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Filosofía desde la trinchera

TRIBUNA: SANTIAGO EGUIDAZU

Deliberación moral y crisis del capitalismo

La situación económica ha puesto al desnudo nuestra incapacidad de realizar valores y nuestro empeño en producir disvalores. La refundación moral del sistema demanda un cambio generalizado de actitudes

SANTIAGO EGUIDAZU 02/05/2011

Toda culpa reclama un rostro. Y también una expiación. En estas mismas páginas, ha dicho Antón Costas en un soberbio artículo, Quiebra moral de la economía de mercado (EL PAÍS, 18 de abril), que hasta que la sociedad no manifieste su indignación contra el capitalismo financiero y la política no recobre su autonomía frente a este, no podrá darse una salida a la crisis, que ha de venir de una refundación moral de la economía de mercado. Los comentarios que siguen pretenden mostrar que esa quiebra moral que con mucha razón se predica de nuestra sociedad y del sistema económico que la sustenta, y la consiguiente destrucción de valores con que se retroalimenta, han tenido necesariamente que originarse en un colapso de nuestra capacidad y calidad deliberativas. En la antigüedad, la deliberación moral era considerada imprescindible para guiar la acción, y la ausencia de la misma se calificaba como imprudencia. El hombre prudente era, precisamente, el capaz de deliberar con rectitud de juicio, equidad, inteligencia crítica y conocimiento práctico. La prudencia así entendida es inseparable de la acción.

Los valores no nacen ni mueren; no son realidades objetivas ni existen exclusivamente en nuestras mentes; los valores se construyen por medio de procesos de deliberación individuales (esto es, de uno consigo mismo) o colectivos (de uno con otros o incluso de todos con todos). El hombre, a través de la interacción de deliberación y acción, realiza valores. Así es como progresa moral y a la postre materialmente la sociedad. La crisis ha puesto al desnudo nuestra incapacidad de realizar valores y nuestro empeño en producir disvalores. Y en ello vienen incidiendo, desde hace tiempo en Occidente, al menos tres factores que han estallado en la línea de flotación de nuestros principios morales. El primero ha sido la confusión de prudencia y ciencia. Los economistas académicos, los banqueros, las agencias de calificación, los propios Gobiernos y el consumidor en general han aceptado -más o menos interesadamente- como conocimiento "científico" que orienta y determina su conducta, unos modelos de decisión y comportamiento económico-financiero que se fueron gestando desde mediados del siglo pasado, y cuyo núcleo puede resumirse, simplificando mucho, en la asunción de una racionalidad maximizadora de los agentes, de una eficiencia perfecta en la asignación de recursos por los mercados, de la posibilidad técnica de descorrelacionar rentabilidad y riesgo, y de la superioridad financiera de la deuda en la creación de riqueza. Fue Aristóteles, el primer gran promotor de la prudencia como instrumento de deliberación para la acción, el que descartó tajantemente su aparejamiento con el conocimiento apodíctico propio de la sabiduría y la ciencia. Estas últimas tratan de lo necesario, mientras que la prudencia, la deliberación, versan sobre lo contingente. Al elevar a categoría de ciencia modelos que funcionan en el mundo de lo contingente, el hombre de hoy ha prescindido de deliberar y se ha dejado cómodamente llevar por aquello que los modelos predecían. Y al evadirse de un principio básico de la deliberación critica, a saber, asumir la responsabilidad final de las acciones, poniéndola en manos de modelos artificiales, poco le ha costado desprenderse de la siempre dura obligación de oponerse o descartar aquellas prácticas o acciones conflictivas con nuestros valores. De esta forma, hemos causado entre todos una enorme bola de fuego que se ha llevado por delante buena parte de lo construido durante décadas. Y digo entre todos porque -si bien en muy diferente grado- es irresponsable e imprudente el que da vueltas a un crédito con el exclusivo objeto de lucrarse, pero también el que lo acepta sabiendo que no podrá devolverlo. Y en esto disiento de aquellos que señalan como únicos responsables del marasmo a los representantes del denostado entramado financiero. El mundo financiero tiene desde luego una responsabilidad moral determinante, absoluta y final sobre lo que ha acontecido, pero eso no quiere decir que los muchos que se han dejado llevar por el espejismo del dinero fácil, los que han aceptado subirse a la ola mirando hacia otro lado y sin decir ni pío, no deban asumir la suya. En un sistema auténticamente ético la expiación de unos no exime de responsabilidad al resto; más bien al contrario, afirmaciones de esa guisa ofrecen la perfecta coartada al hombre-ausente para desvincularse de su propia responsabilidad moral.

Una segunda razón que ha eclipsado la práctica de la deliberación crítica en estos años ha sido el conformismo o la comodidad moral. En todo proceso de deliberación hay dos partes, una emocional y otra intelectual. John Dewey llamó a lo primero "valorar" y a lo segundo "valoración". Valorar es lo que hacemos intuitivamente al percibir un estado de cosas que nos incita a la acción. Las emociones, los hábitos, las costumbres generan una primera reacción, una propuesta inmediata para nuestra acción. Pero si no interviene la parte racional de nuestro cerebro, el proceso queda incompleto, no hay valoración propiamente dicha y, consecuentemente, no hay acción prudente. Pensar se ha vuelto doloroso, acaso peligroso, en los días que vivimos; ponderar, imaginar cursos de acción, valorar alternativas, prever consecuencias y tomar iniciativas no está a la altura de los tiempos; es menos costoso y arriesgado mantenerse a rueda. La actitud habitual del hombre de hoy es la de un polizón (free-rider) que trata de apropiarse de los beneficios del esfuerzo deliberativo y las acciones de otros sin incurrir en ninguno de los costes necesarios para generarlos. Así, cada vez menos votantes acuden a las urnas, cada vez menos accionistas elevan su voz en las juntas y cada vez menos lectores reclaman independencia y objetividad a sus medios. Un sistema que aspira a la regeneración moral, necesita que sus miembros asuman el coste a corto plazo de significarse, decir no cuando proceda y proponer estrategias alternativas. La buena deliberación no sólo consiste en elegir los medios adecuados para los fines deseados, sino también y sobre todo en analizar críticamente y decidir cuáles deben ser esos fines. Y nadie que no seamos nosotros mismos puede o debe hacerlo. El hombre peleó durante siglos para desprenderse del yugo moral de la religión y no tendría sentido entregarse ahora al de la indiferencia o la inacción.

El tercer escollo a nuestra capacidad de reacción es, precisamente, nuestra incapacidad para aceptar el fracaso moral, aprender de él y tomar medidas para superarlo. Es bastante habitual reconocer que uno aprende de los errores y no tanto de los éxitos. Pero otra cosa es el fracaso. Nos cuesta asumirlo pues creemos que se trata de una mancha irreversible, el principio del fin de nuestra intocable autoestima. Pero al igual que los individuos, las sociedades también se regeneran moralmente y para hacerlo necesitan digerir y aprehender los fracasos colectivos. También aquí la deliberación crítica juega un papel esencial. De la misma forma que todas las épocas de progreso intelectual, moral y al final material han estado precedidas por etapas de intensa deliberación individual y colectiva, también el renacimiento moral de las sociedades ha requerido -como ocurrió, por ejemplo, en la Alemania de posguerra- una vuelta del pueblo a la reflexión y deliberación críticas.

El resultado de estas tres limitaciones es bien conocido. La estructura de nuestros valores ha cambiado drásticamente. Los valores instrumentales, a saber, los que se intercambian y miden por unidades monetarias, han eclipsado a los valores intrínsecos, aquellos que son valiosos por sí mismos con independencia de su soporte. Un sistema de valores puramente instrumental empobrece al individuo y a la sociedad, trunca su capacidad de revolverse y luchar en las crisis, y desactiva el proceso de deliberación crítica. Es como un círculo vicioso: a menor capacidad y calidad de deliberación, mayor el peso de los valores instrumentales en nuestras vidas; en el límite, en un mundo puramente instrumental, la deliberación moral perdería buena parte de su sentido, se transformaría en una mera discusión técnica, en la búsqueda de los medios óptimos para producir valor instrumental puro. Esa sociedad seria inhumana; eficiente, pero poco equitativa. Si no queremos llegar a ella, empecemos por asumir el fracaso. Que los políticos recuperen su autonomía y que los financieros expíen su culpa, como reclama el profesor Costas; y que la indignación y la resistencia pasiva jueguen su papel dinamizador y revolucionario. Pero si los valores se construyen y realizan con base en procesos de deliberación moral, que cada uno en su círculo, organización o área de influencia se aplique a ello. La refundación moral de un sistema dinámico de relaciones multipolares y multipersonales, que es en lo que ha devenido el capitalismo, demanda un cambio generalizado de actitudes, y este pasa necesariamente por una recuperación de la facultad deliberativa crítica del individuo.

Conferencia de inauguración VIII Jornadas de ciencia, tecnología y sociedad.

 

 

Hacia una ética cosmopolita. Desde los estoicos a Martha Nussbaum.

 

            El artículo de Nussbaum levantó, cuando se escribió, muchas polémicas. La autora defiende la idea del cosmopolitismo enraizada en sus orígenes griego, los estoicos. Y además reclama una educación en el cosmopolitismo como un bien para la ciudadanía. Las críticas se le vinieron encima porque se consideró que eso era un ataque al patriotismo. Que los sentimientos cosmopolitas eran artifícales. Que uno se identifica con su patria, su familia, la nación. Nussbaum, por su parte, mantiene las ideas clásicas del cosmopolitismo que analizaremos después y considera que el sentimiento cosmopolita sería de ayuda para entender la condición humana. Además, siguiendo a Tagore, en su obra “La casa y el mundo” sugiere que el sentimiento de hermandad universal es prioritario al de familia, tribu, nación, etc. y, algo muy importante, no lo elimina.

 

            Yo soy partidario del cosmopolitismo, como lo es Martha Nussbaum y quiero analizar sus raíces y su actualidad. Además considero que su mayor actualidad reside, precisamente en que ese sentimiento tiene que ser la base de una ética universal cosmopolita y de un derecho internacional. Pero además trasciendo lo que sostiene Nussbaum, aunque ella ha polemizado con Rawls sobre este asunto intentando aumentar el concepto de justicia de éste último. Yo voy a llegar a la conclusión de que la ética cosmopolita es necesaria, pero no suficiente. Hay que dar un paso más. Y ese paso es la ética ecológica de origen naturalista, en el sentido de Javier Echeverría en su obra “La ciencia del bien”. De lo que se trata es de que toda ética es todavía antropomórfica y, si queremos salir de la situación de quiebra del capitalismo global, de la crisis Terminal que ello conlleva porque está enlazada con la crisis ecológica, agotamiento de los recursos y calentamiento global, necesitamos de una ética ecocéntrica. Esta es la base del principio de responsabilidad de Hans Jonas y una profundización en la ética cosmológica que defiende el carácter universal y natural del hombre. Es reconocer que somos habitantes de la tierra, no parásitos ni custodios, sino que convivimos con ella irrenunciablemente. En palabras de Riechmann podríamos decir que esto sería una segunda Ilustración.

 

            Pero, empecemos por el principio antes de adelantar acontecimientos. El surgimiento de la filosofía representó el surgimiento del logos, la razón, lo universal. La filosofía, el pensamiento, como también defiende en su último libro Pedro Fernández Liria, surge como el descubrimiento de lo universal frente a lo particular. Y esto es muy importante porque el llamado milagro griego es el reconocimiento de que en el hombre hay algo universal que lo pone en comunicación con los demás y con la naturaleza. El logos, la razón es lo común, decía Heráclito. Es lo que nos permite abandonar nuestra particularidad y unirnos en lo universal. Por eso, se produce un fenómeno de extrañeza al filosofar, porque se abstrae lo que tenemos de particular y dejamos hablar al logos. Cuando hablo de filosofía podemos decir igualmente, ciencia. Son lo mismo en sus orígenes y en la actualidad, al menos en lo que se refiere a su impronta, a su quehacer y a su origen. Si el origen de nuestra civilización es el descubrimiento de lo universal tiene en su seno el espíritu de lo universal. Es decir, tiende a la universalización. Lo que descubren los griegos es que el mundo se describe desde lo universal. Ése es el concepto de cosmos. El cosmos es el orden frente al caos y lo arbitrario. Aquello que tiene un orden inmanente regido por la razón. Aquello que se desvela por la razón, el lenguaje, que nos hace universal. El comportamiento del universo, el teorema de Pitágoras es igual para mí que para un analfabeto, un esquimal, un chino. Una vez que se accede a su demostración se hace universal lo que los griegos han descubierto es esa universalidad del cosmos, esa unidad. El discurso sobre el mundo es universal. Y eso nos sacó de los particularismos, de la superstición…

 

            Pero la mente griega aplica el logos a la polis. Y así surge la democracia. La razón que rige la ciudad es fruto del acuerdo de los hombres. No procede del capricho y la voluntad de los dioses, ni de la fuerza de un tirano. Y en esas leyes que proceden del hombre éstos se convierten en ciudadanos. Los habitantes de la polis son ciudadanos, hombres libres. Aquellos que se dan a sí mismo la ley. En eso reside su igualdad y su libertad. Todos son iguales ante la ley y son los forjadores de la ley. Pero la democracia entra en crisis por la sofística, que viene a defender lo contrario al ideal filosófico, el relativismo, de ahí la semejanza con la actualidad. Y son Sócrates y Platón los que intentan enmendarles la plana. El conocimiento, si sigue al logos, es universal, no particular y relativo. Eso es demagogia. Por eso ligan el conocimiento con la virtud. Sócrates y Platón son los verdaderos fundadores de la filosofía. Y todo el pensamiento como decían Withead y Popper no son más que notas a pie de página de las obras platónicas. Platón persigue que la ciudad se gobierne por la razón, es decir por lo universal. Por eso su ciudad es la ciudad ideal, la que todo el mundo asumiría porque obedece a la razón. La idea es buena, otra cosa es que haya caído en totalitarismos. Pero eso en estos momentos no nos interesa.

 

            Y es de estas raíces de las que surge el cosmopolitismo, precisamente de otros herederos de Sócrates, los cínicos y los estoicos. Tanto unos como otros atacan a las costumbres y a las tradiciones. Anteponen la humanidad a la nación. Y de ahí surge el ideal cosmopolita. Este ideal es una universalización ética de la razón. El cosmopolita es aquel que reconoce la humanidad en cualquier otro. Todo hombre es un ser humano. Los hombres somos particulares, la humanidad es universal. La humanidad participa de todos los hombres. Por eso decía Terencio, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Si soy capaz de reconocerme en el otro, entonces puedo reconocer mis vicios y mis virtudes. La identidad, lo que me constituye como hombre no es la tribu, ni la familia, ni la nación, sino la propia humanidad. Tanto la familia, como la nación, son particularizaciones, que no tienen porqué ser contradictorias de nuestra universalidad. Si aceptamos que el hombre es común por su propia naturaleza y que el ansia de universalidad es lo que ha construido la civilización de occidente, tendremos la base ética del cosmopolitismo. Es posible un dialogo entre civilizaciones, porque el fondo es común. El hombre es lo común a las civilizaciones. Aunque seamos animales tribales por nuestra propia naturaleza biológica. Al ser nuestra biología abierta y de la que emerge la cultura hemos inventado las formas sociales de vivir más allá de la tribu. La posibilidad de una sociedad cosmopolita es una posibilidad que entra dentro de la naturaleza humana. Esta hermandad universal de los cínicos y los estoicos es una hermandad natural. Lo que estos filósofos reconocen es la razón universal, que es la razón de la naturaleza. El hombre, como ser natural, por eso este cosmopolitismo es un ecologismo avant la lettre, está inmerso en esta razón universal. El hombre no va más allá de la naturaleza y si quiere actuar bien tiene que actuar conforme a la ley natural. No podemos trascender la naturaleza. Por su puesto que para vivir necesitamos de las relaciones de empatía que nos permiten identificarnos, como son la familia, el pueblo, la nación, pero éstas son particularidades que nos elevan hacia la humanidad. El sentimiento cosmopolita no se enfrenta a los particularismos. Ahora bien, estos si pueden ser fanáticos y excluyentes eliminando lo universal que hay en lo particular.

 

            Así, en el estoicismo encontramos todas las bases de la ética cosmopolita y ecológica que habría que desarrollar. Pero resulta también que el estoicismo fue una filosofía, que en algunos aspectos, casó muy bien con el cristianismo. El concepto de razón universal queda identificado con la Providencia. Pero hay dos cosas importantes que aporta el cristianismo como base de una ética universal o cosmopolita. En primer lugar el concepto de persona y, por ende, dignidad, que encontrará su pleno desarrollo en Kant, como veremos. El cristianismo dice que todos somos hijos de dios, en ese sentido todos somos iguales en tanto que somos hermanos y nuestra dignidad reside en que hemos sido creados a imagen y semejanza de dios, en nuestro aspecto divino. De ahí la polémica de Valladolid de Bartolomé de las Casas con respecto a la matanza, etnocidio y genocidio de indios en América. Él defendía, que todos, aún sin ser bautizados, eran hijos de dios, por ello no se les podía ni torturar, ni asesinar. En este concepto de dignidad encontramos la base de los derechos humanos. El otro pilar de la universalización de la ética es la parábola del buen samaritano. El ayudar al prójimo consiste en la identificación con el dolor ajeno, no en la identificación con el del mismo pueblo, o tribu o nación. La acción ética se dirige al otro, porque el otro es otro como yo y en su rostro puedo ver dibujado su dolor del cual me compadezco. Ese prójimo es proximus, cercano. Pero el pensamiento ético racional, mediante conceptos, ha sido capaz de elevar a universal el sentimiento particular. Esa será la gran tarea de Kant. Una cosa más hay que decir del cristianismo. Mientras que los estoicos eran naturalistas, el cristianismo ensalza al hombre y lo hace dueño y señor de la naturaleza. Este mito fundante que anima también el surgimiento de la ciencia y la técnica en el Renacimiento y sumado a la idea de progreso ha dado lugar al imperialismo y a la eliminación de la naturaleza y nos ha llevado al callejón del gato en el que nos encontramos del que una ética cosmopolita y ecocéntrica nos pueda salvar.

 

            Pero retomamos ahora el discurso con Kant. Este autor es la base fundamental para la creación de una ética universal que no es más que una ética cosmopolita y de la idea de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres. Ideal aún no realizado, pero posible. Al que habría que añadirle la ética ecológica. Kant intenta construir una ética universal. Es decir una ética que se base en un principio que todo hombre considere aceptable. Encuentra ese principio en el imperativo categórico. La formulación de éste más adecuada que nos dirige a donde nosotros queremos es aquella que dice que “obra siempre de tal manera que consideres al otro como un fin en sí mismo, no como un medio”. Y éste es el concepto máximo de deber y de dignidad humana. Siempre que se actúe con respecto al otro considerándolo como otro yo, estaremos actuando bien éticamente. Y siempre que instrumentalicemos al otro lo estaremos vejando. La dignidad consiste en que soy un sujeto. Es decir, alguien autónomo y libre y así debo ser tratado. Es necesario notar aquí, que todo poder lo que hace es instrumentalizar al individuo. Por tanto el poder legítimo será el que permite el desarrollo libre y autónomo de las persona. Éste poder sería el de la república. Pero si tenemos la base de una ética universal es porque tenemos una concepción universal del hombre. Por eso esta ética trasciende a los pueblos y las naciones sin anularlos. De lo que se trata es de que hay algo universal en el hombre, y es su dignidad, autonomía y libertad, que es común a todas las naciones. De ahí surge el ideal político kantiano. Cuando Kant se pregunta si hay un quiliasmo (como en el modo cristiano) de la historia, responde que no lo hay de forma a priori. No hay un fin natural de la historia del hombre. Kant no cree en el progreso automático de la humanidad. La historia es contingente. Ahora bien, si puede haber una idea regulativa de la política. Y esa idea regulativa pone como fin la consecución de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres. Por un lado tenemos el cosmopolitismo, la universalidad del hombre, pero, por otro lado, tenemos la particularidad de las repúblicas. Kant ha sabido sintetizar esta tensión entre lo universal y lo particular. Y de esta manera en Kant encontramos la respuesta a las críticas que se le hacen a Nussbaum. Por eso es interesante esta autora que recupera el viejo ideal cosmopolita sin eliminar lo particular, porque es necesario, pero no debe ser excluyente. Y por eso esta autora amplia el concepto de justicia de Rawls que sale de su velo de ignorancia en el que sólo cuentan los sujetos racionales, autónomos y libres. Ella lo amplia a los que no tienen todavía uso de razón o los que la han perdido o los enfermos. En este sentido habría que unir su propuesta con la ética comunicativa de Habermas y Adela Cortina en su versión española.

 

            Pero yo aquí, como sugerí en un principio quería dar un paso más. En la situación Terminal en la que nos encontramos la ética cosmopolita es necesaria pero no suficiente. La ética cosmopolita aún sigue siendo antropocéntrica. Heredera de ese mito cristiano de que el hombre es dueño y señor de la naturaleza y que ha animado a la técnica de forma prometéica. Y es este antropocentrismo el que nos ha llevado hacia la situación Terminal en la que nos encontramos, que no es una mera crisis económica, ni mucho menos financiera, sino global y Terminal. Y esto es así porque a la crisis económica se le une la crisis medioambiental en sus dos focos, agotamiento de recursos y calentamiento global. Esto plantea la quiebra de nuestro modelo de producción que es el capitalismo global. Y esta quiebra nos llevará a la catástrofe. Y por eso digo que la ética cosmopolita, como la hemos ido exponiendo aquí es necesaria, pero no suficiente. Es necesaria una ética universal que sea la base de un derecho internacional que esté por encima de los estados, sin anular las identidades, la idea kantiana. Pero es necesario seguir el principio de Jonas que nos adentra en la ética ecológica. El principio de responsabilidad. Tenemos que asumir ética y jurídicamente que somos responsables de nuestros actos, no solo ante nosotros mismos y el cercano, sino frente al que ni conocemos, o bien porque habita muy lejos, o bien porque no ha nacido. Esto último hace referencia a las generaciones futuras. Somos responsables de su herencia, es decir, de su bienestar. Aunque no existan, no podemos instrumentalizarlos que es precisamente lo que hace el poder y el modo de organización capitalista que tenemos. Y lo que nos queda por añadir es que la base de esta ética no puede ser antropocéntrica, sino ecocéntrica. Nuestras acciones no sólo son responsables ante los demás, sino ante la naturaleza, porque todos somos naturaleza, vivimos en y de la naturaleza. Lo que le hacemos a la naturaleza nos lo hacemos a nosotros mismos. Y ésta sería la segunda Ilustración que plantea y desarrolla Riechman en su Trilogía de la autocontención: ensayos sobre ética y ecologia.

 

 

                                               Juan Pedro Viñuela.

 

                                               Abril 2011.

TRIBUNA: JOSÉ MARÍA LASSALLE

Jovellanos ejemplar

JOSÉ MARÍA LASSALLE  27/04/2011

Para quienes la moderación es falta de espíritu y el sentido común debilidad acomplejada, la figura de Jovellanos (1744-1811) resultará siempre incómoda. Antípoda de la radicalidad y desmesura, demostró cómo la razón práctica y la prudencia pueden ser los aliados más idóneos en las decisiones políticas. Al menos si se quiere fomentar con ellas la paz social y la prosperidad. Consciente de ello, Jovellanos contribuyó a edificar un clima de concordia nacional que potenciase reformas basadas en la "libertad, sin la cual nada prospera", y la justicia, que combate los abusos y estimula la instrucción pública del pueblo. Su disposición en pos de ambos objetivos fue infatigable, a pesar de los altibajos a los que se vio sometido. Diez años de destierro y siete de prisión no cambiaron su compromiso sincero con ellos. Algo que reflejan tanto su escritura como el tenor de sus reflexiones. En este sentido, los testimonios de templanza y sensatez que definen los contornos más tangibles de su vida siguen en pie 200 años después de su fallecimiento. Constituyen un ejemplo de patriotismo desinteresado, sin ápice de rencor ni visceral animadversión hacia el contrario. Precisamente esta circunstancia resulta inédita en nuestra historia, reciente y pasada, donde la política se ha vivido como si fuera una experiencia fanática que casi siempre ha ignorado los cauces de negociación y entendimiento, ya que el oponente, lejos de ser respetado en su diferencia, ha sido interpretado como un enemigo al que no había que convencer sino tan solo, digámoslo así, aniquilar.

Pinzado por los atavismos seculares de la intransigencia hispana, soportó los sinsabores de la calumnia y la envidia sin alterar el juicio, ni tampoco el estilo y las ideas. Lo señala en sus Diarios: "Lo que llaman fortuna es lo de menos, porque... es cosa de quita y pon, y que se va y viene y no se detiene"; añadiendo a renglón seguido: "Virtud, instrucción: he aquí lo que siempre dura". De ambas dio muestra a lo largo de su cursus honorum. Primero, como magistrado en Sevilla. Después, ejerciendo de alto funcionario del Consejo de Castilla. Más tarde, como ministro de Justicia. Y, finalmente, como miembro de la Junta Central en los difíciles momentos de la Guerra de Independencia, cuando Napoleón doblegaba la resistencia española y nuestro país se debatía en la crueldad de una invasión y una soterrada guerra civil. En cada uno de estos cargos, su compromiso con la virtud pública y su instrucción en el manejo del interés general fue sobradamente acreditado. Quizá porque, educado en los conceptos que Feijóo perimetró en el ensayo Amor a la patria, nunca dudó de algo que hoy se olvida con facilidad: que las personas son para los cargos y no los cargos para las personas. Llevado por este apego virtuoso al desempeño de sus responsabilidades no debe extrañar que suscitara recelos abruptos. Sobre todo si era capaz de encararse con la reina María Luisa deParma y preguntarle, ante la insistencia de ella a favor de uno de sus recomendados en la magistratura, sobre dónde había aprendido los saberes que le capacitaban para ello. A lo que respondió la esposa de Carlos IV con evidente enojo que: "En la escuela donde usted ha aprendido cortesía". Con tanto celo y apego a la ejemplaridad no es extraño que proliferaran sus enemigos. Especialmente entre los afines a Godoy y sus corruptelas, que estuvieron detrás del quebranto de su salud como ministro de Justicia y, después, de la condena sin proceso que lo condujo al castillo de Bellver acusado por la Inquisición de heterodoxia por su defensa de la Ilustración y el jansenismo.

Es sobradamente conocido que el hidalgo gijonés fue un actor decisivo para el desarrollo del programa de la Ilustración española. Estuvo en el corazón decisivo de ella, a la sombra de sus promotores: los Floridablanca, Campomanes, Aranda, Cabarrús, Olavide o Almodóvar, entre otros. Y aunque algunos, entre ellos Ortega y Menéndez Pelayo, despreciaron nuestro Siglo de las Luces, no cabe duda de que gracias al esfuerzo de los ilustrados, recuperamos en buena medida la sintonía perdida con el resto de Europa tras concluir la etapa final de los Austrias. Que nuestra Ilustración es digna de elogio lo demuestra precisamente la obra del asturiano. En ella se evidencia un pensamiento de altura, como sucede con el Informe sobre la ley agraria, receptivo a las novedades del continente pero, al mismo tiempo, generador de un poderoso impulso de modernidad y sugerencia. Lector de los ilustrados franceses, sin embargo, su torso más potente se aprecia en contacto con el pensamiento británico. En él es donde se palpa la huella de Locke, Ferguson, Adam Smith y Burke. Hasta el punto de percibir con nitidez en su pensamiento liberal-republicano el engarce entre los whigs británicos y los liberales españoles de Cádiz. Esta tesis, ya insinuada por Maravall en los años sesenta, merecería una atención más detallada. No hay que olvidar que Jovellanos llegó a afirmar que la dicha de España pasaba por emular el Estado político y económico de Inglaterra. Algo que reitera al adaptar la tesis de la Antigua Constitución blandida por los whigs en su lucha contra los Estuardo al invocar una Constitución española de carácter histórico y dinámico, abierta al cambio y que no respondería a un articulado en abstracto, sino a una progresiva decantación reformista que evitase institucionalmente el despotismo.

Cuando se cumple ahora el bicentenario de su fallecimiento, Gaspar Melchor de Jovellanos merece reivindicarse como un ejemplo a seguir a la hora de trenzar un relato que explique cómo afrontar la crisis que padecemos. Primero, porque encarna como pocos en nuestra historia la esencia del hombre moral que hizo de su servicio al país una empresa ejemplar de honradez, de dedicación admirable al interés general y al bien común. No en balde, su proyecto más personal y querido, el Instituto Asturiano, fue puesto al servicio de la "verdad y la utilidad pública", tal y como rezaba la leyenda que presidía una de sus puertas principales. Y segundo, porque nunca renunció a creer que, frente a las dificultades, no solo se pone a prueba la grandeza de los hombres y los pueblos, sino la fe en ellos mismos, pues la felicidad futura tan solo puede alcanzarse cultivando aquella mediocritas clásica basada en la austera aplicación, la sencillez esforzada y la entrega a un patriotismo que invoca la concordia y la unidad.

Gracias por los comentarios. Pero ya que ha surgido tanta polémica os aclaro de dónde he sacado la cita. Es una obra de una autora árabe luchadora por los derechos humanos y en especial por los derechos de la mujer. Una de sus múltiples obras es “El Islam en occidente” en la que intenta desenmascarar la idea prejuiciosa que se tiene de esta religión en occidente. Y, precisamente, el último capítulo lleva como título metafórico, que es lo que no se ha entendido aquí, El burka en occidente es la tala 38. Y es un capítulo en el que se hace una reflexión a partir de un hecho autobiográfico. Y es que esta señora va a unos grandes almacenes a comprarse ropa y no encuentra de su talla es mandada a la sección de tallas grandes, no se por qué a lo normal se le llama grande o especial, y a la 38, e incluso menores es lo normal, y esto es un hecho constatable en cualquier establecimiento. El caso es que no encuentra ropa de su talla y gusto. Cuando coincide uno no coincide el otro y así… Y a partir de ahí hace una reflexión en defensa siempre de la mujer para ponerla sobre aviso y no se deje convertir en objeto. Y mucho menos en esclava como ocurre en algunos lugares del mundo musulmán, y ella lo sabe bien y ha luchado ejemplarmente contra ello. Pero no ha sido menos en occidente. Felipe, puse el ejemplo del nacionalcatolicismo en España en el que la mujer era prácticamente una esclava. Su función social era la de ser esposa fiel y madre abnegada y aguantar todo lo que venga del marido, dueño y señor de propiedades y de ella misma. Y esto, además, estaba justificado por la religión cristiana y lo sigue estando. El cristianismo, como las otras dos religiones del libro son misóginas porque proceden de las religiones neolíticas cuyos dioses son masculinos, violentos y machistas. Si en nuestras sociedades hemos avanzado algo en la igualdad ha sido gracias al uso de la razón contra la superstición de la religión y contra la barbarie de los poderosos. Efectivamente, en algunos lugares a las mujeres se les cose el burka a la piel, y aquí en España a muchas mujeres, por utilizar bebedizos o infusiones curativas se las torturaba y después se las quemaba como ejemplo público. De modo que lo que dice Fátima es una metáfora no una equivalencia y un aviso para sobreguardar los derechos de la mujer para que, de ninguna de las maneras sea considerada un objeto. Os dejo un enlace sobre algunos de los aspectos biográficos de esta mujer. Muchas gracias y disculpad por lo que quizás fue sacar de contexto una frase. Saludos. http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/mernissi.htm

Te equivocas. Si salen videos como éste y se denuncia tal actitud es porque existe un burka real, aunque no material. Otra equivocación es la de confundir lo árabe, con lo musulmán y lo musulmán con el fanatismo y la intolerancia. Las tres religiones del libro tienen el mismo grado de intolerancia. La cuestión es haber pasado o no por la modernidad que consiste, fundamentalmente, en el surgimiento de la ciencia, la secularización y el laicismo y la democracia. Pero, curiosamente, y esto es un tesis que primero surgió en la historia de la ciencia y ahora se extiende a la historia universal, Miguel Manzanera publicará un libro sobre esto dentro de poco, el Renacimiento surge en España en el siglo XI con los árabes y el apogeo del califato de Córdoba con Abderramán I. El máximo representante de esta transición es Averroes con su racionalismo teológico y la teoría de la doble verdad. Lo que sucedió en lo que se llamó la ilustración musulmana es que se recopiló y amplió toda la sabiduría griega que quedaba de la escuela y biblioteca de Alejandría. Pero no sólo se inició un proceso de apertura científica, sino que cuando Europa llevaba ocho siglos en la oscuridad, los musulmanes y judíos españoles empezaron a traducir del griego al árabe y al latín. Se daba la casualidad que sólo los árabes conocían el griego y esto fue lo que permite el acceso de los textos científicos y literarios a los europeos, las traducciones que se hicieron en Al-ándalus, que después continuaría Alfonso X el sabio. Por eso en la universidad de Paris, los máximos representantes, Alberto Magno, Buenaventura y Tomás de Aquino, intentan refutar por todos los medio la teoria de la doble verdad, triunfando, al final, su teoría de la subordinación de la razón a la fe. De ahí que la doctrina actual de la iglesia considera que todos los males de occidente proceden de la modernidad o ilustración. Éste fue el prinipio de la modernidad, y culmina en la ilustración del XVIII, que tuvo como enemigo al antiguo régimen fundamentado en el poder de la sangre y la gracia divina. La mujer en estas circunstancias tenía menos valor que un esclavo, puesto que ni siquiera eran clase productiva. Esto es occidente. Y lo que se ha conseguido ha sido por la luz de la razón que es universal y de la que todos pueden participar. En España hace cincuenta años la mujer estaba plenamente sojuzgada. Su lugar social era la de ser madre y esposa. Y esto fue el producto de la unión entre el nacionalismo militar y el catolicismo. En la sociedad contemporánea, tanto hombres como mujeres bailamos al son de los dictados del consumo que construyen nuestros valores. Nuestra autonomía es más aparente que real. Y la existencia de estos videos no es más que un poco de catarsis sin que se llegue a la rebeldía total. No vivimos en ningún paraíso, al contrario, cada vez somos más vasallos. Un saludo.

Nostalgia.

 

Ayer me llegó una voz del pasado. Una voz llena de recuerdos y vivencias. Una voz que me trasladó más de veintitantos años atrás en mi vida. De repente sentí un sentimiento que hacía tiempo no tenía, la nostalgia. Un sentimiento que puede ser enriquecedor y, a la par, paralizante. La nostalgia nos ayuda a recordar el pasado, siempre sabiendo que todo recuerdo es una construcción de nuestro pasado, que es subjetivo en tanto que el yo lo construye para dar sentido y orden a su existencia de esta manera todo recuerdo es de alguna forma una falsificación, un delirio, pero, como decía el maestro José Luis Pinillos, un delirio necesario. Y necesario porque sin él no podríamos vivir. La nostalgia nos ayuda a contarnos a nosotros mismos nuestra vida. Es el sentimiento que nos une al pasado y nos da identidad. La nostalgia es necesaria en estos tiempos de prisas y de efímero presente en el que todo caduca. La nostalgia nos permite recrear y recrearnos en nuestro pasado, en nuestra existencia en las relaciones con el mundo y las personas que nos rodeaban y que sirvieron para construirnos. Hechos y personas que condicionaron nuestra existencia, que limitaron nuestra libertad, a la vez que, de su trato aprendimos el duro camino de la libertad que nos lleva a la autonomía y la soledad. La nostalgia hace el milagro de la identidad del yo, esa emergencia de la efervescencia del cerebro.

 

            Desde muy joven he definido a la vida como un eterno dejar. Es una definición un tanto paradójica en la medida en la que se mezcla lo eterno con el fluir. Pero ese es el sentido, el fluir de nuestra existencia reside en la necesidad radical de abandono. Todo es abandonado en el vivir. Y nos quedan los recuerdos que acomodamos en nuestra conciencia y que, a veces, felizmente aparecen. Otras, sin embargo, permanecen encerrados bajo siete llaves y cuando surgen se engendra un huracán. Estos últimos son los traumas, las frustraciones, las circunstancias no resueltas. Todo aquello que ha generado el vicio: el resentimiento, la resignación, el cinismo, la hipocresía. Por el contrario, la nostalgia es suave, nos ata al pasado sabedores de que es pasado para siempre, pero que desde la profundidad del tiempo alimenta nuestra vida, sigue siendo llama oculta que alimenta el vivir y no lo impide. Lo peligroso es instalarse en la nostalgia. Entonces, o nos volvemos locos, o nos hemos hecho definitivamente viejos y vivimos sólo del pasado. La nostalgia nos recuerda que la vida al ser un dejar es un abanico de posibilidades. La vida esta constituida por nuestras circunstancias y lo que nosotros, más o menos bien, o más o menos mal, hemos sido capaces de hacer de ellas. La vida es quehacer, creación, decisión. Habérselas con las circunstancias es precisamente la libertad. Libertad absolutamente condicionada. Por eso la nostalgia nos recuerda que la vida es un dejar. Porque toda elección, más o menos condicionada, en el fondo es un abandono de un abanico de posibilidades, a veces ese abanico se reduce a unas pocas, o a dos, y son las que más marcan nuestra existencia porque nos enseñan que la elección es una bifurcación en la vida, que nos hará totalmente distintos porque las circunstancias que nos rodearán serán totalmente diferentes. Es aquí donde se hace notar ese dejar esencial que es la propia vida. Dejar caminos sin andar que nunca se podrán recorrer. Recorrer caminos que no tienen vuelta atrás. Porque en la vida no existe la vuelta atrás, no hay un volver a empezar. La vida es construcción, un pasar activo y consciente. Un querer, una voluntad de hacer que se retroalimenta del pasado, pero que no se puede instalar en él. La vida saludable es la vida en tanto que quehacer, en tanto que construcción. Los recuerdos constituyen nuestra identidad, pero, paradójicamente, no somos nosotros. Somos la mezcla de recuerdos y acción. Sin esta última la vida es pasividad, anquilosamiento, vejez. De ahí ese doble sentido de la nostalgia. Uno placentero y reconstituyente, otro paralizante. Pero la gran enseñanza de la nostalgia es que somos seres ineludiblemente temporales y mortales. También cabe, en este sentido, nostalgia del futuro.

Los medios de comunicación persisten en la desinformación, el ocultamiento del pasado y en su transformación para adaptarlo al presente, para adoctrinar y adormilar a las conciencias. El estudio de la historia y la historia de las ideas es imprescindible. Pero el saber ya no es el objetivo de la educación. Es curioso. Se habla de que estamos en la sociedad del conocimiento, en la sociedad más preparada y, por otro lado, los prejuicios y las creencias abundan por doquier. Parece que el saber adquirido en la secundaria y el bachillerato les ha resbalado por entre las circunvoluciones cerebrales a los alumnos. Todos ellos prestan más atención a los medios de desinformación de masas y creadores de falsos valores que a la enseñanza. Es el fracaso del optimismo ilustrado. La educación no garantiza de forma automática la ilustración. Y más, si la educación no está dirigida a la consecución del saber, con lo que ello implica éticamente.

Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario digital EL PLURAL, 18 de abril de 2011

Este artículo presenta las tergiversaciones que se presentan en películas de cine (como El discurso del Rey) o series televisivas (como La República) sobre la II República y/o sobre hechos relacionados con ella. El autor denuncia tales falsedades pues, por desgracia, gran parte del conocimiento histórico lo adquiere la población española a partir del cine y/o la televisión.

Con excesiva frecuencia los directores de cine o de seriales televisivos, así como novelistas se toman libertades en la presentación de hechos históricos que deben criticarse e incluso denunciarse, pues su impacto en la lectura del pasado por parte del público en general puede ser muy negativa. Por desgracia, gran parte de la población adquiere sus nociones de historia a través de la televisión, del cine y de las novelas.
Dos películas recientes, que tienen que ver con hechos relacionados con la II República, son un claro caso de tergiversación de la historia. Una de ellas es “El discurso del Rey”, premiada con un Oscar a la mejor película del año, lo cual le garantiza una enorme audiencia a nivel mundial. El contenido de la película, sin embargo, no se corresponde con la realidad, tergiversando la historia de una manera abusiva. Christopher Hitchens ha mostrado bastantes de los errores y manipulaciones que se presentan en tal película en su artículo en el The Guardian (31.01.11), titulado “Why the King’s Speech is a gross falsification”. La mayor falsificación que Hitchens señala en su artículo es ocultar las claras simpatías pronazis del Rey Eduardo VIII de la Gran Bretaña, que apenas aparecen en la película. Se proyecta así la imagen oficial de su abdicación, asumiendo que se debía a su casamiento con una ciudadana de EEUU, divorciada y de distinta religión a la del Rey. Hasta aquí la ficción.
En realidad, la abdicación al trono de la Gran Bretaña de tal Monarca se debió, en parte, a las simpatías pronazis del Monarca, simpatías que expresó abiertamente, y que eran claramente conocidas por la Corte Británica y por el Parlamento de aquel país. Hitchens señala que Eduardo VIII, una vez ya hubo abdicado, se pasó su luna de miel en la Alemania de Hitler, saludando a Hitler con el brazo en alto en repetidas ocasiones y encuentros. Y también se sabía que su camarilla en la Gran Bretaña incluía activistas fascistas británicos. Lo que la película The King’s speech evita, sin embargo, y Hitchens apenas cita es que las simpatías de Eduardo VIII no eran atípicas en muchos sectores de la aristocracia europea y grandes sectores de los establishments europeos, incluyendo el británico. El enorme temor que existía hacia el movimiento obrero, tanto en su versión socialdemócrata, como en la comunista, hizo que tales establishments vieran al nazismo y al fascismo como el único dique posible frente a la avalancha del socialismo y/o comunismo.
Fue este temor el que explica el “Pacto de Neutralidad y No Intervención” en la Guerra Civil española por parte de los países aliados, incluyendo la Gran Bretaña y Francia, negando ayuda militar al gobierno republicano español democráticamente elegido en su intento de derrotar el golpe militar del general Franco apoyado por Hitler y Mussolini. La adaptabilidad de Neville Chamberlain, Primer Ministro de la Gran Bretaña, a los deseos de Hitler -que se reflejó tanto en el infame Pacto de Munich de 1938, como en el pacto de neutralidad y no intervención en España, al que la Gran Bretaña y Francia se adhirieron- eran parte de estas simpatías del establishment británico hacia Hitler como “el freno del comunismo y socialismo”. El infame pacto de Múnich, que cedió parte de Europa a Hitler era, un indicador de ello. Jorge VI, sucesor de Eduardo VIII, recibió a Chamberlain con todos los honores –causando un gran enfado en el Partido Laborista- después de haber firmado uno de los pactos que han tenido peores repercusiones para la paz de Europa.
Una figura que aparece con excesiva ambigüedad en la película “El discurso del Rey” es la de Winston Churchill, que pasó de defensor de Eduardo VIII, a ser su oponente. De nuevo, ni la película, ni Hitchens explican el porqué de este cambio. Winston Churchill era profundamente conservador, pero fue de los personajes con mayor perspectiva histórica dentro del establishment británico y su profundo nacionalismo le hizo ver que el mayor peligro para la Gran Bretaña era Hitler. Fue Churchill quién vio que, la mal llamada Guerra Civil española (en realidad, era un golpe militar apoyado por Hitler y Mussolini, en contra de la mayoría de la población española, o como lo había definido el embajador de EEUU, un “Ejército en contra de su pueblo”) era el primer capítulo de la II Guerra Mundial. De ahí que Churchill se opusiera al “Pacto de Neutralidad y No Intervención”, defendiendo que se ayudara militarmente al gobierno republicano español para parar a Hitler y Mussolini, y ello a pesar de que él era consciente (como también lo era el establishment británico) de que las izquierdas dominaban el gobierno republicano que pedía ayuda. Churchill correctamente interpretó la Guerra Civil española como el primer paso en la lucha contra el nazismo y fascismo en Europa. Su desaprobación del “Pacto de Neutralidad y No Intervención” quedó expresada en su crítica al establishment británico, acusándole de haber antepuesto sus intereses de clase a sus intereses nacionales. El establishment británico y el de muchos países europeos tenían miedo de que las clases populares de sus países se contaminaran con las reformas progresistas que el gobierno republicano español estaba haciendo y que se podían expandir al resto de la Europa democrática. El nacionalismo de Churchill fue mayor que su conciencia de clase, traicionando a su clase en este tema, para defender a su nación británica.
Últimas observaciones sobre Churchill. Tal político conservador británico nunca ha sido un santo de mi devoción. Pero, el reconocimiento es debido a quien se lo merezca. Y Churchill, durante los bombardeos de Londres por las fuerzas aéreas nazis alemanas, animó a la población londinense a que resistiera tales bombardeos, citando como punto de inspiración la respuesta de la población de Barcelona a los bombardeos por parte de las fuerzas aéreas fascistas. Y aún siendo profundamente anticomunista (fue uno de los fundadores de la Guerra Fría), tuvo la integridad de reconocer que la Unión Soviética (que fue el único estado que, junto con Méjico, ayudó militarmente a la República) había sido la mayor fuerza que (con sus 22 millones de muertos) había derrotado al nazismo en Europa. Pero, ésta es otra película que es improbable que se haga en estos tiempos de manipulación histórica.

Las tergiversaciones históricas del serial “La República”
La segunda película es el serial televisivo sobre la República de TVE. En este serial se entremezclan figuras ficticias y reales, presentando una visión de la República que refleja un punto de vista muy generalizado durante la Guerra Fría, que presentaba a la Unión Soviética como la mano invisible que movía los hilos durante la República y la Guerra Civil. El carácter menos atractivo de la serie es la “agente de Moscú”, que manipula todo y a todos, desde el principio de la República.
En realidad, la Unión Soviética tuvo muy poco protagonismo en el inicio de la República y su mayor presencia fue más tarde cuando fue la única potencia que, junto con Méjico, ayudó militarmente a la República. La Unión Soviética había apoyado el tratado de neutralidad y no intervención, pues lo último que deseaba es que –tal como erróneamente se presenta en el seria “La República”- hubiera una revolución bolchevique, versión española, en España. Ello hubiera antagonizado a los establishments europeos, lo cual la Unión Soviética no deseaba, pues su prioridad era establecer una alianza con las democracias occidentales en contra de Hitler. La Unión Soviética rompió el tratado de neutralidad cuando vio, con razón, que la masiva ayuda militar de Hitler y Mussolini a Franco estaba dañando enormemente a la República, poniendo en peligro su viabilidad como estado, al no tener ninguna ayuda militar, consecuencia del tratado de neutralidad y no intervención. Resulta paradójico que el único estado que ayudó militarmente a la República (además de Méjico), aparezca en la serie “La República” como el malo de la película. Por lo visto, la Guerra Fría no ha desaparecido todavía en la televisión pública española. Por cierto, el profundamente conservador Winston Churchill agradeció a la Unión Soviética su ayuda a la República española. Pero esto tampoco es probable que aparezca en la televisión.
Una última observación. Conociendo el patio, soy consciente que intentar corregir las abusivas interpretaciones históricas de la República y las versiones malintencionadas sobre la siempre definida como maligna Unión Soviética me hacen vulnerable a ser presentado como pro soviético o todavía peor, estalinista. De ahí la necesidad que tengo de indicar que mis trabajos fueron prohibidos en la Unión Soviética de Brézhnev y mi persona fue declarada persona non grata en aquel país. Mi conocida crítica de la Seguridad Social en la URSS era una crítica devastadora de las contradicciones de aquel sistema en el que en la narrativa oficial se presentaba como el país de los trabajadores, cuando en realidad era una dictadura de una élite en contra de aquellos. De pro soviético, pues, no tengo nada. Pero me indigna que no se reconozca la labor positiva que la Unión Soviética tuvo en ayudar a la República y en derrotar al nazismo. La Guerra Fría fue una época nefasta que, por desgracia, continúa, tanto en la interpretación de la II Guerra Mundial, como de la II República y Guerra Civil en España. La República fue una época que a pesar de sus debilidades tuvo un enorme efecto en mejorar el bienestar y calidad de vida de las clases populares de España. Las reformas que hizo atemorizaron a las estructuras de poder de España y de Europa. Y que al estallar el golpe militar fascista requirió la ayuda de la Unión Soviética, quien vio, como también vio Winston Churchill, la Guerra Civil española como el primer capítulo de la II Guerra Mundial. Si las democracias europeas hubieran apoyado militarmente a la República, la historia de España y de Europa hubiera sido muy distinta.