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Filosofía desde la trinchera

Boabdil no tenía motivos

XLSemanal - 27/12/2010

No quiero que se vaya 2010 sin glosar un recorte de prensa que tengo sobre la mesa. Hace unas semanas coincidieron, en tiempo y espacio, el alarde habitual de cinismo de las autoridades del ramo tras la publicación de cada informe Pisa sobre el estado de la educación en España -sólo estamos un poco por debajo de la media, no vamos tan mal como parece, etcétera- y una cosita de la Junta de Andalucía que me hace tilín. Sobre nuestro coma educativo no voy a extenderme, pues acabo de desayunar y sería incómodo que la náusea me hiciera vomitar el vaso de leche y los crispis sobre el teclado del ordenata; sobre todo si recuerdo los paños calientes del ministro responsable, señor Gabilondo, el triunfalismo idiota de su secretario de Educación -que ni me acuerdo de cómo se llama ni me importa un carajo-, o el de ciertos presuntos consejeros de Educación de los diecisiete putiferios del Estado español. Dicho sea lo de Estado con las cautelas oportunas.

El adobo de choteo, como digo, lo pone el recorte de prensa que mencionaba. Lo leí cuando se hacían públicos los datos que, una vez más, confirman que la lucha honorable de tantos maestros españoles, maniatados por nuestro triste sistema educativo, es una batalla perdida; que la excelencia en las aulas es políticamente incorrecta, que todo se iguala por abajo en favor de la apatía y la mediocridad, y que preferimos tener masas de chusma informe antes que élites preparadas que le pongan letras mayúsculas a la palabra futuro. Tengo ese recorte sobre la mesa, como digo, y me partiría la caja si no fuera porque el asunto tiene poca gracia. Mientras el informe Pisa confirma que Andalucía sigue a la cola de Europa, lo que preocupa a la Junta que gobierna esa autonomía, la prioridad a la que dedica tiempo y viruta, lo que le quita el sueño y merma su presupuesto, es publicar una guía de 71 páginas para propiciar «el conocimiento de la perspectiva ecofeminista y potenciar el lenguaje periodístico desde una perspectiva de género medioambiental».

Lo de menos es que Andalucía, inculto patio de Monipodio de políticos oportunistas y clientela comprada con subvenciones, carezca de medios para que los colegios funcionen, los alumnos progresen, y los profesores heroicos dispongan de medios en la desigual lucha que libran. Por ahí pasa la Junta de puntillas. Para lo que comparecen cuatro consejeros -Medio Ambiente, Presidencia, Igualdad y Hacienda- es para exigir al mundo que se evite la palabra actor sustituyéndola por persona que actúa, que en vez de futbolistas digamos quienes juegan al fútbol, que en vez de parados se diga personas sin trabajo, que los ciudadanos se transformen en la ciudadanía, el hombre en la humanidad, los niños en la infancia y los andaluces en el pueblo andaluz.

Llegados a este punto, diríamos que la imbecilidad de la Junta andaluza, encarnada en sus representantes, quedó exhausta. Pues no. Aún les quedó resuello para poner algunos ejemplos de cómo evitar el lenguaje machista. Por ejemplo, sustituyendo la frase «los maestros les prohíben usar el móvil a los alumnos» por «el profesorado le prohíbe usar el móvil al alumnado»; que, además, resulta un delicioso pareado. Aunque mi recomendación favorita del informe juntero -me pregunto cuánto costó, y a quién arregló el año la subvención, o mandanga- es la que critica la frase «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez iba muy elegante» y exige cambiarla por «Páez estuvo magnífico en su intervención y la señora Martínez realizó unas aportaciones muy inteligentes»; dando por sentado que la señora Martínez, sea quien sea, y por el hecho de ser mujer, tiene que aportar inteligencia por cojones.

Sería injusto afirmar que en este alarde de sentido común y gusto expresivo, la Junta se olvida de la educación y la cultura. Hay una exigencia de la que, supongo, tomarán nota todos los profesores -el profesorado- que expliquen a sus alumnos, o alumnado, la Historia de Andalucía y de España; dicho sea lo de España sin ánimo de ofender. Según lo que recomienda el manual juntero, la madre de Boabdil ya nunca podrá dirigirse en los libros de texto a su destronado chaval con las palabras que le dedicó en 1492, largándose de Granada: «No llores como una mujer lo que no defendiste como hombre». La frase, ahora, será: «No llores, pues no tienes motivos para ello». Y punto. Ocho siglos de Reconquista, como ven, resueltos y simplificados de un plumazo. ¿Motivos? ¿Reconquista de qué? Más fácil para los chicos, imposible.

No puede ser, me digo, que sean tan analfabetos. Ni tan estúpidos. Eso me digo una y otra vez. Serían inocentes, y en nada de esto acabo de ver inocencia alguna. Me pregunto, entonces, cuál es la frontera que separa a un analfabeto de un sinvergüenza.

La ironía como forma de enseñanza

La ironía es el instrumento intelectual del filósofo. Por medio de ella podemos destruir el dogma. De lo que se trata es de mostrar que no existen pensamientos completos, que todo pensamiento es fragmentario, no en el sentido de los posmodernos, sino de los escépticos. Se llega a la ironía por medio de una buena dosis de escepticismo. Pienso que la ironía es la actitud que está a medio camino entre el sarcasmo y el cinismo, entendiendo este último en el sentido peyorativo, no en el filosófico. En el filosófico identifico sarcasmo con cinismo.

 

            La ironía es el escarpelo del intelectual. Nos permite ver más allá de lo inmediato. La ironía es la duda que se le ofrece al dogmático para salir de la cerrazón de su pensamiento. Es apertura a las nuevas posibilidades. Es la contingencia del pensamiento y los límites de la razón. Por eso la ironía surge con Sócrates. Cuando la razón había sufrido un fuerte varapalo con los sofistas que la llevaron al relativismo. No confundir relativismo con escepticismo. El escepticismo necesita de la ironía, porque ella es una forma de duda frente al pensamiento único. El escepticismo no es negación, esto es nihilismo y cinismo, sino búsqueda a partir de la duda. La ironía es el estado mental que nos permite la duda. La ironía es distancia frente a las verdades establecidas. Y ello requiere que no nos tomemos demasiado en serio. El problema es el de la creencia. Ésta otorga seriedad, rigidez, una mirada angosta, pero que pretende ser total y única. La ironía es la actitud que nos vacuna contra esta enfermedad del alma. La ironía es alegría y liberación por eso Sócrates anda, aunque preocupado por la virtud pública, despreocupado, de todo lo que todo el mundo piensa que es lo importante. Por eso la vida de Sócrates es alegría de vivir. Es el secreto que Buda adquiere también, y no precisamente en el camino de la abstinencia y el ayuno, sino en el de la vida y su disfrute moderado. La ironía nos enseña que nada importa demasiado y que de nada demasiado. Es moderación, alegría, socarronería, complicidad, reconocimiento del límite humano, de nuestra contingencia. Por eso es un antídoto contra el dogmatismo, la creencia y el fanatismo. La ironía requiere del ejercicio de la duda, pero no renuncia a la búsqueda del conocimiento, ni al poder de la razón, aunque sabe de sus límites. Es la actitud que nos lleva a afrontar dignamente la docta ignorancia. Pero insisto en que la ironía nos permite luchar contra el dogmatismo sin renunciar al poder de la razón y a la posibilidad de alcanzar la virtud y cierto grado de conocimiento. El cínico, sobre todo en su versión política y posmoderna, es un dogmático nihilista, que niega la posibilidad de la virtud, la ética y el conocimiento y se instala en la clandestinidad del todo vale. El cínico traspasa la ironía y niega la docta ignorancia. Al admitir el relativismo, admite que todo vale. Se encuentra en una contradicción tremenda. Su defensa del relativismo le lleva al absolutismo del poder. Por ello el mejor ejemplar del cínico es el político, que creyendo que nada es verdad y todo vale, defiende en última instancia que la verdad reside en el poder, por eso, desde su atalaya, se ríe del resto de sus congéneres y los considera ilusos. De ahí que se arrogue el derecho de manipularlos, engañarlos y domesticarlos. Y ése es el peligro que Sócrates vio y lo entendió como degeneración de la democracia. Por eso introduce su aguijó de tábano, para despertar las conciencias. No todo es posible, no todo se puede defender. El poder no es la verdad, la retórica y la demagogia dependen del más fuerte, pero el bien de la polis depende del hombre más justo. Y para eso es necesario poner en cuestión al sofista, al político y al poeta que se dedican a engañar al ciudadano con bellos discursos. Sócrates no renuncia a la verdad, ni a la virtud, reconoce su ignorancia; pero ello le impulsa al conocimiento, no al relativismo y el cinismo que de ello se sigue. Y para eso tiene que desenmascarar al poder. Y ése es el ejerció de la ironía, ejercicio sumamente peligroso, en su caso le cuesta la vida, en general, al que la ejerce le cuesta, la soledad, la incomprensión y, en definitiva, el ostracismo. Sócrates es un tábano, molesto, pero necesario. Es imprescindible que el ciudadano salga de ese estado inconsciente y encandilado en el que el poder lo tiene a base del engaño. Por eso la ironía es el aguijón del sabio. La ironía abre una brecha en nuestras certezas y seguridades, nos compromete porque nos hace ver en nuestro interior. Pero siempre se ejerce dulcemente, desde la sonrisa: Sócrates, Buda. Por su parte, el sarcasmo, participa ya, de alguna manera, de la desesperación. Es lo que le ocurrió a la corriente directamente sucesora de Sócrates, los cínicos. Estos desesperan de que se pueda construir una polis justa. A los ciudadanos no se les puede despertar ya con un suave aguijoneo, necesitan del sarcasmo, de la burla brutal, es tal su estado de somnolencia, engaño y autoengaño. Esa es la terapia de los filósofos cínicos, la burla, la agresión intelectual, el escarnio. Pero no porque estos hayan perdido la confianza en la mejora del hombre. Todo lo contrario. Quieren hombres de verdad, no caricaturas, ni marionetas. Por eso los cínicos filósofos desconfían absolutamente del poder, porque el poder corrompe, pero no sólo al poder, sino a los que son manejados por éste, porque en definitiva el hombre busca prebendas en el poder, se hace súbdito el sólo. De ahí que los filósofos cínicos sean unos escépticos casi nihilistas, en cuanto a la posibilidad de una sociedad justa, sólo creen en el hombre en tanto que posibilidad que no debe regirse por la ley de los hombres, sino por la de la naturaleza. Los filósofos cínicos apuestan por el individualismo radical, he aquí su contradicción, el hombre sin sociedad es imposible. Pero el hombre no es un animal social como las hormigas, sino sociablemente insociable, que diría Kant. Por eso la ironía socrática, como ejercicio del sano escepticismo, es una actitud más realista. Y por eso se encuentra entre el nihilismo al que nos aboca el cinismo del poder y el individualismo, algo exagerado, pero excelente antídoto contra el poder, de los filósofos cínicos.

En torno a "El club de los poetas muertos"

Vamos a ver, dije que no quería polemizar. La interpretación que propongo es absolutamente legítima. Es más, aún coincidiendo con lo que se viene diciendo por aquí, y yo mismo lo he defendido en mi artículo, así como en todas mis intervenciones en el blog, no se demuestra la falsedad de mi interpretación. Creo que se confunden diferentes niveles, Uno es la valoración de la película, y, dentro de ésta, la valoración, de Robin Wiliams como protagonista. Otro nivel es nuestro pensamiento sobre los errores en la educación y nuestras propuestas.

 

            Empecemos por el principio. Creo que la película no es una buena muestra en el sentido de que pertenezca al séptimo arte. Tampoco veo un alegato educativo claro en ella, con su programa y sus principios. Hay que entender una cosa, y esto lo digo por los que se ensañan demasiado con ella. Vamos a ver, no estamos ante un tratado ni un ensayo que sí es criticable argumentalmente. Estamos ante el arte, aunque la película no de el nivel, por supuestísimo. Y el arte muestra, no demuestra. En la película aparecen temas muy claros y bien marcados. Pero se apuntan cosas más complejas. Tampoco podemos simplificar, como en muchos de los comentarios se ha hecho. La película en mi caso sirvió para hablar de la ilustración, como aparee en mi artículo. Y creo que nadie puede demostrar lo contrario. Ésta es la ambigüedad del nivel de la mostración. Considero que el valor de la autonomía, regirse por uno mismo es importante. Y considero que aparece un tema crucial sobre la naturaleza humana. El problema de la sociable insociabilidad del hombre, aquello que decía Kant, o la paradoja de Hume: el hombre, lo que más valora es la libertad pero en pos de la seguridad renuncia a ella plácidamente.

 

            Desarrollo un poco estas cosas, aunque Robin Williams contamina toda la película con su sensiblería y la vuelve débil y pasional, no quiere ello decir que, por debajo no se pueda encontrar algo para reflexionar. Y aunque los nuevos pedagogos vean un ejemplo en esta película, no es más que superficial. Por eso creo que los análisis contra ella son superficiales. Quizás lo mejor será, ya que no es una obra maestra del cine, pues no decir nada. No creo que la película por sí sola haga excesivo daño. Las causas del malestar en la educación y en la sociedad en su conjunto los hemos analizado aquí muy detenida y  pormenorizadamente, y seguiremos haciéndolo. No creo que haya que perder el tiempo en este tipo de películas y polémicas, para, en el fondo, decir lo mismo. Pero, como se han dicho tantas cosas, quiero yo explicarme algo más. Maximiliano, por supuesto que me quedo con John Ford, en cualquiera de sus películas hay más enjundia ética que en toda la educación para la ciudadanía junta, efectivamente. Y este maestro del cine, como el Western, es para mí una debilidad. Y, entre otras cosas, por el mensaje moral. Por lo de la moral del héroe, del que abre camino, por el ser de frontera, tanto física como moral. Ese héroe en el que se produce la contradicción de la sociable insociabilidad humana. Ese héroe primigenio que trae la civilización, pero que al llegar la sociedad, al normalizarse su moral, pasa a ser un exiliado, un solitario, o, incluso, un forajido, un fuera de la ley… el western está plagado de estos ejemplos. Ya mencioné también aquí el diálogo final de los siete samuráis…”al final siempre vencen los campesinos”, la moral inferir, la hipocresía, el miedo, el rencor, el resentimiento…en definitiva. Y esto es una de las cosas que quería señalar.

 

            Al principio de la película se contraponen el modelo tradicional de enseñanza basado en la excelencia, el trabajo y el esfuerzo. Pero, el problema es que el vehículo de transmisión de estos auténticos valores, no es la verdadera escuela, sino una sociedad de poderosos e hipócritas, que sólo quieren poder y ocultar sus debilidades. Por eso no aplican disciplina, ni esfuerzo, sino la fuerza arbitraria, porque desconfían, en definitiva, de su virtud, de su autoridad y, en fin, de su excelencia. Pero su poder y su situación se conservan por la tradición. La fuerza de la tradición, la sociabilidad del hombre a la que no podemos renunciar. La que nos arrastra y anula nuestra individualidad. Por otro lado, aparece el nuevo profesor, con los nuevos métodos, e ideas, en verdad, impracticables e inservibles. Muchos de ellos, meras payasadas. Pero hay un trasfondo, no hay que quedarse sólo con la melodía, hay que ir a la letra, no hay que mirar el dedo, sino la luna. Hasta una mala película nos puede hacer pensar, sobre todo si uno está explicando a Kant, como me ocurrió a mí cuando escribí mi artículo hace cinco o seis años. Este profesor algo payaso, anárquico, representa, como he intentado explicar, algo importante. El principio de autonomía. Frente a la tradición está la creación. Frente a la sociabilidad del individuo está la libertad del ciudadano. Creo que éste es el antagonismo que subyace a toda la película, que no es más que el antagonismo de nuestra propia naturaleza. La autonomía es el canto de la libertad. Pero ésta no se consigue sin el esfuerzo, sin ser capaces de apartarse del grupo, sin caminar por uno mismo, sin miedos. La autoculpable minoría de edad es la pereza y la cobardía, al decir de Kant. Este nuevo profesor enseña a vencer la pereza y el miedo, a tratar de ser uno mismo, no sin esfuerzo. Y nosotros sabemos, que los métodos que apareen en la película, son paparruchas, y que alimentan a los nuevos pedagogos. El método real es el del conocimiento y el conocimiento exige disciplina y esfuerzo y es lo que nos llevará a la virtud que solo se conquista por la libertad y en la libertad, autonomía.

 

            Creo que al final de la película, en su fatal desenlace, es donde reside esto que vengo diciendo. El suicidio de uno de los alumnos no es más que la prueba del poder de la tradición, o estás en ella o condenado al ostracismo. No hay virtud ni excelencia en esa tradición, hay máscara e hipocresía, ocultamiento de la debilidad y la verdad, como queda reflejado en el padre del suicida. Éste no ha sido lo suficientemente fuerte. Y luego quedan los compañeros, que se van doblegando, cobardemente, al poder de la fuerza. Un poder arbitrario. No es la excelencia, lo que los convence, sino el miedo, que es el sistema de control que utiliza la tradición. Pero es que nuestra naturaleza nos impele a ello. Nuestra sociabilidad nos hace gregarios y obedientes, nuestra insociabilidad, libres y solitarios. Todos tenemos que bregar con esta tensión interna y de elegir el justo medio en cada momento depende nuestra virtud y libertad. El peso de la tradición ha doblegado a los alumnos, que en definitiva, lo que aceptan no es un mundo más justo y mejor, sino pertenecer a esa clase elegida, no por ser los mejores, los excelentes, sino, en este caso, los más ricos y que supuestamente encarnan los valores de los elegidos, pero que guardan muertos en sus armarios. En definitiva, lo que han elegido es la adaptación, han renunciado a ser sí mismos. Y es la adaptabilidad y la obediencia la forma de transmitirse la tradición. Y eso, curiosamente, es también lo que sucede en nuestra tradición, la neoliberal. El valor fundamental de la nueva universidad a la boloñesa es la adaptabilidad a la sociedad del cambio. Es decir, el aborregamiento, la obediencia y la ausencia de crítica. La tradición se perpetúa a través de un sistema de valores a los que se obedece ciegamente, funcionan como creencias en las que se está, no como ideas. Bien, el sujeto libre tiene ideas, ejerce la crítica y ello le puede llevar a la soledad y al ostracismo, por eso requiere de valentía. Por eso pierden los samuráis y los viejos pistoleros se retiran a vivir fuera de la ley, ley que ellos, han creado, esa es la paradoja.

Mario, creo que hay algo en lo que te equivocas. A mí no me dan ninguna pena esas personas que viven instalados en la cobardía, o peor aún, los hipócritas y cínicos que ocupan el poder. No, lo que pienso es que el esfuerzo de la ilustración tiene que alcanzar a todos. Si queremos conseguir una democracia mejor, debe ser para todos, aunque muchos sean indiferentes y pasivos. Pero lo que sí es necesario es terminar con la clase que parasita el poder y con la locura de distribución del capital o la riqueza, eso sí. Una democracia garantiza un estado de derecho, igualdad ante la ley, esto es necesario, porque si no la ley es arbitraria y entonces caemos en la tiranía. El hecho de que haya muchas personas cómodas, o cobardes, no implica que no haya que luchar por un estado de derecho más desarrollado y participativo. Otra cosa importante que para mí es una guía ética y política. Decía Terencio, “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” Nadie está limpio ni es absolutamente virtuoso, en nuestra vida hay una tensión constante entre vicio y virtud. La sabiduría consiste en ir dominando el vicio, es insuprimible, va con nosotros. El dominio del vicio exige la fuerza, que es la virtud. Y, como nada de lo humano me es ajeno, no podemos perder la empatía que, en definitiva, es lo que nos permite sobrevivir y genera el altruismo: ser capaz de ponerse en el lugar (intelectual y sentimental) del otro.

TRIBUNA: IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA

¿Habrá siempre democracia?

La crisis hace visibles las tendencias de nuestro sistema político. Asfixiado por múltiples restricciones, el poder representativo es crecientemente impotente. Poderes no elegidos democráticamente mandan mucho más

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA 17/12/2010

Resulta quimérico pensar en un régimen político perenne, que sobreviva indefinidamente, al margen de cambios sociales y económicos. La democracia, como todas las demás formas políticas que le han precedido, en algún momento dejará de existir y será sustituida por un sistema distinto. ¿Qué puede venir a continuación? ¿Cómo se tomarán las decisiones colectivas? ¿Quién decidirá?

La pregunta puede parecer de imposible respuesta. ¿Acaso alguien puede osar saber lo que sucederá en el largo plazo? Probablemente no. Sin embargo, la mera especulación sobre ese futuro incierto nos obliga a plantearnos cuestiones difíciles sobre el presente democrático. La crisis económica en la que nos encontramos nos da algunas pistas de por dónde puede evolucionar la democracia en el futuro. La crisis, en cierto sentido, ha hecho visibles algunas tendencias subterráneas que determinarán el sino de nuestro sistema político.

Creo que las democracias desarrolladas que conocemos, las llamadas democracias liberales, se construyen sobre dos principios complementarios. Por un lado, el principio de igualdad política, en virtud del cual todos los ciudadanos, con independencia de su género, edad, etnia, riqueza, educación, etcétera, tienen el mismo derecho a participar en la vida política. Nadie puede ser discriminado por alguno de los motivos mencionados. La libertad de expresión, la libertad de reunión y el derecho de voto son manifestaciones claras del principio de igualdad.

Por otro lado, el principio de autogobierno, que establece que las decisiones colectivas han de tomarse en función de las preferencias de los ciudadanos y no en función del criterio de los sabios, los aristócratas, la divinidad o los poderosos. Teniendo en cuenta que los ciudadanos, casi siempre, se encuentran divididos y tienen ideas distintas sobre lo que debe hacerse, se recurre a la regla de mayoría, que es la regla que minimiza el número de gente que está en desacuerdo con la decisión adoptada. La cuestión es que, haya mayor o menor división en el seno de la sociedad, la decisión colectiva final se tome de acuerdo con lo que la gente piensa.

Ninguno de estos dos principios por separado, ya sea el de igualdad o el de autogobierno, es suficiente para justificar la democracia. El principio de igualdad, por ejemplo, es compatible con un sistema político en el que los cargos públicos se repartan por lotería o en el que se llegue a gobernante mediante oposición. Por su parte, el principio de autogobierno no requiere elecciones, siempre y cuando el gobernante actúe de acuerdo con los deseos de sus ciudadanos. La democracia es fruto del hermanamiento entre ambos principios: si todos los ciudadanos son iguales políticamente y las decisiones colectivas se toman en función de las preferencias individuales, lo que resulta son las democracias liberales de nuestro tiempo.

Pues bien, creo que la tendencia de nuestra época, agravada durante la crisis económica, consiste en ir abandonando paulatinamente el principio del autogobierno. Mientras que los derechos que garantizan la igualdad política se mantienen estables y tienen una solidez envidiable, las decisiones de los representantes políticos cada vez guardan una conexión más lejana con las preferencias individuales de los ciudadanos.

Esto no se debe necesariamente a que los políticos traicionen a sus electores. Más bien es consecuencia de la cantidad asfixiante de restricciones a las que está sujeto el poder representativo. Son tantas las limitaciones legales y materiales de los Gobiernos, que estos cada vez tienen menor capacidad para gobernar y llevar a cabo las promesas electorales por las que fueron elegidos.

Así, los Gobiernos han de actuar dentro de los estrechos márgenes que les dejan los tribunales constitucionales, los bancos centrales independientes, las agencias reguladoras y las instituciones supranacionales a las que deben obediencia. Y han de responder además a las presiones materiales de los mercados y los poderes económicos. En estos momentos de crisis, por ejemplo, los gobernantes de los países democráticos parecen contentarse con no ahogarse en la tormenta financiera, sacando la cabeza por encima del agua, pero sin conciencia de la dirección en la que les empuja la tempestad.

Es muy preocupante que en la esfera pública vaya cundiendo la impresión de que el buen gobernante, el hombre de Estado, es aquel que abandona los compromisos adquiridos con la ciudadanía y adopta, por "responsabilidad", medidas impopulares. Parece como si el certificado de buena conducta del gobernante se expidiera en función del grado de impopularidad de la política llevada a cabo.

La crisis nos señala, de forma muy cruda, cuál es la tendencia dominante: una desconfianza creciente hacia el poder representativo en beneficio de instituciones y centros de poder sin legitimación democrática. El principio de que las decisiones colectivas sean fruto de las preferencias ciudadanas está en franca retirada. El peso de los expertos y de instancias de poder no representativo, el prestigio de las decisiones impopulares y la desconfianza hacia los políticos ponen en serios aprietos el ideal del autogobierno.

Como en esas novelas de ciencia ficción que, pese a situarse en mundos remotos y lejanos en el tiempo, terminan aludiendo a nuestra condición presente, cabe imaginar un futuro en el que la democracia haya evolucionado hacia un sistema caracterizado por el respeto a los derechos fundamentales de las personas y por el mantenimiento de ámbitos de libertad importantes. Una vez que se disfruta de la libertad, es poco probable que se renuncie a un bien tan preciado. La libertad es una conquista irrenunciable e irreversible. Pero en este mundo por venir, la libertad de cada uno no podrá apenas utilizarse para definir proyectos colectivos que se lleven a la práctica. Seguirá habiendo libertad de opinión, más incluso que antes si cabe, pero sin la posibilidad de que las opiniones de la gente sean el criterio a seguir en la toma de decisiones políticas.

No cabe descartar entonces que los Gobiernos dejen de ser representativos en algún momento. Eso no quiere decir que vayan a actuar siempre al margen del sentir mayoritario de la sociedad, pero si atienden a las demandas ciudadanas será en todo caso por cálculo o conveniencia, no porque el sistema político se construya en torno al principio de que las decisiones colectivas estén determinadas por las preferencias individuales. Con seguridad seguirán existiendo medios de comunicación libres, grupos de presión y toda clase de asociaciones, pero quizá no partidos políticos. En la hipótesis más favorable, se mantendrían las elecciones, pero los candidatos y sus plataformas de apoyo tratarían de destacar sobre sus rivales únicamente por su capacidad de gestión y no por sus diferencias ideológicas. Y si la integración supranacional continúa, la relación entre la ciudadanía y los decisores será cada vez más débil, como ya se aprecia en el funcionamiento de la Unión Europea.

El principio liberal seguirá ganando peso frente al principio democrático. Habrá, por tanto, algo parecido a un Estado de derecho, a escala supranacional probablemente, que garantice tanto los derechos individuales como el entramado institucional que requiere una economía capitalista global. En ese marco, la gente tendrá capacidad de influencia sobre todo en el ámbito local, donde podrían desarrollarse prácticas democráticas más puras que las que conocemos actualmente, pero sin que los cambios locales puedan en todo caso extenderse más allá, derivando en cambios sociales de mayor alcance.

El futuro que nos aguarda no creo que pase por Gobiernos despóticos o autoritarios. Sí, en cambio, por formas de dominación difusas y tecnocráticas, compatibles con el ejercicio de la libertad individual. Sería el triunfo del liberalismo, que siempre ha mantenido una relación incómoda y tensa con el principio democrático.