La religión es un hecho. Y además un hecho fundamental que vertebra todas las sociedades y todas las civilizaciones. Es absolutamente necesario su conocimiento. Pero el conocimiento de la religión no es un adoctrinamiento confesional en la religión cristiana como lo es en España y gran parte de Europa. Lo que es necesario es un estudio del fenómeno de la religión en todas sus dimensiones: histórica, artística, filosófica, política… Porque la religión ha sido, y sigue siéndolo, determinante en la historia de la humanidad. De lo que se trata es del conocimiento de la religión para darse cuenta de su importancia y para relativizar su ansia de verdad absoluta, su intolerancia y su fanatismo; así como su ansia de poder. Es necesario un programa en la educación del hecho religioso impartido por profesionales que conozcan el tema, como filósofos o historiadores. De paso se eliminaría de raíz la presencia de religiosos en los centros educativos. La ignorancia que sobre la religión, incluso la cristiana, aun asistiendo a estas clases, es supina, y esto hace a los alumnos futuras víctimas para caer en las garras de los nuevos dioses, los nuevos ídolos y las nuevas religiones. El conocimiento es una forma de luchar contra la superstición, el dogmatismo, el fanatismo y, al final, la violencia.
Para combatirlo hay que conocerlo. Y conocerlo es ir a las raíces del mal que residen en la propia condición humana y en la cultura que hemos creado. No podemos cambiar la condición humana, pero sí la cultura. Y vivimos en una cultura que fomenta el mal de por sí. Una cultura depredadora de la naturaleza, violenta (guerras), opresora del débil, que favorece la desigualdad entre los hombres (división de clases y discriminación de la mujer y de los débiles.) El paradigma de esta cultura que es el patriarcal y capitalista puede y debe ser cambiado por un paradigma ecosocialista y matriarcal (paleolítico). Ése sería, a mi modo de ver la vuelta a la naturaleza en el sentido Rousseauniano.
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Provocador pensamiento del Cardenal Mazarino.
“Ten pocos amigos, no mantengas un trato frecuente con ellos, y así no te perderán el respeto”. Y es que “la amistad no existe: es simulación”.
Creo que sí hay amigos, pero pocos, luego están los conocidos, que pueden hacerse amigos. Y entre los conocidos sí hay cierta simulación, pero por simple buena educación. O por lo que es la sociabilidad humana. Es decir, que la simulación no tiene por qué ser algo negativo, sino todo lo contrario. Vamos, que le he dado la vuelta a la sentencia del Cardenal.
Pero es que precisamente el pensamiento sobre la muerte es el que te da la dimensión de la vida. Prepararse para la muerte es el aprender a vivir. El caso paradigmático es Sócrates.
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No, inmensa equivocación. En el budismo no hay búsqueda de la felicidad, sino eliminación del dolor y el sufrimiento por la eliminación de su origen que es el deseo. Y si desaparece el deseo se disuelve el yo y llegamos al nirvana (la traducción que se acerca más es la nada, pero también nos vale el Ser, el aquí y ahora, es decir, en la ausencia de tiempo, donde no existe el deseo)
Si hay búsqueda de algo hay deseo, aunque sea de la felicidad hay deseo y, por tanto sufrimiento. Eso es lo que demostró Buda a lo largo de su vida hasta que paró y se puso a meditar, según cuenta la leyenda, debajo de un árbol hasta que encontró las cuatro nobles verdades.
Sí, pero eso en casi todas las éticas occidentales, no en el budismo. Incluso Schopenhauer, que es el que trajo el Budismo a occidente, ya no habla de búsqueda de la felicidad, sino de eliminación del dolor. Yo mismo considero que el objetivo de la vida no es la felicidad, sino que es preferible la virtud y la felicidad y garantizar, en lo posible, el bienestar (salud, trabajo y relaciones de convivencia sanas). Pero no se puede confundir bienestar con felicidad. Y, es preferible un Sócrates desgraciado que un ignorante satisfecho. Es decir, es preferible la libertad y la dignidad (que en el fondo son felicidad) que el mero bienestar.
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Estoy un poco cansado de la equivocación intencionada que los medios de comunicación hacen de la palabra radical. Utilizan la palabra radical despectivamente, en un sentido negativo, que en su raíz no tiene. Radical es el que va a la raíz de los asuntos, a sus últimas causas, e intenta ver de dónde vienen los problemas. Y no se puede confundir con el extremista, que es alguien que ha llevado una posición a un extremo del que no se mueve. El extremista es un dogmático que no cambia de ideas. Que ha convertido las ideas en opiniones y en creencias. Que vive instalado en sus creencias y con el que no se puede discutir, a causa de su dogmatismo, que se puede transformar en fanatismo y violencia. En cambio el radical es un buscador, alguien que no se conforma con el discurso establecido, que quiere ir más allá de las opiniones vulgares y consuetudinarias, con el acuerdo mayoritario. Busca ideas y no vive ni de las opiniones ni de las creencias, es más, éstas las rechaza. Su radicalidad se basa en el diálogo entre ideas, no en la retórica ni en la demagogia, en la búsqueda racional de los principios y las causas de las cosas para poder resolver los problemas. El radical no se instala en las creencias, sino que las combate con el arma de la razón.
La muerte es tema fundamental de la filosofía. Dos de los mayores sabios dicen cosas aparentemente contrapuestas, pero iguales en el fondo. “Filosofar es prepararse para la muerte.” Platón y Spinoza nos dice “En nada piensa el sabio menos que en la muerte”. Pero Camus nos advierte en “El mito de Sísifo” lo siguiente “La única cuestión relevante en la filosofía es la del suicidio”
Copio este texto del final de la obra de Toni Montesinos. “Melancolía y suicidios literarios” en la que se hace una profunda investigación de suicidas ilustres de la historia y se indaga sobre sus causas. Que las hay de todo tipo.
“Suicidio como juego (Green), como obsesión (Pessoa), como consuelo reflexivo para seguir viviendo (Cioran), como fin de la locura (Wloof), como final de la desgracia (Quiroga), como término de una dolencia continua (Ramos Sucre), como huida desesperada (Benjamin), como reivindicación política (MIshima)…la nómina de ejemplos que nos ofrece el siglos XX resulta de lo más abierta para comprender de lleno uno de los Epigramas que Jorge Guillén incluyó en “Y otros poemas” (1963) << ¿No nos importa la existencia?// El suicida, gran impaciente/ Con un gran celo innecesario/ Da a su fin valor de simiente// ¡Qué importancia cobra la vida!>>
En efecto, con la muerte o su simple pensamiento, la existencia se magnifica, incluso de forma banal y por parte de los más acostumbrados a enfrentarse a ella a diario. El suicidio permite la elucubración de la trascendencia, o vulgaridad, al modo de Cela, de morir; aporta la posibilidad de proyectar el gesto mortal hacia el resto de la naturaleza y sus seres en el tiempo y el espacio. Así lo expresa, de manera majestuosa, el sujeto poético de “El suicida” de Jorge Luis Borges (en La rosa profunda, 1975)<…/Moriré y conmigo la suma/ Del intolerable universo. (…) Estoy mirando el último poniente./ Oigo el último pájaro./ Lego la nada a nadie/>”
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Pero es que precisamente el pensamiento sobre la muerte es el que te da la dimensión de la vida. Prepararse para la muerte es el aprender a vivir. El caso paradigmático es Sócrates.
Pues me parece estupendo. Y sí es cierto que coincide con tu tesis. Eso pasa muy a menudo y es enriquecedor. Y coincide también con mi visión holística y humanista de la medicina. Y, además, con mi materialismo emergentista. Fíjate que habla de la unión de la mecánica cuántica, nivel inferior, con la biología. De todas formas es una idea filosófica, sobre todo de las filosofías místicas, más oriente, de siglos. Recuerdo un libro que leí sobre misticismo oriental y misticismo occidental, hará unos treinta años y acababa diciendo que la ciencia, en este caso se estaba refiriendo a la física y los extraños sucesos cuánticos, cada vez se acercaban más a la sabiduría antigua. Es decir, que ha habido dos caminos, el racional y el místico. Cuando hacía el bachillerato, que no sabía si hacer medicina, leí un libro sobre las enfermedades psicosomáticas y mantenía las mismas tesis, pero a nivel de hipótesis que esta científica. No tenía la base bioquímica experimental. Y en los años 90 vi un documental científico, en el que probablemente intervendría esta mujer, lo tengo grabado en los viejos videos, porque lo solía poner en la asignatura de ciencia, tecnología y sociedad, en la que se trataba específicamente este tema. La relación entre la inmunidad y las emociones. Pero no se habían encontrado, de momento, las sustancias (endorfinas y neurotransmisores) procedentes del cerebro en la sangre que podían afectar a las células. Y ahora ya se tiene, según esta científica, evidencia de ello. Es increíble. Claro lo que sí mostraba eran estudios de curaciones o mejorías de diferentes enfermedades, incluido el cáncer, dependiendo de los estados de ánimo, de las emociones. Y, de paso, se intentaba explicar el fenómeno de la sugestión y el placebo. Lo que dice esta científica es una buena base para explicar todo esto.
Y, si te das cuenta, se utiliza el término de libre albedrío, la libertad en su versión clásica, en el sentido de decidir la acción y la aceptación. Es muy importante porque esta mujer deja atrás el cientificismo, para ofrecernos una visión antropológica-filosófica del hombre, desde una base científica sólida. Porque las visiones filosóficas, sin base científica, o bien son ideas fecundas para la investigación científica, o bien no son más que especulación o palabrería. Y, por último, a mi manera de ver, está muy en consonancia con la terapia de aceptación y compromiso.
Efectivamente, la cultura, la forma de vivir, los valores imperantes en la sociedad favorecen o condicionan positiva o negativamente el suicidio. Lo cual, desde el punto de vista de la enfermedad, quiere decir que no es el individuo la causa de su enfermedad, sino al contrario. La vida se constituye por el yo y el mundo. Y estos son una unidad en la que puede o no haber armonía. Y, por supuesto, no hace falta estar enfermo para suicidarse, también puede ser cuestión de valores que nos impiden adaptarnos a los valores imperantes en la sociedad. Ante esto caben muchas posturas: desde el escepticismo, el cinismo, el enclaustramiento, o el mismo suicidio… En fin, que por ejemplo en el Renacimiento (época optimista y de expansión en todos los sentidos, de fe y confianza en el hombre y sus facultades), los grandes artistas y filósofos, podían ser muy raros y megalómanos, pero no se suicidaban. A lo peor iban a la hoguera. Pero en el Romanticismo (la muerte de dios y el sin sentido del mundo y la vida y el tedio) sí aparece la cultura del suicidio. Precisamente acabo de empezar un libro que se llama “Melancolía y suicidios literarios” de Toni Montesisnos que habla de todo esto.
En relación con la noticia del suicidio que has puesto en tu muro tengo que decir que la depresión, como la angustia son enfermedades eminentemente sociales, por supuesto que hay predisponibilidad genética. Y una característica importante es que los que, a causa de esta enfermedad, llegan al suicidio son los más sensibles e inteligentes ante el mal en el mundo y, paradójicamente, los que más aman la vida. Estoy harto del discurso cristianoide que acusa al suicida de alguien que es un cobarde, que no tiene fuerza de voluntad, que no tiene paciencia, que la vida es bella. No señor, el único acto absolutamente libre es el del suicidio, sino hay patología detrás, y además es valiente y una afirmación de la vida, pero no de ésta, porque esta no es bella, es injusta y si eres sensible, insufrible. Ahora, si eres un inconsciente, pues vives egoístamente. Es una pena que esta sociedad dé lugar a tantos suicidios. Eso significa que la sociedad está enferma. Y la postura en contra te niega la potestad sobre tu única propiedad, tu vida. Ni siquiera la eutanasia y el suicidio asistido están legalizados. Dios está en el lenguaje, por lo tanto en las leyes, la moral, los sentimientos, las costumbres, la política…
¿Quién está enfermo, el individuo o la sociedad que hemos construido? La sociedad enferma al individuo. El mal es social, y cuando el mal social se echa encima de un hombre inteligente, sensible y amante de la vida acaba tomando la ancha puerta de la muerte, pero no por negación de la vida, sino por afirmación de la vida justa.
Es que nuestra existencia se da como sociable insociabilidad. (Este concepto habría que explicarlo aparte). No existe un humano asocial. Como decía el viejo Aristóteles, que es el primero que define al hombre como animal social y, además, racional, el hombre solo, o es un dios o es una bestia. Sin el proceso de socialización que se inicia incluso antes del nacimiento y termina cuando llega la juventud y, fundamentalmente, los cinco primeros años en los que se adquieren el lenguaje (pensamiento) y los hábitos fundamentales de convivencia (normas morales, costumbres, sentimientos y afectos) no hay un ser humano propiamente dicho. Y en cuanto a los deseos y la sexualidad pues resulta que somos animales culturales y, en tanto que animales siempre vamos a ser deseantes y el deseo sexual será el mayor de los deseos porque expresa el imperativo biológico de la supervivencia. Ahora, el cómo desarrolle cada uno la sexualidad eso ya depende de nuestro ser cultural. Y lo biológico y lo cultural constituyen una unidad en el ser humano.