Efectivamente, creo que se pueden cambiar las cosas. E, incluso, desde dentro. Todavía no son necesarias las revoluciones que, en última instancia, sustituyen a unos por otros y estamos en las mismas después de un gran coste en vidas. Es necesario tomar conciencia y no admitir que se nos rebaje el sueldo, se nos quite la paga extraordinaria, se aumente la jornada laboral, se eliminen y rebajen pensiones, se cierren centros de dependientes, colegios y hospitales públicos, se esquilmen derechos sociales y civiles adquiridos después de décadas y de un gran esfuerzo en vidas, moral y ético, se mercadee con las personas por medio de una reforma laboral que es una revolución y nada laboral, sino capitalista y con el fin de acabar con el estado de bienestar y, encima, nos quedemos tan campantes. E, incluso, los votamos y los defendamos (PSOE-PP e IU participando con sus alianzas). Y todo para dárselo a los que han causado el daño. Tomar conciencia, eso es lo necesario. Deshacer esa ideología que tiene prisionera a la mayoría de la población. Minar el sistema desde sus cimientos. Hoy, más que nunca hacen falta filosofar a martillazos, como decía Nietzsche.
El sistema está podrido y el acto de Gordillo es un símbolo de ello. Y también de lo que se nos puede venir encima. Actos como éste y similares son lo que hacen falta para tomar conciencia de la maldad intrínseca del sistema. Y para que el pueblo lo enmiende poniendo a los políticos y a los que los mandan en su sitio. De que el hipercapitalismo y la tecnobarbarie en la que vivimos es un nido de víboras que se alimentan de todo el sistema y que envenenan la sociedad. Que el capitalismo, literalmente, mata. Que el crecimiento ilimitado es imposible, salvo para unos pocos, y, tampoco por siempre. Que es lo que está ocurriendo ahora. Y la toma de conciencia es absolutamente necesaria si queremos poner justicia, equidad, sentido común en este mundo desmadrado en el que vivimos en el que no tiene sentido participar si no es, precisamente, por gestos que claman justicia y dignidad como éste.
Perdona, pero es un problema de utilización de palabras. En un descubrimiento científico no hay ideología, sí en la práctica científica. En la filosofía no hay ideología, sí se transforma en tales; es más, es de ahí, de la filosofía, de donde proceden. Por eso los problemas en el fondo son filosóficos porque muchas de las ideologías que engendran determinadas filosofías, cuando llegan a la práctica, y el poder hace uso de ellas, son nefastas, estrictamente criminales. Incluso, por ejemplo, el pensamiento de que la ciencia es el único discurso válido que tuvo lugar en las tres primeras décadas del siglo pasado y que hoy en día pervive más de lo que debiera y, además, le interesa al poder económico, procede de la filosofía analítica o neopositivismo lógico. Pues bien, este es el caso en el que una filosofía encargada del análisis del lenguaje se transforma en una ideología llamada el cientificismo, cuasireligioso y tremendamente peligroso porque transforma al hombre en un ser unidimensional y facilita el camino hacia la dictadura y el fanatismo sirviéndose el poder del discurso científico no para el descubrimiento, sino para el adoctrinamiento. En esa situación nos encontramos hoy en día y por eso podemos hablar de la religión de la tecnociencia y, más concretamente, del digitalismo. Es lo de “La nueva ciudad de dios” que defiende Andoni Alonso en su obra del mismo título en la que compara la tesis agustiniana de la llegada de la ciudad de dios a la tierra y el triunfo sobre el mal y el sufrimiento al vencer a la ciudad terrenal con la situación actual. Un saludo y es un placer.
Pues efectivamente, lo estabas y más de lo que piensas. No hay ciencia sin ideología y no se puede confundir la filosofía con la ideología. Una gran parte de la filosofía de la ciencia se encarga de los estudios sociales de la ciencia, porque la ciencia es un producto social, no es un milagro que aparece ex novo, ni independiente de los diversos poderes e intereses. Y sí, es cierto, además pertenezco a esa corriente de pensamiento: el racionalismo crítico o realismo crítico que viene a decir que la ciencia, y sobre todo, como muy bien dices, la ciencia básica, que dice que el interés fundamental de la ciencia es la búsqueda de la verdad o el aumento progresivo del conocimiento por la eliminación de errores. La física newtoniana es falsa, pero es ciencia. Y fue refutada por la ciencia de Einstein de tal forma que si concibiésemos la ciencia y sus teorías, que siempre son hipótesis muy bien contrastadas, con una red diríamos que cada vez en ciencia hilamos una red más fina para conocer la realidad. Pero no hay que olvidar que a la vez que abrazamos la realidad con esta red la moldeamos o construimos. Y esto es así porque hay un a priori genético del conocimiento. Esto es la filogénesis del conocimiento. (Como dice el neurofisiólogo Francisco Mora: “Está por hacer una epistemología evolutiva del conocimiento”) Ahora bien, el hecho de que la ciencia sea la búsqueda del conocimiento no la reduce a ello, (el físico y biólogo Bunge habla de una n-dupla de doce caracteres que definen a la ciencia) es mucho más, entre otras cosas, intereses: profesionales, políticos o económicos, por ejemplo, e ideología, como lo vemos claramente en las ciencias económicas hoy en día con el manido neoliberalismo.
Pero, de todas formas, qué tiene esto que ver con lo que comenta el artículo, que es lo importante, y con lo que comento yo, que simplemente añado a lo importante del artículo que no sólo son los economistas los que deben salir a la palestra a dar razón (actividad científica donde las haya), sino también los filósofos, porque los problemas son en última instancia filosóficos. Y los problemas nos pueden llevar a la ruina, como ocurrió a partir del 32. Hoy en día aún más. Por el contrario, yo he atacado a la inmensa mayoría de los filósofos, que no son tales, y que viven escondidos en la academia y no salen a cielo abierto y miran la realidad que nos rodea y a hacen filosofía en el ágora, la plaza pública, ocupándose de lo que a todos los mortales nos ocupa. Un saludo.
Hay un error de fondo. En el 32 los economistas tenían que haber dado la cara también, como los filósofos y, algo después la dieron, pero se pasó por una guerra que fue el colofón de la crisis económica. Hoy en día los economistas tienen que dar la cara y explicar la cuestión técnica. Pero el problema es filosófico, o sigue siéndolo. Es un problema de imagen del mundo y de epistemología, es decir, del estatus científico de la economía y del significado de la ciencia en su conjunto para la humanidad. En definitiva un buen artículo por lo que apunta, pero se equivoca de gente. El punto de mira son los economistas teóricos y, como siempre, los filósofos. Porque la filosofía es la que se ocupa de desenmascarar las ideologías y no hay ciencia sin ideología ni sin interés. Pero, ¿dónde están los filósofos? Pues hay pocos y, mientras, los profesionales de la filosofía se pelean por un asiento en la academia perdiendo su tiempo y malgastando el dinero público en “investigaciones” absurdas, sin sentido y meramente doxográficas. Alejados de la realidad.
Harto de tanto socialista progre que, después de treinta años de neoliberalismo como discurso de lo inevitable, se quieren volver de izquierda, cuando renunciaron al marxismo y con él a cualquier discurso crítico de izquierda. Harto de tanto funcionario que ha permitido la corrupción de la administración, en especial, la educación, con esa perversa ley LOGSE-LOE, que todos, o casi, soportaron indiferentes y ahora protestan por un plato de lentejas o por la indisciplina en las aulas. Harto de la falta de compromiso del intelectual que se acomodó en el sillón televisivo y mediático, que se dejó absorber por el sistema para ser paseado por institutos y casas de “cultura”. Harto de tanta indiferencia que ahora se quiere transformar en golpes de pecho, una vez más, hipócritas.

REGRESO DEL FUTURO. BELÉN bARREIRO.
Domingo, 21 de junio de 2016. No hace ni una hora del anuncio por parte del portavoz del Gobierno de los resultados de las elecciones. Los pronósticos de los últimos meses se confirman: nos convertimos en el quinto país europeo que pone fin a su tradicional sistema de partidos. El propio ministro portavoz así lo ha expresado: “Hoy, tras la legislatura más turbulenta de la historia de nuestra democracia, el bipartidismo, tal y como lo hemos conocido en las últimas décadas, toca a su fin”.
En las filas de los dos principales partidos, el Partido Conservador y la Alianza Social Demócrata, se han producido ya varias dimisiones en cadena. En sus sedes, un puñado de militantes y simpatizantes viven con desesperación estos momentos. Los conservadores han resistido algo mejor que los socialdemócratas. Juntos, en todo caso, no suman más que el 38% del voto.
A medio camino entre las dos sedes, en una conocida plaza de la capital, el Partido Radical (PR) celebra lo que hasta hace unas horas era una incierta victoria. La nueva fuerza política se define a sí misma como una “plataforma”: rechaza explícitamente el uso de la palabra “partido”. Se trata de una agrupación variopinta de ciudadanos, asociaciones y movimientos sociales, unida bajo un programa político común, inusualmente breve (no llega a las 40 páginas), pero dotado de contenido, y enormemente ambicioso. Su líder es una mujer de 37 años, capaz, preparada, y sin experiencia política previa. Detrás de ella, en las lista al congreso de los diputados, se alternan sin criterio aparente los nombres de unas pocas personas conocidas, los de algunos políticos provenientes de los partidos tradicionales y los de individuos anónimos, que han dejado temporalmente sus trabajos, muchos de ellos de alta cualificación, para defender un proyecto de “rescate ciudadano”, el lema del PR en estos comicios.
Que algo así era posible, se veía venir desde hace tiempo. EL PR nace de dos fracturas. La primera, la que se produjo entre quienes gozan de una vivienda en propiedad y un trabajo estable, y quienes, por haber nacido años más tarde, han visto usurpados una parte de los derechos sociales que sí tenían sus padres. La fractura, por tanto, es aparentemente generacional. En la práctica, sin embargo, la fuente del conflicto no es la edad sino los derechos asociados a la misma. Resulta llamativo que ninguno de los partidos tradicionales haya entendido a tiempo la magnitud de esta nueva fractura social. No es casualidad que los radicales, por lo que indican las encuestas preelectorales, se hayan situado a distancias de alrededor de los 20 puntos porcentuales respecto a esos partidos entre los jóvenes.
La segunda fractura tiene, en gran medida, su origen en la crisis institucional que ha convivido con la recesión económica en estos últimos años. Una larga lista de escándalos y errores ha ido salpicando a casi todas las instituciones de la democracia, forjando en la ciudadanía la imagen de una sociedad dividida entre un grupúsculo de privilegiados y una masa de personas que se han ido despertando cada día con nuevas y mayores dificultades.
En estos años ha habido abuso de poder en puestos destacados del sistema judicial; tramas de corrupción mal resueltas en algunos partidos; operaciones financieras que han arruinado a miles de familias; o affaires cuanto menos turbios en la Jefatura del Estado. Y la lista no es exhaustiva.
La crisis de confianza en las instituciones también ha afectado a la Unión Europea, que no ha caído en prácticas corruptas pero sí en políticas equivocadas. En estos años, se ha reducido drásticamente el europeísmo de los ciudadanos, que creen que la UE ha abdicado del proyecto solidario con el que nació. La imposición por parte de los países acreedores de un programa de medidas que ha hundido en poco tiempo a muchos hogares de los países deudores, está en el origen del antieuropeísmo que, como una plaga, se ha extendido dentro de nuestras fronteras. No es esta la Europa que los ciudadanos quieren.
Son las dos fracturas, la generacional y la de origen institucional (ya sea por malas prácticas de las instituciones o por políticas erróneas), las que explican lo sucedido el 21 de junio. Al PR se han sumado muchas de las personas nacidas después de 1970, que piensan que nadie les ha ayudado a superar los obstáculos que les impiden elegir su propia vida. Y al PR se han unido también todos aquellos que creen que, con urgencia, se debe hacer frente a la enorme desigualdad de hoy en día. Es el inmovilismo o los titubeos a la hora de afrontar estas dos fracturas sociales los que han terminado por engullir a los partidos tradicionales.
Pero aún es 2012. Y esto es España. El Partido Radical no ha nacido. De haberlo hecho, podría haber adoptado una identidad mucho menos atractiva y bastante más peligrosa. El nombre podría haber sido Unión Nacional. Aún es 2012. Hay tiempo para reaccionar. Es urgente, creo yo, hacerlo.
Belén Barreiro es directora del Laboratorio de la Fundación Alternativas y ex presidenta del Centro de Investigaciones Sociológicas.