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Filosofía desde la trinchera

TRIBUNA: JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON

Laicismo y búsqueda de la verdad

La visita de Benedicto XVI a Madrid volvió a poner de manifiesto los conflictos de la Iglesia católica con la ciencia y con el Estado. Su insistencia en combatir el laicismo suena a lucha por el poder

JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ RON 23/09/2011

Aunque el tiempo, que tantas cosas borra, vaya pasando, no es conveniente dejar de reflexionar sobre la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Madrid el pasado mes de agosto. El que cientos de miles de jóvenes se reuniesen respondiendo a una llamada institucional constituye un acontecimiento que se debe analizar.

No es mi intención en este artículo tratar de cuestiones tan antiguas como la propia historia de la humanidad. Cuestiones como el significado de reuniones multitudinarias. Acontecimientos similares han sido frecuentes en el pasado, bajo banderas o ideologías muy diferentes, y no hace falta ser un experto en la naturaleza de la condición humana para saber lo atractivo que es para muchos formar parte de un grupo, cuanto más numeroso mejor; afirmarse en una serie de ideas no a través del análisis y la reflexión individual, sino de la experiencia y emociones que proporcionan el sentir que otros creen lo mismo.

Tampoco merece la pena resaltar las razones vaticanas para elegir, de nuevo, España, país al que se considera clave en la lucha contra el laicismo. Como tantas otras veces, las actuaciones del Vaticano no son ajenas a motivaciones de índole geopolítica. Igualmente trivial es comprender que si alguien desea ganar el futuro, hará bien en tratar de influir en la juventud.

De lo que sí quiero tratar es de algunas de las proclamas de que fueron testigos esos jóvenes en Madrid y que los medios de comunicación publicitaron urbi et orbi, cabría muy propiamente decir (de manera particularmente generosa en España).

Una de tales proclamas, manifestada de manera implícita o explícita, que ha acompañado siempre a la religión católica (también, por supuesto, a otras confesiones), es la de que el mejor camino hacia la Verdad, el único, de hecho, cuando se trata de la Gran Verdad -la explicación de Todo, incluida la razón y sentido de la vida- es a través de la Revelación, transmitida a través de, en este caso, la Biblia, cuya custodia e interpretación tiene como máximo responsable al Papa de Roma, al que se le supone -al menos a partir de un cierto momento de la historia del catolicismo- infalibilidad.

"Hay muchos que, creyéndose dioses", manifestó Benedicto XVI en Madrid, "piensan no tener necesidad de más raíces ni cimientos que ellos mismos. Desearían decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto".

Son muchas, y muy diferentes, en un auténtico totum revolutum, las cuestiones que se tratan en la cita anterior. No hay que confundir la búsqueda de la verdad con decidir qué es bueno o malo, justo o injusto. La verdad es independiente de nuestros deseos o intereses; la bondad, la maldad y la justicia, no. Si se trata de decidir lo que es verdad o no, el único procedimiento contrastado es el de la ciencia. De ahí que sea legítimo entender que cuando Joseph Ratzinger hablaba de "aquellos que creyéndose dioses", se refería a los científicos. Una interpretación que se ve favorecida por otra de sus manifestaciones, en la que criticaba una "educación utilitarista que solo busca profesionales eficaces", poniendo como ejemplos desde "los abusos de una ciencia sin límites" hasta el "totalitarismo político" (resulta curioso que hablen de totalitarismo aquellos que pretenden imponer sus creencias al conjunto de la sociedad, participe esta o no de tales creencias).

La ciencia, habría que recordar, no puede tener límites, porque su objeto es la naturaleza y esta es lo que es, y no podemos mutilar una parte pensando que el resto es independiente. El mundo es una unidad y las ciencias que lo estudian constituyen un sistema interdependiente, interdisciplinar. Otra cosa es, por supuesto, lo que se pueda hacer con los conocimientos extraídos de la investigación científica, o el que para obtener tales conocimientos hubiese que emplear procedimientos que una sociedad democrática quiera rechazar. La ciencia, que de tantos mitos nos ha librado, no se debe convertir ella misma en un nuevo Dios que nos dicte sus normas. Ni los científicos en nuevos sacerdotes, transmisores de un saber impersonal.

En el anterior punto entramos en el que acaso sea nudo gordiano de todo el asunto. Si hay límites, deben ser los que imponga una sociedad democrática, no los supuestos intérpretes de unas "verdades divinas" que jamás han pasado la prueba de la comprobación y la predicción. Sin capacidad de predecir no podemos distinguir entre lo falso y lo cierto.

No es difícil comprender el origen de las religiones, la necesidad psicológica de creer en un destino más allá de la muerte, en no perder para siempre a nuestros seres amados. Sin embargo, y aunque sea duro de aceptar, es evidente que no existe ningún motivo para que exista aquello que postulamos para satisfacer una inquietud emocional. Ni que para explicar el origen de algo sea aceptable postular un ente, un Dios, cuyo origen tampoco se puede explicar.

"Creo", escribió Bertrand Russell en 1925, "que cuando muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá. No soy joven y amo la vida. Pero despreciaría temblar de terror por el pensamiento de la aniquilación. Sin embargo, la felicidad no es menos verdadera porque pueda venir y marcharse, ni el pensamiento y el amor pierden su valor porque no sean eternos. Incluso aunque al principio las ventanas abiertas de la ciencia nos hagan estremecer de frío en el calor de los mitos humanos tradicionales, al final el aire fresco nos da vigor, y los grandes espacios son esplendorosos por derecho propio".

La ciencia, efectivamente, nos da si no vigor sí certidumbres y desde luego dignidad. Y ello independientemente de que sus resultados de hoy no sean seguros, pudiendo ser modificados mañana; independientemente de que podamos pensar que nunca será capaz de responder a la pregunta de "¿Por qué existe el mundo y las leyes que lo rigen?" Siguiendo los procedimientos científicos, seremos capaces de encontrar esas leyes, de desvelar, sin recurrir a ningún Dios, los caminos que siguió la energía primordial para convertirse en los seres que pueblan la Tierra, pero no de responder a esa vital pregunta, de la que se nutren, comprensible pero falazmente, las religiones. Parientes como somos, aunque lejanos, de seres como la humilde lombriz de tierra (nos lo enseñó Darwin) reconozcamos nuestras limitaciones.

En Madrid, Joseph Ratzinger también dijo que "sin Dios" sería arduo afrontar los muchos desafíos que plantea el mundo actual y "ser verdaderamente felices". Consistente con esta idea es la campaña en la que está empeñada desde hace tiempo la Iglesia católica para combatir el laicismo, al que ven como un gran mal. Pero el laicismo no es sino "la doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa". ¿Por qué esto es repudiable? ¿Piensa Ratzinger, y el cardenal Rouco, que ellos tienen el monopolio de virtudes como la solidaridad, la compasión o el ansia de justicia? Espero que no, porque ofendería a quien escribe estas líneas, que aun llamándome a mí mismo, con orgullo, laico, comparte algunos de los valores morales históricos que honran la confesión católica. Su insistencia en combatir el laicismo suena a mera lucha por el poder.

Aplicar la ciencia al bienestar humano implica sin duda incertidumbres. Puede, por ejemplo, llevarnos a introducir procedimientos eugenésicos, que yo, como Ratzinger, repudio, pero también a suministrar la información para que una persona decida si desea una muerte digna, posibilidad que yo defiendo. En los convulsos océanos de la biomedicina moran intervenciones rechazables en nuestros códigos genéticos al lado de mecanismos de ingeniería genética que acaso pronto -ya están comenzando a hacerlo- ofrezcan no ya un futuro mejor, sino simplemente un futuro a, por ejemplo, los llamados niños burbuja.

Por eso mi consejo a esos jóvenes que con tanto entusiasmo y atención escucharon al Papa en Madrid es que no olviden evaluar todo tipo de respuestas y tradiciones recibidas, incluso aquellas que les ofrezcan seguridades aparentes, el calor de un hogar en el que "siempre se encuentra refugio". Que recuerden aquello que Sócrates dijo a los atenienses que le condenaron a muerte, y que Platón legó a la posteridad en su Apología de Sócrates: "Una vida sin examen no es una vida digna para el hombre".

 

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

La verdad de los mentirosos

RAFAEL ARGULLOL  22/09/2011

Lo que sea la verdad es algo bien difícil de dilucidar. No solo los filósofos se han aplicado durante siglos a tratar de averiguarlo sino que, de creer al Evangelio de San Juan, Poncio Pilatos hubiera debido pasar a la historia, no tanto por lavarse las manos ante la sentencia de muerte a un inocente, sino porque, en un acto de desesperación escéptica, le espetó a Cristo: ¿qué es la verdad? Quid est veritas? Una pregunta con una respuesta difícil, quizá la más difícil de todas las que podemos plantearnos. Y, sin embargo, en los últimos tiempos estamos cansados de escuchar a personajes públicos que, ante cualquier dificultad, responden machaconamente: "Nos limitamos a decir la verdad". Y también los derivados más crudos de esta afirmación: "Es lo que hay" o "así es la realidad".

No pasa día en que alguna de estas tres frases -y a menudo las tres- sea pronunciada por consejeros, alcaldes, presidentes autonómicos, ministros y jefes de Gobierno. A partir de ahí el dominio de lo que es la verdad, presentada asimismo como revelación de lo que era la mentira, justifica cualquier acción, pues el responsable público, amparado por lo inevitable de la situación, acaba presentándose, ya no como un servidor sino como un salvador de la comunidad o, para los que prefieren una mayor grandilocuencia, como salvador de la patria. Una de las más grotescas paradojas de la situación actual es que la "verdad sobre lo que hay" (arcas vacías, deudas insostenibles) sea el argumento para agredir los dos territorios más sensibles de la sociedad, la educación y la salud.

El embuste implícito a esta verdad con que ahora se nos abruma está originado, cuando menos, en dos fuentes: quiénes son los albaceas de aquella supuesta verdad y cómo se forjó la mentira de la que ahora quieren liberarnos. No obstante, ambas fuentes confluyen en el hecho de que quienes ahora dicen revelarnos la verdad son los mismos que estaban en condiciones, durante años, de desentrañar la mentira. Me cuesta encontrar un solo responsable político actual de envergadura que no haya estado comprometido con aquella ocultación, ni en el partido del Gobierno ni en los principales de la oposición. Esta complicidad en la mentira o, si se quiere, en el mantenimiento de una opacidad culpable, es la que ha creado un clima moralmente inquietante, en el cual no solo hemos contemplado la corrupción de políticos sino de amplias capas de la ciudadanía, que han premiado la corrupción con vergonzosos respaldos electorales. En las próximas elecciones la mayoría de los candidatos están atrapados en aquella complicidad pues, a pesar de los desastres económicos de los que venimos hablando desde hace unostres años -pero no antes, el detalle es importante-, no se ha producido autocrítica real ni catarsis colectiva. Es fácil tener la verdad hoy; lo auténticamente difícil era denunciar la mentira ayer.

Y no denunciaron la mentira. Este verano, y como noticia de un par de días y sin seguimiento, apareció la información de que España no estaba en condiciones de pagar lo que había adquirido en material militar en los últimos 15 años, primero con Aznar y luego con Zapatero: creo recordar que eran unos 30.000 millones de euros, los suficientes quizá, de no haber sido gastados, para que ahora no hubiera que recortar el presupuesto de educación. De acuerdo con la información, lo peor y lo más frívolo es que no estaba claro en absoluto el destino de estos productos más bien siniestros por los que habíamos contraído una deuda tan abultada. No recuerdo ninguna explicación de Zapatero o Rubalcaba, de Aznar o de Rajoy. Ni las recuerdo ni las espero porque forman parte de la omertà en la ocultación de la mentira por parte de los que en la próxima campaña electoral se nos presentarán como fervientes amantes de la verdad. Y, sin embargo, por ese lado hubiéramos podido salvar nuestros presupuestos educativos.

Y acaso también podrían salvarse los presupuestos sanitarios si el Estado español presentara una demanda masiva contra la banca por negligencia, como ha hecho Estados Unidos. La Agencia Federal de la Vivienda espera una indemnización multimillonaria tras su demanda contra Bank of America, JP Morgan Chase, Deutsche Bank, HSBC, Barclays y Citigroup, entre otros. Acusación: vender hipotecas de baja calidad y faltar a la obligación de comprobar la excelencia de los activos. ¿Les suena? Durante años y años asistimos al esperpéntico espectáculo de la especulación inmobiliaria, sin apenas denuncias por parte de los grandes partidos. Tuvo que ser una diputada danesa del Parlamento Europeo la que, a instancias de Greenpeace y otros grupos similares, denunciara el caso con la resistencia activa de la mayoría de los diputados españoles. También aquí funcionó la ley del silencio, a la que lamentablemente se sumaron muchos grupos de comunicación. Eran los días en que los tentadores ofrecían créditos e hipotecas de alcance casi celestial y los tentados aprendían a vivir como aspirantes a nouveaux riches en medio de un simulacro general. Primero, se educó para la estafa, y cuando la estafa ya era demasiado evidente, en lugar de castigar a los estafadores se marchó a su rescate con dinero público. Si los que ahora se presentan a las elecciones se atrevieran a pedir cuentas a los saqueadores, como intenta hacerse por parte de algunos en Estados Unidos, tal vez no sería necesario recortar en sanidad, pues la devolución del dinero del saqueo cubriría muchos déficits. Pero ninguno de los que puede ganar lleva en el programa la exigencia de la restitución. En consecuencia, nadie devolverá el dinero robado, ni los delincuentes confesos, de Roldán a Millet, ni aquellos banqueros corruptos que nunca serán declarados delincuentes.

En esta tesitura es de una hipocresía inaguantable que tantos responsables públicos, alentados muchas veces, como corifeos, por economistas sin escrúpulos, aleguen que se limitan a expresar "la verdad" que exige sacrificios, nada menos que en educación y sanidad, los fundamentos, precisamente, de una sociedad justa. Los mismos, exactamente los mismos, que cerraron los ojos y las bocas cuando la mentira crecía sin cesar.

La libertad es elegir lo que se debe hacer, no lo que me apetece hacer. Y, lo de “La libertad es el bien más preciado, amigo Sancho”, son palabras de Cervantes en El Quijote. La libertad no es una utopía. La libertad es una posibilidad política, no una cuestión de preferencias ni de gustos. A esto se le llama capricho. Esto viene muy bien explicado en un librito para alumnos de ética y que ahora cumple veinte años, “Ética para Amador” de Savater.

 

            Héctor sabía que si salía a luchar con Aquiles moriría seguro, pero era su deber. Podría no haberlo hecho. Poner excusas, desde estar enfermo, a no merece la pena, no es ésta mi guerra, en definitiva, no me apetece y me hace mal. Pero, fue libre, y salió a luchar contra Aquiles. Y murió. Y por eso es un héroe, un modelo de virtud, de areté, de excelencia. Su historia, como la de Sócrates, que fue absolutamente libre eligiendo su muerte en un juicio injusto y que pudo haber evitado, es una enseñanza moral para la humanidad. Una enseñanza universal. Los valores que nos enseñan trascienden la historia de la humanidad, la construyen. Y, por favor, esto no tiene nada que ver con el aprender divirtiéndose y hacer feliz al alumno. Nos creemos libres porque hacemos lo que nos apetece. Esto es mero capricho o ser esclavo de las pasiones. Un cordial saludo.

 

Como diría Spinoza, la decepción es un afecto negativo que procede de una idea inadecuada. Es decir, de una idea que no se corresponde con los hechos. Todo afecto negativo es una pasión y el hombre sabio debe eliminarlos.

 

                                   ***

 

            La libertad es el bien más preciado y raramente coincide con la felicidad. El trabajo bien hecho produce satisfacción, pero el proceso requiere esfuerzo. No podemos confundir la felicidad con “el soma” de un mundo feliz. El fin último de la vida es el bien supremo. A éste lo podemos llamar felicidad, como hacía Aristóteles. Pero la felicidad, siguiendo al mismo autor, se alcanza por medio de la virtud, que en griego es excelencia. Es decir, esfuerzo para salir de la mediocridad. Las virtudes morales consisten en la consecución del justo medio, lo cual exige alejarse del vicio al que por inercia o naturaleza se tiende por eso requiere del esfuerzo. Y luego están las virtudes intelectuales, que no van separadas de las morales por eso la principal es la prudencia. La razón sin afectos es imposible. Pero ya lo descubrieron los griegos y constituye toda una tradición ética. Lo que ha ocurrido es que se ha descafeinado, como todo en este mundo posmoderno, el concepto de felicidad, y se ha confundido con el del puro bienestar, más que nada, físico-químico, cuestión de neurotrasmisores, nada más. ¿Qué es mejor, cometer una injusticia o padecerla? Lo mejor es padecerla, pues de esta manera no te corrompes. Ahora bien, padecer una injusticia no te ofrece bienestar, quizás sí, felicidad. Ésta es la pregunta clave de la ética, formulada ya por Sócrates en el siglo V antes de Cristo. Su vida y su muerte es un ejemplo de esa enseñanza. Y es el ejemplo de una muerte y una vida serenas. La serenidad tiene que ver con la libertad y con la felicidad en el sentido profundo, no con el bienestar. Lo que la sociedad actual nos vende y los planes de educación imitan, no es la felicidad, es el bienestar, la inconciencia, la sumisión y la obediencia. Los que luchan por causas de justicia universal pueden poner en peligro incluso su vida. Viven para los demás, desde el ideal ilustrado de la fraternidad. Cuando hoy en día se habla de felicidad se confunde ésta, con el bienestar hedonista-egocéntrico que me impide ver la existencia del otro. Y sin la consideración de la existencia del otro no hay ética, es decir, libertad. Sólo automatismo. La consigna de la felicidad en los planes de estudio y en la vida en general es una máscara para el dominio y la instrumentalización. Un pan y circo ultramodernos.

La esperanza es una forma de esclavitud utilizada por todas las formas de religión e ideologías políticas. La idea de que no hay esperanza es la de que nada tiene sentido, entonces uno es libre, pero…sin sentido. De ahí el tema del suicidio que Camus decía que era el único tema filosófico. Si nada tiene sentido qué hago existiendo cada día. O, el tema de la libertad, estamos, como decía su contemporáneo y rival, Sartre, condenados a la libertad. Y, la libertad, es, entre otras cosas, pienso yo, construir tu futuro. Esto es, inventarte la esperanza cuando sabes que no la hay.

 

                                   ***

 

            El gran engaño de la utopía de un mundo feliz. Cuando la felicidad es el objetivo de la enseñanza lo que se persigue es la instrumentalización del individuo, su dominio y aniquilación en tanto que personas. El objetivo, por el contrario, de la educación ha de ser la virtud y la libertad por la vía del conocimiento. La felicidad es algo muy contingente biográficamente hablando y, en su dimensión bioquímica, depende de nuestra propia lotería genética.

Esa nueva etapa política y jurídica debe estar bajo un nuevo paradigma que es, creo, el del decrecimiento. Nuevo paradigma porque es una forma nueva de entender la economía, hasta ahora basada en el ideal, como señalas, de crecimiento ilimitado, por un lado y su ideología cientificista, heredera de una visión pervertida de la razón ilustrada. El problema con el que nos encontramos es que,  o bien hacemos una política de decrecimiento voluntario y regido jurídicamente y de forma cosmopolita, en el sentido de Kant, o caeremos en un decrecimiento forzoso, que es lo que está ocurriendo hoy en día porque, simplemente, hemos tropezado con los límites del crecimiento. Es el segundo principio de la termodinámica o principio de entropía que la economía ortodoxa no ha contemplado; por eso es necesario un cambio de paradigma.

Veo el universo en un grano de arena,

y un paraíso en una flor salvaje,

tener el infinito en la palma de la mano;

y la eternidad es una hora.

 

                        W. Blake.

 

Ver en un átomo,

y en cada átomo,

la totalidad de los mundos,

así es lo inconcebible.

 

                        Sutra de Buda.

 

La sabiduría del arte occidental y la de la religión oriental. Una coincidencia. Y no curiosa. Toda la sabiduría es universal. Y si esto lo adobamos de un poco de ciencia: teoría de la relatividad y, sobre todo, mecánica cuántica: el experimento de la doble rendija y la no localidad demostrada por las ecuaciones de Bell y los experimentos de Aspect, entonces nos encontramos con un universo cuasimágico, hiperconectado en el que cada parte contiene al todo y el todo es cada una de las partes. Sabiduría de Spinoza, también. Todo esto reconforta. La primera mitad de mis estudios filosóficos la dedique a la física y a la biología, vivía en un mundo confortable, el mundo de las ideas. Ahora, en la segunda mitad, ando enfangado en la ética y la filosofía política. Me pregunto si algo de aquello podría aportar un poco de luz al mundo humano…habrá que seguir en la brecha. De todas formas no llegamos ni a un suspiro en el gran tiempo cósmico, eso si es que existe el tiempo. Quizás sólo exista la eternidad y todo lo demás no sea más que apariencia.