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Filosofía desde la trinchera

Heterodoxias

                                   El poder como control.

 

            Toda forma de poder es una forma de control. De control de la conciencia de los ciudadanos y de control del ciudadano en su conjunto. El poder, por lo tanto, intenta por todos los medios instrumentalizar al individuo. La persona, en tanto que sujeto libre con capacidad de pensar es siempre un enemigo del poder. Es alguien del que el poder desconfía, por eso siempre intenta tenerlo controlado.

 

            Pero no sólo me refiero, como puede parecer aquí, a los gobiernos totalitarios. Por otro lado, todo gobierno es, de una manera u otra totalitario, en la medida en la que todo gobierno persigue el control, más o menos explícitamente de los ciudadanos. Me refiero también a la democracia. Hay muchas razones para sostener la hipótesis que aquí mantengo. Y quizás sea oportuno recordar algo de esto, aunque sea a vuelapluma, ahora que estamos en precampaña electoral. Es decir en la precampaña de la gran pantomima de la democracia-partitocrática. Una de las grandes falsedades que se han transmitido a lo largo de la historia es la de que el hombre es un ser racional. Aquello lo dijo Aristóteles, igual que dijo que el hombre era un ser social. Y no se puede ser social sin afectos. Aristóteles, antes que todos estos defensores de la inteligencia emocional ya sabía que había una unión inseparable entre razón y afecto o pasión. Por eso precisamente las virtudes consistían en elegir el justo medio, para lo cual es necesaria la prudencia. Pero la historia cometió el reduccionismo de separa la razón de los afectos y las pasiones. Y aquí esta el asunto de las cosas.

 

            La polémica política que se da entre los sofistas y Sócrates es que los primeros pretendían convencer a la ciudadanía por medio del discurso, la retórica. Y ésta va dirigida al corazón. De lo que se trata es de mover las pasiones para crear un estado de ánimo que produzca una opinión. Es el corazón el que nos convence de lo que debemos hacer. El racionalista Sócrates pretendía acceder a la verdad por medio del diálogo. Como diría hoy Habermas, por medio de la comunidad ideal racional. Pues esto no existe. Las emociones priman. Y no es que lo diga yo, es que son las leyes del funcionamiento del cerebro.

 

            Nuestro cerebro tiene dos emociones fundamentales, el miedo y la esperanza. Los discursos políticos van dirigidos, según les convenga a los partidos, a fomentar el miedo o la esperanza. Y el que se va a llevarse el gato al agua será aquel que tenga la mejor retórica, o, mejor dicho, demagogia, porque con los discursos políticos no se persigue el bien de la polis, sino el bien privado, el del partido, el de la casta, el de los amigotes y el de todo aquel, que incluso en un estado democrático se erige por encima de la ley. Estas dos emociones vertebran nuestra vida, si algo nos produce pavor huimos de ello como de la peste y optamos por la opción, que ahora sí, se nos presenta de una forma racional. Si la situación es la de esperanza, pues lo mismo podemos decir. En las próximas elecciones, precisamente, habrá una ambivalencia de discursos entre los que defiendan la esperanza y los que defiendan el miedo. Así, de esta guisa, podemos decir que en la democracia tampoco existe la tan ansiada libertad ilustrada, no hay autonomía, los partidos, unidos a los oligopolios de los medios de comunicación crean un estado de opinión, que no es más que un estado de pasión o afectivo, no un estado de saber. Y es esto lo que nos ata al poder. El poder nos controla controlando nuestra mente. Nuestra racionalidad es escasa, los medios de comunicación alternativos más escasos aún, la voluntad para sobreponerse desde la razón a los emociones flojea. Las fuerzas declinan.

 

            De momento el poder domina a la ciudadanía. Y, la democracia ha sabido adaptarse para conseguir el mismo fin: el control masivo del ciudadano. Por eso, desde esta perspectiva la democracia queda legitimada como el gobierno del pueblo. El pueblo es una entelequia, el pueblo es una creación del poder, los partidos y los medios de comunicación. Y no hay más salida. El hombre no da para más, porque el hombre renuncia voluntariamente a su libertad. Es aquello de la servidumbre voluntaria. Por eso el que está en el poder, que está ahí precisamente porque tiene una intuición especial y sutil sobre la naturaleza humana, no olvidemos “El príncipe” de Maquiavelo, utiliza todas las artimañas a su alcance para controlar al ciudadano y eliminar a todo aquel que pueda hacerle sombra, todo desde una aparente legalidad. La pasión del príncipe es la soberbia, está por encima de la ley. Hoy en día nuestros políticos, al vivir en lo que llmamos estados de derecho (una exageración, permítaseme), no pueden saltarse la ley a la torera, pero lo hacen. Son más frecuentes de la cuenta los casos de corrupción, y mucho más frecuente la corrupción de baja intensidad, aquella que se practica en la baja política. El político es un hombre frío y sagaz, para el pueblo, no así en su vida privada que ésta no nos interesa para nuestro análisis, carece de sentimientos y, sobre todo, de empatía. Los ciudadanos son para él objetos, piezas de un ajedrez que mueve a su antojo con el fin de ganar la partida, de tener más poder. Por eso el político ejerce un control total sobre la ciudadanía, porque la soborna con premios y prebendas y así le insufla la esperanza, o las amonesta asustándolas con el hombre del saco. Dominio, poder, esa es la pasión del político. Pasión que, por lo demás, no debe sorprendernos; es común a los primates y a los homínidos, como a muchos otros mamíferos.

 

            Sólo una educación de la efectividad desde la racionalidad, en el sentido Spinoziano, podría sacarnos de esta situación. Pero siento ser demasiado escéptico. Primero quedo abrumado con la servidumbre voluntaria de La Boetie y, luego, el asunto del fuste torcido de la humanidad de Kant remacha mi escepticismo. Y, por otro lado, los que hablan de emancipación de la humanidad, de conciencia universal, de una nueva era, son redentores que tras de sí arrastran la sangre de milenios. Quizás lo que nos quede es ir corrigiendo de forma fragmentario este sistema archidefectuoso al que, graciosamente y permitiéndonos la licencia, llamamos democracia.

El burka, la prohibición y la esclavización de las mujeres.

 

            Vamos a extender aquí, por simplicidad el burka a cualquier velo islámico, incluso el velo corto que lleva toda la cara descubierta. Lo que nos queremos es plantear una cuestión de fondo. El problema es si se debe permitir el uso del velo islámico o no. Mi respuesta es que, de ninguna de las maneras, ni en público, ni en privado. El uso del velo islámico, mucho más el burka que es de la tradición de Afganistán y anterior al Corán, no tienen nada que ver con la religión. Se ha hecho un flaco favor en la discusión sobre este asunto a las mujeres, sobre todo cuando los interlocutores son hombres. Hay muchas dimensiones sobre el uso del burka y el velo. El asunto no es religioso, sino político.

Una primera dimensión política es que el velo fue utilizado por las mujeres en el proceso de descolonización como seña de identidad contra occidente. El velo marcaba las diferencias de civilización. La ropa musulmana, en este caso también masculina, era una proclamación de identidad frente al invasor occidental. Pero hay otra dimensión política mucho más importante. No existe en el Corán ninguna relación con el burka, es decir, que esto tiene que ver con las instituciones eclesiásticas. Y, como sabemos, el Islam no es como el catolicismo, sino que las escuelas varían y conforman sus doctrinas altamente contaminadas de la política. El burka y el velo son cuestiones de poder del hombre sobre la mujer. Deben prohibirse en lo público y en lo privado en nombre de la libertad.  El burka y el velo es el símbolo de la posesión del hombre sobre la mujer. Es tremendo ver en occidente a los hombres musulmanes ataviados con la ropa y accesorios occidentales y a las mujeres ocultas tras sus velos. Esto no es más que poder, opresión y esclavismo. Existe una realidad oculta tras el velo que es la del integrismo religioso y político que elimina la libertad de las mujeres y las tortura.

Pero también hay otro factor importante que ayuda a mantener este estado de cosas y es lo que la autora Tamazali  en su El burka como excusa llama terrorismo intelectual. Me estoy refiriendo al relativismo cultural alimentado por la izquierda feminista. El relativismo pone en pie de igualdad a todas las culturas, exigiendo el respeto de todas las costumbres. Esto es una farsa absolutamente inhumana que impide el proyecto ético de la humanidad. Que impide la consecución de los derechos humanos y de la democracia. Es una doctrina posmoderna que ha calado en la izquierda progre acarreando tremendos males sociales. La izquierda feminista asume este relativismo y pretende defender a la mujer. Pero confunde su identidad, con su libertad. Ve antes la cultura que el individuo, reduce al individuo a un conjunto de normas culturales. Tremendo error. Se nos dice que hay mujeres que voluntariamente quieren llevar el velo, y tenemos testimonios abundantes de ellos. Pero esto es falso, en una sociedad cerrada, en la que no existe la libertad, en la que hay una jerarquía, es fácil asumir el papel. La libertad no se da en este tipo de sociedad, no es más que apariencia. La libertad sólo es posible en las sociedades abiertas. Aún así podríamos cuestionarnos cuánto grado de libertad tenemos cuando hacemos, hablamos y vestimos como lo hacemos. Por eso Fátima Mernisi en su El Islam en el occidente titula su último capítulo, de forma provocadora, El burka en occidente es la talla 38. Que cada cual reflexione y se analice para saber hasta qué punto es libre. Nunca viene mal un poco de conocimiento de sí mismo.

Y para otro artículo queda las manifestaciones públicas de los santos del catolicismo en procesiones seguidas de altos cargos públicos. Lejos nos queda el laicismo y la pluralidad de ideas que él defiende. La pasión y muerte de Jesús, además de ser un acto privado hecho público con la connivencia del poder político, es sádico y masoquista. Nos enseña un mundo de dolor, sufrimiento y venganza contra los no creyentes. Es una religión excluyente y torturadora que elimina al ser humano de su horizonte en el que sólo cabe el poder.

¿Se vive mejor sin dios?

 

            Con esta pregunta, Juan Arias, desarrolla un artículo recientemente aparecido en el País. La pregunta tiene sus trampas y recovecos. Y se puede mirar desde diversas perceptivas. Además, desde mi punto de vista, la cuestión de vivir bien o mal, la felicidad o, mejor, el bienestar, es algo muy casual y accidental, que incluso tienen que ver con nuestra lotería genética. Pero el autor, y yo en mi reflexión lo voy a ceñir al ámbito teológico-antropológico. Hay que partir del hecho de que Juan Arias es creyente, mientras que yo soy un ateo convencido, estudiado y militante. Digo estos calificativos porque hoy en día se tiende a confundir el ateismo con la indiferencia y el agnosticismo y las tres cosas son bien diferentes.

 

            El dios en el que cree Juan Arias es el dios de la paz, de la caridad, el que nos aparece en los evangelios. No es pues, ni el del antiguo testamento, ni el de la iglesia como constitución. No puede aceptar un dios que quiera el mal para el hombre. El mal, he aquí el problema fundamental de la teología cristiana. Si existe el mal en el mundo, cómo es posible que exista dios. Cómo puede permitir dios el holocausto, las masacres, las muertes de inocentes, el genocidio, el exterminio del hombre por el hombre y del hombre sobre la naturaleza. Ése no es un dios de la redención ni de la paz. Es el dios a imagen del antiguo testamento, un dios guerrero, del fuego, vengador y justiciero. Un dios que no conoce al hombre en tanto que persona. Un dios que instrumentaliza a su criatura. Un dios que se divierte en el juego de la historia con el sufrimiento humano. Un dios que elige un pueblo y que castiga de forma inmisericorde al resto de la humanidad. Creer en ese dios no produce ningún bienestar. Ya lo dijo el viejo Sócrates, es mejor padecer una injusticia que cometerla. El dios vengador es el dios que, arbitrariamente, y por su divina voluntad, se toma la justicia por su mano. Bajo ese dios nos convertimos en miserables.

 

            Pues bien, resulta que vuelven los tiempos de ese dios. El neoconservadurismo cristiano se está radicalizando llegando a un integrismo claro y conciso. Un integrismo que ataca a la igualdad de hombres y mujeres, a la dignidad de la vida humana, a la libertad de creencia, al pluralismo y, en última instancia, a la modernidad. Una iglesia integrista que ve todos los males en la Ilustración, la modernidad, aquella que la desbanco del poder político, económico, religioso y supersticioso. Esa herida no se ha cerrado. Los discursos papales están cada vez más cerrados doctrinalmente. El caso es que la ciudadanía de los creyentes no lo escuchan. El papa, la iglesia, todo se ha convertido en un espectáculo. Si profundizas y le dices a un joven creyente todo lo que está detrás, y no tan detrás, del discurso papal, pues inmediatamente salta como un resorte y no lo admite. Lo que sucede es que todos son lo suficientemente ignorantes, poco esforzados, como para decir que ellos no creen en el papa o en la iglesia, pero sí en dios, o en algo. ¡Menuda tontería! No me detengo a analizarlo, simplemente decir que esto no es más que el fruto de nuestra mente mágico-mítica, que todos la poseemos… el paso del mito al logos es un acaecer histórico que no elimina nuestras estructuras antropológicas.

 

            Así, creo que se vive bien y satisfactoriamente pensando en la idea de un dios bueno, un dios que manda la fraternidad. Ese dios nos esforzará y nos dará esperanza para luchar por la justicia global. No entro en la parafernalia de los rituales y liturgias de este dios, creo que deben ser las mínimas posibles. Primero el pan, después la convicción. En definitiva defiendo aquí el discurso de los teólogos de la liberación “fuera de los pobres no hay salvación”. Esto es lo importante. Desde luego que dedicarse a esa vida no va a producir bienestar, sí el placer del deber bien cumplido, y el placer de una cara agradecida; y todo, independientemente de que dios exista o no, eso nos trae sin cuidado. Eso sí, el creyente tiene la esperanza de que ése es el camino de la salvación, el ateo, por el contrario, sabe que nada tiene sentido, pero se satisface con ese pequeño placer.

 

            Ya digo que es cuestión subjetiva la que se plantea en el rótulo del artículo. No sé puede saber cómo se es más feliz. Considero que uno debe luchar contra el engaño. La religión como institución es un engaño y un mecanismo de control de la conciencia. Y las religiones, salvo en contadas ocasiones, sólo son viables desde la instituciones. Creo que el creyente vive engañado, pero siempre puede encontrar esa puerta de salida que es la de la fraternidad o justicia universal: el discurso de la montaña y el del buen samaritano.

 

            Por su parte el ateo sabe que no hay dios y todo lo que ello conlleva. Si dios no existe nada tiene sentido. Dios es el concepto absoluto sobre el que se apoyan los demás conceptos. Si no hay dios lo que nos queda es el nihilismo naturalista. Somos animales, como cualquier otro, cuya existencia se debe al azar y la necesidad. Una de nuestras formas de adaptación ha sido la cultura, en la que se encuentra la creencia y la religión, las adaptaciones han funcionado, pero no hay una correlación con la realidad porque, para empezar no existe una realidad objetiva, sino recreada por el hombre. El ateo puede caer en la desesperación, y su opción sería el suicidio. Pero también puede convertirse en un hedonista que disfruta mesurablemente de los placeres de la vida. El ateo no tiene esperanzas, porque no existe una historia de la humanidad, pero sí puede pensar en aliviar un poco el dolor de sus semejantes. Porque, aunque no haya una historia universal del hombre, sí existe la empatía. La felicidad del otro nos produce placer y su dolor desgracia. Así que muy bien el ateo puede “esperanzarse por construir un mundo mejor. Y ahí coinciden creyente y ateo y no hay porqué revisar los argumentos.

 

            En cuanto a los indiferentes, la mayoría de la humanidad pertenecen a esa parte de la humanidad despreciada por Sócrates, que decía: “una vida sin ser analizada no merece la pena de ser vivida.”

Has utilizado no sólo la retórica, sino la erística, el arte de convencer de una cosa y de lo contrario. Se nota claramente tu formación en derecho. Pero no entiendo ese pragmatismo, cuando el derecho tiene una dimensión teórica inseparable de la ética y de la constitución de la ciudad y, sobre todo, del estado, a partir del renacimiento. Ello implica que la ley, que se funda en la razn es una abstracción, la máxima abstracción, ni la de las matemáticas. Eso de que la razón es etérea, no lo entiendo. Y, que como no pertenece a nadie, pues no existe. Es un error lógico, perdona, pero no recuerdo el nombre de la falacia, a lo mejor tu si. De que no pertenezca a nadie no se sigue que no exista. Un coche puede no pertenecer a nadie, o mejor un objeto de la naturaleza puede no pertenecer a nadie y de ahí no se sigue su inexistencia. Lo que yo quería decir es que el ágora, la plaza pública es un lugar vacío, del que se reía Jerjes, el emperador de los persas, para qué querrán un lugar vacío. Pues muy sencillo, para hablar. Nótese que lenguaje en griego es Logos. Es el logos lo que los unifica y es el logos lo común, y el logos, razón, lenguaje, lo que queda cuando cada cual se va a sus asuntos privados, los importantes, desde luego son los público, la res pública o la política. Y nada más. La razón existe en tanto que está encarnada en el lenguaje y éste es universal. La demostración del teorema de Pitágoras se hace desde el logos y es universalmente válida. Por eso Platón se inspira en los pitagóricos para combatir a los sofistas que habían convertido la razón en algo privado. Esto es, habían secuestrado el lugar común del logos, donde todos nos podemos entender por su propios intereses particulares, de ahí la degeneración de la democracia ateniense. Es como hoy en día, el ágora, que es la representación del pueblo por parte de los políticos, está secuestrada por el interés del mercado y de los propios partidos que se autorepresentan. De ahí, que el ciudadano de a pie no se sienta representado, porque ha sido desalojado del lugar común.

 

            Por otro lado, por su puesto que no somos racionales, somos más pasionales. Efectivamente. Y, es más, nuestra razón está cargada de afectos y así lo entendieron los griegos. El ideal de la sabiduría aristotélica es el bien cmún que se alcanza por las virtudes morales (la virtud es el medio de dos vicios) y los intelectuales. La máxima virtud es la prudencia que implica la capacidad de media, de cálculo de la justa mitad entre dos vicios. La prudencia, pues, es el dominio de las pasiones. No podemos separar afecto de razón. Pero tampoco podemos caer en el dualismo mente cuerpo, razón pasión. Son absurdos y reduccionistas.

Yo me he educado y curtido en el escepticismo y, por eso, lo de la razón, o tener la razón, me resulta extraño, vanidoso, y presuntuosos. El arte de tener la razón es la buena retórica, ésa que practican los buenos abogados y que inventaron los sofistas. Pero mi camino es el socrático, frente a la retórica, el diálogo, y aquí la razón es común, no pertenece a nadie. Es un instrumento para la búsqueda del conocimiento. Pero disculpa mi discurso filosófico (precisamente estoy con estos temas ahora en clase), una cosa es la pretensión teórica y otra el carácter. Por eso digo que me he curtido en el escepticismo, no es mi forma natural de ser. Considero que no hay criterios de verdad que nos permitan dilucidar la verdad, pero sí la verosimilitud y la objetividad. Y, por otro lado, considero que todos, unos más y otros menos, pretendemos llevar la razón. Pero esto no tiene que ver con la razón, sino con el poder. El que tiene la razón tiene el poder, o a la inversa y eso ha sido una buena estrategia de supervivencia evolutiva, por eso está marcada a fuego en nuestros genes. Y por eso no se puede confundir verdad con razón. El querer imponer la razón es el querer imponer el poder. El que tiene el poder, de por sí, no tiene que utilizar la fuerza para imponer la razón, la utiliza para amedrentar. De ahí el gran salto griego, el surgimiento de la ciencia y de la filosofía. Consideraron que la razón no pertenecía a nadie. Que la razón habitaba en el ágora, la plaza vacía, de la cual todos los hombres libres, desde la isonomía e isegoría, podían participar. Esto constituyó una revolución intelectual y ética, primero la idea de cosmos y después la de democracia, de la cual hoy en día somos herederos y constituyen los pilares de la civilización occidental. Civilización que se va al carajo, no por la desaparición del euro, sino porque lo que se pretende es acabar con la vieja Europa y esos valores que he comentado.

 

15 M y la democracia.

 

            El movimiento de los indignados del 15 M ha sido un revulsivo para nuestras anquilosadas democracias. Independientemente de lo que tengan de ingenuo y de utópico y de mezcolanza de ideología, creo que su mensaje es claro y diáfano. Nuestro sistema democrático está podrido, se ha vuelto perverso, no es representativo. Discutía con Savater precisamente este último asunto. Él mantenía que eso de que no nos representan es una tontería, pues claro que nos representan, decía. Y es cierto, pero no del todo. Nos representan porque no hay otra opción política, porque los partidos mayoritarios y los nacionalistas han secuestrado la pluralidad política y con ello la pluralidad de alternativas políticas. Esto, por un lado, como nuestras democracias son representativas y las representaciones se hacen por medio de los partidos y estos se constituyen por listas cerradas que se forman por endogamia y existe la obediencia al partido, pues de todo ello resulta que los partidos no representan a los ciudadanos, como debe ser en democracia, sino que se representan a sí mismo. De ahí que no sea democracia nuestra forma de gobierno, sino partitocracia, algo muy alejado del ideal democrático. Y no digo yo que las democracias no tengan que ser representativas, por su puesto, una democracia asamblearia es un absurdo, además de un imposible. Pero sí es posible una representatividad de la voluntad política del pueblo desde la república así como una participación del ciudadano desde la propia virtud pública y la ejemplaridad de los ciudadanos. También se dice que y se reclama desde este movimiento que se quiere una democracia real ya. Efectivamente, la consigna es una contradicción. Pero hay que saber leer entre líneas. Realmente vivimos en una democracia real, la realmente existente. Ahora bien, este modelo de democracia es insuficiente y hace aguas por todos lados, para empezar porque no representa al pueblo, fomenta la corrupción, no insta a la libertad política, por el contrario, la secuestra en el bipartidismo, el poder político ha claudicado voluntariamente al poder del capital. Ellos han sido los que han dado alas desde sus ideologías neoliberales a la creación de burbujas que al final han estallado en nuestras narices llevándose por delante al más débil…y lo que nos queda por andar.

 

            El movimiento 15M no es un movimiento revolucionario. Es un movimiento que tiene su base social fundamentalmente en jóvenes bien preparados y sin futuro, en jóvenes y menos jóvenes parados que tienen el futuro tremendamente negro. En pensionistas y futuros pensionistas que ven amenazado el futuro por el que han trabajado toda la vida. Confundir el 15M con una revolución es absurdo y tendencioso. Es, como siempre, querer demonizar al movimiento. También se les achaca que quieren terminar con el sistema fomentando la abstención (de esto hablaré después), pues no, los que han dinamitado el sistema han sido los partidos políticos, su ineficacia, su apoyo al gran capital, no olvidemos que sus ideologías inflaron las burbujas mentales que después aprovecharían los grandes inversores y especuladores. Son culpables de la corrupción del sistema, como lo son los ciudadanos, que ciegos ante lo que ocurre, sumidos en el divertimiento, en el pan y el circo del egoísmo hedonista  los han seguido votando durante décadas, y, ahora, ¿qué?

 

            El sentimiento que subyace al movimiento del 15M es un sentimiento generalizado, el de la indignación. Tal sentimiento procede del hecho de no soportar el mal que el otro hace a sabiendas y que atenta contra el bienestar y la dignidad de los ciudadanos. La indignación procede del sentimiento que un ser honrado siente ante el sin vergüenza, ante aquel que carece de ética, que actúa por propio interés, no por el de la polis. Pequeñas dosis de indignación son posibles de aguantar, porque son hasta comprensibles. Las situaciones que rodean a cada hombre determinan en mucho su comportamiento. Pero la indignación surge como un resorte, en el hombre éticamente sano, cuando se da cuenta de que el poder actúa a sus espaldas, que se burla de él, que actúa para su propio beneficio, que, en definitiva, atenta contra la dignidad de los ciudadanos. Ahora bien, esta indignación no puede llegar a la ira y la cólera porque entonces se transforma en una pasión destructiva. La indignación debe ser el sentimiento que nos lleve a la acción a través de la reacción. La indignación nos hace tomar conciencia de nuestro estado de instrumentos, de la falaz democracia en la que estamos instalados, del gran engaño que se urde sobre nuestras mentes. El 15 M ha despertado todo esto es decir nos ha ayudado a tomar conciencia de que el orden social establecido no es el mejor posible, es más que está corrupto y pervertido. Pero el movimiento de los indignados, que debería ser el de toda la ciudadanía, por muy plural que fuese, no es, como decía un movimiento revolucionario, sino un movimiento continuista. Es decir, reclaman lo que supuestamente tenemos, democracia, y las armas que utilizan son las de la democracia: concentraciones, manifestaciones y diálogo. Es un movimiento totalmente socializado, nada contestatario, yo diría acomodado en la medida en la que son los hijos de ciudadanos acomodados y han aprendido su valores. Y, lo que reclaman no es ni más ni menos, que vivir como sus padres, tanto desde el punto de vista político como económico.

 

            Efectivamente, la democracia representativa es la democracia real, pero no es la verdadera democracia. También hay que decir que no existe una democracia verdadera, porque ésta es siempre inacabada y perfectible. Pero creo que sería necesario ir un poco a los orígenes para entender algo más sobre la democracia. La democracia que surge en Grecia tiene varias características. En primer lugar la isonomía que significa la igualdad ante la ley. La democracia supone que el hombre libre es dueño de sí mismo y puede por ello darse a sí mismo la ley. Pues la democracia consiste en que el pueblo, como libre se da a sí mismo la ley y que todos están bajo el imperio de la misma, en este sentido son iguales. Pero no es esto lo que ocurre en nuestras democracias. No hay igualdad ante la ley, sólo en el papel…esto crea un gran malestar e indignación entre los ciudadanos. Otra característica de la democracia originaria es lo que se llamó isegoría, todo el mundo tiene el derecho de poder hacer un uso público de su palabra en el ágora. Es lo que modernamente llamamos libertad de expresión. Pues bien, no hay isegoría. Y esto es así porque resulta que la libertad de expresión se ha convertido hoy en día en libertad de decir lo que uno quiera pero que no será escuchado por nadie. Es decir, que hay libertad de expresión, pero está vacía, pero lo que no hay es libertad política y esto último es debido al sistema de representación que tenemos. En lo que los indignados han dejado de tener confianza es  en las instituciones que salvaguardan la misma democracia. Los partidos políticos son máquinas de conquistar y preservar el poder, no de representación del demos. De tal manera que los partidos políticos, de ahí la tendencia al bipartidismo, con el agravante en nuestro caso, de los partidos nacionalistas que obtienen representación en el parlamento del estado, han absorbido la libertad política. Y esto es así porque la alternativa que plantean es prácticamente la misma. Lo que cambia es un poco la forma. De ahí el clamor de los indignados de que no nos representan, efectivamente, se representan a ellos mismos. La clase política se ha constituido en una casta, al transformarse en una profesión de la que vivir. El pueblo ya no confía en el político porque éste se ha hecho profesional y se ha alejado del pueblo. Y por ello reclaman que los políticos son ellos, los ciudadanos. No en vano en griego político era el habitante de la polis, todo hombre libre con posibilidad de dirigirse y tomar decisiones en la asamblea. Por otro lado, los medios de comunicación de masas se han convertido en medios de propagando y de creación de opinión. Pero no hay que olvidar que estos ya no son un cuarto poder que se pueda enfrentar a los otros tres. No, ya están comprados por el poder económico y político, tienen dueño. Y si los medios de comunicación de masas son los que crean la opinión mayoritaria de la ciudadanía, simplemente, no hay libertad de opinión, lo que hay es repetición como un papapgalo amaestrado.

 

            La situación de crisis Terminal en la que nos encontramos, la quiebra del capitalismo global, la necesidad de un cambio de paradigma económico y político exigen un cambio de las viejas formas. La democracia tal y como la conoemos hoy en día ha fracasado, está en manos de los mercados. O bien salvamos la democracia por la vía del republicanismo y la ejemplaridad pública, asociada a una política del decrecimiento o, por el contrario, nos asomamos a la barbarie del dominio de los mercados y el fin de la política. Es el dominio de los mercados unido, por su puesto, al dominio militar que pueda custodiar los escasos recursos. El panorama es sombrío. Creo, por mi parte, que desde la indignación de todos los ciudadanos, sólo una abstención masiva daría lugar a la posibilidad in extremis de un replanteamiento de la democracia, no sólo a nivel estatal sino mundial.

 

 

                                   Juan Pedro Viñuela.

 

                                   05 de octubre de 2011

 

El estado y los funcionarios.

 

            Hay una guerra, antes solapada, ahora abierta para terminar con el estado. Para que su tamaño quepa en una bañera, como decía aquel neoliberal. La cosa es de extrema gravedad. Por una parte, los que defienden la minimalización del estado defienden, paradójicamente, el aumento del ejército y de la seguridad exterior. Es decir un aumento hipertrofiado del estado. Y, por otro lado, defienden que el estado debe garantizar la seguridad de sus riquezas que se desarrollan en multinacionales y que escapan al control de los estados. Y estas multinacionales lo que reclaman es más estado que ponga límites a los productos de los países menos desarrollados. Es decir, otra distorsión patológica del estado. En definitiva, los neoliberales económicos lo que mantienen no es una disminución del estado, sino un estado hipertrofiado en lo militar y en ciertas cuestiones de la regulación económica y del comercio. Por consiguiente, mienten. Y lo hacen a sabiendas. Quieren la protección del estado mientras no se puedan hacer con todo el poder, que sería uno de los escenarios posibles. Y uno de los caballos de batalla de esta ideología que afecta a todo el bienestar del estado es el ataque a los trabajadores públicos, a los llamados funcionarios.

Este ataque me parece ruin, hecho con nocturnidad y alevosía y, si triunfa, marca el fin de una época, la del estado y la de la democracia, para pasar a la tiranía de las grandes corporaciones económicas. Y no exagero, la historia es impredecible y toda conquista histórica es contingente, puede desaparecer. Cuando se desacredita a los funcionarios públicos, lo que se está haciendo es desacreditar al propio estado. Todo estado se sostiene por los funcionarios públicos, podemos pedir mayor y mejor eficacia, eso es otro cantar, pero lo que sí digo es que entre los funcionarios poca corrupción habrá en comparación con el mundo privado de las finanzas y de los puestos de confianza, otro cáncer de las democracias y del estado. Los funcionarios son los representantes del estado en su lugar de trabajo. Son la personificación de la ley, la expresión material de la ley. Los últimos ejecutores de la misma. Pero como los funcionarios velan por el estado mediante su trabajo, aunque sea inconscientemente y lo hagan por un sueldo, la mayor de las veces miserable: barrenderos, policías, municipales, bomberos, profesores altamente cualificados, médicos altamente formados… están velando por la voluntad del pueblo y por cada uno de nosotros. Su rendimiento no está dentro del mercado, es su responsabilidad y su deber público el que los lleva a cumplir con su trabajo y a excederse en él, aún sin ningún tipo de recompensa económica. Y, mientras más alta sea la cualificación de un funcionario, más ocurrirá esto. La formación de un médico, de un profesor, de un juez, no le aporta mayor remuneración, le aporta conocimientos que para él son agradables, pero que siempre están vertidos al público. Público al que, en última instancia, se debe. Si atacamos a los funcionarios, atacamos la columna vertebral del estado. Y si atacamos a los médicos, profesores y a la justicia estamos  quebrando esta columna vertebral. No digo que no existan casos de corrupción, ni de vagancia, pero eso es achacable a la torcida condición humana y no a lo accidental de ser funcionario. La salud y la educación son bienes públicos. Tanto el médico como el profesor trabajan para el público y vierten su saber de decenas de años por la mayor calidad de la vida de los ciudadanos. No se puede permitir un ataque a los funcionarios a menos que se quiera desmantelar el estado, no digo ya el estado del bienestar. Profesores y médicos son grandes emprendedores que han llenado su vida con la idea de aumentar sus conocimientos por el bien público. Hoy en día, en el que el único valor es el económico se ha confundido a los emprendedores con los emprendedores económicos, personas absolutamente necesarias para el desarrollo económico de la sociedad, pero no se puede caer en ese reduccionismo.

El estado y los funcionarios.

 

            Hay una guerra, antes solapada, ahora abierta para terminar con el estado. Para que su tamaño quepa en una bañera, como decía aquel neoliberal. La cosa es de extrema gravedad. Por una parte, los que defienden la minimalización del estado defienden, paradójicamente, el aumento del ejército y de la seguridad exterior. Es decir un aumento hipertrofiado del estado. Y, por otro lado, defienden que el estado debe garantizar la seguridad de sus riquezas que se desarrollan en multinacionales y que escapan al control de los estados. Y estas multinacionales lo que reclaman es más estado que ponga límites a los productos de los países menos desarrollados. Es decir, otra distorsión patológica del estado. En definitiva, los neoliberales económicos lo que mantienen no es una disminución del estado, sino un estado hipertrofiado en lo militar y en ciertas cuestiones de la regulación económica y del comercio. Por consiguiente, mienten. Y lo hacen a sabiendas. Quieren la protección del estado mientras no se puedan hacer con todo el poder, que sería uno de los escenarios posibles. Y uno de los caballos de batalla de esta ideología que afecta a todo el bienestar del estado es el ataque a los trabajadores públicos, a los llamados funcionarios.

Este ataque me parece ruin, hecho con nocturnidad y alevosía y, si triunfa, marca el fin de una época, la del estado y la de la democracia, para pasar a la tiranía de las grandes corporaciones económicas. Y no exagero, la historia es impredecible y toda conquista histórica es contingente, puede desaparecer. Cuando se desacredita a los funcionarios públicos, lo que se está haciendo es desacreditar al propio estado. Todo estado se sostiene por los funcionarios públicos, podemos pedir mayor y mejor eficacia, eso es otro cantar, pero lo que sí digo es que entre los funcionarios poca corrupción habrá en comparación con el mundo privado de las finanzas y de los puestos de confianza, otro cáncer de las democracias y del estado. Los funcionarios son los representantes del estado en su lugar de trabajo. Son la personificación de la ley, la expresión material de la ley. Los últimos ejecutores de la misma. Pero como los funcionarios velan por el estado mediante su trabajo, aunque sea inconscientemente y lo hagan por un sueldo, la mayor de las veces miserable: barrenderos, policías, municipales, bomberos, profesores altamente cualificados, médicos altamente formados… están velando por la voluntad del pueblo y por cada uno de nosotros. Su rendimiento no está dentro del mercado, es su responsabilidad y su deber público el que los lleva a cumplir con su trabajo y a excederse en él, aún sin ningún tipo de recompensa económica. Y, mientras más alta sea la cualificación de un funcionario, más ocurrirá esto. La formación de un médico, de un profesor, de un juez, no le aporta mayor remuneración, le aporta conocimientos que para él son agradables, pero que siempre están vertidos al público. Público al que, en última instancia, se debe. Si atacamos a los funcionarios, atacamos la columna vertebral del estado. Y si atacamos a los médicos, profesores y a la justicia estamos  quebrando esta columna vertebral. No digo que no existan casos de corrupción, ni de vagancia, pero eso es achacable a la torcida condición humana y no a lo accidental de ser funcionario. La salud y la educación son bienes públicos. Tanto el médico como el profesor trabajan para el público y vierten su saber de decenas de años por la mayor calidad de la vida de los ciudadanos. No se puede permitir un ataque a los funcionarios a menos que se quiera desmantelar el estado, no digo ya el estado del bienestar. Profesores y médicos son grandes emprendedores que han llenado su vida con la idea de aumentar sus conocimientos por el bien público. Hoy en día, en el que el único valor es el económico se ha confundido a los emprendedores con los emprendedores económicos, personas absolutamente necesarias para el desarrollo económico de la sociedad, pero no se puede caer en ese reduccionismo.