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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

La universidad, ayudada, entre otras cosas por el plan Bolonia, ha llegado a su fin. El conocimiento ya no es la clave de la universidad, sino la utilidad en sentido económico. De lo que se trata es de producir material (empleados) perfectamente adaptados a las exigencias del mito de la sociedad cambiante y del conocimiento. Decía Kant que la universidad se regia por el tribunal de la razón. Hoy en día el tribunal es el de la razón económica. La universidad es un mercado, y un mercado peligrosísimo que crea individuos uniformados y sin identidad, sin capacidad de disidencia ni de sumisión, obedientes y sumisos. Borregos absolutos. Dos cánceres, que ya han corroído la enseñanza media han invadido la universidad, la pedagogía y la economía. Es el último paso hacia el fin de un modelo de conocimiento. Sirva esto como la firma del acta de defunción del conocimiento como conquista de la libertad. Hoy en día, al contrario, el estudiante obtiene conocimientos, qué digo, destrezas, para esclavizarse.

La política se ha transformado en un modo de ganarse la vida en la que triunfan los más mediocres. No hay honorabilidad ni búsqeda del bien común. Hay lucha por el poder. La ausencia de crítica interna en los partidos es abrumadora. Silencio y obediencia es la clave.

 

La mejor manera de luchar contra la opresión y la tiranía es la de no otorgarle ningún sentido a la historia. El ser humano es un animal que por ser, de alguna manera incompleto, esto es, por el hecho de estar biológicamente abierto al mundo, se pregunta por el sentido. De ahí que todas las respuestas que se han ido dando a lo largo de nuestra historia sobre el sentido de la vida, la humanidad y la historia, son construcciones culturales que poco tienen que ver con la realidad. Pero el peligro viene cuando se establece un sentido universal del hombre y la historia; entonces caemos en lo que sería una sociedad cerrada. Toda sociedad cerrada se transforma en un totalitarismo y persigue la homogenización y la eliminación de la libertad.

 

            Por mi parte pienso que hay que ser valientes y aceptar que ni la existencia humana, ni la humanidad ni la historia tienen ningún sentido. Todo sentido es una construcción y, de alguna manera, provisional. Lo que con ello quiero decir es que lo prudente para conservar la libertad es la consecución de una sociedad abierta que apueste por el hombre concreto, por la libertad. Y que, de la misma manera apueste por una forma de organización social –una democracia cada vez más realizada y participativa- que haga posible la pluralidad de ideas y el diálogo. El sentido de la existencia humana y de la historia es una construcción, no viene dado ni a priori, ni trascendentalmente. Es el propio hombre el dador de sentido a la historia y a su propia vida. El único sentido que tenemos, pero éste es ciego, es el biológico. Como especie existente que somos perseguimos permanecer en nuestro ser, pero ese ser es el ser natural biológico. Pero como seres abiertos que somos, que decía antes, hemos construido toda una dimensión cultural que nos trasciende y a partir de la cual pretendemos donar un sentido extrabiológico o extranatural a nuestra vida. Lo que no hay que hacer es caer en el error de intentar absolutizar estos sentidos extranaturales. Por el contrario debemos ser conscientes de que los “progresos” políticos y éticos de la humanidad son una construcción y unas tarea y que, por la misma razón, nadie garantiza su permanencia, a no ser el hombre mismo. Es más, por mi cuenta pienso que quizás hoy en día estamos asistiendo a un asalto contra este sentido que se basa en los valores profundos y esenciales de la democracia que son;  a saber, la libertad, la igualdad y la fraternidad y todo ello sostenido por los derechos humanos.

 

            Nos enfrentamos a dos clases de peligros que conspiran contra estas conquistas históricas que fundan una sociedad abierta y la posibilidad de la perdurabilidad de la civilización humana. En primer lugar la eliminación de la libertad y del pensamiento por la creación de un pensamiento único que descarta cualquier alternativa y disidencia y que está alimentado por la máquina de propaganda que crea individuos egoístas y consumistas. Y, por otro lado, unido causalmente con lo anterior, nos encontramos con el hecho de que estamos montados todos sobre una misma nave que es la tierra y que va a la deriva. El modelo neoliberal que tenemos se basa en la tesis del crecimiento ilimitado; esto es, simple y llanamente irracional. Nos aboca directamente al colapso civilizatorio. Tenemos dos alternativas o que éste se produzca inevitablemente o que reconduzcamos la economía hacia el decrecimiento sostenible, la única alternativa social, económica y filosófica. Pero esto implica muchas cosas. La verdad es que con la respuesta que se ha dado a la crisis terminal –porque es un crisis del modelo de producción- en la que nos encontramos, soy bastante pesimista con la posibilidad del cambio por nosotros mismos. No hemos iniciado el tránsito hacia una nueva forma de organización de las relaciones de producción y económicas, que sería lo lógico y aprovechando la coyuntura, hemos parcheado, por el contrario. Ya veremos los efectos.

 

La preocupación por la educación siempre ha sido una constante en mi vida. En primer lugar profesionalmente me dedico a ella y con ella me gano mis garbanzos, en esto sigo a los maestros sofistas. Pero no sólo soy profesor de filosofía, un funcionario, sino que también soy filósofo, lo que une la enseñanza con la pedagogía. La filosofía es comunicación, diálogo, es pensamiento en acción, y esto tiene lugar en el ámbito de la comunidad, el ágora, la plaza, hoy el aula. Y no confundo lo uno con lo otro porque ambas son parte de lo público. Todo filósofo que se precie es un pedagogo, no profesional, por su puesto, sino vocacional. El pensamiento para que se realice debe ser comunicado y en esto consiste el acto de la enseñanza. Pero el problema fundamental de la enseñanza hoy en día es la falta de autoridad. No me refiero a esa autoridad arcaica basada en la fuerza; sino a algo muy distintos que estos tiempos que corren casi que son incapaces de reconocer. La autoridad se basa en la excelencia moral e intelectual y, por esto, la actitud del discípulo-alumno debe ser la del respeto, pero no por miedo sino por admiración y búsqueda de saber y virtud; es decir por aumentar su excelencia a través de la comunicación de aquel que la posee. Pero la enseñanza ha quedado totalmente desvirtualizada, precisamente porque ya no se cree en la virtud. Los modelos morales son los que se transmiten por los medios de comunicación, y estos son los de la fama, el éxito, la individualidad egoísta y consumista, riqueza; en fin, la mediocridad más ramplona. Por otro lado, en el relativismo en el que hoy en día nos encontramos instalados se fomenta precisamente el que todo vale, de ahí que la autoridad del profesor-maestro, cae en la horizontalidad de que todos los valores y opiniones son iguales. El mal es un mal filosófico una crisis de valores que a mi modo de ver el poder político y económico utilizan para domesticar y aborregar a la ciudadanía.

 

            Por otro lado me preocupa ahora también, por mi propia situación personal la educación infantil, más concretamente de los hijos. Esto creo que es la mayor responsabilidad que puede tener una persona; y encima sin estar del todo seguro de si tu actuación tendrá consecuencias positivas o negativas. Quizás haya mucho más comportamiento innato del que creemos. Pero, en fin, independientemente de teorías filosóficas y psicológicas, los padres no tienen mas remedio que vérselas con la educación de los hijos que debe ser considerado como tarea y como el arte de conducir a un homo sapiens sapiens a ser una persona: un sujeto autónomo, libre y con capacidad de tener un proyecto de existencia. Pero la tarea es complicada y casi contradictoria. Los padres en el proceso de educación-socialización, tienen que sacar al niño de su estad de naturaleza. En la más tierna infancia el niño funciona sólo y exclusivamente por instintos, es una máquina de desear. La educación consiste en la domesticación de esos instintos, sin extirparlos. Es una educación, por tanto, de la voluntad, es decir, de la fuerza, o, de otra manera, de la virtud. Y el fin de esta educación es la inserción del niño en la sociedad; pero, ojo, sin que pierda su capacidad de autonomía. Lo paradójico, triste y a la vez sublime es que la relación entre padres e hijos es absolutamente asimétrica. Esa modernez del padre amigo es una soberana tontería que sólo ha producido niños caprichosos, sin voluntad y sin capacidad de tener una referencia de la autoridad que le guia y le ayuda a controlar su voluntad. Los padres, nos guste o no, somos la autoridad y, además, el referente moral. Tenemos que domesticar ese yo sin límites: egoísmo absoluto del niño, y hacerlo un yo social, un ser que existe en convivencia. Pero, por el hecho de que los padres son la autoridad, en el propio proceso de crecimiento y maduración del hijo se producirá el enfrentamiento con el padre, porque el hijo, ya joven, querrá ser sí mismo, tener sus propios criterios, gustos, aficiones, su personalidad. Y para ello tiene que negar la autoridad de la que procede. Ha vivido heterónomamente y ahora tiene que ser autónomo. El éxito de la educación del hijo es que en este proceso de maduración y crecimiento sea de verdad capaz de alcanzar la autonomía y la libertad y, con ello, poseer un proyecto de vida singular. Y ahí los padres hemos terminado nuestra obra y sólo nos queda aceptar esa independencia del joven y alegrarnos de que hemos hecho posible que un homo sapiens sapiens se haya convertido en persona. Contemplar esto debe ser nuestra alegría y nuestro amor al hijo. Pero a éste no le podemos pedir reciprocidad, por mucho que en nuestra vida hayamos sacrificado por él. Sólo podemos exigir respeto, como a todo el mundo y si hay empatía, cuidado y preocupación por los mayores-padres.

 

El hombre siempre ha sido un ser utópico. Una de las preguntas fundamentales que nos hacemos es qué podemos esperar. La respuesta a esta pregunta ha venido dads fundamentalmente desde la religión. Pero una vez que los discursos religiosos se van secularizando las utopías pasan al ámbito de la política y la historia. El problema del pensamiento utópico es que descansa en una falsa concepción de la historia según la cual el devenir histórico está determinado por diversas causas. Si esto es así la realización de la utopía es algo que tiene que venir dado inevitablemente. Mientras que la religión nos prometía la salvación eterna las utopías nos prometen la emancipación de la humanidad y la felicidad y justicia. Pero el pensamiento utópico tiene la trampa del totalitarismo. Al estar basado en una concepción determinista de la historia y de la realización de un nuevo hombre es capaz de esclavizarlo. Las utopías deben funcionar sólo como ideas regulativas de la acción política en el sentido kantiano. La utopía es inalcanzable. En primer lugar porque el devenir histórico no está totalmente determinado, sino que es abierto y depende de la acción humana, en segundo lugar porque la perfección es contradictoria con la existencia. La perfección está ligada a la eternidad y nosotros somos existencia, temporalidad, contingencia. La utopía es la idea regulativa de la acción política que debe tener como contenido la ilustración de la humanidad; esto es, la consecución de hombres libres en estados democráticos asociados cosmopolíticamente que aseguren la paz y el desarrollo individual y singular de las personas. Estamos hablando de una democracia cosmopolita, que no viole la esencia de la democracia, la existencia de ciudadanos libres. De esta forma el progreso de la humanidad hacia mejor, moral y políticamente hablando, consiste en la consecución de este fin que es, de por sí, inalcanzable, es un ideal.

 

            Por otra parte el pensamiento utópico se apoya en el mito del progreso heredado del cristianismo que elabora una teoría de la historia con un principio y un final. Esta historia es la de la salvación del hombre. El pensamiento utópico ha secularizado esta idea y la ha transformado en la idea de progreso, de ahí que esta idea no sea tal, sino un mito, una creencia. El progreso no es inevitable. En la historia se producen tremendos retrocesos morales y políticos. La excelencia moral y política son fruto del esfuerzo humano dirigiéndose hacia esa utopía de la dignidad de la que hemos hablado. Y, como tal, este progreso son conquistas de la humanidad, pero que, en cualquier momento pueden desaparecer. Es más yo sospecho que hoy en día nos deslizamos hacia un autoritarismo débil: pensamiento único, globalización neoliberal, que está tirando por la borda gran parte de las conquistas ético-políticas de la humanidad.

 

La civilización occidental es heredera del llamado milagro griego. Este milagro es el de la aparición del pensamiento racional, lo que podemos llamar la tradición crítica, como lo hacía Popper. Hay una unión entre el surgimiento de la filosofía o el pensamiento racional y la democracia. No en vano el esplendor de la filosofía en Grecia tiene lugar en la democracia ateniense. Filosofía o pensamiento y democracia van unidos íntimamente. El presupuesto de la democracia es el diálogo y éste es posible cuando se parte de la situación de la tolerancia en el sentido ilustrado. La virtud de la tolerancia es la aceptación de la posibilidad de estar equivocado. Su presupuesto epistemológico es que nadie es poseedor de la verdad, por tanto, la verdad es fruto de la conquista de la comunidad de los hombres libres a través del diálogo. El diálogo significa que la razón es lo común, no está de parte de nadie, es el vehículo que nos encamina a la búsqueda de la verdad y de la virtud. La tolerancia, a su vez, se basaría, en la virtud del respeto. Si uno admite el diálogo es porque considera al otro como otro yo con capacidad de pensar por sí mismo y, por ello, con capacidad de tener razón. Si entro en diálogo con él puedo enriquecerme y juntos acercarnos progresivamente a la sabiduría. Es decir, el respeto es la consideración de la persona como un fin en sí mismo. Pero el respeto no es el de las opiniones, esto último es una degeneración de las democracias que pone en peligro su propia esencia. El único respeto es el de las personas, sus ideas y opiniones son discutibles. En las democracias desgastadas que vivimos se intenta establecer por parte del poder, y se ha asumido como algo incuestionable, el respeto de las opiniones. Todas las opiniones serían respetables. Esto es harto peligroso, pero al poder político le interesa. Suponer que todas las opiniones son respetables es suponer que todas tienen el mismo valor epistémico, y esto es literalmente falso y ético-políticamente peligroso. Hay ideas y opiniones absolutamente equivocadas y peligrosas socialmente, y deben ser combatidas. Las ideas y opiniones están para ser discutidas y debatidas por el arma de la razón, que es aquello que tenemos en común en el diálogo. Pero esto exige que seamos ciudadanos, personas. Es decir, individuos con capacidad de pensar por sí mismos. Pero esto al poder político no le interesa; por el contrario, le interesa más, el relativismo, de esta forma sus opiniones se escapan a la crítica. De ahí que no exista ningún tipo de debate parlamentario. El parlamento es un diálogo de sordos. Ahora bien, si toda opinión es respetable e igualmente verdadera, la que triunfa es la opinión del fuerte, de aquel que tiene el poder político. Por eso al poder le interesa este relativismo, para tener las manos libres y para producir ciudadanos sumisos; esto es, borregos perfectamente domesticados. De este modo las democracias actuales se están deslizando peligrosamente hacia un nuevo tipo de autoritarismo enmascarado de democracia en el que impera el pensamiento único políticamente correcto; es decir, la ausencia de pensamiento. La democracia exige la libertad y no hay libertad sin conocimiento ni diferencia.

Comienza el curso y vuelven las cansinas consecuencias de la clase de religión. Por mi parte sólo decir, ¡a la mierda con el concordato!, con esa acuerdo con la santa sede que boicotea el laicismo de la constitución española. La iglesia es hipócrita y pedigüeña, sólo quiere poder y dinero. Entre tanto, los políticos durante treinta años no han hecho más que seguirle el juego, ¿cuánto poder tiene esta iglesia?, si yo no encuentro cristianos por ninguna parte. Sólo ritual y tradición. Cada vez hay más indiferencia, menos conocimiento real de la religión y de sus serias, positivas y negativas, implicaciones socioculturales. No hay ateos, ni creyentes. Pero esto no es más que el síntoma de una sociedad superficial, individualista y egoísta. Pero los alumnos que no se matriculan en religión son los que pagan el pato, sobre todo en infantil y primaria. La ley es pacata. Si siguiésemos la constitución se debería contemplar, lo cual es excesivo, la posibilidad de dar clases de religión, pero ésta sería la excepción, lo normal es la educación de ciudadanos. Mi propuesta ha sido siempre que los ciudadanos deben conocer el hecho religioso en sus distintas dimensiones, histórico, social, filosófica, antropológica, artística…, porque la religión es un pilar fundamental de la humanidad y la cristiana de la civilización occidental. Es decir, sustituir el adoctrinamiento, por el conocimiento. Lo que yo me encuentro es una ignorancia supina sobre materia religiosa en los alumnos. No sé qué es peor si la ignorancia e indiferencia o el adoctrinamiento; por lo menos contra el segundo se puede luchar y transformar en una opción de creencia profunda o en un ateismo humanista. Pero la indiferencia e ignorancia es el peor de nuestros enemigos. Y como siempre nuestros políticos son los que han forjado y mantenido este engendro. ¡Que pandilla de inútiles y cobardes!, ¡cuánto daño hacen estas fieras con piel de cordero!

 

Para que haya una auténtica democracia es necesario la existencia de los disidentes, y para esto hace falta valentía y conocimiento. La disidencia es el acto máximo de libertad. Todo avance moral y de derechos que ha habido en la historia se les debe a los disidentes.