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Filosofía desde la trinchera

Y DESPUÉS DE NO HACER NADA, ¿QUÉ?

 

            Comparto todo lo que dice José Miguel en su artículo. Creo que es retórico y lleno de burla y gracia. Un escrito que dice cosas sin dañar demasiado porque ya los oídos no escuchan la retórica que hace un gracioso, minucioso y certero repaso de todos los males educativos que nos han llevado hasta donde estamos. Y la situación es degradante y penosa. Pero no es cosa de gracia, sino de burla y de sarcasmo frente a los que han sacado esos engendros de leyes que han engañado a la ciudadanía con palabras como igualdad, democracia…pueaff, para en realidad establecer un sistema de control férreo de las conciencias. Un control de la población, que, quizás, sea inevitable. Pero que, aquel que tenga un poco de dignidad debe gritar a los cuatro vientos en contra de ello.

 

            Los políticos, buen consejo de José Miguel, no deben hacer nada, todo lo que han hecho ha ido a peor. Pero los profesores, tampoco han hecho nada, se han vendido por un plato de lentejas. Y todo hay que decirlo. Y han aceptado las prebendas, a través de las cuales se les ideologizaba y se les mantenía bajo control. Si no participas no cobras. Mucho tienen que pensar los políticos antes de hacer. Pero sí que se puede hacer. Digo algunas cosas. Para empezar hay que desenmascarar la última cacicada de Europa, desmantelar Bolonia, esto le corresponde a la universidad, o sea, nuestro gozo en un pozo. En segundo lugar hay que derogar la Logse-Loe y crear una ley general de educación para el estado, eliminando tanta farsa de nacionalismo. Esa ley debe recoger la universalidad de la educación, pero no la obligatoriedad. Los servicios sociales han de encargarse de que se ejerza el derecho universal a la educación. Acabar de una vez por todas con la educación concertada. En una economía mixta está perfectamente permitida y legislada la actividad privada, de modo que la educación privada es privada y punto. Sólo esta medida aumentaría la calidad de la enseñanza enormemente, sobre todo en los grandes centros urbanos. Separación de la FP de la secundaria. El problema de la FP nunca ha sido resuelto en España, y se necesitan profesionales. Pero no se le da calidad a la FP por ponerla junto con el bachillerato; sin porque se la toma en serio el m ministerio y la sociedad. Un bachillerato de cuatro años, dos dentro de la enseñanza universal y dos optativos. Eliminar la amplia oferta de la optatividad. De lo que se trata es de formar ciudadanos en las ciencias y las humanidades clásicas, ya tendrán tiempo de especializarse. Recuperar el papel de que el profesor es un transmisor de conocimientos y virtudes (no digo valores para que no se me mal interprete) orientar todo el sistema educativo a la formación del ciudadano, la formación técnica, absolutamente necesaria, es posterior y accesoria sobre la educación cívica. La educación secundaria debe ser la base de la construcción de una sociedad de ciudadanos libres y cosmopolitas. Es necesaria la rebeldía en el profesorado. El profesorado, es la clase, actualmente, más aborregada, es increíble, son los que en teoría serían los profesionalmente más formados y encargado de la formación del futuro ciudadano y se comportan como borregos. Son obedientes y sumiso. La primera gran hornada de la LOGSE ha hecho su efecto. Como nada de esto van a pensar los políticos, y si alguno lo lee, y no pongo mas cosas porque estoy aburrido, cansado, hastiado y sólo me importan ya mis alumnos, los de cada año para intentar inculcarles un poco de conocimiento y virtud, dirá que soy un troglodita, o un reaccionario, o incluso un facha, por aquello del estado nacional, pues mejor es que, como dice José Miguel, que no hagan nada. Porque si algo hay que hacer es demolerlo todo. Aquí se aplica la sentencia de Nietzsche, “yo no soy un filósofo, soy dinamita”. Por eso en educación pondría una gran carga que lo volase todo por los aires. Entrar en un instituto, en una CCP, en un claustro, en una reunión de tutores es algo kafkiano. Se Paree a “El proceso”. Yo huyo de todo esto y me refugio en el consuelo de la filosofía y en la enseñanza de toda la vida, la transmisión directa de conocimientos y virtud, si me dejan estas generaciones con las que la posibilidad de comunicación casi está perdida. Saludos, José Miguel y seguimos en la trinchera.

 

 

TRIBUNA: MONIKA ZGUSTOVA

Un político debe regir la economía

MONIKA ZGUSTOVA  01/11/2011

Václav Havel, el expresidente checo, acaba de cumplir 75 años. Poco antes de su fiesta de cumpleaños, a la que acudieron varios centenares de sus amigos -entre ellos la ex secretaria de Estado norteamericana Madeleine Albright, el dramaturgo inglés Tom Stoppard, el periodista polaco Adam Michnik y muchos compañeros de viaje de la época de disidente-, conversamos un rato. Havel empezó por referirse a la profunda crisis de la política.

"En mi país, la expresión contexto político o fondo político se interpreta como contexto sospechoso, fondo sospechoso. El significado de la palabra política se ha vuelto negativo", ríe con sorna, y opina que hay que regenerar los partidos políticos y revisar su relación con el poder económico. "Siempre he sido políticamente activo como ciudadano pero nunca ansié llegar a ser político profesional. Naturalmente, mi actitud activa tuvo su influencia en la sociedad. Después de muchas dudas comprendí que si no aceptaba la función de presidente, hubiera desilusionado a los que creían en mí". Y acto seguido me confiesa que había cometido errores como presidente: puesto que no era un especialista en economía, se fio poco de su instinto en esa materia. Creyó que los economistas sabían lo que hacían. "¡Ese fue un error enorme!", exclama.

En la actualidad y a nivel mundial, parece que la economía y la industria financiera se imponen a los políticos y no viceversa, reflexionó en voz alta, y Havel repite que ese es un peligrosísimo error: un político debe regir el comportamiento de la economía y las finanzas, un político debe imponerse a la economía y las finanzas. Un buen político debe influir en la sociedad, liderarla, proponer las prioridades y, si los ciudadanos le votan, ejecutarlas con responsabilidad.

En la escena internacional actual se echan en falta auténticos líderes, con más razón aún porque el mundo occidental atraviesa un delicadísimo momento de cambios de todo tipo, opinó. En voz baja y nostálgica, el expresidente y exdisidente confiesa conocer a decenas de personalidades, en muchos países, que podrían ser políticos excelentes. Pero los partidos no les apoyan porque prefieren a sus propios cuadros, aunque no sean los más aptos.

Pienso en una equivocación de Havel a la hora de apoyar con su firma la intervención de Irak, y le pregunto si es menester intervenir contra un tirano especialmente cruel y odiado, como se ha hecho con Gadafi. Y Havel se mantiene fiel a su actitud de entonces, aunque la matiza: "Hay que intervenir contra un tirano. No hay que prorrogar las cosas, esa es mi experiencia. Cuando yo era presidente, se habló mucho de apartar a Milósevic, y ese periodo de dudas significó muchos más muertos, violaciones y torturas". Le pregunto si es por eso que fue partidario de apartar a Sadam Husein. Havel contesta que sí: "Pero había que hacerlo de manera contundente y rápida, en absoluto como se hizo". La primavera árabe le recuerda el proceso de la caída del Muro, cuando iba cayendo un país tras otro, y todos se liberaban del pasado con ansias y ganas de renovarse.

Inevitablemente, nos ponemos a conversar sobre la grave crisis del mundo occidental, y no solo económica y financiera. ¿Qué ha pasado? Con su voz grave, formulando sus reflexiones lentamente, Havel opina que hay un peligro que se cierne encima de la civilización occidental: ese peligro no viene de fuera, sino que está dentro; es el comportamiento vacilante y temeroso de nuestros políticos en cuyo horizonte solo están las próximas elecciones y sus intereses particulares. Tal vez faltan los Helmut Kohl, François Mitterrand, sugiero. Es más, dice Havel, faltan verdaderas personalidades: Winston Churchill, Charles de Gaulle, que seguían su idea aunque esta no fuera popular a corto plazo. Esos políticos llegaron a tener autoridad y respeto y, al final, incluso apoyo. Eso es lo que falta hoy. Es un fenómeno de nuestra civilización en el momento actual. Y tras una breve reflexión Havel dice que Europa debería imponer sus valores intelectuales y éticos a la carrera de crecimiento en la que compiten la mayoría de los países del mundo.

Ante este hombre, prematuramente envejecido y muy enfermo, y para disipar las nubes, me pongo a hablar en tono más ligero de las cosas que me irritan en Praga. Pero Havel mantiene la gravedad de su análisis: le molesta, en su país, la incapacidad de encontrar y castigar a la mafia. El poco respeto que se tiene por el paisaje. La arquitectura contemporánea, insípida e impotente. La dictadura de los medios de comunicación, cada vez menos serios. Y sobre todo, el abismo que se abre entre los políticos y el pueblo, un problema tanto local como de toda Europa. "A nivel mundial", explica, "la responsabilidad del hombre no está al nivel de su saber. Debemos actuar contra la presión del poder económico y financiero. No podemos tolerar las dictaduras de ningún tipo. Es menester una especie de renacimiento existencial de nuestra civilización y espero que para su realización no haga falta un cataclismo".

De todas formas creo que es una tendencia mundial. Existen sus peculiaridades en latinoamérica debido al atropello del FMI y el BM hicieron allí en los años noventa. Pero la crisis provocada por el neoliberalismo afecta a nivel mundial. Es una crisis que tiene sus inicios en tornos a mediados de los setenta, cambio del patrón oro y subida de los precios del petróleo. Se decide acabar de una vez por todas con el estado, este es el objetivo de la “política” neoliberal. Desde los años setenta, no hay que esperar hasta ahora ahora, la política se rige por la agenda del poder económico. Y estamos viviendo las consecuencias catrastróficas de las políticas neoliberales. Y esto es sólo el principio. Aconsejo la lectura de la obra de  José V. Sevilla “El declive de la socialdemocracia” es sumamente esclarecedora en este sentido.

                                   El poder como control.

 

            Toda forma de poder es una forma de control. De control de la conciencia de los ciudadanos y de control del ciudadano en su conjunto. El poder, por lo tanto, intenta por todos los medios instrumentalizar al individuo. La persona, en tanto que sujeto libre con capacidad de pensar es siempre un enemigo del poder. Es alguien del que el poder desconfía, por eso siempre intenta tenerlo controlado.

 

            Pero no sólo me refiero, como puede parecer aquí, a los gobiernos totalitarios. Por otro lado, todo gobierno es, de una manera u otra totalitario, en la medida en la que todo gobierno persigue el control, más o menos explícitamente de los ciudadanos. Me refiero también a la democracia. Hay muchas razones para sostener la hipótesis que aquí mantengo. Y quizás sea oportuno recordar algo de esto, aunque sea a vuelapluma, ahora que estamos en precampaña electoral. Es decir en la precampaña de la gran pantomima de la democracia-partitocrática. Una de las grandes falsedades que se han transmitido a lo largo de la historia es la de que el hombre es un ser racional. Aquello lo dijo Aristóteles, igual que dijo que el hombre era un ser social. Y no se puede ser social sin afectos. Aristóteles, antes que todos estos defensores de la inteligencia emocional ya sabía que había una unión inseparable entre razón y afecto o pasión. Por eso precisamente las virtudes consistían en elegir el justo medio, para lo cual es necesaria la prudencia. Pero la historia cometió el reduccionismo de separa la razón de los afectos y las pasiones. Y aquí esta el asunto de las cosas.

 

            La polémica política que se da entre los sofistas y Sócrates es que los primeros pretendían convencer a la ciudadanía por medio del discurso, la retórica. Y ésta va dirigida al corazón. De lo que se trata es de mover las pasiones para crear un estado de ánimo que produzca una opinión. Es el corazón el que nos convence de lo que debemos hacer. El racionalista Sócrates pretendía acceder a la verdad por medio del diálogo. Como diría hoy Habermas, por medio de la comunidad ideal racional. Pues esto no existe. Las emociones priman. Y no es que lo diga yo, es que son las leyes del funcionamiento del cerebro.

 

            Nuestro cerebro tiene dos emociones fundamentales, el miedo y la esperanza. Los discursos políticos van dirigidos, según les convenga a los partidos, a fomentar el miedo o la esperanza. Y el que se va a llevarse el gato al agua será aquel que tenga la mejor retórica, o, mejor dicho, demagogia, porque con los discursos políticos no se persigue el bien de la polis, sino el bien privado, el del partido, el de la casta, el de los amigotes y el de todo aquel, que incluso en un estado democrático se erige por encima de la ley. Estas dos emociones vertebran nuestra vida, si algo nos produce pavor huimos de ello como de la peste y optamos por la opción, que ahora sí, se nos presenta de una forma racional. Si la situación es la de esperanza, pues lo mismo podemos decir. En las próximas elecciones, precisamente, habrá una ambivalencia de discursos entre los que defiendan la esperanza y los que defiendan el miedo. Así, de esta guisa, podemos decir que en la democracia tampoco existe la tan ansiada libertad ilustrada, no hay autonomía, los partidos, unidos a los oligopolios de los medios de comunicación crean un estado de opinión, que no es más que un estado de pasión o afectivo, no un estado de saber. Y es esto lo que nos ata al poder. El poder nos controla controlando nuestra mente. Nuestra racionalidad es escasa, los medios de comunicación alternativos más escasos aún, la voluntad para sobreponerse desde la razón a los emociones flojea. Las fuerzas declinan.

 

            De momento el poder domina a la ciudadanía. Y, la democracia ha sabido adaptarse para conseguir el mismo fin: el control masivo del ciudadano. Por eso, desde esta perspectiva la democracia queda legitimada como el gobierno del pueblo. El pueblo es una entelequia, el pueblo es una creación del poder, los partidos y los medios de comunicación. Y no hay más salida. El hombre no da para más, porque el hombre renuncia voluntariamente a su libertad. Es aquello de la servidumbre voluntaria. Por eso el que está en el poder, que está ahí precisamente porque tiene una intuición especial y sutil sobre la naturaleza humana, no olvidemos “El príncipe” de Maquiavelo, utiliza todas las artimañas a su alcance para controlar al ciudadano y eliminar a todo aquel que pueda hacerle sombra, todo desde una aparente legalidad. La pasión del príncipe es la soberbia, está por encima de la ley. Hoy en día nuestros políticos, al vivir en lo que llmamos estados de derecho (una exageración, permítaseme), no pueden saltarse la ley a la torera, pero lo hacen. Son más frecuentes de la cuenta los casos de corrupción, y mucho más frecuente la corrupción de baja intensidad, aquella que se practica en la baja política. El político es un hombre frío y sagaz, para el pueblo, no así en su vida privada que ésta no nos interesa para nuestro análisis, carece de sentimientos y, sobre todo, de empatía. Los ciudadanos son para él objetos, piezas de un ajedrez que mueve a su antojo con el fin de ganar la partida, de tener más poder. Por eso el político ejerce un control total sobre la ciudadanía, porque la soborna con premios y prebendas y así le insufla la esperanza, o las amonesta asustándolas con el hombre del saco. Dominio, poder, esa es la pasión del político. Pasión que, por lo demás, no debe sorprendernos; es común a los primates y a los homínidos, como a muchos otros mamíferos.

 

            Sólo una educación de la efectividad desde la racionalidad, en el sentido Spinoziano, podría sacarnos de esta situación. Pero siento ser demasiado escéptico. Primero quedo abrumado con la servidumbre voluntaria de La Boetie y, luego, el asunto del fuste torcido de la humanidad de Kant remacha mi escepticismo. Y, por otro lado, los que hablan de emancipación de la humanidad, de conciencia universal, de una nueva era, son redentores que tras de sí arrastran la sangre de milenios. Quizás lo que nos quede es ir corrigiendo de forma fragmentario este sistema archidefectuoso al que, graciosamente y permitiéndonos la licencia, llamamos democracia.

El burka, la prohibición y la esclavización de las mujeres.

 

            Vamos a extender aquí, por simplicidad el burka a cualquier velo islámico, incluso el velo corto que lleva toda la cara descubierta. Lo que nos queremos es plantear una cuestión de fondo. El problema es si se debe permitir el uso del velo islámico o no. Mi respuesta es que, de ninguna de las maneras, ni en público, ni en privado. El uso del velo islámico, mucho más el burka que es de la tradición de Afganistán y anterior al Corán, no tienen nada que ver con la religión. Se ha hecho un flaco favor en la discusión sobre este asunto a las mujeres, sobre todo cuando los interlocutores son hombres. Hay muchas dimensiones sobre el uso del burka y el velo. El asunto no es religioso, sino político.

Una primera dimensión política es que el velo fue utilizado por las mujeres en el proceso de descolonización como seña de identidad contra occidente. El velo marcaba las diferencias de civilización. La ropa musulmana, en este caso también masculina, era una proclamación de identidad frente al invasor occidental. Pero hay otra dimensión política mucho más importante. No existe en el Corán ninguna relación con el burka, es decir, que esto tiene que ver con las instituciones eclesiásticas. Y, como sabemos, el Islam no es como el catolicismo, sino que las escuelas varían y conforman sus doctrinas altamente contaminadas de la política. El burka y el velo son cuestiones de poder del hombre sobre la mujer. Deben prohibirse en lo público y en lo privado en nombre de la libertad.  El burka y el velo es el símbolo de la posesión del hombre sobre la mujer. Es tremendo ver en occidente a los hombres musulmanes ataviados con la ropa y accesorios occidentales y a las mujeres ocultas tras sus velos. Esto no es más que poder, opresión y esclavismo. Existe una realidad oculta tras el velo que es la del integrismo religioso y político que elimina la libertad de las mujeres y las tortura.

Pero también hay otro factor importante que ayuda a mantener este estado de cosas y es lo que la autora Tamazali  en su El burka como excusa llama terrorismo intelectual. Me estoy refiriendo al relativismo cultural alimentado por la izquierda feminista. El relativismo pone en pie de igualdad a todas las culturas, exigiendo el respeto de todas las costumbres. Esto es una farsa absolutamente inhumana que impide el proyecto ético de la humanidad. Que impide la consecución de los derechos humanos y de la democracia. Es una doctrina posmoderna que ha calado en la izquierda progre acarreando tremendos males sociales. La izquierda feminista asume este relativismo y pretende defender a la mujer. Pero confunde su identidad, con su libertad. Ve antes la cultura que el individuo, reduce al individuo a un conjunto de normas culturales. Tremendo error. Se nos dice que hay mujeres que voluntariamente quieren llevar el velo, y tenemos testimonios abundantes de ellos. Pero esto es falso, en una sociedad cerrada, en la que no existe la libertad, en la que hay una jerarquía, es fácil asumir el papel. La libertad no se da en este tipo de sociedad, no es más que apariencia. La libertad sólo es posible en las sociedades abiertas. Aún así podríamos cuestionarnos cuánto grado de libertad tenemos cuando hacemos, hablamos y vestimos como lo hacemos. Por eso Fátima Mernisi en su El Islam en el occidente titula su último capítulo, de forma provocadora, El burka en occidente es la talla 38. Que cada cual reflexione y se analice para saber hasta qué punto es libre. Nunca viene mal un poco de conocimiento de sí mismo.

Y para otro artículo queda las manifestaciones públicas de los santos del catolicismo en procesiones seguidas de altos cargos públicos. Lejos nos queda el laicismo y la pluralidad de ideas que él defiende. La pasión y muerte de Jesús, además de ser un acto privado hecho público con la connivencia del poder político, es sádico y masoquista. Nos enseña un mundo de dolor, sufrimiento y venganza contra los no creyentes. Es una religión excluyente y torturadora que elimina al ser humano de su horizonte en el que sólo cabe el poder.

¿Se vive mejor sin dios?

 

            Con esta pregunta, Juan Arias, desarrolla un artículo recientemente aparecido en el País. La pregunta tiene sus trampas y recovecos. Y se puede mirar desde diversas perceptivas. Además, desde mi punto de vista, la cuestión de vivir bien o mal, la felicidad o, mejor, el bienestar, es algo muy casual y accidental, que incluso tienen que ver con nuestra lotería genética. Pero el autor, y yo en mi reflexión lo voy a ceñir al ámbito teológico-antropológico. Hay que partir del hecho de que Juan Arias es creyente, mientras que yo soy un ateo convencido, estudiado y militante. Digo estos calificativos porque hoy en día se tiende a confundir el ateismo con la indiferencia y el agnosticismo y las tres cosas son bien diferentes.

 

            El dios en el que cree Juan Arias es el dios de la paz, de la caridad, el que nos aparece en los evangelios. No es pues, ni el del antiguo testamento, ni el de la iglesia como constitución. No puede aceptar un dios que quiera el mal para el hombre. El mal, he aquí el problema fundamental de la teología cristiana. Si existe el mal en el mundo, cómo es posible que exista dios. Cómo puede permitir dios el holocausto, las masacres, las muertes de inocentes, el genocidio, el exterminio del hombre por el hombre y del hombre sobre la naturaleza. Ése no es un dios de la redención ni de la paz. Es el dios a imagen del antiguo testamento, un dios guerrero, del fuego, vengador y justiciero. Un dios que no conoce al hombre en tanto que persona. Un dios que instrumentaliza a su criatura. Un dios que se divierte en el juego de la historia con el sufrimiento humano. Un dios que elige un pueblo y que castiga de forma inmisericorde al resto de la humanidad. Creer en ese dios no produce ningún bienestar. Ya lo dijo el viejo Sócrates, es mejor padecer una injusticia que cometerla. El dios vengador es el dios que, arbitrariamente, y por su divina voluntad, se toma la justicia por su mano. Bajo ese dios nos convertimos en miserables.

 

            Pues bien, resulta que vuelven los tiempos de ese dios. El neoconservadurismo cristiano se está radicalizando llegando a un integrismo claro y conciso. Un integrismo que ataca a la igualdad de hombres y mujeres, a la dignidad de la vida humana, a la libertad de creencia, al pluralismo y, en última instancia, a la modernidad. Una iglesia integrista que ve todos los males en la Ilustración, la modernidad, aquella que la desbanco del poder político, económico, religioso y supersticioso. Esa herida no se ha cerrado. Los discursos papales están cada vez más cerrados doctrinalmente. El caso es que la ciudadanía de los creyentes no lo escuchan. El papa, la iglesia, todo se ha convertido en un espectáculo. Si profundizas y le dices a un joven creyente todo lo que está detrás, y no tan detrás, del discurso papal, pues inmediatamente salta como un resorte y no lo admite. Lo que sucede es que todos son lo suficientemente ignorantes, poco esforzados, como para decir que ellos no creen en el papa o en la iglesia, pero sí en dios, o en algo. ¡Menuda tontería! No me detengo a analizarlo, simplemente decir que esto no es más que el fruto de nuestra mente mágico-mítica, que todos la poseemos… el paso del mito al logos es un acaecer histórico que no elimina nuestras estructuras antropológicas.

 

            Así, creo que se vive bien y satisfactoriamente pensando en la idea de un dios bueno, un dios que manda la fraternidad. Ese dios nos esforzará y nos dará esperanza para luchar por la justicia global. No entro en la parafernalia de los rituales y liturgias de este dios, creo que deben ser las mínimas posibles. Primero el pan, después la convicción. En definitiva defiendo aquí el discurso de los teólogos de la liberación “fuera de los pobres no hay salvación”. Esto es lo importante. Desde luego que dedicarse a esa vida no va a producir bienestar, sí el placer del deber bien cumplido, y el placer de una cara agradecida; y todo, independientemente de que dios exista o no, eso nos trae sin cuidado. Eso sí, el creyente tiene la esperanza de que ése es el camino de la salvación, el ateo, por el contrario, sabe que nada tiene sentido, pero se satisface con ese pequeño placer.

 

            Ya digo que es cuestión subjetiva la que se plantea en el rótulo del artículo. No sé puede saber cómo se es más feliz. Considero que uno debe luchar contra el engaño. La religión como institución es un engaño y un mecanismo de control de la conciencia. Y las religiones, salvo en contadas ocasiones, sólo son viables desde la instituciones. Creo que el creyente vive engañado, pero siempre puede encontrar esa puerta de salida que es la de la fraternidad o justicia universal: el discurso de la montaña y el del buen samaritano.

 

            Por su parte el ateo sabe que no hay dios y todo lo que ello conlleva. Si dios no existe nada tiene sentido. Dios es el concepto absoluto sobre el que se apoyan los demás conceptos. Si no hay dios lo que nos queda es el nihilismo naturalista. Somos animales, como cualquier otro, cuya existencia se debe al azar y la necesidad. Una de nuestras formas de adaptación ha sido la cultura, en la que se encuentra la creencia y la religión, las adaptaciones han funcionado, pero no hay una correlación con la realidad porque, para empezar no existe una realidad objetiva, sino recreada por el hombre. El ateo puede caer en la desesperación, y su opción sería el suicidio. Pero también puede convertirse en un hedonista que disfruta mesurablemente de los placeres de la vida. El ateo no tiene esperanzas, porque no existe una historia de la humanidad, pero sí puede pensar en aliviar un poco el dolor de sus semejantes. Porque, aunque no haya una historia universal del hombre, sí existe la empatía. La felicidad del otro nos produce placer y su dolor desgracia. Así que muy bien el ateo puede “esperanzarse por construir un mundo mejor. Y ahí coinciden creyente y ateo y no hay porqué revisar los argumentos.

 

            En cuanto a los indiferentes, la mayoría de la humanidad pertenecen a esa parte de la humanidad despreciada por Sócrates, que decía: “una vida sin ser analizada no merece la pena de ser vivida.”

Has utilizado no sólo la retórica, sino la erística, el arte de convencer de una cosa y de lo contrario. Se nota claramente tu formación en derecho. Pero no entiendo ese pragmatismo, cuando el derecho tiene una dimensión teórica inseparable de la ética y de la constitución de la ciudad y, sobre todo, del estado, a partir del renacimiento. Ello implica que la ley, que se funda en la razn es una abstracción, la máxima abstracción, ni la de las matemáticas. Eso de que la razón es etérea, no lo entiendo. Y, que como no pertenece a nadie, pues no existe. Es un error lógico, perdona, pero no recuerdo el nombre de la falacia, a lo mejor tu si. De que no pertenezca a nadie no se sigue que no exista. Un coche puede no pertenecer a nadie, o mejor un objeto de la naturaleza puede no pertenecer a nadie y de ahí no se sigue su inexistencia. Lo que yo quería decir es que el ágora, la plaza pública es un lugar vacío, del que se reía Jerjes, el emperador de los persas, para qué querrán un lugar vacío. Pues muy sencillo, para hablar. Nótese que lenguaje en griego es Logos. Es el logos lo que los unifica y es el logos lo común, y el logos, razón, lenguaje, lo que queda cuando cada cual se va a sus asuntos privados, los importantes, desde luego son los público, la res pública o la política. Y nada más. La razón existe en tanto que está encarnada en el lenguaje y éste es universal. La demostración del teorema de Pitágoras se hace desde el logos y es universalmente válida. Por eso Platón se inspira en los pitagóricos para combatir a los sofistas que habían convertido la razón en algo privado. Esto es, habían secuestrado el lugar común del logos, donde todos nos podemos entender por su propios intereses particulares, de ahí la degeneración de la democracia ateniense. Es como hoy en día, el ágora, que es la representación del pueblo por parte de los políticos, está secuestrada por el interés del mercado y de los propios partidos que se autorepresentan. De ahí, que el ciudadano de a pie no se sienta representado, porque ha sido desalojado del lugar común.

 

            Por otro lado, por su puesto que no somos racionales, somos más pasionales. Efectivamente. Y, es más, nuestra razón está cargada de afectos y así lo entendieron los griegos. El ideal de la sabiduría aristotélica es el bien cmún que se alcanza por las virtudes morales (la virtud es el medio de dos vicios) y los intelectuales. La máxima virtud es la prudencia que implica la capacidad de media, de cálculo de la justa mitad entre dos vicios. La prudencia, pues, es el dominio de las pasiones. No podemos separar afecto de razón. Pero tampoco podemos caer en el dualismo mente cuerpo, razón pasión. Son absurdos y reduccionistas.

Yo me he educado y curtido en el escepticismo y, por eso, lo de la razón, o tener la razón, me resulta extraño, vanidoso, y presuntuosos. El arte de tener la razón es la buena retórica, ésa que practican los buenos abogados y que inventaron los sofistas. Pero mi camino es el socrático, frente a la retórica, el diálogo, y aquí la razón es común, no pertenece a nadie. Es un instrumento para la búsqueda del conocimiento. Pero disculpa mi discurso filosófico (precisamente estoy con estos temas ahora en clase), una cosa es la pretensión teórica y otra el carácter. Por eso digo que me he curtido en el escepticismo, no es mi forma natural de ser. Considero que no hay criterios de verdad que nos permitan dilucidar la verdad, pero sí la verosimilitud y la objetividad. Y, por otro lado, considero que todos, unos más y otros menos, pretendemos llevar la razón. Pero esto no tiene que ver con la razón, sino con el poder. El que tiene la razón tiene el poder, o a la inversa y eso ha sido una buena estrategia de supervivencia evolutiva, por eso está marcada a fuego en nuestros genes. Y por eso no se puede confundir verdad con razón. El querer imponer la razón es el querer imponer el poder. El que tiene el poder, de por sí, no tiene que utilizar la fuerza para imponer la razón, la utiliza para amedrentar. De ahí el gran salto griego, el surgimiento de la ciencia y de la filosofía. Consideraron que la razón no pertenecía a nadie. Que la razón habitaba en el ágora, la plaza vacía, de la cual todos los hombres libres, desde la isonomía e isegoría, podían participar. Esto constituyó una revolución intelectual y ética, primero la idea de cosmos y después la de democracia, de la cual hoy en día somos herederos y constituyen los pilares de la civilización occidental. Civilización que se va al carajo, no por la desaparición del euro, sino porque lo que se pretende es acabar con la vieja Europa y esos valores que he comentado.