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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

Quiero sacar algunas conclusiones sobre esto que viene llamándose la gripe A. la verdad es que es un fenómeno que, a parte de su dimensión estrictamente biológica, es de naturaleza sociopolítica y filosófica de gran envergadura.

 

            En primer lugar pienso que lo que se ha hecho durante todo este verano ha sido una campaña de desinformación por parte del poder político y, quizás, en connivencia, con el poder económico, en este caso las industrias farmacéuticas encargadas de fabricar la vacuna. Digo que se ha realizado una campaña de desinformación porque se ha pretendido distraer al ciudadano de las cuestiones verdaderamente importantes. Siguiendo a Emilio LLedó en su artículo en El País “La gripe A y otras plagas”, podemos establecer una comparación entre lo que es la salud física personal y la salud social. Pues bien, la propaganda de desinformación que se ha seguido con la gripe A lo que ha producido es una merma de la salud pública; esto es, de la democracia. La preocupación de los ciudadanos ha sido la de saber si se cuenta o no con una vacuna para protegerles del mal que se les avecina. Pero, claro, a un pueblo perfectamente domesticado, que vive en la insolidaridad y en el placer hedonista y consumista, es fácil de amedrentar y distraer de otras cosas más importantes, la salud de la democracia. Somos ciudadanos, los pueblos occidentales “desarrollados”, que vivimos en una situación privilegiada, que no hemos conocido las guerras, las hambrunas, las epidemias, que vivimos instalados en la seguridad absoluta, en la creencia, de que siempre ha sido todo igual, de que ningún mal puede afectarnos. El desarrollo de las democracias liberales ha producido, por su parte, un tipo de ciudadano que sólo está comprometido consigo mismo, que ha olvidado la polis. Un ciudadano individualista, y valga el oximorun. El ciudadanos es el habitante de la polis y, por ello, y sobre todo en democracia tiene que participar de la vida pública, debe interesarse por la justicia, no sólo por sus garbanzos y sus lujos. Pues bien, a este ciudadano es fácil llevarlo a un estado de miedo y de angustia, lo cual significa que es fácilmente manipulable. Y en esto ha consistido la campaña de la famosa gripe. Dominar por el miedo. Esto es una forma de totalitarismo desarrollada en la democracia y desde las instituciones democrática, lo cual pervierte la esencia misma de la democracia. En la situación de angustia y miedo el ciudadano sólo mira por su propia seguridad, no se preocupa de lo que existe alrededor. Y hay dos clases de plagas que ha olvidado y nos quieren hacer olvidar. La primera es la existencia de terribles injusticias en este mundo que son fruto del desorden de una sociedad globalizada neoliberalmente. A esto hay que sumarle la circunstancia de crisis económica generalizada, que precisamente se ha producido por la quiebra de ese modelo de producción neoliberal. Pero el miedo nos hace mirar para otro lado, el miedo nos hace ignorantes e inconscientes, y, por ello, domesticables. Las injusticias en el mundo existen y tienen sus causas y las diversas formas de poder tienen sus culpas y responsabilidades. Por su parte la crisis no se ha resuelto, se ha parcheado. El modelo de producción sigue siendo el mismo. Los ciudadanos hemos pagado la deuda y los ricos siguen siendo igual de ricos, pero hay más pobres y la clase media está cada vez más esclavizada a sus créditos e hipotecas. Mientras tanto, los límites del crecimiento se acercan, no hay vuelta atrás. Los problemas si no cambiamos hacia el decrecimiento pueden ser irresolubles, finales. La crisis es terminal; pero se nos ha distraído. Se nos ha distraído también de la salud de nuestra democracia. Los políticos no se ocupan de la polis, la justicia, se ocupan de su propio bien. Los partidos están totalmente anquilosados, no tienen pensamiento. Son máquinas de poder, y nada más. Pero se nos distrae de esto. En fin, que la salud social y política de la que todos dependemos y la que garantiza nuestra dignidad no es objeto de conocimiento por parte del pueblo, permanece oculta. Pero resulta que la corrupción política es el cáncer de la democracia. Si nuestros propios representantes son corruptos y son los modelos, el pueblo no tiene donde aprender. El pueblo vive en la ignorancia y la ignorancia es esclavitud.

 

            Por otro lado se ha producido un fenómeno curioso. Las nuevas tecnologías de la información han hecho posible que se transmitan mensajes muy distintos, me refiero a la gripe A, a los que el poder despacha. Y estos mensajes han producido dos efectos. A mi modo de ver, uno positivo y otro negativo. En primer lugar, han hecho posible que la opinión pública tome conciencia de una situación más realista, lo cual la hace salir de su ignorancia y esclavitud, fomenta el diálogo y la crítica. Se nos ofrece un conocimiento, nos hacemos más libres, fuertes, y abandonamos la angustia. Este efecto es tremendamente positivo y es una inyección de salud para la democracia. Pero, por otro lado, se ha producido un efecto que roza con la superstición. Me estoy refiriendo a la defensa que se hace desde algunos lugares de que existe un complot, una conspiración con dos objetivos fundamentales: el enriquecimiento de las multinacionales farmacéuticas, por un lado, y la posibilidad de salir de la crisis –y esta supuesta conspiración es muy seria y roza el cinismo y la inhumanidad- por medio de la eliminación de algunos miles de millones de ciudadanos. La primera no la considero una conspiración, sino un negocio, un oportunismo empresarial. Aparece un mal y las empresas se encargan de amplificar el peligro, crear la conciencia de miedo, engañar a los políticos, en algunos casos no hace falta porque tienen intereses en esa industria, y como consecuencia se venden más vacunas. La segunda sí entra dentro de las teorías conspirativas de la historia. Y es aquí donde no coincido en absoluto.

 

            Es cierto que no existe una racionalidad de la historia, que no hay leyes universales que la rijan. Es cierto también que cambios históricos se producen al azar o por decisiones de personajes con gran poder. Todo eso es cierto, también que hay pequeñas conspiraciones. Es cierto que no hay un sentido de la historia, ni de la vida, salvo el estrictamente biológico. Pero también es cierto que el hombre se ha dado a sí mismo las leyes, que ha construido la sociedad, que todo ello es provisional y no definitivo, que la lucha por la justicia tiene que estar guiada por la razón, que en la historia hay tendencias positivas o negativas, que el hombre es el artífice de la misma y que utilizando la razón ha conquistado cierto progreso ético-político. Pues bien, si aceptamos una teoría conspirativa de la historia, renunciamos a la racionalidad y a la libertad. Renunciamos a las conquistas morales de la historia y esto es lo último a lo que la humanidad se puede agarrar. Además acarrearía un sentimiento apocalíptico o escatológico. La historia está dirigida por alguien y nosotros somos los títeres. No, prefiero la libertad, la igualdad y la justicia, aunque siempre sean provisionales y estén al borde del precipicio.

 

            La democracia, qué bella palabra y qué manoseada, prostituida y arrasada. Cuando escucho a los políticos lo que me gustaría es que no fuesen necesarios, pero lo que no me explico es cómo pueden seguir en el poder. A tal grado de estupidez ha llegado el ciudadano, cómo han conseguido fabricar tanto borrego de encefalograma plano. Lo siento, no es una falta de respeto a la ciudadanía, si las democracias están corruptas no es porque los políticos sean incompetentes y corruptos, solamente, sino por la connivencia de los ciudadanos. Lo que ocurre en mi localidad no es más que un reflejo esperpéntico de lo que ocurre a todos los niveles de la política. En política se ha socavado la esencia misma de la democracia para instaurar un autoritarismo a través de diversos mecanismos, por un lado, la desinformación y, por otro lado, las propias instituciones. En mi localidad existe un movimiento de resistencia civil que a pesar de múltiples defectos, a mi modo de ver, desde el punto de vista de la participación democrática, es ejemplar, en el que al principio participé de modo activo; pero por diferentes motivos que no vienen al caso pasé a un segundo plano. Este movimiento civil cuajó en una agrupación de ciudadanos con representantes en el ayuntamiento. Si la lucha durante cinco años nos ha mostrado el déficit democrático en el que vivimos –como señalé en varios artículos e intervenciones públicas al comienzo del movimiento- y que es generalizable, la participación directa en la política activa nos demuestra las pasiones más bajas a las que el poder lleva a los hombres y, sobre todo, cuando existen políticos profesionales, de los que, por supuesto, dependen montones de cargos públicos. Estos políticos profesionales no tienen donde caerse muertos, no tienen oficio ni beneficio. Viven de la política, no para la política. Esto ya de entrada es corrupción. Han hecho de la política su modus vivendi y esto los esclaviza a una serie de intereses de poder (partido) que en otras circunstancias no defenderían. Porque no lo olvidemos nunca, los representantes de las democracias parlamentarias, que son los partidos, no son ellos mismos democráticos, con lo que los fundamentos de la democracia quedan minados desde sus bases. Si dentro del partido no hay ni diálogo ni debate, cuanto menos lo habrá con otros grupos políticos. Nos encontramos aquí entonces en una situación contradictoria en la propia democracia. La base de la democracia es el diálogo, los representantes de nuestra democracia no utilizan el diálogo, sino el poder para gobernar. La discusión con la oposición es también una discusión por el poder. Les da lo mismo defender A que no A el caso es la lucha por el poder. No se busca la justicia ni el bien de la polis, porque el político no vive para la política (gobernar la ciudad, administrar el poder que emana de la voluntad general del pueblo) sino que vive de la política y del partido, ese es su horizonte y su límite. Sus ideas son creencias con las que comulga obedientemente, no las discute, no admite la más mínima sombra de dudas, el que duda, o piensa, pierde, como decía el grupo cómico frente a la dictadura en la Argentina, Les Lutiers. Así nuestra democracia está corrupta desde la base o desde su esencia. No existe el diálogo, ni se permite, no se abre el campo desde las instituciones para que se produzca el diálogo. En estos años he llegado a escuchar cosas muy graves, casi de juzgado de guardia, por inconstitucionales. He escuchado, por ejemplo, que el pueblo elije a sus gobernantes y que a partir de ahí el único foro de debate es el parlamente que representa al pueblo, esto es un atentado contra los principios básicos de la constitución. El único motivo es el autoritario, callar a un movimiento civil que se atreve valientemente a decirles las cosas claras al poder. Ponerles un espejo delante suya, hacerles ver su imagen grotesca y deformada y, de paso, recordarles que quien manda es el pueblo, aunque el problema es que la democracia neoliberal, aunque sea de izquierda socialista (pseudoizquierda) ha transformado al pueblo en masa homogénea, indiferente y obediente, egoísta y narcisista, sin ningún interés por la cosa pública, la política. También he escuchado que el partido del poder debatirá cuando se acaben las concentraciones en la plaza pública. Esto es otra violación de los principios fundamentales de la democracia, la libertad de pensamiento de conciencia y de expresión. Como digo, de juzgado de guardia. El problema es que la pasión del poder ciega y para aferrarse a él ni se sabe lo que se dice, sólo se obedecen consignas. Y cuando la mayoría es absoluta y repetida, el poder del partido tiende al absolutismo. Recuerden aquello de Felipe González de lo de la gobernabilidad, se refería con ello que para poder gobernar bien hace falta una mayoría absoluta. Valiente barbaridad antidemocrática. Para gobernar hace falta consensuar, dialogar y pactar y para ello hace falta pluralidad representativa del pueblo.

 

            En fin, he seguido los plenos de mi localidad (me considero cosmopolita, lo de mi localidad no es más que un azar) desde que empezó el movimiento y, particularmente, desde que entró en juego el grupo político de Ciudadanos de Villafranca. El año pasado tenía un programa de radio “Filosofía desde la trinchera” en el mismo medio público del poder y aprovechaba para hacer de cronista y analista político tras los plenos mensuales que se celebraban en la ciudad. Pero lo que siempre expresaba era mi bochorno. A pesar de que uno en la teoría o filosofía política conoce el mal funcionamiento de la democracia, verlo en vivo y en directo encarnado en personajes con los que te cruzas casi a diario por las calles te llena de tristeza y vergüenza. Otra de las cosas que se nos dice desde el poder es que en democracia hay que respetar las instituciones. Claro, faltaría más. Precisamente el gran invento de las democracias, o uno de ellos, es el de las instituciones que son el vehiculo para hacer realidad la voluntad del pueblo. Ahora bien, aunque las instituciones en si mismas son una estructura abstracta, cobran sentido y dinamismo en la medida en la que se mueven por la voluntad de las personas. Y es aquí precisamente donde reside el problema que quiero señalar y que tiene que ver con la corrupción. En democracia todos los ciudadanos debemos respetar las instituciones, pero los primeros que deben respetarlas son las personas que las representan. Todos los ejemplos que he puesto más arriba eran afirmaciones de políticos que están ejerciendo en este momento el poder ejecutivo, salvo González, de los otros no he citado nombres, todos los conocemos, con lo que esto nos lleva directamente a la corrupción de las instituciones. Cuando desde la institución que salvaguarda la democracia se niega la esencia de la misma, el diálogo, se corrompe la propia institución. Cuando desde el propio poder ejecutivo se controlan los medios de información y se desinforma, se corrompe nuevamente la esencia misma de la democracia. Cuando se dice que una decisión política está tomada y se niega el debate, simplemente se está cayendo en el autoritarismo, rozando casi el totalitarismo. Vivimos, a todos los niveles, desde lo mundial a lo local un déficit democrático severo que está trasformando las democracias en partitcracias oligárquicas en las que el pueblo cada vez tiene menos que ver y que decir, sólo obedecer. Y es a través de la voluntad política de los que representan las instituciones como esto se ha conseguido. Es decir, que son nuestros propios gobernantes los que han corrompido la democracia y las instituciones que las salvaguardan, utilizando a éstas como mecanismos para catapultarse y afianzarse en el poder, en primer lugar, y, en segundo lugar, ninguneando al pueblo, eliminando su autonomía y libertad, haciéndolos vivir en un mundo de apariencias pseudodemocráticas en las que se confunde la libertad con el consumo, el diálogo racional con el respeto de las opiniones más peregrinas y el triunfo del todo vale. Vivimos un esperpento de democracia. Estamos dentro del callejón del gato valleinclaniano. Habría que hacer un esfuerzo ímprobo para salir de él. El movimiento civil del que venimos hablando, para salir de ahí, lo está haciendo de forma heroica, y el grupo de ciudadanos de Villafranca, con sus representantes a la cabeza, son un grupo de valientes enfrentándose contra molinos de viento, el poder semiabsoluto establecido. Hacen falta más Quijotes en el mundo. La lucha primera es la lucha por la dignidad humana, una conquista de la humanidad, que nace de la ilustración y que germina en la democracia, pero que hemos ido perdiendo en los últimos cuarenta años. Y nuestro caso local no es más que la imagen de lo mismo. Es una pena que la gente haya tenido que salir a luchar cuando han visto perjudicados sus intereses particulares. Si fuésemos un pueblo bien educado en la ilustración, el principio de dignidad de las personas, no hubiésemos llegado a esta situación, pues nos preocuparía la polis, la justicia, como valor prioritario antes que nuestros intereses particulares. Habríamos denunciado las injusticias y el déficit democrático desde siempre, cada uno en nuestro lugar y con nuestros votos.

 

 

 

            Fantástico el artículo que acabo de leer de José Sánchez Tortosa, el autor de la muy recomendable obra El profesor en la trinchera. El artículo lleva como título el mito de la educación democrática. Coincido absolutamente con el autor, suscribo cada una de sus palabras, es más en más, de una ocasión he defendido cada una de las ideas que él ahí defiende, lo mismo que me sucediera con la lectura de El profesor en la trinchera. En fin, son esas sintonías en el pensamiento que te alegran, porque te alivian un poco de la soledad en la que se encuentra el filósofo mundano, francotirador y disidente, que se encuentra rodeado de mentes rutinarias, adaptativas y afilosóficas.

 

            La cuestión es que las diferentes reformas educativas que se han llevado en este país con los gobiernos socialistas lo que han intentado es ideologizar y domesticar al pueblo con una farsa de igualdad y libertad. La igualdad y la libertad se han introducido en la escuela para producir mediocridad y espíritu dócil, ciudadanos sumisos. Cita el autor a un ministro de la segunda república –cuando hubo una verdadera reforma de la educación-  que comentaremos. Dice el texto:

 

La escuela única atiende a estas dos finalidades: extiende la enseñanza a todos y posibilita la selección por el mérito.

 

Una democracia subsiste por las aristocracias del espíritu que ella misma forja, y la producción de estas aristocracias es imposible y, por consiguiente, imposible la democracia, si ella no impulsa, facilita y ampara la selección. (…) Instruidos todos, la selección es un derecho del inteligente y un deber en el Estado que cifre en la inteligencia la jerarquía.

 

            La cosa está clara. La educación tiene que ser el instrumento que profundice la democracia, que la haga posible. Por eso la educación ha de tener dos principios: la universalidad, que se ha confundido con la obligatoriedad. Esa universalidad garantiza el valor de la igualdad. Y, en segundo lugar, la educación ha de tener como objetivo la excelencia. No hay democracia, mal entendida: igualdad aritmética, en la enseñanza. Lo que debe fomentar la educación es la meritocracia dentro de la democracia; es decir, la excelencia de los ciudadanos. Si no intentamos producir esta excelencia, los ciudadanos dejan de ser tales y se convierten en meros borregos que obedecen a las diversas formas de poder.

 

            Ésta es la idea para mi de la educación, igualdad y mérito. Pero, claro, lo que yo creo es que la educación es un instrumento del poder político-económico para ideologizar-adoctrinar a los futuros ciudadanos. Por eso, no es que los políticos sean torpes y hayan construido malas leyes educativas, al contrario, son listos como el hambre, perseguían una serie de objetivos que están consiguiendo de forma casi irreparable. Las reformas educativas han tenido un sentido que responde a la ideología dominante o hegemónica y ésta es la de la democracia neoliberal en la que el poder del pueblo es sustituido por el de una oligarquía partitocrática. Hay una alianza entre el poder político y económico para conseguir que el pueblo deje de ser pueblo y se convierta en rebaño. Y, encima, con la apariencia de libertad e igualdad. Lo que se fomenta es la ideología del consumo y del egoísmo, se nos distrae de los verdaderos problemas sociopolíticos y se nos alimenta con el consumo narcisista; y a eso se le llama libertad. La igualdad se convierte en el todo vale, el relativismo de las opiniones; esto es, en la desfachatez. Pero cuando todo vale la opinión que triunfa es la de la fuerza, en este caso la del poder político y económico. La educación se ha transformado en el vehículo ideológico del poder para mantener la situación hegemónica, el pensamiento único. Por el contrario el verdadero valor de la educación es el de crear ciudadanos, disidentes, críticos, sujetos libres. Es decir, la educación debe alimentar la democracia y una sana democracia fomenta una educación de la excelencia. No debemos confundir equidad, que es justicia, con igualdad matemática, esto es igualar cuantitativamente a los alumnos, es decir, objetivarlos. Pierden así su carácter de personas. La igualdad es la de oportunidades, de ahí el principio rector de una democracia de exigir la universalidad de la educación. Pero ahí se acabó la igualdad. A partir de ahí hay que premiar y fomentar la excelencia porque esto repercutirá en un bien social. Hay que educar en la virtud, es decir, el esfuerzo y el respeto a la autoridad moral e intelectual, que debe servir como modelo al alumno para catapultarlo hacia su excelencia social. Pero desde el poder se ha domesticado, tanto al alumnado como al profesorado, los últimos en caer han sido los universitarios, léase Plan Bolonia. ¿Saldremos de esta encrucijada? ¿podremos desideologizar la educación?. Quizás sea imposible, ya Nietszche lo dijo, la educación es el vehículo ideológico del poder para domesticar a las masas. Y también Foucoult iba en este sentido, cuando consideraba la institución de la enseñanza un centro de represión ejercido por el poder. Por mi parte pienso que los principios que hemos establecido antes deben ser la idea regulativa que nos encamine a la recuperación tanto de la educación como de la democracia, pero el futuro pinta muy mal…

 

Se nos dice que estamos saliendo de la crisis económica, la cosa está por ver. Yo no lo veo tan claro. Probablemente lo que se ha hecho con dinero público es eliminar la quiebra de bancos y grandes empresas, luego se ha saneado la banca y se le ha pedido más esfuerzo a la clase media. Ahora se pide una enésima reforma laboral. En definitiva nos encontramos con que lo que puede ser, esto es lo que yo pienso junto con otros más autorizados que yo, una crisis terminal y estructural del sistema de producción, que exige una solución drástica, simplemente, lo que se ha hecho es parchear el problema. En definitiva seguimos con el mismo modelo de producción que es el neoliberal y que tiene como ideología de fondo el crecimiento económico ilimitado. Pues bien, aquí nos enfrentamos con dos problemas graves que están íntimamente ligados. El primero de ellos es la imposibilidad del crecimiento ilimitado por lo que es la propia ley de la naturaleza. Me estoy refiriendo al segundo principio de la termodinámica. No podemos crecer ilimitadamente en un planeta limitado, por esto la única solución no es lo que se ha dado en llamar desarrollo sostenible. Esto se ha convertido en una caja de sastre en la que todo vale y en la que en definitiva se ha confundido la palabra desarrollo con crecimiento, y siempre entendiendo éste por el económico. De lo que se trata es de ir hacia un decrecimiento sostenible. Tenemos que pasar de una organización compleja a una más simple que utilice menos recursos, de tal forma que se produzca un decrecimiento. El crecimiento lo que ha producido y seguirá produciendo es muerte. En este sentido decrecer es, a la vez, crecer, pero en el ámbito humano. Pero el decrecimiento lleva el calificativo de sostenible; es decir, que debe ser regulado políticamente, esto es, que hay que poner las medidas políticas y legales que hagan el tránsito lo menos traumático posible. Esta es la única alternativa que tenemos, la otra es el decrecimiento forzoso que vendría dada por el agotamiento de los recursos. En este último caso no tendríamos tiempo y se produciría un colapso civilizatorio, y no sería el primero; pero sí el primero a nivel global, ya que nuestro sistema está globalizado.

 

            El otro tema, relacionado con éste, es el del cambio climático. La causa de éste es la emisión de gases de efecto invernadero por parte del hombre. Y estos se producen por la quema de recursos fósiles que requiere la ideología del crecimiento. El cambio climático, si sobrepasa un umbral, en torno a los dos grados, es irreversible y produciría una catástrofe global, lo cual nos llevaría directamente al decrecimiento forzoso pasando por la eliminación progresiva de miles de millones de ciudadanos. La única alternativa que nos queda es la del decrecimiento sostenible basado en la bioeconomía. Mi pesimismo, fundado en la clase política y el poder económico, me lleva a pensar que actuaremos cuando sea ya inevitable. Mi optimismo, que se basa en la confianza en la capacidad del hombre de resolver problemas y en los valores del humanismo, me hace pensar que seremos capaces de salir adelante, que volverán a aparecer los valores que en occidente hemos descubierto a partir de la ilustración y que de verdad seremos capaces de pensar como cosmopolitas y que, por tanto, estamos todos en la misma nave, y entre todos tenemos que dirigirla hacia buen puerto, cualquier motín, cualquier intento de liderazgo único es un suicidio. No será el fin de la humanidad, pero sí de nuestra civilización.

 

Vamos, lo de la corrupción política, aunque de alguna manera conocida y soportada por todos, lo cual nos culpa a todos los ciudadanos, no tiene nombre. Es, simplemente, una sinvergonzonería, una bajeza moral y una mediocridad. La financiación ilegal de los partidos, no sólo corrompe a los partidos y a los políticos que en ella participan, sino a la democracia misma y, en último lugar, a los ciudadanos que lo permitimos. Ningún partido político en el sistema partitocrático y oligárquico en el que vivimos está libre de esta corrupción. Los ciudadanos impasibles la soportamos y, de alguna manera, la defendemos volviendo a prestar el voto a este atajo de sinvergüenzas (léase inmorales, la moral es el sentimiento de la vergüenza). Esperemos que la ley, aunque lenta sea implacable y que se ejerza la independencia de poderes, que lo veo difícil. La verdad es que cada vez veo más claro que la democracia es un sistema de engañar a la gente para que se crea libre cuando en realidad lo que se persigue es el poder y alimentar la panza y las bajas pasiones de unos cuantos indocumentados. ¡Regeneración democrática, ya! Pero esto tiene que pasar por una regeneración de la educación; pero, ¡ahí!, la educación…

Lo mejor sería un golpe de desobediencia civil, o, al menos, el voto en blanco del "ensayo sobre la lucidez" del nóbel Saramago para poer en entredicho al poder político (oligarquía y partitocracia). Si queremos revitalizar la democracia es necesario acabar con los políticos y políticas que tenemos. Pero también es necesario crear ciudadanos, no borregos que no se atreven a salir del redil

De nuevo se nos ofrece en el santoral laico, una proyección de nuestro espíritu religioso a ultranza, la ocasión de celebrarnos con algo. En definitiva de recordar algo que no cumplimos o que tenemos olvidado, o que sabemos que anda mal. Que si el día de la paz, que si el del medioambiente, que si esto, que si lo otro. Todo aquello que está descuidado es digno de celebración. Valiente hipocresía la nuestra. Hoy es el día del enseñante, o habría que decir, plíticamente correcto, profesor/a, una estupidez y una hipocresía. Pero vamos a lo nuestro. Resulta que en las páginas de tribuna de El País, el periódico de más tirada de España, y de esta izquierda Ligh con capacidad de gobierno, esto es que ni izquierda ni nada, pues resulta que se despacha el señor presidente Rodríguez Zapatero haciendo un elogio del desarrollo de la enseñanza en España. De la conquista de la universalidad del sistema reenseñanza, de la calidad del mismo, del esfuerzo del profesorado. En fin, una cantidad de mentiras a cual mayor. Nuestro sistema de enseñanza, fundamentalmente gracias a las reformas del partido socialista, es una auténtica basura. Es un criadero de mediocridad, de falta de respeto, de relativismo moral y epistemológico, de estrés y depresión del profesorado. De falta de virtud en discentes y docentes. Y todo ello potenciado por una ley que ha creado el espacio social para que este desmadre y hecatombe de la enseñanza pública en España sea una realidad de la que no nos veremos libres en muchos años, si es que es ya posible. Las sucesivas leyes de enseñanza, sobre todo, LOGSE y LOE, han eliminado la virtud y la excelencia y la han cambiado por la mediocridad. La universalidad de la enseñanza, que podría haberse realizado de otra manera (la enseñanza es un derecho humano que, además, nos conduce a la libertad) se ha hecho a costa de la eliminación de los conocimientos. La progresiva pauperización de los contenidos. La autoridad ha sido sustituida por la desfachatez, la sabiduría, por la vulgaridad y el relativismo. Los contenido por las competencias básicas. Se ha construido un saber meramente artificial para tener contentos a la ciudadanías ofreciéndoles apariencias de libertad mientras que sus consciencias quedan atadas y bien atadas. Un atajo de borregos, sin identidad y sin capacidad de proyecto vital. Esto es lo que al poder le interesa. Y éste es el objetivo de sus reformas. Los profesores debemos de luchar contra ello. Hacer uso de la excelencia y la autoridad moral e intelectual, no claudicar. Nuestra tarea es la de transformar a un simple homo sapiens en una persona, en un ser libre. No en una pieza perfectamente adaptable al sistema. El poder domestica a los ciudadanos a partir del sistema de enseñanza. Los profesores, en nuestro uso público de la razón, la capacidad de criticar ilustradamente, debemos trascender la voluntad de poder del estado, mostrar la farsa, la irracionalidad. Enseñar el camino de la libertad. Mostrar la validez del conocimiento y su relación con el ser libre. Mostrar su ignorancia y su esclavitud para que miren el final del túnel. Basta de triunfalismo político demagógico y esclavizante, basta de lenguaje y verborrea pseudocientífica de psicopedagogos. Conocimiento, virtud, respeto, tolerancia, libertad, excelencia. Éstas son las claves.

 

 

Es un tópico ya el preguntarse sobre el papel de los intelectuales en la sociedad. Lo primero que habría que hacer es definir o aproximarse al sentido de lo que podemos entender por intelectual. A mi modo de ver, y en esta primera acepción sigo a Popper, el intelectual es el que se las tiene que haber con las ideas. Es el que trata con las ideas. Sus objetos de trabajo son éstas. No hace falta que escriba, y que participe con sus juicios morales en la sociedad. Pero esta aproximación al término intelectual me parece muy precaria y que sólo persigue ser aséptica y no polémica. Por intelectual siempre hemos tenido la idea de referente moral, si bien, no en los actos, esto corresponde al profeta o al santo, sí, al menos en las palabras. De ahí que Séneca dijese que los demás hiciesen lo que él decía, no lo que hacía, porque él era filósofo, pero no sabio.

 

            Pero lo que ocurre hoy en día es que la figura del intelectual, desde el punto de vista ético político está en crisis. Yo creo que la razón reside en el posmodernismo que nos lleva al relativismo epistemológico y moral. Por otro lado vivimos en una sociedad en la que el valor máximo es el éxito y la eficacia, valores absolutamente contrarios a la solidaridad y la búsqueda de justicia. El relativismo que subyace a nuestra sociedad proclama el fin de los grandes relatos que pretenden dar un sentido a la historia. De esta posición surge la imposibilidad de defender ninguna idea, porque todas son iguales. Por tanto, el intelectual se reducido a la arbitrariedad del relativismo de las opiniones. Todo vale, todo se puede decir. Pero esto es un juego que interesa al poder. En esta coyuntura el intelectual, o bien, se recluye en su despacho y se dirige sólo a la academia, o se hace un intelectual orgánico y funciona como ideólogo de un partido. Las dos opciones desvirtúan lo que es un auténtico intelectual. Yo me considero un ilustrado, como decía Popper, el último filósofo tambaleante de la ilustración. Por ello pienso en la consecución de los ideales humanos representado por los valores de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y considero que la razón es el instrumento que nos libera de la superstición y del engaño del poder, económico y político fundamentalemente. Y después de dos siglos de la ilustración he aprendido que la razón es limitada, que no hay sentido de la historia humana, ni del hombre, que el único sentido es el biológico. Pero he aprendido también, que todo progreso ético político de la historia –cuyo único fundamento es el pragmático histórico-  se debe a una serie de descubrimientos, de inventos que nos han hecho vivir mejor en la medida en la que podemos luchar por una sociedad más justa. Tenemos un ideal, una utopía inalcanzable, crear una sociedad cosmopolita de hombres libres, con un estado que administre esta libertad. Si los intelectuales claudican frente a esta labor, el mundo seguirá la deriva del pragmatismo económico y con él, el de la injusticia social. Las ideas tienen consecuencias y el papel del intelectual es el de analizar las ideas y ver sus consecuencias. Creo que el sentido del intelectual es el del disidente. Hay que estar contra toda forma de poder. Porque el poder por sí mismo tiende a anquilosarse, a perpetuarse y a eliminar la libertad. El intelectual debe siempre traer aire fresco, aires de libertad.