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Filosofía desde la trinchera

La docta ignorancia.

 

Con estas reflexiones generales quiero responder a mi amigo José Miguel en relación a su artículo Soberbia intelectual. Voy a procurar no utilizar la segunda persona, es decir, no personalizar, para evitar los argumentos ad hominem y, sobre todo, las descalificaciones que pueden molestar. Quizás mi artículo de réplica pudo afectarlo precisamente por el uso, o quizás, abuso de la segunda persona. Pero no hubo argumentos ad hominem intencionados. Nunca intenté descalificar sus argumentos descalificando a las personas. Mi intención era argumentar. Y creo que los argumentos eran, y sigo manteniéndolos, absolutamente contundentes. Ahora bien, al presentarse en segunda persona, fácilmente se cae en el argumento ad hominem y en la descalificación. Pido disculpas por ello. Como su réplica es del mismo tono, es decir, argumenta y apela a mi supuesta postura, pues, adolece del mismo problema que el mío. Por ello decido abandonar ese nivel de discusión y utilizar el plural que va más con lo universal y lo abstracto. Ello no quiere decir, primero, que no siga sosteniendo todos los argumentos, eliminando las menciones personales de mi primer artículo, y, en segundo lugar, que considere que mis intervenciones públicas estén atravesadas de crispación, iluminación, redentorismo, mesianismo, al estilo Savaranola. Nada de eso, mis publicaciones, más o menos acertadas o erróneas, que eso es otro cantar, están perfectamente argumentadas. Otra cosa es que el tono que utilice en ellas sea ácido, sarcástico, irónico y todo lo demás. Son las armas que tenemos contra las verdades-mentiras establecidas por el poder. Mi intención en este escrito es doble, aunque quisiera no extenderme, porque si eliminamos el tono personal y descalificativo de mi primera réplica, mis argumentos se mantienen, pese a las críticas de José Miguel, porque lo que él añade, yo lo comparto. Y cuando no lo comparto, tampoco tiene mucha importancia en la argumentación de fondo. La diferencia de raíz es de carácter y de ese carácter surge una actitud. Por ello la diferencia entre ambos es de actitud. De actitud ante lo que nos rodea. Pues decía que la intención era doble, en primer lugar una clarificación de lo que yo entiendo por intelectual en la que, a la par, va implícita una defensa de mi persona. En segundo lugar, algunas apreciaciones sobre los argumentos que se han venido barajando.

 

            Bien, soy socrático como todo filósofo que se precie. Y por ello parto en mi vida del sólo sé que no sé nada, yo sí me quedo perplejo e intento conocerme a mi mismo a través de los demás y a los demás a través de mí mismo. Es lo que Popper, otro socrático, llamaba, la docta ignorancia, tomando el nombre de Nicolas de Cusa, renacentista que acabó en la hoguera debido a sus teorías “heréticas” sobre el universo y su infinitud. Esto de la docta ignorancia me gusta porque aclara algo más la vieja máxima socrática. A la ignorancia se le añade la palabra docta. La ignorancia no es plena, es conciencia de ignorancia y esa conciencia de ignorancia nos impele al saber. Pero nuestra educación, siguiendo al máximo ilustrado del siglo XX, Popper, es reconocer la inmensidad de nuestra ignorancia. Por eso, mientras más docto es nuestro saber, más apreciamos nuestra ignorancia. De ello se deriva que todo nuestro saber es provisional, conjetural. Pero no por ello, ni relativo, ni subjetivo. En eso es en lo que se ha caído hoy en día, en el relativismo de las opiniones, que es lo contrario del saber racional. La conquista de la razón es el gran invento de occidente. Es el descubrimiento del orden racional del mundo, tanto del natural, como del humano. Es el descubrimiento de que el logos, la razón, la palabra es lo común al hombre, por tanto, elimina la subjetividad, es decir, hace prescindible al sujeto. Quien acepta la razón, pues se niega como sujeto particular para afirmarse en lo universal. Ése es el gran y trascendental descubrimiento griego y el fundamento, hoy tremendamente tambaleante, sino derruido ya, de nuestra civilización. Quien participa en el logos, participa en el mundo de los despiertos, abandona sus sueños y quimeras, participa de lo universal del logos. La racionalidad es el abandono de lo privado para acceder a lo común, que en la naturaleza es el cosmos, y en la ciudad, lo público, lo que concierne a todos por igual. Lo que desecha la razón es lo particular, el interés privado. Mientras que digo todo esto, nunca hablo de verdad, sino de racionalidad universal, que por las propias características de la misma y por los propios límites cognitivos del hombre es provisional, como ya dijimos.

 

            Pues bien, entiendo por intelectual algo muy básico, aquel que se las ve a diario con las ideas. Esto es algo que me enseñó también Popper, uno de mis máximos maestros filosóficos y éticos, pero no por ello, ha escapado a mis críticas. Porque una cosa es importante, cuado uno se compromete con lo universal ha de ir donde la razón le lleve, trascendiendo intereses y afectividad. Por eso el ejercicio del conocimiento es un ejercicio de libertad, porque es un continuo ir desenredándose de nuestros intereses particulares, de ahí la necesidad del ejercicio del conocimiento de ti mismo. Y de ahí, también, el hecho de que, a nivel privado, la libertad te lleve a la soledad. Unamuno es para mí uno de los mejores ejemplos de esto. No estaba ni con los “hunos ni con los hotros”, era capaz de ejercer la crítica desde todos los ángulos, por eso cayó en la mayor soledad, sobre todo el último año de su vida. Pero un dato importante de su vida, que además, nos servirá para dar paso a una segunda acepción del intelectual, defendió la razón, como Rector de la Universidad de Salamanca, frente al poder arbitrario de la fuerza. De ahí su famosa frase frente al general Millán Astray, a la mujer de Franco, a los falangistas apilados en el Paraninfo de la universidad y a los sucesivos discursos que diversos profesores habían dado defendiendo el golpe militar y la idea de una España eterna y católica…tras unas breves palabras como introducción a su discurso dijo, venceréis pero no convenceréis. Y aquí se terminó su discurso y comenzó su exilio interior, la retirada del rectorado, el arresto domiciliario y el vacío absoluto de Salamanca y de toda España, tanto los hunos, como los hotros. Esta lección nunca se me ha olvidado. El ejercicio de la razón y de la libertad nos lleva a la soledad. El intelectual es aplaudido y aclamado cuando le conviene al pueblo y al poder, cuando no, ya sea el pueblo o el poder, es vilipendiado. Y ésta es la segunda acepción de intelectual. El mismo Unamuno señalaba que la filosofía, podemos decir el ejercicio del pensar, incluido las ciencias, es una visión general del mundo, una cosmovisión que engendra un sentimiento y ese sentimiento una acción. Es decir, que hay una unión clara entre el saber y el hacer, la razón teórica y la razón práctica, la ética. Por tanto, la acción está guiada por el saber y el saber, como hemos dicho, es instalarse en lo universal, cosa que todo hombre, por lo demás, puede hacer, puesto que está dotado de razón. Otra cosa es porqué no se consigue. La razón de esto es nuestra propia naturaleza biológica. Somos seres gregarios y tribales, preferimos obedecer a ser libres, va en nuestra naturaleza. filosóficamente a esto se le puede llamar la servidumbre humana voluntaria, por complacencia, miedo o cobardía. O la sociable insociabilidad de Kant, o su alusión al fuste torcido de la humanidad, por esto no era ni utópico ni revolucionario este filósofo ilustrado

 

            Pero sigamos con esa dimensión ética del intelectual. Una visión del mundo implica una acción. El intelectual está comprometido con lo universal, que es el mundo de las ideas, que es en el que realmente se encuentra a gusto, y en el que le gustaría permanecer para siempre, pero es humano, ese mundo lo ciega, la mucha luz, que decía José Miguel, por eso ha de volver al mundo de los hombres y éste es el compromiso ético. La acción entre los hombres. Pero el que viene de las ideas viene de lo universal, no de la verdad, que es lo que Platón pensaba, y por eso su modelo político cae en un totalitarismo; sino de lo universal conjetural que venimos diciendo desde el principio. Desde la docta ignorancia en definitiva. Por eso, la misión ética del intelectual es la del educador o la del ilustrador (siguiendo la consigna ilustrada) atrévete a pensar por ti mismo. Y a ésta no puede renunciar, y no porque lo haga por placer. Mejor estaría en el mundo del conocimiento, en la paz de las ideas, sino por deber. La Ilustración es un movimiento contra el absolutismo, la superstición, el miedo, la esclavitud y la tarea del intelectual, por compromiso con sus semejantes, por respeto hacia ellos, es ayudarles a que hagan uso de su propia razón, no a enseñarles verdades y menos la Verdad, sino a atreverse a pensar por sí mismos. Y esta misión del intelectual es también la misión del educador o el profesor. No se puede diferenciar entre filósofo y pedagogo. Un filósofo nunca puede renunciar a su deber educativo. A la pretensión de ayudar al que no es sujeto, sino esclavo de sus intereses, de sus vicios, de sus miedos a participar de lo universal que es lo que le ayudará paulatinamente, y sin ninguna garantía de éxito, a alcanzar cierto grado de libertad que le permita dominar sus vicios (morales me refiero, no habría ni que decirlo), sus miedos, sus intereses particulares. Conocer y hacer van unidos. Y, por supuesto, también van unidos a la belleza. Porque un alma bella es un alma libre, que con el esfuerzo, el tesón, la valentía, se ha hecho a si misma. Ha hecho de su vida una obra de arte, es biografía, no mero replicante, ni objeto. Tiene un valor que va mas allá del valor que el poder le pueda otorgar, aunque el poder, como casi siempre ha ocurrido, pueda fulminarlo en un instante. Esta dicotomía entre el poder y el intelectual me recuerda una de las ideas de José Miguel de la que participo plenamente y que se desprende de mi discurso. No se puede ser maniqueos, pero tampoco se puede caer en el maquiavelismo. Me explico. No existen buenos y malos, para empezar porque la verdad, el bien y la belleza absolutos no existen, son inventos, construcciones culturales que han producido mucho daño, y siguen haciéndolo, hoy más que nunca, curiosamente en las sociedades posmodernas y descreídas, todo es mucho más complejo, tiene muchos matices. No en vano decíamos que el saber era provisional. Ahora bien, no se puede aprovechar el hecho de los matices con la confusión arbitraria e interesada, que es la postura maquiavélica. Es decir, aquella que por el realismo político, separación total entre la decisión política y la ética, por un lado y la política de hechos consumados, justifica toda acción. No, toda acción no es justificable. Eso es lo primero, ni todo lo que ocurre es inevitable, como dice el determinista para justificar su inacción. La biografía y la historia son construcciones, condicionadas, claramente, pero construcciones que proceden de la acción humana. Y, lo interesante es que esa acción humana proceda de lo universal, de lo que es común a todos los hombres.

 

            Atendiendo a esto, un intelectual no puede ser un mesías, ni creérselo. La educación no es redención. El que intenta redimir lo que hace es adoctrinar y el que adoctrina es el que se cree en posesión de la Verdad. Pero todo el discurso que antecede nos viene a decir que esto no es legítimo. Cuando creemos en una verdad absoluta lo que hacemos es imponer nuestro interés particular a lo universal. Intentamos llenar el ágora que es el lugar vacío habitado por el logos, lo universal, por nuestro interés particular, ya sea, el dios de la religión, el relativismo, el determinismo económico o tecnocientífico, es decir, todos esos intereses de un grupo particular o individuo, un tirano, intentan llenar el vacío de lo universal y acabar con el diálogo, la tolerancia y el respeto. Cuando esto ocurre el deber del intelectual es desenmascarar esa usurpación del poder por parte del mito y la creencia y los dueños de ello que son los poderosos.

 

            Por mi parte, y con mis convicciones filosóficas más básicas, es imposible que pueda ser ni actuar como un redentor. Primero por todo lo que he dicho anteriormente que forma parte de mi entraña filosófica que llevo construyendo desde décadas y, por suerte, aún en construcción. Segundo, porque considero que ni la vida humana, ni la historia tienen ningún sentido. El único sentido, que es un sinsentido, porque se reduce al azar y la necesidad, es el meramente biológico. Ahora bien, el hombre como ser cultural, aunque no esencialmente, para preservar su naturaleza (disculpen los más entendidos en evolución el lenguaje antropomórfico) construye cultura. La cultura es el modo de adaptación del hombre al medio natural. Las culturas exitosas son las que permiten la mayor supervivencia y el menor dolor. Creo y apuesto por la democracia como la mejor forma cultural que garantiza nuestra supervivencia y el menor sufrimiento individual. Y como pienso esto, a pesar de ser un nihilista naturalista, pues ataco todo aquello que tiene una cara totalitaria. Y por eso ataco despiadadamente a las democracias liberales, mejor neoliberales, porque son formas de totalitarismos encubiertas. Es decir, esclavizan al hombre. Lo convierten en objeto, en instrumento del poder político y mercancía del poder económico. E, insisto, no hago un análisis maniqueo. Las cosas son muy complejas. Es cierto, pero, por ejemplo, algo de lo que hemos discutido es que uno de los principios del 15M es la regeneración de la vida política, de tal manera que el poder político vuelva a tomar las riendas del poder económico, esto no es ninguna revolución, es más, es hasta una regresión a la socialdemocracia que garantizó un crecimiento económico, una disminución de la pobreza, un ensanchamiento de la clase media y una estatalización de los servicios públicos que se consideran derechos inalienables del hombre. Es decir de todo aquello que recoge la Carta de los Derechos Universales del Hombre. Eso ha existido, y era una forma de capitalismo, pero no el capitalismo sin bridas de hoy en día que está absolutamente por encima del poder político, más aún del poder de los estados. Y esto es algo que procede de decisiones políticas tomadas sobre ideas equivocadas y que se han convertido en un pensamiento único. Criticar este pensamiento único, desenmascararlo, es un deber del intelectual y no es algo revolucionario, sino ilustrado. Requiere de educación. Pero la educación hoy en día está en manos del mercado y el poder político que se han convertido en la cara y la cruz de la misma moneda, aún no del todo, creo, por eso es posible la acción y por eso es esperanzador, no revolucionario, es casi retro, quieren vivir como han vivido sus padres (otra cosa, no son sólo jóvenes, hay mucha gente bien talludita) el movimiento del 15M. Y por otro lado nos educan los medios de comunicación de masas, permítaseme que los llame de deformación de masas. Son medios con dueños, políticos y económicos que transmiten información y valores totalmente interesados. Es decir, que estos tres poderes ocupan el vacío universal del ágora del que hablábamos antes, han secuestrado la racionalidad y la universalidad y han transformado en un credo su razón privada, interés, se llama.

 

            Y aquí viene a cuento Kant. Otro de mis grandes maestros. Tardé cuatro años en ser capaz de leer la Crítica de la razón pura. Pero cuando lo conseguí me ocurrieron dos cosas, disculpen mi apunte biográfico, pero en definitiva, todo lo que vengo contando es biografía. Supongo que José Miguel se ha dado cuenta porque me conoce y porque es profesionalmente filósofo. Quiero decir, que mi discurso de defensa es una emulación de la Apología de Sócrates, un diálogo platónico y uno de los libros más bellos que se hayan escrito y del que nunca nos cansaremos de aprender. Pues decía que me ocurrieron dos cosas. La primera es que el pensamiento kantiano pasó a formar parte de mi propia naturaleza. El giro copernicano que él había dicho que había realizado en su filosofía se produjo en mi mente y ahí sigue hasta ahora. Una de las tareas filosóficas de mi vida es dotar al pensamiento Kantianos de contenido empírico, es decir, de lo que las ciencias dicen. Y esto en todos los ámbitos, desde el epistemológico al ético, histórico y político. Por supuesto, como ninguno de mis maestros, escapó a mis críticas, como veremos después. Porque la suerte que he tenido, y digo bien, es suerte, casualidad, porque podrán haber sido otros, es que mis maestros a los que nunca conocí, aún siendo coetáneo de alguno de ellos, me enseñaron el uso de la razón crítica. Me enseñaron que no hay verdad absoluta, que hay que estar vigilantes frente a los propios prejuicios y a las falsas ideologías que nos adormecen, que las verdades alcanzadas por la razón universal son provisionales. Una gran suerte que he tenido. Posiblemente, según señala José Miguel, mi tono en alguna de mis intervenciones públicas puede ser elevado, pero le aseguro, que nunca he abandonado el uso de la razón, que no he caído en la iluminación, es imposible, teniendo mis principios filosóficos que esto me pueda ocurrir. Es como una vacuna. Otra cosa es que en la dialéctica utilice un tono beligerante, agresivo, que utilice el sarcasmo, porque la ironía es demasiado sutil para ser entendida. Y, por supuesto, porque el grado de mi indignación ante el cinismo de los diversos poderes es altísimo. Pero la indignación, ni me transforma en un iluminado, ni me ciega, simplemente me impulsa. Y la segunda cosa que me pasó es que la crítica de la razón pura me pareció pura poesía. Lo que mi cerebro no fue capaz de entender durante años se transformó en melodía. Dicha música forma parte del ruido de fondo de mi cerebro.

 

            Pues todo esto de Kant venía al comentario de una breve obrita que es muy interesante para el análisis del 15M, a la que hemos aludido tanto José Miguel como yo. Me refiero al opúsculo ¿Qué es la Ilustración? Ya hemos hablado de la respuesta que da Kant a ello. Es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Y esa autoculpable minoría de edad se debe a la pereza y la cobardía. Dos vicios que forman parte del fuste torcido de la humanidad. De ahí que Kant no fuese tan optimista como otros ilustrados y no creyese en un progreso de la humanidad, cosa que había aprendido de Rousseau, el primer crítico de la idea de progreso. La concepción del progreso en la Ilustración es una idea que se transforma en una creencia, pocos son los críticos que se atreven a ponerla en cuestión, el más explícito fue Rousseau, pero también Kant. Esta idea de progreso, que tiene su origen en el mito cristiano fundante del Génesis, se transforma en una creencia. Y, esto, junto con muchas otras cosas, es lo que hace que asistamos en el siglo XIX, XX y XXI a una perversión de la razón ilustrada. Pues bien, Kant pensaba que el progreso era contingente, que con los mimbres de la humanidad, ese fuste torcido, esa sociabilidad insociable, lo que no es más que la servidumbre voluntaria de La Boétie, no nos podían permitir un progreso del hombre y de la historia de forma automática. El progreso procede, debe proceder, de la acción humana. Y esa acción humana es la de la ilustración, la conquista de la autonomía y la libertad por medido del ejercicio libre de la razón, el atreverse a pensar por uno mismo. Atreverse, sí, porque eso nos lleva a la soledad. Hace falta fuerza para combatir la pereza y valentía para combatir el miedo. Antes de distinguir entre el uso público y privado de la razón, como muy bien ha hecho José Miguel, quiero irme al final de esta obrita porque encuentro una sintonía con todo lo que venimos diciendo que me parece clarividente y esencial para entender la relación entre la teoría y la acción, cosa que tiene que ver con nuestra visión del intelectual. Kant señala que para alcanzar esa ilustración se requieren tres cosas: coherencia, consistencia y consecuencia. La primera y la segunda forman parte de la actividad teórica y son de difícil acceso. La coherencia es la más sencilla. Una vez que nos atrevemos a hacer uso de la razón tenemos que perseguir la coherencia, la ausencia de contradicciones, después debemos ser consistentes, que nuestro pensamiento esté en consonancia con el cuerpo general del pensar, si caemos en contradicción, debemos revisar, seguir pensando. Y, por último, ser consecuentes, la tarea más difícil, linda con la santidad. Allá donde nos lleve nuestra razón habrá unas consecuencias que tendremos que asumir y unas obligaciones éticas que realizar. Hay que ser consecuente con el propio pensamiento y no autoengañarse. Si la educación es desenmascarar ídolos y mitos pues esa es la misión del intelectual, a riesgo de equivocarse, ese es otro cantar. El conocimiento, ya lo hemos dicho, es provisional, aunque universal y objetivo, insisto.

 

            Y paso a la distinción del uso público y privado de la razón. Creo que la mejor forma de entenderlo es por la frase kantiana “Pensad todo y sobre todo lo que queráis, pero obedeced”. Efectivamente, Kant defiende el uso público de la razón, que es el uso que el docto hace en tanto que tal de la razón en su sentido universal. Pudiendo criticar todo, siempre desde el ámbito de la razón. Pero, para garantizar la continuidad y contra las revoluciones (porque fue el gran desengaño que le produjo la revolución francesa) todos tienen que obedecer, incluido el docto que en principio es profesor y funcionario, por tanto, baluarte del estado. Entendido perfectamente, pero no estoy de acuerdo. Creo que los cambios sociales para mejor se producen, como dice Kant por medio del uso público de la razón, efectivamente, pero pensar que es así sólo es una utopía idealista. Y Kant lo sabía, por eso desconfiaba de que la humanidad pudiese llegar a una época ilustrada. De ahí que en La paz perpetua, proponga esta sociedad ilustrada y cosmopolita como un ideal de la razón practica hacia el que hay que dirigirse, pero ideal, al fin y al cabo. Es decir, una idea regulativa de la acción ético-política. La realidad es más prosaica. Las distintas formas de poder quieren el poder, impiden la ilustración. Una de las naturalezas del poder es impedir la ilustración por cualquier medio. Por eso, desgraciadamente, las conquistas sociales han venido precedidas de desorden público, desobediencia civil, etc. y, por eso, las democracias, contemplan la manifestación y concentración como un derecho. Es decir, legalizan la desobediencia. En referencia con el 15M pues lo que hay que decir es que, como está dentro de un marco democrático no han tenido que practicar una desobediencia civil, aunque el poder haya intentado enmascararlo. Por eso es un movimiento continuista porque reivindica democracia, por lo menos la que había hace cuarenta años, en Europa, me refiero, aquí no. O la que había aquí hace quince años. Esto no implica que, para conseguirlo, no sean legítimas, que no legales, acciones de insumisión, desobediencia civil… Probablemente, y si las cosas en el caos mundial van a peor, pues llegarán. Y cuentan con la legitimidad moral, aunque no la legalidad. Este es el error de Kant.

 

            Y esto me lleva, para terminar, a algunas matizaciones sobre Marx y el marxismo. El marxismo, insisto es un heredero –en su dimensión ética, claro, no económica, del humanismo y del cristianismo. Lo que yo llamo la impronta ética del marxismo se encuentra en el primer Marx, fundamentalmente en el Manifiesto del partido comunista, un panfleto para los proletarios instándolos a la revolución por medio de la toma de conciencia de su estado de alienación. Pues bien, las ideas fuerza de este primer Marx, desde el punto de vista ético, no hablo de la parte económica ni filosófica, son la justicia, la libertad y la dignidad del hombre. No en vano es un heredero de la ilustración, para lo bueno, como esto, como para lo malo: perversión de la razón ilustrada que consiste en reducir la historia a la razón económica que se expresa por la lucha de clases. Este desenvolvimiento de la historia nos llevaría a un antagonismo definitivo entre la clase oprimida y la opresora en el sistema de producción capitalista tras lo cual se produciría la revolución de los proletarios que, previamente, habrían tomado conciencia de su estado de miseria. Sólo esto último es cierto y necesario. Tomar conciencia de nuestro estado de alienación, que no consiste, ni más ni menos que en la pérdida de la libertad, la justicia y la dignidad. De modo que, la lucha por estos ideales, que además, me atrevo a decirlo sin tapujos, ya ni los socialistas se atreven, en este mundo tan confuso de opiniones equivalentes, pertenecen a la izquierda. Y, si hacemos un recorrido de las conquistas sociales, civiles y laborales proceden todas ellas de la persecución de estos ideales, por medio de la desobediencia civil y por parte de los oprimidos. Es decir, de todos aquellos que no disfrutaban ni de dignidad, ni de libertad ni de justicia. Hay que señalar que hoy en día vivimos en una situación en la que estos tres ideales éticos de la humanidad, no es que estén amenazados es que están desaparecidos. Pero, curiosamente, vivimos en un modelo de sociedad llamado democracia que lo defiende. Defender estos ideales dentro de la democracia no sólo es legítimo, sino que es legal, está reconocido por la constitución. Otra cosa es que el poder con sus diversas caras haya transformado la democracia en oligarquías partitocráticas. Y, por eso, le interesa mucho defender lo que para ellos es el sacrosanto orden público. Por esta razón es necesario que el intelectual arremeta contra esa mascarada que ha convertido la democracia, nunca perfecta, en totalitarismo encubierto. Y, con estas palabras doy por finalizada mi defensa pública. Gracias José Miguel por tus críticas y un saludo.

La dignidad es un valor que está por encima de la propia vida, porque la vida sin dignidad carece de valor.

Dentro de un orden democrático la religión puede hacer un uso público de la razón, incluso puede apelar a la desobediencia. Pero, si se da el caso de conflicto entre deberes y derechos y son prioritarios los derechos, pues el funcionario oportuno tiene que cumplir con su deber. Esto no elimina la desobediencia civil, sino que establece una jerarquía de valores.

            Por otro lado, la iglesia actúa y piensa cínicamente al defender la vida por encima de todo sin acudir a la historia, por ser un argumento ya demasiado manido, hay que recordar que la iglesia, defendiendo la vida, defiende el dolor arbitrario e innecesario en nombre de un sentido del dolor trascendente. Que alguien admita esto por creencia, es absolutamente respetable. Pero que se imponga el dolor, porque sí, por principios religiosos a todo ciudadano, es, simplemente, tortura despiadada.

Intelectualismo diletante.

 

Siento discrepar profundamente con mi querido amigo José Miguel López. Me refiero a su artículo, indignantes e indignados publicado en el  número 11 de la Gaceta Independiente. Está dedicado al movimiento 15M y a los así llamados indignados. Coincido en que es un movimiento simbólico, que le da un tirón de orejas al poder político. Pero sólo hasta ahí. Y si fuese esto sólo, pues no sería poco, pero es mucho más. Y no las cosas que José Miguel afirma.

 

            Para empezar, por supuesto no es una revolución, con lo cuál su análisis se viene abajo desde el principio. Ha confundido el nombre que en inglés se le ha dado con el contenido del propio movimiento. Esto muestra su desconocimiento. Los así llamados indignados no muestran ningún carácter revolucionario en su, por así decirlo ideario, mejor conjunto de reivindicaciones hay un contiuismo con el sistema democrático.. Las reivindicaciones de las que se habla son absolutamente continuistas, nada de revolucionarias. Persiguen una democracia más real, menos partidista y una intervención de la política sobre lo económico; es decir, reivindican el poder político sobre el económico. Estos son los dos pilares que más adelante comentaré. Por eso los indignados son absolutamente kantianos. Lo que plantean es una reforma, haciendo un uso público de la razón, de las psudodemocracias actuales. Para eso se han manifestado y concentrado. En una sociedad mediática esto es fundamental. Lo es, cuando no hay sociedad mediática, en la nuestra es imprescindible. En definitiva, no hablan de revolución. No tienen un carácter ni de izquierda ni de derechas, son un movimiento que va más a la propia estructura de la organización social que, según ellos, está corrupta y es menester recuperarla.

 

            Las revoluciones, como bien dice José Miguel siguiendo a Kant, sustituyen a unos amos por otros. Lo que es necesario es la ilustración, el uso público de la razón por medio de la cual se educa. Y eso es lo que este movimiento ha hecho. Un proceso de educación, porque ha puesto sobre la plaza pública un conjunto de deficiencias de nuestra estructura e instituciones, ha educado y, a partir de ahí, se ha abierto un debate sano para todos que no sabemos a dónde nos va a llevar. Lo que sí está claro es que no se puede ser un simple espectador cuando nuestra forma social de existencia mata. Ese es uno de nuestros males, el mal consentido y más cuando viene de los intelectuales que han obedecido sumisos a los poderes. Por cierto, al final del artículo, y para que no se me olvide, el autor dice que conoce a poca gente del mundo de la cultura o de la vida intelectual que se hayan pronunciado. Mira, yo distingo entre el mundo de la cultura: actores, cantantes o músicos conocidos y populares e intelectuales, los que se mueven con las ideas. Los primeros son unos oportunistas y en este país casi todos afines al PSOE. Intelectuales ha habido muchos que se han sumado a las reivindicaciones del movimiento. Otra cosa es que el autor los desconozca. Pero más importante aún, son muchos los intelectuales que desde hace cuarenta años vienen haciendo reivindicaciones de este estilo en libros, artículos, manifestaciones públicas, conferencias…las ideas están ahí y muy desarrolladas, por cierto, mucho más de lo que los indignados se piensan. Pero estos intelectuales han sido ocultados por el poder político y mediático desde hace varias decenas de años. Porque al poder le ha interesado un pensamiento único. Y los intelectuales que se conocen en los medios de comunicación y los autoproclamados “creadores de opinión” no son más intelectuales orgánicos que lo único que hacen es variaciones sobre lo mismo. Las ideas tienen consecuencias y calan en la ciudadanía cuando ésta llega a un estado de miseria inadmisible.

 

            Otra cosa sobre las revoluciones, coincido con el autor y con Kant al que sigue, que las revoluciones no son la forma de cambiar la sociedad porque en definitiva sustituyen a unos tiranos por otros. Por eso el mayor ilustrado defendía el uso crítico de la razón para cambiar la historia, es decir, la educación en su versión ilustrada, la conquista de la libertad o autonomía. Pero hay algo que se le pasa al autor, pero a Kant, no. Jose Miguel hace un recorrido somero sobre algunas revoluciones y saca la consecuencia de que de ellas no se siguió nada o se siguió el terror, revolución francesa, o el totalitarismo, revolución bolchevique. Nada que objetar a esto. Pero ni a Kant ni a mi se nos ha pasado u olvidado una cosa. La revolución francesa fue fruto de unas ideas que mantenían una serie de intelectuales comprometidos, no diletantes, entre ellos Rousseau, del que Kant se proclama seguidor, como lo fuera de Newton, no en vano eran los dos bustos que tenía sobre su mesa de trabajo. Y lo que hizo Kant fue profundizar en las ideas republicanas de Rousseau que son el germen intelectual de la revolución francesa. Ya sé que la revolución fue una revolución burguesa, que al final los representantes del pueblo, la asamblea nacional, absorben el poder del pueblo, lo contrario de lo que decía Rousseau, como bien analiza García Treevijano en Teoría pura de la república, pero las ideas estaban ahí. Y se acabó con el antiguo régimen, aunque al final llegase el terror y por último el imperialismo napoleónico. Pero el germen de la democracia estaba echado, solo tenía que crecer. La teoría de la república estaba hecha y los derechos del hombre y del ciudadano formulados. Ya no habría vuelta atrás. Después de Napoleón vendrían las siguientes repúblicas, hasta la actual. Desde luego repúblicas que dejan mucho que desear, pero sabe el autor, y eso es lo que reivindican los indignados y sin indignación no hay acción, que las democracias, al contrario que cualquier gobierno totalitario, son gobiernos perfectibles. Por su lado, los ilustrados ingleses, Locke, fundamentalmente, fueron los que hicieron posible la república americana. Y ésta sin revolución, la guerra fue contra la metrópolis, una guerra de independencia que se basaba en la idea de la libertad individual y en que el poder reside en el pueblo, que son los fundamentos de la constitución americana.

 

            En cuanto a la revolución bolchevique, de origen marxista, pues lo mismo, revolución violenta que ha generado uno de los totalitarismos más aberrantes de la historia. Pero los textos de Marx y su impronta ética, así como el análisis de la evolución del sistema productivo están ahí. La ética de Marx hunde sus raíces en el humanismo y en el cristianismo. Su mirada está puesta en la justicia social. Y si el autor mira el Manifiesto comunista se dará cuenta que en las últimas páginas el programa que propone es muy similar a la socialdemocracia, por otro lado, paradójicamente similar a liberales como Hayek o Popper. Por otra parte, las ideas marxistas y socialistas son las que han impulsado a lo largo de un siglo y medio la justicia social, los derechos civiles, sociales, laborales y económicos. Sin esa impronta ética del marxismo no hubiese habido teoría ni acción política que soportase esa lucha contra el poder económico. En definitiva, Keynes, después de la segunda guerra mundial, escucha el mensaje ético y económico de Marx, aunque siga participando del capitalismo. Pero éste va a ser ya un capitalismo humano, el New Deal o el estado del bienestar hasta principios de los setenta con la crisis del petróleo a partir de la cual emerge el neoliberalismo que hunde sus raíces en teorías económicas mucho más antiguas y que encuentra dos valedores políticos, Thacher y Reagan. Pero esto es otra historia. Y aunque la teoría marxista esté falsada, en términos popperianos, eso no quiere decir que no sirva. Es como la teoría de Newton, sigue siendo utilizada. Y, por cierto, la teoría científica de Marx muestra ser más válida para analizar la actualidad que el neoliberalismo. Éste último no es ni siquiera una teoría, sino una religión y su destrozo está comprobado.

 

            Se equivoca el autor de plano cuando compara el mayo del 68 con los indignados del 15M, nada más lejos. Para empezar mayo del 68 tiene una carga ideológica tremenda, fundamentalmente maoista y troskista. Y fue un mayo violento, tremendamente violento. Y hubo una división irreconciliable entre los estudiantes y los trabajadores. Lo que pasa es que el autor habrá escuchados a los contertulios que, como no entienden las cosas intentan buscar comparaciones. Pues los ha cogido a todos descolocados. Como a Cayo Lara que se quiso hacer con el mensaje y la movilización, un aprovechado, que no se enteraba que con él –y ahora lo vemos con claridad- también iba la cosa.

 

            Por otro lado alude el autor, de soslayo, a los ecologistas o los defensores del medio ambiente y viene a decir que a ver quién es el listo que renuncia a nuestras comodidades.  Esto es un argumento simplón y manido, de tertuliano, sin profundidad. Hay una premisa de la que hay que partir, la creencia en el crecimiento ilimitado es un mito. Por tanto, habrá decrecimiento económico, hasta ahora hemos producido entropía en el resto del planeta, unos pocos de miles de millones vivimos bien a costa de muchos otros miles de millones. Esto es insostenible desde el punto de vista de las leyes básicas de la ciencia y desde una ética humana sensata. Es necesario cambiar de política económica. Y esa política existe en la teoría, es el decrecimiento. No se trata de una renuncia en plan monje y por una hiperconciencia ecológica, se trata de medidas claras de política económica que deben concretarse en una legislación; que, además, si no las tomamos no habrá decrecimiento, sino batacazo. De todas formas éste es un tema que está lejos de las reivindicaciones principales de los indignados.

 

            En resumen, creo que es necesario el compromiso, el tomar partido, aunque uno se equivoque, tiene uno toda la vida para rectificar. Y los intelectuales, los que nos dedicamos a las ideas tenemos como deber, no sólo observar, que por ahí se empieza, sino intentar cambiar las conciencias, deshacer los engaños, las máscaras. Me parece que el análisis que hace el autor es cínico, simple, cómodo y, además, con graves carencias en el conocimiento del movimiento. Más que conocimientos tiene prejuicios. Ésta es la actitud propia del intelectual posmoderno, aquel que ha legado al fin del pensamiento. Para mí no hay ni fin del pensamiento, ni pensamiento único. Ni creo en el progreso, pero sí en la posibilidad de mejorar con el esfuerzo, cada uno desde el lugar que le corresponde. Pero lo que no puede hacer el intelectual es quedarse viéndolas venir. Toda lucha política es lucha por la dignidad y para eso hay que dar la cara y, a veces, te la parten…y, a veces, también, llegas al desengaño más profundo…

 

 

                                   Juan Pedro Viñuela.

 

                                   junio de 2011

 

 

Mal consentido.

Sólo una movilización popular e intelectual, insistida y de gran calado, podrá ayudarnos a acabar con tanta patraña y tantas desvergüenzas. ¿Cuándo dejaremos de tolerar tanta ignonimia, cuándo pondremos fin a tanta indignación? José Vidal-Beneyto.

 

            Quería escribir sobre el peliagudo tema del mal consentido que, a mi modo de ver, es el que realmente hace posible el mal radical y todo tipo de mal. Tres libros que he leído recientemente hacen referencia a él. El primero de Aurelio Arteta lleva ese título precisamente y es un análisis en profundidad del tema. El segundo es el recientemente aparecido Reacciona de varios autores en el que se proponen diez razones para reaccionar ante los males del mundo. Y el tercero un panfletillo de Federico Mayor Zaragoza Código de silencio. El título lo dice todo. El silencio es el mal consentido.

            Vivimos en una sociedad en el que el mal se hace, en todos los ámbitos, cada vez más profundo. Una sociedad que nos está esclavizando. Nos hemos convertido en súbditos de los diferentes poderes sin darnos ni cuenta. Somos siervos voluntarios. A lo mejor, o a lo peor, eso está en nuestra naturaleza. Pero eso es algo que excede en mucho este artículo. Vamos a partir del hecho de que podemos ser libres y debemos serlo. Y ser libres es ser responsable de nuestras acciones. Por eso es menester actuar. Pero la cosa se hace más profunda e importante porque somos animales políticos, vivimos en ciudades y nuestra existencia tiene que ver con lo que se hace en la polis. Por ello es imprescindible nuestra participación política. Y es aquí donde surge el problema del mal consentido. Éste consiste en recluirse en la vida privada y consentir el mal que se produce en la sociedad y del que somos conscientes. Es nuestra cobardía y nuestra comodidad, así como nuestro egoísmo, el que nos lleva a esta postura. Pero en las llamadas sociedades democráticas avanzadas e hipercapitalistas, hemos perdido casi la conciencia social. Se nos convierte en siervos por medio del consumo y los falsos valores egoísta-narcisistas que nos despachan los medios de comunicación de masas. De esta manera el poder se ve con las manos libres para hacer todo lo que quiera. Nuestro silencio es su mejor aliado, por eso es necesario reaccionar ante los males sociales. Porque estos males sociales son un atropello contra la dignidad de las personas.

            Nos creemos que nuestras sociedades son menos malas que las anteriores. Esto es un error porque es un engaño. Lo malo es que la ciudadanía prefiere el autoengaño, de ahí lo de mal consentido. El orden mundial y estatal son nefastos para una gran mayoría de la población. Es necesario tomar conciencia de esos males para reaccionar frente a ellos y actuar. El pensamiento y el conocimiento son un camino de libertad, pero la libertad política es compromiso con la polis, con la cosa pública. La libertad es valentía, lo contrario de la actitud del mal consentido. Si nosotros consentimos el mal, el poder lo hará. No debemos aceptar esa actitud porque en última instancia el poder se hará con todo el poder y llegará al mal radical. Ocurrió en los fascismos y a ellos se llegó desde la democracia y tras una crisis económica. Esto es un aviso para lo que está ocurriendo hoy en día. Es necesario tomar conciencia de que la política se ha convertido en una profesión. Que los partidos gobiernan para sí mismos y por el poder, que vuelven la espalda a los ciudadanos porque los consideran súbditos. Y en última instancia lo somos por nuestra servidumbre voluntaria. Servidumbre voluntaria que no es más que mal consentido. Los políticos abarcan el poder de los ciudadanos, lo absorben. Eliminan nuestra libertad. Y nuestra cobardía y pereza nos permiten consentir. Hay que reaccionar contra el orden económico mundial que elimina al poder político y del que este último se hace connivente. Pero este poder económico enriquece a unos pocos y produce miseria. El crecimiento económico, basado en el mito del crecimiento ilimitado, simplemente, mata. Tenemos que denunciar esto, no podemos callar, el silencio es cómplice. La educación está en manos del interés político, que, a su vez, obedece al mercado. Se ha mercantilizado la educación, que produce individuos acríticos perfectamente domesticables y adaptables al sistema. No podemos aceptar los medios de comunicación que tenemos. Son puro vicio público. Además de distraer las conciencias inoculan, como perversos virus, falsos valores. Es necesario reaccionar ante esta dictadura, que en forma de democracia se nos impone. No podemos permitirlo, si lo hacemos estamos dando paso al mal radical que en algunos lugares del mundo ya existe; y que ya empieza a llamar a nuestras puertas. El silencio es consentir.

Pero, hombre, Fernando, otra vez con la cantinela de la separación entre saber y saber enseñar. Siento decírtelo, tendría que escribir un libro entero, aunque con la cantidad de artículos que he escrito sobre el tema ya lo sobrepasa, para que lo leyeras y entonces podríamos hablar. Esa separación es pueril e interesada y sólo sirve como un parche para la ley que tenemos. Parece mentira que digas esto. El fracaso de la ley lo tenemos en nuestras narices. ¿Qué será que los políticos no sois capaces de reconocer vuestros errores? Supongo que será la disciplina del partido y la lucha por el poder. Yo estoy ya muy lejos de eso, no estamos en democracia, sino en partitocracias.

            Lo de la vocación, pues mira, probablemente, antes, en nuestros tiempos, habría más que ahora. Pero además, te digo una cosa. Todo aquel que ama su disciplina, o su especialidad o ámbito del conocimiento está deseoso de transmitirlo. A eso se le llama vocación. Mira, no has hecho ninguna crítica a mi argumentación sobre los comentarios de Rubalcaba, tendrías que hacerlo. Sólo el decir que saber y saber enseñar son dos cosas distintas pues es una trivialidad. Me recuerda a las discusiones en el patio del colegio cuando pequeño. Decíamos, si sabe mucho, lo que pasa es que no sabe enseñar, pues no, luego de lo que me di cuenta, es de que no tenían ni idea. Y ni te cuento de la universidad. La vocación de la que hablas se le da por supuesto a todo aquel que se dedique a la enseñanza, siempre y cuando su formación tenga que ver con su inquietud vital. El historiador, el matemático, el filósofo, el físico, el biólogo…. Lo son , se supone, por amor a su saber, por vocación. Desgraciadamente cada vez hay menos de esto. En los otrora institutos de bachillera abundaban mucho más. Es la ley la que ha cambiado la promoción académica por la promoción a base de cursillos psicopedagógicos con los que se te paga un dinero cada sexenio. Es una mentira y una hipocresía. El profesorado se ha ido adaptando a todo esto, porque todo hay que decirlo, la ley que tenemos nos la metieron atravesada por falta de compromiso con nuestro deber y por el engaño de los sindicatos. Y, por supuesto, por una supuesta política progresista que luego ha resultado ser un tremendo error y fracaso. Mantenerla es, perdona que lo diga, o de estúpidos, o de obedientes. Cómo es posible que España tenga un índice de abandono escolar del 35% teniendo educación obligatoria y promoción automática. Fracaso total de la ley. Ya está bien de culpar al profesorado. El profesorado, en los primeros niveles de la LOGSE, y tengo la suerte de no conocerlo salvo en las guardias, sobrevive. Me parece una indecencia decir que es culpa de la falta de vocación del profesor. A un conductor de autobús se le pone un tío chulo y lo hecha, al médico, algún enfermo le falta el respeto, o no quiere su asistencia y se le da el alta voluntaria. Pero lo de la educación no tiene nombre. Obligatoriedad, y encima el currículo que tenemos, a lo mejor en ciencias no se nota tanto, pero en letras, ya que te gusta tanto esta diferencia, que yo no comparto ni entiendo, pues se nota mucho. Cuántas cosas podría yo explicar que pertenecen a la cultura occidental y que la intencionalidad de un temario estatal y autonómico olvida o prefiere ignorar. No, Fernando, de ninguna manera, aprovecha ahora que os toca ser críticos y piensa desde la distancia. Y te lo digo como compañero y tú lo sabes, yo vivo muy bien en la enseñanza, pero es mera contingencia, la mayoría de la gente está pasando un calvario. Y, por favor, mirad a esos alumnos inadaptados, esos que no soportamos, son unos infelices y unos desgraciados. Pero podrían ser muy buenas personas, y ciudadanos muy útiles. La ley los ha condenado. Mirad a los alumnos, a su felicidad, a su dignidad. Ya no se trata de cuatro teóricos que nos quejamos, y con muchos argumentos contundentes, sino de los alumnos, que son personas, pero parecen animales…es muy penoso. Saludos.

No entiendo lo que quieres decir. Siempre ha sido lo mismo desde el neolítico para acá. ¿Por qué no salir a la calle? El poder siempre es el poder y querrá mantenerse en el poder y utilizará para ello todo el poder que pueda que siempre tiende a ser absoluto, incluso en las democracias en la que el poder aparece camuflado, pero se absolutiza bajo máscaras. Hay un mal que es cómplice del mal radical y es el mal consentido. No se puede admitir el mal y hay que salir a la calle, sea lo que sea la calle, lo que no se puede permitir es que se pisotee la dignidad y eso es algo común y cotidiano. Por tanto, todos somos conniventes. Habría mucho que reflexionar sobre el mal consentido, primero para darnos cuenta de que nuestra naturaleza humana es la causa del mal, todos por igual, y, segundo, para ser conscientes de que el mal radical existe porque existe el mal consentido. Si ninguno admitiésemos el abuso del poder no existiría ese mal. Pero lo permitimos, lo consentimos. Y en las sociedades democráticas lo hacemos con mucha más facilidad, porque todos somos tremendamente egoístas e insolidarios. Es nuestro estado normal de conciencia, el que el propio sistema de producción ha producido. Todo sistema de producción tiene su ideología alienante, la nuestra es el posmodernismo: relativismo y narcisismo egoísta, unido al conformismo: no se puede hacer nada, todo está determinado. Nada de esto es cierto, es pura ideología. Somos culpables de participar en el engaño porque no hacemos el esfuerzo de desengañarnos y, cuando lo hacemos, caemos en el engaño de que  el proceso es necesario, inevitable. Otro engaño de la ideología dominante. Y esto, como digo, no es nada nuevo. Tiene dos fundamentos, la naturaleza humana entendida en su nivel biológico, en primer lugar, y, en segundo lugar, nuestra historia; todo comenzó en el neolítico: desigualdad, división del trabajo y poder.

Parece una crónica anunciada. Se habla de radicales, de violentos, de antisistemas. La indignación es mucha, la rebeldía tendrá que comenzar. El sistema es corrupto, los antisistema son los partidos políticos y los mercados. Los que mandan en el mundo, que no han sido, precisamente, elegidos democráticamente, y los partidos que siguen las consignas de estos. Zapatero escucha a Botín, pero no a los ciudadanos. Los políticos están deseando que pase algo así para deslegitimar las protestas. No se enteran de nada. Lo que se les está diciendo desde toda España es que ellos son los responsables del mal, que ellos han sobrepasado esa línea roja, que están fuera del sistema democrático, que han caído en el partidismo y caciquismo. Que sus amos son los banqueros. En fin, no hay revuelta, desgraciadamente, sin violencia. Y no es que yo quiera legitimarla. Pero los parlamentarios que ayer se reunían para aprobar unos presupuestos antisociales, anti derechos humanos y del ciudadano, a favor del mercado y la privatización, son los que tienen también el monopolio de la fuerza. ¿Cómo se puede actuar contra ellos? Sólo queda la salida, en las elecciones generales, de una abstención masiva, cercana al cien por cien, que ponga en jaque al sistema político, tras lo cual haya que refundar la democracia y los partidos políticos desde una república constitucional. Todo lo demás son engaños a los ciudadanos. Los partidos políticos no garantiza, de ninguna manera, la libertad política y, ahora, tampoco, los derechos sociales y civiles.