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Filosofía desde la trinchera

 

La universidad, ayudada, entre otras cosas por el plan Bolonia, ha llegado a su fin. El conocimiento ya no es la clave de la universidad, sino la utilidad en sentido económico. De lo que se trata es de producir material (empleados) perfectamente adaptados a las exigencias del mito de la sociedad cambiante y del conocimiento. Decía Kant que la universidad se regia por el tribunal de la razón. Hoy en día el tribunal es el de la razón económica. La universidad es un mercado, y un mercado peligrosísimo que crea individuos uniformados y sin identidad, sin capacidad de disidencia ni de sumisión, obedientes y sumisos. Borregos absolutos. Dos cánceres, que ya han corroído la enseñanza media han invadido la universidad, la pedagogía y la economía. Es el último paso hacia el fin de un modelo de conocimiento. Sirva esto como la firma del acta de defunción del conocimiento como conquista de la libertad. Hoy en día, al contrario, el estudiante obtiene conocimientos, qué digo, destrezas, para esclavizarse.

La política se ha transformado en un modo de ganarse la vida en la que triunfan los más mediocres. No hay honorabilidad ni búsqeda del bien común. Hay lucha por el poder. La ausencia de crítica interna en los partidos es abrumadora. Silencio y obediencia es la clave.

Corrupción política y dimisión.

La política se ha transformado en un modo de ganarse la vida en la qe triunfan los más mediocres. No hay honorabilidad ni búsqeda del bien común. Hay lucha por el poder. La ausencia de crítica interna en los partidos es abrumadora. Silencio y obediencia es la clave.

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

El olvidado arte de la dimisión

RAFAEL ARGULLOL 04/10/2009

Tampoco. Tampoco en esta ocasión, con motivo del escándalo del Palau de la Música de Barcelona, se ha producido, al menos hasta el momento, dimisión alguna. Me refiero, claro está, a dimisión entre los responsables políticos y no de la inevitable retirada de quienes, aunque con años de retraso, han sido pillados con las manos en la masa.

Todo el mundo espera que Fèlix Millet y compañía vayan a la cárcel y, a juzgar por sus declaraciones, los primeros que lo esperan son aquellos políticos que, con sueldos pagados por el erario público, tenían como misión vigilar que el dinero de los ciudadanos no fuera robado por desaprensivos. En el asunto Millet los corresponsables del expolio pertenecen a tres administraciones -Ayuntamientto, Generalitat, Estado-, a diversos partidos, a varias legislaturas. Sin embargo, por lo que advertimos, ninguno se siente eso: co-responsable del expolio. Los que ostentan cargos en la actualidad señalan hacia el pasado; los que ostentaron en el pasado se escudan en el presente. Unos y otros aguardan el olvido que deparará el futuro.

Tienen razones sobradas para adoptar esta estrategia puesto que viven en un escenario en el que esta actitud siempre acaba por dar buenos dividendos. Si observamos la larga cadena de corrupciones que se ha enroscado en nuestra historia reciente comprobaremos que el número de divisiones entre los políticos que debían velar para que no se produjeran aquéllas ha sido ínfimo.

¿Cuántas dimisiones de ministros, de subsecretarios, de alcaldes ha provocado la especulación urbanística o financiera? ¿Alguien se ha sentido obligado a dimitir por la génesis de una Crisis, así en mayúsculas, que, ha sido considerada como un monstruo impersonal del cual nadie era individualmente responsable? No tenemos noticias de que ningún cargo público se considerase demasiado inepto, demasiado avergonzado, demasiado escrupuloso para dar un paso al frente y anunciar su dimisión.

Una democracia en la que nadie, jamás, dimite -a no ser que tenga la pistola en el cuello- es un sistema monolítico y sin porvenir. Parece, según cuentan algunos historiadores, que este problema fue ya entrevisto con claridad en la joven democracia de Pericles de manera que se exigía a los elegidos por los votantes una suerte de permanente disponibilidad a dejar el cargo si cometían irregularidades y errores antes de finalizar el plazo de su mandato, y otro tanto sucedía en los menores momentos de la república romana.

Si lográramos trasladar esta precaución a nuestra época, el responsable político, además de jurar o prometer el cargo debería comprometerse al abandono anticipado del mismo en caso de faltar a sus obligaciones. En la carte

-ra ministerial, por ejemplo, siempre se llevaría la carta de dimisión bien redactada, dejando un espacio para indicar el motivo. El arte de la dimisión, que no debería implicar necesariamente hechos vergonzosos, e incluso podría representar una protesta contra ellos, otorgaría permeabilidad a la democracia y confianza a los ciudadanos.

Pero no es el caso, al menos aquí. El anquilosamiento de las instituciones y la desconfianza ciudadana tienen mucho que ver con la sensación de enclaustramiento de la llamada clase política. Ante muchos ciudadanos los partidos aparecen como opacas estructuras en cuyo interior se ayudan mutuamente a ganar, mantener o recuperar el poder. Quedan restos ideológicos, sí, adheridos a los programas que se proclaman en las citas electorales, pero el peso del poder de las ideas es percibido como infinitamente menor al ansia de poder de los integrantes del grupo.

Puede que esta percepción sea en parte injusta pero es la que prevalece en el momento de acusar que, en la actualidad, la "carrera política" es un buen medio -de igual eficacia que el que ofrecen determinadas sectas religiosas-, para hacerse con una posición económica, un trabajo estable y hasta una profesión. Sin apenas debates internos de envergadura, los partidos políticos exigen crecientemente a sus miembros secreto y silencio. O, tal vez, esta exigencia ni siquiera es necesaria, puesto que los afiliados tienden a una sumisión voluntaria a la que, desde luego, tratarán de sacar partido.

No deja de ser elocuente a este respecto que en las últimas semanas se haya aludido en la prensa repetidamente al mutismo que rodea las reuniones de los dos grandes partidos españoles. En apariencia, tanto el Partido Socialista como el Partido Popular tienen sobradas razones como para discutir encarnizadamente acerca de las estrategias seguidas. ¿Cómo puede ser que estos partidos no tengan en su interior distintas tendencias que se expresen en libertad y luchen entre sí en relación a asuntos de tanta envergadura como la crisis económica, la corrupción o el desplome educativo? ¿Cómo puede ser que los miles de cargos públicos que suman entre ambos partidos comporten tanta unanimidad en el momento de defenderse contra tanta tentación de dimitir? Es verdad que vociferan unos y otros, pero la credibilidad de los gritos es escasa, pues los ciudadanos han oído tantas veces esas sonadas acusaciones sin apenas consecuencias que ya no creen en la sinceridad del exabrupto.

Tras perpetrarse esta actitud la escena democrática ha quedado profundamente quebrantada: a unos partidos ensimismados, transformados en aparatos de poder autosuficiente, les corresponde una ciudadanía apática y desconfiada, alejada de cualquier pasión política, que desprecia las instituciones públicas, como repetidamente se pone de relieve en las encuestas que publican los medios de comunicación. A un paisaje así lo llamamos democracia porque no se nos ocurre otra cosa o porque siempre tenemos miedo de que vuelva algo peor. Una democracia, sin embargo, con alarmante síntoma de inanición. Reinstaurar -o instaurar, porque aquí lo cierto es que poca tradición hay- el arte de la dimisión podría reanimar al enfermo.

Ahora, a raíz del caso Millet, tenemos una nueva oportunidad, una más de las muchas que hemos gozado en estos últimos años. Como se ha escrito reiteradamente en los periódicos el señor Fèlix Millet, astuto camaleón, ha sido pujolista, aznarista con Aznar y tripartidista con el tripartito. Su trayectoria supuestamente delictiva ha atravesado cuatro lustros, como mínimo, arrastrando a decenas de responsables políticos que tenían la obligación de impedir aquella trayectoria. Los hay de todos los colores y todos tienen cara, nombre y apellidos.

Es el momento de que algunos tengan la grandeza de sacrificarse por la democracia y exclamar ¡soy responsable! o ¡fui responsable! Es el momento de dimitir de los cargos actuales o de los puestos propiciados por antiguos cargos. Ya sabemos que el señor Millet es un presunto ladrón. Lo que queremos saber es quién dejó que lo fuera. Bastaría que alguien, no necesariamente presionado por los medios de comunicación, se presentara voluntario para asumir su rol en el escenario. Un acto semejante daría aire a la democracia.

Pero soy el primero que dudo que algo así pueda producirse, ni en éste ni en los demás casos. Pedir grandeza cuando se ha instalado la mediocridad es pedir peras al olmo. Y aún más cuando se trata de una mediocridad satisfecha. Escuchen, si no, esta anécdota. Este verano me encontré por la calle a un compañero de la universidad al que no había vuelto a ver en todos estos años. No se le tenía, entonces, por una lumbrera. Le pregunté cómo estaba y, sin transición y sin matices, me contestó que le había ido extraordinariamente bien en la vida. Para resumirme esta satisfacción vital me contó que era segundo en las filas de determinado partido. "Yo que, como sabes, no era ninguna lumbrera", argumentó, medio bonachón, medio malicioso. Estuve a punto de decirle que también Calígula nombró senador a su caballo. Pero me callé puesto que, al fin y al cabo, no conozco a nadie más con una opinión tan elevada acerca de lo que ha sido su vida.

Matamos por las creencias. El pensamiento debe ser capaz de trascender las creencias.

Políticos y ciudadanos II

 

DE POLÍTICOS Y CIUDADANOS II. LA DEMOCRACIA COMO GOBIERNO PERFECTIBLE.[1]

 

A Julia, que no pudo llegar a experimentar los placeres y dolores de la sensibilidad y la inteligencia.

 

La verdad es una

Y ven conmigo a buscarla,

La tuya guárdatela.

Antonio Machado.

 

Las ideas se tienen, en las creencias se está.

Ortega y Gasset.

 

            Pensaba yo que esa insigne labor socrática de ejercer como tábano de los ciudadanos era algo que había caído en el olvido de la historia. Pero mira por donde que cuando pasamos de las reflexiones más abstractas a los casos concretos, los ciudadanos y el poder, se inquietan y empiezan a ponerse nerviosos. Mi escepticismo que me llevaba a pensar que uno voceaba en el desierto o, incluso, escupía contra el viento se ha venido, al menos en este caso, abajo. Todavía es posible la crítica porque duele a aquellos que ocupan el poder. En este sentido, la crítica racional –desde el escepticismo o la docta ignorancia- que explicaré después, son un saludable revulsivo contra el poder que sin ello se anquilosa en sus supuestas verdades. El poder, para perpetuarse, pretende tener el monopolio de la verdad y es esto lo que le hace refractario a la crítica. Incluso en los regímenes democráticos esto también ocurre. Pero cuando esto ocurre en un régimen como el nuestro tenemos la tendencia a caer en un fundamentalismo democrático. Los gobernantes se amparan precisamente en los mecanismos democráticos (es el caso del voto de la mayoría) para imponer “su” verdad. Y precisamente lo que nos dicen es que ellos están legitimados por las elecciones, y de esta forma intentan eludir la crítica. Utilizan un subterfugio de la democracia para imponer su verdad y evitar el diálogo. Es más, el fundamentalismo democrático, llega a su culminación, cuando cualquier crítica que venga de fuera del poder es considerada como un ataque a la misma democracia. Entonces, la democracia, se transforma en un argumento de autoridad en el que el poder se parapeta ante todo aquel que ose criticarlo. Pero la labor del filósofo, del tábano, es desenmascarar –siempre que le sea posible- cualquier forma de opresión y engaño que los distintos poderes pueden utilizar. Pero, y téngase muy en cuenta esto, este momento de la crítica no tiene porqué aportar ninguna nueva verdad o dogma. Para ejercer la crítica hay que situarse en una postura incómoda; una posición que yo diría que es más una actitud vital: el escepticismo. Pero no entiendo yo aquí el término escéptico en su acepción popular: aquel que afirma que todo es falso y que nada merece la pena y acaba en la desidia y la indolencia. Lo entiendo en su sentido griego. Escéptico es el que busca el conocimiento y su instrumento es la crítica racional. Por eso el escéptico, cual Quijote, arremete con su lanza contra las falsedades, mentiras y vanidades de este mundo. El escéptico no acepta ningún dogma, ninguna verdad preestablecida, sospecha del poder. El filósofo escéptico –al modo socrático- es la mejor medicina indicada contra el dogmatismo y, en nuestro discurso, contra lo políticamente correcto (otro rasgo del fundamentalismo democrático). Y esta saludable crítica se hace desde la docta ignorancia, que es el reconocimiento –intelectual y vital- de nuestra propia ignorancia (fruto del ejercicio del conocimiento de sí mismo); pero no como un ejercicio meramente retórico, sino íntimo y vital, de tal forma que afecte a todas las dimensiones de tu existencia. Si los políticos que gobiernan y los ciudadanos que los votamos partiesen de esta actitud, entonces el ejercicio del poder sería el del diálogo, que es la forma primigenia en que nace la democracia. Cuando no hay diálogo lo que hay es demagogia, que es una forma débil de totalitarismo y otro rasgo también del fundamentalismo democrático. Y la demagogia surte efecto cuando los ciudadanos no han alcanzado su mayoría de edad: cuando prefieren obedecer a pensar por sí mismos, o cuando sus intereses particulares (individuales y egoístas) triunfan sobre los comunes o generales. Y son el miedo y la pereza los que nos llevan a esta situación.

 

            Frente al fundamentalismo democrático tenemos que oponer la tesis de la perfectibilidad de la democracia. Y esta tesis arranca, a su vez, de un principio general de la teoría política que es el de la imposibilidad de una democracia perfecta. Como vemos, el fundamentalismo democrático –pensamiento en el que caen aquellos que llevan demasiado tiempo en el poder y más si es con mayoría absoluta- entra en contradicción con este principio universal que pone límites a la acción humana en el sentido de que es imposible una sociedad perfecta, como tampoco existe el movimiento perpetuo.

 

            Frente a la democracia sólo están los totalitarismos y el fundamentalismo democrático es uno de ellos al que llamamos débil, pero no por su poca fuerza, sino porque no se ejerce violentamente (al menos aparentemente, porque aquí habría que señalar también las críticas que se hacen a los gobiernos “democráticos” que hacen guerras en nombre de la democracia, cuando en realidad son guerras de poder: geoestrategia militar para controlar las fuentes de energía y a las nuevas potencias emergentes: algo que –aunque está muy alejado de nosotros- tiene mucho que ver con la discusión que nos ocupa a los ciudadanos de esta comarca.) Por eso, para que la democracia no se convierta en un totalitarismo hay que partir de la posibilidad de la crítica, que es la que la hace sustancialmente diferente a cualquier otro régimen.

 

            La crítica a la democracia tiene como fin la posibilidad de mejorarla y señalar todas las formas de autoritarismos a que todo poder tiende por naturaleza. Yo diría más, la democracia hoy en día necesita de una crítica profunda y radical si queremos refundarla, e, incluso, mantenerla. Los modelos democráticos occidentales, alimentados por el neoliberalismo, han alejado al poder del pueblo. Los ciudadanos ya no se sienten representados por sus gobernantes; y estos se dedican a representar un papel que no es más que una mascarada propagandística. ¿Por qué la ciudadanía y, sobre todo, los jóvenes creen cada vez menos en la política y los políticos? Tanto ciudadanos como políticos deberíamos plantearnos seriamente esta cuestión si no queremos acudir a los funerales de nuestra “sacrosanta” democracias. Eso si no estamos ya en ello.

 

            Siento que el lector que haya llegado hasta aquí haya tenido que soportar toda esta introducción teórica. Mi intención ha sido demostrar que la democracia es criticable y eso incluye al poder (partidos políticos, medios de comunicación, poder económico...) y a los ciudadanos que, en definitiva, somos los que sostenemos y, en muchos casos, padecemos este poder. He evitado todas las citas y obras que hablan sobre el tema –desde la antigüedad hasta nuestros días- y que en suma han hecho posibles los diversos sistemas democráticos en los que vivimos.

 

            Son muchas las críticas que podemos hacer actualmente a la democracia y por las que podemos pensar que nos encontramos frente a un estado de franco déficit democrático, cuando no, incluso, atropello a la misma democracia, como en el caso del mencionado fundamentalismo democrático.

 

            Vamos a ver, el peligro que vivimos ahora mismo es el de ver desaparecer la democracia en general y la nuestra en particular. Puede que acabe convirtiéndose en una cascarilla formal. Puede, incluso, acabar convirtiéndose en un estado orwelliano. Creo que la predicción de Orwell es más actual ahora que en su momento. Y son muchos los teóricos de la democracia, los pasados y presentes, que están de acuerdo con este diagnóstico. No es por utilizar el criterio de autoridad, es por hacer ver que la crítica a la democracia es un bien para ella; y que de esta crítica no se excluye la de la mayoría absoluta. ¿Legitima la mayoría la razón y la verdad? No, desde luego que no, aunque ésta sea una de las reglas de la democracia que tenemos que acatar, si no queremos romper la baraja. Pero tenemos que distinguir –como señala el ilustrado Kant- entre el uso privado de la razón (obediencia a la ley) y el uso público (la posibilidad y el deber que el “docto” en tanto que tal puede y debe hacer de la crítica pública con el fin de alcanzar mayor perfectibilidad).

 

            Pues bien, en la situación en la que hemos vivido en los últimos meses lo que yo he detectado ha sido una muestra concreta del déficit democrático (el declive de la democracia) que muchos teóricos actuales detectan (no cito para evitar erudición innecesaria; pero puedo proporcionar al que quiera información, al político, en particular, no les vendría nada mal algunas lecturas.)

 

            En primer lugar, y por parte de la máxima autoridad de la Junta de Extremadura, se ha hecho un alarde de autoritarismo al negar la posibilidad del diálogo sobre decisiones políticas tomadas. Este abuso de poder es llamado autocracia (el poder basado en la autoridad que puede emerger dentro de las mismas democracias y arruinarlas: el ciudadano se siente menospreciado.) Efectivamente, cuando esto ocurre el político deja de tener credibilidad ante los ciudadanos. El pueblo deja de creer en sus representantes, porque en realidad no lo representan, actúan por otros intereses. El político es arrastrado por una espiral de búsqueda de poder, independientemente de la verdad y la razón. La unanimidad de opinión y pensamiento dentro del partido está dirigida precisamente a mantener el poder, no a la búsqueda de la verdad, la justicia y el bien común. Y creo, sinceramente, que estas últimas caracterizaciones se alejan mucho de lo que es la democracia. Es más, podemos preguntarnos realmente si es esto una democracia; o el fundamentalismo democrático la ha transformado en “perfil” democrático para un pueblo autocomplacido, satisfecho, inconsciente y engañado.

 

            La unión de autoritarismo del partido gobernante y la conciencia individualista y autoconplaciente del “ciudadano” convierten la democracia en mero barniz; menos mal que nos queda el otro pilar de la democracia, el estado de derecho; que, a su vez, va siendo progresivamente socavado: las reformas laborales, las deslocalizaciones de la globalización, el poder de los medios de comunicación que “crean” la “realidad” y dirigen las sombras del fondo de la caverna que el “ciudadano” esclavo contempla sin posibilidad de ver otra realidad (lo que no está en los medios de comunicación no existe o es meramente marginal, no influye en los valores de la sociedad). Siento decirlo –porque soy un fiel seguidor de los valores de la ilustración, como decía Popper, el último filósofo tambaleante de la ilustración- pero el ideal del que nace la democracia en el siglo XVIII es el de la ilustración del pueblo. Pero ser ilustrado es ser libre (no de comprar, que ni siquiera lo somos, no podemos tener dos casas, o un Jaguar, sólo algunos tienen esta libertad, los demás somos esclavos de nuestra hipoteca para poder vivir; sino de ser dueños de nosotros mismos) y esto es ser un ciudadano. Sin embargo, nuestra sociedad, antes que a ciudadanos, hombres libres, prefiere a individuos felices, autosatisfechos de pequeñas posesiones. Es esta la situación del nuevo opio para el pueblo. Las conciencias permanecen adormecidas y seducidas por la lógica del tener, que se confunde con la del ser, y ya no es posible la crítica del sistema: en definitiva, una forma de esclavitud entre inconsciente y voluntaria: un duermevela, una apariencia de felicidad. Lo que continuamente se nos repite (curiosamente es ése uno de los principales objetivos de la nueva reforma de la educación, muy lejos de los ideales ilustrados) es que los individuos deben “adaptarse” a la velocidad de los cambios que se producen en las sociedades posmodernas (de la comunicación, la información y las nuevas tecnologías) en las que vivimos. Podemos cambiar adaptación por esclavitud. Lo que yo pienso es que el verdadero ciudadano lo que debe hacer es transformar la sociedad, no adaptarse sumisamente a ella. Este concepto de adaptación es un nuevo darwinismo social, se elimina al que no se adapta, muy propio del programa de la derecha mercantilista (el neoliberalismo); pero los grandes partidos que nos representan, tanto de la derecha, como de la izquierda, lo han asumido como un hecho. Como si nosotros no pudiésemos impulsar los cambios y dirigir el futuro del mundo que queremos. Con ciudadanos adaptables y sumisos no es posible la democracia, ni tiene legitimidad la mayoría, salvo desde el punto de vista formal, que es necesario respetar si queremos agarrarnos a lo poco que nos queda de democracia e intentar transformarla desde dentro. Aunque esto es difícil, ya ven cual debe ser el perfil del alumno que debe salir de nuestro sistema de enseñanza. Moldeable, adaptable, sin conciencia social, amputados el sentido de la justicia y la equidad, sin capacidad de percibir los altos ideales de una sociedad global mejor para todos y más justa. Sólo con el interés de poseer un puesto de trabajo y seguir “formándose” para adaptarse a los cambios que vengan. Eso no es formación, eso es obediencia al sistema y alienación. La formación es el estudio (en cualquier ámbito del saber y de las artes) y la autocrítica.

 

            ¿Qué me dicen de las instituciones? Nos dicen que en democracia hay que respetar las instituciones. Faltaría más, es ésta otra de las reglas del juego si queremos preservar la democracia. Pero, ¿y cuándo esas mismas instituciones son violadas por aquellos mismos que las representan?. Todos ustedes saben a qué cosas y casos me refiero; pero por mantener el tono reflexivo y teórico de este artículo guardo silencio al respecto. Pero, lo que sí voy a decir es que el respeto a las instituciones no elimina la posibilidad de la crítica; en tal caso volveríamos a caer en el fundamentalismo democrático. Además vuelvo a traer aquí la distinción que hice antes entre uso privado (obediencia) y público (crítica) de la razón. La normalidad democrática es precisamente ese uso público y libre de la razón. Pero el poder tiene miedo de la crítica, quiere dominar las opiniones, uniformar el pensamiento. Y cuando aparece esa normalidad democrática lo llama crispación, y no cuando el propio poder comete abuso del propio poder otorgado por los ciudadanos. No, señores, no, eso no es democracia y hay que criticarlo para corregirlo. La democracia y los derechos de los ciudadanos son una conquista histórica, no un regalo y pueden desaparecer, si es que no está ya en vías de extinción.

 

            El problema es que el político sigue el principio del “realismo político” establecido por Maquiavelo. Les recomiendo a nuestros políticos que vuelvan a leer “El Príncipe” del autor citado. Este principio que he enunciado es el de que El fin justifica (en la acción política) los medios. Este principio descubierto por Maquiavelo marca el nacimiento de la política moderna, enfrentada a la visión socrática y platónica, que acaba con la tragedia de la muerte de Sócrates, y consiste en la imposibilidad de la coincidencia de los ámbitos de la ética y la política. Las acciones políticas encaminadas a un bien común justifican los medios utilizados (por eso siempre afectaran a minorías) que puedan afectar éticamente a algunos individuos. Pero el problema es que en la democracia (partitocracia) no se usa el principio del realismo político para conseguir un bien común; sino para perpetuarse en el poder, o por mero voluntarismo político.

 

            Y, por último, quiero señalar algo de lo que ya he hablado en muchas ocasiones y que es uno de los fundamentos de la democracia y que se entiende mal con grave perjuicio para la salud intelectual y espiritual de los ciudadanos. Se nos dice que en democracia hay que respetar todas las opiniones. No señor, perdone que le diga, eso no es democracia. En democracia lo que se debe garantizar es la libertad de expresión; esto es, el respeto a las personas como capaces de pensar por sí mismo y tener sus propias ideas. Pero las ideas y las creencias, aunque toleradas (salvo cuando atentan contra la propia democracia, aunque aquí tropezamos con otro de los problemas de la democracia: los límites de la tolerancia) pueden ser discutidas y debatidas. Tolerar no es aceptar sin más, la tolerancia es la posibilidad que se le da al otro de que quizás es él el que tenga razón y no yo. Tolerar no es soportar (aunque así lo sea en su raíz latina) la opinión del otro para no tenerlo que escuchar. Por el contrario, cuando se impone el respeto de todas las opiniones lo que se está estableciendo es el relativismo (imposibilidad de verdad objetiva y, por tanto, de diálogo) la equivalencia de todas las opiniones. Cuando se mantiene este relativismo de las opiniones lo que no se está es respetando la libertad de expresión y, en última instancia, no se está respetando a las personas. Ante esta situación lo que se impone es la opinión o la idea del poder. De nuevo el voluntarismo político, la autocracia y el opio para el pueblo a través de los medios de comunicación. Y si aceptamos todo esto lo que se nos impone es la opinión vulgar, no formada y mediatizada por los medios de comunicación; y no creo que haya nadie –a menos que sea un iluso- que crea en la neutralidad de la información. La neutralidad es un mito del poder que no se cumple, de forma absoluta, ni en las ciencias duras, cuanto más en los medios de comunicación, pues todos tienen dueño.

 

            En definitiva, si creemos en la democracia debemos criticarla, porque ella misma nos lo permite y nos lo exige. Y no debemos escondernos detrás de la cáscara democrática –la pura forma- porque al final nos daremos cuenta que el interior está vacío y el fantasma del “autoritarismo” se escapa como un genio maligno. Cada vez estoy más convencido de que el bien más preciado es la libertad y no la felicidad, sobre todo cuando ésta última no es virtud sino autocomplacencia. Pero vivir en libertad es vivir a la intemperie.

 

                                              

 



[1] Tengo que agradecer al director de este periódico la publicidad que ha hecho de mi última entrega. También tengo que agradecerle la amplia dedicación que le dedicó en su editorial a la crítica del mismo. Pero creo que debo amonestarlo porque –al menos formalmente- las cosas así no se hacen. Hubiera agradecido una crítica de mi artículo en las páginas interiores, pero que el director de la publicación en la que vengo colaborando aproveche la editorial para ello me parece una falta de ética profesional. En fin, así habrá llegado a más gente, que es la intención del que escribe: comunicar sus ideas y discutirlas. En cuanto a la crítica creo que mi artículo se defiende por sí solo. El pensamiento filosófico crítico está siempre en construcción y mi escrito no es más que un peldaño de la construcción de mi vida intelectual que coincide en la línea esencial de mi pensamiento: el racionalismo crítico y la filosofía concebida como terapia que intenta desenmascarar los interminables velos de Maya que recubren la realidad y que las distintas formas de poder se empeñan en enmarañar. El escrito de ahora se puede entender como preámbulo o corolario del anterior con la intención de justificar y fundamentar (con el menor academicismo del que he sido capaz: la claridad es la cortesía del filósofo) la posibilidad, la  necesidad y el deber de ejercer la crítica de la democracia en tanto que persona, ciudadano y filósofo (Quijote ya en estos tiempos que corren) que soy.

De políticos y ciudadanos I

 

De políticos y ciudadanos.

 

No tengo hacha que afilar, sólo tengo que aguzar mis pensamientos.

No tuvimos nosotros la culpa de haber nacido. ¡La tenemos de creer lo que creemos!

                                   Jorge Santayana.

 

            Quisiera abundar un poco más en la última entrega que hice en esta página de opinión “Más allá de la democracia” más que nada por los últimos acontecimientos que han ocurrido en nuestra localidad, extensibles a la comarca y a la región. Decía allí, como tesis central, que la democracia no garantiza la verdad y la libertad. Que la democracia tendía a degenerar en demagogia. Que era el triunfo de una mayoría no ilustrada y dirigida por los medios de comunicación, los intereses particulares y los partidos. Sigo reafirmándome en las tesis que allí mantenía. Sobre todo en el hecho de que la democracia es un gobierno perfectible y que, por ello, las críticas dirigidas contra ella siempre –al menos en mi caso, de momento- tienen el objeto de perfeccionarla y hacerla mejor. Supongo que muchos de los que leyeran el artículo y observaran el periódico en el que se edita en su totalidad encontrarían las tesis que allí se defendían confirmadas, para mi desgracia –porque nada me gustaría más que equivocarme- si no en su totalidad, al menos, en parte. Sólo había que ver la portada con la que se despachaba en sus titulares este periódico. Resulta que los reyes magos habían llegado a Villafranca trayendo en sus alforjas 3000 puestos de trabajo. Todo ello porque se pretende instalar una refinería petrolífera en nuestra comarca, compartiendo nuestro término municipal con otras localidades vecinas. En aquel artículo hablaba de la verdad y la libertad que, a mi modo de ver, no garantiza la mayoría, aunque, como mal menor, en democracia debemos admitir. El voto, por suerte, nos da la posibilidad de deshacer errores. Al menos esa es la esencia del voto democrático, quitar del gobierno a aquellos que nos parece que se han equivocado. Y es aquí donde quiero profundizar en esta ocasión.

 

            En primer lugar, este periódico local, con ese titular, y con la mayor parte del contenido que nos ofrece está mediatizado por el poder. Son instrumentos públicos en manos del poder actual a través del cual se autoafirman y consolidan su opinión mayoritaria creando un espacio casi imposible para la crítica. Pero tendrán que disculparme ustedes si me siento indignado ante este tratamiento de noticias que nos afectan a todos -y que se nos presentan de modo engañoso- como si fuese un bien absoluto para todos los ciudadanos, de tal forma que la capacidad de disentir se hace casi imposible; e, incluso, si se disiente, parece que te pones en contra del supuesto bien común que nuestros gobernantes quieren para nuestra localidad. Es ese bien común lo que debe perseguir el gobernante, ese es su deber y para eso los ponemos ahí y para eso ellos se presentan a las elecciones con la intención de mejorar nuestras condiciones de vida. Pero no es éste el caso. Este periódico, en su primera página y en grandes titulares, nos presenta sólo las “supuestas” bondades de una acción política dirigida por el partido que en este momento está en el gobierno local y regional. A mi modo de ver esto es impresentable. Sin ningún tipo de debate previo, sin ninguna información, se hace partícipe a los ciudadanos de las bondades de los políticos. Y encima para decirle que a partir de ahora, con la medida que sus gobernantes han tomado, los ciudadanos se beneficiaran con 3000 puestos de trabajos. ¿Quién no firma eso?. Y aquí es donde reside el engaño a la ciudadanía. Ni se explica, ni se cuenta en qué consiste dicha empresa. Y se da por hecho que eso es un bien para todo el pueblo. Claro, quién se va a atrever a alzar la voz en contra de esos futuros puestos de trabajo. Nuestros gobiernos, local y autonómico, como buenos padres de los ciudadanos, que en ese mismo momento dejan de serlo para convertirse en súbditos, nos engañan tanto en los puestos de trabajo, como en el tipo de industria que quieren montar y sus peligros. Actúan en contra de la línea de las políticas mundiales que deben ir encaminadas al desarrollo sostenible en lugar de al desarrollismo puro y duro de hace cuarenta o cincuenta años; amparándose para ello en el argumento de sacar a nuestra región del rincón de la historia en el que “supuestamente” se encuentra, queriendo transformar una región agrícola en una industrial, con todas las consecuencias que ello tiene para nuestra forma y calidad de vida. Pero mi intención no es entrar en este artículo en los males y beneficios de esta industria en nuestra comarca. Mi objetivo es previo a todo esto. Primero el denunciar, como he dicho anteriormente, que la democracia se convierte en demagogia y, segundo, mostrar, cuál debe ser una relación sana entre políticos y ciudadanos para no caer en una relación de súbditos y vasallos.

 

            La demagogia (el engaño) desde el poder y amparándose en los medios de comunicación, se ha hecho en dos direcciones. En primer lugar ofreciendo una noticia, a bombo y platillo, sin ninguna objetividad y desinformando, a sabiendas, al ciudadano. Casi me animo a pensar que con la intención de ver a ver cómo reaccionan. Tomarnos un poco el pulso para certificar si somos dóciles y sumisos o si hemos caído en la trampa. No se nos ha dado más información, todos los pasos intermedios están ocultos y, señores, la democracia es transparencia; si no es así, el ciudadano está engañado; y la ignorancia es la esclavitud. Uno de los deberes del político, que la ciudadanía le otorga cuando les da su confianza, es la de informar sobre la gestión pública que realiza, como el médico tiene el deber de enseñarte cuál es el estado de tu enfermedad o el profesor el estado de tus conocimientos. El segundo modo de demagogia que han utilizado –con la intención de crear una buena expectativa ante su acción- es un psedoargumento; y lo es porque apela a los sentimiento, no a la razón. Se nos habla de muchos puestos de trabajo (cifra indeterminada y poco aclarada, tanto en la cantidad como en el tipo de trabajo, así como quién podrá desempeñarlo: cualquier ciudadano español y europeo cualificado podrá ocupar uno de esos supuestos 3000 puestos de trabajo si nos atenemos a nuestra constitución y a la europea.) Así que no pueden acudir al argumento de que de esta manera nuestros hijos no se verán obligados a salir de la región para trabajar cuando la constitución europea que ese mismo partido apoya defiende y potencia la movilidad laboral; así como la deslocalización de las empresas. Pero no es ésta la parte fuerte de la demagogia; sino que es un falso argumento que apela a los sentimientos y no a la razón. Todos queremos un puesto de trabajo, que es la única forma de ganarnos dignamente los garbanzos de cada día. Así, al disidente se le pone en contra de la ciudadanía en general, como si no quisiese el bien de la comunidad. Y, por otro lado, al ciudadano de a pie se le cautiva a partir de un interés propio y no se le informa del bien común que es por el que debemos luchar todos, y, en primer lugar, el político.

 

 

            Pero hay mucho más, la mayoría de nuestros ciudadanos, espero equivocarme y que sean cada vez menos, se mantienen callados ante tal noticia. Y aquí es cuando la democracia se derrumba. Cuando el miedo hace presa de la razón, cuando la obediencia al partido es mucho más importante que lo que uno individualmente piensa. Me sorprende que dentro del partido no surjan voces disidentes, que todos formen una piña junto al “padre” (ya argumentaré porqué lo llamo así). Me sorprende mucho más que la inmensa mayoría de sus votantes (salvo excepciones honrosas y valientes) asientan humillados y sin queja ni reproche. Todo esto me hace sospechar que el voto no es libre, que la democracia entonces hace aguas, que hay una gran mayoría atados al poder. Ese conjunto de votos que serán siempre incondicionales, pase lo que pase, por intereses particulares. Si esto es así, e insisto que me gustaría equivocarme, nuestra democracia está cautiva y enferma de muerte. Nuestros políticos se han convertido en nuestros señores y benefactores (como los antiguos reyes y aristócratas). Es un clamor popular que “nuestro alcalde ha hecho mucho por el pueblo” no voy a poner esto en duda –no porque sea verdad o mentira- sino porque no es de lo que vengo a hablar. Pero ante esta afirmación popular lo que yo me digo siempre perplejo es ¡estaría bueno! Para eso ocupa el lugar que ocupa: esa es su misión y su deber. Pero eso no significa que se le deba reverencia; si es verdad, que ya digo, no lo dudo, se le debe respeto y admiración por su capacidad de llevar a cabo el bien común que es lo que le compete; pero no reverencia ni sumisión. Cuando esto último ocurre pasamos a ser súbditos, no ciudadanos. Vamos a ver, hablemos claro, cuando uno va al médico espera de él que realice su función de médico que es la de sanarnos, si lo consigue (y además es educado, respetuoso con nosotros y nos informa en todo momento) le estaremos agradecidos y lo respetaremos porque cumple su deber, pero no lo reverenciamos. Cuando un profesor, o alguien más sabio que nosotros, nos enseña, lo respetamos; pero a la vez sabemos que cumple con su deber y no lo idolatramos. Y así sucesivamente con cualquier profesión. Lo curioso es que no ocurre así con los políticos. Estos últimos, por el contrario, parece como si se nutriesen de nuestra adulación; es más, la persiguen. Y ahí es donde falla la relación entre los políticos y los ciudadanos. Los ciudadanos, como he dicho más de una vez, somos los responsables de todo lo que ocurre en la sociedad: ya sea con nuestro voto, con nuestra indiferencia, con nuestra crítica,...el político sólo es nuestro representante temporal: el responsable de administrar el bien común porque él lo quiere así (una de las labores más nobles que pueda existir) y porque el pueblo decide que sea él. El político debe verse obligado a rendir cuentas ante los ciudadanos en general y ante sus votantes en particular. El ciudadano, por su parte, debe exigir claridad al político, que desempeñe su deber; y si no es así, simplemente, por las reglas de la democracia, echarlo. Pero no es esto lo que ocurre. El pueblo adora a sus líderes, necesita de un padre protector que vele por él. En definitiva, el pueblo no se ha hecho mayor de edad y por eso los políticos tienen carta blanca y juegan sucio. De tal manera que la democracia se convierte en una partitocracia endogámica en la que el ciudadano cuenta para poco, salvo para garantizar la siguiente legislatura a base de engaños u otras malas artes que esclavizan la opinión y el voto. Por su parte, el ciudadano no ha alcanzado su mayoría de edad. No ha sido capaz de eliminar al padre: la autoridad que vela por él y lo protege. El ciudadano para alcanzar su mayoría de edad debe abandonar el miedo, la cobardía y la ignorancia. Atreverse a tomar las riendas de su propia vida y de la comunidad. Luchando por él y por la comunidad y poniendo en su lugar al político. Cuando en las encuestas se habla de que la clase política es la más corrupta no es sólo culpa de los políticos, sino de los ciudadanos acobardados e indiferentes a los que se les puede engañar con cuatro caramelos, para luego después hacerlos comulgar con ruedas de molino y, encima, estarles agradecido. Hay que madurar, perder el miedo y atreverse a ser libres. No estamos nosotros al servicio de los políticos sino a la inversa.

 

            Y cuando se dice de alguien que disiente que es un iluminado hay que tener cuidado, porque iluminados son los que se creen redentores de la humanidad; y precisamente es esto algo que caracteriza a los partidos monolíticos y de pensamiento único. Sus militantes son los feligreses de una religión; y en este caso de la ya caduca religión del progreso, de ese desarrollo, que ya huelga decirlo, es insostenible y mortal para la humanidad. Los iluminados son aquellos que no ejercen la crítica, los que obedecen sumisos al enviado. Al supuesto portavoz de la verdad y del bien. Por favor, dejen ustedes libre al pensamiento y discutan con argumentos (que sé que al final lo tendrán que hacer: enmascarados, por supuesto, de ciencia objetiva y neutral, otra religión) no con calificativos para degradar al oponente. Esos tipos de argumentos son falacias (falsos, engañosos, con afán de desprestigiar) y, concretamente, se llaman ad hominem. Seamos serios, todos tenemos nuestra porción de razón y no merecemos ser desprestigiados. El que desprestigia –en lugar de entrar en la comunidad de diálogo racional- es un mero sicario del poder.

 

           

Filosofía Política. La democracia como disidencia.

 

LA DEMOCRACIA COMO DISIDENCIA.

 

Disidencia y democracia realmente existente.

            Nunca podemos abandonar nuestras reflexiones sobre la democracia.  La democracia no se puede dejar a su libre desarrollo, ni mucho menos sólo en manos de los políticos y propagandistas. La democracia es una conquista histórica sujeta a la posibilidad de la desaparición. Probablemente los mayores enemigos de la democracia sean los políticos profesionales y la “ciudadanía” indiferente. Entrecomillo el vocablo ciudadanía porque me parece una contradicción en los términos ciudadanía e indiferencia. Cuando hablamos de democracia hablamos de una máxima exigencia moral y social del hombre que lo convierte en ciudadano. Quizás el problema sea que la ciudadanía, en el sentido más profundo en el que lo vamos a entender aquí,  no sea posible. Entonces la democracia siempre será deficiente y tendrá un límite natural infranqueable que tropezará con la condición humana. De todas formas la democracia no es nunca un gobierno perfecto; sino perfectible. Precisamente esta equivocación, entre perfección y perfectibilidad, nos lleva a ciertas formas de fundamentalismo democrático que, en definitiva, conducen a una anulación de la democracia.

 

            Las democracias reales son gobiernos hoy en día insuficientes. Cuando hablamos de democracia siempre tenemos que tener en cuenta que nos estamos refiriendo a un procedimiento, una forma de convivencia social y cultural. También, por supuesto, y esto es muy importante, a un conjunto de valores. Y, por último, a una actitud, un talante, un ethos o una forma moral. Es decir, que para entender la democracia nos movemos en dos polos: uno el social (forma, procedimiento, valores culturales) y otra individual (actitud, ética). Es esta última la que nos plantea la cuestión moral en el sentido de que el hombre pueda llegar a ser un ciudadano. El ámbito social se entiende como el conjunto marco de requisitos que harían posible el desarrollo de la ciudadanía. Desde este análisis previo todos estamos de acuerdo en que las democracias realmente existentes son insuficientes y necesitan de una urgente mejora. Pero aquí hay que tener una cosa clara, y denunciarla desde un principio. A los poderes fácticos, político y económico, fundamentalmente, vertidos al público en general a través de los medios de información (mito donde los haya) no les interesa para nada ningún tipo de crítica a la democracia. Es más, se vanaglorian del estado democrático realmente existente como el no va más del equilibrio, la justicia, la igualdad y la libertad. Funcionan interesadamente. De ahí que de sus palabras emerja el fundamentalismo democrático. La retórica democrática en manos de los diferentes poderes anula la democracia real. Por eso queremos hacer aquí un análisis de la democracia real que nos sirva como fundamento para la crítica de la democracia realmente existente. Y a partir de esa crítica queremos plantear una posible reconducción de la democracia que tendría, anuncio desde aquí, un pilar básico en la educación. Pero esto nos llevará por supuesto a una crítica del sistema educativo y de los diferentes mecanismos de transmisión de valores que se concentran en los medios de comunicación de “masas”. Curioso que no aparezca aquí el término ciudadano.

 

            La democracia aparece por primera vez en Grecia, como es de todos sabido. Y va unida al desarrollo de la filosofía como actividad del pensamiento que requiere de la libertad para su ejercicio. En la Grecia clásica, lo que podemos llamar la ilustración griega, que coincide con lo que los historiadores conocen como el siglo de Pericles, existía una división entre los diversos habitantes de Atenas. Tenemos a los ciudadanos u hombres libres, los metecos o forasteros, los esclavos y las mujeres. Cuando se instaura la democracia, los únicos que tienen derecho al voto y a la decisión política, así como a la discusión en el ágora y en la asamblea, son los así llamados ciudadanos (termino que procede en nuestra lengua del latín) y que sería mejor hablar de políticos (habitantes de la polis). Para los griegos (Sócrates, Platón y Aristóteles) el hombre es un animal político, que vive en Polis (ciudades estado). Su forma de organización es social. No puede aspirar a la autonomía total. Como dijera Aristóteles, el hombre sólo o es un dios o una bestia. Así, el hombre, como término intermedio es un animal social. Y como tal tiene que organizarse. Pues bien la democracia es una forma de autoorganización  que se debe a los griegos. Podríamos decir que la humanidad, con los griegos alcanza su primera mayoría de edad. La democracia es un tipo de poder alternativo a cualquier otro que impone las leyes desde fuera. La conquista ateniense, y así nos lo avala Pericles en su oración fúnebre consiste en que el ciudadano ateniense se da las leyes a sí mismo, se autogobierna. Es decir, conquista su autonomía. Y ahí reside la fuerza del ateniense y su confianza en la ciudad. Las leyes (el poder) no vienen de fuera, y no se fundamentan en algo exterior; sino que emanan del ciudadano. El ciudadano respeta las leyes porque proceden de él mismo. Se identifica con la ley, puesto que él es su propio fundamento. Confía en la ley porque es la forma de luchar contra la tiranía y el poder arbitrario. En definitiva, el ateniense ha descubierto la forma de autogobernarse y de echar de la ciudad el poder heterónomamente fundado. La democracia, por tanto, implica la autonomía. La capacidad de darse uno a sí mismo la ley. Pero, claro, lo que esto implica es que lo que se ha conquistado ha sido la libertad. En definitiva, y en esto ahondaremos a lo largo del escrito, lo que se ha conquistado es la libertad. Ser ciudadano es ser libre. Y ser libre es darse a sí mismo la ley. Ser el fundamento y el origen de la ley. Y, por tanto, la obediencia a la ley es la libertad.[1] La libertad es indisociable de la democracia y del ciudadano.

 

            Pero antes de seguir por este camino aclaremos algo que considero importante.[2] De lo que quería hablar es del nacimiento de la civilización occidental. Occidente tiene dos pilares sobre los que hunde sus raíces. Atenas y Jerusalén. El pilar de la razón y el de la fe. El de la ciencia y la filosofía y el de la religión. El tema de la religión lo abordaremos en otro ensayo de esta misma publicación.  El significado de la aparición del pensamiento racional, el logos, la ciencia o la filosofía es el de la sustitución de la idea de caos por la de cosmos. La invención del griego es la de considerar que lo que hay, lo que le rodea, es un cosmos, un universo; no un caos, pluriverso e ininteligible.  El pensamiento mítico religioso, como alternativa de explicación del mundo, considera que el orden de este mundo procede de otro, que está en el ámbito de lo sagrado, y que es el que da la ley a la naturaleza. Por ello el orden natural es inexplicable sin la existencia de los dioses y su voluntad. En realidad, el orden natural sería arbitrario y, en suma, sujeto a la voluntad y el capricho de los dioses. Lo que los griegos descubrieron, y determinó, para bien o para mal, la historia de occidente, es que la naturaleza es un orden (cosmos) que tiene sus propias leyes. Es decir, las leyes emanan de la propia naturaleza, constituyen el logos, la razón. Pero el hombre también posee el logos,  por eso podemos entender el universo, podemos clarificarlo. Esto constituye el surgimiento de la ciencia y la filosofía. Pero además esto conlleva una consecuencia, antropológica y social muy importante. La naturaleza no se rige por el capricho de los dioses. Las leyes no son externas al propio mundo, constituyen el propio universo. De esa forma el hombre se emancipa del poder de los dioses y de la superstición. En fin, que el hombre conquista una porción de libertad. Para empezar no debemos temer a los dioses, la naturaleza tiene su propio orden, y también, puede ejercer su libertad en la investigación de las leyes que gobiernan ese orden que constituye al cosmos. Y esto es un paso de la autonomía a la heteronomía en la naturaleza. Sugiero, entonces, que esto es lo mismo que ocurre cuando se conquista la democracia como forma de distribución del poder y de organización social. Antes de la aparición de la democracia el poder se basaba en algo que trasciende al propio individuo, que emana del ámbito de lo sagrado y que poseen y administran una clase de hombres superiores y en contacto con esa trascendencia. Las leyes son incuestionables, exceden el ámbito de lo humano, emergen de lo sagrado y son administradas por una clase de semidioses, los aristócratas. De esta forma con lo que nos encontramos es con una heteronomía, la ley viene de fuera, es incuestionable e inefable. Y, lo peor de todo, es sumamente arbitraria. Esto significa que es injusta e inmoral. En definitiva, se sitúa en la tiranía. Por eso, frente a la democracia sólo existe el autoritarismo. Lo malo es cuando la democracia se convierte en otra forma de autoritarismo como ocurre en las democracias realmente existentes. Más adelante abundaremos sobre este particular que considero central en mi argumentación y uno de los peligros de las democracias actuales, así como el posible fin del hombre en tanto que ciudadano.

 

            Pues bien, la democracia precisamente existe en la medida en la que es el propio demos, el pueblo en tanto que ciudadano, ya lo veremos, el que se da a sí mismo la ley. Igual que ocurrió en el ámbito de lo natural, ocurrirá en el ámbito de lo social, pero con un par de siglos de retraso. Al emerger la democracia el hombre expulsa de la sociedad y su organización al poder de los dioses y los tiranos. El ciudadano ha encontrado la forma de organizarse. Ha considerado oportuno darse a sí mismo la ley. Ser el fundamento y el origen de la misma. Por eso la ley deja de ser arbitraria y tiránica; y su obediencia no se basa ya en el miedo, sino en el respeto. Porque en definitiva las leyes emergen de mi propia decisión racional. La sociedad, tras este paso, se ha hecho autónoma; esto quiere decir que se da a sí mismo la ley. Y esto es una segunda conquista de la libertad que se suma a lo que dijimos anteriormente. Con la democracia el hombre se emancipa del poder arbitrario de los dioses y los tiranos. Olvida el miedo, y entiende la sociedad como fruto de su propio trabajo. Esto significa, también, que la democracia sólo es posible desde la libertad. La libertad entonces sería el valor fundamental. Pero curiosamente la democracia realmente existente intenta enmascararla y ocultarla a través de los conceptos de bienestar, felicidad y seguridad. Cada vez pienso más que las democracias actuales intentan eliminar al ciudadano, sin coacción física violenta, a través de la “domesticación” por medio o en virtud de unos falsos valores que alimentan simplemente nuestro narcisismo consumista y fantasioso ocultándonos la realidad bajo un velo de ciencia y tecnología que nos prometen la utopía de un mundo feliz exento de sufrimiento siempre que sigamos “obedientes y sumisos” ese dictado religioso “tecnocientífico” que nos redimirá tras el fin de esta prehistoria, tras el “progreso y el desarrollo” inevitable de esta humanidad que necesita de un padre benefactor (cura, político, científico..todos piensan y actúan por nosotros y por nuestro bien) que lo redima de su mal. Pero como decíamos, la democracia es libertad. Y la libertad es disidencia, herejía. He aquí el centro de mi argumentación.

 

            La democracia aparece en Grecia en la medida en la que existen ciudadanos libres. Pero, cuál es el sentido de la libertad tal y como la queremos entender aquí. Decíamos que no todos los habitantes de la polis eran ciudadanos. Sólo los hombres libres lo eran. El hombre libre es el que es dueño de sí mismo y de su acción. El que se posee a sí mismo. El que no tiene que responder ante nadie, salvo ante sí mismo. El que es capaz de autogobernarse. El que es autónomo. Si bien hemos dicho que la democracia es la conquista de la autonomía moral, bueno sería decir también que, no existe democracia sin individuos autónomos; es decir, libres. El poder emerge de los ciudadanos libres y su libertad consiste en imponerse a sí mismos la ley como forma de garantizar la justicia y el reparto de poder que expulse de la polis la tiranía y el poder de los dioses. La ciudad es el orgullo del hombre libre. Por eso su acción es siempre política. El problema es que al aparecer la profesionalización de la política se relega al ciudadano a un segundo nivel en el que se le convierte en súbdito. He aquí la perversión de la democracia de la que nuestros políticos no están exentos de culpa puesto que conocen esta realidad y la fomentan. Les interesa más un ciudadano sumiso, un súbdito, más que un hombre libre que exige su derecho a la libertad de pensamiento y de acción, es decir, tienen miedo al ciudadano soberano dueño de sí mismo y que quiere ejercer su derecho y su deber, en tanto que hombre libre, a la disidencia, la herejía. El hombre libre es el que es capaz de disentir del poder, no sólo por el afán de tal, sino por su propia conciencia moral de actuar con y para la polis (los ciudadanos).

 

            Así pues, la emergencia de la democracia es la capacidad del ejercicio de la soberanía. En democracia el ciudadano es soberano. Entiéndase soberano como aquel que es dueño de sí mismo. Y entendiéndolo así resulta que el soberano es el hombre libre. La libertad es soberanía. Libertad es disidencia. El hombre libre es el que es capaz de disentir desde su propio criterio. Y el diálogo autónomo y libre entre los que disienten constituye la base de las decisiones del poder democrático. Como la herejía es la disidencia, resulta que la democracia como forma de organización política y de distribución del poder debe fomentar la herejía, la disidencia, la heterodoxia. Y aquí nos encontramos con la realidad existente. Con esa mascarada de democracia, que sigue un “pensamiento único” (contradicción en los términos: pensar es dialogar. Y para eso hay que disentir) que elimina los matices y las diferencias y que se nos ofrece como lo único posible. Como vemos, la democracia realmente existente está muy lejos del significado de la democracia como una sociedad de individuos soberanos. Vamos a pasar ahora a un análisis, más en profundidad, de la democracia realmente existente.

 

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Democracia y verdad

            Si la democracia se relaciona con la soberanía, con la disidencia, con la capacidad que tiene el individuo de poseerse a sí mismo, se relacionará, de la misma manera, con una dimensión del conocimiento que es la verdad. La democracia debe favorecer la aparición de la verdad. Precisamente la democracia debe estar ligada con el concepto griego de verdad. La verdad como aletheia: desvelamiento. La democracia debe constituir un ámbito en el que la verdad, o lo verdadero, por no ser tan pretenciosos, se nos revele. Pero en las democracias realmente existentes, la verdad aparece enmascarada, relativizada, oculta, tergiversada, enmarullada, como una farsa, confundida. En fin, en la democracia realmente existente la verdad es tremendamente relativa y se lucha, desde los distintos ámbitos del poder, por su ocultamiento. La democracia, por el contrario, lo que debe fomentar es la claridad. No hay democracia sin claridad. Una de las funciones importantes del poder político en la democracia es la clarificación. Y esto es así, precisamente, porque el conocimiento va ligado con la libertad. Y como ya hemos demostrado anteriormente, la democracia es el ejercicio de la soberanía y la libertad. Y no hay libertad sin conocimiento. El proceso de la adquisición de conocimientos es un proceso, a su vez, de liberación. La vieja metáfora del mito de la caverna así nos lo muestra. Esta metáfora, recuérdese, vertebra toda nuestra civilización occidental. Digamos que es como un “mito” fundante en el que nos reconocemos. De esta metáfora han existido múltiples versiones. Hoy en día podemos entenderla desde la manipulación cerebral, las simulaciones por ordenador, etc. Pero lo que quería señalar es que en ese mito de la caverna la ignorancia está ligada a la esclavitud. Recordemos aquí también la visión que nos da Orwel en su 1984. La verdad es la mentira, la mentira es la verdad, la información es el poder, el lenguaje construye la realidad. La verdad es que la novela de Orwel es más actual, y tiene más sentido hoy, como análisis de las democracias realmente existentes, que como critica de la Unión Soviética, que fue el sentido originario que tuvo.

 

            Así, el proceso de adquisición del conocimiento es, a la par, un proceso de liberación. Desde esta premisa -que hemos acordado en este epígrafe- estaremos de acuerdo en que el poder político en democracia debe favorecer el conocimiento. Debe multiplicar y diversificar la información. Desgraciadamente, muchos de los lectores habrán esbozado una sonrisa irónica al leer estas últimas palabras. Somos todos muy conscientes –y tenemos múltiples ejemplos en nuestra memoria- que nos hablan precisamente de desinformación y manipulación; por tanto, de ocultamiento de la realidad. Es más, de creación de la “realidad”. No existe aquello que no se conoce. La muerte del pensamiento consiste en la desinformación, o, en lo que es lo mismo, el control total de la información. La democracia realmente existente, manipula, transforma, transgrede, crea, oculta...la información. El poder político es una máquina de crear desinformación, aún informando. Pero nadie tiene que escandalizarse, esto es algo absolutamente elemental para un estudiante de periodismo y de metodologías de la información. El poder político, simple y llanamente, por la consecución del poder, miente y nos engaña deliberadamente.[3] Ahora bien, al poder, en las democracias realmente existente, le interesa una defensa acérrima de la democracia y sus valores. Curiosa situación paradójica ésta. De aquí se desprende lo que he dado en llamar el fundamentalismo democrático y una de sus consecuencias, el déficit democrático, cuando no la ausencia real de democracia. Es decir, la reducción de la democracia a lo más estrictamente formal.

 

            Pero, para centrar un poco más, la relación entre el poder político en las democracias realmente existentes y la verdad, sería interesante centrarnos en los siguientes aspectos: 1. El poder y los medios de comunicación, 2. democracia, pensamiento único e ideología neoliberal, respeto y relativismo de las opiniones, y, por último, 3. la educación como sistema de control y de creación del nuevo hombre moderno o contemporáneo.

 

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            El que se ha llamado cuarto poder es el intermediario del resto de los poderes con la sociedad. Digamos que es un mecanismo de mediación entre la sociedad y los poderes. Pero, a su vez, se constituye en un poder en la medida en que es capaz de transformar la sociedad, de aquí que el poder utilice los medios de información de masas con la intención de transformar la opinión de una mayoría, de crear una ideología o un estado de ánimo social. Por eso los medios de información tienen dueño. La forma que la sociedad tiene de autoreconocerse es a través de lo que los medios dicen de ella misma. Además habría que preguntarse qué es lo que los medios nos ofrecen. Podemos dividir el ámbito del saber en: información, conocimiento y formación. Si nos referimos a la TV, que es el medio más difundido y realmente el que transforma, podemos asegurar que el conocimiento es un ámbito prácticamente inexistente. El conocimiento es un saber organizado y demostrativo, que busca las causas y los principios de sus afirmaciones. Es un saber crítico y riguroso que aspira a la consecución de conocimiento verdadero o verosímil. Desde luego que la TV escapa a este tipo de saber, salvo en algunos tipos de documentales minoritarios y poco relevantes por su escasa audiencia. Este tipo de conocimiento se transmite a través de los libros, revistas especializadas, divulgación seria y acreditada, debates, congresos, jornadas; y, sobre todo, en las escuelas, los institutos y la universidad. Realmente estos últimos son sus lugares adecuados. Los periódicos, en sus páginas de opinión y algunos dossier y suplementos, también realizan una tarea de extensión del conocimiento y crítica social. Pero estas páginas suelen ser también muy minoritarias en su audiencia. No hay más que pensar que el periódico más leído en España es un diario deportivo, cómo vamos a pensar que las páginas de opinión y debate de grandes periódicos sean muy leídas. No lo podría creer. Por ello creo, también, que esto es poco representativo. La otra función de los medios de comunicación es la de la información. No podemos decir que no se informe en la TV, la radio y los periódicos, yendo de menos a más, pero la información siempre está cargada de intencionalidad. Hay dos aspectos importantes a señalar en el aspecto de la información. La primera es que la información –aún sin contar con su inevitable intencionalidad- discrimina diferentes ámbitos de la realidad al considerar a estos como poco relevantes. Aquello que no aparece en los informativos no existe en tanto que realidad social. Si equiparamos la información que aparece a través de los medios de comunicación con la realidad, simplificamos absolutamente ésta última. Sería como esa pared del fondo de la caverna que contemplamos desde nuestra infancia y de la que no dudamos. Pero si sólo somos conscientes de un tipo de información, de un tipo de programas y de spot publicitarios porque, los otros ni siquiera hemos tenido la oportunidad de saber que existen, no tenemos entonces ningún criterio que nos permita distinguir. Pero si no tenemos la posibilidad de la distinción, la comparación, no tenemos la oportunidad de reflexionar. Claro, lo que se elimina entonces es la capacidad de la disidencia. En definitiva, nos encontramos esclavizados a la información sin la más leve violencia física. El siguiente paso es la asunción de esa realidad como tal, sin cuestionársela. Esto parece algo fantástico e irreal, pero estoy cansado –y tremendamente preocupado- al detectarlo año tras año en mis alumnos.

 

            La otra dimensión de la información, ligada directamente a la primera es el carácter intencional e ideológico que tiene la información. No existe información neutral igual que no existen hechos puros. En ciencias sabemos que los hechos cobran sentido en tanto que son interpretados a la luz de teorías. Mucho más ocurre con los hechos sociales y con la información que de ellos se nos vierte desde los medios de comunicación. Los hechos se interpretan a la luz de determinadas ideologías interesadas. La lectura de los hechos es relativa al que la hace. Pero, claro, si resulta que todo medio de comunicación tiene dueño; y que estos se han convertido en un negocio, entonces los medios de comunicación luchan por su clientela, no tratando de informar, sino de alagar. Así, los medios de comunicación se convierten en adormileras para los “ciudadanos” y el “tablao” donde los políticos representan su farsa. ¡Qué sería de los políticos sin los medios de comnicación! Los políticos representan su papel de cara al “pueblo” anunciándose, promocionándose y pavoneándose en los medios de comunicación. La retórica del poder ya trasciende incluso el discurso, quizás ya éste sea demasiado complicado para una gran mayoría. Se dice lo que la inmensa mayoría quiere oír. En fin, que los medios de comunicación no aumentan la información ni el conocimiento. Podemos vivir perfectamente sin lo que se nos regurgita por los medios de información, fundamentalmente la TV, que es el inmensamente mayoritario. Nos acabamos de referir a los programas de informativos. De los otros, las series y los anuncios (casi la mitad de la programación) en este momento no hemos ni hablado, lo haremos después.

 

            Ni el conocimiento, ni la información de los medios de comunicación nos hacen libres ni soberanos, todo lo contrario, se fomenta desde estos medios nuestra ignorancia y esclavitud.[4] Por tanto, bajo la apariencia de la diversidad de los medios de comunicación con lo que nos encontramos es con una hegemonía despótica que desconfía de las minorías, los disidentes, los heterodoxos. Es más, se utiliza la imagen para descalificarlos, introduciendo supuestos valores negativos. En fin, la caverna está, hoy más que nunca, en perfecto funcionamiento. Y lo paradójico es que se hace en nombre de la libertad y la democracia...

 

            Qué podemos decir de la formación. ¿forman los medios de información? Pues sí, aquí la respuesta es afirmativa. Pero claro, mejor sería que no lo hicieran. La formación de los ciudadanos hay que entenderla desde el punto de vista vital. Nos formamos adquiriendo valores. Y los valores no se aprenden por la vía del conocimiento demostrativo; sino por la vía imitativa y de estimación. Los valores se aprenden miméticamente. Se nos enseña que algo o una acción encarnan un valor determinado y lo asumimos casi de forma inconsciente y lo repetimos en nuestra forma de actuar o de evaluar el mundo. Hay que tener en cuenta que los valores nos permiten entender y valorar el mundo; de tal forma que los valores nos permiten ver el mundo de una manera o de otra. También ocurre que dependiendo de nuestra manera de valorar actuamos de una manera o de otra. Los valores son una guía para interpretar el mundo y nuestra acción en el mismo. De ahí que la información sea crucial. Y lo curioso es que la TV y otros medios de comunicación han relevado de la tarea de la transmisión de valores a la familia y la escuela. Y por eso digo que es peligroso que los medios de información formen, porque esta formación es siempre interesada desde los distintos ámbitos del poder. Los medios de comunicación son el vehículo de transmisión de la permanencia del poder. Quiero señalar aquí algo más profundo que la simple permanencia del poder político durante una legislatura. Esto está claro. De lo que se trata es de algo más hondo. Todos los medios, como decíamos antes, participan de una misma ideología de poder, que se nos manifiesta como hegemónica e indiscutible. Y es esa ideología fundamentalista democrática, individualista, narcisista, relativista, neoliberal mercantilista, posmoderna, insolidaria, interesada, inconsciente... la que supura, en forma de valores, desde todos los programas televisivos, incluyendo los anuncios. Y son estos valores los que aprendemos desde niños, que sustituyen los que emanan del conocimiento que podemos extraer de los libros u otros lugares ya casi inexistentes.[5] Claro, la transmisión de estos valores no es casual tienen un interés y es el de la construcción de un “ciudadano” que perpetúe el sistema reproduciendo formas ideológicas, de valoración y de acción.

 

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            Ya hemos aludido en el punto anterior al papel de los medios de comunicación en relación con la ideología neoliberal. Quisiera pronunciarme, más brevemente, sobre el asunto del pensamiento único y la ideología neoliberal.[6] Tras la caída del muro de Berlín se declara el fin de la historia y la muerte de las ideologías. El filósofo funcionario Fukuyama cree que con el fracaso de la ideología socialista hemos llegado al fin de la historia y la muerte de toda ideología como pensamiento que nos permita pensar la sociedad con la intención de transformarla. Sólo existe una ideología que se expresa en el estado democrático liberal mercantilista. Por tanto, ya no es necesario ninguna forma de pensar la sociedad; se acabaron los pensamientos que pretendan regenerar la sociedad. Nos encontramos ante la forma de organización social más impecable que jamás haya existido. Lo que nos quedaría es seguir en esa línea de la democracia capitalista neoliberal. Así surge el pensamiento único. En definitiva, lo que se nos está diciendo es que ya no es necesario el pensamiento, porque sólo existe una forma de concebir el orden social. Este pensamiento único supone la muerte del pensamiento y la eliminación de la disidencia y la soberanía por parte del ciudadano. Porque cuando se nos dice que sólo existe una forma de organización válida se nos está convirtiendo en siervos. Se nos está sustrayendo nuestra soberanía, nuestra capacidad de pensar otro mundo. Pero esta ideología que sustenta las sociedades capitalistas, democráticas y neoliberales, están defendiendo implícitamente un determinismo histórico y antropológico. Frente al desarrollo de la historia no podemos hacer nada. Hemos llegado al final de la historia que marca una única posibilidad de pensar. Ahora lo único que nos cabe esperar es el pleno desarrollo de las leyes de la historia que han encontrado su expresión en las democracias liberales. Y éste es el pensamiento que dirige a la globalización neoliberal. Pero este pensamiento lo que lleva implícito es la sumisión del ciudadano. Ante la dinámica de la historia que viene regida por las leyes determinista de la economía y el mercado no cabe hacer nada, salvo asentir y asumir. Y éste es el totalitarismo en el que vivimos en las sociedades posmodernas globalizadas. Si a esto le unimos los valores adquiridos por los medios de comunicación, nos encontramos con un “ciudadano” esclavo que contempla la pared del fondo de la caverna obediente, sumiso y esclavo de su ignorancia. Y al poder le interesa mantener ese gran engaño, porque es la forma que tiene de perpetuarse. Por eso decíamos que no existe tanta variación entre los partidos políticos, todos comulgan con la idea de las democracias liberales como forma última de organización social y como fin de la historia inevitable. A esto hay que sumarle el desarrollo de la ciencia y de la técnica. Estos últimos también se consideran inevitables y se piensan como la garantía del bien futuro de la humanidad. Por tanto, su desarrollo y progreso es inevitable, no se puede cuestionar. El discurso tecnocientífico se convierte en una nueva religión a la que agarrarnos una vez que hemos perdido la vieja espiritualidad de las grandes religiones. Toda esta ideología que estamos esbozando, con algunas pinceladas, que constituye el llamado pensamiento único, participa de la vieja idea de progreso. Esta idea es el mito que tras la muerte de la religión como discurso interpretativo y de sentido de la historia y del hombre en la misma nos ha quedado

 

            El mito del progreso tiene su origen en las religiones del libro, ninguna otra cultura ha desarrollado esta idea de progreso, salvo la occidental. Las religiones del libro han pensado la historia como dotada de sentido, como un progreso hacia la liberación del mal y el pecado. La historia del hombre es la historia de su salvación. Nuestra vida individual se incardina en la historia general y así nuestra existencia individual cobra sentido. Cuando se produce la crítica a la religión, a partir de la ilustración, se conserva en los discurso que la sustituyen la idea de progreso. Así nos encontramos la idea del progreso en la concepción de la ciencia, en el desarrollo tecnocientífco e industrial y en el de la historia política. Implícitamente asumimos que la historia de la humanidad camina hacia algo mejor, que, en definitiva, podremos liberarnos del mal y el sufrimiento. Pero para ello debemos confiar en las “supuestas” leyes que gobiernan el desarrollo de la historia, la economía y la ciencia. En este ámbito no se admiten disidencias. El progreso es un viejo mito judeocristiano que no hemos sido capaz de desenmascarar. En definitiva, sigue siendo la idea que, tras la muerte de dios, sigue dando sentido a la vida y la historia. El ateismo es una actitud que deja al hombre en la intemperie, obligado a dotarse de un sentido propio, de darse a sí mismo la ley. Y aquí llegamos de nuevo a nuestra tesis. La democracia es el gobierno de los soberanos o los disidentes. Pero para esto hay que acabar con las religiones civiles del progreso. Hay que sacar las consecuencias de las críticas a la religión y darse cuenta que, en el fondo, lo que hemos hecho ha sido sustituir una religión por otra. El hombre, en tal caso, sigue siendo esclavo y heterónomo. El progreso en la historia y la ciencia no es más que la secularización de la idea de la historia sagrada de las religiones del libro. Cuando seamos capaz de desprendernos de este viejo mito habremos alcanzado una cuota más de autonomía. Tenemos que darnos cuenta que, cuando asumimos la idea de progreso estamos aceptando la línea de desarrollo que el poder nos impone. Es decir, en definitiva, nuestra creencia en el progreso es la creencia en que las cosas no pueden ser de otra manera; y, si no pueden ser de otra manera, lo mejor es no pensar y obedecer. Por eso la actitud de la mayoría de los ciudadanos es la de la sumisión. Aunque, incluso, diría la de la inconsciencia. Hemos eliminado la religión, de esta manera nos hemos quedado sin la espiritualidad y la moral que de ella emana.[7] Pero nos hemos quedado con su concepción del progreso. La ideología de las democracias neoliberales utiliza este mito del progreso para autojustificarse y sustituye los valores morales de las viejas religiones por los valores materialistas más simplones y narcisistas. Lo importante es el cuerpo, la juventud, el éxito, el dinero, las nuevas experiencias (claro, cuando estamos vacíos de espiritualidad buscamos las nuevas sensaciones en los deportes de riesgos, es un decir) la necesidad del viajar (en definitiva no es más que la industria del turismo. El viaje es una transformación interior por medio del conocimiento del otro y lo otro. El turista, en cambio, es el mismo esté donde esté. Lleva la estupidez occidental allá donde se encuentre. Podríamos decir que es como si no se hubiese movido de casa. Los viajes pasan por él como el agua resbala por la piel.) En definitiva se nos esclaviza por medio del placer y la sensualidad. Cuado todo ha perdido sentido lo importante es el yo narcisista y la pervivencia de la juventud de nuestro cuerpo. El sentido de la historia viene ya dado por las leyes que la determinan, nosotros, simplemente, asentimos. El espacio para la disidencia se estrecha, la democracia se derrumba.

 

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            Pero esto nos lleva a otro punto. Uno de los valores de la democracia es el de la libertad de expresión y de opinión. Pero como venimos diciendo al poder que sostiene las democracias liberales no les interesa la disidencia, la herejía, el pensar por uno mismo, el poner todo en cuestión incluida la historia, el progreso, el propio poder...Sin embargo hay que defender la libertad de opinión. Lo que yo sostengo es que tras la libertad de opinión hay una trampa tremenda del poder. La libertad de opinión es una mascarada que oculta el pensamiento único; es más, que manifiesta la imposibilidad del pensamiento.

 

            La sociedad posmoderna en la que los grandes relatos de la humanidad han sido desechados se asienta sobre el relativismo y el subjetivismo.  La libertad de opinión se asienta sobre el principio de que todas las opiniones son válidas. Desde este punto de vista podríamos decir que el hombre actual goza de la libertad de pensamiento y que esto garantiza la perpetuación de la democracia. Yo creo, en cambio, que esto es apariencia. Es una treta más del pensamiento único. Hay dos puntos que hay que señalar en esto de las opiniones. Cuando se dice que todas las opiniones son respetables se bloquea la posibilidad del pensamiento en la medida en que nos quedamos en el nivel del respeto. Que, por lo demás, no es respeto sino soportar o ser indiferente a la opinión del otro. De esta forma se inhibe el diálogo, porque nadie tiene la necesidad de convencer a nadie ni de dejarse convencer. El diálogo como forma de ilustración, de conocimiento y de formación queda anulado. En su lugar lo que se erige es la tiranía de las opiniones. En lugar de tener opiniones y discutirlas, éstas nos tienen a nosotros. Caemos bajo el imperio de la tiranía de las opiniones. Si todas las opiniones son respetables –como manifiesta el relativismo- todo se puede defender. Y aquí entramos en el segundo punto. Vamos a ver, el respeto a las opiniones se esgrime como la libertad de pensamiento. Pues nada más lejos de la realidad. En definitiva, frente a las opiniones de los demás lo que hay es indiferencia. Pero claro, si todo se puede defender nada se puede criticar seriamente, por tanto, cualquier acción que ejecute el poder es válida. Porque, en definitiva, hemos echado a la verdad del ámbito de la acción política. Los actos se justifican porque el propio poder los ejecuta: política de hechos consumados; si se hace es verdad. Si todas las opiniones son respetables no hay nada que discutir y el poder tiene las manos libres para hacer lo que quiera. He aquí las apariencias y la realidad. Creemos que poseemos libertad de pensamiento, pero no es así. Sólo hay un pensamiento válido que es el que emana del poder y el que éste mismo ejecuta por su propia fuerza. Mientras al poder le interesa que creamos en nuestra libertad de pensamiento él actúa impunemente, nada es discutible. En definitiva, la base de todo el sistema democrático liberal es asumido por todos y las propias leyes del progreso de la historia y de la ciencia nos impulsan hacia las acciones que el poder ejecuta. En definitiva, el poder no es más que el instrumento de las leyes que determinan el progreso de la humanidad.[8]

 

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Democracia y educación

            El último punto que quería tratar sobre la relación de la verdad con la democracia es el de la educación. Pero creo que éste tiene tal relevancia que merece un tratamiento a parte. Nuestra tesis es que la democracia se alimenta de los individuos soberanos. Y que la soberanía se alcanza a través del conocimiento. Por eso la verdad como desvelamiento, como búsqueda del ciudadano y de la sociedad es el alma de la democracia. Pero, por lo que llevamos visto hay una confabulación del poder contra la verdad. O bien esta última se oculta, o se relativiza. En ambos casos el poder tiene las manos libres.

 

            Pero, ¿qué pasa con la educación y la enseñanza? Los objetivos fundamentales de la educación son la transmisión de conocimientos y de valores. El objetivo ideal sería la formación de ciudadanos, en el sentido en el que venimos diciendo de individuos soberanos y autónomos. Tras el sistema educativo obligatorio nos encontraríamos con los futuros ciudadanos, hombres libres y dueños de su futuro. Ésta es la teoría democrática y la que el poder, con sus diferentes sistemas y leyes de enseñanza, nos quiere hacer creer. Pero nos encontramos frente a otra mascarada más. Al poder no le interesa la herejía ni la disidencia, se preocupa por la obediencia y la sumisión. La educación, en lugar de ser un instrumento de liberación, se transforma en una herramienta del poder. En un vehículo de transmisión de los valores del pensamiento único. Son muchos aspectos los que habría que analizar en el tema de la educación, pero vamos a quedarnos con algunos sueltos, solamente.

 

            Para empezar, el sistema educativo no es el único que trasmite los valores; y, por supuesto, no es el más creíble ni aceptado. Al contrario, está desprestigiado: sobre todo en la enseñaza secundaria, no así en la primaria. Lo que sustituye a la enseñanza como el instrumento de transmisión de valores son los medios de comunicación y la publicidad en general. Por eso, en más de una ocasión he insinuado que cuando voy al instituto más que a educar voy a contraeducar. Hay que desenmascarar los falsos valores adquiridos por el alumno a través de los vehículos de transmisión de valores que residen en las manos del poder que pretende perpetuarse. De esta manera el sistema de enseñanza es un vehículo de transmisión de valores, pero no el único, ni el más aceptado. Por el contrario, los alumnos en la secundaria sienten un rechazo visceral a todo aquello que procede del sistema educativo. Los valores a imitar no se encuentran dentro de la escuela, sino fuera, en los medios de comunicación. Esto es algo que corresponde a la propia dinámica de la sociedad, pero de lo cual también son responsables las diferentes reformas educativas.

 

            Veamos esto un poco más en profundidad. La formación, como hemos dicho, consiste en la transmisión de valores. Los valores se aprenden por imitación y se repiten miméticamente. Como decíamos nos ofrecen una forma de interpretar el mundo y a nosotros dentro de él. Pero los valores que se le transmiten al alumno, son los mismos que se dirigen al adulto y proceden de la publicidad y los medios de comunicación. Estos valores son aquellos que fomentan, como ya lo hemos señalado, el éxito, la juventud, el dinero como criterio de libertad y felicidad, el individualismo hedonista (esto último en su sentido negativo); en fin, todos aquellos que perpetúan la propia ideología neoliberal, y, en suma, la permanencia del poder. La escuela, por el contrario, intenta transmitir otros valores más afines a la propia democracia, pero carece del instrumento básico: la autoridad. Cuando hablo de autoridad me refiero a la que emerge de un valor. Tiene autoridad el que tiene un valor respetable; y, en tanto que tal, es digno de imitación. Los profesores deberían ser el vehículo de transmisión de los valores morales e intelectuales si tuviesen la autoridad que, en principio, requieren del esfuerzo de los alumnos. Otro valor reñido con el éxito y el triunfo, el hacer lo que a uno le dé la gana (confundiendo el capricho con la libertad) También la escuela (el sistema de enseñanza) sería la vía de transmisión de los valores de la democracia, o de la democracia como un sistema ético. Pero nos encontramos muy lejos de todo esto. Y al poder, simplemente, le trae sin cuidado. Es más fácil el gobierno de los sumisos que el de los soberanos.

 

            La educación también es el vehículo de transmisión de conocimientos. Pero aquí también nos encontramos con una realidad bien distinta a la que parece. Como hemos señalado los conocimientos nos liberan, son una forma de emancipación. Pero los conocimientos también están dirigidos por valores. El sistema de enseñanza en general es el mejor instrumento que debería servir para fomentar la emancipación de los ciudadanos, para formar individuos soberanos. Pero no es esto lo que ocurre; y, creo, que tampoco es la intención que tiene el poder. Los diversos sistemas de enseñanza han pretendido, fundamentalmente, una adecuación de los ciudadanos al desarrollo de la sociedad. Es decir, de lo que se trata es de acomodar al ciudadano a los requisitos que los nuevos desarrollos sociales van a demandarle. De nuevo el totalitarismo del mito del progreso. No se trata de adquirir conocimientos porque nos hagan más libres, porque nos permitan una mejor comprensión del mundo que nos rodea y de nosotros mismos; sino de adquirir una serie de conocimientos que nos permitan, de la mejor manera posible, adaptarnos a la nueva realidad social. Desde este punto de vista, el ámbito del conocimiento es relegado del sistema de enseñanza a un segundo plano. Lo que importa es la funcionalidad, el saber técnico práctico. Pero este tipo de saber, si bien necesario para una formación profesional, no fomenta la autoconciencia que nos libera, nos posiciona como seres críticos frente a nuestro presente y, sobre todo, nos hace capaces de decidir nuestro futuro. Ese es el problema, al poder no le interesa la conciencia de los individuos, les interesa el funcionamiento. El poder no trata a los individuos como ciudadanos, sino como sirvientes para alimentar la maquinaria de producción que es una espiral sin fin; o con el fin en la sostenibilidad del planeta tierra que pondrá los límites al crecimiento irracional. Lo que se exige, pues, no es el conocimiento, sino el saber que nos permita la adaptabilidad. El estudiante no se plantea, porque no tiene la posibilidad, el saber por el mero hecho de saber, con la intención de la interpretación de lo real; sino que el saber se ha transformado en un valor de mercado. Lo que interesa es el saber que se puede intercambiar por un sueldo. Por eso el currículo de la enseñanza media disminuye progresivamente el nivel del conocimiento. Y, por eso, también, no interesa el nivel de formación del profesorado. Se pretende reducir todo a la mera pedagogía. Sustituir, en definitiva, el saber y el conocimiento por la didáctica. Lo que importa es que el alumno cumpla unos criterios minimísimos y que el profesor consiga aprobar a todos o la mayoría de sus alumnos. Es curioso que al sistema de enseñanza lo que menos le interese es el conocimiento, y lo que le importa es la promoción del alumno a un siguiente nivel. Esto no se podría entender si realmente lo que le ocurre al poder es que no le interesa para nada el saber. El conocimiento es peligroso. Todos los regímenes totalitarios lo han intentado abolir; y el fundamentalismo democrático no iba a ser menos. Lo que ocurre es que las técnicas de opresión son más finas. Precisamente se recubren de una jerga pseudodemocrática que parece favorecer la igualdad, cuando, en realidad, esa igualdad que se pone en marcha no es más que la homogenización de todos. La perfecta disponibilidad y funcionalidad del futuro ciudadano. El valor del conocimiento es el meramente práctico. El saber hacer.[9] La enseñanza secundaria se ha convertido en un adoctrinamiento del sistema democrático neoliberal que fomenta la mediocridad (en alumnos y profesores) y destruye la excelencia. La enseñanza se reduce a papeles, burocracia, adaptaciones, diversificaciones, informatización, padres, políticos que meten sus narices donde menos les llaman,... Lo importante, el acto de enseñar, ocupa un segundo plano.[10] Nadie se ocupa de ello; y éste si que es el núcleo de la enseñanza.

 

            Otro aspecto del conocimiento en la enseñanza es su dimensión ahistórica. Como el carácter de la enseñanza es meramente pragmático la dimensión histórica se olvida. El conocimiento, el saber de la humanidad –aquello que los profesores tenemos que transmitir y que constituye un valor por sí mismo- tiene una dimensión histórica en la medida que son el producto del esfuerzo del hombre por explicar lo que le rodea y por explicarse a sí mismo. Esfuerzo que le ha procura su emancipación progresiva. Liberación de los diversos poderes, el natural, el religioso, el político, la superstición. Pero, esto hoy en día no interesa a la ideología hegemónica. El saber es poder, así que lo que interesa es un saber hacer de segundo orden, que nos garantice la posibilidad de satisfacer nuestro ego narcisista fomentado por los valores transmitidos por los medios de comunicación. La perspectiva histórica del conocimiento en si mismo nos rebela el valor del esfuerzo, el altruismo y la solidaridad, sin embargo, el saber práctico está ligado a la transmisión de valores individualistas. Pero es que además la dimensión histórica del conocimiento nos brinda la posibilidad del autoconocimiento y esto nos permite una visión más crítica y distante de nuestro presente. Es decir, una visión que nos permita disentir, que es de lo que se trata. Y, por tanto, decidir nuestro futuro. Pero el poder ya tiene decidido el futuro, se trata de la obediencia ciega al progreso que viene marcado por las leyes de la economía y el desarrollo científico técnico. Los hombres sólo seremos fieles servidores de este dios del progreso ante el cual nos estamos inmolando. La disidencia es la libertad y consiste en ser capaz de decir No, no quiero ese futuro ni para los demás ni para mi.

 

            Como podemos ver la enseñanza tampoco nos puede ofrecer la ilustración: ser capaz de pensar por uno mismo. Los alumnos no salen de la enseñanza secundaria convertidos en ciudadanos. Disculpen, pero una inmensa mayoría no son más que borregos que siguen los instintos del rebaño. Es más, por más rebeldes que puedan parecer, estos jóvenes están más domesticados que nunca. Obedecen fielmente al dictado del nuevo dios del mercado y el progreso. Se sacrifican alegremente sin tener la más mínima conciencia de ello. Pero claro, la libertad es conciencia de sí mismo. Por ello no es satisfactoria. La libertad es lucha.[11] Y la lucha no nos garantiza ni la felicidad ni el éxito, y mucho menos la comodidad.

 

            Mucho ha de cambiar la enseñanza si queremos conseguir conquistar un nuevo grado de liberación. Y creo que la enseñanza es la piedra angular para construir una sociedad verdaderamente democrática de soberanos. La democracia realmente existente precisamente ha fomentado lo contrario, por eso podemos decir –como hemos demostrado- que el sistema de enseñanza es un vehículo de transmisión del poder a través del cual se extiende la ideología neoliberal con sus valores del mercado, el progreso, el éxito, el individualismo... Pero, como hemos señalado, el problema de la educación es que fomenta la mediocridad. Hay que cambiar la mediocridad por la excelencia. Pero para eso es necesario una transformación de los valores. Lo importante es la virtud, pero la virtud requiere esfuerzo. Y el esfuerzo es libertad porque uno se posee a sí mismo y no se deja arrastrar por la pasión. La virtud (fuerza) nos permite ser dueños de nosotros mismos. Virtuoso es el hombre libre en el sentido griego, donde tuvo sus orígenes la democracia. Y la virtud es excelencia, lo contrario de mediocridad. Y el instrumento para fomentar la virtud es el conocimiento. Hemos retrocedido mucho en este camino. El sistema de enseñanza es una muestra clarísima de que el progreso es una gran farsa. Vamos a peor. Se me dirá que exagero, pero no creo que hayamos avanzado un ápice en pedagogía desde Sócrates, Platón y Aristóteles hasta ahora.[12]

 

            Así, la democracia podría refundarse si conseguimos que aparezcan individuos soberanos que se enfrenten valientemente al poder. Por eso la enseñanza tiene que transmitir los valores de la disidencia, el esfuerzo, la libertad, el pensamiento, la inteligencia, la justicia, la solidaridad, el compromiso. Pero para esto hace falta el conocimiento, el saber; pero el de verdad, el que fomenta la emancipación.

 

La democracia como ethos. El futuro de la democracia.

La democracia no es sólo un sistema formal sino que es una forma de organizar el poder en el que éste debe emanar del pueblo constituido por ciudadanos, hombres libres. La libertad hay que entenderla en dos niveles. El político que nos permite actuar y pensar de diferentes modos. En definitiva, la libertad política es la libertad de pensamiento y acción. La libertad filosófica, podríamos decir, es aquella que se da cuando el individuo es dueño de sí mismo, sabe gobernarse. No necesita de otro que lo dirija. La democracia es un tipo de gobierno que fomenta la aparición de ciudadanos libres. Como hemos visto, la democracia realmente existente camina en dirección opuesta a la consecución de este objetivo. Su interés es la sumisión inconsciente. El futuro de la democracia pasa entonces por la posibilidad de la formación de ciudadanos. Esto nos lleva al planteamiento de la democracia como ética. La democracia es una forma de vivir y de estar en sociedad. Una forma de desarrollarse en la vida, que no tiene sentido sin la fuente de la libertad. La democracia como gobierno es perfectible, no promete paraísos ni utopías, ni pretende la redención del hombre, ni la creación de un nuevo hombre, sino el desarrollo del mismo en tanto que ser libre que puede ser dueño de sí mismo y de su futuro sabiendo que el futuro es cosa de todos, que no viene dirigido por leyes extrañas al hombre: la ciencia, la economía, la historia...El Progreso. En fin la democracia se apoya en hombres libres; por tanto la democracia es un gobierno que favorece el desenmascaramiento del poder, que sugiere y fomenta la crítica, que exige la participación de los ciudadanos. Es una forma de gobierno que no contempla un fin de la historia, que se basa en un único imperativo, el de la ley. Pero la ley emana de la soberanía del ciudadano, es por tanto, autónoma, no heterónoma. Pero la democracia realmente existente ha intentado sustraer esta autonomía, consagrando al dios del progreso (la secularización cristiana) el fin de la humanidad.

 

            Por ello decimos aquí, a modo de conclusión, que la democracia es un carácter para el individuo, es una conquista, no un sistema. Tiene una forma, la ley autónoma que los hombres se dan y los mecanismos de regulación de los diferentes poderes[13]; y un fondo, el individuo soberano.

 

            La segunda aparición de la democracia tiene lugar en la ilustración. Kant entiende la ilustración como la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. El hombre no se atreve a ser libre por miedo, comodidad y pereza. Estas son las causas de la servidumbre. Pero kant pensaba que la ilustración generaría la aparición de los ciudadanos. Que el hombre por medio de la enseñanza universal y de los gobiernos republicanos alcanzaría su mayoría de edad. Éste es el optimismo ilustrado. El discurso de la ilustración pretende fomentar la aparición de una sociedad de hombres libres y una sociedad cosmopolita de repúblicas libres asociadas. Ni lo uno ni lo otro se han podido conseguir. El hombre sigue siendo siervo. Es más, la democracia realmente existente es un mecanismo de control de la voluntad por medio de las fuerzas del mercado y del desarrollo tecnocientífico, promulgado todo ello por los medios de comunicación. La ilustración es la responsable de la critica a la religión. La que defendió la separación de los poderes. La que adoró la razón como el arma de emancipación. Y la que sustituyó la historia sagrada por el progreso. Los epígonos de la ilustración transformaron la religión del libro en la religión del estado nacional (nacionalismos, socialismo, marxismos) y en la religión del progreso técnico científico e industrial. Todo acabó en fracaso, no hubo emancipación de la humanidad; y encima nos hemos quedado sin la espiritualidad de las religiones. El hombre ha perdido su inocencia, pero no se ha emancipado. Hoy en día, desde las democracias realmente existente y el nuevo orden global neoliberal, vivimos sometidos al poder a través de la creencia supersticiosa en el progreso, que no es más que la ley del mercado que atropella a la mayoría en beneficio de unos pocos.

 

            Fracaso pues de la ilustración; y, sobre todo, de sus epígonos, malformaciones de la ilustración: marxismo, nacionalismo, socialismo, positivismo científico... Pero este fracaso de la ilustración, a mi modo de ver, es parcial. Es más, creo que hay que volver a la misma para recuperar su brío y su sentido crítico. La razón es limitada, el conocimiento es limitado, el desarrollo tecnicocientífico, aunque real, no implica el progreso moral y social del hombre. El progreso no es una línea recta que venga marcada por unas leyes extrañas al hombre y fundamento de la historia. El progreso es parcial, relativo, independiente de unos ámbitos a otros. Producto del esfuerzo de los hombres en el ejercicio de la libertad. El progreso depende de la voluntad de los hombres, no obedece a leyes trascendentes. El poder utiliza el engaño y la farsa, persigue la ignorancia; por tanto, la razón nos hace libres, pero no lo abarca todo. El pensamiento y la razón son desenmascaradores. La verdad se oculta. Nadie posee La Verdad, es más, ésta no existe. La evolución social es fragmentaria, no global. No existe un hombre nuevo ni se puede construir. La condición humana es siempre la misma. Somos animales sociales o culturales. Nuestra naturaleza biológica nos condiciona. Por eso somos gregarios y tribales, necesitamos de líderes. Y por eso la democracia es un invento de la humanidad que pretende trascender nuestra propia animalidad. Somos animales que se organizan tribalmente, depredadores y carroñeros. Pero no somos completos biológicamente. Construimos la cultura para adaptarnos al medio. Pero esta construcción cultural nos transforma y modela. Por eso la condición democrática es un ethos que debemos conquistar, no está en nuestra naturaleza biológica. La democracia, como conquista histórica, es algo que está en continuo peligro de extinción.

            El ethos democrático debe reconquistar los antiguos valores y virtudes que se nos han quedado olvidados en los pliegues de la historia y que el poder interesadamente oculta. La base sobre la que se ejerce la democracia es el diálogo, pero éste no existe si no se parte desde la posibilidad del uso libre de la razón. Los valores de la revolución francesa fueron los de: libertad, igualdad, fraternidad.[14] No se pueden entender por separado. Todos somos iguales ante la ley y dueños de nosotros mismos, y queremos la libertad y la igualdad del otro, porque es como yo, mi hermano, espejo en el que me veo. El mal del otro es mi propio mal. La justicia emana de este sentimiento de fraternidad, si no considero al otro como a mí mismo no haré nada por él. Y lo que puedo hacer por él es conquistar su libertad y su igualdad.

 



[1] Este concepto está tremendamente alejado de la noción relativista y superficial del concepto popular hoy en día de libertad. La verdad es que este valor está absolutamente desprestigiado. Se entiende por libertad el individualismo egoísta. La libertad se ha convertido en un valor material, que se puede comprar y vender con dinero. Se ha confundido con el capricho y con la sensualidad. Es más, la libertad se ha quedado en un mero nombre vacío. Y esto es debido a la peligrosidad del propio concepto. La idea de la libertad es tremendamente peligrosa.  Es subversiva, como la propia democracia. Por eso, los fundamentalistas de la democracia se regodean en su pronunciación, pero, en ningún caso, la fomentan. Es más, la confunden con la trivial y tiránica libertad de opinión, equivalencia de todas las opiniones, y demás ideas pseudoprogres de la izquierda postmoderna. Por su parte, el poder económico confunde la libertad con el dinero y el poder que de él emana. No les interesa la libertad como decisión, como crítica, como forma de poseerse a sí mismo; sino, la libertad como mera consecuencia del poder del dinero, no como un principio que regula la acción humana y que transmuta al hombre en ciudadano. Un spot publicitario de la obra social de una caja o banco (que farsantes) comenzaba diciendo que el dinero era la libertad.  Como sabemos los valores se transmiten mostrándose. Y hoy en día el vehículo de transmisión de los valores son los medios de comunicación fundamentalmente...saquen ustedes las consecuencias..

[2] Aunque pueda parecer que de mi discurso se sigue una concepción de la historia fundada en la idea de progreso, nada más lejos de mi intención y de mi pensamiento.  Considero que la idea de progreso es un mito, como he analizado en otros lugares, y volveré a tratar aquí. Ahora bien, lo que si pienso es que a lo largo de la historia humana ha habido evolución, pero ello no implica un camino hacia mejor e inevitable.  Sin duda considero que ha habido conquistas morales y políticas en la historia, pero no son definitivas, ni mucho menos, ni nos aseguran nada.

[3] El problema es, a mi modo de ver, que el político no persigue la verdad. Es más, creo que se pregunta, como Pilatos, “¿qué cosa es esa de la verdad?.” Por eso al político de nuestro tiempo le interesa el relativismo, el subjetivismo, la máscara, la farsa. Es un posmoderno. Ha roto con cualquier tipo de discurso racional que pueda encaminarnos al esclarecer, revelar. Todos tienen razón, o nadie la tiene. En definitiva, este relativismo posmoderno lo que les permite es la consecución del poder. Y, efectivamente, al político, no le interesa ni la verdad, ni el bien, ni la justicia.  Esto son cosas que se construyen y se legitiman desde la propia acción política. Por eso el político sólo quiere poder, no verdad, ni bien, ni justicia. Esto último será la consecución del poder. Y éste es el que pretende legitimar lo que tenemos que considerar como el bien, la verdad y la justicia. Todos tenemos en nuestra mente ejemplos en los que el bien común, la justicia y la verdad en un mismo partido dependen de diferentes acciones políticas. Basta con un botón de muestra. La política del PSOE local y regional consideran que una refinería y diferentes empresas de estas características son el no va más del desarrollo y el progreso y que no plantean ningún problema medioambiental. Aquí incluso están en contra de su propio programa. Por su parte el PSOE nacional aboga por una política de desarrollo que no choque con el problema medioambiental, puesto que poco a poco se va reconociendo que el desarrollo humano depende inexorablemente del tipo de relación que tenemos con el medio. Es más, nosotros somos medioambiente. No podemos escaquearnos. La misma ideología, sin embargo dos acciones. Y los políticos son capaces de defender las dos acciones y encuentran argumentos para ello. Pero, al final, el peso del argumento se encuentra en el poder. El poder intenta “producir la verdad”.

[4] Prácticamente no hay diferencia entre los medios de comunicación. Se me puede decir que sí la hay. Que en España ahora mismo vivimos una situación de polarización de los medios de comunicación en torno a los dos partidos mayoritarios. No voy a negar esto. Pero creo que en su mayor parte son fuegos de artificio. Si bien es ciertos que ambos polos crean una interpretación casi contradictoria de una “realidad social” no lo es que se aborden los tema realmente de interés para el hombre y la humanidad. En definitiva las luchas que se nos platean son por el poder, no por el intento de resolver los problemas planteados para el hombre realmente. Es más, creo, que de fondo –salvo en los temas que interesan para producir desgaste político- hay un acuerdo. ¿Se plantean realmente alternativas al orden democrático neoliberal en el que vivimos? ¿Se plantean alternativas al problema de la globalización del capital, a la forma de crecimiento que deseamos? No, definitivamente no; porque sólo hay una ideología triunfante, hegemónica y opresora que no admite alternativa ni disidencia, que quiere hacernos a todos esclavos.

[5] Los libros, a pesar de que puedan venderse más que antes se reducen a varios títulos de fenómeno de mercado. Realmente no se lee más la ética de Aristóteles que antes. Los libros se descatalogan en menos de cinco años. Es más, si echamos un vistazo a los temas que más interesan de los que se escriben best seller, tienen que ver con el ámbito del misterio, la religión. Todos aquellos sucedáneos que el hombre insatisfecho de nuestra época necesita para sobrevivir en esta sociedad posmoderna y vacía tras la muerte de esos relatos que daban sentido a nuestra existencia.

[6] He abordado este tema en profundidad en: Ciencia, tecnología y sociedad. Los límites de la globalización. Claves de razón técnica. Nº 8. Universidad de Sevilla.

[7] De ahí el renacer de nuevos discursos espiritualistas y mistéricos que aparecen por doquier. El hombre necesita de la espiritualidad.

[8] Claro, pero cuando esto es así se justifica toda acción heteronomamente. Estaríamos en una situación mítica. Las leyes viene de fuera del propio hombre y lo determinan. Ya no provienen de la voluntad arbitraria de los dioses, pero sí de la historia, la tecnociencia y el progreso económico. De nuevo esclavos. Pero esta vez agradecidos y contentos. La mascarada del fondo de la caverna surte su efecto.

[9] Hace ya años que entre mis alumnos de 2º de Bachillerato no encuentro a nadie que vaya a cursar estudios teóricos, sobre todo, en ciencias. La actividad teórica no se entiende porque no tiene, en principio, valor mercantil.

[10] Menos mal que de momento estamos solos en el aula, aunque tenemos que rendir cuentas de todo, excepto, curiosamente, de nuestra transmisión de conocimientos.

[11] Vengo preguntándome últimamente por cuál debe ser el objeto de la ética y de la política, y no creo que sea la felicidad, sino la libertad. La felicidad puede ser un engaño, una máscara que nos esclaviza. Trataré de desarrollar esta idea en otro artículo.

[12] Curiosamente el año pasado pude ver un curso de estos de “formación del profesorado” que llevaba por título “La importancia de la pregunta en la enseñanza” ¿qué era sino la mayeútica socrática? Al menos en las enseñanzas teóricas, empezando por la filosofía y terminando por la matemática no necesitamos de nada más. Bueno, eso sí, el profesor tiene que saber y amar su ámbito del saber. Y tiene que tener una pasión irrefrenable de transmitir sus conocimientos y sus dudas sobre el mismo a los demás. El buen profesor es el que intenta hacer sentir la pasión que él siente por su saber y el respeto, la admiración que siente por los que tienen conocimiento y sabiduría. Para esto no hacen falta papeles, ni cursillos de formación y, menos aún, pedagogos y psicólogos; estos son el cáncer de las diferentes reformas de la enseñanza. La enseñanza está en manos de los pedagogos y los psicólogos no del sentido común y de los sabios. El profesorado está siendo víctima de este sabotaje de la enseñanza. Está pasando por el aro, se está dejando domesticar a cambio de unos cuartos. Esto también es grabe. La enseñanza ha sufrido toda suerte de reformas sin la menor queja del profesorado, hemos asumido calladamente la voluntad de los tecnócratas y los políticos.

[13] Estos serian los aspectos técnicos de las democracias que no hemos tratado en este artículo.

[14] Recuerdo en este momento, sirva de muestra para corroborar la tesis que defiendo en este artículo, un anuncio publicitario de banco o caja  en la que el el mensaje era “Egalité, Liberté, Rentabilité” dense cuenta la transmutación tan horrenda de valores y cómo estos se pueden transmitir sin el más mínimo ejercicio de la critica. La publicidad crea formas de entender el mundo, por eso construye la servidumbre.