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Filosofía desde la trinchera

El inicio de la barbarie y el fin de la filosofía.

                Quiero sostener aquí que existe una relación necesaria entre la barbarie y el fin del pensamiento o de la filosofía. Y quiero decir que nuestra crisis económica, ya larga, tiene sus orígenes más lejos todavía, hace unas décadas y que hace cuatro décadas se tomó como decisión seguir un modo de pensamiento que después, con el tiempo, se ha ido perfeccionando. Y que ese modo de pensamiento llevaba aparejado el fin del mismo pensamiento. Y eso es en lo que nos encontramos ahora. La crisis europea es una crisis del pensamiento, de la filosofía que sostiene y estructura nuestra visión del mundo y le otorga valores a través de los cuáles se producen y vertebran nuestras relaciones con los demás y con el propio mundo. Por tanto es una crisis filosófica y ética. Pero que en el fondo obedecen a una falsa filosofía y a una falsa ética que nos llevan a la barbarie. Y la barbarie son los totalitarismos, el fascismo y la ausencia del pensamiento. Es decir la pérdida de la ciudadanía, la libertad, los derechos y la caída en la sumisión y el vasallaje. Es eso lo que se ha iniciado hace unos años y es esto lo que se refleja en la eliminación de la filosofía y la ética en los planes de estudio de la nueva ley educativa que se quiere promover. La ley es una consecuencia directa de esa falsa filosofía, la filosofía del mercado y de la reducción de los valores a los del consumo, el éxito, la fama, el tener, el hedonismo superfluo, el egoísmo ramplón y la inconsciencia de pertenecer a la polis, al estado. Es decir, la falta de pensamiento y de ética.

                El pensamiento es la gran apuesta de occidente, el gran invento griego. El pensamiento, el logos, nació como la capacidad que el hombre tiene por medio de su razón y su crítica de entender el mundo y ordenar el estado. Es el milagro griego. Es el origen de la civilización frente a la barbarie. Porque el logos, la razón, el pensamiento, sustituyen al poder de la superstición, al poder del más fuerte, a la tiranía,… El logos nos permitió entender el mundo, explicarlo desde la razón, comprender las fuerzas que lo gobiernan. Y ello nos hizo libres, tanto de la tiranía del mundo, como de la tiranía política de aquellos que utilizaban la ignorancia del mundo para inventar mitos y supersticiones que no tienen otro objetivo que el dominio y la explotación del hombre.

                Por eso, la filosofía nos ayuda a comprender el mundo, es la madre de las ciencias y su guía. Porque la filosofía es cosmovisión, te ayuda a tener una visión global e integradora del saber. Es una disciplina absolutamente necesaria en el mundo de hiperespecialización en el que vivimos. Nos aporta una luz general y un poco de orden y de sentido común que nos permiten no perdernos en el marasmo de la especialización y del saber hacer, frente al mero saber por el hecho de saber. La filosofía también nos ayuda a entender la ciencia, a plantearnos sus relaciones con otros ámbitos de la sociedad, porque la ciencia no es neutral, la ciencia actúa dentro de un complejo industrial, político, social y militar. Y la ciencia, tampoco está exenta de valores. Y los valores son un objeto propio de estudio filosófico, concretamente la ética. La ciencia nos enseña cómo es el mundo y su aplicación, que tiene mucho que ver con lo político, con lo empresarial y económico, y con lo militar, nos permite gobernarlo y aprovecharlo. La filosofía nos permite entender este fenómeno. Y la ética, como saber normativo que es, nos permite valorar el saber tecnocientífico. Lo cual es algo importante porque de esta manera la ética es una guía sobre el deber ser de la ciencia, ya que la ciencia no puede estar en manos sólo de la política económica y del mercado. De esta forma la tecnociencia se convierte en un instrumento del poder que aliena al hombre y le sirve al propio poder para tratar al hombre como un instrumento y a la naturaleza como objeto meramente de explotación. La filosofía es un saber que nos hace pensar sobre todo esto y que nos sirve para entender mejor la ciencia y con ello entender mejor a la sociedad y evitar los males, por un lado, de los aprendices de brujo y, por otro, de la ambición de los poderosos y de los ricos. La filosofía nos da una visión integradora de la ciencia en tanto que es conocimiento del mundo y también acción sobre el mundo. También nos ofrece una visión integradora del mundo porque la filosofía es un discurso de segundo orden que, partiendo de las ciencias, nos ofrece una visión global y unitaria del mundo. Le otorga un sentido que la ciencia, como saber sólo teórico y absolutamente especializado, no le da. Pero sí la filosofía, porque ésta en tanto que ética se permite valorar. Por eso la filosofía es un saber necesario que nos permite una unificación del hombre y el mundo, que nos aporta un sentido dentro del mundo y la sociedad. Pero un sentido racional que excede la opinión, la creencia y la superstición. Un saber que va más allá de lo obvio, de las apariencias y de las meras opiniones. Por eso la filosofía es un saber civilizador que nos hizo salir de la barbarie en la que triunfa la fuerza, el desorden, el caos, la superstición. Un mundo -el de la barbarie- en el que no existe el pensamiento, sino la fuerza, un mundo oscuro, una caverna llena de sombras y temores. Un mundo gobernado por el miedo y el pavor. De ese mundo salimos y nos sacó la filosofía. Y a ese mundo nos hemos empezado a dirigir en las postrimerías del siglo XX y los inicios del XXI. Por eso el inicio de la barbarie es el anuncio de la muerte de la filosofía. Y por eso nuestra crisis es filosófica y de ahí que sea absolutamente urgente su recuperación. Porque la filosofía es libertad y lucha contra la tiranía de cualquier orden.

                Y de ahí que la filosofía esté causalmente vinculada a la democracia. No hay democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. Por eso no ha de extrañar que sea en un momento de déficit absoluto de la democracia cuando se plantea la eliminación de la filosofía. Hay que eliminar ese rescoldo de pensamiento para que no renazca una democracia sana que no esté secuestrada por los poderes económicos, mediáticos, políticos… La democracia aparece en Grecia de la mano de la filosofía y la filosofía se desarrolla en Grecia dentro del ámbito político de la democracia. Democracia es diálogo. Que el logos, la razón es común, no relativo. El relativismo es otra forma de muerte de la democracia, si todas las opiniones son iguales, si todas son equivalentes, al final la opinión que sirve es la del más fuerte, he aquí el fascismo emergiendo de la propia democracia. Y eso es hoy en día lo que ha ocurrido cuando se ha establecido la equivalencia de las opiniones. Se ha eliminado el pensamiento y con él la filosofía. Se ha eliminado, en definitiva, la democracia. Se nos ha confundido por parte del poder político y se nos ha hecho pensar en una equivalencia que no es tal, la supuesta equivalencia entre la libertad de expresión y el respeto de las opiniones. Pues no, una cosa es la isegoría, la libertad de expresión, y otra el respeto a cualquier opinión. Lo que la democracia y la filosofía que la sustentan nos dicen es que lo respetable son las personas y que las opiniones son para debatirlas. El respeto a las opiniones por ser tales es la pérdida del diálogo, el pensamiento y, con ello, abrir la puerta a la opinión del más fuerte. Es decir, a la tiranía. Es abandonar la civilización para caer en la barbarie. Barbarie tecnocrática, precisamente, que es en la que nos encontramos por el engaño del poder que nos ha hecho abandonar el pensamiento. Y por eso defendemos aquí la vinculación causal de democracia y filosofía. Sin filosofía no hay democracia y sin ésta lo que hay es barbarie: fascismo, totalitarismo, tiranía, absolutismo, fanatismo, violencia…hoy en día nos encontramos en una barbarie tecnocrática y un fascismo del mercado, una ausencia de valores y de ética y una democracia de papel.

                Y otra de las características, por último, de la democracia, por la cual nos civilizamos, es la isonomía. La igualdad ante la ley. Todos somos iguales ante la ley y la ley tiene su origen en el pueblo. La ley no es arbitraria, no depende del poder del más fuerte, ni del más rico, ni del clero. La ley emana del pueblo y nadie está por encima de la ley. Esto es lo que nos enseña la democracia y ésta es la conquista filosófica, que tiene como modelo ejemplar a Sócrates, “a las leyes, o se las convence, o se las obedece” que nos saca de la barbarie. Pero hoy vemos que comienza a triunfar la barbarie. Que las leyes no son igual para todos. Que las leyes se hacen con una intencionalidad que no es la del pueblo, sino la de distintos poderes, el político y sobre todo el económico. Estamos en el filo de la barbarie. Estamos al borde del abismo que es el fascismo y la tiranía que emergen del estado de barbarie, la oscuridad de la sinrazón. De ahí la necesidad absoluta del saber filosófico, de la ética, los únicos saberes que pueden revitalizar la democracia. Y de ahí que nuestra crisis sea ética y filosófica. Más aún, es una crisis de nuestra civilización, es el fin del pensamiento y el comienzo de la barbarie.

Un hombre se sentó en una estación de metro en Washington DC y comenzó a tocar el violín, era una fría mañana de enero. Interpretó seis piezas de Bach durante u

nos 45 minutos. Durante ese tiempo, ya que era hora pico, se calcula que 1.100 personas pasaron por la estación, la mayoría de ellos en su camino al trabajo.

Tres minutos pasaron, y un hombre de mediana edad de dio cuenta de que había un músico tocando. Disminuyó el paso y se detuvo por unos segundos, y luego se apresuró a cumplir con su horario.

Un minuto más tarde, el violinista recibió su primer dólar de propina: una mujer arrojó el dinero en la caja y sin parar, y siguió caminando.

Unos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escucharlo, pero el hombre miró su reloj y comenzó a caminar de nuevo. Es evidente que se le hizo tarde para el trabajo.

El que puso mayor atención fue un niño de 3 años. Su madre le apresuró, pero el chico se detuvo a mirar al violinista. Por último, la madre le empuja duro, y el niño siguió caminando, volviendo la cabeza todo el tiempo. Esta acción fue repetida por varios otros niños. Todos sus padres, sin excepción, los forzaron a seguir adelante.

En los 45 minutos que el músico tocó, sólo 6 personas se detuvieron y permanecieron por un tiempo. Alrededor del 20 le dieron dinero, pero siguió caminando a su ritmo normal. Se recaudó $ 32. Cuando terminó de tocar y el silencio se hizo cargo, nadie se dio cuenta. Nadie aplaudió, ni hubo ningún reconocimiento.

Nadie lo sabía, pero el violinista era Joshua Bell, uno de los músicos más talentosos del mundo. Él había interpretado sólo una de las piezas más complejas jamás escritas, en un violín por valor de 3,5 millones de dólares.

Dos días antes de su forma de tocar en el metro, Joshua Bell agotó en un teatro en Boston, donde los asientos tuvieron un promedio de $ 100.

Esta es una historia real. Joshua Bell tocando incógnito en la estación de metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de la gente. Las líneas generales fueron los siguientes: en un entorno común a una hora inapropiada: ¿Percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?

Una de las posibles conclusiones de esta experiencia podrían ser:

Si no tenemos un momento para detenerse y escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocando la mejor música jamás escrita, ¿cuántas otras cosas nos estamos perdiendo?
Por: Josh Nonnenmocher

 

Eliminan la ética, la educación de la ciudadanía. Hacen equivalente la religión con la ética, pues ésta pasa a ser de oferta obligatoria junto con la primera. Y esto debe ser inconstitucional en un estado aconfesional pero una mierda les importa a estos la constitución como vamos viendo a diario. Y no contentos con el descalabro eliminan la historia de la filosofía de 2º de bachillerato y la ponen optativa. Nada es de extrañar en un gobierno que ha dejado bien claro lo que pretende con la educación. También hay que recordar que el primero que puso optativa la filosofía en segundo fue el PSOE y que después la recuperó el PP y la mantuvo en la LOE el PSOE. No vamos a hablar ya de las virtudes y de la absoluta necesidad de la historia de las ideas, no es el caso. Sólo decir que la educación es un cajón de sastre para estos gobiernos ignorantes que hemos ido teniendo. Que se ha convertido en un arma ideológica con la que atacarse unos a otros, que en lo importante dicen y hacen lo mismo. Siguen el imperativo del mercado y de los psicopedagogos. Que verdaderamente no quieren un pueblo culto, no quieren ciudadanos, quieren vasallos. Pues explicaré filosofía, me pongan a dar lo que me pongan a dar hasta que me echen. Ya está bien de seguir a estos puñeteros burócratas. Que les den. No se puede consentir la religión en los centros públicos. Y cómo se atreven a equiparar el discurso particular de una creencia religiosa con la universalidad de la ética. Están locos y son perversos. Son unos beatos e hipócritas. Siguen al becerro de oro y mantienen la religión en los centros. Qué se querrán ganar, el cielo, no, por su puesto. Son tan listos que saben que el cielo es su cielo y la miseria de los demás. Sus medidas empobrecen espiritualmente, y matan de hambre a la ciudadanía, como matan a los enfermos sus recortes sanitarios. Ya lo he dicho más de una vez, el fascismo económico da paso al fascismo político. Y el paso lo ha dado la derecha reaccionaria, que alberga una ultraderecha de tomo y lomo en su núcleo duro, que padecemos. Y la izquierda de brazos cruzados, cerrando filas ante la vieja guardia, corrupta y sin ideas. Vaya país gobernado por cuatro demagogos votados por millones de ignorantes. Claro, como no van a quitar la historia de la filosofía, si todavía nadie ha refutado la crítica platónica a la democracia como el gobierno de los ignorantes. No vamos a permitir que el pueblo sepa más de la cuenta. Primero, que la democracia es perfectible y segundo que esto no es democracia, que era una partidocracia y ahora es un fascismo del mercado en el que los políticos están perfectamente colocados. En fin, con los recortes y las restructuraciones en todos los sectores del estado de bienestar están abriendo la puerta para echar al funcionariado a medida que al restante lo van reconvirtiendo en obreros de la empresa privada. El progreso de la historia sembrado de cadáveres. Y, en educación los primeros en salir seremos, como no, los que más hemos puesto en duda todo sistema educativo. Se acabó la Ilustración, “critica todo lo que quieras, pero obedece.” Ya ni crítica ni obediencia, expulsión, es lo que nos aguarda. Vamos a perder hasta la posibilidad de la desobediencia que no hemos aplicado por cobardía y por remilgos infundados. Y el profesorado sigue sumiso, el funcionariado paralizado, mientras todo un movimiento político de profundidad lo reconvierte en un obrero explotado y expoliado, más de lo que está en manos del estado. Perdemos derechos sociales y humanos a cada recorte y aceptamos y seguimos votando mayoritariamente al verdugo. Masoquismo del sumiso, síndrome de Estocolmo. Algo habremos hecho, vivir por encima de nuestras posibilidades, verdad, pues, no, hemos hecho el gilipollas. A la mierda todos ellos.

“Docere et delectare”. Cuidado que se ha mentado a la bicha. Qué ambigüedad, qué peligro. La puerta abierta de par en par a los que han destruido el sistema de enseñanza con su teoría de la motivación que se puede reducir a las ciencias conductuales porque es observable, pero olvidaron una de las tres facultades de la psique, la voluntad, porque ésta no es observable y no entra dentro de los cánones del modelo de ciencia positivista. Uno de los errores epistemológicos de la LOGSE-LOE que ha tenido consecuencias horrorosas y que ha generado, posteriormente, una verborrea pseudocientífica de tomo y lomo. Una verborrea que no es más que ideología con la que se ha domesticado a profesores y alumnos durante veinte años. Hay que recuperar nuestra herencia y saber de dónde venimos, pero, previamente hay que desenmascarar la ley de enseñanza y la nueva ley del PP sigue en las mismas. No se puede iniciar una reforma, aunque muy legítima y muy bien intencionada, si no desenmascaramos el gran embrollo ideológico-religioso en el que nos han metido. Todo lo demás, la desaparición de las humanidades, de la ética, la filosofía, las ciencias básicas (que han sufrido mucho más) son cosas que vienen como consecuencia. El sistema no pretende enseñar, no pretende crear ciudadanos, no pretende hacer individuos críticos. Ya el tribunal de la enseñanza no es la razón, sino el mercado. La enseñanza tiene como fin la empleabilidad y si todo lo dicho (filosofía, arte, ciencias básicas, historia, lenguas clásicas…) sobra, pues irá desapareciendo poco a poco o se irá transformando, como ha ocurrido con la filosofía, en algo desvirtuado. Y lo mismo sucede con la ciencia, la dimensión desde la que se explica es desde la mera utilidad, ni una historia, ni una epistemología que nos haga tomar conciencia del hecho de la ciencia. O bien propaganda progresista y triunfalista como es “Ciencias para el mundo contemporáneo.” Antes por lo menos teníamos la “Ciencia, tecnología y sociedad” pero vieron el peligro de la crítica al status quo y la eliminaron. No se puede poner el carro antes que los bueyes.

ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Ágora. Estudio y crítica de filosofía política. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2012, 173 págs.

Por Esteban Mira Caballos.

          El autor de Filosofía desde la trinchera o Pensamientos contra el poder, nos vuelve a sorprender ahora con esta valiosa obra sobre filosofía política. El objetivo, el método y la ideología son plenamente coherentes con sus trabajos anteriores. Se trata de un texto redactado en clave antiacadémica, como él mismo lo califica porque, a su juicio, así debe ser todo pensamiento que se dirija frente al poder. Asimismo, llama la atención su absoluta independencia de pensamiento, pues lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general, sin distinción. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en nuestro tiempo. Y ello a pesar de las consecuencias que puede tener situarse siempre frente al poder, por la falta total de apoyos institucionales. Este nuevo libro del profesor Viñuela, tiene desde mi punto de vista dos puntales que lo hacen especialmente valioso:

Primero, su objetivo didáctico, pues, continuamente alude a sus alumnos como si estos fuesen los lectores de su obra o los oyentes de su añorado ágora. Esto no sería más que una anécdota si no fuera porque el autor se empeña continuamente en hacer su pensamiento lo más accesible posible. Ello confiere al texto un carácter inteligible, no siempre fácil de encontrar entre las obras de los filósofos. El texto está pensado para ser entendido por cualquier persona, desde un estudiante de Enseñanza Secundaria a un profesor universitario. En ello, tiene una idea universalista porque su objetivo es contribuir a la concienciación social de la ciudadanía, intentando llegar al máximo número posible de lectores.

Y segundo, su estructura muy clara y ordenada pues sigue un orden cronológico, empezando por la polis griega y terminando por la democracia actual, aunque él no la defina exactamente como tal. El resto de los temas de actualidad, muy presentes en toda su producción anterior, como el relativismo, la eutanasia o el sexismo, los incluye en una especie de apéndice que él denomina addenda.

En el prólogo, hace una declaración de intenciones, justificando el sentido de su libro, dirigido especialmente a sus educandos y denunciando algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: que tras la crisis económica subyace una crisis ética de dimensiones colosales. Por ello, frente a ella reivindica ante todo filosofía, dialéctica y acuerdo. Sólo así –afirma- conseguiremos verdaderos ciudadanos y haremos factible que el poder resida realmente en el pueblo. Y en relación a ello, cita a su admirado Sócrates quien decía que sin la reflexión y el análisis la vida no merece la pena.

En el primer capítulo se refiere a la democracia ateniense, a la que él admira, por ser el cimiento de Occidente, donde se obró el milagro del pensamiento racional. Concretamente la polis ateniense fue la que se convirtió en el centro del mundo civilizado por el desarrollo de la filosofía, del diálogo y de la democracia. Una democracia asamblearia, que valoraba la virtud y que otorgaba la igualdad ante la ley y la libertad de expresión. Allí, en el ágora –lo que hoy llamaríamos la plaza pública- se reunían personas que utilizaban la razón, el logos, el lenguaje y la argumentación. Nadie tenía la verdad absoluta y por el diálogo consensuado se llegaba al acuerdo. La participación pública de los ciudadanos y su reflexión les permitían un alto grado de libertad, inexistente en las que al autor denomina plutocracias y partidocracias actuales. Según Platón, el gobierno no debería ser de la mayoría ignorante sino de los mejores, es decir, de los sabios. Su gobierno ideal estaría formado por una élite aristocrática, aunque el tiempo le quitó la razón, pues ésta no tardó en convertirse en una oligarquía tiránica que sólo defendía sus propios intereses. Con el helenismo, sucumbió la democracia griega, al aparecer un imperio en el que los antiguos ciudadanos de las polis pasaron a convertirse en súbditos.

La aparición de Jesucristo, significó una renovación ética que desgraciadamente duró muy poco porque sus discípulos se encargaron de crear una institución de poder, llamada la Iglesia. San Pablo consiguió hacer triunfar su idea de que el mensaje de Jesús era universalista y se dirigía a todo el mundo y no sólo a los judíos. Ya en tiempos del emperador Constantino, se instauró una alianza entre el trono y el altar que tuvo consecuencias nefastas para la libertad. Con esta alianza dieron comienzo la expansión fanática, las cruzadas y las persecuciones de todo aquel que no parecía cristiano y que, por tanto, no podía ser otra cosa que pagano, infiel o hereje. Buena parte de la Edad Media estuvo dominada por el barbarismo, con el único bastión racionalista de Al-Andalus.

El Renacimiento es otro de los grandes hitos de Occidente en el que, en palabras del autor, se salió del claustro medieval, cambiando el teocentrismo por el antropocentrismo. Sin embargo, se terminaron imponiendo las teorías cesaristas, es decir, el absolutismo, fundamentado en teorías como la de Thomas Hobbes. Éste justificaba un poder fuerte, absoluto, justificándolo en la necesidad del ser humano de seguridad frente a la depredación de otros. Unas tesis que desgraciadamente siguen vigentes en nuestros días cuando, por temor, se blinda occidente frente a las oleadas de emigrantes del Tercer Mundo o cuando se practican las llamadas guerras preventivas.

En el último siglo de la Edad Moderna, llegó la Ilustración, otro de los grandes hitos de la Historia, junto al Renacimiento, en el que el hombre salió de su autoculpable minoría de edad. Las ideas ilustradas trajeron aire fresco a Occidente, quebrándose la alianza Estado-Iglesia, pues las luces de la razón introdujeron un laicismo que iba contra la verdad absoluta impuesta desde el altar. Se impuso la razón sobre la fe y eso contribuyó a hacer más libre a la humanidad. Sin embargo, se equivocaron en su optimismo y, sobre todo, en su idea de progreso como solución a los problemas y a los males pasados. Bien es cierto que Juan Jacobo Rousseau no compartía esta idea, pero el liberalismo contemporáneo la terminó imponiendo, lo que nos está llevando al agotamiento de los recursos planetarios y a la destrucción de nuestro propio hábitat.

En el siglo XIX, el marxismo cambió la forma de ver la Historia, fundamentándola en el economicismo y dotándola entre otras cosas de una impronta ética. La filosofía de Marx va encaminada, como él mismo afirmó, a transformar el mundo. Sin embargo, la praxis marxiana terminó derivando en totalitarismos que acabaron definitivamente tras la caída del Muro de Berlín. El problema es que, en la actualidad, se ha impuesto un capitalismo neoliberal radical, sin la competencia ya de los marxismos, que está acabando no sólo con el estado del bienestar sino también con la mismísima democracia. Socialdemocracia, derechos humanos y estado del bienestar están en franco retroceso en todo el mundo. De ahí que el autor hable del proyecto inacabado de la Ilustración. Para colmo, se está desarrollando una brutal globalización que sólo afecta a las finanzas, pero no a las personas, ni a la expansión de los Derechos Humanos o del Estado del bienestar. En el caso particular de España, sufrimos un bipartidismo en el que alternan las dos facciones de la casta política en defensa de sus propios intereses. El autor destaca el mito de la mayoría, pues para él, aunque tengan legitimación no siempre tienen la razón, por el mero hecho de constituir una mayoría.

En su opinión, ya no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que auspicie la austeridad como forma de vida y la redistribución de la riqueza. Como dice al autor, en el Renacimiento se pasó del teocentrismo al antropocentrismo, y ahora urge dar un nuevo giro de tuerca y pasar al biocentrismo. Si no somos capaces de transformar este mundo antropocentrista, nacionalista y egoísta en otro cosmopolita y ecocentrista, la civilización, tal como la concebimos hoy, terminará desapareciendo.

          En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. Así, pues estamos ante una magnífica interpretación filosófica del poder desde la antigüedad a nuestros días. Aunque, por desgracia también es la crónica del triste fracaso de la democracia y del proyecto inacabado de la Ilustración.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Ayer se jubilaron dos compañeros y amigos míos con sesenta años. Jubilación adelantada. Dos excelentes profesores, dos profesores con vocación de tal a pesar de la que nos viene cayendo de unos cuantos años a esta parte. Es lamentable ver cómo buenos profesores en su plenitud intelectual, llenos de sabiduría practica que dan los años, buenos conocedores de su materia que han realizados grandes proyectos en la educación, más allá del ámbito de lo exigible al mero funcionario, tengan que tomar la decisión de jubilarse. Dos profesores que aún podrían dar mucho en la educación y que, quizás, el sistema educativo pierda lo mejor que puedan dar. Y todo ello, por qué. Pues no es por pereza de estos, porque lo que quisieran es enseñar. Pero es que ése es el problema, lo que menos se hace ya hoy en día en un centro educativo es enseñar. La educación secundaria se ha reducido a una educación que los padres no dan en casa, eso en primer lugar, una burocracia vacía que es lo que realmente importa a la administración y aguantar a unos alumnos indisciplinados y caprichosos y, ahora, excesivamente numerosos, además del aumento de las horas del profesor, por efecto de la perversa ley que padecemos desde hace veinte años. El profesor ya no enseña, soporta estoicamente las tonterías que se le ocurren en los despachos a los administradores de este engendro y a sus teóricos y que luego recaen en él en forma de burocracia. Soporta la falta de respeto continuada del alumno al profesor, eso que eufemísticamente llaman los pedagogos violencia de baja intensidad que es un insulto a la dignidad humana. La falta de respeto es la consideración de que tú no eres persona, sino cosa. Soporta estoicamente una escala de valores en la que lo que menos importa es el conocimiento y lo que más importa es el éxito fácil y los modelos de este éxito son los jugadores de futbol y demás ralea de famosos con los que se distrae a la ciudadanía de lo importante. Y soporta no enseñar porque resulta que lo que ahora tiene que hacer es enseñar a aprender. Cuándo se darán cuenta estos pseudocientíficos de sus autoengaños, de su retórica hueca y de su daño perverso a la sociedad. Pero sin ellos saberlo es la ideología que el poder utiliza para manejarnos a todos. Al poder económico no le interesa el conocimiento. El conocimiento es el camino de la libertad y, por ello, de la crítica. Al poder le interesa la sumisión. Y, hoy en día, el camino de la sumisión, en una sociedad hipercapitalista, es la empleabilidad. Y ésta, no el saber de nada, ni de ciencias ni de letras, es el objetivo del poder económico. Es el fascismo económico que ha entrado a saco en la educación a través de la ideología posmoderna de los psicopedagogos que han sido su instrumentos, pero ellos se han considerado muy listos. Mientras tanto los profesores nos hemos mantenido en el silencio. Silencio que, como siempre, es cómplice. Nos hemos vendido por un plato de lentejas y ahora nos encontramos con lo que tenemos: el malestar en la educación. Queridos amigos y compañeros, que os vaya muy bien. Los resistentes desde nuestra trinchera seguiremos dando la batalla.

Silencio cómplice y el sacrosanto orden social.

                Vivimos en tiempos de crisis, no sólo de crisis económica, que como ustedes saben, para mí más que crisis es una quiebra del capitalismo global, de nuestro actual sistema de producción. La crisis es más aún, es social, en tanto que tal, es política y ética. El ciudadano se ha quedado mudo ante la crisis. Más aún, el ciudadano ha sido absorbido por el poder como una mercancía más. Su conciencia ha sido absorbida, en eso consiste hoy en día su estado de alienación. Tras la época de consumo compulsivo ha llegado el paro, la miseria y los desahucios. La conciencia del ciudadano se ha quedado paralizada. Y el poder ha aprovechado para instigar el miedo. Al poder le interesa, sea quien sea y venga de donde venga, perpetuarse. Por eso todo poder es reaccionario y derechiza en el sentido de que se hace conservador. Es decir, al poder le interesa más la seguridad y el orden establecido, la normalidad democrática, que de normalidad y de democrática tiene poco, que la libertad. De ahí que intente por todos los medios, por un lado callar a las conciencias críticas, anular los discursos alternativos, y para ello tienen todos los medios de comunicación en su poder y, por otro, instigar el miedo. Porque insisto, aquí coinciden todos, aunque ahora, engañosamente, el partido de la oposición quiera seducirnos con otro discurso. Lo que hemos aprendido hasta ahora es que el oficio fundamental del político ha sido el del engaño, el endiosamiento y la corrupción. Sólo hay que echar un vistazo a la reciente historia. Y no me refiero sólo a la de nuestro país. Por eso es necesaria una refundación de la política y de la democracia. Y por eso estos partidos, los que están en ellos y nuestra constitución, así como la UE, necesitan desaparecer para renacer siendo otra cosa que se parezca algo más a la democracia y en el caso de la UE que se parezca algo más a una unión política que a un mercado. Como digo el discurso del poder, con su base en el miedo del ciudadano, es la defensa de la supuesta seguridad, la normalidad y el orden establecido. El que parezca que todo marcha igual, esa es la normalidad. Y todo ello viene al caso de que en épocas de crisis la ciudadanía se rebela contra, precisamente, ese orden establecido. Y en épocas de crisis profunda se rebela contra las propias estructuras que mantienen ese orden. Y ése es el caso actual. Pero la misión del poder es la del engaño, la de intentar mantener esa supuesta normalidad democrática creando una ficción, el miedo y la confusión en la ciudadanía. Por encima de los derechos fundamentales que son violados por el poder a base de leyes, es decir que se legaliza la desigualdad y la pobreza, se establece para mantener las apariencias de la normalidad, el derecho a ir trabajar. En definitiva, lo que el poder persigue con ello son varias cosas, crear una falsa conciencia en el trabajador, crear el miedo en el que quiere hacer huelga e informar para crear conciencia de explotación y conciencia de fraternidad en el ciudadano y, sobre todo, dividir a los trabajadores. Esa es la estrategia. Y todo en nombre de la sacrosanta normalidad democrática. Pues miren ustedes. Todo es un engaño, una farsa, se tienen que reír de nosotros como bellacos, después de robarnos nuestros derechos y nuestro dinero, conseguidos a lo largo de la historia con sangre, sudor y lágrimas, encima, vamos y los apoyamos. El sector de los funcionarios ha sido ejemplar en esto (después de cornudos, apaleados, es increíble) el engaño surte efecto, el egoísmo, también, como si el puesto de los funcionarios o su sueldo estuviesen garantizados. Pues bien, todos ellos, aquellos que han sido engañados, aquellos que participan en el desmantelamiento del estado de bienestar y privatizan los bienes comunes, todos participan del silencio cómplice, más dañino que la pura acción de los políticos. Porque a los políticos los podemos parar y los paramos movilizándonos. Y no hay cambio sin conflicto. La sociedad, aunque nos pretendan engañar, es una sociedad de clases, éstas no han desaparecido, aunque nos hayan dividido y con la división haya surgido una conciencia distinta en cada sector de los trabajadores. El silencio es cómplice porque deja las manos libres al poder, y el pueblo, cuando el poder se descontrola es el que debe poner en su sitio al mismo poder. No se puede admitir el silencio ante seis millones de parados, no se puede admitir el silencio cómplice ante quinientos mil desahucios más cuatrocientos mil expedientes más abiertos, no se puede admitir el silencio ante el desmantelamiento de la educación pública y la sanidad pública. No se puede mantener el silencio ante el enriquecimiento de los bancos con dinero público, no se puede mantener el silencio ante el pago de la deuda, que procede de pagar con dinero público a los bancos para que no quiebren y ahora desahucian amparados en leyes hechas por los políticos, no se puede mantener el silencio ante la corrupción reiterada de los políticos, no se puede mantener el silencio ante las mentiras de los políticos en sus programas electorales. Si mantenemos el silencio somos cómplices, absolutamente activos, de este mal consentido. Y hemos dejado en manos del poder, allende la democracia, el único resquicio de democracia que nos quedaba, porque la democracia hoy en día es una palabra hueca. Pues bien, fíjense ustedes en la ironía, el sarcasmo y la sinvergonzonería de los políticos, ante esto que no debemos guardar silencio, y una larga lista más, pues a esto es a lo que el poder llama normalidad democrática. La normalidad es el saqueo del sistema económico social por las grandes corporaciones oligárquicas y la banca, y la democracia es que este robo se haga con absoluta normalidad y, además, legalmente, como la ley que regula los créditos hipotecarios y tantas otras leyes más, como la liberación del suelo y demás que favorecen el enriquecimiento de unos pocos y que, en definitiva, han producido la pobreza de muchos y, cada vez más, la miseria de una parte considerable. Por tanto, el deber del ciudadano es la acción. Y la acción requiere el cambio del propio sistema. Esto está agotado. Y no me refiero al uso de la violencia, sino al uso pacífico de la fuerza del pueblo. Es necesario que todo el pueblo esté unido para que la clase política tome conciencia e inicie el cambio de la refundación de la democracia y la propia clase política. Pero mientras que la mitad de la población mantenga este crimen el poder seguirá aplastándonos con su dura bota el grito ahogado de nuestras gargantas.

                Y no puedo olvidar aquí mi denuncia moral contra la iglesia preocupada de la dogmática y olvidada de los pobres. Es increíble, cómo pueden ser creíbles. Mi denuncia a la iglesia, connivente con los crímenes del franquismo, de acuerdo con el gobierno actual que, por supuesto, no le ha practicado ningún recorte; y hay que recordar aquí que este gobierno no ha reconocido la verdad histórica del golpe de estado del 36 que genero una guerra civil con cerca de un millón de muertos de ambos bandos, pero que el ejército vencedor inició un programa de exterminio y genocidio, históricamente probado, consentido por la iglesia. Es bochornosa esta alianza con el partido del gobierno por ganar unas prebendas económicas y un status social. Bochornoso. Es la peor iglesia, la más corrupta, la más hipócrita, la iglesia criminal de la contrarreforma y la inquisición, del genocidio de América. ¿Es ésta iglesia la que quiere enseñarnos moral? Es una desfachatez. Igual que denuncio moralmente a esta iglesia y hago apostasía de ella, alabo la misión de organizaciones eclesiásticas, como Cáritas, que con la voluntad de creyentes de base, inspirados en el principio moral evangélico de la caridad, están haciendo, junto con otros no creyentes un esfuerzo ímprobo contra la pobreza. Es digno de admiración y de alabanza. Aquí se recoge el principio moral básico, el de la caridad. Una gran enseñanza del cristianismo para la humanidad.

Esta caridad se transforma en la Ilustración en el valor moral básico de la fraternidad. La fraternidad es la gran olvidada de la Ilustración. Procede del cristianismo pero visto desde el laicismo y viene a significar que todos somos hermanos lo cual conlleva dos cosas, la igualdad entre todos y, la segunda, la preocupación constante por el otro precisamente porque es mi hermano. Una preocupación real, no una mera solidaridad, que es en lo que se ha transformado en el discurso progresista de la izquierda. La solidaridad es una fraternidad vacía de contenido ético, es un lavado de conciencia. La fraternidad exige la preocupación por el otro, en tanto que el otro es otro yo y sólo me puedo salvar (no me refiero religiosamente, para el creyente, sí) a partir del otro. Es decir, que yo sólo puedo ser un yo a partir de mi relación con el otro; el otro que puede ser un perfecto desconocido, pero es mi hermano. Por eso es necesario recuperar, además de la libertad y la igualdad, la fraternidad. Si la recuperamos no podríamos consentir el mal, no aceptaríamos la barbarie política en la que estamos cayendo, porque, permítanme ustedes que les diga, hemos perdido el norte moral, hemos perdido el sentido de nuestra existencia, nos limitamos a sobrevivir. Cuando se plantea que si una persona compra una casa de más de 160.000 euros se le otorgaría el permiso de residencia hemos caído en la mayor de las alienaciones del hombre. Es decir, que lo que estamos diciendo, además, de abrir las puertas a la mafia y al blanqueo de dinero negro procedente de negocios ilegales, es que uno es persona si tiene 160.000 euros, sino es un ilegal, un sin papeles, un indocumentado que hay que deportar y que no tiene derecho ni a la sanidad. Pues no, la fraternidad nos enseña todo lo contrario. No existen personas ilegales, es una contradicción. Pero el sistema que el poder nos impone, eso que llaman la normalidad democrática, considera que las personas son mercancía y, por eso, un sistema sanitario y una educación privatizados cuadran perfectamente con la visión mercantil de la persona, con la anulación de ésta. Esto es la miseria de la democracia, porque el silencio es cómplice. Y no se puede consentir tampoco que el presidente de la patronal, ante la reforma de la ley hipotecaria, salga diciendo que lo que hace falta es construir más viviendas y aumentar el crédito hipotecario. En verdad, están locos, deliran. Es como el cuento del rey Midas, la ambición y la avaricia los ciegan. Resulta que pone como remedio el mismo mal, cuando en España hay cerca de tres millones de viviendas vacías y muchos, no sé la cifra, disculpen, sin techo. Y a esa es a la normalidad democrática a la que se refieren nuestros gobernantes y el poder cuando nos dicen que el ciudadano tiene derecho a la huelga, pero también a trabajar y que, por tanto, las jornadas de huelgas deben transcurrir con toda normalidad. Es la gran mentira del poder, la mentira del gran engaño del neolenguaje que modula el pensamiento y esclaviza la acción. La normalidad es un crimen organizado. Un crimen que arraiga en dos polos: el primero se encuentra en las raíces mismas del capitalismo y el segundo, en la servidumbre humana voluntaria, en la cobardía. Disculpen, pero cuando callen, no olviden de que todo silencio es cómplice. Y no olviden de lo que es cómplice. Y ya no vale tirar balones fuera, que si los políticos, que si los sindicatos. No. Ahora le toca hablar al pueblo.

Estoy cansado ya de oír el discurso de la normalidad. Del derecho al trabajo y del derecho a la huelga. Eso es un engaño del poder para amordazar a las conciencias críticas, para paralizar las movilizaciones, para canalizar las protestas. A ver cuándo nos vamos a enterar que lo de las clases sociales no es una antigualla, que siguen existiendo los explotadores y los explotados, que hay un enfrentamiento de clases que se quiere ocultar. Esa es la forma ultramoderna de lucha del poder opresor contra la clase trabajadora. Primero la dividen y nos enfrentan a unos con los otros, luego nos engañan haciéndonos pensar que estamos en el mejor de los mundos posibles y que no hay alternativas y, poco a poco, nos van quitando los derechos conquistado con la sangre de miles de hombres ejerciendo no su derecho a la huelga, sino su deber para conquistar la ciudadanía y, de paso, la desobediencia civil, desde hace doscientos años. Todo es una farsa. Hay un conflicto de clases y ese conflicto siempre ha existido en la historia, no se puede eliminar, la lucha ilustrada, no salvaje y revolucionaria, ha sido la que ha hecho posible la evolución y el progreso ético-político de nuestras sociedades. No hay que tener miedo al conflicto, porque el conflicto ya existe. El poder está ejerciendo un genocidio, a nivel mundial, encubierto, desde hace muchas décadas. Ahora estamos viendo como esa miseria se acerca a nuestras puertas. Pero los servidores del poder, la clase política, nos engañan con el sacrosanto concepto de orden público, de normalidad y del derecho a trabajar. La normalidad son seis millones de parados, normalidad son quinientos mil desahucios y cuatrocientos mil pendientes, normalidad es que se saca a los bancos de la quiebra con el dinero público y estos con este dinero llevan a la ruina a los ciudadanos hipotecados. Normalidad es la falta de igualdad ante la ley. Normalidad es que el presidente del gobierno obedezca al FMI, BCE y Bruselas y no a los que lo votaron, normalidad es la ausencia de democracia. Esto es un totalitarismo. Todo empezó por un fascismo económico y estamos llegando a un fascismo político, si es que no hemos caído ya en él. De modo que basta ya de engaños, hay que desenmascarar al poder, filosofar a martillazos, derruirlo todo para hacerlo todo de nuevo. Hoy la política está donde debe estar, en la calle, no en los parlamentos. Los parlamentos no representan a nadie porque ellos no son los que mandan. Aquí no manda el partido popular por imperativo democrático, aquí mandan, entre otros Botín y el presidente de la patronal, junto con unos cuantos ricachones más. Esos treinta políticos que ayer hicieron huelga, para ser coherentes no deberían volver al parlamento. Deberían pedir una disolución de las cortes e iniciar un proceso constituyente. Ése es el primer paso.