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Filosofía desde la trinchera

            Se puede disfrazar la tristeza con una sonrisa, pero no la indignación.

            Llevo bastantes años siguiendo al economista y pensador catalán Vicenç Navarro. Releo un libro del 2004 que es absolutamnete actual  "Bienestar insuficiente, democracia incompleta" También leo su blog y me he encontrado con un artículo perfectamente documentado que defiende una de las ideas que yo sostengo. Parte del discurso nacionalista conservador encubre una lucha de clases para despistar al ciudadano. Es decir, que gran parte del discurso nacionalista, cuidado que Navarro es nacionalista y estuvo treinta años en exilio por ello y ser de izquierda, y estuvo enseñando en Estados Unidos y Finlandia, es ideología para engañar al ciudadano. Lo que ocurre es que hay que poner más énfasis en la lucha de clases, que son iguales en los dos nacionalismos, o universales, que en la lucha nacionalista, meramente ideológica para alcanzar poder.

El déficit democrático en España es escandaloso. El hecho de que, desde la transición siempre se haya hecho así, lo ha convertido en normal. Me refiero a la disciplina de voto en los partidos. Se nos dice que los diputados son libres pero tienen que obedecer al partido. Se nos engaña haciéndonos pensar que la obediencia de voto hace posible la gobernabilidad. Todo esto es falso y una rémora de una transición que se nos muestra míticamente como ejemplar. La transición fue la que fue y como fue. No debemos mitificarla, sino superarla en muchas de sus deficiencias, sin tirar por la borda sus conquistas. Pero uno de los grandes fallos es la disciplina de voto de los partidos. En realidad, ésta, lo que produce es una aniquilación del debate y de las ideas. Los partidos, como representantes de la ciudadanía, funcionan como máquinas de poder y de eliminación de la disidencia. Es necesario y urgente una reforma de los partidos si queremos recuperar algo de democracia en España. La obediencia de voto en los partidos es una burla a los ciudadanos. No deberíamos votar a partidos antidemócratas, que los son todos por la disciplina de voto, deberíamos exigir la discusión crítica de ideas. En España, una vez elegido al partido de gobierno, se disuelve la diferencia entre el ejecutivo y el legislativo. El partido en el poder, por disciplina de voto, siempre votará lo que el ejecutivo proponga. Por tanto, no hay ningún sistema de control del poder. Esto es lamentable, máxime, cuando lo aceptamos como algo normal. Y éste es el engaño, pensar que la única democracia posible es la que tenemos. ¡A lo mejor es que a los ciudadanos no nos interesa una democracia más participativa!

TRIBUNA: FERNANDO SAVATER

¿Prohibido permitir?

FERNANDO SAVATER  30/06/2010

Como ha señalado Sánchez Ferlosio, no hay disparo más peligroso que el de quien se ha cargado de razón. Ejemplo señero es el de aquel boy-scout cuya obra buena del día fue ayudar a cruzar la calle al ciego que no quería cambiar de acera. En España padecemos hoy una conjura de salvadores para redimirnos de nuestros vicios y nuestras devociones, en la que confluyen una derecha que tiene de liberal lo que yo de obispo y una izquierda torpe en la gestión económica y laboral pero firme en las prohibiciones: del tabaco, de los toros, de la rotulación comercial en lengua impropia y quizá mañana de las corrientes de aire, que también salen caras a la Seguridad Social. A los desobedientes solo nos salva que no siempre se ponen de acuerdo en lo que debe ser proscrito: cuando coinciden, estamos perdidos.

Ahora les toca el turno al burka y al niqab. El Senado -que de irrelevante parece decidido a ascender a nocivo en varias lenguas- recomienda prohibirlo por ley en los espacios públicos... incluida la calle, en nombre de la libertad, la igualdad y la seguridad. Quienes han votado en contra sostienen que no es para tanto, aunque apoyan el fondo de esa argumentación. Admirable batiburrillo. Hay espacios públicos que nadie duda de que deben estar regulados (escuelas, oficinas ministeriales o municipales, controles de aeropuerto, etcétera) y en los que no caben máscaras o disfraces. Pero en otros espacios públicos los controles son más discutibles: ¿debe la autoridad decidir cómo debemos ir por la calle? ¿Pueden prohibirme el maquillaje estrafalario, las pelucas de colores o la barba postiza? ¿Qué me dicen de los tatuajes? ¿Está permitido que un hombre se vista de mujer, aunque eso vaya contra su "dignidad" según el criterio de algunos?

En efecto, las instituciones (que son de todos) no deben implicarse en ceremonias religiosas particulares. Los demócratas laicos (católicos incluidos) celebran que se suprima la implicación militar en el Corpus toledano, indeseable residuo teocrático. Ojalá también se suprimieran los capellanes militares y demás jerarquía clerosoldadesca. Lo mismo cabe decir de los crucifijos en las aulas, etcétera. Pero la neutralidad laica de lo público tiene como objetivo permitir la libertad confesional o impía de los particulares. Mejor dicho, su libertad a secas, de expresar como quieran su personalidad, religiosa o estética, en ciertos lugares públicos y desde luego en su privacidad.

Cubrirse con velos o enseñar todo lo posible forman parte de esa libertad. En el caso de las mujeres que optan voluntariamente por velarse, resulta obvio que no es el velo lo que conculca su libertad, sino la imposiciónde prescindir de él les guste o no. Y tampoco el más tupido de los velos ofende su dignidad tanto como quienes no escuchan su testimonio de lo que piensan o desean y las declara sin apelación esclavas de lo irracional. Llamar a esos procedimientos impositivos "libertad" o "dignidad" es utilizar un nuevo lenguaje similar al que George Orwell patentó en 1984.

Si una mujer es obligada a desnudarse por un proxeneta o a cubrirse de pies a cabeza por un imán, debe haber instancias legales que la protejan eficazmente de tales atropellos. Pero si lo hacen de acuerdo a su voluntad, por mal orientada que esté según opinión de algunos, el atropello vendrá de quien se lo prohíba decidiendo que su criterio es mejor que el suyo, como si ellas no tuvieran raciocinio propio en materia ética. O aún peor, de quienes supongan según su prejuicio que cuando se desnudan lo hacen por gozo liberador y cuando se tapan son prisioneras de negras supersticiones. Según la ministra Bibiana Aído, que no es partidaria de la prohibición, las mujeres veladas son "víctimas" con las que no hay que ensañarse, aunque el objetivo gubernamental sea acabar con el burka "en público y en privado". ¿Víctimas? Entonces ¿por qué no las salva? ¿No es humillante considerarlas a todas así, quieran o no? ¿No es una ofensa a su dignidad y a su libertad? ¿Por qué la ministra Aído no se decide ya a declararlas "enfermas" y tratarlas como a los homosexuales en esa clínica catalana que se ofrece a curarlos?

La ciudadanía democrática es un marco abstracto e igualitario para que cada cual intente su concreta realización personal, de acuerdo con su cultura, sus creencias, sus pasiones y manías. Como bien analiza Carlo Galli en su jugoso librito La humanidad multicultural (ed. Katz) no es fácil "mantener juntos, sin síntesis definitivas, los diferentes niveles de las culturas (de los grupos dotados de sentido, de lo común), de lo universal (de todos) y de las individualidades (de los particulares)". Un empeño urgente en nuestras complejas y mestizas sociedades europeas, donde la humanidad concreta "solo puede ser imaginada y producida como crítica universal de los universalismos no críticos y, por igual razón, de los particularismos tribales". Aquí es imprescindible la educación en valores cívicos y una paciente labor social con los inmigrantes, mientras que la actitud prohibicionista es un atajo que ni comprende ni asume ni remedia las irremediables diferencias.

Yo no sé si los diversos velos islámicos representan (sobre todo para quienes los llevan) la "opresión" de lo femenino: el día que me dé por averiguarlo procuraré acudir a fuentes antropológicas más fiables que la señora Sánchez Camacho, CiU y demás criaturas electorales. Tampoco sé si es ofensivo para la dignidad cívica pintarse la cara con los colores nacionales -y aún peor, la de los niños- para ir al fútbol o airear los trapos sucios familiares en programas del corazón. En cambio creo saber en qué consiste la libertad democrática: en aprender a convivir con lo que no nos gusta. Conviene recordarlo ahora que hay tantos paladines dispuestos a todo por defender "nuestros valores", porque hay amores que matan... Personalmente, a mí me desagrada profundamente ver mujeres con burka o niqab, pero procuro recordar que también las señoras que los llevan desaprobarán muchas de mis aficiones que no quisiera ver prohibidas (aunque hay quien lo intenta, desde luego).

"Prohibido prohibir" fue uno de los lemas del ahora denostado -por carcas y arrepentidos, a cual más bobo- Mayo del 68 y acepto desde luego que, tomado literalmente, se trata de una peligrosa exageración. Pero entiendo que su verdadero significado era: "prohibidos los inquisidores que quieren salvarnos de lo que somos, por nuestro bien". Y esta prohibición es de las pocas que siguen en mi devocionario plenamente vigente.

            Leo un libro del excelente economista y pensador Vicenç Navarro escrito en el 2002 y reeditado en el 2004 “Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Hace un análisis de que el estado del bienestar en España es precario y que todas las políticas que se han hecho no han sido las de aumentar el estado de bienestar sino la de moderar el gasto público, en comparación a los países de la UE. Esto lleva aparejado, a su vez, un déficit democrático, que consiste en una derechización de la política, una eliminación de la izquierda y del pensamiento alternativo. Llama la atención la actualidad del análisis, porque, precisamente, lo que ha ocurrido estos años es que la política le ha seguido el juego al capital. La crisis que sufrimos es una crisis financiera que ha repercutido en al economía real. Pero, verdaderamente, la causa es política. Son las decisiones de los políticos, que han terciado a favor del capital y reducido el gasto público y el estado de bienestar, los que han generado esta crisis del capital. Una economía del bienestar regulada por el estado evita los ciclos económicos. La desregulación nos lleva a las crisis cíclicas que cada vez se hacen más profundas. Y para más Inri en la reunión del G-20 la receta que se da unánimemente es la de reducir el gasto público. O yo, y muchos economistas infinitamente más sabios que yo, no nos enteramos de nada, o la clase política tienen dudosos interesas en el capital. A no ser, que no lo puede ser, que el determinismo económico de la historia sea verdad y no podamos hacer otra cosa. No lo es, porque el neoliberalismo no es ciencia, sino ideología. Y además las predicciones en historia sólo pueden vaticinar tendencias. Pero, si lo fuese, desde luego que iríamos abocados a la catástrofe final. Es curioso cómo la crisis económica primero hizo pensar sobre una refundación del capitalismo, se relacionó también con el problema de los recurso energéticos y con el cambio climático. Hoy en día, los medios de comunicación no dicen nada de esto. Es más, se proclama la sumisión del estado al capital y el triunfo del neoliberalismo capitalista más salvaje. Los políticos ceden a los mercados y los dos grandes problemas a los que se enfrenta la humanidad ya ni se mencionan: el cambio climático y el agotamiento de los recurso energéticos. Esto me lleva a pensar en la concepción conspirativa de la historia, aunque no soy partidario de ello, porque es renunciar a la racionalidad y la libertad. ¿Y si todo está bien requetepensado para que sólo unos dos mil millones de personas, esto siendo optimistas, puedan sobrevivir al final del siglo XX? De momento rechazo esta interpretación histórica y me aferro a la esperanza de la libertad.

La educación es un vacío burocrático. Lo único que importa es el rellenar papeles que no indican ni sirven para nada. Rellenar guiones absurdos con palabras absurdas pseudocientificas y sinsentido. La memoria final de un curso no sería rellenar un guión. Sino una reflexión seria y argumentada sobre el acontecer del curso. La memoria es una forma literaria cercana al ensayo. Pero estos partidarios de la burocracia educativa –porque no tienen nada más que ofrecer- que vacían de contenido la enseñanza, quieren que rellenemos un guión, en donde la literatura y el pensamiento brillan por su ausencia. Si la realidad educativa es la de los papeles es, entonces, una realidad vacía. A nadie le importa, ni eso es evaluable, el momento mágico de la enseñanza, de la transmisión de conocimientos y valores. Sólo quieren papeles y más papeles. La burocracia ha matado la excelencia, ha aborregado a los profesores y les ha robado el pensamiento. La burocracia educativa ha sido un arma de adoctrinamiento y eliminación del pensamiento crítico. Poca cosa nos queda hacer ya en la educación, salvo enseñar en el reducto de nuestra aula y declararnos en desobediencia civil, siguiendo nuestra libertad de cátedra, ante la barbarie de la burocracia. La burocracia educativa es un sistema de control fascista que pretende perpetuar la ideología obsoleta del poder.

            La intensidad es el instante. Mientras más intensidad menor conciencia del tiempo, más vida, menos sufrimiento. Todo momento tiene su intensidad si lo sabemos vivir. Esa es la sabiduría de los antiguos que hemos perdido en este mundo de prisas. La persistencia sólo está en el instante no en la duración. Ésta última es apariencia. ¡Qué pena sólo ser filósofo y no sabio! Entre uno y otro está el abismo de la felicidad.

El velo, la libertad y el conflicto de civilizaciones.

 

Creo que lo que subyace a la prohibición del velo y del burka, aunque hay que hacer distinciones, es una cuestión política. Y esta cuestión política se refiere a la identidad. La discusión se intenta llevar al ámbito del laicismo, la libertad de expresión y el respeto a la dignidad y la persona. Todas estas cosas son muy importantes. Pero el asunto de prohibir o no el velo islámico para las mujeres es una cuestión política identitaria. Una cuestión ideológica y, errónea, por lo demás. Europa se identifica, erróneamente, con el cristianismo y esta identificación se hace frente al Islam y el judaísmo. De lo que se trata es de una confrontación ideológica de identidades que intentan definir civilizaciones. Las políticas de la identidad son mitos que intentan aunar el sentimiento de las personas para fomentar el patriotismo y el odio al otro o diferente. Fomentan la creencia de que todos los males proceden del otro, aíslan la posibilidad de comunicación, se basan en creencias irracionales y niegan la historia. Estamos asistiendo desde hace unas décadas a una guerra de occidente contra el Islam y en esta guerra la estrategia es demonizar al otro y forzar un discurso de la identidad occidental falso e ideológico. Las religiones del libro son todas iguales, no hay mayor desarrollo de una sobre las otras. Pensar esto es un grave error y un desconocimiento de la historia de las religiones y del pensamiento. Se intenta identificar el origen de occidente con el Cristianismo. Esto es una aberración histórica. El primer origen occidental se encuentra en Grecia; pero, a su vez, la cultura griega, el llamado milagro griego: el surgimiento del pensamiento racional, hunde sus raíces en las culturas egipcias, babilónicas, persas e indúes, fundamentalmente. No negamos que exista una emergencia de algo nuevo que aglutina todo lo anterior en la cultura griega. Pero, desde luego, no procede de la nada. El Cristianismo se extiende por occidente en dos niveles. En primer lugar entre los esclavos y los débiles, los desheredados del imperio. La clase oprimida y, por supuesto, la más supersticiosa e ignorante. Un segundo nivel de transmisión del cristianismo es a través de la filosofía y las religiones mistéricas del mediterráneo. Aquí aparece un cristianismo culto y mistérico. Por un lado se une con la tradición platónica y estoica y, por otro, con la religión de Mitra, Orfeo y Dionisos. Dioses, todos ellos, muertos y resucitados. Y esto da lugar al gnosticismo. Durante cuatro siglos hay una batalla entre la interpretación gnóstica y la literalista de las escrituras. La victoria al final es para la visión literalista que defiende una interpretación literal de los textos. Textos, que, por otro lado, habían sido transformados durante cuartrocientos años. Esto daría lugar, poco a poco, a la dogmática cristiana, que queda fijada en el concilio de Nicea allá por 356 d.c. Pero este golpe nunca hubiese sido fructífero si el imperio romano no se hubiese convertido, desde la cabeza, el emperador, al cristianismo. Y eso es lo que ocurre con Constantino. A partir de ahí, se prohíben todas las escuelas filosóficas, toda actividad científica, (biblioteca de Alejandría) y el culto a cualquier religión, que fueron llamadas paganas, pero sobre las que se monta la idolatría del santoral cristiano. Lo que se abre entonces es un camino de oscuridad, superstición, fanatismo y violencia.

 

            Entre tanto, en el siglo VI, aparece el Islam, que es necesario vincular también, como en el caso de la secta del nazarenos, con las condiciones históricas, en este caso de guerras tribales y afán de expansionismo. La expansión árabe e islámica corre como la pólvora y llega hasta los Pirineos. En España se establece lo que se llamará Al-Andalus. Y es aquí donde se desarrolla plenamente la cultura árabe: arte, literatura, ciencia y filosofía. Podemos considerar el siglo XI como el siglo de la ilustración árabe, con su sede en la ciudad de Córdoba. Europa estaba sumida en la ignorancia y la superstición. Los árabes españoles y también los judíos, aunque en menor medida, conocían la cultura griega y la habían hecho avanzar, como demuestran Vernet y Koyre. Los árabes eran los únicos que en Europa sabían griego y, además, tenían acceso a las fuentes filosófico-científicas. Estudiaron estas obras y las tradujeron al árabe y al latín. Mantuvieron, Averroes, la teoría de la doble verdad: la científica y la del Corán. Fundamental esto para el surgimiento de la tolerancia. Desde el siglo XI al siglo XIV va transmitiéndose este acervo cultural, griego y árabe, a Europa, y es en ese momento cuando empieza a resurgir la cultura europea, pero siempre de la mano de los árabes. Además toda la intención de la teología racional cristiana, con su máximo representante, Tomás de Aquino, fue sojuzgar la verdad de la razón a la de la fe. Averroes, siendo el vehículo de transmisión de la ciencia y la filosofía aristotélica, sobre la que se funda la filosofía cristiana, fue declarado anatema en toda Europa. De lo que se trataba era de demostrar que su teoría de la doble verdad era una herejía que ponía en peligro la verdad literal de la Biblia. De ahí que el aquinate proclamase, aún en vigor hoy en día, la teoría de la subordinación de la razón a la fe. Véase, si no “Fe y Razón” de Juan Pablo II. Y toda la polémica entre la ciencia y la religión desde el renacimiento hasta ahora reside en esta interpretación intolerante que, unida al poder, generó cientos de miles de víctimas. El primer eco en la ciencia de la tradición ilustrada musulmana, especialmente Averroes, lo tenemos en el famoso juicio de Galileo. El físico y astrónomo universal, en su defensa pronunció una frase celebre, que le serviría de poco, pero que nos muestra las fuentes ilustradas en las que bebía: “la astronomía nos dice como van los cielos, la Biblia, como ir al cielo” A esto se le ha llamado la teoría del doble lenguaje, lo mismo que la de la doble verdad. En el fondo está la discusión entre la filosofía gnóstica y la interpretación literalista, cosa que los árabes españoles habían superado a través de Averroes y es precisamente lo que permitió la primera ilustración europea, en España. Las vicisitudes históricas hicieron que judíos y musulmanes fuesen expulsados de España. Ahí comienza un retroceso histórico, como ocurrió con los griego y los latinos. El hecho de alcanzar un alto progreso cultural: científico, ético-político y jurídico, no garantiza una vuelta atrás catastrófica. Estos retrocesos están marcados siempre por la intolerancia. Europa se va abriendo camino, desde el renacimiento hasta la ilustración, a través del legado griego y árabe en la conquista de la tolerancia. Pero, entre medios está el fanatismo de la inquisición y las tremendas guerras de religiones que asolaron Europa durante cien años. Y a estas guerras se pondría fin a partir de la paz de Wesfalia, ésta abolía la vinculación o unión entre el trono y el altar. Es decir, se proclamaba el laicismo. Siempre que la religión ha estado unida al poder político su destrucción sobre el disidente ha sido brutal. Y este fenómeno no es exclusivo del Islam. En la tradición europea ha durado dieciocho siglos, hasta la ilustración. Esto, en cuanto a los hechos porque la influencia sigue siendo vigente. Como muestra un botón. La ilegalización de la eutanasia tiene su fundamente moral en el cristianismo: no somos dueños de nuestra vida, se la debemos al creador. Mientras que no cambie este prejuicio teológico, enmascarado de paternalismo del estado y de la medicina, no se conseguirá la consecución del derecho ilustrado sobre la vida. Si tengo el derecho a la vida, tengo el derecho a renunciar a ella. En los cuarenta años de dictadura hemos vivido en un régimen ideológico denominado nacionalcatolicismo. En esta triste y sangrante historia de España las mujeres estaban absolutamente sometidas a la voluntad del hombre. No podían abrir una cuenta bancaria, no podían acceder al mercado laboral sin permiso, no podían sacarse ni el carnet de conducir sin previo permiso del padre o marido…y esto sin narrar la miseria de la opresión y explotación en el hogar. Todo ello alimentado y justificado desde la ideología cristiana. Todo lo que vengo diciendo lo que nos muestra es, primero, que el origen cultural de Europa u occidente no es el cristianismo y que éste, no es superior a ninguna otra religión del libro. Recuerdo aquí también los crímenes contra la humanidad: genocidio y etnocidios cometidos en la destrucción de las Indias en nombre de la religión católica. Todas las religiones del libro son igualmente intolerantes, fanáticas, violentas y peligrosas, porque consideran que son la verdad absoluta. Así que fundar un discurso de la identidad europea en el cristianismo es una aberración y un mito.

 

            De lo que se trata, entonces, para preservar la mayor libertad posible de todas es fomentar la ilustración entre todos los ciudadanos. Para empezar esto conlleva el principio de igualdad y no el de diferencia que es el que se fomenta al prohibir el velo. La ilustración persigue la libertad de los individuos a partir del conocimiento. El conocimiento es el que nos libera de las supersticiones. Si alguien, después de cierta ilustración, decide llevar el velo, o hacerse monja o monje de clausura, pues allá él. Esa es la libertad: ser poseedor de nuestra propia existencia. No se puede hablar de que las mujeres musulmanas no son libres, probablemente no, pero, ¿son libres las mujeres u hombres, es igual, occidentales? Me temo que no. Fátima Mernisi, musulmana no practicante, catedrática de antropología en la universidad de El Cairo, titula el último capítulo de uno de sus libros: “El velo de occidente es la talla 38”. Lo dejo ahí para que se medite… Hay que dejarse de hipocresía y de grandes palabras como libertad, cuando en definitiva lo que hay es un fin político, eliminar al diferente. Es curioso que las primeras escaramuzas procedan de Cataluña, un pueblo profundamente nacionalista e identitario con una gran inmigración musulmana. La cuestión que hay que defender desde un laicismo del estado es la pluralidad de creencias y prácticas religiosas, siempre que no atenten contra la dignidad de la persona. Y esto es lo que habría que discutir, por eso decía lo del burka, pero, insisto, que es discutible. La educación tendría que ser ilustración pública en los valores ilustrados y democráticos. Pero los políticos lo que hacen es utilizar las palabras para engañar y fomentar, en nombre de la libertad, el choque de civilizaciones. En definitiva, porque en el mundo árabe hay una gran reserva energética. El problema es de subsistencia económica, no ideológico. El laicismo, y España constitucionalmente lo es, aunque hable de aconfesionalidad, que es lo mismo, exige la separación del estado y la religión. En nuestro país esto no se cumple de ninguna de las maneras. La religión católica se sostiene con fondos públicos y los actos de estado se realizan bajo la tutela del clero. No se puede venir ahora, en nombre de la libertad, a prohibir el velo. Por lo demás, prenda que nuestras abuelas solían llevar. A mayor ilustración mayor libertad, menos superstición y menos religión. Ése es el camino, no la prohibición, que genera enfrentamientos.