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Filosofía desde la trinchera

                Enseñar y adoctrinar.

                No para uno de sorprenderse de la cara dura que tienen estos políticos, ni de su supina ignorancia. Ahora resulta que el profesorado puede ser acusado por los alumnos de ser adoctrinados en clase, vaya por dios. ¡Cómo si fuesen pocos los males ya en la enseñanza! Primero, pero quién es un alumno para saber si se le adoctrinas o no, si es un ignorante en la materia, cómo diferenciar la educación y la enseñanza de cierto adoctrinamiento y, tres, para adoctrinamiento el de la nueva ley que pone la asignatura de religión católica evaluable, optativa a la ética o valores éticos.

                El alumno no puede percibir, ni ser juez de adoctrinamiento. Su ignorancia se lo impide. Yo creo que lo que hay detrás de esto, de esta ocurrencia de café, copa y puro, una chapuaza, vamos, es darle un escarmiento a aquellos profesores díscolos con la nueva ley y con el sistema de enseñanza en general, que pretenden criticar el quehacer del gobierno en materia educativa. Y es muy distinto, si no lo contrario, ejercer la crítica a adoctrinar. Mientras que adoctrinar es introducir una serie de creencias de las que no se puede dudar y en las que hay que tener fe, por un lado y, además, si se critican se es tachado de hereje y disidente y se es castigado. Por el contrario, la crítica lleva consigo el adoctrinamiento, es decir, el alumno, que se nos presenta como ignorante, tiene que aprender una serie de doctrinas, teorías y conceptos, que le servirán después como instrumento de aprendizaje, de profundización y de valoración que le irán permitiendo, a lo largo del tiempo, toda la vida, si se me permite, ir perfilando. Y no es lo mismo el concepto utilizado en las asignaturas de ciencia que en las de humanidades. La ciencia necesita del conocimiento de un cuerpo doctrinal o teórico, la tarea crítica e investigadora es muy posterior. Como diría Khun, primero hay que aprender la ciencia normal, después, si tenemos la ocasión, haremos ciencia extraordinaria, y ahí la crítica es fundamental. Porque mientras la ciencia normal se aprende dogmáticamente, la extraordinaria requiere de la imaginación, la creatividad, la disidencia y la crítica. En cambio, en las llamadas, que no soy partidario de ello, ciencias humanas y en las sociales, sobre todo en las primeras, la doctrina, en tanto que teoría es fundamental. Pero lo que sucede en las humanidades, que por cierto, punto de mira del ministerio de educación, es que las teorías interpretativas de la realidad de la que se ocupan, a pesar de ser objetivas, basadas en hechos y producto de la argumentación, son menos definitivas que en las ciencias duras. Y esto es precisamente por la naturaleza de su objeto. Pero es que resulta que en las humanidades estamos tratando a un objeto que se está construyendo y que es irrepetible, por eso no existen experimentos en las humanidades. Y claro, la exposición de las teorías en las humanidades da lugar a la discusión, pero también, por parte del poder –y por medio del vehículo de los planes de educación- da lugar al adoctrinamiento. Es decir, que el adoctrinamiento no viene precisamente del profesor, éste es el que desenmascara el adoctrinamiento impuesto por el poder. Y esto es lo que al poder no le interesa. Por el contrario, la exposición de las humanidades da lugar al sano diálogo en el que la razón es lo común, a la controversia, en el que la guía es la argumentación y no la demagogia y el interés privado. La doctrina, como cuerpo teórico, como conjunto de conocimientos, es necesaria, pero es discutible desde la razón. Y, sobre todo, lo que es importante es que no podemos admitir –y es lo que el profesor enseña y debe enseñar- es el adoctrinamiento por parte del poder. La máscara y la farsa del poder que se transmite por medio del vehículo de la educación. Toda educación está cargada doctrinal e ideológicamente y el humanista, el filósofo, como ejemplo de virtud pública ha de hacer un uso público de la razón y desenmascarar al poder, venga de donde venga. Otra cosa es que tendrá que obedecer, puesto que es un funcionario, pero aquí también existen sus límites.

                Lo que no es de recibo, es demencial, es dar patente de corso al alumnado para que denuncie a un profesor porque supuestamente lo está adoctrinando. Pues bien, aquí tienen a un adoctrinador, que es el oficio que ha hecho desde que empezó a enseñar. Un adoctrinador que enseña que no existen verdades con mayúsculas, que el poder enmascara la realidad, que la tarea del profesor y del alumno es desenmascarar esa realidad. Que lo importante no es adaptarse al mundo que nos ofrecen, máxime cuando éste es una auténtica miseria fruto de la guerra del fuerte contra el débil, sino transformarlo. Un adoctrinador de la docta ignorancia, del sólo sé que no sé nada. Un luchador contra la farsa y el gran teatro del mundo. Alguien que cree que la educación, aún sirve para algo, además de crear empleados. Alguien que no puede hacer callar su razón, porque la razón es razón universal, es la forma de entendernos y se enfrenta a las opiniones, creencias, dogmas, doctrinas cerradas y fanáticas. En eso consiste mi adoctrinamiento y el de todo verdadero, humanista, científico y profesor. El resto, lo que pretenden, no es sólo adoctrinar, sino aborregar, instrumentalizar y eliminar la dignidad humana que se alcanza por el libre uso de la razón.

El valor de la excelencia.

La excelencia es la virtud. Ése es su significado en griego. Y la excelencia es lo que hay que perseguir en la educación. Es el objetivo máximo y fundamental. Y esto no es elitismo, esto es cumplir el deber con nuestros futuros ciudadanos. Lo que se ha fomentado en este país con las sucesivas leyes educativas, fundamentalmente la LOGSE-LOE, es todo lo contrario. Y por una equivocación de principios básica. Se ha fomentado la mediocridad, la pereza, el éxito fácil, la ausencia del valor de la enseñanza. Los contenidos no sirven para nada, los títulos se pueden obtener sin esfuerzo. El respeto al profesor y a la institución de la enseñanza, así como al material público que se utiliza es nulo. El alumno ha perdido conciencia de todo ello. Ha sido educado en los contravalores del egoísmo hedonista, del narcisismo, del triunfo fácil, de la pereza, la vagancia, el dinero, la fama, la riqueza. Y ha sido distraído del contenido educativo. Los contenidos han dejado de tener importancia y han sido sustituidos por una ambigüedad que es la de los procedimientos, que ahora, más mercantilmente, han llegado a considerarse competencias.

Pues el error es muy sencillo, el fallo consiste en confundir la igualdad de oportunidades con el hecho de que todos los alumnos deben llegar a obtener los mismos conocimientos y un título. Pues bien, esto, sumada a la falsa pedagogía constructivista y motivacional que es la base teórica de la enseñanza nos ha llevado a la mediocridad del alumnado, tanto en lo que se refiere a los conocimientos, como en lo que se refiere a la ética, su comportamiento cívico. Al igual que el conocimiento es escaso, el comportamiento es incívico. Pues, no señor. El objetivo –y no es esto antidemocrático, ni elitista, sino meritocrático- es el cultivo de la excelencia, tanto en el nivel cognitivo, como en el ético-cívico. De lo que se trata es de que nuestros futuros ciudadanos sean cultos, conozcan y que el conocimiento sea un arma de liberación. El conocimiento nos hace libres. Pero es que, además, ese conocimiento nos hace ciudadanos respetuosos y respetables. Porque el conocimiento se va a entender como un valor. Un valor imitable y deseable, frente a los valores de la mediocridad que señalé antes. Y, por otro lado, la excelencia, la virtud, debe estar en el nivel ético-cívico. De lo que se trata es que el alumno sea un buen ciudadano. Es decir, un ciudadano comprometido con lo común, con la res pública. No un ciudadano que se mira su propio ombligo y busca su propio placer, ni un ciudadano que pretende escaquearse del deber. Y, tampoco un ciudadano que valore más el defraudar a hacienda, porque eso es ser listo, que ser un ciudadano transparente económicamente y dispuesto a ayudar a los demás sabiendo que la riqueza no es el máximo valor, sólo un bien que nos permite vivir y con el vivir poder practicar la virtud.

Pues la excelencia se ha perdido y la nueva ley de educación, la LOMCE, no la recupera. Es más, fomenta la competitividad darwiniana (un Darwin mal entendido). Es decir, ser el mejor en el engaño económico, ser el mejor participando en el casino capitalista-financiero que hemos montado. Y, por otro lado, la nueva ley pone como su objetivo máximo, la empleabilidad. Ya no se puede hablar ni de ciudadanía, ni de virtud, sino de ser empleado. Se educa al ciudadano para emplearse, para ser mano de obra del empresario. El valor máximo es la riqueza y el individuo, vasallo, súbdito, porque ha dejado de ser ciudadano, es un valor en el mercado, no un fin en sí mismo, se le ha quitado su dignidad. La nueva ley de educación instrumentaliza al alumno y al profesor convirtiendo a este último en vehículo de esta fechoría. La meritocracia se reduce al triunfo en el mercado o a obtener un trabajo para, mínimamente, sobrevivir. Por eso la ley es ideológica, no sólo por la asignatura de religión, sino porque persigue la ideología ultracapitalista, además de conservadora de la sociedad en la que vivimos.

Pero es necesario recuperar el viejo ideal de la Ilustración. Decía Kant que el tribunal de la universidad era la razón. Hoy en día el tribunal de la enseñanza es el mercado. Si no recuperamos el viejo ideal ilustrado nos sumiremos en una época de barbarie. Perderemos progresivamente nuestros derechos hasta que al final perdamos la ciudadanía y volvamos a ser vasallos. Y este es el nuevo fascismo, la nueva Edad Media que nos amenaza, que es ya presente. Y por eso he dicho y mantengo que la LOMCE no es más que una continuación de la LOGSE-LOE, el fin era el mismo. Y por eso la nueva ley elimina las humanidades, en especial la filosofía. Porque este saber es un saber que nos permite saber interpretar el mundo en el que vivimos. Y al poder esto no le interesa. Y elimina la ética, porque no hay que plantearse la virtud, porque en realidad, ya no hay virtud, sino obediencia al dios mercado. Y porque no hace falta una formación ni integral ni integradora, sólo un saber hacer que es lo que exige la empleabilidad. Pero el viejo ideal de la Ilustración es el saber para transformar el mundo que no nos gusta porque consideramos injusto, unidimensional, reduccionista, desigual y cruel con el propio semejante hasta llegar a su exterminio.

Ética evangélica e Iglesia.

Los evangelios no tienen nada que ver con la iglesia. Y hablo de los evangelios en su sentido ético. Y la ética de la justicia social no es la única que hay en ellos, está también la escatológica mesiánica en el sentido judío. Porque Jesús era judío. El teólogo Dietrich Bonhoeffer, mártir antinazi, dijo, “Jesús anunció el reino de los cielos, y vino la iglesia.” Por otro lado, he utilizado, el lado ético de los evangelios, el de la justicia social, el de la fraternidad cristiana, como lo usó fray Bartolomé de las Casas para evitar la matanza y genocidio de indios, bendecida por el catolicismo y el protestantismo, una ética universalizable como la de los evangelios y una ética universalizable, como la de los derechos humanos. Y, de esta manera, hacerlas coincidir en armonía, que es de lo que se trata. Y si hay un diálogo entre religiones y un diálogo entre creyentes y no creyentes debe ir en esta línea no en una postura de guerra, enfrentamiento y susceptibilidades. Y ello requiere, lo siento, el reconocimiento de la historia criminal de la iglesia, por un lado, y, por otro, cosa que es preciso señalar, el carácter no histórico de las escrituras, incluidos los evangelios. Sólo hace falta una lectura comparativa para darse cuenta de la inmensidad de contradicciones que existen entre ellos. Pero hay cosas muy importantes en las que coinciden y es en su mensaje ético. Hay una fuente de estudio entre los especialistas que se llaman las fuentes Q de Quelle: fuente, en alemán. Aquí se recogen las supuestas enseñanzas de Jesús, sus dichos morales, sus parábolas, etc. No hay mesianismo, ni pasión ni resurrección. Lo que es su predicación. Y lo bueno de estas fuentes y su valor histórico es que sí coinciden en su mayor parte con la enseñanza ética de los evangelios.

En fin, el diálogo tiene que partir del reconocimiento de la historicidad de la iglesia. Las discusiones y el debate teológico de fray Bartolomé de las Casas, así como su trabajo en las propias américas, salvaron millones de vidas, curiosamente no es santo, le faltaría haber hecho un milagro, como si fuese poco lo que hizo, que además, curiosamente, su discurso teológico, fue la base de la proclamación de los derechos del hombre y el ciudadano en la revolución francesa, pero en su versión laica. Uno tiene derecho de pertenecer a la comunidad religiosa que le parezca, para eso evolutivamente somos seres religiosos y ha sido una adaptación exitosa. Pero dos cosas son importantes si no se quiere caer en el fanatismo. Uno, en ninguna religión reside la verdad, son todas percepciones particulares, y dos, la iglesia es una institución de siglos, una institución estrictamente política. Es una ciudad terrenal, que diría Agustín de Hipona, no la ciudad de dios en la tierra. Es la representante de dios, pero de un dios particular. Aprovechemos lo mejor que ha dado la iglesia y dejemos a un lado su tremenda historia criminal que, por cierto, en España la tenemos muy cerca, fue connivente y consintió el genocidio de Franco. Igual que también de la misma iglesia surgieron los movimientos antifranquistas que se unieron a los pobres, a los obreros y a los disidentes. El lugar donde realmente debe estar la iglesia y que, en muchas ocasiones, está. Pero, curiosamente, en muchas ocasiones también, la iglesia como institución de poder y de control llama al orden a esos que se fijan demasiado en la justicia social a ver si van a abandonar la dogmática en su desmesurada ayuda a los pobres. Me sumo al jesuita y teólogo de la liberación, Jon Sobrino, que dice, contra lo que proclama la iglesia, “fuera de los pobres no hay salvación”. La iglesia dice, “fuera de la iglesia no hay salvación”. El libro de Jon Sobrino “Fuera de los pobres no hay salvación” ha sido uno de los libros que he leído con mayor placer y sabiendo que la fuerza que tiene detrás su mensaje ético es la fe, la esperanza y la caridad cristiana. Como la obra del catedrático de filosofía de la religión, Manuel Freijó, también creyente y con el que he mantenido cierto debate intelectual después de un curso que impartió en la UNED al que tuve el gusto de asistir “Ilustración y cristianismo”. Nunca he visto un planteamiento de los problemas de la iglesia y de la religión, como conjunto de creencias y el análisis de los ateísmos, aun sabiéndose acorralado, con tanta serenidad y humildad. Un buen ateo tiene la religión como inspiración. Porque, una cosa más, no olvido la espiritualidad, por muy ateo que sea. Y esta se encuentra en la ética, vamos, la caridad en términos religiosos. En la vocación, ya sea religiosa, artística o científico-filosófica, en la contemplación, en la búsqueda de lo universal, en la unidad que elimina las diferencias de lo concreto. En la tolerancia frente al fanatismo, en el sano escepticismo que te lleva a la duda de tu propia duda y de ahí a sumergirte en la nada de la unidad donde no hay ni dualidad, ni diferencias…en fin, en la sustancia eterna o divina de Spinoza, deus sive natura, natura sive deus. Dios o naturaleza, naturaleza o dios. El conocimiento del universo es la propia autoconciencia del universo, porque es una parte del universo, el hombre, la que se está conociendo. De ahí la espiritualidad del conocimiento. En fin, que estas ideas y el budismo al que en mi juventud me acerqué y me sacó del dogma me permiten mirar a la religiones del libro, y al catolicismo en particular, sin rencor, porque nada de lo humano me es ajeno, pero con objetividad.

Hombres de leyenda

Por Fernando Clemente, filósofo.

 

Hace unos días fui testigo de una escena inolvidable en un centro escolar. Y no me sale decir eso de “centro educativo” porque “Educación”, entendemos, es una noble palabra que responde, más que a otro asunto, a la formación integral del individuo y no a la información memorística del alumno, y porque además, a la “Educación”, hay que guardarle el respeto que se merece por los vivos que aún se desviven intentando educar y, sobre todo, por los muertos que nos educaron sin manuales ni oposición; aquellos que nos enseñaron a distinguir que una cosa es educar y otra bien distinta es aprobar.

La cuestión es que esa mañana, el día de autos, uno sintió vergüenza, pena penita pena y mala hostia al ver y padecer a aquellos biznagos patanes boicoteando un acto, llamémosle cultural, y usurpando los pupitres que otros con más merecimiento y mayor interés de otras partes del planeta sí desearían ocupar. ¿Cuándo se va a enterar el respetable y los que velan celosamente por el respetable, desde sus proyectos de ley, Logses, Lodes y demás tómbolas, que hay niños que hacen diariamente kilómetros a pie y cruzan los caudalosos ríos de Sumatra para ir a una mísera escuela sin puertas ni ventanas? ¿Cuándo nos vamos a enterar que los pueblos ignorantes salen más caros que los educados, y que la Educación debe ser la más preciada e intocable Razón de Estado para que conceda salud mental y fuerza creativa a sus ciudadanos? ¿Cuándo nos vamos a enterar, mi amor, que un verso valdrá siempre más que un boletín? Pero nada, aquí nada, aquí hay barra libre. “¡Jefe, otra de gambas a la plancha, que paga mi cuñao!”.

Se trataba de una charla interactiva, con fotos y todo, que ofrecimos mi compañero visual y un servidor a unos que están matriculados en un instituto, y que ni son de la ESO ni son bachilleres ni son de la FP, pero que bien podrían estar rascándose las amígdalas debajo de un edredón en un centro de instrucción y recreo televisado, en vez de cobrar esa indigna y vergonzosa nómina mensual de mil y pico de eurazos que se chulean por la cara. El salón se llenó de estos encabritados muchachotes, de algunos abatidos profesores y de otros tantos alumnos respetuosos y resignados. La escena que presencié fue patética: bullicio constante de la mitad del salón para atrás, piernas colgadas y balanceantes en las butacas, chulería de garrafón y semblantes compungidos e impotentes de los docentes. Y entonces, el que subscribe, ante tal panorama desolador e insalvable, dejó de hablar para no maldecir, dio la espalda y se sentó para no provocar el rosario de la aurora, y cedió su turno de palabra al compañero, quien, acostumbrado a este tipo de personal enjaulado y de oratoria sorda, continuó como pudo y cerró el espectáculo entre vítores, berreos y algún que otro tartamudo aplauso.

Y desde que nos quedamos solos en el salón hasta la noche silenciosa de aquel memorable día, la imagen que uno conserva de la leyenda de la Institución Libre de Enseñanza me acompañó de manera involuntaria, como un acto reflejo frente a la desventura presenciada aquella mañana.

… Érase una vez que en este país hubo unos profesores legendarios que se inventaron otra manera de enseñar, otra manera de descubrir el mundo a los escolares. Corrían los tiempos de eso tan español como era la prohibición de la libertad y acatar los dogmas religiosos, morales y políticos bajo pena de expediente sancionador y de ostracismo profesional. Y aquellos maestros y pedagogos valientes que desobedecieron esas imposiciones, apelando a su heroica libertad de cátedra, fueron expulsados de la docencia pública y confinados a los extramuros de aquella España de Frascuelo. Estos proscritos eran catedráticos liberales y krausistas cuyos nombres hoy pocos recuerdan. Azcárate, Salmerón y el supremo partero español de mentes ajenas Francisco Giner de los Ríos resistieron durante años las embestidas del destierro y abrieron por su cuenta y riesgo una academia con una sola y virtuosa finalidad: reformar educativamente su reino, en cuyos dominios había menos bibliotecas y escuelas que dragones alados. ¿Qué pretendían nuestros rebeldes protagonistas con tan dignísima tarea? Pues, reconquistar como jabatos lo que aquel Estado de cerrado y sacristía les habían saqueado a ellos; que no era otra cosa que poder ejercer la enseñanza sin ningún tipo de coacción, como profesores que eran, y cultivar la libertad de pensamiento, como hombres libres que se sentían. Querían estos orgullosos maestros, en esa batalla, formar hombres no colegiales al peso. Y fue tal su empeño y su éxito que, pasados unos años, concretamente en 1876, el parlamento del reino reconoció la labor de estos sabios educadores permitiéndoles la creación de la Institución Libre de Enseñanza como una entidad educativa pública y aconfesional. Es entonces cuando estos caballeros de leyenda, que velaban armas por la ilustración de los hombres, y los discípulos que les sucedieron, emprenden aquella titánica y apasionante tarea de educar al pueblo estimulando el uso de la razón crítica y de la conciencia ética, abandonando la vieja y rancia instrucción memorística y abanderando la educación integral y sociocultural con una sola herramienta: la palabra socrática y partera del maestro. Y el resultado fue un tiempo de épicas victorias contra las tinieblas de la ignorancia y la fecunda presencia por estas tierras de ilustres científicos, filósofos y literatos. Hasta que una guerra civil y lo que vino después, y lo que sobrevino a este después también, acabó con todo aquel vergel…

Y pensar que hace justo ahora veinte años, en el mismo salón de aquel centro de enseñanza y ante bachilleres entregados entonces, unos comediantes sin subvención presentaron una deslumbrante obra teatral escrita por José Miguel López, heredera de aquella Institución Libre de Enseñanza. “¡Ah, La Educación! –declamaba Diógenes El Perro- ¡La más bella corona convertida ahora groseros cuernos de adulterador, en anteojeras para los nuevos asnos, en la estupidez que los tecnólogos del mañana enmarcarán en una orla… !”.

 

Fernando Clemente

Zafra, marzo 2013.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De David López Sandoval.

No hay sitio para ti

Lo tienes muy crudo, chaval. Se acabó la fiesta, alguien ha cerrado el garito y ha tirado las llaves por el desagüe. O, si prefieres otro símil, has perdido la partida. Mejor incluso: alguien te ha hecho trampas para que la pierdas. Los años que te esperan no serán tuyos. Eres un muerto viviente. Resulta que perteneces a la primera generación que, sin mediar una guerra o una epidemia, vivirá peor que la de sus padres. 

¿Los culpables? Bueno, eso importa poco. Aquí no se libra nadie: hombres de negocios, banqueros, políticos de medio pelo, nuevos ricos que hicieron su agosto apilando ladrillos, familias endeudadas hasta las cejas, padres que cambiaban de coche como de calzoncillos, hijos que han estado chupando de la teta, del botellón y de otros espejismos de este parque temático en que han convertido tu mundo. Ocurre que, cuando hasta el último mindundi ha estado en el ajo, buscar culpables no deja de ser un ejercicio de autocompasión bastante ridículo.

Pero lo peor de todo, lo que realmente te llevará por el camino de la amargura es que, no solo no te han dejado ni las migajas del banquete, sino que te han birlado el revólver para que no puedas salir a la calle pegando tiros. Porque la verdad es que la Historia dice que los de tu edad soléis dar bastante miedo a los poderosos cuando os cabreáis. Pero, claro, para estar cabreado hace falta saber lo que sucede a  tu alrededor. Y tú ahora no tienes ni puta idea. Estás en Babia. Y mucho me temo que eso es lo que se ha pretendido. Mucho me temo que la cosa ha sido planeada con minuciosidad de relojero.

Abre los ojos si no me crees. Mira lo que está pasando. Echa un vistazo a tus clases, a tus profesores, a tus compañeros. ¿Sabes dónde se solía armar antes hasta los dientes la gente de tu edad? ¿Sabes en qué lugares comenzaba esa protesta, ese jaleo que siempre ha puesto de los nervios a quienes parten el bacalao? Yo te lo diré: en las aulas, en esas mismas aulas que ahora te parecen cárceles donde se pudren los primeros veinte años de tu vida. Allí la gente se armaba con la razón, con la voluntad de saber, y luego salía a la calle, agarraba del cuello de la camisa a cualquier factótum y le gritaba acercando mucho la nariz a su jeta asustada: ¡basta ya, no me gusta el mundo que nos estáis dejando!

Desgraciadamente, eso se ha acabado. Que tú hagas algo semejante es tan improbable como que Belén Esteban recite de corrido los cien primeros versos de la Odisea. No, nunca lo harás. No puedes hacerlo. Y no porque seas un gallina, sino porque te han convertido en un inválido social. Y la verdad es que no es para menos. Resulta que te dejan titular con tres asignaturas suspensas, que te pagan una beca por mantenerte seis horas al día sentado en el mismo pupitre, que te enseñan que el que no pega ni chapa tiene al final la misma recompensa que quien hinca los codos de claro en claro y de turbio en turbio. ¿Qué se podía esperar de algo así?

Te han fabricado para que a lo máximo que aspires sea a estar detrás de una barra sirviendo hamburguesas, anestesiado por el premio fácil de unos títulos académicos que valen menos que un billete de seis euros y por tus pequeñas glorias del sábado por la noche, absolutamente ignorante de cómo plantar cara a los que te han chorizado el futuro. Tiene gracia, la generación con más años de escolarización y con más títulos es la menos preparada de la historia reciente de España. La generación más protegida por el Estado es la que al final se ha revelado como la más indefensa.

No hay sitio para ti, cantaban a finales de los ochenta los MCD. Pues eso, descolocado, en tierra de nadie, sin futuro, así te has quedado. Y con un palmo de narices tan grande, tan jodido, que ahora no sabes hacia dónde mirar.

¿No lo oyes? ¿De verdad que no oyes esos golpes? Es la mediocridad, es el paro, es la precariedad laboral, es la emigración. Y están llamando a tu puerta.

 

Carta a una alumna desencantada.

               "Que no es una ciencia productiva resulta evidente ya desde los primeros que filosofaron; en efecto, los hombres -ahora y desde el principio- comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia...Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe...Así pues, si filosofaron por huir de la ignorancia, es obvio que perseguían el afán de conocimiento y no por utilidad alguna." Aristóteles.

Nuestro conocimiento es necesariamente finito, mientras que nuestra ignorancia es necesariamente infinita. Karl Popper.

Cuando una teoría aparezca ante ti como la única posible, toma esto como una señal de que no has entendido ni la teoría ni el problema el cual ella debería resolver. Karl Popper.

 

 

Dentro de las excelentes jornadas sobre la ciencia en secundaria, en su XVII edición, que han tenido lugar en el colegio San José de Villafranca de los Barros, tuvo lugar una mesa redonda que tenía como tema de debate las relaciones entre la ciencia y la fe. Creo que, como todas las jornadas, la mesa redonda fue un éxito, al menos eso comentaba el público, yo era parte implicada y no puedo juzgar. El caso es que, como se suele decir ahora, el debate produjo un daño colateral de calado que a todos los participantes de la mesa nos sorprendió y nos apenó. Por eso es mi intención hablar sobre ello aquí, para hacer unas matizaciones y animar al cultivo del conocimiento, el saber, la ciencia y la filosofía que parece que quedó un poco en entredicho.

Entro sin más preámbulos en el asunto. En el turno de preguntas una alumna dijo que se había estado hablando mucho tiempo y haciendo mucho hincapié en la falibilidad de la ciencia, que la ciencia no era la verdad, que era conjetura, etc. Y que eso a ella le producía una desazón tremenda, pues pensaba que la ciencia es la verdad. Y eso le hacía perder el sentido de todo lo que había pensado hasta entonces y el sentido de la ciencia misma y de aquello a lo que ella se quería dedicar. La verdad es que fue desolador y todos nos sentimos de alguna manera culpables por haber producido tal sentimiento que, en realidad, no queríamos transmitir. Pero todo tiene su explicación y yo intentaré dar un poco de luz sobre ello y animar a esta alumna y a todos a que se dediquen al estudio de la ciencia, tanto naturales como sociales, así como al estudio de la filosofía como un saber integrador y crítico.

Pues bien, en primer lugar, los tres científicos que componían la mesa eran científicos fundamentales, es decir, dedicados durante toda su vida a la investigación básica, cada uno en su campo respectivo. Y la investigación básica se encuentra en el límite del conocimiento es por donde se va aumentando nuestro saber. Por tanto, el científico parte del no saber y llega al no saber, pero sabiendo un poco más. Sobre todo, cómo las cosas no son y cómo podrían ser. Y eso último es el carácter hipotético de la ciencia. Claro que avanzamos en el conocimiento, pero hipotéticamente. Las verdades en ciencia son provisionales, no hay verdad absoluta. En realidad es que esto último no existe. Por otro lado, un servidor, en tanto que filósofo de la ciencia, presenté la tesis popperiana de la ciencia como falibilidad. Es decir, en ciencia se avanza deductivamente pero a través de hipótesis. El progreso científico es un alejamiento del error para acercarse asintóticamente a la verdad, la cual nos es, por límites lógicos que ahora comentaré, inaccesible. Es decir, que cada vez sabemos más del cosmos, en todos sus órdenes, pero nuestro saber es provisional. Por eso la ciencia sigue avanzando, pero siempre conjeturalmente. La tarea del científico es la de encontrar hipótesis audaces que expliquen los fenómenos y que, mientras no se refuten, se considerarán verdaderas. Pero, incluso, una vez refutadas, como ocurre con la física clásica, que lo fue por parte de la teoría de la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica, sigue siendo una verdad parcial y utilizable técnicamente. Pero, ¿dónde están estos límites? Pues me voy a referir sólo a tres. El primero viene de la propia matemática y es el teorema de Göedel. Es el teorema de incompletud, que viene a decir, grosso modo, que no podemos tener un teorema de la matemática y de la lógica demostrado en todas sus proposiciones. Siempre se podrán derivar proposiciones nuevas (de ahí la incompletud) impredecibles en principio que pueden poden en duda el teorema. Después tenemos el límite lógico. La ciencia no procede de la inducción, como generalmente se enseña en los libros de textos científicos. Es decir, que la ciencia no procede de la experiencia y a partir de ahí induce leyes generales. Esto no es cierto. En primer lugar, la inducción no te permite saber con certeza la verdad de una ley o teoría, porque la inducción se basa en la experiencia y, del futuro, no hay experiencia. Si decimos, “todos los días sale el sol”, no podemos estar seguros de que saldrá mañana, porque de momento no tenemos experiencia de ello. Por eso la inducción no nos lleva a la verdad. Pero es que, además, la ciencia procede por deducción y no comienza en la experiencia, sino en las hipótesis. De ahí que su método sea el hipotético-deductivo. Lanzamos hipótesis de las que deducimos teorías que después, por medio de la experimentación, no la experiencia, intentamos contrastar. Mientras que el experimento no nos contradiga la hipótesis, vamos bien, cuando lo contradiga, pues a buscar otra hipótesis. Por eso la ciencia es una búsqueda sin término. Y el tercer límite que quería comentar es de carácter biológico. Lo que hace posible el conocimiento, su condición de posibilidad, es el cerebro. Es nuestro cerebro el que construye la ciencia, que a su vez es un producto de la evolución biológica. Pero nuestro cerebro es, a su vez, particular y concreto, tiene unas formas concretas de pensar y tener sensaciones. Pues esas formas concretas de pensar, que son los conceptos, y que están en nuestro cerebro, algunas desde que nacemos, otras como condición de posibilidad que después la experiencia cerrará, son, a su vez, el límite del conocimiento. No podemos pensar más allá de esos conceptos, porque, simplemente, pensamos con esos conceptos. Y, además, esos conceptos, residentes en diferentes redes neuronales, son producto de la evolución. Es decir, que podríamos haber evolucionado de otra manera y con otro sistema conceptual y esto nos llevaría a especulaciones curiosas, pero no vamos a entrar en ello.

Por último quiero decir que es el modelo de enseñanza de la ciencia el que da lugar a la falsa creencia de que la ciencia es la verdad. Ese modelo es el perteneciente al llamado neopositivismo que venía a decir que la ciencia es el discurso verdadero y que se basaba en la experiencia y la verificación, más allá de la ciencia todo era oscuridad y falsedad. Pues nada de eso. Los discursos no científicos también tienen sentido, como la ética, la jurisprudencia, la filosofía, el arte. Y la ciencia no es, entre otras cosas, la verdad, sino la búsqueda de la verdad y el empeño del hombre, el científico, por encontrar un pedazo de ella que ilumine un fragmento del universo. El resto del horizonte es lo desconocido. Pero hacia eso desconocido nos encaminamos desde nuestra humilde y reconocida ignorancia.

Lo más incomprensible del Universo es que sea comprensible. Albert Einstein.

La Ciencia es una tentativa en el sentido de lograr que la caótica diversidad de nuestras experiencias sensoriales corresponda a un sistema de pensamiento lógicamente ordenado. Albert Einsteisn

 

 

                        Indignación o silencio cómplice.

“Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente hay una complicidad vergonzosa”. Victor Hugo.

«Coged el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no pueden claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia». S. Hessel

La alienación se ha hecho total. El neoliberalismo se ha convertido en una religión sutil que lo cala todo. La inconsciencia colectiva y de ahí la inacción es inmensa y bochornosa con la que tenemos encima. El capitalismo de última generación se ha convertido en un enemigo que no tiene forma es un fantasma que lo impregna todo se ha vuelto líquido. Ya no hay enemigo al que señalar, ni conciencia que tome conciencia. La alienación es casi total. Con esto es imposible una revolución. Es como si nos llevasen al matadero y nosotros sumisos y contentos, disfrutando de la última aplicación de nuestro móvil de última generación...

Ante la situación actual sólo cabe la indignación. Y la indignación surge cuando los que gobiernan lo hacen atentando contra la dignidad de los gobernados que, en el fondo, en una democracia son los depositarios del poder. Pues en la actualidad, tanto en Europa como en España se gobierna para y por los mercados, los políticos obedecen sumisos el golpe de estado dado por el BCE, y los ciudadanos son instrumentalizados. El Parlamento es ocupado por el poder económico y se reúne con nuestros representantes a puerta cerrada y el ciudadano como si nada. Los desahucios siguen y el ciudadano como si nada, el gobierno bajo sospecha y el ciudadano como si nada. Son los votantes del PP los primeros que deberían haberse levantado y apuntar con el dedo al presidente y decirle a la cara: esto no es lo que tú dijiste. Pero, no, lo primero es que la política neoliberal y reaccionaria casa perfectamente con la ultraderecha que tenemos por derecha moderada y, segundo, que el ciudadano es lo suficientemente esclavo como para obedecer sumiso a aquel al que votó. Y lo suficientemente resentido y resignado como para asumir el discurso, ahora de los dos partidos con opción de gobierno, de que hay que apretarse el cinturón, que hay que arrimar el hombro y sacrificarse. Es mentira, la resignación en la que hemos sido educados desde el cristianismo nos hace creer, pero es un engaño. ¿Por qué recortes y no una reforma fiscal?, pues porque estamos en tipo de política ultraliberal de carácter darwinista. Ha vuelto el darwinismo social, el pobre lo es porque se lo merece, porque no sabe adaptarse. El estado no tiene por qué preocuparse por él. Es bochornoso que aceptemos esos recortes y nos conformemos con la amnistía fiscal del gobierno. Resulta que se amnistía a los defraudadores, a aquellos que tenían que estar en la cárcel, a aquellos que no han pagado y por culpa de ellos ahora resulta que no hay dinero para pensiones, escuelas, hospitales, justicia, funcionariado (servidores públicos)… es el neoliberalismo salvaje que devora el sistema y devora la conciencia más allá de la alienación.

Ningún pueblo, si se consideran ciudadanos y, por tanto, con capacidad de indignarse debería soportar esto. Debería salir en pleno a la calle, tomar el poder. No nos representan, o sí. Nos representan en tanto que hemos sido lo suficientemente ingenuos e ignorantes como para elegirlos, a ellos y a la oposición, que ahora viene con un discurso de izquierda cuando fue ella la que inicio los mayores recortes de la democracia y la reforma de la Constitución. Estos lo que quieren es el relevo en el poder. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo tan ingenuos e ignorantes como para seguir votando a estos demagogos al servicio de los mercados? Pero el engaño, como decía al principio, se ha hecho total. Se han vaciado las conciencias, se han creado máquinas de consumir y consumirse. Individuos hedonistas y egocéntricos sin la más mínima capacidad de ponerse en el lugar del otro ni de crítica. ¿Por qué las bases no critican a los partidos? ¿Por qué no exigen su dimisión en pleno? ¿Por qué no piden nuevas reglas? Porque son obedientes y sumisos y porque se les ha creado la conciencia de que parece que piensan, pero no. Simplemente opinan, pero han elevado la opinión particular a rango de sabiduría. Porque aquí, como sabéis, se ha confundido el respeto a las opiniones con el respeto a la persona. Y, por otro lado, dentro de los partidos no hay ni opinión, ni ciencia, ni nada que se le parezca. Hay creencia, sumisión al líder, intrigas de poder, obediencia de voto y la palabra crítica y disidencia ni existen. Ésta es la democracia que tenemos, una burla, un totalitarismo. Y, mientras, la miseria ronda nuestras puertas…

Benedicto XVI: posmodernidad e Ilustración.

                Independientemente de la renuncia al papado del Cardenal Ratzinger, sus motivos y causas, que pueden ser oscuras o, quizás, no tanto, pero en lo que no voy a entrar por desinterés y desconocimiento, lo que si sospecho para mí es que la corrupción “política maquiavélica” del Vaticano supera las capacidades de un intelectual que ha consagrado su vida al estudio de la teología y a la defensa de la ortodoxia cristiana con un brazo, para mi gusto, y además tremendamente equivocado, demasiado rígido que ha hecho perder la oportunidad de una iglesia social y no dogmática. Pero, en fin, esto son cosas de palacio, intrigas y luchas de poder. Algo que se me escapa y que quizás se le ha escapado de las manos al intelectual alemán y de ahí su renuncia.

Pero lo que a mí me interesa es una obsesión de Ratzinger con la que coincido en parte. Su tesis viene a ser, de forma simple, que el mal de la sociedad actual, su crisis de valores, su crisis profunda, de carácter filosófico-religioso y teológico es el posmodernismo. Y, más en concreto, una doctrina que emana de la filosofía posmoderna, el relativismo. La noción de que todo vale, de que no hay verdad, ni bien, ni belleza, ni justicia implica la disolución de la sociedad. La aniquilación de los valores y del sentido de la existencia. Si todo está justificado por la subjetividad caemos en un egoísmo hedonista que, en última instancia nos lleva al nihilismo, al vacío de nuestra conciencia, al sinsentido. Los hombres han perdido el norte y pululan por el mundo como zombis, muertos vivientes. Buscando un asidero, hambrientos de sentido, buscando su supervivencia, anárquicos y egoístas. Un panorama dantesco e infernal, como la antesala del infierno. Y esos hombres están sedientos de sentido porque se les ha vaciado de los grandes discurso, de los grandes relatos ético-filosóficos y ético-religiosos que daban orden y sentido a su existencia. Pero la sociedad actual, con el poder omnímodo del capital, se ha encargado de disolver las conciencias, ni siquiera de alienar, sino de vaciar. El individuo ya no es capaz ni de pensar ni de sentir. Ha perdido los valores de la libertad, que se ha confundido con una muy limitada libertad económica, comprar; y la fraternidad. El yo se ha encerrado en sí mismo sin capacidad de salir y comprender al otro, sin verse en él como otro yo. Nos hemos convertido en islas hedonistas y egocéntricas que buscan autosatisfacción en la rueda infinita del deseo que el capital pone en nuestras manos para mantenerse. Pero este individuo, súbdito porque ha perdido la libertad y, por tanto, la ciudadanía, busca un sentido. Un sentido en las religiones de rebaja que les vende el sistema, en los libros de autoayuda, un refrito de distintas sabidurías que al cocinarlo pierde todo rastro de sabiduría. Porque el hombre busca trascendencia.

                Pues bien, en todo este análisis coincido con el Cardenal, pero no con lo que él considera la causa y la solución. La causa la ve en la Modernidad, la Ilustración. Y considera que la Modernidad, con su ensalzamiento de la razón y su crítica a la religión que acaba con la muerte de dios trae precisamente este sinsentido del que hemos hablado. Para mí esto es un error. La Ilustración trajo, como su propio nombre indica, luz. Y esa luz era la luz de la razón que rivaliza con la oscuridad de la superstición que era la de la religión, poder en el que se asentaba el antiguo régimen. Es decir, que la Ilustración, la Modernidad, lo que trajo es la libertad, y con ella la igualdad y la fraternidad. Curiosamente conceptos, que, desde un punto de vista religioso mítico, estaban contenidos en el cristianismo, pero que éste había practicado más bien poco; así como el señor Ratzinger tampoco lo hace al condenar a la teología de la liberación. Es bien cierto, y está probado y, por ello es indiscutible, que la razón ilustrada se endiosó, se convirtió, paradójicamente, en una religión, se hizo absoluta. Y de ahí surgieron los totalitarismos del siglo XX, pero no de la negación de la religión o del sometimiento de ésta a sus propios límites. Aquí lo que se produjo es una perversión de la razón ilustrada. Y el neoliberalismo que vivimos es la última forma de perversión de la razón ilustrada que viene de la mano del endiosamiento racional de una nueva ciencia, la economía. Pero insisto, es ésta la causa, el endiosamiento por perversión de la razón ilustrada, no la eliminación de la religión o su relego a su lugar particular, no universal y con poder absoluto.

Por eso el cesante Papa, considera que para recuperar el camino es necesario recuperar los valores de la religión cristiana, apostólica, católica y romana. Aquí está el otro error. Para empezar que esto es irrecuperable, cuando se produce un progreso ético en la humanidad, ya no hay retroceso, me explico. Puede haber un retroceso de hecho, pero el descubrimiento ya está hecho, por ello está en la conciencia de los individuos. Podemos volver a caer en la esclavitud, pero el concepto de libertad ya ha sido conquistado y el hombre luchará por él. De modo que, el laicismo que se conquista con la Ilustración y que va indisolublemente ligado a la democracia y sus valores, entre los que se encuentra la aconfesionalidad del estado y el relego de la religión al ámbito de lo privado es ya irrenunciable. Es una conquista ética de la humanidad que tiende hacia lo universal. De modo que el intento de recuperar el discurso religioso como un discurso universal no es más que caer en el mismo error histórico preilustrado. Ello no quiere decir que, a nivel particular, para el creyente, su discurso religioso tenga un valor universal. Pero eso es otra cosa.

Lo que yo propongo, por el contrario, es precisamente la recuperación del proyecto inacabado de la Ilustración que se inscribe dentro del gran proyecto ético de la humanidad. El posmodernismo, junto con otras teoría como la del fin de la historia y la muerte de las ideologías, no es más que la ideología que el poder ha utilizado para domesticar y vaciar las conciencias de los ciudadanos para convertirlos en súbditos fieles y serviles. Lo que hay que recuperar son los valores universales humanos de la Ilustración y un concepto limitado de razón aprender del error de que la razón no puede ser omnipotente ni omniabarcadora, ni en el ámbito de las ciencias naturales y, menos aún, en el ámbito de las ciencias sociales y humanas. Si así lo consideramos caemos en las distopías que han sembrado en nombre de la razón y el progreso la historia de millones de cadáveres, como ahora hace el capitalismo sin bridas, el capitalismo salvaje. La recuperación de una razón limitada que nos recuerde nuestra condición de seres limitados, de seres sin una importancia especial, productos azarosos de la evolución. Pero de seres que se alzan sobre su propia condición biológica para darse un sentido. Porque nuestro cerebro está constituido de tal forma que quiere trascenderse y, además, éste es un mecanismo de adaptación que funcionó, fue exitoso. Por ello el hombre tiende a la creencia. Y, de tal forma debemos recuperar esos valores que pertenecen al proyecto ilustrado y que, como salta a la vista, no han sido realizados, es un proyecto inacabado y sumarnos a su conquista. Y es en esto en lo único que consiste el progreso de la humanidad. Es un progreso provisional, no exento de saltos y retrocesos. Y no se trata en este progreso de anular la religión, como anunciaron dogmáticamente los que defendían la muerte de la religión, sino de asumirla dentro del discurso, como forma particular, pero con un mensaje ético, pero de todas las religiones, cuidado, que tiende a lo universal. Y, para recuperar este proyecto el enemigo es común. Es el capitalismo salvaje que ha anulado las conciencias de los individuos convirtiéndolos en vasallos. De lo que se trata es de salvar esta situación de que el hombre, desde la ética y la razón política y el derecho, recupere las riendas y domestiquemos este capitalismo desembridado.