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Filosofía desde la trinchera

La cuestión sí es filosófica y se basa en la creencia en el mito del progreso. Es más, en la necesidad del autoengaño. Creer en el progreso y la salvación. Es la nueva religión que resurge con fuerza en la Ilustración, pero que en su mismo seno tuvo su crítica. Rousseau nos avisaba de que el progreso tecncientífco no es necesariamente progreso humano. Es más, puede desencadenar la inmoralidad. Por tanto, el progreso debe ir dirigido ético-políticamente. El progreso es contingente, como diría Kant, no necesario, como dicen los tecnófilos, partidarios de un principio pseudofilosófico que es el imperativo tecnológico. Hay que recuperar la tradición crítica de la Ilustración, un proyecto ético y político inacabado. La discusión es compleja y de lo que hagamos depende el futuro de la humanidad. Pero este posmodernismo que nos inunda la plantea como un espectáculo simplón. El hombre no da para más, ni la educación que tenemos para adentrarse en demasiadas complejidades. Las mentes se han vuelto planas.

 

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Pues son majaderías. De momento todo se reduce a un discurso religioso redentor, como todos los discursos. Lo que ocurre es que éste se rodea del halo de la verdad científica. No obstante, no descarto, y creo que será así, que el futuro del Homo sapiens sapiens está contado y que se ha iniciado una tecnoevolución que se superpone a la evolución natural y eso dará lugar a los cyborgs de los cuáles ya se anuncian algunos, como cualquier ser humano que tenga una prótesis interna que le permita seguir una vida normal. De ahí a la aplicación de la IA al cerebro sólo será cuestión de décadas, eso si sobrevivimos. Quizás este nuevo ser de un futuro a medio plazo sea superior moralmente a nosotros, o carezca totalmente de moral. Desde luego no seré yo el que defienda al hombre. Soy partidario de las tesis de la historia de Walter Benjamín y considero que la historia, y su mito del progreso, han dejado las cunetas llena de escombros, los cadáveres de la humanidad en nombre del progreso y el paraíso.

 

 

La historia debería ser maestra moral y política. Pero vivimos en la posmodernidad. Más allá de la historia. Lo que interesa es la competitividad y la producción. Y, si no, vean los planes de estudio y el plan Bolonia. El triunfo del mercado es absoluto y los genocidios del siglo XX no son nada para los que se están cometiendo en nombre del progreso y el crecimiento.

Para mí no creo que sea muy importante, sí para toda la industria del periódico y del libro, el formato en el que vayamos a seguir leyendo. Pero lo que sucede es que éste nuevo formato dará lugar a la disolución del libro como tal. Cualquiera puede escribir y publicar en la red. Si a esto le añadimos que la lectura en la red es superficial y no lineal, entonces, lo que se nos avecina es una nueva mentalidad en la que, entre otras cosas, lo histórico carece de sentido, lo único válido es el instante, que a su vez, es absolutamente efímero. Me reitero en que, a pesar de los avances tecnológicos, la seducción de las nuevas tecnologías, que están hechas para eso, para seducir –nuevo opio del pueblo- la estética del mundo contemporáneo es fea, vacía, efímera, superficial y subyugante, nos esclaviza.

¿Son posibles los cantautores hoy en día? La dictadura está diluida y no es identificable. Ya no hay a qué agarrarse, el tardocapitalismo aunado con el posmodernismo ha vaciado todo relato de sentido, ha eliminado el sentido que está en el tiempo, porque se ha tragado el tiempo y lo ha reducido a un instante efímero. Hoy el hombre es un vasallo-tirano, inconsciente, sumiso, caprichoso y domesticado. Mal mimbre éste para los contestatarios. Hoy poseemos la libertad material, una pequeña libertad material y una tremenda esclavitud espiritual e intelectual. No es tiempo ni para la lírica, ni para la épica. Todo se diluye en un clic de ordenador. El presente se hace eterno y vacío. Nirvana budista pero sin espiritualidad. Han conseguido transformar la conciencia en una máquina inconsciente que pretende existir a base de estar informado de lo que nunca cambia, la condición humana. Han creado el espejismo del cambio para mantenernos ocupados y la tecnología que sirve de vehículo de esa ocupación. La liberación de la tecnología se ha convertido, paradójicamente en nuestra tirana. Soy filósofo y no profeta, pero esto parece el principio del fin. Se han creado las condiciones, pero a lo grande, de la posibilidad del gran exterminio, como ocurriera en la Alemania nazi, los judíos dejaron de ser personas y eso fue lo que hizo posible su exterminio y la connivencia pasiva de la población. Hoy hablamos a nivel mundial. Siguiendo la teoría de los colapsos civilizatorios de Desmond, éste, al ser global puede ser definitivo.

La fugacidad. Se ha perdido el sentido del relato, del tiempo, de la pausa, del deleite. La información al instante es nuestra tirana. Tan tirana que si no estamos en el instante creemos no existir. Hay que derrumbar esta ideología porque sin pasado no hay ni biografía ni historia y eso es lo que persigue el ensalzamiento del instante.

 

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Hay que trascender las siglas. No basta tampoco con decir que no se está de acuerdo, es necesaria la argumentación. La idea del artículo no es ésa exactamente, lo que usted pone es una idea secundaria, algo que se deriva de la idea principal que es que la policía surge como instrumento que utiliza el poder para mantener el poder en nombre de la seguridad. Con respecto a los controladores aéreos puede ser, no estoy informado, que fuese una huelga brutal. De ahí, a sacar al ejército y declarar el estado de excepción es un exceso de poder único, y no porque fuese el PSOE, sino porque era el poder. Y o de los crímenes de estado sólo existe en las dictaduras y eso lo hizo el PSOE, muy bien, pienso yo también lo hubiese podido hacer el PP si hubiese estado el poder y la situación de extrema violencia de ETA hubiese sido la misma. En ambos casos es la misma lectura. Desde hace tiempo defiendo la abstención masiva que llevaría a la disolución de los partidos porque se han convertido sólo en representantes de sí mismos. Han eliminado la democracia y la han transformado en partitocracia. Lo que curre es que tememos el que haremos sin esos partidos. Habría una transformación una refundación republicana representativa del estado en la que existirían partidos con listas abiertas, autosubvencionados y ciudadanos indepedientes (grupos o aislados) y el distrito electoral sería, o bien la comunidad, o bien el distrito único. Éste sería más democrático, pero nos plantearía el problema de las autonomías, eterno problema español con el que debemos convivir. Los partidos, igual que nacieron se desarrollaron, pues tienen que morir en su forma actual, pues carecen de sentido. Son mastodontes orgánicos de poder que engullen a la democracia y al ciudadano. Una democracia republicana es la idea. Y ello consiste en que la soberanía, el poder, este lo más cerca del pueblo que se pueda. Que sea el pueblo. Eso fomentaría la virtud cívica y la ejemplaridad, participar de la cosa pública, la política y eliminar el poder ajen al ciudadano.

 

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Ese narcisismo imperante que es la base del sujeto posmoderno, de ahí la letra de la canción, es la ideología que tiene idiotizados a la juventud, alienados en lenguaje más filosófico. Engañados, sumisos, domesticados, sin capacidad de empatía, ni de fraternidad, la gran olvidada de la Ilustración. Ese narcisismo ególatra de sujetos egoístas y hedonistas es el opio de la nueva religión del pueblo (esclavos) o mejor vasallos-tiranos que los adormila en un sueño prepotente cuando en realidad son monigotes de trapo en manos del poder. Y, mientras, el orden establecido por la democracia, por los derechos humanos, por los derechos laborales se derrumba.

 

TRIBUNA

No acato, ni respeto un escándalo supremo

La condena anunciada del Tribunal Supremo al juez Garzón pone en evidencia la politización corporativa del poder judicial

El linchamiento o juicio inquisitorial a Garzón resume, como pocos, nuestros males nacionales, en este caso, las aberraciones del poder que se convierten en afrentas a la ética civil y la justicia.

La condena anunciada del Tribunal Supremo pone en evidencia la politización corporativa del poder judicial.

El primero de ellos es la soberbia y prepotencia clasista de los que se consideran todavía hoy vencedores de la guerra civil y luego también de la interpretación de la transición. Los que no están dispuestos a que nadie cuestione, revise o interprete el pasado: ni de la impunidad, ni de las leyes, como ha hecho con el caso de las víctimas del franquismo, Baltasar Garzón. A él se le podía permitir sacar a la luz los trapos sucios de las “dictaduras bananeras”, pero ni hablar de sacar los colores a la Metrópoli del Imperio ¡Aquí somos más serios, aquí la impunidad del franquismo no se toca!

Se trata también de un juicio que simboliza el conflicto entre las Instituciones del Estado

La utilización burda de la Ley de Amnistía como ley de punto final y el menosprecio de derecho internacional en materia de Derechos Humanos reanuda la apropiación de la Constitución por los sectores que más la combatieron.

El segundo es un mal, tan viejo como el mundo, la codicia, que extiende un manto de silencio sobre la ominosa corrupción que durante décadas y, con pasividades y complicidades de muchos, se ha enseñoreado de nuestro sistema económico y social (especulación urbanística y financiera) y de nuestra clase política, contaminando “a todas” las Instituciones del Estado. La codicia de los plutócratas del Estado. Los Gürtel, Palma Arena y demás resumen la corrupción ramplona y una exhibición hortera por parte de empresarios, políticos y demás corte de los milagros.

Por ello, la defensa sin matices del derecho de defensa, interpretada como inmunidad de los despachos de abogados, deja inermes a los jueces en su lucha contra el delito de guante blanco.

El tercero de los males es muy nuestro, tan nuestro como la envidia. Envidia del éxito del juez Garzón que se puede permitir organizar cursos en el centro del imperio. Envidia de su valentía y de su trabajo, mientras otros dormitan a la sombra de los viejos muros de la Audiencia. Envidia de su soltura para mantener la profesionalidad y opinar políticamente. Envidia de su compromiso con las causas justas. Envidia de su imán mediático, de sus contactos internacionales, incluso de sus errores, de todo.

Pero envidia también transformada en rencor corporativo e institucional. Se trata también de un juicio que simboliza el conflicto entre las Instituciones del Estado. Un juicio al papel político y mediático en la lucha antiterrorista, a la persecución internacional de los crímenes contra la humanidad, y luego en la lucha contra el crimen organizado y la corrupción. Un rencor supremo, una ira sorda. Por eso no es casual que todo empiece por las escuchas. Un debate jurídico transformado en un juicio por prevaricación. Una patología suprema.

Una factura también al papel de Garzón en la lucha antiterrorista, por parte de los mismos que le jalearon antes, y que no perdonan ahora su papel comprometido ante la opinión pública en el intento fallido de proceso de paz. Había que abortarlo y con la ayuda de los bárbaros de ETA se abortó, y ahora se trata de eliminar a todos sus actores “simbólicamente”.

¡Qué mejor forma de meterle mano ante la opinión pública que un juicio a sus supuestas extralimitaciones en materia de garantías! ¡Qué mejor forma de linchar a Garzón que cuestionando su compromiso con los derechos humanos! Una jugada maestra.

Nunca un tribunal tan alto pudo volar más bajo. Un esperpento, tan nuestro. ¡Una vergüenza nacional!

Y una estrategia también suprema donde se coordinan los tiempos, los temas y los actores. Todo ello encaminado a una crónica de una condena anunciada. La condena del juez Garzón, es la condena una vez más, de las víctimas de los juicios franquistas a la luz de las leyes de la transición, utilizadas como ley del silencio.

La condena también de la persecución penal internacional y del papel de la Audiencia Nacional en materia de derechos humanos. La condena del éxito de un juez mediático y polémico para que todo vuelva a la normalidad de los grises muros como diría García Lorca.

Pero también una factura atrasada de la política que no perdona. De la derecha y una llamada izquierda que comparten las razones y los pecados de la soberbia y la codicia. De una parte también de la izquierda que no olvida las viejas afrentas, ni las nuevas ambiciones.

En el fondo también la vieja aspiración a constituir al Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional en una suerte de tercera Cámara que vigile y castigue los excesos de la política: el Estatut de Catalunya o el proceso de paz.

Una politización judicial que ha crecido al calor de la judicialización de la política, que junta extraños compañeros en el Consejo General del Poder Judicial y que desde ahí se extiende como una mancha de aceite. Despolitizando la justicia mediante el corporativismo conservador. Desjudicializando la justicia, degradando y privatizando el servicio público. Despolitizando la política al servicio de los mercados.

Todo junto se explica, pero todos juntos, estos juicios en cadena como bombas de racimo son una infamia. Nunca un tribunal tan alto pudo volar más bajo. Un esperpento, tan nuestro. ¡Una vergüenza nacional! ¡Un escándalo internacional!

Las injusticias que se comenten con la cobertura del derecho no deben ser ni respetadas, ni acatadas, precisamente en aras de la justicia. Como en el caso Dreyfus la justicia española, situada entre la verdad y el prestigio corporativo, ha preferido lo último, quedándose sin verdad y sin prestigio.

Es necesario que junto al legítimo derecho que asiste al juez Garzón para recurrir a todas las instancias se produzca un amplio movimiento en pro de la democratización profunda del poder judicial, así como del desarrollo social de la justicia como servicio público, a partir de la demanda de verdad y justicia para las víctimas del franquismo.

Porque el futuro está en la memoria ofendida de nuestros abuelos y el sentido de sus luchas, tanto como en la rebeldía de nuestros hijos.

Gaspar Llamazares es diputado de IU.

Por qué cada vez leo menos literatura.

 

            Ayer, en el campo, durante la sobremesa, entre sol y sombra salió el tema de los libros. Es decir de los libros que cada uno estaba leyendo, de los que últimamente había leído y lo que les habían parecido. Por su puesto, todos ellos de literatura, contemporáneos fundamentalmente y buena literatura, dentro de lo que cabe, alguna muy buena. El caso es que yo permanecí callado. En realidad, porque no tenía nada que decir por una razón muy sencilla, no había leído esos libros, algunos de ellos ni los conocía. He sido un lector voraz de literatura, hubo un tiempo en que mi biblioteca se reaprtía equitativamente entre la literatura y la filosofía. Pero, sin darme cuenta, he dejado de leer literatura, escasos libros al año que se pueden contar con los dedos de una mano, comparado con las decenas de tratados, ensayos, biografías… Ha sido este un tema que me ha preocupado, o, más bien, me ha hecho pensar. La verdad es que lo que me sucede es que la literatura, así, dicho claramente, me aburre, no me llega, no es suficiente alimento para el cerebro. Es como si a un carnívoro lo quieres convertir en herbívoro. Hay un dato claro, realmente no dispongo de tiempo suficiente y entonces es cuestión de prioridades. Pero, me temo, que si dispusiese de más tiempo lo dedicaría a la lectura de ensayos que están en un segundo plano en mis intereses intelectuales.

 

            Y todo esto por qué. Por qué he dejado de leer literatura. Entre los que estábamos allí uno citó la última obra de Umberto Eco. Obra que, por cierto, compré el verano pasado, circunstancialmente, me había quedado sin la llegada de mis pedidos, cosa que es fácil que ocurra en verano. Pues bien, tenía este libro para tales ocasiones. Lo empecé, y le puse empeño, pero me aburrí, estaba ante uno de los mayores escritores del siglo XX y estaba aburrido. La verdad es que creo, sin criterio suficiente que esta obra El cementerio de Praga es peor que sus últimas tres novelas. El nombre de la rosa, El péndulo de Foulcoult y La isla del día de antes. Lo sorprendente es que estas tres obras las leí con una tremenda pasión. Y las leí en un largo periodo de tiempo, según las sacó el autor. Es decir que la última la ley a los treinta y pocos y la primera a los veinte, más o menos. Qué es lo que ha ocurrido.

 

            Pues creo que la respuesta está clara. La literatura habla a la sensibilidad, a la facultad del conocimiento que llamamos de la sensibilidad. La buena literatura hace que a través de la sensibilidad el autor se plantee cuestiones psicológicas, filosóficas, históricas, medite sobre la condición humana. Pero sobre todo la literatura lo entretiene y le proporciona el placer de la sensibilidad. La literatura no debe perseguir la evasión, a no ser que consideremos como evasión todo el mundo de la cultura, la huida de nuestro sufrimiento originario como diría Freud en El malestar en la cultura. La buena literatura, por sí misma produce placer y es precisamente porque habla a la sensibilidad. Pero la buena literatura no se queda ahí, señala más, quiere mostrar el mundo, la vida, la condición humana. Pero la literatura como arte sólo puede mostrar, de ahí que el lector se deleite con la literatura y ésta te lleve a la meditación. Pero ésta última sólo insinuada. Y es aquí precisamente donde encuentro el hecho de por qué cada vez leo menos literatura. Los tratados, las memorias, las biografías y sobre todo, el ensayo, se dirigen a la razón y a la sensibilidad. Un ensayo trata los temas desde la razón, pero tiene que conmover primero, es decir, que tiene que proceder de la sensibilidad. Por eso en un ensayo hay mucho de demostración y poco de mostración. El ensayo no pertenece al arte por mucho que se lo pueda clasificar como un estilo literario. El ensayo persigue el saber, de ahí que el ensayo, riguroso racionalmente y bello estilísticamente es la unión entre las facultades de la sensibilidad y la razón. Con razón dice Adela Cortina que toda razón auténtica es razón cordial. Es más, no se puede separar la razón del corazón. Lo que ocurre entonces es que la lectura de ensayos y tratados es el plato fuerte en el que encontramos lo que nos insinúa la literatura, pero sólo al nivel del mostrar. Desde luego que nunca hay tanto deleite en el ensayo como en la literatura. Pero la literatura, que siempre está ahí, como fondo, y aquí me refiero a los clásicos, que son los que han tocado alguna tecla de la condición humana, sólo muestra y no enseña. Su problema no es la verdad, sino la belleza y lo sublime. El nivel de enseñanza de la literatura es el de adentrarnos en los misterios de la condición del hombre, de la vida y del universo. Los cuentos infantiles abren el mundo al niño de lo posible y lo imposible, les ofrece los arquetipos cognitivos y afectivos que se han ido fijando filogenéticamente en nuestra evolución y que son los a prioris de nuestro cerebro que nos permiten entender el mundo. Por eso la literatura en la infancia y en la juventud juega un papel formador importantísimo y casi imprescindible porque todavía no se tienen los instrumentos del análisis. Pero pasada cierta edad, o bien la literatura es un mero entretenimiento, un pasar el tiempo, ya digo que quizás toda la vida no sea más que eso mientras que dejamos nuestros genes asegurados, no es un desprecio a la literatura, o un deleite de la facultad de la sensibilidad, en este caso sólo para la buena literatura y los clásicos. Pero sin ningún afán de enseñar. Los temas sólo quedan sugeridos. La literatura es una expresión de algo que hay más abajo y es la realidad social y es ésta la que el análisis de los ensayos y tratados analizan aunando sensibilidad y razón. De ahí que cada vez lea menos literatura. Lo que se dice en un libro de trescientas páginas se reduce a un párrafo bien escrito, expresado y constatado. Por eso el ensayo me parece el mejor vehículo para aunar las facultades de la sensibilidad y la razón. Pero con la ventaja de que el ensayo, si está bien escrito, además de mostrar, demuestra. Su discurso es universal es un instrumento que deleita e ilustra. Y lo que hace falta es ilustración, no distracción. Y tras la ilustración la acción. Pero la literatura no mueve a la acción, sino a la contemplación, mientras que el ensayo mueve al diálogo, base de la democracia, a la crítica y, por último, a la acción.

La crisis de la democracia, de los partidos y de la política procede desde el momento en el que los partidos se transforman en organismos de poder, no en representantes del pueblo. Es entonces cuando pasamos de democracia a partitocracia. Y cuando el sistema capitalista se va inflando pasamos a la partitocracia oligárquica por la evidente connivencia de partidos y capital. De tal manera que los partidos dirigen el Estado (en realidad su existencia es posible, económicamente, por éste), es más engullen al Estado y con él al ciudadano. De ahí que los partidos sean sólo representantes de sí mismos. Y de ahí que se produzcan guerras entre partidos por el poder igual que guerras internas de los partidos por el poder. Lo enmascaran de democracia. Pero es falso, porque no hay ideas. Y donde no hay ideas hay ideología y búsqueda del poder. Por eso esta crisis ha llevado a gritar a algunos que no nos representan, y es cierto, mal que le pese a Savater. Si acaso nos representan, y no es más que por darle una concesión a mi amigo Savater, es por nuestra idiotez en el sentido griego. El idiota es el que sólo se interesa por sí mismo. Los partidos se encargan de entretener al ciudadano produciendo vasallos-tiranos. No somos libres, pero somos tiranos (pensamos en derechos, no en deberes) con los funcionarios públicos: médicos, profesores, por ser los más vilipendiados…En fin, que se ha construido una casta política, como tú sugieres, que debe desaparecer por el bien de lo que queda de política y democracia.