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Filosofía desde la trinchera

Pensamiento asilvestrado. Vuelta a la consciencia originaria.

Pensamiento asilvestrado. Vuelta a la consciencia originaria.

El relativismo, en todos los ámbitos es la mayor señal de los tiempos de crisis, pero una mala señal, porque no es una salida de la crisis, sino una profundización en la misma, una corrupción, ignorancia, hedonismo, egoísmo, perversión…Esto lo hemos aprendido de la historia, por eso nuestra época nos lo muestra con total claridad. Aberrante.

Es muy fácil, y muy cómodo liberarse de los juicios ante el mal radical, como está de moda en la nueva espiritualidad con su relativismo buenista de respetar todas las creencias y las actitudes,... Es lo que el poder quiere, que no pensemos, que no pongamos nada entre paréntesis para actuar impunemente. De lo que se trata es de no juzgar al otro, pero sí, de mostrar el error, para que el otro sea capaz de caminar por sí mismo, sea libre de sus pasiones y de su ignorancia. De la misma manera yo, o cualquiera, me sano o aprendo cuando enseño. Y siempre habrá alguien que me enseñe mis errores, y seguro que no será un alguien con doctrinas, no, será mi hijo, un amigo, la pareja, si se tiene, y si no, también,...son las enseñanzas de la convivencia, de habitar en la plaza pública, en el interior de la caverna.

Yo no puedo aceptar a un Franco, aunque sé que llevo uno dentro, como todos, por lo demás. Lo puedo comprender históricamente, ideológicamente, psicológicamente,...en muchas dimensiones, pero me niego a aceptar su actitud de genocida; aun sabiendo que para que Franco lo fuese hubo de contar con el consentimiento y la mirada para otro lado de millones de personas.

La palabra como vehículo de sanación de la ignorancia y lo políticamente correcto.

La palabra como vehículo de sanación de la ignorancia y lo políticamente correcto.

Que la palabra es un vehículo de sanación es el gran descubrimiento griego. Pero no es de Hipócrates, que es griego, sino algo más antiguo y que no se le puede atribuir a nadie en concreto. Es lo que se llama, no muy correctamente, el paso del mito al logos (palabra, discurso) Pero, en realidad, lo que aparece es otra forma de ver el mundo a través de otra forma de hablar, porque son discursos que tienen un significado y que curan también o mantienen la enfermedad, como los mitos fundantes del cristianismo que analizamos este curso y que aún persisten. Me refiero a los del Génesis. (Justifican la desigualdad, el patriarcado, el sistema de producción en el que nos enfrentamos a la naturaleza y explotamos al otro porque no lo consideramos otro, sino un mero objeto de producción, un producto del mercado, una cosa con un valor de uso, meramente). La palabra puede curar y puede enfermar. La sofística y la erística son perversiones del logos, del diálogo socrático que pretende sanar a los ciudadanos atenienses; que, por cierto, no se sanan y deciden ajusticiar a Sócrates y éste se sana de la ignorancia de los atenienses bebiendo la cicuta. Como respuesta a esta incomprensión de los atenienses uno de los discípulos más cercanos a Sócrates: Antistenes, decide sustituir la ironía, que es el arte del discurso por el cual Sócrates intenta sanar la ignorancia del pueblo ateniense, por el sarcasmo y el ejemplo de la experiencia vital, la praxis, el hacer, no sólo el decir. El ejemplo más notorio de esto es el de su discípulo Diógenes de Sinope apodado el perro. Por su lado, Platón, optó por construir por medio de la palabra un discurso para interpretar el mundo. También dijo aquello de que la dialéctica (discurso, palabra, diálogo, conversación, filosofía) es al alma lo que la medicina al cuerpo. La Filosofía (no la académica, eso es una enfermedad, es la única terapia del alma. Lo que hoy se llama psicología y psicoterapia no son más que desarrollos, más o menos acertados, de la filosofía como terapia) Al final, históricamente, vence el discurso platónico, del que somos herederos y el que lo pone en duda y lo derriba a martillazos, junto al cristianismo, que es platonismo para el pueblo, con la fuerza de las palabras, para curar con ello a Occidente, es Nietzsche, que es el que realmente nos enseña la libertad que reclamaron los cínicos y que eran lo único reconocido. Pero libertad vital, existencial,...no meramente formal como tenemos, o teníamos, ahora. Pero la libertad implica el desasimiento de todo, de todo lo social, porque todo es convencional. Se trata de la vuelta a la naturaleza, pero no en el sentido literal, sino la recuperación de la mente originaria.

Os dejo un ejemplo del poder y uso de la palabra en Diógenes el perro: "De entre todos los perros, él fue el más fiero, y pasó a la historia por la deslenguada franqueza con la que juzgaba a sus vecinos. Sus hirientes ironías fueron un instrumento pedagógico para obligarlos a reflexionar y a replantearse su sistema de valores. Un día apareció por el ágora y gritó a los que allí se encontraban: «¡Eh, hombres!»; entonces muchos se aproximaron para escuchar lo que el filósofo tenía que decir, pero en esa ocasión Diógenes no disertó, sino que comenzó a golpearlos con su bastón y les dijo: «Pedí hombres, ¡no desechos!». Sus famosas diatribas fueron los ladridos de un perro amigo que alerta del peligro. Una vez se puso a caminar hacia atrás, y cuando los que lo observaban comenzaron a reírse de él, les dijo: «¿Y no os avergonzáis de recorrer el camino de la vida al revés?». Otro día, mientras andaba por la calle, vio a un niño que desde la ventana se entretenía tirando piedras a la gente; Diógenes se acercó al jovencito y, sabiendo que era hijo de una afamada prostituta de la ciudad, le reprendió así: «Niño, deja de tirar piedras a la multitud, que puedes dar a tu padre». En otra ocasión encontró a un joven rico y presuntuoso practicando con el arco, y este era tan poco diestro que Diógenes se situó frente a la diana; cuando el arquero le pidió que se apartase para no herirle, el cínico le respondió que con lo mal que tiraba, ese era el único lugar seguro en el que podía estar. Le encantaba censurar y provocar a los demás, pero no por desprecio a la humanidad, sino por amor a ella; actuaba con sus congéneres como un médico compasivo que se apiada de los que conviven con la enfermedad. Un símbolo de su manera de hacer filosofía es la anécdota que cuenta que entró al teatro cuando los demás salían y, al ser preguntado por el motivo, dijo: «Es lo que me he dedicado a hacer toda mi vida». Por acciones como estas algunos pensaron que estaba loco, pero se equivocaban; como él solía decir: «No soy un hombre sin juicio, sino que no tengo el mismo juicio que vosotros»." Eduardo Infante. No me tapes el sol.

El cínico, como todo filósofo que se atreva a honrar su título, no el de papel, sino el vital-existencial, es un filántropo disfrazado; que muerde a sus semejantes con la intención de sanar su juicio y sacarlos de su ignorancia, de la ilusión, del engaño,...

Confianza

Confianza.

“Dios escribe recto con líneas torcidas.”

Albert Einstein

“Ábrete al milagro. El que no cree en milagros no es realista.”

David Ben-Gurión

 

Einstein concebía a dios en el sentido spinozista; es decir, panteísta. Hoy diríamos, panenteista. “Dios o naturaleza, naturaleza o dios.” Pero la unidad no elimina la diferencia. Es más bien una unidad esencial. O, dicho de otra manera, la ola es ola a pesar de ser océano: lleva el océano dentro. En esta frase Einstein utiliza una imagen de dios antropomórfica, cosa en la que él no creía. Pero tiene un sentido más hondo. La confianza es no dudar de la ley de la naturaleza, del orden cósmico superior. Orden que subyace al mismo mundo, que es el mundo, lo que hay y lo trasciende. Confiar en ese orden, es rendirse a él. Sería rendirse a dios o la naturaleza. Pero, para ello, es necesario confiar, que no es lo mismo que la fe ciega. Este tipo de fe genera fanatismo, superstición y, a la postre, violencia. Por el contrario. La confianza en el orden de la naturaleza es no forzar el orden natural, sus ciclos, sus cambios, su orden interno y externo,… Pero, claro, para ello tenemos que estar en consonancia con la naturaleza. Es decir, haber escuchado la voz de la ley de la naturaleza en nuestro interior. Dicho de otro modo, conocernos a nosotros mismos. Al realizar esta tarea descubrimos que no somos seres especiales; sino que somos un ser más de todo lo que hay. Una expresión o manifestación más de la Naturaleza, el Ser. Y entender esto es seguir a la ley natural, al Tao que no se ve, que diría el Taoísmo, o al Logos, que es lo común, que diría el gran maestro y sabio: Heráclito.

Este es también el sentido de la segunda sentencia sobre el milagro. No se habla de milagro en el sentido de salirse del orden, sino, de todo lo contrario, es el maravilloso orden del universo el que es un milagro. Cuando hablamos de milagro no es en sentido religioso; sino en un sentido más profundo que es el hecho de que todo lo que hay sea y eso que hay es el mismo orden, el mismo Logos, o Tao, o dharma,…da igual cómo lo llamemos; el caso es que ante ese orden nos quedamos maravillados y contemplamos su belleza y nuestra ignorancia. Y nos rendimos a él. Pero no caemos en la superstición. Buscamos explicación de ese orden a través del Logos, nuestra razón particular. Y aquí está lo maravilloso, el milagro. Nuestra razón, nuestro Logos, es el mismo que el Logos cósmico. El Tao que no se ve se hace manifiesto. Somos el Ser, o lo que hay, conociéndose a sí mismo. Somos el conjunto de átomos y partículas subatómicas que nos forman los que toman autoconsciencia de sí. Es un milagro, pero, cuidado, no es el Logos la única forma que tiene el Ser de conocerse. Hay diferentes grados de conocimiento. No es lo mismo el conocimiento objetivo de la física que el conocimiento práctico de la ética, o la acción ética propiamente dicha, ni es lo mismo todo esto, que el conocimiento de la belleza a partir de algo bello. El milagro es conocer la belleza a través de una puesta de sol, sin ser nombrada. También es milagro el conocimiento objetivo y científico de en qué consiste una puesta de sol y por qué vemos lo que vemos. Por tanto, reconocer el milagro de todo lo que hay es rendirse a la naturaleza, al “deus sive natura” de Spinoza y Einstein, a toda la belleza recreada por el hombre y la Ley que es el propio orden de lo que Hay.

Apertura

Apertura

"Sólo cerrando las puertas detrás de uno, se abren ventanas del porvenir."

Francoise Sagan

"Cuando dejamos de ser el centro dramático de nuestras propias vidas, logramos una expansión que nos da la paz."

Alice A. Bayley

La cuestión es que no existe un uno. Somos seres en construcción. Somos procesos: eterno fluir. Nunca estamos completos. Nos engañamos al tener una idea de nosotros como seres, en lugar de como procesos. No somos estáticos. La ausencia de movimiento es una ficción. Y todo movimiento es un dejar. Pero no estamos preparados para dejar, para soltar. Nos da miedo el abismo, el vacío que se abre ante nuestros pies. Por eso nos aferramos a un pasado muerto, inexistente que nos permite seguir viviendo en nuestro sueño, en la ficción. El gran reto es la apertura. Atreverse a ver el pasado como un eterno fluir que ya no es, que no significa nada, que no existe, salvo en nuestra memoria. Pero nuestra memoria lo modifica. La memoria es selectiva e intencional. Crea el sentido del ser que quiero ser y niega el del Ser que realmente Soy. La memoria es la forma suprema de nuestro autoengaño. La memoria es significativa, no es neutral. De ahí que, si queremos estar abiertos a lo que somos hemos de cerrar las puertas del pasado. Clausurarlo. Realmente lo está, pero me engaño creyendo que no es así y, de esa forma, obtengo un significado ficticio de mi vida. La vida sólo es en el instante presente. Y eso es: la eternidad, ausencia de tiempo. Por eso no tiene sentido, simple y llanamente ES. Pero hace falta valentía para atreverse a SER, para permitir que se abran las ventanas y entre el frescor del amanecer.

Nuestra forma de entendernos es siendo el centro del mundo, de nuestro mundo, de todo lo que nos rodea. Otorgamos el sentido de lo que ocurre en la medida en la que nos sostiene. Es toda una invención. Una forma de sobrevivir, no de VIVIR. En realidad, es una forma de engañarnos, engañar y culpabilizar. Una manera de manipular nuestro entorno, las relaciones y el mundo. El melodrama lo vamos tejiendo a base de interpretar un mundo que nos acecha, que nos acosa, que conspira contra nosotros. De esa manera, yo no tengo nada que hacer, solo gimotear y promover la lástima. De esta manera nada saldrá de mis manos, ni mis manos se harán cargo de mí. La apertura requiere de valentía y de amor de sí mismo. Y el que se victimiza no se ama, se desprecia porque no se valora y guarda rencor y resentimiento contra el mundo. La apertura es amor de sí y aceptación. Pero una aceptación activa y transformadora, no meramente pasiva. Si se hace pasiva se vuelve a caer en el victimismo. La aceptación implica amor y éste es dinámico y creador. La victimización es autodestructiva y vengativa. El que acepta vive en el presente. El que va de víctima vive en el pasado y en el futuro. Guarda rencor y desea venganza. La apertura es ACEPTAR DESDE EL AMOR INCONDICIONAL.

Confianza

Confianza.

“El momento más oscuro de la noche de la vida, ocurre un instante antes del amanecer.”

Vicente Ferrer

La confianza es la apertura al Ser. Dejar que lo que Es sea. Es no luchar contra la necesidad, no ser necio, como decían los estoicos, sino sabios y fluir conforme la ley del universo, aunque no la conozcamos, pero lo intuimos y no hacemos nada, salvo el hacer que requiere el dejarse llevar. Eso es wu wei…”ser como el agua”, fluir, pero estar actuando sin resistencia.

En la máxima oscuridad de nuestra vida hay luz. Sólo hay que saber esperar. Somos luz y sombra., la luz nunca nos abandona del todo. Y tras las tinieblas y la oscuridad aguarda un amanecer.

Sanación

EXPERIENCIA TRANSPERSONAL.

Sanación.

“El dolor es inevitable pero el sufrimiento se puede superar.”

Néor

 

La confusión entre ideas, creencias y opiniones es una forma de eliminar el poder del discurso. Es el inicio del relativismo epistemológico. Pero este relativismo nos lleva también al relativismo ético y político. Al final, el inicio de la equivalencia de las opiniones en nombre del respeto a éstas, lo cual es un tremendo engaño, porque lo respetable son las personas, no las ideas, ni creencias, ni opiniones; es el inicio de la tiranía y el totalitarismo. El inicio del poder del más fuerte a la hora defender sus opiniones, ideas o creencias. En las creencias se está; por tanto, a menos que se hagan conscientes y uno las asuma tras un análisis, es esclavo de ellas. Las opiniones son ideas particulares, sin fundamentación racional o empírica. También son nuestras tiranas, porque nos va la vida en su defensa. Las ideas, por el contrario, se tienen, porque son fruto del análisis, el estudio, la experiencia, la constatación, pero, aún así, no son, para nada, definitivas, son conjeturas, hipótesis, con una validez parcial. No somos esclavos de ellas, las tenemos, pero si encontramos errores y otra idea mejor, la eliminamos, o la integramos en otra idea mayor.

En este sentido, podemos decir que nos enferman las ideas que proceden de la sociedad. La sociedad la mantenemos después nosotros, con nuestro consentimiento. La cuestión es que no somos lo suficientemente valientes como para criticar estas ideas y buscar otras. Preferimos la comodidad y la pereza, o zona de confort, que dicen ahora los psicólogos. Pero es indispensable la sanación de uno mismo para sanar la sociedad y a la inversa. Hacer lo uno es hacer lo otro, siempre y cuando lo que se pretenda es la autotransformación, o la transformación social sin ningún tipo de apego. Es decir, de forma desinteresada.

A MODO DE APUNTES.

Pareciera que algo se está moviendo a nivel de consciencia. Pero nuestro problema es el autoengaño y la autocomplacencia. Esto, por un lado, por otro está el de aquellos negativistas recalcitrantes, pesimistas antropológicos, que afirman que no podemos hacer nada, un juicio autojustificativo para no hacer nada, no cambiar su estado de consciencia, porque el hacer viene después. En este caso, al pensamiento del cambio se le acusa de utópico. Yo no creo que lo sea, al menos en mi caso, soy lo suficientemente escéptico y realista como para caer en la trampa de las falsas esperanzas, digamos que me muevo en el ámbito de un escepticismo esperanzado. Pero, el caso es que cuando se afirma eso, no se dan cuenta de que estamos viviendo una DISTOPIA, esto es, una utopía negativa, que es la utopía del capitalismo hiperdesarrollado, o del mercantilismo que está produciendo un genocidio y un ecocidio delante de nuestras narices y con nuestro consentimiento. Esta distopía está tan bien preparada por los poderes mundiales que hace el efecto del cuento de la rana que si la echas en el agua hirviendo salta y se salva, pero si la pones en agua y la calientas poco a poco, muere cocida. Pues ese último es nuestro caso. Eso son los efectos del psicopoder y la sociedad del entretenimiento, no ya del consumo, porque ya no se consume por tener, sino que el consumo lo que hace es entretenernos, porque si no consumimos nos enfrentamos a nuestro propio vacío. (El caso más de actualidad es el del turismo de masas, el viajar por el mero hecho de que si no se viaja, qué se hace) Esto es, se nos ha vaciado de contenido al eliminar todas nuestras dimensiones, menos la del valor mercantil, que cuando no consumimos, no podemos soportar la existencia porque no recordamos que tenemos otras dimensiones.

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No existen los hechos puros; es decir, los hechos no interpretados. Toda nuestra vida es una interpretación, un “delirio necesario”, que diría Castilla del Pino, una forma de ver las cosas desde nuestra perspectiva. Y esa perspectiva depende de cómo nos hemos ido construyendo, de nuestras creencias que son las que han creado un estado mental y emocional, lo cual nos lleva a una forma de actuar.

Si cambiamos nuestras creencias, que han sido absorbidas desde el útero materno hasta ahora mismo, cambiaremos esa perspectiva y ello implica un cambio en lo profundo de nuestro ser. Como siempre la clave de esta alquimia del cuerpo y el alma es el valor, la valentía, sin él no podremos cambiar. De ahí esa creencia establecida de que no podemos cambiar, porque nos falta el valor para hacerlo. Ésta es la clave, ni más ni menos, del “Conócete a ti mismo” y no hay nada más. Éste autoconocimiento (deconstrucción de todo lo que creo ser y pensar) es la clave de todo, esto es Despertar y reconectar con el que realmente eres. Conectar contigo mismo y conectar con los demás y con todos los seres de la tierra y del universo. Y, no olvidemos al viejo Platón, que nos decía que conocer es recordar. Pues eso, en definitiva, nuestro autoconocimiento, en definitiva, es un recordar, conectar con la profundidad de nuestro verdadero ser. Pero, insisto, para ello es necesario desapegarse de todo ese conjunto de mentiras que nos construyen y que utilizamos como autojustificación de nuestra pereza.

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Lo normal es vivir automáticamente. Con el piloto automático, como si dijéramos. Es decir, con algo de consciencia, pero sin autoconsciencia. Por eso nos dejamos arrastrar por la corriente de nuestros pensamientos y de nuestras emociones y por eso somos esclavos de nuestras creencias adquiridas, acríticamente, desde la más tierna infancia. Por eso el primer paso es “darse cuenta” o “caer en la cuenta”. Tomar consciencia de uno mismo. Tomar consciencia de que respiramos, tomar consciencia de nuestras sensaciones, de nuestras ideas, sentimientos y emociones. Y, cuando tomamos consciencia lo hacemos como observador, eso es la autoconsciencia. Pero al ser el observador no estamos implicados y estamos en una posición de una gran ventaja, estamos fuera de la línea temporal. Estamos en el aquí y el ahora, que no es un momento en el tiempo, sino la ausencia del tiempo. La Presencia.

Y esto es “caer en la cuenta” porque, inmediatamente el mundo interpretado deja de ser interpretado y juzgado, sino que hay como un “parar” frente a mi construcción y sentido de la realidad, mis creencias, mis ideas, emociones y sentimientos. Al caer en la cuenta lo que hacemos es, ni más ni menos, que liberarnos de la tiranía de la automaticidad de los pensamientos y emociones, de las creencias infundadas y limitantes. Es un primer Despertar. Es, si seguimos a Platón, el momento en el que el esclavo se deshace de sus cadenas y toma consciencia de que todo lo que veía no eran más que apariencias, sombras. Este primer Despertar es el primer paso del camino de la liberación y de la autoconsciencia. Y aquí autoconsciencia es consciencia ampliada. Y, por supuesto, conocimiento, ser y acción van unidos, no existe separación. Ese dualismo entre el conocimiento y la acción (lo que viene llamándose la práctica) es una falsa creencia occidental instalada desde la intelectualización de la filosofía, cuando la filosofía dejó de ser un modo de vida y pasó a ser erudición. Pero la erudición no es conocimiento. El conocimiento a la vez que conocer y conocerse es praxis revolucionaria como consecuencia de ese conocimiento. Si el conocimiento no nos cambia no es más que pedantería y vanidad.

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Hay que tener cuidado con la fe en ideas, personas, religión...si uno se identifica con ellas no es la Consciencia, sino el ego. Cuando uno reclama el respeto por las opiniones propias puede ser que esté apegado a su sistema de creencias. Las ideas, religiones, personas, son como escaleras que nos sirven para ascender. Una vez que asciendes en tu estado de Consciencia, entonces no necesitas ni de personas (maestros,…), religión, ideas, política… Nuestro maestro es el maestro interior. El Ser mismo.

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El dolor y el sufrimiento con el que nos toca bregar son nuestros maestros. Mientras que nos identifiquemos con ellos y nos sintamos las víctimas de todo lo que nos rodea, o de la mala suerte, sólo alimentaremos nuestra tristeza e incapacidad de ser. En cambio, si no nos identificamos con lo que nos toca vivir, no nos sentiremos víctimas, ni pobres desgraciados, sino que buscaremos la forma de realizar nuestro Ser trascendiendo ese sufrimiento. No es que dejen de existir el dolor, la injusticia,...pero nosotros no nos identificamos con ellas, ya no interpretamos el papel de víctima, ni el de verdugo, que surge de la envidia y la tristeza, sino que podremos transmutar por la alquimia de la ACEPTACIÓN el sentimiento de desgracia e impotencia en el de realización y creatividad.

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La vida es sufrimiento. nacemos, vivimos, sufrimos, enfermamos, morimos, perdemos a los seres queridos, hay guerras, hambre, acabamos con otros seres igual de sintientes que nosotros…todo es sufrimiento y muerte. Ninguno nos quedaremos aquí, no sabemos cómo enfermaremos, ni cómo moriremos, ni tampoco nuestros seres queridos. Hemos sufrido en el pasado, en la infancia, en la adolescencia. Todo eso es cierto, pero en cierto modo también es ficticio, porque todo esto pertenece al pasado y al futuro. Hay una forma de salir de ese estado de sufrimiento, angustia, dolor. Todo es VIDA, todo está relacionado con todo, yo no soy yo, sino que soy un conjunto de relaciones que me relacionan con todo el universo, empezando por mi madre de la que nací y de los hijos que tengo hasta los primeros átomos del universo. Pero es necesario tomar consciencia de ese aquí y ahora y hay una vía fácil y sencilla para buscar mi Paz interior, mi calma, mi sosiego; y es la respiración. Ser consciente de mi respiración, de mi inhalación y exhalación. Este acto me trae al eterno presente y me inunda de felicidad y me reconcilia con mi cuerpo, con mi Ser, con todo lo que me relaciono y, entonces me disuelvo, rompo las barreras de la falsa creencia de ser un yo separado, porque realmente ese yo es relación, no existe ni sólo ni separado. Me viene al presente el dolor del pasado y lo abrazo, me reconcilio conmigo mismo, no me juzgo, me acepto, no lucho, me dejo llevar. El universo funciona solo, yo no tengo nada que hacer, no tengo tampoco que resistirme para dejarme ser en el universo. Todo es fluir e interrelación, no hay fronteras, solo el universo que respira por mí y a través de mí, yo soy, respirando, el universo y el universo se expresa a través de mi respiración. Así, tomando contacto con mi respiración permanezco en la Unidad y en la relación. Se me presentan las penas y tristezas del pasado, pero ya no me identifico con ellas, si no que las acepto y las comprendo, se me presentan los temores del futuro, pero ya no los temo porque sé que todo ocurrirá como ha de ocurrir y más allá de todo ello está el latir profundo de la VIDA, de algo que nunca desaparecerá, porque es el Ser y eso es lo que se me muestra en el acto de respirar conscientemente. Así permanezco en el aquí y el ahora.

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El compartir es una necesidad en tanto que somos seres en relación. La equivocación de occidente es la cosificación. El yo no es una cosa, es una relación. En definitiva cada uno de nosotros albergamos toda la humanidad, incluso, toda la humanidad que ha sido. Tomar consciencia de ello alivia nuestro sufrimiento, pero también activa nuestra compasión, porque hay mucho dolor debido a las injusticias y la ignorancia, como decía Buda, los tres venenos: la ignorancia, el deseo y la agresividad. Tomar consciencia de que somos la humanidad es tomar consciencia de ese dolor y, por ello es despertar la compasión y comprensión. A la vez que descargamos nuestros hombros del peso del egocentrismo nos hacemos uno con el dolor de todos y ello nos lleva a la compasión y ésta debe actuar eliminando la ignorancia, la agresividad y el deseo que son los venenos que producen el sufrimiento de la humanidad.

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Pues no sé qué pensar. Ni uno es una especie de adivino ni nada por el estilo. Además de que el futuro se recrea dentro de múltiples futuros posibles. Por eso no hay adivinación, sino oráculos.

Pero a lo que me quería referir es que si los dirigentes mundiales, es decir, los altos políticos y las grandes corporaciones económicas, no toman consciencia de que el planeta Tierra es un gran ser vivo y nosotros formamos parte de él, que no somos sus señores, pues, el resultado inevitable es el fin de la civilización y especie humana, con casi toda probabilidad, como un invento fallido de la evolución. En la inmensidad del cosmos esto carece de importancia, por eso, no sólo hay que tener una consciencia ecocéntrica, sino también cosmocéntrica y, de paso, así nos unimos en nuestra raíz con la divinidad, el cosmos, el Ser, lo que es. Y también aprendemos a aceptar la impermanencia de todo lo que es.

Esta mañana observaba en mi paseo meditativo por el campo cómo las máquinas arrancaban el fruto a la tierra, cómo ya no hay, prácticamente, contacto entre el hombre y lo que la tierra produce, todo está mediatizado. Y eso me trajo a la memoria a los agricultores valencianos arrancando los naranjos porque es más rentable traer las naranjas de miles de kms. Eso es una locura, no cabe en la cabeza de nadie, salvo en la cabeza de alfiler de un economista, que te dirá que es más rentable. Pero, ¿qué es ser más rentable? ¿qué valores se barajan en la ecuación de la rentabilidad? Esta es la monstruosidad de la matematización de la economía, cuando la economía pertenecía a la filosofía moral, de donde nunca debió salir.

El caso es que se me vino a la mente esta cantinela de mi buen amigo el filósofo, matemático y poeta Riechmann que habla de la hybris humana. El hombre es un ser doble, bifronte, que alberga un monstruo en su interior. Y ese monstruo, su demonio, su obscuridad, su sombra lo devora a la par que intenta devorar, de forma fallida a su madre, la tierra. Ese demonio es el de la avaricia, el orgullo, la vanidad, el poder, la envidia, la competitividad. En cada hombre y en la humanidad en su conjunto hay la lucha de esos demonios contra sus ángeles opuestos: generosidad, amor, magnanimidad, fraternidad, valor…Es la lucha entre la luz y la sombra. La lucha que se representa en el héroe trágico, porque la vida y la historia es una tragedia que no tendrá un final feliz, podrá ser más o menos malo, pero no feliz, así son las cosas. Todos en este momento llevamos una doble lucha heroica, la que tenemos como individuos y la que hemos heredado históricamente. Depende de si somos capaces de transmutar alquímicamente esos demonios y, aceptar nuestra propia naturaleza y, de esa manera tener dominio sobre ella, por un lado, y, por otro que a través de ello alcancemos una ampliación de consciencia en la que nos sintamos uno con la tierra, las estrellas y el cosmos, el que nos podamos salvar como especie, no hablo de civilización, ahí reside el mal…y lo que se está haciendo es parchearla.

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No solemos fijarnos en que ha habido una evolución en nuestra consciencia. Muy bien lo describe Ken Wilber. Desde la consciencia primal en la que no nos sentíamos diferenciados de la naturaleza que nos rodeaba, no había, ego, por tanto, a la consciencia egoico, mítica y de pertenencia, que es en la que nos encontramos hoy en día. Aunque bien es verdad que muchos han trascendido esta consciencia al nivel transpersonal, es decir, han transcendido lo egoico y el nosotros, incluida la Tierra, es su estado de consciencia a lo largo de la historia; algunos de ellos son los grandes maestros de la humanidad. Incluso algunos han llegado a los estados sutiles de consciencia de no dualidad. Esto quiere decir que el ser humano puede llegar a ese nivel de consciencia. Y en ese nivel de consciencia no hay competencia, no hay diferencias, porque nos reconocemos en el otro, el amor personal se transforma en compasión, sentir con el otro, pero no ya desde un ego, sino desde un nosotros. Lo que surge es una consciencia global, o la participación en la consciencia colectiva humana y, más allá aún, terrenal y cósmica. Es este cambio evolutivo el que necesitamos dar si queremos salir del embrollo en el que el ego-mítico nos ha metido. Y no es que el ego sea el malo de la peli, no, es que ya hay que trascenderlo, jugó un papel muy importante y tuvo grandes conquistas, como la de las virtudes, la democracia, la libertad, el valor, la igualdad de los hombres y su dignidad y autonomía….pero ahora se ha pervertido, o se ha gastado, por eso ya no es un mecanismo de adaptación y desarrollo sino que se ha convertido en el mayor factor de autodestrucción. El ego es el padre también del egoísmo y éste del miedo y de ahí surgen todos los vicios: la guerra y violencia arbitraria, la venganza, la injusticia, la soberbia, la vanidad, la desigualdad, la escisión…y, con todo ello estamos acabando con nuestra propia existencia. Por ello es necesario dar el salto evolutivo hacia lo transpersonal.

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El silencio es el alimento del espíritu. Demasiada algarabía es la que nos rodea. Todos hablan, todos informan, todos opinan, todos quieren ser escuchados. Es la forma de sentirse alguien y no sentir el vacío interior. El silencio es el camino hacia nuestro interior, el camino para reencontrarnos con el Ser que somos. Pero nos empeñamos en el decir y, a través del decir, mostrar nuestro yo. No hay nada que decir, sólo mostrar. O hablar con uno mismo siendo ese sí mismo el Ser eterno innombrable que somos.

Seguimos, equivocadamente, el camino del exterior, hablamos, nos entretenemos, pasamos el rato, el día, la vida. Y, al final, todo es un tremendo vacío. Las palabras, el ruido que hemos montado y en el que nos hemos sumergido era un sinsentido, ruido que se lleva el viento, nada. El verdadero camino está hacia nuestro interior. Es recorrer el camino de vuelta a casa. Un día salimos de ese Hogar y nos perdimos en la banalidad y vanidad, quisimos ser algo por medio de lo que no es, las apariencias, pero no hay nada. Sólo la Presencia que es el Hogar, el Ser, nuestra mismidad. Parloteamos, discutimos, conversamos intranscendentemente para pasar el rato. El lenguaje fue, nos cuentan biólogos, antropólogos…muy importante en la evolución. No digo que no, pero de no haber existido ese paso evolutivo no hubiese pasado nada, todo permanecería igual. El problema es que miramos al  Ser desde el ser, o, dicho de otra manera, antropomórfica y antropocéntricamente. Y por eso le damos tanta importancia y sobredimensionamos al hombre y a nosotros mismos en particular. La vía del silencio es la de la humildad, el desprendimiento (desapego) de todo, de todo lo material y de lo intelectual: creencias, ideas, prejuicios y aceptamos nuestras emociones, las dejamos ser… la del desasimiento. No más de lo uno que de lo otro, que decían los filósofos escépticos griegos. En el silencio brotan las palabras de la Soledad, del Ser. Y entonces estamos en casa, reconfortados, sin necesidad de juzgar, sin necesidad de saber, sin necesidad, en fin, descansando del recorrido del camino de vuelta (el camino del héroe) y de sus tremendas dificultades. Sin lastre que soltar, soltamos amarras y nos dejamos llevar adentrándonos y fundiéndonos en la inmensidad infinita del Ser. Por eso, al sabio le gusto ocultarse.

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Los sistemas de pensamientos, las ideas, ya sean científicas, humanistas, filosóficas, religiosas o políticas, las creencias, son sólo, o, ni más ni menos, que guías en el camino de la vida. Si nos aferramos a alguna de ellas, perdemos la verdad que anida en las demás. Además de que fomentamos una actitud dogmática y fanática que, en algunos casos, llega incluso a la violencia. Por el contrario, es necesario practicar el desapego o desasimiento de nuestras ideas, verlas desde la distancia, entonces llegaremos a aquello de sólo sé que no sé nada Sócratico, (o al dicho del budismos zen "Si te encuentras con el Buda, mátalo"), pero no retóricamente, sino de una forma vivencial y nos sentiremos en el vacío, pero libres. Y es en esa posición en la que podemos iniciar el diálogo, porque no nos sentimos poseedores de ninguna verdad y, por medio del diálogo pretendemos llegar a acuerdos comunes, no a la verdad. La Verdad está en otro nivel que el de las ideas o creencias. En un nivel experiencial en el que no hay razón, sino intuición. Pero ese nivel no es del que podemos hablar es sólo mostrable e inefable. En cuanto a las ideas, religiones, creencias vitales y políticas y demás, son ayudas en el camino que hay que saber usar. Uno no es sus ideas, cuando creemos en nuestras ideas nos identificamos con ellas y nos reducimos a ellas. Eso es el apego y la reducción del yo. Esa postura es ético-políticamente muy peligrosa, nos lleva incluso al genocidio, pero a pequeña escala, símplemente, no nos permite hablar y dialogar y, espiritualmente, nos cierra el camino hacia la autotrascendencia, que necesita del desasimiento o desapego.

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La gran aportación de los griegos a la civilización occidental y a la humanidad ha sido el Logos, la Razón y, por encima de ella, el Nous. Lo malo es que todo lo humano está cargado de su luz y sus tinieblas. Y las tinieblas de la razón, el espíritu prometeico, conquistador, dominador avasallador, manipulador ha triunfado y nos está llevando a nuestro propio exterminio. La salvación está en el mismo regalo, en la luz de la razón, no en sus tinieblas. En definitiva, en la condición humana y su estado de consciencia. Pero no es el Logos en sí, porque el Logos es la propia luz, sino la naturaleza humana. El hombre es el animal autoconsciente que, como tal, tiene una naturaleza especial, siente la carencia. Y esa carencia le impulsa a la completud, pero esa completud ya la tiene como parte del Ser. El Ser habita en él, pero su naturaleza caída consiste en la ignorancia de esta verdad. Por eso la historia de la humanidad es la andadura del hombre en pos de su complementariedad, de su infinitud y ahí es donde encuentra múltiples caminos, pero ha escogido, entre todos ellos, el de su propia autodestrucción. Por eso, no es el propio Logos, o la Razón, sino ésta cuando se encarna en el hombre, que es el caso en el que estamos, la que, desde la naturaleza ignorante, violenta y pasional del hombre la que le da fuerza y dirección. Por eso la tarea es la de erradicar, no la Razón, el Logos, sino los tres venenos que empozoñan la naturaleza humana: la ignorancia, la violencia y el deseo.

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El nihilismo y la angustia ante el vacío. La pérdida de los grandes relatos.

La gente está muy perdida porque el miedo y la cobardía es lo que nos domina. Quieren soluciones rápidas, no quieren el más mínimo dolor, ni físico ni anímico. Han olvidado la primera noble Verdad: la vida es sufrimiento. Ahora bien, se conoce la causa del sufrimiento y se puede eliminar en lo que tiene de superfluo, mientras estemos vivos, por muy despiertos que estemos siempre habrá sufrimiento o, al menos, dolor, porque es una de las características de la carne.

Al vaciarse la cultura de todos los grandes relatos filosóficos, míticos, religiosos, políticos…pues el hombre queda suspendido en el vacío. Y lo peor que puede pasarle a alguien es estar suspendido en el vacío sin saber a qué atenerse, qué hacer, a dónde agarrarse para sujetarse y no caer. Entonces, nuestra sociedad, el sistema en el que vivimos y todos mantenemos y hemos fabricado, porque lo demás sería pensar en una teoría conspiratoria de la historia y yo prefiero, aunque lo haga mal, la libertad, a ser un borrego, aprovecha sus propios engranajes y nos vende, en forma de consumo todo lo que haya que vender, incluida la espiritualidad. Por eso la espiritualidad es un producto de consumo que prescinde de la ética. Y, sin ética, individual y social (política) no vamos a ninguna parte. La ética ha sido sustituida por el discurso de “todo vale”, que se basa, a su vez, en el relativismo constructivista, de que todos los discursos son equivalentes; esto es, no hay verdad, sino verdades. Pero cuando esto sucede, en nuestro sistema, no triunfa la verdad de la mayoría, ni la más útil para lo que sea: la economía, los pobres, la tierra,… sino la del más fuerte. Y fuerte en nuestro sistema es fortaleza económica que conlleva, claro, fortaleza industrial-militar-tecnocientífica.

De tal forma que el individuo hoy en día, hipercomunicado, está más sólo que nunca y necesita consumir comunicación: la ideología del poder, claro, con la que comulga ignorantemente. En definitiva, se está alimentando el miedo a la soledad y, curiosamente, ese miedo a la soledad provoca que el individuo, aparentemente, esté menos sólo porque está más comunicado, pero está más solo aún. Está viviendo una situación angustiosa. Por eso la angustia, salvo casos concretos, no es más que una enfermedad social. Cuando la prioridad es buscar qué comer no hay angustia patológica, hay angustia adaptativa: o como y doy de comer a mis hijos o nos morimos, y el imperativo biológico me lleva a buscar comida. La angustia que se padece es la del miedo a la nada. Y es curioso porque nuestra naturaleza, como la de todo es la “eterna impermanencia” todo es impermanente, es decir la nada o vacuidad. Todo está relacionado con todo y depende de todo, no hay ser, sino interser o relación. Pero el propio lenguaje crea las cosas, que no son más que objetos mentales, no realidades externas, la realidad no es ni externa, somos en la realidad. Pero al hombre le da miedo ver su vacío, está apegado a su cuerpo físico, a su biografía, su familia, su yo, es decir, la construcción que se ha hecho de sí mismo, la idea que tiene de sí mismo como un objeto. Pero eso es un objeto mental, no existe como realidad última, sí como realidad mental, claro, pero, la confusión, es identificarnos con ese yo que abarca todas nuestras dimensiones, fundamentalmente la física, de la que tenemos más consciencia. Y, entonces, cuando todo esto queda suspenso en el vacío, nos agarramos a cualquier cosa para sobrevivir. Y, en una sociedad de depredadores y genocidas que es la que hemos ido construyendo, y teniendo en cuenta nuestro estado de consciencia evolutivo que se corresponde con el egoico-mítico y de pertenencia a un grupo, por tanto, excluyente de los demás, pues el individuo intenta sobrevivir eliminando cualquier obstáculo. Y si nos hemos quedado sin ética y sin los valores fundamentales: igualdad, libertad, fraternidad (que graciosamente ahora lo llaman en la neolengua del poder: empatía) pues el individuo-isla, nihilista-egoico, pisará a quien se le ponga por delante para sobrevivir. Incluso se autoexplotará, a eso lo llaman ser emprendedor (es curioso que sólo se piensa en emprendedor en el que es rentable económicamente, no al que escriba un libro sobre la ética de Spinoza, por ejemplo, o de Aristóteles, por irnos más a los orígenes olvidados, perdidos y enterrados) En esta situación estamos asistiendo a la guerra de todos contra todos, a nivel de los estados y las supuestas naciones y a nivel de los individuos. Todos luchan con todos. Es aquello de Hobbes: “La guerra de todos contra todos” y es curioso como se coincide con Hobbes, porque este autor también decía que el origen de esa guerra permanente de todos contra todos es el miedo. Así pues, el nihilismo de la sociedad actual ha producido a un individuo que se siente vacío y con miedo y, como no tiene dónde agarrarse pues se aferra a cualquier cosa. Pero, cualquier cosa se le ofrece como objeto de consumo y el consumo es lo único que construye o da sentido a su existencia, de tal manera que el consumo es compulsivo. Y, mientras más consumimos, más nos consumimos.

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Nada nuevo bajo el sol

Definitivamente vivimos en la sociedad del entretenimiento y el cansancio: la sociedad nihilista. Hasta lo supuestamente más serio no es más que un entretenimiento. Ayer me asomé, no más de diez minutos a la prensa, llevo años desconectado de las comunicaciones, incluidas las redes sociales, aquí, símplemente, pongo lo que siento y pienso y comento lo que me sugieren, no suelo navegar por la red social, salvo caso excepcionales y esporádicamente porque me salen en mi muro, comento algo de lo que ponen amigos o conocidos. Pero, aún así, es inevitable enterarse de muchas cosas, como por ejemplo que vamos de nuevo a elecciones, de las anteriores me enteré porque me tocó una mesa electoral. Considerarán ustedes que esto es una falta de responsabilidad, pero no lo es, es higiene intelectual y lealtad ética para no caer en discursos victimistas ni vengador, no caer en la agresividad, la violencia, el juicio y culpabilización del otro y demás. Si no hiciésemos caso al teatro que se representa en los medios de comunicación toda la clase política carecería de sentido, en realidad no hacen nada, puesto que ya no hay ideologías, salvo obedecer las leyes del mercado, de las que se dice que son inamovibles (un mito, claro) Ello no implica que no me interesen los grandes problemas de la humanidad. Todo lo contrario, son lo prioritario en mi vida junto con mi familia, aunque, dadas las circunstancias de crisis final o colapso civilizatorio, preocuparse de lo uno es preocuparse u ocuparse de lo otro. En fin, el caso es que busqué a un autor que solía leer antes con asiduidad y me di cuenta que, en años, no había cambiado de discurso, que seguía con los mismos moldes para entender la realidad, que en el fondo no ha cambiado, porque sigue igual solo que peor. Y de ahí me fui, accidentalmente, a un autor que desconocía, pero que el título de su columna u artículo me interesó porque es algo que me preocupa. ¿Por qué no se moviliza la gente en la calle? Y me encontré con lamentos, eso sí, primero se loaba las últimas movilizaciones de unos y de otros, la convocatoria de huelga por el clima y así…pero luego el autor caía en el paletismo y hablaba de que el pueblo español, como si hubiese diferencias entre humanos (eso es conciencia mítica-egoica y de pertenencia) no se manifestase con la cantidad de corrupción que hay, con la poca eficacia de la justicia, con los privilegios de unos y de otros, con la marcha de los partidos y sus giros para obtener más poder. En fin, más de lo mismo. El psicopoder, la sociedad del cansancio y del consumo, la desinformación masiva y control de los medios de supuesta comunicación e información…todo ello, junto con la propia naturaleza humana, la servidumbre humana voluntaria de La Boétie, o la pereza y cobardía de la que nos hablaba Kant lo explica muy bien.

Es decir, que el personal lee los periódicos deportivos masivamente, luego ve la Tv y sus series y concursos y algunos leen los periódicos y de los que los leen, pues una minoría leen las páginas de opinión. Pues el caso es que todo, incluido leer las páginas de opinión, no es más que echar el rato para, si acaso, comentarlo en un breve instante con alguien y olvidar todo rápidamente, porque la información se acumula, es masiva. Es una de las estrategias de la desinformación, ahogar con supuesta información, que no es tal. De tal manera que, incluso las páginas de opinión, donde se deberían barajar las ideas que creen conciencia de lo que es uno y dónde está, no son más que puro entretenimiento. Yo creo, que salvo la excepción de algún artículo, no son más que páginas de revistas del corazón y su objetivo ya no es el diálogo sino el mero entretenimiento. Y los medios de desinformación lo saben y saben también que la opinión es un bien de consumo y contrata en sus filas a aquellos que tienen más tirón de lectores. En fin, una forma de autofinanciarse. Resulta que el día anterior, el domingo, dediqué la mañana a leer el Evangelio según San Mateos, y pude ver y sentir la naturaleza humana en carne viva y el mejor instrumento para analizar la sociedad de hoy en día, en muy pocas frases estamos todos fotografiados, da lo mismo que allí hablase al pueblo judío, porque en el fondo se habla al Hombre. Y lo bueno es que se le ofrece un camino a seguir para acabar con el mal, la oscuridad, nuestros demonios y miedos y los de la sociedad. Consejos de carácter imperativo, que son perennes.

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No existe el gobierno. Las instituciones de poder están vacías. El gobierno o el poder se han hecho ubicuos. Está en cada móvil, en cada aplicación cibernética. Funciona en red. Absorbe al ciudadano y éste deja de serlo, pensando que es más ciudadano que nunca, que elige a sus representantes y que vive en democracia. No hay democracia. El poder ya no está fuera del individuo, sino que el propio individuo se está autogobernando según la evolución del estado social. La evolución de la sociedad por sus propias leyes engulle al ciudadano y lo convierte en un ciborg del ciberpoder cibernético. Las redes sociales no producen ninguna revolución, ni la aceleran, lo que producen es control o autocontrol cibernético. El individuo se hace transparente en la red, a la par que se disuelve en la uniformidad de la infinita información. El fondo de la caverna es la creencia de que somos algo y comunicamos algo a través de las redes sociales. No, el poder disuelto en la cibernética nos conoce y maneja a través de nuestra publicación, pública o privada, en las diferentes redes sociales. Y todos estamos en las redes sociales, ya sean de mera comunicación, o laborales. Todos decimos quiénes somos en la gran red en la que se ha convertido el poder. Los parlamentos ya no tienen poder, son lugares vacíos donde se representa una pantomima. El ciberpoder se ha mimetizado y, claro, expresa lo que queremos, a la vez que nos hace querer lo que expresamos. ¿Cómo salir de este bucle infernal? Y, todo esto que acabo de decir es como la paradoja de Epiménides el cretense.

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Ha existido una evolución desde el inicio de la humanidad, o si queremos del universo y resulta que de esa evolución surgimos nosotros. Y el homo sapiens sapiens se va haciendo consciente y autocosnciente de sí mismo. Lo cual significa que el universo a través del hombre, seguro que otros seres también, se hace autoconsciente de sí mismo. Ahora bien, el recorrido de esa autoconsciencia es largo y es a lo que llamamos la evolución de la consciencia humana. El salto que debemos dar ahora y los que hemos ido dando, no han sido sólo por imperativo biológico, sino por la propia voluntad y finalidad del hombre. Por un propósito, como humanidad y como individuo, que, en el fondo, es el propósito del universo, porque no hemos de olvidar que somos el universo o que estamos formados de las partículas que se produjeron en el inicio de los tiempos.

Pero, hasta ahora toda organización política y social ha sido jerárquica y esa jerarquía nos ha escindido de nuestra propia naturaleza y de la Tierra de la que formamos parte. La cuestión ahora es ser capaz de tomar consciencia de quiénes somos, somos un trozo de Tierra que respira, piensa, siente, come…y una vez que hayamos tomado consciencia de quiénes somos podremos actuar en la Tierra. Pero esa autoconsciencia dará lugar a una forma de actuar en IGUALDAD con los demás seres y con la misma Tierra. De tal forma que todo ha de cambiar, desde las formas de producción, agricultura, economía, política, educación, justicia, sanidad,… hacia una forma de autoorganización en Red, como un gran organismo en el que la inteligencia está en cada nodo de la red y en la red en su conjunto. Ya se funciona así en parte a partir de lo que se ha llamado la globalización económica, pero ésta no es la red de la que yo hablo, porque esa es una red perteneciente a un poder jerárquico que quiere someter. Una red basada en la antigua consciencia de dominación. La nueva consciencia es no dual y, por ello, integradora sin jerarquía, en igualdad, libertad y fraternidad. Pero, si no cambia la conciencia de los hombres no se producirá el cambio en la tierra. La nueva consciencia planetaria surgirá de la nueva consciencia, no dual, de cada uno de nosotros, una consciencia no egoica, sino transpersonal.

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“La sabiduría sirve de freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de adorno a los ricos”. Diógenes el perro.

La juventud es osada, desconoce el mundo y se desconoce a sí mismo, es atrevida e imprudente, es necia. Cree que lo puede todo, que está por encima de la ley natural, que es eterna e imperecedera. La juventud es petulante y vanidosa. Está llena de vicios tremendos que acarrean grandes desgracias, no quiere decir que no tenga virtudes, que las tiene, claro: el valor, la fuerza, la decisión, el coraje, la claridad, la nobleza… Pero la sabiduría es inalcanzable para la juventud; es más, la pone en su sitio. Y es interesante esta reflexión de hace más de dos mil años para nosotros que vivimos en una sociedad epidérmica, una sociedad de las apariencias que elogia, alaba y ensalza la juventud como una virtud en sí misma, cuando, realmente, la juventud, lo que tiene de bueno, es que es un estado pasajero, porque la juventud, por su imprudencia es un estado muy inconsciente. En cambio, la sabiduría, que está en la arruga, aunque no en todas, es consciencia y, a más sabiduría, más amplitud de consciencia.

A los pobres les sirve de riqueza. La riqueza no es posesión de cosas, sino una forma de estar en el mundo en el que se da la aceptación de lo que es, en la que no hay ni lucha ni escisión. Hay pobres porque hay ricos. Es decir, porque hay desigualdad, poder y propiedad. Pero la sabiduría no es una propiedad por eso es la auténtica riqueza del pobre. Pero tampoco nos solemos encontrar pobres sabios, ni jóvenes, ni viejos, ni ricos. La sabiduría es un bien escaso, raro.

Por su parte, la sabiduría es consuelo para el viejo. Evidentemente, el que haya vivido rectamente y conforme a la virtud se hará sabio con el tiempo, en la vejez, precisamente, cuando ya se han acabado las prisas, cuando lo esencial se ha hecho, cuando sólo queda la aceptación.Ahora bien, el que no vive conforme a la virtud y va aceptando los ciclos propios de la vida llega a la vejez desesperado, renegado y lleno de miedo. Y, la vejez, es deterioro y merma de nuestro ser físico. La sabiduría nos enseña, si hemos ido aprendiéndolo, poco a poco, que todo es perecedero, que la vida es impermanencia, que existe la vejez, la enfermedad y la muerte. En ese sentido, la sabiduría es la más profunda aceptación.

Y, claro, la riqueza es una forma de corrupción. La riqueza se interpone entre lo que pensamos de nosotros y nuestro verdadero ser. Por eso, la sabiduría, en el rico, no es ya sabiduría, es mero artilugio, un adorno más, una posesión, cuando, realmente, la sabiduría no es un objeto que se posee, sino una forma de habitar en el mundo, de ser en el mundo y con el mundo.

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El hecho de que haya habido una movilización mundial por el clima es una muestra, en principio, de que ha habido una consciencia, no global, sino planetaria. Pero esa consciencia no debe concebir al hombre y la tierra como objetos separados, sino como un mismo ser dentro del universo, con el que formamos también un mismo Ser. La consciencia planetaria es la consciencia del equilibrio entre todo lo que hay en el universo y, en particular, en la tierra. Es esencial que esta concepción parta de la eliminación de cualquier vestigio de antropocentrismo y de ideología del progreso (explotación, crecimiento económico,…) y de la sustitución de estas falsas ideas y creencias que nos han llevado a las puertas de nuestra extinción, además de la extinción de cientos de miles de especies, por las de el ser humano como un ser en relación. En realidad, no hay seres, sino relaciones, los seres, incluido el humano, es porque existe en relación con lo que le rodea. La existencia de cualquier ser es viable en la medida en la que está en relación con todo lo demás. Por eso esa relación debe ser una relación de equilibrio, si se da un desequilibrio, ese “ser” muere. Y ése es el caso del ser humano. Desde esta humildad, otro gran golpe a nuestra vanidad, desde que se nos sacó del centro del universo, es desde la que hay que ver la relación con la tierra y con los demás seres que la habitan. Somos parte de este gran ser que llamamos tierra y que, a su vez, está en relación con lo que le rodea. Esta concepción del ser humano como ser en relación con la tierra, los seres que la habitan y los demás seres es la que nos puede llevar a la idea de unidad. Somos Uno con la tierra en la medida en la que estamos en relación con todo y todo está en relación con nosotros. Mantener el equilibrio de esta relación compleja es mantener una relación horizontal, en lugar de vertical y de poder y dominación, como hasta ahora hemos tenido.

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Libertad frente a miedo e hipocresía.

“¿Por qué la gente da dinero a los mendigos y a los filósofos no? (Le preguntaron a Diógenes) Porque piensan que algún día pueden llegar a ser mendigos pero, filósofos, jamás.” Diógenes el cínico.

Hay que contextualizar un poco esta frase. En primer lugar, Diógenes vivía en la absoluta indigencia, no tenía posesiones, salvo su bastón y su escudilla, ésta última la tiró viendo que un niño comía con las manos y dijo: “un niño me ha superado en sencillez”. Ésta era la vida de Diógenes, un filósofo admirado, tanto que, incluso el emperador Alejandro Magno fue a visitarlo para aprender de su filosofía a cambio de todas las riquezas; a lo que el filósofo respondió, lo único que quiero es que te apartes para que pueda darme el sol. Diógenes vive desapegado de toda riqueza, por un lado, nos muestra esto y que éste es el camino de la sabiduría y la libertad y, por otro, nos muestra su valor y coraje, frente al hombre más poderoso del mundo, no es que se amedrante, o le rinda pleitesía; sino que, muy seguro de sí mismo, le dice que se aparte para poder seguir tomando el sol. Alejandro Magno y todo lo que simboliza (que, entre otras cosas es lo que ha triunfado en Occidente) son prescindibles para el filósofo, porque éste, al prescindir de todo, al no necesitar de nada, al carecer de deseos, es LIBRE. La liberación es el no deseo, la ausencia de apegos. Encontramos aquí toda una línea común a toda la sabiduría perenne. Vemos que esta enseñanza, ya en Sócrates y Pitágoras, es la base y el centro del Budismo, así como del Taoísmo, el Hinduismo advaíta y la mística: Cristiana y Musulmana.

Por otro lado, en aquel tiempo, los filósofos eran personas de prestigio, muy valoradas (filósofo era el que sabía y vivía conforme a su saber, no había diferencia de especialidades, ni de teoría y práctica) que vivían muy bien bajo el amparo y la protección de los más ricos que demandaban su enseñanza. Diógenes, como muchos otros, pues elige, para alcanzar la sabiduría, el camino de la vida sencilla, sin mortificaciones, vivir con lo necesario y lo natural, lo más cercano a la naturaleza, como un perro, de ahí lo de cínico. Pues bien, en su frase, Diógenes muestra algo muy importante para la vida del filósofo, y muy difícil, por lo cual casi nadie puede llegar a serlo, pero por nuestra consustancial falta de coraje, miedo e hipocresía. Lo que nos muestra es el desapego de todo. La gente da limosna a los mendigos y no a los filósofos, ¿por qué?, pues porque cuando se da limosna no se es caritativo, ni se ejerce la fraternidad, (en términos generales, claro) sino que se actúa bajo otra emoción o sentimiento más inconfesable y éste es: el egoísmo. ¿Por qué? Pues porque se da limosna, se hacen campañas solidarias y demás, no por resolver los problemas, sino por el miedo que tenemos a vernos en esa situación. Tenemos miedo de caer en la indigencia y, por eso hacemos con el otro lo que un día el otro queremos que haga con nosotros. (Damos limosna, cuidamos a los enfermos, a los ancianos, a nuestros progenitores y familiares, generalmente renegando, o porque es lo que hay que hacer, lo que está establecido y lo que espero que hagan conmigo un día) Actuamos por egoísmo, no por desprendimiento o por amor incondicional. Y, de ahí, que el filósofo, en este caso representado por Diógenes, que vive en la más absoluta indigencia, no se le de limosna, porque, en el fondo, al filósofo se le teme. Porque el filósofo es indigente porque quiere; es decir, es libre y, sobre todo, no tiene miedo. Y, al no tener miedo está totalmente al margen y es el espejo de nuestro propio egoísmo, esclavitud, ignorancia e hipocresía. El filósofo, si ha conseguido el desapego, vivir conforme a la naturaleza, en la sencillez de satisfacer lo que la naturaleza nos demanda y ya está, más allá del poder, sin necesidad de pedir, entonces es libre y virtuoso. Y, en la libertad (individual y política) reside su felicidad. Y esto es lo realmente difícil, conquistar la libertad y, su libertad, que todos tememos, es su posición privilegiada y que le permite ser a la vez el Testigo y el espejo de la humanidad. Lástima que la humanidad no siguió el ejemplo vital de los primeros filósofos, sino el de los guerreros, los ricos y los políticos y ello nos ha llevado a una historia de degeneración, no de progreso. Pero aún siguen estos filósofos y los grandes sabios y místicos de la historia alumbrando como lumbreras perennes el camino de la libertad y sabiduría. Camino que es necesario recuperar en esta encrucijada civilizatoria final en la que nos encontramos todos.

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Hay tres papeles fundamentales que representamos en nuestras vidas: el de salvador, el de verdugo y el de víctima. Los tres están íntimamente ligados. Lo que sucede es que el que aparece más ante nuestros ojos y el que nos creemos, porque los otros no queremos confesarlos, es el de víctima. Nos consideramos víctimas de todo lo que nos sucede. Pero, al hacerlo, actuamos como verdugos y justicieros de los otros. Y al ser los justicieros juzgamos sin piedad e, indicamos, cómo hay que ser; es decir, adoptamos al papel de salvador. Como digo, los tres, independientemente de los biográficos particulares: soy padre, soy filósofo, soy mujer,...se representan a la vez, pero sólo nos gusta reconocer el de víctimas por comodidad y cobardía.

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Educación, democracia y totalitarismo.

La universalización de la enseñanza y, sobre todo, su obligatoriedad, no es más que la universalización de la ignorancia para producir, literalmente, como mercancía, mano de obra para el sistema capitalista. La Ilustración, sin intención, ignorantemente, puso las bases de esta tropelía que convirtió el sistema educativo en un sistema de producir mano de obra para el mercado laboral. Y, eso, requería, la universalización de la ignorancia. Es decir, la transmutación de la educación en la búsqueda del saber y la conquista de la libertad por medio del conocimiento que nos hace autónomos, en universalización de la ignorancia, en el relativismo del todo vale, en el constructivismo del conocimiento... El centro de la educación, ya no es el conocimiento y la libertad, siendo el maestro o el profesor, el vehículo o mero transmisor de este legado de milenios y la posibilidad de aumentar dicho legado, sino el alumno. Éste se convierte en el centro del proyecto nihilista de aprender a aprender. ¿Cómo se puede aprender a aprender si no hay unos contenidos desde los que lanzarse a ese aprender? Dela Nada, Nada sale. Es la mayor farsa educativa que se ha producido y que el sistema educativo, vigilado por políticos y el propio mercado, han hecho cumplir desde la Segunda Guerra Mundial para mantener el orden del nuevo mundo llamado socialdemocracia o estado de bienestar que no es más que el estado de ignorancia de la inmensa mayoría para ser mano de obra disponible para el mercado. Mano de obra sumisa y obediente. ¡Qué lejos nos queda el ideal de la Ilustración y aquel sapere aude (atrévete a saber por ti mismo) kantiano! El engaño ha sido perpetrado y la educación, en nombre de la democracia ha instaurado un totalitarismo en el que estamos inmersos y del que la inmensa mayoría es ignorante, se encuentra dentro de la caverna. Como nos lo dice admirablemente Sánchez Tortosa:

 

“La libertad ciudadana que la Ilustración soñó y que acabó siendo el reconocimiento jurídico de una ciudadanía con la que proletarizar a los sujetos productivos, materializada por la Revolución Industrial, se convirtió, en materia educativa, en una libertad escolar, también soñada, que no resultó ser sino la extensión del radio de acción del Estado sobre lo que antes quedaba al margen, medida con la que producir analfabetos por medio del sutil recurso de escolarización  universalizando la ignorancia. Esta es la sentencia imparable coronada en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, y, en España, con las leyes de 1970 (Villar Palasí) y de 1990 (Logse).” Sánchez Tortosa.  “El culto pedagógico”, p. 107

Dicho más llanamente. La educación es una forma de domesticación, una forma totalitaria de mantenernos en la ignorancia y disponibles para la producción, el consumo y entretenidos. De ahí la idea de educación para toda la vida. Como si eso fuese algo nuevo, como si los grandes sabios de la historia no hubiesen estado estudiando hasta su último aliento. Eso sí, no pagando "masters", que te acrediten como apto para un trabajo.

Lo grave de todo esto es que asistimos a una sociedad del cansancio, nihilista y que opta, por salir de su vacío existencial, psicológico y ontológico, por el entretenimiento. Y el entretenimiento está basado en el consumo. Y el consumo es una forma de auto devorarse. La paradoja de todo esto es que se nos enseña que estamos en sociedades democráticas, en las que hay un estado de derecho y todo es una farsa. La educación, que es el eje sobre el que debe pivotar la formación de individuos libres y, por ende, democráticos, es una forma de totalitarismo. Una forma de vehículo de transmisión de la ideología del poder, pero, no sólo del gobierno, sino del Estado. Cuando el Estado se hace cargo de la educación, es el educador del pueblo, como es el caso, estamos ante una forma de totalitarismo brutal. El estado transmite el status quo social, que en este caso es el neoliberalismo, el gobierno transmite su ideología, que no se distingue, en lo esencial, de la del Estado y de la globalizada y el mercado impone su regla de transformarlo todo en mercancía. Por tanto, estamos ante una Plutocracia, Partitocracia y Mercantilismo. Y estos sistemas de ideas totalitarias son los que rigen la educación, desde la cuna hasta la tumba, todo está controlado y el Gran Hermano nos vigila. Resulta ya un poco grosero seguir llamando a esto democracia: el poder reside en el pueblo. Pero, qué poder y qué pueblo. Todo es un baile de máscaras y hasta que no aprendamos a desenmascarar no conquistaremos nuestra libertad. Pero tenemos miedo a la libertad, porque el suelo de la libertad es el vacío. De ahí que ya señalara Kant, que no somos mayores de edad, es decir libres, por pereza y cobardía.

De modo que asistimos impertérritos a la farsa que durante años representan nuestros políticos y, sorprendentemente, les seguimos el juego y votamos. Y nos creemos el cuento de que no hay nada que hacer, que no hay alternativa y que el sistema capitalista es el único posible, como si hubiese existido siempre…y, en fin, así todo. Vivimos en una sociedad absolutamente enferma. Lo cual significa que, no sólo los dinamismos sociales están enfermos, sino los nodos de esas redes. Y esos nodos somos nosotros. Y la cura de nuestra enfermedad es salir del veneno de la ignorancia. Pero la ignorancia no es no saber, no, la ignorancia es algo mucho más profundo y hasta inmensamente peligroso. Es no saber que no se sabe. El ignorante, al no saber que no sabe se resiste a salir de su ignorancia y replica sus creencias y hasta muere y mata por ellas. Es un fanático. Los ignorantes son creados por los sistemas totalitarios. Por eso, en una educación totalitaria, se dan todas las condiciones para bloquear cualquier insurrección, porque estará vista como un atentado a la misma democracia. Se nos ha enseñado que la sociedad se basa en los valores de la democracia, pero es una enseñanza invertida, totalitaria, como hemos visto. Lo que se nos ha enseñado es a obedecer sin ser consciente de nuestra obediencia. Se nos ha enseñado a participar del sistema y construirlo y defenderlo como propio, cuando, realmente, somos sus víctimas, porque se nos ha arrebatado la libertad.

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¿Qué somos sin pasado histórico? Probablemente sólo inconsciente y obscuridad. El conocimiento aporta la luz, es la vía de la liberación. La ausencia de conocimiento abre las puertas a la superstición, la obscuridad y la esclavitud. Y precisamente, el mal de todos los tiempos es la ignorancia. Pero, hoy, paradójicamente, que vivimos en una sociedad hipercomunicada e hiperinformada, la ignorancia sigue siendo la misma, sino más. Porque los medios de comunicación y las supuestas redes sociales liberadoras, son más un sistema de control que una forma de información y conocimiento. Además de que estamos bajo el mito de la información. Primero no hay información, sino, más bien, desinformación, y luego, la información no es lo importante, ni el fin, sino que es el material para organizar el conocimiento que es una racionalización crítica de esa información sin forma, ni sentido, o con sentido inspirado en prejuicios, porque toda información, todo dato, es un dato interpretado, no existen los hechos, ni datos puros. El conocimiento es la organización de todo ello en una visión del mundo, una visión racional, crítica y abierta. Y, más allá del conocimiento, pero del que no podemos prescindir, llegamos a la sabiduría, que es la praxis, la acción que se deriva del conocimiento organizado más nuestra intuición, una forma de saber que salta por encima de las barreras de la razón, que va a los primeros principios de todo lo que hay, que simplifica el conocimiento y lo diluye en una actitud y forma de estar en el mundo en la que se da la Paz, la Serenidad, la Armonía, el Agradecimiento…pero en nuestro mundo sólo impera la prisa, la incoherencia en el conocimiento, la ansiedad frente al vacío existencial, la pereza para utilizar nuestra razón y organizar un mundo interpretado más allá de lo que nos dicen, de las ideologías, de la superstición de todo índole, el miedo a parar, pararse y no hacer y esperar a que surja de nuestro interior, del silencio absoluto, el sonido de nuestro maestro interior, de nuestro Ser…esperar que surja la armonía oculta. Pero, para ello es menester parar, estarse quieto: físicamente y mentalmente, observar todo lo que nos pasa y lo que acontece en nuestro interior, sin implicarse, sin juzgar…dejarse llevar para encontrar la armonía. Respirar y ser consciente de nuestra respiración y, a través de ella, conectarnos con el Universo. La respiración como forma de reconocernos como parte integrante del Universo y de la armonía cósmica. Esa respiración es la Paz, pero no sólo una paz interior narcisista, sino la Paz interior que nos lleva a la Paz con los hombres y con la Naturaleza.

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Los negacionistas del origen humano del cambio climático.


Existe una campaña orquestada desde hace décadas, concretamente tiene su inicio con el famoso libro “El ecologista escéptico”, que son negacionistas del origen humano del cambio climático. Bueno, lo curioso es que cuando empezó este movimiento no se negaba la antropogénesis del cambio climático, sino que se negaba el cambio climático mismo, así como los límites de los recursos naturales (fósiles, metales, animales y vegetales). Ahora que el cambio climático se nos ha hecho evidente y nos da en la misma cara, pues van y cambian de estrategia y niegan el origen humano. Cuidado con los farsantes de turno, no actúan solos, seguro. El libraco de ”El ecologista escéptico” es infumable, está lleno de datos, tablas, estadísticas, números…, falta argumentación, y, además, las estadísticas y tablas son muy ambiguas, como sabemos, se pueden interpretar de ,muchas formas… sobre ello todo para despistar de algo que se puede decir en un breve manifiesto bien documentado científicamente. Pero como no se puede documentar científicamente esa falsedad, pues se atiborra con datos al ignorante lector que cierra el libro a las pocas páginas dándole la razón al autor por tan apabullante documentación. También a este movimiento se suman ciertos grupos de la new age que achacan el cambio climático a un fin apocalíptico del mundo, pero nada más lejos de la verdad. Esto no es más que superstición. Algo a lo que agarrase porque ya hemos perdido todo referente y nos creemos cualquier cosa porque tenemos la necesidad de creer, simplemente, porque no nos atrevemos a ser libres. Hay que dejarse de milongas y coger el toro por los cuernos y aceptar nuestra responsabilidad, sin hundirnos en el discurso de la culpabilización, que nos vuelve a hacer esclavos, y tener esperanza, no en parar lo inevitable, pero sí en en que las cosas puedan ser distintas y mejores y quizás no apocalípticas.

No es así exactamente, como dicen los negacionistas poniendo como ejemplos otros cambios climáticos de nuestra historia natural. Los cambios climáticos a los que se refieren son de origen natural. El actual, tiene dos factores fundamentales, el natural, como el último de hace 14.000-12.000 años o, más recientemente, en la edad media, la época de hielo, y, otro, perfecta e igualmente documentado, que es de origen humano porque al emitir, CO2 y Metano, fundamentalmente, a la atmósfera se produce un efecto invernadero que conlleva al cambio climático. La deriva de ese efecto invernadero es impredecible, o se produce una glaciación inminente o un calentamiento progresivo o un calentamiento brutal y rápido. A este cambio climático ayuda también las causas naturales, que son similares a las de hace entre doce y catorce mil años. Es una irresponsabilidad el eliminar al hombre, la humanidad o, mejor, el sistema de producción capitalista de desunión con la naturaleza, de competitividad, de eliminación y explotación de fauna y flora, así como de metales y recursos fósiles y la producción de una terrible desigualdad entre los hombres para poder mantener la huella ecológica que nosotros los países ricos producimos para mantener nuestro nivel de vida que requiere el de varios planetas tierras. No se trata de culpabilizarse y darse golpes de pecho. No, somos así y punto, pero también somos animales maravillosos, creadores de mundos ficticios, científicos, artísticos, sociales, políticos… Somos productores de un mundo para adaptarnos a un medio, parafraseando a Lain Entralgo y Ortega y Gasset. Y, puesto que somos creadores y reflejos del universo (La voz del universo en la fuga cósmica, que decía el entrañable astrofísico Carl Sagan) podemos actuar en la tierra y no evitar lo inevitable, que es el cambio climático, pero sí ser lo más compasivos posibles y evitar el mayor sufrimiento posible de humanos y demás seres vivos. Deseemos de corazón y actuemos con la razón impulsada por el corazón, que a todos los seres vivos les vaya bien, que sean felices y que tengan paz.

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"El mundo es nuestra cabaña(…) Todo lo que poseemos y somos constituyen dones de la totalidad de la que provenimos y a la que regresamos (…) Los atisbos de la unidad despiertan una compasión natural y un sentido de la justicia... Al despertar a la unidad, descubrimos que poseemos el mismo apellido que las montañas, los ríos, los árboles. El océano de la vida sube y baja en nuestro interior". J. Kornfield

 

Ésta es la idea que tiene que aparecer en nuestra consciencia. Ser parte de…habitar en…, frente a la idea de posesión, explotación, competitividad… En realidad, lo que formamos con todo el universo es una relación. Somos procesos, relaciones, cambiantes, mudables, en eterno fluir…nada permanece, pero todo es igual. Es el eterno fluir de lo mismo. Tomar consciencia de que toda acción tiene una reacción, de que nuestras acciones están retroalimentando nuestra propia vida, que vienen de vuelta como un búmeran y son inevitables; entonces, tomaríamos consciencia de que todo está entrelazado y que ese entrelazamiento es nuestra pertenencia al todo. Y que ese todo es nuestra Casa Común y que es inevitable salir de esa casa. Que es una locura, como dirían los estoicos, intentar explotar esa casa porque nosotros no somos distintos del lugar que habitamos, somos el lugar que habitamos. Ésta es la idea profunda de la Unidad de todo lo real, de la unidad de la que formamos parte. Pero la idea sola, en sí, entendida, no vale, no es suficiente. Es necesario que esa idea cree un sentimiento de pertenencia y de compasión hacia todos los seres del universo y solo a través de ese sentimiento tendremos una acción. Acción que es interna y externa, la primera de autoconocimiento y desapego de lo que creemos que son nuestras pertenencias y la segunda de organización social y política de tal forma que esa nueva estructura no sea más que una Biomímesis, que dice Riechmann, un imitar a los procesos naturales. Hasta ahora hemos hecho lo contrario. Si llegamos a sentir, interiorizar la Unidad que somos, el interser o la relación con todos los seres que nos constituye, entonces estaremos preparados para el gran cambio.

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No hay camino, hay caminantes, no hay fin, hay búsqueda que es el propio fin.

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Vivimos en una sociedad jerárquica, independientemente que se le llame sociedad democrática. Lo de la democracia no existe, ni formal, ni en contenido, ni psicológicamente. El hombre no está preparado para ser libre, necesita, aún, desgraciadamente, de un amo, quiere ser siervo. El acto de consumir es hoy en día la forma que tenemos de servidumbre y de inconsciencia de lo que verdaderamente necesitamos.

Consumimos incluso al poder. Es más, el poder político, que no es el último, existe porque nosotros estamos aquí. Porque no nos atrevemos a pensar por nosotros mismos, sino que preferimos contemplar el espectáculo, el teatro que montan para nosotros. Si no les hiciésemos caso, por ejemplo, animo a apagar los medios de desinformación y control de masas y a no votar, esto último es muy importante, no tendrían sentido. Actuarían para nadie y se darían cuenta de su tremendo ridículo, de su propia farsa. Porque ellos tampoco son conscientes de la farsa que representan, hay poderes superiores al político. Y no votar, cuidado, no significa irse de fin de semana, no, significa una abstención activa. Una toma de consciencia de que el control sobre nuestra vida lo tenemos que tomar nosotros. Que nadie puede vivir nuestra vida. Y esto nos llevaría muy lejos, porque esto implica la autonomía del individuo y la libertad en todos los ámbitos. ¿Estamos preparados para aceptar la responsabilidad de nuestra libertad? ¿O el miedo ante el abismo nos consume aún? ¿Somos capaces de soltarnos de la mano de un guía, un maestro, un gurú, un padre, una ideología, una creencia, una forma de espiritualidad, una religión…y enfrentarnos al vacío que se nos abre ante la libertad?

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No hay, en lo esencial, nada nuevo que aprender hace milenios en lo que a la sabiduría se refiere. Otra cosa es el conocimiento científico técnico, la Historia y demás, así como la erudición. Ninguna de ellas es despreciables. el conocimiento es una forma de organizar lo real, aunque lo real se nos escape, pero lo objetivamos, que no es poco. Y nos sirve de autoconocimiento. El problema es que hoy en día ya no hay conocimiento sin interés mercantil. Todos los intereses del conocimiento se han reducido al del mercado.

La sabiduría, por su parte, puede depender o no del conocimiento. El conocimiento no le es necesario, pero no le estorba, le puede venir bien o mal. La sabiduría es un conocimiento intuitivo, directo y eminentemente práctico: saber vivir.

 

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En cuanto al interés por la espiritualidad, la meditación, la vida después de la muerte...Me inquieta que la gente esté tan inquieta. Me pregunto, ¿Qué es lo importante: hacer el bien y que haya justicia social o persistir después de la muerte? ¿Por qué le inquieta tanto a tanta gente esto ahora? ¿Cuánto hay de espiritualidad y cuánto de narcisismo? Ya lo dice el evangelio: "El que pretende salvar su vida, la perderá..." ¿No estamos dejando en el camino la ética, nuestra libertad y responsabilidad, por nuevos mitos, nuevos salvadores?

 

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Estamos en la misma batalla. La autonomía. El problema es la condición humana. No hay autonomía del paciente, en este caso, porque el propio paciente no quiere. El médico, y la medicina como institución se endiosan en su status quo, y aplican el paternalismo. En el fondo hay un proceso de retroalimentación entre médico y paciente que se basa en el miedo, la vanidad y la ignorancia. Pero lo que ocurre en la medicina no es más que una muestra de lo que ocurre en todas las dimensiones humanas en general. Por eso creo que el hombre no tiene remedio. Que hemos llegado a un colapso civilizatorio por nuestra ignorancia, nuestra agresividad y nuestros deseos. Los tres venenos de los que hablaba Buda. No creo que exista una solución política a lo que se avecina o en lo que estamos, porque el mal es antropológico (filosófico y espiritual), no externo al hombre y la política es una proyección. Creo que la salida es una retirada, pero una retirada es ya una acción. En esa retirada, cada cual, desde su posición, debe intentar conectar con su propio Ser y su relación con todos los seres y difundir como pueda toda esa sabiduría. Y desengancharse, poco a poco, de la sociedad en la que estamos. Tampoco es posible salirse de ella, ni tampoco se puede volver a la naturaleza; es más, ésta nunca existió, ni hubo un ser humano idílico, esto es el romanticismo de Rousseau y sus seguidores. La naturaleza humana es una hybris y tenemos que bregar con ella. Después del colapso habrá un renacer y, como siempre, volveremos a un estado más primitivo, como ha ocurrido en todos los colapsos civilizatorios. Lo malo es que éste es el primero que es global e implica, de lleno, a la naturaleza. En fin, que la cuestión es humana y hemos de retirarnos hacia dentro, hacia nuestro interior y conquistar nuestro verdadero poder: que es nuestra autonomía y libertad.

 

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Quizás todo se reduzca ya a una retirada activa. A no hacer nada de tal manera que nuestro hacer no dañe más. Quizá todo se reduzca a acompañar a la naturaleza y disolver la diferencia entre nosotros y la naturaleza. Quizá toda la cuestión sea reconocernos vivos en la naturaleza viva como unos con la naturaleza. Y todo sea asumir, aceptar el cambio de todo lo que hay, el proceso de muerte y resurrección, el fin de una era, para el renacimiento de otra. Y, en este proceso sentir a la naturaleza para sentirnos nosotros con ella. Aceptar, para soltar todo nuestro ego que lo proyectamos en ella, incluso cuando queremos protegerla. El cambio, la impermanencia, es la esencia del Ser. Esto es, que el Ser es Devenir. Y el cambio es la muerte de lo que hay para que surja lo nuevo. Claro, lo difícil de asumir es que ese cambio esta vez se produce como consecuencia de nuestra acción. A lo mejor, lo mejor es una retirada, una acción sin reacción. Un estar con, pero sin intervenir, un fluir con el propio cambio. Dejar que todo fluya, que todo pase. Es el miedo y el apego a nuestro yo el que nos da una imagen de la naturaleza como algo cosificado, como una máquina, y al hombre como otra cosa, otra máquina diferente a la naturaleza. Y, ahora, que vemos el deterioro de la naturaleza por nuestra causa nos sentimos culpables e intentamos intervenir. Pero, en el fondo, es nuestro ego, lleno de sentimiento de culpabilidad el que quiere actuar y, cuando lo hace, lo pone todo peor. Debemos desapegarnos, entregarnos al fluir del río de la vida, del proceso de muerte y resurrección de la naturaleza, aceptar; que no es claudicar, ni renunciar. La aceptación es algo que se da en lo más profundo de nuestro ser y es una forma de acción, muy difícil, por cierto.

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La vida es sufrimiento, porque la vida es deseo y hasta que no aceptemos que el deseo nos hace sufrir seguiremos optando por buscar lo que deseamos. La cuestión es saber que el deseo se puede superar. Como bien dice Epicuro, o Buda, o los estoicos. Y no es utópico, lo que ocurre es que nos cuesta muchísimo, pero es que, además, no nos lo proponemos. Por eso vivimos en una insatisfacción continua y un miedo que nos aterra ver. Miedo a perder lo que tenemos: trabajo, familia, salud, vida...Pero, todo, al final, lo vamos a perder. Por eso, como bien decía Platón, filosofar es prepararse para la muerte. El desapego y la aceptación.

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El deseo como el origen del sufrimiento y la liberación del hombre.

Para Epicuro, Buda, los estoicos y muchas otras éticas, el deseo es el origen del sufrimiento. El deseo crea una dinámica en el hombre que lo hace estar en tensión. A la vez, el envés del deseo es el miedo a perder lo que se tiene, porque se sigue deseando o a no obtener lo que se desea. De ahí, también el miedo a la muerte. Por eso la muerte no es lo que nos aterra, sino que es el perder lo que tenemos, el deseo de tener es lo que fundamenta nuestra vida. Basamos la vida en la posesión, pero la posesión no es nuestro ser, es un impulso de nuestro ser que, mal dirigido, nos lleva a la esclavitud de las pasiones o deseos que no son ni naturales, ni necesarios.

Por ello, la vida puede basarse en el placer y así debe ser, pero el placer de lo natural y necesario, por un lado y los placeres del conocimiento y la contemplación de la belleza, artística o meramente natural y de la que emerge del mismo conocimiento y del acto de conocer. La propia perplejidad ante el misterio del universo es ya un placer natural, aunque no necesario, lo mismo que la curiosidad, la respuesta al por qué, la pregunta de los niños y los genios, que nos es cercenada en el proceso de educación, paradójicamente. Se nos enseña una serie de contenidos sin relacionarlos con la pregunta del por qué.

Los placeres naturales son los de la alimentación, el vestido, el cobijo y los que hacen posible la vida. Los naturales pueden ser necesarios o no, en lo que se refiere a poder vivir. Si dirigimos nuestra atención a la satisfacción de los placeres naturales y necesarios y aplicamos la moderación en ellos no caeremos en la dinámica del deseo. Por otro lado, es necesario fomentar los placeres estáticos, es decir, los del conocimiento y la contemplación. Esos placeres son los que nos producirán la máxima felicidad, además de que nos alejarán de los placeres dinámicos. Es cuestión de atención y de cultivo del alma.

Si consideramos que lo importante es profundizar en nuestra alma pues cultivaremos los placeres estáticos y la amistad, que es el mayor placer, siempre que sea entre almas nobles y puras, cuyo deseo sea, meramente el de enriquecer al otro, no el de la amistad interesada. La amistad entre hombres nobles es desinteresada. Pues bien, aún así, la máxima sabiduría está en el desapego, es decir, en no querer perder lo que se tiene, no desearlo, sino disfrutarlo en el instante presente. Lo que nos propone Epicuro es, por un lado, una vida austera, que da más felicidad que una vida llena de placeres, porque el placer dinámico y no natural esclaviza, al final uno no es el que es, sino el coche que tiene, la casa que tiene, los empleados que tiene, y así; y teme perderlo…y, por otro, el desapego de los placeres naturales y necesarios, así como de la amistad, que es lo más valorado. El desapego, no desear lo que se tiene, nos permite vivir en el presente. Esto es muy importante y nos une con toda la mística, tanto Oriental, como Occidental. El desapego nos ancla en el momento presente, es decir, fuera del tiempo. Porque el desapego, al ser, no desear, pues implica que uno no desea nada del futuro, no teme nada del futuro, porque no teme perder nada, por eso, ni siquiera a la muerte teme el sabio, puesto que la muerte no puede tocarlo, ya que la muerte es un concepto que se da en el tiempo, el sabio está instalado en la eternidad, en la Presencia, por eso, cuando la muerte está, yo no estoy, cuando yo estoy, la muerte no está, como decía Epicuro. Ni siente culpabilidad del pasado, no está atado al pasado. La culpabilidad y la falsa esperanza, es decir, la esperanza egoica, son formas de deseo y, por ello, de esclavitud. El estado del sabio es la Presencia y el disfrute y el placer que proporciona la misma. En realidad, no es que exista una felicidad positiva, sino una eliminación de todo aquello que produce infelicidad o, mejor, sufrimiento; y ello es el deseo y el temor, como la otra cara del deseo. El deseo y el miedo van unidos, son lo mismo. El miedo es miedo a perder lo que se tiene, por eso el mayor miedo es a la muerte y a no tener lo que se desea.  Pero es fácil satisfacer los deseos de lo que necesitamos para vivir. Por eso esta austeridad es una alternativa a la ética del consumo y del valor mercantil que es el discurso predominante. Ahora bien, para ello es necesario un cambio de consciencia, además de una deconstrucción de nuestro yo o ego. Porque nuestro ego se compone de lo que se cree que tiene y del miedo a perder lo que se cree tener.
El ego es una construcción a partir del deseo. El ego es el deseo mismo. Y, por eso, todos los contenidos del ego son fruto del deseo. En la sociedad actual lo que se ha hecho, después de vaciar de contenido a la subjetividad y de llevarla al nihilismo, es acelerar el mecanismo del deseo y centrar el yo en el deseo. De esta manera nuestro deseo es compulsivo, patológico y somos en tanto que deseamos, porque lo que obtenemos en poco tiempo ya no nos satisface y necesitamos seguir consumiendo: ropa, viajes, casa, inmobiliario, relaciones (porque están objetualizadas), conocimientos (porque están mercantilizados) y así sucesivamente. De ahí que el vacío existencial nunca se llene y la angustia es el estado natural del sujeto de la sociedad de consumo. Pero el consumo nunca llenará el vacío del relato de su existencia y del mundo que ha perdido y que no puede recuperar. Es más, ahora, los relatos, como la espiritualidad a la carta de la new age, se le ofrece como objeto de consumo.

Pero la sabiduría perenne, está ahí, podemos alcanzar ese estado, o aproximarnos, claro, y deshacer el engranaje de esta civilización moribunda que muere matando y en esa muerte nosotros participamos mientras sigamos en la dinámica del consumo. Y esta sabiduría perenne nos ofrece un camino de liberación.

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Democracia, política y miedo.

Nos encontramos en una encrucijada universal de la humanidad. Una encrucijada que es consecuencia del fin de nuestra civilización, que no el fin de la humanidad, aunque todo pudiera ser, pero eso es fruto de la impermanencia del ser. De la propia constitución de lo que hay. Pero no es ese el tema. Esa encrucijada crea en los ciudadanos, universalmente hablando, ciudadanos del mundo, por tanto, que es lo único que realmente somos, las naciones y estados son constructos, una incertidumbre e, incluso, una angustia y vacío existencial y ese vacío ya no puede ser llenado por la política. La política se refería a los Estados, procede de la constitución de los Estados y, posteriormente, de la caída del antiguo régimen y el surgimiento de la democracia.

Pero resulta que eso de la democracia ya no hay quien se lo crea, en el fondo, aunque casi todo el mundo actúe, como sí hubiese democracia. En el fondo es un mecanismo de defensa para no aumentar nuestra sensación de vacío, caída y sinsentido. El nuevo orden del mundo, no tienen nada que ver con la política y, menos aún, con la supuesta representación de la clase política de la voluntad de los ciudadanos-vasallos. La relación entre el ciudadano y lo que se hace no tienen nada que ver con los políticos. Los políticos van a lo suyo para salvar su casta. Porque la política, desde la globalización económica, fue perdiendo poder hasta claudicar en un poder externo y superior al político que es el económico representado por multinacionales, corporaciones, la banca, los grandes ricos del mundo…Y, claro, si desaparece el poder político, pues lo que está desapareciendo es el Estado. Ya no hay Estados, o los Estados no mandan prácticamente nada. Seguimos las directrices, en nuestro caso, de la UE, pero ésta sigue las del BCE, que, a su vez sigue al FMI y al BM, que siguen el dictamen de multinacionales o el capricho de un hombre muy rico y poderoso…así de sencillo y de siniestro.

Lo grotesco y gracioso de todo esto es que los políticos montan un espectáculo para que los ciudadanos los voten. Y les hacen pensar que son muy importantes, y lo son, pero no lo saben ni toman el poder, simplemente, obedecen, de ahí lo de vasallos. Les dicen que su voto cuenta, que sin su voto puede haber una hecatombe, un apocalipsis. Infunden el miedo. Pero ese miedo que se le infunde al votante no es más que el miedo que el político tiene de perder su legitimidad y, por tanto, su subsistencia. El político existe porque lo votamos. Juega un papel de intermediario entre los ciudadanos y el poder real que mueve el mundo. Es el vehículo de transmisión de la ideología del poder, es el aceite que lubrica el antagonismo de clase para que no se produzca el choque. Es el mecanismo de acción para que los ciudadanos se sientan libres siendo esclavos, se sientan dueños, siendo vasallos, se sientan importantes, cuando realmente lo que hacen es firmar lo que el poder quiere hacer. Los políticos se juegan su existencia en cada elección. Es un momento de lucidez del político, en el que se da cuenta de que su existencia se debe al votante y, por ello, se desespera pidiendo el voto. Luego se olvida y sigue jugando el juego de la política, que no es más que medrar y seguir los dictados de los poderosos.

Pero el pueblo no es valiente, no quiere quitarse la máscara de ciudadano y tomar consciencia de que no es libre, de que es esclavo. De que la democracia no existe, pero se podría conquistar (cuidado que esto no es un discurso salvador, la democracia es imperfecta y limitada por definición) y con ello, el pueblo ser más libre y dueño de lo que quiere. Pero para ello hace falta valentía y eliminar la pereza. Hace falta descorrer el velo del miedo y saber que lo que haya que hacer, si queremos ser libres, lo tenemos que hacer nosotros, de lo contrario, lo harán por nosotros.

Y, claro, para esto es necesario un cambio, pero no externo, éste sería la consecuencia, sino interno. Hace falta una maduración intelectual: ser capaz de pensar por uno mismo, ser coherente y ser consecuente: actuar según se piensa. Y hace falta una maduración ético-espiritual, ser capaz de pensar y sentir al otro, por muy egoísta y malo que nos pueda parecer, como otro yo. Porque cada uno de nosotros, como dice el judaísmo, alberga la humanidad, o como decían los estoicos, la fraternidad, todos somos humanos, por eso todos somos cosmopolitas, ciudadanos del mundo. Y no se trata, ahora, de salvar el terruño, sino de mirar hacia la humanidad y cambiar su condición, del egoísmo, al altruismo y la fraternidad. Si no damos estos dos pasos en nuestro interior, ir a votar es seguir repitiendo la pantomima del miedo en forma de supuesta democracia.

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Dudas plausibles.

¿Lo que se ha venido en llamar la tecnoevolución es una utopía, que puede devenir en distopía, o, más bien, es un muy posible futuro de la humanidad que resolverá el problema ecosocial en el que nos hallamos? ¿No será quizá un exceso de pesimismo y falta de miras el plantearnos que no existe viabilidad para la civilización? ¿Y su la evolución tecnológica nos permitiera transformar la tierra? ¿Acaso no es la evolución un cambio y todo cambio es sustituir lo nuevo por lo viejo, un proceso de muerte y renacimiento?

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A cada poco salen noticias de que la ciencia puede explicar esto y lo otro y que con esas explicaciones pues se terminaron los problemas, o alguno de los problemas perennes de la humanidad. Las neurociencias, que son las que hoy en día parten el bacalao, vamos, que están de moda, porque meten las manos en lo más íntimo del ser humano, que es su pensamiento, creencias, emociones, sentimientos, libertad,…parecen que están cada vez más cerca de decirnos dónde reside la moral humana, o la ética, con lo que se le acabó el chollo a la religión, la filosofía y la espiritualidad.

Vamos a ver. La ciencia es un modo de acceder a la realidad. Y un modo que determina la realidad, es decir, que la cosifica o la objetualiza, convirtiendo la realidad en algo cognoscible universalmente por el ser humano, pero limitada a las categorías o conceptos del ser humano. Es decir, que el conocimiento científico condiciona la realidad de forma epistemológica, de forma psicológica y de forma social. La ciencia constituye un objeto de conocimiento que no agota la realidad. El problema reside en el reduccionismo cientificista que equipara: ciencia y realidad, pero esto es algo que ya desde hace varios siglos quedó claro que es imposible. El mismo que pone los fundamentos de la ciencia, el señor Kant, pone también sus límites. La ciencia es un saber objetivo y universal. Pero, eso, objetivo, que conoce objetos constituidos por nuestra apercepción, o nuestros sistema sensorial y neurológico, si se quiere, pero es eso, no conoce la realidad que subyace al objeto, sino una forma de manifestarse la realidad en el acto (además activo) del conocimiento. A esto se le puede sumar la cuestión psicológica y sociológica. Insisto, la ciencia no es la verdad, la ciencia es muchas cosas y, una de ellas, la búsqueda de la verdad. Eso sí, la ciencia se ha convertido, tras la muerte de Dios, en un mito y el hombre es un animal de mitos y creencias, que necesita aferrarse a cualquier cosa para soportar su existencia y donarle un sentido. La misma ciencia ha descubierto sus límites, tanto desde la física, como desde la matemática, como lenguaje formal incompleto y la teoría de la información, por señalar algunos límites. Las propias neurociencias han descubierto la complejidad de la acción humana, la ubicuidad del yo, o su ausencia, la vacuidad o impermanencia de las emociones, con lo cual, a medida que ahondamos en las ciencias nos acercamos más a lo espiritual, como decía el astrofóisico Wemberg, “cada vez el universo se parece más a un gran pensamiento”. La ciencia surge de la admiración, de maravillarse ante la realidad, de quedarse perplejo ante lo poco que conocemos, (reconocer nuestra ignorancia) no es un bálsamo de fierabrás que cure todos nuestros vacíos existenciales. Además, no está hecha para eso. Y quien busque la verdad en la ciencia se equivoca, como decía Bunge: “Hay más verdades en una guía de teléfono que en toda la ciencia junta. Y la guía de teléfonos no es ciencia.” El problema son los medios de control y desinformación de masas, una mala divulgación científica y la credibilidad humana, la incapacidad del hombre de servirse de su propia razón. Por eso el hombre necesita mitos. Para ir tirando.

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"Querido amigo, haz cuánto puedas para vivir tu vida como Quan Am Thi Kinh. Regresa a tu verdadero hogar, la isla de tu yo verdadero. Ayuda a tu familia, tus amigos, tus compañeros de trabajo a recuperar la esperanza, la alegría, la paz y la felicidad y a reconciliarse con sus familias y con la sociedad. Tengo la gran esperanza de que serás una prolongación de Buda y llevarás la luz, la práctica, la alegría y la paz a mucha gente. Siento profundamente que Buda, Jesús, Mahoma y todos nuestros maestros espirituales de muchas generaciones están detrás de ti, guiándote, y que quieren que continúes su trabajo en el futuro para el bienestar de todos los seres vivos del planeta". Tich Nath Hant. “El monje”

Sí profundizamos en nuestro verdadero Ser conectamos con la esencia de la humanidad y vemos nuestra igualdad, aceptamos nuestras grandes limitaciones y defectos, comprendemos al otro y, entonces, aportamos luz a nuestra oscuridad y a la de los demás y vemos su luz y virtud. La luz es comprensión y compasión, la oscuridad es ignorancia y egoísmo.

"Cuando usted se engaña a sí mismo creyendo que trabaja para el bien de los otros, aún lo empeora más, puesto que no debe guiarse por sus ideas de qué es bueno para otros. Una persona que sabe lo que es bueno para los demás es peligrosa" Nisargadatta.

Gran verdad. Los que creen cuál es el bien del otro están en el papel del salvador y los salvadores de la humanidad o del prójimo son muy peligrosos porque son fanáticos y violentos y al imponer sus ideas, si tiene poder, usan la fuerza y acabamos en genocidios y totalitarismo. El salvador es un tirano, un intolerante, un ignorante que no sabe que no sabe.

 

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El no hacer nada es la mejor forma de hacer. Cuando uno se afana en hacer lo que ocurre es que se pierde en el fin de lo que hace y no vive el momento en el que está. Y cae en una espiral de deseo. Cada vez necesita más para alimentar aquello que le puede ayudar a conseguir el fin, por muy noble y loable que sea, pero él se ha perdido en los meandros del camino. Es mejor la acción sin reacción, el wu wei. No pasa nada, todo está bien, nada importa. Confía en ti mismo y en el universo. No te afanes por el futuro, porque como decía aquel, cada día, o cada momento, tiene su afán. Vive el momento, no te atormentes por lo que ha de llegar, no lo sabes, ni lo puedes saber, vive el presente, expándete en ese presente, no lo juzgues, no te quedes anclado en el pasado, suelta las culpas y sus redes. Sé tú en este instante. Observate y salte del tiempo. Mira desde los ojos de la eternidad, no desde tus propios ojos biográficos. Relájate y húndete en la tierra y reconoce tu luz interior, eso que tienes escondido, lo mismo que tus vicios. Ábrete en el instante presente y deja emerger tu luz hacia el sol, el cielo y forma Uno con Todo.

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Esta sabiduría de siglos, que pertenece a la Sabiduría Perenne, sustituye a toda la cháchara espiritual que nos rodea. Yo recomiendo volver a los clásicos porque en ellos, si son clásicos es porque lo que dijeron permanece más allá del tiempo; luego, lo que dijeron pertenece a otro ámbito que el de las meras ocurrencias o verdades pasajeras. En realidad, gran parte, si no todo, de lo que hoy se dice que tenga importancia en la dimensión ética y espiritual y que tenga que ver también con la evolución de la consciencia de la humanidad ya ha sido dicho hace siglos e, incluso, milenios. Es ahí donde debemos ir. Beber en las mismas fuentes del saber, no en los sucedáneos. El problema de la educación, uno de los infinitos, es que ha vedado el acceso al conocimiento que no sea el meramente técnico y aplicable mercantilmente y nos quedamos fuera todo lo que tiene que ver con las otras dimensiones del ser humano sin las que no hay una evolución armoniosa. Este texto, para los que se han asomado al vacío, los que se proclaman buscadores, puede servir como una guía práctica para saberse encontrar en su existencia, saber por donde andan en su propio camino que siempre es perderse en las profundidades de uno mismo. Es un poco de luz en nuestra oscuridad y un poco de esperanza al constatar que no andábamos tan perdidos.

“¿Qué es la madurez espiritual?
1. Es cuando se deja de tratar de cambiar a los demás y nos concentramos en cambiarnos a nosotros mismos.
2. Es cuando aceptamos a las personas como son.
3. Es cuando entendemos que todos están acertados según su propia perspectiva.
4. Es cuando se aprende a "dejar ir".
5. Es cuando se es capaz de no tener "expectativas" en una relación, y damos de nosotros mismos por el placer de dar.
6. Es cuando comprendemos que lo que hacemos, lo hacemos para nuestra propia paz.
7. Es cuando uno deja de demostrar al mundo lo inteligente que se es.
8. Es cuando dejamos de buscar la aprobación de los demás.
9. Es cuando paramos de compararnos con los demás.
10. Es cuando se está en paz consigo mismo.
11. La madurez espiritual es cuando somos capaces de distinguir entre "necesidad" y "querer" y somos capaces de dejar ir ese querer.
12. Se gana la madurez espiritual cuando dejamos de anexar la "felicidad" a las cosas materiales.”
-Hz Mevlana Rumi
Sabiduría Sufí.

 

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La luz y la oscuridad, la guerra y la paz, el bien y el mal, la injusticia y la justicia, todo convive en un eterno fluir. No podemos desprendernos de la oscuridad si no la atravesamos y transmutamos. Nuestras desgracias, limitaciones se convierten en destructivas cuando no las aceptamos, cuando luchamos contra ellas. Ahora bien, si las aceptamos, si nos rendimos, que no resignarnos, al devenir del universo y tomamos las riendas de nuestra responsabilidad; es decir, nos atrevemos a ser libres, entonces toda esa oscuridad se convierte en un motor de impulso hacia la claridad, la lucidez, la belleza y el bien.

Nadie nace en el bien, ni ninguna existencia escapa a las vicisitudes de la enfermedad, las desgracias, el sufrimiento y, al final, la muerte. Todo ello es necesario vivirlo, pero no para quedarse ahí, sino para que nos sirva como nuestro maestro interior. El maestro interior es nuestra propia existencia y nuestra propia existencia es un vivir con, con nosotros, con los demás y con el universo. Nuestra propia existencia es una interrelación, un fluir, cambiar. Quien se resiste al cambio se anquilosa, no crece, se petrifica. Se hace duro y su dureza es la fragilidad, se rompe porque es quebradiza. En cambio, el que aprende de sus heridas las hace suyas, las acepta, las cuida y hace que brote de ellas una nueva vida. Y éste es el proceso constante de la vida, porque la Vida no es más que Aprender y aprender-enseñar, como he dicho en alguna ocasión es Amar.

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Solo Ser, dejarse Ser, no actuar, no reaccionar, Ser, no buscar, dejar que todo aparezca, descubrir a través de la observación pura. Fluir con todo, sin contradicción. Recordar lo que uno Es. Ser la Esencia que uno Es, no perderse en la accidentalidad, no correr tras de nada, todo llega, si tiene que llegar, no forzar nada, dejar que fluya de dentro de uno, que emerja la acción del propio ser. Sin propósito, sin pensar. Ser en la acción de lo cotidiano. El quehacer cotidiano contemplado desde nuestro Ser, que es la Consciencia absoluta y plena. Todo fluye y nada permanece. Nada cambia en el fondo porque el cambio es mera apariencia, es juego, Lila, es un cambio constante permanente, un eterno retorno. Permanecer en el Ser, nuestro Ser y contemplar imperturbable la impermanencia, la vacuidad…

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“El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre; una cuerda sobre un abismo.

Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse.” Nietzsche. “Así habló Zaratustra”

 

“Tenemos ahora una clase superior global que toma todas las grandes decisiones y lo hace con total independencia de los Parlamentos y, con mayor motivo, de la voluntad de los votantes de cualquier país dado. R. Rorty (1999)

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En realidad, ya no existe ni la derecha ni la izquierda. Lo que existe es una tecnocracia económica sustentada por un pensamiento único que apoya las diferentes ideologías a su conveniencia disolviendo lo que pueda ser de izquierda y derecha. Hablar hoy en día de esto es algo trasnochado. Por un lado, hemos de trascender esta dualidad, pero, por otro, hemos de trascender el orden global, que no es que sea de derechas, ni conservador, al contrario, es muy innovador, pero errado. Y trascender este orden es mirando a nuestro interior, recuperando nuestra dimensión ética y espiritual. Ello nos hará conectarnos con nuestra naturaleza biológica, como seres del planeta Tierra, nuestra única Casa, así nuestro pensamiento se tornará ecocéntrico y abandonaremos el teocentrismo del dinero, o el capital y el antropocentrismo de considerarnos los dueños y señores de la Casa que nos acoge, que nos es prestada y que es el único legado que podemos dejar a nuestros descendientes para su supervivencia, uso, que no abuso y disfrute. Porque estar unido al planeta es estar unidos a nuestra naturaleza, estar en equilibrio y armonía, ecuanimidad. De ahí que nuestra salud física esté minada por la desconexión con la propia tierra y sus ciclos. Ello nos lleva a enfermar psíquicamente, ansiedad, depresión estrés, psicosis…, y perder y olvidar nuestra dimensión espiritual. Todo está interconectado y todo es impermanente. Y todos los ídolos tienen los pies de barro.

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Las paradojas, contradicciones, absurdos, sin sentidos de la condición humana...lo malo es que la condición humana es la de todos. Cuando en un diálogo nos situamos en un bando y nos identificamos con él deja de haber diálogo y lo que hay son dos monólogos enfrentados situados en la dualidad; en el que cada uno de los que participa cree llevar la razón y ser víctima. Por eso no hay realmente diálogo, que sería que el Logos es lo común, lo que nos une, porque es lo que tenemos en común. Así nace en Grecia, pero allí mismo muy pronto se pervierte porque es sobornado por la ambición humana, la vanidad y el ansia de poder. Entonces nos instalamos en la agresividad y ésta, en el fondo, no es más que la expresión de la ignorancia. Desde mi punto de vista ésta es una de las causas del fracaso de las democracias. Pero, aunque la democracia sea un fracaso, de momento es mejor que cualquier otro medio de gobierno. Cuidado, que, a veces, se habla de democracia y no es tal, símplemente existe la posibilidad de votar, pero un autoritarismo o totalitarismo incluso que viene de otro lado.

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DERECHA E IZQUIERDA

En realidad, ya no existe ni la derecha ni la izquierda. Lo que existe es una tecnocracia económica sustentada por un pensamiento único que apoya las diferentes ideologías a su conveniencia disolviendo lo que pueda ser de izquierda y derecha. Hablar hoy en día de esto es algo trasnochado. Por un lado, hemos de trascender esta dualidad, pero, por otro, hemos de trascender el orden global, que no es que sea de derechas, ni conservador, al contrario, es muy innovador, pero errado. Y trascender este orden es mirando a nuestro interior, recuperando nuestra dimensión ética y espiritual. Ello nos hará conectarnos con nuestra naturaleza biológica, como seres del planeta Tierra, nuestra única Casa, así nuestro pensamiento se tornará ecocéntrico y abandonaremos el teocentrismo del dinero, o el capital y el antropocentrismo de considerarnos los dueños y señores de la Casa que nos acoge, que nos es prestada y que es el único legado que podemos dejar a nuestros descendientes para su supervivencia, uso, que no abuso y disfrute. Porque estar unido al planeta es estar unidos a nuestra naturaleza, estar en equilibrio y armonía, ecuanimidad. De ahí que nuestra salud física esté minada por la desconexión con la propia tierra y sus ciclos. Ello nos lleva a enfermar psíquicamente, ansiedad, depresión estrés, psicosis…, y perder y olvidar nuestra dimensión espiritual. Todo está interconectado y todo es impermanente. Y todos los ídolos tienen los pies de barro.

Las paradojas, contradicciones, absurdos, sin sentidos de la condición humana...lo malo es que la condición humana es la de todos. Cuando en un diálogo nos situamos en un bando y nos identificamos con él deja de haber diálogo y lo que hay son dos monólogos enfrentados situados en la dualidad; en el que cada uno de los que participa cree llevar la razón y ser víctima. Por eso no hay realmente diálogo, que sería que el Logos es lo común, lo que nos une, porque es lo que tenemos en común. Así nace en Grecia, pero allí mismo muy pronto se pervierte porque es sobornado por la ambición humana, la vanidad y el ansia de poder. Entonces nos instalamos en la agresividad y ésta, en el fondo, no es más que la expresión de la ignorancia. Desde mi punto de vista ésta es una de las causas del fracaso de las democracias. Pero, aunque la democracia sea un fracaso, de momento es mejor que cualquier otro medio de gobierno. Cuidado, que, a veces, se habla de democracia y no es tal, símplemente hay la posibilidad de votar, pero es un autoritarismo o totalitarismo incluso que viene de otro lado.

La Izquierda dejó de existir desde que la propuesta marxista se vino abajo y lo hizo porque es una visión muy certera de la historia, pero, falsa, además de llena de contradicciones. Hay más cosas en común entre la economía marxista, de fondo filosófico, digo, y el liberalismo económico, que contradicciones. Los dos creen en el poder de las máquinas para realizar el trabajo, los dos quieren el crecimiento económico, los dos son partidarios de la idea, que es un mito, de progreso. Esto, por un lado. Por otro, la izquierda se desarrolla como socialismo real en forma de totalitarismo, ya sea al modo stalinista, ya sea al modo maoista o al modo actual de China. En el fondo todos capitalistas. Todos tienen en común el capitalismo y se diferencian en sus diferentes formas de totalitarismos.

De otro lado, como decía Vaclav Havel, pues tenía miedo de que cayese el muro de Berlín porque entonces sólo quedaba como alternativa el totalitarismo del capitalismo disfrazado de democracia que es lo que tenemos hoy en día. Antes, la izquierda en los países desarrollados, existía como crítica al capitalismo, inspirados, erróneamente, en los países llamados comunistas, pero había un referente. Hoy no lo hay. Por eso el estado de bienestar se viene abajo y se impone triunfalmente el neoliberalismo, porque ya no hay oposición, ya no hay un referente.

Si a eso le sumamos que ese neoliberalismo acaba con el pensamiento, por ejemplo, vía consumo, y creando nuevos ídolos: futbolistas, cocineros...pues, apaga y vámonos...si antes la diferencia entre izquierda y derecha era casi aparente y no real, porque los partidos de izquierdas ya no eran ni marxistas, pues hoy en día ya no hay diferencias. Las políticas que se llamaban de izquierdas, las políticas progres, digo, las asume la izquierda de la misma manera, además de que no son más que pensamiento políticamente correcto: igualdad, ecología...

En definitiva, pues pasa que el capitalismo es una forma de transformación económico-social que se impone aprovechando la ideología que se le ponga por delante. Hoy en día ese neoliberalismo es hegemónico, y no es ni de derechas ni de izquierda.

Eso sí, como bien dices mi corazón me traiciona. Pero lo que sucede es que mi corazón digamos que está con los desheredados y perdedores de la historia (no quiere decir que mis actos lo estén, ni mucho menos), pero eso, resulta que no es ni de izquierda ni de derecha. Eso está trasnochado. Hay que trascender la política desde el nivel egoico en el que la pensamos al nivel transpersonal.

Por eso, si tomamos el mensaje social de Jesús de Nazaret es absolutamente revolucionario. Va contra el opresor, pero eso no es ser de izquierda, eso es intentar realizar la justicia, lo que él llamaba traer el reino de los cielos a la tierra. Y el opresor podría ser religioso o político, o las dos cosas a la vez. Pero se pensaba desde el nosotros. Cuando hoy en día se habla tanto de inmigración se hace desde la dualidad, desde la política que hemos de trascender4, si nos situásemos en lo no dual, lo transpersonal, pues diríamos: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. Entonces también ellos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis. E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.” Evangelio Según San Mateos.

Como sabes, esto es una metáfora: el cielo es la paz, la ecuanimidad, la unidad...mientras que el infierno es la violencia, la agresividad, la escisión...

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“No deseamos lo bueno porque lo sea, sino porque lo deseamos.” Spinoza.
Las cosas nos afectan en la medida en la que las consideramos; es decir, en la medida de la idea que tengamos de ellas. No son las cosas en sí mismas las que nos afectan si no las ideas que de ellas nos hacemos. Si nos hacemos una idea adecuada pues nos alegrarán, si nos hacemos una idea inadecuada pues nos entristecen. La alegría aumenta la potencia de ser, la tristeza la disminuye. La alegría genera el amor desinteresado y las demás virtudes, la tristeza el odio y el miedo junto con el resto de los vicios.

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Una amiga me pide que por qué no soy yo el que refute a Schpenhauer, la cita que puse anteriormente. Y le respondo lo que sigue. Es un breve apunto, lo mismo me animo a escribir algo más sólido.
Es que yo no lo puedo refutar, yo soy un pesimista esperanzado. O, como decía otro: "Optimista del corazón, pesimista de la razón."
Schopenhauer heredó mucho de Kant y del Budismo, pero su ética es más de carácter budista. Para el budismo y Schopenhauer, la vida es sufrimiento, primera noble verdad de Buda, y el origen del sufrimiento es el deseo, segunda noble verdad, pero el deseo se puede moderar, por tanto se puede eliminar el sufrimiento. Claro, eliminar el sufrimiento no es la felicidad, sino la Paz y la Serenidad. Ésta es mi idea también. Pero a ello le añado algo más y es la Ética de Spinoza y cultivo (es decir me procuro, intento, pongo los medios...) la alegría. La alegría es el sentimiento, afecto o emoción, que está a la base de todas las virtudes, elimina el miedo, que es la causa de todos los vicios, el sentimiento de odio, que está a la base de todos los vicios o emociones negativas y los deseos. Quien está alegre no desea nada superfluo; está satisfecho mientras tenga sus necesidades materiales cubiertas y se deleita en la contemplación: el estudio, el conocimiento, el arte, la naturaleza y, sobre todo, la amistad.

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La cuestión de la libertad es un tanto paradógica en Spinoza. Por un lado, se nos dice que sólo hay una substancia, la substancia divina, Dios, y que se identifica con la Naturaleza o todo lo que hay; y que todo está sujeto a reglas o leyes naturales-divinas absolutamente determinadas. Sin embargo, la Ética es un libro en el que se nos muestra la liberación. La cuestión es que se habla en diversos niveles. Spinoza describe, perfectamente, cómo es la servidumbre humana a las pasiones o afectos; es decir, describe el comportamiento humano determinado por las pasiones. Y nos dice cómo salir de esa esclavitud o determinación; y es siguiendo el orden natural. Lo que nos lleva a la servidumbre es la ignorancia (nos recuerda a Sócrates y Buda), las ideas inadecuadas. Y lo que nos lleva a la liberación de esa servidumbre es el conocimiento (ideas adecuadas de las cosas y sus causas) más el deseo o la alegría de vivir y ser. Pero ésta no es la última liberación. La liberación genuina tiene lugar en el tercer grado de conocimiento, en lo que es el amor intelectual de Dios que es el reconocimiento de nuestra naturaleza divina. Amar a dios, es la beatitud y es la expresión del amor de Dios hacia sí mismo. Porque Dios, para Spinoza, es todo y está en todo.

“Por tanto, somos más libres cuanto menos constreñidos estamos por las causas exteriores y así se comprende la necesidad de unas leyes de la naturaleza que nos determinen. A continuación, la liberación de la servidumbre aumenta nuestra potencia de obrar y nuestra alegría para conducirnos,… hasta la alegría infinita de la beatitud. Inteligencia de la necesidad, liberación: así es como se puede comprender la redefinición de la libertad operada por Spinoza y, una vez más, me asombra constatar hasta qué punto esta concepción coincide con la del hinduismo y el budismo, que plantean el mismo determinismo cósmico y la misma posibilidad de alcanzar la alegría perfecta a través de un conocimiento verdadero que procura la liberación (moksha o nirvana).” Frederic Lenoir “El milagro Spinoza” P. 132

La cuestión de la libertad es un tanto paradógica en Spinoza. Por un lado, se nos dice que sólo hay una substancia, la substancia divina, Dios, y que se identifica con la Naturaleza o todo lo que hay; y que todo está sujeto a reglas o leyes naturales-divinas absolutamente determinadas. Sin embargo, la Ética es un libro en el que se nos muestra la liberación. La cuestión es que se habla en diversos niveles. Spinoza describe, perfectamente, cómo es la servidumbre humana a las pasiones o afectos; es decir, describe el comportamiento humano determinado por las pasiones. Y nos dice cómo salir de esa esclavitud o determinación; y es siguiendo el orden natural. Lo que nos lleva a la servidumbre es la ignorancia (nos recuerda a Sócrates y Buda), las ideas inadecuadas. Y lo que nos lleva a la liberación de esa servidumbre es el conocimiento (ideas adecuadas de las cosas y sus causas) más el deseo o la alegría de vivir y ser. Pero ésta no es la última liberación. La liberación genuina tiene lugar en el tercer grado de conocimiento, en lo que es el amor intelectual de Dios que es el reconocimiento de nuestra naturaleza divina. Amar a dios, es la beatitud y es la expresión del amor de Dios hacia sí mismo. Porque Dios, para Spinoza, es todo y está en todo.

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“Por tanto, somos más libres cuanto menos constreñidos estamos por las causas exteriores y así se comprende la necesidad de unas leyes de la naturaleza que nos determinen. A continuación, la liberación de la servidumbre aumenta nuestra potencia de obrar y nuestra alegría para conducirnos,… hasta la alegría infinita de la beatitud. Inteligencia de la necesidad, liberación: así es como se puede comprender la redefinición de la libertad operada por Spinoza y, una vez más, me asombra constatar hasta qué punto esta concepción coincide con la del hinduismo y el budismo, que plantean el mismo determinismo cósmico y la misma posibilidad de alcanzar la alegría perfecta a través de un conocimiento verdadero que procura la liberación (moksha o nirvana).” Frederic Lenoir “El milagro Spinoza” P. 132

“Como habrá comprendido, querido lector, amo profundamente a B. Spinoza. Ese hombre me conmueve por su autenticidad y su profunda coherencia, por su dulzura y su tolerancia, también por sus heridas y sufrimientos, que supo sublimar en su búsqueda incansable de la sabiduría, me encanta también porque es un pensador de la afirmación. Es uno de los raros filósofos modernos que no se sumergieron en el negativismo, en una visión esencialmente trágica de la vida, sino que encaró de manera positiva la existencia y propuso un camino de construcción de sí mismo que conducía a la alegría y a la beatitud. De entrada, me reconocí en ese procedimiento constructivo que no impide, sino más bien al contrario, arrojar una mirada lúcida sobre la naturaleza humana y el mundo. Amo a Spinoza porque es un pensador generoso que desea ayudar a sus semejantes con su filosofía y que se toma muy a pecho mejorar el mundo en el que se encuentra. Y lo amo, por último, y quizá por encima de todo por su valor: contra viento y marea, siguió fiel a su amor a la verdad, prefiriendo la libertad de pensar a la seguridad de la familia, de la comunidad y del conformismo intelectual. Fue víctima de las peores calumnias, los suyos renegaron de él, vivió bajo amenazas permanentes y siempre se mantuvo fiel a su línea de conducta. Fue odiado, pero no odió nunca. Fue traicionado, pero no traicionó a nadie. Se burlaron de él, pero siempre respondió con respeto. Vivió sobria y dignamente, siempre en perfecta coherencia con sus ideas, eso que casi ningún intelectual (y en esto me incluyo) es capaz de hacer. Amo a Spinoza y lo considero un amigo querido en mi búsqueda de la sabiduría.” pp. 142-143 F. Lenoir. “El milagro de Spinoza.

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Vivimos sumergidos en un presente efímero. En la ausencia de tiempo, sin perspectiva porque se nos ha robado el pasado, tanto histórico, como biográfico y nuestro futuro está diseñada sin que nosotros seamos partícipes de ello. Pero así, todo está muy bien, somos vasallos que se creen ciudadanos libres y estamos muy satisfechos de ello, no tenemos ni la carga del pasado, ni la necesidad de pensar, ni el dolor que produce el conocimiento de nuestra historia y nuestro ser y, sobre todo, estamos exentos de decidir. No somos libres, pero aparentemente lo somos. La paradoja de la realidad o el cuento, la creencia en la que vivimos.

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“Sin una ciudadanía emancipada desde el punto de vista intelectual, toda democracia tiende a la plutocracia, a la burocracia o a las distintas y más sutiles formas de totalitarismos, como ya es el caso de las actuales mercadocracias.” Joordi Jovet. “Adios a la Universidad. El eclipse de las universidades.” Galaxia Gutemberg, 2011.

Rescato este texto con el que me he tropezado leyendo también a un clásico del siglo XX, Carlos García Gual en “La luz de los lejanos faros”. Es interesante volver a recordar aquel libro que hacía una crítica a la sociedad que estábamos y seguimos construyendo, basándonos sólo en la tecnociencia, perdiendo todos los demás valores, excepto el del mercado, nos hemos vuelto esclavos, ambiciosos, codiciosos, egoístas y narcisistas-nihilistas. Hemos olvidado quiénes somos y qué hacemos aquí. Sólo estamos alumbrados por un faro imaginario de una nueva religión, la religión de la tecnociencia y el dios mercado. Vivimos instalados en el presente, en el momento, sin consciencia de nosotros, ni del otro. Todo ha ido siguiendo como un plan preestablecido, aunque no fuera así, las leyes mismas que hemos ido creando en nuestra fabulación del mundo nos han llevado a este momento de olvido de sí mismo. Probablemente, en otras épocas, quitando en la de los cazadores-recolectores, la gran regresión vino con el neolítico, la inmensa mayoría de las personas vivían así también, desconociéndose a sí mismos, sin posibilidad de salir de sí, pero existía un contacto con el otro más directo y con la naturaleza, aunque fuese como explotación, pero no industrial. Hoy estamos en el fin no ya de una civilización, sino del homo sapiens, o bien por destrucción, o bien por transformación en otro tipo de homo.

Las palabras de Jovet, como las de García Gual, como la de muchos otros, entre los que me sumo, desde mi pequeña posición, son anacrónicas. Es imposible ya la comunicación con el gran público, éste solo obedece, como un zombi, al mercado. Es la verdadera época de los zombis, todos estamos preparados para la gran catástrofe o la gran transformación, o las dos cosas a la vez, que también puede pasar; lo cual no deja de ser una catástrofe. Aunque tampoco caben juicios ni valoración. Desde dónde, con qué autoridad. Ya no hay escala de valores, ni autoridad, sólo un invento: dinero.

El pasado es olvidado, la sabiduría perenne y milenaria es ridiculizada en cuatro sloganes baratos de la new age con los que se compra el acceso a la espiritualidad e, incluso, la iluminación. La sabiduría, ni se sabe lo que es y suena a algo añejo y fuera del tiempo y de nuestras posibilidades. El conocimiento se reduce a internet, por tanto, ni hay sabiduría, ni conocimiento…todo es desinformación y, donde hay desinformación, hay control. Por eso, si el ciudadano no se libera, y ello implica liberarse de sus cadenas internas, lo cual requiere un gran esfuerzo intelectual, el totalitarismo que vivimos hoy en día (plutocracia, partitocracia, mercadocracia) será aún más fuerte y violento. Si no nos reinventamos, si no construimos otra narración que podamos soportar después de la muerte de dios, seguiremos agarrándonos al dios de la tecnociencia y el mercado como sustituto de la muerte de dios y de los demás relatos que el hombre ha forjado para darse sentido. Porque todo, en última instancia, es dar respuesta a la pregunta: ¿quién soy yo?, pero para encarar esa tarea es necesario valor, es decir, es necesario atreverse a ser libre. Pero, parafraseando a el sabio Don Quijote: “la libertad es el bien más preciado, amigo Sancho...”, pero aún siendo el bien más preciado preferimos la comodidad de la inconsciencia, del no saber, de la ignorancia, del que no sabe que no sabe.

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Nos da más miedo pensar que la propia muerte porque, en realidad, pensar es como morir; es ponerlo todo patas arriba, someterlo todo a duda, no saber a qué atenerse...es el desapego de toda idea, creencia u opinión a los que nos agarramos para mantenernos en la inconciencia de la cotidianeidad.

Y seguimos en la línea de Sócrates y Bertrand Russell. La filosofía es subversiva es un pensamiento contra el poder, contra lo establecido, pero no contra el poder político, sino contra el poder en general que se expresa de múltiples formas. el carácter beligerante de la filosofía cambia el mundo. Es absolutamente útil, lo que pasa es que su utilidad no interesa, es peligrosa para el orden establecido. Pero, la filosofía, igual que es subversiva con el mundo que nos rodea, comienza siendo un acto de rebeldía contra uno mismo, contra sus ideas, prejuicios...si uno no se libera, mal puede liberar a nadie. En tal caso, en lugar de ser un filósofo sería un demagogo. Por eso la filosofía comienza por uno mismo.

 

“La libertad de pensamiento que nos da la filosofía es la de poder preguntarnos sin miedo: cómo hemos llegado hasta aquí y cómo podríamos ser de otra manera.

Rebelarse no es romper con todo porque sí: es interrogarnos acerca del sentido de lo que hacemos y asumir las consecuencias de esa reflexión.”

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Sigo absolutamente lo que nos dice Víctor Bermudez Torres en su página de opinión. Sugiero que al tener miedo al pensamiento hemos dado paso a la mera opinión, a que piensen por nosotros. Pero esta democracia no es tal. Confundió, desde un inicio, el respeto a las personas con el respeto a las opiniones. Y, las opiniones, no están para ser respetadas, sino para ser debatidas. Claro, al imponerse el respeto a las opiniones pues nos hemos encontrado con un relativismo extremo. Si las opiniones son respetables, pues todas las opiniones valen. Esto es muy peligroso porque elimina de un plumazo el conocimiento y lo deja todo en manos del poder, ya sea económico, militar o por fama u honor. Nada tiene que ver con la verdad en un mundo de postverdad. Toda narración, toda opinión sirve y vence, la del más fuerte, o la del más famoso. Seguimos sin aplicar la lógica y caemos en la demagogia. por eso nuestra democracia es todo lo contrario de una democracia ilustrada, la única posible, es una mediocracia, no hay opiniones fundadas, sino creencias infundadas. Se impone la opinión del más fuerte. Y el que intenta introducir el conocimiento fundado, el análisis lógico del lenguaje es relativizado, sino, aún peor, ridiculizado, porque, no lo olvidemos en esta mediocracia, partitocrática y plutocrática el llamado pueblo está en la caverna. Claro, esto que digo, y lo que dice Víctor Bermudez Torres, pues también será relativizado y ridiculizado.

“La «celebritycracia» parece un corolario de la democracia liberal: se sigue de la idea de que en asuntos éticos y políticos nadie tiene más autoridad que nadie y cualquiera puede opinar (y votar) sin más credenciales que su particular idiosincrasia moral. Y claro, puestos a lucir personalidad, ¿qué mejor exponente que el artista o personaje que hace oficio de ello? Las celebrities representan también –pese al presunto relativismo reinante– un ideal colectivo de virtud: el del individuo que ha logrado triunfar (ser rico y famoso) merced a su propio esfuerzo. ¿Quién más apropiado que él –por tanto– como modelo y consejero moral?
La sociedad no ha cambiado en esto un ápice. Sigue necesitando –en lo más profundo de la caverna– de mitos y apariencias, de famosos que nos cuenten su vida en las revistas (incluyendo esa revista del corazón para machotes que es la prensa deportiva) o que nos la dirijan, más explícitamente, desde el púlpito mediático.” Victor Bermudez.

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R. Dennet escribió una obra fulminante que se titulaba  “La peligrosa idea de Darwin” allí se señalaba el peligro de la idea de Darwin cuando se hacía extensiva al ser humano y se confirmaba la muerte de Dios y cómo todo se rige por la selección natural. Pero muchos años después, el filósofo y biólogo español, muy desconocido,Carlos Castrodeza, escribió el tercer libro de una tetralogía que es “La darwimnización del mundo”, en torno al 2010, aquí lleva la idea de Darwin al mundo ético y político, en una obra anterior “Nihilismo y Darwinismo” la había llevado a la misma ciencia, al conocimiento en general y su tesis era demoledora. Todo conocimiento, incluido el científico, es una adaptación biológica. Vamos, una narración que nos contamos, incluida la narración de la objetividad, que nos permite subsistir mejor en el medio, tanto como grupo, como, como individuo y, por tanto, reproducirnos. Y su última obra perteneciente a esa tetralogía, publicada en el 2012, póstumamente, moriría a los 67 años poco después de finalizarla, es “El flujo de la Historia y el sentido de la vida”; aquí la idea de Darwin lo permea todo y llega hasta la estética. Toda idea, todo conocimiento, todo sentimiento, creencia que se impone es porque nos permite sobrevivir, pero, en el fondo, todo lo que nos permite sobrevivir nos produce un cierto placer estético. Nos sentimos bien en ese cuento, en esas ideas y nos sentimos bien porque, en el fondo nos parecen bellas y si nos parecen bellas las admiramos y las consideramos buenas (ética y religión) y verdaderas (filosofía y ciencia). En definitiva, no hay ningún sentido, incluso la narración de que no hay sentido es una narración metafísica. Nada escapa a la metafísica; esto es, a una narración más allá de los hechos: religión, filosofía o ciencia) que intenta dar un sentido a lo que simplemente, es. Es decir que lo que hacemos es convertir en sobrenatural, lo que es natural. No hay nada más allá del universo, ni un sentido más acá del universo. Todo es lo que es. Y esto me suena a Parménides, a Heráclito, a Spinoza, Einstein y a la mística en general. La cuestión es a ver quién se atreve a vivir en ese estado. El discurso mismo es ya, metafísica. La construcción del yo, también es metafísica. Pero mucho yo (exceso de responsabilidad) nos deprime, poco yo (ausencia de un sentido con el que identificarnos) nos diluye, a no ser que lo podamos trascender por la mística y lleguemos a aquello que decía el sabio griego: “Nada importa nada”. El escepticismo hasta sus últimas consecuencias, sin que el escepticismo sea un discurso, evidentemente. Ni todo esto que Castrodeza viene diciendo, ni yo mismo. Es una ironía que después de escribir esta tetralogía muriese súbitamente.

Sí, efectivamente, los textos son literatura. Ahora bien, están los que creen en ellos como verdad trascendente y dogmática, estos caen en el dogmatismo, si no, en el fanatismo, aún peor. Y los que piensan que en los diversos escritos sagrados de todas las religiones encontramos directrices para vivir mejor: menos violencia, menos ignorancia, más fraternidad...pero, aún así, todo texto sagrado, toda filosofía e, incluso, la ciencia, no son más que narraciones o discursos para sobrevivir. Un mecanismo de supervivencia de la especie. No hay sentido, salvo el del propio universo; y, el hombre es un ser más del universo que se mueve con él. Todo discurso, incluido éste, que hagamos sobre el hombre o el cosmos es metafísica; es decir, un cuento que nos contamos a nosotros mismos y, si funciona (sobrevivimos) lo consideramos verdad. Pero eso de la verdad, la belleza, la justicia...no existen. Para eso habría que trascender el yo, en tal caso, entraríamos en el ámbito de lo transpersonal y, ahí, habita el silencio.

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Exacto, Agustín, es el juego imparable de la selección natural a nivel natural, cultural, geológico, e, incluso, cósmico. La idea de Darwin es como una descripción intrínseca del cosmos que nos elimina de un plumazo del centro del mismo. Somos una gota más en el río de la evolución cósmica. Eso sí, dentro de la adaptabilidad, cuando hablamos de ética, aunque nos pueda parecer a primera vista lo contrario, nos va mejor si nos llevamos bien con el otro. Pero, claro, como la Supervivencia no es solo a título individual, sino colectivo, pues, al final, y al principio también, pues se forman grupos que luchan entre sí. A esos grupos los podemos llamar clanes o tribus del paleolítico o estados, o naciones en la actualidad. O el grupo de los ricos frente al de los pobres. Pero, la lucha no es una lucha sin cuartel, sino que, la cosa es más compleja, todo está relacionado con todo y, entonces, los ricos existen, de alguna manera, digo, porque hay pobres. Es decir que no hay un parasitismo total, ni un mal absoluto, sino una especie de parasitismo que acaba en simbiosis. Precisamente, la intervención de Carlos Castrodeza cuando vino a Villafranca fue la del papel que jugaron las clases intelectuales, no sólo Heidegger, en el genocidio nazi, y no fue una conferencia llena de generalidades, sino, todo lo contrario, nombres y apellidos, empezando por los más conocidos del mundo de la ciencia, la ingeniería, la historia, la filosofía, a los más desconocidos. Y apoyaron la causa porque creyeron en la ideología darwiniana, o el darwinismo social y su consecuente eugenesia (extirpar políticamente el mal). Pero, claro, también esto se hacía la mayor de las veces desde la ignorancia, no siempre, claro. Alguien sabía que mentía, porque hay siempre dirigentes. Y, también, a esto se le suma la explicación de Hanna Arendt, por muy dura que nos parezca, el mal es banal en la historia. Es el Caso Eichmann. El asesino de cientos de miles o millones de judíos, el que planificó el tramado de los campos de concentración, era un hombre vulgar, más que vulgar. Un hombre de la calle, con una sensibilidad moral igual que la de cualquier ciudadano normal, pero, símplemente, su moral le ordenaba obedecer órdenes. Órdenes en las que, por supuesto, creía.

Es muy complejo, por eso, no existe la justicia en la historia, lo cual no implica que uno no tenga tendencia a compadecerse por el más débil, pero lo que nos sucede es que lo hacemos con el débil del grupo. Eso sí, quizás con el fenómeno de la globalización seamos capaz de tomar consciencia planetaria y nuestra compasión pueda dirigirse a todos los débiles de la humanidad. Pero, desengañémonos, de momento, todos barremos para casa. Bastante es el que seamos capaces de salir de la ignorancia y que esto nos lleve a no mostrar la ira contra el otro porque lo comprendemos y sabemos muy bien que el mismo mecanismo que hace funcionar al otro y que a nosotros nos parece mal, pues funciona también con nosotros, sólo hace falta que nos encontremos en situación similar. En fin, que como muy bien has dicho, ya lo decía Hume, y Castrodeza lo cita; y a mi me gusta citar a Spinoza porque también nos dice que "No queremos algo porque sea bueno, sino que decimos que es bueno porque lo deseamos", una de las frases más enigmática de la Ética. Y, para terminar, también nos dice esto: "La actividad más grande que un ser humano puede lograr es aprender para entender, porque entender es ser libre". Muchas gracias por tus intervenciones desencarnadas y por tu agudeza.

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Nuestra tendencia natural a mantenernos en la ignorancia y la inconsciencia.

 

“El peor pecado del hombre es la inconsciencia, pero, es consentido, piadosamente, incluso en aquellos que deberían servir a la humanidad como maestros y modelos.” C. G. Jung, en “La psique como sacramento.” John P. Dourley

La inconsciencia es el estado de ignorancia, es algo así como un estado de diversión y entretenimiento en el que nuestro ego se disuelve entre los demás, las cosas y el juego. La inconsciencia es un estado que nos negamos a abandonar y que, la mayoría no abandona en toda su vida. Porque, en el fondo, no quiere y porque, la inconsciencia nos hace feliz, en el sentido actual de la palabra, no en el noble sentido antiguo. Esa inconsciencia nos impide despertar de la ilusión en la que vivimos, de la farsa que interpretamos y con la que nos identificamos. Pero, tomar consciencia, es confrontar los opuestos; para empezar, confrontarnos con nosotros mismos, con nuestra sombra, con aquello que nos negamos a mirar, con nuestra miseria y nuestro lado oscuro. Y es esa sombra el antagonismo de nuestro Espíritu, el bien, el Sí Mismo. Nuestra vida es un proceso de ir tomando consciencia, o de autoconocimiento, o de ir abandonando la ignorancia; un proceso de integración de los opuestos. Porque no somos ni el bien, ni el mal, somos la armonía (particular e individual) de esos opuestos. Y, por eso, en ese sentido, nuestra vida es el proceso de tomar consciencia de lo que no queremos ver para integrarlo en lo que, aparentemente, nos creemos ser. Y, de esta forma irnos individualizando, creando nuestro yo-mismo; llegar a la armonía de la realidad que somos. Vamos despertando, vamos tomando consciencia y cada vez que lo hacemos vamos integrando lo otro desconocido y oscuro en nuestra luz o virtud. Nuestra integración de nuestros opuestos es dar luz, iluminar nuestra zona oscura y para eso hay que atreverse a darle luz y a mirar. De ahí que la inmensa mayoría vivan en el sueño y la oscuridad (o el interior de la caverna)

Pero esto, tampoco es nada nuevo, está en toda la filosofía taoísta, en Sócrates y muy específicamente, en Heráclito. “El mundo de los dormidos es diferente para cada cual, el mundo de los despiertos es el mismo para todos”. “La vida es un eterno fluir de los opuestos”. “La armonía no manifiesta es más real que la armonía manifiesta.”

De ahí que todo el batiburrillo del mercadillo espiritual no sea más que un engaño, un no querer mostrar al hombre su lado oscuro, lado oscuro que, por cierto, nunca lo abandonará, lo que está en nuestra mano es hacernos consciente de él, Despertar, y armonizarlo por el proceso de integración. Y, por otro lado, todos los movimientos sociales y políticos, no son más que otra manera de entretener al personal, para mantenerlo dormido y ausente. Para que, en el fondo, lleguen a la muerte sin haber nacido. Porque Despertar, tomar consciencia de que no se sabe nada (Sócrates), y esto no es retórica, es nacer. Por eso se dijo también que es necesario nacer de nuevo, pero no físicamente, sino despertar de nuestra ignorancia; ser consciente de la ignorancia que nos está consumiendo. Eso sí, una vez que uno muerde la manzana ya no tiene vuelta atrás: ha Despertado y comienza su proceso de individuación (armonía de los opuestos e integración) y de la conquista del Ser. Pero este camino, compañero, es un camino de sufrimiento, de desgarro o de desencanto, (no de espinas, porque no hay flagelación, es tranquilo, el camino de los castaños, que decía Diderot, pero arduo de recorrer) por eso es desasimiento, desapego. Y por eso se dice: el que me quiera seguir que lo deje todo. Y dejarlo todo, es dejarlo todo y mirarnos tal cuales somos, en nuestra miseria, oscuridad, impermanencia, vacuidad, inseguridad, miedo… No hay luz sin sombra. No podemos eliminar la sombra de nuestra vida, es un autoengaño. El proceso de llegar a ser es de un gran coste y de una alta dosis de sufrimiento, no es apto para casi nadie, casi todos prefieren permanecer en la Matrix, por utilizar el símil. Como nos señala sabiamente Jung: “…esta cooperación consciente para realizar la síntesis también llamada proceso de Individuación, entre lo consciente y lo inconsciente, es un esfuerzo anímico supremo.”

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¿Qué subyace al transhumanismo?

Independientemente de que muchas de las cosas que el transhumanismo vaticina se cumplan o no, a mi modo de ver, no es más que una nueva religión, procedente del cientificismo y acrítica con la idea de progreso y de Ilustración. Una nueva religión que, como todas, no hablo de espiritualidad, aunque sí la que se nos vende ahora, promete lo que todas: felicidad e inmortalidad. La diferencia es que el transhumanismo habla de que esto se podrá conseguir dentro de poco, unas décadas, un siglo a más tardar para llegar a la inmortalidad y extender nuestra inteligencia ampliada por medio de la fusión con los organismos cibernéticos. Pero, en definitiva, y no voy a hacer la crítica epistemológica al asunto, que muchos autores serios ya la han hecho, a mi modo de ver, todo esto, que ya lo estamos viviendo, por eso no dudo que, en parte, el transhumanismo se realice y el hombre deje de ser lo que es para ser otra cosa y, por tanto, los valores humanistas queden desbancados, como ya lo están siendo, por otros valores. Aquí hay casi una inevitabilidad histórica que se da entre la confluencia de la propia naturaleza humana y la autonomía, en parte, de la tecnología aliada al capitalismo que da lugar al imperativo tecnológico: todo lo que se inventa y se puede aplicar, se aplica, tarde o temprano. Y las cosas van por ahí. La tecnología no es un atributo del hombre, sino que el hombre es, esencialmente, un animal tecnológico, como ya nos dijera Ortega, y eso implica que la tecnología nos transforma, nos crea, nos construye. No se trata de tener un móvil, sino de que el móvil te tiene a ti, y no hay que escandalizarse por esto, es que es así. Un móvil va a cambiar la forma de relacionarte con los demás y contigo mismo, sin entrar en juicios de valor, simplemente es un hecho. Y lo mismo que digo del móvil lo digo del clásico ejemplo del invento del estribo, o del arado y así sucesivamente. Como ya decía Lain Entralgo: el hombre es un animal que no tiene medio, sino mundo. Es decir, creamos el mundo en el que vivimos. Pero esa creación de ese mundo es una autocreación. Por ello, todo lo que la tecnociencia pueda ir desarrollando en los campos de la biotecnogenética, IA, Cyborgs, telecomunicaciones y todos los ámbitos de la vida, pues se llevarán a cabo. Hasta el momento lo que hemos visto es que la consciencia del hombre es más plana, más superficial, más domesticable. Pero hay cierto progreso científico-técnico que nos hace la vida más fácil, más llevadera y, con las promesas del transhumanismo, probablemente, no tengamos ni esos achaques…y, claro, todo el mundo firmaría por ello. Igual que ya nadie puede prescindir del móvil, no porque no puede por falta de voluntad, sino porque su ser social está construido con ese tipo de tecnologías que se le hacen indispensable para su trabajo y relaciones sociales. Pero, en fin, esto es lo que hay y no se trata de juzgar, todos preferimos vivir en el siglo XXI, mejor que en la edad media, con el paleolítico no quiero comparar, tengo mis reservas porque, a mi modo de ver, una de las grandes mentiras de la humanidad fue el decirnos que el paso del paleolítico al neolítico (domesticación de plantas y animales) fue el mayor progreso de la historia. Y no soy partidario de la teoría rousseauniana del buen salvaje.

Pero mi atención se quiere fijar en lo esencial del hombre, en lo que llamamos nuestra naturaleza y nuestra consciencia. El hombre, el común de los hombres, el llamado hombre normal, por tanto, no enfermo, no una desviación de la personalidad, vamos, alguien que pasa por el aro, quiere la felicidad (que curiosamente identifica con bienestar y posesión, lo de la virtud, el ser, la gracia, la beatitud…eso ni lo ha escuchado) y la inmortalidad. Es decir, que nos encontramos, en lo que diría Ken Wilber, en un estado mítico egoico de consciencia. Es el yo el que predomina en nuestra consciencia, ni la racionalidad, ni la fraternidad, ni la libertad y, mucho menos, los estados sutiles de consciencia, tienen vigencia aquí. Por tanto, hay una confluencia entre nuestra naturaleza actual y la sociedad en la que estamos inmerso voluntaria e involuntariamente. Pero si cada vez se nos va dando más “soma”, más felicidad, menos autoconsciencia tendremos y querremos expandirnos hasta el infinito, espacial y temporalmente. Es el ansia de nuestro yo que es insaciable. Y todo el transhumanismo se basa en eso, en que somos un yo deseante y, lo que hace el transhumanismo, lo que se viene haciendo hace muchas décadas ya, es alimentar ese yo deseante, con lo cual disminuye el yo autoconsciente. Y esto lo digo sin hacer juicios de valor. Si el curso de la historia da lugar a esta transformación y a la extinción del homo sapiens por otro tipo de homo, pues nada. Es que nunca pasa nada. O, “nada importa nada” que decía la sabiduría griega. El hombre siempre ha perseguido la inmortalidad y la felicidad, pero, curiosamente, por ello ha cometido las mayores barbaries posibles, que son las que son y punto…qué pasará ahora, pues nada,…lo que tenga que pasar. O bien triunfa el yo, y nada cambia (escisión, violencia, separación, guerra…), o bien accedemos al ámbito transpersonal (previa conquista de la racionalidad y la libertad-fraternidad) y dejamos de ser un yo deseante y apegado, por tanto, sufriente, (aunque esto quizás también lo pueda resolver la ciencia) para pasar a ser un nosotros, una Consciencia universal, incluso cósmica. Es curiosa esta coincidencia, de alguna manera, pero muy distinta, con el transhumanismo. Por mi parte, ya hora sí me posiciono, opto por la sabiduría perenne, por la disolución del ego, la conquista de la racionalidad, la libertad, el nosotros y, por último, que sepamos, los estados no duales o sutiles de Consciencia.

Y termino con una cita del teólogo Tillich:

“La razón técnica tiende a causar patología, porque despoja a la persona de su subjetividad…Tillich…escribe:

“Esta actitud acarrea un rápido declive de la vida espiritual…En psicología y sociología, en medicina y filosofía, se ha descompuesto al hombre en los elementos que lo componen y lo determinan…el hombre se ha convertido en lo que el conocimiento controlador considera que es, una cosa entre las cosas, un engranaje en la máquina tiránica de la producción y el consumo, un objeto deshumanizado de tiranía o un objeto normalizado de las comunicaciones públicas. La deshumanización cognoscitiva ha generado la deshumanización real. “Sacado de: John P. Dourley. “La psique como sacramento. Un estudio comparativo entre la psicología de C. G. Jung y la teología de Paul Tillich.” P. 69

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A los filósofos académicos y profesionales les costará admitir que no existe una separación tan honda, en sus orígenes entre Oriente y Occidente, pero así es. Otra cosa es los derroteros que ambas filosofías hayan tomado, aquí si hay mucha diferencia, como en el resto de sus historias.

La filosofía nace como una iniciación. El poema de Parménides es una iniciación hacia la verdad. Mostrar que hay dos caminos, el de la opinión y el de la verdad. Que el primero es el de los hombres comunes y el segundo es para los elegidos y esta verdad se nos muestra como la luz y es El Ser, pero el que alcanza la verdad debe vivir entre opiniones, sigue en el mundo y debe intentar enmendar entuertos. Pero a él ya nada le afecta. Si leemos el poema de Parménides lo que vemos es una filosofía práctica, con una base metafísica, claro, una forma de vivir; que es la de vivir Despierto. La de aquel que ha salido de la caverna, Platón, ya se sabía el cuento y dramatiza, pero tiene que vivir entre los hombres. Y los hombres son una opinión cada uno, están dormidos y viven en mundos diferentes.

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Protágoras: “El hombre es la media de todas las cosas" y "Tal y como las cosas son para ti, así son, tal y como las cosas son para mí, así son, pues hombre eres tú y hombre soy yo." Representan al relativismo, a la opinión, Sócrates y, Platón a través de él, se enfrentan al relativismo. Eso intentan hacernos ver, que no todo vale. El conocimiento del Ser, de lo que es, trasciende el relativismo, que es dualidad y nos lleva a la consciencia plena. Por eso la filosofía no es mera erudición, como la han convertido, sino un camino ascético de conocimiento. Esto es común con el pensamiento Oriental.

Lo que se plantea es quién soy yo y la respuesta está en el Ser. Pero el quién soy yo implica qué son las cosas, es la multiplicidad. ¿Por qué hay multiplicidad?, ¿cómo se puede explicar? El Ser, en el caso de Platón el Uno-Bien, es la causa de todo ser singular, pero no causa eficiente, sino que del ser emanan los seres como multiplicidad. Ahora bien, el que confunde el conocimiento de los seres (opinión), con el conocimiento verdadero, está en el error. Es la doxa. Para acceder al conocimiento verdadero, el de las ideas y el de la idea de Bien, es necesario el Nous, el entendimiento puro. Y esto es semejante a lo que después sería el tercer género de conocimiento o la intuición. Y también es semejante al Conocimiento último del advaita, el conocimiento del Uno sin segundo.

Por eso la ciencia no puede llegar a las últimas preguntas, porque la ciencia es ciencia y está muy bien siendo ciencia, pero no es metafísica. Y, por otro lado, la metafísica de la que estamos hablando no es un saber intelectual, sino que seguir al “nous” y captar la idea del Bien, Ser, Uno, Dios, Tao,… implica y exige una transformación que te hará ver el mundo de la multiplicidad como realmente es y nunca más te identificarás con él. Estarás en el mundo, pero no serás del mundo.

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El mal en el mundo, el mal radical, sin sentido, arbitrario, da al traste con la existencia de un dios personal, o lo relega al misterio de los creyentes. En cambio, el mal arbitrario, radical, absurdo, tiene sentido en un orden del mundo. Y tiene sentido porque el mundo es como es y sigue sus leyes. Ahora bien, esto no implica que adoptemos una actitud conformista, que más bien es evasiva y esconder la cabeza debajo del ala, sino que nos pone ante la tesitura de elegir. Elegir, precisamente, consentir el mal, o no consentirlo, aunque sea sólo denunciándolo porque uno no pueda llegar más lejos, o no tenga ni más capacidad, ni fuerza, ni valentía. Pero, la cuestión, es que el mal consentido es una connivencia con el mal. Todo esto no implica una flagelación, no, todo lo contrario, cuando nos flagelamos, lo que está sucediendo es que asumimos el papel de la culpa, nos consideramos culpables y así lavamos nuestra consciencia, que queda igual de manchada, o más. Y, la culpabilidad, es una forma de domesticarnos, nos impide actuar. Por el contrario, ser consciente, tomar consciencia del mal en el mundo e ir, en nuestra medida contra él, es nuestra responsabilidad. Y es en esa responsabilidad en la que emerge la acción inspirada en la posibilidad de un mundo mejor. Luego, el universo, transcurrirá como tenga que transcurrir, pero no nos hemos contado ninguna historia, ni científica, ni religiosa, para consentir lo que no soportamos sentir. Creo que esto es un buen principio para acción ética universal.

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El mal del que yo he hablado era el mal radical, fundamentalmente, el hacer daño al otro desde el odio. El mal es algo que además de producir daño al otro te lo hace a ti, porque nace de tu carencia; es decir, del vicio moral: odio, envidia, ira...todo mal moral es un malestar de uno consigo mismo y, de ahí su proyección en los otros. Pero ese malestar de uno consigo mismo, el vicio moral, es un desconocimiento, una idea inadecuada de las cosas, de los otros y de sí mismo. Aquí sigo a Sócrates y Spinoza, aunque no solo. El mal nace de la ignorancia, pero no sólo es ignorancia, no basta el conocimiento para salir del mal, sino que es necesario, también, el valor o la valentía, el esfuerzo y, después, el hábito y la costumbre.

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"De niño me sentía solo y todavía me siento así, porque sé cosas e insinúo cosas que otros parecen no conocer y que la mayoría no quiere saber.
La soledad no consiste en no tener personas alrededor, sino en no poder comunicar las cosas que a uno le parecen importantes, o de callar ciertos puntos de vista que otros encuentran inadmisibles." C.G. Jung

Llevo muchos años hablando de la soledad, viviendo la soledad,... y ahora me encuentro con lo que siempre he querido decir, palabra por palabra. Y, es curioso, esto me viene de la mano de Jung al que he estudiado a fondo ya pasados los cincuenta años y con el que me he sentido identificado en sus teorías sobre el mundo y la psique humana, pues ahora me siento aún más identificado con su sentimiento de soledad. En términos de Jung, una sincronicidad.

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El tema es despertar. El cómo es hacerse consciente, pero eso es lo mismo, cómo nos hacemos conscientes. Y, la cosnciencia es ya de por sí un acto de rebeldía contra todo, evidentemente. Para despertar, para hacerte consciente por lo general necesitas de un estímulo externo, ya sea de alguien despierto, un axccidente, una enfermedad grave o terminal, la muerte de un ser querido,...es decir, algo que te haga tomar consciencia que quiela "vida es sueño", que estás interpretando un papel. entonces, en el momento de despertar, de tomar consciencia te das cuenta de que interpretas un papel, te das cuenta de tu identificación. Tomar consciencia, darse cuenta, o caer en la cuenta es desidentificarse de uno mismo, del papel que interpreta.
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Nos solemos juzgar con dureza, o solemos tener una imagen de nosotros muy distorsionada y que tiende a la falta de confianza e, incluso, el desprecio. Generalmente procede de un intento competitivo de proyectar ante los demás una buena imagen, por un lado, por otro, el creernos el centro de todas las atenciones. En este sentido las palabras afectuosas que nos pueden decir los demás y que nos tenemos que decir a nosotros mismos son importantes porque nos ayudan a tener un conocimiento más adecuiado de nosotros y a querernos, incluidas nuestras limitaciones que pueden ser inevitables y otras de las que nos podemos responsabilizar. Otra parte importante es no considerarnos el centro de ninguna atención, no juzgar lo que creemos que pueden estar juzgando de nosotros, probablemente los demás van a lo suyo sin percatarse de nosotros. Y no juzgarnos, observarnos para aceptar lo inevitable y tomar las riendas de la responsabilidad de nuestra propia autoconstrucción, pero con distancia, con ironía, sabiendo que ni somos perfectos, ni lo podemos ser, que somos ignorantes e inconscientes, pero que, símplemente, darse cuenta de esto nos despierta y nos hace tomar consciencia de la ignorancia de la caverna donde estamos.

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Reflexión sobre la tecnología.

El hombre es un animal que no tiene una naturaleza fija, sino dinámica y en construcción, no es que no tenga naturaleza como dice Ortega, sino que es peculiar. Pero, a la vez, el hombre es un animal cultural y dentro de lo cultural está la tecnología, técnica, en principio. Y, ello quiere decir, que la tecnología, como el lenguaje, es algo que le va al hombre de suyo, es imprescindible, no se puede pensar al hombre sin cultura (animal cultural indisociablemente e inseparablemente y lo uno se define por lo otro y a la inversa), sería como pensar al león sin garras y colmillos. Si bien hay una diferencia, nuestra cultura, que nace del cambio biológico de la aparición del lenguaje, previamente había cultura, pero no simbólica, nos modela y modela el medio transformándolo en mundo. No hay tecnologías neutras, no hay un uso bueno o malo de la tecnología, la tecnología es una proyección, una extensión de nuestro cerebro que se extiende en nuestro derredor y nos transforma. Un móvil no es un simple móvil, es la historia de la ciencia concretizada en un artilugio y es una amplitud social; es decir, una condición de socialización, otra cosa es que nos guste o no el cómo nos socializa el móvil, pero lo hace y no hay vuelta atrás.

Y eso tiene que ver con la autonomía de la tecnología. Las tecnologías son autónomas, pero no independientes. Es decir, surgen del hombre y, en cuanto realidades emergentes tienen sus reglas y leyes, pero son impensables sin el hombre. Ahora bien, hay una autonomía de la técnica o más bien la tecnología y tecnociencia que es lo que se ha dado en llamar el "imperativo tecnológico", hace muchos años luché contra el determinismo que éste conlleva, pero creo que no lo entendí bien. En realidad, no hay un determinismo, lo que pasa es que su formulación es newtoniana y da la impresión de determinismo. Viene a decir que todo lo que se descubre y se puede aplicar, al final se aplica. Pues bien, lo que yo intentaba mantener es un debate ético por encima de ese imperativo; pero hoy me he dado cuenta de que la cuestión no es lineal: newtoniana, sino global y compleja. La tecnología transforma el mundo, ahora bien, aunque sabemos que determina la transformación del mundo y de nuestra consciencia y que nuestra consciencia a su vez determina la tecnología, no podemos predecir, en un caso concreto, porque es una relación compleja, por tanto, estocástica, qué cambia a qué y cómo lo va a cambiar. Por ejemplo, la construcción del acelerador de partículas de Ginebra dio lugar a un descubrimiento revolucionario que era impensable y no estaba previsto y fue Internet, en concreto el protocolo www, para que todos se pudiesen comunicar y el conocimiento fluyese con rapidez y todos supiesen lo que se estaba investigando en cada campo a parte en cada momento. ¿Quién iba a decir que de ahí iba a salir las redes sociales y la pornografía infantil o las revistas científicas hiperespecializadas con acceso a un clic de ratón?

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“Si uno llega lo suficientemente lejos se llega al concepto indio de Maya, que el mundo externo es como un gran escenario donde actúa nuestro inconsciente. Es un gran conocimiento o sabiduría que acaba con tu ingenua relación con el mundo. Un conocimiento que nos suele llegar con el lecho de muerte y algo que te ayuda más a morir que a vivir. Si este conocimiento tuviera efecto en la gente les haría más responsables de su propia realidad. Dejarían de pensar que son víctimas de sus enemigos, de un gobierno incorrecto etc; aceptarían una completa responsabilidad de sus destinos. Este conocimiento pertenece a la segunda mitad de la vida y si llegas a él entonces puedes beber del vaso de vino hasta la última gota, sabiendo que tampoco pasaría nada si no lo hicieras” M.L.Von Franz

El conocimiento de que lo que me rodea y yo mismo es ilusión, es Maya. Los occidentales inventamos el concepto de apariencias, devenir…Lo que ocurre es que en Occidente se olvidó que la filosofía, el conocimiento es iniciático. De lo que se trata es de llegar al Ser, a lo eterno, lo inmutable; pero no conceptualmente, como viene entendiéndose, sino vivencialmente. Por eso la filosofía es un tipo de saber que te transforma, de lo contrario no es más que erudición y palabrería.

El caso es que, si llegamos al concepto de ilusión, del gran teatro del mundo, entonces nada tiene el sentido que creemos que tiene. Ya no hay apegos, ya no hay identificaciones. De repente, nos convertimos en los Testigos que observan la tragedia humana o su simple devenir; pero si todos alcanzásemos este conocimiento, que ya digo, nos transmuta alquímicamente en oro, pues entonces, eso que es una tragedia debido a la ignorancia, la soberbia y la agresividad, ya no existiría; porque habríamos acabado con la ignorancia que es la causa del mal. Porque el ignorante está apegado totalmente a lo que tiene, ya sea material o emocional, no es capaz de desvincularse, de desidentificarse, no sabe que está apegado. Pero esa identificación con el papel que representa en el gran teatro del mundo le produce un tremendo sufrimiento y, a su vez, él produce un gran sufrimiento. Por eso, la salida de la ignorancia, la transformación desde el interior, la salida de las sombras de la caverna, con su gran impacto en nuestras almas es la transformación social, sin ella, sólo podremos contemplar sus ruinas.

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No hay más que hablar, las relaciones humanas son un infierno. Te llevan al sufrimiento. (Aunque son la vía para llevarte al reino de los cielos) Y es muy claro, te llevan al infierno porque tú ya lo llevas dentro y lo que buscas en los demás es completar tu sentimiento de carencia (tu infierno), por eso envenenamos todas las relaciones, porque lo que intentamos es dominar al otro, incluso cuando adoptamos el papel de víctima, el otro es un enemigo que queremos domesticar.

El problema es que nuestra consciencia es egoísta, demasiado pesada, incapaz de volar por encima de los intereses personales. Si queremos ser libres hemos de soltar los apegos, y me refiero a los emocionales, los otros, los de las sustancias físicas son fáciles comparado con lo que vengo diciendo. Los apegos a las personas. Y cuidado con la palabra apego, porque puede que pensemos en un apego positivo, pero, en realidad, lo que tenemos es un apego negativo. Me explico, odiamos al que consideramos que nos hace daño, que ha destrozado nuestra vida, que nos envenena. Pero, miren qué curioso, no podemos prescindir de él. El odio necesita su objeto. Por eso la cuestión es soltar, tanto si se odia, como si se ama. Y, de esta manera se es libre, porque el que ama no ama a nadie, ama a su idea, de ahí la incomprensión absoluta entre los enamorados cuando dejan de estarlo. Y de ahí los continuos reproches de unos a otros. El intento de destrucción recíproco que anida en ambas partes y el sentimiento de culpabilidad. Cuando, realmente, nadie es culpable. Ahora bien, sí hay mucha ignorancia. Y es ésta la que hay que superar. Pero cuán difícil es que la venda caiga de los ojos y, de esa manera, ser libres, entre otras cosas, porque uno se resiste a ser libre porque sabe que para ello ha de renunciar a sus apegos y deseos y eso es renunciar a su yo. El miedo nos vence. Vivir fielmente es dejar la fidelidad al yo y atender a la Consciencia, al Ser. Somos una mota de polvo indeferenciada en el océano del Ser, nuestra necesidad de imponernos no es más que una forma de locura, por tanto, de sufrimiento.

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La libertad no es meramente la libertad de expresión, ni mucho menos la libertad de opinión, que acaba convirtiéndose en la tiranía de las opiniones. Si no que, la libertad, es la liberación de los apegos, es la disolución de todo aquello que nos ata a nuestro yo. A mayores ataduras, menos libertad, más infelicidad y sufrimiento. A mayor libertad mayor felicidad, o no identificación con el sufrimiento (una construcción, no el dolor, que es real) y mayor autorealización: amor o identificación con el Ser.

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Lo que yo llamo el mito del progreso. Pensamos, creemos, que el progreso tecnocientífico y social tendrá una repercusión de la misma manera en el progreso humano y ético del hombre; por el contrario, el progreso se ha convertido en el nuevo ídolo, un nuevo dios con los pies de barro y, por doquier abunda la infelicidad que se llena por medio de los deseos, de tal manera que nos convertimos en máquinas de desear.

Los regímenes autoritarios comunistas, por ejemplo, tenían este bienestar, se alimentaba mucho menos el deseo y se cultivaban las relaciones humanas, la solidaridad, fraternidad. Cuidado, que no se me malinterprete, no estoy defendiendo el totalitarismo genocida de Stalin, sino otros países con ideología comunitaria-anarquista que fomentaban la comunidad y la cooperación frente al individualismo. Sí, eran más pobres, pero había justicia social y bienestar humano.

Pero, al final ha triunfado el monstruo del capital que se alimenta de nuestro deseo compulsivo y, a más deseo, más infelicidad, competencia, esclavitud y soledad.

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Me parece que se está abordando el tema desde perspectivas distintas, contrarias, pero no contradictorias. Por otro lado, el tema del progreso, como nuevo ídolo y que está a la base del crecimiento económico no ha sido tratado. Mi tesis era que el progreso es un mito, una creencia, además común a las dos grandes ideologías: capitalismo y comunismo. Y, como creencia es infundada y acrítica.

Pero ha salido otro tema que es la acción. El cómo cambiar la sociedad. Por un lado, está el espíritu de lucha para cambiar la sociedad, sus instituciones e incluso su estructura, por otro lado, está la defensa de que no hay una reforma social que persiga y consiga la justicia social si no es desde el ámbito espiritual; esto es si no hay un cambio espiritual en cada uno de nosotros.

A mi modo de ver son dos perspectivas y, más que nada, depende del enfoque que cada uno le dé, pues será, o no, válida. Aquel que quiere justicia social y piensa que ha de luchar contra lo establecido, contra el orden social vigente, contra las instituciones, manifestarse, practicar la desobediencia civil, pues, mientras lo haga desde una ética del respeto y la tolerancia: considerar al otro como un fin en sí mismo, no como un instrumento, pues está lo suficientemente evolucionado espiritualmente y liberado como para seguir en esa lucha e indignarse ante la injusticia que siempre es tratar al otro como un medio, como un esclavo, como un instrumento. Por tanto, este revolucionario social ya tiene su cambio espiritual realizado; que no sea un liberado absoluto, no pasa nada, tiene una realización parcial importantísima y una gran sensibilidad ética y se diferencia del hombre espiritual en una cuestión, meramente de talente.

Por otro lado, el que considera que es necesario previamente un cambio interior para que se produzca el cambio social, pues también tiene razón. Evidentemente, la inmensa mayoría de la población no tienen el nivel espiritual de libertad y compromiso ético del que quiere luchar y cambiar las cosas, sino que vive en la inconsciencia de las apariencias, en la ignorancia y en la comodidad y la pereza. Necesita Despertar. El que quiere luchar, ya lo ha hecho. Por eso la inmensa mayoría tiene primero que despertar porque tenemos la sociedad que tenemos porque la mayoría está dormida y, una de las misiones del activista social es pedagógica, despertar consciencias. Pero ese Despertar de la consciencia puede ir mucho más allá, eso sí, y llegar a un punto en el que ve la lucha como algo también del mundo de las apariencias, como un peligro de caer en dogmatismos, aunque no necesariamente y empieza a trascender el velo de Maya que es la sociedad, las relaciones humanas y el propio yo. Entonces estamos ante un Despertar muy elevado y profundo. Este que ha despertado o se ha hecho consciente de tal forma ya es un desapegado, es decir, no tiene un yo que lo ate al mundo a través de los deseos. Este hombre sólo tiene una misión en el mundo y es la de enseñar la paz, la armonía, el amor, la ausencia de realidad de lo que llamamos real, el desapego y alumbrar el camino de la autorealización. Pero, mientras, la inmensa mayoría debe llegar a unos despertares previos como son el de la consciencia de racionalidad (eliminación de mitos y creencias limitantes) y la consciencia de libertad (autonomía, aquel que se da la ley a sí mismo porque su ley es la ley del cosmos); pero, para que se produzca este salto hace falta mucho tiempo de evolución de la consciencia humana. Ahora mismo estamos en un estado de consciencia mítico-egoico; no obstante, el mensaje de una consciencia absolutamente realizada tiene milenios. Es decir que ya ha habido muchos homo sapiens que han accedido a ese estado de autorealización, como muchos han accedido a realizaciones parciales que los han llevado a la lucha por la justicia social sin imponer dogmas ni una supuesta verdad, a ayudar a morir a los moribundos, a asistir a los enfermos, a enseñar al que no sabe, a intentar despertar consciencias…en fin el universo es perfecto y no hay nada que le sobre ni que le falte. Lo que sí es necesario es que cada uno de nosotros nos conozcamos y sepamos qué lugar ocupamos, cuál es nuestra misión en él y la sigamos con honestidad y respeto a los que son todos nuestros hermanos, todos los seres sintientes.

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Pertenecer al mundo, pero no ser del mundo. La búsqueda de la libertad, de la liberación debe pasar por el proceso de la muerte. Morir para renacer. Y no me refiero a la muerte física, sino a la muerte del yo. Esa muerte es la desidentificación que tenemos con el mundo y con nosotros mismos. La identificación se produce por el deseo, que es el que produce la tensión y el movimiento para obtener lo deseado. A esto se le llama el apego. Mientras estemos apegados a nuestro cuerpo físico, a nuestros estados mentales, al mundo social,… seremos esclavos, aunque nos creamos libres. La toma de consciencia de que estamos apegados, de que aquello que hacemos, incluso aquello que hacemos que creemos es muy noble, fraternal y por los demás, no es más que para satisfacer nuestro yo, nuestro deseo; es el primer paso para desidentificarnos. Comprender este proceso y que el mundo se nos presenta según nuestra identificación y apegos, es el inicio de la liberación. Cuando uno se libera, entonces no está atado a nada, el pasado no existe y si no hay pasado, no hay nada que condicione el futuro, por tanto, sólo hay la visión desde la eternidad, pero no la visión de mi yo, sino la del Ser. Y es entonces cuando podemos decir que se permanece en el mundo, pero no se es del mundo. Se ha producido la muerte del ser para renacer en el Ser. Solo hay Paz, pero ni siquiera deseo de Paz y, si no la hay, uno no es la intranquilidad, la tensión, eso es una proyección, apariencias, sombras en las que estamos, pero no somos.

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La angustia ante la nada.

Estoy releyendo a Jung y algunos estudios sobre su pensamiento. Hay una idea que me llama la atención. Los psiquiatras y psicólogos junguianos llaman la atención sobre el gran número de personas que acude a la consulta porque, en el fondo, lo que declaran es que la vida no tiene sentido. Estas obras están escritas en la primera mitad del siglo XX, otras son más cercanas, el caso es que todo tiene que ver con una tremenda revolución que fuela causada por la muerte de Dios (su significado, el grito de Nietzsche y su Zaratustra resuena den la posmodernidad). El significado de la muerte de Dios ha producido la angustia existencial, nada tiene sentido o la neurosis de la mediana edad, según cómo lo queramos abordar. El caso es que, desde entonces para acá ha transcurrido un tiempo en el que hemos seguido el camino de pérdida de nuestra identidad y, por tanto, hemos aumentado la neurosis, ansiedad o la angustia existencial. Y ello es así porque hemos perdido el referente de los símbolos (la religión y el sustituto de la ciencia: la ciencia también es el mal desde las bombas atómica y la gran destrucción de civiles en la segunda guerra mundial) que nos unen a nuestro Ser, ya no nos representan y, claro, esto nos hace sentirnos vacíos. Y ese vacío existencial pues lo mismo se dirige a la búsqueda desesperada de sentido en una secta, en la ideología de un partido, cosa que ocurrió en la primera mitad del siglo XX: capitalismo-comunismo, o hacia la psicosis, o hacia la soledad no asumida, vivida como desarraigo, hacia el narcisismo o bien hacia el poder y su capacidad de eliminar al otro por la ira acumulada del sinsentido, o, por el contrario, al suicidio. Es interesante notar aquí como son los países “más desarrollados”, con un desarrollo de estado bienestar magnífico, los que tienen el índice de suicidios más elevado. Estos países han perdido la referencia con la luz originaria, no son capaces de ver su sombra, no se pueden autoconocer, viven como en una niebla sin sentido. Se ha confundido en la historia el desarrollo económico y el estado del bienestar con el desarrollo de la persona. Éste último requiere de un autoconocimiento, de un viaje interior para recuperar nuestra esencia, nuestra pertenencia al Ser, sin identificarnos con él (narcisismo) En la contemporaneidad estamos perdidos como islas egoicas y narcisistas, que sobreviven por el entretenimiento del consumo que ha de ser compulsivo, porque si uno para, se da cuenta del vacío de su existencia, de su desconexión con el Ser. El propio sistema se ha dado cuenta de esto y ahora procura un turismo de relax y de unión con la naturaleza, retiros de silencio y meditación, todo bien pagado y organizado, para, al final, volver a la cotidianeidad del sin sentido de la existencia actual. La muerte de Dios, como no hemos sabido adaptarnos, que sería por la vía de la espiritualidad, porque la muerte de Dios, la verdad, la superstición y el poder son índices de madurez de la humanidad, va a ser, o lo está siendo, la muerte del hombre. De ahí el discurso transhumanista que pretende trascender al homo sapiens con algo nuevo, una especie de hibrido o de IA que estará a años luz del hombre. Pero, si nos fijamos en sus discursos, sólo hablan de los aspectos funcionales del hombre y de los transhumanos, no hablan de su anclaje en el Ser. No se dan cuenta de que por mucho que aumenten nuestras capacidades, si no sabemos quienes somos, si no hemos realizado, siguiendo a Jung, nuestro proceso de individuación, que es la relación correcta entre el ego y el Sí Mismo (inconsciente personal y colectivo), siempre estaremos en un estado de vacío, de angustia existencial y, de neurosis, e incluso psicosis (que son caras opuestas de lo mismo) si hablamos patológicamente. Sin saber quienes somos nuestra crisis de la mediana edad es la angustia ante la nada y no hay solución psicológica que valga, ni biológica (pastillas, que eliminan el síntoma, el dolor y eso impide iniciar tu propio proceso de individuación porque vives en un engaño de pseudofelicidad con el consumo de soma, que diría Husley); la única manera es atravesar el desierto, o viajar al inframundo, o al infierno, depende de las tradiciones, para encontrarnos a nosotros mismos reflejados en los símbolos de la humanidad, concretados en nuestra experiencia particular. Otra opción es vivir en la mera diversión, cual autómata, pero ya sabemos lo que decía Sócrates al respecto. Una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida. Hay una cosa que llama la atención y es que el autoconocimiento, el viaje hacia nuestro Ser, nuestro equilibrio entre el ego y el Sí mismo está plagado de sufrimiento. Sin sufrimiento no hay consciencia. Es el sufrimiento el que nos va a llevar a comprender más hondo y, por tanto al Amor y la compasión, al perdón de uno mismo y de los demás. Por eso ese sufrimiento que tenemos que pasar es una forma de transformación interior que afecta, del mismo modo, a los demás.

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“La virtud es tan difícil como rara”. Spinoza.

La virtud es muy difícil de alcanzar por eso es escasa y rara. Lo normal es la mediocridad y el vicio. La tendencia natural es hacia el vicio. Pero todo vicio, toda pasión o afecto no es más que fruto de nuestra ignorancia y esta ignorancia nos hace esclavos de la pasión. El origen de las pasiones es la ignorancia, un conocimiento inadecuado de como las cosas son. De tal manera que para alcanzar la virtud se requiere el conocimiento. Pero no sólo el conocimiento, el salir de la ignorancia nos sirve; sino que necesitamos del valor, la valentía, el coraje y la fuerza. Conocimiento y coraje son los cimientos de nuestra libertad, del salir de la ignorancia y de las pasiones. La envidia, la ira, la tristeza, la lujuria, la agresividad… son afectos que nos dominan una vez que nos hemos instalado en ellos. Lo primero que se requiere es el análisis racional y pormenorizado del origen de nuestras pasiones, saber de dónde vienen, qué carencias pretenden suplir, porqué seguimos inmersos en esa pasión. Una vez hecho este análisis y respondidas todas estas cuestiones pues hemos de basarnos en nuestro propio conatus, como decía Spinoza, nuestra intención de permanecer en el Ser, que es lo que nos define y que, además, es la alegría misma. Y, desde ahí, iniciar el camino de ascenso, por seguir a Platón, para salir, no sin esfuerzo y coraje, de nuestro vicio que se ha transformado en un hábito. Y la vida es hábito y costumbre, por ello es tan difícil enmendarse. Cuando conocemos el origen y el error de nuestros afectos negativos hemos dado el primero paso para abandonarlos porque carecen de sentido y lo que nos espera es la libertad. La libertad es autoliberación o realización de nuestro propio ser. El coraje es la virtud que funciona como un gozne entre los vicios y virtudes, es, como si dijésemos, la virtud que nos permite ser virtuosos.

El estado de virtud es un estado de conocimiento correcto y cuando hay conocimiento correcto no hay ignorancia y al no haber ésta, no hay pasiones. La virtud es libertad y equilibrio: autorealización. Aunque el ser virtuoso es encontrarse, después de un duro trabajo, de atravesar nuestro desierto, nuestra sombra, a las puertas de la auténtica liberación, que es lo que podríamos llamar la tercera fase, o tercer género de conocimiento o fase unitiva que es el reconocimiento en la divinidad o el Ser. Esto sería el amor intelectual de Dios que expresa la Unidad última, a la vez que, paradójicamente, nuestra máxima libertad.

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El estado de presencia completa es la Presencia en y del Ser, sin la implicación del yo personal y biográfico. Ser, Presencia, Esperar (en el sentido de esperanza en tanto que Ser, no en tanto que se espera algo). Si esperamos algo nos instalamos en la dualidad.

La Presencia es el fin del ego, no del mundo, del tiempo, porque el tiempo es psicológico, mental. Sólo hay Ser, luego eternidad. De lo que se trata es de comprender esto y asumirlo para serlo. Leed los evangelios, las parábolas. Todas ellas se instalan en el fin del tiempo o Reino de los Cielos.

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La cuestión de que haya otro final es que el problema es que es el final. Por eso lo del libro de Riechmann “Otro final es posible”. Ya no es: otro mundo es posible, no, se nos han acabado las posibilidades, ya sólo queda aguardar el final, ahora bien, nadie sabe cómo será ese final, pero sí podemos hacer que en ese final no se produzca un genocidio y ecocidio inmenso. El problema es que la inmensa mayoría no quiere ver, o no se da cuenta de que estamos en el final de nuestra civilización que comenzó hace unos doscientos años. Es decir, que habrá un colapso civilizatorio como tantos otros, no el fin de la humanidad, eso es otra cosa. Pero no podemos seguir viviendo así, de hecho, sólo lo hacemos unos cuantos, ni una tercera parte de la población mundial. El cambio, por supuesto que es interior, de consciencia, pero no se ve por ninguna parte. A pesar de ello no se puede quedar uno de brazos cruzados e intentar que haya un colapso lo más pacífico posible. Sólo un dato para darnos cuenta de la magnitud del cambio, porque no sólo es tener consciencia y crearla, sino estar dispuesto a que institucionalmente se lleve a cabo. Para que podamos vivir la mayor parte de la población es necesario que reduzcamos nuestro consumo energético a un diez por ciento de lo que ahora hacemos: calefacción, aire acondicionado, viajes, compras…es inmenso lo que hay que hacer. Cuando se produce un colapso lo que ocurre es que se va de estructuras sociales muy complejas y con gran gasto energético a estructuras simples, descentralizadas, comunitarias y con muy poco gasto energético, así como con una economía simple.

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La sombra de Dios es alargada. No hay sentido en el hacer, ni futuro, sólo un huir hacia adelante en una producción material insostenible que, además, nos deja vacíos. De ahí que la muerte de Dios sea nuestra propia muerte. Y cuando hablo de Dios, no me refiero a un Dios personal, que también, para el que así lo desee, mientras no lo imponga a nadie, sino a la dimensión espiritual y sagrada del hombre. La reducción del hombre a lo meramente material y mecánico lo ha empobrecido y esclavizarlo, en lugar de emanciparlo como se pensaba. Una cosa es la superstición, de la que el buen uso de la razón nos libra y otra el reduccionismo racionalista, mecanicista y materialista. Esta última filosofía nos ha llevado al colapso en el que nos encontramos.

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Me temo que el inconsciente colectivo de la humanidad es Dios y está animado por la Vida de la divinidad. Y ese inconsciente colectivo de la humanidad abarca el inconsciente cósmico, porque, a pesar de nuestros escasos 100.000 años de edad, como especie, somos fruto del origen de todo, no hay nada en nosotros que no fuese en el origen y en el origen era y siempre fue lo que llamamos la divinidad, el tao, el dharma…infinidad de nombres. En realidad, lo innombrable, porque cada parte de nuestra consciencia consciente, no es más que un resplandor de esa consciencia cósmica, de ese inconsciente colectivo hecho consciente. Y, como todo lo que conocemos es puro cambio, puro devenir, lo permanente es la consciencia, lo que está fuera del tiempo. Y todo lo que creemos que es como cosa, como suceso, no es más que una forma de autoconocimiento de lo que nos da por llamar Dios, lo INEFABLE. Todo fluye y todo permanece son una y la misma cosa. Heráclito y Parménides hablan de lo mismo viéndolo desde distinta cara. Lo paradójico es que estando en el Ser y siendo Ser, podamos ser, a la vez, Testigo. Pero las paradojas sólo tienen lugar en el nivel noético o intelectual, no en el intuitivo.

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Bueno es que la religión atrae sin si quiera saberlo. Te puede atraer como fenómeno cultural e histórico, o más fenomenológicamente; es decir, qué hay detrás de las creencias, o psicológicamente, sociológicamente...el caso es que el hombre es hombre en tanto que se hace religioso y comienza a dar sepultura a sus muertos. A partir de ahí nacen toda una serie de ritos que vertebran la socialización humana. Por eso significa tanto la "muerte de Dios" que anuncia Nietzsche; y no es que él lo mate, sino que anuncia su muerte y, tras él: el nihilismo. Estamos viviendo las consecuencias de sus palabras. La muerte de Dios es la muerte de todo su significado: psicológico, sociológico, ontológico, espiritual,... Y, cuando no hay nada de esto, pues lo sustituimos por otra creencia: política (totalitarismos), psicológicas (todo tipo de delirios), ideológicas, ontológicas (la naturaleza se reduce a un mecanismo determinista descifrable por la matemática y ya no nos hace falta Dios...) todo ello vertebrado por la creencia en el nuevo Dios: El PROGRESO POR LA TECNOCIENCIA.

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Realidad, ciencia y reduccionismo.

Y, ¿Qué es la realidad: el grapho, o el grupo físico de personas? ¿Los nodos o las personas? Desde el punto de vista matemático es muy interesante la demostración de esa teoría, que, si vosotros necesitáis varias vidas para entenderla, yo necesitaría la eternidad. Pero en la propia estructura del planteamiento de la cuestión, lo que le pasa a la ciencia, incluido la ciencia formal de la matemática, cuando no se tiene una visión más sintética (filosófica, histórica, poética, digamos) es que, sin darse cuenta confunde lo matemático con lo real. Probablemente la REALIDAD, sea matemática, pero no las teorías matemáticas que  la humanidad ha inventado, porque, insisto, nuestra matemática habla de fenómenos (objetos) Como sabéis muy bien la física empezó porque se hizo platónica y comenzó a tratar a los cuerpos matemáticamente; es más, el iniciador de la física decía aquella famosa frase, que yo suscribo: “La naturaleza está escrita en lenguaje matemático, si quieres entender la naturaleza tienes que hablar su lenguaje”, suscribo, pero en parte. Es decir, que a la naturaleza a la que se refiere es a la de los objetos. Fue imprescindible y apasionante esta historia. Hoy en día cuando se enseña física o matemática aplicada a cualquier fenómeno: económico, biológico, demográfico,…pues no se piensa mucho en esa revolución cuando al inicio del planteamiento se reduce la realidad a objetos matemáticos, como puntos, o nodos, por ejemplo. Una persona, un nodo. El problema es cuando nuestra cabeza, y lo hace, y la ideología, que también lo hace, reduce a la persona a punto o nodo, u objeto con capacidad de consumir X, entonces es cuando caemos en los reduccionismos. Es apasionante leer los “Principios matemáticos de la filosofía natural” de Newton, el mayor libro de física que haya escrito y que pocos físicos conocen y menos habrán leído, y ver cómo el ingenio de Newton, después de la formulación de las leyes de la mecánica, que son los principios fundamentales de la dinámica de la física clásica, pasa a lo que él llamaba el cálculo fluxional (integral, infinitesimal) y lo adapta de tal manera que pueda abordar los problemas planteados por sus colegas, filósofos de la naturaleza, por aquel entonces, que no eran capaces de resolver. Una vez hecho eso da el paso decisivo. El nuevo método, con el que polemizaría con el filósofo y matemático Leibniz, una de las mentes más brillantes de la historia, aunque no sea santo de mi devoción, pero es admirable e impresionante, pues decía que va a aplicar el nuevo método a la realidad, pero, claro, aquí está el tema. En realidad, no se puede aplicar el método a la realidad (que ni si quiera es la REALIDAD, es el objeto o lo fenoménico, lo que nos aparece), como ya Galileo y Kepler se habían dado cuenta, sino que lo que Newton hace es decir, consideremos un punto matemático (cuidado con esto que el lenguaje de los Principia es geométrico) y ese punto es un planeta. Con un punto sí podemos operar matemáticamente, pero ese punto no es la Luna, ni Marte. Sin ese reduccionismo es imposible el milagro de la revolución científica que ya estaba en germen en Platón y que se desarrolla, por otro lado, en Alejandría, pero desapareció por cuestiones históricas diversas. Por eso los creadores de la ciencia son platónicos y pitagóricos, y esa es parte de la filosofía que está en su paradigma, además está el mecanicismo y el materialismo de Descartes o el racionalismo dogmático. El problema es que el gran mérito se convierte, a lo largo del tiempo, siempre los científicos se saltaron a Kant (profesor de matemática, física, lógica y metafísica. Defensor a ultranza de la ciencia, en concreto, la física newtoniana. Su obra fundamental es una fundamentación de por qué la física es “verdad”, él la considera un factum, un hecho el que sea Verdad, mientras la filosofía no es ciencia, por tanto es ilusión de la razón pura, lástima que esto tampoco fuese entendido bien) y a Hume, se convierte, digo en su reverso. Es decir, lo que es un reduccionismo epistemológico se convierte en un reduccionismo ontológico y se confunde el punto matemático con Marte, la persona con el consumidor (poder adquisitivo) Ahí es cuando la razón se convierte en instrumental y deja de ser razón.

El modelo que habéis puesto es tremendamente intuitivo, se capta rápido y uno está cansado de verlo en la vida cotidiana en la dinámica de los grupos sociales, desde las pandillas de amigos, con sus matones hasta los liderazgos políticos. Por eso ayer os hablé de la revolución francesa cuando salió este tema. Lo novedoso, matemáticamente, es la demostración del teorema y nada más y nada menos. El teorema no crea la “realidad” ésta ya está ahí. Ni el sistema newtoniano hace que el sistema solar se mueva, esto ya está ahí. Bueno, pues cuando se produce un reduccionismo ontológico, se produce esta barbaridad que, presentado así, va contra lo obvio y lo vemos con claridad meridiana. Os decía que la revolución francesa fue de unos pocos, y fue burguesa, es el ejemplo de los nodos que tienen mucha influencia, muchos contactos. Pero también os dije que, históricamente, es un problema el entender el cómo aquellas ideas, tan alejadas del orden establecido pudieron calar en la población y os conté la hipótesis de una historiadora que no recuerdo que intenta responder a esta pregunta por el desarrollo del arte; concretamente, la pintura y, sobre todo, la novela romántica, como la misma “La nueva Eloisa” de Rousseau, que es lo que hace posible que el pueblo cambie de consciencia y, en germen, ya el otro comienza a ser una persona y no una cosa, un esclavo. Es decir, que esos nodos, no son simples nodos, sino personas con consciencia que tuvieron la capacidad de recibir el mensaje de la Ilustración e ir a la revolución. De ahí lo del reduccionismo. Y que conste que sigo siendo un “místico de la matemática”, en el sentido de Kepler, “…el orden del mundo es matemático, dios creó el universo a través de la matemática, Dios es la misma matemática.” Ahora bien, de momento, mientras pensemos con nuestro cerebro, producto de la evolución aquí en la tierra, la matemática que construimos es una matemática que se limita a los objetos, no a lo que está más allá de los objetos, que es inefable porque el lenguaje matemático no lo puede abordar, el nuestro, claro. Todo este discurso me sirve para insistir en el tema del reduccionismo científico que da lugar al cientificismo, que es un mito, una creencia que produce un sentimiento y una acción. Y, el resultado de la acción, lo tenemos delante de nuestras narices. El fin de nuestra era. Dicho de otro modo, el mito del Progreso, basado entre otras cosas, en el reduccionismo científico: cientificismo, se ha convertido en el apocalipsis (colapso de la civilización, no fin del mundo). Y, por cierto, todo colapso, por definición es un decrecimiento, es el paso de una estructura complejas a estructuras más simples. Ahora bien, si estamos hablando de un colapso de una civilización, estamos hablando del colapso en un orden social que dará lugar a muerte, hambruna, sufrimiento…no caigamos tampoco en reduccionismos históricos.

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Leía esta mañana a Claudio Naranjo “Sanar las mentes para arreglar el mundo” sobre el viaje del héroe y cómo todo proceso de despertar tiene este esquema y cómo este esquema tiene dos partes. Una ascensión y un descenso. Y esta tarde leía un libro titulado “Jesucristo Transpersonal” y se comentan cuarenta sentencias del Jesús evangélico. El caso es que rápidamente he relacionado una de las sentencias, aquella que habla de que no debemos preocuparnos del mañana y ser como los lirios del campo y los pajarillos y demás criaturas.

El mito del héroe es la base de la estructura de la vida y de la vida bien vivida. Porque, para algo se le llama héroe, porque no todo el mundo es capaz de vivir una vida heroica que es una vida espiritual, un reencuentro con tu verdadero ser, con tu naturaleza primordial. En los evangelios hay una parábola que es la del hijo pródigo que muestra este viaje con claridad, aunque esta parábola es una parábola de parábolas. La cuestión es que el camino espiritual que recorremos para encontrarnos a nosotros mismos, el llegar a ser el que eres o el conócete a ti mismo. Tiene un momento de ascensión, que es cuando uno decide marcharse e iniciar el camino. En ese momento, como ocurre en la meditación, o la oración, o el deporte, todo es novedoso, aventura e, incluso, al cabo de un tiempo y cierta disciplina se puede llegar a tener una experiencia culmen, un samadhi, o éxtasis, el nombre da igual. El caso es que se puede producir un despertar y, a veces un despertar de la consciencia profundo en el que se produce un desapego y muere el antiguo yo, pero siempre queda algo de ese yo que se va desprendiendo en el descenso. El caso es que una vez que uno sale de la caverna, pues no se puede quedar en la isla de los Bienaventurados, sino que ha de volver al interior, a la plaza pública, a la cotidianeidad. Y es aquí donde se inicia, según la mística cristiana, la noche oscura del alma, es aquí el momento de atravesar el desierto y de sufrir las mayores pruebas. Hasta ahora todo ha sido fácil, de alguna manera, ahora al héroe se le complican las cosas, ya nada es fácil. El yo antiguo no le sirve, no se identifica con ningún yo, ni personaje, pero tiene los ojos nublados por la luz y es engañado por cualquiera, siendo el sabio e iluminado. Las tentaciones de regreso al antiguo papel pueden acechar y uno se puede perder, y es lo que ha ocurrido en muchos casos: locura, nihilismo, resentimiento, ira…pero, si se supera entonces es cuando llegamos al reino de los cielos, es decir al reconocimiento de nuestra propia naturaleza y ya no nos preocupa el mañana y vivimos como los lirios del campo y como los pájaros que cantan sin preocupación alguna. Entonces somos y somos sensación mudable, como el río de Heráclito, no hay nada, fluir, vacuidad, impermanencia, no hay un yo que observe esto, el yo es otra sensación mudable, nadie dirige nada, nadie controla nada, todo es experiencia mudable, no hay identificación porque no hay nada con lo que identificarse, ni nada que se identifique. Silencio quietud, vacío, fluir, impermanencia, meros nombres…

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La competitividad y la individualidad son ideas y creencias de la ideología del capitalismo neoliberal. Ideología sin las que el capitalismo no funcionaria, pero son falsas. La ciencia las desmiente. La evolución, que es de la teoría de la que surge nunca dijo nada de eso, ni la biología en general. Al contrario, la evolución es cooperación, el surgimiento de la vida es cooperación. La realidad es coordinación, todo está relacionado con todo. No estamos solos, ni somos los dueños de nada, ni controlamos nada, todo es universo, no nos podemos salir del universo, todas nuestras grandes creaciones son naturaleza porque surgen de nuestra naturaleza, la creencia de nuestra separación surge del mito de la caída. Pero, si tomamos consciencia debemos de recorrer el camino de vuelta a casa y reconocernos en la colaboración con los otros seres, humanos y no humanos. Esto significa un darse cuenta, un tomar consciencia. La ciencia nos ayuda a ello, la filosofía perenne, también, las tradiciones espirituales, igual. Abandonemos las falsas creencias, los pensamientos erróneos que van a acabar con la humanidad, una manifestación más del cosmos, y asumamos la idea que nos sitúa en la red de Indra de todo el universo, somos múltiples universos interrelacionados dentro de otro universo.

 

Cambiar la consciencia para cambiar el mundo.

Quisiera escribir esta breve nota en homenaje a Claudio Naranjo, el Psiquiatra ecléctico, filósofo, erudito, sabio y hombre autorealizado. Su obra es inmensa, pero en sus últimos años recaló, no sólo en sus investigaciones sobre la psique humana, sino sobre la relación de ésta con el mal en el mundo y cómo éste se podría cambiar. Amplía su ámbito de acción a lo social, lo ético, lo político y lo educativo. Y desarrolla todo un programa para terapeutas y educadores, fundamentalmente, aunque para todo el público en general sobre cómo llevar a cabo ese cambio de consciencia.

              Hay una primera cosa importante que señalar y es que el origen del mal en el mundo lo ve Claudio Naranjo en el Patriarcado, pero no ya sólo como estructura social, sino lo que es más difícil de erradicar, como estructura mental. De ahí que sea necesario un cambio de consciencia y ese cambio tiene que venir de la mano de la educación, pero no de la educación tal y como la concebimos hoy en día, sino de una educación integral. Aquí la palabra integral no es un mero nombre de moda, sino que tiene su origen y explicación en la propia estructura del cerebro. Todo esto que vengo comentando no son más que apuntes de una obra inmensa de Claudio, que además está perfectamente sistematizada y sometida a prueba empírica, desde Jung y Ken Wilber no ha habido otro pensador igual de omniabarcativo y sintetizador. La cuestión es que el patriarcado aparece en el neolítico es una forma de violación y agresión sobre la mujer y sobre el niño. El hombre se hace con el poder con la fuerza para mantener las estructuras sociopolíticas que el neolítico va produciendo debido al sedentarismo y el crecimiento de la población. No sólo es una cultura de violencia, sino que lo es también de abuso y esclavitud. Es la máxima desigualdad a la que la humanidad ha llegado. Y todavía persiste, tanto socialmente, incluido los países “civilizados-democrático”, como en el resto del mundo y, sobre todo en nuestra psique. Sigue funcionando la idea o la creencia patriarcal, a partir de la cual estructuramos nuestro conocimiento del mundo y permitimos y justificamos el mal y la violencia, el poder de los fuertes sobre los débiles, la competencia económica, la esquilamación del planeta y de otras especies, la creencia de que el hombre es dueño y señor de todo lo existente, el antropocentrismo…todo esto, y más, son ideas que están en nuestra psique y que actúan por acción o por omisión en el orden de violencia arbitrario y gratuito establecido que es el orden neoliberal y el poder del más fuerte militarmente y del rico sobre el pobre. Este origen del mal del mundo en la mente patriarcal viene abalado por las religiones monoteístas y las políticas patriarcales con las que se aliaron en el neolítico de los grandes estados y del surgimientos de las grandes religiones patriarcales. Este paso al neolítico fue francamente un gran retroceso en la psique humana y, por ende, en la sociedad.

              Pero, claro, siempre se ha pretendido cambiar el mundo cambiando las instituciones. Y no es que esto esté de más, sino que no es ni el modo, ni lo único. No podemos cambiar lo de fuera si lo de dentro está podrido, nos quedaremos con sepulcros blanqueados. Es necesario un cambio de consciencia, pensar de otra manera, sentir de otra manera, más bien sentir, porque hemos dejado de sentir para actuar como autómatas, actuar de otra manera para que la sociedad y el mundo cambien. Lógicamente, esto conlleva que a la par se funden nuevas instituciones basadas en la nueva consciencia integradora y no patriarcal. ¿De dónde ha de venir el cambio? Pues de la educación. La educación es el vehículo de transmisión de los valores del poder, en este caso de los valores patriarcales. Así que lo primero que habría que hacer no es un cambio en la educación, que es lo que se viene haciendo, sino cambiar de educación. Y esto consiste en una educación integradora. La educación que tenemos se basa en el desarrollo de una parte de nuestro cerebro que es el neocortes, la parte más nueva evolutivamente y encargada del pensamiento racional, crítico y lógico-matemático. Y este desarrollo se vio potenciado por el surgimiento de las ciencias modernas y afecta a otra parte del cerebro dando prioridad a emociones como la competitividad, el éxito, el dominio, el poder, la lucha,…emociones que tenemos en nuestro mesoncéfalo, cerebro intermedio mamífero, sede de los sentimientos y emociones: positivas y negativas, los afectos que los llamaba Spinoza o las pasiones. La educación impulsó con el desarrollo de las ciencias que se hizo posible con esta parte del cerebro, pues la conquista y el dominio de la naturaleza a lo que se le llamó Progreso, un mito, porque estaba basado en un cuento que no tenía nada que ver con la realidad y, un mito, en el sentido más profundo, porque nos cuenta una historia de la realidad que es una distopía y que debemos superar, como es el mito de Prometeo o, modernamente, faústico. La educación debe ser integral y eso significa que debe integrar las tres partes de nuestro cerebro y no hiperdesarrollar una y, por otro lado, debe armonizar los dos hemisferios para que podamos tener una visión global del universo y del hombre en el universo. La visión que nos ofrece el neocortes, muy útil e imprescindible para la tecnociencia, es fraccionada y escindida del todo. La integración de los tres cerebros, más los dos hemisferios nos situaría en un estado de consciencia global e integral, en la que los opuestos coexisten armónicamente y se complementan, como lo masculino y lo femenino, la acción y la contemplación…, sin desmerecimiento, ni de las ciencias, ni las artes, ni la filosofía, ni las relaciones humanas de cooperación, altruistas y compasivas y la dimensión espiritual: la apertura a lo nouménico, a lo inefable. Esta visión integral nos devolvería a la humildad perdida por el camino del patriarcado violento, conquistador y depredador.

 

“El que sufre antes de lo necesario sufre más de lo necesario.” Séneca.

 

              A los estoicos y las filosofías en las que ha influido se las considera pesimistas. Es decir, que tienen una consideración del hombre, la vida y el mundo negativas. Para nada esto es cierto. En primer lugar, es un juicio cargado de valor, una representación del mundo, una creencia. En cambio, el estoicismo, como el budismo, que viene a defender lo mismo de otra manera lo que nos ofrece es una constatación de hechos sin valorar y, además, una forma de salir de ese sufrimiento constatado. La vida es lo que hay y aceptar lo que hay es la ecuanimidad. Cuando no se es ecuánime no se acepta lo que hay, sino que nuestras creencias dan lugar a juicios optimistas o pesimistas-nihilistas. Nada de esto se da en el estoicismo y en el budismo.

La vida es sufrimiento. Es la primera noble verdad del budismo. Ahora bien, es necesario constatar esto para aliviar e, incluso, salir, personal y colectivamente del sufrimiento. Si negamos la enfermedad, la muerte, la guerra, el genocidio, no le damos la dimensión que tienen para poder paliarlos y erradicarlos en la medida de lo posible. Pero, para ello, es necesario aceptar lo que Es, lo que viene dado.

Somos seres que nacen, crecen y mueren y, mientras, desean, tienen alegrías, pérdidas, sufrimiento, enfermedad y muerte. Todos vamos a enfermar y a morir, todos albergamos sentimientos positivos hacia nosotros y hacia los demás, pero también negativos: ira, odio, envidia,… y, precisamente, esos sentimientos, que muchas veces proceden de creencias, ideologías falsas son los que nos producen sufrimiento y los que hacen sufrir. Una cosa muy importante es que todo lo que a nosotros nos hace sufrir también está haciendo sufrir al otro. Si odiamos, sufrimos, pero además hacemos sufrir, incluso llegamos a matar por el odio u el resentimiento. Por eso es tan necesario, como sostienen los estoicos, epicúreos, Spinoza, el Budismo, sanar nuestra consciencia para sanar nuestras relaciones.

Porque, de la misma manera que, cuando sufrimos hacemos sufrir, cuando estamos alegres, la alegría fundamental de Ser, Existir, simplemente, no la de la satisfacción de un deseo particular, pues transmitimos alegría y nos encontramos en armonía con el resto de lo que nos rodea e, incluso, si la alegría es profunda, con el cosmos. Pero, para ello hemos de sanar nuestra consciencia. Y cómo lo hacemos. Pues la sabiduría perenne, tanto occidental, como oriental, que vienen a decir lo mismo desde contextos diferentes, nos ofrecen respuestas. No son recetas, sino caminos que el alma debe recorrer. Y son muy oportunos en estos momentos que corren, porque, por lo menos, desde los orígenes de la modernidad, nos hemos ido alejando de ellos. Y, simplemente, lo que hace falta es volver a ellos. Recuperar nuestra sabiduría ancestral y que somos naturaleza y, en tanto que naturaleza, cuerpos, no máquinas pensantes; sino cuerpos sintientes y que se piensan a sí mismos desde su totalidad. Se conocen a sí mismo desde el propio cuerpo y no sólo, aunque también, desde el pensamiento lógico formal.

En primer lugar, está la aceptación que es asumir la realidad de los hechos sin darle ninguna valoración. Es un hecho que enfermamos y que no nos gusta, que sufrimos pérdidas y nos produce sufrimiento…y así. Pero, claro, igual que no hay que negar, tampoco hay que regocijarse en ello, porque entonces caemos en otro juicio que nos lleva a la tristeza, el desánimo el pesimismo, el nihilismo y la inacción, muerte. No, la aceptación es una actitud activa, pero de no resistencia. Acepto mi muerte, no me resisto a ello. Si me resisto tengo un doble sufrimiento, la resistencia, la lucha y la propia muerte, como bien nos señala Séneca. No es posible evitar la muerte, tras determinados pasos psicológicos hemos de aceptarla, lo ideal sería aceptarla cuando uno está sano y olvidarse ya de ella. Por eso decía Platón aquello de que filosofar es prepararse para la muerte y Spinoza, en nada piensa menos el sabio que en la muerte. Para el sabio Spinoza la muerte, en todo caso, es una bendición, es fundirse con lo universal, dejar de ser un modo particular de lo universal. La aceptación, pues es activa porque no se resigna, eso sería caer en el pesimismo, sino que actúa en la medida de que cambia nuestra consciencia para abrazar, desde la alegría, lo inevitable y, mientras, mantener una actitud de alegría. Y, cuando uno está alegre hace cosas. Y nuestra naturaleza es la acción.

En segundo lugar, es importante no juzgar porque cada vez que juzgamos nos proyectamos en el futuro o en el pasado y recreamos una realidad que depende de nuestros deseos y miedos. De lo que se trata es de vivir en el cuerpo, sentir el cuerpo y el cuerpo es presencia, es aquí y ahora, es eternidad. En cambio, el pensamiento, las preocupaciones, no me refiero al pensar para resolver un teorema, o hacer la lista de la compra o algo similar, sino a ese ruido de fondo que siempre tenemos y que nos mueve del pasado al futuro y a la inversa. Si nos damos cuenta, ni pasado, ni futuro tienen entidad salvo en la consciencia. Son la representación de la realidad en nuestra consciencia. Y esas representaciones nos hacen sufrir y producen inmenso sufrimiento. La cuestión es pensar desde el cuerpo, es decir, vivir, sentir, no reducir el vivir al dirigente (cogito ergo sum) de la máquina del cuerpo, no, el cuerpo no es una máquina, es sintiente, lo que ha ocurrido es que lo hemos reducido desde el pensamiento lógico formal, lo hemos anulado, por eso hemos perdido consciencia. Si pensamos y sentimos desde el cuerpo experimentamos el cuerpo como presencia, sus placeres, el de estar vivo es esencial, sus dolencias, pero no proyectamos y podemos observar, como testigos, nuestros estados mentales negativos que nos afectan a nosotros y a los demás. Por eso la cita de Séneca, si anticipamos el sufrimiento lo doblamos, además de que puede herir a otro. El sufrimiento es inevitable, pero si lo aceptamos deja de ser sufrimiento y es dolor, no hay milagros, el dolor existe, pero no es lo mismo que el sufrimiento que arruina mi vida y la de los que me rodean.

Y, por último, además de la aceptación y del no juicio, es muy importante el cultivo de las virtudes; empezando por la alegría, la gratitud, el amor, el asombro, la curiosidad, el deleite ante la belleza, la magnanimidad, la generosidad,….todo ello produce bienestar en nuestro espíritu que se transmite hacia los demás. Pienso que este análisis vendría muy bien para lo que tenemos encima, que ya lo teníamos, pero no habíamos caído en la cuenta. Vivíamos una distopía creyendo que era una utopía. Pero la verdad acaba apareciendo y el colapso civilizatorio es una realidad, el fin de la civilización tal y como la conocemos es algo real, ahora bien, si lo aceptamos, entonces no tiene que ser una tragedia.

                                                       ---O---

“Sal de ti mismo a esconderte de tu tirano interior.” Paco Grande. Hendiduras. Aforismos de la individuación.

 

 

 

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Atisbos de luz. Conferencia con las estrellas

Atisbos de luz y del Ser. Conferencia con las estrellas.

La escritura mata al pensamiento auténtico. Éste es una unión, una identificación con el Ser. Una identificación desde la diferencia. El pensamiento intelectual tiene su misión, desde la propia vida cotidiana hasta la ciencia más profunda, pero no es el Conocimiento.

Nuestro Ser es fluir con la totalidad de lo que hay, esto es ser Sabio. Conocer intelectualmente es un gran valor, pero no es la sabiduría. Cada uno puede decidir a qué se quiere dedicar. También uno puede caminar hacia la sabiduría y tener como oficio el intentar entender cómo funciona todo esto; es decir, recorrer el camino de la sabiduría y el del conocimiento intelectual.

No obstante, el fin propio del conocimiento es la acción; esto es, el Ser. ¿Cómo vivir?

En la medida en la que nos consideremos diferenciados, separados de Lo que Hay, sufrimos, en cuanto nos reconocemos como Lo que Hay, nuestra consciencia se hace Consciencia.

Todo lo que es, Es, pero lo que Es, no es una cosa, sino un Proceso. Pero un Proceso sin tiempo. El tiempo es psicológico, no existe un tiempo físico, ni cosmológico ni, por tanto, metafísico. Lo que Es, es desde la eternidad. Y la eternidad no es duración. Sintonizar con este Conocimiento es permanecer en el Ser, permanecer inalterable.

La sabiduría se vive, no se puede escribir. El docto puede hacer teorías sobre los caminos hacia la sabiduría, pero, en la medida en la que la sabiduría se alcanza sólo queda mostrarla o el silencio, no hay demostración y, mucho menos, una receta para llegar a ella.

La libertad no consiste en la resistencia, sino en actuar conforme al propio Ser. El problema es la ignorancia del Ser. Cuando luchamos, no estamos en el Ser, sino en las apariencias. Soñamos, curiosamente, que estamos despiertos.

La libertad es aceptación. Cuando aceptamos lo que hay, entonces pueden empezar a cambiar las cosas.

Pero no se trata de discutir esto como una teoría. Esto es una práctica. La espiritualidad es experienciable, no es una teoría.

Si vivimos esta libertad, pues la entenderemos, pero no con los ojos del entendimiento, sino con los del corazón. El resto de libertades, como por ejemplo la libertad política, vienen por añadidura. No son lo primero. Si uno acepta, llega a ser libre. Entonces accede a la compasión. Sus actos se basarán en este sentimiento.

Además, el que vive desde la aceptación no vive separado del Ser. Tiene Consciencia y no vive en la dualidad. Siente el dolor del otro como suyo; porque, en realidad, somos Uno. En un mundo organizado desde esta Consciencia no existe el conflicto, aunque existan los opuestos, pero los opuestos son la esencia del Ser. La armonía de los contrarios, pero no la lucha. Lucha es escisión, armonía es Amor incondicional.

Vivir es dejarse llevar, estar en sintonía con el Ser, si luchas, pierdes.

El mal es una realidad ineludible. Ahora bien, ni el mal ni el bien existen de forma independiente, ni absolutas, son una comunidad, están en armonía. Ahora bien, no siempre.

El mal está en nuestra falta de conciencia, en nuestra ignorancia. El mal es, entonces, sufrimiento, para uno mismo y para los otros. Pero los humanos no aprendemos por placer, sino a base de equivocarnos, de la ignorancia, del sufrimiento. Las emociones y los sentimientos son nuestras maestras.

La armonía de los opuestos es el Ser: bien y mal conforman el Ser. Esto quiere decir que, si queremos contemplar el Ser, tener conciencia plena, inevitablemente, hemos de sufrir. Ahora bien, que la vida sea sufrimiento no quiere decir que haya que anclarse en él, sino que es el modo de aprendizaje, aunque nos lleve, que es lo normal, la vida entera. La experiencia del mal nos lleva a la realización del bien. El que no tiene conciencia de que hace el mal y de que vive en el mal, no sale del mal y produce un gran dolor y se lo produce a sí mismo.

El problema del mal hace estallar al entendimiento. Sólo podemos acceder a la comprensión del mal desde una conciencia plena, pero esto sólo ocurre en raras ocasiones. Por ello, lo esencial es permanecer en la conciencia de desapego, en el olvido de nuestra historia personal para no caer en el lado egoico y pensar cósmicamente. Es decir, soñar desde lo universal. Soñar la realización de un mundo mejor y hacerlo en nuestro entorno y en nosotros mismos.

El desapego o desasimiento es la clave para superar nuestro dolor, pero ello no evita el sufrimiento del mundo. Pero en la medida en la que cada cual se hace conciencia más universal y desapegada el mal universal retrocede, encuentra su equilibrio.

La eliminación del mal universal comienza por la toma de consciencia de uno mismo. En todo caso, el mal universal no se elimina, sino que encuentra su equilibrio. En última instancia lo que sucede es un acto de comprensión y, tras él, una acción. Pero el mal siempre estará ahí, si no, no habría bien.

El fondo de todo es la no dualidad, que es el no dos, no la Unidad indiferenciada. El cosmos se hace consciente de sí mismo a través de nuestras emociones que nos muestran la separación. El cosmos, o Todo lo que Hay es un acto de creación permanente. Y en ese acto de creación se produce la diferencia y escisión, que en el hombre y en cada ser se expresa por el dolor y el sufrimiento, que no cesa hasta que no recuerda su origen, la Unidad (no dos). La Unidad indiferenciada es una abstracción imposible. Si el universo se está autocreando continuamente está produciendo su diferenciación y la aparición de la diversidad. Que es lo que le permite su autoconocimiento. Somos el Ser en su proceso de autoconocimiento.

Ahora bien, dentro de la diversidad está lo esencial de la Unidad. Por eso la Unidad habita en cada ser, pero también la diferencia. Es el equilibrio entre la unidad del Ser y su diferencia lo que buscamos. La diferenciación nos ha llevado al olvido del Ser, al intento de dominación de todo lo que hay. Es el espíritu prometeico y por eso destruye la tierra, los animales y al hombre. Si no recordamos quienes somos y alcanzamos la armonía de los opuestos nos autodestruiremos, pero podemos hacerlo, podemos evitarlo.

La forma es el desapego, el desasimiento. Olvidar que somos una historia personal. No identificarnos con la historia personal, somos más que esa historia, somos Yo Soy, consciencia plena. Si nos desidentificamos de todas nuestras historias, nuestra consciencia se ampliará.

Generalmente, todas nuestras historias se basan en tres arquetipos: víctimas, verdugos, salvadores. Pues, cuando nos identificamos con una de estas tres cosas o, normalmente, con las tres, nos separamos de la Fuente, de nuestra esencia, del Yo Soy. No es que no existan esas historias personales, sino que no podemos identificarnos con ellas. Ése es el juego. Y ése es el camino del guerrero espiritual o la senda del Chamán, da igual cómo lo llamemos.

De ahí lo del desapego o desasirse de todo. Es el desprendimiento de todo lo que creemos que nos pertenece lo que nos libera. Pero lo más difícil no son las cosas materiales, incluso los seres queridos, sino, que lo más difícil es el yo que hemos ido construyendo en nuestra vida. Ese yo es la historia personal que hemos ido construyendo. La misión del guerrero es atreverse a deconstruir todo aquello que significaba su vida: desasirse, desprenderse. Y eso es la liberación.

Porque de lo que nos liberamos es del yo, de ese pequeño yo. Entonces surge el Yo Soy, la consciencia plena y desidentificada. Ya no tiene sentido lo anterior. Y, por eso, aparece el miedo a la nada. Porque es la muerte de nuestra historia personal, de nuestro pequeño yo. Pero es ese yo egoico el que nos hace sufrir, si desaparece, desaparece el sufrimiento y la intención de producir sufrimiento porque ya no hay egoísmo, ni miedo, por tanto, todos los vicios, todos nuestros demonios, desaparecen.

Y nos instalamos en la consciencia plena y miramos desde la eternidad, lo que llaman el aquí y el ahora. Estamos fuera del tiempo, aunque nuestra existencia psicológica transcurra en él. Pero no nos identificamos con él.

El tiempo y el yo van unidos. Sin yo, no hay tiempo. Y sin tiempo no hay miedo, ni soledad. El miedo es el origen de todos los vicios. Y ese miedo es miedo, fundamentalmente, a la soledad. Un vicio es un apego: emocional, a substancias, a personas, a cosas…todo aquello que creemos que nos va a devolver nuestro ser, cuando, en realidad, nos está alejando de él.

Por eso, son los apegos, los vicios, los que nos hacen sufrir, pero, si los escuchamos, son los que nos permitirán desasirnos del yo y ampliar nuestra consciencia desidentificándonos de nuestra historia personal.

Y esto entra dentro del mito del héroe. No se trata de ser feliz y, mucho menos, en el sentido en el que se le da hoy en día. Si hablásemos de la felicidad en el mundo griego, que tenía que ver con la virtud, pues, bueno, entonces, sí.

No se trata de la felicidad, una quimera que se persigue por doquier, un artículo de consumo más. Sino de una vida heroica en el sentido de vivir al límite, de enfrentarse con la muerte y traspasar sus fronteras.

Una vida heroica es aquella en la que uno lucha consigo mismo para vencer sus demonios. No es un plato de buen gusto para nadie. Y, de hecho, nadie lo quiere. Todos prefieren la normalidad, lo establecido, lo heroico lo dejamos para las películas y así satisfacemos nuestra conciencia herida.

Pero es la vida heroica la del camino de la iluminación o el despertar. Sin autoconocimiento, sin autoindagación, no hay heroísmo. Si no nos damos cuenta de quienes somos y quienes no somos, no saldremos de nuestro autoengaño. Y ese engaño no es más que la justificación de nuestro ego y, socialmente, la justificación del orden establecido.

El conócete a ti mismo, la autoindagación, son pilares de tradiciones sapienciales muy antiguos y que, de ninguna manera, han sido superados. Pero nadie dice que el conocimiento de uno mismo sea un camino de rosas. Al revés, el conocimiento de uno mismo es el enfrentamiento con nuestra máscara, con nuestro engaño o con nuestra sombra.

Conocerse a sí mismo es poner al descubierto nuestras emociones y nuestras creencias. Ambas nos limitan a lo que creemos ser. Pero eso que creemos ser, donde nos sentimos a gusto, no es más que un teatro de máscaras. El autoconocimiento es desenmascararnos. Es darnos cuenta de saber que no somos lo que creemos ser.

El autoconocimiento es un proceso aniquilador. Un proceso doloroso que nos lleva a la nada. Es decir, no somos nada de lo que creemos ser, ninguna de nuestras ideas se sostiene porque todas quieren sostenernos. Lo único que somos es una negación de todo lo que creemos ser, de todas las máscaras y personajes que representamos.

Pero, para llegar a este punto es necesario el desengaño de lo que se cree ser. Y, por eso, el autoconocimiento es una tarea heroica. No está hecha para débiles ni pusilánimes, y, menos, cobardes, es necesario: valor; es decir, virtud, fuerza.

Y es heroica porque es un desgarro, un enfrentamiento con nuestra sombra. Aquella que siempre nos persigue. Tenemos que adentrarnos en esa sombra y ver en las tinieblas lo que somos, de dónde venimos, qué ocultamos a nosotros mismos y a los demás. Entonces, cuando hayamos disuelto la sombra, aparecerá la luz. Pero la luz es la nada de nuestro ser. Lo que somos auténticamente es vacuidad.

Pero la vacuidad es la ausencia de ser, de cosas, no de procesos ni relaciones. Lo que somos realmente en esencia es el Ser o, mejor, la Conciencia. Claro, pero para darse cuenta de ello es necesario el camino del desapego o desasimiento, cuando no tenemos nada, no somos nada, entonces somos libres, nos hemos liberado de los confines de las máscaras del ego y hemos trascendido a lo transpersonal, al Ser, o como le quieran ustedes llamar.

Por eso, la liberación, requiere de un acto de heroísmo. Pero también requiere del soñar. Soñar con que se puede. La esperanza, aquello que quedó en la caja de Pandora. Y esto último sí es el aspecto positivo del pensamiento. El pensamiento positivo como fuerza creadora del soñar. Soñando nos donamos de sentido a nosotros y al mundo. Nos autocreamos. Y aquí es donde sí que juega un papel importante el pensamiento positivo.

El pensamiento positivo tiene que ver con la capacidad de ensoñar. Y ensoñar es recrear. Sin la capacidad de soñar no podemos crear otro mundo ni cambiarnos.

El mundo es una representación. En la medida que esto es así, nosotros tenemos la capacidad de cambiar esa representación.

Nuestras emociones dibujan la representación del mundo que tenemos, lo mismo que nuestras ideas y creencias. Es decir, que el mundo es fruto de nuestra representación subjetiva, independientemente de que existan patrones neuronales que hagan que todo el mundo perciba el mundo, más o menos, de la misma manera. Aunque esto sea así, pasan dos cosas. La primera es que esta representación no agota la totalidad de la realidad y la segunda es que la representación es fruto de nuestras creencias, opiniones, estado emocional…y cosas similares.

Y aquí es donde entra la capacidad de ensoñar y el pensamiento positivo (éste no tiene nada que ver con el positivismo psicológico que no ve sombras en el mundo, que ve todo de color de rosas) La capacidad de ensoñar es la recreación del mundo y de nuestra vida a partir de un cambio en nuestras creencias, opiniones, emociones…

Como bien decía Spinoza, los afectos o pasiones proceden de un estado de conocimiento adecuado o no adecuado. Un conocimiento erróneo nos lleva al estado de miedo, odio y tristeza. Mientras que un conocimiento adecuado, correcto, nos lleva a la alegría, el agradecimiento y el amor.

Ensoñar es la capacidad que tenemos de recrearnos a nosotros y al mundo. Pero, claro, ensoñar es esa capacidad ejercida desde el lado positivo de nuestro Ser. Desde la alegría y el amor.

Ensoñar es un acto de la voluntad a partir del cual recreamos una imagen, una representación del mundo y de nosotros, como desearíamos que fuese. Pero, eso sí, siempre desde el pensamiento correcto y adecuado que genera una actitud positiva que es la alegría de vivir. Y, una vez que tenemos una representación del mundo y de nosotros, basada en la intención, la voluntad, pues viene la acción.

Por eso es muy importante el pensamiento adecuado, correcto y positivo. Porque el pensamiento genera la representación, esa representación está guiada por los afectos o emociones. Ahora bien, las emociones adecuadas son las positivas: la alegría, porque son las que potencian nuestro ser. A partir de esta emoción deben surgir las representaciones, porque las representaciones crean un sentimiento y el sentimiento una acción.

Si queremos cambiarnos y cambiar el mundo lo tenemos que hacer desde el pensamiento positivo, desde lo que Spinoza decía, la alegría y el amor. Estas emociones básicas condicionan nuestra acción. Y, en último término, es la acción la que transforma el mundo.

La realización espiritual no puede ir separada del cambio social.

Es necesario aunar la sabiduría, la unión mística y su búsqueda, con la búsqueda de la justicia.

El hombre es un animal social y, como tal, se realiza en sociedad; bregando consigo mismo y con los demás. Tiene que vérselas con su sombra y con la sombra de la humanidad.

El conocimiento de nuestra sombra, de nuestra separación y el camino de nuestro autoconocimiento que nos lleva hacia la luz iluminando la sombra, una vez reconocida y asumida es un proceso absolutamente necesario para transformar el mundo.

La transformación del mundo no puede venir sólo de una transformación exterior, de un cambio, meramente, de instituciones, sino de un cambio del sujeto. Y este cambio implica contemplar y desarrollar la dimensión espiritual que somos.

Y esa dimensión espiritual que todos somos consiste en el reconocimiento-vivencia de que somos Uno. Es necesario recordar-revivir nuestra unidad primigenia. El problema desde el comienzo del neolítico es que nos hemos ido separando de la tierra y el cielo y, a media que hemos perdido esa conexión, nos hemos desconectado de nuestro propio ser. Hemos creado mundos artificiales que no son más que delirios: religiones, ideologías, en el fondo todos cuentos para acceder a lo que hemos ido perdiendo y cuentos que el poder ha utilizado para dominar. Porque el poder ha eliminado, en la medida que ha podido, la espiritualidad, porque la dimensión espiritual del hombre es una dimensión revolucionaria. Implica y conlleva un cambio radical de la sociedad, un vuelco. Se trata, ni más ni menos, que de trascender el antropocentrismo.

En la actualidad hemos llegado a las cotas más altas de delirio colectivo e individual. La escisión es máxima, el hombre está perdido. Es necesario una vuelta a la naturaleza, como ya reclamara Rousseau. Esto no es un primitivismo, sino que se trata de una recuperación de la naturaleza en el sentido del cambio de nuestras falsas ideas sobre el ser humano y la tierra.

No somos los dueños de nada. Somos Vida, pero lo somos como todo lo que hay. Y en la Vida no hay grados, Todo lo que Hay es Vida y nosotros formamos parte de esa Vida. Ni estamos separados, ni mucho menos, somos dueños y señores de nada. Es decir, que el cambio pasa por cambiar nuestras falsas creencias, nuestro sueño prometeico y eliminar la hybris, el monstruo, que llevamos dentro. Ese monstruo no es más que una falsa percepción.

Y todo cambiaría cambiando esa percepción. El mundo en el que vivimos es el mundo que interpretamos. Pero lo hemos interpretado mal. Y ese es el mal del mundo y del hombre. El mal del poder y de la dominación. El hombre, en su separación lo que ansía es poder, es dominar. Y el poder y la dominación se ejercen por la violencia. Es un dominio del hombre sobre el hombre y del hombre sobre la naturaleza.

La sumisión, no es tampoco una victimización. La sumisión es permitir el dominio. De ahí que la sumisión sea cómplice del poder del hombre sobre el hombre, de la tiranía, de los totalitarismos y de la explotación de la Madre Tierra. Aquí reside todo el mal.

Por eso no es necesario más que un cambio de percepción. Si miramos de otra manera, veremos otro mundo. Pero es que, además, tenemos la posibilidad de mirar de otra manera que es la manera primitiva o, mejor, primigenia. Tenemos la posibilidad de mirar con el ojo del espíritu, no sólo con el de nuestro ego, ni las manipulaciones ni mitos de la mente.

Y esa forma espiritual de mirar nos muestra un mundo en el que habitamos, en el que estamos en relación, interser, no hay nada separado, un mundo en el que participamos y al participar, creamos y soñamos.

Por eso, el cambio en el mundo es el cambio en el sujeto, en su forma de mirar. Para ello ha de luchar con sus demonios internos, con su sombra, que está llena de creencias y falsas ideas y de apegos, que condicionan su visión del mundo y su hacer en el mundo. Si cambiamos ese interior por la Luz de la Unidad, entonces ya hemos empezado a cambiar el mundo. Y a medida que caminamos hacia la sabiduría lo hacemos hacia la justicia.

Y, todo ello, tiene que partir del silencio interior, de escucharnos a nosotros mismos: nuestras emociones, nuestros sentimientos, las ideas que tenemos (de dónde vienen y cómo me condicionan.) Tenemos que ponernos en comunión, por otro lado, e imprescindible, con la naturaleza. Somos naturaleza, estamos conectados a ella, pero lo hemos olvidado y hemos creado un sueño de grandeza y dominación que es el sueño prometeíco y bíblico de creced, multiplicaos y dominad la tierra.

No se trata de reformas políticas superficiales, ni de sostenibilidad. Todo esto está dentro del marco de la conciencia escindida y dominadora. Se trata de una comunión real y profunda con la naturaleza. De un volver a sentir la vida que es la naturaleza en nosotros mismos y ser capaz de recuperar nuestra identificación con ella. Se trata de sentir el viento, el olor de la flor, el olor del amanecer, la inmensidad del firmamento plagado de estrellas, la fuerza del mar, la altivez de un árbol, la ligereza de una gacela, la panciecia colaboradora de los insectos, la precisión del águila… Se trata de una inmersión en la naturaleza, en tanto que vida, y sentirnos acogidos en su profundidad.

El cambio de nuestra sociedad, lo que llamamos justicia social, depende de nuestro cambio interior y, nuestro cambio interior depende de nuestro autoconocimiento y de nuestro reconocimiento en la naturaleza en tanto que pertenecemos a la naturaleza, somos naturaleza, somos vida, ni más ni menos que otra vida.

Y eso no es ninguna cuestión intelectual, ni de argumentación. Es un proceso del sentir, si no lo sentimos, de más están los discursos bienintencionados de miles de libros. Hemos de reconocer-sentir que todo lo que nos rodea es Vida y que estamos sumergidos en esa corriente de la vida. El olvidarlo es el separarse y esa escisión es el mal, el sufrimiento particular, de la humanidad y de millones y millones de seres.

Por eso, la percepción dominadora, además de ser un genocidio, es un ecocidio. Aunque, en realidad, el genocidio es una parte del ecocidio, porque nosotros somos parte de la ecosfera. Es necesario el sentir, no el pensar, no se trata, en primer lugar, de tomar medidas, eso vendrá después, cuando se haya producido el cambio de conciencia. Se tata del cambio interior; de disolverse como ego particular y en guerra con todo y fundirse en la Tierra y de la Tierra al Cosmos.

El antropocentrismo, que ha creado la dominación, el poder, el ecocidio, el colapso civilizatorio en el que nos encontramos, es una percepción que conlleva el mal, es ignorancia y olvido de nuestro Ser. Recobrar nuestra identidad es recobrar una percepción correcta: ecocéntrica e, incluso, cosmocéntrica. Pero toda nuestra sombra, y la sombra del inconsciente colectivo de la humanidad está anclada en el antropocentrismo que nos ha llevado casi al final, a nosotros y a la tierra (no sólo es un clamor el dolor del hombre, lo es aún mayor, el dolor de la tierra, pero nuestra visión antropocéntrica nos impide verlo.) Por eso hemos de desarmar el antropocentrismo, pero no sólo con argumentos, sino con la facultad superior del Espíritu; es decir, desde el amor que nos lleva a la Unidad.

Son muchos los fantasmas y demonios, interiores y exteriores con los que nos vamos a encontrar si nos atrevemos a iniciar este proceso, pero es imprescindible soñar desde la mirada amplia del místico, el mago, el chamán. Y percibir que hay otros mundos, que no todo se reduce a la materia y a nuestra dominación sobre ella. Que todo está en relación, que todo es un flujo de energía y que nada ocurre porque sí.

No merece la pena perder el tiempo en las viejas formas políticas. Mientras no se consiga un salto en nuestra conciencia egoica a una conciencia transpersonal y en unión con la naturaleza, no habrá cambio social, ni justicia. Seguirá la guerra, el hambre, la destrucción de la vida en la tierra, la esquilmación de todo lo que la tierra nos da pero nosotros nos tomamos la licencia de robárselo, sin agradecer, todo lo contrario, hiriendo, destruyendo, sin sensibilidad.

Y la clave del cambio de nuestra conciencia es el agradecimiento y el amor. Esos son los motores que nos animarán, desde un pensamiento positivo, desde la capacidad de ensoñar, a luchar en la senda del guerrero contra los demonios de dentro y de fuera.

No existen las cosas, o las sustancias. Todo es un proceso, un eterno fluir de lo mismo. El río de la Vida.

Las cosas, separadas, son una forma de nuestra percepción, pero no son la realidad. La equivocación comienza cuando creemos que las cosas que vemos son la realidad toda.

Esas cosas que percibimos, además de concebirlas como separadas, como sustancias, las pensamos como materiales e identificamos lo físico, con lo material y lo material con todo lo real.

Esta forma de percepción no es más que el sueño del interior de la caverna. Evidentemente, una estructura adaptativa del cerebro, pero, que sea una estructura adaptativa del cerebro, no implica que sea la realidad toda. Cada especie percibe de una manera. Y, el hombre, como ser cultural, percibe de múltiples formas. Recrea la realidad.

La realidad es una realidad participada. Fruto de lo de fuera y de nuestra construcción, pero, con cuidado, no estamos separados de lo de fuera. No hay ni fuera, ni dentro. Todo es lo mismo.

Que todo sea lo mismo significa que todo está en relación, lo que podemos llamar el interser. No hay ser sino interser o relación. No existe lo aislado, todo está en relación con todo lo demás. Si cogemos un objeto y lo analizamos, por ejemplo el teclado sobre el que escribo, inmediatamente me pone en relación con el vendedor, a su vez con el fabricante, después con el fabricante de materiales, con el diseñador, con el que extrae las materias primas. Y, si sigo ahondando, llego, ni más ni menos, que al origen del universo.

Cada objeto del universo me pone en comunión con el todo, con el fondo creador de todo lo que hay, con el Ser. Y, lo mismo sucede con mis emociones y sentimientos. Por eso, lo importante, respecto a éstas, es el desapego, es la autoobservación, la autoindagación, el desidentificarse, de lo contrario, cosificamos las emociones y nos convertimos en: ira, cólera, envidia, egoísmo,…

Sin embargo, si observamos nuestro mundo interior de afectos o emociones, nos daremos cuenta de que, para empezar, no somos nosotros y, para continuar, observamos que son en tanto que relación con lo que nos rodea y fruto de esa falsa visión de considerar a lo que me rodea “cosas” materiales que me afectan.

Por el contrario, si ilumino desde la luz de la alegría todo mi Ser, no me sentiré separado, sino que vivenciaré a lo otro, como algo que no es otro, sino yo mismo. Me podré identificar con lo otro. Entonces, los vicios, nuestros demonios, desaparecen en la alegría de la Unidad.

Esta alegría llega a su máximo grado, en lo que Spinoza conocía como el tercer grado del conocimiento, que él decía que era el amor intelectual a Dios. Es el éxtasis de los místicos, los chamanes, el samadhi de los yoguis, el nirvana budista…en fin, cada cultura ha producido su imaginario que las hace tan diversas. Pero la esencia es la misma.

El amor a Dios, que Spinoza identifica con todo lo que hay, no personifica, sino que es todo lo que hay y que él llama: Naturaleza, lo cual es importante, porque la naturaleza es la vía directa de ascenso a la divinidad, es algo que se da de forma directa, una intuición, una inspiración, un estado de gracia, no hay intermediarios, ni mucho menos, argumentación.

Lo de la naturaleza tiene una doble importancia. En primer lugar, llamar a todo lo que hay, naturaleza, crea un vinculo con aquello de lo que nos hemos desconectado y por ello nos sentimos vacíos. Y eso es, la naturaleza. La naturaleza en su dimensión de lo Sagrado. Y en la que estamos inmersos. Cuando captamos esta dimensión surge la intuición del amor a la naturaleza y el estado de alegría. Ya no puede existir la soledad, el abandono, uno es la naturaleza. Uno lleva el universo dentro. Porque si nos remontamos en lo que somos, interser, llegamos al origen mismo del universo y porque cada ser del universo es el centro del mismo y su circunferencia, su fin, no está en ninguna parte.

Pero lo importante es que estas palabras no sean más que una guía hacia el sentir. Lo importante de estas palabras, no es lo que dicen, sino lo que muestran, a donde apuntan. Lo místico, no se puede decir, sólo se puede mostrar.

Que todo lo que hay sea interser, relación implica que nada tiene un comienzo ni un fin, eso es otro error de la percepción, otro sueño, otra apariencia del interior de la caverna. Observar que lo que es, es relación, es fluir, es sumergirse en el río de la Vida, que es el cambio constante de siempre lo mismo. Nada nace, ni perece, porque, en realidad, no hay nada.

Que lo que hay sea relación nos ayuda al desapego. Nada nos pertenece, todo pasa, todo fluye, todo es una relación. Y, si seguimos profundizando en esa autoindagación, nuestro ser, como ser en relación nos lleva a la vacuidad.

Precisamente, la vacuidad es la ausencia de ser, pero no la Nada. Es decir, la ausencia de cosas, pero la potencialidad infinita de Ser (entendiendo ser como proceso, como corriente de un río que a la vez nunca es el mismo, pero siempre permanece el mismo) es la emergencia no dual de todo lo que es.

Otra cuestión importante de considerar a lo que hay como Naturaleza, al modo de Spinoza, es que nos permite tomar conciencia ecológica. Y esto tiene una dimensión política. Una conciencia ecológica profunda, no meramente de postín, ni publicitaria. Y nos conecta, como ya hemos dicho, con la más antigua forma de espiritualidad: el chamanismo (o, mejor, los chamanismos)

Y esto nos permite, nos da acceso a dos cosas, la primera es el cuidado de la naturaleza más cercana, la naturaleza, y nosotros como tal, formamos el ámbito de lo sagrado, de ahí la reverencia que se merece, no es objeto de mercado. Este simple cambio de conciencia sería una revolución para la humanidad. Y, en segundo lugar. Volver a conectar con la naturaleza, lo Sagrado, no abre las puertas de la percepción. Y dejamos de identificar lo real, con lo físico y lo físico con la materia. El Universo se amplia y el observador es lo observado. El Testigo se funde con lo atestiguado.

Y, para ello, sólo es necesario observar, con apertura y desde el amor, y desbordando alegría, como le gustaría decir a Spinoza. No con el intelecto y los límites del lenguaje. Estos sirven para hacer ciencia, que está muy bien, pero que ni agota lo Real, ni tiene nada que ver con la visión mística, la gracia…

Desde siempre me he sentido atraído, como si fuese por una fuerza magnética por la pintura de Goya, especialmente por sus pinturas negras. Goya ha visto el lado oscuro de la vida, del hombre y de la naturaleza humana. Lo ha podido transitar. De lo contrario, no hubiese podido llegar a tal precisión y virtuosismo en sus pinturas.

Sus pinturas son un reflejo de los demonios que nos habitan. Del sufrimiento que nos producen. Nos ponen en contacto con aquello que no queremos ver, que queremos olvidar u obviar, aquella parte que debemos sanar, pero que, mientras que no lo hagamos, somos.

No es explicable la historia de la humanidad y de su relación con el planeta, que le dio la vida, sin contar con estas fuerzas oscuras que nos dominan y nos pueden llevar al autoaniquilamiento individual o colectivo. La historia de la humanidad, en gran medida, es la historia del horror, del genocidio, del abuso del débil, del crimen consentido y frío. Pensar lo contrario es simplemente engañarse.

No estoy diciendo que la historia de la humanidad y el hombre mismo se reduce al mal. Estoy diciendo que forma parte de su naturaleza. Y que no es una dualidad. Mal y bien conviven en el hombre y en la historia, pero olvidar el horror es volver a repetirlo, tanto individualmente, como colectivamente.

El mal es nuestra sombra. Nos persigue y es inseparable. Pero no nos atrevemos a bucear en ella. La frontera que nos separa de nuestra sombra no es, ni más ni menos, que el miedo. Sentimos pavor a saber quiénes somos, lo que piensan de nosotros, nos ocultamos a nosotros mismos nuestra propia naturaleza y la proyectamos en el otro. De esta manera nos vemos libres de culpa y encontramos un chivo expiatorio: el otro.

El mal es el horror que sentimos a la mirada del otro que es el único que descubre nuestra naturaleza y en el que nos vemos reflejado. Consideramos al otro como diferente porque no nos reconocemos en él. Entonces es objeto de nuestro miedo y el miedo desata nuestros demonios: la ira, el egoísmo, la envidia, la culpa, la vergüenza… y entonces arremetemos contra él.

Creemos que eliminando al otro nos veremos libres de nuestra sombra, pero la sombra no se despega de nosotros. La sombra solo puede iluminarse. Y se ilumina desde la aceptación y la rendición a nuestra naturaleza.

Pero para que esto se pueda dar es necesario el autoconocimiento. Porque, en el fondo, el mal es la ignorancia más el miedo. Porque la ignorancia, el no saber, produce miedo. Y, por eso, es necesario saber, atreverse a saber. Admitir nuestra ignorancia para empezar, de lo contrario seremos víctimas del demonio, o vicio de la vanidad.

Y, como sabemos ya desde el Eclesiastés, todo es vanidad. Todo lo que hacemos lo emprendemos desde un presunto saber. Saber que no es más que una justificación de nuestra ignorancia y una huida hacia delante, un no querer saber quienes somos, qué guardamos dentro de nuestra historia personal que nos impele a actuar tal y como lo hacemos.

Ese miedo y esa vergüenza nos llevan a arremeter contra el otro (nuestro espejo, nuestro reflejo) nos lleva a su aniquilación, a la humillación, a consentir el mal que otro hace. No habría habido totalitarismos en el mundo, hoy estamos bajo uno de ellos, el sistema neoliberal tardocapitalista que está cometiendo un genocidio y ecocidio, si no lo consintiésemos.

Pero lo consentimos porque en el fondo tenemos miedo, porque nuestra propia sombra nos arrastra. Porque nuestra historia personal está en la sombra, porque no nos hemos atrevido a iluminarla.

Sólo nos deslizamos de la oscuridad a la luz por el conocimiento, por la toma de conciencia. La luz y el bien iluminan. Son como las ideas platónicas que iluminan el mundo del interior de la caverna, son la luz en las tinieblas, como dice el evangelio de San Juan. Porque luz y tinieblas se complementan, no existen separadamente, ni puede existir una de ellas sola. No hay luz, sino hay oscuridad. Pero ambas son lo mismo manifestándose de una forma distinta.

Pero no podemos acceder a un estado de conocimiento luminoso si estamos dominados por el miedo. Por eso es necesario el valor. El atreverse y, una vez que ponemos en marcha el motor del valor, hace falta esfuerzo. Sin esfuerzo, todo es vano.

La virtud del valor, casi una repetición, es el fiel de la balanza entre los vicios y las virtudes, entre los ángeles y los demonios. El valor es el que nos permite adentrarnos en el alma y en la sombra que esta proyecta, ya sea a nivel individual o colectivo, y llegar hasta la herida e ir sanando poco a poco, con aceptación de quién soy y con la alegría de ser, el bien, la belleza, o la luz, como lo llaman otros.

Pero ésta es la lucha del héroe, aquel que se atreve a estar por encima de su destino, aquel que no se somete a su sombra, aquel que es capaz de crear y autocrearse. El que es capaz de soñar una vida nueva y mejor, para sí y para la humanidad.

Con la mirada heroica, llena de valor, alegría y amor, se retiran las sombras, se diluye el miedo, se acaba el sentimiento de soledad y de vergüenza y con ello, se disipan: la ira, el odio, la venganza… Nada de esto tiene sentido ya.

Pero el viaje del héroe es imprescindible para conquistar la luz, la verdad y la libertad. Y todos nuestros mitos (saber ancestral) nos lo recuerdan. Y estos mitos están en nuestro inconsciente, Ulises, por ejemplo, que es el más paradigmático, y en el de la humanidad. El problema es que lo inconsciente es inconsciente. Y de lo que se trata es de un viaje alquímico, de transmutación de los demonios en ángeles, de los vicios en virtudes. Y, para ello, es necesario hacer consciente lo inconsciente, salir de las sombras de la caverna hacia la luz del mundo exterior.

Pero, aún así, una vez que hemos salido, que hemos contemplado la luz, el bien, la belleza, nuestro sino es volver. Nuestro lugar no es la isla de los bienaventurados, como dijera Platón, sino el de los hombres. O, como dijera Jesús de Nazaret, de lo que se trata es de estar en el mundo pero no ser del mundo.

El héroe ha recreado un nuevo mundo para sí y para los demás, pero ha tenido que pasar innumerables pruebas, ha tenido que reconocer su ignorancia y su autoengaño y su naturaleza maligna debido a ellos, y su debilidad y miedo y aceptarlo todo hasta llegar a la muerte misma. Y de su muerte, como ego, renacerá de nuevo, con una conciencia ampliada, permaneciendo en el Ser, en el equilibrio, viviendo desde el amor y la alegría, pero en el ajetreo de la vida cotidiana entre los hombres. Como el pastor que vuelve al mercado en el budismo zen después de alcanzar la iluminación.

La espiritualidad ha sido expulsada del mundo por el reduccionismo científico. Pero la ciencia no abarca ni explica la realidad. El reduccionismo científico es la muerte para el hombre. Es la transformación del hombre en objeto, en máquina. El mundo queda desencantado.

La ciencia es un discurso que se basa en la razón mecánica, pero la razón mecánica no explica la totalidad de lo que hay, ni la totalidad, sino lo parcial y una forma determinada de presentarse lo parcial.

La creencia de que la ciencia lo explica todo no es más que una fantasía. Una ilusión peligrosa porque deshumaniza al hombre y lo pone a merced del poder.

Pero el hombre deshumanizado queda vacío, hueco, sin sentido. Y entonces entra en el juego de la competitividad, la lucha, el egoísmo, que es lo que esta sociedad ha producido pensando que es progreso. El progreso no es más que otro sueño, más bien una pesadilla que puede terminar muy mal.

El hombre, bajo el paradigma científico, está desconectado de sí mismo y de la naturaleza. Tiene su mente desbordante de pensamientos y de autojustificaciones, porque, en definitiva, está viviendo un sueño o pesadilla horrorosa.

Pero el hombre es el ser del sentido. El hombre es el ser que busca el sentido de la existencia, del mundo, de la vida, de la trascendencia… y todo ello no se lo da la ciencia. La ciencia puede aportar comodidad, pero no felicidad. Ésta última entra dentro del ámbito de lo espiritual y tiene que ver con el sentido, pero la ciencia no habla del sentido. El sentido no es empírico, ni demostrable por la razón matemática.

Y si unimos la ciencia al poder, que es como realmente se da, pues resulta que la ilusión de la ciencia que crea un mundo mejor, que produce el progreso, no es más que ideología, un nuevo opio para el pueblo para mantenerlo, dormido, esclavizado y engañado. Es la ideología que hace que el hombre sea un títere. Pero la inmensa mayoría vive a gusto siendo títere. Es aquello de la servidumbre humana voluntaria.

La ciencia, en su modo no reduccionista es un modo de acceso a la realidad, pero sólo uno y ni si quiera el más importante. Puede ser el más eficaz, pero, claro, se valora porque vivimos en una sociedad que valora la eficacia, no la felicidad, ni la justicia. Por eso se ensalza e, incluso, se diviniza.

Por eso el hombre se ha vuelto incrédulo, nihilista, lo niega todo y pide pruebas de todo. Pero esto no es más que un paradigma, una forma de mirar el mundo. Existen otras. Además, una forma que, aliada al poder, es excluyente de otras miradas del mundo. Por tanto, es dogmática, fanática e intolerante. Por eso el hombre de este paradigma es un hombre en guerra con los demás y con la naturaleza. Es un competidor nato. Pero es un hombre vacío, porque todo lo que acumula, no son más que productos materiales a los que, curiosamente, llama bienes, pero no lo son, sino que son sus ataduras, aquello con lo que el poder lo mantiene esclavo y sumiso, ignorante, confuso y permanentemente en estado de alerta y de incompletud.

La verdad del espíritu, a la que tenemos acceso por el tercer género de conocimiento, la intuición, no necesita de pruebas, ella misma es la prueba. Es vivencial. De lo que necesita es de la apertura, de la confianza. Hay que dejarse llevar y dejarse embriagar por esa verdad que se nos muestra, pero de la que no se puede hablar, ni se puede decir.

Sólo la metáfora, el arte, el ejemplo, nos muestran esa verdad y sólo la confianza en el que la dice y en sus actos nos pueden mostrar el camino de acceso a ella. Por ello, frente a la exigencia de pruebas, frente a la asepsia, especialización, mecanización de la ciencia, lo que tenemos es el calor de la confianza. Uno confía y se entrega y ahí hay libertad, pero cuando uno pide pruebas se esclaviza.

La confianza y la entrega es apertura y se da desde la amistad-amor. Sólo esta relación ya llena el vacío interior producido por la sociedad de producción que nos ha legado un mundo desencantado, pobre y cruel. Dominador y genocida. Y desde el amor incondicional que se da en la confianza plena podemos ir por la estrecha senda del camino espiritual, pero alegres y gozosos. Y esto ni es engaño, ni superstición. El engaño y superstición es la creencia en la tecnociencia como motor del progreso humano y de la felicidad. Hay que darle la vuelta a este gran engaño.

Las verdades están apuntadas desde hace milenios. Pero no hay oídos que escuchen. Ya lo decía Jesús de Nazaret, “El que tenga oídos para oír que oiga”. Y no se trata del acto mecánico de escuchar, sino de la confianza en el que tiene la palabra. Y aquí no caben las críticas, eso queda para el nivel intelectual, que está muy bien, para las verdades superiores, lo que hay es que experienciar. Recorrer el camino que se nos indica. No hay otra. No hay discusión previa, porque estamos en el nivel del sentido, de lo místico, de la totalidad y aquí, la razón, simplemente, es obsoleta.

Para que haya un cambio global es necesario un despertar de la conciencia. Mucha gente que tengan confianza en las verdades de milenios. No han cambiado, se pueden formular de otra manera, pero son las mismas. Además, esas verdades nunca han sido dichas, sino apuntadas y sólo se han podido vivenciar y, una vez, vivenciadas se pueden señalar.

Tras la vivencia de esas verdades, del ámbito de lo místico, sólo queda el silencio.

"Según es mi pensamiento así es la visión que tengo de la vida."
Es decir que de lo que se trata es de cambiar la forma de pensar y cambiará nuestra forma de ver el mundo. No podemos cambiar lo que no se puede cambiar y no tenemos una mirada completa de las cosas, no sabemos el por qué y el para qué. Es mejor adoptar un pensamiento que se enraice en la alegría, la compasión, el amor, la unidad y, así veremos el mundo y así lo transformaremos. La revolución comienza por la revolución de la conciencia, de nuestra percepción de las cosas.

“Aquello que crees con convencimiento se convierte en realidad”

No se trata de magia, ni truco, ni embaucar a la gente con más opio. Se trata del poder que tiene nuestro pensamiento y nuestra confianza. El mundo es y nosotros somos en el mundo. Ahora bien, nuestra mente, inteligencia e intuición son puertas abiertas a la percepción del mundo. Si nosotros cambiamos nuestro estado mental estamos, literalmente, cambiando lo de fuera. Porque, lo de fuera, no está fuera, sino que es una representación, una proyección de nuestra voluntad. Lo primero que hemos de hacer es confiar en nosotros mismos, alejar nuestros miedos, ser valientes y tener una actitud basada en la alegría. Una esperanza que se transforme en un sueño. Y, en la medida que soñamos un mundo de posibilidades podemos soñar la posibilidad del mundo que queremos. Pero es necesario otro factor, no se trata de ensoñar un mundo privado para mí; es decir, desde el egoísmo, sino un mundo mejor para todos. Eso sí, partiendo del sueño de nuestra propia autotransformación, de nuestro cambio de conciencia. Es decir, del amor incondicional. Esto es, que es la alegría de ser, la aceptación y el amor los que nos permiten soñar con una nueva realidad que se irá materializando desde nuestra confianza y apertura. Pongo sólo dos ejemplos del siglo XX: Martin Luther King y Gandhi.

“Según sea tu pensamiento eso atraerás a tu vida”

Ya hemos dicho que nuestro pensamiento es una representación del mundo y que esa representación depende de nuestra voluntad. Y esa voluntad está cargada de nuestro estado de ánimo. La tristeza ve un mundo gris, cargado de amenazas y de peligros. Y eso hace que nosotros estemos a la defensiva. La alegría, en cambio crea un mundo agradable, en el que podemos actuar, sobre todo, si vemos injusticia y mal. Pero no nos dejamos arrastrar por la tristeza, ni la ira.

Nuestros pensamientos modelan el mundo y a las personas. Los convierten en cosas, los enmarcan y clasifican. El pensar es conceptualizar y cosificar. Si, encima, ese pensamiento es un pensamiento que procede del ego, pues es un pensamiento de rechazo, de separación que, al final, produce odio, enfrentamiento y guerra. Vamos, el estado de conciencia en el que vive la humanidad y da lugar a lo que tenemos.

Pero si nuestro pensamiento se apoya en la alegría de vivir, ya no conceptualiza, ya es apertura. Porque deja al otro ser quien es. Nuestro pensamiento, cuando se basa en la alegría y la aceptación es un pensamiento de libertad.

Cuando vamos por la vida, por este camino que todos recorremos, desde la cuna a la tumba, con un pensamiento positivo, basado en la alegría, el mundo se nos abre a nuestro paso y atraeremos al bien. Si somos bien atraeremos al bien, o sabremos transmutar, por la alquimia de la alegría, aquello que nos venga. Es cuestión de perspectiva.

Mientras más ampliado es nuestro estado de conciencia más capacidad de alegría y amor incondicional tendremos, pero también de sufrimiento, porque veremos el sufrimiento de los demás. Pero este sufrimiento dispara la compasión, que es querer el bien incondicional del otro y actuar en consecuencia, no, meramente, como se nos ha transmitido culturalmente, lástima. La lástima crea diferencia y no deja al otro vivir, lo humilla, la compasión lo acompaña, porque siente al otro uno en su dolor.

No estamos diciendo que el mundo sea un camino de rosas, no. Sino que nuestro pensamiento lo puede transformar, pero primero hemos de transformar nuestra conciencia (sentir y pensar) y nuestro actuar.

Muerte y renacimiento. El ciclo inexorable de la vida. El eterno retorno de lo mismo. La eternidad. El eterno fluir del río de la Vida, que siendo siempre distinto es siempre el mismo. Somos Vida y es lo único que hay.

“La paz es una energía creada en el interior.”

La paz es la ausencia de miedo, de resistencias, de contradicción, de lucha.

La paz es la aceptación. Y ésta es la capacidad de asumir todo en el aquí y el ahora. Asumir que estamos alegres, que estamos tristes, que tenemos miedos, esperanzas. La aceptación es el estado en el que el tiempo desaparece.

Aceptar es vivir en lo universal y desde la eternidad, donde ya no hay un yo particular que vive instalado en el tiempo, sino la conciencia donde se da todo, donde, todo, se hace presencia. Y todo, es todo, lo que queremos y buscamos y lo que rechazamos.

Mientras que sigamos rechazando y buscando no habrá paz. Si rechazamos, en el fondo, no nos aceptamos. Si rechazamos nuestros miedos, nuestras tristezas, nuestros fracasos, no estamos en paz porque no nos hemos aceptado, porque, en el fondo, seguimos apegados e identificados con ese pequeño yo.

Aunque persigamos la alegría, la paz, el bien en el mundo, todo lo bueno, estamos divididos, estamos en la dinámica del deseo. No estamos en paz, estamos en estado de resistencia. Estamos aferrados al miedo a la guerra, al fracaso, a la muerte, a la enfermedad.

Aceptar es asumir en la profundidad de nuestro Ser, que somos vida y muerte, salud y enfermedad, alegría y tristeza y todos los opuestos. Y cuando aceptamos profundamente esto en una experiencia íntima, entonces los opuestos encuentran su equilibrio y no los vemos desde la dualidad, sino desde la Unidad (no dos.) Pero ya no hay conceptos no yo para describirlos.

La senda espiritual es engañosa. Cuando creemos recorrer un camino, en realidad es nuestro ego el que nos lleva por ese camino, porque en realidad no hay camino. La aceptación es vivir el ahora, todo lo que se da ahora. Pero, todo lo que se da ahora es todo lo que hay. Perseguir el despertar, la iluminación, también nos puede llevar a los engaños del ego, al apego al despertar, esto es, a un ego despierto. No existe ego despierto, porque no hay ego en el despertar.

En el estado de presencia todo se da de una vez, porque ya no hay argumentación, no hay tiempo, ni intermediarios. No hay yo. Esa es la profunda aceptación, pero no hay un ego que acepta, todo ocurre en la consciencia plena y no hay un yo que juzgue.

La paz surge del interior y se funde con el exterior que vienen a ser lo mismo por medio de la aceptación.

La aceptación es un eterno decir sí, pero sin un ego que lo diga y, por tanto, sin miedo ni resistencia. Dejando que ocurran las cocas en el momento. Sin salir de él.

Lo curioso y, paradójico a la vez, es que uno ya es esa aceptación, el problema es que no lo ve. Y ya lo es, porque el yo, no es que no exista, es que es una ilusión, una visión distorsionada o aparente de las cosas. En esa forma de ver entra el tiempo, por eso nos preguntamos, cómo llegar. Pero eso es erróneo, no podemos llegar, no hay un yo que llegue a ninguna parte. Hay una Conciencia en la que ocurre todo. Sentir esto último, no desde el yo, sino desde la Conciencia, es estar en el ahora, ya no hay tiempo. Y, si no hay tiempo, no hay un cómo llegar. Lo que sí es cierto es que necesitamos mucho tiempo para comprender-sentir esto.

En definitiva, como dice Alan Watts: “Así como no existe otro tiempo, y nada salvo el Todo Absoluto, nunca hay en realidad nada que alcanzar, aunque el aliciente del juego sea fingir que lo hay.”

“Cuanto más me entiendo a mí mismo, más fácil me es permanecer feliz y pacífico.”

El viejo conócete a ti mismo. Si te conoces a ti mismo conoces a los demás y si conoces a los demás te conoces a ti mismo. El autoconocimiento es la vía hacia la paz interior. Pero esa vía ha de salvar el miedo a los fantasmas y demonios que llevamos dentro.

Nuestra intranquilidad procede de la ignorancia. Nuestra infelicidad, ser esclavo de los vicios (nuestros demonios), es cuestión de ignorancia. Y, a su vez, la ignorancia es fruto de la falta de valor. No nos conocemos porque la vía de nuestro autoconocimiento son los demás. Y lo que nos ocultamos a nosotros se lo ocultamos a los demás.

Nos pasamos la vida contándonos historias, batallitas para poder soportar cierto grado de sufrimiento que nos permita sobrevivir, pero, ni alcanzamos la paz, ni somos felices. Al revés, albergamos, rencor, envidia, codicia, odio, resentimiento…y, cada vez a más.

Y todo reside en la aceptación. No nos conocemos, o nos negamos, porque no nos aceptamos, porque adoptamos el papel de víctimas. Porque nos identificamos con las historias que nos autojustifican en las que nos sentimos a salvo. No nos atrevemos a permanecer en la intemperie, sin ningún calificativo, solo el Yo Soy.

La infelicidad es desasosiego, es un tender hacia algo que creemos que no tenemos y creemos merecer o que nos lo han arrebatado. La infelicidad es el sentimiento de carencia. Ambas cosas son ilusorias, es decir, ficciones. No es que no existan, cuidado, todos lo sentimos, sino que son apariencias; es decir, lo que las cosas parece que son, pero que no son. Son un sueño del que no despertamos y con el que estamos plenamente identificados.

La infelicidad, pues, es falta de autoconocimiento. Si iniciamos nuestra autoindagación nos daremos cuenta de que no hay carencia, de que la carencia es una historia que necesita el yo para permanecer como tal. Si nos aceptamos tal como somos en profundidad, no hay carencia, todo es como Es; es que no hay otra manera de Ser. Porque nos instalamos en la eternidad.

Es el yo, que vive proyectado en el tiempo el que crea las necesidades de futuro y pasado. Por eso vive en el miedo y la angustia. Pero cuando hay profunda aceptación, no hay tiempo. Todas las emociones, todos los estados de ánimo, todo pensamiento es admitido, por que son. Y, una vez que están ahí, son. No se puede luchar con ellos. Pertenecen a todo lo que hay. Ahora bien, si los acepto, si acepto el miedo a la muerte, entonces empiezo a dejar de ser yo, comienza a emerger una mirada más amplia que es la de la Conciencia, desaparece el miedo.

Si nos aceptamos surgirá una profunda calma de nuestro interior. De nuestro verdadero Ser. Ya no nos temeremos, porque no nos identificamos con pensamientos y emociones, desaparece el papel de víctima y el de culpable y, de paso, dejamos de temer a los demás. Para empezar porque los comprendemos, nos damos cuenta de que somos como ellos, nos percatamos de que somos Uno en la diferencia. Esencialmente Uno, existencialmente diversos.

Sin miedo al otro y con el sentimiento de unidad hay paz. La paz es la armonía, la calma. Y la calma es la felicidad serena, la ausencia de movimiento y deseo, la alegría.

La ironía y el sarcasmo son los mejores instrumentos para el autoconocimiento. Y para ese conocimiento necesario de sí mismo para lograr la paz interior que nos lleva a la paz exterior es imprescindible ser capaz de reírse de sí mismo. Si uno no se toma en serio emprende el camino de su autodisolución, de los apegos, de las identificaciones, de las representaciones de personajes y comienza a verse al desnudo, tal cual es, sin adjetivos. Lo sustancial o esencial. Y ahí no hay ego, sino una consciencia que observa.

Los que no son capaces de ponerse a sí mismo entre paréntesis, de dudar de sus creencias, de no tomarse demasiado en serio, están demasiado identificados con su papel, estos no aguantan la ironía y, por tanto, no les sirve para desarmarlos e iniciar su propio autoconocimiento. Estos necesitan del sarcasmo, de la burla intelectual, de la ridiculización.

El sarcasmo nos desarma de una vez, no es argumentativo, nos pone frente a un espejo y nos muestra que el rey va desnudo. Es un auténtico revulsivo. Por eso la sociedad no admite ni la ironía ni, menos aún, el sarcasmo. La sociedad y los que la conformamos nos consideramos muy en nuestro papel, nos creemos algo importante, porque, si no, no somos nada, que es lo que realmente somos.

Dos grandes maestros de la ironía y el sarcasmo fueron, Sócrates, la ironía, le costó la vida y se lo tomó con serenidad, puesto que había alcanzado la paz. Y Diógenes el perro, el sarcasmo, entre burla y burla aseguraba que era un filántropo disfrazado. Y es cierto. La enseñanza, la educación o medicina del alma es el amor. Se enseña por amor, para mostrar el camino de salida del laberinto. Pero, para ello, debe saber uno que está en un laberinto y en qué lugar se haya y, luego, tratar de salir de él. Y esto es autoconocimiento. Por eso, la ironía y el sarcasmo son una forma de filantropía.

Pero la filantropía, el amor desinteresado, siempre ha sido sospechoso porque produce la paz, la armonía y la felicidad: la Unidad. En cambio, la mente quiere la separación, la guerra, alimentar el ego. De ahí que nadie enseñe a nadie, sino que todos murmuren de todos, todos juzgando al unísono, nadie en silencio y en paz. Todos saben lo que está bien del otro, pero nunca han visto su sombra. Mientras más se habla de los demás mayor es el miedo que nos tenemos a nosotros mismos.

Mientras mayor es el silencio, más nos hemos adentrado en nuestro interior y luchado con nuestros demonios, más nos hemos aceptado y más amor brota de nosotros y se ofrece como filantropía. Pero no como un concepto abstracto, sino como una necesidad vivencial que procede de un sentir.

De ahí también aquello de Nietzsche de “filosofar con el martillo.” El filántropo ama a la humanidad y ese amor le lleva a destrozar a martillazos las múltiples corazas en la que se esconde su corazón, en tanto que individuo y en tanto que sociedad. Nos escondemos detrás de la historia personal que nos contamos, nos escondemos detrás de las creencias heredadas. Nos maniatamos a nosotros mismos. Servidumbre voluntaria. Por eso necesitamos de la burla, el sarcasmo, la ironía.

La risa es la medicina del alma. Reírse de uno mismo es desidentificarse, ver lo ridículo del papel que vamos interpretando por la vida. Enseñar es un acto de amor a través de la ironía y el sarcasmo y, tras ello, el silencio. Porque, en realidad, no se puede enseñar nada, salvo el error; señalar hacia nuestra máscara o nuestra sombra y derribarla con el martillo.

La calma y la tolerancia nos hacen más flexibles y nos permiten ver al otro como un hermano.

La calma emana de dentro cuando nos hemos aceptado, cuando, por fin, sabemos quién somos, o lo vislumbramos, o quiénes no somos, entonces tenemos tranquilidad. Las cosas son como son y no soy, salvo aparentemente, diferente a los demás.

Y es entonces cuando caen todas las barreras y ya el otro, no es inaccesible, ni peligroso, entonces emerge la tolerancia.

Pero la tolerancia no es una mera idea, aunque lo es y hubo que conquistarla por medio de la razón, pero no es meramente racional, ha de ser sentida, sin el sentimiento, jamás hay tolerancia y fraternidad.

La tolerancia, como mero concepto, no es más que un comodín en el discurso político. La tolerancia que emerge de nuestro interior cuando el interior está en calma profunda, es una vivencia de la comunidad que somos. Del sentimiento de Unidad y pertenencia.

Si no pasamos por este sentir, todo se queda en lo meramente mental, que no está mal, pero que no llega a realizar nada. Es sólo la idea. Y la idea debe producir una actitud, un sentimiento y de ahí se deriva la acción. Y el sentir es el de la compasión (que no lástima) o fraternidad. Si se siente esa fraternidad ya no existe el otro, sino que el otro pasa a ser otro yo.

Pero es desde la calma y la paz interior desde la que brota la tolerancia con alegría y entusiasmo. Porque la tolerancia une y la unión es la alegría, es la fuerza del amor de la que habla Spinoza, mientras que el que no se ve en el otro, se separa, comienza el rencor, el resentimiento, la ira y el odio. La separación. Y, con la separación el miedo.

Y el miedo genera el ataque, la guerra. Si tememos al otro nos preparamos para la guerra y lo mejor es atacar primero. Pero si tememos al otro es porque no nos conocemos. No reconocemos la común de la humanidad. No nos aceptamos y, por ello, nunca aceptaremos al otro.

El discurso político se hace políticamente correcto y habla de solidaridad. Esto son palabras huecas, son ideas que pretenden controlar las acciones, crear una mala conciencia. No nos llevan a un sentir. A la profunda aceptación, sino a lavar nuestra conciencia.

Por eso la política, además de ser un discurso caduco, es peligrosa. Alimenta el odio, los miedos, las diferencias. Alimenta a nuestros demonios contra los otros, que en definitiva, es alimentarlos contra nosotros mismos. Nos solivianta, no nos da la paz, ni la libertad. Nos esclaviza a ideales abstractos, absurdos e inventados.

La política ha de empezar por la educación y la educación por el conocimiento de uno mismo: yo Soy. Sin más. Todo adjetivo que le podamos poner es ya una diferenciación. En cambio, todos podemos decir: Yo Soy y todos somos lo mismo en esencia, aunque diferentes en existencia. Nuestra esencia se manifiesta de forma diferente.

Y es desde este conocimiento de sí mismo desde el que alcanzamos la paz, la serenidad, la calma, la felicidad y la libertad. Si aceptamos nuestro ser, somos libres. Si seguimos una bandera, aunque lleve el nombre de libertad, somos esclavos de la bandera y del que porta la bandera.

La política utiliza, en nuestros tiempos, el biopoder y el psicopoder. El poder biológico, control del cuerpo: Educación, medicina, salud mental, cárceles… y el psicopoder es el de la seducción por medio de “ideas”, más bien creencias impuestas por la propaganda de forma sutil a través del cual aceptamos nuestra propia esclavitud. Nunca el poder había sido más refinado. Nos convierte en esclavos haciéndonos creer que así somos libres.

El problema es que nuestra falsa libertad está alimentada de la competencia y destrucción del otro. Por eso, la verdadera política, comienza por la educación, por cambiar la conciencia particular y escindida en una conciencia ampliada y universal en la que el otro tenga cabida como otro yo, como hermano. El mensaje es muy antiguo. Hunde sus raíces en la sabiduría perenne, está en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento, en los Vedas hindúes, en el taoísmo, en la filosofía griega Heráclito, Parménides, Sócrates, Platón…

Sin embargo, nos creemos herederos del progreso y hemos confundido el progreso humano con el desarrollo tecnológico.

Nuestro autoconocimiento nos debe llevar a la recuperación de la sabiduría antigua vestida con nuevos ropajes. Esa sabiduría nos llevará al mayor de los viajes, un viaje interior sin fin. Hoy todos viajan y lo ven necesario. El único viaje necesario es el interior. Antes, cuando se viajaba, a la vez, era un viaje interior. “La verdad habita dentro de ti” S. Agustín. “Lo mismo es fuera que dentro” Trimegistro.

“Si no sigues a alguien te sientes muy solo. Estate solo, entonces. ¿Por qué te da miedo estar solo? Por que te encuentras cara a cara contigo mismo tal como eres y descubres que estás vacío, sumido en la culpa y la ansiedad, que eres anodino, estúpido, feo…, una entidad mezquina, sórdida, sin la menor originalidad. Afróntalo, mira la realidad de frente, no escapes de ella. En erl momento que escapas, empieza el miedo.” Krishnamurti.

La aceptación no tiene que costas, entonces es resistencia. Lo que sí puede pasar es que no seas capaz de aceptar, entonces, acepta que no puedes aceptar en este momento. Todo está ya dado. Es imposible la resistencia, cuando te resistes estás en la separación, en lo ilusorio y, por ello en el sufrimiento. Por otro lado, el hecho de aceptar, no implica el fin del sufrimiento, sino que aceptas que en el aquí y el ahora estás sufriendo, pero ya no es el ego el que mira y se identifica, sino que es algo que ocurre en la conciencia. Pero, para nada es el fin del dolor, ni del sufrimiento. Esto es un error del camino espiritual. Pensar que la espiritualidad te lleva a la felicidad es una intromisión del ego. La espiritualidad es un camino de ampliación de la conciencia, tanto de la alegría como del sufrimiento. Es más te lleva a la compasión y eso es sufrir con; es decir, ser capaz de sufrir el dolor del otro. La espiritualidad, el reconocimiento de que no somos un ego, es la vuelta a casa, el reencuentro con la Conciencia, con nuestro verdadero ser. No es la felicidad, es la libertad. la búsqueda de la felicidad es una trampa del ego que nos mantiene esclavos.

“La belleza de todas las cosas está en mi habilidad de apreciarlas.”

El mundo es mi representación. Depende de mi pensamiento así es el mundo. Y dependiendo de mi pensamiento así será mi actitud y mis sentimientos. Y de la actitud y de los sentimientos procede una acción. Y toda acción tiene una reacción. Si actuamos negativamente, esa negatividad se vuelve contra nosotros.

Es como decía el sabio Spinoza, “las cosas no las deseo porque sean buenas, sino que son buenas porque las deseo.” Ello implica un profundo cambio de mis pensamientos. los vicios surgen de los pensamientos negativos. Y los pensamientos negativos son pensamientos erróneos, siguiendo a Spinoza, son ideas inadecuadas. Es decir, que no se corresponden con la realidad, distorsionan la realidad.

Esas ideas negativas son ideas de ataque y proceden y producen inseguridad y miedo. Generan los vicios: la ira, la envidia, la codicia, el odio, todos los demonios que llevamos dentro. Y ese estado de ánimo nos impide la acción, nos vuelve contra nosotros mismos, renegamos de nuestro verdadero ser y lo proyectamos hacia el mundo y los otros. Nos sentimos víctimas del mundo y de la acción de los demás, cuando, realmente, sólo veo en los otros una proyección de mi miedo, de mi debilidad, una idea errónea.

Ahora bien, si mi pensamiento es adecuado, positivo, nace de la alegría de Ser, del contento, del entusiasmo, de la paz. Ya no hay miedo, hay autoconfianza. Se que soy un Ser pleno de paz y de amor. Ya no proyecto mi carencia (una falsa idea de mi mismo) en los otros, y no los culpabilizo. Mi paz interior, que es imperturbable, se extiende a la de todos mis hermanos y al mundo.

De la misma manera ocurre con la belleza, porque bien y belleza, así como, verdad y unidad, van unidas. La belleza de las cosas, del mundo, de los otros, no depende de lo exterior, sino de mi capacidad de entender, comprender y apreciar esa belleza. Son mis ojos, mi mirada la que ve la belleza en el mundo. Y solo puedo ver belleza si miro desde el Amor; es decir, si miro desde la Unidad, sin escisión, ni división.

En la relación con los otros hemos de suspender los juicios negativos, o, si se quiere, no apegarse a ellos, no identificarse con nuestros juicios negativos, porque estos son el conjunto de pensamientos que me separan del otro. Por el contrario, debo pensar desde la belleza y el bien. Fijarme en las cualidades positivas del otro. Y, de esa manera, surge la amistad, si yo hablo de lo que considero que son los defectos del otro, además de que esto es una proyección de mi idea de carencia y de mi miedo, pues me separo del otro. Por el contrario, si pienso bien y veo las magnificas cualidades del otro y lo que me pueden enseñar y aportar, me siento unido al otro en su Ser verdadero. Y esta es la amistad espiritual, o la amistad de los sabios u hombres nobles que los llamaba Aristóteles.

La amistad se basa en un pensamiento positivo que une y que va creciendo en nuestro interior y que no tiene fin. Es la comunión con el otro, es la compasión, el amor incondicional y nos produce el contento del alma. Y del contento sólo se pueden seguir buenas acciones que nos hagan crecer juntos y extiendan la paz por todo el planeta y entre todos los seres.

El ser humano es un ser que en su propia naturaleza tiene lo que se llama "la carencia" y, en tanto que es un ser que potencialmente puede ser más, pues en esa medida siente la carencia. Por otro lado es un ser dividido, escindido, entre sus deseos y su entendimiento. El entendimiento nos forja un yo desde que nos construimos como seres egoicos que juega el papel de guardar la herida y en torno a esa herida se va forjando nuestro inconsciente, que a su vez está inmerso en el inconsciente colectivo. Y eso es lo que constituye nuestra sombra. Pero, qué es lo que pasa, por qué ese sentimiento de carencia o soledad. Pues porque tenemos una falsa percepción de nosotros mismos, no es que necesitemos a un terapeuta, sino a un amigo. Y antes de a un amigo, a nosotros mismos. Es decir, si no tenemos amor propio, seguiremos instalados en nuestro desprecio, en lo que llaman baja autoestima. Y lo que haremos es no curar nuestra carencia, que es una ficción, no carecemos de nada, somos perfectos, pero hemos olvidado nuestro origen. Y cuando no curamos esa herida lo que hacemos es fortalecer las corazas del ego mediante el ataque a lo de fuera. Es decir, por ejemplo, mediante el juicio al mundo, la sociedad, el otro, la humanidad en general. Pero ahí no está el mal, el mal no está en ninguna parte, solo es nuestro estado mental, nuestra forma errónea de percibir las cosas y percibirnos.
"No eres realmente capaz de estar cansado pero eres muy capaz de agotarte a ti mismo. La fatiga que produce el juzgar continuamente es algo realmente intolerable." UN curso de milagros. Cap. 3
Es decir, aceptación, que es comprensión y la compresión: amor incondicional. No juzgues y no serás juzgado. Cada vez que juzgamos proyectamos nuestro sentimiento de culpa hacia nuestro hermano, o hacia el mundo o hacia la humanidad e, incluso, si estamos desesperados, hacia el cosmos entero. Entonces ese juicio se vuelve contra nosotros y nos hunde más en el sufrimiento, en la mente incorrecta, en el autoengaño, en autoconsolarse....No hay nada de esto. Si estamos en la actitud del AMOR, no pedimos nada, ni necesitamos nada, ni juzgamos nada. Desbordamos la alegría y nos identificamos con nuestro hermano, con la humanidad, con el resto de los seres y con el cosmos entero, o Dios, el Tao, el Dharma...

Hoy sólo añadiría que lo que nos hace falta es valor. que nuestro sufrimiento y el de los demás, el que sufren por sí mismos y el que nosotros les podemos producir procede de nuestra cobardía, de nuestros pensamientos negativos, de nuestros juicios, de no aceptarnos, de vivir en el tiempo, proyectados al pasado o al futuro, no en el ahora. de no estar conectados con el Poder de nuestro verdadero Ser. Nuestros pensamientos crean la percepción de la realidad y, nuestros pensamientos, generalmente, lo que hacen es ocultar nuestra herida, la vergüenza que sentimos de nosotros ante los demás. Y eso nos hace ocultarnos, desconectarnos del Ser, hundirnos en la falsa imagen que nos hacemos del mundo y de nosotros mismos. Podemos cambiarnos por nuestros pensamientos y, a través de ello, cambiar el mundo.

“Exploramos las estrellas y las profundidades del mar, pero ¿Cuánto sabemos de nosotros mismos y de la razón por la que estamos aquí?”

El hombre en su naturaleza prometéica, de dominio y poder sobre la naturaleza y sobre los demás, sale de sí mismo e intenta realizarse por la conquista.

Su objetivo es el tener, no el ser.

Se olvida de sí mismo y cree que se encontrará en la conquista del mundo y el poder sobre los demás. Pero nada más lejos de la verdad. A medida que conquista el mundo y lo somete, se va olvidando de su propia naturaleza, de su esencia y de su ser. Se va separando de lo que es.
Y cuando nace la ciencia, no como admiración, asombro y perplejidad ante lo real y ante uno mismo, sino como tecnología, como afán de dominación, entonces se produce la gran escisión entre hombre y naturaleza. El hombre al someter a la naturaleza, explotarla y esquilmarla, se olvida de su propia naturaleza. Se olvida de que él mismo es naturaleza.

La ciencia en sus orígenes es un saber primigenio; basado en la admiración ante la belleza de todo lo que me rodea, en el asombro ante el misterio de lo real y en la perplejidad de mi propia ignorancia. Hay una actitud de respeto y de comunión con todo. Pero esto sólo fueron los orígenes, cuando el logos era el camino de acceso a la naturaleza porque el logos que habita el interior del hombre y de la naturaleza es el mismo. El logos, la palabra, el discurso, la razón, son lo común. Por eso conocer la naturaleza es conocerse a sí mismo y estar en comunidad con ella.

Por ello es necesario una vuelta hacia nuestro interior. Es urgente recordar. Conocer es recordar nuestra propia esencia, lo que hemos olvidado. Y, para eso, hace falta el silencio, el contacto con la naturaleza, la humildad ante lo real y el gran misterio de su mecanismo, de su funcionamiento, por mucho que la ciencia sepa, en el fondo, la totalidad de lo que hay, nos es incognoscible. El simple hecho de que hay cosas y no más bien nada, de que podemos pensar las cosas y sentirlas, es ya mistérico, místico. No tiene ni respuesta científico racional, ni la ciencia, en tanto que ésta está sujeta a sus límites tiene acceso al misterio del todo, al sentido.

No sabemos nada de la pregunta por el sentido, tanto del todo como de la vida, como de la humanidad o de cada uno en particular. Por ello, en lugar del espíritu prometeico, esa hibrys, que es nuestra naturaleza, es necesario cultivar la humildad y reconocer nuestra ignorancia.

Es necesario recuperar esa actitud de admiración, asombro y perplejidad. Y, desde esta actitud se nos abrirán las puertas de lo místico, pero no ya a la razón, sino a la intuición o el discernimiento. Y ese conocimiento nos hará mejores moralmente. Primero porque partimos de la humildad, que no la humillación ni la debilidad, al contrario, el valor de enfrentarse al misterio, y segundo porque accederemos al terreno de lo transpersonal, superaremos lo meramente egoíco. Es el salto de conciencia que necesitamos. Y, en esa nueva conciencia es en la que podremos experimentar la fraternidad.

Pero, para eso es necesario iniciar el camino de la interiorización y abandonar la huida que significa la conquista del mundo, de lo material, de la confusión del ser con el tener. No se es lo que se tiene, solo se tiene lo que se Es y sólo se tiene el Ser que uno es, toda posesión material es perecedera y si nos proyectamos en lo que tenemos y aparentamos ser el papel que representamos, pues estamos muertos en vida.

“Si me aferro al pasado, el presente se me hará difícil, y el futuro parecerá imposible.”

 

El tiempo lineal es la representación mental que se hace el yo para tener consistencia.

Sin tiempo el yo carecería de identidad. El yo, o el ego, es una ficción. Una ficción o ilusión que tiene su cometido desde el punto de vista adaptativo biológico. Ahora bien, el problema deviene cuando identificamos a la conciencia con el yo y al yo con el yo físico.

Entonces caemos en un reduccionismo fruto del engaño porque, en realidad, ni pasado, ni futuro tienen una existencia real, sino ilusoria, lo cual no quiere decir que no existan, claro que sí, pero son ilusiones. Y si me identifico con las ilusiones pues puede ser que me pierda en el mundo de las apariencias.

El dolor y el sufrimiento proceden del yo. Es el yo el que sufre. Pero el yo, o ego, sufre porque se identifica con la idea de tiempo en la que permanece. La identidad necesita permanencia. Pero todo es impermanente, vacuidad. Y no es necesario acudir a la mística occidental, ni menos aún a la oriental, por mucho que de ambas tengamos que aprender. El pensamiento filosófico occidental ya generó esas ideas, lo que ocurrió es que las intelectualizó, no las vivenció. Por citar sólo a uno tenemos a David Hume, quien sostenía que el yo y el mundo no son sustancias, no son cosas. Son un haz de percepciones, de intuiciones o sensaciones. Y las sensaciones son concretas y singulares y nada tienen que ver las unas con las otras. Ahora bien, lo que hacemos es asociar esas sensaciones bajo una idea prefabricada, como es la del mundo o el yo.

El ego se aferra a esa idea, porque es su permanencia. Y, además la característica del ego es la de intentar no desaparecer porque ello implicaría, piensa, la muerte. Mientras que, en realidad estamos esclavizados a esa falsa idea. A pensar que somos un cuerpo físico y una biografía. Todo eso no es más que una representación y, como tal, tiene el valor de la representación, no más. Liberarse de esa falsa creencia es, precisamente el renacer. Pero, primero, hay que morir.

Pero el caso es que vivir de esta manera produce sufrimiento. Y el sufrimiento procede de los deseos, los apegos, que son el producto de la identificación de nuestro Ser con el ego. Por eso nos aferramos al pasado que es el que nos da nuestra identidad, que no es más que una ilusión, nadie piensa de nosotros lo mismo que nosotros pensamos y nadie piensa igual de nosotros. Todos nos montamos una historia singular. ¿Quiénes somos, entonces? Pues un sueño, una ilusión, apariencias. Estamos en el fondo de la caverna.

Ahora bien. Al aferrarme a la historia que yo me he contado lo que hago es identificarme con un papel, en el que soy víctima, verdugo y salvador. Y esta identificación no es más que la historia personal que yo me cuento para no afrontar mi realidad, para huir de mí mismo. Es decir, para no aceptarme.

Necesito una profunda aceptación de mí mismo, un mirarme a la cara, con todos mis demonios y ángeles, vicios y virtudes y aceptarlos tal cual son, sin juzgar, sin justificar, sin ser víctima, ni culpable…comprenderme. Ser capaz de amarme tal y como soy. Y eso me permitirá salir del vicio, transmutar alquímicamente, por la alegría de ser, el contento, mis vicios en virtudes. Y, en segundo lugar, si puedo amarme a mí mismo y comprenderme-tolerarme, también podré hacer lo propio con los demás y entonces no los juzgaré, no veré su mal, los comprenderé y así podré amarlos, eso es el perdón. El perdón no es aceptar un supuesto mal del otro, sino amarlo, porque, en definitiva, es otro yo y lleva su infierno dentro como yo.

Y, si consigo perdonar, entonces ya no habrá lucha, porque lo que emergerá será la unidad. El reconocimiento de lo esencial y lo común.

Si no me aferro a mi pasado, si me acepto tal cual soy, entonces vivo en el ahora, en la eternidad. No habrá miedo al presente, porque el presente, el momento eterno en el que se da todo, nada falta y es perfecto, es todo lo que hay. Y el futuro no me puede inquietar, porque, en el fondo está ya dado y, aceptado. La profunda aceptación está fuera del tiempo porque el tiempo no es. Y ya no hay ego, sino un nosotros, una conciencia transpersonal.

Cuando se produce esa profunda aceptación, el vivir en el ahora, estamos en la Conciencia plena no dual. No hay tiempo y el observador es lo observado. Y de ahí surge la Paz. Nuestro verdadero Ser, no hay lucha. Hemos vuelto al Hogar.

“La calidad de nuestros pensamientos determina nuestro grado de felicidad.”

El pensamiento determina nuestro ser.

Si nuestro pensamiento es inadecuado nos instalamos en el vicio, pero el vicio es esclavitud y la esclavitud es infelicidad.

Si nuestro pensamiento es positivo, si amplifica el alma, si nace de la Paz y la serenidad, de la alegría, el contento y el entusiasmo modifica nuestras acciones y elimina los vicios que no son más que el fruto de la ignorancia de la virtud.

El vicio es ignorancia, pero esa ignorancia está alimentada por la pereza. Es la falta de valor la que nos lleva al vicio. Porque el vicio es la falta de acción, mientras que la virtud, es fuerza, acción, coraje.

Lo primero es conocer nuestros pensamientos. Una vez que los conocemos, saber si generan acción o inacción, si construyen o destruyen, si producen tristeza o alegría. Si un pensamiento produce tristeza es un pensamiento que nos destruye, que disminuye la potencia del alma. Un pensamiento positivo, en cambio, aumenta nuestra potencia del alma y, con ello, nuestra acción.

Pero mientras más hacemos es porque estamos instalados en la alegría y el contento y, al estar instalados en éste, pues mayor es nuestra felicidad. Por tanto, el grado de nuestra felicidad depende del tipo de pensamiento que tengamos.

No se trata aquí de negar que existen los pensamientos y las pasiones negativas, sino del poder que tenemos de transformarlas, desde el poder interior que reside en el conocimiento adecuado, la Paz, el contento, el entusiasmo y la alegría de ser. Todo ello genera el amor. Y, donde hay amor, no hay tristeza. Y el que ama da, y el que da recibe y, por tanto, no necesita nada. Por eso, el amor a todo lo que hay, al ser, es el amor incondicional, infinito, la profunda aceptación y nos lleva a la máxima alegría, porque nos damos cuenta de que estamos completos y amamos toda completud, toda perfección.

Y la puerta de entrada hacia ese amor infinito es el amor propio, para empezar y el amor a la naturaleza, para continuar. Y ese amor a la naturaleza y a nosotros mismos nos lleva a la aceptación del otro, de los demás como iguales, porque todos formamos parte de esa “Sagrada” naturaleza. Deus sive natura, natura sive Deus.” Spinoza.

La fe es una virtud muy mal entendida. En realidad, salvo el catolicismo, que la considera una virtud cardinal o teologal es algo más bien, mal visto.

La razón de ello es doble. En primer lugar, la fe entendida por la religión no se ha practicado como virtud, sino como un deber. La fe se ha entendido como una creencia ciega. Es decir, se ha entendido desde un modelo de la verdad racional. En tal caso se entiende por fe la creencia en algo indemostrable e, incluso, irracional.

Por otro lado, la ciencia, al convertirse en discurso hegemónico pues elimina la fe porque la considera lo contrario a la argumentación y a la prueba empírica.

En ambos casos se entiende mal lo que es la fe, porque ésta, no es una cuestión de experiencia empírica, ni de verdad científico-racional, sino más bien una clase de actitud ante uno mismo y lo real.

La fe es una forma de estar en el mundo, que no anula, para nada, el discurso racional. Son niveles distintos. Incluso, podríamos decir, que el discurso racional necesita, como bien sugiere el filósofo Popper, de la confianza y la fe en que, en última instancia, los principios de la razón funcionen, en que nuestro conocimiento objetivo, racional y empírico describa, de alguna manera, aunque muy parcial, la realidad.

La fe como forma de estar en el mundo es una apertura a lo real y a sí mismo, una aceptación de lo que uno es.

Fe es confianza en uno mismo y en las circunstancias que lo rodean.

Fe es unidad, es no resistencia ante uno mismo y lo otro. La fe como confianza es una forma de Gracia.

Si uno no confía se instala en el enfrentamiento a lo otro y los otros. Su estado es el de guerra, el de lucha y defensa. Por el contrario, la confianza es apertura porque esperamos del otro la comunicación. La fe, como confianza en uno mismo, es la comunión con nuestro Ser interior, la confianza en nuestro propio poder.

Y, cuando confiamos en nosotros mismos, estamos instalados en la alegría, el contento del alma y el entusiasmo. La fe, la confianza, nos hace vernos y ver el mundo de otra manera. Es la puerta hacia un pensamiento que cambia el mundo.

La fe no está referida a una creencia en un objeto irracional, ni no empírico, la fe es el estado de ánimo de la confianza, de la no resistencia, del fluir con el universo y con uno mismo como parte del universo. Por eso, la fe es aceptación.

De ahí que en los evangelios se diga: “Tu fe te ha curado…” No hay alguien que cura, es sólo un mediador entre uno mismo y el universo, alguien que te ayuda a reestablecer el contacto contigo mismo y con el universo. Por eso, el obrador de milagros, no obra milagros como tales, sino que intercede, es un facilitador. Alguien que te ayuda a recuperar tu confianza y, cuando recuperas tu confianza, recuperas la armonía.

Pero, cuidado, en estos tiempos estamos deseosos de milagros materiales, de sanaciones físicas. No es eso lo que nos dice el evangelio, ni lo importante. No es el milagro “físico”, si es que lo hay, sino el de la fe, el de volver a tu origen, a tu Ser y, de ahí, a tu conexión con la Unidad. Entonces se produce la sanación. Pero es una sanación espiritual, no tiene por qué haber sanación física. Cuando esperamos esto es que no tenemos fe, sino que estamos apegados a la materia. Caemos en el materialismo espiritual. Sanación es armonía, unidad. Y ello implica fe, confianza. Y la confianza genera alegría de ser, lo cual hace que nuestra visión del mundo cambie, puesto que el mundo depende de nuestros pensamientos.

“El espacio de Einstein no está más cerca de la realidad que el cielo de Van Gogh. La gloria de la ciencia no estriba en una verdad más absoluta que la verdad de Bach o Tolstoi sino que está en el acto de la creación misma. Con sus descubrimientos, el hombre de ciencia impone su propio orden al caos, así como el compositor o el pintor impone el suyo: un orden que siempre se refiere a aspectos limitados de la realidad y se basa en el marco de referencias del observador, marco que difiere de un periodo a otro, así como un desnudo de Rembrandt difiere de un desnudo de Manet.” Arthur Koestler. Sacado de Lawrence LeShon y Henry Marguenau. “El espacio de Einstein y el cielo de Van Gogh.”

El problema actual es la reducción de la realidad al discurso científico. Pero, a su vez, el discurso científico se ha reducido al de la eficacia y, éste, al del mercado. De esta manera la realidad ha quedado cosificada mercantilmente y, el hombre, como sujeto de la realidad, ha dejado de ser sujeto, ha perdido su intimidad, su interioridad, su multidimensionalidad y ha quedado reducido a la productividad, a un objeto del mercado.

Pero todo esto no es más que una ideología, una máscara de la realidad en manos del poder de unos pocos, muy pocos, que controlan todo desde el psicopoder que pretende hacernos creer que somos libres mientras nos esclaviza con lazos invisibles, los lazos de la seducción retórica del mercado.

Esta ideología no es más que una creencia, un prejuicio, algo que funciona como un pensamiento directriz. Y, como todo pensamiento, crea en nosotros una actitud, un sentimiento hacia nosotros y el mundo que, a su vez, genera una forma de actuar.

Liberarse de las cadenas de la esclavitud a la que la sociedad está sometida es liberarse de este pensamiento negativo, tomar conciencia de que este pensamiento produce en nosotros un sentimiento de carencia. Una visión estrecha y unidimensional de la realidad.

La realidad nos excede y hay múltiples formas de acceder a ella, siempre parcialmente y de forma complementaria y no excluyente.

El miedo es la fuente de nuestra incapacidad y el origen de todos los vicios.

El miedo te repliega sobre ti mismo y te hace juzgar al mundo y a los demás de los males que tú mismo te produces por falta de valor. El miedo te hace proyectar tu incapacidad en el otro y lo conviertes en el culpable de tus males.

El miedo es una carencia de Ser.

El miedo nos escamotea nuestra existencia, la disminuye, la disuelve.

El miedo te paraliza ante la acción. El miedo nos hace esclavos.

Es el valor, la valentía, la virtud, la fuerza, la confianza en que eres, simplemente, el que puede vencer al miedo. Sin valor no hay ninguna virtud, ninguna excelencia. Porque la excelencia es la virtud, aquello en lo que sobresalimos. Aquello en lo que nuestro Ser se desborda.

Virtud es fuerza y excelencia. Y requiere de valor, de coraje.

El miedo está ahí, es el sentimiento de carencia, de que no somos suficiente, de que nos falta algo, es la falta de confianza, de fe, de apertura. El miedo siempre estará.

El héroe no es aquel que no tiene miedo, sino el que supera el miedo por medio del valor y conquista la libertad. Héctor no es que no tuviese miedo de salir a luchar contra Aquiles, quien posiblemente lo mataría, como así fue, sino que fue valiente y se superpuso al miedo. Fue libre, pudo elegir entre salir a luchar o poner una excusa.

Todos ponemos excusas cuando no somos capaces de actuar vencidos por el miedo. Tenemos que tranquilizar nuestra conciencia porque, de lo contrario, el miedo sería un tormento insoportable. Claro, de esta manera nos contamos una historia que justifica nuestros actos, más bien la falta de acción, y esa es la historia inventada a la que nos aferramos y quedamos esclavizados.

Pero el miedo, al impedir actuar, produce rencor y resentimiento, contra uno mismo y contra el resto. El miedo produce odio y es destructivo. El miedo es producto de un falso pensamiento sobre nosotros mismos que fomenta nuestra falta de fe y de confianza y nos priva de la alegría de Ser.

La alegría es el antídoto del miedo. La alegría surge del pensamiento correcto sobre nosotros mismos, de nuestra autoconfianza, de nuestra fe. De saber que no estamos solos, que pertenecemos a este gran entramado que es la Vida, o como cada cual le quiera llamar. Que no somos ninguna pieza suelta ni separada, que jugamos un papel, pero que no debemos ser ciegos e identificarnos con ese papel, sino ser un observador instalado en la paz.

Es esa paz interior la que me lleva a la armonía con todo lo que hay y esa armonía me da la confianza, la fe. Desaparece el sentimiento de soledad, y, por tanto, el de carencia y el de miedo. Somos vida y eso es todo lo que hay. La cuestión es sentir, pero hemos pensado todo, de tal manera que nos hemos convertido en objetos de nuestro pensamiento. El pensar debe ser un pensar sentido con todo el cuerpo, con lo que anima al cuerpo, que es la Vida.

De la alegría surge la espontaneidad, la acción, la exuberancia de ser. La alegría produce la sintonía y la armonía, la apertura y el amor hacia uno mismo y lo que nos rodea.

La alegría es el sentimiento que da origen a las virtudes. Pero la alegría es el motor que pone en marcha el coraje. Alegría y valor. No habría valor sin alegría. Ni alegría sin un pensamiento adecuado y positivo.

La calma interior es la fuente de la tolerancia. Si no estamos en calma, si nuestros pensamientos y sentimientos están agitados, entonces estamos en guerra con nosotros mismos y con los demás.

Para ejercer la tolerancia es necesario, primeramente, aceptarse a uno mismo. No podemos tolerar sin tolerarnos. Y la tolerancia no es el simple aguantar o soportar, eso es resistencia, es quererse, comprenderse en las virtudes y los defectos.

Nuestros defectos no los corregiremos si luchamos contra ellos, sino, si los comprendemos. Comprendiéndolos nos enseñan nuestros límites y cómo superarlos con valor. Y la tolerancia es comprender. Y comprender es aceptar. Y aceptar es amar. Si no nos amamos lo suficiente, no podremos aceptarnos, ni tolerarnos.

Pero quien no se tolera a sí mismo, quien no se acepta, nunca aceptará al otro. Al contrario, el otro será el objeto permanente de sus juicios, de sus proyecciones. Todo lo que no soporta en sí mismo lo proyectará en el otro y lo convertirá en culpable de sus males.

Cuando uno no se tolera, no se comprende, ni se acepta, busca un chivo expiatorio de sus males. Y es por eso que se lleva todo el día enjuiciando.

Contra esto es aconsejable el silencio, la soledad, la introspección, el autoanálisis, pararse y tener calma y paciencia. No atropellarse ni atropellar, dejarse llevar, fluir con nuestros sentimientos, no enfrentarse a ellos, comprenderlos y aceptarlos, no negarlos, ni resistirse.

La introspección es el camino hacia la calma y la tolerancia de sí mismo. Y, una vez que la tolerancia y la calma se han instalado en nosotros mismos, entonces somos capaces de tolerar al otro. Lo comprendemos, porque entendemos que es igual que yo, lo aceptamos, porque me acepto a mí mismo y no puedo exigir a nadie lo que no me puedo exigir a mí. Lo respeto como ser humano, como un igual, como alguien dotado de dignidad al que no puedo dañar en absoluto.

Y la calma y la tolerancia se dan desde la armonía. Una virtud esencial. La armonía es el equilibrio interior. Equilibrio que se consigue cuando contactamos con nuestro ser interior y alcanzamos la confianza en nosotros mismos. Entonces la armonía es el equilibrio entre nuestros pensamientos, lo que sentimos y nuestras actitudes y nuestras acciones, incluidas todo aquello que decimos. La armonía nos da la autonomía y la libertad. En la filosofía occidental es el ideal de la Ilustración, el “atrévete a saber”, el conocimiento, la introspección, nos hace libres. Pero no sólo el pensar, sino el sentir y actuar consecuentemente.

Y el resultado de la armonía interior es la armonía con los demás. Porque cuando hay un equilibrio interno, hay un respeto y tolerancia hacia los demás, tanto de obra como de palabra. Y esto es un principio absolutamente revolucionario.

No tenemos que pensar en cambiar el mundo, eso es una idea inútil, tenemos que cambiar nuestra conciencia y esto empieza por cambiar nuestra forma de pensar, de tal manera que genere, actitudes y sentimientos, que no dañen a nadie, que produzcan acciones y palabras que conlleven el respeto y la tolerancia. Entonces habremos creado armonía en nuestro alrededor. Y ése es el comienzo de la revolución exterior.

La armonía interior crea la Paz en el exterior. Como decía Gandhi: El mundo que quiero ver (el cambio en el mundo) es el que tengo que producir en mí mismo. Si no empiezo por mí mismo, todo es resistencia y lucha.

La Paz va de dentro a fuera. No habrá cambio vociferando contra el orden establecido, sino cambiando el orden establecido en nuestro interior.

“El éxito consiste en aquello que me produce paz, fortaleza y alegría.” Ahora bien, hay que hacer una matización. Cuando hablamos de éxito, al vivir en una sociedad en el que el pensamiento hegemónico es el materialista, confundimos éxito con tener, con posesión. No, no es éste el éxito del que se nos habla, (es el del Ser) sino que estamos en la dimensión espiritual. El propio éxito es precisamente la alegría, la paz, la calma, la felicidad y la fortaleza. El éxito es que mis pensamientos sean correctos y me lleven a este estado de armonía conmigo mismo y con lo que me rodea. El éxito es trascender el ego y pensar desde el espíritu, salvar la escisión. Cuando estamos tristes, sentimos ira, no tenemos fuerzas,...entonces estamos instalados en el ego, nuestro pensamiento es incorrecto, es una percepción aparente, falsa, ilusoria.

Por el contrario, si mi estado es la alegría, el entusiasmo, es porque he cambiado la percepción y ya no es desde el ego, particular, desde el que percibo y me percibo, sino desde el Espíritu Universal. Entonces he salvado la escisión y he vuelto al Hogar, la Unidad.

Y, el entusiasmo, es una virtud, una cualidad del alma esencial para conseguir ese estado de alegría.
El entusiasmo es la capacidad de maravillarse ante lo que me rodea y ante uno mismo, la capacidad de quedarse perplejo. Y, cuando uno se queda perplejo ante el misterio de lo Real está en un estado de admiración. Y es la admiración lo que despierta nuestro respeto ante todo lo que nos rodea y el deseo de conocerlo.

Pero conocerlo, no sólo intelectualmente, esto último también, pero no sólo, pensar que el conocimiento es sólo el intelectual es la herencia del pensamiento racionalista hegemónico desde hace cuatro siglos para acá.

Conocer, en su último grado es Amar, comprender y aceptar. Pero conocer, también es lo que el arte nos proporciona, un modo de acceso a nosotros mismos. Pero no un conocimiento empírico, que es el científico y muy valioso, sino experiencial.
El arte es una autoindagación sobre quién soy yo y qué es la humanidad y cual es su sentido. El arte es una forma de espiritualidad irreductible a lo meramente empírico.

La admiración que suscita el entusiasmo ante lo real me lleva hacia lo insondable de la realidad, hacia lo que ignoro, lo ignoto. Pero, si parto de la soberbia de la ciencia mal entendida, no podré trascender mi propia ignorancia. Para ir más allá en el conocimiento es necesario la humildad, el reconocimiento de mi propia ignorancia.

Cuando no reconozco mi ignorancia lo que hago es jactarme de lo que creo que sé y en realidad no sé. Pero, peor aún, me privo de la admiración ante lo que no sé y del entusiasmo de la aventura del saber y el Ser.

Porque el entusiasmo es vivir en la aventura. Es, como decían los griegos, como el que está poseído por los dioses. Como el niño que fácilmente se entusiasma. Si perdemos la capacidad de entusiasmarnos, de maravillarnos, nos volvemos rígidos, nos acercamos a la muerte. Porque la muerte es rigidez. El entusiasmo es la capacidad de variabilidad, flexibilidad, apertura a todo lo que está por venir y que, de entrada, lo vivo y lo acepto con alegría.

Porque el que vive desde el entusiasmo, vive en el eterno presente. No tiene ni pasado ni futuro. El niño se entusiasma porque no proyecta en el futuro, ni se queda anclado en el pasado.

Mantener el entusiasmo es mantenerse en el Ser, la alegría de vivir. Y este estado, no nos confundamos, no es egoico, sino que se irradia a nuestro alrededor. Es plenitud, y la plenitud se desborda a sí misma. Se contagia. Y es la alegría, el entusiasmo el que debe contagiarse, no el pesimismo, la tristeza, que te impiden actuar.

Los medios de comunicación, dirigidos por el poder, irradian tristeza, calamidad,…porque todo ello produce miedo y el miedo nos incapacita para actuar y, de esta manera, nos pueden controlar, que es lo que quieren. Éste es el fin del psicopoder, controlarnos a través de controlar nuestro pensamiento. Por tanto, es cambiando nuestro pensamiento como cambiamos nosotros y cambiamos el mundo. Es una auténtica revolución. La mayor revolución.

No hay maestros, toda la realidad es tu maestra, cada animal, cada planta, cada persona, cada gesto, cada emoción, cada pensamiento, cada obra artística, cada expresión cultural del hombre... No hay maestros si quieres ser libre. La libertad se conquista cuando uno se suelta de la mano del maestro y empieza a pensar y ser por sí mismo.

"Todo es tu Guru; Las rocas te enseñan silencio, los árboles te enseñan compasión, y la brisa te enseña el no apego. Usted puede tener muchos gurús, y profesores y psicólogos, pero el Satguru es Uno. ¿Cómo conocer a este maestro? Sin ego.
Satguru está dentro de su propio Ser y en ninguna otra parte.
Su Satguru mora en su Corazón
Y en el Corazón de todos los Seres."
Papaji

“Bacon fue el primero en formular una teoría clara del enfoque científico empírico y abogó por su nuevo método de investigación de un modo apasionado y frecuentemente avasallador…Es preciso atajar “los devaneos” de la naturaleza, escribió Bacon “obligarla a servir” y “esclavizarla” Había que “constreñirla” y el objetivo del científico era ”torturar la naturaleza para obtener de ella su secreto”

…Bacon utilizaba la imagen tradicional de la naturaleza como hembra y que su recomendación de que se la torturara para extraerle sus secretos con la ayuda de instrumentos mecánicos era eminentemente sugerente de la generalizada tortura de mujeres en los juicios por brujería a principios del XVII. En realidad, Merchant, demostró que Francis Bacon, como fiscal general del rey Jacobo I, estaba íntimamente familiarizado con los procesamientos de brujas y sugirió que había trasladado las metáforas de las audiencias a sus escritos científicos.” F. Capra. “Sabiduría insólita. Conversaciones con personajes notables” p. 269

La razón que manejamos hoy en día nada tiene que ver con el Logos de los griegos, ni menos aún con el Nous, es una razón instrumental, cuantificadora, lógico-matemática y con el objetivo de explotar la naturaleza. El conocimiento, ya desde Bacon, no es el saber por el mero hecho de saber, no es contemplación ni admiración ante lo real, ni maravillarse ante el misterio de lo real (eso queda para el momento creativo de los grandes genios científicos de la historia), sino explotación, poder. Y, hoy en día, el poder es el económico. La razón se ha reducido a razón económica, mientras que el Logos ha sido reducido a opinión. Y, las opiniones, desde la posmodernidad, se han convertido en equivalentes, lo mismo da lo que diga un catedrático de historia sobre la segunda guerra mundial, que un oignorante del tema perteneciente a un grupo neonazi. Y cuando las opiniones son equivalentes todas valen igual. Pero, claro, alguna ha de llevarse a la práctica y es aquí donde entra en juego de nuevo el poder económico. La opinión política que vale es la que tiene el más fuerte. No vale más la del científico en su departamento universitario que la del interés de una multinacional farmacológica, por ejemplo. Es decir, que si queremos una revolución social hemos de trascender el ámbito de la razón, no porque no sirva, sino porque ha sido prostoituida y hay que avanzar hacia el Nous, la comprensión que unifica el Logos con el sentir. En ese nivel recuperamos la Unidad perdida. Pero desarrollar esto es ya otro tema. Lo que sí es necesario decir es que hay que empezar aplicándose el conócete a ti mismo socrático, pero no retóricamente, sino de verdad y llegar a sus últimas consecuencias.

La virtud del contento, la alegría:

"Es un arte que requiere pausas para apreciar lo que tienes. El cimiento de aquello que haces. Un espacio interior fuerte, lleno de paz que resiste a todo, entonces reverbera en tu interior e impacta en los demás. El placer y el trabajo conviven en armonía." Brahma Kumaris.
La alegría procede de dentro, no hay nada de fuera que pueda darnos un contento duradero. Al contrario, la alegría que viene de fuera es pasajera. Ha de cultivarse el contento, la alegría de vivir interior, siguiendo al maestro Spinoza. Una actitud que emerge de un pensamiento. De esta manera nuestros actos estarán en armonía y habrá paz fuera y dentro. El contento, entonces, es equilibrio y armonía.
Y, así, seguimos con la revolución social que viene de la mano de la revolución interior. La emergencia de unj cambio en nuestra conciencia, un nuevo pensamiento sobre la naturaleza y los hombres y sus interrelaciones, generan una actitud, un sentimiento positivo, de Unidad, no de lucha. Y, siempre que hay un sentimiento de unidad, comprensión y tolerancia, hay paz y armonía. La crítica, por el contrario, divide. Hay que comprender al otro, practicar la tolerancia y, entonces podremos ejercer la fraternidad o la compasión. Y, desde la fraternidad sólo se dará la Unidad, no identidad indiferenciada, sino Unidad en lo esencial de lo que parece diferente. La crítica nunca nos llevará al entendimiento, porque la crítica nos pone a la defensiva, y atacamos para defendernos. Y, desde el ataque no puedes entender las RAZONES del otro, sólo atacas su persona, pero porque te sientes atacado. Desde la tolerancia nace la comprensión, fraternidad y compasión. Y, entonces vemos al otro, no como lo diferente, sino como otro yo, comprendemos y asumimos sus RAZONES. Nadie está libre de culpa, nadie e, pues, culpable. Todos somos responsables del mal. Y sólo aceptando esta responsabilidad afrontamos el mal de dentro y el de fuera, porque no eliminaremos el de fuera si no sanamos el de dentro. Si elegimos sanar el de fuera sin habernos enfrentado a nuestros demonios, pues proyectaremos nuestras herida en los demás, culpabilizaremos, no arreglaremos nada, sino que entraremos en guerra, llevaremos fuera nuestra guerra interior.
De ahí que la fraternidad (compasión, anunciado por el budismos, el taoísmos y el cristianismo y un ideal ético de la Ilustración, nunca se haya llevado a cabo, porque nunca nos hemos puesto en el lugar del otro. Nunca hemos comprendido que somos el otro. La guerra continuará mientras nuestra conciencia esté dividida, mientras no hallemos la paz interior, la calma, la tranquilidad, no podremos eliminar la guerra.

Lo que es, es. Pero lo que Es, es todo lo que Hay, que es el Ser. Y no hay vuelta de hoja. Pero, pensar y Ser, son una y la misma cosa. Así como el Logos es lo común. Porque todo es un eterno fluir de lo mismo, con lo que al final, nos queda que el Todo es la Nada, la vacuidad (potencialidad de llegar a Ser.) Pero, claro, si abordas esto desde tu mente, desde la razón, desde la lógica y su principio de identidad y no contradicción, entonces ya no sólo hay el Ser, sino, el ser pensado por tu mente. Es decir, dos cosas, dualismo, que, además están en guerra. Tu mente está en guerra con el ser que ha inventado y con ella misma. Pero todo es una fábula, un engaño. Es la vía de las apariencias que nos enseñó Parménides, que era un místico, no un lógico, como nos han enseñado. Y como Occidente lo ha transmitido y por eso vivimos la locura de escisión y sufrimiento en el que estamos.

Sólo hay el Ser, o el Tao, o lo inefable, o lo Uno de Plotino, o el Dios de Spinoza,…muchos nombres porque es inefable. Y si sólo hay el Ser, por seguir a Parménides y nuestra tradición, no hay un yo que contemple el Ser, eso es un sueño, o, peor, una pesadilla, la del sufrimiento. El sufrimiento viene de nuestra no aceptación del Ser, la Vida, LO QUE HAY, ni más ni menos. Aceptación absoluta y plena para disolver nuestro ego, o, mejor, quitarlo de en medio, quitarle su importancia, la que el se ha dado, o nos hemos dado y, por eso, las cosas, el mundo y los demás nos producen sufrimiento. Pero en la plena aceptación de que lo que ES, ES, no hay división, no hay ni tú ni yo, sólo hay Unidad. NO hay otro, hay fraternidad. El SER, en tanto que ES, sólo puede ser aceptado o amado, y eso es comulgar con el Ser, estar en comunión con la naturaleza, con todo lo que hay. El fin de la guerra. Ésta es producto de nuestra ilusión, de la fabricación de un ego que analiza todo y nos separa. No hay separación, sólo comunión con lo que Es. Y sólo hay un camino: Aceptación (amor incondicional, desinteresado) y rendición (que no resignación, sino la humildad cargada de valor, porque hay que ser muy fuertes para ser humildes, no se trata de ser pusilánime.)

Comentarios a dos textos:

El primer texto, no estoy en absoluto de acuerdo con su tesis. Precisamente defiendo lo contrario. Al estilo de Spinoza, que es mi último libro “Comentarios a la Ética de Spinoza”. Intenta, por todos los medios salvar la dualidad Dios-mundo, por un lado, y la institución de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo por el Reino de los cielos en la tierra y, por tanto, la guardiana de la fe y el amor de Dios al hombre y la redención del hombre por el Hijo de Dios, todo a través del Amor de Dios, como gratuidad. De ahí que se le exijan al hombre las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, sin las cuáles no obtiene la Gracia divina a través del Amor de Dios. Todo está muy bien. El caso es que esa redención, ese conocimiento de Dios, ese estado de Gracia, tiene que pasar por la Iglesia. Por tanto, se cae en un tremendo dogmatismo. Si te das cuenta, arremete contra el misticismo, claro, el movimiento místico en la iglesia, aunque ahora muchos son Santos, otros fueron quemados o recluidos en monasterios y tomados por locos, se salta la institución de la Iglesia. El místico establece una relación directa con Dios, pero, no sólo eso, sino que hace de Dios el propio Ser e, incluso, como dice el Maestro Eckart, “Yo estoy en Dios, yo soy Dios, Dios sin el hombre no existiría”. Es decir, es un panteísmo, pero no monista, sino, no dual, como en el vedanta advaita hindú. Por eso la Iglesia consideró a Spinoza ateo, cuando Spinoza decía: “Deus sive natura, natura sive deus”. Pero, claro, él no caía en un monismo, sino que consideraba que el hombre se identificaba con Dios o conocía a Dios, en lo que él llamaba, siguiendo a los antiguos, San Ambrosio, por ejemplo, el tercer grado del conocimiento. El primer grado es la sensibilidad, el segundo, el entendimiento y la razón y el tercero la intuición (artística, mística y filosófica), pues este tercer grado de conocimiento en Spinoza es el Amor. Es decir, que el conocimiento de Dios es posible por la apertura máxima del hombre al Ser que se da, no por el entendimiento (la ciencia, que es el ídolo de hoy en día), sino por el amor incondicional, que, a su vez, es posible porque la propia naturaleza divina es Amor y nosotros somos parte (atributos) de la naturaleza divina. Por eso el conocimiento supremo que nos lleva a la libertad de las pasiones (libro V de la Ética) es el amor intelectual de Dios. Pero ése acto de conocimiento, no es intelectual (sujeto-objeto), sino amoroso, por tanto hay una fusión con lo divino que es, no un ser personal, creador y separado, como mantiene el texto, sino el Ser parmenideo, o el Bien de Platón, o lo Uno de Plotino…en fin, toda esa corriente que se ha descabezado en la historia de la filosofía y en la religión. Si mantenemos a la Iglesia como institución desde la que se nos ofrece la salvación, pues tenemos el control. De ahí el lema “Fuera de la iglesia no hay salvación”, pero, la teología de la liberación, Jon Sobrino, en concreto, tiene un libro que se titula “Fuera de los pobres no hay salvación”. Y ahí, y eso me encanta, entra el texto del Papa, la Misión cristiana es extender el evangelio, pero sólo el evangelio y su sentido, no con demasiados preceptos eclesiales. Y, el mensaje del evangelio es el Amor Universal y que, el Reino de los Cielos está dentro de cada uno. Y eso significa que si uno quiere llegar al Reino de los Cielos ha de morir primero. Para renacer en la vida del Espíritu (el Amor Incondicional) es necesario morir (abandonarlo todo, el desapego que se dice hoy en día, de ahí lo del rico y el ojo de la aguja) Una vez muertos, es decir, una vez que ya no somos el yo que éramos, porque nos hemos transformado por medio del Amor, que es un estado de Gracia y se obtiene con Fe y ascesis, renacemos espiritualmente y estamos en Comunión con el mundo, los otros y Dios, porque reconocemos en cada cosa y en el otro a Dios. Por eso si nos transformamos, que es el mensaje de Jesús (no quiere la guerra contra los romanos, no le interesa la cuestión política como primer problema, sino la antropológica), pues transformamos el mundo. De ahí que, según el Papa, para transformar los grandes problemas del mundo y cambiarlo, hay que extender el mensaje evangélico desde todos los rincones de la Iglesia hacia el exterior. Pero no habla de la Iglesia como garante de la Verdad, ni nada. Habla de la Misión, que no es más que la conversión del otro en un cristiano, hombre nuevo o renacido, porque se ha transformado por dentro y lleva el mensaje evangélico, que es, el de la parábola del buen samaritano y el de las bienaventuranzas. Y, también, muy importante, la parábola del hijo pródigo, que es una parábola, para mí, en la que se puede enmarcar todo el mensaje evangélico. Y, si te das cuenta, tampoco se habla de muerte-resurrección, pasión. No, todo eso es un mensaje para culpabilizar a la humanidad de un pecado original, un mensaje manipulador que está en la mente de todos, porque está en el inconsciente colectivo. De ahí la capacidad de dominio de todo poder. Porque estamos preparados para ser esclavos. O, como decía La Boétie: “La servidumbre humana voluntaria”, o, el mismo Kant, somos autoculpables de nuestra minoría de edad por nuestra pereza y nuestra cobardía. Por eso, el mensaje evangélico, es un mensaje que, como dice el Papa, te saca de la comodidad, porque, en definitiva, Jesús, como Sócrates, o Buda, lo que predicaron fue la libertad o la liberación del hombre, pero no meramente política (a dios lo que es de dios y al cesar lo que es del cesar); sino total. Y esa liberación total es el camino que sigue la mística. Pero una vez alcanzada esa liberación hay que volver a la plaza pública, a ocuparse de los asuntos públicos y convertir a los demás. Como decía Platón, no se puede quedar el filósofo en la isla de los Bienaventurados, sino que ha de volver al interior de la caverna, al Ágora, como hizo Sócrates, y si eso le cuesta la vida, pues bienvenido sea. El objetivo no es la felicidad, sino la virtud pública y privada. Y, en la virtud está la felicidad. Porque virtud en griego es areté (Excelencia) y en latín, fuerza o coraje y valor. Y no hay excelencia sin valor y coraje- Y eso es lo que hace falta para realizar los dos viajes, el de la conversión o renacimiento de uno mismo y el de realizar la Misión evangélica, es decir, predicar el Amor Universal: la fraternidad. La Unidad de todos los hombres entre sí, con la naturaleza y con Dios. Y, una vez que cambia la conciencia del hombre individual y se hace universal (fraternidad), entonces se resuelven los problemas políticos, porque ya no se actúa desde el egoísmo, sino desde lo universal, desde la conciencia planetaria, global y universal.

Sin libertad no hay Despertar. La libertad, precisamente, es liberación. Pero la liberación exige eliminar todo aquello que nos condiciona a pensar y ser lo que somos. Y eso que creemos ser, no es lo que verdaderamente somos, no es más que un producto de lo ya pensado. Son un conjunto de creencias admitidas desde siempre con las que nos identificamos. Con las que estamos apegados. La libertad consiste en atreverse a pensar por uno mismo e indagar en ese conjunto de creencias con las que nos identificamos y no distinguimos que no somos esas creencias, sino que estamos más allá de ellas, que somos el fondo donde descansa todo eso. Somos el Yo universal, el Ser que puede observar. Por eso, primero hay que pensar por uno mismo. Y pensar por uno mismo requiere de la distancia, la ironía, ser capaz de reírse de uno mismo, lo cual hace que nos demos cuenta de que no somos las creencias ni los pensamientos limitantes, sino, el Observador imparcial, la Conciencia. Y la libertad se da en la Conciencia, que no tiene condicionantes, no el yo identificado con los pensamientos, con los calificativos que lo definen. La Conciencia no tiene calificativos porque no tiene condicionales. De ahí que sea el testigo.

Pero es necesario el pensar, porque sin el pensamiento no discernimos el engaño, ni creamos la distancia entre quien verdaderamente somos y las creencias y pensamientos.

Pero es la pereza, la comodidad y la cobardía, los que nos impiden pensar y, por tanto, ser libres y, en última instancia liberarnos y Despertar a la Consciencia. El camino es la autoindagación, el conócete a ti mismo, en sus dos versiones, a trevés de los demás y a los demás a través de ti mismo (somos Uno) y, en la segunda versión, conócete a ti mismo y conocerás al mundo y a los dioses (o Dios, el Ser, el Tao, el Dharma…)

Ante tanta pseudoespiritualidad hay que reclamar el pensamiento, la autonomía, la búsqueda de sí mismo. Olvidarse de los caminos fáciles, de los atajos. Recuperar la verdad de la tradición, enfrentarse a la sombra, la personal y la colectiva. No es un camino de flores, tampoco de espinas, es un camino de en medio, el camino de los castaños, suave, pero largo y con sus cuestas y sorpresas, un camino de búsqueda interior. Un viaje hacia dentro que nos lleva hacia afuera, hacia el Ser. Porque lo mismo es fuera que dentro.

Aceptación de todo lo que es. De todo lo que nos pueda pasar, lo que podemos sentir, las carencias que creemos tener. Aceptación es ver desde el presente, el aquí y el ahora, todo tu pasado y tu futuro.

Pero todo lo que es pasado y futuro, al estar en el momento presente se disuelve en el tiempo. Y para disolverlo en el tiempo es necesario no identificarse con ello. Hay que observarlo, sentirlo, sentir las sensaciones físicas donde se manifiesta el sufrimiento psicológico y amarlo desde el amor de sí, ese amor no es identificación, sino, todo lo contrario. Es desidentificación, distancia. Porque es el yo testimonial, el Testigo, el que desde la Presencia de Ser da testimonio de ello.

La cuestión es que, cuando uno no se identifica ni con su pasado, ni con su futuro, no se proyecta ni en el uno, ni en el otro. Y cuando esto ocurre, entonces lo que sucede es que el diálogo interno cesa.

Porque el diálogo interno, que es el que realmente crea el sufrimiento, alimenta la identificación con el yo que sufre. Pero el yo que sufre es un yo ficticio, que está en el pasado o en el futuro, es decir, una proyección. Porque sólo existe la Presencia, el eterno presente.

Es cierto que siempre vamos a funcionar en el tiempo psicológico, no se trata de anular éste, es imposible, como no podemos parar las funciones de los órganos del cuerpo. Lo que sí podemos hacer es no identificarnos con el papel que desempeñamos en el pasado y el futuro, sino observarlo desde la distancia de la Presencia, no alimentar ese yo con el diálogo interno: debería haber hecho, yo no puedo con esto, el culpable de todo es él, yo no soy más que una víctima de mi pasado,…y así.

La Presencia es ver desde la eternidad y es ver con amor, amor propio o amor de sí, aceptando todo aquello que somos, lo que nos produce alegría, como lo que nos produce tristeza. Observaremos, que si hacemos esta práctica nos mantenemos en nuestro centro, que es el aquí y el ahora, desaparece el sufrimiento psicológico porque ya el tiempo no existe al no existir el diálogo.

Es el amor incondicional, que conlleva el Perdón (empezando por perdonarse a uno mismo), que viene a ser lo mismo, el que nos lleva a la aceptación y, por supuesto, a la rendición. Después de mucho luchar, de mucho batallar, nos rendimos, que no es lo mismo que claudicar, sino aceptamos nuestros límites y los queremos, los vivenciamos, pero desde el presente. No intentamos ni juzgarlos ni justificarlos.

En el eterno presente, lo que es, es. Y no hay más que eso. Es la totalidad del Ser. Y, si estamos instalados en esa totalidad del Ser, en la Presencia, tenemos la mirada, como decía Spinoza, desde la eternidad. Y en la eternidad sólo hay Ser.

Cuando aceptamos estamos, automáticamente, en el estado de Presencia, y esto es lo mismo que amarlo todo incondicionalmente. Eso sí, empezando por nosotros mismos. El amor de sí, el amor propio, la aceptación incondicional de todo lo que somos, en el aquí y el ahora que abarca todo el tiempo, es la condición indispensable del amor al otro y a todos los seres vivos.

Cuidado con el engaño del poder, que ha negado el amor propio y lo ha identificado con el egoísmo. Nada más lejos de la verdad. Egoísmo es amar al otro para ser amado, buscar el amor del otro porque no se acepta el sentimiento de carencia. Si no vemos, aceptamos y amamos nuestra carencia, nunca amaremos al otro, buscaremos un trueque, un intercambio. Por eso viviremos en el engaño, la ilusión. Y no cesaremos de juzgar, de culpabilizar, de sentirnos las víctimas, de pensar en el qué dirán, qué harán…Amor de sí es Aceptación. Y Aceptación es Presencia. Y, la Presencia es la ausencia de tiempo, porque todo él, pasado y futuro sólo pueden existir en el ahora, el resto no es más que proyección e ilusión.

“Los verdaderos sabios de antaño,
eran hombres confusos, cual turbias aguas.” Tao Te King. Lao Tzse.
“A la mitad del camino de nuestra vida me encontré en una selva oscura, por haberme apartado de la recta vida.” Dante. La divina comedia.
“¿Cuándo, cuántas veces te sientes en la encrucijada? En la primera, muchos caminos; en las siguientes, cada vez menos. Como un abanico que se va cerrando. Porque la encrucijada, en realidad, no es una, sino una tras de otra, toda una serie, que se convierte en la “selva oscura” donde se encuentra Dante en el medio del camino de su vida. La vida como camino, el hombre viajero.” Iñake Preciado. “La ruta del silencio. Viaje por los libros del Tao.” P. 114.

Sólo los sabios reconocen la ignorancia y sólo los sabios se saben perdidos y reconocen la "selva oscura" que es la vida y la "noche oscura del alma" que es necesario recorrer. El resto se afana en permanecer en la ilusión, en forjarse una doctrina confortable que lo aleje del acto de valentía de enfrentarse a la eterna pregunta: ¿Quién soy yo? ¿Qué debo hacer?, ¿Qué puedo esperar?

La puerta de la sabiduría es la duda, el escepticismo, pero no nos podemos quedar atrapados en la duda, porque entonces nos quedamos atrapados en la razón, en la dualidad. Hemos de abrir la puerta, no a la irracionalidad, sino a la VIDA, sentir la Vida, eso es la metaracionalidad. Tomar consciencia de que todo es un sueño, de que somos soñados por alguien al que, tal vez, nosotros soñamos. Sueño que dios me sueña o es dios el que sueña que está soñando. abrir la puerta, dar el paso, atreverse a saber, a trascender el sueño para, al final, suspender el juicio porque la razón es insuficiente. Fundirse con la VIDA.

La vida es sufrimiento y muerte. Tanto uno como otro se pueden trascender. Pero no todos lo pueden hacer. El miedo a la muerte es natural al hombre. La rabia contra ese destino que corta la vida en su pleno apogeo, en la infancia, o en el final, es respetable. El no querer comprender es respetable. El cómo cada uno vive la vida desde su verdad es respetable, así cómo cada uno encara la muerte, igualmente, es respetable. La muerte es el enigma, el misterio, la puerta, quizá, para los que tienen fe, para los que no, les quedan sus actos. Lo que han realizado en su vida. La muerte y su presencia desencadena el proceso de autoindagación, de autoanálisis. Es el momento de evaluar. Hay diferentes etapas en el proceso de la muerte y todas ellas deben ser respetadas por los seres que están al lado. El sufrimiento del que se enfrenta a la muerte es único y pertenece sólo a aquel que lo sufre. No valen discursos consoladores, sólo la presencia. La muerte y lo que la antecede es algo que nos toca a todos vivir, que nadie nos arrebate la libertad de pensar nuestra propia vida, de evaluarla por nosotros mismos. Que nadie nos quite la libertad de elegir nuestra forma de morir. Todo está bien, toda decisión está bien. El miedo, la tristeza, la rabia, la ira, la aceptación, la rendición, están bien. Y todo momento es respetable y hemos de comprenderlo desde lo más profundo, como si fuésemos nosotros, que algún día lo seremos, el que está muriendo, el que mira de frente a la muerte. No valen los discursos ante el que tiene a la muerte de frente, porque él, aunque esté lleno de dolor, rabia y miedo, es más sabio que nosotros. No valen paños calientes ante la muerte. Hay que respetar la libertad del otro, sus creencias y sentimientos. La muerte es la puerta a lo inefable y mientras no estemos frente a la muerte no podremos ver lo inefable. El resto son palabras, discursos vacíos, bien intencionados, pero vacíos.

Todo está en la trampa del pensamiento. Y la trampa del pensamiento es el lenguaje. El Tao que puede ser nombrado no es el Tao, el Tao que no se puede nombrar no es el Tao. No podemos hablar de lo que no se puede hablar. Y de lo que no se puede hablar es lo inefable. Luego lo único que nos queda es el silencio. Una mística radical invita al silencio, todo lo más que podemos hacer es hablar negativamente de lo que es para decir lo que no es. Pero, aún así, nos equivocamos, porque lo que es, es tanto en negativo como en afirmativo. Porque el lenguaje es dual, pero la Realidad sobrepasa toda dualidad. Y esto es la vacuidad. La vacuidad es la salida de la forma. Lo sin forma. La pura potencialidad del Ser, pero sin afirmación, sólo como pura potencialidad, como pura posibilidad.

Y esto, antropológicamente, aplicado al hombre es la posibilidad de ser lo que es y su negación. No hay nada, sino todo, o todo es nada, que es lo mismo. Toda definición es una determinación. Y una determinación es un límite y la vacuidad es la ausencia de límite-. La pura posibilidad. Ni lo muerto ni lo vivo, ni lo eterno, ni lo temporal… contemplar la temporalidad es la trascendencia de todo lo que es. Ni amor, ni odio. Si todo es Amor, estamos dejando fuera lo opuesto, el odio. Y todo lo que hay es la unión de los opuestos. No valen paños calientes en la mística radical. Y lo radical no es extremismo, sino ir a las raíces de las cosas. Y las raíces son lo originario, lo que hay, no se pueden eliminar, no se pueden obviar.

Lo real es la armonía de los opuestos. Y  la armonía de los opuestos es la unidad, que es, a su vez, la negación. La negación es la Nada, la vacuidad. Porque no es la nada como no ser, que es una parte de los opuestos, sino la nada como potencialidad de Ser y No ser.

No hay ni sentido, ni azar, ni sentido, ni absurdo, hay lo que hay, que es innombrable y, lo innombrable, es la vacuidad. Todo fluye, nada permanece. De nada hay que preocuparse. No hay futuro, no hay pasado, sólo el eterno presente. Y lo presente es la observación del ser desde la eternidad sin juicio.

Todo nuestro afán es permanecer. Pero el intento de permanecer es apego, y el apego tiene su último origen en el ego. No hay ego. El ego es una construcción. Hay que dejarse llever, fluir, no presentar resistencia a la naturaleza, el Universo, el Tao, todo lo que hay. Hay que estar en los demás. En los demás, en el cambio y fluir de las relaciones está lo que es, que nunca permanece. Porque todo fluye y cada cual no es más que un haz de percepciones, un eterno fluir de lo mismo en otro y el otro un eterno fluir de lo mismo en mi mismo. Todo es apariencia y esa apariencia es todo lo que hay, porque apariencia y realidad son lo mismo. El lenguaje explota delante de nuestras narices en la medida en la que intentamos comprender. No podemos comprender por el lenguaje. Sólo el Ser puede comprender. Pero el Ser es el Silencio. Guardar silencio, ir hacia el interior. Ése es el camino, lo demás es alejarse del centro. Descentrarse. Buscar recetas. Y no hay recetas en lo radical, en las raíces, sólo raíces. Las recetas son para los débiles, los pusilánimes, los que no tienen valor de enfrentarse a la Nada, la vacuidad, el interser, el nirvana. Y lo sustituyen por recetas, por palabras como Amor y demás. Lo que es, es, y no se ama a sí mismo porque entocences es dos, además de carencia. Simplemente es. Y, cada cual, en tanto que es, es lo que hay y el amor de lo que hay no es el camino del ser, sino de la dualidad. Aceptación, rendición, entrega absoluta. Dios, lo que hay, el bien y el mal, exigen la entrega incondicional, sin amor ni odio, sino con la unión de ambas en su armonía del ser, con Fe y con confianza. Y sin miedo. La vacuidad es el abismo. Acercarse al umbral de nuestro yo es vislumbrar el abismo de nuestro vacío. Porque el ego es la vacuidad, lo que no es. Y de ninguna de las maneras puede ser ni llegar a ser. La vacuidad, por otro lado, es lo eternamente cambiante, es la naturaleza de nuestro ser. Asomarse a nuestra vacuidad es asomarse al abismo de la nada. Es dejarse caer, desasirse de cualquier asimiento o apego., incluido, y, sobre todo, el apego del ego. No hay apegos, no debe haber apegos, ni al del ego, ni al de la sanación, ni al de la curación, ni al del desarrollo personal. Todo eso es apariencias, todo eso es dualidad. No hay dualidad, salvo la dualidad pensada que procede de nuestros deseos. El sufrimiento es deseo. Si queremos parar el sufrimiento debemos parar el deseo, simplemente, Ser, dejarnos ser. Seguir la naturaleza, cómo la naturaleza se expresa en nosotros. Abrazar nuestra propia naturaleza como expresión de la naturaleza, de lo que hay. Y lo que hay es armonía de los opuestos. Para no sufrir hay que aceptar nuestros opuestos, nuestro querer y no querer, dejar de querer. Estar, Ser.

La vida es dolor y sufrimiento. Sin ellos es imposible aprender, pero aprender implica eliminar el deseo y sustituirlo por el amor y la compasión.

Nada se puede aprender realmente más allá de lo que se pueda mostrar. En realidad no sabemos nada de lo que es importante, o de lo que tiene realmente importancia: el sentido de la vida, la muerte, la belleza, el bien... Y ante esto lo que queda es una gran carcajada ante la gran broma cósmica.

Ni teocentrismo, ni antropocentrismo, ni ecocentrismo, mejor cosmocentrismo o vacuicentrismo. El vacío como centro y circunferencia, la nada como las apariencias y el todo.

Salir de la caverna totalmente es encontrarse en el vacío. En lo inexpresable que es el fundamento y origen de todo. Es la Unidad y el origen de la Unidad, la forma y la vacuidad, las apariencias y la realidad. No hay palabras.

Las teorías sólo son teorías, los pensamientos son limitaciones de la realidad. La realidad está más allá de la puerta de salida de la caverna. Fuera de la caverna nos encontramos la nada y el todo. Es como perder pie y caer en el abismo a la par que uno se disuelve y resuena una gran carcajada. Fin de la búsqueda, solo nos queda el instante presente, la Presencia, o la eternidad, que bien podría ser la Nada. Y, ante todo esto, distancia y humor, un poco de ironía y cinismo. Pues no era para tanto. El fin de la búsqueda está en el principio. Pero había que recorrer el camino. Porque el fin, paradójicamente, no existe, no hay fin, el fin es el camino. Y cuando caemos en la cuenta, pues se acabó la búsqueda, pero no la vida, una gran carcajada de nuevo. En realidad, no nos encontramos, nos perdemos, porque no hay un yo que sostenga ningún juicio. No hay conocimiento, ni esperanza de conocimiento. Hay el Gran Misterio, que sólo es vivenciable.

Y en esto consiste en Despertar, que no hay Despertar, (en realidad estamos Despiertos, pero somos ignorantes de ello y ese es nuestro pesado sueño, nuestra pesadilla), sino camino. Y cuando se descubre, lo que se descubre es nuestra profunda ignorancia, el sólo sé que no sé nada. Y cuando vivenciamos eso es cuando realmente salimos de la caverna. Es como un Despertar súbito. Pero la vida sigue hasta que muramos, aunque ahora todo sea más cómico. En realidad, carece de importancia, porque la importancia la da el ego, pero si el ego se ha vuelto funcional, sólo hay aceptación y rendición plena y activa. Nos queda la acción en tanto que compasión: amor de todo lo que he considerado otro, pero que es Uno. Pero no hay teorías de la compasión, ni del amor, nada sirve. Cuando se despierta nos damos cuenta de que todo está gastado. Porque todo pertenece al sueño.

Despertar es una gran carcajada desde nuestra ignorancia. Todo sigue igual. Pero la mirada ha cambiado. Ahora vemos desde la inocencia, sin prejuicios, sin teorías, sin ideas, ni creencias preconcebidas. Hemos vuelto a la vida cotidiana sin escisión, sin ruptura, sin dualidad, sin prejuicios. Es como un cierto cinismo que nos permite reírnos de todo. Pero una risa que procede del Todo y desde la inocencia.

Y, una vez que hemos salido de la caverna, que hemos despertados súbitamente, hemos visto la luz del exterior y hemos salido dando un portazo, qué hacer. El mismo Platón nos lo dice. El filósofo no puede vivir en la isla de los bienaventurados, sino que ha de volver a la caverna y enseñar, aportar la luz, a los que habitan en el interior. La cuestión, u otra cuestión es cómo.

Al filósofo que ha despertado le tocan dos tareas, la del conocimiento y la de la educación-compasión. Porque la educación es una forma de amor, pero está dentro de algo más amplio que es la compasión hacia todos los seres.

Aguijoneando las consciencias dormidas, como buen tábano, en estas pseudofiestas que han perdido todo su sentido originario en el que había una relación directa con la naturaleza y la vida. Porque toda fiesta era una conmemoración sagrada de un cambio de ciclo vital y natural, claro, lo uno y lo otro, no se podían separar. Cuando se han separado, pues hemos llegado a la esquizofrenia de la sociedad actual. Bueno, no tan actual, así llevamos siglos y siglos, pero la esquizofrenia se hace cada vez más insalvable.

“¿Por qué hay ser y no más bien nada?” Hedegger.

“La pregunta más simple de toda la filosofía es: ¿Qué es todo esto?” Whitehead.

Un Koan Zen dice así: “Cuál era tu rostro cien años antes de nacer y cuál será tu rostro cien años después de morir?”

Hay tres caminos que no se pueden recorrer por separado, pero que sí tienen que ver con la personalidad de cada uno y, por eso, cada cual practica más uno que otro, aunque al final todos confluyen en la armonía:

  1. El de la devoción. Que es la oración hacia lo divino a través de lo que cada cual necesite y su cultura le ofrezca.
  2. El de la compasión, que es el de la acción. Es el del amor incondicional hacia los demás. Vivir por y para los demás.
  3. El del conocimiento o sabiduría. Que es el del conócete a ti mismo, el de la autoindagación. Y comienza por la pregunta ¿Quién soy yo?

No está mal todo esto como programa para una vida. Aunque una vida, con lo dormidos que estamos, -sólo despertamos cuando la vida nos da un revés, un bastonazo, que siempre es a tiempo- se nos queda demasiado corta.

La política que tenemos, el pensamiento político y sobre todo las ideologías, son formas caducas que no acaban de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Muere una consciencia egoica, dual y maniquea y nace una no dual y fraternal, pero aún no acaba de nacer. Mientras nos debatimos con las identificaciones porque no acabamos de ser libres; es decir, pensar por nosotros mismos sin necesidad de ideologías (que, por cierto, es un sistema de contrapensamiento) Y esta nueva consciencia, que engloba también, por supuesto, una ética y una filosofía, serían la base para una nueva civilización. La que estamos se hunde, está muerta, hay que salvar a los pasajeros del barco con una consciencia nueva, no intentando parchear el barco.
Por ejemplo, intentamos argumentar y, lo que hacemos es utilizar el Logos, la razón instrumentalmente, cuando, en realidad, tal y como aparece el Logos en Grecia sería que el hombre vive en el Logos. El Logos es lo común dice Heráclito. La nueva consciencia de los pilares de una nueva civilización, si es que ello es posible, no es algo ex novo, sino mucho de recuperación y actualización de la sabiduría antigua, de lo que se llama, desde Huxley "Sabiduría o filosofía perenne". 

Sí, en la enseñanza reglada hay un acoso hacia el buen estudiante y, por parte de los gabinetes psicopedagógico, al solitario, al de gustos raros y exquisitos lo quieren normalizar, es decir, llevarlo a la mediocridad, al rebaño.

Es la política del rebaño, la ética del débil.

La tarea del filósofo es ayudar a que la ciudadanía se forje un carácter.

Los filósofos somos demasiado duros y diáfanos para estos tiempos líquidos y traslúcidos.

El filósofo es un camino, no un conjunto de conocimientos. Por eso el filósofo es un viajero, alguien que va hacia el interior para conocer el exterior. Vamos, no un turista.

Como la gente está perdida, pues viaja, como si fuesen a encontrarse. Lo que en realidad hacen es huir de sí mismos.

“Buda y Cristo, aunque son figuras del pasado, son en realidad, figuras del futuro.” Ken Wilber.

Por mi parte, yo añadiría también a Sócrates.

Lógicamente esto habría que explicarlo, pero lo dejo para que lo reflexionen ustedes mismos.

Todo tiene la importancia de la perspectiva desde la que se mire. Jesús, Buda y Sócrates nos enseñaron a mirar desde la eternidad, cada uno a su manera: Jesús desde el amor incondicional, Buda, desde la conciencia plena y la superación del sufrimiento causado por el deseo, Sócrates desde la serenidad de la razón cordial y la entrega a la ciudad (humanidad, la ética: "Es mejor padecer una injusticia que cometarla" Y, el divino Spinoza nos lo recuerda en su ética. En su libro quinto. La libertad humana no existe, no hay libertad. Hay liberación de las pasiones a través del conocimiento (amor) de Dios o Naturaleza. Y ésta es la aspiración del arte: lo sublime.

Nuestros vicios: la rabia, la ira, la tristeza, el odio, la vanidad, la envidia, no son más que formas incorrectas de mirar, ignorancia. Y todas proceden de una excesiva concentración en nosotros mismos, de una falta de perspectiva, de incapacidad de mirar desde la distancia y con ironía. De darse demasiada importancia. Si cambiamos la percepción los demonios se transmutarán alquímicamente en ángeles: La rabia en ternura, la ira en generosidad, el odio en amor incondicional, la vanidad en humildad (que no humillación), la envidia en admiración y alabanza…

Quizá la única oración, mantra, invocación, plegaria, contemplación...sería el dar Gracias. Quizá dar Gracias y que ésta emerja de nuestro corazón sea un camino de acceso hacia la ampliación de nuestra conciencia. La gratitud es la forma superior, por desinteresada, en la que se manifiesta el amor incondicional.

Una cosa importante es que no hay que buscar el Despertar, el despertar es la misma búsqueda, si nos paramos y nos autoobservamos, inmediatamente dejamos de identificarnos con el yo. No es que el yo desaparezca, eso no puede ocurrir, tiene su función y muy importante, lo que desaparece es la ilusión de que somos un yo, el sueño de ser un yo separado, cuando en realidad no somos más que la expresión de la Unidad de lo Divino, el Espíritu, el Vacío,…

El hecho del buscar, al final produce la dualidad, el yo que busca al yo despierto (no puede haber un yo despierto, es una contradicción). Y, encima, todo se llena de técnicas para ayudarnos a Despertar, pero, no hay técnicas, cada cual es una puerta abierta al Despertar, a ser más consciente y, para ello, lo que es necesario es pararse, silencio, soledad y convertirse en amor (luz), o recordar qué es lo que somos.

El Despertar, la Iluminación, salir de la Caverna es un comprenderlo TODO súbitamente y no poder decir nada. Sólo queda el silencio, una sonrisa, una carcajada atronadora y, todo lo más que se puede decir es: GRACIAS.

“Quien no es capaz de desprenderse de su yo, de morir y de mirar la muerte cara a cara, tampoco podrá vivir. Son pocas las personas que emprenden el camino de la muerte del yo -el camino místico-, y muchas menos las que van por él hacia el final. Porque antes del morir está el miedo.

Únicamente las personas con un yo fuerte son capaces del desasimiento. . Algunos deberán ocuparse primeramente del fortalecimiento de su ego antes de emprender el camino místico o, por lo menos, ponerse en manos de un terapeuta.” W. Jäger. En busca del sentido de la vida. El camino hacia la profundidad de nuestro ser. pp. 24-25

Una vez más, desprenderse del yo es morir. Pero no es fácil desprenderse del yo. Es más, y muy curioso, mucho de lo que hacemos para desprendernos del yo no es más que una forma de abrazarnos a él. No soportamos la muerte del yo, porque es la pérdida de sentido. La desaparición del yo implica la ausencia de sentido, porque lo que da sentido es el yo. El sistema de pensamiento y percepción del yo es el conjunto de creencias, pensamientos, sentimientos y emociones que me sirven para interpretar el mundo, o LO QUE HAY. Ahora bien, si pongo el yo entre paréntesis, si me suelto (o lo dejo caer) de él, entonces nada tiene sentido. Y si nada tiene sentido es mi muerte. Me he enfrentado a la muerte cara a cara. Es decir, ya no soy yo. Ya no puedo identificarme con nada. He visto la farsa que interpretaba, no hay yo, no hay juicio, no hay forma, todo es vacuidad. Sólo a este estado se le abre la divinidad. Cuando nos hemos reducido a la nada (egoica), entonces surge la totalidad de lo divino, del Ser.

Es muy difícil emprender este camino, porque implica un poder de decisión irrevocable. Es un decir sí o un decir no. No hay medias tintas. Y, para ello hace falta valor y coraje. Y sólo es un paso el que se necesita dar. Pero es un paso en el abismo. Y cuando se va a dar el paso, que es único y definitivo, después de dar muchas vueltas comprendes que sólo es un paso, pues lo que suele ocurrir es que aparece un ataque de pánico ante el vacío, ante la idea de la nada, ante el pensamiento de caer en el abismo oscuro y sin fondo que es la nada de la ausencia del yo. Y, entonces, sentimos que no tendríamos a qué aferrarnos para interpretar el mundo, por eso la mayoría de las personas que emprenden el camino se enredan en las técnicas y pierden de vista el fin, que es el desprendimiento del yo. Es decir, que les vence el miedo, que es el fundamento sobre el que se levanta el ego. Es su coraza, primera, última y definitiva. El miedo es la base de la construcción del ego. Y este miedo lo sentimos todos: es nuestra soledad más absoluta, es el sentimiento de locura, de separación de todos los demás,…y nos resistimos a soltar, simplemente, o nada más y nada menos, que por miedo.

Por eso es necesario un yo fuerte, que significa tener carácter, voluntad, decisión, valor, coraje. Sin ello, tenemos un yo pusilánime, inseguro, no integrado, ni autónomo ni libre, menor de edad, a medio construir, que se aferra a cualquier ídolo para sobrevivir y resistirse al pánico de no ser. De ahí, que para iniciar el camino espiritual, y no caer en errores, como las diversas formas de materialismo espiritual, de narcisismo, de psicosis y delirios, de locura estrictamente hablando (esquizofrenia) es necesario estar sanos psíquicamente. Es decir, no arrastrar traumas que se proyecten después en la vida espiritual. Porque esos traumas impiden soltar el yo y se transmutan en supuestas experiencias místicas, que no son más que el fruto de un yo desestructurado.

Desde fuera de la caverna. Despertar, lucidez, Consciencia.

Todo es Luz, la luz ilumina todo lo que hay y lo que hay es a partir de la Luz. La luz hace que todo se proyecte y que aparezcan las sombras. Ya no hay un yo, un tú, ni un mí. No hay más familia, nación, estado, ni país que el Cosmos. Todo lo que existe, esencialmente, es Uno. Y el yo se disuelve en ese Uno. El yo, se echa a un lado, para que se adentre el Ser y todo se hace Ser y Devenir. Uno ya no es un yo, sino el Observador, la Presencia Plena, la Consciencia. El pasado Es en el Eterno Presente, no hay un condicionante del eterno presente. El futuro no está dado, ni pensado, ni sentido. Sólo se siente el Eterno Presente, la Presencia. Y esa presencia es Vacuidad, no hay formas porque no hay conceptos, ni lenguaje que describa el exterior de la Caverna, que es el Ser, lo Dado, lo que Es, el Tao, la Divinidad. Impermanencia, fluir de todo lo que hay. El observador sintiente sin palabras. Las palabras mediatizan y dan forma al Ser, entonces aparece el conocimiento y desaparece la sabiduría. La observación sin lenguaje, el meramente estar, por el hecho de estar. Permanecer inalterable en el Ser, pero a la vez, Ser vacuidad impermanente. La ausencia de formas del Ser que es la Consciencia plena que Uno es cuando ya no es un yo, cuando el yo se ha echado a un lado y el ver se convierte en lo visto, lo observado en el observador. Consciencia plena sin forma. Nada a lo que asisrse, nada en lo que proyectarse, nada que sea el sujeto de lo que se aferra a algo, porque ni hay un algo, ni hay un yo desde lo que aferrarse. El instante del eterno presente, a la vez fugaz, impermanente, vacuidad, interser y ausencia de forma…palabras, meras palabras. Sentir sin yo sintiente, Sentir desde el Ser, desde lo que Hay. Desde el Mismo sentir impersonal que fluye y se diluye en el Eterno Devenir. Sentir en el Amor que es el Ser en su Unidad. Ser en la plenitud amorosa de la vacuidad. Sentir la vacuidad como potencialidad del Ser, como Devenir, como fluir que no cambia porque es eterno y no es el mismo porque es autocreación y fluir constante de lo mismo. Agradecimiento como sentir originario que lo llena todo, rendición incondicional a la Presencia Absoluta. Indiferencia absoluta que hace posible el Amor incondicional, la aceptación plena de lo que es, Fue y Será, del Fluir Eterno del Devenir.

La meditación profunda es cuando la mente se vuelve sobre sí misma y se hace consciente de que es consciente, no de qué es consciente. Cuando se medita en un objeto aparece la dualidad. La meditación es el tomar consciencia del Yo Soy. Entonces emerge la paz, la serenidad y la felicidad. La meditación en objetos son el vehículo para llegar al estado profundo de meditación, el estado no dual. Meditar con la atención en la respiración, o en las sensaciones del cuerpo es el medio para la toma de consciencia de que somos consciente de que respiramos, de que estamos tristes, alegres. La consciencia es el estado permanente, mientras que los objetos de la consciencia son como el río que nunca permanece. Pero el río siempre sigue siendo río, la cuestión es no identificarse con lo concreto, sino que lo concreto se unifique con la consciencia inmutable. Tomar consciencia de la consciencia es estar despiertos. La cuestión, después, es integrar esto en nuestra vida cotidiana. Porque la consciencia nos da distancia, es como ver a vista de águila, pero es necesario bajar. Vérselas, desde arriba, con lo de abajo. Meditar es descansar en el Ser, sabiéndose ese Ser.

Vislumbrando la Realidad.

¿Qué es lo real? Esta es la pregunta fundamental de la filosofía, la ciencia o el conocimiento en general. La realidad es polisémica; esto es, que debemos decir qué queremos decir cuando hablamos de realidad. De lo contrario todo será confuso.

La realidad total, la realidad suma y última es inalcanzable, inexpresable, incognoscible e inefable.

Pero la realidad última se autoconoce a sí misma, es su autoreferencia. Es no dual, es presencia sintiente e inteligencia. La realidad se nos manifiesta en lo particular, toda la realidad es percibida, sentida e inteligible desde lo particular, ya sea un objeto o una persona. En realidad, nada es diferente de nada. Todo es una misma inteligencia, una misma mente que se expresa de distinta manera. Y todos, aparentes, ilusorios, sueños pero existentes tenemos acceso a esa realidad total. Es la experiencia culmen.

Pero de nada vale una experiencia culmen si no es transformadora. La realidad es el eterno fluir de lo mismo, yo soy real, por tanto, mi ego se disuelve, cuando fluyo con el Ser. El Ser que nunca es el mismo, porque el Ser que conocemos particularmente es el Ser que se manifiesta, no el no manifestado. La realidad implícita genera la realidad explícita. Pero la realidad explícita es la de la multiplicidad y esa es apariencias, engaño, sueño e ilusión.

Pero las ilusiones, los engaños y los sueños, son. Son apariencias: lo que las cosas parece que son, pero que no son. De esta manera las apariencias son una vía para acceder al Ser real, absoluto y último. El sueño de las apariencias necesariamente debe ser vivido para alcanzar el Ser. Todo es integración. Y la integración se hace desde lo múltiple, desde los opuestos, que, aparentemente están separados, pero están en armoniosa Unidad. Porque lo que hay es pura Unidad. Pero esa pura unidad, que es armonía de los contrarios es incongnoscible para la mente limitada que es el ego. Sólo es posible un conocimiento de lo real y de la armonía de los opuestos si trascendemos el ego lógico y nos entregamos, aceptamos, nos rendimos, al eterno fluir de todo lo que Es. No se puede pensar lo que Es como inmutable, porque entonces la mutabilidad queda fuera, ni como eterno, porque entonces el tiempo queda fuera, y así…ha de sentirse-intuirse como una armonía no manifiesta. Como bien decía Heráclito el obscuro: “La armonía no manifiesta es más profunda que la armonía manifiesta” Y la armonía no manifiesta la captamos con el Logos o, mejor, el Nous, la Inteligencia última de los primeros principios y las últimas causas. Y éste es el verdadero conocimiento. Un conocimiento de principios, no de cosas múltiples, ni de causas, ni de erudición. Un conocimiento que se nos da como estado de Presencia.

El cosmos, la inteligencia, el universo, el tao, dios, todo es la Unidad. Unidad en perpetuo movimiento de lo mismo. En la eternidad y en movimiento, en lo uno y en lo múltiple. En el Ser y el Devenir. Captar, sentir esto es vivir el Ser e instalarse en el verdadero yo que no es el ego biográfico, temporal, egoico, biológico… Aunque, el ego, con todos sus atributos es el instrumento que a la par que nos impide conocer lo real, la verdad, es el único instrumento que tenemos para conocerla. Porque es el conocimiento de los mecanismos de pensamiento del ego y de sus relaciones con el mundo y con los demás el que me permitirá ver la falsedad, el sueño, el engaño.

"Todo lo que es es en Dios" Spinoza, Ética.

Dios es lo que es, lo que hay, todo lo que es y lo que puede llegar a ser. Es la substancia infinita, por tanto, es aquello que contiene todo lo que es y lo que potencialmente puede llegar a ser. En este sentido, Dios es eternidad y tiempo, estático y dinámico, Ser y Devenir. Y todo lo que hay es en Dios, pero es en modo universal, es decir, no diferenciado, pero, a su vez, también en un modo diferenciado, como una parte autoconsciente de Dios, una ínfima parte a la que le podemos llamar sueño o ilusión. Pero no se puede salir de Dios, no puede haber escisión. Dios, o la Naturaleza, o el Ser…es lo manifiesto, en tal caso es lo diferenciado, lo múltiple, o la Realidad no manifiesta, la pura potencialidad de ser, el universo implícito, que llama el físico Bohm. La unión con Dios, en realidad, es un hecho, lo que no lo es es nuestra consciencia de esa unidad porque vivimos, digamos, en el universo, Dios, manifiesto, el mundo de las sombras y de las apariencias, de los sueños y las ilusiones. El problema es que nos identificamos con este mundo explicitado, cuando, realmente, no somos más que una expresión manifiesta del mundo potencial, infinito, implícito y no manifiesto…ahora bien, en ese mundo-Dios, no existe la escisión, la separación, no hay pues un ego, nuestra mente es Una con el Ser, porque sólo habría una mente, la mente de Dios, porque Dios es la única realidad. Pero cuando hablamos de este Dios, no tiene nada que ver con el dios de las religiones, es la realidad última y toda la realidad, no es personal, porque lo personal es lo manifiesto, la ilusión y las apariencias. Ese dios personal es el que mi ego inventa para tener un ritual, un ídolo al que adorar y al que agarrarme. Pero, en realidad, Dios es el camino de salida del mundo manifiesto. Del Dios que hablo, siguiendo a Spinoza, es del dios de la mística, Dios experienciable que excede todo y que es la única realidad, la substancia infinita, la única mente, los infinitos modos del ser y sus infinitos atributos. El Dios absolutamente indiferenciado en el que todo lo que es, pues es.

“La alegría es el paso de una perfección menor a una mayor.” Spinoza, Ética.

La alegría es el contento del alma, el contento de ser, el sentimiento de perfección, de autorealización. Por eso la alegría es como el termómetro de nuestra felicidad. En realidad, no se trata de hablar de felicidad, que es un término multívoco y muy equívoco, sino de alegría. Y la alegría tiene que ver con el deseo de persistir en el ser. A mayor deseo de persistir en nuestro ser, de querer seguir existiendo, mayor autorealización y mayor perfección. Y a mayor alegría aumenta nuestra potencia de ser. Es decir, que deseamos ser más y, con ello, más perfectos.

Por el contrario, la tristeza es el sentimiento que disminuye nuestra potencia de ser. Cuando estamos tristes no queremos ser, no tenemos potencia para ser. Por eso aquí tienen mucho que ver los deseos. Y deseamos, como decía Spinoza, de forma revolucionaria, lo que consideramos bueno. Las cosas son buenas porque las deseamos. Deseamos lo que es bueno para nosotros, lo que aumenta nuestra alegría, no lo que nos destruye. Si deseamos lo que nos destruye, entonces estamos equivocados y debemos revisar racionalmente nuestro error y corregir el deseo hacia algo que aumente nuestra potencia de ser y no, por el contrario, que nos autodestruya. La alegría nos lleva al amor de lo que deseamos, mientras que la tristeza nos lleva al odio. El amor crea, el odio destruye. Y estos son los dos afectos básicos que nos mueven a actuar y de los que somos siervos, si seguimos la tristeza y el odio o nos hacemos libres si seguimos a la alegría y al amor. Porque la alegría aumenta progresivamente nuestra perfección y la alegría nos lleva, en última instancia, al amor de Dios, que es el estado de gracia y de beatitud supremos. El amor de Dios es el tercer grado de conocimiento. Porque a Dios, que es la substancia infinita, todo lo que hay, solo se le puede amar de forma directa, por la intuición, no por la razón. Ahora bien, es la razón la que ha ido corrigiendo nuestros deseos y los ha ido encaminando hacia aquello que nos produce alegría y, por ende, nuestra potencia de ser, que llega al máximo con el amor a Dios o unión con Dios.

“Lo que se opone a la alegría…es la tristeza, no el sufrimiento.” Gustavo Gutiérrez. Citado por Jon Sobrino. “La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas.”

Alegría y tristeza son los sentimientos básicos del ser humano. La alegría aumenta nuestra capacidad de ser, mientras que la tristeza lo impide. Ahora bien, el sufrimiento no se identifica con la tristeza, podemos sufrir por ser victimas de la injusticia social establecida o estructural, pero eso no impide que nuestra actitud sea la de la alegría. Aunque podemos sentir el dolor. Además, ese sufrimiento, al no ser individual, te pone en comunión con el otro y eso hace que el sufrimiento sea una catapulta para la fraternidad y ésta para la rebelión contra la injusticia, el engaño y la mentira establecida por sistema.

Si identificamos la tristeza con el sufrimiento nos ahogamos a nosotros mismos, nos quedamos sin salida, nos aislamos del otro. Porque nuestra salvación es a través del otro, identificarnos como iguales en el otro. Entonces sentimos su sufrimiento, sin caer en la tristeza y la desesperanza, por el contrario, animados en este reconocimiento de la igualdad que somos emprendemos la lucha de la autoliberación y la liberación universal. O la redención y salvación que lo llama el cristianismo o el Despertar, o la justicia social. Pero todo tiene que partir de la capacidad del reconocimiento en el otro y es el sufrimiento el que me lleva a ello. Por el contrario, cuando buscamos en el otro la mera distracción no nos identificamos, sino que nos disolvemos, no vemos el dolor ajeno, ni el origen de la injusticia que lo sostiene, por tanto, aunque entretenidos, pues estamos solos y temerosos. Porque es el miedo el que me impide verme en el otro. Porque el otro será el que me reflejará como soy y viéndome, tal cual, pues puedo Despertar de mi sueño y de mi plácido entretenimiento.

La Presencia

Es como cruzar un umbral, una puerta y, de repente, la luz. Todos los pensamientos, las sensaciones del cuerpo, de lo “exterior”, sentimientos, emociones se hacen presentes. Pero no sólo lo que acaece en ese momento, sino que la presencia es también los pensamientos e ideas del futuro, del pasado. Todo está en el presente, puesto que está en la mente. Todo es presencia. Y, ante esto queda el Testigo en calma, paz, alegría. Pero, aún hay más, llega un momento en el que el Testigo se funde con la luz, es la misma luz, la misma idea, la misma ilusión, lo es todo y todo lo es en él. Es una fusión en la que no se pierde la diferencia, pero si el carácter egoíco o de apego. Lo que sobreviene es un sentimiento que fluye por todos lados de agradecimiento y amor. Ni se puede diferenciar entre uno y otro. Y en ese estado de beatitud se permanece instalado y viendo desde la eternidad, desde el amor intelectual a Dios, que lo es todo, que está en todo, pero que no se confunde con todo. Lo particular emana de la Unidad, pero la Unidad, en tanto que es tal no deja de ser Unidad, porque lo que une la particularidad es el amor y el amor es la misma unidad. Y ese amor es el que se siente en el amor intelectual de dios, en el agradecimiento, la Beatitud.

El Despertar tiene que ver con la liberación y la liberación tiene que ver con el conocimiento. Luego Despertar es salir de la ignorancia que no es, ni más ni menos, que reconocer la propia ignorancia; el solo sé que no sé nada. Todo lo demás son discursos hueros, palabrería new age y textos de autoayuda. Es decir, apariencias, engaños, esclavitud. Hundirte más en la caverna. La cuestión es reconocer con todas nuestras células nuestra ignorancia y saber que, ante el misterio, no podremos salir de ella, que no podemos esperar, ni desear la iluminación, que es imposible. Cuando tomamos consciencia de que ésta es la realidad, entonces soltamos una gran carcajada que es el resultado de dejar caer nuestro ego. No hay nada que buscar, no hay nada que hacer, sólo, estar en estado de Presencia, que, por otra parte, ya estamos, pero no somos conscientes de nuestro estado de Presencia. Parar e instalarse en la eternidad, sin querer nada, sólo Ser, permanecer en el Ser. Entonces surge un estado de agradecimiento y de amor infinito a todo y una sonrisa vuelve a dibujarse en los labios, sino, una sonora carcajada. Y uno se dice: “Tampoco era para tanto.”