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Filosofía desde la trinchera

TRIBUNA: JUAN ARIAS

¿Se vive mejor sin Dios?

JUAN ARIAS  12/10/2011

Me pregunta un amigo por qué en tiempos de crisis, incluso las económicas como en la actualidad, el ser humano se refugia más en la fe en Dios. Difícil responder a esa pregunta, ya que para mí si Dios sirve para algo debería ser para los tiempos de alegría y felicidad, no para los tiempos del miedo.

Los padres del científico y escritor Leonard Mlodinov se salvaron de las garras del Holocausto. Él mismo salvó su vida el fatídico 11 de septiembre, en los bajos de una de las Torres Gemelas de Nueva York cuando se hundió. En una entrevista reciente le preguntaron en Brasil qué sentía al saber que Dios había salvado milagrosamente su vida y la de sus padres. Respondió: "No fue Dios, sino el acaso". Y añadió: "¿Qué Dios sería ese que salva a mis padres del nazismo y deja morir a seis millones de otros judíos?". "¿Qué Dios sería ese que me salva del atentado terrorista de Nueva York y deja morir a otras 3.000 personas?".

Difícil encontrar a Dios en los escombros de la muerte.

Lectores que no conozco suelen preguntarme, unos con respeto, otros, menos, si pienso que sin Dios se acaba viviendo mejor. Escribí hace 40 años un libro que se titulaba El Dios en quien no creo. Había sido el título de un artículo publicado en el desaparecido diario Pueblo de Madrid. Se les había colado a los censores franquistas. Quizás porque pensaron que si hablaba de Dios no podía ser nada subversivo. Lo era para la España católica y cerrada de entonces.

Me citó a su despacho el entonces arzobispo de Madrid, Casimiro Morcillo. Me dijo que el artículo estaba ayudando a los españoles a hacerse ateos porque afirmaba entre otras cosas que si Dios existe no podía existir el infierno y que no podía curar a unos y dejar morir a otros. Le mostré la carta que acababa de recibir de un matrimonio joven, en la que me decían que habían recortado el artículo y conservado para cuando sus dos hijos pequeños fueran mayores. "Nosotros no somos creyentes, pero si nuestros hijos un día quisieran creer, nos gustaría que creyeran en ese Dios irreconciliable con el infierno", decían.

No sirvió de nada. Desde aquel día, además de la censura franquista, la Iglesia de Madrid me impuso otro censor para mi columna de Pueblo, que se titulaba Las cosas claras. Sobre aquel libro, nacido de aquelartículo y traducido hoy a 10 idiomas, dos señoras encopetadas, cuando volvía en tren de Asís, donde había sido publicado, mirando con recelo la portada, me preguntaron: "¿Ese libro es a favor o en contra?" "Eso depende, señoras", les respondí.

Cada vez que hoy me preguntan si creo que es mejor o no creer en Dios suelo responder que eso no tiene importancia, ya que si existiese Dios, lo importante sería que él creyera en nosotros, como me había dicho monseñor Romero, quizás en su última entrevista antes de ser asesinado a tiros mientras celebraba la Eucaristía.

¿Se es más feliz sin Dios? Depende, señores. Difícil sentirse libres y realizados con el Dios al que aman y adoran los dictadores -con los que, por cierto, la Iglesia siempre se ha entendido mejor que con los demócratas-; difícil con el Dios absolutista incompatible con la democracia o con el Dios que recela de la sexualidad.

Es difícil que las personas, jóvenes o adultas, no lleven dentro de sí la sombra de un Dios castrador, aquel del que en un colegio de religiosas la madre superiora había escrito en los retretes de las alumnas: "Dios te está mirando".

El famoso poeta brasileño João Cabral de Melo Neto, cuando estaba para morir, quiso hablar con un sacerdote de la Teología de la Liberación. Le confesó que era ateo, pero que en aquella hora final lo asaltaba el miedo de "aquel infierno del que me hablaban de niño en la Iglesia". El teólogo le dijo que, además de no existir el infierno, un poeta nunca tendría lugar en él. Aquel teólogo era Leonardo Boff, condenado al silencio por el entonces cardenal Ratzinger y hoy papa Benedicto XVI.

El Dios del miedo es el Dios que no merece existir. El miedo es argamasa humana, es el arma de todos los poderes de la Tierra, no tiene nada de divino. Es tirano. Solo la felicidad es liberadora. El miedo es usado y abusado por las Iglesias institucionales. Jesús nunca impuso miedos a los que le seguían. Se los quitaba. Él los tuvo también. Tuvo miedo de morir, sudó sangre ante la inminencia de su muerte, pidió explicaciones a Dios de por qué dejaba que lo mataran si era inocente. Y de él tuvieron miedo los hipócritas y los poderosos, nunca los arrinconados o indignados.

Aquel profeta tenía solo un pecado: no creía en el sufrimiento ni en el dolor ni en la muerte como armas de redención. No soportaba ver sufrir a nadie. No le gustaban los muertos y los resucitaba. Nunca pidió a sus apóstoles que hicieran ayunos y penitencias, ni que fueran héroes o vírgenes. Estaban todos casados, como él.

Y no fue un profeta fácil: exigió, con naturalidad, algo que nos parece locura: devolver bien por mal. Sabía que la felicidad -que era su única teología- se engendra en la paz y no en la guerra, en el perdón y no en la venganza.

¿Se vive mejor sin Dios? "Depende, señores". Sin el que ofrecen las iglesias que no te permite morirte en paz, ni hacer el amor sin que te espíe como un policía, se vive mejor. Se vive mejor sin el Dios que pretende adueñarse de lo más sagrado del ser humano: su libertad y su conciencia. Por lo menos, sin él, se vive sin menos miedos, que no es poco.

¿Y con el Dios en el que creía monseñor Romero cuando lo acribillaron a balas en el altar por defender a los pobres contra el poder, se vive mejor?, se preguntarán algunos. ¿Se vive mejor con el Dios que apuesta siempre por los que pierden, el Dios de aquel Jesús que no solo perdonó en la cruz a los que blasfemaban contra él, sino que hasta los excusó: "Perdónales, porque no saben lo que hacen", expresión máxima del amor supremo que no humilla ni cuando perdona?

Creo que como mejor se vive es siendo fiel a la voz de la conciencia, más severa que las leyes porque no es posible burlarla, y que constituye la única fuente de libertad. El cardenal Newman, convertido del protestantismo al catolicismo, fue un defensor del primado de la conciencia sobre la ley. En la Carta al Duque de Norfolk cuenta que, si se viera obligado a hacer un brindis, lo haría "primero a la conciencia y después al Papa". Newman tiene una frase que aún hoy, después de dos siglos, sigue poniendo los pelos de punta a la Iglesia y a los teólogos tradicionales: "Prefiero equivocarme siguiendo a mi conciencia, que acertar en contra de ella". La Iglesia defiende, al revés, que la conciencia debe ser antes formada. Por ella y con el miedo, claro.

¿Se vive mejor sin Dios? Depende. Quizás se tenga a veces la tentación de creer en alguien más que humano, capaz de exorcizar la crueldad que siembra de muertos inocentes el planeta, la que pisotea a los que no tienen poder, la que exalta a los aprovechados, la que discrimina a los diferentes, la que violenta a los niños, la que quiere imponer a su Dios, la que humilla a la libertad. Pero ese, ¿no será más bien el Dios de nuestros sueños?

Se podría vivir mejor solo con el Dios -si existiese- capaz de quitarnos a los mortales el miedo supremo de la muerte, sin la cual, curiosamente, dejarían de existir las religiones, como afirmaba Saramago. Se viviría mejor con el Dios que no nos prohibiese soñar. ¿Existe?

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

El embudo democrático

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA  07/10/2011

Con la acampada en Wall Street, la indignación popular con la crisis termina de cubrir todo el arco político y geográfico que va desde Estados Unidos a Grecia. A primera vista, hay pocas semejanzas entre ambos casos. Mientras que la Grecia de Papandreu está en crisis debido a un Estado clientelista sumamente ineficiente que se ha endeudado hasta lo insostenible, el Estados Unidos de Obama es víctima de unos mercados financieros que han implosionado y llevado la economía al colapso. Fallo de Estado a un lado, fallo de mercado al otro, podríamos decir simplificando.

Sin embargo, Grecia y Estados Unidos se parecen mucho más de lo que sospechamos estos días. La arquitectura nos da una buena pista: que los edificios públicos de Washington y Nueva York reproduzcan tan fehacientemente el ideal griego no es una casualidad. Atenas y Washington son la cuna de la democracia: la primera de la democracia directa, la segunda de la democracia representativa. Ese ideal, tan magistralmente explicitado en dos textos con una impresionante similitud, la Oración fúnebre de Pericles y el discurso de Lincoln en Gettysburg, es el que hoy está cuestionado. Primero le tocó el turno a la democracia directa, que degeneró en populismo, demagogia e ingobernabilidad. Viendo el trágico final de Sócrates, forzado a tomar la cicuta, no es de extrañar que los padres fundadores de Estados Unidos rechazaran hablar de democracia y prefirieran describir su sistema político como de "gobierno representativo", es decir, un sistema en el que más que permitir al pueblo gobernarse a sí mismo, se le concedía el poder de elegir y deponer a sus gobernantes regularmente como forma de preservar sus libertades (más exactamente, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, como diría la Declaración de Independencia de Estados Unidos)

Con todas sus limitaciones, este sistema de gobierno ha sido sumamente exitoso: allá donde se ha instaurado, raramente ha retrocedido, y cuando lo ha hecho, ha terminado por volver a imponerse. Al menos en nuestro contexto político y geográfico, la democracia representativa se ha impuesto tanto al fascismo como al comunismo y, aunque siempre penden sobre él amenazas populistas y nacionalistas, la conjunción de gobiernos representativos y economías de mercado ha solido desembocar en sociedades abiertas, respetuosas con la libertad, el bienestar y la diversidad. El problema es que la democracia representativa no sólo se ha hecho insustituible hacia fuera, sino también hacia dentro porque la democracia directa no es una alternativa válida para gobernar sociedades tan complejas como las nuestras. Y en ese camino, la democracia se ha anquilosado precisamente en su punto central, en el que se refiere a la representatividad de los gobiernos ante las demandas de los gobernados.

Con el tiempo, estos gobiernos han sido capturados por dos agentes: los partidos políticos, que han convertido nuestros sistemas políticos en partitocracias gobernadas por una clase política que no rinde cuentas ni es transparente, y los mercados, que han sometido el poder político a sus intereses particulares convirtiéndose en una esfera de poder autónoma. La consecuencia es que el interés general ha quedado relegado a un segundo plano como principio inspirador de las políticas públicas y la rendición sistemática de cuentas anulada como mecanismo de control en manos de la ciudadanía. Por tanto, a la vez que la cantidad de democracias en el mundo se ha extendido consistentemente, la calidad de las democracias se ha deteriorado considerablemente. La mayoría de nuestros países son hoy democracias en todas las dimensiones que nos hacen definirlas como tales, pero están lejos de ser democracias de calidad como las que sus ciudadanos merecen y aspiran. En tiempos de bonanza económica, cuando los recursos eran crecientes y los problemas distributivos más fácilmente resolubles, la tensión inherente entre eficacia y representatividad se resolvía fácilmente a favor de la eficacia y en detrimento de la representatividad. Pero cuando la crisis económica ha irrumpido con toda su fuerza nuestros sistemas políticos han quedado al desnudo pues a su incapacidad de gestionar la economía (bien por incompetencia o porque las soluciones no están en el ámbito nacional) han añadido la exposición tanto de sus miserias representativas como su sometimiento al poder de los mercados, cuyos desmanes se muestran incapaces de regular. El ideal de democracia ateniense fracasó y tardó cientos de años en volver a reinventarse; la democracia representativa, a pesar de no estar sometida a discusión desde fuera, entrará en una importantísima crisis interna si no consigue desengrasar los canales de representación y gobernar eficientemente los mercados en pro del interés general. Desde Atenas a Wall Street, el ideal de la democracia pugna por sobrevivir.

15 M y la democracia.

 

            El movimiento de los indignados del 15 M ha sido un revulsivo para nuestras anquilosadas democracias. Independientemente de lo que tengan de ingenuo y de utópico y de mezcolanza de ideología, creo que su mensaje es claro y diáfano. Nuestro sistema democrático está podrido, se ha vuelto perverso, no es representativo. Discutía con Savater precisamente este último asunto. Él mantenía que eso de que no nos representan es una tontería, pues claro que nos representan, decía. Y es cierto, pero no del todo. Nos representan porque no hay otra opción política, porque los partidos mayoritarios y los nacionalistas han secuestrado la pluralidad política y con ello la pluralidad de alternativas políticas. Esto, por un lado, como nuestras democracias son representativas y las representaciones se hacen por medio de los partidos y estos se constituyen por listas cerradas que se forman por endogamia y existe la obediencia al partido, pues de todo ello resulta que los partidos no representan a los ciudadanos, como debe ser en democracia, sino que se representan a sí mismo. De ahí que no sea democracia nuestra forma de gobierno, sino partitocracia, algo muy alejado del ideal democrático. Y no digo yo que las democracias no tengan que ser representativas, por su puesto, una democracia asamblearia es un absurdo, además de un imposible. Pero sí es posible una representatividad de la voluntad política del pueblo desde la república así como una participación del ciudadano desde la propia virtud pública y la ejemplaridad de los ciudadanos. También se dice que y se reclama desde este movimiento que se quiere una democracia real ya. Efectivamente, la consigna es una contradicción. Pero hay que saber leer entre líneas. Realmente vivimos en una democracia real, la realmente existente. Ahora bien, este modelo de democracia es insuficiente y hace aguas por todos lados, para empezar porque no representa al pueblo, fomenta la corrupción, no insta a la libertad política, por el contrario, la secuestra en el bipartidismo, el poder político ha claudicado voluntariamente al poder del capital. Ellos han sido los que han dado alas desde sus ideologías neoliberales a la creación de burbujas que al final han estallado en nuestras narices llevándose por delante al más débil…y lo que nos queda por andar.

 

            El movimiento 15M no es un movimiento revolucionario. Es un movimiento que tiene su base social fundamentalmente en jóvenes bien preparados y sin futuro, en jóvenes y menos jóvenes parados que tienen el futuro tremendamente negro. En pensionistas y futuros pensionistas que ven amenazado el futuro por el que han trabajado toda la vida. Confundir el 15M con una revolución es absurdo y tendencioso. Es, como siempre, querer demonizar al movimiento. También se les achaca que quieren terminar con el sistema fomentando la abstención (de esto hablaré después), pues no, los que han dinamitado el sistema han sido los partidos políticos, su ineficacia, su apoyo al gran capital, no olvidemos que sus ideologías inflaron las burbujas mentales que después aprovecharían los grandes inversores y especuladores. Son culpables de la corrupción del sistema, como lo son los ciudadanos, que ciegos ante lo que ocurre, sumidos en el divertimiento, en el pan y el circo del egoísmo hedonista  los han seguido votando durante décadas, y, ahora, ¿qué?

 

            El sentimiento que subyace al movimiento del 15M es un sentimiento generalizado, el de la indignación. Tal sentimiento procede del hecho de no soportar el mal que el otro hace a sabiendas y que atenta contra el bienestar y la dignidad de los ciudadanos. La indignación procede del sentimiento que un ser honrado siente ante el sin vergüenza, ante aquel que carece de ética, que actúa por propio interés, no por el de la polis. Pequeñas dosis de indignación son posibles de aguantar, porque son hasta comprensibles. Las situaciones que rodean a cada hombre determinan en mucho su comportamiento. Pero la indignación surge como un resorte, en el hombre éticamente sano, cuando se da cuenta de que el poder actúa a sus espaldas, que se burla de él, que actúa para su propio beneficio, que, en definitiva, atenta contra la dignidad de los ciudadanos. Ahora bien, esta indignación no puede llegar a la ira y la cólera porque entonces se transforma en una pasión destructiva. La indignación debe ser el sentimiento que nos lleve a la acción a través de la reacción. La indignación nos hace tomar conciencia de nuestro estado de instrumentos, de la falaz democracia en la que estamos instalados, del gran engaño que se urde sobre nuestras mentes. El 15 M ha despertado todo esto es decir nos ha ayudado a tomar conciencia de que el orden social establecido no es el mejor posible, es más que está corrupto y pervertido. Pero el movimiento de los indignados, que debería ser el de toda la ciudadanía, por muy plural que fuese, no es, como decía un movimiento revolucionario, sino un movimiento continuista. Es decir, reclaman lo que supuestamente tenemos, democracia, y las armas que utilizan son las de la democracia: concentraciones, manifestaciones y diálogo. Es un movimiento totalmente socializado, nada contestatario, yo diría acomodado en la medida en la que son los hijos de ciudadanos acomodados y han aprendido su valores. Y, lo que reclaman no es ni más ni menos, que vivir como sus padres, tanto desde el punto de vista político como económico.

 

            Efectivamente, la democracia representativa es la democracia real, pero no es la verdadera democracia. También hay que decir que no existe una democracia verdadera, porque ésta es siempre inacabada y perfectible. Pero creo que sería necesario ir un poco a los orígenes para entender algo más sobre la democracia. La democracia que surge en Grecia tiene varias características. En primer lugar la isonomía que significa la igualdad ante la ley. La democracia supone que el hombre libre es dueño de sí mismo y puede por ello darse a sí mismo la ley. Pues la democracia consiste en que el pueblo, como libre se da a sí mismo la ley y que todos están bajo el imperio de la misma, en este sentido son iguales. Pero no es esto lo que ocurre en nuestras democracias. No hay igualdad ante la ley, sólo en el papel…esto crea un gran malestar e indignación entre los ciudadanos. Otra característica de la democracia originaria es lo que se llamó isegoría, todo el mundo tiene el derecho de poder hacer un uso público de su palabra en el ágora. Es lo que modernamente llamamos libertad de expresión. Pues bien, no hay isegoría. Y esto es así porque resulta que la libertad de expresión se ha convertido hoy en día en libertad de decir lo que uno quiera pero que no será escuchado por nadie. Es decir, que hay libertad de expresión, pero está vacía, pero lo que no hay es libertad política y esto último es debido al sistema de representación que tenemos. En lo que los indignados han dejado de tener confianza es  en las instituciones que salvaguardan la misma democracia. Los partidos políticos son máquinas de conquistar y preservar el poder, no de representación del demos. De tal manera que los partidos políticos, de ahí la tendencia al bipartidismo, con el agravante en nuestro caso, de los partidos nacionalistas que obtienen representación en el parlamento del estado, han absorbido la libertad política. Y esto es así porque la alternativa que plantean es prácticamente la misma. Lo que cambia es un poco la forma. De ahí el clamor de los indignados de que no nos representan, efectivamente, se representan a ellos mismos. La clase política se ha constituido en una casta, al transformarse en una profesión de la que vivir. El pueblo ya no confía en el político porque éste se ha hecho profesional y se ha alejado del pueblo. Y por ello reclaman que los políticos son ellos, los ciudadanos. No en vano en griego político era el habitante de la polis, todo hombre libre con posibilidad de dirigirse y tomar decisiones en la asamblea. Por otro lado, los medios de comunicación de masas se han convertido en medios de propagando y de creación de opinión. Pero no hay que olvidar que estos ya no son un cuarto poder que se pueda enfrentar a los otros tres. No, ya están comprados por el poder económico y político, tienen dueño. Y si los medios de comunicación de masas son los que crean la opinión mayoritaria de la ciudadanía, simplemente, no hay libertad de opinión, lo que hay es repetición como un papapgalo amaestrado.

 

            La situación de crisis Terminal en la que nos encontramos, la quiebra del capitalismo global, la necesidad de un cambio de paradigma económico y político exigen un cambio de las viejas formas. La democracia tal y como la conoemos hoy en día ha fracasado, está en manos de los mercados. O bien salvamos la democracia por la vía del republicanismo y la ejemplaridad pública, asociada a una política del decrecimiento o, por el contrario, nos asomamos a la barbarie del dominio de los mercados y el fin de la política. Es el dominio de los mercados unido, por su puesto, al dominio militar que pueda custodiar los escasos recursos. El panorama es sombrío. Creo, por mi parte, que desde la indignación de todos los ciudadanos, sólo una abstención masiva daría lugar a la posibilidad in extremis de un replanteamiento de la democracia, no sólo a nivel estatal sino mundial.

 

 

                                   Juan Pedro Viñuela.

 

                                   05 de octubre de 2011

 

TRIBUNA: EMILIO LLEDÓ

¿Quién privatiza a los políticos?

Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la clase política. Es un deber de la sociedad descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. ¿Cómo recuperaremos lo que hemos perdido?

EMILIO LLEDÓ 04/10/2011

La defensa de lo público hace vivir la democracia. Hay, por supuesto, opiniones en contra que parecen apoyarse en ese latiguillo de la libertad individual para fomentar la riqueza; de la libertad de emprender, de crear, que se oculta bajo la oscurecida palabra de liberalismo. No se puede negar la importancia de los llamados bienes de consumo que, al parecer, la economía y los economistas administran. Pero el verdadero sustento de la sociedad, de la vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral y material.

La democracia, que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de justicia y verdad, no puede rendirse a las privatizaciones mentales de paradójicos libertadores. Sin embargo, apenas se insiste en el hecho de que la crisis que padecemos es una crisis que tantos competentes expertos, siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido evitar, ni tampoco las diversas burbujas -sobre todo las propias burbujas mentales- que inflaban y aireaban. Burbujas que, parece ser, les han permitido construir sin que nadie les pida responsabilidades por sus liberadas y productivas ganancias.

No es, sin embargo, una discusión sobre problemas económicos, cuyos entresijos y burbujeos desconocemos, a lo que voy a referirme, aunque haya siempre un principio de honradez y verdad en el que, seguro, todos nos entenderíamos. Aludiré únicamente a una de esas frases vacías que hincha las palabras de ciertas oligarquías. Desde hace años, de nuevo en estos días, como manifestación del menosprecio por la enseñanza pública y por sus profesores, se habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el que educar a sus hijos. Esa defensa libertaria no tiene que ver con el deseo de que se practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir. Libertad que, por encima de todas las sectas, debería fomentar la combatida Educación para la Ciudadanía y la identidad democrática. Una libertad que enseñase algo más que la obsesión por el dinero y por el solapado cultivo de la avaricia. A lo mejor, esa educación les obligaba a dimitir a algunos personajes de la vida pública, por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan. Mejor dicho: haría imposible que se dieran semejantes individuos.

Ese sermoneo se funda sobre todo en el fomento de la privatización de la enseñanza que alimenta el dinero y la desigualdad. ¿Pueden gozar de esa libertad todos los padres? ¿También los de los barrios más modestos de las grandes ciudades? ¿Pueden ser libres para mandar a sus hijos a esos colegios privados? Centros que proliferan por nuestro país y que apenas pueden compararse, a pesar de sus supuestas y publicitadas excelencias, con cualquier colegio o instituto público de Francia o Alemania. Por lo visto los padres franceses o alemanes ni siquiera se han planteado esa posible libertad que, lógicamente, no necesitan. En ese mismo derrotero andan algunas universidades, que anuncian sus excelencias pregonando que "los alumnos encontrarán las profesiones que les permitirán colocarse rápidamente en la empresa". ¡Magnífico ideario para fomentar la vida universitaria, la pasión por el saber, el crear, el innovar! En el fondo, toda esa propaganda libertaria es fruto de planteamientos políticos, de dominio ideológico, de sustanciosos prejuicios clasistas, que con doble o triple moral predican libertad, cuando lo que realmente les importa, aunque quieran engañarse y engañarnos, es el dinero. Solo por medio de una ideología de la decencia, de la justicia, de la lucha por la igualdad, tan problemática siempre, puede alzarse el sistema educativo de nuestro país, de todos los países. No puedo por menos de citar un texto de Giner de los Ríos, entre muchos de los que podrían citarse del olvidado precursor: "El dogmatismo, el dominio sectario sobre los espíritus, el afán de proselitismo doctrinal, tantas otras formas de opresión y de coacción muestran cómo esa tutela se corrompe, y en vez de disponer gradualmente al hombre para su emancipación procura disponerlo para perpetuar su servidumbre".

En este punto tendríamos que preguntarnos: ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Qué palabras huecas, convertidas en grumos pegajosos aplastan los cerebros de los que van a administrar lo público, o sea lo de todos, si la corrupción mental ha comenzado por deteriorar esas neuronas que fluyen siempre hacia la ganancia privada? No se entiende bien cómo a esos destructores de la idea de lo público les votan aquellos que perderían lo poco que tienen en manos de tales personajes. A no ser que la mente de esos súbditos haya sido manipulada y, en la miserable sordidez de la propia ignorancia, esperen alguna migaja, algún botón del traje que viste el supuesto partido político que les arrastra.

Habrá, como digo, que ir estudiando las razones que mueven el comportamiento de esos padres de la patria que tienen el deber de organizar, no para su provecho y el de sus amigoides o amigantes, eso que se suele llamar, más o menos acertadamente, el bien común. Un pueblo "maravillosamente dotado para la sabiduría", como decía Machado, y al que hay que dar ejemplo para que no pierda el sentido de la justicia, de la honradez. Es importante conocer en los defensores de la libre empresa, en los apóstoles de la privatización, qué empresa, ideología, fanatismo, les ha privatizado a ellos. Porque se trata de evitar que la patología individual de esos sujetos se convierta en patología, donde se hunde la vida colectiva.

Es un deber de la sociedad investigar y descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas, con independencia de determinadas claves genéticas, brota también de la educación, de los ideales que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra manera de ver e interpretar el mundo.

Podemos intuir que la degeneración intelectual de buena parte de la clase política, y de los llamados emprendedores -los que, por ejemplo, emprendieron la destrucción de nuestras costas-, procede de esos conglomerados ideológicos en los que se mezclan, con la indecencia, alguno de los males a que se ha aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro, la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando?

El estado y los funcionarios.

 

            Hay una guerra, antes solapada, ahora abierta para terminar con el estado. Para que su tamaño quepa en una bañera, como decía aquel neoliberal. La cosa es de extrema gravedad. Por una parte, los que defienden la minimalización del estado defienden, paradójicamente, el aumento del ejército y de la seguridad exterior. Es decir un aumento hipertrofiado del estado. Y, por otro lado, defienden que el estado debe garantizar la seguridad de sus riquezas que se desarrollan en multinacionales y que escapan al control de los estados. Y estas multinacionales lo que reclaman es más estado que ponga límites a los productos de los países menos desarrollados. Es decir, otra distorsión patológica del estado. En definitiva, los neoliberales económicos lo que mantienen no es una disminución del estado, sino un estado hipertrofiado en lo militar y en ciertas cuestiones de la regulación económica y del comercio. Por consiguiente, mienten. Y lo hacen a sabiendas. Quieren la protección del estado mientras no se puedan hacer con todo el poder, que sería uno de los escenarios posibles. Y uno de los caballos de batalla de esta ideología que afecta a todo el bienestar del estado es el ataque a los trabajadores públicos, a los llamados funcionarios.

Este ataque me parece ruin, hecho con nocturnidad y alevosía y, si triunfa, marca el fin de una época, la del estado y la de la democracia, para pasar a la tiranía de las grandes corporaciones económicas. Y no exagero, la historia es impredecible y toda conquista histórica es contingente, puede desaparecer. Cuando se desacredita a los funcionarios públicos, lo que se está haciendo es desacreditar al propio estado. Todo estado se sostiene por los funcionarios públicos, podemos pedir mayor y mejor eficacia, eso es otro cantar, pero lo que sí digo es que entre los funcionarios poca corrupción habrá en comparación con el mundo privado de las finanzas y de los puestos de confianza, otro cáncer de las democracias y del estado. Los funcionarios son los representantes del estado en su lugar de trabajo. Son la personificación de la ley, la expresión material de la ley. Los últimos ejecutores de la misma. Pero como los funcionarios velan por el estado mediante su trabajo, aunque sea inconscientemente y lo hagan por un sueldo, la mayor de las veces miserable: barrenderos, policías, municipales, bomberos, profesores altamente cualificados, médicos altamente formados… están velando por la voluntad del pueblo y por cada uno de nosotros. Su rendimiento no está dentro del mercado, es su responsabilidad y su deber público el que los lleva a cumplir con su trabajo y a excederse en él, aún sin ningún tipo de recompensa económica. Y, mientras más alta sea la cualificación de un funcionario, más ocurrirá esto. La formación de un médico, de un profesor, de un juez, no le aporta mayor remuneración, le aporta conocimientos que para él son agradables, pero que siempre están vertidos al público. Público al que, en última instancia, se debe. Si atacamos a los funcionarios, atacamos la columna vertebral del estado. Y si atacamos a los médicos, profesores y a la justicia estamos  quebrando esta columna vertebral. No digo que no existan casos de corrupción, ni de vagancia, pero eso es achacable a la torcida condición humana y no a lo accidental de ser funcionario. La salud y la educación son bienes públicos. Tanto el médico como el profesor trabajan para el público y vierten su saber de decenas de años por la mayor calidad de la vida de los ciudadanos. No se puede permitir un ataque a los funcionarios a menos que se quiera desmantelar el estado, no digo ya el estado del bienestar. Profesores y médicos son grandes emprendedores que han llenado su vida con la idea de aumentar sus conocimientos por el bien público. Hoy en día, en el que el único valor es el económico se ha confundido a los emprendedores con los emprendedores económicos, personas absolutamente necesarias para el desarrollo económico de la sociedad, pero no se puede caer en ese reduccionismo.

El estado y los funcionarios.

 

            Hay una guerra, antes solapada, ahora abierta para terminar con el estado. Para que su tamaño quepa en una bañera, como decía aquel neoliberal. La cosa es de extrema gravedad. Por una parte, los que defienden la minimalización del estado defienden, paradójicamente, el aumento del ejército y de la seguridad exterior. Es decir un aumento hipertrofiado del estado. Y, por otro lado, defienden que el estado debe garantizar la seguridad de sus riquezas que se desarrollan en multinacionales y que escapan al control de los estados. Y estas multinacionales lo que reclaman es más estado que ponga límites a los productos de los países menos desarrollados. Es decir, otra distorsión patológica del estado. En definitiva, los neoliberales económicos lo que mantienen no es una disminución del estado, sino un estado hipertrofiado en lo militar y en ciertas cuestiones de la regulación económica y del comercio. Por consiguiente, mienten. Y lo hacen a sabiendas. Quieren la protección del estado mientras no se puedan hacer con todo el poder, que sería uno de los escenarios posibles. Y uno de los caballos de batalla de esta ideología que afecta a todo el bienestar del estado es el ataque a los trabajadores públicos, a los llamados funcionarios.

Este ataque me parece ruin, hecho con nocturnidad y alevosía y, si triunfa, marca el fin de una época, la del estado y la de la democracia, para pasar a la tiranía de las grandes corporaciones económicas. Y no exagero, la historia es impredecible y toda conquista histórica es contingente, puede desaparecer. Cuando se desacredita a los funcionarios públicos, lo que se está haciendo es desacreditar al propio estado. Todo estado se sostiene por los funcionarios públicos, podemos pedir mayor y mejor eficacia, eso es otro cantar, pero lo que sí digo es que entre los funcionarios poca corrupción habrá en comparación con el mundo privado de las finanzas y de los puestos de confianza, otro cáncer de las democracias y del estado. Los funcionarios son los representantes del estado en su lugar de trabajo. Son la personificación de la ley, la expresión material de la ley. Los últimos ejecutores de la misma. Pero como los funcionarios velan por el estado mediante su trabajo, aunque sea inconscientemente y lo hagan por un sueldo, la mayor de las veces miserable: barrenderos, policías, municipales, bomberos, profesores altamente cualificados, médicos altamente formados… están velando por la voluntad del pueblo y por cada uno de nosotros. Su rendimiento no está dentro del mercado, es su responsabilidad y su deber público el que los lleva a cumplir con su trabajo y a excederse en él, aún sin ningún tipo de recompensa económica. Y, mientras más alta sea la cualificación de un funcionario, más ocurrirá esto. La formación de un médico, de un profesor, de un juez, no le aporta mayor remuneración, le aporta conocimientos que para él son agradables, pero que siempre están vertidos al público. Público al que, en última instancia, se debe. Si atacamos a los funcionarios, atacamos la columna vertebral del estado. Y si atacamos a los médicos, profesores y a la justicia estamos  quebrando esta columna vertebral. No digo que no existan casos de corrupción, ni de vagancia, pero eso es achacable a la torcida condición humana y no a lo accidental de ser funcionario. La salud y la educación son bienes públicos. Tanto el médico como el profesor trabajan para el público y vierten su saber de decenas de años por la mayor calidad de la vida de los ciudadanos. No se puede permitir un ataque a los funcionarios a menos que se quiera desmantelar el estado, no digo ya el estado del bienestar. Profesores y médicos son grandes emprendedores que han llenado su vida con la idea de aumentar sus conocimientos por el bien público. Hoy en día, en el que el único valor es el económico se ha confundido a los emprendedores con los emprendedores económicos, personas absolutamente necesarias para el desarrollo económico de la sociedad, pero no se puede caer en ese reduccionismo.

Réplica a democracia y eutanasia.

 

            Lamento discrepar profundamente con el señor Sergio Ramos en su artículo del número 14 de La Gaceta Independiente que lleva como título: democracia y eutanasia. Para empezar se equivoca de título. Sólo en una democracia se puede defender el derecho a una muerte digna y a un suicidio asistido. El autor afirma que los que defienden el derecho a la muerte se equivocan porque la muerte no es un derecho. Aquí hay dos errores fundamentales. El primero es que los defensores de la eutanasia no son defensores de la muerte, sino de una muerte digna. Algo muy distinto y que sólo se refiere a ciertos caso y que, además, depende de la libre voluntad del individuo. Profundizaremos más sobre esto. Pero, por otro lado, se equivoca también cuando dice que no hay derecho a la muerte. No es que exista un derecho tipificado sobre la muerte, el derecho tipificado es el de la vida. Ahora bien, la propia muerte, en España, no está dentro del código penal. Es decir, que el suicida, si no consigue su objetivo no es castigado, como otrora lo fuera por la iglesia católica y en el caso de su consumación no podía ser enterrado en tierra sagrada. El suicida, para el cristianismo, comete el mayor pecado porque atenta contra dios. Es más, reniega de él. Es esta ideología, como en muchas otras religiones e incluso ideologías políticas, la que subyace a la negación de la eutanasia. Es una forma de control autoritario desde el poder de la voluntad privada, es decir de la libertad.

 

            Cuando se habla del derecho a morir con dignidad, o al suicidio asistido, si procede, por impedimento del paciente, no se habla del derecho a la muerte sin más. Se habla de la dignidad de la vida. El error fundamental que comete el autor, además de la ideología que subyace a su argumentación y que aquí y en otro lugar hemos desenmascarado, es considerar que la vida es el máximo valor. La vida no es el máximo valor. El máximo valor es la vida digna y no hay dignidad sin libertad. Y una forma de ejercer la libertad es optar por el momento de mi muerte si considero que en las circunstancias en la que vivo no llevo una muerte digna. No soy un apologista del suicidio porque si, simplemente entiendo que no esté penado porque sería un atentado contra mi libertad. También sé que muchos suicidios se cometen bajo ciertas patologías, sobre todo depresiones profundas, qué le vamos a hacer, la medicina no da más de sí. Y, además, no se puede medicalizar la ética. Es de todos conocidos que, cuando el depresivo decide con claridad su suicidio, la depresión desaparece y son capaces de urdir planes y estrategias de suicidio, cosa que un deprimido no es capaz de hacer, porque no es capaz de actuar, es uno de los síntomas de la depresión. Pero no es éste el tema, por lo demás, me gustaría que también el tema del suicidio sea tratado, no sólo desde la patología sino desde la ética, es decir, como una decisión personal.

 

            Pero no es éste el asunto del artículo ni de mi crítica. De lo que se trata es de la eutanasia y del suicidio asistido. Si la vida no es el valor máximo, sino la dignidad y, con ella la libertad, no se nos puede imponer. Eso sí que es un acto de barbarie. Es literalmente una tortura como he defendido en otro lugar. En definitiva no es más que el valor cristiano de la resignación, hay que aguantar y hay que resignarse y, de esa manera, el amor de los demás del prójimo se pone a prueba como diría el autor. Lo que hace falta es amor. Pues no señor, ese es un falso amor, eso es egoísmo y maltrato, es tortura con todas las letras y su profundo significado. El amor al prójimo se ejerce con la ayuda, con la ayuda a vivir y con la ayuda a morir. Y con la ayuda a tomar decisiones. El amor, además, tiene dimensiones mucho más amplias, por eso este amor es egoísta se refiere al próximo, al cercano. El amor hay que reservarlo para nuestros seres cercanos, pero la fraternidad es la forma de defender ese amor a nivel universal. Y la fraternidad consiste en la consideración de que todo ser humano es un ser digno, libre y autónomo. No se puede instrumentalizar. Cuando nosotros pretendemos preservar su vida a toda costa y en contra de su voluntad en nombre, nada más y nada menos, que del amor, lo que estamos haciéndole es instrumentalizarlo. Convertirlo en un objeto de nuestro supuesto desarrollo moral.

 

            Es verdad que las sociedades contemporáneas posmodernas se han vuelto muy egoístas, esto es algo que lo caracteriza. Pero de ahí a confundir la eutanasia y el suicidio asistido como el derecho a una muerte digna, puesto que tiene el derecho a la vida y esto supone ponerle el fin si así se desea, con pensar que lo que se defiende es que los ancianos, los débiles, los enfermos crónicos y terminales, los minusválidos… no tienen derecho a la vida es perder de vista todo el contenido de la argumentación y toda su lógica. Si algo caracteriza a los defensores de una muerte digna es precisamente el derecho a la vida. Toda vida debe ser protegida, pero desde la dignidad. Nadie puede decirle a nadie que su vida no es digna. Es un argumento viejo y caduco y que se menciona en el artículo y procede de un error del lenguaje. Los programas hitlerianos de exterminio de los débiles y diferentes se denominaron programas de eutanasia en un principio. Pero es un error; esto no es eutanasia, que es la consecución de una muerte digna y de forma voluntaria. Lo de Hitler es eugenesia que consiste en un genocidio basado en la idea de la purificación de la raza a la que se llegaría por la esterilización y el exterminio de los que son débiles, enfermos o de una raza supuestamente inferior. Esta confusión es simplemente demagógica. Es como el que nos quiere asustar con el hombre del saco. Por otro lado es un tremendo insulto a los que defendemos el derecho a la vida y el derecho a una muerte digna. La eutanasia no es un programa de exterminio sino una profundización del derecho a la vida. Es decir una profundización en la libertad, lo cual implica, de suyo, una profundización de la democracia. La legalización de la eutanasia y del suicidio asistido se hace desde la pluralidad democrática. Se trata de legalizar una situación que amplifica la libertad de acción de los ciudadanos. Es decir, una ley más universal, puesto que ampara a todos, a los que desean la eutanasia y a los que, por lo que sea, creencias, ideologías, religiones, simple miedo, pues no quieran. Las leyes en democracia se caracterizan por la regulación de los derechos, más que por la coacción. El hecho de que no exista una ley de eutanasia y de suicidio asistido es una coacción ante muchos ciudadanos. Esa ley es, primero, antidemocrática y, segundo, está en contra de uno de los principios de nuestra constitución y de los derechos humanos, el derecho a la vida, a disponer de mi propia existencia. Y la muerte es parte inexorable de mi existencia y cuando creo que ésta no tiene sentido tengo el derecho de ponerle fin. Y esto no plantea una disolución apocalíptica de la sociedad, como sugiere el autor. Esto amplia nuestras libertades, no coacciona, que es lo propio de la democracia. Además, el fundamento de esta ley no es el exterminio, como parece pensar el autor, si no la fraternidad y solidaridad ante aquel que siente un dolor inmenso del que no puede escapar por una ley autoritaria que le impide morir con dignidad. Los cuidados paliativos y la atención de la familia son importantísimos, por su puesto, pero la decisión final del paciente debe ser respetada absolutamente. Es un ser autónomo y no un niño, un ser capacitado, es decir, legalmente y de hecho libre. Por otro lado, además del dolor físico que los cuidados paliativos, alivian e incluso eliminan, pero no en todos los casos, hay dolores refractarios, que así los llaman los médicos encargados de los cuidados paliativos, que no se pueden aliviar, es verdad que estos son pocos caso, pero es una auténtica tortura. Pero decía que, además de este dolor físico tenemos un dolor espiritual, el haber perdido nuestra dignidad. Y esto es muy subjetivo. Ante una misma situación dos individuos pueden tomar decisiones distintas. La de morir o la de vivir. Y a esto se le llama libertad. A la prohibición de la muerte digna se le llama autoritarismo, además de tortura egoísta y narcisista. Pero el problema, insisto, es el gran peso de la tradición…

PENSAMIENTO

Filosofía: una comunidad inexistente

MANUEL CRUZ  24/09/2011

Quizá los filósofos deban fijarse en los científicos para compartir procedimientos fecundos en el desarrollo de sus conocimientos

Nosotros somos seres racionales

de los que toman las raciones en los bares

Siniestro Total, Somos Siniestro Total

Desde que Thomas S. Kuhn le concediera un lugar preeminente en su propuesta teórica, el concepto de comunidad científica ha venido siendo utilizado cada vez con mayor asiduidad para referirse al conjunto de autores que comparten el conocimiento y la práctica de una misma disciplina. Sin embargo, está lejos de ser evidente que el concepto pueda utilizarse de forma tan irrestricta como suele hacerse. Por poner el caso que mejor conozco, el de la comunidad filosófica, me atrevería a afirmar que uno de los rasgos más característicos de su peculiar naturaleza es precisamente el hecho de que incumple buena parte de los estándares que Kuhn prescribía a una comunidad para ser tal, esto es, para desempeñar el papel protagonista en la historia de su disciplina que, según él, desempeñaban aquellas comunidades que sí los cumplían.

Entre filósofos no existen ni las revistas de referencia que sancionan de forma irreversible lo que debe ser considerado un avance de la disciplina, ni los libros de texto universalmente aceptados que sirven para formar a los futuros miembros de una comunidad, ni ninguno de los demás rasgos con los que el autor de La estructura de las revoluciones científicas describiera a dicho tipo de grupo. Y aunque es cierto, como ha sido señalado en más de una oportunidad, que algunos filósofos parecen haberse deslizado en los últimos tiempos hacia un hiperespecialismo que no tiene nada que envidiar al de los científicos duros más conspicuos (de manera que no es raro que, pongamos por caso, el especialista en filosofía griega alardee de desconocer por completo el pensamiento contemporáneo, el esteta sonría displicente ante cualquier tipo de consideración ética y el ético, a su vez, desdeñe todo lo relacionado con la lógica formal o la teoría de la ciencia) lo cierto es que, en el interior de cada uno de esos universos, no rigen criterios inequívocos a la hora de valorar las aportaciones y propuestas de un autor.

Probablemente sea eso (sin descartar motivaciones psicológicas, que, como es obvio, no vienen al caso) lo que se encuentra en el origen de esa variedad de aparentes elogios (en el fondo, inequívocamente envenenados) que se prodigan entre sí los miembros de la comunidad filosófica, de los que un inicial muestreo podría ser el siguiente (entre paréntesis se indica lo que el presunto elogiador de veras opina):

1. "En realidad es un poeta" (o sea, no es un genuino filósofo).

2. "Es una pena que se haya metido en política" (de hecho, siempre utilizó el pensamiento como palanca para alcanzar el poder).

3. "Donde de verdad luce es en sus conferencias" (no nos engañemos, lo suyo es una pirotecnia insustancial pero muy efectista, propia de un encantador de serpientes sin mayor fundamento teórico).

4. "Su mejor libro es el primero" (esto es, desde entonces no ha hecho otra cosa que repetirse).

5. "A mí donde más me gusta es en sus artículos periodísticos" (... porque los libros que ha escrito -la prueba del algodón para comprobar el talento del auténtico filósofo- carecen del menor interés).

6. "Sin duda es un tipo muy listo" (de hecho, ha salido a flote por su principio de realidad -i. e., por su capacidad de adaptación al medio- pero no por sus méritos propiamente filosóficos).

7. "Es muy trabajador: no para de hacer cosas" (en definitiva, sustituye la calidad por la agitación pública permanente del propio nombre)... Y así sucesivamente.

Como se habrá podido observar, el común denominador de todos estos aparentes elogios es que localizan las virtudes del presunto elogiado en un lugar distinto (y de menor importancia o valor) del que se supone que realmente debería contar, que no es otro que la actividad académica, entendida, además, en un sentido extremadamente restrictivo. El problema es que ese lugar desde el que se pretende dictaminar la ausencia de valor de la tarea ajena es, en sí mismo, un lugar de casi imposible definición (por no decir un lugar vacío). Buena prueba de ello la constituye el hecho de que también los elogios, aunque sean sinceros, que a menudo estos hipercríticos-con-los-otros dedican a los del propio grupo resultan susceptibles de análoga decodificación. En efecto:

1. Afirmar de alguien que es "un filósofo socrático" se puede interpretar, no sin cierta malevolencia, como equivalente a que el elogiado no ha escrito prácticamente nada,

2. Señalar que "ha dedicado toda su vida a la universidad" admite sin gran esfuerzo la traducción libre de que el personaje en cuestión se las ha apañado para no dejar en ningún momento de ocupar algún carguito en el organigrama universitario,

3. Enfatizar que "se ha negado a hacer concesiones fáciles" casi siempre es una forma maquillada de decir que sus textos resultan de muy difícil inteligibilidad; o, en fin (por terminar en algún sitio),

4. Resaltar (por lo general con tono solemne y voz engolada) que un pensador determinado "posee un sólido conocimiento de los clásicos" a menudo de lo que de veras está informando es de que el susodicho está decididamente al margen de los debates más actuales y urgentes.

Tal vez a los filósofos no nos viniera del todo mal disponer de criterios unánimemente compartidos que nos permitieran ir dirimiendo, de la forma más consensuada posible, el genuino valor de nuestras propuestas teóricas. Tras tantos años denostando la manera de funcionar de los científicos (tan incapaces ellos, según nuestros autosuficientes clásicos -la desdeñosa crítica de Heidegger a la técnica vendría a constituir un ejemplo paradigmático-, de pensar el sentido profundo de su propia tarea), acaso haya llegado la hora de importar alguno de esos criterios que, desde luego, tan buen resultado parecen haber dado a los primeros en sus respectivas disciplinas. Cuando menos, les ha permitido constituirse en comunidad e ir pactando procedimientos fecundos para el desarrollo de sus conocimientos. Habrá que ir con cuidado, claro está, para que lo que se importe sean sus virtudes y no sus patologías. Pero en todo caso siempre resulta preferible constituir comunidad que no mera tropa (conde de Romanones dixit), especialmente si a lo que ésta se aplica con especial ahínco es a la producción de elogios envenenados del tipo de los relacionados en el presente texto.