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Filosofía desde la trinchera

«Las cuestiones filosóficas, en cuanto las reduces al ponerlas a hervir, cambian su aspecto totalmente. Lo que se evapora es lo que el intelecto no puede apresar».

Ludwig Wittgenstein

Efectivamente, se convierten en cuestiones cuya solución sólo se puede mostrar, como el mismo autor dice, no demostrar, que es el caso de los problemas científicos. El bien, la justicia, la belleza, el sentido del mundo, de la vida, de la historia, la trascendencia, todo ello es lo verdaderamente importante o lo que verdaderamente nos importa, pero ello está dentro de lo inefable, no se puede hablar de ello, sólo mostrar. Así pensaba, ciertamente, uno de los mayores genios del siglo XX. Y la filosofía cuando intenta solucionar estos problemas cae en sinsentidos, en enredos del lenguaje. Por eso la filosofía debe ayudarnos a salir de los enredos del lenguaje y a mostrarnos el camino de lo mostrable y diferenciarlo de lo demostrable, el ámbito de la ciencia. La filosofía, en ese sentido, es una terapia contra los problemas filosóficos, que no son en realidad problemas, sino pseudoproblemas debidos a un mal uso del lenguaje. Así, de esta manera, recoge, y sin saberlo, el aspecto terapéutico que el pensar filosófico tuvo en sus orígenes. Tenemos el caso paradigmático de un Sócrates o del mismo Diógenes el perro.

Hoy en día los supuestos intelectuales, artistas y demás caterva están domesticados. Forman parte del sistema. El PSOE hizo una buena labor. Al PP no le ha hecho falta porque sus intelectuales son de fuerte ideología y fieles hasta la muerte. Además el sistema ideológico intelectual mundial les acompaña. Los intelectuales hoy en día son outsider. Están fuera de los circuitos de los grandes medios de control de las conciencias. Son pequeños desconocidos. Células embrionarias que viven a la sombra del poder y vociferando contra él. Son resistentes. Forman parte de una resistencia contra dodo lo establecido, son críticos, no creativos, ya llegará la creación, son insumisos e indomables, solitarios que vociferan en la plaza pública contra las mentiras que emanan del poder. Son defensores de los valores del pasado, son considerados reaccionarios y extremistas, cuando no locos y sinsentido. El mundo ha creado un sistema cultural que lo engulle todo. El intelectual de hoy en día tiene que estar continuamente cambiando, ser un escéptico de servicio, como diría Ciorán. Un desesperanzado pero con apariencia de esperanza. La condición humana, visto lo visto, da poco de sí, o mucho, según se mire. Ha conquistado el planeta fagocitándolo (aquí el fondo naturalista biológico del problema ecológico, no de la pseudoreligión de la ecología que el poder nos administra para adocenarnos y mantener nuestras conciencias domesticadas) El intelectual es un disidente. Poco queda por hacer cuando una sociedad considera que ya no existen los intelectuales y eso lo dicen los que se llaman intelectuales pagados por el poder, columnistas, articulistas, tertulianos y toda esa miseria intelectual que nos rodea. Y mientras tanto las facultades de humanidades y de ciencias básicas dedicadas a los suyo, sobre todo los humanistas, a perder el tiempo en doxografía. Una renuncia nefasta al papel que la sociedad exige de ellos. Merecen desaparecer. En verdad, para lo que hacen quizás no esté mal pensado lo de Wert. El filósofo, el intelectual por excelencia, o sigue el ejemplo socrático y perruno de Diógenes adaptado a las nuevas formas o es un profesional. Lo mismo que los profesores de filosofía (me refiero a los de secundaria) o son filósofos e intentan producir un estado de conciencia que permita al alumnado salir de su estado de alienación, consiga lo que consiga, o no son más que profesionales de la enseñanza. Otra renuncia, tal y como están los tiempos, que viola el deber de ser ciudadano y filósofo.

Como siempre las críticas de Bueno son agudas, esclarecedoras y sabrosas. Me quedo con la función de la filosofía como trituradora de la realidad del presente. La filosofía como crítica de los totalitarismos presentes: el científico, el religioso y el político. La filosofía, en definitiva, como un pensamiento contra el poder. De ahí, que ciertamente, las reivindicaciones de la importancia de la filosofía caigan en una contradicción en la medida en la que consagran ciertos totalitarismos, como es el político (los derechos humanos y la democracia) e, incluso, el científico. Ello es cierto. Y el poder lo sabe. De modo que, la filosofía no sirve de nada, puesto que eso ya lo sabe todo el mundo, porque viven inmersos en esa creencia totalitaria. O bien, la filosofía es concebida como crítica y trituradora de los discursos totalitarios, que no son más que los discursos del poder y, entonces, es peligrosa, luego hay que eliminarla. A los filósofos nos parece que precisamente por eso es esencial, pero al poder le parece que es prescindible o por inútil o peligrosa. Desde luego que es necesaria una formación filosófica de la juventud, que duda cabe, pero eso si se pretende un mundo lo más libre posible. Pero eso no es nada que persiga el poder, ni siquiera aquellos que defienden a bombo y platillo los derechos humanos y la democracia. Y, por eso, también sería bueno recordar aquí el debate entre Sacristán y Bueno sobre la enseñanza de la filosofía. Y, por último, también sería bueno recordar aquí la salida de los cínicos como otra forma de hacer filosofía fuera de la academia. La secuela de Sócrates se divide en dos, la platónica, que funda la academia y la enseñanza reglada, después con su discípulo Aristóteles, y la filosofía callejera antiacadémica, deconstructora y crítica del poder y de todo lo establecido y esa es la línea que llegará a los cínicos. ¿Cómo se puede ejercer esta filosofía trituradora dentro de la academia? Y, ¡cómo se puede convencer al poder de que es necesaria?

 

                               Ilustración, libertad y felicidad.

La ley más importante de todo nuestro código es la que permite la difusión del conocimiento entre el pueblo. No se puede idear otro fundamento seguro para conservar la libertad y la felicidad…el impuesto que se paga para la educación no es más que la milésima parte de lo que se tendría que pagar a los reyes, a los sacerdotes y a los nobles que ascenderán al poder si dejamos al pueblo en la ignorancia. Thomas Jeferson.

                Es indisociable en una sociedad sana la unión entre el conocimiento, en el sentido de ilustración, la libertad y la felicidad. Lo que el pueblo quiere es felicidad. Pero hay que tener cuidado con ella. Se nos vende la felicidad como mera diversión, como una forma de alienación por parte del poder que sólo tiene como misión el control de la ciudadanía. Pero la felicidad es más y va unida, indisolublemente, al conocimiento. Es el conocimiento el que nos lleva a la libertad y es esa libertad la que nos proporciona la felicidad. Porque la felicidad es ser dueño de uno mismo, poder realizar un proyecto de vida personal y social. La felicidad es lo contrario de la esclavitud. Y me refiero a esclavitud en el sentido de que uno no sea el dueño de su proyecto de vida personal y obedezca, sumiso e inconsciente, la voluntad del poder.

Pero lo que le interesa al poder es el control de los ciudadanos. Es la única manera de preservar el poder. Y la manera más fácil de controlar al ciudadano es por medio del control de la educación y de los medios de comunicación de masas. Por eso toda reforma educativa tiene una intención ideológica y política. Lo que le interesa al poder es crear un tipo de ciudadanos, que en realidad no lo serán, sino que serán súbditos, que realicen la función social para la que han sido diseñados. Y que la realicen conformes e inconscientes de manera que no puedan ni plantearse que existen otras formas de existencia. Lo que el poder pretende es que el ciudadano no conozca otras formas de existencia. De esta manera el ciudadano cree diseñar y ser el artífice de su propia existencia, cuando en realidad obedece a los designios marcados por el estado. La educación es el vehículo principal de la libertad, el conocimiento y la felicidad. La felicidad nos viene dada por lo que nosotros queremos hacer de nuestra propia vida, no por lo que otros hacen de ella desde fuera. El conocimiento es el que nos hace libres. Porque conocer es iluminar la luz sobre las cadenas que nos mantienen atados y amordazados. Conocer es desenmascarar al poder. Al poder político, económico y religioso. En realidad todos se funden en una religión que crea un modo de vida, una creencia, una forma de estar en mundo que se transforma en hábito y, con ello, en incuestionable

Todo nuestro esfuerzo político tiene que ir dirigido a la liberación de la enseñanza y de los medios de información del poder. Si educación y medios de información caen en manos del poder entonces nuestra libertad y nuestra felicidad son secuestrados. Si no invertimos desde un poder político que emerja del pueblo en educación, entonces los diversos poderes son y se hacen los amos del mundo. Eso es lo que hoy en día está ocurriendo. Y desde un engaño escalofriante y vergonzoso. Se nos habla en las leyes educativas de democracia, libertad, ciudadanía. Pero todas ellas van dirigidas, sin excepción, a la domesticación del ciudadano. A convertirlo en instrumento de consumo del propio sistema. Es decir en un instrumento que es devorado por el sistema. Su vida es planificada desde antes de terminar sus estudios. Y con la apariencia de que todo se hace desde la libertad del propio individuo. Si queremos libertad y conocimiento debemos controlar los medios de información, de lo contrario serán controlados por las distintas formas del poder y nos ofrecerán su mundo, como el único mundo posible, como la única ventana desde la que se puede mirar. Es evidente que, tanto la educación como los medios de comunicación, no vamos a ser ingenuos ni nos vamos a engañar, están en manos de las diferentes formas de poder, luego nuestra existencia está sumida en la ignorancia, la esclavitud y la infelicidad (o, si quieren, existencia inauténtica) de nosotros y de nuestra voluntad depende la conquista de la Ilustración el conocimiento, la libertad y la felicidad.

                               ¡Ya está bien!

El deber de un patriota es proteger a su pueblo de los ataques de su propio gobierno. Thomas Paine.

                Es algo meridianamente manifiesto que no vivimos en una democracia. Y todo régimen contrario a una democracia es un totalitarismo. Y todo totalitarismo es una forma de abuso de poder de los gobernantes sobre el pueblo. Es menester hacer ver esto a la ciudadanía que, por cierto, ha dejado de ser ya ciudadanía. Y es necesario que se tome conciencia profunda y exacta de ello, porque cuando se deja de ser ciudadano se es un objeto instrumentalizado por el poder, por los que mandan. En este caso nuestros gobernantes. Y no tenemos más remedio que decir esto a las claras, sin tapujos, sin partidismos y sin afán de ofender, sino con la intención de despertar las conciencias durmientes. Conciencias que retozan en una ilusión, mientras a su alrededor empieza a emerger la miseria. Mientras a su alrededor cada vez nos queda menos terreno. Nuestros gobernantes nos han usurpado el poder y lo están haciendo de una forma zafia, hipócrita, de mal gusto y embustera. Nos están haciendo creer que no existen alternativas. Y esto es ya un ataque contra la esencia misma de la democracia que es la posibilidad del diálogo entre alternativas. Falso, nuestros gobernantes nos están engañando porque no son ellos ni siquiera nuestros gobernantes, sino que nos mandan desde fuera. Ellos obedecen y no siguen sus programas, sino el programa económico marcado para Europa desde la llamada troika: Bruselas, el BCE y el FMI. Estos son los que mandam pero ni siquiera aquí se acaba la cadena de mandos, estos siguen una doctrina económica estricta. Lo siguen tal cual es, un dogma religioso, no una ciencia. Y no lo digo yo, sino ilustres economistas que han llegado a lo más alto y ven la política económica mundial un caos que nos lleva a la debacle en cuestión de pocos lustros. Estos organismos, en el fondo, obedecen a una serie de personas, entidades físicas, que son los verdaderos amos del mundo, un puñado de ricos que ha especulado con el dinero, la economía financiera, y que han establecido como dogma una forma de entender la economía y sólo una que es la que se aplica y la que se enseña en las universidades y las escuelas de negocios y comercio. Esos señores controlan la economía mundial y han puestos sus reglas. Reglas que no son más que las reglas del más fuerte. Han reeditado el falso concepto darwiniano de la supervivencia del más fuerte y de la competitividad hasta la muerte, cuando la evolución es, por el contrario, más colaboración que competencia.

                Pues bien, nuestros gobernantes obedecen a tales instituciones que en el fondo siguen las reglas impuestas por los grandes amos del mundo. Estos nuevos amos del mundo nos llevan a una nueva edad media (sin riqueza, sin derechos y sin posibilidad de pensar) a una polarización de la población en la que habrá unos pocos muy ricos y el resto semiesclavos privados de derechos y riquezas. Pero lo apabullante de todo ello es la indiferencia del llamado pueblo, que ya no lo es, porque es dócil, obediente, sumiso y cobarde. El margen que nos queda es la calle y hay que tomarla y el otro margen que nos queda es la desobediencia civil y hay que llevarla a cabo. Cuando un gobierno te asfixia tienes que rebelarte, la rebelión es tu deber y tu derecho. Porque el poder no tendrá reparos. El poder utilizará toda su fuerza para oprimirte y utilizará toda su fuerza para deslegitimar tu protesta, para criminalizar tus actos, al final los prohibirá en aras de una supuesta regulación de los derechos de todos. Mentira. Al poder nunca le interesa salvaguardar los derechos, al poder le interesa salvaguardar su propio poder. El pueblo tiene que actuar, tiene que denunciar las mentiras y los engaños del poder. Tiene que plantar cara a la chulería de sus gobernantes políticos. Unos pocos están usurpando nuestros derechos conquistados durante doscientos cincuenta años. Y eso derechos no han sido un regalo, sino fruto de las luchas y las desobediencias. Y ha corrido mucha sangre y sufrimiento para gozar de seguridad, tranquilidad y todo eso que llamamos estado de bienestar. Eso no podemos dejar que nos lo arrebaten. Todo eso se mantiene con dinero público. Dinero público que nos están robando ese puñado de ricos mafiosos y que nuestros políticos, los que nos gobiernan, lo están permitiendo. Pero no sólo lo permiten, sino que crean las leyes, normativas y decretos para que todo sea legal y más fácil. Es una estafa que nos está llevando a la ruina. Y si no hacemos nada pues llegará el momento en el que sea tarde. Porque miren ustedes, esto no es una crisis esto es el comienzo del final del capitalismo, la quiebra del capitalismo global. Y los ricos han salido como las ratas cuando el barco se hunde. Y quieren llevarse, arrastrar todo lo que puedan y es lo que están haciendo. Porque la verdadera crisis está en el gran problema global, dentro del que está la crisis capitalista, el problema ecosocial. Las energías se acaban, los alimentos y el agua también, el cambio climático es imparables, la política internacional no hace nada para evitar este terrible problema que en cien años hará gran parte del planeta inhabitable. Estos grandes ricos, los nuevos amos del mundo, se preparan para un escenario venidero dantesco e infernal. La lucha por una supervivencia de unos pocos de seguir así las cosas. Por eso es nuestro deber protegernos de nuestros gobernantes y este deber consiste en echarlos.

Algunos biólogos mantienen una tesis muy pesimista. Relacionan la inteligencia con la capacidad depredadora. El hombre como ser inteligente es el mayor animal depredador; ha acabado con su entorno y está acabando con su propia especie. El índice de supervivencia de una especie es de unos cien mil años, justo los que nosotros tenemos. El futuro es oscuro y peligroso y nada está a nuestro favor salvo nuestra voluntad, nuestra capacidad de pensar y crear y nuestro deseo de ser libres.

 Un señor de unos 70 años viajaba en el tren, teniendo a su lado a un joven universitario que leía su libro de Ciencias. El caballero, a su vez, leía un libro de portada negra. Fue cuando el joven percibió que se trataba de la Biblia .
Sin mucha ceremonia, el muchacho interrumpió la lectura del viejo y le preguntó:
- Señor, ¿usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y cuentos?
- Sí, mas no es un libro de cuentos, es la Palabra de Dios. ¿Estoy equivocado?
- Pero claro que lo está. Creo que usted señor debería estudiar Historia Universal. Vería que la Revolución Francesa , ocurrida hace más de 100 años, mostró la miopía de la religión.
Solamente personas sin cultura todavía creen que Dios hizo el mundo en 6 días. Usted señor debería conocer un poco más lo que nuestros Científicos dicen de todo eso.
- Y... ¿es eso mismo lo que nuestros científicos dicen sobre la Biblia?
- Bien, como voy a bajar en la próxima estación, no tengo tiempo de explicarle, pero déjeme su tarjeta con su dirección para mandarle material científico por correo con la máxima urgencia.
El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo derecho de su bolso y le dio su tarjeta al muchacho. Cuando éste leyó lo que allí decía, salió cabizbajo, sintiéndose peor que una ameba.
En la
tarjeta decía:

Profesor Doctor Louis Pasteur
Director General del Instituto de Investigaciones Científicas
Universidad Nacional de Francia
'Un poco de Ciencia nos aparta de Dios.
Mucha, nos aproxima'.

Dr. Louis Pasteur (1822-1895)

P.D.: El mayor placer de una persona inteligente es aparentar ser idiota delante de un idiota que aparenta ser inteligente.

 

En primer lugar no entiendo bien la P.D. me supongo que se referirá a la ironía socrática, el sólo sé que no sé nada y que luego sale triunfador en cualquier diálogo. Pero en la posdata hay un tanto de condescendencia o superioridad que, en la ironía socrática no existe. Por el contrario. La ironía socrática parte del reconocimiento de la ignorancia como la posibilidad de enseñar y aprender. Sin embargo, en la P.D. hay como un regodeo en un supuesto saber que no tiene como fin el enseñar. Y, pienso, todo saber cobra su sentido en el hecho de ser un saber enseñado. Como precisamente ocurre en el final de su leyenda. El señor Pasteur intenta enseñar desde el reconocimiento de la ignorancia desenmascarando la prepotencia del saber del joven.

Segundo, la leyenda es un claro ejemplo del cientificismo una visión filosófica de la ciencia que crearon los científicos del final del XIX y principios del XX y que proclamaban la validez universal de la ciencia frente a cualquier otro discurso. Con ello anulaban la validez de todo discurso salvo el científico y éste debería reducirse a lo verificable. Fue Popper el que desenmascara esto en la “Lógica de la investigación científica” y demuestra que lo que caracteriza a la ciencia no es su verificabilidad, ésta se transforma en grados de corroboración, por tanto probabilidad, sino su refutabilidad. Y de ahí nace el método científico moderno, el hipotético deductivo. Y, añade que incluso los discursos no refutables, como el derecho, la filosofía, el arte, la ética, la religión, la política…tienen sentido, algunos de ellos son saberes racionales, igual que la ciencia, aunque no refutables, como es el caso de la filosofía, o la ética o el derecho…en fin que todos ellos tienen sentido y constituyen un saber, también la religión. Ahora bien, el saber de la religión no tiene que ver con la verdad, eso está dentro del ámbito de la ciencia. Y no porque la ciencia sea la verdad, sino porque una de sus características es la búsqueda de la verdad. Como dice muy bien el físico y filósofo Bunge “hay más verdades en una guía de teléfonos que en toda la ciencia junta, ahora bien, una guía de teléfono no es ciencia” él define a la ciencia en una n-dupla de doce caracteres entre los cuáles está la búsqueda de la verdad. Por ello, insisto, el joven representa la versión cientificista. Que, por otro lado, es una de las perversiones de la razón ilustrada. Hoy en día ya no existe el cientificismo, existe otra creencia, ideología o religión peor, la del digitalismo o tecnocracia o tecnobarbarie, hay muchas formas de llamarla. Es la divinización de la tecnociencia (complejo técnico, científico, político, económico, militar y político) como forma de redención de todos nuestros males. Es decir, la reducción de todos los problemas humanos a problemas técnicos, cuando hay problemas que no son técnicos, sino éticos, políticos, religiosos… Por eso hay que estar avisados de esta nueva religión que, unida al pensamiento único y al tardocapitaismo han creado una religión inconsciente que anula cualquier discurso, no sólo el religioso. Pero, curiosamente, desde una actitud religiosa, pues el común de los mortales acepta esta realidad como creencia.

Y, por último, en la leyenda que se nos cuenta se comete un gran fallo argumentativo, muy común por lo demás, es la utilización del criterio de autoridad. Es decir, se nos dice que si una persona tan inteligente y creativa como Pasteur era creyente, como nos atrevemos a poner en duda su criterio. Hay que tener cuidado con este tipo de sofismas, como con una veintena más de los que se utilizan en los diferentes discursos y que se estudian o estudiaban en la filosofía de primero, antes de la mariconada de la ciudadanía, y ahora con la LOMCE dentro de unos años este discurso no tendrá sentido, salvo para unas élites bien educadas y selectas. Pero éste es otro tema. Por eso Aristóteles, estando en desacuerdo con su maestro y amigo Platón dijo, soy amigo de Platón, pero más amigo soy de la verdad. Y sin embargo toda la tradición de la escolástica cristiana traicionó su espíritu, entre otras cosas que no vienen al caso, cuando se le consideró El Filósofo, así, con mayúsculas. Y cualquier discusión o prueba se zanjaba precisamente de esa manera, lo ha dicho El Filósofo, refiriéndose a Aristóteles.

                Pero independientemente del argumento de autoridad sí es muy cierto que existen científicos creyentes y, es más, brillantes científicos creyentes. Muchas veces se ha planteado esto como un problema y en verdad ha sido un problema para el ateo. Pero este problema tiene su solución en la teoría de la evolución y en las neurociencias modernas. Primero, la creencia es un mecanismo adaptativo que ha triunfado enormemente, tanto que nos ha permitido sobrevivir, por ello se ha heredado. Todos utilizamos más la creencia que la razón. Nuestra razón es de uso limitado. La creencia puede generar discursos mítico-religiosos o aplicarse sólo al ámbito cotidiano. La cultura heredada tiene su origen en el mito y la religión, estas formas culturales son adquiridas y moldean nuestro cerebro, que está preparado de serie para ello, en el proceso de socialización y eso es una condición ya para toda nuestra vida. Pero lo que está a la base y es lo que dice el neurofisiólogo Francisco Rubia, es una doble capacidad, la racionalidad, tanto lógico matemática, como emocional y afectiva o ética, como la creencia. Ambas funcionan en redes neuronales distintas, que pueden interactuar, pero que no se bloquean, ver “El cerebro nos engaña”. Por eso recomienda y abre un campo de investigación inmenso e interdisciplinar que es realizar una epistemología filogenética del conocimiento.

Gracias y ha sido un placer.

“La única cuestión filosófica de relevancia es el suicidio.” Albert Camus. El mito de Sísifo. La vida no tiene sentido, como nos muestra el mito. Por eso es en cada nuevo día y en cada momento en el que tenemos y nos vemos obligado a darle sentido. De lo contrario tenemos esa ancha puerta, que decían los estoicos, que es el suicidio. La vida es un sinsentido y, en la medida que es tal y si la vivimos, es una creación, una donación de sentido, una tarea, que decía Ortega. Un reinventarse continuo. Un ejercitarse en las pasiones, que decía Don Quijote, inventarse pasiones por las que poder vivir. Porque la vida es pasión y razón pasional y, más aun, razón ética. Y la razón ética es la donadora de sentido, libertad y dignidad.

El inicio de la barbarie y el fin de la filosofía.

                Quiero sostener aquí que existe una relación necesaria entre la barbarie y el fin del pensamiento o de la filosofía. Y quiero decir que nuestra crisis económica, ya larga, tiene sus orígenes más lejos todavía, hace unas décadas y que hace cuatro décadas se tomó como decisión seguir un modo de pensamiento que después, con el tiempo, se ha ido perfeccionando. Y que ese modo de pensamiento llevaba aparejado el fin del mismo pensamiento. Y eso es en lo que nos encontramos ahora. La crisis europea es una crisis del pensamiento, de la filosofía que sostiene y estructura nuestra visión del mundo y le otorga valores a través de los cuáles se producen y vertebran nuestras relaciones con los demás y con el propio mundo. Por tanto es una crisis filosófica y ética. Pero que en el fondo obedecen a una falsa filosofía y a una falsa ética que nos llevan a la barbarie. Y la barbarie son los totalitarismos, el fascismo y la ausencia del pensamiento. Es decir la pérdida de la ciudadanía, la libertad, los derechos y la caída en la sumisión y el vasallaje. Es eso lo que se ha iniciado hace unos años y es esto lo que se refleja en la eliminación de la filosofía y la ética en los planes de estudio de la nueva ley educativa que se quiere promover. La ley es una consecuencia directa de esa falsa filosofía, la filosofía del mercado y de la reducción de los valores a los del consumo, el éxito, la fama, el tener, el hedonismo superfluo, el egoísmo ramplón y la inconsciencia de pertenecer a la polis, al estado. Es decir, la falta de pensamiento y de ética.

                El pensamiento es la gran apuesta de occidente, el gran invento griego. El pensamiento, el logos, nació como la capacidad que el hombre tiene por medio de su razón y su crítica de entender el mundo y ordenar el estado. Es el milagro griego. Es el origen de la civilización frente a la barbarie. Porque el logos, la razón, el pensamiento, sustituyen al poder de la superstición, al poder del más fuerte, a la tiranía,… El logos nos permitió entender el mundo, explicarlo desde la razón, comprender las fuerzas que lo gobiernan. Y ello nos hizo libres, tanto de la tiranía del mundo, como de la tiranía política de aquellos que utilizaban la ignorancia del mundo para inventar mitos y supersticiones que no tienen otro objetivo que el dominio y la explotación del hombre.

                Por eso, la filosofía nos ayuda a comprender el mundo, es la madre de las ciencias y su guía. Porque la filosofía es cosmovisión, te ayuda a tener una visión global e integradora del saber. Es una disciplina absolutamente necesaria en el mundo de hiperespecialización en el que vivimos. Nos aporta una luz general y un poco de orden y de sentido común que nos permiten no perdernos en el marasmo de la especialización y del saber hacer, frente al mero saber por el hecho de saber. La filosofía también nos ayuda a entender la ciencia, a plantearnos sus relaciones con otros ámbitos de la sociedad, porque la ciencia no es neutral, la ciencia actúa dentro de un complejo industrial, político, social y militar. Y la ciencia, tampoco está exenta de valores. Y los valores son un objeto propio de estudio filosófico, concretamente la ética. La ciencia nos enseña cómo es el mundo y su aplicación, que tiene mucho que ver con lo político, con lo empresarial y económico, y con lo militar, nos permite gobernarlo y aprovecharlo. La filosofía nos permite entender este fenómeno. Y la ética, como saber normativo que es, nos permite valorar el saber tecnocientífico. Lo cual es algo importante porque de esta manera la ética es una guía sobre el deber ser de la ciencia, ya que la ciencia no puede estar en manos sólo de la política económica y del mercado. De esta forma la tecnociencia se convierte en un instrumento del poder que aliena al hombre y le sirve al propio poder para tratar al hombre como un instrumento y a la naturaleza como objeto meramente de explotación. La filosofía es un saber que nos hace pensar sobre todo esto y que nos sirve para entender mejor la ciencia y con ello entender mejor a la sociedad y evitar los males, por un lado, de los aprendices de brujo y, por otro, de la ambición de los poderosos y de los ricos. La filosofía nos da una visión integradora de la ciencia en tanto que es conocimiento del mundo y también acción sobre el mundo. También nos ofrece una visión integradora del mundo porque la filosofía es un discurso de segundo orden que, partiendo de las ciencias, nos ofrece una visión global y unitaria del mundo. Le otorga un sentido que la ciencia, como saber sólo teórico y absolutamente especializado, no le da. Pero sí la filosofía, porque ésta en tanto que ética se permite valorar. Por eso la filosofía es un saber necesario que nos permite una unificación del hombre y el mundo, que nos aporta un sentido dentro del mundo y la sociedad. Pero un sentido racional que excede la opinión, la creencia y la superstición. Un saber que va más allá de lo obvio, de las apariencias y de las meras opiniones. Por eso la filosofía es un saber civilizador que nos hizo salir de la barbarie en la que triunfa la fuerza, el desorden, el caos, la superstición. Un mundo -el de la barbarie- en el que no existe el pensamiento, sino la fuerza, un mundo oscuro, una caverna llena de sombras y temores. Un mundo gobernado por el miedo y el pavor. De ese mundo salimos y nos sacó la filosofía. Y a ese mundo nos hemos empezado a dirigir en las postrimerías del siglo XX y los inicios del XXI. Por eso el inicio de la barbarie es el anuncio de la muerte de la filosofía. Y por eso nuestra crisis es filosófica y de ahí que sea absolutamente urgente su recuperación. Porque la filosofía es libertad y lucha contra la tiranía de cualquier orden.

                Y de ahí que la filosofía esté causalmente vinculada a la democracia. No hay democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. Por eso no ha de extrañar que sea en un momento de déficit absoluto de la democracia cuando se plantea la eliminación de la filosofía. Hay que eliminar ese rescoldo de pensamiento para que no renazca una democracia sana que no esté secuestrada por los poderes económicos, mediáticos, políticos… La democracia aparece en Grecia de la mano de la filosofía y la filosofía se desarrolla en Grecia dentro del ámbito político de la democracia. Democracia es diálogo. Que el logos, la razón es común, no relativo. El relativismo es otra forma de muerte de la democracia, si todas las opiniones son iguales, si todas son equivalentes, al final la opinión que sirve es la del más fuerte, he aquí el fascismo emergiendo de la propia democracia. Y eso es hoy en día lo que ha ocurrido cuando se ha establecido la equivalencia de las opiniones. Se ha eliminado el pensamiento y con él la filosofía. Se ha eliminado, en definitiva, la democracia. Se nos ha confundido por parte del poder político y se nos ha hecho pensar en una equivalencia que no es tal, la supuesta equivalencia entre la libertad de expresión y el respeto de las opiniones. Pues no, una cosa es la isegoría, la libertad de expresión, y otra el respeto a cualquier opinión. Lo que la democracia y la filosofía que la sustentan nos dicen es que lo respetable son las personas y que las opiniones son para debatirlas. El respeto a las opiniones por ser tales es la pérdida del diálogo, el pensamiento y, con ello, abrir la puerta a la opinión del más fuerte. Es decir, a la tiranía. Es abandonar la civilización para caer en la barbarie. Barbarie tecnocrática, precisamente, que es en la que nos encontramos por el engaño del poder que nos ha hecho abandonar el pensamiento. Y por eso defendemos aquí la vinculación causal de democracia y filosofía. Sin filosofía no hay democracia y sin ésta lo que hay es barbarie: fascismo, totalitarismo, tiranía, absolutismo, fanatismo, violencia…hoy en día nos encontramos en una barbarie tecnocrática y un fascismo del mercado, una ausencia de valores y de ética y una democracia de papel.

                Y otra de las características, por último, de la democracia, por la cual nos civilizamos, es la isonomía. La igualdad ante la ley. Todos somos iguales ante la ley y la ley tiene su origen en el pueblo. La ley no es arbitraria, no depende del poder del más fuerte, ni del más rico, ni del clero. La ley emana del pueblo y nadie está por encima de la ley. Esto es lo que nos enseña la democracia y ésta es la conquista filosófica, que tiene como modelo ejemplar a Sócrates, “a las leyes, o se las convence, o se las obedece” que nos saca de la barbarie. Pero hoy vemos que comienza a triunfar la barbarie. Que las leyes no son igual para todos. Que las leyes se hacen con una intencionalidad que no es la del pueblo, sino la de distintos poderes, el político y sobre todo el económico. Estamos en el filo de la barbarie. Estamos al borde del abismo que es el fascismo y la tiranía que emergen del estado de barbarie, la oscuridad de la sinrazón. De ahí la necesidad absoluta del saber filosófico, de la ética, los únicos saberes que pueden revitalizar la democracia. Y de ahí que nuestra crisis sea ética y filosófica. Más aún, es una crisis de nuestra civilización, es el fin del pensamiento y el comienzo de la barbarie.