su sentido griego. El idiota era lo contrario del ciudadano o el político, el habitante de la polis el hombre libre. Autónomo, aquel que se da, en la asamblea y por medio del logos, el diálogo, la ley a sí mismo. El idiota es aquel que vive para sí y sólo para sí. Que no le interesa la res pública. Pues nunca la ciudadanía ha estado tan preparada para ser idiota, para vivir sólo para sí mismo. Y, mientras, todo lo conquistado para y desde la colectividad, la polis, la ciudad, va desapareciendo en las redes del mercado.

                Europa es el invento del hombre, es la humanización del homínido. Europa es la conquista de la democracia, con su concepto de autonomía, isonomía (igualdad ante la ley e isegoría (igualdad del uso de la palabra). Europa es la eliminación de la superstición, de los mitos que esclavizan a través de la ignorancia. Es la búsqueda del conocimiento y la conquista de la libertad a través del mismo. La salida de la caverna a la luz de la razón que es universal y nos alumbra a todos. Es la separación del trono y el altar, la secularización y el laicismo. La conquista de la ciencia como modo de conocimiento del mundo, es el arte que nos eleva, desde la pintura, la música, la literatura, la arquitectura…a lo sublime. Es decir, lo que nos hace humanos, no simples homínidos. Es la conquista de los grandes derechos de la humanidad a partir de la Ilustración: igualdad, libertad, fraternidad; ésta última la gran olvidada. Por eso la Ilustración, y así lo considero junto con titanes del siglo XX como Popper o Habermas o Rawls, es un proyecto inacabado, o como dice José A. Marina es el gran proyecto ético político de la humanidad. Y esto que se conquista en la Ilustración es la ciudadanía frente al vasallaje. Es la conquista de la dignidad. Y es muy importante saber una cosa para ser muy conscientes de lo que se nos avecina y hacia dónde se dirige Europa. Y lo que hay que saber es que de todo esto de lo que hemos hablado y más, como son las conquistas sociales (el estado de bienestar) y laborales, son conquistas históricas. Me explico. No existen los derechos naturales. El hombre es, culturalmente, un animal desnudo. Es él mismo el que teje el vestido de la cultura. Todo es artificio, todo es superfluo. No hay ningún determinismo ni biológico ni cultural que nos proporcione los derechos conquistados. Hemos sido nosotros, nuestros antecesores, los que los han conquistado por medio de la lucha. Porque lo que sí ha existido siempre es la desigualdad, la esclavitud y la guerra. Y al conquistar los derechos llamados humanos lo que queremos con ello es evitar la guerra, la esclavitud y la desigualdad. Y ese es el camino de la Ilustración y el marco político es la democracia o la república. Y en eso estamos desde hace doscientos años.

Pero Europa ha cambiado de rumbo. Ha optado por el totalitarismo frente a la democracia. Ha idiotizado a los ciudadanos y los ha convertido en esclavos útiles, servidores del nuevo dios, el mercado. Y el ciudadano ha perdido sus derechos y la barbarie se extiende por doquier. Todo es una farsa y una pantomima. El pueblo ignorante elige engañado, los elegidos no gobiernan. Los poderosos, los grandes ricos del mundo y de Europa crean un lenguaje (neolengua) que enmascara la realidad, que crea una realidad ficticia en la que el ciudadano-vasallo se sumerge ahogándose en un mar de sinsentido. Y, mientras, pierde la libertad, la igualdad y la fraternidad, ésta última ni existe. Porque, precisamente la fraternidad, el considerarnos todos como hermanos, iguales. El ser capaz de ver nuestra miseria y nuestra dignidad en el otro sería lo que podría salvarnos, pero nos han vuelto idiotas y egoístas. Por eso no hay ni lucha ni revolución. Además de que el enemigo es ubicuo o no está en ninguna parte. Es un perfecto teatro del mundo. Pero estamos en el comienzo de la barbarie. Porque esta barbarie es la del fascismo político, la de la ausencia de la dignidad. Y si el poder no considera al pueblo como ciudadano, pues lo instrumentaliza, lo trata como un objeto, no le importa su vida, ni sus alegrías, ni sus sufrimientos. Por eso, la miseria, al fascismo económico aliado al fascismo político al que estamos asistiendo, no le importa al poder, porque el hombre ha sido despojado de la humanidad, esto es, de la dignidad. Y por eso hemos dejado de ser ciudadanos para ser vasallos (y todo muy bien legislado). Y con esta legislación de los poderosos hemos tirado por la borda toda la conquista ética-política que Europa había llegado a vislumbrar para el hombre y la historia. Y esa es la barbarie hacia la cual se dirige Europa. Esa es la nueva Edad Media: pobreza, miseria, esclavitud, desarraigo, vasallaje, desigualdad, poder absoluto y arbitrario…el faro ético-político de Europa se apaga…y la mayoría permanece indiferente.

Humanismo o barbarie.

¿Para qué sirven la filosofía y las humanidades?

                Pues para nada. Por eso el ministerio es coherente al intentar casi eliminar la filosofía de los estudios de secundaria y reducir a la mínima expresión las humanidades, así como las ciencias teóricas o fundamentales. Pero esto último lo dejamos a parte en este escrito aunque esté íntimamente ligado. No nos engañemos, desde hace décadas vivimos en un mundo plano, un mundo unidimensional en el que los valores se han ido reduciendo a los valores del mercado, los valores de cambio, valores económicos. Por eso surge la pregunta de para qué sirve la filosofía, la ética, el arte, la música clásica, la literatura. Pues dentro de este esquema de valores que es el predominante, el pensamiento único del stablisment, que se extiende por doquier, en virtud de los medios de manipulación y control de masas, la respuesta es, lógicamente, que para nada. El mundo que vivimos, que han construido para nosotros, para esclavizarnos, para eliminar las conquistas sociales, antropológicas y laborales de doscientos años para acá, está siendo fagocitado por una forma de pensamiento (ausencia de tal) y un conjunto de valores (contravalores o valores económico exclusivamente) que excluye del mundo y del pensamiento el humanismo y dentro de él, su piedra angular, la filosofía. No, no dan palos de ciegos, ni son tontos, ni estos del PP, ni los del PSOE con su famosa LOGSE que de forma tan siniestra ha preparado el terreno para lo que se nos viene encima que no es más que la consecuencia lógica de lo anterior.

                La visión de la educación es una visión tecnocrática que se apoya en dos pilares; primero, el mercantilismo. La educación debe ser un negocio y el fin ha de ser la empleabilidad, es decir, servir al mercado, o la adaptabilidad a la sociedad cambiante y del conocimiento en la que vivimos. Es decir, que es el mercado el que debe regular los planes de estudios, sus currículos y sus fines. Y aquí entra el segundo pilar, los tecnócratas de la educación, los pedagogos. Estos han creado una ideología que sustenta las supuestas formas de aprendizaje y, curiosamente, esas supuestas formas de aprendizaje se adaptan perfectamente al ideal del funcionamiento de una empresa, más aún, de una empresa privada. Se vacía el contenido y se prima la competencia, se elimina el aprender y se introduce la falacia de aprender a aprender, se elimina la autoridad moral e intelectual del profesor y se sustituye por la empatía y las TICs, bochornoso, pero cierto y, por supuesto, se elimina la ética y la educación para la ciudadanía, porque los ciudadanos no interesan, interesan los obreros, la mano de obra intercambiable y oprimida, ausente de derechos, cabizbaja y obediente.

¿Y las humanidades, y la filosofía? Pues no sirven para nada de esto. La filosofía nos enseña a ser personas, porque la filosofía, y las humanidades en su conjunto, inventan el concepto de ley, de persona, de libertad, de igualdad, de fraternidad, de derechos y deberes, de democracia y así sucesivamente. Pero todos estos valores no están dentro del mercado. Es más, nos interesa, o les interesa, que salgan de la circulación. Que no exista un pensamiento que los recoja; en definitiva, que caigan en el olvido y una gran losa se cierre sobre ellos. La filosofía es el ámbito de la libertad civil, de pensamiento y política. Cuestiona el poder, analiza al hombre, jerarquiza los valores, desenmascara el engaño del poder como el de la unidimensionalidad de los valores económicos. No sirve, porque no es útil, entendiendo lo útil por aquello que es eficiente económicamente. La filosofía, las humanidades tienen que ver con el ser, no con el tener. Y, precisamente por eso, han sido las humanidades, la filosofía, las que han construido al hombre. Pero al hombre como ser autónomo, libre, capaz de decidir sobre el futuro, capaz de transformar el mundo en el que vive si éste no le gusta. El hombre que crea y decide las leyes que le gobiernan, leyes que son un imperativo para todos. Las humanidades, simplemente, nos han hecho humanos, pero esto ni se compra ni se vende, no es un valor económico. De lo que se trata ahora, en la barbarie en la que nos hemos adentrado, es de despojar al hombre de todo lo humano, de convertirlo en un nuevo vasallo, un esclavo, un siervo de la gleba posmoderno. Y lo están consiguiendo. Por eso estamos en un momento de retroceso de siglos. Adentrándonos en una nueva y oscura edad media. Y la humanización del ser humano no puede competir con el poder económico y las nuevas tecnologías, sus seductoras y demagógicas aliadas. Es más, el humanismo no entra en competitividad, ese valor excede al humanismo pertenece, precisamente, a su poderoso enemigo, el capitalismo. Este capitalismo salvaje y bárbaro está fagocitando el humanismo duramente conquistado a través de la denostada, pero real, lucha de clases, y con él se está llevando por delante al propio hombre. Pero insisto, esto no es de hoy, políticamente tiene más de cuarenta años y, educativamente, en España empieza en el 1990 con la aprobación de la LOGSE. La nueva ley, la LOMCE no es más que dar un paso más y hablar con claridad.

 

La crisis del pensamiento occidental

Aristóteles definió al ser humano como “animal político” y como “animal dotado de logos”. Y atribuyó a este término griego tres significados: es el lenguaje con el que pensamos y nos comunicamos; es la ley con la que juzgamos nuestras acciones y discriminamos entre lo justo y lo injusto; y es, en fin, el medio de conocimiento con el que nos representamos el mundo.

El logos (la ratio de latinos) nos permite pensar libremente, convivir con los otros y conocer el mundo. Gracias a él, podemos modelar reflexivamente nuestro ethos, debatir con los demás las leyes de la polis, poner nombre a los fenómenos del kosmos, y transmitir toda esa experiencia a través de la educación. En la antigua Grecia había un vínculo inseparable entre la subjetividad ética, la convivencia política y el conocimiento del mundo. Y el koinon logon o “razón común” de Heráclito (según la traducción del recientemente fallecido Agustín García Calvo) es el hilo sagrado que permite tejer entre sí esos tres grandes ámbitos de la experiencia humana.

Esta es la herencia y la tarea que los filósofos griegos legaron a la tradición cultural de Occidente, y que fue convertida en un proyecto civilizatorio con vocación universalista por los filósofos de la Ilustración y los padres fundadores de las primeras democracias modernas.

Sin embargo, la civilización occidental tenía un lado sombrío: de la “razón común” estaban excluidas las mujeres, los asalariados, los esclavos y los “bárbaros”. Por eso, a partir del siglo<TH>XIX, surgieron tres grandes movimientos emancipatorios: el feminismo, el socialismo y el movimiento antiesclavista y anticolonialista. Todos ellos se rebelaron contra una sociedad “civilizada” que jerarquizaba a los seres humanos en razón de su sexo, clase social, etnia, etcétera.

Pero la autocrítica y renovación de Occidente no ha seguido un camino lineal y ascendente. La terrible “guerra civil europea” (1914-1945) dio paso a los “30<TH>años gloriosos” (1945-1975) que, a pesar de la amenaza nuclear y la guerra fría, hicieron posible la ONU, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la descolonización, los Estados de bienestar, la Unión Europea y los nuevos movimientos sociales (ecologismo, pacifismo, etcétera). Pero, en las tres últimas décadas, hemos asistido a la gran ofensiva del capitalismo neoliberal, que pretende desmantelar una a una todas las conquistas civilizatorias conseguidas en Occidente y en el resto del mundo.

Un signo de la crisis es la reducción de los estudios de artes y humanidades en los países de
ideología neoliberal

En pleno ascenso del nazismo, el judío alemán Husserl escribió La crisis de las ciencias europeas, para denunciar el divorcio entre el progreso tecno-económico y el retroceso ético-político, y para exigir a los filósofos que asumieran no ya el papel de tábanos de la polis, como Sócrates, ni el de profesores del Estado-nación, como Hegel, sino el de “funcionarios de la humanidad”. Hoy estamos viviendo un nuevo retorno de la barbarie, pero la amenaza no viene ya de tal o cual Estado totalitario, sino de un capitalismo depredador, desregulado y globalizado. No solo estamos viviendo la más grave crisis económica y social desde la década de 1930, sino también una crisis ecológica global, una crisis de legitimidad de la democracia parlamentaria y una crisis civilizatoria que afecta al conjunto del pensamiento occidental.

En Sin fines de lucro, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum ha alertado de esta “crisis silenciosa” del pensamiento occidental, una de cuyas manifestaciones es la reducción de los estudios de artes y humanidades en todos los países que han adoptado la ideología neoliberal y, con ella, una concepción economicista y tecnocrática del conocimiento y la educación.

Citaré dos ejemplos cercanos. Uno: el VIII Programa Marco de la UE (Horizonte 2020) establecía cinco áreas estratégicas de investigación y excluía a las Ciencias Sociales y las Humanidades; se las incluyó cuando protestaron 25.000 investigadores; en España, el Plan Estatal de Investigación 2013-2016 sigue la misma línea tecnocrática. Dos: el borrador de la LOMCE concibe la educación como una preparación profesional para competir en el mercado, segrega al alumnado en función del rendimiento, convierte la formación moral en un sucedáneo de la religión y suprime dos de las tres materias filosóficas impartidas durante toda la democracia.

La humanidad se enfrenta hoy a retos inmensos que ponen en riesgo la vida, la libertad, la convivencia y la supervivencia misma de millones de seres humanos. Pero carecemos de una “razón común” que nos permita afrontarlos. Vivimos una globalización de facto, pero no de iure. Por eso, hemos de repensar la relación entre ethos, polis y kosmos, para adecuarlas a las condiciones de una sociedad global cada vez más compleja, interdependiente e incierta.

En resumen, necesitamos renovar profundamente el ejercicio del pensamiento. Por eso, lejos de ser un oficio anticuado e inútil, la filosofía tiene ante sí una gran tarea y una gran responsabilidad: ayudar a reconstruir la “razón común”, para que la humanidad viviente, entretejida ya en una sola sociedad planetaria, se haga cargo de su pasado múltiple y se enfrente al porvenir con una actitud reflexiva y cooperativa.

Antonio Campillo es catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia, coordinador de la Red Española de Filosofía (REF) y autor de El concepto de lo político en la sociedad global (2008).