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Filosofía desde la trinchera

El mito de la escuela democrática

Por José Sánchez Tortosa

La enseñanza democrática o igualitaria constituye un mito producto, como cualquier otra ideología, de su época. Del mismo modo que sólo una sociedad capitalista puede producir sistemas de ideas socialistas, como bien sabía el propio Marx, sólo las sociedades opulentas de mediados de siglo XX en adelante han podido producir una pedagogía que se define a sí misma como innovadora, liberadora e igualitaria.
Este mito consiste en suponer que cualquier institución de una sociedad democrática (cualquier parte o engranaje del sistema, la escuela en el caso que nos ocupa) ha de ser democrática por separado, entendiendo además por tal cosa la supresión de las relaciones jerárquicas y de las decisiones tomadas sin la consulta del beneficiario (aquí, el estudiante). Pero una sociedad democrática no se forma por la unión de partes democráticas, sino por la unión de resortes que, combinados, permiten condiciones de democracia, igual que los fonemas que componen una palabra no tienen significado por separado, sino sólo en su correcta combinación sintáctica. Para afrontar los posibles argumentos que recurran a la pedagogía republicana española, cabe recordar que ésta tenía clara la selección por la inteligencia y el estudio como procedimiento no democrático para producir democracia, sin perjuicio de los resultados reales de tal fenómeno. Al habla Marcelino Domingo, primer ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes del Gobierno de la II República (v. La escuela en la República. La obra de ocho meses, Aguilar, Madrid, 1932, pról., pág. 17; capítulo III, págs. 97-98):
La escuela única atiende a estas dos finalidades: extiende la enseñanza a todos y posibilita la selección por el mérito.

Y:

Una democracia subsiste por las aristocracias del espíritu que ella misma forja, y la producción de estas aristocracias es imposible y, por consiguiente, imposible la democracia, si ella no impulsa, facilita y ampara la selección. (…) Instruidos todos, la selección es un derecho del inteligente y un deber en el Estado que cifre en la inteligencia la jerarquía.

La claridad de la expresión "Una democracia subsiste por las aristocracias del espíritu que ella misma forja" no puede llevar a engaño. Una aristocracia de la formación (una escuela selectiva) sería la única base posible de la democracia. Así, a la inversa, una democratización de la ignorancia (una escuela no selectiva, con niveles de exigencia académica ínfimos) no puede producir otra cosa que sociedades oligárquicas en las que quienes tienen capacidad pero no dinero o influencia quedan relegados a la mediocridad.

El progresivo monopolio ideológico del idealismo democrático ha producido la incorporación de paradigmas contestatarios, propios del plano de la política (contra el Estado o el Sistema), al plano de la escuela (contra el profesor o la institución). El ejemplo es la aplicación de los lemas de mayo del 68, pensados para la calle, al ámbito escolar, donde su ejercicio puede tener consecuencias distintas. El resultado fue que la utopía traspasó las fronteras de la acción y el discurso políticos y se adentró en las paredes de las aulas.

El brazo ejecutor de ese tránsito fue la Pedagogía, versión técnica de las ideologías emergentes. Pero su carácter técnico es mítico, ilusorio, ya que se reduce en realidad a una jerga para iniciados formada por términos vagos, difusos, cuando no abiertamente vacíos o sin definir y expresiones carentes de significado preciso ("aprender a aprender", "el interés de los alumnos", "metodología activa", "comprensividad", "diversificación", "flexibilidad curricular"…), y se adentra en terrenos más propios de una burda Metafísica postmoderna o de una mediocre Teología finisecular construida a partir de dogmas ideológicos, no técnicos.

Esta sofisticada retórica encubre una deriva relativista que logra la sumisión de los educandos al proceder a la depauperación del conocimiento ("excesivo academicismo" es una fórmula insistente en el ámbito jurídico y programático Logse), hecho consumado por medio de la supresión de quien desempeña la función de transmisor de conocimientos, carente ya de esa autoridad que ahora parece reclamarse. La retórica de corte utópico e igualitario produce niveles ínfimos de instrucción en las masas incorporadas a la sociedad en plano jurídico (formal, no real) de igualdad. Pero esas masas no pueden dejar de serlo, para ser ciudadanos átomos (individuos), si la enseñanza que padecen los condena a la dependencia técnica y a la penuria intelectual, expuestos y desarmados ante las consignas de los medios masivos de formación de conciencia.

Por ello, merece la pena pararse a pensar en la siguiente pregunta: ¿puede una sociedad económica y democráticamente precaria, o abiertamente dictatorial, producir una enseñanza de calidad? Y, principalmente, ¿puede, a la inversa, una sociedad opulenta y democráticamente asentada, al menos en apariencia, producir una enseñanza de calidad? La realidad es que bajo las condiciones materiales de las sociedades opulentas de fin de siglo, y muy en particular de la española, la educación ha incorporado principios ideológicos y doctrinales, y ha derivado hacia un relativismo devastador. (Empleo el adjetivo devastador no en sentido valorativo sino descriptivo: el relativismo es un absoluto en el que queda anegada y negada toda posibilidad de un lenguaje común, es decir, la racionalidad como campo de la discusión entre iguales, fundada por los griegos; el relativismo devasta la posibilidad de un pensamiento que no sea subjetivo y, por tanto, simplemente aceptable, rechazable o incomunicable, pero no criticable según los criterios comunes de la razón humana).

Tal vez se podría haber sido innovador sin necesidad de destruir la institución escolar como tal, esto es, como estructura de formación técnica y académica de futura mano de obra cualificada y de futuros agentes de las democracias representativas. Acaso el desastre de la II República, por un lado, y el carácter casposamente doctrinario de la escuela franquista, por otro, abortaron esa posibilidad, en alguna medida. En todo caso, se ha procedido a esa destrucción por medio de la desaparición de la función del profesor, y a ésta por medio de su vaciado legislativo. Tal medida tiene fecha: 1990, año en que fue aprobada la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo.

Al introducir en la escuela los tópicos del idealismo democrático no se ha conseguido erigir una escuela democrática, sino que la escuela en sí misma ha sido disuelta. La escuela es condición necesaria, pero no suficiente, para la democracia. Dicho de otro modo, una sociedad sin escuela no puede ser democrática, aunque no toda sociedad con escuela sea democrática. En España, en particular, se pasó del dogmatismo al relativismo (con el puente de la ley del 70, por cierto). Nadie pareció recordar la posibilidad de una escuela platónica, una escuela republicana al estilo de la que Condorcet propone en los albores de la Revolución Francesa y la demolición del Ancien Régime.

Da la impresión de que las palabras asustan y por eso no se definen. Así, es preferible introducir las palabras libertad e igualdad en la escuela, sin precisar qué quieren decir con un mínimo de rigor, y ahuyentar de la misma las palabras autoridad y jerarquía, como si estuvieran malditas, contaminadas ideológicamente por tiempos pretéritos. Pero no hay manera de conseguir un mínimo de igualdad material entre los ciudadanos, sin la cual la igualdad jurídica es pura metafísica y coartada del Estado, si la escuela no transmite conocimientos en unas condiciones técnicas dadas (no morales o ideológicas) que no son viables sin la jerarquía biográficamente provisional que separa a docente de discente.

Para producir igualdad material y libertad real (la independencia personal, social y económica que el conocimiento proporciona), la escuela no puede ser igualitaria y libertaria. Una escuela igualitaria y libertaria acaba siendo tiránica y produce tiranía. Un ejemplo de esto es el mantra pedagógico del interés del alumno. Cuando este interés es mayoritariamente (en número o en influencia dentro del grupo) no estudiar, incluso boicotear la clase, y no por maldad natural o generacional, sino por predisposiciones biológicas y sociales, el interés minoritario de estudiar queda abortado. Así, el interés por aprender de unos pocos parece no ser del interés de esa pedagogía tan interesada por los intereses del alumno.

Otorgar al profesor la condición de autoridad pública es una medida legislativa que no puede dejar de adoptarse si se pretende parar la sangría de la escuela pública en España. Pero es sólo una medida coyuntural que no puede más que ofrecer una eficacia limitada. La base del sistema es el obstáculo que impide que el profesor tenga siquiera existencia como tal. Y si no tiene existencia (y no la puede tener si carece de ella para los sujetos en relación con los cuales se define como docente, esto es, los alumnos), tampoco puede tener autoridad. Será una autoridad postiza que podrá resolver y aun prevenir determinados conflictos en las aulas, pero por sí misma no podrá resolver el problema estructural del sistema. La autoridad está asociada a una función, no a un individuo en particular. Si la función está desactivada, el sujeto que la desempeña puede llegar a conquistar más o menos excepcionalmente una autoridad personal sobre alguno de sus alumnos, pero la función misma como resorte del sistema educativo sigue sin estar operativa.

 

Se nos dice que estamos saliendo de la crisis económica, la cosa está por ver. Yo no lo veo tan claro. Probablemente lo que se ha hecho con dinero público es eliminar la quiebra de bancos y grandes empresas, luego se ha saneado la banca y se le ha pedido más esfuerzo a la clase media. Ahora se pide una enésima reforma laboral. En definitiva nos encontramos con que lo que puede ser, esto es lo que yo pienso junto con otros más autorizados que yo, una crisis terminal y estructural del sistema de producción, que exige una solución drástica, simplemente, lo que se ha hecho es parchear el problema. En definitiva seguimos con el mismo modelo de producción que es el neoliberal y que tiene como ideología de fondo el crecimiento económico ilimitado. Pues bien, aquí nos enfrentamos con dos problemas graves que están íntimamente ligados. El primero de ellos es la imposibilidad del crecimiento ilimitado por lo que es la propia ley de la naturaleza. Me estoy refiriendo al segundo principio de la termodinámica. No podemos crecer ilimitadamente en un planeta limitado, por esto la única solución no es lo que se ha dado en llamar desarrollo sostenible. Esto se ha convertido en una caja de sastre en la que todo vale y en la que en definitiva se ha confundido la palabra desarrollo con crecimiento, y siempre entendiendo éste por el económico. De lo que se trata es de ir hacia un decrecimiento sostenible. Tenemos que pasar de una organización compleja a una más simple que utilice menos recursos, de tal forma que se produzca un decrecimiento. El crecimiento lo que ha producido y seguirá produciendo es muerte. En este sentido decrecer es, a la vez, crecer, pero en el ámbito humano. Pero el decrecimiento lleva el calificativo de sostenible; es decir, que debe ser regulado políticamente, esto es, que hay que poner las medidas políticas y legales que hagan el tránsito lo menos traumático posible. Esta es la única alternativa que tenemos, la otra es el decrecimiento forzoso que vendría dada por el agotamiento de los recursos. En este último caso no tendríamos tiempo y se produciría un colapso civilizatorio, y no sería el primero; pero sí el primero a nivel global, ya que nuestro sistema está globalizado.

 

            El otro tema, relacionado con éste, es el del cambio climático. La causa de éste es la emisión de gases de efecto invernadero por parte del hombre. Y estos se producen por la quema de recursos fósiles que requiere la ideología del crecimiento. El cambio climático, si sobrepasa un umbral, en torno a los dos grados, es irreversible y produciría una catástrofe global, lo cual nos llevaría directamente al decrecimiento forzoso pasando por la eliminación progresiva de miles de millones de ciudadanos. La única alternativa que nos queda es la del decrecimiento sostenible basado en la bioeconomía. Mi pesimismo, fundado en la clase política y el poder económico, me lleva a pensar que actuaremos cuando sea ya inevitable. Mi optimismo, que se basa en la confianza en la capacidad del hombre de resolver problemas y en los valores del humanismo, me hace pensar que seremos capaces de salir adelante, que volverán a aparecer los valores que en occidente hemos descubierto a partir de la ilustración y que de verdad seremos capaces de pensar como cosmopolitas y que, por tanto, estamos todos en la misma nave, y entre todos tenemos que dirigirla hacia buen puerto, cualquier motín, cualquier intento de liderazgo único es un suicidio. No será el fin de la humanidad, pero sí de nuestra civilización.

 

Vamos, lo de la corrupción política, aunque de alguna manera conocida y soportada por todos, lo cual nos culpa a todos los ciudadanos, no tiene nombre. Es, simplemente, una sinvergonzonería, una bajeza moral y una mediocridad. La financiación ilegal de los partidos, no sólo corrompe a los partidos y a los políticos que en ella participan, sino a la democracia misma y, en último lugar, a los ciudadanos que lo permitimos. Ningún partido político en el sistema partitocrático y oligárquico en el que vivimos está libre de esta corrupción. Los ciudadanos impasibles la soportamos y, de alguna manera, la defendemos volviendo a prestar el voto a este atajo de sinvergüenzas (léase inmorales, la moral es el sentimiento de la vergüenza). Esperemos que la ley, aunque lenta sea implacable y que se ejerza la independencia de poderes, que lo veo difícil. La verdad es que cada vez veo más claro que la democracia es un sistema de engañar a la gente para que se crea libre cuando en realidad lo que se persigue es el poder y alimentar la panza y las bajas pasiones de unos cuantos indocumentados. ¡Regeneración democrática, ya! Pero esto tiene que pasar por una regeneración de la educación; pero, ¡ahí!, la educación…

Lo mejor sería un golpe de desobediencia civil, o, al menos, el voto en blanco del "ensayo sobre la lucidez" del nóbel Saramago para poer en entredicho al poder político (oligarquía y partitocracia). Si queremos revitalizar la democracia es necesario acabar con los políticos y políticas que tenemos. Pero también es necesario crear ciudadanos, no borregos que no se atreven a salir del redil

De nuevo se nos ofrece en el santoral laico, una proyección de nuestro espíritu religioso a ultranza, la ocasión de celebrarnos con algo. En definitiva de recordar algo que no cumplimos o que tenemos olvidado, o que sabemos que anda mal. Que si el día de la paz, que si el del medioambiente, que si esto, que si lo otro. Todo aquello que está descuidado es digno de celebración. Valiente hipocresía la nuestra. Hoy es el día del enseñante, o habría que decir, plíticamente correcto, profesor/a, una estupidez y una hipocresía. Pero vamos a lo nuestro. Resulta que en las páginas de tribuna de El País, el periódico de más tirada de España, y de esta izquierda Ligh con capacidad de gobierno, esto es que ni izquierda ni nada, pues resulta que se despacha el señor presidente Rodríguez Zapatero haciendo un elogio del desarrollo de la enseñanza en España. De la conquista de la universalidad del sistema reenseñanza, de la calidad del mismo, del esfuerzo del profesorado. En fin, una cantidad de mentiras a cual mayor. Nuestro sistema de enseñanza, fundamentalmente gracias a las reformas del partido socialista, es una auténtica basura. Es un criadero de mediocridad, de falta de respeto, de relativismo moral y epistemológico, de estrés y depresión del profesorado. De falta de virtud en discentes y docentes. Y todo ello potenciado por una ley que ha creado el espacio social para que este desmadre y hecatombe de la enseñanza pública en España sea una realidad de la que no nos veremos libres en muchos años, si es que es ya posible. Las sucesivas leyes de enseñanza, sobre todo, LOGSE y LOE, han eliminado la virtud y la excelencia y la han cambiado por la mediocridad. La universalidad de la enseñanza, que podría haberse realizado de otra manera (la enseñanza es un derecho humano que, además, nos conduce a la libertad) se ha hecho a costa de la eliminación de los conocimientos. La progresiva pauperización de los contenidos. La autoridad ha sido sustituida por la desfachatez, la sabiduría, por la vulgaridad y el relativismo. Los contenido por las competencias básicas. Se ha construido un saber meramente artificial para tener contentos a la ciudadanías ofreciéndoles apariencias de libertad mientras que sus consciencias quedan atadas y bien atadas. Un atajo de borregos, sin identidad y sin capacidad de proyecto vital. Esto es lo que al poder le interesa. Y éste es el objetivo de sus reformas. Los profesores debemos de luchar contra ello. Hacer uso de la excelencia y la autoridad moral e intelectual, no claudicar. Nuestra tarea es la de transformar a un simple homo sapiens en una persona, en un ser libre. No en una pieza perfectamente adaptable al sistema. El poder domestica a los ciudadanos a partir del sistema de enseñanza. Los profesores, en nuestro uso público de la razón, la capacidad de criticar ilustradamente, debemos trascender la voluntad de poder del estado, mostrar la farsa, la irracionalidad. Enseñar el camino de la libertad. Mostrar la validez del conocimiento y su relación con el ser libre. Mostrar su ignorancia y su esclavitud para que miren el final del túnel. Basta de triunfalismo político demagógico y esclavizante, basta de lenguaje y verborrea pseudocientífica de psicopedagogos. Conocimiento, virtud, respeto, tolerancia, libertad, excelencia. Éstas son las claves.

 

 

Es un tópico ya el preguntarse sobre el papel de los intelectuales en la sociedad. Lo primero que habría que hacer es definir o aproximarse al sentido de lo que podemos entender por intelectual. A mi modo de ver, y en esta primera acepción sigo a Popper, el intelectual es el que se las tiene que haber con las ideas. Es el que trata con las ideas. Sus objetos de trabajo son éstas. No hace falta que escriba, y que participe con sus juicios morales en la sociedad. Pero esta aproximación al término intelectual me parece muy precaria y que sólo persigue ser aséptica y no polémica. Por intelectual siempre hemos tenido la idea de referente moral, si bien, no en los actos, esto corresponde al profeta o al santo, sí, al menos en las palabras. De ahí que Séneca dijese que los demás hiciesen lo que él decía, no lo que hacía, porque él era filósofo, pero no sabio.

 

            Pero lo que ocurre hoy en día es que la figura del intelectual, desde el punto de vista ético político está en crisis. Yo creo que la razón reside en el posmodernismo que nos lleva al relativismo epistemológico y moral. Por otro lado vivimos en una sociedad en la que el valor máximo es el éxito y la eficacia, valores absolutamente contrarios a la solidaridad y la búsqueda de justicia. El relativismo que subyace a nuestra sociedad proclama el fin de los grandes relatos que pretenden dar un sentido a la historia. De esta posición surge la imposibilidad de defender ninguna idea, porque todas son iguales. Por tanto, el intelectual se reducido a la arbitrariedad del relativismo de las opiniones. Todo vale, todo se puede decir. Pero esto es un juego que interesa al poder. En esta coyuntura el intelectual, o bien, se recluye en su despacho y se dirige sólo a la academia, o se hace un intelectual orgánico y funciona como ideólogo de un partido. Las dos opciones desvirtúan lo que es un auténtico intelectual. Yo me considero un ilustrado, como decía Popper, el último filósofo tambaleante de la ilustración. Por ello pienso en la consecución de los ideales humanos representado por los valores de la igualdad, la libertad y la fraternidad. Y considero que la razón es el instrumento que nos libera de la superstición y del engaño del poder, económico y político fundamentalemente. Y después de dos siglos de la ilustración he aprendido que la razón es limitada, que no hay sentido de la historia humana, ni del hombre, que el único sentido es el biológico. Pero he aprendido también, que todo progreso ético político de la historia –cuyo único fundamento es el pragmático histórico-  se debe a una serie de descubrimientos, de inventos que nos han hecho vivir mejor en la medida en la que podemos luchar por una sociedad más justa. Tenemos un ideal, una utopía inalcanzable, crear una sociedad cosmopolita de hombres libres, con un estado que administre esta libertad. Si los intelectuales claudican frente a esta labor, el mundo seguirá la deriva del pragmatismo económico y con él, el de la injusticia social. Las ideas tienen consecuencias y el papel del intelectual es el de analizar las ideas y ver sus consecuencias. Creo que el sentido del intelectual es el del disidente. Hay que estar contra toda forma de poder. Porque el poder por sí mismo tiende a anquilosarse, a perpetuarse y a eliminar la libertad. El intelectual debe siempre traer aire fresco, aires de libertad.