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Filosofía desde la trinchera

Compromiso con la verdad, disidencia y libertad.

 

En un reciente artículo de Fernando Savater en el País 20-8-2011, dedicado a la memoria de Semprúm y en el que se analiza la obra de Orwell y su actualidad, se hace una defensa de que el autor se caracteriza fundamentalmente por su compromiso por la verdad. Así reza, precisamente, el título del artículo. Coincido plenamente con esta característica, que además Savater recoge y hace suya. Y que, por lo demás, al menos a mi parecer, lector de la obra del filósofo español, es cierto. Lo importante y quizás lo que quede de un intelectual es su compromiso con la verdad, es decir, su afán de desenmascarar, de luchar contra los prejuicios. De disentir, aunque se quede sólo, de rectificar cuando se da cuenta de su propio error. La actividad intelectual es una actividad de crítica, de aviso sobre los excesos que pueda cometer el poder. Es una terapia, no una autoayuda que hoy en día la filosofía posmoderna ha generado. Una terapia que tiene que ver con la libertad. Porque comprometerse con la verdad es asumir las cargas de la libertad. Todo esto y mucho más lo recoge muy bien Savater con su bella prosa y elegante retórica. Pero hay dos puntos en los que no coincido.

 

            En primer lugar creo que Savater hace una división excesivamente simple de la acción política o del posicionamiento político. Los ortodoxos y los heterodoxos. Ataca a unos y a otros, como debe ser. Pero se trasluce, o al menos a mi me lo parece, que no comparte demasiado la heterodoxia. Me explico, alude al hecho de que muchos heterodoxos se enrocan, digámoslo así, en su propia heterodoxia. Digamos que lo toman como su deporte o actividad favorita, disentir por disentir. No comparto, para nada, ni la simplicidad de la división, ni la crítica a los heterodoxos. Porque sólo se alude a lo peor, a lo que podríamos llamar extremismo dogmático y fanático, que no radicalismo, porque todo pensamiento y actividad filosófica debe ser radical: ir a las raíces y a las consecuencias últimas. Ya lo dijo Ortega, la filosofía o es radicalidad o no es. La división no es tan simple decía, quizás los ortodoxos, el stablisment, sí sea más homogéneo. Todos ellos defienden la democracia liberal. La democracia que tenemos como un gran bien. Por su puesto que esto es preferible a una tiranía. Pero también es cierto que se ha ido produciendo progresivamente un déficit democrático. Ante ese déficit democrático caben dos opciones. Ignorarlo, considerar que no existe, que son sólo voces de exaltados y seguir pensado que vivimos en una democracia sana. Para mí esto, y sería la segunda opción, además de ser un pensamiento totalmente acomodado, que es lo mismo que decir que es una falta de pensamiento, es un error tremendo. La democracia es el mejor de los gobiernos porque frente a él sólo se pueden dar diferentes formas de totalitarismos. Y esto es así porque la democracia es un gobierno perfectible. Pero si no quedamos acomodados, si aceptamos el mundo que se nos ofrece, poco podremos cambiar ni transformar. La democracia exige de la crítica, del uso público de la razón para mejorarla, también de la obediencia. Pero, quizás, en algunos casos sea necesario la desobediencia civil, sobre todo cuando es el mismo poder político o económico el que atenta contra la democracia y la dignidad. Y esto ocurre. No podemos permanecer callados, hay que tomar conciencia y reaccionar. Y esto tiene que ver con lo que veníamos diciendo de la heterodoxia. En democracia, pensar de otra manera es disentir, pero desde un marco común que es la democracia, el logos. El ágora que es un lugar vacío donde habita el logos en el que todos participamos. El diálogo implica disidencia, tensión, desacuerdos. No es lo mismo que una conversación tranquila. Es confrontación, pero desde la razón. Por ello la democracia admite, acoge, es más, exige la disidencia. Sin disidencia, sin herejía, dentro del marco democrático, no hay democracia. El pensamiento único vigente hoy en día en el pensamiento ortodoxo no ve esto así. Porque considera que nuestras conquistas democráticas son lo último, el fin de la historia y de las ideología. Nada más lejos de la verdad. Esto es un tremendo déficit democrático que abre las puertas al totalitarismo en el que paulatinamente nos adentramos. Por eso hay que entender democracia como disidencia. El hombre libre es el que es capaz de pensar por sí mismo, el que va más allá de la opinión, porque las opiniones son equivalentes. El hombre libre debe trascender la doxa y encaminarse a la verdad. El fondo de la disidencia es el compromiso con la verdad. Porque la democracia es una búsqueda de la verdad en común. Y esto es así porque en democracia nadie tiene la verdad. Gran enseñanza ésta de los griegos. Hay que dudar, buscar, convencer, desenmascarar las creencias y las ideologías, razonar…por eso el cmpromiso con la verdad es el compromiso con la democracia y la ilustración.

 

            Hay un segundo punto en el que no coincido con Savater. La actualidad de Orwell. Efectivamente, la actualidad del novelista, periodista y ensayista es el compromiso con la verdad. Absolutamente de acuerdo, además creo que es un gran valor al que va unido el de la libertad. No hay búsqueda de la verdad sin libertad. Pero Savater dice que no está de acuerdo con los que dicen que Orwell es actual en el sentido de que sus análisis sirven para analizar la realidad actual. Considera que Orwell está dentro de un contexto y que sus novelas y ensayos tienen una finalidad que no es adecuada para el análisis de la actualidad que es plenamente diferente. En parte tiene razón, en el sentido de que no se puede descontextualizar a los autores. Pero, que me disculpe el señor Savater, yo sí considero que la obra de Orwell, como la de cualquier clásico, que para eso lo son, sí nos sirve para ofrecernos un poco de luz sobre la actualidad. Sólo me fijaré en sus dos novelas distópicas más famosas Rebelión en la granja y 1984, aunque también son muy interesantes las enseñanzas que su Homenaje a Cataluña nos dan sobre la condición humana y la actividad política, el optimismo y el pesimismo del autor en el que se mueve toda la obra, su entusiasmo y su desengaño, en fin, un montón de ideas universales, como la condición humana, que es definitiva de lo que habla Orwell.

 

            Las dos utopías negativas de Orwell sirven para analizar la actualidad y tienen gran vigencia. Para empezar estas dos obras son una crítica a todo pensamiento utópico que se transforma en pensamiento totalitario de carácter religioso político y redentor. La crítica a las utopías es tan necesaria hoy en día como lo fue en su tiempo. Toda utopía es un secuestro del pensamiento y de la libertad. Es un engaño en el que el hombre fácilmente cae. Y no estamos hoy en día libres de las utopías. El pensamiento neoliberal, junto al pensamiento único y la idea de progreso tecnocientífico construyen hoy en día la mayor de las utopías. Una utopía que avanza triunfante como el Ángel de la historia de Poul Klee, con los cadáveres de la historia y el progreso en las cunetas de la historia. Pero es que, además, frente a estas utopías surgen otras, nacionalismos, fundamentalismos religiosos, políticas identitarias, neofascismos que son tremendamente peligrosos y amenazan a la democracia. Estas distopías de Orwell nos ponen sobre aviso de todo esto, de ahí su tremenda actualidad. Y, por último, los conceptos fundamentales que aparecen en 1984 son de una actualidad indiscutible. El doble pensar, la neolengua, la transformación del pasado para manejar el futuro. El concepto de verdad histórica basado en la construcción arbitraria del poder. Todo ello lo vemos en nuestras “democracias”. Paree como si Orwell estuviese describiendo nuestro mundo y el fundamento de la construcción de la ideología hegemónica. Y porque ello es actual nuestras democracias padecen un déficit que es necesario denunciar y enmendar desde la disidencia y el compromiso con la verdad.

Empresa o control ideológico. Sobre la autoridad de los directores de los centros de secundaria.

 

Los directores ganan autoridad para sancionar a los profesores · ELPAÍS.com

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Las dos cosas. Y además las dos alienan. Pero ése no es el tema ahora, creo. Ya sabemos que todo sistema educativo es un sistema de control y de ideologización. No hay más que remontarse a Platón. Y el gran desenmascarador de todo esto fue Nietzsche y luego Foucoult. Lo que pasa ahora, y es lo nuevo, es que esa ideologización se hace desde los supuestos valores de la calidad educativa que han sido socavados por el poder de los partidos, por la LOGSE-LOE. Por otro lado, se atenta directamente contra el estado, es decir, contra la ciudadanía. Una república constitucional y libre, algo a lo que debemos aspirar, no esta pseudodemocracia, debe defender un funcionariado fuerte, con conciencia pública. Es decir, personas que se dedican, sin afán de lucro: médicos, profesores, jueces, fuerzas de seguridad…a mantener la integridad y virtud del estado. Si atacamos a los funcionarios desintegramos la república. Y eso es algo que a la ideología neoliberal le interesa, porque al neoliberalismo sólo le interesa un estado mínimo, reducido prácticamente a la seguridad y a proclamar leyes que protejan al gran capital. Leyes y convenios que, por cierto, exceden hoy en día a los estados, se realizan entre las grandes multinacionales y el capital financiero. De ahí las contradicciones de la globalización. Por eso no se debe permitir el ataque a los funcionarios, somos servidores públicos con una tremenda responsabilidad (cada uno en nuestro puesto representamos al estado y sus valores constitucionales: libertad, igualdad…y debemos ejercer la ejemplaridad pública) y que ejercemos por vocación, en la mayoría de los casos. Por último, la ideología que se nos vierte desde el gobierno es el neoliberalismo y el posmodernismo. La enseñanza es concebida como un sistema de adaptación a la sociedad hipercapitalista en continuo cambio. El alumno es una mercancía en manos del poder político y económico. Por el contrario, la educación y su universalidad, y ése es su origen ilustrado, debe servir para garantizar la libertad y la autonomía de los individuos. Y ello implica, no la capacidad de adaptación, valor supremo en el Plan Bolonia, sino la de transformación. Estas contradicciones que vemos y que debemos desenmascarar son fruto del pensamiento posmoderno que lo impregna todo. Y, para terminar, una sugerencia. Tengo una idea sobre la que tengo que reflexionar y es la siguiente. En el helenismo fructificaron los sistemas sincréticos que intentaban aunar y superar con una síntesis que diese lugar a una idea general del mundo de la que se desprendiese una visión de la naturaleza, del hombre, de la sociedad, de lo político y lo ético, de lo espiritual… de todos ellos el sincretismo triunfante en el siglo IV fue el cristianismo, que aún es vigente, aunque no hegemónico, aunque tal hegemonía duró siglos de pensamiento único, autoreferente y cerrado. Creo que hoy estamos asistiendo, y esta es mi idea, a un pensamiento único que aúna varias cosas: la economía neoliberal (un credo de economistas y máximos representantes del poder económico.) Una filosofía, el posmodernismo y su aliado el relativismo que nos llevan al nihilismo de la conciencia y su vacío, de tal forma que el ciudadano es convertido en instrumento fácilmente. Una política, la democracia liberal como el sumum del orden social establecido. Una idea de progreso, acrítica, basada fundamentalmente en la tecnociecia y su éxito. Idea de progreso que en definitiva no es más que un mito y un autoengaño. En fin, todo ello, y algunas cosas más están configurando un sincretismo del que está emergiendo, desde hace varias décadas, no es algo nuevo, una cosmovisión, un pensamiento único, en definitiva una religión que puede convertirse en el pensamiento hegemónico durante décadas. Pensamiento que justificará el exterminio de gran parte de la humanidad. En fin, yo lanzo la idea…

FERNANDO SAVATER OPINIÓN

Compromiso con la verdad

FERNANDO SAVATER  20/08/2011

En memoria de Jorge Semprún

George Orwell quiso ser "un escritor político, dando el mismo peso a cada una de estas dos palabras". El placer de causar placer, es decir, la vocación de escribir, no anularía en él el interés político: la defensa de la justicia y la libertad. Pero aún menos se doblegaría a la manipulación política de la escritura: "El lenguaje político -y con variaciones esto es verdad en todos los partidos políticos, de los conservadores a los anarquistas- está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato parezca respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro viento". Luchar contra la tergiversación y la máscara es la primera tarea del escritor político. Su credo empieza por el mandamiento que prohíbe mentir, aún antes del que prohíbe matar.

Por supuesto, la ficción no es una mentira -siempre que se presente sin ambigüedades como tal- sino otra vía de aproximación a la verdad amordazada: pero en cambio la oscuridad del estilo, apreciada por los estetas y por las mentes confusas que elogian en cuanto no entienden, ya es un comienzo de engaño. La precisión y la inteligibilidad tienen un componente técnico (que Orwell analiza en La política y el lenguaje inglés) pero sobre todo son una decisión moral: "La gran enemiga del lenguaje claro es la insinceridad". También hace falta tener un ánimo poco sobrecogido, que no retroceda ante los anatemas de los guardianes de la ortodoxia ni ante la desaprobación hostil de los voceros de la heterodoxia: "Para escribir en un lenguaje claro y vigoroso hay que pensar sin miedo, y si se piensa sin miedo no se puede ser políticamente ortodoxo". Por supuesto, eso lleva a enfrentarse tanto con los partidarios a ultranza de lo establecido como con los ordenancistas de la subversión. Desde el frustrado viaje a Siracusa de Platón, la peor dolencia gremial de los intelectuales es no considerar poder legítimo más que el que parece instaurar las ideas que ellos comparten. Los demás son advenedizos o usurpadores. De aquí una gran dificultad para hacer digerir la democracia a quienes debieran argumentar en su defensa.

George Orwell (como Chesterton, como cualquiera que no asume la mentalidad reptiliana del "amigo-enemigo" en el plano social) aceptó la paradoja y se autodenominó "anarquista conservador" o si se prefiere la versión de Jean-Claude Michéa, "anarquista tory". Esto implica saber que "en todas las sociedades, la gente común debe vivir en cierto grado contra el orden existente". Pero también que las personas normales no aspiran al Reino de los Cielos ni a la perfección semejante a él sobre la tierra, sino a mejorar su condición de forma gradual y eficiente. Existe en la mayoría de las personas -y ésta es quizá la única concesión de Orwell a la peligrosa tentación de la utopía- una forma de common decency, una decencia común y corriente que consiste, según la glosa de Bruce Begout, en la facultad instintiva de percibir el bien y el mal, frente a cualquier forma de deducción trascendental a partir de un principio. Es lo que hace que, más allá de izquierdas y derechas, existan buenas personas en los dos campos o a caballo entre ambos. En cuanto prevalecen, el mundo mejora... Por cierto, siguiendo esta vena de benevolencia utopista, Orwell descubrió cuando estuvo en Cataluña durante la Guerra Civil que los españoles tenemos una dosis de decencia innata, tonificada por un anarquismo omnipresente, más alta de lo normal y gracias a lo cual nos salvaremos de los peores males...

Es bien sabido que Orwell combatió el totalitarismo, tanto nazi como bolchevique, pero su compromiso político no fue meramente negativo ni maximalista. Por supuesto, apoyaba la democracia pese a sus imperfecciones y se revolvía contra quienes decían que era "más o menos lo mismo" o "igual de mala" que los regímenes totalitarios: según él, una estupidez tan grande como decir que tener sólo media barra de pan es lo mismo que no tener nada que comer. Consideraba que el capitalismo liberal en la forma que él conoció era insostenible, además de injusto, por lo que siempre apoyó el socialismo, cuyo proyecto constituía a sus ojos la combinación de la justicia con la libertad. Y ello pese a que quienes se autoproclaman socialistas no sean siempre precisamente dechados de virtud política: "Rechazar el socialismo porque muchos socialistas son individualmente lamentables sería tan absurdo como negarse a viajar en un tren cuando a uno le cae mal el revisor". Pensaba que la mayoría de las escuelas privadas de Inglaterra merecían ser suprimidas, porque sólo eran negocios rentables "gracias a la extendida idea de que hay algo malo en ser educados por la autoridad pública". Se oponía a los nacionalismos en cuanto tienen de beligerante, disgregador y ficticio (para cualquier extranjero, por ejemplo, un inglés es indiscernible de un escocés... ¡y hasta de un irlandés!) y defendía el patriotismo democrático, reclamando que se uniera de nuevo a la inteligencia que hoy le volvía la espalda. Se escandalizaba porque "Inglaterra fuese quizá el único gran país cuyos intelectuales están avergonzados de su propia nacionalidad". Algo le podríamos contar hoy de lo que ocurre en otros lugares...

Orwell eligió lo más difícil: no escribió para su clientela y contra los adversarios, sino contra las certidumbres indebidas de su propia clientela política. No tuvo complejos ante la realidad, sino que aspiró a hacer más compleja nuestra consideración de lo real. Es algo que la pereza maniquea nunca perdona: siempre proclama que se siente "decepcionada" por el maestro que prefiere moverse con la verdad en vez de permanecer cómodamente repantingado en el calor de establo de las certidumbres ortodoxas e inamovibles. Esa decepción proclamada por los rígidos le parecía a Orwell indicación fiable de estar en el buen camino: "En un escritor de hoy puede ser mala señal no estar bajo sospecha por tendencias reaccionarias, así como hace veinte años era mala señal no estar bajo sospecha por simpatías comunistas". Esta toma de postura atrajo sobre él no sólo los malentendidos, quizá inevitables, sino también la calumnia. Estalinistas de esos que han olvidado que lo son le acusaron (a final de los años noventa del pasado siglo) de haber facilitado una lista de intelectuales comunistas a los servicios secretos ingleses. La realidad, nada tenebrosa, es que a título privado ayudó a una amiga que trabajaba en el Ministerio de Asuntos Exteriores buscando intelectuales capaces de contrarrestar la propaganda comunista en la guerra fría, señalándole a quienes por ser sectarios o imbéciles le parecían inadecuados para la tarea. Los mismos que se pasan la vida denunciando agentes al servicio de la CIA o fascistas encubiertos no se lo perdonaron... ni se lo perdonan. Yo mismo tuve que defenderle no hace muchos años de esa calumnia en las páginas de este diario.

La actividad literaria de Orwell fue muy variada: novelista, desde luego, pero también perspicaz crítico literario, analista político y social, así como cronista de la guerra civil española y de la vida cotidiana de trabajadores y marginados en la Europa de la primera mitad del siglo XX. Incluso puede considerársele sin exageración pionero de lo que luego se llamó "nuevo periodismo", con crónicas ensayísticas tan inolvidables como Matar a un elefante, evocación de su estancia en la India. Sin embargo, al valorar la actualidad de su obra, conviene no olvidar que estuvo muy apegada a la circunstancia histórica que vivió. Sus dos relatos de ficción más logrados, 1984 y Rebelión en la granja, se han convertido por mérito propio en mitos perdurablemente sugestivos de las amenazas de esclavitud espiritual y material que caracterizaron el lado siniestro de la pasada centuria. Como otros mitos, se han salido de lo literario para llegar a ser arquetipos que se acomodan a nuevas salsas políticas y más recientes inquietudes. Pero lo cierto es que ya hemos rebasado en más de un cuarto de siglo la fecha en la que Orwell situó su distópico futuro. Y su estupendo ensayo El león y el unicornio revela desde la primera frase el momento en que fue concebido: "Mientras escribo, seres humanos altamente civilizados vuelan sobre mi cabeza, tratando de matarme". De modo que no se le pueden pedir análisis sobre nuestros problemas actuales ni menos soluciones pertinentes a ellos. Lo que sigue vigente de Orwell es sobre todo su actitud de apego a la verdad, conciencia de lo colectivo y carencia de pose estetizante. No hay autor más alejado de la posmodernidad que él...

Frente a quienes le han denostado, otros tratan de beatificarle, lo que sin duda también habría rechazado. A propósito de Gandhi (a quien admiraba y detestaba a partes iguales) escribió: "A todos los santos deberíamos juzgarles culpables hasta que demuestren su inocencia". Por su parte él tuvo la inocencia más limpia y menos discutible, la del coraje. Aunque conoció los horrores de la guerra nunca fue pacifista (el pacifismo le parecía una curiosidad psicológica, no un movimiento político) y hubiera preferido la muerte en combate a ese otro destino sobrevalorado, la muerte llamada natural "que significa, casi por definición, algo lento, nauseabundo y atroz". George Orwell murió de tuberculosis en 1950, a los cuarenta y siete años.

El derrumbe de la democracia y de la libertad.

 

Quien deja que el mundo –o el país donde vive-escoja por él su plan de vida no necesita de otra facultad que la de la imitación simiesca. En cambio, quien elige su propio plan pone en juego todas sus facultades. Stuart MIll

 

            La libertad es nuestro mayor bien. El más deseado, pero pesado y difícil de realizar. La libertad es fruto del ejercicio, siempre que exista la posibilidad de que se dé la libertad. La única forma de gobierno que garantiza la libertad es la democracia o la república. Eso no quiere decir que la democracia en la que vivimos realice la libertad, por eso la democracia realmente existente no es tal, o no es plena. Es más vivimos un momento de repliegue de la democracia en diversas formas de totalitarismo. La libertad se conquista, es fruto de la virtud, siempre que existan las fuerzas políticas que la hagan posible. Es decir, siempre que haya voluntad política. Así, entendemos que la libertad es algo que depende del estado y del individuo. El individuo aspira a la libertad, pero su comodidad, el miedo y la cobardía le hacen relegar su máximo ser en otro. Es lo de la paradoja de Hume o la servidumbre humana voluntaria de La Boétie. El estado, por su parte, debe garantizar, desde las instituciones políticas, la posibilidad de que el individuo realice la libertad. Es un deber institucional. Toda política y toda forma de poder que viole este principio viola el principio máximo de la democracia que es vivir desde la libertad y el ejercicio mismo de la política. Pero como la libertad es de difícil acceso y, por el contrario, fácil de perder, necesita de toda la fuerza del estado. Necesita de una educación en la ciudadanía, en la virtud o en la política. No se trata sólo de dejar margen de libertad, o el libre ejercicio de la libertad. Se trata de educar en la libertad. Ésta, hemos dicho, se conquista por el ejercicio, es como la virtud, algo que requiere esfuerzo. La libertad es una liberación, pero, también, una pesada carga: la de la responsabilidad y la de decidir tú por ti mismo qué quieres hacer de tu vida. Por eso es fácil renunciar y dejar que otro, el poder, elija por mí. De ahí la necesidad de la educación. El objetivo máximo de la educación en democracia es la consecución de ciudadanos. Un ciudadano, desde los griegos, es un hombre libre. Y un hombre libre es el que no necesita de otro para vivir. La democracia tiene el deber de formar ciudadanos, no súbditos. El individuo, en democracia, tiene el deber de ejercer la libertad, de pensar por sí mismo, de no ser una marioneta o un títere. El comportamiento humano para alcanzar su autonomía debe abandonar el mimetismo que es como empezamos a conocer; pero luego llegamos a la razón, al pensar por uno mismo. Pero la educación en la libertad, como toda la ética, no es una cuestión teórica, no es algo que se aprenda en teoría y ya lo hagamos. Es una praxis, depende de la acción y el ejercicio. Por su parte el deber del estado es hacer posible ese ejercicio.

 

            Pues bien, lo que sucede en la actualidad es que, tanto la democracia como la libertad, el fundamento ético individual de la misma, están siendo derrumbados por el poder, tanto político como económico. Eso por un lado, por otro, el individuo está cayendo en el miedo lo que le hace perder definitivamente su libertad. Y la cosa irá a peor con los tiempos que vienen. El cambio climático producirá un estado de emergencia porque se irá produciendo progresivamente una guerra de todos contra todos, o mejor llamarlas guerras climáticas, que ya existen, en busca de recursos energéticos, y de supervivencia, agua y alimentos. Entonces aparecerá el miedo al otro –porque las migraciones serán masivas- y surgirán leyes xenófobas que iremos asumiendo con toda naturalidad y que pueden terminar en soluciones finales, como fue el Holocausto. Por eso siempre digo que la crisis económica, que es una crisis Terminal, es la antesala del fascismo. La democracia irá siendo sustituida por el fascismo. El miedo de los individuos, por su pereza y cobardía, nos hará aceptar, como lo más natural, el exterminio del otro por de nuestra supervivencia. Esto ha ocurrido muchas veces, en el siglo XX demasiadas, siendo la más conocida la solución final. Pero hay todo un camino “democrático” que nos lleva hasta ella. Lo mismo está ocurriendo ahora mismo con las leyes contra la inmigración. Es el problema de la globalización del capital y la localización de la riqueza y la pobreza. La división se irá haciendo más profunda y se nos irá convenciendo del exterminio y de su necesidad. Además, la situación que nos espera vivir dentro de unas cuanta de décadas nos llevará a vivir desde la resistencia. Es decir, que el caldo de cultivo para los fascismos, desde la crisis económica y el cambio climático, todo ligado porque son partes de una misma crisis global ecosocial, está ya echado. Si queremos escapar de este fascismo que ya existe debemos recuperar la democracia y la libertad.

 

            Las estructuras de nuestras sociedades “democráticas” son antidemocráticas. El capitalismo supone una lucha de clases. La lucha entre el que tiene y el que no tiene. Eso tiene que ver con la libertad, porque el que no tiene no es libre. En la Grecia clásica, el hombre libre es el que era libre materialmente, el que tenía propiedades para vivir y entonces podía poseerse a sí mismo. Es la libertad material y económica la que nos permite la libertad moral. Y el encargado de garantizar la libertad económica es el estado. Por eso, los griegos asignaron un dinero (una renta básica) a aquellos hombres libres que dependían de su trabajo para vivir, aunque no de otro hombre, como comerciantes y artesanos. Es decir que la diferencia de clases es la diferencia entre ricos y pobres. Lo que pretendía esa renta básica –que sería hoy en día algo absolutamente necesario para conquistar la libertad material- es que estos hombres libres, pero pobres, pudiesen participar en la política. Nuestra situación es la misma. Existen los ricos, que son pocos y la mayoría que somos pobres, que no tenemos propiedades para vivir. Por eso la necesidad de una renta básica que permita vivir a cualquiera sin trabajar. Esto equilibraría la balanza entre empresarios y obreros. El obrero no tendría que aceptar a la fuerza las condiciones del empresario para poder vivir. Y también equilibraría la diferencia entre hombres y mujeres, que es igual y se suma a la diferencia entre ricos y pobres. Por eso decía que nuestra estructura social es antidemocrática. Se basa en un capitalismo sin brida que ha absorbido al poder político y éste, a su vez, agrupándose en partidos, ha absorbido al ciudadano. Éste tiene libertad de expresión, que, por lo demás, no le sirve para nada, porque no tiene libertad política. La política la hacen los partidos políticos, no los ciudadanos. Visto de esta manera llegamos a la conclusión de que vivimos en sociedades capitalistas oligárquicas y partitocráticas que eliminan la libertad y la democracia. Ni a los ricos, ni a los partidos políticos les interesa el pueblo, y menos su poder latente. Por eso urge recuperar la libertad. Pero por eso los diversos poderes se afanan en domesticar al hombre. La educación tiene como objetivo la adaptación al mercado de trabajo, donde el trabajador es sólo mercancía y no puede negociar porque no tiene propiedad, por tanto, no es libre. En lugar de ello la educación debe ir dirigida a la ilustración: el saber y la libertad. Que esto no es así es un hecho constatable, por tanto se deduce con meridiana claridad que no vivimos en democracia porque se nos prepara para la esclavitud. No somos libres. Vivimos una apariencia de libertad. De ahí esa frase de la película Matrix, utilizada por el filósofo Zizek como título de una de sus obras: Bienvenido al desierto de lo real. Es necesario poder escapar a este totalitarismo encubierto si queremos conquistar la república. Es necesario la indignación que haga posible la reacción suficiente para que algo pueda cambiar. Lo que hemos dicho aquí de la estructura social, sumado a la propia condición humana dan poco ánimo. Pero si no hay una reacción que produzca un cambio asistiremos a lo largo de este siglo al largo declive de nuestra civilización. Asistiremos a una larga agonía de la humanidad. A un colapso civilizatorio, pero en este caso, como nunca ha ocurrido antes en la historia, global. No quiero ejercer de profeta, esto en un filósofo es patético. Me limito a un análisis y a una descripción. Y, lo que me gustaría es que las premisas de las que parto estuviesen equivocadas. Pero la historia es maestra y se han dado infinidad de colapsos civilizatorios y en pocos momentos se ha dado libertad y ha habido dignidad.

Reflexiones al hilo de las palabras del Papa.

 

…el Pontífice se refirió a los que "creyéndose dioses" desearían "decidir por sí solos qué es verdad o no, lo que es bueno o es malo, lo justo o lo injusto (...), quién es digno de vivir o puede ser sacrificado en aras de otras preferencias". Después animó a los asistentes a no sucumbir a esas "tentaciones". Porque conducen "a una existencia sin horizontes", a "una libertad sin Dios".

 

Muy desafortunadas las palabras de bienvenida del Papa. Este señor ha estado siempre contra la Ilustración. Ha considerado que ésta y su laicismo asociado son el origen de los males actuales, es más de todos los males. En cierto modo tiene razón, si nos referimos a la perversión de la razón ilustrada a la que he dedicado un ensayo entero y la he relacionado con los males de la educación. (Esbozos, nº 13) Pero aquí voy sólo a ceñirme a las palabras del pontífice. Es muy desafortunado decir aquellos que se creen como dioses. A quién se refiere. Los que se han creído como dioses y herederos de su palabra verdadera son la iglesia católica. No olvidemos que católica significa universal. Es decir, que ellos son los que se creen poseedores de la verdad absoluta. El monoteísmo, para tener sentido, tiene que asociarse con el concepto y creencia de la verdad absoluta y del bien absoluto, revelados además por dios mismo al hombre siendo el pontífice el intérprete directo de esta verdad. Cómo se puede caer en el cinismo de acusar a los no creyentes de creerse dioses y poseedores de la verdad. Si se refiere a los neoliberales económicos, pues sí, ellos participan de la religión de la economía y del capitalismo, así como del fundamentalismo democrático. Pero los agnósticos, ateos y laicos, nada tenemos que ver con esto. Califica a aquel que es capaz de poner la existencia en duda, las grandes verdades de los grandes hipócritas y poderosos en duda también de llevar una existencia sin horizonte. Pues, si señor, no hay horizonte absoluto en la existencia, ni biográfica, ni histórica. Pensar lo contrario es caer en un totalitarismo antropocéntrico, sea dios quien sea. O el católico, o el del mercado y la tecnociencia, sin ir más lejos. La existencia y la historia es un breve fragmento en la inmensidad cósmica que se debe al azar y la necesidad. Nuestra vida y nuestra historia es fruto de una construcción. No arbitraria, por supuesto, sino en busca del bien y la justicia, pero no de forma absoluta, sino objetiva. Tampoco nos lleva esto al tan temido relativismo, pero sí hay que reconocer en éste que es una vacuna contra el fanatismo. El relativismo cae a su vez en contradicción, por eso el sentido de la vida y de la historia es ser capaz de cultivar lo universal desde la diferencia. Y la admisión de la diferencia es la tolerancia; la posibilidad del diálogo racional entre todas las posturas que respeten las reglas del juego. Y estas son las de la libertad. Y esto nos lleva a la última perla del pontífice. Alude a que nos atrevemos a vivir una libertad sin dios. Pero, hombre, si es precisamente lo contrario. Dios anula la libertad. Si dios existe el hombre no es libre. Dios no existe, pero la iglesia sí, y ha poseído y posee mucho poder. Poder que ha utilizado para amedrentar al hombre, para sojuzgarlo, para tomarse la justicia por su mano, para robar, saquear, matar… Y todo en nombre de la verdad y de un supuesto evangelio que es la palabra de dios y la revelación directa de dios al hombre. Además de su redención. No, señor. La libertad es la capacidad de construirse un futuro por encima de la intervención de los diversos poderes. Me refiero a los del estado, al económico, al religioso… la libertad exige la no existencia de ningún dios, de ninguna verdad absoluta establecida a priori. Y, sobre todo, que esa supuesta verdad no esté en posesión de nadie. Porque en tal caso nos intentará convertir en siervos y, nunca mejor dicho, comulgar con ruedas de molino. La libertad es disidencia desde la razón. Y la disidencia procede de la herejía, que en su origen griego viene a decir, el que piensa de otra forma. Lo común la razón es lo que nos une. La verdad nos separa y nos lleva a la guerra.

 

…"No pocos jóvenes, por causa de su fe en Cristo, sufren en sí mismos la discriminación que lleva al desprecio y a la persecución abierta o larvada (...). Se les acosa queriendo apartarlos de Él, privándolos de los signos de su presencia en la vida pública", afirmó Benedicto XVI antes de volver su mirada hacia los 2.000 peregrinos que habían acudido a Barajas a recibirle: "Que nada ni nadie os quite la paz, no os avergoncéis del Señor".

            Desde luego que uno no debe avergonzarse de ser cristiano, ni musulmán, ni budista, ni ateo. Faltaría más. Hoy en día está mal visto ser cristiano, pero también está mal visto ser laico, ateo, o ilustrado. Es la posmodernidad y el relativismo y el nihilismo al que nos ha llevado. Pero lo que sí debe dar vergüenza es defender a una institución criminal, en su historia y en su intención. Su moral, no la evangélica, de la que dista mucho, es un crimen contra la humanidad. Su negación de la eutanasia es una tortura legalizada por los diferentes poderes legislativos y ejecutivos, una herencia de la tradición cristiana. Las pretensiones de la iglesia son bochornosas, persiguen al justo y se alían con el criminal. Niegan la libertad. Lo mejor que se ha escrito sobre la iglesia como institución, y, quizás, sobre la condición humana, es el capítulo cinco de los hermanos Karamazov, cuando Jesús se presenta en Sevilla en plena semana santa. El gran inquisidor lo acusa y quiere matarlo si no se va. Jesús representa la libertad. La iglesia la seguridad. Y los hombres prefieren la seguridad. Seguro que volvería a ser condenado a muerte. Me quedo con la actitud de san Manuel, bueno, mártir. A pesar de haber dejado de creer sigue practicando la piedad y la caridad cristiana. El evangelio es un buen modelo ético de justicia social. Los verdaderos cristianaos deberían de indignarse con la institución de la iglesia. Ya sé que quizás no sea posible una religión sin institución, pero sí es posible reinventar estas instituciones. Por ejemplo en la línea del concilio Vaticano II, o de la teología de la liberación, o de la teología y la ética de Hans Kung o de Miret Magdalena, o Juan José Tamayo y los teólogos que se aúnan bajo el nombre Juan XXIII.

…Animó a los fieles imitar la conducta de Cristo, a ser "pobres de espíritu, hambrientos de justicia, misericordiosos de corazón, amantes de la paz". Saludó en varias lenguas y advirtió contra la tentación de "edificar sobre arena, tal vez en un paraje paradisíaco, pero que se desmorona ante el primer azote de los vientos".

Los laicos, los ilustrados, también perseguimos la justicia, la libertad, la fraternidad. Y en este camino cabemos todos, creyentes y no creyentes. Pero no los fanáticos. Y, por el contrario, no somos pobres de espíritu, sino ricos, muy ricos. Porque esto es la libertad, el ansia de perfeccionarse moralmente, de alcanzar mayores cotas de justicia. Esta es la riqueza del espíritu. Pero cuando el Papa habla de pobreza de espíritu se refiere a que el hombre debe resignarse a la voluntad de dios. Curiosamente voluntad que él y la iglesia representan. No, señor. Eso es resentimiento, el origen de toda la degeneración moral. Aquí Nietzsche, y después Freud, tendrían mucho que decir. El origen de la moral es el resentimiento; propio, precisamente, de espíritus débiles. Y eso es lo que le interesa a toda forma de poder. Y la iglesia es maestra en esto, lleva veinte siglos. Es ya una vieja zorra, con perdón.

 

…"sin Dios" sería arduo afrontar los muchos desafíos que les plantea el mundo actual. "Ven la superficialidad, el consumismo y el hedonismo imperantes, tanta banalidad a la hora de vivir la sexualidad, tanta insolidaridad, tanta corrupción. Y saben que sin Dios sería arduo afrontar esos retos y ser verdaderamente felices", dijo.

 

            La negación del placer es la forma de domesticar por el miedo, el sufrimiento y la resignación. Vieja artimaña. Si no sintiésemos miedo ni ansiedad no hubiésemos inventado a los dioses ni le hubiésemos otorgado poder absoluto a ciertos hombres. Es nuestro miedo. Nuestra incapacidad de ser autónomos la que nos lleva a delegar nuestra vida en manos de otros. El placer es pasajero y evita el dolor. El cultivo del placer, la prudencia, el cálculo de los placeres hace llevadera la vida, que en sí misma es dolor, sufrimiento, frustración y desengaño. Hace falta una buena dosis de placer para sobrellevarla. Pero el placer de los epicúreos, algo frugal, ascético y, sobre todo, placer contemplativo, los que proceden del espíritu y el intelecto. Los que nos llevan al conocimiento y nos hacen libres, fuertes y valientes. Es cierto que la sociedad en la que vivimos es superficial, hedonista en el sentido peyorativo del término, pero ningún dios nos salvará de ello. Por el contrario nos querrá esclavizar. Precisamente esta sociedad que vivimos es fruto de la religión del capitalismo en el que todos, cada vez que consumimos, comulgamos. El consumo de lo superfluo nos hace esclavos. El poder se diluye en el económico. El ámbito de lo político, la ciudadanía, está siendo reemplazada por el mercado absoluto. Esta nueva religión es sutil, nos esclaviza sin utilizar la fuerza, por el contrario, nos encandila. Éste es el enemigo a batir. Ni las jeremiadas del Papa ni la ñoñería de esa juventud que “consume” el espectáculo. La iglesia ha caído en las zarpas del la sociedad del espectáculo.

 

…recalcó que la actual crisis económica "también tiene una vertiente ética". El Papa recomendó lo siguiente: "La economía solo funciona bien si lo hace en un modo humano y en el respeto de los otros. Sin una dimensión ética la economía no funciona".

 

            Gran verdad ésta. La economía tiene una dimensión ética. Y, sin la ética, la economía no funciona. Efectivamente, sin ética, sin política y humanización de la economía no hay justicia social. Pero esa ética es la de la vida democrática y la de los derechos universales del hombre, no la católica, apostólica y romana. Eso es cambiar un dios por otro, o realizar la alianza de dos dioses perversos, el del capital y el de la iglesia. Lo que padecemos ahora es el fruto, ya lo he dicho, de la religión del capitalismo. Esta religión lo impregna todo, los valores que emergen de ella nos llegan por los omnipresentes medios de comunicación y formación de las conciencias de las masas. Insisto, esa religión, si queremos nuestra supervivencia como civilización y nuestra dignidad y libertad como personas es la que debemos combatir.

La vergüenza. Ética versus política.

 

El que no se ruboriza del mal que hace es un miserable. Aristóteles.

 

La base del comportamiento ético es la vergüenza. El sentir vergüenza nos hace tomar conciencia de nosotros mismos y nos pone frente a los demás. Lo que nos ocurre es que nos arrepentimos de haber causado un mal. La vergüenza, como sentimiento, es lo primero que se da en un ser moral, sin ella no alcanzamos la moralidad. El inmoral es un sinvergüenza. Aquel que no siente nada frente al mal que produce. Por ello, la base del comportamiento ético es la simpatía o empatía. Nos sentimos reflejados en el otro. Es este reflejo, la fraternidad, diríamos desde los ideales ilustrados, lo que nos hace pretender el bien del otro, que, en suma, es nuestro propio bien. La base de la ética no es la razón, sino la domesticación de los sentimientos por la razón. Son los sentimientos y las emociones las que dirigen nuestros actos. Y es la educación la que debe dirigir todo este proceso.

 

            Pero es, precisamente, el sentimiento de vergüenza el que separa a la ética de la política. Sobre todo desde el realismo político de Maquiavelo que viene a decir que los actos políticos no se pueden calificar éticamente. Separa, absolutamente, la esfera de la ética de la esfera de la política. Desde luego que ética y política no son lo mismo, pero no pueden estar separadas. Cuando la ética y la política se separan absolutamente caemos en un totalitarismo. La base de la política debe ser la justicia. Pero ésta no se puede basar sólo en la ley. La ley, por sí sola, es solo coercitiva, no tiene poder de convicción. La acción humana al final surge de las emociones. La justicia se tiene que asentar en la confraternidad, la solidaridad y demás valores morales. Cuando el político actúa desde la tesis maquiavélica, la famosa razón de estado, o el realismo político que decíamos antes, escapa totalmente a la ética. Es un sin vergüenza, es decir, alguien que es capaz de actuar sin sentir afecto por el mal que pueda causar. Por eso esta forma de política es una política totalitaria que lo único que busca es el interés propio, el del partido o el del grupo de poder.

 

            Hoy en día, cuando el realismo político es la moneda de cambio fundamental entre los políticos podemos decir que estamos al borde de un sistema totalitario. El político se siente por encima de la ética. Los intereses particulares son más importantes. No se gobierna para el pueblo, ni el ciudadano. Se pretende anular al pueblo, se instrumentaliza. Por eso el político es mal valorado, se convierte en un miserable que olvida la cosa pública, que se limita a hacer carrera, a destrozar al oponente, dentro y fuera del partido, pero que no sabe qué es la justicia. Ya digo, para realizar la justicia necesitamos de las leyes y de los sentimientos, sin estos los ciudadanos tampoco acatarán la ley. Lo harán por coerción, no por convicción. Y si, encima el político es un mal ejemplo pues aún peor. Porque una democracia sana es una polis en la que el político ejerce la ejemplaridad pública, la virtud, no la miserabilidad. Por otro lado, en la sociedad posmoderna en la que vivimos, nihilista y egocéntrica, se ha perdido la vergüenza. Y esto es grave porque lo que sucede es que cada uno, inconscientemente, va a lo suyo sin preocuparle el resto. Sin vergüenza no hay solidaridad y sin ella no hay justicia. Lo que la sociedad hipercapitalista ha producido son individuos hiperconsumistas, preocupados de su yo que es cada vez más hueco. Por eso el crecimiento económico, basado en el consumo, mata. Nuestro modelo social y económico es un modelo criminal del cual no somos ni conscientes porque hemos perdido la capacidad de la empatía. Nos hemos vuelto unos miserables porque nuestras acciones repercuten en el mal de los otros y no lo tomamos en cuenta. El sentimiento que nos debe sacar de este estado es la indignación. Ésta es la capacidad de sentir el mal ajeno y reaccionar frente a él. Y uno es capaz de indignarse si es capaz de ponerse en el lugar del otro. A través de la indignación podemos acceder a la justicia. Es el sentimiento de indignación y solidaridad el que nos lleva a la justicia. Y ésta indignación la que reclamará a los políticos que salgan de su estado de miseria, de su delirio y ensimismamiento. La ética y la política no son esferas separadas, la una conduce a la otra y se retroalimentan. Somos animales sociales o políticos en tanto que somos animales morales y, en tanto que somos tales, somos animales políticos.

TRIBUNA: JUAN ARIAS

Los pecados del Vaticano

JUAN ARIAS  18/08/2011

Me ha causado un cierto estupor saber que se han colocado cientos de confesionarios en el parque del Retiro de Madrid con motivo de la visita del papa Benedicto XVI.

Es el mismo estupor que me causaban los confesionarios colocados en las fábricas de Polonia por el sindicalista Lech Walesa. Son esos confesionarios los que, con razón, indignan a los indignados, mientras a ellos tratan de impedirles que confiesen su indignación.

El Papa, que tendría que encarnar la figura de Pedro, el pobre pescador de Galilea, como obispo de Roma, debería recordar al viajar a Madrid que el apóstol llegó a Roma perseguido y que fue crucificado como el Maestro. No tuvo honores de jefe de Estado, ni salvas de cañón, ni papamóvil, ni fue escoltado por los guardias romanos; y fue enterrado al morir en un cementerio común. El Vaticano se construyó más tarde, y sobre él pesa un rosario de pecados.

No sé de qué se confesarán los miles de jóvenes que se arrodillarán en los confesionarios improvisados del Retiro, aunque puedo imaginármelo, ya que la Iglesia inyecta en los jóvenes católicos la obsesión por el sexo más que por la justicia o por la libertad. Pero sí sé, por haberlo vivido de cerca, los pecados de los que el Papa y sus seguidores vaticanos, recibidos con honores de reyes con un presupuesto de millones de euros pagados por los españoles en crisis, podrían y deberían confesar.

El Vaticano, el minúsculo Estado enclavado en Italia, regalo de Mussolini al Papa a cambio de los votos de los católicos al fascismo, es la mayor anomalía e irreverencia para aquel Jesús que decía que "no tenía donde reclinar la cabeza", que rechazó ser coronado rey y que murió en la ignominia de la cruz. La prerrogativa de jefe de Estado otorgada al Papa de Roma es un pecado contra los evangelios.

Las oscuras finanzas vaticanas, su Banco del IOR que estuvo tristemente implicado en escándalos de corrupción, su vinculación con mafias y masonerías heterodoxas que dejaron un reguero de cadáveres de por medio y a monseñores huyendo perseguidos por la justicia, son otros pecados todavía sin confesar y sin penitencia,

El ocultamiento de los ya tristemente casos de pedofilia del clero en todo el mundo, porque la Iglesia se avergonzaba de aceptar lo que hicieron los suyos e intentó ocultarlo durante años, es un pecado aún sin arrepentimiento y sin confesión abierta. Es un pecado tan grande que el pacífico profeta de Nazareth llegó a pedir para él la pena de muerte. Pedía que al que abusara de un menor "se le colgase una rueda de molino al cuello y se le arrojase al mar".

La imposibilidad de la mujer de acceder al sacerdocio -la más persistente discriminación femenina en el mundo de las democracias- es un verdadero pecado contra el mismo Cristo, que se rodeó de mujeres durante su vida apostólica, que se le apareció después de muerto a una mujer antes que a Pedro y a los otros apóstoles y que en las primeras comunidades creadas después de su muerte para conti-nuar su mensaje eran, también ellas, sacerdotisas y obispas.

Otro pecado del Vaticano es su terquedad en seguir manteniendo obligatorio el celibato sacerdotal a pesar de todos los escándalos de abusos de menores por parte del clero, y a pesar de que los apóstoles, y seguramente el mismo Jesús, estaban casados, como lo estaban los primeros papas y los obispos de los primeros siglos de la Iglesia, a los que solo se les pedía dar buen ejemplo conformándose con una sola mujer.

Así como también es pecado condenar todo tipo de sexualidad que no esté directamente encaminada a la procreación, cuando Jesús nunca habló de pecados contra el sexo.

Sí, en cambio, habló y gritó contra los que oprimen a los pobres, contra los sacerdotes hipócritas que predican una cosa y la contradicen después con su vida y contra los poderes y tiranías de la tierra. Llamó "zorra" al emperador Herodes. Y fue víctima del poder romano que lo condenó a muerte sin pruebas.

Son pecados todas las exhortaciones del Vaticano contra el derecho de la mujer de decidir en conciencia sobre su maternidad.

Es pecado defender la doctrina del infierno eterno ya que, como dicen los teólogos más iluminados y modernos, o existe Dios o existe el infierno. Juntos no pueden existir, porque ni el padre más brutal y vengativo sería capaz de condenar a un hijo a un castigo eterno sin posibilidad de retorno. El infierno sería la mejor prueba de la no existencia de Dios.

Cada vez que el Vaticano se opone a los avances de la ciencia que liberan al hombre de sus servidumbres, desde el uso de las células madre al derecho a morir con dignidad, peca contra la vida y contra el derecho a la libertad del ser humano.

Y como fueron pecados la Inquisición y las Cruzadas, lo son también hoy la cacería desatada contra teólogos que no razonan como el Vaticano, cacería de la que fue artífice el actual Pontífice desde su puesto de presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera de la antigua Inquisición.

Es pecado condenar a los que se empeñan en resucitar las palabras duras del Evangelio y en apoyar los abusos perpetrados por la Iglesia contra las conciencias.

Una de las frases más misteriosas y oscuras del Evangelio es la pronunciada por Jesús cuando afirma: "Dejad que los muertos entierren a sus muertos". A él le interesaban los vivos más que los muertos. Pero al Vaticano parece dolerle la felicidad de los vivos, prefiere el dolor, el sacrificio, la abnegación, el martirio, la muerte, es decir, la teología de la cruz en vez de la teología de la felicidad que era la que predicó hasta la saciedad el profeta maldito, que no soportaba el dolor y por eso "curaba a todos". Y multiplicaba no solo el pan para saciar el hambre de los pobres sino el vino para no arruinar la fiesta de unas bodas. Jesús no fue ningún asceta, ni predicó nunca el dolor como terapia de la fe.

El gran pecado del Vaticano, de esa Iglesia oficial que no acaba de liberarse del poder temporal que no le corresponde, es su miedo a que los hombres sean felices, porque es la felicidad, y no la angustia ni el sufrimiento, lo que terminará por hacer libres a las mujeres y a los hombres. De ese pecado debería no solo confesarse, sino pedir perdón a toda la humanidad.

La actualidad de la filosofía cínica.

 

José Alberto Cuesta. Ecocinismos. La crisis ecológica desde la perspectiva de la filosofía cínica. Biblioteca Buridán, 2011

 

            Para empezar mi más sincera enhorabuena al autor por esta obra magistral. Un libro que aúna la erudición con la sabiduría. No trataré aquí de hacer una reseña de la obra, sino de hacer unas reflexiones, que por lo demás se recogen en el libro, desde mi perspectiva, sobre la actualidad del cinismo helenístico en la sociedad actual y su viabilidad. Sostengo, y ya digo que no añado nada nuevo a lo que en la obra se dice, que el cinismo es una filosofía plenamente actual, con sus deficiencias e incompletudes debido a la diferencia de los momentos históricos, a la mayor complejidad de la actualidad, así como a la emergencia de nuevos fenómenos con los que no se las tenían que ver las filosofías helenísticas, entre las que se encuentra el cinismo. Esas insuficiencias deben ser completadas con las otras filosofías helenísticas y con el pensamiento actual. No con el posmodernismo, por supuesto, que es algo que el cinismo debe combatir.

 

            En primer lugar hay que señalar la semejanza histórica entre el helenismo y la actualidad. En segundo lugar, señalar las características fundamentales del cinismo y en último lugar poner en actualidad esas características para ver su viabilidad, su insuficiencia y el modo de ser complementadas. Como decía, aunque la historia no se repite, sí se dan estructuras semejantes. La historia no se repite porque siempre hay acontecimientos nuevos y voluntades diferentes, pero sí existen semejanzas estructurales que nos permiten aprender del pasado. Por eso mantengo que existen ciertas semejanzas entre la época helenística, que fue el momento en el que emerge el cinismo, como el estoicismo, el epicureismo y el escepticismo, y nuestra época. El helenismo significo un periodo de crisis en el que se produce una pérdida de identidad del ciudadano. Representa la caída de la polis como forma de organizaron social. Y, específicamente en Atenas, la desaparición de la democracia. La polis, sobre todo en Atenas, en la que se daba la democracia, aunque de forma inestable, era una forma de organización social en la que el ciudadano podía intervenir directamente en los asuntos públicos. Con la conquista de las polis griegas por Macedonia y, después por Alejandro Magno, la polis deja de existir y se da paso al imperio. Se produce una separación insalvable entre los ciudadanos, que pasan a ser súbditos y los gobernantes, en este caso el emperador. El ciudadano ya no participa de la polis, de los asuntos públicos. Deja de tener importancia. Sólo tiene que obedecer los dictados del emperador. Ni las normas, ni las leyes, ni las costumbres le sirven como identidad. Está perdido en la inmensidad del imperio. Es esta nueva estructura política y social la que hace emerger la crisis y a esta crisis intenta responder la filosofía helenística, entre ellas, el cinismo. Todas estas filosofías son pensamientos encaminados a la búsqueda del sentido de la existencia. Son filosofías de la salvación. Lo que se intenta es procurar una fórmula para la felicidad individual. En este caldo de cultivo también se encuentra el cristianismo, aunque no vamos a entrar en él. Son pensamientos, en principio, individualistas que buscan un modelo de felicidad que es el modelo del sabio. Las diferentes escuelas dan sus diferentes recetas, aunque divergen entre sí tienen muchos puntos de coincidencia. De todas formas no vamos a entrar en el análisis de ellas. Nos quedaremos con el cinismo.

 

            Cuatro son las características fundamentales, aunque hay mucho más, que quiero señalar para después relacionarlo con el presente y la crisis ecosocial que padecemos y la vigencia del pensamiento cínico a la hora de enfrentarse a esta crisis, a mi modo, Terminal, si no se remedia de nuestra civilización. La primera característica, de una importancia radical es la proclama cínica, y helenística en general, de la vuelta a la naturaleza. Los cínicos consideran que hay que seguir a la naturaleza, que el hombre es naturaleza, aunque se le superpone la cultura. La cultura es el ámbito de la convención, de la hipocresía, de la falsedad, del vicio, de la corrupción. Lo que hacen los cínicos es denunciar la vanidad, el vicio y la corrupción social. Su método es el de desenmascarar por medio de la palabra los vicios sociales: la soberbia, la vanidad. Todo aquello que lo que hace es destrozar al hombre, sumirlo en su degeneración. Por el contrario, si seguimos a la naturaleza, seguimos a la razón, que es la cordura, frente a la locura de los vicios sociales, que no son más que pose y apariencia. El cínico, con su presencia y con su palabra, una retórica sarcástica y teatral, desenmascara la hipocresía social. Frente a la perversión de la cultura proclama la autenticidad de la naturaleza. Es el primer pensamiento ecológico de la historia. Lo característico del hombre es su naturaleza. Lo que nos hace iguales a todos es nuestra naturaleza, de ahí que los cínicos se empeñen en mostrar la naturaleza en cualquier parte. Lo que nos diferencia es lo arbitrario, lo convencional, las costumbres. Y todo esto es una farsa para ocultar lo común, nuestra naturaleza que es la que nos iguala a todos.

 

            De esta primera característica surge una segunda por derivación directa. El cínico es un asceta. La cultura alimenta el vicio, la necesidad. En realidad necesitamos poco. Como decía el maestro de todos los cínicos, Sócrates, porque de él surge el cinismo, como el resto de las filosofías helenísticas, cuántas cosas no necesito. Pues los cínicos siguiendo su ejemplo, y Diógenes, radicalizándolo, se desprenden de todo aquello que no sea necesario para vivir. Pero para vivir conforme a la naturaleza. Los cínicos se ejercitan en la austeridad. Ejercitan el cuerpo y el espíritu. Para vivir necesitamos muy poco, como nos muestra Diógenes, un manto, un bastón y una escudilla, a la que renuncia al ver a un niño comer lentejas en el cuenco del pan y beber agua con las manos. Poco equipaje nos hace falta en este mundo, salvo nosotros mismos. Mientras menos necesitemos más libres somos. Pero, para eso, necesitamos la disciplina del ascetismo. La vida del cínico no es un abandono, todo lo contrario, es un ejercitarse continuo, pero no para la competencia, sino para la libertad. Un continuo educar al cuerpo y el espíritu en la autenticidad. Y la autenticidad se corresponde con las necesidades que marca la naturaleza. No nos es necesario ir más allá.

 

            En tercer lugar tenemos la característica de la parrusia, el uso de la palabra de forma incontinente. Es decir, la plena libertad de expresión. El cínico, como lo haría Sócrates, pero éste desde la refinada ironía porque el momento era otro y las armas a utilizar distintas, pero en su talante está ya el cinismo como forma desesperada de enseñanza y de filantropía. Porque la base afectiva de la enseñanza es la filantropía, el amor al hombre. Y por que se le quiere, pues se le quiere hacer mejor. La libertad de expresión en el cínico es el uso del sarcasmo, de la exageración. Frente a un hombre que vive sumido en el engaño, en el vacío, el sueño, es necesario el bastonazo. Y el bastonazo de Diógenes es el sarcasmo. Se enseña por medio de la burla. La burla nos hace tomar conciencia de nuestro ridículo, no es el cínico el que va por la ciudad haciendo el ridículo, ni un loco, es el que denuncia la ridiculez, la falsedad, la máscara de los hombres bienpensantes y bien instalados en las formas y costumbres sociales. La libertad de expresión llevada hasta sus últimas consecuencias es lo que el cínico reivindica como forma pedagógica. Ya no es suficiente la ironía, es necesario el sarcasmo. Los argumentos sutiles se escapan a la corrupción social. El sueño y el engaño son tan profundos que es necesario no ya el aguijón del tábano, si no el bastonazo, la mordedura del perro. Pero esta libertad de expresión va en la misma línea de autenticidad que la mayeútica socrática. Diógenes pone en juego su vida al utilizarla. Se trata de utilizar la palabra como forma de denuncia del poderoso. Para hacerle ver que todo es efímero, que su vida es un sinsentido. Se trata de utilizar la palabra para enseñar al conciudadano, al hermano, que vive en el error, que se olvida de lo importante, mientras que se dedica a lo superfluo. Y estas palabras pueden doler y se pueden volver peligrosas para aquel que las enuncia. Hace falta valentía para enunciarlas. El cínico pone en juego su vida cuando ejerce la crítica mordaz. Pero, a la vez, enseña, que lo importante es lo que olvidamos, además, su vida ascética nos muestra que el que verdaderamente tiene poder es el que renuncia a todo lo que es superfluo. Por eso el famoso encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes, en el que el emperador pregunta al perro que qué era lo que deseaba y éste, Diógenes, responde que lo único que quiere es que se quite de en medio pues le tapa el sol. Con esto, Diógenes se la juega. Alejandro es el hombre más poderos del mundo, Diógenes vive en un tonel, no tiene nada, salvo a sí mismo y su libertad. Y esa libertad, en este caso, es la de tomar el sol. Diógenes muestra su superioridad frente al hombre más poderoso, en realidad, el más poderoso, el que queda a merced de “el perro” es el emperador. Muestra que su poder reside en su libertad de no necesitar. Pero sus palabras muy bien podrían haberle acarreado un serio disgusto, incluso la muerte. Alejandro podía haberle mandado a ejecutar de inmediato. He aquí la valentía y la libertad del cínico, que consiste en ser dueño de sí mismo, auténticamente libre y, por eso ser capaz de enfrentarse al poder. Nada puede el máximo poder con un hombre libre. Lo único que puede hacer es aprender una buena lección. Esta libertad es la del valor, la de no callar nunca ante el engaño, el vicio, la mentira y la injusticia.

 

            Por último, otra de las características del cinismo es su defensa del cosmopolitismo. Diógenes se declara cosmopolita, ciudadano del mundo. No apátrida, que es algo que va incluido, sino cosmopolita. Lo que nos quiere enseñar Diógenes es que el hombre, al seguir a la naturaleza, la sigue en todas partes, porque la naturaleza es la misma, mientras que las costumbres son diversas. Pero va más allá. Diógenes, la filosofía cínica, y de ahí surgirá el concepto de cosmopolitismo de los estoicos, considera que todos los hombres son iguales. Ser cosmopolita es reconocer al otro como otro yo. Es reconocer la dignidad del otro por su propio ser, su propia naturaleza. En realidad, el cosmopolitsmo es la concepción ética de la hermanad, en su naturaleza, de todos los hombres. Y esto nos lleva a la igualdad. Todos somos iguales, las diferencias son superfluas y aferrarse a nuestras diferencias no es más que esclavitud, además de producir guerra y conflicto.

 

            Pues bien, estas son las características esenciales del cinismo que, a mi modo de ver, tienen plena vigencia, aunque son insuficientes. También hay que tener en cuenta una cosa y es la distinción que hace Sloterdijk en su ya clásica obra Crítica de la razón cínica. El autor distingue entre cinismo y quinismo, atendiendo a su raíz griega. Esta distinción es interesante porque el cinismo hoy en día se ha malinterpretado. Para Sloterdijk el cinismo actual es el del poder, el del político. Aquel que se camufla y nos engaña haciéndonos pensar otra cosa de la que es. Y esto queda muy patente en las políticas medioambientales. Las políticas verdes, el tan cacareado desarrollo sostenible, que en boca del cinismo político no es más que crecimiento económico sostenible maquillado de políticas que no van al fondo del problema, que son más de lo mismo. Este cínico no es exactamente el camaleón del que nos habla Garcia Gual es su La secta del perro, sino el cínico en sentido de hipocresía. Y a este cínico le ha venido muy bien el posmodernismo. Porque este no-pensamiento es la forma de discurso en la que caben todos los pensamientos, en la que todo vale y todo es relativo. Lo importante es la utilidad y el poder. De esta forma el cínico sería un camaleón. Pero no es éste el sentido auténtico del cínico, ni el que le atribuye Garcia Gual, ni José Miguel en su La sombra de un farol. Aquí el cínico es un camaleón que se camufla entre la gente para enseñar, no para aprovecharse de ellos ni engañar. Si bien es cierto que el cínico actual tiene que tener, como una de sus estrategias algo de camaleón, no es ésta su característica esencial. En nuestro momento el camaleón se diluye en la nada y pierde la posibilidad del uso de la palabra como forma de denuncia pública, característica esencial del cinismo y necesaria hoy en día. Por su parte, el quinismo es lo que entiende Sloterdijk como la actividad esencial del cinismo hoy en día es la recuperación del cinismo en la praxis actual. Esta distinción es importante para que veamos la actualidad del cinismo contemporáneo.

 

            Repasemos ahora las características. En primer lugar tenemos la vuelta a la naturaleza. Pues bien, eso es lo que hemos aprendido. Desde la teoría de la evolución, pasando por la etología y las neurociencias lo que se nos ha mostrado es que somos seres naturales. Que nuestra diferencia con los animales es una diferencia de grado. Que todos estamos sumidos en una misma biosfera de la cual somos miembros iguales, no privilegiados. Y ésta es una de las bases del pensamiento ecologista actual. Los males de la civilización proceden al triunfar las doctrinas que elevan al hombre por encima de la naturaleza, que hacen del hombre dueño y señor de la naturaleza. En la medida en la que pertenecemos a la naturaleza tenemos que obedecerla, la crisis ecosocial actual procede, precisamente de no seguir los dictados de la naturaleza. Nuestra economía se basa en el crecimiento ilimitado y esto es un error, hay unos límites al crecimiento. Y no se trata ya de un desarrollo sostenible, que como decía ha sido utilizado cínicamente por el poder, para engañar a la ciudadanía. Se trata de asumir que los límites de la naturaleza son nuestros límites y que si queremos sobrevivir tenemos que acatarlo. Por eso tenemos que utilizar la palabra para denunciar con voz clara, con bastonazos, con sarcasmos, si es necesario, la hipocresía de los políticos y la desvergüenza del pensamiento económico único. Son farsas para que unos cuantos sobrevivan a costa del resto. Hay que seguir a la naturaleza y darse cuenta de que nos reducimos a ella y que nunca la venceremos. Sólo nos cabe obedecer o desaparecer. Y de ahí se sigue que nuestro modelo de vida debe estar basado en la austeridad. Y esto desde un punto de vista ético y político. Desde el punto de vista ético debemos aprender que necesitamos poco para vivir, así como debemos aprender, de los epicúreos que el placer es posible, pero con poco. Y que el placer más importante es el intelectual-contemplativo. Esto es algo que habría que añadir desde la filosofía epicúrea a la cínica. Porque la ascética no debe ser total. La inteligencia, en sus múltiples dimensiones, es una cualidad humana que nos produce placer, o elimina dolor. El placer estático, el intelectual debe ser seguido. La educación tiene que enseñar estos valores éticos. Pero, para eso es necesario el uso de la crítica de todo lo que nos rodea, que es lo contrario. Vivimos en una sociedad del despilfarro y de la acumulación de todo lo que no necesitamos. Una sociedad que es la que sufre el mal llamado síndrome de Diógenes (porque éste, como hemos visto, representa todo lo contrario), acumula todo aquello que no necesita. Somos esclavos de lo que consumimos y no somos capaces de pararnos y experimentar ni placer intelectual ni estético. Todo es prisa y superficialidad. Consumimos el mundo mientras nos consumimos a nosotros mismos. Por eso la tercera característica es fundamental. La otra dimensión era la política. Desde la legislación debe fomentarse la austeridad y la responsabilidad con respecto a los otros y las generaciones futuras. No se puede exigir el heroísmo ético, pero sí la obediencia a la ley. Por eso la implantación de nuevos valores tiene que pasar por la educación en estos y por las medidas políticas que nos obliguen a la austeridad. Ello requiere el cambio del capitalismo sin bridas en el que vivimos a una sociedad del decrecimiento. Decía que es necesario explicar, desde la educación estos valores, pero para ello es necesario desenmascarar el engaño de los falsos valores, de los ídolos que se nos imponen. Y para ello es necesaria la tercera característica, la de la libertad de expresión, el uso de la palabra. Aunque en ese uso nos puedan partir la cara, o nos puedan encerrar, como es el caso de los ecologistas en acción que hace poco fueron encarcelados por mostrar la pantomima del poder cuando hablan de medioambiente. Eso fue un acto de cinismo actual, no una payasada, como alguno insinuo, mezcla de argumento, teatro y burla. Pero, como digo, el uso de la palabra requiere valor y como lo que el cínico ecologista actual a lo que se enfrenta es al poder pues verdaderamente corre peligro. Un gran enemigo tiene el cinismo en la actualidad: el relativismo posmodernista. Por eso el camaleón no sirve. El relativismo es una forma de engaño del poder, algo que le interesa para hacer lo que quiera, para tener las manos libres. El cínico tiene que combatir el relativismo por medio del sarcasmo y la burla. Por supuesto que detrás están los argumentos, como no. Pero hay que desenmascarar al relativismo. No todo se puede defender. No hay una muerte del discurso racional e ilustrado, lo que hay es farsa del poderoso. Y el cínico tiene que mostrar esa farsa con todos los instrumentos dialécticos y retóricos a su alcance. Reordemos el zapato dirigido a la cara de Buhs.

 

            Y el último punto es el del cosmopolitismo. Plenamente actual. Si no somos capaces de concebir como ideal ético el cosmopolitismo, nuestra civilización desaparecerá. La globalización ha terminado con las fronteras. Pero estas fronteras siguen existiendo entre los hombres. Hay libertad de mercado, libertad financiera, información al instante en todo el mundo. Pero los hombres están cada vez más divididos entre ricos y pobres, y los problemas ecológicos, con el cambio climático como insignia de todos, agudizarán estas diferencias. Los problemas ecológicos son problemas sociales y llevaran al enfrentamiento entre los hombres por la escasez de recursos naturales, tanto energéticos como alimentarios. Si no somos capaces de pensar al hombre como un igual, desde una ética cosmopolita, basada en el imperativo kantiano de que todos somos fines en sí mismo, y en el principio de responsabilidad de Jonas, que implica nuestra responsabilidad con cualquier otro, ya sea lejano en el espacio o en el tiempo (las generaciones venideras) pues no tendremos salvación. El pensamiento cínico puso las bases de todo esto, sólo tenemos que actualizarlo. Por sí solo es insuficiente, es necesario unirlo al epicureismo en el sentido en el que hablabamos antes y al estoicismo en su visión del orden político cosmopolita. Porque el cinismo tiene una deficiencia, como el epicureismo, son pensamientos para el individuo, no para la sociedad. Hoy necesitamos de los dos. Un pensamiento ético y político. Las armas son las mismas. La libertad de expresión, ya sean discursos sesudos, manifestaciones, burlas, sarcasmos, concentraciones, denuncias, camaleones que desde el camuflaje ponen en evidencia al poder y las instituciones que corrompen…todo lo que aún nos permite la democracia con la que cada vez nos sentimos menos identificados. En un mundo enloquecido, en el que todos hablan y nadie escucha es necesario el bastonazo del perro. Se corre un peligro, y es una de las insuficiencias del cinismo, perderse en esa vorágine de voces. Pero eso es precisamente lo que tiene que combatir el cinismo. Otra cosa que no puede olvidar el cinismo es que hay que partir, si queremos desenmascarar la hipocresía del poder, de un sano escepticismo. Escepticismo como duda y como búsqueda. El tiempo de los dogmatismos ha pasado, sin por ello caer en las manos del relativismo.