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Filosofía desde la trinchera

Entiendo a los vegetarianos como opción, pero no comparto sus razones. Creo que debajo de su decisión hay una serie de prejuicios y creencias erróneas, por un lado, y dogmáticas por otro. Hay que tener cuidado con el dogmatismo porque éste supone que yo estoy en posesión de la verdad, de lo que se desprende que el otro está en el error. El dogmático no admite la crítica. Niega la esencia de la racionalidad, el diálogo. El dogmático se cree superior en la medida en que la verdad está con él. Y esto es muy peligroso. Los dogmáticos sin poder hacen sólo daño a los que tienen a su alrededor. Son insoportables. Pero cuando tiene poder el dogmatismo se convierte en fanatismo, lo que le da un toque de inconciencia colectiva. Y el fanatismo, aliado al poder, es la antesala de la violencia.

 

            Creo detectar entre los vegetarianos cierta dosis de dogmatismo, además, infundado, porque la dieta humana no puede ser exclusivamente vegetariana. Por eso considero que son ciertamente integristas y que, de alguna manera, pretenden ser poseedores de la verdad. Ahora bien, si el vegetariano lo es sólo porque considera que su salud, y sólo esto, es mejor, que consumiendo proteína animal, pues nada que objetar. Pero creo que pocos hay de estos. Debajo del vegetarianismo existe una actitud puritana-religiosa, con respecto a la naturaleza. En primer lugar hay que decir que la evolución y la biología han establecido que el hombre es un animal omnivoro y que el consumo de carne es esencial en el desarrollo del cerebro y en su mantenimiento. Por supuesto, que esto no es una única causa de la aparición de la inteligencia, pero sí importante. El que el hombre sea inteligente y haya desarrollado la cultura, su segunda naturaleza, es una cuestión multicausal y de resiliencia. Por ello no podemos caer en reduccionismos. Pero la primera conclusión que podemos sacar de aquí es que la alimentación vegetariana está en contra de nuestra propia naturaleza biológica, por tanto, no debe ser, cuando es absoluta, beneficiosa para nuestra salud. Somos animales cazadores, recolectores y carroñeros y, por eso, en nuestra dieta está la carne.

 

            En segundo lugar decía que hay una dosis de puritanismo dentro de la opción vegetariana. Generalmente se suele decir, y sigo en esto a los filósofos vegetarianos más importantes del momento, como Peter Singer, que el consumo de carne produce sufrimiento en los animales. Difícilmente se puede estar en desacuerdo con esto. Pero aquí hay que distinguir ciertas cosas. Si lo que se está diciendo es que la ganadería intensiva produce un sufrimiento excesivo e innecesario a los animales, hasta ahí estamos de acuerdo. Pero el problema no se resuelve por medio de la dieta vegetariana, sino por el cambio del sistema de producción. Ahora bien, si se dice que el retinto, por decir, sufre a causa de que yo me lo como, cuando éste se cría en la dehesa, es excesivo. Porque igual sufre la gacela cuando se la come el león. Estos naturalistas y ecologistas integristas no distinguen una cosa de otra. Se maravillan de la naturaleza y de la “crueldad”, esto es una metáfora, que hay en ella y parecen no ver el sufrimiento que representa la cadena alimenticia. Pero, en cambio, consideran que el hombre no debe consumir carne para evitar el sufrimiento, craso error. Hay que partir del principio ético de que hay que evitar el sufrimiento animal en lo máximo posible, pero eso no implica, como digo, el vegetarianismo, que es, como he dicho, contra natura, sino el cambio del sistema de producción. Si la ecología profunda e integrista no entiende esto, entonces tendría que proponer una dieta vegetariana a todos los carnívoros, y esto es absurdo. Y también tendría que eliminar toda la crueldad gratuita que en la naturaleza se produce. No se puede caer en el puritanismo porque esto es una moralina que nos lleva al absurdo y al mantenimiento de tesis infantiles. Además de, como analicé antes, llevarnos al dogmatismo. Ser vegetariano debe ser una opción que sólo implique lo que yo creo que le viene bien a mi cuerpo, como practicar o no ejercicio, pero no debe pasar de ahí. Lo demás es dogmatismo e ideología.

Las pasiones son aquello que más en común tenemos con los animales, especialmente con los mamíferos y, particularmente, con los simios. Nos hacen iguales. Son mecanismos biológicos de adaptación en los animales sociales. Siento hablar a un artista con este tono científico. Pasión y razón están íntimamente unidas. Yo diría que no hay arte sin razón, ni ciencia sin pasión, para destrozar el tópico.

Probablemente vivamos una época en la que el escepticismo se confunda con el relativismo y el vacío. El escepticismo es una actitud intelectual que es la característica del filósofo. Es búsqueda. Su máximo representante es Sócrates. De ahí nace el pensamiento escéptico, de su sólo sé que no sé nada. Después Platón transformaría el pensamiento del maestro en lo que el llamó una filosofía verdadera. Se acabó el escepticismo y nos adentramos en el dogmatismo. El escepticismo es un sano método intelectual que nos cura del dogmatismo. Éste último se relaciona con el fanatismo y la violencia. Así, el escepticismo es una medicina contra los excesos del intelecto y presunción humana. El escepticismo es la conciencia de los límites, la sabiduría de que para el hombre está vedado el conocimiento absoluto y la certeza. El conocimiento, la ética, la política, la estética, es provisional. Pero aquí es donde surge el problema. Y es donde se confunde el escepticismo –sano antídoto- y método para alcanzar la felicidad, con la negación y el relativismo radical del posmodernismo.

 

            El escepticismo niega la posibilidad del conocimiento absoluto en todos los ámbitos del saber, pero eso no es lo mismo que el relativismo o el todo vale. Lo que el escéptico nos dice es que no podemos acceder a la certeza y a la verdad última, pero que sí tenemos mecanismos para huir del error. Es decir, que no todo vale. Sí podemos refutar lo que es falso. El escepticismo reconoce los límites del conocimiento humano. No podemos acceder a la verdad, porque nuestro intelecto tiene un límite: la inducción, ésta no nos permite un conocimiento definitivamente verificado, como mostrara Hume y después Popper. Pero si podemos refutar, vía deductiva, el conocimiento erróneo. Esto en lo que se refiere al conocimiento científico. No entramos aquí en la consideración de que la ciencia no es sólo búsqueda del saber, sino un complejo social, industrial, militar y como fin último el consumo. El análisis de esto es mucho más complejo. Pero, no acepto, como hacen los posmodernos, que de ello se siga la irracionalidad del saber científico y la equiparación con cualquier otro saber. Lo más que acepto es que la objetividad es construida, pero desde la universalidad humana. El irracionalismo y el nihilismo que se desprende del discurso posmoderno lo único que hace es alimentar el fascismo político y económico. Así que decíamos, que no podemos saber con certeza que es la verdad, la justicia, la bondad y la belleza. Pero tenemos mecanismo que nos dicen qué no es. En la verdad científica están muy claros. En el asunto estético, ético y político, son menos claros. Pero me voy a ceñir brevemente a estos dos últimos. No es posible el conocimiento de lo que sea el bien y la justicia. Es más, cuando se ha pretendido saber hemos caído directamente en los totalitarismos políticos. No hay un fundamento ni transcendental, ni trascendente del bien y la justicia. Tampoco unos derechos naturales inscritos en la biosfera. Lo único que tenemos es un argumento pragmático histórico para justificar la justicia y la bondad. Por eso, en la ética y en la política, es muy importante el escepticismo como terapia. El escepticismo, decíamos, se puede considerar una filosofía terapéutica que nos cura de nuestros excesos intelectuales y de la vanidad humana, así como del entusiasmo mesiánico-político que cautiva a algunos líderes y sojuzga a la masa deseosa de una liberación del sufrimiento. Decía que con lo único que contamos es con los argumentos pragmáticos-históricos y con el fundamento naturalista de nuestra biología. El hombre es un animal y nada más que un animal. La peculiaridad propia del hombre es el lenguaje simbólico que procede de una mutación genética. El lenguaje ha hecho posible la emergencia de una nueva realidad, no escindida de la naturaleza, que es la cultura. Y es esta cultura la que ha transformado el medio en el que vivimos y éste es el proceso de adaptación. Lo hacen todos los animales. El concepto de adaptación pasiva es erróneo. Nos adaptamos transformando el medio, pero esto todos los animales. Lo que ocurre es que el hombre es consciente de ello por el lenguaje y proyecta estas transformaciones. Decía Popper que la diferencia entre una ameba y Einstein es que éste es consciente de sus errores. La diferencia es de cantidad, no cualitativa. Somos seres sociales y, como tales, nos regimos por el principio del altruismo recíproco que tiene su base, para ser efectivo, en la empatía. Ésta es por tanto, la base de la moral: la empatía, ser capaz de ponerse en el lugar del otro, por un lado, y la teoría de la mente, ser capaz de pensar lo que el otro piensa. Esto unido a la etología, el altruismo recíproco, son las bases de la ética naturalista. Y a ello habría que sumarle la ética ecológica, siguiendo el principio de responsabilidad de Jonas. De todo ello ya hemos hablado en estos escritos.

 

            Por otro lado hay que hacer notar una precisión sobre el progreso moral y político. Nada hay que garantice tal progreso. El progreso hacia lo mejor debe ser una idea regulativa de la praxis política, no un fin en sí mismo. Lo mejor, a mi modo de ver, es lo más universal, sin que esto arrastre tras de sí las diferencias, como hace el pensamiento dogmático que acaba en totalitarismo. Así, el progreso, la confianza en tal, ha de concebirse como una actitud ética, no como una verdad ontológica. Y esto conlleva que en cada momento debemos luchar por mantenerlo. Visto desde esta perspectiva, la actitud que subyace a lo que vengo diciendo es la del escepticismo, la provisionalidad. Todo lo conquistado es provisional, además de estar sujeto a la crítica, resulta que pude ser falso y habrá que cambiarlo por otra cosa. La actitud escéptica es la de la provisionalidad, pero el escéptico no se regodea en ella, sino que busca superarlo por algo menos provisional. El pragmatismo ético-político se basa en encontrar modos de vida y de organización política que hagan el mayor bien a la inmensa mayoría evitando, por supuesto, el mal radical y los males de las minorías. El pensamiento político debe ser un pensamiento abierto y en construcción y debe partir de nuestra propia naturaleza y del reconocimiento de nuestros propios límites. Frente a esto, el posmodernismo, filosofía e ideología dominante, lo que predican es el relativismo radical, el todo vale. Y esto no es más que alimentar la dinámica del más fuerte. El posmodernismo se convierte en un dogmatismo, una creencia, una forma de valores y de ver la vida, una ideología en suma, que nos esclaviza y deja las manos libres al poder. El escepticismo, en cambio, es una actitud de crítica. El escéptico se sabe instalado en la provisionalidad, que la razón humana no da más de sí, pero sabe distinguir el grado de los errores y elige el menos pernicioso y es una vacuna contra los dogmatismos. El escepticismo, en suma, está es una actitud positiva de construcción. El posmodernismo es la actitud, o bien del vencido, o, peor, del cínico, en el sentido peyorativo del término. (En sus orígenes existe una comunidad teórica entre cínicos y escépticos, lo que los diferenciaba eran sus métodos, que tenían, a mi modo de ver, más que ver con el temperamento, que con el pensamiento.) Por eso se puede decir que cada filósofo tiene la filosofía que le corresponde. El pensamiento surge más de nuestras pasiones que de la razón.

Siempre he defendido que la iglesia tiene un doble rasero moral. Que es hipócrita. La iglesia ha luchado siempre contra el placer. Este elimina el dolor, sin dolor ni sufrimiento no hay dios que valga. Creemos en los dioses porque somos seres indigentes y contingentes. Creamos a los dioses, como defiende el ateismo más antiguo, según nuestras necesidades. Pero también he defendido que la iglesia, como institución, es un poder que intenta controlar las consciencias y el pensamiento. La hipocresía de la iglesia a la que me refiero ahora es a la valoración moral que realiza sobre los males morales de sus sacerdotes. La pederastia entre los curas que se han realizado y se realizan en colegios, internados, residencias, son calificados como deslices e intentan ocultarse por todos los medios. Pero lo que señalo es que, escandalosamente, se les presta poca atención y son considerados de poca gravedad. En cambio, la crítica dentro de la iglesia, el disentir, el discutir los dogmas, todo ello es declarado anatema. A todo aquel que intenta discrepar se le amenaza con la excomunión. La dogmática es férrea. Lo importante es la supuesta verdad de la misma, no la inmoralidad intrínseca ni de la iglesia ni de los sacerdotes. Esta institución, a no ser que se regenere, está podrida de inmoralidad. Debe ser bien conocida para aprender de ella. El mensaje ético evangélico es impresionante, aunque tiene sus contradicciones. Frente a una ética social, también se ofrece una ética escatológica: abandónalo todo y sígueme, pues el fin de los tiempos está cercano. Son las contradicciones de un mensaje construido durante los cuatrocientos primeros años de la iglesia. Pero es muy aprovechable. En cambio, lo que la iglesia realiza y ha realizado es una auténtica connivencia con el crimen. Una auténtica colaboración con el genocidio del que nunca se ha arrepentido. Tenemos el ejemplo de la segunda guerra mundial, el nacionalcatolicismo en España, la destrucción de las indias, los crímenes sexuales contra niños. Pero lo que a la iglesia le importa es que sus teólogos no discrepen, no cuestionen la moral ni la dogmática. Es la ausencia de pensamiento de todo régimen totalitario. Y, de paso, la hipocresía moral de la iglesia, es también relativismo moral. Lo cual es rizar el rizo. La iglesia pretende luchar contra el relativismo moral de las sociedades posmodernas y ahí, como he señalado, coincido, pero no se aplica sus principios, relativiza su propia moralidad y valores. Lo importante es el dogma, la institución. El mal, la injusticia social y la miseria, le importan poco. Es el precio que tienen que pagar para seguir siendo una institución con poder. Estos señores son poco creíbles y poco de fiar, a no ser que sean tan cínicos de ser los mayores ateos e inmorales de la historia. Lo cual es una posibilidad muy probable. Cuidado, que ser ateo no implica ser inmoral, como nos quieren hacer pensar ellos. Lo que ocurre es que ellos, en pro de la institución y la obediencia a la jerarquía, atropellan los propios valores del cristianismo. Y como conocen que el pueblo es supersticioso y tiene miedo a la libertad pues atropellan sus propios principios.

Stephen Hawking, el famoso cosmologo, considera que el fin de la humanidad está cerca, entre cien y doscientos años. Su propuesta es que debemos salir de la tierra y colonizar el espacio, siento mucho discrepar con el astrónomo y cosmólogo al que he leído y seguido. Pero aquí, como en otras cuestiones filosóficas, yerra desmesuradamente. Son muy interesantes las aportaciones a la cosmología de Hawkins, y su divulgación a un público medianamente culto. Pero sus reflexiones filosóficas son simplistas y llenas de prejuicios cientificistas. En este caso comento sólo sus últimas reflexiones que he mencionada más arriba. Creo que es absolutamente absurdo querer salvar al planeta tierra y a la humanidad colonizando el espacio. Lo que es necesario es cambiar la ética, la política y la encomia. Precisamente, frente al paradigma del crecimiento ilimitado, que es el que subyace a la propuesta del cosmólogo, lo que hay que proponer es el paradigma del decrecimiento, de la autocontención, que diría Riechmann. Por cierto, este autor tiene un libro, el segundo de su pentalogía, sobre la ética de la autocontención, ensayos de ecología, titulado “Gente que no quiere ir a Marte”. El filósofo, poeta y matemático español se adelanta al cosmólogo y le realiza una crítica exhaustiva. Es absurdo el gasto de energía, tecnología, capital, en el intento de colonización del universo, para que se salve una pequeña fracción de la humanidad, una supuesta élite. Absurdo. De lo que se trata es de encaminar los esfuerzos para la supervivencia de la ecosfera, lo cual hará posible la del hombre. La propuesta de Hawkins es maquiavélica, reconoce la inviabilidad del hombre y apuesta por la salvación de unos cuantos que serían los garantes del conocimiento científico-tecnológico. En realidad, esto no es más que una distopía tecnocientífica que tiene como origen la religión del cientificismo. En una cosa quizás si tenga razón Hawkins, el hombre no tiene solución, pero si eso es así, ¿merece la pena que unos cuantos se salven?…envenenaran otros mundos. Aunque seamos pesimistas, el esfuerzo debe estar dirigido sobre nuestra humanidad y nuestro planeta, unidad indisoluble. Y si nos hundimos, nos hundimos todos. Pero las soluciones se buscan dentro. Lo de Hawkins, más que un sueño, me parece una pesadilla.

Efectivamente, el silencio frente a la injusticia es estupidez, es lo que nos pasa a todos. Y es la estupidez humana la que aprovecha el poder. Lo que sucede es que la estupidez forma parte intrínseca de la condición humana. ¿Tenemos remedio?

 

                                    ***

 

            ¿Quién dijo que ciencia y poesía están reñidas? La ciencia es poesía, el universo una creación poética. El conocimiento humano es la recreación poética de la naturaleza.

TRIBUNA: JUAN JOSÉ TAMAYO

Silencios ominosos, condenas inmisericordes

La Iglesia católica del siglo XX, que legitimó tantas dictaduras y mantuvo en secreto la pederastia de algunos de sus miembros, ha sido implacable con aquellos teólogos de honestidad intachable que se atrevieron a disentir

JUAN JOSÉ TAMAYO 14/08/2010

Silencios ominosos y condenas inmisericordes. Esa ha sido la actitud del Vaticano y de buena parte de la jerarquía católica durante los últimos 70 años. Silencios ominosos ante masacres y crímenes contra la humanidad y sus responsables. Condenas inmisericordes contra teólogos y teólogas, sacerdotes, obispos, filósofos, escritores -cristianos o no- por ejercer la libertad de expresión y atreverse a disentir; condenas todas ellas contra toda lógica jurídica, que establece que "el pensamiento no delinque". Silencios ominosos sobre personas sanguinarias, ideologías totalitarias y dictaduras militares con las manos manchadas de sangre. Condenas inmisericordes a hombres y mujeres de manos limpias, de honestidad intachable, de ejemplaridad de vida.

El más grave de esos silencios fue, sin duda, el de Pío XII ante los seis millones de judíos, gitanos, discapacitados, homosexuales, transexuales, gaseados y llevados a las piras crematorias de los campos de concentración del nazismo. Ya antes, siendo secretario de Estado del Vaticano firmó, en nombre de Pío XI, el Concordato Imperial con la Alemania nazi bajo el Gobierno de Hitler. Ahí comenzó su complicidad con el nazismo. Uno de los intelectuales más madrugadores en la denuncia de tamaño y tan ominoso silencio fue el dramaturgo alemán Hochulth en su obra de teatro El Vicario, estrenada en 1963.

En 1953 Pío XII firmó un Concordato con Franco, legitimando la dictadura, mientras guardaba silencio sobre la represión franquista después de la guerra civil, que costó decenas de miles de muertos.

Un año más tarde hacía lo mismo con el dictador Rafael Trujillo, presidente de la República Dominicana, sin condenar sus abusos de poder y sus crímenes de Estado.

En la década de los cuarenta del siglo pasado, el cardenal Emmanuel Célestin Suhard, arzobispo de París, autorizó a algunos sacerdotes y religiosos a trabajar en las fábricas. El dominico Jacques Loew lo hizo como descargador de barcos en el puerto de Marsella. Monseñor Alfred Ancel, obispo auxiliar de Lyon, fue cura-obrero durante cinco años. La experiencia fue inmortalizada por Gilbert Cesbron en la novela Los santos van al infierno. Pero pronto se frustró. Los sacerdotes obreros fueron acusados de comunistas y subversivos, cuando lo que hacían era dar testimonio del Evangelio entre la clase trabajadora alejada de la Iglesia y descreída, compartiendo su vida y sus penalidades, identificándose con sus luchas, ganando el pan con el sudor de su frente. En vez de hacer oídos sordos a las acusaciones, Pío XII las dio por ciertas y pidió a los sacerdotes que abandonaran el trabajo en las fábricas y se reintegraran en el trabajo pastoral en las parroquias y a los religiosos que se incorporaran a sus comunidades, al tiempo que ordenaba a los obispos franceses que enviaran a los sacerdotes obreros a los conventos para ser "reeducados".

Otro largo, ominoso y cómplice silencio ha sido el guardado ante los abusos sexuales de sacerdotes, religiosos y obispos con niños, adolescentes y jóvenes a lo largo de más de medio siglo en parroquias, noviciados, seminarios, casas de formación, curias religiosas y casas de familias de numerosos países, abusando de la autoridad del cargo y de la confianza depositada por los padres en ellos.

Hasta el Vaticano llegaron las denuncias contra el fundador de La Legión de Cristo, el mexicano Marcial Maciel. Pero no fueron tenidas en cuenta o fueron archivadas. Lo que le daba a Maciel patente de corso para seguir cometiendo crímenes sexuales contra personas vulnerables e indefensas abusando de su poder e influencia como fundador y del apoyo de los papas y de los obispos.

Condena inmisericorde fue la que cayó, como una losa, contra la Nouvelle Théologie en la encíclica Humani generis (1950), de Pío XII, seguida de sanciones contra los teólogos más representativos de dicha tendencia: Henry de Lubac, Karl Rahner, Yves M. Congar, Dominique Chenu... ¿Delito? Hacer teología en diálogo con la modernidad, buscar la unidad de las Iglesias a través del ecumenismo, enterrar definitivamente las guerras de religión. ¿Sanciones? Censura de publicaciones teológicas, destierros (Congar, luego cardenal, sufrió tres destierros), prohibición de escribir y de predicar, expulsión de las cátedras, colocación de algunas de sus obras en el Índice de Libros Prohibidos y retirada de las bibliotecas de los seminarios y facultades de teología, expulsión de las congregaciones religiosas, y, a veces, cárcel.

Unos meses antes de que Juan XXIII inaugurara el concilio Vaticano II, el cardenal Alfredo Ottaviani, que ejercía de Gran Inquisidor al frente de la Congregación del Santo Oficio, dirigió a los obispos de todo el mundo la carta Crimen sollicitudinis, en la que instruía sobre las medidas a tomar en determinados casos de abusos sexuales por parte de los clérigos: exigía que fueran tratados "del modo más reservado" los casos de solicitud en la confesión e imponía "la obligación del silencio perpetuo". Más aún, a todas las personas involucradas en dichos casos (incluidas las víctimas) se las amenazaba con la pena de excomunión en caso de no observar el secreto. El silencio se mantuvo durante los pontificados de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta hace unos meses.

Con el concilio Vaticano II pareciera que se iban a contener las sanciones y se iba a levantar el velo de silencio contra los crímenes de lesa humanidad. Pero no fue así. Con motivo de la publicación de la encíclica Humanae vitae (1968), de Pablo VI, que condenaba el uso de los métodos anticonceptivos, se produjeron nuevos procesos, censuras, prohibiciones y condenas contra los teólogos que disintieron. Dos ejemplos emblemáticos: Edward Schillebeeckx y Bernhard Häring, asesores del Vaticano II e inspiradores de algunos de sus textos renovadores, fueron sometidos a severos juicios por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Mientras se endurecían las condiciones de los procesos eclesiásticos en manos del Santo Oficio (aceptación de denuncias anónimas, indefensión del reo ante los tribunales eclesiásticos, las mismas personas que instruían el proceso eran las que juzgaban y condenaban, imposibilidad de apelación...), el mismo organismo vaticano imponía silencio sobre los crímenes de pederastia, protegía a los culpables, los absolvía sin ningún propósito de la enmienda y, como mucho, les daba un nuevo destino pastoral, a veces sin siquiera avisar de las verdaderas razones del traslado a los obispos y sacerdotes vecinos.

En la carta De delictis gravioribus, de 2001, el cardenal Ratzinger ratificaba el silencio impuesto por el cardenal Ottaviani 40 años atrás. Mientras tanto, en numerosos documentos condenaba la homosexualidad, considerando "objetivamente desordenada" la mera inclinación homosexual y "moralmente inaceptables" las relaciones homosexuales, y exigiendo la expulsión de los candidatos al sacerdocio homosexuales de los seminarios. Hace unos días fue expulsado de la Academia Pontificia de Santo Tomás de Aquino de Roma el teólogo alemán David Berger por hacer pública su homosexualidad. Mientras la mantuvo en secreto, no hubo problemas. ¡El cinismo vaticano no tiene límites!

Recientemente la Congregación para la Doctrina de la Fe ha hecho algunas modificaciones al documento de 2001 que, bajo la apariencia de endurecer las penas, empeoran las cosas al calificar como delitos graves y punibles la ordenación sagrada de las mujeres, la apostasía, la herejía y el cisma al mismo nivel que la pederastia.

Para el Vaticano, afirma la teóloga feminista Rosemary Redford Ruether, "intentar ordenar a una mujer es peor que el abuso sexual de un niño. El abuso sexual de un niño por un sacerdote es un desliz moral deplorable de un individuo débil... El intento de ordenar a una mujer es una ofensa sexual, una contradicción de la naturaleza del Orden Sacerdotal, un sacrilegio, un escándalo". Otra condena inmisericorde más contra las mujeres, mayoría silenciada en la Iglesia católica. ¿Hasta cuándo?

El asalto a la estatua de Hernán Cortés en Medellín, no se puede considerar sólo un acto bandálico, que lo es, por atentar contra el bien público. Pero no nos podemos quedar en esto, que es sólo la superficie. Hay que ir a las causas. La historia oficial, y el pensamiento políticamente correcto, todavía no han admitido que la conquista de América fue un genocidio y etnocidio. Y que los conquistadores fueron sus instrumentos. Por supuesto que todos estamos circunscritos a nuestras circunstancias históricas, pero estas no pueden justificarlo todo. Precisamente, lo que de glorioso surgió de la conquista y destrucción de las indias por los españoles, en primer lugar, y por el resto de potencias europeas, después, fue el surgimiento del derecho de gentes a partir de las reflexiones de fray Bartolomé de las Casas, que consideró al indio, independientemente de ser bautizado, como ser humano, persona. Por tanto un sujeto de dignidad, una criatura de dios en pie de igualdad con el cristiano. De estas reflexiones surgirán después los derechos humanos que universalizarían estos principios. Ahora bien, ni la ideología hegemónica, ni la historia, enseñan la verdad sobre la conquista de América, todavía en nuestro pensamiento se nota un regusto de reconquista, de la España espiritual y eterna. Es en este tema en el que hay que insistir y es el que señala el acto vandálico. Pero, claro, lo políticamente correcto no nos permite ni excedernos en nuestros actos físicos ni en nuestros pensamientos. Cuando se denuncian estos hechos como actos vandálicos, ipso facto, se elimina la carga crítica y de pensamiento que hay detrás. Y esto es lo que al poder le interesa. Es necesario una revisión de la historia y de nuestra política nacionalista identitaria. Hay que tener en cuenta que la conquista de América está ligada, ideológicamente, con la expulsión de los judíos y musulmanes de España. Está ligada con el fanatismo, la intolerancia, la exclusión y la imposibilidad de que en España se desarrollase una sana ilustración en contra del oscurantismo, la superstición y el poder de la iglesia y las clases reaccionarias. Y esta política identitaria sigue existiendo hoy en día tanto explicita como implícitamente