
Contradicciones del optimismo. Y lo curioso es que vivimos en una época optimista, pero por ignorancia supina. El nihilismo de nuestra conciencia nos llevará a un despertar sorprendente.

Contradicciones del optimismo. Y lo curioso es que vivimos en una época optimista, pero por ignorancia supina. El nihilismo de nuestra conciencia nos llevará a un despertar sorprendente.
La quiebra del capitalismo global.
La última obra de Ramón Fernández Durán nos lleva al análisis de lo que él cree que es la quiebra del capitalismo y las tremendas consecuencias que de ello se derivarían. El capitalismo, tal y como lo conocemos ha llegado a su fin. No estamos ante una crisis más del capitalismo. Hay una serie de factores que lo hacen único y, a mi manera de ver, Terminal. Coincido con el análisis de Fernández Durán, a pesar de su pesimismo. De todas formas siempre hay que estar con aquella sentencia de Gramçi, pesimista de la razón pero optimista del corazón. Ante la situación terrible que nos espera se abre la puerta de la esperanza, sólo en la medida en la que la sociedad y los gobernantes sean capaces de reaccionar. Esto de momento no se ve. Pero una cosa también queda clara, el nivel de vida que hemos llevado no volverá a ser posible. Hemos engullido nuestro propio futuro. El dilema es, o bien el decrecimiento forzoso, lo cual provocará una catástrofe y será brutal, o el decrecimiento por medio de la concienciación y de la voluntad política. Esto nos llevaría a otra forma de organización, social, política y económica en armonía con la biosfera, muy distinta y, en absoluto derrochadora, a la actual. El espejismo ha terminado. La quiebra se producirá en pocas décadas.
La crisis del capitalismo actual es absolutamente distinta, no porque sea una crisis financiera, como sugieren algunos, sino porque está ligada a otras crisis. La primera y fundamental es la del agotamiento de los recursos fósiles. Estamos sobrepasando el cenit del petróleo, dentro de algo más de una década sobrepasaremos el del gas y para el 2030, el del carbón. Las anteriores crisis del capitalismo hicieron que este renaciese en la medida en la que existían recursos energéticos que consumir para fomentar la producción y el consumo. Ésa es la espiral mortal del capitalismo. Pero los recursos fósiles de los que se alimenta la producción y el consumo se empiezan a agotar. Hemos llegado al fin del petróleo barato, esto hará entrar en quiebra a la economía mundial. Lo mismo sucede con los recursos alimenticios y el agua. Ni para la energía ni para los alimentos y el agua hay sustituto, tienen un límite y lo hemos sobrepasado. El espejismo ha sido pensar que los recursos son inagotables y que el progreso de la humanidad es inevitable. Que el mercado resuelve. Son mitos que nos han engañado. Nada volverá a ser igual. El estado social que conocemos se irá desmantelando progresivamente, nuestro hijos no tendrán un futuro claro. La generación de los cuarenta a los cincuenta, tampoco tendrán garantizado el estado de bienestar en sus últimos días. El límite se encuentra en torno a 2030. Pero esto no es nuevo, aunque no nos demos cuenta, los hijos viven ya en peores condiciones económicas, laborales y sociales que los padres y esto se irá haciendo cada vez más profundo.
A medida que escaseen los recursos energéticos la inestabilidad política será mayor, el peligro de grandes guerras por los recursos será algo cotidiano. Ya empezó toda esta carrera desde la primera invasión de Irak. Pero ahora han surgido grandes potencias económicas que siguen el mismo camino de progreso ilimitado, como son China, Brasil, India… y el consumo aumenta geométricamente, estas nuevas naciones reclaman su progreso y se enfrentan económicamente a occidente. Está en quiebra, por ello, también el sistema democrático. La guerra por los recursos eliminará la democracia y pasaremos a un estadio neofascista. Ya estamos en la antesala, en lo que yo llamo el fascismo económico, los estados, la política, obedecen sumisos el dictado del mercado y de las grandes corporaciones multinacionales. Pero, a medida que disminuyan los recursos y aumente el precio, se irá disolviendo la clase media, la pobreza aumentará y las garantías sociales disminuirán. Nunca nada volverá a ser igual. La economía tenderá a localizarse, la globalización se fragmentará, creándose diversos centros de poder en pugna por los recursos. Estos centros de poder se organizarán desde estructuras similares a las democracias actuales a totalitarismos y anarquismos a lo Mad Max. Entre uno y otro extremo cabrán todas las posibilidades. Lo que sí es cierto es que la vida será dura y no habrá posibilidades, lo que favorece la aparición de fascismos que eliminen los derechos humanos, sociales y laborales. La comodidad y el despilfarro serán algo del pasado.
La quiebra del capitalismo global es el colapso de nuestra civilización que no puede encontrar un sustituto a los recursos fósiles. La creencia en el progreso técnico científico no es más que una creencia. Las energías alternativas no dan para tanto. Además para construirlas necesitamos de los recursos fósiles, con los cuales ya no contamos. El colapso civilizatorio ha empezado ya y durará, unido a los peligros que nos amenazan con el cambio climático unos doscientos años. Pero la quiebra se hará realidad en torno a dos mil treinta con el agotamiento de los recursos. Después vendrá una época de declive y adaptación progresiva a otro modo de organización que genere otra civilización. Las civilizaciones han entrado en colapsos, como demuestra Desmond, el problema es que la civilización global produce un colapso global en el que confluyen diversos factores: crisis de la economía financiera, agotamiento de las energías fósiles y cambio climático (problema ecológico). De ahí que la crisis sea Terminal. Porque el modelo que sostiene nuestro orden social no la puede solucionar, sencillamente porque ha sido él el que la ha producido, el que, en su bucle de crecimiento ilimitado, nos ha llevado a esta situación diabólica en la que la humanidad se encuentra en la encrucijada.
Los problemas son graves y definitivos. Sólo cabe la esperanza de que al irse agudizando la crisis la ciudadanía tome conciencia suficiente y se transforme en sujeto de cambio que exija a las clases gobernantes la revolución del sistema, el recambio hacia una sociedad del decrecimiento, que también producirá dolor, miseria, hambre y sufrimiento, pero será controlado y no catastrófico. Ante el futuro sólo cabe la esperanza de la conciencia de la humanidad. Pero en situaciones difíciles también surge la guerra entre los fuertes. Y éste es el peor pronóstico, que es el que más arriba hemos dibujado.
El futuro de la humanidad es inquietante. Pero yo no soy partidario de la posibilidad de la predicción histórica. Ahora bien, de lo que sí se puede hablar es de tendencias. Y las tendencias hacia el colapso civilizatorio ya existen, unidas, además, al fascismo económico, la pérdida progresiva del poder político, de los derechos sociales y civiles, la disminución del estado del bienestar. Y todos engañados por ese mito del progreso y esa creencia ciega en la tecnociencia. Y, además, adormecidos por ese nuevo opio del consumo que atonta a la humanidad. Pero este fin de la civilización representa también el fin de la razón, el fin del legado de Grecia. La posibilidad del diálogo, la universalidad y la igualdad. Es el fin de Grecia y de la Ilustración. Sólo podremos recuperar la civilización si tomamos conciencia de que estamos abocados al caos civilizatorio, al colapso y la quiebra del capitalismo global. Pero para hacer frente a ello es menester la conciencia social. La capacidad de pensar globalmente y actuar localmente y hacer que nuestros políticos vuelvan a retomar las riendas del poder. En caso de no ser así, dentro de un par de décadas, no sólo habremos perdido la comodidad del capitalismo desarrollado, basada en el despilfarro, sino que habremos perdidos nuestros derechos y nuestra dignidad, estaremos en manos del más fuerte, en manos de la tiranía.
Estimado Luis Omar. Le contestaré brevemente. En primer lugar le doy las gracias por haberse molestado en leer mis artículos y comentarlos. Pero siento disentir profundamente con usted. Creo que, de ninguna manera ha entendido mis artículos ni mis intenciones. Y además, creo que peca usted de una enorme afectación academicista. Yo puedo hablar de la posmodernidad sin mencionar a diferentes filósofos que se les llama posmodernos. Y, por otro lado, tampoco hay que confundir la posmodernidad con la filosofía de la sospecha. Pero no es esto lo que me interesa. Lo que a mi me importa, como filósofo mundano en la versión kantiana y como filósofo en el sentido de Popper son los problemas, no los términos ni los autores. Y yo he hablado de problemas que usted no ha tratado ni se ha referido, ocultándose en una pseudoerudición que no nos dice nada de lo que teníamos en cuestión. Por último lamento la dictadura que padeció, nosotros padecimos otra más brutal durante cuarenta años…pero no se equivoque, todo mi pensamiento, toda mi filosofía se dirige contra cualquier forma de poder que se transforme en absolutismo. Y eso es lo que he querido mostrar y que usted no ha entendido. Lo desarrollo más por extenso en otros de los artículos “La perversión de la razón ilustrada.” y en mis diferentes libros. Por otro lado, lo que no admito es que por defender a los clásicos y los grandes relatos de la humanidad, por ser un ilustrado tambaleante, que diría Popper, se me confunda con un absolutista. Soy un defensor de la sociedad abierta y de la libertad humana como máximo valor, siempre que éste esté en el equilibrio con la igualdad y a esto se le llama justicia. Por último, pensar que las ideas no tienen consecuencia es un desconocimiento de la historia de las ideas y de la historia universal, además, de extremadamente peligroso. Las ideas vienen del fondo de la historia y se materializan independientemente de que los gobernantes sean conscientes de ellas. Eche, sino un vistazo a la obra del reciente premio Nobel de economía Poul Krugman, “Las ideas tiene consecienas.” O a la obra de George Susang “El pensamiento secuestrado”, sobre el mismo tema. El neoliberalismo económico tiene sus raíces en la interpretación que del liberalismo se hace en el primer tercio del siglo XX y es una respuesta al keynesianismo y a la socialdemocracia, y se hace triunfante a partir de los setenta, en todos los ámbitos, incluida la educación. Pues bien, como se dice por aquí, de aquellos polvos estos lodos. Por otro lado, toda visión totalitaria hunde sus raíces en visiones deterministas de la historia, no hace falta que el gobernante sea consciente de ello, pero lo lleva a la praxis, vivencia esas ideas, porque en él ya no son tales, sino ideología y creencia. Por último, le sugiero que me hable de problemas y soluciones no de distingos entre autores, hace tiempo que abandoné el academicismo en pos de la filosofía mundana. No confunda filosofía con doxografía. La primera, a pesar de ser teórica, tiene una impronta práctica, es un intento de transformación ético-política. Como decía Unamuno, las ideas engendran un sentimiento y éste una acción. Hay que estar muy vigilante de nuestras ideas, que no se conviertan en ideologías o creencias y nos tiranicen. O, como decía Ortega, en las creencias se está, Las ideas se tienen.
Un cordial saludo.
Vamos a ver. No hay confrontación entre cultura y biología. La cultura es continuidad de la biología, emerge de ella. La paradoja, que no la contradicción, es que en el proyecto ilustrado y con la democracia inventamos una forma de vivir que es contraria a nuestra propia naturaleza. Eso puede explicar el fracaso de la democracia, si es que pensamos que ha fracasado. Por otro lado, yo no defiendo un darwuinismo social, eso es una simpleza y un no entender el darwinismo en el que hay tanto cooperación y simbiosis como competencia. Lo que yo si defiendo, desde el nihilismo naturalista, es la metáfora del gen egoísta. Y la supervivencia es la de los genes, no la de los individuos y la de las especies. Y, los genes inventan los mecanismos que sea, desde la simbiosis al parasitismo, pasando por la competencia y la jerarquía, para sobrevivir. La cultura humana es un mecanismo de supervivencia como los son las garras y los colmillos para el león, ni más ni menos. Lo que ocurre es que en la naturaleza humana todo es más complejo. Y esto que digo, no implica que no merezca la pena la lucha por la dignidad. Probablemente en una sociedad en la que se respete la dignidad los genes tengan más oportunidades. Y, quizás, por ello, el triunfo de la razón y de la ética a lo largo de la historia. Necesitamos de las normas para vivir en sociedad. Pero el invento griego, que después se amplifica en la ilustración, es que esas normas son universales, son el logos, la razón, que se expresa por la palabra y nos hacen a todos iguales. El logos, la razón es universal, una demostración matemática es igual para todo el mundo. La norma en la democracia nos iguala porque surge del hombre, no se justifica por el poder religioso, ni aristocrático, ni oligárquico. Pero todo esto lo que ha hecho ha sido posible la supervivencia de la humanidad, por tanto, de los genes, que en última instancia son nuestros replicantes. Nosotros somos su máquina de supervivencia, igual que la cultura. Nuestros genes tienen 3.500 millones de años, nosotros vivimos unas décadas y pocas fértiles, la especie homo sapiens tiene unas decenas de miles de años, sólo. Eso es el nihilismo. Todo lo que hacemos es pasar el tiempo, intentar burlar el tedio, la enfermedad mortal. Y en esa adaptación nuestra biología nos permite producir cultura que es lo que al primate homo sapiens le permite sobrevivir. Y una forma de esa cultura es la democracia que intenta garantizar la igualdad y la libertad, que no es poco. Y todo, para nuestro bien individual que, en el fondo, redonda en el “bien” del gen, su posibilidad de replicarse.
De acuerdo en lo esencial, aunque tengo mis matizaciones sobre Rousseau que llevaba la razón en lo que tú dices, pero no con respecto a la condición humana. En este caso es kant el que con su sociable insociabilidad une a Hobbes y Rousseau, y se adelanta, como en la teoría del conocimiento a la ciencia actual. Muy importante tu matización sobre el optimismo y la ingenuidad ilustrada, pero que, a la vez, se completa con seguir profundizando en Kant, éste no era tan optimista como pueda parecer. Siempre pensó que el progreso es contingente, que depende del hombre. No en vano admiraba a Rousseau que fue el primer crítico de la idea de progreso sin, por ello, renunciar a la posibilidad del mismo. Para el ilustrado francés el progreso moral de la humanidad consistía en la recuperación de la bondad originaria que la podemos identificar con la igualdad, la libertad y la fraternidad. Valores que el desarrollo capitalista ha corrompido hasta la médula. De ahí esa conclusión tan importante de la incompatibilidad entre capitalismo y república, cosa que, curiosamente, comentaba ayer a mis alumnos, hablando de Kant. Por eso la lectura de Kant sigue siendo importante e imprescindible. Pero podemos entender que su noción de paz perpetua, como asociación de repúblicas libres, es una idea regulativa de la acción política apoyada en la razón práctica. La novedad que hoy en día se introduce al texto kantiano es que el capitalismo, con los límites del crecimiento, ha llegado a una fase Terminal. Eso es nuevo y, por eso, o regulamos políticamente desde ese ideal republicano o el planeta nos pondrá en nuestro sitio con un colapso civilizatorio, que no es el primer, pero si el primero en ser global.
JULIÁN CASANOVA 13/04/2011
Entre 1910 y 1931 surgieron en Europa varias repúblicas, regímenes democráticos, o con aspiraciones democráticas, que sustituyeron a monarquías hereditarias establecidas en esos países desde hacía siglos. La mayoría de ellas, y algunas muy significativas como la alemana, la austriaca y la checa, se habían instaurado como consecuencia de la derrota en la I Guerra Mundial. La serie había comenzado en Portugal, con el derrocamiento de la monarquía en 1910, y la española fue la última en proclamarse. La única que subsistió como democracia en esos años, hasta el estallido de la I Guerra Mundial, fue la de Irlanda, creada en 1922. Todas las demás fueron derribadas por movimientos autoritarios de ultraderecha o fascistas.
El conocimiento que tienen la mayoría de los ciudadanos sobre esas repúblicas es, en el mejor de los casos, vago e incompleto. Se recuerda más cómo acabaron, las tragedias en las que desembocaron, que sus logros políticos o sociales. En el caso de España, aunque el interés por la Segunda República no se limita a los especialistas académicos, lo que se sabe fundamentalmente de ella son trozos sueltos, fragmentos divulgados por las militancias políticas, que muy pocos quieren o pueden juntar en una historia menos ideologizada y más sometida al escrutinio de las fuentes y del examen detallado de los hechos.
La historia de esas repúblicas, especialmente de la de Weimar y la española, ha sido eclipsada por su final y lo que siguió, el nazismo y una Guerra Civil. Casi ningún historiador acepta en la actualidad el planteamiento determinista de que esos regímenes republicanos estaban predestinados al fracaso desde el principio. Por el contrario, los análisis más fructíferos centran la atención en las opciones y viabilidad de consolidar sistemas democráticos en ese periodo, en la fortaleza de las estrategias antidemocráticas y en las buenas o malas políticas. Es una historia cargada inevitablemente de controversia, de interpretaciones discrepantes, pero que ha ido encontrando un terreno común sobre el que debatir y avanzar investigaciones.
Por razones obvias, la República de Weimar ofrece mucho más juego para el debate historiográfico y para el examen de los peligros del fracaso de la democracia en una sociedad industrial moderna. Alemania, pese a la derrota en la I Guerra Mundial, era el país más desarrollado económicamente y con mayores logros culturales y científicos del continente europeo. La República de Weimar, nacida de una guerra y del desplome del orden imperial, sobrevivió en sus primeros años a los estragos de una superinflación, al dictado de Versalles y al acoso armado desde la extrema derecha e izquierda. Al contrario de lo que pasó en Italia, que sucumbió muy pronto al fascismo, la República de Weimar fue capaz de resistir durante 14 años.
¿Fueron el fracaso de la República y el triunfo de Hitler inevitables? Cualificados historiadores que han tratado de responder a esa pregunta consideran que las posiciones antidemocráticas de las "élites políticas tradicionales" fueron un serio obstáculo para consolidar un sistema democrático. Buscaron desde el principio desafiar al régimen político que surgió de la derrota en 1918 y después de 1929 trataron con todos sus mecanismos de poder, que eran muchos, de explotar esa grave crisis económica para derribar la democracia e instaurar un Gobierno autoritario.
Mientras que en Gran Bretaña la gravedad de la crisis económica en 1930-1931 produjo un fortalecimiento del conservadurismo, en Alemania el arco conservador-liberal de votantes se rompió y fue a parar a las manos de los nazis, el partido antisocialista y antidemocrático más radical y que se había mantenido completamente al margen del Gobierno de la República. La derecha tradicional/ortodoxa proporcionó así el espacio político que el movimiento nazi necesitaba para prosperar.
Además, frente a lo que ocurrió en Gran Bretaña y en la Tercera República francesa, donde la crisis económica no llevó a las fuerzas políticas más importantes a plantear una alternativa al Gobierno parlamentario, la República de Weimar sufrió, casi desde el principio, una pérdida de legitimidad que se convirtió en los años de la Depresión no solo en una falta de apoyo popular al Gobierno, sino en una crisis de Estado. Tras contemplar varios tipos de soluciones autoritarias, incluida la restauración de la monarquía bajo el príncipe Guillermo o una dictadura militar, una "alianza de intereses", como la denomina Ian Kershaw, entre las élites conservadoras y Hitler le dio el poder al dirigente nazi.
Los problemas que tenía que abordar la Segunda República parecían, en comparación con la de Weimar, menos acuciantes. España no había participado en la I Guerra Mundial; no tenía conflictos fronterizos que pudieran favorecer el surgimiento de movimientos nacionalistas extremos; los factores económicos no fueron tan determinantes en el desenlace final; y el fascismo y el comunismo, los dos grandes movimientos surgidos de la I Guerra Mundial y que iban a protagonizar dos décadas después la Segunda, apenas tenían arraigo en la sociedad durante los años de la República y no alcanzaron un protagonismo real y relevante hasta después de iniciada la Guerra Civil.
¿Por qué entonces la República no pudo sobrevivir? No hay, ni puede haber, una respuesta simple a la pregunta de por qué del clima de euforia y de esperanza de 1931 se pasó a la guerra de exterminio de 1936-1939. Para consolidarse como sistema democrático, la Segunda República necesitaba establecer la primacía del poder civil frente al Ejército y la Iglesia católica, las dos burocracias que ejercían un fuerte control sobre la sociedad española y a las que fue imposible controlar. Sus proyectos e intentos de transformar tantas cosas a la vez (el Ejército, la Iglesia, la tierra, la educación o las relaciones laborales) suscitaron grandes expectativas que la República no pudo satisfacer y se creó pronto muchos y poderosos enemigos. Frente a las reformas republicanas, las posiciones antidemocráticas y autoritarias crecieron a palmos entre los sectores más influyentes de la sociedad y la vía insurreccional ensayada por anarquistas en 1932 y 1933 y por los socialistas en octubre de 1934 significó una ruptura con el proceso democrático y el sistema parlamentario.
Mientras las fuerzas armadas defendieron a la República y obedecieron a sus Gobiernos, pudo mantenerse el orden y controlar los intentos militares/derechistas o revolucionarios de subvertirlo, aunque fuera, como en la revolución de Asturias de octubre de 1934, con un coste alto de sangre. El régimen republicano, evidentemente, presentaba enormes fisuras y como pasaba en casi todos los países europeos, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Pero el golpe de muerte a la República se lo dieron desde dentro, desde el seno de sus mecanismos de defensa, los grupos militares que decidieron derribarla en julio de 1936. Como en España, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del periodo, hubo una resistencia importante, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario, lo que siguió al golpe de Estado no fue su triunfo sino una Guerra Civil.
España comenzó los años treinta con una República y acabó la década sumida en una dictadura derechista y autoritaria. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar el golpe militar y el carácter inevitable del conflicto armado, está claro que, comparado con lo que siguió, la República fue una etapa de logros notables.
Cada vez parece más difícil resolver la acritud de la discusión política y la ignorancia sobre esa historia. Es sintomático cómo la memoria de la Guerra Civil y la desmemoria y propaganda contra la República han impedido un debate sobre temas que, empezando por la relación entre el Estado y la sociedad, claramente conectan aquel pasado con nuestro presente y que deberían resultar familiares e importantes para nuestra actual democracia. Pero nuestros políticos no quieren ni les interesa ese tipo de retos. Y la enseñanza de la historia se ha quedado también al margen de esa necesaria empresa de construcción de una sociedad civil más democrática y mejor formada.

Exacto, comparto la tesis de la servidumbre humana voluntaria de La Boêtie. Pero el problema es el de la democracia. No hay democracia sin ciudadanos libres, o, en su defecto, una democracia muy mermada. Cuando hablo de ciudadanos libres lo digo en el sentido de ilustración kantiana. La pereza y la cobardía nos impiden la libertad y esto lo aprovechan los poderosos para dominar. Por otro lado, nuestra propia naturaleza biológica es la de un animal social y tribal. Además, cazador, carroñero y recolector. En su propia estructura social, a nivel biológico, está la jerarquía. Es decir, que por naturaleza muchos desean la sumisión y otros desean el poder. Por eso la democracia es un gran invento político y la igualdad, la libertad y la fraternidad, son los valores éticos universales que el hombre ha inventado para construir esa democracia. Pero lo curioso es que todo este montaje cultural es contra nuestra propia biología. Lo de la comodidad, la cobardía y la pereza, no es más que la forma cultural que toma nuestra biología. En el fondo lo que hacemos todos es intentar sobrevivir, y la comodidad y la tranquilidad nos ayudan. Si, por el contrario, nuestra pasión es el poder, que por otro lado es común a todos, en mayor o menor grado, pues lo intentamos ejercer con la mayor amplitud posible. Y esto, a mi manera de ver, explica la tensión que se produce entre naturaleza y cultura y, por otro lado, la imperfección, siempre de la democracia. Cosa, que, por otro lado, en la línea popperiana, es bueno. La democracia, según el autor de la sociedad abierta, es el único gobierno perfectible, lo cual evita el totalitarismo, porque es una forma de gobierno que siempre se está construyendo. Y ésta construcción debe ser a partir de los errores. Por eso hay que entender también la democracia como una forma de vida, como una exigencia ética. Eso implica que está sujeta a un aprendizaje y a una praxis, que si es abandonada, el individuo cae placenteramente en la esclavitud. Por otro lado, sugiero también, que la democracia, en lenguaje kantiano, puede ser una idea regulativa de la razón ética y política. No será nunca, pues, un hecho, sino una tendencia. Por eso la democracia y los derechos del hombre y del ciudadano deben estar enmarcados en el gran proyecto ético de la humanidad que intenta, paradójicamente, sobreponerse a su propia naturaleza biológica.