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Filosofía desde la trinchera

Despertar

Puede ser de otra manera:

todos los hombres deben penar.

Nada de lo que se mueve y vive sobre la Tierra

puede evitar la infelicidad.

Hasta la tumba

el madero de la cruz

golpea nuestra espalda;

más allá todo se acabará.

Con esto te debe bastar.  Mailänder. En la novela del final de su vida Rupertine del Fino.

Mailänder es un poeta filósofo o un filósofo que considera que la poesía es una vía de expresión de la filosofía que es ultrapesimista. A mí no es que me guste mucho eso de encajonar al pensamiento de nadie. Bebe en las fuentes de Schopenhauer, entre otros, el llamado padre del pesimismo moderno, que a mí tampoco me parece pesimista. Pero eso es para otro tema. El caso es que en Mailänder veo yo como si dijésemos una mística negativa, no hay una negación de la vida, sino una afirmación de la nada y, para llegar a esta nada es necesaria la muerte, incluso por autoaniquilación, como hace él mismo a los treinta y cinco años tras recibir el primer ejemplar de su obra magna: “La filosofía de la redención”. Recomiendo la lectura de esta obra, como ilustración y como reto personal. Cuando hablo de leer, hablo de leer interiorizando. Un reto para tanto pensamiento débil, o líquido o, incluso, gaseoso que nos rodea: desde los coachings, los psicólogos positivos y la new age. Tal vez mirar el rostro de la nada es mirar nuestro rostro y, quizás, esa sea nuestra redención. Algo similar viene a decir el budismo. Y todo misticismo cuando afirma que para ser realmente, primero hay que morir.

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Es curioso como en todos los mitos de iniciación se hace una alusión al renacer. Es decir, para pasar a la vida adulta el niño tiene que morir, o para pasar de una forma de vida a otra, es necesaria la transformación, la muerte. No hay renacimiento sin muerte. El desarrollo intelectual-espiritual implica este renacimiento. Si no hay este renacimiento, el abandonar lo que somos en la vida, para ser otra cosa, no hay evolución de nuestras consciencia. Todos los mitos de todas las religiones de la humanidad tienen estos ritos de iniciación o de paso, como los llama Eliade, que es, junto con Campbel el que más los ha estudiado o el que los descubre y les da forma y significado más allá de lo meramente empírico.

También hay que entender el mito, no desde la perspectiva científica. Entonces, simplemente, el mito es una historia falsa, no pasa el criterio de verificabilidad, ni falsabilidad. El mito tiene una racionalidad que va más allá de la ciencia. El mito es simbólico y tiene como fin, como objetivo, dar sentido a la existencia humana y al cosmos donde el hombre habita. Todos los mistos se refieren a un tiempo primitivo, in illo tempore (en aquel tiempo), que estaba fuera del tiempo, era la eternidad, la perfección, completud. Es el mundo de lo sagrado. A ese mundo apuntan todas nuestras actividades. Y todo lo que hacemos sigue un ritual para recuperar lo perdido, o para llegar a la realización de lo sagrado dentro de lo profano. Y siguiendo estos rituales nos encontramos bien, integrados e identificados. Los ritos de paso implican un renacimiento, como dice el cristianismo, en la vida del espíritu, esto es, en la eternidad. Otra cosa es que hoy en día, tanto el pensamiento mítico, núcleo de las religiones, como las religiones, se han quedado en el mero ritual, pero la gente lo cumple y eso le da una sensación de identidad o de permanencia. Pero otra cosa que hay que tener en cuenta es que el pensamiento mítico, a pesar de la ciencia y la razón ilustrada, persiste. Y persiste, en los pequeños detalles y en los grandes relatos de la humanidad. Las ideologías se apoyan en una teofanía, en una liberación final del hombre, una emancipación por medio de un salvador, ya sea el proletario o el capital. Hoy en día vivimos esta última. El transhumanismo y el cientificismo, por su parte, creen en la salvación y redención de todos los sufrimientos, la conquista por tanto del mundo de lo sagrado, desde lo profano, por medio del desarrollo de la tecnología. Estas ideas se convierten en mitos que dan sentido a nuestra existencia y nos permiten identificarnos, lo mismo podemos decir de cualquier nacionalismo, de las nuevas religiones, las sectas, la new age, todas estas formas de pensar tienen una estructura mítica. Pero esto es así, porque el hombre tiene una estructura mítica, el hombre, no es como decía Aristóteles, un animal racional, sino, fundamentalmente mítico. Crea un mundo sagrado al que intenta imitar, ese mundo sagrado es el ideal de perfección, ya sean las grandes figuras de la moda, los grandes futbolistas, los líderes políticos carismáticos, la ciencia y la tecnología en su conjunto... El hombre no es capaz de vivir por sí mismo. No es capaz de ser libre.

Pero, curiosamente, a mi modo de ver, hay un mito que nos enseña la transformación, la muerte del viejo yo para renacer en la verdadera vida del espíritu que ya no necesita ni de mitos ni de ritos para vivir. Ha alcanzado la libertad. El verdadero Ser. Por eso se dice, en las diversas tradiciones, que para ello, primero, ha de morir. Lo escuchamos en el budismo, la impermanencia del yo, en el taoísmo, El Tao que se puede nombrar no es el Tao, el que no se puede decir, es el Tao, en el advaita, la única realidad es el Ser, que es la vacuidad, la profunda calma y plenitud, el yo Soy es Eso, no el yo psicológico y biográfico, para llegar al yo Soy el otro yo ha de morir. Y lo mismo con la mística cristiana. El místico cristiano no se reconoce ya en sí, vive fuera de sí (vivo sin vivir en mí) sino en Dios, o lo Absoluto…lo que cambia, como ven, es el imaginario cultural, la realidad de la que se habla en el renacer espiritual, como muerte de nuestro ser aparente, finito y limitado, es la del Ser. Cada cultura lo expresa a su manera, eso sí. Por eso nos dice Eliade:

“El conocimiento sagrado, y, por extensión, la sabiduría se conciben como fruto de una iniciación, y es significativo encontrar el simbolismo obstétrico ligado al despertar de la consciencia tanto en la antigua India, como en Grecia. Sócrates se comparaba, no sin razón a una partera: ayudaba al hombre a nacer a la conciencia de sí, alumbraba al “hombre nuevo” El mismo simbolismo reaparece en la tradición budista: el monje abandonaba su nombre de familia y pasaba a ser un “hijo de Buda”…Hijo natural del Bienaventurado, nacido de su boca, nacido del Dharma (doctrina)…

Este nacimiento iniciático implicaba la muerte a la existencia profana…Buda enseñaba el camino y los medios de morir a la condición humana profana (sufriente), es decir; a la esclavitud y la ignorancia, para renacer a la libertad, a la beatitud y a la ausencia de condicionamiento del Nirvana… M. Eliade. “Lo sagrado y lo profano” p. 145

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El ser humano es una casa de huéspedes.
Cada mañana un nuevo recién llegado.
Una alegría, una tristeza, una maldad
Cierta conciencia momentánea llega
Como un visitante inesperado.
¡Dales la bienvenida y recíbelos a todos!
Incluso si fueran una muchedumbre de lamentos,
Que vacían tu casa con violencia
Aún así, trata a cada huésped con honor
Puede estar creándote el espacio
Para un nuevo deleite
Al pensamiento oscuro, a la vergüenza, a la malicia,
Recíbelos en la puerta riendo
E invítalos a entrar
Sé agradecido con quien quiera que venga
Porque cada uno ha sido enviado
Como un guía del más allá.  Rumi.

Aceptación, todo debe ser aceptación. El camino de la resistencia es la muerte. Solo aceptándonos a nosotros mismos nos podremos comprender y, si nos aceptamos a nosotros mismos, podremos comprender al otro. Y la aceptación no es resignación, ni dejar pasar, sino amor y comprensión. Todo lo que sentimos, lo sentimos, nos pertenece, no podemos negar las llamadas emociones negativas, es decir; los vicios: la ira, el rencor, la melancolía, el miedo, el odio, o los vicios físicos. En todo caso todos son adicciones y si los negamos no podemos ni asumirlos ni transmutarlos. El camino de la negación es el de la ignorancia y el de la aceptación, el de la sabiduría. Pero a la sabiduría se llega por el amor incondicional. Sólo desde el amor incondicional podemos aceptarnos y aceptar y sólo desde esa aceptación podremos trascender nuestro Ser. Nuestra iniciación está en la herida abierta que queremos ocultar por todos los medios, pero resulta que es la herida el camino que nos enseña la transformación. Toda iniciación es una transformación en la que se da un sufrimiento, éste es el ritual que se representa en los evangelios, por ejemplo, o en la muerte de Sócrates, aunque sean muy distintas en la forma, puesto que las culturas son diferentes, el sentido es el mismo. Para autotrascenderse es necesario morir, para morir en el yo actual hay que aceptarse y aprender todo lo que la sombra, la herida, nos enseña. Es decir, es como el viaje al inframundo. Si no hacemos este viaje, no podremos renacer transformados.

Así que considero que es muy serio el pensar sobre toda la parafernalia de pseudoespiritualidad y pseudopsicología, que sólo mencionan lo positivo, como si lo positivo tuviese existencia en sí, separado de lo negativo. Los opuestos se necesitan y coexisten. Este mensaje positivista está dirigido por el mercado para dominarnos y se extiende por todas las vías de comunicación, incluida la enseñanza, por supuesto.

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La espiritualidad, o humanidad, porque es nuestra propia naturaleza, ha sido cercenada del ser humano desde hace cuatro siglos. Desde que triunfó el modelo mecanicista y redujo todo ser a ser material y mecánico y la consciencia al yo cognoscente, al yo que conoce. Hasta que no llega el psicoanálisis no se amplia la visión y todo da un vuelco, se produce una revolución, no sólo es que toma forma la consciencia, sino el ámbito de lo inconsciente. El yo, no es sólo un sujeto inmutable, una substancia etérea que conoce, sino: emociones, creencias, estados anímicos que pueden variar desde la normalidad a las neurosis y psicosis…y el inconsciente, que es lo oculto en nuestro ser y que constituyen las pulsiones más escondidas. Pero esto no se consideró ciencia. La psicología tuvo que adoptar el empirismo y reducir la consciencia a estímulos y respuestas observables. Por su parte Jung va más allá de su maestro y postula un inconsciente colectivo y la existencia de arquetipos universales en ese inconsciente que coinciden con los sueños y los mitos. A su vez Eliade, Campbel y demás descubren el origen de la religión, Otto descubre Lo Otro, lo misterioso. La religión va tomando forma. La dimensión religiosa del hombre, también.

Por otro lado, se redescubren las religiones orientales y se abren las puertas de la percepción con las experiencias con psicodélicos. No obstante, el modelo para las ciencias, a pesar de la revolución relativista y cuántica, sigue siendo el mecanicista, materialista y determinista. Este modelo ha sido de gran provecho en la ciencia y la tecnología, pero, como idea del mundo y de cómo hay que hacer ciencia, está ya agotado. Por su parte, aparecen los medicamentos psicotrópicos, lo cual hace que la psiquiatría, que se había considerado la hermana menor de las otras especialidades médicas, remonte el vuelo y pueda aplicar el modelo mecanicista biologicista a la mente. Esto hace que desaparezcan las diversas escuelas psicoanalíticas, que la escuela existencialista y humanista sean desterradas del ámbito de la ciencia (estas escuelas se siguieron cultivando al margen y hoy tienen una enorme fuerza en las psicologías de tercera generación) y que lo mental se reduzca a reacciones bioquímicas dentro del cerebro, incluso lo psicosocial es excluido. Todo ello hace que la dimensión espiritual del hombre desaparezca y parezca una rara avis. Si a esto le sumamos la crisis, no sin razón (debido a sus mecanismos autoritarios y a la superstición y no saber integrar la modernidad), de las religiones tradicionales, pues no queda lugar ni refugio para la espiritualidad.

La espiritualidad no se reduce a la religión, está, a la par, en sus fundamentos, pero la excede o sobrepasa. La espiritualidad es la dimensión más elevada del hombre y por eso la he llamado, también, humanidad. Es lo que nos hace humanos, es la autoconsciencia. La reducción de lo humano al cerebro es lo que el filósofo Markus Gabriel denomina el neurocentrismo. Es una falacia que está de moda. De una reacción química no se deduce una cualidad y, menos, la vivencia de esa cualidad. Hay que tener una visión emergente de lo real e integradora de los distintos campos que emergen y que cada uno se regula por sus propias leyes. Lo espiritual, pues, aunque haya una base bioquímica en el cerebro, como está comprobado con los que practican la meditación, la oración, la contemplación… no se reduce a ella, sino que es una vivencia. Y las dos características fundamentales de lo espiritual son: el sentimiento de Unidad, que uno pertenece a todo lo que hay, que el yo se puede trascender en el nosotros, lo transpersonal, que el yo es el origen de nuestras pasiones porque es la sede del egoísmo y el miedo y, por otro lado, el sentimiento de compasión. Esto es el amor incondicional, la alegría de que el otro sea y ser capaz de vivir su vivencia. El desarrollo espiritual es el desarrollo de estas dos dimensiones del ser humano. No es algo que se consiga de un día para otro, pero que se va vivenciando, porque todos los esquemas del pasado van derrumbándose. Esta espiritualidad, por otro lado, no tiene nada que ver, con lo que se nos vende por ahí. Con tantas terapias habidas y por haber, con las modas de nutrición, de miles de prácticas que sanan no sé qué cosas… todo ello es mercadillo o, más bien, lo espiritual, convertido en pseudoespiritual debido a la sociedad de mercado en la que vivimos. Ahora bien, esta falsa espiritualidad es muy dañina para los que caen en sus redes por varias razones. En primer lugar, es un paso atrás, es volver a la superstición, cuando ya habíamos conquistado la racionalidad, porque sin la consciencia racional no podemos dar el paso hacia la espiritualidad. En segundo lugar, tenemos la pérdida de la libertad. Se cae en la búsqueda de una solución para nuestros dolores, emocionales o físicos, para ello se acuden a terapias llamadas alternativas, o a las convencionales, es igual, se delega nuestra responsabilidad de nuestro cuidado en otro, que es el maestro espiritual, el sanador, el médico, el profesor, el político, el chamán, el sacerdote…es decir, que nos atamos a otro porque así es más fácil. Volvemos a caer en la servidumbre humana voluntaria. Y, por último, un fenómeno muy curioso, mientras la espiritualidad disminuye nuestro sentimiento egoico, nuestro yo hasta disolverlo, la falsa espiritualidad lo que hace es lo contrario, aumenta el yo, se produce el fenómeno del narcisismo espiritual. Se confunde la meditación, que nos lleva a la impermanencia y a la vacuidad, con la pertenencia al todo, con lo que el ego se identifica con el todo. Por otro lado, el lugar de cultivar la compasión, nos miramos el ombligo y queremos sanar nuestros pequeños males y sufrimientos, entre otras cosas, porque esta sociedad no soporta el dolor. El dolor, las emociones negativas, o vicios, están ahí y ni se pueden eliminar, ni evitar, ni reprimir, hay que aprender de ellas, aceptarlas e integrarlas. No hay ni remedios, ni pócimas mágicas. Y, sobre todo, no hay que fijarse en estos males, si uno presta atención a las virtudes, por ejemplo, la alegría, estará alegre, si piensa en el bien de los demás, actuará con respecto a él y su pensamiento en el bien común se hace un hábito, si quiere la felicidad de todos los seres, vive con ese sentimiento, y lo mismo, el agradecimiento, el amor incondicional, la compasión… Y, todo ello, curiosamente, disuelve el ego. Pero la falsa espiritualidad va por el camino contrario.  Es necesario más Ilustración; es decir: más conocimiento y libertad.

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“Podemos prescindir de la religión, pero no de la comunión, ni de la felicidad, ni del amor. Aquello que nos une, aquí, es más importante que lo que nos separa. Paz para todos, creyentes e incrédulos. La vida es más preciosa que la religión (y es lo que quita la razón a los inquisidores y a los verdugos); la comunión más preciosa que las iglesias (y es la que quita la razón a los sectarios); la fidelidad más preciosa que la fe o que el ateísmo (y es lo que quita la razón tanto a los nihilistas como a los fanáticos); y, en fin, y es lo que da la razón a la gente buena, creyente o no, el amor es más precioso que la esperanza o la desesperación.

No esperemos a ser salvados para ser humanos.” André Comte Sponville. “El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios”. P. 79

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“La angustiosa realidad es que la vida cotidiana del ser humano se halla atrapada en un complejo inexorable de opuestos, -día y noche, nacimiento y muerte, felicidad y desdicha, bien y mal. Ni si quiera estamos seguros de que uno de ellos pueda subsistir sin el otro, de que el bien pueda superar al mal o la alegría derrotar al sufrimiento. La vida es un continuo campo de batalla. Siempre lo ha sido y siempre lo será. Si no fuera así nuestra existencia llegaría a su fin.” Carl Jung.

Y si no aceptamos esto vivimos en la utopía, en el fanatismo de la new age y de la tecnociencia, en el pensamiento Alicia, que decía Gustavo Bueno. La realidad es completa o no es. Negar una parte de nuestra realidad es una ingenuidad que nos lleva a la guerra contra nosotros mismos y contra los demás.

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El conocimiento de sí mismo es el camino hacia la revolución política. Nada tiene que ver con el narcisismo, sino con el altruismo.

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“¿Pero de qué nos hemos olvidado? En mi opinión se trata de la enfermedad, la sombra que acompaña siempre a la luz de la salud, una sombra que nos conecta orgánicamente con el mundo, nos ratifica que la naturaleza del mundo no puede ser forzada y nos lleva a darnos cuenta de que es imprescindible concebir la salud sin tener, al mismo tiempo, conciencia de la enfermedad y, de ese modo, aceptar la enfermedad del mismo modo que aceptamos la salud.
Nuestra cultura, sin embargo, cree que podemos aceptar uno de los dos polos negando al otro, que, podemos tener lo blanco sin lo negro, disfrutar de las alturas sin descender a las profundidades, gozar de la salud sin padecer la enfermedad o del nacimiento sin la muerte. Nuestra ceguera nos hace creer que solo es cuestión de tiempo, mano de obra y de ampliación del presupuesto destinado a la investigación y consideramos que la invitación a superar el pensamiento dualista -o esto o aquello- constituye un paso atrás hacia formas de pensamiento primitivas que no concuerdan con el potencial de la edad contemporánea.
Pero no es el hombre primitivo el que no ha comprendido la naturaleza indivisible de los opuestos sino que se trata de una visión de la sabiduría perenne que pertenece a la tradición de los místicos y poetas de todos los tiempos”. Larry Dossoy. Médico en Santa Fe, nuevo México. “La luz de la salud y la sombra de la enfermedad.· en “Encuentros con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza humana.” 
Esto es el resultado de una cultura dualista que contrapuso los opuestos y reprimió uno de ellos, o lo oculto, o lo racionalizó, pero la sombra siempre estaba ahí. Y siempre es necesario el viaje hacia el inframundo, la sombra, el inconsciente para pactar con él, para llegar a un abrazo reconciliador en la Unidad de los opuestos de la que hablaba Heráclito, cuando aún no se había producido el gran error. Hoy en día, el pensamiento positivo, con sus coachings y demás, la new age, la tecnociencia hiperavanzada, el capitalismo financiero… todos intentan recobrar la salud, la perfección, la luz, cuando realmente no hay luz sin sombra, no hay bien sin mal, salud sin enfermedad,… si negamos uno de los opuestos negamos la totalidad. Ese es el error y eso es vivir en la ilusión, la dualidad o la escisión. Escisión porque el opuesto, la sombra siempre aparecerá, pero no la aceptaremos y viviremos en lucha y no en armonía. Y si no aceptamos la sombra, lo opuesto no podremos resolver nuestros problemas: sufrimiento, tristeza, guerras, genocidio, odio, violencia en todos los niveles….

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El ser humano es un ser que en su propia naturaleza tiene lo que se llama "la carencia" y, en tanto que es un ser que potencialmente puede ser más, pues en esa medida siente la carencia. Por otro lado, es un ser dividido, escindido, entre sus deseos y su entendimiento. El entendimiento nos forja un yo desde que nos construimos como seres egoicos que juega el papel de guardar la herida y en torno a esa herida se va forjando nuestro inconsciente, que a su vez está inmerso en el inconsciente colectivo. Y eso es lo que constituye nuestra sombra. Pero, qué es lo que pasa, por qué ese sentimiento de carencia o soledad. Pues porque tenemos una falsa percepción de nosotros mismos, no es que necesitemos a un terapeuta, sino a un amigo. Y antes de a un amigo, a nosotros mismos. Es decir, si no tenemos amor propio, seguiremos instalados en nuestro desprecio, en lo que llaman baja autoestima. Y lo que haremos es no curar nuestra carencia, que es una ficción, no carecemos de nada, somos perfectos, pero hemos olvidado nuestro origen. Y cuando no curamos esa herida lo que hacemos es fortalecer las corazas del ego mediante el ataque a lo de fuera. Es decir, por ejemplo, mediante el juicio al mundo, la sociedad, el otro, la humanidad en general. Pero ahí no está el mal, el mal no está en ninguna parte, solo es nuestro estado mental, nuestra forma errónea de percibir las cosas y percibirnos.
"No eres realmente capaz de estar cansado pero eres muy capaz de agotarte a ti mismo. La fatiga que produce el juzgar continuamente es algo realmente intolerable." UN curso de milagros. Cap. 3
Es decir, aceptación, que es comprensión y la compresión: amor incondicional. No juzgues y no serás juzgado. Cada vez que juzgamos proyectamos nuestro sentimiento de culpa hacia nuestro hermano, o hacia el mundo o hacia la humanidad e, incluso, si estamos desesperados, hacia el cosmos entero. Entonces ese juicio se vuelve contra nosotros y nos hunde más en el sufrimiento, en la mente incorrecta, en el autoengaño, en autoconsolarse....No hay nada de esto. Si estamos en la actitud del AMOR, no pedimos nada, ni necesitamos nada, ni juzgamos nada. Desbordamos la alegría y nos identificamos con nuestro hermano, con la humanidad, con el resto de los seres y con el cosmos entero, o Dios, el Tao, el Dharma...

 

La muerte del físico Hawkins ha producido una conmoción social. Es raro que esto ocurra con la muerte de un científico. Está muy bien que reconozcamos los grandes méritos que las personas hacen por la humanidad, sin olvidar aquello que decía Newton de que "yo he visto más lejos porque iba a hombros de gigantes". Es decir, que nuestro físico desaparecido caminaba sobre los hombros de grandes gigantes del siglo XX, desde Planck, pasando por Einstein, Hesenberg, Pauli...y cientos de desconocidos, pero que han realizado un excepcional trabajo para desentrañar los misterios físicos del universo físico.
Ahora bien, nuestra mente mítica ensalza a algunas figuras y las convierte en ídolos; en lugar de estudiarlas, dialogar con ellas, profundizar en el conocimiento, lo que hace es idolatrar. Y los ídolos tienen los pies de barro y existen mientras que exista la debilidad humana; es decir, la incapacidad del hombre de servirse de su propia razón. Para empezar, no hay individuos separados, ya lo dije al principio, un individuo es el resultado de la humanidad, una forma que adquiere la humanidad para expresarse. Puede servirnos como ejemplo de dedicación, disciplina, orden, pasión, entusiasmo, altruismo...y múltiples virtudes, pero no podemos idolatrarlos; sino ver reflejados en él las virtudes de la humanidad; esto es, lo que yo puedo ser en tanto que soy humanidad. De la misma manera que cuando vemos el mal en otro, el mal radical, nos tenemos que ver como seres potencialmente capaces de realizar ese mal, porque es humano. Y, entonces, surge la compasión o compresión profunda. Ser mayor de edad es ser libres y ello conlleva el ser capaces de trascender nuestro ego particular en la humanidad total. Aceptar la humanidad en lo cual somos común. Por el contrario, si ensalzamos sólo las individualidades lo que estaremos es creando una sociedad competitiva, no colaboradora y, recordemos, el hombre, homo sapiens, ha sobrevivido por su capacidad de colaboración. Y se está yendo al traste por su competitividad, contra él mismo y contra la naturaleza.

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“No sé si fue Walter Benjamin o Giorgio Agamben quien acuñó por primera vez la frase “el campo es el mundo”, refiriéndose a los campos de concentración nazis. Ha sido Jon Sobrino quien dejó como herencia a la teología futura el eslogan “honradez con la realidad”. Esa honradez es la que nos obliga a sostener, como punto de partida de todo pensar teológico (y añadiría yo, de todo pensar simplemente humano) la visión de Auschwitz como una parábola de nuestro mundo. Un mundo poblado por infinidad de “campos de exterminios” cuya enumeración sería inacabable: en casi todo África (por causa del coltán en la franja que va desde Ruanda hasta el Congo; por causa de los diamantes en Sierra Leona; por causa del petróleo en Guinea… y, simplemente, por causa del hambre en los mil desesperados que acaban tantas veces muriendo en el intento de una travesía alucinante hasta Europa); también en casi toda América latina; en casi toda Asia, pese a algunos crecimientos económicos tan espectaculares como deformes en cuanto a su distribución. En las mil guerras de Irak, Afganistan, Somalia,… En la serie de genocidios que han poblado el pasado siglo y que sus autores se niegan a reconocer, como el de los kurdos en Turquía, el del Pol Pot en Camboya, el de los palestinos por Israel… Y en la crisis económica mundial que hoy nos envuelve, la cual tuvo lugar por tanto triunfo de los malos… y amenaza a resolverse de modo que casi no afecte a los más malos, sino sólo a sus víctimas.” José Ignacio González. “Otro mundo es posible…desde Jesús.” pp 342-343

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La leyenda de la dualidad tiene una larga historia. Una historia en la que se mezcla la filosofía, la religión, el poder y la política. En realidad, lo que hay es todo lo que hay, el Ser. Y el Ser es cuerpo y alma a la vez, todo Ser, y todos los seres. La separación conlleva la demonización del cuerpo y, a través de ello, un sistema de control de los hombres. Eso sí, cuando hablamos del cuerpo, no nos referimos a la reducción mecanicista, determinista y materialista de la ciencia. Tampoco la resurrección es la del alma, ni sólo existe la mente, que dice la new age, lo que hay es el Ser. Es la Naturaleza, o Dios, que tiene infinitos atributos o modos, uno de ellos es lo mecánico determinista, pero no todo el Ser es eso, otro es el ánima, pero no todo es Alma, sino que todo es la unión de los infinitos modos de ser que tiene el Ser, o Dios, o el Tao. El triunfo del espíritu sobre la carne que se predica con la resurrección es la expulsión del cuerpo, cuando en realidad, la resurrección es el símbolo, el Arquetipo, de la trascendencia, de la transmutación, de la incorporación de la Unidad de lo diverso o de lo diverso en la Unidad.

Políticamente esta escisión ha significado la esclavitud del hombre por parte de todos los poderes, y lo sigue siendo. Sin materia no hay espíritu y sin espíritu no hay materia. La vida consiste en la unificación de estos opuestos en nuestros actos. Por eso dice el evangelio de San Juan “En el principio fue el Logos (el Verbo, la palabra) y el logos se hizo carne (encarnación y unificación de los opuestos) y habitó entre nosotros…” Esto es, Cristo es el arquetipo de la encarnación del Logos en la materia, es decir, de la armonía entre los opuestos. Y siempre hay que considerar a los opuestos como en armonía, o en tensión, pero no excluyentes, no puede existir el espíritu sin la materia, el bien sin el mal. La encarnación del Logos es la trascendencia del espíritu y de la materia, su transmutación en lo no dual (no dos, que no es lo mismo que Unidad indiferenciada.)

Y resulta que todo esto ocurre y me lo encuentro (Sincronías diría el propio Jung) mientras leo a Jung, y descubro estas dos citas. En Gálatas II se nos dice: “Vivo, pero ya no yo, sino que Cristo vive en mi”. Y es esto precisamente la transmutación, la autotrascendencia, la alquimia, el rencontrar lo no dual, la Unificación. Por eso también dice Jesús en los Evangelios, yo estoy en el mundo, pero no soy del mundo. El Ser trasciende nuestro pensamiento parcial del mundo. Es necesario la unificación de los opuestos, la gran alquimia del Tao, innombrable, para que se obre la transformación. Esa transformación es la resurrección, lo demás son cuentos infantiles, es lectura literalista con intenciones de sojuzgar. Es necesario, e imperioso, una vuelta a la lectura gnóstica y neoplatónica de los evangelios, para eliminar el dogmatismo teológico-filosófico y la pseudoalegría de la new age y la psicología positiva.

Y la siguiente cita que me encuentro leyendo a Jung, es de Mateos XIX, 11 y ss. “No todos comprenden esta palabra, sino sólo aquellos a los que les es dado…hay castrados que se han castrado a sí mismos por amor al reino de los cielos. El que pueda comprenderlo que lo comprenda.” Está bien claro que no se puede entender literalmente los evangelios, sino metafóricamente. Ya se nos dice que el reino de los cielos está dentro de uno, por eso dice Agustín de Hipona que no hay que salirse fuera de uno para encontrar la verdad, porque la verdad habita dentro de uno. No hay que mutilar el cuerpo, ni despreciarlo para encontrar el reino de los cielos (la Paz, la calma, la no violencia….) sino integrarlo; ese es el sentido de la encarnación, la armonización por el Logos de los opuestos. El Logos mismos es la armonía…

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El estar anclados en el mundo conlleva a los deseos, es ser esclavo. Es identificarse con lo que es la tierra, con lo que poseemos: bienes materiales, emociones, sueños, fantasías, opiniones, creencias… Todo nos condiciona y nos hace no ser libres. Ahora bien, el desapego total no es posible en la medida en la que estamos en la tierra y de lo que se trata, no es de negar todo aquello que nos condiciona, consciente e inconsciente, sino de trascenderlo transmutándolo como un alquimista. La metamorfosis es el símbolo. Primero hay que morir para renacer. Y, en ese sentido, permanecemos en la tierra, pero sin ser de la tierra. Una manera de hacer esta transformación es por medio del amor fati del que habla Álvaro (Nietzsche), es decir, la aceptación de todo, la rendición última y el querer último de todo lo que es y me hace (consciente o inconsciente.) Hay que recorrer el camino de hacer consciente todo lo que me es dado inconscientemente y así podemos desprogramar el condicionamiento. La liberación, metamorfosis, muerte-resurrección, es un hacer consciente lo inconsciente.

Otra cosa es lo de la realidad. El mundo conocido es el mundo representado por nuestro cerebro. Creemos que ese mundo, científicamente descrito, es la realidad, pero no es así, es una representación de la realidad a través de nuestro cerebro. Es la misma representación para todos, porque todos tenemos le mismo cerebro por ley evolutiva. Ahora bien, la reducción de la realidad, a la representación que de ella nos hacemos es un reduccionismo (Markus Gabriel lo llama “neurocentrismo”). En nuestra sociedad es el reduccionismo que impera y que ha eliminado la riqueza de la realidad y los muy diversos modos de acceso a ella: desde los mitos, los sueños, el arte,…la meditación, el chamanismo. La consciencia ha ido evolucionando, como lo ha hecho la cultura, pero somos inconsciente de la riqueza de nuestra consciencia debido a este reduccionismo que marca el origen de la modernidad que, a su vez, se sostiene en un mito, inconscientemente, que es el del progreso.

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Este texto de Jung es de 1936 y es clarividente. Es un fragmento de un artículo titulado: “El yoga y Occidente.” Lo que se dice se puede generalizar a muchos otros ámbitos. Y no se debe entender una superioridad de Oriente sobre Occidente, esto nunca lo diría Jung, hay una tensión y complementariedad de opuestos. Lo que sí ha sucedido es que, históricamente, la cultura que se ha globalizado ha sido la occidental y, Occidente se ha olvidado de su alma, de su sí mismo, o de su inconsciente. De ahí que su máxima expresión actual sea la tecnociencia en su versión más economicista. Y ello le ha llevado al nihilismo, ya anunciado por Nietzsche.

“El occidental no necesita superioridad alguna sobre la naturaleza interior y exterior. Disfruta de ambas con un grado de perfección casi diabólico. De lo que carece, empero, es del reconocimiento consciente de su inferioridad con respecto a ambas naturalezas (de ahí la destrucción de la naturaleza y su propia autodestrucción. El paréntesis es un añadido mío), y lo que debe aprender es que no puede hacer todo lo que se proponga. De hacerlo, su propia naturaleza lo destruirá (ya casi lo ha hecho. Es mío el paréntesis). El occidental no conoce su alma y ésta se amotinará suicida contra él.

Puesto que el occidental puede hacer de cualquier cosa una técnica (es el caso de la meditación convertida en mindfulness. Es mío), en principio, todo lo que tenga el aspecto de un método supondrá una amenaza o se verá abocado al fracaso. En lo que tiene de higiene, el yoga le será al occidental tan útil como cualquier otro sistema. Pero en su sentido más profundo el yoga no alberga un objetivo higiénico, sino una meta de muy superior envergadura: si lo he entendido bien, el desligarse y la liberación definitiva de la consciencia de toda atadura objetiva y subjetiva. Sin embargo, dado que no es posible liberarse de nada que no se sea consciente, el europeo tiene primero que familiarizarse con su propia subjetividad. Dicha subjetividad es lo que en Occidente recibe el nombre de inconsciente.” Jung, “Escritos sobre espiritualidad y trascendencia.” P. 173

Ahora bien, el inconsciente es lo que precisamente no conocemos y de lo que hemos sido vaciados en el proceso de tecnificación que no ha sabido integrar lo interno con lo externo. Por eso ahora vamos, como zombies (Filosofía zombi) buscando llenar ese vacío en cualquier cosa por medio de un consumo compulsivo (neurótico) de ella, ya se trate de algo “espiritual” o material…en fin, una integración de nuestro inconsciente, no una huida hacia Oriente, que no es más que una mascarada new age, ni sectas fundamentalistas de las religiones tradicionales… sería un camino para sanar nuestra herida e integrar nuestra sombra. Es decir, volvernos hacia dentro, como ya se nos dijo en la antigüedad, pero ahora con la riqueza del viaje al exterior que hemos realizado. No se trata de negar ni de renunciar a nada, sino de autoconocimiento.

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El que habla solo

Espera hablar a

Dios un día.

  1. Machado.

El texto que sigue de Jung es muy clarificador sobre nuestra consciencia, nuestro proceso de integración y unificación y la forma de encontrar el sentido, tanto individualmente, como desde la ayuda de un psicoterapeuta. El problema con el que nos encontramos es que occidente ha negado su subjetividad, su interioridad y, por ello, su inconsciente, la sombra y la herida. El occidental ha vivido para el exterior y lo ha dominado. Eso es evidente, incluido su cuerpo, pero el interior que constituye además su consciencia es un perfecto desconocido. De ahí el gran miedo que tenemos a la soledad, necesitamos continua actividad, entretenimiento, que decía Pascal, necesitamos llenar nuestra cabeza de información pasajera, sin sentido y que es absolutamente prescindible. Todo, con la clara intención de no asumir que hay una voz dentro que nos habla. Dice Jung:

“El hombre es la pareja de dos Discursos, en la que uno es mortal y el otro inmortal (aquí se refiere al inconsciente colectivo); que están siempre juntos, sin llegar a convertirse nunca en unidad. Los procesos de transformación pretenden acercar a ambos, y la consciencia siente que se resiste a ello porque al principio el otro aparece como un extraño e inquietante y porque no podemos acostumbrarnos a la idea de que no somos el único que manda en casa. Preferiríamos ser siempre yo, solo yo y nada más. Pero estamos confrontados con el amigo o enemigo interior y depende de nosotros el que sea nuestro amigo o enemigo.

No hay que ser un enfermo mental para oír su voz. Es, antes bien, lo más sencillo y lo más natural. Uno puede, por ejemplo, plantearse una pregunta a la que él da una respuesta. El proceso mental continua como una conversación normal. Se le suele llamar “serie de asociaciones” o “soliloquio”, o una “meditación” en el sentido de los antiguos alquimistas que llamaban al interlocutor…, alguien distinto, interior…

El juicio que nos merece la voz interior no conoce término medio: o se la considera un perfecto dislate o ni más ni menos que la voz de Dios. A nadie se le ocurre pensar que tal vez haya una cosa intermedia digna de ser tenida en cuenta…Del conflicto de ambos puede salir verdad y sentido, pero sólo si el yo está dispuesto a hacerle justicia al otro y concederle personalidad…” C.G. Jung “Escritos sobre espiritualidad y trascendencia.” pp. 270-271.

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La equivocación de Mailänder, me parece, es que hace una ontología negativa que no le deja abierto el camino de vuelta. El Ser trascendente se desarrolla en la inmanencia que es diversidad, hasta ahí, bien, pero no ve la posibilidad de reconocimiento del Ser en la diversidad. Éste seré el camino de la mística, o una interpretación de la parábola del hijo pródigo, el que vuelve a casa después de sufrir y aprender la diversidad. Si alguien tiene un poco de rechazo por la vía mística, pues lo encontramos en el gran Spinoza, en su Ética, concretamente, en el capítulo cinco con el "Amor intelectual de Dios". De esa manera surge el afecto de la alegría de Ser, y no la única salida lógica de Mailänder, que es el suicidio. Cuando uno ha perdido totalmente el contacto con su Ser originario sólo le queda el suicidio. Eso es lo que le pasa a la sociedad actual, tanto individual, como colectivamente. Hay más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico. Y, la sociedad, en sí, está generando un ecocidio que expresa claramente la escisión o separación o alienación de su Ser originario y que le lleva a una autodestrucción colectiva. Sólo una vuelta a nuestro Ser original, individual y colectivamente, nos puede salvar de la encrucijada.

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No es por fastidiar, pero eso que se dice tanto de la meditación (tantas virtudes, paz, salud, armonía) es una parte de la meditación, no alcanzaremos la paz, mientras no integremos nuestro yo interior, nuestro inconsciente. Lo demás es crearse un paraíso artificial. Es cierto que si meditas te sientes mejor, mejora tu salud, etc. Pero éste es sólo el comienzo del viaje. Ciertamente es agradable y saludable, pero queda mucho por recorrer y vislumbrar, de uno mismo y de la humanidad. Una vez iniciado el camino de la meditación vendrá después el diálogo interior y éste, que es sanador, por supuesto, no es tan agradable porque en él aparecen los fantasmas que tenemos escondidos, aparece con fuerza lo reprimido por el ego, lo que somos, pero no queremos saber que lo somos. El ego se aferrará a los apegos para no dejar de ser, incluido, al ego mismo, lo cual nos llevará a un abismo al que no nos atreveremos a mirar, porque es nuestra muerte. Muerte necesaria para el renacimiento. Y, sin conocerlo, no tendremos paz. Por eso hay que atravesar el desierto (en todas las culturas existe esto, por ejemplo, Jesucristo va al desierto a enfrentarse con los demonios, que son interiores, claro) para alcanzar la Paz definitiva. Es decir, la Resurrección. Por eso primero hay que morir, y el proceso no es nada agradable, es como un gran desengaño, un fiasco y un desprogramarse. Hay que ir eliminando todos los condicionantes que nos hacen esclavos para liberarnos. Ese es el sentido de la Paz y el Renacimiento, la liberación (libertad.) La meditación entendida hoy en día en occidente está descontextualizada y es un instrumento al que se le pide eficacia, pero eso no tiene nada que ver con meditar.

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“Hemos heredado dos mitos que surgieron en el siglo XII. El mito del Grial habla de la relación entre la individualidad y la búsqueda espiritual, el mito de Tristán e Isolda, nos muestra el poder del amor romántico. Ambos sugieren la existencia de una nueva forma de experimentar a Dios. Lo que todavía no hemos comprobado es si esta experiencia tan intensa puede ser asimilada. Antes de la aparición de estos dos mitos, el mundo occidental siempre había considerado el poder de Dios de forma colectiva. Dios habitaba en el tabernáculo de la iglesia y no ejercía una influencia directa en la vida de cada individuo. Se adoraba a Dios utilizando gestos y expresiones que denotaban nuestro minúsculo tamaña y valor. Era un ritual de protección y seguridad, y aun sigue vigente en muchas culturas. Sin embargo, en el siglo XX consideramos seriamente la increíble posibilidad de entrar en contacto con el alto voltaje de Dios. En estos dos mitos la humanidad dice: “Tal vez a Moises se le prohibió que viera directamente a Dios, pero yo lo haré.” Comprender estos dos mitos es comprender el dilema de la sociedad moderna. Un auténtico mito permite tomar el pulso a una cultura entera, descubrir sus características y su destino.” Robert Johnson. “Aceptar la sombra de tu inconsciente.” P. 53

Estos mitos vertebran la cultura moderna y nos muestran el camino de la lucha de los opuestos y cómo la integración de ellos es su superación. La tensión u oposición es el estado de lucha, alienación, escisión, separación, la integración es la paz. Pero, si nos ponemos a pensar un poco, no hemos conseguido la integración de los opuestos que estos dos mitos nos ofrecen. El amor romántico nos lleva al fracaso en la mayoría de los casos: separación o asumir que el otro se nos hace insoportable, pero es más cómodo seguir así. Es decir, no aprendemos la verdad del otro, ni nuestra verdad a través del otro.  No somos capaces de bajar el amor divino a lo humano. La proyección que hicimos no ha sido capaz de ver a dios en el otro, ni de ver nuestra divinidad en el otro. Esa es la experiencia de Dios. La aceptación del otro como otro yo.

Y, en cuanto a la búsqueda del Grial, creo que se ha transformado en el mito de Prometeo. La conquista de el Grial se ha convertido en el conocimiento científico técnico. Y, en lugar de integrar lo otro lo que estamos haciendo es reprimirlo a través de la dominación técnica. No vemos a Dios en lo otro, la naturaleza y el universo, no nos reconocemos en lo diferente, que es nuestra mismidad, sino que lo intentamos someter y dominar. Y en ese proceso de sometimiento de la naturaleza va implícita su destrucción y, de paso, la nuestra. De modo que es necesario volver la vista a nuestros orígenes. Ayer tuve una visión en la que preguntaba sobre mi naturaleza. La respuesta vino por la propia destrucción que yo había causado (se me mostraron partes de mí pasado), pero esa destrucción era la naturaleza de la humanidad que se me presentó como un gran monstruo tecnológico que iba destrozándolo todo a su paso. Esto es, si queremos trascender nuestra alienación, hemos de asumir nuestro poder, pero no como forma de destrucción, sino de ser capaz de retornar a nuestra esencia, que es la misma que la de la naturaleza. Después se me ofreció tocar un árbol y allí noté toda su fuerza y todo su sufrimiento. El árbol me unía a la historia de la tierra, me disolví en todo lo que es el árbol, la tierra y el universo. Una luz verde nacía del interior del árbol y lo invadía todo. Mi yo se disolvía en todo lo que compone el universo y su historia, Es decir, que la enseñanza de esto es que el poder es la gran tentación que tiene el hombre, dominar está en su naturaleza. Pero su dominio es por medio de la destrucción. La sabiduría reside en la aceptación de que somos parte de lo otro; es decir, que no somos dominadores y todo gira a nuestro alrededor (antropocentrismo), sino que somos seres de la naturaleza que deben, en su conocimiento y sabiduría, estar en equilibrio con ella (ecocentrismo y cosmocentrismo.) Y ahí está nuestra visión o experiencia de Dios. Dios es un nombre que tiene muchas connotaciones culturales, prefiero llamarlo el Ser, o Todo Lo que Hay.

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“Si tenemos una intensa experiencia de una mandorla (figura cristiana de la Edad Media, que representa una unión de los opuestos) ¡qué gozo sentiremos!, podemos estar seguros de que será breve. Después deberemos regresar al mundo de las dualidades, del tiempo y el espacio, para reanudar nuestra vida cotidiana. La sombra vuelve a cubrirlo todo, y se necesita una nueva experiencia de transformación. Los grandes personajes de la historia sólo tienen destellos momentáneos de plenitud y ellos regresan rápidamente al mundo del enfrentamiento ego-sombra. Un proverbio hindú dice lo siguiente: Aquel que piense que está iluminado, es seguro que no lo está.” Robert Johnson “Aceptar la sombra de tu inconsciente.” p. 90

Exactamente, pero cada vez que se tiene esa experiencia se vuelve al mundo de la sombra y la dualidad con menos sombra y con el potencial de reducir la sombra de tu alrededor. Dejas de proyectar, de juzgar. Por eso, esa transformación, ese renacer interior es un trabajo interior espiritual que aumenta el nivel de consciencia y nos lleva a la integración de la sombra o el inconsciente colectivo, por tanto, a la disminución del odio, la guerra, la destrucción del planeta y la autodestrucción. Sin transformación interior no hay revolución. Y esa transformación interior no viene de un mirarse el ombligo, sino de verse, sentirse y ser en el sufrimiento del otro.

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Jaja, menuda pregunta, cómo vamos a saber lo que somos y menos desde el punto de vista de la ciencia. La ciencia estudia objetos, entonces el objeto de estudio y lo estudiado coincide con lo cual nos encontramos una paradoja. Por otro lado, el conocimiento científico es conocimiento de objetos, no de la cosa en sí o la realidad. Pero, en fin, estas son limitaciones del conocimiento científico. Tampoco tiene que venir la ciencia a decirnos que somos emocionales. Evidentemente, Aristóteles se equivoca, o no tanto, cuando dice que el hombre es un animal racional. Digo que no tanto, porque no es lo mismo lo que quería decir Aristóteles con racional, que es algo que está unido al corazón (razón cordial, que lo llama Adela Cortina), es decir, no hay elección sin emoción, que lo que entendemos hoy en día, desde el Renacimiento para acá, por razón, que es la razón mecanicista, matemática y reduccionista, que hizo posible el surgimiento de la ciencia, pero que cometió el error, que, por lo demás, se ha convertido en creencia, de pensar que lo real es la verdad científica. Esto es demostrado como error desde el mismo Kant, que buscaba un fundamento de la verdad científica y de lo que se puede conocer científicamente. Y, ciertamente, hay un conocimiento universal y necesario que es el que nos proporciona la ciencia, pero no es el de la realidad en sí, sino el de los objetos. Y los objetos surgen de la constitución del sujeto universal del conocimiento. Un sujeto a priori que constituye el objeto. Pues bien, este sujeto, con sus conceptos puros a priori y sus formas puras de la sensibilidad y esquematismos de la imaginación, constituye al objete. Es, pues, condición de posibilidad del conocimiento, pero, a la vez, límite, del mismo, porque constituye al objeto desde la forma a priori y, entonces, la realidad en sí se le escapa. Hasta ahí está todo muy bien, lo malo es que la ciencia y el positivismo científico, una ideología que se desprende de una pseudofilosofía, la de Comte y se retroalimenta con la revolución industrial y el éxito del dominio de la naturaleza por medio de la ciencia, pues confunde el objeto con la realidad…

Cuando se usa razón en el mundo griego, es Logos, y el Logos es lo común a lo distinto, lo que sustenta el orden y hace que lo que Es sea Ser, Cosmos, no Caos. Y, entonces, no se divide al hombre entre lo emocional y lo racional, van unidos. Sólo hay que ver el mito del carro alado de Platón o la Ética de Aristóteles, o de los estoicos y demás helenistas. El mismo Epicuro decía: “Más bella que la filosofía es la Prudencia…” Por otro lado, tenemos una joya en la modernidad, en la que vemos, claramente, cómo la razón y los afectos van unidos, y ésta es la Ética de Spinoza, curiosamente subtitulada: demostrada según el orden geométrico. En el capítulo V se nos dice que el tercer género de conocimiento es el conocimiento de Dios o naturaleza y ese conocimiento es el “Amor intelectual de Dios”, no es nada racional, por cierto, sino, místico. De ahí que el renombrado neurofisiólogo Antonio Damassio se haya fijado en la ética spinozista como hoja de ruta para la investigación científica de los sentimientos y emociones.

Por lo demás estoy totalmente de acuerdo con lo que expones de la teoría de la disonancia cognitiva, pero tampoco es nada muy nuevo, si no, expuesto científicamente, no por ello más verdadero. La ciencia es lo que puede ser falsado, o lo que encaja en un paradigma.

Y, por último, coincido contigo, somos emocionales, pero, cuidado, nuestra emoción está unida a la razón, es más son indisolubles. La emoción es discernimiento, lo cual es una propiedad atribuida a la razón. Lo que no somos es computadoras, ni reptiles, con un cerebro meramente reptiliano o límbico. Cuidado con las exageraciones por ambos lados. Muchas gracias por tu aportación. Un saludo.

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Efectivamente, después de tantos años y tantas vueltas, de tantos libros leídos y escritos, de tanta reflexión y activismo. Pues al final estamos convencidos de que la solución al problema global para superar la gran prueba de la supervivencia de la civilización es una “conversión”, nada más y nada menos. No se trata ni de más ciencia, ni de más técnica, ni de otras instituciones, ni de otros modelos políticos e ideologías, ni de nuevos dioses que sustituyan a los viejos, ni nuevos credos, ni una nueva ética. Se trata de una autoconstrucción después de la destrucción o descomposición para reconvertir; esto es, una conversión. Y eso tiene que ver con lo íntimo y con lo universal de la naturaleza humana. Me alegro coincidir con mi amigo Jorge Riechmann.

“Quizás el único objetivo que cabe proponerse es el de ser santo.

Cuidado, no estoy diciendo ser yo un santo…en la misma medida que yo creyese ser o poder aproximarme a ser un santo estaría alejándome de ese objetivo (el viejísimo pecado de soberbia que tan bien han identificado los buscadores espirituales de todas las culturas)…si buscase santidad no existiría un ego como soporte de la misma: a las notas definitorias de la santidad pertenece precisamente la disolución o superación del ego.

Así que el objetivo digno podría reformularse con “que haya santos”; o mejor todavía: que exista santidad. Podemos decir “que exista santidad” de la misma manera que decimos “que exista comunidad”: serían objetivos de rango equivalente.

Esta noción de santidad se vincula, creo, con aquella otra -tan importante para mi desde hace años- de lo “necesario imposible.” Que haya santidad: que superemos la dominación y la crueldad, que escapemos de las trampas de los fines pervertidos por los medios, que nos abstengamos de todo daño innecesario a cualquier ser vivo, que el ser humano sea sagrado para el ser humano. Eso que buscaron: Buda, Jesús o Gandhi. Nada más y nada menos. Simone Weil nos advertía: “Todo bien verdadero comporta condiciones contradictorias y, por consiguiente, es imposible. Aquel que de verdad mantenga fija su atención en esa imposibilidad y actúe, hará el bien.”

La cuestión, claro, es que para ello hace falta, de alguna manera, fracturar al ser humano y recomponerlo otra vez…”  J. Riechmann, ¿Vivir como buenos huérfanos? pp. 224-225.

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La injusticia, la desigualdad, la muerte, el sufrimiento, el genocidio y ecocidio; todo ello son producto de un estado de conciencia separada. Es esa conciencia separada la que genera el miedo y es el miedo el que nos hace atacar como modo de defensa. El miedo nos hace diferentes, nos vemos diferentes al otro y lo culpamos de nuestros males. Es el miedo y la consciencia fracturada, separada y escindida la que tenemos que superar. Pero, para ello hay que pasar a la consciencia transpersonal o transegoica. El ego, el yo, es una construcción cultural y biográfica, no es ninguna realidad ontológica y su fundamento, para poder seguir existiendo, es el miedo y ese miedo se llena con prejuicios ideológicos, religiosos, políticos que lo mantienen separado del otro. Pero esa separación, al fundarse en el miedo, genera el odio y al producir el odio, genera violencia y exterminio del otro. Y, desde el miedo y el odio, como bien señalan todas las filosofías sapienciales y mi querido Spinoza, el otro es inaccesible, pero necesario para mantener nuestra existencia mientras seguimos odiando nos identificamos con ese yo que odia y los contenidos que le damos: políticos, ideológicos, religiosos, raciales,... Si queremos encaminar los pasos para evitar, en lo posible, el ecocidio y genocidio en el que ya estamos es necesario trascender el ego, el yo, meramente cultural, y pasar a una consciencia expandida o transpersonal en la que, sin perder nuestra autonomía, individualidad y libertad, seamos fraternos, es decir, nos reconozcamos en la humanidad y, aún más, en la naturaleza. Cuando veamos lo común y se disuelva nuestra consciencia de diferenciación, entonces caminaremos hacia un mismo fin y el otro será no mi enemigo, sino mi espejo en el que me reconozca, para bien y para mal. En definitiva, siempre para bien, porque será una forma, la única, de autoconocimiento y posibilidad de transformación. Porque el conocimiento de sí mismo es a través de los demás y el de los demás a través de sí mismo.

“No hace mucho, un amigo chileno me contaba que, cuando fue a visitar a algunos parientes aymaras, de los pocos indios que quedan en el norte de Chile, se apresuraron a decirle: "Por favor, no nos impongas tu idea europea de felicidad".

En ese nuevo estado de conciencia, al que accedemos por la meditación, el Todo predomina sobre las partes y el otro, cualquier otro, es percibido como lo que es en realidad: no-diferente de mí. Sólo esta nueva conciencia hará posible una nueva ética. Nuestro problema básico no es técnico ni económico, sino espiritual.

Tiene toda la razón Jesús cuando dice que cualquier cosa que hagamos a los demás se la hacemos a él (Mt 25, 40). Y se la hacemos a Dios y nos la hacemos a nosotros mismos. Jesús hablaba desde esa nueva conciencia donde "El Padre y yo somos uno" (Jn 10, 30). Porque cuando no hay "yo", se es la realidad entera. Sin duda, Jesús vio a todas las personas como a sí mismo, a todos los seres humanos como parte de él. Y de este mismo modo lo han vivido y lo han visto los místicos de todos los tiempos.” Enrique Martinez Lozano.

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El ser humano ha perdido la esperanza, luego se ha quedado sin futuro, ha borrado, tergiversado y olvidado el pasado, luego ya no tiene presente. Pende de un hilo en el abismo. Digamos que es como si hubiese perdido pie y está con el agua al cuello. Nietzsche dijo que el hombre es un puente tendido entre la bestia y el superhombre. Pues nos hemos quedado sin puente porque no hemos conservado lo que tenemos de bestia (naturaleza), sino que hemos arremetido contra la naturaleza y no hemos sido capaces de trascender nuestra egoicidad, por eso el superhombre, el ser transpersonal y transegoico, anunciado ya en la época axial, se nos va de las manos, pero es a lo único que nos podemos agarrar.

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“De nada sirve hacer filosofía si no puede ayudar a curar los males individuales.” Epicuro.

Y curar los males individuales es curar los males sociales. El pensamiento de Epicuro es de una gran actualidad. De lo que se trata es de perseguir la mesura, no el placer desmedido ni la hybris (desmesura) descontrolada y dominadora. El placer es la felicidad. Pero el placer está en lo pequeño, en los placeres naturales y necesarios y estos, escasos, pues, de lo contrario, se vuelven objeto de deseos. Es un placer ascético, digamos. Y luego están los placeres de la contemplación. Hemos de cultivar estos placeres: el del conocimiento por el mero hecho de conocer (admiración, maravillarse…), el de las artes y el de la mera contemplación estática o en comunión con la naturaleza. Una ética y antropología para un momento histórico que se nos presenta como el final de la civilización. Una ética que apunta al espíritu y sus placeres y no al placer de dominar y poseer lo material.

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“De eso trata el chamanismo, de llevar luz y vida a los lugares oscuros. Una vez que enciendes una pequeña luz, se expande inevitablemente. La luz trae calidez, la calidez trae vida, la vida trae conciencia, la conciencia trae conexión, la conexión trae una visión más verdadera de la realidad. Una visión más verdadera de la realidad trae paz mental y la paz mental trae amor. Y por supuesto, el amor es espiritualidad”.

 

Baghramian, Arvick. La magia del chamanismo (Spanish Edition) (p. 124). Guid Publicaciones. Edición de Kindle.

Somos canales y estamos llenos de canales. Hay que estar conectado a todo (exterior e interior, es lo mismo) a través de lo que se llama el canal mundo. Es una visión chamánica que es más pictórica que las abstracciones de UCDM. Debemos desviar nuestra atención hacia ese canal que nos hace sentir el mundo.

No se trata de decir: soy la flor; sino de sentir ser la flor. Es decir, desaparición del ego y del entendimiento y el pensamiento. Eso es lo que nos permite el canal mundo: unirnos a todo. Lo mejor es probar con los seres de la naturaleza: animales, plantas y rocas. Y, también con los elementos.

 

“La salud es mantener la comunicación con animales, plantas, minerales y estrellas. Es conocer tanto la vida como la muerte y no ver ninguna diferencia entre ellas. Es la mezcla y la fusión, la búsqueda de la soledad y la búsqueda de compañía para entender las muchas personalidades que uno tiene. A diferencia de las nociones más “modernas”, en las sociedades chamánicas la salud no es la ausencia de sentimiento y no es tampoco la ausencia del dolor. La salud es la búsqueda de todas las experiencias de la creación y darles vueltas una y otra vez, sintiendo su textura y múltiples significados. La salud es ir más allá del estado de conciencia individual de uno mismo, para experimentar las ondas y las olas del universo.”

 

Baghramian, Arvick. La magia del chamanismo (Spanish Edition) (pp. 137-138). Guid Publicaciones. Edición de Kindle.

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La soledad es la puerta abierta hacia la comunión entre todos los seres.

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“Sólo tú puedes tomar la decisión adentrarte en la senda del corazón,….Tu vejez te ayudará a recordar que nada es más importante. Después de todo, no posees nada excepto tus propios impulsos internos. Tus percepciones son la única cosa que realmente te pertenece. Quizá sólo la vejez relativiza la importancia que das a las opiniones de otras personas, y te permite darte cuenta que la cosa más importante que puedes hacer es dar valor a lo que percibes y sientes. Si tu camino no tiene suficiente corazón sufres, y en el fondo tienes la sensación de vivir sin sentido.”

 

Mindell, Arnold. El Cuerpo del Chaman: Un nuevo chamanismo para transformar la salud, las relaciones y las comunidades (Spanish Edition) (p. 161). DDX Expresiones de Democracia Profunda. Edición de Kindle.

Cuando aquí se nos habla del corazón es nuestra intuición, pero no esa intuición intelectualizada, sino la intuición como un sentir profundo que nace de dentro cuando suspendemos los juicios, cuando eliminamos de todo nuestros pensamientos todas las ataduras, todos los prejuicios (los que podamos, se entiende, lo ideal es todos, claro.) La vejez es una gran maestra que hoy en día está absolutamente desprstigiada. La vejez nos enseña que nada importa demasiado, o más bien, nada. Cuando la muerte es cercana, es palpable, es una evidencia, entonces suspendemos el juicios sobre los demás y sobre nosotros mismos y nos dejamos sentir, dejamos a un lado los prejuicios del entendimiento y de las comparaciones y empezamos a ocuparnos de lo importante, es decir, de lo que nos teníamos que haber ocupado antes. Pero estamos hechos así. Si a lo largo de nuestra vida escuchamos el sentir de nuestro corazón, pues lo mejor es no abandonarlo, de lo contrario, nos daremos cuenta que nada tiene sentido, porque el sentido reside en lo que se vive desde el corazón. Lo ideal sería, ya lo decían los griegos, unificar nuestro corazón con nuestro intelecto, no había que esperar a estos de la inteligencia emocional y tal…Para Platón el alma es la armonía entre la razón y las emociones. Para su discípulo, la Prudencia (sabiduría) rige la vida moral y esa sabiduría es la unión entre las virtudes morales: valor, templanza,…) y las intelectuales (Ciencia y Filosofía)

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Y, de repente, contemplé una bola de cristal. La bola era el universo y un gran ojo que se reflejaba en la bola me miraba a la misma vez que yo la miraba. Después era yo el que me había introducido en la bola de cristal, el Universo, a través de su mirada y, de pronto podía contemplar todo lo que había dentro y a mí mismo, todo se hizo inmensamente grande, inabarcables, todo tenía una enorme plenitud de Ser, y “yo” lo percibía todo y todo me percibía. Hasta que me di cuenta de que infinitos ojos me miraban como desde fuera del cristal de la bola, del Universo, pero, a su vez, mi mirada se reflejaba en esas innumerables miradas. Era lo mismo ver que ser visto. Y, como si alguien sostuviese la bola, unas enormes manos, se soltaron y la bola cayó y cayó por una interminable oscuridad como la nada, no era un caer, sino un no estar, No Ser. Y se estrella contra un suelo negro absoluto, o, símplemente, estalla y se hace miles de millones de pedazos, miles de millones de bolas. Y mi mirada está en cada una de esas bolas que puede verse a sí mismo y a las demás y observa que las demás la observan, la ven, la sienten. Todas son distintas, pero son la misma. Y todo está siendo observado por un Testigo, que a su vez se funde con lo observado en un sentimiento de plenitud, de gracia, de bendición. Y en esa eterna fusión tiene lugar el fin de la dualidad.

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“El chamán desarrolla tres dones que adquiere a lo largo de sus iniciaciones. Todos juntos le ayudan a liberarse de la idea del tiempo lineal y del miedo a que se agote, y a sentir su inmortalidad. El cerebro prehistórico tan solo entiende el hoy, no el futuro. Funciona en presente de indicativo. El nuevo cerebro, en cambio, abarca pasado y futuro, incluida la clase de tiempo descrita por los físicos cuánticos, que crea túneles atrás y adelante como los gusanos. En las tradiciones chamánicas a esta experiencia del tiempo se la denomina “infinito.”

Los tres dones son: el de la valentía, el de la paciencia y el de la sensatez, los cuáles te permiten ir más allá del mundo de los depredadores y las presas, donde el tiempo es un artículo de lujo que siempre escasea. Estos dones te proveen de todo el tiempo del mundo y te garantizan la libertad necesaria para dejar de preocuparte por el transcurrir del tiempo. Evitan también que te pierdas en los dramas y traumas del pasado, o en los sueños sin cumplir del futuro, poniendo, totalmente en línea las capacidades del neocórtex.” Alberto Villoldo. “La Iluminación. Sanación de los chamanes.”

“La necesidad de arreglarlo todo “ahora mismo”, está arraigada en la incapacidad para sentir la perfección en la esencia de las cosas. Añorar un lienzo enorme cuando tienes otros pequeños disponibles, en cualquier momento, no es excusa para no pintar. Desear la paz en el mundo no es excusa para ser desconsiderado con tus vecinos. La sensatez hace que dejes de personalizar los problemas y te erige como noble salvador.

Todas las grandes tradiciones de sabiduría tienen el concepto del observador que no se identifica con nada de lo que sucede, que tan solo observa, ya se trate de una tragedia o de una comedia. La imagen del anciano sabio que chasquea la lengua ante la locura humana nos enseña que debemos mantenernos alejados y ver cómo se dirige la vida a sí misma con una pequeña ayuda de nuestra parte. Como le dijo Krishna al reluciente guerrero Arjuna en el Bhagavad Gita, no podemos triunfar en la vida o en el sendero espiritual evitando los retos y sin actuar. Debemos participar en la vida conforme a nuestra naturaleza, pero con indiferencia -sabedores de que algo mayor actúa a través de nosotros- identificándonos con la obra que se desarrolla ante nosotros como si fuera la única realidad.” Alberto Villoldo. “La Iluminación. Sanación de los chamanes.”

Los tres dones y virtudes que debemos cultivar son la valentía, la paciencia y la sensatez. Aquí se hace mención a la última, la sensatez, que es la sabiduría misma. Es la aceptación de lo que es, sin identificación, ahora bien, sí con acción. Es necesario actuar. Hay que reconocer que la vida misma y el camino espiritual está lleno de obstáculos y dificultades y que es necesario ejercitarse en la paciencia y ser valientes, no esconder la cabeza debajo del ala, no recluirse en el narcisismo egoico, ni en la soberbia espiritual…sino contemplar lo que Es, desde la humildad y el amor universal, dejar que las cosas ocurran, con desapego, pero, no sin acción. Aquello que nos dice el taoísmo: Wu Wei, la acción sin reacción, el centro del taoísmo y de las artes marciales que surgen de esa filosofía. Hay que actuar cuando hay que actuar, pero no se debe ni notar si quiera. Porque, en el fondo, nuestro actuar, es facilitar el propio devenir natural de las cosas. Pero, lo que hacemos, generalmente, es actuar en contra del orden superior establecido, eso es locura, insensatez, cosa de necios, y, entonces, pues nos irritamos, nos aparece la ira, la envidia, el rencor y todos los demonios que encerramos dentro. No podemos luchar con ellos, tenemos que dejarlos ser, aceptarlos. Los hemos producido y desatado nosotros. Sólo con el amor los podemos tratar. El amor nos permite la acción, nos permite el trabajo de alquimia de transmutación de nuestros demonios en ángeles, o de nuestros vicios en virtudes. Cuando sintamos ira, debemos dejar que entre el ángel del amor y el respeto al otro, cuando sintamos avaricia, dejemos que entre el ángel de la generosidad. Y así con los siete vicios fundamentales, que se identificaron como los siete pecados capitales y que se corresponden con los siete chakras… y esta transmutación alquímica se hace desde el amor incondicional, ésa es la piedra filosofal, el secreto alquímico.

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“Tú no eres un diagnóstico. No eres una imagen por resonancia magnética. No eres una biopsia. Eres una manifestación viva del Espíritu. Eres un milagro vivo.” Dr. Villoldo. “Las milagrosas herramientas con las que curan los chamanes.”

Esto resume lo que es el chamanismo y su práctica: la sanación. Somos Espíritu, no nos reducimos a la idea que tenemos del cuerpo. Una de las ideas que tenemos del cuerpo es la que la ciencia nos da. No es que sea falsa, ni que no exista, sino quie no nos reducimos a ella. Es una perspectiva, pero no toda la realidad. El problema es el de la creencia. Cuando nos identificamos con el diagnóstico, nos convertimos en él, creamos nuestra enfermedad, entonces estamos en manos de la enfermedad, nos hacemos duales. La enfermedad es un proceso de la vida, como la misma muerte. La enfermedad dice más que lo que nos dicen las pruebas médicas, porque estas van encaminadas a conocer el objeto, pero no todo el proceso de la vida, o el Espiritu que somos. Y todos somos manifestación del Espíritu, de la vida, del Tao, el Ser o Dios. Y esta manifestación es infinita y, en ella, está también la muerte, como transformación. Por tanto, se trata de cambiar nuestra percepción, de ser capaz de soñar con el cuerpo que sueña, es decir, de no identificarnos con nuestro cuerpo e ir más allá de él, recreando nuestro propio cuerpo como parte del Ser, o el Espíritu. Por que ahí somos unidad en comunión con lo que hay. Y no se trata de entender estas palabras, sino de trascenderlas, de ir más allá, de sentirlas, o soñarlas.

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“Las religiones, las filosofías, las artes, las formas sociales del hombre primitivo y del hombre histórico, los principales descubrimientos en ciencia y tecnología, los mismos sueños que surgen al dormir se cuecen en el anillo mágico del mito.” Joseph Campbell

El mito en un sentido amplio parece omniabardor. En última instancia lo que podemos decir es que el hombre es un ser que da sentido y la forma de dar sentido es el mito, pero el mito, en su versión restringida, es evaluado como verdadero o como falso. Es una herencia del positivismo científico, de la reducción cientificista. El mito va más allá de lo verdadero y lo falso; es más, la ciencia concebida como visión unilateral del mundo es un mito en el sentido restringido de la palabra. Pero, también lo es en su sentido más amplio. Por medio de la ciencia, de nuestra idea de dominio tecnocientífico y progreso nos forjamos una imagen mítica del hombre y del mundo. El mito está en nuestras entrañas y emerge del propio lenguaje y nuestra propia evolución neurofisiológica. Nuestro cerebro se adapta de tal manera al mundo que hemos podido sobrevivir gracias a estas adaptaciones. Hay varias etapas en esa adaptación, por señalar dos muy importantes tenemos: el cerebro llamado reptiliano, dentro de un sistema más complejo que es el sistema límbico en el que se dan las emociones. En la parte más antigua tiene lugar la caza y la huida. Es el estado de miedo y de guerra permanente, nos permitió sobrevivir, sin la huida y la caza hubiésemos muerto a manos de los depredadores. Pero también tenemos la aparición del neocortes y el lenguaje. El lenguaje, además de mediatizar la empatía del homo sapiens hizo posible la construcción del mundo, dar sentido al mundo y a nosotros mismos. El sentido del mundo viene dado por el lenguaje. El lenguaje es la base de todo sentido y, el lenguaje, nunca es la realidad, es una figuración de ésta. Es mítico. De ahí que el mito anide en todo lo humano.

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“Curar es eliminar los síntomas, mientras que la sanación funciona a un nivel mucho más profundo, tratando las causas del desequilibrio que conducen a la enfermedad. Y mientras que la cura es el resultado ideal de la intervención médica, la sanación es el producto de un viaje en el que todos los aspectos de la vida de uno se transforman, -incluso si se termina muriendo…” Dr. Alberto Villoldo. “La medicina del espíritu.”

La sanación tiene que ver con nuestro equilibrio entre cuerpo, psique y espíritu. Los tres forman una unidad y, a su vez, una unidad con los otros, la naturaleza y el cosmos. Conseguir ese equilibrio es un viaje de sanación que podemos hacer durante nuestra vida, o podemos olvidar. No es la curación médica, según el paradigma médico actual, que actúa sobre los síntomas y de forma mecánica. El objetivo de la medicina es salvar la vida, no sanar a la persona. Pero la vida y la persona son cosas distintas. La persona es el todo, mientras que la vida es una parte de la persona, generalmente referida a la vida física y mecánica. Por eso se habla de morir en paz. El fin de la vida es una vida digna, es decir, alcanzar la paz. Y, alcanzar la Paz es conseguir la armonía con el Todo, pero no de forma egoísta, sino, como comunidad de personas, como sociedad, como civilización y como especie. La sanación no se acaba en mi ser limitado, sino en el reconocimiento del Ser en los otros. No puedo sanarme si la sociedad está enferma a mi costa. Mi sanación pasa por el cuidado del otro, por querer el bien, la justicia y la felicidad de todos los seres, pero desde el corazón, desde cada una de la comunidad de células que me componen (porque cada uno de nosotros somos una multitud), no desde el entendimiento abstracto. En última instancia, la sanación es la Comunión con todo lo Real (y que cada cual le llame a eso como quiera.) Este ideal trasciende el paradigma mecanicista y determinista que rige toda nuestra sociedad y dirige todas nuestras instituciones y áreas del saber. Hemos de optar por el camino de la sabiduría y no quedarnos en el camino de la información y el conocimiento, que son imprescindibles, pero no la meta. Hemos de integrar la información y el conocimiento, que son visiones parciales, en una visión más elevada, la visión del Espíritu, que intenta comprehender a todos los seres como relación y procesos, no como cosas u objetos.

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Escuchar el sonido del silencio es escuchar la voz que susurra el universo. Si nos alejamos del ruido, del ruido exterior y del interior, conectamos con nuestro verdadero Ser. Ahí encontramos la Paz del silencio, el silencio sonoro, la forma sin forma, la vacuidad de la plenitud, la armonía de los opuestos. El fluir de todas las cosas. Nos transportamos y nos transformamos en el silencio y en el sonido arrullador del Ser.

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Hola, muy buenos días. Espero que ya hayáis empezado a procesar toda la inmensa experiencia del sábado pasado. En primer lugar, dar las gracias a todos por la asistencia y la implicación que tuvimos entre todos en la tarea que estábamos llevando a cabo. En segundo lugar, os comenté que os daría alguna bibliografía y alguna reflexión final que no pudimos hacer.

En cuanto a la bibliografía pues lo que yo recomiendo es seguir a algún autor y no mezclar demasiado, hasta que no se asimile la información, porque nos puede llevar a equívocos. Recomiendo a dos autores, más la que citó Raquel en su presentación del chamanismo. Los autores que yo recomiendo son: Maichael Harner y Eduardo Villoldo. El primero sólo tiene dos libros traducidos, lo demás está en inglés. Pero su último escrito es fantástico y recomiendo que se empiece por el final; es decir, por la práctica, para no contaminarse de las visiones que otros hayan tenido. De Eduardo Villoldo lo recomiendo todo. Y todo está en español. Claro, sus últimos libros son más sintéticos y prácticos. Sirven para iniciarse en el chamanismo de forma absolutamente directa e iniciar la autosanación y aprender la sanación, aunque esto es mejor que se deje para cuando uno haya completado en parte de sanación.

En todo caso, podéis seguir a muchos otros autores, e incluso cursos que hay en España de chamanismo esencial, (pero no es necesario) debéis usar el discernimiento, hay mucha basura y engaño, aunque se haga sin mala intención, en todo lo que es el “mercado” de la espiritualidad. Por eso, tanto lo que os puedan decir estos libros y otros, como lo que os comunicó Raquel, u os pude comunicar yo, no son más que una guía para que encontréis vuestro maestro interior. No busquéis en nadie, ni en un libro a un maestro, encontraréis a personas más sabias que vosotros, aprended de ellas, pero no os apeguéis, de lo que se trata es de ser libres, de caminar la senda del Chamán, que es la senda del guerrero, el sanador y el sabio. Hay que empezar por la del guerrero y luchar contra nuestros demonios internos, que son nuestros vicios y apegos, que proceden de esta vida o de otra, eso no tiene importancia, el caso es que los vivenciamos ahora y es ahora cuando hay que sanarlo y consisten en el fundamento de nuestra historia personal o ego. Y esa sanación no es el fin, no es más que el comienzo para que os trascendáis y abandonéis vuestra historia personal y seáis consciencia transpersonal y una con la Naturaleza, el Ser o el Espíritu. Buscad el silencio, a través de la meditación, o en contacto con la naturaleza, y en la soledad. Dedicad tiempo a la soledad, el silencio para que se reinicie el Despertar de la consciencia que empieza por la recapitulación: el recuerdo de vuestra vida. Haced ese ejercicio.

Buscad a vuestro animal de poder, o animales de poder, y dejaros que os guíen. Pedid consejo, para ello deberéis tener apertura, confianza y dejaros llevar. Da igual como los llamemos: energía, inconsciente colectivo, reacciones bioquímicas del cerebro, espíritus, no importa, eso es cuestión de palabras. En realidad, tienen existencia y la capacidad de interactuar con nuestro cuerpo físico a través de nuestro cuerpo energético o de luz. Y así podemos seguirlo y trascender hasta la Fuente. Invocad a vuestros guías y ancestros, que os lleven a reconocer vuestros demonios interiores y a sanarlos. Son seres de luz que ya se han purificado, solo transmiten lo que son y lo que somos, nos ayudan a recordar lo que somos, seres de luz. Y la Luz es el amor incondicional. Limpiad vuestros chakras de todo lo negativo y expandid el chakra del corazón. El objetivo no somos nosotros, eso es narcisismo, el objetivo es la humanidad. En un principio, el chamán cuidaba de la tribu, el clan; ahora la enorme misión del chamán, junto con muchas otras personas por distintos caminos, es cuidar a la humanidad, sanarla, ponerla en contacto con su verdadero Ser, pero esto no lo podremos hacer si antes no nos hemos reconectado nosotros y, con ello, hemos transcendido nuestra consciencia egoica. Para ello hay que aprender a amar. Y amar es olvidarse de sí mismo, para ser Sí Mismo: Uno. Equilibrad el corazón con el cerebro. En realidad, son uno, pero el desarrollo de la cultura y nuestra biografía los han separado, nuestra tarea es unirlos. Y estad siempre agradecidos, no carecemos de nada. Cuando caigáis en el sentimiento de carencia, que os lleva a la tristeza, el sufrimiento y el dolor, transmutar la tristeza en alegría por medio del amor. Mirad qué es lo que os hace estar tristes. Es un apego, seguro, que genera una emoción negativa y que procede de un trauma de esta vida, o incluso de la gestación u otra vida. No penséis las sucesivas vidas en la línea del tiempo, el tiempo lineal es una construcción psicológica, no existe, pero es una creencia persistente. Todas nuestras vidas se dan de una vez en la eternidad, son formas de manifestarse el espíritu y a través de esas manifestaciones, autoconocerse.

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La meditación sobre la muerte es la meditación definitiva y única. Nos saca de la concepción lineal del tiempo, de la identificación con el ego y nuestra historia personal y nos traslada a la mirada desde la eternidad. O desde el tiempo cíclico. Entonces adquirimos la mirada del águila, que dice el chamanismo, o la mirada del sabio. Ya no hay apegos una vez que hemos muerto para renacer en el Espíritu.

Al que no le guste la meditación sobre la muerte es el que más necesitado está de ella porque es el que más atado está a su ego y su historia personal, el que más apego tiene. Así que no está mal, aunque nos pueda costar, empezar a meditar sobre la muerte. Estamos muriendo desde el momento en el que fuimos concebidos. Pero si miramos con más amplitud, la muerte nos lleva a una consciencia más amplia de nosotros mismos que no se ciñe al yo egoico, sino a la consciencia pura e infinita. Por eso, meditar sobre la muerte nos lleva a la vacuidad, la impermanencia y el desprendimiento del ego.

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El tiempo, una puerta que se abre y se cierra. La eternidad. La transformación de la crisálida en mariposa en un instante. El tiempo se encierra en el Despertar. Despertar que procede de la transformación, de la alquimia interior. De trascender lo inconsciente a lo consciente. El tiempo es el viaje interior que hacemos en el que salimos de un sitio para volver a él siendo otro, y habiendo dejado de ser todos los que somos, o creíamos ser. Un viaje que nos lleva hacia el infinito insondable del Ser, a los confines de lo que hay, sin moverse, porque el infinito tiene el centro en todas partes y el límite en ninguna.

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"Adentrarse en el Alma Ancestral es adentrarse en la memoria. Odín, una de las figuras clave de la tradición chamánica del Norte de Europa, se da cuenta de que para descubrir quiénes somos de verdad, tenemos que beber del pozo de los recuerdos, pues si bebemos y nos adentramos lo suficiente en ellos, podemos recorrer hacia atrás todo el camino de nuestro linaje ancestral hasta llegar al inicio de los tiempos, al momento en el que se originó ese misterio al que llamamos Vida." Jez Hughes. "El corazón de la vida. Iniciación y curación chamánica en el mundo moderno.”

Al fin y al cabo se dice lo mismo desde el chamanismo nórdico que lo que dice Jung, que, a su vez es lo mismo que la sabiduría griega del conocete a ti mismo o la autoindagación. El conocimiento del alma ancestral nos lleva al conocimiento de que somos Uno, pero con una particularidad. Somos Uno y diversos. Vamos de lo singular a lo universal y no se puede olvidar nuestra singularidad. de ahí el hincapié que hace el chamanismo en el enraizamiento en la tierra y en nuestros ancestros.

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La tristeza es una idea inadecuada de nuestro Ser, una falta de conocimiento. Conlleva un apego, un sentimiento de carencia. Se está triste porque se considera (o se quiere) poseer algo que no se posee, ni tiene por qué poseerse. De ahí la sensación de carencia. La tristeza deviene, pues del amor mal entendido, de la creencia de que aquello que nos apetece es nuestro. A la vez que esclavizamos a aquello que nos apetece, (cuando es el caso de una persona) nos esclavizamos nosotros. Esa tristeza es el fundamento del amor romántico (y de todo amor limitado e interesado), que es un amor posesión. La tristeza disminuye la potencia y el poder del alma, nos enajena. Frente a la tristeza tenemos la alegría. Ésta es expansiva, no quiere, ni pretende, poseer, se transmite a los demás seres de la naturaleza, humanos o no humanos, se desborda. Por eso la alegría aumenta nuestro contento de Ser, nuestra potencia de Ser. La alegría engendra la perpetuidad en la Unidad, mientras que la tristeza, engendra la autodestrucción. La alegría se da en la eternidad, la tristeza, en el tiempo. Tristeza y alegría son opuestos y se necesitan en la armonía cósmica, no conoceremos la alegría sin la tristeza, pero la tristeza es lo que tenemos que aprender para llegar a la alegría. Y siempre, en la parte limitada, finita y física de nuestro ser habrá un punto de tristeza en la alegría a pesar de haberla podido trascender. Sólo el amor de Dios, o el Ser, o la Naturaleza,… nos da la perspectiva de la eternidad y el conocimiento de nuestro Ser ilimitado. No obstante, en una realidad que consiste en un equilibrio de opuestos, en la que no existe dualidad, es imprescindible sentir la ira, la vergüenza, la rabia, la tristeza, la belleza, la cordialidad, la generosidad. No podemos negar las emociones o afectos del cuerpo son parte del autoconocimiento de Dios, y es el amor hacia ellos el que obra la magia de la alquimia. La negación sólo nos lleva, o al materialismo, o a la represión, o a una enajenación espiritual que niega el cuerpo (narcisismo espiritual.) Es el sentir en el cuerpo lo que nos lleva a lo universal. ¿Cómo podríamos aprender el desapego si no hemos vivido, sentido, amado y aceptado ese apego? Es necesario sumergirse en lo que el cuerpo nos dice y aprender de ello para poder trascenderlo, que no eliminarlo, ni integrarlo. Todo es luz y es la lección que hemos de aprender, puede doler, pero hay que abrazar el dolor, sin caer en el narcisismo, evidentemente. Desde la aceptación.

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Agradecer es la forma de acceder a la unidad que somos. El agradecimiento es la puerta de entrada a la visión desde la eternidad. El agradecimiento nos une a todas las criaturas en la esencia común que somos. A través del agradecimiento olvidamos nuestra historia personal, nuestra separación, dejamos de identificarnos con la pesadilla que hemos creado a partir de nuestras creencias que se convierten en ideas limitantes que nos construyen. El agradecimiento nos permite soñar desde el Ser, trascendiendo nuestra particularidad. Agradecer es tomar consciencia de nuestra comunión con todo lo real.

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La esperanza podríamos decir que es una virtud a medio camino o un camino hacia la realización y el estado de Gracia. La gracia, la beatitud es la forma suprema de la virtud por la cual conocemos a Dios, la divinidad, la luz, el Espíritu,…de forma directa e inmediata, a la vez que es un autoconocimiento. Una identificación, un recuerdo de quiénes somos, de nuestro Ser real viviendo una experiencia material. Por eso la esperanza se sitúa aún dentro del tiempo, mientras que la gracia, o el amor a dios, que diría Spinoza, se da en la eternidad (ausencia de tiempo), de ahí su inmediatez. Pero la esperanza es necesaria y anima y alumbra la búsqueda, porque es una potencia del alma. Produce alegría, ahora bien, es necesario el coraje para mantener la esperanza y no caer en la desesperanza, en el miedo, la tristeza y la desidia que ensombrecen el alma y eliminan su potencia. La esperanza es soñar y para soñar hace falta valor. Pero cuando el sueño se da en la eternidad, entonces es pura espontaneidad. En tal caso es cuando estamos en el estado de Gracia o beatitud. Y esto es nuestro Ser, por ello todo consiste en recordar y recordamos a partir de la facultad de ensoñar con valor. Y para ensoñar con valor es necesario desidentificarse de todos los roles que uno tiene o ha tenido; es decir, eliminar nuestra historia personal o el apego e identificación que a ella tenemos.

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Nuestro problema es que no sabemos quiénes somos. El asunto es el olvido. De ahí que nuestro sentimiento es el de carencia y separación y que el problema sea un problema de conocimiento. Y, por eso, UCDM, nos dice que de lo que se trata es de cambiar nuestra percepción. Y, cuando cambiamos la percepción, no nos percibimos como el yo que creemos ser, el yo físico, psicológico y biográfico. No nos identificamos con él. Mientras nos sintamos identificados con el ego, sufriremos, nos sentiremos especiales, culpables, víctimas o salvadores. No nos habremos redimido de nuestra historia personal. No habremos expiado ni practicado el perdón. Pero cuando nos reconocemos en el Ser que verdaderamente somos, se acabó la escisión, la soledad, el sufrimiento. Nos reconocemos como la divinidad que somos. De lo que se trata es de creer con intención. Cambiar nuestra percepción es aplicar, como dice el chamanismo, la segunda mirada, es decir, ver desde el Espíritu y no desde el ego. La arrogancia del ego es la arrogancia del ignorante; es decir, la de no reconocer que hay más de lo que su mente ha fabricado para sobrevivir.

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Estar en el mundo, pero no Ser del mundo. Esto es el estado de Iluminación o Despertar. Es la Paz en el mundo porque no hay identificación con ningún papel, simplemente, se Es. Se está, porque es la forma que tiene el Ser de experimentarse. Pero esa experiencia o autoconocimiento nos enseña la autoliberación. Desde que nacemos tenemos una gran lección que aprender, vivir las pasiones, afectos o emociones, para liberarnos de su servidumbre, no para eliminarlas. La liberación de la servidumbre de los afectos es la Alegría suprema, la vuelta a casa, al Hogar, el reconocimiento y recordar de nuestro Ser. De ahí que podamos seguir estando en el mundo, las apariencias, los entramados del ego, pero no Ser de él. El mundo, tal y como se nos presenta, es una fabricación del ego, es una falsa percepción. Hay que cambiar la mirada para trascenderlo, no para ocultarlo y autoengañarnos. El viaje es necesario. Es la única manera de aprender quiénes somos realmente. Y no podemos ocultar el mundo porque, en realidad es sabiendo mirar al mundo y a todos sus seres: piedras, plantas, animales y hombres, como nos reconocemos en el Ser.

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El apego al ego es la implicación en nuestra historia personal. Es la creencia de que somos lo que es nuestra biografía. La cuestión para trascender esta dualidad y conseguir la Unidad y nuestro reconocimiento de quiénes somos es la de reconocer quiénes no somos. A lo largo de la historia hay una serie de arquetipos (universales) que funcionan para todo el mundo con los cuáles se identifica. Son de esos arquetipos de los que nos tenemos que desidentificar. Hay muchos, tanto universales, como particulares (de la biografía individual), pero los tres que anuncio son los más generales y permean toda nuestra vida. Sería importante ser capaz de identificarlos en nuestra biografía y ser capaz de trascenderlos, que, insisto, una vez más, no es ni negarlos ni integrarlos, sino de conseguir desidentificarse y hallar la armonía de los opuestos. En el fondo todo es Luz y en ello es en lo que debemos de confiar. Esos tres arquetipos son: el de víctima, el de verdugo o el de salvador. Todos nos identificamos de alguna manera con estos arquetipos, aunque siempre con uno más que con otro y, además, varía a lo largo de nuestra vida. El trabajo consiste en desidentificarse de los tres. Para ello es necesario una recapitulación de nuestra vida e identificar los momentos en los que nos hemos sentido: víctimas, verdugos o salvadores (para los que crean en la reencarnación, tienen que ver también las vidas pasadas.) La cuestión es identificar el estado y aceptarlo por medio del amor incondicional y, después, dejarlo ser. La aceptación puede ser difícil, puede que uno no admita, que se resista. Esto es señal de que está atrapado en ese papel. Es ahí donde tiene que bucear en los hechos, cómo interpreta los hechos, los juicios que hizo y que hace, sus emociones, de entonces y de ahora y, poco a poco, con amor ir aceptando y soltando (desidentificarse: eres eso, pero no sólo eso, no te identificas con ello, pero no lo niegas) Es el proceso de individuación, que llama Jung, o de hacer consciente lo inconsciente.

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En última instancia todo se reduce al miedo a la soledad. Todo apego no es más que una forma de no sentirse solo. Pero, la soledad, es una ilusión, nadie está solo porque todos y todo está interconectado, no somos cosas aisladas, sino Unidad y Unidad en relación. El problema de la ilusión de la soledad es pensar que algo o alguien llenará aquello que nos falta. El asunto, entonces, es el sentimiento de carencia, que vuelve a ser una ilusión. No se carece de nada cuando se está conectado con todo. Ahora bien, cuando se vive escindido, separado, aparece el sentimiento de carencia, soledad y, ello, produce un intenso sufrimiento y desasosiego que es el del desamparo. Todos hemos sufrido, en mayor o menor medida, este sentimiento, en última instancia es una herida que todos tenemos de la infancia, el habernos sentido solos y abandonados por un ser querido, principalmente, la madre. Pero, incluso, no siendo así, todos hemos sufrido la herida del nacimiento. Por eso todos tenemos el sentimiento de desamparo, de expulsión del paraíso, de incompletud y de vuelta al útero materno (siempre y cuando allí estuviésemos bien, que es lo normal, pero no siempre.) Así, la soledad, el sentimiento de desamparo es la expresión de nuestra desconexión con el Todo, de escisión, de conciencia egoica. Para trascender este sentimiento, primero hay que sanar la herida (identificarla, analizarla, observarla, perdonar y perdonarnos…) y después transmutar la carencia, la soledad, desde el agradecimiento y el amor incondicional. Mientras que el sentimiento de carencia nos empequeñece, el Agradecimiento nos engrandece y nos permite entrar en sintonía y conexión con todos los seres. El agradecimiento es desprendimiento y, por tanto, ausencia de apego y, ello significa, que no hay miedo. Y cuando no hay miedo es que la ilusión de la soledad ha desaparecido. Pero, si buscamos cosas o personas, en definitiva, es que estamos huyendo de nosotros mismos, de nuestra soledad, tenemos miedo y estamos bajo la dinámica del deseo. Paradójicamente, la Búsqueda es un no buscar, aceptar y Ser.

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“Cuando el padre engendró a todas las criaturas me engendró a mí y yo emané con todas las criaturas y, sin embargo, permanecí dentro del Padre.” Eckhart, Sermón, 22, siglo XIV. Nosotros ya estábamos en él, y estábamos de una forma real, verdadera, cada uno de nosotros, pensados eternamente por Dios, y pensados para volver a Él. De ahí nuestra nostalgia, nuestra pena, nuestra separación, el Alma llora, en definitiva, por la separación porque sabe que no está donde tiene que estar.

Dice Echhart: “El nacimiento del Hijo se produce de la siguiente manera: El Padre engendra a su Hijo, como a su igual, y lo engendra en mi alma, así, mi alma se convierte en una celestial morada de la deidad eterna.” Y luego, le lleva a decir una frase que ha sido una de las discutidas y terribles frases de Eckhart: “De que Dios sea Dios, yo soy la causa, si yo no existiese, Dios no existiría.” ¿Qué está diciendo Eckhart con esta frase que nos deja aturdidos, que nos deja sobrecogidos? Silesius, repite en el siglo XVI una frase idéntica: “Sé que sin mí, Dios no puede vivir ni un minuto. Si me vuelvo nada Él ha de entregar el alma.” Es decir, ese Dios impasible, eterno, ajeno a la Creación, no hubiera sido nunca si el alma no lo hubiera realizado como tal Dios; es en el alma donde Dios se expresa, se enamora de sí mismo, nosotros somos el vehículo del amor que Dios se tiene a sí mismo. Cuando nosotros hablamos del amor de Dios…no es un “de Dios”, de Él, sino un amor de Dios de nosotros, nosotros nos amamos a nosotros en Dios, y Dios al amarse a él, nos ama a nosotros. No se pueden separar ambos amores. Cuando esto se entiende bien, toda la explicación afectiva, hacia fuera, sobra. Porque si en el amor que Dios se tiene a sí mismo, reside el amor que yo soy, y al amarme a mí lo amo a Él porque Él al amarse me ama a mí, sobra absolutamente cualquier otra motivación para amar…

…el amor de Dios es el ser del mundo. No es algo que se le añade al mundo, no es que Dios ame al mundo, es que Dios es el amor del mundo, es su fundamento, su realidad.

Por eso, cuando el hombre busca su fundamento, allí, es donde encuentra a Dios. Por eso, el único camino posible es la interiorización, la búsqueda del fondo del alma, la búsqueda del interior del alma, donde Dios está siempre y está por esencia, está porque Él es eso, está porque está esperando a que yo sea, mientras tanto no es.” María Toscano y Germán Ancochea. “Místicos neoplatónicos. De Plotino a Ruisbroeck.” pp. 86-90

Pero, más que reflexionar, los textos de los místicos son invitaciones a la acción. Son una muestra de que el estado de iluminación es posible, que ya lo estamos, pero lo hemos olvidado. Que de lo que se trata es de recordar, o de cambiar la percepción, o salir de la caverna.

En la búsqueda espiritual se cae como en una autoflagelación. Lo primero que uno se dice es que él no puede, es un alimento estupendo para el ego, para aferrarse. No es eso, en cuanto uno comienza el camino, empieza a ver la luz, aunque a fogonazos y no puede recuperarla, se le va de las manos, pero sabe que está ahí. Entonces hay que confiar. Hay que tener apertura y reconocer a Dios en nuestro interior y en todos los seres. Para ello lo que hace falta es la interiorización. Y a esta interiorización llegamos por la meditación (oración el que quiera) y el silencio, mucho silencio y soledad. Hay que acallar el ruido externo, primero, y, luego, más difícil, el ruido interno (la mente) y saber que estás en la consciencia, en la plenitud de la consciencia. Experimentar esa consciencia siempre que podamos, cada día más, hasta que se haga habitual. Experimentar el amor como gratitud.

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Un fragmento de uno de los padres de toda la mística cristiana en el que podemos observar la comunidad que hay entre toda mística (no así en las religiones que se diferencian y entran en guerra) y, una cosa muy curiosa. Ahora que se habla tanto de desapego, pues es el camino que propone Dionisio basado ya en Platón y los neoplatónicos: Plotino, Porfirio, Proclo. Yo recomiendo bucear siempre en los orígenes. Mientras más al fondo vayamos, más nos daremos cuenta de que las cosas ya estaban inventadas y de que hay una comunidad o universalidad en lo que creemos diferente.

“Dioniso nos muestra en su Teología Mística, un camino, una forma de penetrar en esa Tiniebla Luminosa, en que acaba toda búsqueda. Tiniebla, pero Luminosa, conocimiento que se traduce en una Luz que, a fuerza de ser toda Luz, se entenebrece:

“…dejando el ejercicio de los sentidos y de las operaciones intelectuales, y no solo lo que es sensible e inteligible, sino aquellas cosas que son y aquellas que no son, para que de manera indemostrable, en cuanto es posible, puedas unirte mediante el no-conocimiento con Aquel que es anterior a la esencia y a todo conocimiento; y así, saliendo de ti mismo, y abandonando todas las cosas en un impetuoso impulso, libre y puro, seas elevado hacia los rayos de tinieblas sobre-esenciales de la divina obscuridad, después de haber todo abandonado y de haberte despojado de todo.” Teología Mística. De María Toscano. “Dionisio Aeropagita. La Tiniebla es Luz.” P. 208

Visión chamánica. Vacuidad, plenitud, luz, obscuridad. Todo es lo mismo y diferente. La armonía de los contrarios.

Mi maestro interior me muestra múltiples cosas. Un paseo por la infinitud, por el Ser. Recalamos en un arroyo de aguas cristalinas, se sienta, me siento a su lado. Yo soy un niño, él es un anciano, pero ágil, sabio y risueño. Mira el arroyuelo y permanece serio reclamando mi mirada. Yo miro y veo el agua correr. De pronto entiendo. Soy agua…todo fluye. No somos cosas, somos procesos en relación. Nuestros propios cuerpos a los que damos un nombre y una biografía son miles de millones de seres vivos que a la vez están constituidos de miles de millones de otros seres. Un viaje hasta el infinito de lo pequeño que me lleva al infinito de lo grande, pero ya no se distingue. Lo infinito es, pero no se puede decir, ni contemplar, excede todo, sólo sentir. Cada bocanada de aire Ilumina el cuerpo con la totalidad (infinitud) del universo.

¿Quién soy yo? ¿Cuál es el referente de los contenidos de mis pensamientos? Sólo son papeles, interpretaciones, sombras. ¿Quién está detrás del yo (Juan Pedro) que pregunta? LA NADA O EL TODO, ¿Quién detrás de un pensamiento cualquiera (tú, por ejemplo) del yo (Juan Pedro) que pregunta? NADA Y TODO. Nada está en todo y todo está en nada. Eso es la vacuidad, la impermanencia, el interser.

El viejo maestro sonríe: todo es Alquimia. Todo es Luz, todo participa de la Luz, que es el Bien y el Amor. Su sonrisa es la expresión del bien y su carcajada la ironía frente a mi ignorancia y con la que me enseña.

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El final de un sueño tremendamente clarificador. Sólo cuento el final porque es lo que lo dice todo y por la contundencia que lo sentí, pues llegó a despertarme. En el sueño me encontraba en un debate con mi maestro interior, o el arquetipo del sabio, o el sí mismo, todos funcionan en la psique de la misma manera, de carácter filosófico-teológico y experiencial (es una irrupción del inconsciente en el consciente que trata de decir algo. El sueño es particular, pero cuento este final porque, aunque tenga un mensaje personal, también el mensaje es universal) El centro del debate, lógicamente era yo, en tanto que consciente, como ocurre en todos los sueños. Pero en éste no había ninguna simbología, hablaba directamente con el inconsciente y el debate termina de forma contundente. Oí y sentí las siguientes palabras por todo mi ser que dieron fin a la conversación y me desperté, pero como en un sueño lúcido, siendo consciente, del sueño. Esto es una práctica, que no he conseguido realizar, salvo en raras ocasiones y muy limitadamente, como ahora, en la que se trata de ser consciente de tus sueños, se llama el yoga del sueño y es muy practicado en el Tibet, budismo tibetano. Cuando uno lo consigue plenamente es consciente, aunque duerma, las veinticuatro horas del día. Aunque hay un momento muy interesante, que es la fase fisiológica del sueño profundo o sueño sin sueño, entonces la consciencia es de Nada, es la oscuridad no dual de la que habla el Advaita o la vacuidad del budismo. En fin, el caso es que la frase que me despertó, o con la que me desperté fue la siguiente: “Dios sólo habla a los guerreros.” Fue contundente, definitiva y con ella se acabó todo debate. Y es muy curiosa porque mezcla el cristianismo, o el concepto de Dios, no de la religión, sino en el sentido espiritual-místico, con el guerrero (chamanismo.) Y el guerrero es una de las sendas del chamanismo. Hay cuatro: el cazador, el guerrero, el sanador y el sabio. Todas van juntas, pero la que las dirige es la del guerrero, porque la del guerrero es la del valor, sin valentía, sin fuerza, no se pueden recorrer las otras sendas. Es decir, que Dios, que el camino espiritual, sólo se va a abrir al valiente, al que se atreva, al que sea capaz de dejarlo todo (desapego, o desasimiento o desprendimiento) El guerrero no representa la lucha, sino el valor, es más difícil poner la otra mejilla, que devolver el golpe. El guerrero no lucha, sino que fluye con el opuesto. Y eso es más difícil, requiere valentía. Luchar, atacar, es sentirse herido, sentir la carencia. No luchar es aceptar y la aceptación requiere valor. Sólo por medio del cultivo del valor Dios nos habla, es decir, encontramos las señales que podemos seguir en nuestro camino espiritual particular. Curiosamente el concepto de guerrero espiritual es más universal de lo que parece. En el budismo existe este concepto. Incluso hay un libro que lleva ese título: El guerrero espiritual. En el cristianismo también, el camino espiritual es simbolizado como una actividad de guerrero, como lo hemos descrito antes. En definitiva, el camino espiritual es la transmutación de nuestros demonios, vicios, a través de los ángeles. Es una guerra interior. Por eso se dice que todo hombre lleva el infierno dentro: está en guerra.

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Desmontando mitos.

Estamos en la que podemos llamar la tercera oleada de espiritualidad. La primera tuvo lugar en los años sesenta del siglo pasado con los movimientos pacifista, la liberación sexual, los movimientos antisistema, la recepción popular de las filosofías orientales, las drogas y su uso masivo… La segunda tuvo lugar centrada en el fin de milenio. Y la tercera, en la que estamos, surge a partir de la crisis económica del 2007 y alcanza su cenit centrándose en los acontecimientos previstos por el calendario Maya en el 2012. El problema de estos movimientos, independientemente de sus grandes beneficios y que ya, de entrada, son una resistencia al sistema injusto de organización social, es que no están enraizados en sus orígenes, en primer lugar (esto habría que explicarlo por extenso) y, en segundo lugar, que hay una ignorancia inmensa sobre la espiritualidad como dimensión universal del hombre y se mezcla la espiritualidad, con la sanación, la sanación con la alimentación, ésta con el culto al cuerpo, otros niegan el cuerpo, otros lo utilizan (el poder de la sexualidad), en última instancia es que al faltar conocimiento, falta libertad, porque no hay libertad sin conocimiento. Pongo un par de ejemplos:

Se utiliza mucho el término fluir, lo cual está bien. Pero está bien si el fluir se refiere al wu wei del Taoísmo; esto es, a la acción sin reacción. El fluir es la no resistencia, no el eludir responsabilidades. En muchas ocasiones se utiliza este magnífico concepto como un ocultamiento de nuestra responsabilidad, lo cual es una renuncia clara a nuestra libertad. Porque, si renunciamos a la responsabilidad nos hacemos esclavos de los deseos y confundimos deseos con el fluir, cuando el fluir es, fluir ante la adversidad, no rehuir.

En segundo lugar, el espiritualismo de gran parte de la new age es “autocentrado”, es decir, narcisista. Lo que tiene en cuenta es la salvación de uno por medio de cualquier técnica, escuela, sanación, gurú… esto, para empezar, da lugar a la pérdida de libertad, por un lado y, por otro anteponer el yo al nosotros; es decir, la espiritualidad es el paso a lo transpersonal, ahora bien, el narcisismo es quedarse en lo egoico. La espiritualidad tiene su punto de mira en la humanidad, en el nosotros, no en el yo egoico que solo se ve a sí mismo. La tarea del héroe, del guerrero es luchar contra sus demonios para estar al servicio del hombre. Esta dimensión la vemos claramente en la filosofía (Sócrates y sus segyuidores) y en las religiones: el cristianismo (la misión heroica es mostrar el camino de la salvación del hombre que reside en el interior de cada cual) y el budismo (lo importante no son los logros de la meditación, ésta, sin la compasión, no es nada, es una burbuja en la que uno se esconde. De ahí la figura del Bodhisava que antepone su iluminación a la felicidad, el bien y la paz de todos los seres del universo.

Lógicamente estos errores surgen de nuestra sociedad que es, de por sí, esclava y egoista. Ahora bien, cuando empieza a recorrerse el camino espiritual hay que analizar las ideas que nos sostienen e ir eliminando todas las que son una mentira, un engaño urdido con otros fines, generalmente, el de dominarnos y convertirnos en rebaño y extirpar la posibilidad de la soledad que es amenazada por el miedo, en lugar de ser fomentada. Ahora bien, hay una cosa importante, no habrá cambio de la sociedad mientras no se produzca el cambio en nuestro interior, un cambio individual, y éste conlleva el de la conquista de la libertad y, para llegar a ella es necesario autoconstruirse y, autoconstruirse requiere de la soledad y la autoindagación. Una comunidad humana verdadera está constituida por hombres libres que tienen como fin lo universal (la humanidad), no los límites de su ombligo.

Otro error muy extendido es el del relativismo. Es heredado directamente de la Modernidad que trae como réplica la posmodernidad. La Modernidad se alza como una verdad única basada en la razón y que se expresa científicamente. Esta verdad excluye cualquier otro discurso. Frente a este totalitarismo de la razón, con tremendas repercusiones sociopolíticas (totalitarismos, genocidios) se alza el posmodernismo que niega la existencia de ninguna verdad y lo reduce todo al sujeto individual. En tal caso lo que se nos dice es que todo vale, que no hay verdad o que todo es verdad. Que cada cual sigue su camino y su camino es tan válido como cualquier otro. A esto es a lo que se le llama relativismo. Pero, lo curioso del relativismo es que, en el fondo, es un autoritarismo, el de la relatividad de las opiniones. Es la tiranía de la opinión frente a la crítica racional que nos libera de la superstición, el error, el poder arbitrario, el autoengaño, la autocomplacencia y nos eleva hacia la libertad. Pero, claro, eso cuesta y es más fácil permanecer en la llamada “zona de confort” y no pensar, sino considerar que lo que ya se sabe, lo que le han dicho a uno, todo el bagaje del inconsciente colectivo, que ni conoce, es válido. Pues, ¡no!, esto es la tiranía de la ignorancia. Si queremos dar el paso hacia la libertad hemos de usar nuestra propia razón. Para llegar a los estados sutiles de consciencia, a la no dualidad, no podemos saltarnos ningún paso en la evolución de la consciencia, como tampoco lo hacemos para llegar a ser homínidos. Pero hoy en día existe un gran vacío emocional, del que hablaremos en otro punto, que nos lleva a agarrarnos a cualquier cosa como a una tabla de náufrago. Pero no hay que olvidar que, dicha tabla, no es más que una tabla. No hay muchos caminos, hay solo un camino, eso sí, se recorre de diferentes maneras y eso sí que depende de cada uno. El único camino es el de la Vida o la Realidad. Su afirmación y la fusión con ella es lo místico, la espiritualidad. Y esto es ya una vivencia y de la vivencia sólo se puede guardar silencio.

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La filosofía como forma de vida.

“El discurso filosófico no es filosofía…Las teorías neoplatónicas filosóficas están al servicio de la vida filosófica…La filosofía de la época helenística y romana se nos presenta pues como un modo de vida, un arte de vivir, una manera de ser. De hecho, a partir de Sócrates al menos, la filosofía antigua había adoptado este carácter…La filosofía antigua propone al hombre un arte de vivir, al contrario que la moderna que aboga en primer lugar por la construcción de un lenguaje técnico reservado al especialista.” P. Hadot, citado por Arnold Davidson en “Religión, razón y espiritualidad” p. 152

Hoy más que nunca, y como en todo momento de crisis y crítico como éste. Más bien último, pues es necesario volver a la vieja sabiduría olvidada y olvidarnos de las promesas de la pseudosabiduría que, mal o bien intencionadas, no nos curan de nuestros males, sino que nos hunden cada vez más en las tinieblas y en nuestro propio exterminio, como comunidad humana y como individuo.

La filosofía nació y se ejerció como un discurso inseparable de kla vida, era una reflexión sobre la vida y el mundo inseparable de la praxis, es decir, que de la reflexión surgía una forma de estar y ser en el mundo, así como de una forma de estar y de ser en el mundo surgía una reflexión. No había, pues, esa macabra diferencia entre lo práctico y lo teórico. Una teoría estaba llena de vida, sino no le interesaba a nadie. No se discutían teorías, es más la discusión, el diálogo, la contemplación, la ascesis, eran formas de estar en el mundo. Las teorías no estaban separadas de la vida, emergían de ella y después, al pasar por la experiencia vital, volvían a la vida modificadas, integradas, validadas, modificadas. Pero todo era una experiencia vital. La teoría no estaba separada de la vida, sino no podemos entender el propio término de filosofía. la filosofía es el amor de la sabiduría, del conocimiento. No se puede separar amor y conocimiento. Al conocimiento llegamos por el amor y, mientras más conocemos y reconocemos nuestra ignorancia, mayor es nuestro amor y agradecimiento. El conocimiento es inútil por definición, es práctico, que es distinto. Es más, es una praxis, una forma inteligente de vivir. Y una forma inteligente de vivir es entregarse con todas las fuerzas a la Vida. El conocimiento es vida y el amor es la forma de vivir el conocimiento, es entrega.

 

Libertad frente a miedo e hipocresía.

“¿Por qué la gente da dinero a los mendigos y a los filósofos no? (Le preguntaron a Diógenes) Porque piensan que algún día pueden llegar a ser mendigos pero, filósofos, jamás.” Diógenes el cínico.

Hay que contextualizar un poco esta frase. En primer lugar, Diógenes vivía en la absoluta indigencia, no tenía posesiones, salvo su bastón y su escudilla, ésta última la tiró viendo que un niño comía con las manos y dijo: “un niño me ha superado en sencillez”. Ésta era la vida de Diógenes, un filósofo admirado, tanto que, incluso el emperador Alejandro Magno fue a visitarlo para aprender de su filosofía a cambio de todas las riquezas; a lo que el filósofo respondió, lo único que quiero es que te apartes para que pueda darme el sol. Diógenes vive desapegado de toda riqueza, por un lado, nos muestra esto y que éste es el camino de la sabiduría y la libertad y, por otro, nos muestra su valor y coraje, frente al hombre más poderoso del mundo, no es que se amedrante, o le rinda pleitesía; sino que, muy seguro de sí mismo, le dice que se aparte para poder seguir tomando el sol. Alejandro Magno y todo lo que simboliza (que, entre otras cosas es lo que ha triunfado en Occidente) son prescindibles para el filósofo, porque éste, al prescindir de todo, al no necesitar de nada, al carecer de deseos, es LIBRE. La liberación es el no deseo, la ausencia de apegos. Encontramos aquí toda una línea común a toda la sabiduría perenne. Vemos que esta enseñanza, ya en Sócrates y Pitágoras, es la base y el centro del Budismo, así como del Taoísmo, el Hinduismo advaíta y la mística: Cristiana y Musulmana.

Por otro lado, en aquel tiempo, los filósofos eran personas de prestigio, muy valoradas (filósofo era el que sabía y vivía conforme a su saber, no había diferencia de especialidades, ni de teoría y práctica) que vivían muy bien bajo el amparo y la protección de los más ricos que demandaban su enseñanza. Diógenes, como muchos otros, pues elige, para alcanzar la sabiduría, el camino de la vida sencilla, sin mortificaciones, vivir con lo necesario y lo natural, lo más cercano a la naturaleza, como un perro, de ahí lo de cínico. Pues bien, en su frase, Diógenes muestra algo muy importante para la vida del filósofo, y muy difícil, por lo cual casi nadie puede llegar a serlo, pero por nuestra consustancial falta de coraje, miedo e hipocresía. Lo que nos muestra es el desapego de todo. La gente da limosna a los mendigos y no a los filósofos, ¿por qué?, pues porque cuando se da limosna no se es caritativo, ni se ejerce la fraternidad, (en términos generales, claro) sino que se actúa bajo otra emoción o sentimiento más inconfesable y éste es: el egoísmo. ¿Por qué? Pues porque se da limosna, se hacen campañas solidarias y demás, no por resolver los problemas, sino por el miedo que tenemos a vernos en esa situación. Tenemos miedo de caer en la indigencia y, por eso hacemos con el otro lo que un día el otro queremos que haga con nosotros. (Damos limosna, cuidamos a los enfermos, a los ancianos, a nuestros progenitores y familiares, generalmente renegando, o porque es lo que hay que hacer, lo que está establecido y lo que espero que hagan conmigo un día) Actuamos por egoísmo, no por desprendimiento o por amor incondicional. Y, de ahí, que el filósofo, en este caso representado por Diógenes, que vive en la más absoluta indigencia, no se le de limosna, porque, en el fondo, al filósofo se le teme. Porque el filósofo es indigente porque quiere; es decir, es libre y, sobre todo, no tiene miedo. Y, al no tener miedo está totalmente al margen y es el espejo de nuestro propio egoísmo, esclavitud, ignorancia e hipocresía. El filósofo, si ha conseguido el desapego, vivir conforme a la naturaleza, en la sencillez de satisfacer lo que la naturaleza nos demanda y ya está, más allá del poder, sin necesidad de pedir, entonces es libre y virtuoso. Y, en la libertad (individual y política) reside su felicidad. Y esto es lo realmente difícil, conquistar la libertad y, su libertad, que todos tememos, es su posición privilegiada y que le permite ser a la vez el Testigo y el espejo de la humanidad. Lástima que la humanidad no siguió el ejemplo vital de los primeros filósofos, sino el de los guerreros, los ricos y los políticos y ello nos ha llevado a una historia de degeneración, no de progreso. Pero aún siguen estos filósofos y los grandes sabios y místicos de la historia alumbrando como lumbreras perennes el camino de la libertad y sabiduría. Camino que es necesario recuperar en esta encrucijada civilizatoria final en la que nos encontramos todos.

“El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo recibe” Diógenes el perro.

Nuestra actitud es generalmente la de estar a la defensiva y la de sentirnos las víctimas. Por ello, al estar a la defensiva juzgamos negativamente a los demás, no estamos abiertos a la totalidad de lo que puedan ser, sino a lo que a nosotros aparentemente nos parecen ser, por eso juzgamos por medio del insulto y así descargamos nuestro sentimiento de culpabilidad. Es decir, que proyectamos la culpa (inseguridad, falta de amor propio) en el otro. De esta manera nos situamos en el rencor y el resentimiento, incluso la envidia y el odio. Porque son estos vicios morales los que llevan al insulto. En cambio, recibir un insulto, a un hombre sabio, no le afecta, puesto que se conoce a sí mismo y no adopta ni el papel de víctima, ni el de vengador. Se conoce y sabe lo que es y no valora en nada el insulto del otro porque sabe que procede de la ignorancia y el vicio moral.

Esta forma de ser: insultar y sentirse herido por el insulto y vengarse es la más natural debido a nuestra debilidad, pero es la que debemos trascender. Y, en el ámbito político, esta forma de ser y actuar se convierte en un espectáculo que la ciudadanía confortablemente observa y anima, como si asistiera a un combate de boxeo. Los políticos, caen en la trampa de su propia vanidad y se crecen en esta dialéctica abandonando todo discurso racional y dejándose caer en las manos del insulto y la barbarie moral, la decadencia. Así se forma una espiral de incomprensión, ignorancia, bajeza moral y agresividad. Un lugar donde el Logos (la razón) ya no tiene cabida. El espectáculo continúa porque se retroalimenta por parte del pueblo que, a su vez, hace inconsciente al propio político. Ninguno sabe que está interpretando un papel.

“La sabiduría sirve de freno a la juventud, de consuelo a los viejos, de riqueza a los pobres y de adorno a los ricos”. Diógenes el perro.

La juventud es osada, desconoce el mundo y se desconoce a sí mismo, es atrevida e imprudente, es necia. Cree que lo puede todo, que está por encima de la ley natural, que es eterna e imperecedera. La juventud es petulante y vanidosa. Está llena de vicios tremendos que acarrean grandes desgracias, no quiere decir que no tenga virtudes, que las tiene, claro: el valor, la fuerza, la decisión, el coraje, la claridad, la nobleza… Pero la sabiduría es inalcanzable para la juventud; es más, la pone en su sitio. Y es interesante esta reflexión de hace más de dos mil años para nosotros que vivimos en una sociedad epidérmica, una sociedad de las apariencias que elogia, alaba y ensalza la juventud como una virtud en sí misma, cuando, realmente, la juventud, lo que tiene de bueno, es que es un estado pasajero, porque la juventud, por su imprudencia es un estado muy inconsciente. En cambio, la sabiduría, que está en la arruga, aunque no en todas, es consciencia y, a más sabiduría, más amplitud de consciencia.

A los pobres les sirve de riqueza. La riqueza no es posesión de cosas, sino una forma de estar en el mundo en el que se da la aceptación de lo que es, en la que no hay ni lucha ni escisión. Hay pobres porque hay ricos. Es decir, porque hay desigualdad, poder y propiedad. Pero la sabiduría no es una propiedad por eso es la auténtica riqueza del pobre. Pero tampoco nos solemos encontrar pobres sabios, ni jóvenes, ni viejos, ni ricos. La sabiduría es un bien escaso, raro.

Por su parte, la sabiduría es consuelo para el viejo. Evidentemente, el que haya vivido rectamente y conforme a la virtud se hará sabio con el tiempo, en la vejez, precisamente, cuando ya se han acabado las prisas, cuando lo esencial se ha hecho, cuando sólo queda la aceptación.Ahora bien, el que no vive conforme a la virtud y va aceptando los ciclos propios de la vida llega a la vejez desesperado, renegado y lleno de miedo. Y, la vejez, es deterioro y merma de nuestro ser físico. La sabiduría nos enseña, si hemos ido aprendiéndolo, poco a poco, que todo es perecedero, que la vida es impermanencia, que existe la vejez, la enfermedad y la muerte. En ese sentido, la sabiduría es la más profunda aceptación.

Y, claro, la riqueza es una forma de corrupción. La riqueza se interpone entre lo que pensamos de nosotros y nuestro verdadero ser. Por eso, la sabiduría, en el rico, no es ya sabiduría, es mero artilugio, un adorno más, una posesión, cuando, realmente, la sabiduría no es un objeto que se posee, sino una forma de habitar en el mundo, de ser en el mundo y con el mundo.

              David Loy. El nuevo sendero budista.

              Es bien sabido que las corrientes de pensamiento oriental, de una manera o de otra, están de moda. La cuestión es plantearse qué podemos aprovechar de estas religiones o filosofías del lejano oriente, qué es necesario desechar y qué es mera mitología y new age.

              Lo que está claro es que Occidente tiene un largo recorrido de pensamiento, que su pensamiento, para bien y para mal, se ha globalizado y domina el mundo y este dominio lo está llevando, no a su cuidado, sino a su exterminio. Y el hecho de que Occidente tenga un pensamiento sólido, haya alcanzado la racionalidad y una serie de valores humanos universales, así como una forma de gobierno, que es la democracia aliada al laicismo, sin la que no se puede entender, pues nos pone en la avanzadilla mundial del pensamiento. Pero no todo el monte es orégano, como ocurre con las tradiciones orientales de moda, que tomadas tal y como son pues están, por un lado, descontextualizadas y, por otro, están aún en su fase mítica, cosa que occidente, por medio del esfuerzo del logos, pues ya superó. No olvidemos que la superstición es una forma de esclavitud y está aliada al poder para dominar al pueblo. Otras formas de esclavitud tenemos en Occidente debido a la perversión de la razón ilustrada, pero esto es otro de los problemas que las tradiciones filosóficas, espirituales y religiosas de oriente pueden ayudar a solucionar.

Nos fijaremos, más que nada, en el budismo, aunque no expondremos aquí su doctrina, salvo algunos conceptos que son los que podemos utilizar para una creación de un nuevo sendero budista que unifique los dos mundos, rompa la dualidad y unifique los opuestos. No sabemos realmente cómo nació el budismo, si como una filosofía, un modo de vida, una praxis,… el caso es que poco después de la muerte de Buda se convierte en una religión y, a partir de ahí comienzan las diferentes interpretaciones, las disputas, los cismas, las diversas corrientes, como en toda religión. Aun así, como ocurre en el cristianismo, hay una base común que se conserva y que estaría dentro de la filosofía perenne. Esos son los conceptos que a nosotros nos interesan. El autor del libro no entra en la discusión técnica del budismo, ya lo hace en otra obra llamada “No-dualidad”, en la que analiza el Budismo, el Vedanta Advaita y el Taoísmo. El caso es que la recepción del budismo en occidente tiene que asentarse sobre las bases de las conquistas occidentales y corregir los errores sistémicos y personales a los que se ha llegado. Aportar una esperanza a la situación de colapso civilizatorio en el que nos encontramos.

Occidente conquista el logos en la época griega, cuna de la civilización occidental. Esto es la razón, el discurso y, con él, la concepción de que lo que hay está sometido a la ley. Curiosamente esto puede tener sus similitudes con el concepto de Dharma en el budismo o Tao en el Taoísmo y otras tradiciones orientales. Esta ley hace que lo que hay sea un Cosmos, es decir, un orden, no un caos, todo está íntimamente relacionado, o, como decía Heráclito, cada cosa está en armonía con su opuesto. Esa armonía de los opuestos, el yin y el yang en el taoísmo, es el Logos. Y el logos hace posible el diálogo; es decir, la posibilidad de hablar teniendo la razón como intermediario. La razón es la guía de la palabra, El Logos es común a todos y no pertenece a nadie, todos pertenecemos al Logos. Esta es la idea griega, como digo similar a la idea de Dharma, que es la ley universal que es ineludible y que es necesario seguir para alcanzar el Despertar, el conocimiento supremo. Y esta concepción del Logos hizo posible la aparición de la democracia. En la sociedad la ley está por encima de todos, todos somos iguales ante la ley. Y la ley procede de todos, emana del diálogo. En la Ilustración se rompe con la superstición de la iglesia, con el antiguo régimen (las monarquías absolutas y la alianza del trono con el altar) y surge la república o democracia. El poder emana del pueblo y se basa en la razón. Esta misma razón elimina las creencias religiosas basadas en la superstición y alimenta el espíritu de conocimiento del mundo y todo ello se anima con la idea de progreso. Pero todo este proceso se pervierte, hablando de manera muy telegráfica y llegamos a la situación actual. El mundo ha quedado reducido a una razón mercantil, el valor dominante y único es el de la utilidad para el mercado, ni si quiera una utilidad más general. Sólo tiene valor lo intercambiable en el mercado. Las democracias se han transformado en oligarquías partitocráticas. La población mundial se ha disparado, aumentando la diferencia entre ricos y pobres. La desigualdad se hace ya insalvable. El llamado problema ecológico, ya no es tal, sino que es el único problema real del que derivan todos los demás. Es un problema ecosocial, que si no se resuelve dará al traste con la humanidad tal y como la conocemos y con la ecosfera tal y como es ahora mismo. Este problema tiene su punta de lanza en el llamado calentamiento global o cambio climático, más correctamente. Y el meollo del problema está en la estructura de producción, el neocapitalismo. Pero la estructura de producción crea una consciencia y por ello el ciudadano, no es tal, sino que es vasallo porque su pensamiento es un pensamiento alienado por el poder; es decir, un pensamiento que replica las estructuras de poder y que impide una toma de consciencia para poder cambiar el paradigma. Y es aquí donde interviene el budismo o cualquier forma de espiritualidad.

La situación en la que vivimos hace que el hombre se convierta en una isla, el trabajo precario y la ideología del poder de la competitividad lo convierte en un depredador del semejante, que se adapta al sistema y que produce para él, cada vez a menor coste para el sistema, pero mayor para él: en dinero, salud, relaciones sociales…Una isla, ya digo, egoica y competitiva que sólo se relaciona con los demás por las redes sociales. Que ha perdido el contacto humano. De esta manera los ciudadanos, no sólo son vasallos, sino cosas, mercancía intercambiable y, además, en todas sus dimensiones. Por eso, aviso, hay que tener cuidado de una falsa espiritualidad que ha caído en las garras del mercado.

En esta situación hay muchos desesperados y desesperanzados porque son conscientes de su carencia. Aún recuerdan que son humanos, que no todo se reducen al valor mercantil. Y son estos los buscadores espirituales, los científicos puros, los filósofos que pretenden explicar el status quo y recordar la libertad y la virtud… aquí es donde tenemos que situar el nuevo sendero del budismo.

Pues bien, no se trata de encerrarse en un monasterio, o irse al Himalaya, o encerrarse a meditar, que también se puede hacer, sino que de lo que se trata es de aprender aquellos valores que se han desarrollado en el budismo y que no lo han hecho en occidente y sintetizarlos con los grandes logros occidentales. Hemos de aprender, para empezar el valor intrínseco que tiene la vida, toda forma de vida, por el simple hecho de ser. Porque todo ser alberga consciencia y, por ende, capacidad de sufrimiento. Hemos de recordar que la vida es Dukka (sufrimiento), que es la primera noble verdad del budismo, pero, la tercera noble verdad nos dice que ese sufrimiento puede ser eliminado. Esto es importante porque se podría utilizar el hecho de que la vida sea sufrimiento como ideología para dominar al pueblo. Así lo hizo el cristianismo y creó dos conceptos que hicieron mucho daño y que, en su momento, han favorecido a la explotación del capital y son el de la resignación y la culpabilidad. En el budismo, el dolor es intrínseco a la propia vida, por ser tal y más a la vida humana porque el hombre es autoconsciente. El origen teológico de ese sufrimiento no nos interesa, solo al creyente del budismo. Es el karma, las acciones en otras vidas. Ahora bien, podemos transformar la creencia en la reencarnación en la ley kármica del principio de la acción y reacción en la propia vida. Todo lo que hacemos tiene su efecto, porque todo está ligado por el Logos, nada escapa a la razón, es nuestro destino: el orden racional de las cosas. De modo que el origen del sufrimiento está en nosotros y como está en nosotros, somos los únicos que lo podemos evitar (lo mismo que sostiene Jonas con su principio de responsabilidad), no los dioses, ni dios, ni un gobernante, ni el dinero, ni la fama, ni el poder; al contrario, todo esto aumentaría nuestro sufrimiento. Hay que señalar también que el sufrimiento no es sólo el nuestro, sino que nuestras acciones y las acciones de la comunidad, las tomadas por los gobiernos y el poder económico repercuten en los demás y en todos los seres vivos produciendo, como vemos, un horror, un estado generalizado de sufrimiento.

En la actualidad nos encontramos en el máximo estado de sufrimiento, la pobreza es máxima, desigualdad, el planeta cambia y se hace inhabitable para el hombre en las condiciones en las que vivimos. Entonces, ante esta situación es menester preguntarse, ¿cuál es el origen del sufrimiento? Y el origen del sufrimiento es el deseo, la codicia egoísta. El deseo y la codicia son los vicios que nos han llevado en nuestra vida personal al sufrimiento y en la historia de la humanidad a la situación insostenible en la que vivimos. Pero, ¿cómo salimos de ese estado de codicia, egoísmo, agresividad y deseo? Pues, ciertamente, tenemos que cambiar de estado de consciencia. Nuestra consciencia ha ido evolucionando a lo largo de la historia, pero ya, en lo que llamó Jaspers, la época axial, encontramos el mensaje para salir de este estado de consciencia y nos encontramos a los hombres que lo consiguieron y que nos legaron su mensaje, como Buda, Sócrates, todo el inicio de la filosofía, Lao Tze, el vedanta advaita… En esta época encontramos la sabiduría para trascender nuestra consciencia. Por su parte, occidente había hecho las conquistas que he mencionado más arriba que sólo se podrán desarrollar plenamente si hay un cambio de consciencia global. Los principios y las instituciones ya están creados, ahora tienen que cambiar las consciencias de los hombres que las ocupan. Se trata de trascender nuestra consciencia mítica y egoísta. Y pasar a una consciencia racional y pluralista-altruista. Y, para ello, el budismo nos enseña que hay que practicar el desapego y la aceptación, y nos enseña una vía que es a través de la meditación. Lógicamente, ni la meditación, ni el budismo, son la única manera de trascender a un estado de consciencia universal, pero estamos aquí hablando de budismo y su nuevo sendero en la posmodernidad. El apego es el origen del egoísmo, la codicia, la envidia y todos los vicios que, en el fondo se unen en el egoísmo y éste, en el miedo, como bien señala también Spinoza. El budismo nos enseña a salir del apego por medio de sus conceptos básicos de impermanencia y vacuidad. Todo lo que hay no es ser, sino, relación impermanente e interser. Nada es por si mismo, sino por la relación que mantiene con todo lo demás. Y esta relación está continuamente cambiando. Es necesario darse cuenta de esta impermanencia para captar nuestro no yo, no somos un yo, nada permanece en nosotros y nada nos podemos quedar. Bien reflejado queda esto también en las coplas de Jorge Manrique y en numerosas reflexiones sobre la muerte que se han hecho en occidente. La impermanencia de lo que creemos que son objetos y nuestra propia impermanencia nos sirve para no apegarnos a las cosas y aceptarnos (que es agradecimiento y alegría de vivir, no resignación, ni resentimiento, como en el cristianismo), a nosotros mismos, tomar consciencia de nosotros como seres en relación con todo lo demás, incluida la naturaleza, en pie de igualdad con los demás seres, salvo por la peculiaridad de nuestra autoconsciencia. Un privilegio, porque la autoconsciencia es la que hace que el universo del que venimos tome consciencia de sí mismo. No es ya que seamos capaces de dar el salto a una consciencia universal humana, sino una consciencia universal cósmica. Somos uno con el cosmos y la ecosfera. Pero tenemos consciencia de esa unidad, o podemos tenerla. Cuando no la tenemos estamos escindidos y en lucha con el resto de los hombres y del mundo, es el caso actual en el que domina la consciencia egoica, pero podemos salir de esa consciencia y sentirnos pertenecientes a la humanidad, al planeta y al cosmos (éste es el sentido de la fraternidad), porque así es, y no es esto un principio religioso, sino una evidencia científica. Nadie ha surgido de la nada. Somos polvo de estrellas y el universo, y en particular, la tierra es nuestra casa y la humanidad toda, nuestros hermanos, luego ni son necesarias fronteras, ni es necesario enfrentarse con la naturaleza, sino vivir en ella y cuidarla. El desapego nos eleva a una consciencia más universal, nos damos cuenta de la permanencia y de la vacuidad, no hay nada en tanto que cosa o ser, solo relación. Y, si vamos más allá, llegamos al Nirvana, pero esto lo dejamos para otro estado de la consciencia, otra ampliación de la mirada.

El desapego nos arranca del egoísmo y del miedo al otro, a nosotros mismos y a la naturaleza. Y aquí aparece algo muy importante que es la compasión, o el amor al prójimo en el cristianismo. Si compartimos la mismidad con los otros seres, la fraternidad universal, entonces es cuando aparece el amor incondicional, esto es, la compasión. El hombre espiritual no se preocupa solo por su desarrollo personal, eso es una perversión que se está produciendo en el mercado de la espiritualidad y en la new age, un subproducto del posmodernismo y el pensamiento débil, sino por el sufrimiento del otro. Nunca puedo estar en paz si el otro sufre. Y el otro sufre porque la consciencia de la humanidad es mítica y egoísta. Por ello me veo “obligado” a ejercer la compasión, pero siempre ejerzo la compasión si siento que soy el otro, que el otro es otro como yo, pero no sólo comprendido a nivel intelectual, como el alumno que va a hacer un examen, sino comprendido éticamente, en la praxis. El cultivo de mi desapego sirve como detonante para despertar la conciencia de los demás. También puedo ir directamente a donde reside el sufrimiento, aunque este está a nuestro lado, y las opiniones que lo alimentan, también. Pero cuando se intenta evitar el sufrimiento hay que hacerlo, también, desde el desapego. El wu wei, que dice el Taoísmo: la acción sin intención. Es decir, la acción con el fin en sí mismo, que diría Kant.

Sólo resolveremos los problemas últimos a los que se enfrenta la humanidad si nace una nueva consciencia global, que sea universal, basada en la compasión y en los ideales Ilustrados y teniendo como fin político la idea kantiana de la libre unión de repúblicas de hombres libres.

“No pretendas que las cosas ocurran como tú quieres. Desea, más bien, que se produzcan tal como se producen, y serás feliz.” Epicteto.

Tenemos un problema con nuestra felicidad, con nuestra paz interior o nuestra serenidad y es el de los deseos. Siempre deseamos lo que nos hace infeliz y siempre consiste en desear lo que no podemos, lo que escapa a la ley de la naturaleza. No se trata de resignarse, sino de agradecer, amar incondicionalmente lo que se es y se posee. Sin apegos, por tanto. No podemos pretender que las cosas ocurran como uno desea, uno tiene que abandonar ese deseo porque no es más que un apego de tu yo a lo que tú egoístamente quieres. Y lo que quieres no es tu bien, ni tu paz, ni tu serenidad, sino un placer particular para tu pequeño yo. Eliminaríamos mucho sufrimiento si no pretendemos satisfacer a ese pequeño yo. Porque cuando deseamos que las cosas ocurran como nosotros queremos, generalmente, como nuestro deseo es meramente egoísta, pues las cosas ocurrirán como tengan que ocurrir, sin contar para nada con mi intención egoísta. Y, claro, esto me producirá un tremendo dolor. Dolor que procede de mi apego a lo deseado, porque yo me imagino poseedor de aquello, o aquella situación que deseo. Pero yo, mi yo particular, no posee nada, no puede imponerle la voluntad al universo. Ahora bien, sí hay una forma de fluir junto al universo y es, en lugar de estar sometidos al apego, pues soltar ese apego, dejarlo ir, aceptar el mundo tal y como es y a uno mismo como es. Cuidado con la aceptación, que no es lo mismo que la resignación. En la resignación hay insatisfacción, no te gustan las cosas como son, pero te aguantas. Ahí existe dolor, sufrimiento y se puede transformar en rencor y hasta en resentimiento y odio. Pero la aceptación es una actitud abierta y constructiva, acepto lo que se me ofrece como un regalo del universo y lo agradezco. Quiero las cosas tal y como son y, a partir de estas circunstancias construyo el mundo desde el agradecimiento y la compasión. Hay que soltar el deseo y el apego porque nos producen ira, odio y rencor.  Y, sobre todo nos impulsa a juzgar y culpabilizar. Y hay que sustituirlo por la aceptación y el agradecimiento. Insisto, no piensen que la aceptación y el agradecimiento son, meramente, una actitud contemplativa, que lo son, pero no sólo, sino que están abiertas a la acción y la creatividad. La aceptación y el deseo (agradecimiento) de que las cosas sean como son nos lleva hacia la felicidad. Son un camino a la felicidad. El deseo de lo que no puede ser es una puerta a la desgracia, la infelicidad, el sufrimiento, la ira y la soledad. En definitiva, es la escisión frente a la unidad. El infierno frente al cielo.

Los estoicos eran personas muy alegres y lo son. Su meta es, precisamente, la alegría de vivir. En ello consiste para ellos la felicidad. Disfrutan de la vida y de los bienes que ésta les ofrece, pero no se apegan a ninguno. Saben que nada les pertenece, que lo que tienen hoy lo pueden perder mañana, que todo es transitorio. Y de ahí surge su doctrina de la apatía, sin pasión, sin deseo. Se pueden tener bienes, pero no codiciarlos, porque lo único que importa y lo único que se tiene es el Ser. El tener es ajeno al ser, es más, el tener si se transforma en nuestro Ser, que es, por otro lado, lo que puede y suele pasar, pues nos distorsionamos. Empezamos a vivir inauténticamente. Dirigimos nuestra voluntad y nuestra atención a lo que tenemos y no a lo que somos.

En el saber popular se ha confundido al estoico con el hombre de piedra e insensible, nada más lejos de la verdad. El sentimiento profundo del estoico es la alegría de vivir, el agradecimiento. Eso sí, cuando ya nada merece la pena, los estoicos eran unos firmes defensores del suicidio, más bien, la eutanasia, porque ese estado sólo suele sobrevenir en la vejez y una vez alcanzada la sabiduría, con el desapego, el no deseo de la propia vida. Este desapego coincide con el no temer a nada, ni a la misma muerte o desaparición. Porque los estoicos no pensaban que existiese una inmortalidad del alma, pensaban que todo es materia, que nada desaparece, pero nuestra alma, el aliento vital, se diluye en el universo en nuestra postrera exhalación.

“Acusar a los demás de los infortunios propios es un signo de falta de educación. Acusarse a uno mismo, demuestra que la educación ha comenzado.” Epicteto.

Lo normal en nuestras vidas es acusar al otro, a las instituciones y a las leyes de nuestros males. No soportamos nuestra responsabilidad, de modo que lo que hacemos es culpabilizar al otro o lo otro. De esa manera alcanzamos una falsa tranquilidad. Pero, lo peor de todo, es que no resolvemos ninguno de nuestros problemas, porque resulta que nuestros males nos pertenecen. A lo mejor no son ni tan malos y todo depende de un error de percepción, o, incluso los puedo transmutar, con mi esfuerzo, en bienes para el futuro. En todo caso, me pueden servir para educarme y ayudarme a crecer y para aceptarme y aceptar al universo del que formo parte y al que no me puedo enfrentar.

Culpabilizar a los demás y a lo demás es un signo de inmadurez, es esconder la cabeza debajo del ala. Todo ello lo que genera es, además de dejar el problema al descubierto,  ira, rencor y resentimiento. La culpa hacia los demás hace crecer el vicio en nuestro interior. Por eso culpabilizar, no es que no resuelva nuestros problemas, sino que nos empobrece. Es necesario ser valientes y atreverse a ser responsables de nuestros propios males y miserias. De lo que se trata es de conocerse uno a sí mismo, de atreverse a mirar dentro y ver nuestros vicios: el rencor, la envidia, la ira, el odio, la vergüenza y hacerse cargo de ellos. Son nuestros y, lo primero que tenemos que hacer es aceptarlos como tales, no podemos ni tirar balones fuera culpabilizando al mundo de nuestros males, ni podemos autoculparnos. Tampoco somos culpables de nada, pero sí es nuestra responsabilidad. No somos culpables, porque no hay ni pecado, ni mal; ahora bien, sí hay sufrimiento, dolor, tristeza, envidia, celos y todo ello es algo que me pertenece y de lo que me puedo hacer cargo. Y ello es un acto de libertad y de tomar mi propio poder. Porque la libertad es tener el poder sobre sí mismo, ser dueño de tus emociones y pensamientos, que, por otro lado, son inseparables. Por ello, el principio de nuestra educación, de nuestra libertad es autoconocernos y, con ello, ser responsable de lo que consideramos nuestras desgracias. Esta primera mirada nos descubrirá que no son tan desgracias como nos parecía, que si las miramos desde nuestra propia perspectiva, desde nuestro yo profundo y desde la aceptación, forman parte de mí, me constituyen y sirven para transformarme, para ser libre y virtuoso. Pero, para ello hace falta valentía, que es la que nos encaminará hacia el primer paso en senda de la sabiduría.

“El que no considera lo que tiene como la riqueza más grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.” Epicuro.

Nos afanamos en acaparar, nos afanamos en poseer, estamos cegados por la riqueza. Por la posesión de lo de afuera. Tan ciegos que no somos capaces de ver lo que ya tenemos. Y ello nos lleva a un vicio claro, el de la codicia. Pero la codicia no tiene fin y nos convierte en esclavos. El que posee y pone su ser en lo que posee, nunca está satisfecho. Es la inexorable dinámica del deseo. Pero frente a la codicia tenemos la poco practicada virtud del agradecimiento. Sólo se trata de cambiar nuestra mirada. En lugar de mirar hacia el tener, deberíamos mirar hacia nuestro ser y agradecer todo lo que somos y los seres que nos acompañan. Y en esto consiste nuestra alegría permanente, porque, en definitiva, sólo poseemos lo que somos, nuestra propia vida y es eso lo que nos lleva a la alegría de vivir. Por eso es necesario el cultivo de aquello que aumenta nuestro ser, como es la ciencia, el arte, la contemplación, la amistad y tener satisfechas las necesidades primarias, los placeres naturales y necesarios para la vida. No se trata de acaparar, porque todo se nos va de las manos, sino de ser en lo que se tiene. Y saber que la vida es muy placentera con muy poco. Que un atardecer no tiene precio, que hablar con un amigo, ni se compra ni se vende, que contemplar una obra de arte te lleva a lo inefable, que entender una teoría del cosmos te lleva a identificarte con la unidad que eres con él. Que cuando tienes hambre algo de comer te proporciona un inmenso placer, mucho más que el más exquisito de los banquetes.

Pero nuestra sociedad de la opulencia, el consumo, la riqueza, la competencia, el tener sobre el ser, nos arrastra. Pero no sirve el decir que es culpa de la sociedad, del sistema capitalista. Todos somos dueños de nuestras emociones y pensamientos. Si nos conocemos a nosotros mismos, si hacemos ese viaje hacia nuestro interior que nos proponía el viejo Sócrates, descubriremos que nuestras ideas no son más que creencias y prejuicios que nos inducen a actuar tal y como lo hacemos. Que nuestros deseos obedecen a la maquinaria de un sistema perverso al que pertenecemos. Pero ese autoconocimiento es la piedra angular sobre la que se tiene que alzar nuestra voluntad, nuestra libertad. Somos nosotros los dueños de lo que podemos desear, si es que queremos ser libres y no dejarnos arrastrar por la pereza y la suavidad adormecedora de la corriente de la mayoría

Pero es que resulta que el grave problema que padecemos hoy en día, un problema definitivo, el ecosocial, es un problema, en el fondo ético y filosófico. Es ético porque depende de nuestro modelo de vida, de nuestras decisiones y responsabilidades, antes que de las decisiones políticas (se trata de que cambiemos nosotros, no de culpabilizar de los males al sistema y los políticos) y es filosófico porque es necesario que tengamos una idea del mundo y de nuestra relación con él, que sustituya a la idea o creencia que el sistema nos ha hecho creer para poder funcionar. Por eso es necesario un cambio en nosotros mismos (nuestras emociones e ideas) si queremos cambiar el mundo. Y es nuestra responsabilidad, porque cada hombre posee en sí mismo a la humanidad y en su obrar está toda la humanidad. El sabio no puede rehuir esta responsabilidad. Y esto es la compasión o el amor incondicional. O, en palabras de Epicteto: “El hombre sabio no debe abstenerse de participar en el gobierno del Estado, pues es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y un cobardía ceder el paso a los indignos.”

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La sombra es aquello del pasado que nos acecha porque lo tenemos escondido o no reconocido. Mientras que no saquemos a la luz todo aquello que no reconocemos permaneceremos en la incoherencia, es decir, la enfermedad. La coherencia es la salud. De modo que es necesario sacar a la luz los miedos, las vergüenzas, los rencores…no reconocidos y sentirlos como tales, aceptarlos y poco a poco dejarlos ir. La aceptación no es resignación, sino apertura y el reconocimiento, no es reconocimiento de la culpa, la culpa nos paraliza y nos impide recrearnos, se trata de tomar la responsabilidad, lo cual es tomar nuestro poder y hacernos libres. Cada vez que reconocemos alguna de nuestras emociones pasadas (que actúa en nuestro presente de forma inconsciente), con su correspondiente apego y pensamiento que la justifica como buena y necesaria, la aceptamos y, poco a poco, la dejamos ir, nos hacemos más libres y aumentamos nuestro poder y autoconocimiento, así como nuestra coherencia interna.

“La envidia es el adversario de los más afortunados.” Epicteto.

La envidia es un vicio tremendo, nos corroe por dentro y nos puede llevar al odio del que suele ir acompañado. El odio es el final del camino, la destrucción absoluta del yo. El yo no puede vivir sin aquello a lo que envidia, el objeto de envidia no es lo que posee el otro, sino el mismo otro, por eso nos autodevoramos y llegamos a odiar al sujeto que envidiamos. Pero si alguna vez hemos sufrido la envidia, o la sufrimos, pues nos podemos considerar afortunados. Hay que partir del hecho de que nos conocemos a través de nuestras emociones y que nuestras emociones aparecen para algo, que nos hablan, que nos quieren decir algo. Y, la envidia es una de las emociones que más nos acercan a nosotros mismos. Si el otro es nuestro espejo, la envidia es la mejor manera de mostrar esta relación insana con los demás. Porque por medio de la envidia nos vemos reflejados totalmente en el otro. Queremos ser el otro, envidiamos lo que el otro posee, pero no es eso, envidiamos su ser, que es el nuestro. Y por eso nuestro tormento. Porque cuando envidiamos juzgamos negativamente al otro y lo consideramos como un ser degradado. Pues bien, todos esos juicios que hacemos sobre el otro, son juicios que hacemos sobre nosotros mismos. Sólo tenemos que recordar a alguien al que envidiemos o hayamos envidiado, o pensemos que es un envidioso, para seguir los rastros de nuestros juicios sobre ellos y esos juicios nos llevan, directamente, a nuestro autoconocimiento. Es la mejor oportunidad de conocerse. Pero éste es el primer paso para liberarse de nuestros juicios y la esclavitud de las emociones y ser capaz de no juzgar y que el otro aparezca tal y como es y, de paso, nosotros. Por eso la envidia es un gran adversario, difícil de vencer, en definitiva, es una lucha contra nuestro ego en la que el ego se juega su propia existencia, o el yo, si permanecemos en la envidia. Por eso, por muy deleznable que sea esta emoción o pasión, es afortunado el tenerla porque nos permitirá trascendernos. Vivir más coherentemente. Más sólidamente.

“Exígete mucho a ti mismo y espera poco de los demás. Así te ahorrarás disgustos.” Confucio.

La exigencia a uno mismo es la clave de la perfección. En nuestra relación con los demás interviene la relación con nosotros mismos, si no nos exigimos, generalmente, exigiremos a los demás. Porque el otro siempre es una proyección y querremos ver realizado en el otro lo que nosotros no somos. El otro, en tanto que espejo, se convierte en lo que yo soy, de tal forma que veo en él a un ser que no se exige, que no hace y me decepciona. Por el  contrario, si miro a mi interior me daré cuenta de todos el trabajo que tengo por hacer. De todo el camino que tengo que recorrer por delante. Y, a partir de aquí, puedo mirar al otro con benevolencia, con compasión. El otro se encuentra en el mismo camino que yo. Intentando recorrerlo, cada uno en su etapa y su momento. Más que la crítica, surge la compasión, el ser capaz de calzarme sus botas y caminar por su sendero y aprender las dificultades de su camino. Pero todo pasa por ir y conocer nuestro interior y el largo camino que nos queda por recorrer. Primero el perdón a uno mismo, nuestra comprensión y autoconocimiento, después, la mirada al otro y la compasión.

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El poder como pastor, como diferencia en la que se basa el control sobre los demás. Y esa dominación se apoya en el conocimiento y la información del dominante y la ignorancia, el miedo y la cobardía del dominado. Las estructuras de poder son estructuras de saber: el cura, el médico, el profesor. El poderoso es el que tiene el conocimiento, la ideología y la impone por diversos medios, desde los medios de manipulación de las conciencias, como sugiere Chomsky, a la propia educación que no es más que una piedra más en el muro. La educación es, precisamente, (y no sé por qué se espantan y asombran tanto los críticos de la educación pública, si simplemente hace lo que la dinámica del poder conlleva, replicar su propio pensamiento), el vehículo de transmisión oficial y reglado de lo que se puede saber, de la imagen del mundo a la que estamos sometidos. Es la teoría del adiestramiento oficial al que nuestra mente es sometida. Basta echar un vistazo a los libros de texto, a los currículos, a lo que se enseña en las universidades, todo desfasado, todo sometido a un paradigma rígido. Porque, en realidad, lo que se aprende en la universidad es un lenguaje, pero el lenguaje es una forma de ver el mundo. No olvidemos nunca esa sabia frase de Wittgenstein: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Así como “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi pensamiento.” Mi mundo está construido a través del lenguaje que es el que me permite pensar el mundo. Pues es un lenguaje el que se nos enseña desde las escuelas y, después, sobre todo, en la universidad, que nos hará comprender el mundo a la imagen y semejanza de lo diseñado por el poder. Y no podemos salir de esa imagen porque no podemos trascender el lenguaje. Porque es desde el lenguaje desde el que pensamos. Sólo un ejercicio de autoconocimiento y autocrítica nos puede sacar de esta caverna platónica, mundo orwelliano o Matrix en la que nos encontramos. Pero para eso hace falta elegir la libertad. Y, a su vez, la libertad necesita del valor. En definitiva, somos esclavos porque somos cobardes y perezosos. Mientras no tomemos nuestro propio poder, no saldremos del control del Poder, no dejaremos de ser pastoreados por el Poder.

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“Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.” Voltaire.

Todo hombre busca la felicidad. Digamos que ese es el fin natural de la existencia. Hacia lo que estamos dirigidos, como diría Aristóteles, nuestro fin propio. Todas nuestras acciones van encaminadas hacia la felicidad. Pero lo que resulta paradójico es que parecemos borrachos tambaleantes que buscan su casa, porque saben que la tienen, pero no saben ni dónde, ni qué camino coger. Y este caminar se hace zigzagueante, cogiendo veredas que no nos llevan a ninguna parte y, sobre todo, en un estado de semiconsciencia.

Y eso es lo curioso, que, si nos miramos, estamos viviendo una vida de la que no tenemos consciencia. Y no la tenemos porque no vivimos el aquí y el ahora, el momento presente, porque atendemos al pasado y al futuro. Estamos atrapados entre la angustia y el miedo. Y es esta tenaza emocional la que nos impide sentir el presente, sentir la vida, que uno está vivo con todo lo que hay y que está conectado con todo lo que hay, con todos los seres del universo y con el universo mismo. Y ése es el sentir del instante presente. Y ahí nos olvidamos de todo porque el resto no existe, es pura ficción, es apariencia, un invento para sobrevivir que confundimos con nuestra realidad más profunda. Y es en eso en lo que realmente nos parecemos al borracho, en que somos inconsciente de nuestro propio vivir porque no estamos centrados, no estamos instalados en el propio vivir, en el Ser…estamos existiendo proyectados.

Por otro lado, cuando tomamos ligera consciencia de nuestro estado, pues emprendemos la búsqueda, pero ese estado de búsqueda es un andar perdidos por los caminos. Dándole más importancia al camino que al fin. Porque el fin, la felicidad, está ya ahí, pero nos empeñamos en salir fuera a buscarla. Nunca ha salido de nuestro interior. Al contrario, cada vez la hemos ido ocultando más, coraza tras coraza, engaño tras engaño. Por eso, si queremos recuperar nuestra felicidad hemos de recobrar nuestra inocencia originaria y eliminar todas las capas que recubren nuestro verdadero Ser. En lugar de ir dando bandazos de un lado para otro en una afanosa búsqueda estéril lo único que tenemos que hacer es parar, conectar con nuestro Ser, escuchar nuestro interior y lo que nos une a todo lo demás. No estamos solos, somos un nudo dentro del tejido del universo, contenido en el universo y que en sí reproduce a todo el universo.

 

“No te puedes enfadar a menos que creas que has sido atacado, que está justificado contraatacar y que no eres responsable de ello en absoluto.”

Es decir, que atacar, lo que es lo mismo, juzgar, nunca está justificado. Uno siempre es responsable de ser atacado. No es más que un juicio que se vuelve contra ti. El enfado, la irritación, la ira, proceden de considerarse atacado sin ver nuestra responsabilidad en ello. Es decir, proceden de nuestro acto de juzgar que no es más que la proyección en el otro de nuestro mal o malestar. Y, el juicio, lógicamente, siempre produce en nosotros un malestar, aunque momentáneamente pueda producir un alivio, pero es pasajero. El juicio es siempre contra nosotros. Nada de fuera nos puede atacar. Es nuestra idea de lo que tenemos de fuera lo que nos ataca, nosotros mismos. Es el miedo al ataque, al juicio, la crítica, en definitiva a nuestras propias heridas, la que produce la ira y el odio y así se extiende de unos a otros hasta llegar a la guerra. Si queremos cambiar debemos empezar por no juzgar. La sabiduría ética la tenemos desde milenios. La acción es la que no hemos realizado. Puede parecer esto utópico en un mundo en el que reina la injusticia por doquier. Incluso puede parecer frívolo. Más, hay que tener en cuenta una cosa, el mundo que tenemos es producto del miedo y el juicio. Nunca hemos probado, pero podemos, intentar construir un mundo desde la ausencia de juicios, desde la ausencia del miedo al otro. El miedo al otro es una construcción. Mientras que exista el miedo dentro de nosotros existirá la barbarie porque culpabilizaremos siempre al otro de nuestros males y nuestros miedos y, nunca, nos haremos responsables y libres de nuestros actos, de nuestro verdadero poder. Tenemos dos salidas, mejor una. La primera es la que hemos seguido hasta ahora y nos lleva a la autoaniquilación. La otra está por probar. Pero requiere de volverse hacia sí mismo.

“¿Qué es mejor ser feliz o intentar llevar la razón a toda costa?” Eso sí, sabiendo que es imposible llevar siempre la razón, ni casi siempre, a veces incluso casi nunca, pero si no llevamos la razón deja nuestra vida de tener sentido. Pues entonces algo anda mal en nuestro sistema de ideas que nos produce ese desasosiego y ese intento de autoafirmación.

“Se necesita haber aprendido mucho para llegar a entender que todas las cosas, acontecimientos, encuentros y circunstancias son provechosos.”” UCM Manual para el maestro. Capítulo 4

La sabiduría no reside en el conocimiento. El conocimiento es un escalón hacia la sabiduría. Ésta se relaciona con la comprensión global de todo lo que es. Con la mirada del águila, desde arriba y con perspectiva. Una mirada que, a la par, se implica en lo observado. Y entonces es cuando nos damos cuenta de que no hay casualidad. Que todo lo que sucede tiene un orden, un sentido interno. Que no hay nada baladí. Y, en el fondo, todo lo que ocurre sucede en nuestro camino de aprendizaje. Todo encuentro, toda circunstancia es algo que nos puede enseñar. De tal modo que, por muy negativo que lo veamos, siempre hay un para qué último que nos enriquece. De lo contrario ese acontecimiento nos aniquilaría. Pero eso supondría no haber aprendido la lección, lo mismo que rebelarnos contra él. Contra la fuerza de lo que es no queda más que fluir. La aceptación. Y la aceptación es un soltar aquello a lo que estamos apegado, aquello a lo que nuestros deseos nos unen para fortificar nuestro ego. La aceptación necesita del desapego. Entonces estaremos en la situación del agradecimiento ante todo lo que nos ocurre, todo, en definitiva, nos ha sido provechoso. Pero, lógicamente, para llegar a esto se necesita haber aprendido mucho, pero no en el sentido normal de aprender, sino en el sentido ampliado de sentir.

“Pongo la paz de Dios en tus manos y en tu corazón para que la conserves y la compartas. El corazón la puede conservar debido a su pureza y las manos la pueden ofrecer debido a su fuerza. No podemos perder.” UCDM Cap. 5.

La paz reside en nuestro corazón que es el sentir y en nuestras manos, que es el hacer. Y, además, el sentir y el hacer tienen que ir coordinados, tienen que ser coherentes y consecuentes. El corazón alberga la paz porque simbólicamente es el lugar del amor, pero no del amor romántico, ni del arrebato amoroso de Eros, sino del amor incondicional. El único que garantiza la paz. El amor incondicional es el que tiene que pasar a nuestras manos y pasa en forma de perdón. Y éste consiste en no juzgar. Todo juicio es un ataque, es un engaño y lo único que nos produce es sufrimiento. Y todo esto sólo lo podemos ver con un profundo cambio de mentalidad en el que el ego pase a ocupar un lugar secundario y no principal como hasta ahora.

Por otro lado, la paz se conserva y se comparte amplificándose sino se juzga. Perdemos la paz en el momento en el que empezamos a juzgar y a juzgarnos. En el momento en el que empezamos a comparar. Y no vale decir que es que eso nos viene de la sociedad, eso ya es culpabilizar y juzgar. Sí, cierto, pero la sociedad la componemos nosotros y no cambiará mientras no se produzca un cambio en nuestro interior. Estos cambios nos parecen imposibles porque para percibirlos hay que cambiar de mentalidad, de paradigma, como se dice ahora tanto sin saber muy bien lo que se quiere decir. Hay que aprender a pensar de otra manera. O, mejor, hay que pensar con todo el cerebro. La fuerza de las manos es la intención, la voluntad, el querer. Se trata de desear la paz y actuar desde ella, no de discursear sobre la paz. Eso no es más que un enredo de egos o de intereses, como se le quiera llamar. Tenemos la posibilidad, se nos ofrece la posibilidad de este cambio desde hace siglos. Sólo tenemos que convencernos y querer y hay que pensar, que “lo mismo es dentro que fuera”, arreglemos nuestra casa y el mundo se arreglará. Cada uno tiene su forma de acción en el lugar que le ha correspondido. Sólo tiene que extender la paz que no es más y nada menos que un discurso de no agresión, no atacar o no juzgar. Y, por último, realmente no hay nada que perder, porque sin ego, qué se puede perder.

“El único pensamiento completamente verdadero que se puede tener acerca del pasado es que no está aquí.” UCDM. Libro de Texto.

Nuestros males o sufrimientos vienen de nuestra propia ignorancia, del engaño y autoengaño. Creemos ciegamente en el pasado, como en el futuro, cuando la única certeza que sobre ellos tenemos es que, literalmente, no existen. No están aquí. Por eso desesperamos de uno y de otro, o bien tenemos esperanza, o bien tenemos miedo. Pero, en la medida en la que vivimos en el pasado, o en el futuro, no vivimos, literalmente hablando. Y no lo hacemos porque ni el pasado ni el futuro están aquí. La gran liberación consiste en el conocimiento y la comprensión de que el pasado no está aquí. No pueden afectarnos. En definitiva, nada externo puede afectarnos. Eso sí, lo que nos afecta es la idea que nos hacemos de algo externo que, por otro lado, ni si quiera es externo, porque no está. Vivimos proyectados hacia el mundo de las apariencias: o bien hacia el pasado, o bien hacia el futuro; y así transcurre nuestra existencia en un sin vivir. Porque vivir es el estar aquí, que es lo único que hay y de lo único que tenemos certeza. El presente en tanto que eternidad. Sólo hay Ser, el resto es apariencia y engaño. Descorrer este velo de Maya es el despertar de la consciencia. Pero, para ello, necesitamos destruir la ficción del tiempo. La vida es creación continua, es emergencia de novedades, es espontaneidad. Pensar según el esquema del tiempo es cercenar este surtidor de creatividad. Por eso se dice aquello de que no entrarás en el reino de los cielos hasta que no te conviertas en uno de ellos (refiriéndose a los niños.) Estos representan la inocencia, que solo es posible en  la ausencia de tiempo. Pero, cuidado, no se trata de ser niños, sino de volver a ser niños. Es una transformación que requiere el paso por la vida adulta. Sólo recuperaremos la inocencia desde el engaño en el que vivimos. Y, de esta manera, sin la conciencia del tiempo, desaparece el miedo y el peso abrumador de la culpa y podemos caminar alegremente creando nuestra existencia desde una consciencia plena.

“No dejemos que las creencias del mundo nos digan que lo que Dios quiere que hagamos es imposible. En lugar de ello, trataremos de reconocer que solo aquello que Dios quiere que hagamos es posible.” UCDM Libro de ejercicios.

En primer lugar, para los no creyentes y los ateos, traduzcamos la palabra Dios. La podemos entender como el universo, la razón universal, la ley universal del cosmos, el Logos. Simplemente: el universo o la naturaleza. Bien, pues lo que se nos dice aquí es bien evidente y tiene que ver directamente con nuestra felicidad a la que algunos llaman salvación. La cuestión es que nosotros somos creencias e ideas, emociones y acciones. Pues bien, la enfermedad es la falta de armonía entre esas tres cosas que forman un todo, pero que pueden aparecer desajustadas. La cosa es que cuando pensamos según lo que se nos dicta, según el conjunto de creencias establecidas, vamos contra la naturaleza. Pero ir contra la naturaleza es ir contra nuestro propio ser, puesto que nosotros somos naturaleza. De tal forma que ese conjunto de creencias nos impulsa a creer que lo que realmente es, simplemente, es imposible. Lo cual es una locura y un delirio. Y aquí reside el error, el engaño y las apariencias. Porque son precisamente nuestras creencias las que son ilusorias. Por ejemplo, una creencia muy arraigada es la de la competitividad. Es decir, que llegamos a ser a base de la competición con los demás. Nada más allá de nuestra propia realidad: tanto biológica como cultural. Somos seres que nos construimos en colaboración. Ahora bien, el poder de las creencias no se queda en el mero creer, en la mera teoría. Si no que toda creencia produce un sentimiento y éste una acción, como le gustaba decir a Unamuno. Si nosotros tenemos esta creencia, resulta que estamos en guerra contra el mundo y nuestra acción fundamental es la de juzgar. Y de todo ello se deriva que estamos introduciendo la guerra en el mundo, un granito de arena, porque somos poca cosa la inmensa mayoría, pero a nuestro alrededor se notará. De nuestros actos no emana la paz, sino la guerra, el odio, la envidia, la división. Lo que es, y lo que el mundo, el sistema de creencia nos dice que es ilusorio, es que somos uno y que somos, en tanto que nos construimos en colaboración. Y, si ésta es nuestra idea, nuestros sentimientos no son de odio, sino de amor (siempre entendiendo éste como incondicional y agradecimiento) y, de este estado emocional surge la paz. Y así, sin pretensión megalómana, de pretender cambiar el mundo y denunciar las tremendas injusticias que hay en él y lo mal que está todo y de refugiarnos en ese pensamiento negativo, por mucha base que tenga, que también habría que ver, porque pensamos y juzgamos según se nos informa, porque bastaría cambiar el contenido de los medios de comunicación para que, automáticamente, cambiase nuestra forma de ver el mundo. A alguien le interesará que la idea que se transmita continuamente sea la del odio y la violencia. Pues decía que cambiando esta idea, o falsa creencia, aportaríamos la paz a nuestro alrededor: familia, conocidos, amigos. Y esto es lo que nos produce el contento porque es la ley de la naturaleza. La naturaleza es armonía, en el momento en el que nuestra mente está en armonía con la ley del universo tenemos armonía y paz y la transmitimos. Porque, fundamentalmente, esa armonía se expresa en no juzgar, lo que se llama el perdón, pero que la religión ha desvirtuado tanto. Porque ha relacionado el perdón con el sacrificio, cuando, realmente, el perdón, no es más que gratitud ante el otro. El otro no puede dañarte, sólo enseñarte. Claro, rápidamente se me dirá que qué pasa con los grandes genocidas y criminales de la historia. Es muy fácil, ninguno de ellos hubiese existido si nosotros no lo hubiésemos permitido. Es decir, nos creímos sus consignas, caímos en el juego del juicio, nos creímos ser poseedores de la verdad. Por tanto introdujimos la guerra en el mundo, la tremenda injusticia. Si nadie juzgase, simplemente no habría injusticia en el mundo. Puede parecer utópico, pero lo contrario es el camino de la guerra interior: nuestro dolor y sufrimiento y la exterior: el exterminio del hombre, no de la naturaleza, como se piensa, la naturaleza siempre sobrevive, con o sin humanos. Es necesario un cambio de mentalidad que, implica, un cambio de forma de ser radical. Pero sólo nos basta con la intención, con el querer, con la voluntad. Y para que se pueda dar esto es necesario que tengamos confianza en nosotros mismos. Nadie de fuera nos puede dañar, pero nadie de fuera nos puede salvar. No podemos renunciar ni a nuestra libertad, ni a nuestra responsabilidad. Eso sí, no se relacione nunca la responsabilidad con la culpa. La culpabilidad es otra falsa creencia que en otro momento trataremos.

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“A medida que el perdón permita que el amor retorne a mi conciencia, veré un mundo de paz, seguridad y dicha.” UCDM. Libro de ejercicios.

El perdón impide el amor. Es decir, nuestra paz. Nada externo puede arreglar lo que no funciona internamente, porque nada externo existe tal cual lo pensamos. Todo es una interpretación. Luego los problemas han de ser resueltos, si queremos ir a sus causas, en el interior. El perdón es admitir al otro, como otro, no como yo me lo represento. El perdón se hace presente en la medida en la que dejo de juzgar. Y si dejo de juzgar, dejo de atacar y de atacarme. Porque todo juicio, en definitiva, se vuelve contra uno mismo. Y en la medida en la que suspendemos el juicio (cosa que ya decían también los escépticos griegos) entonces la culpa (tanto el sentimiento como la culpabilización del otro) desaparecen y en su lugar aparece el amor. Amor en tanto que armonía, en tanto que unidad. No se confunda éste con el mensaje de la psicología positivista, ni con el romanticismo. Nos referimos al nivel de nuestro Ser, al nivel ontológico. En el amor somos unidad, en el odio (donde no hay perdón) nuestro ser está separado del otro y nuestro estado es el de la ira, el rencor, la envidia, el orgullo, el resentimiento…Cuando no perdonamos, sino que culpabilizamos de nuestro mal al otro (la representación que me hago de él) abrimos una brecha entre nosotros y el mundo. Al perdonar dejamos ser al otro y nos llenamos de paz interior, calma y contento: alegría de vivir.

“Es tan cierto que aquellos que abriguen resentimientos sentirán culpabilidad, como que los que perdonan hallarán la paz.” UCDM

Ésta es la clave de la paz y la serenidad interior. El que tiene resentimientos está en guerra, mientras que el que perdona está en paz. Odio y guerra están unidos y marcan la escisión y el sufrimiento. Perdonar, no juzgar y amar están también unidos y nos llevan a la paz y la serenidad. Y es en esto en lo que consiste la felicidad. En un estado pleno de Ser al que llegamos por medio del perdón, es decir, de no emitir juicios. Siempre que emitimos un juicio estamos efectuando una comparación y esa comparación es ilusoria y ficticia, porque lo que hacemos es comparar la imagen que tenemos del otro con la imagen que tenemos de nosotros. Ambas son ilusorias y, curiosamente, en el momento en el que dejamos de emitir juicios se hacen transparentes porque no hay nada que ocultar y nos reconocemos en el otro en tanto que unidad. Por eso el conocimiento es sanación, porque es la ignorancia de lo universal que hay en el otro igual que en mí y a lo que llego a través del no juzgar, lo que me impide ver que el otro es otro como yo. Reconocerme en el otro y, más aún, agradecer su existencia, que sería ya el amor incondicional, es la felicidad, la plenitud, el júbilo, el estar ahí y el presente. Porque si no juzgamos, si perdonamos, ocurre también otra cosa, que salimos del tiempo, porque no tenemos nada que esperar. Se nos ha dado todo y nos damos cuenta de nuestra plenitud, porque todo sentimiento de carencia es también una ficción, una construcción del pasado en la que vivimos instalados. Si nos aceptamos o nos perdonamos a nosotros mismos recuperamos nuestra unidad y nos daremos cuenta de que no carecemos de nada. Que somos todo lo que hay que ser. Porque somos Ser.

“Tú, que formas parte de Dios, no te sientes a gusto salvo en su paz. Si la paz es eterna solo te puedes sentir a gusto en la eternidad.” UCDM Libro de texto.

Aquí tenemos una declaración panteísta en toda regla. Cada uno de nosotros y de todo lo que hay forma parte de dios o de la naturaleza. Ahora bien, lo propio de dios o la naturaleza es la paz, la armonía. Es, como decía Heráclito, la lucha de los opuestos o armonía de los contrarios. El requisito de la paz es el de la armonía, para que haya armonía tiene que haber diferencia, pero no contradicción. La contradicción es excluyente y es la guerra. A su vez, si dios es la paz, la paz es eterna, el universo lo es. La concepción lineal del tiempo es una ficción psicológica. El universo, simplemente, Es, y eso es la eternidad. Si mi ser anhela la paz, pues, de la misma manera anhela la eternidad. Esa es la consciencia plena, la de ser uno con lo que es, sin contradicción, pero sin eliminar la diferencia que es la que nos da la consciencia de la paz. Pero ese estado de paz depende de mi juicio, no puedo participar de la paz y, por ello, de la eternidad, a menos que abandone el juicio. Porque juzgar es dividir. Es abrir una frontera, es levantar el muro del ego frente a los demás y al mundo. En definitiva todo depende de una actitud y, en último término, de una decisión. Lo que sucede es que en esta disyuntiva se elige entre las apariencias: el juicio, el sufrimiento, el dolor, la enfermedad o, la realidad: la armonía, la paz y la eternidad. Parecido a como sugerían los estoicos. Sólo podemos ser, o sabios o necios.

“Desde tu ego no puedes hacer nada para salvarte o para salvar a otros, pero desde tu espíritu puedes hacer cualquier cosa para salvar a otros o salvarte a ti mismo. La humildad es una lección para el ego, no para el espíritu.” UCDM Libro de texto.

El ego es una construcción, una coraza que protege nuestra sombra o nuestra herida. Nada puede salir de él. A través del ego todo viaje hacia el otro es un viaje hacia sí mismo. Nos engañamos cuando pensamos que a través de nuestro ego podemos acceder al otro. Todo lo contrario, el ego es el mecanismo que hemos encontrado y fabricado para protegernos del otro. Porque nuestra relación con el otro se basa en el miedo. Y el miedo engendra la escisión y el ego es el muro de esa escisión, el que asegura la ruptura. Mientras cultivemos el ego por el miedo no podremos salir de él. Y el miedo se expresa en juicios. Sólo cuando dejamos de juzgar, dejamos de temer al otro y, es en ese momento, cuando las barreras del ego se derrumban y aparece el espíritu. Y éste es lo que nos hace común a todos. De tal forma que es el espíritu el que me permite acceder al otro, pero sin el miedo, sin juicio. Con el perdón, que no es más que el reconocimiento de nuestro error y nuestra igualdad. Error que desaparece con el conocimiento que tomamos de él. De ahí que desaparezca también la culpabilidad y aparezca la responsabilidad. La primera es destructiva y se funda en el miedo, la segunda es constructiva y se funda en la fraternidad.

“¿Qué no ibas a poder aceptar si supieses que todo cuanto sucede, todo acontecimiento, pasado, presente y por venir es amorosamente planeado por Aquel cuyo único propósito es tu bien.” UCDM Libro de ejercicios.

Si conocemos y aceptamos la armonía del cosmos todo puede ser aceptado. Y aceptar no es resignación. Sino asumir el Ser. La resignación es un soportar lo que es, pero que no soportamos ni queremos que sea. Por eso la resignación nos corroe y puede llevarnos al rencor y hasta al resentimiento. Aceptamos el Ser porque lo amamos. Porque estamos agradecidos a lo que es. Y, porque el que no juzga sabe que todo lo que ocurre obedece a la armonía del cosmos en la cual no hay intencionalidad de mal. Todo mal, no es más que el producto de nuestro ego que juzga o se juzga en el otro. Porque el otro es nuestro espejo y, cuando juzgamos, nos juzgamos a nosotros mismos y nos vemos en el otro deformados. Por eso no soportamos al otro, porque nos dice quiénes somos. Desde la perspectiva del Ser, de la eternidad, no existe la posibilidad del juicio y, por ello, sólo nos queda la aceptación. Por eso no hay más salida. No existen dos alternativas porque sólo existe una realidad. La infelicidad, la culpabilización, el dolor y el sufrimiento no son más que el camino del error, del No Ser. Seguir este camino, que es el que solemos transitar, simplemente, es una locura.

Cuando se vive en el no juicio, se vive en la espontaneidad. Porque al no juzgar se disuelve la ilusión del tiempo y entonces ocurre el “milagro” vivimos en el presente, actuamos desde la espontaneidad, desaparece el peso del deber y la carga de la moral, nos volvemos niños o artistas y creamos el mundo en cada uno de nuestros actos. Esto es el fluir y la no resistencia. Cuando no aceptamos, literalmente, somos arrastrados por la corriente del Ser, porque éste Es inevitablemente y, entonces, el dolor se hace manifiesto. El no aceptar es una falta de perspectiva, es egoísmo, es mirar desde mi perspectiva a lo universal, cuando la mirada es al contrario, desde lo universal hacia nosotros mismos. Porque únicamente desde lo universal nos podemos entender en nuestra verdadera magnitud.

“Nada que se desee completamente puede ser difícil.” UCDM Libro de texto.

Una sentencia absolutamente contundente y desconcertante porque no estamos acostumbrados a pensar de esta manera. Resulta que solemos pensar, fundamentalmente, desde la sintaxis, y desde el tiempo lineal. El lenguaje moldea nuestro ser y nuestra percepción del mundo. No podemos salir del lenguaje y, por ello, no podemos salir de la percepción que del mundo tenemos. Pero esta percepción es una representación que subyace en el lenguaje. Éste es, a la vez, la posibilidad inmensa de la comunicación y el conocimiento humano, pero, a su vez, es el límite del conocimiento, de la percepción y de la posibilidad de trascendernos. Y esto lo saben muy bien el artista y el místico. Para ambos, lo que hacen está dentro de lo inefable, de lo que no se dice, sino que solo se puede mostrar. El lenguaje es el vehículo del conocimiento, pero del conocimiento lógico y empírico. Es decir, del conocimiento que divide el mundo y al hombre. Es intrínsecamente dual. Por eso la frase de más arriba es tremendamente fácil e inocente, pero, a la vez, nos resulta increíble y paradójica. Porque no somos capaces de pensar más allá de ella. En definitiva, no somos capaces de no pensar. Cuando realmente, para entender esta frase, nos es necesario no pensar desde el lenguaje, sino desde la intuición, la creatividad… o como lo queramos llamar.

Todo lo que se desea, de forma completa, es decir, sin duda, que se siente y se asume como algo ya real, no es difícil obtener, en realidad ya se tiene. Es lo que se nos quiere decir con la fe. Y sé que cuando utilizo este término el lector puede salir “espantado” huyendo de la superstición. Pero no me refiero a lo que nos han hecho entender por fe en nuestra educación occidental cristiana. Más que fe, era una obligación de creer en la superstición y doblegar nuestro espíritu crítico y disidente. La fe a la que me refiero es a la confianza que tenemos por ejemplo en alguien al que queremos y, ni si quiera nos asoma la duda de su veracidad. La duda no aparece, se le cree y punto. Sus palabras son realidad, construyen nuestra realidad o es una realidad de la que participamos. Por eso no hay dificultad en entenderlo, porque lo que nos dice, lo que nos cuenta lo intuimos y lo vivenciamos de manera inmediata. Y, por eso, en los evangelios, nunca Jesús habla de que haya curado a nadie, eso lo dirán después los que hacen propaganda de él. Jesús siempre dice: “Tu fe te ha curado” Hay que entender aquí que la curación a la que se está refiriendo Jesús es eminentemente espiritual, que, lógicamente tiene un reflejo físico, pues claro, pero eso es lo de menos para la fe y para lo que nos quiere mostrar. La confianza en el mensaje que transmite Jesús, u otro cualquiera, es lo que hace que alguien sane, pero sana porque se convierte a la verdad. Es decir, comprende, asume y vivencia la no dualidad, la Unidad. Y, desde ahí, emprende su curación. Por eso, desear algo completamente es tener fe. Y el deseo de algo completamente es verlo realizado. Por eso, el sentimiento de la fe, o del deseo completo, va acompañado de la gratitud. Es decir, cuando deseamos algo agradecemos que ese algo se nos presente. Y, el agradecimiento, como hemos comentado ya, es amor incondicional. Cuando se desea algo no se pide con la intención de recibir y dar algo a cambio. Ese es el dualismo en el que se nos ha educado a través del cristianismo. Esa es, también, la idea de sacrificio. Si quieres algo, te tienes que sacrificar…y así nos tienen dominados. El desear algo completamente es el tenerlo ya de alguna manera. Y, en tanto que lo tienes, ya estás agradecido. Y esto no implica que no te “esfuerces por obtenerlo” pero el esfuerzo, ya no es un sacrificio, sino que es algo que surge espontáneamente de tu Ser. Es creación, como le pasa al científico, o al artista. Su deseo se hace realidad tras un largo camino de esfuerzo, pero ese camino de esfuerzo es inmensamente placentero y lleno de agradecimiento. Y, en el propio camino le viene dado ya lo deseado. En ese sentido nuestras vidas son una obra de arte siempre y que, en cada momento, nos creamos. Si nos repetimos, si nos sumergimos en la rutina y la costumbre, en el hábito, estamos muertos. Somos robots sin deseos, ni intuición. Replicantes, no más. Desear completamente es crear tu vida en cada instante; porque, por otro lado, el instante, el aquí y el ahora, es lo único que existe, por ello es donde debemos estar centrados. En el momento en el que nos salimos de ahí, empieza la angustia, el miedo, la tristeza y entonces nuestros deseos ya no son completos, sino limitados.

“…el ahora es lo que más se aproxima a la eternidad en este mundo. En la realidad del “ahora” sin pasado mi futuro, es donde se puede empezar a apreciar lo que es la eternidad.” UCDM Libro de texto.

Éste es el camino de la sabiduría. La concepción de que el tiempo no existe, que lo único real en este mundo es el ahora y que el ahora es un reflejo, digámoslo así, de la eternidad. Dos son los caminos de la liberación y el despertar que hay que recorrer y que se unen. Uno es el de la sabiduría y otro es el de la compasión. La sabiduría nos hace ver que no existe el presente, ni el futuro, que, en realidad, la base de la idea de presente y futuro es la existencia del ego. Es una construcción de nuestro ego que permite que éste se alimente. Sin el tiempo no es posible el ego. Porque existe siempre proyectado en el pasado en forma de culpa, nostalgia, resentimiento,… o en el futuro en forma de miedo, angustia, odio. Estas emociones instaladas en el tiempo son las que alimentan al ego. De modo que el camino de la sabiduría es el de la eliminación de este ego. Y, para ello debemos instalarnos en el ahora. Y, en el ahora, no hay ni miedo, ni angustia, ni culpa, ni vergüenza, simplemente, se está. Pero, al desaparecer estas emociones, en realidad lo que está desapareciendo es el ego. En el ahora, que al ser absolutamente efímero, está fuera del tiempo, no hay ego. Y, donde no hay ego, lo que hay es vacuidad. La vacuidad es el vacío, pero no la Nada. Es la posibilidad de Ser, pero fuera del tiempo, es pura creatividad y potencialidad. Nuestra percepción, para alcanzar la sabiduría debe encaminarse a sentir que todo momento es el ahora, por tanto la ausencia de ego y de tiempo. Y, en ese ahora permanente, en tanto que no hay ni ego, ni tiempo, no es posible el apego. Y donde no hay apego no puede haber esas emociones de: culpa, vergüenza, tristeza, miedo y ansiedad. Sólo cabe la alegría de ser. Y esto es la libertad.

Por eso con razón dice Krishnamurti que “la compasión es la libertad”. Porque la compasión, el amor incondicional, va unido a la sabiduría. Sólo es posible la compasión si no hay apegos. Y, donde no hay apegos, reina la libertad, la incondicionalidad.

“Cuando dije: “estoy siempre con vosotros”, lo dije en un sentido muy literal: Jamás me aparto de nadie en ninguna situación. Y puesto que estoy siempre contigo, tú eres el camino la verdad y la vida.” UCDM. Libro de texto.

Qué puede significar esta literalidad. Porque en definitiva todo es una forma de mostrarnos el camino que necesariamente tenemos que recorrer solos. Cuando Jesús, supuesto Hijo de Dios, nos dice que siempre está con nosotros a lo que se está refiriendo es a que su naturaleza divina está con nosotros porque, en realidad es nosotros. Si partimos del axioma, del principio, de que somos Uno, pues resulta que esa diferencia no es real es fruto del camino de la escisión, camino necesario de autoconocimiento. Si no hay una escisión, una dualidad no hay autoconocimiento. Dios, el universo, la consciencia se escinde en un proceso de autoconocimiento. Es decir, tenemos una naturaleza divina irrenunciable. Somos, de alguna manera, impecables. El problema es nuestra escisión, nuestro olvido de nosotros mismos. Por eso ya nos lo decía Píndaro: “Llega a ser el que eres”. Dentro de nosotros encontramos nuestra perfectibilidad. O, el mismo Sócrates con su famoso “Conócete a ti mismo”. Ése es el secreto, no otro. Si me conozco, inmediatamente, me sano. Eso no tiene tiempo, ahora bien, hay que conocerse. Y no se conoce uno en un ejercicio retórico, ni si quiera por la reflexión, que es el inicio del camino, pero insuficiente, sino por la vía del sentir. Si no sentimos lo que realmente somos nos estamos engañando. Y el engaño es no reconocernos, no ver la divinidad que habita en nosotros. Por eso también lo decía Agustín de Hipona: “La verdad habita dentro de ti” como buen seguidor de Sócrates que era. Y, claro, nuestra divinidad es la luz, el conocimiento que llevamos dentro. Y no me refiero al conocimiento formal y científico, por muy maravilloso que sea, me refiero al conocimiento sapiencial. A aquel que es experienciable, pero no empírico. Aquel que es vivido y mostrado, pero no demostrado, aquel que es inefable y trasciende el lenguaje, porque el lenguaje es insuficiente. Y, por eso, cada uno de nosotros somos el camino, la luz y la vida. Y esto tiene, a su vez, dos enseñanzas. Primero es que uno debe ser libre y tener su propio poder. Cada cual es su propio maestro. Tiene que aprender a escuchar a su voz interior. Y, en segundo lugar, esa voz interior no se equivoca, si es la del sentir, no la del mero pensar. Seguir nuestra divinidad interior, nuestro Ser escondido, el llegar a ser lo que eres, es nuestro único camino. Y es el camino de regreso al hogar, pero enriquecido por ese viaje. Lo Uno vuelve a la Unidad desde la diferencia. No nos podemos saltar este proceso. Por eso tiene dos sentidos el de escisión, que es el “aprender” y el de vuelta, que es el desaprender.

“El único aspecto del tiempo que es eterno es el ahora.” UCDM Libro de texto.

En realidad la eternidad es la salida del tiempo. Nos movemos en una concepción psicológica del tiempo que es la lineal, esto es estrictamente cultural, es fruto de nuestra tradición judeocristiana que se extendió por todo el mundo. Pero no era la concepción normal en otras culturas. Generalmente la concepción del tiempo era cíclica. Pero, claro, la concepción cíclica implica la eternidad de cada instante. Lo que ocurre en cada instante, en el Ahora, ha ocurrido siempre, infinitas veces y lo seguirá haciendo. En verdad, con esta concepción del tiempo, nos salimos del engaño o la apariencia del tiempo que al único que alimenta es al ego. Puesto que el ego tiene que alimentarse de las emociones de miedo, angustia tristeza,…y todas estas existen en la medida en la que nos proyectamos en el tiempo. Pero si lo único real del tiempo es el Ahora, es decir, la eternidad, el no tiempo, no hay posibilidad del ego. No hay lugar para el miedo, la tristeza y la ansiedad. Sólo para la única emoción real, la alegría de vivir, del presente, del Estar, del Ser. Ese pensamiento es el único adecuado y el que nos conecta con nuestra Realidad, con el Ser que somos y lo hace desde la eternidad, desde el Ahora o la ausencia de tiempo. La única alternativa que nos queda para salir de esta cadena infernal del tiempo es instalarse en el Ahora. Cada momento es el Ahora y uno se deja fluir en ese momento, sin mostrar resistencia, siendo, estando, sin apego. Y, donde no hay apego, no hay proyección. Sólo un eterno presente.

“Cuídate de la tentación de percibirte a ti mismo como que se te está tratando injustamente.” UCDM Libro de texto.

Lo que generalmente hacemos es considerar, cuando nos encontramos mal, que se nos está tratando injustamente. Lo que hacemos es juzgar al otro como culpable de nuestro mal. Hay que evitar esa tentación y esa acción. En la medida que juzgamos y proyectamos en el otro nuestro mal, nunca lo resolveremos. Porque nunca lo veremos. El otro es el espejo en el que nos podemos ver, pero si lo nublamos con nuestros juicios perdemos la oportunidad de ver quiénes somos. Lo primero es no juzgar, solo observar nuestras emociones y analizar para qué están ahí, qué nos quieren decir. Si, inmediatamente que nos aparece una emoción negativa, la vertemos en el otro perdemos la oportunidad de la enseñanza que guarda para nosotros esa emoción y caemos en un círculo vicioso del que difícilmente podremos salir. La única manera de cortar ese círculo es no juzgar y no culpabilizar. Conocerse a sí mismo, ser lo suficientemente valiente de aguantar la emoción, de hacernos cargo de ella. De ser libres y autónomos y, por ello, responsables de esa emoción, que no culpables. Tampoco nos podemos juzgar a nosotros mismos, porque si lo hacemos estamos en las mismas. Es nuestro ego el que actúa. Sin juicio el ego queda desarmado. Por eso tampoco podemos juzgarnos y, si no lo hacemos, no nos culpabilizamos. La culpa es una forma de domesticación, de hacernos esclavos, un invento del poder que el ego reproduce. Hay que desprogramarse de la culpa que lo único que hace es impedir la acción y hacerse responsables para ser creadores de nuestra propia existencia. Nunca es el otro el que comete una injusticia contra mí, soy yo el que pongo todos los medios para que ello ocurra y, para que, al final, mi percepción del otro sea la del culpable. Pero, basta con un cambio en nuestro juicio para darnos cuenta cómo cambia nuestra percepción del otro. Insisto, esto entra dentro de lo inefable, de lo vivenciable. Las palabras sobran. Sólo hay que hacerlo y poner toda la confianza en ello.

 “El ego no es más que la idea de que es posible que al Hijo de Dios le puedan suceder cosas en contra de su voluntad.” UCDM Libro de texto.

Una sentencia contundente y sin reverso. Bueno, en realidad, como todo el texto que se basa en unas lógica implacable y una determinación inflexible. Estas características pueden en un principio, junto con otras, echar para atrás, pero son absolutamente necesarias si de lo que se trata es de desaprender todo el conjunto de creencias adquiridas que llevamos incorporadas y que nos limitan. ¿Qué es el ego? Pues nos viene a decir que es el pensamiento, poderosísimo, por otro lado, de que nos pueden pasar cosas en contra de nuestra voluntad. Efectivamente, por eso el ego se alimenta del miedo. Es el miedo lo que hace que el ego crezca. Temer al futuro es lo propio del ego, pero el futuro no es real. Ya hemos visto que lo real del tiempo es lo eterno y es el Ahora. En esta medida, todo lo que sea miedo es apariencia. Por qué menciona Hijo de Dios. Pues bien, podemos leer el texto como queramos. Creo que el texto está escrito para occidentales y en un lenguaje teológico-salvífico para occidentales. Y por eso se utiliza la revelación cristiana, los evangelios y la teología revelada del cristianismo. Aunque, por supuesto, excede en mucho la dogmática de la iglesia. Por ello recomiendo que cada cual haga su lectura: o literal o simbólica. Pues bien, cuando se dice Hijo de Dios lo podemos interpretar como un elemento inseparable y Uno con la Totalidad. Pues bien, en la medida que somos universo y el universo está en nosotros, nada puede sucedernos en contra de nuestra voluntad. Ahora bien, siempre que entendamos esa voluntad por la voluntad de nuestro Ser, no la del ego. Y esto es muy sencillo de diferenciar. Nuestra voluntad está en sintonía con el universo, siempre y cuando veamos todo desde la eternidad. Cuando nos instalamos en el Ahora que impide y elimina la presencia del ego. O cuando seamos capaz de sentir el “Yo soy eso” de Sankara y el hinduismo advaita. Ahora bien, cuando estamos instalados en el tiempo, pues sentimos, básicamente, miedo, tristeza y angustia. Entonces no estamos hablando de nuestro Ser, sino de ese engaño que es el ego. Y éste sí puede sufrir daño, en realidad es él quien se lo infringe, porque todo es una creación suya. En nuestro Ser somos impecables, en el ego somos vulnerables. Y esto es un estado mental, una forma de estar en el mundo. Por eso, cuando estamos instalado en el Ser, en conexión con el universo, pues sólo es posible que nuestra voluntad coincida con el ahora. Y de ahí que nada pueda suceder en contra de esa voluntad, porque en realidad nada sucede, todo es. Por tanto, nunca nos pueden suceder cosas en contra de nuestra voluntad si ésta es la verdadera voluntad, la que escapa del miedo, la tristeza y la angustia. A algunos le parecerá esta comparación un tanto forzada, pero esto es similar al pensamiento de Spinoza cuando habla de situarse en una visión del mundo desde la Especie de la eternidad, desde la mirada de Dios. Y entonces es cuando alcanzamos el amor intelectual de Dios. Otra forma de decir la impecabilidad o invulnerabilidad, o, más prosaicamente, como decían los estoicos, la apatía o la serenidad del alma.

“Es difícil entender lo que realmente quiere decir “El Reino de los Cielos está dentro de ti…La palabra “adentro” es innecesaria. Tú eres el Reino de los Cielos. UCDM Libro de texto.

¿Qué se nos quiere decir que el reino de los cielos habita en nosotros? O, lo que es lo mismo, hasta que no volváis a ser como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos. Los evangelios los podemos entender como una gran metáfora. Como un libro sapiencial, no literal. No se trata de discutir aquí si es lo uno o lo otro, que cada cual lo tome como le venga bien, mientras no intente imponerlo a nadie. La sabiduría que albergan supera a cualquier interpretación. Pero como libro sapiencial nos indica el camino del conocimiento que es el mismo que el camino de la sanación, espiritual o la iluminación. El despertar, en definitiva. Cuando se nos dice que el reino de los cielos habita en nosotros lo que se nos está diciendo es que todo lo que significa el reino de los cielos: la eternidad, la paz, el perdón, la ausencia de juicio, el amor incondicional, el agradecimiento, están en nuestro interior. Pero lo que ha ocurrido es que, tanto históricamente, como biográficamente, hemos ido abandonando ese mundo de inocencia, de paraíso, de unidad y hemos transitado hacia la escisión y la dualidad. E, insisto, que esto es un proceso que tiene lugar a nivel histórico y biográfico. Y un proceso, además, necesario. A medida que crecemos y evolucionamos nos vamos separando de los orígenes. Y en los orígenes está la unidad, nuestro reino de los cielos. Y este es el sentido que se le puede dar al mandato o exhortación de que hasta que no seamos como un niño, el niño que todos llevamos dentro y que está herido, no entraremos en el reino de los cielos. Y esto es así, porque es ese niño, precisamente, el reino de los cielos. Volver a recuperar a ese niño interior y que sea el reino de los cielos implica sanarlo, aceptarlo. Tomar consciencia de que ese niño somos nosotros. Es nuestro espejo con las heridas que la vida ha ido infringiendo en él. Pero también hay que darse cuenta que lo que se nos dice es que tenemos que volver a recuperar ese niño interior que representa el reino de los cielos. El niño, en sí mismo, no es el reino de los cielos, porque es inconsciencia. Es necesario el camino de ida, la escisión, la dualidad, para conquistar la consciencia y la libertad, para luego volver a la unidad perdida. Pero al volver a la unidad lo hacemos desde la consciencia. Ya no somos inconsciente ni inocentes, como el niño, sino plenamente conscientes. Y esa consciencia y autonomía la hemos adquirido en el camino de la dualidad en la escisión entre el tú y el yo, entre el hombre y la naturaleza, entre hombre y mujer… Y, cuando hemos adquirido la consciencia máxima de esa dualidad, históricamente la escisión es máxima (entre el hombre y la naturaleza, entre el tú y el yo, nos hemos vuelto islas nihilistas), lo que nos lleva a que nuestra consciencia individual también está en la máxima escisión, pues entonces es el momento de volver a casa, a la unidad. Pero, como viene el hijo pródigo, con el conocimiento. Por eso al hijo pródigo se le festeja, viene, retorna a la unidad de nuestro hogar, con la consciencia de la herida, de la escisión. Su vuelta a casa no es la vuelta a la inocencia, es la vuelta al Ser autoconsciente. Y, por eso, en sentido pleno podemos decir que, no es que el reino de los cielos habite en nosotros, sino, más aún, que somos el reino de los cielos. Sólo es necesario tomar consciencia de ello. Y, en la medida que tomamos consciencia de ello, surge la gran transformación, la vuelta a casa, la consciencia plena, la ausencia de culpabilidad, el reconocimiento del otro y de la naturaleza, desde la diferencia en la Unidad, el agradecimiento absoluto, la paz perpetua o eterna o fuera de la apariencia del tiempo. Es necesario la muerte en vida para experimentar el renacimiento. En definitiva es lo que todos los místicos, orientales y occidentales, nos han dicho, así como los grandes maestros espirituales de la humanidad, como puede ser en el caso que comentamos, Jesús de Nazaret. Ser el reino de los cielos es albergar en sí mismo la auténtica realidad que somos. Y tomar consciencia de ello es nuestro renacer en la vida del espíritu, que diría Agustín de Hipona o San Juan de la Cruz.

“No le enseñes a nadie que él es lo que tú no querrías ser. Tu hermano es el espejo en el que ves reflejada la imagen que tienes de ti mismo mientras perdure la percepción.” UCDM Libro de texto.

Todo es apariencia. Todo es la caverna de Platón, la Matrix en donde estamos conectados que fabrica una realidad para nosotros. Y la forma de salir de esa ilusión es el conocimiento. Y el conocimiento nos viene del otro, pero es y debe ser autoconocimiento. El otro, aunque nos cueste creerlo, es nuestro espejo. Nos vemos reflejado en el otro, pero no somos conscientes de ello. No puede ser de otra manera porque todos tenemos la misma naturaleza, todos somos humanos, por tanto, todo lo que veamos en el otro no nos es ajeno, sino que, por el contrario, nos es muy familiar. Y nos construimos nuestra imagen a partir del otro. Y este es el grave error, porque la imagen que nos construimos de nosotros mismos es la contraposición de lo que vemos en el otro y que consideramos que con nosotros no tiene nada que ver, mientras que, en realidad, es nuestro fiel reflejo. Y, de esta manera, lo que hacemos es construir una idea falsa de nosotros mismos, una creación que nos sirve para protegernos de nosotros mismos y del otro que es el que nos enseña, el camino que nos puede servir como guía para volver a casa. Pero cerramos ese camino mediante el juicio. Juzgamos y, al juzgar, separamos el otro y la imagen que tenemos de él, de nosotros mismos. Y nos definimos a la contra. Es decir, que tenemos una imagen falseada, aparente, de nosotros mismos, que es, curiosamente, la que consideramos verdadera y la que nos guía. Es el miedo a que nadie vuelva a tocar la herida que llevamos dentro lo que nos hace construir una barrera entre el yo y el tú, siempre resulta que el yo es el bueno, fíjate por dónde. Pero esto es, simplemente absurdo, porque si todos pensamos lo mismos, todos somos los buenos, pero esto no se corresponde con nuestro pensamiento íntimo en el que consideramos que el otro es el malo y la causa de nuestros males. Pura apariencia, puro engaño y cobardía.

El otro es lo que yo no querría ser, pero que en realidad soy y, por ello, no soporto al otro. No es el otro el origen de mis males, soy yo la causa de mi desgracia. Desgracia que, por supuesto es aparente pero a la que temo. Porque el origen de todo es el miedo. Pero si yo soy capaz de reconocer en el otro mi imagen y considerar al otro mi maestro, porque ha reflejado mis vicios, pues entonces, como hacían los escépticos griegos, suspendo el juicio, dejo de juzgar. Y, aún más, muestro agradecimiento, porque es precisamente esa imagen distorsionada que tenía del otro la que me enseña cual es mi engaño. Y, una vez que hemos aprendido dónde estaba el engaño recobramos la perfección de nuestro Ser y soltamos un apego. Porque esa es otra cosa interesante, todo juicio es una forma de apego. En el momento que dejamos ese juicio nos hemos liberado de un apego. Nos acercamos más a quiénes somos realmente y debilitamos nuestro ego (el conjunto de juicios sobre el mundo y los demás que nos permiten sobrevivir, es decir, adaptaciones, pero no vivir, y de lo que se trata es de vivir.)

En última instancia de lo que se trata es de suspender la percepción porque en la percepción misma está la escisión, está el juicio. Hemos de aprender a ver con los ojos del agradecimiento y de la compasión y, entonces, el mundo se transformará. ¿Cómo ven los niños? Pues esa mirada inocente del niño es la que debemos recuperar: la ausencia de percepción que permite que el Ser se nos manifieste ante la mirada.

“Hay muchas respuestas que ya has recibido pero que todavía no has oído.” UCDM Libro de Texto.

Nos empeñamos en vivir en contra de nuestra propia naturaleza, de nuestro propio ser. Todo el conocimiento para llegar a ser lo que somos ya se nos ha ofrecido, pero hemos dejado de escucharlo. Por el contrario nos hemos dejado seducir por los cantos de sirena del progreso, de la tecnociencia, de la innovación, de la fuerza y conquista de la naturaleza,… y por el camino nos hemos ido perdiendo y hemos ido, y eso es lo peor, cortando los hilos que nos podían permitir volver a nuestro Ser. Por eso andamos perdidos, como vagabundos del Ser, sin sentido alguno, rascando con nuestra razón sólo la superficie de los problemas. Dando vueltas en círculos, sin saber dónde de verdad hemos de dirigirnos. Sin ser capaces de volver la mirada hacia el único sitio donde aún podemos encontrar el hilo de unión con nuestro verdadero Ser. Y ese sitio somos nosotros. Pero ni lo recordamos y, si lo recordamos, no nos atrevemos porque en ese lugar abundan las tinieblas. De ahí surge el miedo. Porque mirar dentro es ver la soledad, el absurdo y el teatro del mundo que representamos. Y es eso lo que tememos: el nihilismo. Por eso es necesario atreverse, es necesario ser libre para traspasar esa frontera de las apariencias a las que estamos atados y esclavizados. Pero ello no es fácil porque nuestro vínculo con la naturaleza está prácticamente roto. No escuchamos nuestro cuerpo, ni sus ritmos. Escuchamos la voz de la técnica, nos dejamos cosificar, medicalizar. Instrumentos de la razón calculadora. Toda nuestra vida está ordenada conforme a esta razón, que no es la razón del universo. Aquel Logos que descubren o desvelan los griegos, como la Unidad del Ser. “El Logos es lo común.” Y eso es lo que tenemos que escuchar. Qué es lo común que tenemos con la naturaleza. Porque somos naturaleza y nunca lo hemos dejado de ser, lo hemos olvidado en el empeño de soñar que somos como dioses cuando en realidad nuestra divinidad es nuestra naturaleza lo que debemos redescubrir. Todo esto es lo que desde nuestro nacimiento se nos ha dicho y lo que aún no hemos oído. Hay demasiado ruido y no somos capaces de permanecer un minuto en silencio, escuchando simplemente la respiración, el ritmo del cuerpo al respirar, la sintonía de la respiración con todo lo demás. Llegar, a través de la respiración, al universo y, con ello, al agradecimiento del Ser. Hemos olvidado agradecer el hecho de que somos y nos hemos girado hacia el tener. Pero el tener se esfuma en el sueño del tiempo, mientras que el Ser nos instala en lo único que poseemos, El Aquí y el Ahora. No hay nada a qué aferrarse. Todo está dicho, sólo es menester escuchar, prestar atención, pararse un momento, detenerse y mirar hacia dentro y entonces el mundo se nos desvelará y se descorrerá el velo de Maya y veremos cómo “el mundo de los despiertos es común, mientras que el mundo de los que duermen, es diferente para cada cual”.

“Lo que no es amor es siempre miedo, y nada más que miedo.” UCDM Libro de texto.

No nos lo puede decir más claro esta obra. Sólo tenemos o amor o miedo. Sólo podemos tener uno de los dos, son excluyentes. Optar por el miedo es una locura y, tarde o temprano habremos de renunciar a este camino. Pues bien, el problema es que estamos sumidos en el miedo. Es el miedo nuestro dueño, a pesar de tener la sensación de que nos divertimos, de que somos felices, de que hacemos lo que queremos, que somos libres… Todo es apariencia, todo es un tupido velo de Maya que hemos ido tejiendo a lo largo de nuestra vida para ocultar nuestro miedo. Nuestro miedo a la separación. Esa profunda herida que sufrimos en la infancia. Y no hay que irse muy lejos. A religiones sapienciales o filosofías esotéricas, ya lo tenemos en Freud, o en Jung. Nuestro anhelo de felicidad no es más que el intento de recuperar el sentimiento oceánico que teníamos en el útero materno. Bueno, hoy las cosas se han complicado un poco más y, como se nos demuestra por medio de la epigenética, pues las emociones de la madre pasan al niño e, incluso, pueden modificar su código genético. Con lo cual se produciría una marca para el resto de su vida y, por lo demás, curiosamente, heredable. Pero no vamos a entrar en esta dimensión científica, movámonos en el nivel ético-filosófico. Y, aquí, podemos señalar que esa escisión del origen, del principio, esa que da lugar a la primera piedra en la construcción del yo está acompañada ya del miedo. El miedo a lo desconocido, a lo otro. Y sobre este miedo es sobre el que se funda toda la cultura y todo el sistema de poder, así como toda forma o intento de liberación de ese poder. El ego o el yo, no es un mal en sí, es un ente necesario en nuestra propia evolución sin el cual no hubiésemos sobrevivido. Por eso es interesante la definición de Kant, de que el hombre es un ser sociablemente insociable. Lo gregario y lo solitario (egoico) va en la misma naturaleza del hombre. Sin ego nos fundimos en la muchedumbre, a causa precisamente del miedo de nuestro ego a estar solo. Pero, un ego sano se inspira en la libertad, en atreverse a caminar por sí mismo, en salir de la caverna. Un ego solitario es el que trasciende el miedo. Pero, curiosamente, cuando trasciende el miedo, se está trascendiendo a sí mismo. Porque el origen del ego, como hemos dicho, es el miedo. Es el amor incondicional a la humanidad el que hace que avance en solitario. Recuerdo aquí, precisamente, el prólogo de el “Así habló Zaratustra” él baja de las montañas a donde están los hombres por su propia abundancia de amor a la humanidad. Igual que el sol da su luz por su propia abundancia. Es lo de la gratitud. Salimos del ego por la gratitud. Zaratustra ama a los hombres y por eso abandona la soledad de las montañas y su sabiduría. Porque su sabiduría se hará plena cuando la comparta con la humanidad. Por eso, lo que no es amor es miedo. Es decir, toda huida, todo repliegue, todo juicio, todo sentimiento de culpabilidad, toda culpabilización, no es más que miedo a uno mismo y su soledad y toda reflexión que le pueda seguir no es más que una justificación de ese miedo. Porque, claro, con el miedo no podemos vivir, nos tenemos que forjar una visión de las cosas que integre esa pasión y que justifique nuestro vivir, nuestros actos, nuestros juicios y falsas creencias. No podemos sentirnos culpables, en todo caso los culpables son los otros. Y escondemos el miedo bajo siete llaves. Y nos enclaustramos en una soledad plena de compañía de los otros solitarios que nos acompañan y nos hacemos gregarios, muchedumbre. Es necesario el valor para abrirse paso en esa escisión primigenia, para recuperar esa unidad perdida. Pero sólo existe un camino, como todas las religiones sapienciales, e, incluso, el cristianismo han propuesto, el amor. Y, como la misma filosofía, ya desde los estoicos y luego Spinoza, por citar al más señalado, han recordado. La salida es la fraternidad. La fraternidad es el reconocimiento de lo común en el otro y es la trascendencia del yo particular en lo universal y se expresa en la alegría de vivir. Y ahí es donde emerge el amor intelectual de Dios o Naturaleza o lo místico, lo inefable. Y el miedo desaparece porque no tiene lugar.

“Todo perdón es un regalo que te haces a ti mismo.” UCDM. Libro de Texto.
El perdón es la mejor forma de encontrarte a ti mismo a través del otro. Perdonar al otro no hay que entenderlo como sacrificio. El cristianismo se ha basado en la idea de sacrificio porque por medio de él se somete el espíritu del hombre. Ahora bien, nada ni nadie nos obligan al sacrificio. El sacrificio es una forma de esclavitud, ya sea impuesto o autoimpuesto. El sacrificio nos doblega y elimina nuestro ser, nuestra creatividad e inteligencia, nuestro amor a la vida, e, incluso, a nosotros mismos. Si algo hacemos sacrificándonos, entonces no estamos en ese algo, no somos nosotros mismos, nos estamos prostituyendo. El sacrificio es una perversión que va en contra de la propia naturaleza. Pero hemos aprendido hasta el tuétano la creencia en el sacrificio, en que es necesario y virtuoso. Falso y nada más lejos de la verdad y de la vida. Como digo, el sacrificio va en contra de la propia vida, de nuestro querer vivir, es una mutilación. Y por eso no debemos confundirlo con el perdón. Éste, por el contrario, es un acto de donación. En el perdón nos damos por propia voluntad. Es más, el perdón es el reconocimiento de mi propio error, de mi propio juicio. El perdón siempre se vuelve sobre sí mismo y por ello sentimos un gran agradecimiento cuando perdonamos. Porque, en definitiva, perdonar es reconocer nuestro error al juzgar al otro. Siempre que perdonamos rompemos la barrera entre el tú y el yo. Por eso el acto de perdonar se vuelve un regalo para uno mismo y nos sentimos felices y en unidad con el otro y en armonía con todo. Para perdonar es necesario perdonarse. Sin el segundo no hay el primero. Si no rompemos nuestra barrera, nuestro ego, siempre vamos a culpabilizar y, desde la culpa, no hay perdón. El perdón sólo puede surgir del agradecimiento. El agradecimiento es el amor incondicional a todos los seres y, por ello, se vuelve hacia ti. Es un regalo que te haces. Pero todo esto escapa al proceso racional. Es muy sencillo, sólo hay que quererlo. Y en cuanto se quiere, se siente. La cuestión es quererlo de verdad. Y ahí empieza la parte difícil y, como no se suele conseguir, empezamos rápidamente a construir justificaciones de por qué voy yo a perdonar…y a emitir juicios, a fulanito que es un tal es imposible perdonarle…y, poco a poco, nuestro malestar va en aumento. Cuando todo hubiese sido más fácil si hubiésemos perdonado. Nos hubiésemos encontrado con el regalo de la felicidad del otro y de nuestra felicidad.

“La paciencia que tengas con tu hermano es la misma paciencia que tendrás contigo mismo. ¿No es acaso digno un Hijo de Dios de que se tenga paciencia con él?” UCDM. Libro de Texto.

La paciencia, una difícil virtud. Y, además, olvidada. Se habla mucho de otras virtudes que se las considera superiores, pero a ésta se la tiene un tanto relegada. Y más en el mundo de prisas, exigencias y autoexigencias en el que vivimos. La paciencia es saber esperar. Atender al otro y atenderse a sí mismo en el momento presente. Es paciente el que no mira al futuro, el que se centra en el presente, el que vive el ahora y no le pide más al tiempo. Ser paciente con el otro es no pedirle más, como tampoco te lo pides a ti mismo. Aunque en este mundo loco e ilusorio nos exigimos lo que el sistema (inventado por nuestra loca fantasía) nos pide. Y por eso vivimos impacientemente proyectados en el futuro. Es decir, estamos en un sinvivir constante. No tenemos ningún derecho sobre el otro, no podemos exigirle ni pedirle nada. Tal y como es, es perfecto. Y, todos nuestros males proceden de juzgarlo. Cuando somos impacientes con él, lo estamos juzgando, lo estamos transformando, ya no es él con el que estamos, sino con nuestra impaciencia, con una proyección ilusoria de nuestro futuro. Pero, ¿quiénes somos nosotros para esperar, ni pedir, ni juzgar a nadie? ¿Acaso no es el otro, otro yo? Y, si lo es, ¿no deberíamos tratarlo como tal? Si el otro es un Hijo de Dios, como nosotros, es nuestro hermano, por lo tanto hemos de tratarlo como nos tratamos a nosotros. Por ello hemos de aprender dos cosas. Primero, ser pacientes con nosotros, perdonarnos y, segundo, tal y como lo somos con nosotros, lo seremos con los demás. La paciencia con los demás surge del perdón de uno mismo y de la consciencia de fraternidad.

“Si lo que quieres es estar en paz tienes que abandonar para siempre la idea de conflicto.” UCDM Libro de texto.

La paz es la felicidad que podemos alcanzar. La felicidad no es un estado positivo de posesión de cosas, sino un estado mental. Y ese estado mental consiste en la paz. Pero qué es la paz. Pues la paz es la ausencia de conflicto. Pero qué es el conflicto y de dónde surge. Cuando hay conflicto lo que sucede es que estamos divididos y hay una parte de nosotros que tira para un lado y otra para otro, o estamos enfrentados con los otros, con la sociedad en su conjunto o con el mundo en general. Es decir, que no nos hayamos, no nos encontramos y no somos lo que realmente somos. Estamos en guerra con nosotros mismos. El origen del conflicto, de la guerra está en nosotros. Por eso nos dice la sabiduría antigua, Píndaro “Llega a ser el que eres” Habita en nuestro interior. Lo mismo que la paz es un estado mental, pues igual ocurre con el conflicto. Lo que sucede es que el conflicto, y su idea, es una falsa creencia. O, más bien, surge de una falsa creencia, en definitiva, de un juicio.

En la medida que juzgamos estamos en guerra. De ahí que el conflicto emerge de nosotros y se convierte en una idea. Pensar que estamos en guerra con nosotros mismos, o con el otro, es una falsa creencia basada en la comparación. En la medida en la que nos comparamos con el otro entramos en competencia y esto es lo que nos produce la guerra. Pero toda competencia es una ilusión. En primer lugar, no procedemos de la competencia y la guerra, sino de la colaboración. El conflicto es una creencia que surge en nosotros a través del juicio pero que el poder aprovecha para mantener un estado de guerra. Éste produce el miedo y, de esta manera, renunciamos a la libertad a cambio de la protección y la seguridad. Pero esta dimensión política no se trata en esta obra. Porque lo político se derivaría de lo ético. Lo que sí podemos decir es que todo conflicto nos lleva a la escisión y que si queremos la paz debemos abandonar la idea de conflicto. No debemos creer en el conflicto porque, en realidad, el conflicto no existe. Existe de forma relativa; es decir, existe en la medida en la que yo juzgo. En ese momento se produce la división entre el yo y el tú, o en mí mismo. Por eso, una buena estrategia para lograr la paz es abandonar esta idea de conflicto que es la misma que la de separación. No existe, en verdad, la separación, es una forma de percibir. Si no creemos en la idea de separación percibiremos la unidad. Y, donde hay unidad, no puede haber conflicto. Por ello, es menester darse cuenta que de la idea surge el estado mental y de él la acción. Si tenemos la idea de conflicto nuestro estado mental será el de la división, la separación y, con ello, el sufrimiento. Y, nuestros actos irán dirigidos a alimentar esa idea, ahora bien, si sustituimos esa idea por la de la unidad, desaparece el conflicto y nuestros actos confirman la unidad, es decir, la paz, que es la felicidad. Simplemente debemos albergar la idea de que Yo Soy, o como dice el vedanta advaita: Yo Soy Eso.

“Tú eres la obra de Dios, y Su obra es totalmente digna de amor y totalmente amorosa. Así es como el hombre debiera pensar de sí mismo en su corazón, pues eso es lo que realmente es.” UCDM Libro de Texto.

Si nuestra idea de nosotros mismos es la de un ser que odia, que compite, que está en conflicto, que lucha, que es un  “lobo” (con perdón de éste), para el hombre. Pues resulta que no tenemos una idea adecuada de lo que somos. Y como no tenemos una idea adecuada de nuestro ser, pues estamos en guerra y en sufrimiento. Lo que hemos conquistado a lo largo de la historia del hombre es que somos sujetos de dignidad; da igual que lo seamos porque somos hijos de dios, que porque somos producto del universo. Los nombres no nos importan. El universo, en el hombre, se hace consciente de sí mismo (porque somos polvo de estrellas, estamos compuestos de los mismos átomos del origen del universo) y él mismo se otorga la dignidad y la libertad. Somos nuestra propia creación, porque somos creación o autocreación del universo. Y ése es el gran logro del hombre, la conquista de esta doble naturaleza. Ésta es su espiritualidad. Haber alcanzado la dignidad y la libertad. En tanto que hijos de dios o el universo, nos da igual.

Pero es que además nuestra dignidad es sujeto de respeto o, más aún, de amor. Y nuestra dignidad produce amor, es amorosa. Esto añade una dimensión más, ya formulada, pero no suficientemente desarrollada. En primer lugar, si queremos resolver los conflictos, internos y externos, nos tenemos que considerar como sujetos dignos o llenos de dignidad. Pero, en tanto que somos dignos, somos sujetos de respeto, que han de ser respetados, pero han de ser respetados, porque, en tanto que tales, somos sujetos de amor, no de odio. Sólo se puede odiar al mal, pero nosotros no podemos ser el mal, puesto que somos universo. Es una contradicción. Dicho de otra manera, el otro es objeto de amor para mí en la medida que es digno. Y yo, en la misma medida, soy un sujeto que es capaz de amar, y nos referimos como siempre, al amor incondicional, no a los intereses, ni al amor romántico. Sino amar al otro, simplemente, porque existe. Y ésta es la idea adecuada que tenemos que tener de nosotros mismos, porque, en realidad, es la idea de lo que somos. Pero, en realidad, nos empeñamos en pensar lo contrario. En vernos desde el enfrentamiento, la división y el conflicto. No desde la unidad que representa la armonía y la dignidad.

Visto esto, desde una dimensión política o pública, que tantas veces se me pregunta, pues es muy sencillo. El mundo no lo podemos cambiar desde fuera, ni cambiando las estructuras. Es más, podeos pensar, incluso, que en parte, las estructuras ya las tenemos, pero no funcionan porque el hombre, individualmente, no funciona, es decir que vivimos en la escisión, en el odio, el rencor, la envidia, el resentimiento. Y, claro, si representamos las instituciones sociales, pues éstas funcionan no desde la dignidad, el amor, la unidad, sino, desde el odio, el rencor, la competitividad. Por tanto, no se trata de una crítica racional del mundo y el sistema, eso ya lo hemos hecho y de sobra. Quizás el error de Occidente es el exceso de pensamiento sobre el error. Ya lo conocemos y lo tenemos muy pensado, pero no lo corregimos, porque nos quedamos en el mero pensar. De lo que se trata es de desarrollar la hermana menor de la Ilustración, que traería consigo, lo que ya Riechmann llamaba una segunda Ilustración, y me refiero a la fraternidad. Y es curioso que, precisamente, la última obra de Riechmann, filósofo, matemático y poeta, se titule “Autoconstruirnos”. Es decir, que reconoce que la única salida política (pública) a la encrucijada en la que vivimos es la de la autoconstrucción. Esto es, que todo cambio es un cambio de nuestra propia conciencia. Un cambio de nuestro estado mental. Y ese cambio consiste en un cambio de lo que pensamos de nosotros mismos. Porque en realidad, la guerra y el conflicto, no dependen de nuestra naturaleza, no éramos así en el paleolítico, sino de una falsa creencia. Nos creemos aislados y en competencia, nos creemos que no somos dignos ni de afecto, ni de amor, ni de respeto. Nos creemos que nos tenemos que ganar el puesto en el mundo por la dura competencia. Y, claro, creamos un mundo a partir de esa falsa creencia. Pero el mundo que hemos creado, además de producirnos un tremendo sufrimiento, nos lleva al apocalipsis de la humanidad. De ahí que, ante lo visto, sólo nos queda una salida. Y es una salida ética, no política. La política, ya digo, se seguirá de la ética. Y esta salida ética consiste en cambiar la idea que sobre nosotros tenemos. Es decir, pensar con el corazón y sentir con las razones del corazón, que decía Pascal, que somos hermanos, es decir, lo de la fraternidad. Que somos dignos de amor y amorosos (que cooperamos, compartimos, ayudamos,…vivimos en simbiosis) Y, si pensamos esto, pensamos desde la unidad y entonces transformamos nuestra realidad, pero, también, la realidad que está a nuestro lado. Siempre habrá quien piense que no participa de esta idea, ni intentara la transformación interior porque el otro no lo hará, bien, es posible…pero ese es el camino del infierno, que, por otro lado, ya conocemos. El camino del cielo, la paz o la felicidad, es el de la fraternidad, con todo y con todos.

“En este mundo puedes convertirte en un espejo inmaculado, en el que la santidad de tu Creador se refleje desde ti hacia todo lo que te rodea. Puedes ser el reflejo del Cielo aquí.” UCDM, Libro de texto.

Qué se nos quiere decir aquí. Como siempre hay que leer estos textos de manera simbólica. Hemos creado un lenguaje para hablar de lo inefable, pero no podemos quedarnos en el lenguaje porque éste es simbólico. El objetivo en la vida es convertirse en un espejo inmaculado. Y qué puede significar esto. Pues en ser reflejo del mundo. Pero ese reflejo del mundo es, al ser inmaculado, la auténtica realidad. Y la auténtica realidad es la que no viene mediatizada ni por mi percepción, ni por mi pensamiento. La realidad tal cual es. Pero, claro, si no hay mediador, ser un espejo inmaculado es ser la misma realidad. Es Ser uno con lo reflejado, es trascender la dualidad que, como hemos visto, siempre procede del juicio. Juzgar es separarnos del resto del mundo. Si no juzgamos nos convertimos en espejos inmaculados. Somos espejos con manchas, con distorsiones que nos enseñan una realidad que no es, sino que son apariencias. Cuando vemos con los ojos inmaculados, sin juzgar, vemos que el otro soy yo. Ese es mi reflejo. Lo que yo reflejo, si no juzgo es el tú. Porque todos somos iguales. Las diferencias proceden de nuestros juicios. Todos participamos de la humanidad, somos humanidad. Y, si todos tuviésemos este pensamiento, no habría dualidad. Pero nos fijamos en las diferencias inventadas que proceden de nuestros juicios, una imagen distorsionada de mí y del otro- Además, es que ésta es nuestra esencia: ser una misma humanidad en unión con el Ser.

En ese espejo inmaculado se refleja la santidad del Creador. Es decir, que en cada uno de nosotros está reflejado el universo, porque somos universo, uno con él, o, para el creyente, si le es más cómodo, uno con Dios. Y hay santidad porque el Universo no tiene más remedio que ser el bien, precisamente porque es el Ser. No hay diferencia entre Ser y bien, lo que hay es el Ser, el bien y el mal, son los productos de nuestros juicios distorsionados, de nuestra dualidad. En tanto que juzgamos nos hacemos duales y nos alejamos de nuestra santidad e impecabilidad. Ya nos lo han contado en los mitos primitivos. Hubo un pecado original, esto es simbólico, claro, que es el que produce la dualidad, el sufrimiento. En el cristianismo viene muy bien expresado por el sentimiento de vergüenza, que es claramente la dualidad. En el paraíso somos inmaculados, no hay distinción entre hombre-mujer, ni entre hombre y naturaleza. Hay unidad, ahora bien, fuera del paraíso aparece la dualidad, hombre mujer, hombre naturaleza. La escisión, la alienación, el trabajo. Pero recuperar la santidad, la inocencia, el Ser, es cuestión de juicio. Si no juzgo me siento como ser en el universo, no como enfrentado al universo. No hay castigo, ni culpa. Todo eso es mito que alimenta al poder. Pero es que ontológicamente es lo que somos. Estamos compuestos de un conjunto de átomos que proceden del origen del universo. Somos una forma de organización del universo dentro del universo y no separado de él. Una forma que el universo “utiliza” para percibirse, por eso, si juzgamos nos percibimos como separados y sufrimos, si no juzgamos y perdonamos (nos autoperdonamos) pues nos volvemos inmaculados y vivimos en el Ser, en el Aquí y el Ahora, lo único real, todo lo demás es una ficción. Y eso significa ser el reflejo del Cielo (la inmediatez, la inocencia, la impecabilidad, la santidad, la eternidad) aquí (en la existencia cotidiana.) Y, cuando conseguimos esto, pues podemos decir que estamos en este mundo pero no somos de él, es decir, que hemos salido de las apariencias. Que estamos instalados en el Ser, fuera del tiempo. Que miramos el acontecer desde la perspectiva de la eternidad. Pero todo esto necesita, a su vez, de una cosa: pensar desde el sentir, no sentir desde el pensar que es lo que hemos hecho hasta ahora.

 

“Nuestra alma obra ciertas cosas, pero padece ciertas otras; a saber, en cuanto que tiene ideas adecuadas, entonces obra necesariamente ciertas cosas, y en cuanto que tiene ideas inadecuadas, entonces padece necesariamente ciertas otras.” Spinoza, Ética, Parte III.

Spinoza se expresa meridianamente con su estilo geométrico. Pretende realizar una geometría del alma. La geometría era el ideal del conocimiento perfecto y del conocimiento divino. Algo de eso queda aún hoy en día entre los matemáticos y los físicos más platónicos y pitagóricos. Y, en mi caso, los sigo. La matemática es el lenguaje del mundo, el mundo es la matemática: el sentido de las matemáticas.

Pues bien, aquí el sabio Spinoza nos plantea una contradicción. O, dicho de otra manera, sólo existen dos formas de ser. La forma adecuada, o la inadecuada. Y, cuando me refiero a formas de ser me refiero a formas de pensar. Y, claro, cuando hablamos de pensar, hablamos de afectos y de acciones: praxis. La forma adecuada es el obrar. Con lo cual la forma adecuada de pensar está relacionada con la libertad. Por eso la virtud no es sólo virtud, sino que la virtud implica necesariamente la libertad. Porque el obrar sólo es posible desde la libertad. Ahora bien, cuando pensamos inadecuadamente, esto es, de forma errónea, padecemos ciertas cosas. Es decir, sentimos ciertos afectos: envidia, rencor, odio, resentimiento, vergüenza, miedo… que nos hacen esclavos. Por ello, mientras que el vicio nos esclaviza, la virtud nos hace libres. De tal manera que, el único camino que nos queda para ser libres y felices, es el de pensar adecuadamente. Pensar adecuadamente es sentir adecuadamente, porque pensar y sentir forman una unidad. ¿Quién se lo iba a decir a los psicólogos y pedagogos de la educación emocional, verdad?