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Filosofía desde la trinchera

De nuevo la iglesia se despacha con una de sus insensateces. Esta institución ha perdido el norte. Su crítica al laicismo y la modernidad, si bien acertada en lo que se refiere al relativismo y la ausencia de espiritualidad y valores éticos de la posmodernidad, no es más que una apuesta por el oscurantismo. La iglesia no pretende mayor pluralidad, ni tolerancia, ni compasión, ni justicia social. Quiere, poder. Y eso se lo dan los números. La cantidad de “afiliados” a la secta, toda religión es una secta, sólo que cuando son mayoritarias sus sistemas de control son más laxos. La iglesia arremete contra el laicismo y le acusa de todos los males. Y pretende sustituir este logro de la humanidad, base de la democracia, la pluralidad y la tolerancia, por el fanatismo de la verdad única, de la exclusión, del conflicto de civilizaciones.

 

            Como digo, ahora se despachan con adelantar la edad de la comunión en torno a los siete años. Se nota que más allá empiezan a perder clientes. Y encima le echan la culpa a la sociedad moderna en la que vivimos, que desde luego no es ningún jardín de rosas, y la educación de los padres. Vamos, que la ausencia de fe es culpa de la educación familiar y de los valores modernos.  Algo de verdad hay en esto. Las sociedades posmodernas en las que vivimos lo que alimentan es el hedonismo egoísta. El hombre ha perdido los valores fundamentales y se ciñe a su propio bienestar ensalzando el bien del cuerpo e identificando éste con la felicidad. Cierto, pero estos no son los valores de la modernidad, ni de la ilustración. Los valores modernos son la libertad, la igualdad y la fraternidad, que sólo se pueden desarrollar en sociedades democráticas y plurales basadas en la tolerancia y en la ilustración, la mayoría de edad, de los ciudadanos. Este proyecto de la ilustración es un proyecto vigente. Confundir esto con la posmodernidad, que es la negación de la ilustración y de cualquier gran relato de la humanidad, es intentar introducir la intolerancia, el oscurantismo, la superstición y olvidarse de la ética cristiana, para ceñirse al poder y las formas. Típica hipocresía de la iglesia a la que, por lo demás, ya estamos acostumbrados. Se dice, siguiendo a Pio XI que a los siete años el niño ya tiene uso de razón. Mentira cochina. Lo que se persiguen son clientes para ostentar más poder. Ni a los siete, ni, muchos, a los ochenta, tienen uso de razón. A los siete, como a los cuarenta, son perfectamente engañados. La religión, como las ideologías y la política, son sistemas de control de las consciencias. Es necesario el conocimiento y la ilustración para aceptar una religión. Ni a los siete, ni a los diez, esto se tiene. La iglesia debe realizar su labor de catequesis, pero eliminando el fanatismo de la verdad única para poder convivir en una sociedad plural. Por su parte, el sistema educativo debe formar la enseñanza de la religión, en sus dimensiones socio-históricas y filosóficas, sobre todo la cristiana por formar parte de nuestra raíz cultural, aunque no la única. La participación en la religión debe ser un acto de libertad. Y, por mi parte, pienso, siempre hay que anteponer en la práctica religiosa, la ética a la dogmática teológica.

El tema de la prohibición de los toros trae una amplia polémica, porque se mezclan diversos niveles de discusión: nacionalismos, oportunismos políticos, identidades, cultura, tradición. Me voy a centrar brevemente, comentando un artículo de Adela Cortina en el País del 29 de agosto titulado “Los derechos de los animales.” Coincido plenamente con la catedrática de ética y filosofía política en que los animales no tienen derecho. Pero tampoco los tiene el hombre. Y aquí es donde discrepamos. Adela Cortina sostiene que el hombre es un ser con derechos previos a la legislación porque el hombre es un ser moral. Discrepo. El hombre, como el común de los animales, no tienen ningún tipo de derechos, y los derechos les vienen otorgados por la legislación. El hecho de que nosotros nos consideremos seres morales es una cuestión histórico-cultural. Y la consideración de que el carácter moral es un universal, también es una conquista de la historia. Los derechos han sido siempre los del fuerte sobre el débil. El otro no ha sido un sujeto de derecho. No existen derechos naturales, ni trascendentales. Si dios no existe, no hay derechos naturales. Y si renunciamos a la hipótesis de dios, sólo nos queda el naturalismo: la animalidad. Ahora bien, es cierto que el hombre es un animal que se trasciende culturalmente. Y que el origen de la cultura es el lenguaje y éste es el que construye la realidad. Por medio de la cultura nos damos sentido a nosotros mismos. Nuestro carácter biológicamente abierto, no determinado, nos obliga a dotarnos de sentido y de un conjunto de normas, la moral, que hagan posible nuestra sociabilidad animal. Es esta moral construida la que da el sentido de la responsabilidad de nuestros actos, el resentimiento, la resignación, la alegría. Por tanto, la moral es construcción, por eso se han dada infinidad de morales en la historia y todas particulares y excluyentes, salvo las que proceden de la ilustración. Lo particular del hombre, pero es diferencia de grado, es que es capaz, por medio del lenguaje, de darse normas y derechos y estos se hacen realidad en la legislación. La base de la moral es la empatía, y la necesidad de coacción y cohesión del grupo. No hay moralidad ni derecho previo, en todo caso empatía animal. Con la ilustración, lo que se consiguió fue universalizar los derechos, aunque en un principio esa universalización fue algo pacata, se refería sólo a los hombres blancos europeos, hubo que esperar más de un siglo para una universalización más rigurosa y, aún así, esa universalización no es total.

 

            Por eso considero que Adela Cortina está equivocada en otorgar una moralidad al hombre, que lo singularizaría con respecto al mundo animal, lo cuál es, a mi parecer, una herencia del cristianismo, cuando la moral procede de la cultura y ésta es una forma de adaptación al medio. El hombre es capaz de expresar y es consciente de sus relaciones por medio del lenguaje y eso es lo que introduce una diferencia de grado entre los animales superiores y el hombre. Pero yo apuesto por una ética utilitarista, naturalista y ecológica. Me explico. Lo universal en el reino animal es la capacidad de sentir, como sostenía Benthm y hoy en día Singer, Marc Dowkins y Nussbaum. Ahí, sí reside una universalidad y podemos acceder al otro por medio de la empatía. Fue, precisamente la empatía, su desarrollo, lo que hizo posible el surgimiento de los derechos humanos, que aunque nos parezcan evidentes, nunca lo fueron. El sufrimiento de los otros no nos afectaba. El desarrollo de la cultura fue el que nos permitió ponernos en el lugar del otro. Aquí jugó un papel muy importante la literatura, novelas, y la pintura, los retratos. Este desarrollo cultural fomentó la capacidad de que el hombre se pusiese en lugar del diferente, entendiese su dolor. Y fue precisamente la capacidad de entender el dolor del otro lo que nos hizo desarrollar teóricamente los derechos humanos y la democracia. Esto, a su vez, es una ética naturalista porque arranca de nuestra propia naturaleza biológica. No hay un a priori, ni ontológico, ni trascendental, de los derechos del hombre. Y, en cuanto a la ética ecológica me ciño al principio de responsabilidad de Jonas. La ética clásica se basa en las relaciones recíprocas actuales, el principio de responsabilidad de Jonás amplia, la responsabilidad de nuestros actos al otro, absolutamente desconocido, a los no nacidos y a la naturaleza, en tanto que nuestras acciones sobre ésta pueden repercutir en las personas no nacidas. Es decir, lo que hace Jonas es una universalización de la ética, ampliándola al futuro y a la biosfera. Y, por eso, considero que una ética naturalista y ecológica es una consecuencia de la ilustración, porque es una universalización de los principios conquistado en el XVIII. Es una ética pragmática, porque no busca principios, sino que parte de la empatía, la capacidad de entender y sentir el sufrimiento del otro, y éste tiene lugar también en los animales. Justificar las corridas de toros por la tradición, el arte, la cultura, etc., es una barbaridad, es justificar el sufrimiento. Hasta el siglo XVIII existía la tortura como espectáculo, era una tradición, una fiesta y un arte: el de mantener vivo a alguien sufriendo todo el tiempo que podamos. Las torturas eran auténticas fiestas y entreteniniento de los ciudadanos. No teníamos la capacidad de ponernos en lugar del que sufría, eran una forma cultural y una costumbre, entonces, siguiendo a los protaurinos, no habría que haberla prohibido. Justificar algo por medio de la cultura, la identidad, la tradición, el “arte” es superstición. Fue necesario un salto cultural, una recreación del lenguaje que amplificó nuestra facultad natural de empatía, la que pudo otorgar derechos universales. Lo mismo debe ocurrir con los animales o, mejor, con la ecosfera en su conjunto, de la cual dependemos directamente. Los derechos históricamente se los ha otorgado el hombre a sí mismo, y se los puede otorgar a la naturaleza.

 

            Una última reflexión sí quiero hacer. Me parece que existen luchas humanas más prioritarias que la prohibición de las corridas de toros. Me refiero a una forma de tortura universalizada que es la prohibición de la eutanasia y el suicidio asistido. Aquí la ilustración no ha llegado todavía, porque no se concede el derecho a la vida digna, y, en segundo lugar, porque se tortura institucionalmente, con soporte legal. Esto me parece una auténtica barbaridad. Esto último es nuestra distinción con los animales. Podemos cuidar de nosotros y del resto de la naturaleza. Ser responsable de la biosfera y del hombre que la habita.

El intelectual es el que se las ve a diario con las ideas, el que las cuestiona, las construye, analiza, ve sus consecuencias. Las actividades intelectuales creativas: ciencia, arte, filosofía… son típicas del intelectual. Pero hay un sentido restringido de intelectual y sería el de aquel que analiza las ideas y su repercusión social. El intelectual tiene que tener un saber interdisciplinario y una aspiración política clara y contundente. Me refiero con esto a una preocupación por la polis. La cuestión que me planteo aquí es si es posible el intelectual hoy en día. Hay para mí dos grandes dificultades para que se desarrolle el intelectual como aquel que intenta desenmascarar los engaños y proponer nuevas ideas para una reforma social. Una de ellas es la del relativismo. La sociedad posmoderna ha eliminado la razón como forma de acercarse a la realidad, ya sea natural o social, defiende que todo discurso es fragmentario y relativo. Es lo de la muerte de los grandes relatos de la humanidad. El momento que vivimos es similar al de la Atenas clásica, cuando su democracia degenera en demagogia. A este relativismo del conocimiento se le suma el mito del multiculturalismo en el que se pone en pie de igualdad todas las culturas. Y esto se hace en nombre de la tolerancia, pero lo que fomenta es el mito de la identidad y la imposibilidad del diálogo. Por encima de las culturas está el hombre. No se trata de defender la multiculturalidad sino la interculturalidad. Existen universales humanos previos a la cultura y la identidad. Si partimos de ellos es posible un diálogo entre las culturas que anime y fomente la pluralidad, desde una universalidad de valores mínimos: los derechos humanos.

 

            Toda esta filosofía posmoderna que nos invade y es el caldo de cultivo de toda nuestra cultura al mantener el relativismos transforma las opiniones en absolutas. Es decir, que en nombre del respeto a la libertad de expresión se le otorga a las opiniones particulares un valor absoluto. Curiosa contradicción, mientras el discurso posmoderno defiende el relativismo, fomenta el absolutismo y la tiranía de las opiniones. Y éste es el primer gran enemigo del intelectual. Lo que sucede es que la voz del intelectual, que no tiene por qué tener la razón, esto es obvio, pasa, por muy racional y fundamentada que esté, a convertirse en una opinión más, respetable como todas las demás, pero, epistémicamente equivalente. Esto es un grave problema porque la ciudadanía pierde la capacidad de crítica porque se queda en la superficie de las opiniones. Sus opiniones, que son creencias e ideologías y que no han sido adquiridas críticamente, se convierten, en nombre de la libertad de expresión, en sus tiranas. El exige el respeto para sus opiniones. No admite el diálogo y el esfuerzo del uso crítico de la razón, no es capaz de ponerse en el lugar del otro. Sus opiniones, en lugar de fomentar su libertad, lo esclavizan. El que exige el respeto de las opiniones es esclavo de las mismas. Pero, en definitiva, esto es el resultado de un doble engaño. Confundir libertad, con libertad de opinión, por un lado, y, por otro, mantener la equivalencia epistemológica de todas las opiniones. Las opiniones no son equivalentes, ni respetables. Las opiniones son un saber no fundado que necesitan ser trascendidas. Pero mientras que vivamos en esta psuedofilosofía que es el posmodernismo, que tanto le interesa al poder, el intelectual no tiene lugar ni cabida en la sociedad, es un outsider. De ahí que hayamos llamado a estos pensamientos, reflexiones de un francotirador. Si todas las opiniones son equivalentes, para nada nos es necesario el diálogo. Todo lo tenemos ya aprendido. Y al poder esto le viene de perlas, porque cuando todas las opiniones son equivalentes, la opinión más válida es la del más fuerte. Y así está ordenado el mundo. No existe alternativa al pensamiento único, porque el pensamiento alternativo es más débil, no más falso, que el hegemónico y, además, al considerarse una opinión más puede ser olvidado y aplicársele el darwinismo social, si esos pensamientos alternativos no triunfan es porque son falsos, porque no se adaptan. En fin, lo que se llama la lógica del más fuerte. Si todas las opiniones son equivalentes podemos justificar la invasión de Irak, porque el que la realiza, en contra del pensamiento heterodoxo, es el más fuerte y es el que se considera el garante del orden mundial. La idea de que el mercado es el que regula la sociedad es la verdadera, por que es la del más fuerte, la del que ha triunfado. El poder ha echado mano de una filosofía, el posmodernismo, que ha servido para justificar su fuerza. Y, curiosamente, esa justificación tiene al personal satisfecho porque el pensamiento de que todas las opiniones son respetables les da una sensación de libertad, aunque en realidad sea esclavitud. Por eso el intelectual hoy en día tiene que ser, como decía Nietzsche del filósofo, dinamita. Hay que pensar a martillazos. No sólo hay que desenmascarar y esclarecer, sino destruir el discurso hegemónico desde sus cimientos. Es necesario entrar en Matrix y desvelar la realidad. En todo pensamiento único siempre hay brechas. Lo que hace al hombre tal, es el lenguaje. Éste es el que construye la realidad. Cambiamos de realidad y del sentido de ésta cuando cambiamos de lenguaje. El lenguaje nos muestra los límites de nuestro mundo, pero existen diferentes niveles y juegos del lenguaje que nos ofrecen distintas realidades. Las revoluciones históricas, desde el inicio de la humanidad, proceden de revoluciones en el lenguaje que recrea la realidad. Por eso quizás, no seamos capaces de ver que existe otro mundo posible, otra realidad, porque el lenguaje que la recrea no ha surgido todavía.

 

            El otro gran enemigo del intelectual es el intelectual orgánico que existe en dos niveles. El ideólogo del partido y el creador de opinión en los medios de comunicación. Ambos son lo contrario del intelectual, porque éste es un liberal, en el sentido erasmiano del término, alguien que, por encima de cualquier consigna, defiende la libertad. Y sabe que la libertad es accesible por medio del conocimiento. El intelectual es un solitario. Los ideólogos de los partidos lo que hacen es justificar, desde las ideas, el status quo del partido y del orden del mundo, porque el bipartidismo no concede alternativas reales de argumentación. Estos ideólogos, en última instancia, se deben al partido y son fagocitados por él. En cuanto a los creadores de opinión son irrisorios. Gente que habla de cualquier cosa sin conocimiento de causa, además, obedecen al medio que les pague. Son esclavos también del poder. Creo que estos señores hacen un daño tremendo a la ciudadanía, porque ni informan ni forman. Opinan alegremente, sin la más mínima razón crítica, de todo lo humano y divino, fomentando el relativismo de las opiniones desde la perspectiva de lo políticamente correcto. Además, no fomentan la razón, sino que se dirigen, como malos sofistas, porque sus argumentos son ramplones, a las pasiones humanas y su pretensión es crear confrontación a través de realidades inexistentes pero interesadas para el poder al que representan. Las tertulias no son más que programas del corazón. Sofística barata. Entretenimiento para el pueblo que alimenta sus sensaciones de libertad, sus odios y rencores. Platón no se equivocó nunca en esto. Se ha dicho que todo el pensamiento occidental es una respuesta o comentario a Platón, yo lo comparto. Pero, desde luego, donde está clarísimo es en su pensamiento político. Han pasado veinticinco siglos y tenemos los mismos problemas planteados, con las mismas disyuntivas, sólo ha cambiado el escenario. Cada vez que explico la política de Platón a mis alumnos mas me pierdo en las reflexiones sobre la actualidad.

TRIBUNA: ADELA CORTINA

¿Tienen derechos los animales?

ADELA CORTINA  29/07/2010

Las polémicas en torno a los toros, la caza del zorro, el trato a los animales de granja, de laboratorio, las exhibiciones en circos y zoológicos, el cuidado de los animales de compañía, han reavivado desde el último tercio del siglo pasado una pregunta que en el mundo occidental venía planteándose al menos desde el siglo XVIII: ¿tienen derechos los animales?

Así dicho, la respuesta no puede ser hoy más palmaria: sí, claro, tienen los derechos que les conceden las legislaciones de un buen número de países, que cada vez precisan más el trato que debe dispensarse a los animales; un trato que, como mínimo, exige no provocar sufrimiento inútil. Por poner un ejemplo, cualquier investigador sabe que, antes de experimentar con animales, debe cursar un posgrado para aprender cómo tratarlos, presentar su proyecto a un comité ético y seguir el protocolo correspondiente. Está bien claro, pues, que existe este tipo de derechos que se conceden a los animales para protegerles del maltrato.

Sin embargo, la pregunta "¿tienen derechos los animales?" suele referirse a una cuestión más complicada: si tienen un tipo de derechos similar a los derechos humanos, que no se conceden, sino que deben reconocerse. Los derechos humanos son anteriores a las voluntades de los legisladores y les obligan a reconocerlos y encarnarlos en las legislaciones concretas. No es lo mismo conceder un derecho, cosa que podría hacerse o no, que tener que reconocerlo. En esta diferencia nos jugamos mucho.

En cuanto a los hombres -mujeres y varones-, es ya una referencia la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 que, por primera vez en la historia, reconoce a todos los seres humanos derechos inalienables. Pero, ¿por qué los seres humanos tienen este tipo de derechos?

Ríos de tinta han corrido sobre este asunto tan complejo, pero en este breve espacio tal vez se pueda aventurar una respuesta convincente: porque los seres humanos tienen la capacidad -actual o virtual- para reconocer qué es un derecho y para apreciar que forma parte de una vida digna. Si los demás no se lo reconocen, tienen conciencia de ser injustamente tratados y ven mermada su autoestima. Por tanto, en el caso de que solo los seres humanos tuvieran este tipo de derechos, tendrían total prioridad en cuestiones de justicia. ¿Tienen los animales un tipo de derechos similar?

Como es sabido, en 1977 se proclama una Declaración Universal de los Derechos del Animal, que pretende equipararse a la de 1948. Se compone de 14 artículos, referidos fundamentalmente al derecho a la existencia, a la libertad, a no sufrir malos tratos y a morir sin dolor. ¿Por qué se supone que los animales tienen esos derechos? Las respuestas son diversas.

Tal vez porque Dios se los ha dado, como aseguraba en 1791 el presbiteriano Herman Daggett en su discurso sobre los derechos de los animales, llegando a afirmar: "Y no conozco nada en la naturaleza, en la razón o en la revelación que nos obligue a suponer que los derechos inalienables de la bestia no sean tan sagrados e inviolables como los del hombre".

Tal vez porque tienen capacidad de sufrir, como defiende el utilitarismo, pero aclarando que la capacidad de sufrir no es la fuente de derechos que se reconocen, sino de los que se conceden, como de forma diáfana afirma Peter Singer, que utiliza explícitamente el discurso de los derechos de los animales como arma política, porque no cree que existan, como tampoco los derechos humanos.

Por su parte, Martha Nussbaum asegura que los animales no humanos son "personas en sentido amplio" y por eso tienen derechos, afirmación poco creíble porque resulta imposible detectar en ellos autorreflexión, autoconciencia o responsabilidad, por muchas semejanzas que existan con los seres humanos.

Pero si acudimos, con Tom Regan, a la afirmación de que la vida es un valor que importa respetar, que no se debe maltratar a los seres valiosos, entonces no es necesario apelar a derechos para pedir para un ser respeto y cuidado: basta con que sea valioso.

Un buen cuadro no tiene derechos, pero es pura barbarie destrozarlo, porque tiene un valor. Un bosque hermoso tampoco tiene derechos, pero talarlo es mala cosa, a no ser por proteger algún valor más elevado.

Nos movemos en un mundo de seres valiosos y bueno sería educar en el respeto a lo valioso, en el cuidado de lo vulnerable, tanto más si esos seres tienen capacidad de sufrir. Aunque no puedan tener conciencia de derechos ni de deberes y por eso no se pueda decir que tienen derechos. El analfabetismo en esto del valor es una mala cosa, y una buena educación debería intentar erradicarlo.

Pero también debe enseñar a priorizar, a recordar cómo las exigencias de justicia que plantean los seres humanos están dolorosamente bajo mínimos. Cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que se propusieron en 2000. Proteger los derechos de los seres humanos es una tarea prioritaria.

Esto sí son argumentos y, además, muy respetables. Coincido básicamente en lo que dices. Lo que sucede es que la discusión es de matiz. De todas formas no atacas mis argumentos, analizas uno de los artículos de Rebeca. Igual que tú, no participo de la idea de que las redes sociales sean creadas intencionadamente para controlar a la ciudadanía. Eso es una idea conspirativa de la historia que, como demostré, no se sostiene. Ahora bien, también dije que, dentro de la sociedad en la que nos encontramos, las redes sociales tienen múltiples usos y uno de ellos es el control y la propaganda. Dos formas de control: el de nuestros pensamientos y el de nuestra voluntad. El primero interesa al poder político, el segundo al económico. Ambos están en connivencia y dan lugar al mundo que tenemos. Información sobre nosotros hay en todas partes, de forma activa o pasiva. No hay que imaginar una vigilancia exhaustiva, sino un control difuso que es el que ejercen los medios de comunicación. Internet amplifica esta forma de control. Además, como tu señalas puede servir para muchísimas cosas, comunicarse, entretenerse, jugar, no hay que ser ni alarmistas ni neuróticos, efectivamente, pero eso no niega que la sociedad que tenemos es la que tenemos y no otra y que la libertad no es tan real como parece.

 

            Me alegro que seas algo crítico con el progreso. La idea de progreso es otro de los engaños de esta organización social y está a la base de nuestro modelo económico de crecimiento ilimitado y no es más que una idea secularizada de la religión. El mito del progreso es una de las ideas que más daño han hecho y siguen haciendo a la humanidad. Por mi parte, y no me extiendo, llevo años combatiéndola.

 

            Creo, por último, que 1984 de Orwell, dirigida contra la Unión Soviética, es más actual ahora que antes. Creo que vivimos en un mundo orwelliano y esto es difícil de refutar. Dedícate a analizar el lenguaje de los medios de comunicación que es el vehículo del pensamiento y la representación de los valores y te darás cuenta que se nos muestra una realidad ficticia. El vehiculo del pensamiento y los valores es el lenguaje, quien controla a este último controla el pensamiento. Un mundo feliz es, literariamente, inferior a 1984, hoy en día participamos del control de las conciencias por parte de las motivaciones: la psicología conductista, al modo como ocurre en un mundo feliz. Es cierto que la dimensión de un mundo feliz es la de una sociedad controlada por el conocimiento tecnocientífico, conocimiento al que aún no hemos llegado, y en esto se parece a la sociedad contemporánea que se rige por los logros de las ciencias. Digamos que ambas utopías negativas son visiones que nos pueden servir para analizar nuestra sociedad y defender, en la medida en la que podamos, la libertad y la dignidad. Saludos y muchas gracias.

 

                                   ***

 

            Estimado amigo Juan,

 

Como en tu primer artículo, coincido básicamente contigo. Te has explicado muy bien… y has hecho una matización muy interesante sobre lo que tú entiendes por formación de los profesores. Estoy de acuerdo con lo que dices de la formación de los profesores en los CPRs que es insuficiente. Pero yo además añado que es adoctrinamiento. Tú sabes bien como funcionan las ideologías como forma de cohesión, o cemento de la sociedad. Creo, como tú, que es necesario una formación didáctica de los profesores, pero no le doy la importancia que le da la ley. También creo que hay un mito sobre la lección magistral. Soy un defensor de la clase magistral, pero no existe ésta sin diálogo y para que ello sea posible se requiere del interés del alumno. Y esto es una comunidad inefable, fuera del ámbito científico, que se produce en el proceso de enseñanza y que tiene que ver más con la transmisión de valores y conocimientos, digamos, por contacto o por osmosis. Cierto que necesitamos aprender unas destrezas que nos hagan más fácil enseñar y tratar a los nuevos tipos de alumnos que tenemos. Pero no entiendo que esto sea una ciencia. La pedagogía no es ciencia, es mayormente verborrea e ideología. Por eso la comparación con la medicina no es correcta. El desarrollo tecnocientífico en medicina ha ganado en eficacia y perdido en humanidad, porque la medicina está a caballo entre el arte, la ciencia y el humanismo. Pero hoy en día está prácticamente reducida a tecnociencia. Ya digo, esto le ha hecho ganar en eficacia, para nuestro bien, pero nos encontramos con todos los problemas éticos que se derivan de la tecnificación. Pero en la enseñanza no ocurre igual. Todos los científicos famosos y geniales que tú conoces podrían enseñar en la actualidad con una pizarra y una tiza, e, incluso, con un palo y tierra, me refiero a las teorías, ya sé que la experimentación requiere hoy en día un gran arsenal de aparataje. Pero no son necesarios para entender la teoría. Lo de la ciencia en la educación es un engaño, es tecnobarbarie, como dice el economista José Luís Sanpedro. Considerar que sin una presentación en Power Point no podemos dar una clase o una conferencia es perderse en los medios. La tecnociencia pude ayudar, las tácticas pedagógicas, también, pero son todas colaterales al proceso de transmisión de valores y conocimientos.

 

            Hay una cosa que dices y creo que procede de tu herencia marxista leninista. Me explico. Tienes una visión determinista de la historia. Vienes a decir, más o menos, que en los tempos que tenemos necesitamos de una educación que es la que estamos construyendo. Creo que te equivocas en lo del determinismo. Los procesos históricos no están determinados, pero no vamos a entrar en esta discusión. Lo que sí sostengo es que la educación debe servir para transformar la realidad, no para adaptarse a ella, máxime cuando la realidad en la que vivimos responde al imperativo del mercado y la tecnociencia, convirtiendo al hombre en un mero instrumento u objeto. Uno de los grandes engaños es el del fin de la historia y la muerte de las ideologías. Todo lo que se viene defendiendo hoy en día en educación, no es una necesidad histórica marcada por los tiempos, sino ideología. Y, como tú muy bien sabes, la ideología nos aliena y enmascara la realidad. Pues eso es lo que pasa. Ni más ni menos. Un interés de la clase dominante, el capital, que tiene cogido por el cuello al poder políticos y a los ciudadanos adormecidos y sumisos. Saludos afectuosos.

Acabo de leer una obra biográfica de Nicolás González sobre Nietzsche. Lleva como título “Nietzsche contra la democracia”. Es una obra excelentemente argumentada y documentada, abarca sólo dos décadas de la vida de Nietzsche. Su tesis principal es que toda la filosofía nietzscheana es de origen político, es todo un programa político. Esta tesis está en contra de todas las interpretaciones de Nietzsche que lo han intentado separar de su tiempo. Otra idea interesante es que a Nietzsche se lo ha identificado con el genio solitario que elabora toda su filosofía desde dentro. El autor bucea, y demuestra bien documentadamente, la actitud de lector compulsivo de Nietzsche, hasta el final de su vida consciente, incluso cuando la vista no le permitía más de dos o tres horas de lectura, se hacía leer por amigos y hermana y madre. Y en toda esta lectura (su vida nómada iba acompañada de 104 kilos de libros) encuentra el autor los autores que influyen en su pensamiento. Nietzsche está en contra del academicismo y no citaba, su estilo particular impide rastrear de forma clara y lineal sus influencias, eso es lo que ha confundido a la mayoría de los intérpretes del autor. Y como tercera tesis fundamental de la obra está la coincidencia del pensamiento político de Nietzsche con el de Platón, ambos son antidemócratas. Nietzsche siempre se ha contrapuesto a Platón, pero nuestro autor ve dos platones, el influenciado por Sócrates, el idealista y antecedente del cristianismo, y el político, el aristócrata, el defensor del estado dórico, la esparta militar y aristócrata como modelo de polis. Ahora bien, le veo un defecto a la obra, si bien es cierto que hay un Nietzsche político por debajo de toda su obra, en lo cual estoy de acuerdo, porque además todo pensamiento es una respuesta a la situación histórica en la que vive el autor, y Nietzsche, en este caso es una respuesta a la ilustración, la revolución burguesa, el surgimiento de los derechos humanos y de las democracias, hay una defensa de la democracia acrítica. Es decir, que el autor se identifica con la democracia acríticamente. En este sentido creo que hay una forma mejor, más provechosa de leer a Nietzsche, junto con Platón, Tocquevile y Ortega: como críticos de la democracia. Cuando digo críticos de la democracia, lo que quiero decir, es que nos pueden poner en guardia de los vicios en los que se puede caer en tal régimen. Defender la democracia a ultranza es un engaño. La democracia es un invento cultural, pero nuestras raíces biológicas coinciden más con el pensamiento aristócrata que con la igualdad. Somos, biológicamente, animales tribales y gregarios, la desigualdad es ontológica y responde al orden natural de la naturaleza. E, incluso, el hecho de que vivamos en democracia no elimina esto. No nos engañemos, en las democracias actuales sigue gobernando una élite. Nos parecemos más al estado platónico de lo que parece. Gobiernan los tecnócratas, el pueblo está entretenido y obedece, viviendo en un clima de aparente libertad. Los guardianes mantienen el orden mundial y vigilan al pueblo. Los gobernantes crean un lenguaje que seduce al pueblo, su opio de felicidad. Así que defender la democracia sin crítica alguna es autoengañarse.

 

            Lo que podemos aprender de Platón y de Nietzsche, es que la democracia es un gobierno de los ignorantes, de la mayoría. Porque la mayoría no son los doctos y porque al poder no les interesa que lo sean. De ahí el paulatino desinterés por el voto. El poder fomenta el individualismo, que a la postre no es más que la obediencia. Pero al poder le interesa la eliminación del pensamiento, por eso fomenta la mediocridad. Y los ámbitos de actuación son la propaganda por los medios de desinformación y por la educación. Por eso estos dos autores hicieron tanto hincapié en la propaganda, la retórica de los sofistas, en un caso, y los periódicos de la burguesía, los revolucionarios, los socialistas y demócratas, por otro; y, la educación. Ambos autores hicieron una crítica tremenda a la educación como vehículo de mediocridad y uniformización del pensamiento, y propusieron el ideal de una educación meritocrática, aristócrata y elitista.

 

            A mi modo de ver las críticas a la democracia de Platón y Nietzsche, de las que se hacen eco Tocqueville y Ortega, son irrefutables. Pero ello no implica la defensa de un estado totalitario genocida y etnocida, como ambos autores defendían. Por mi parte, considero que hay que salvaguardar la democracia formal o procedimental que conlleva la libertad de expresión de los ciudadanos, la igualdad de oportunidades, no ontológica, y la igualdad de todos ante la ley. Y la posibilidad de cambiar al gobierno, de forma no violenta, por una votación. Ahora bien, una democracia de este carácter, que es la mínima que se despacha, aunque es una gran conquista, también es una falsificación por lo que hemos dicho antes: mediocracia, gobierno de los expertos, engaño del poder… todo ello nos lleva a que la democracia, como única forma de gobierno perfectible, puede ser profundizada. Aquí estoy con los republicanos y con Aranguren, la democracia no es sólo formal, con una serie de instituciones que la protejan, sino una forma de vida. Pero el problema es que soy un poco escéptico en la capacidad que tienen los ciudadanos de asumir como ideal de vida la democracia. Permítaseme la duda. De muestra un botón, pocos se manifestaron por la congelación de sueldos y de pensiones y con la reforma laboral, pero las manifestaciones por la victoria de España en el mundial, que está muy bien, duraron una semana. Disculpen, pero estos ciudadanos no son ciudadanos comprometidos, los engañan y se autoengañan. Meten la cabeza debajo del ala y obedecen sumisos y toman su “soma” diario delante de las pantallas de la televisión y de Internet. Pero siempre nos queda la esperanza de la metamorfosis global. O, acaso, Platón y Nietzsche tenían razón, y en definitiva el hombre necesita ser gobernado por alguien superior. Si esto es así, al menos las democracias formales son totalitarismos débiles soportables, eso sí, para los que vivimos en ellas, pero el resto del mundo, al cual parasitamos para seguir nuestro desbocado nivel de vida, no pensaría como nosotros…