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Filosofía desde la trinchera

Reflexiones marginales

La evolución no para nunca. El ser humano no es nada especial. Vamos a ver. Desde la teoría puntual de la evolución puede haber un estado de equilibrio en el que no hay evolución. El error viene de la idea filosófica que subyace a la teoría sintética de la evolución, que consiste en pensar que hay un progreso en la evolución. La evolución, ni es progresiva, ni constante, ni tiene un sentido y, menos, una finalidad. Todas las especies existentes están perfectamente adaptadas, hasta que desaparecen por inadaptación al cambiar el medio. Pero otro error, que viene de la teoría ortodoxa, es la separación radical entres ser y medio. Todo ser vivo transforma el medio. Si no hubiese sido así, por poner un ejemplo extremo, no habría aparecido el oxígeno en la atmósfera debido a las cianobacterias, lo cual le acarrearía su propia destrucción. El hombre transforma el medio, efectivamente, pero, no puede exceder el medio. La cultura, todo aquello que excede la naturaleza, pero que procede de ella, es nuestra forma de adaptación al medio que conlleva, como en todos los seres vivos, una transformación a nuestro favor de ese medio. Las relaciones entre los seres vivos crean y producen el medio, éste debe ser incluido dentro de la evolución. Cuando hay un equilibrio, las relaciones son de simbiosis, ahora bien, puede ocurrir que las relaciones sean parasitarias. En tal caso se puede terminar con el huésped o éste, con el parásito. En el cado del homo sapiens es esto último lo que puede ocurrir. El hombre no puede acabar con la biosfera, ni aunque se lo proponga, como dice Margulis.

 

            Por otro lado, decir, que el hombre no es ninguna especie definitiva. Esto conlleva un sentido finalista de la evolución, un sustrato teológico-filosófico. El hombre es una especie más, que está aquí como resultado del azar y la necesidad y, su fin, depende de esas mismas leyes. Soy más partidario del equilibrio puntuado que del neodarwinismo, por los problemas filosóficos y científicos que se le plantean a éste. Los cambios siguen existiendo, pero hay que tener en cuenta que los cambios, por ejemplo, en el cerebro no tienen que tener un aspecto morfológico. Por ejemplo, existe una tesis, la de los monstruos comportamentales, según la cual, un cambio adaptativo tiene que ver con la conducta, con la forma de actuar del ser vivo. En tal caso, podemos entender a los superdotados como avanzadillas de la evolución. Siempre, por supuesto, teniendo en cuenta que no hay ni tendencia ni sentido.

 

            Por otro lado, hay que hacer notar también, que en el homo sapiens hay que contar con lo que podemos llamar tecnoevolución. Nuestro conocimiento científico está sirviendo para transformarnos. Hay dos vías abiertas que se retroalimentan: la cibernética con la cual se podrán incrementar nuestras capacidades generando ciborgs, organismos biológicos y cibernéticos (simplemente tener un marcapasos es el inicio de un ciborg) y, por otro lado, la ingeniería genética en sus dos aplicaciones. Una eliminar desde el inicio las malformaciones y enfermedades de origen genético y, por otro, la potencialización de nuestras facultades y defensas. Todo esto abre un nuevo camino de la evolución humana. Ahora bien, en este caso sí seria finalista, porque estaría dirigida por las intenciones del hombre. Y aquí es donde podría surgir un debate ético-político.

Excelente comentario, Ruben. La filosofía, como actividad crítica, como saber de segundo orden, debe analizar la ciencia en su dimensión ética y prevenirnos de los dogmatismos que pueden llevarnos incluso a los totalitarismos. Esto es así porque la ciencia está implicada en la sociedad. Y por eso es necesario un conocimiento de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Cuando yo hablo de la necesidad del estudio de la ciencia en su dimensión histórica me refiero al periodo de formación, no en la actividad de investigación. Por otro lado, la filosofía, el pensamiento crítico, y eso lo olvidamos, porque participamos del cientificismo, tiene un aspecto positivo. La cuestión ética y política, forman parte de su ámbito. Y, aunque las ciencias, fundamentalmente a partir de la biología evolutiva, la etología, la psicología evolutiva, etc, aportan luz y conocimiento sobre la naturaleza humana, la reflexión en el ámbito ético y político, así como la propia acción, dependen de la filosofía. Nuestra cultura tecnocientífica nos hace olvidar los grandes logros de la filosofía, que, además, son condición de posibilidad del desarrollo tecnocientifico. Me refiero, por ejemplo, a la democracia, como forma de gobierno o a los derechos humanos como guía ética, política y judicial de la humanidad.

 

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            Excelente reflexión, David. Esto es algo, que como Antonio, me planteo continuamente. Tus reflexiones han dado una forma más clara a mis ideas. La dimensión histórica en la enseñanza está abandonada por conveniencia de la ideología del poder. El conocimiento del pasado nos lleva a la posibilidad de un pensamiento crítico y disidente. El Pasado es entendido casi como una justificación de nuestro presente paradisíaco. Si no conocemos el pasado, nuestras raíces, no podemos proyectar el futuro. Y, como sabemos, el objetivo fundamental de la educación es la adaptabilidad, no la capacidad de transformación de la realidad. Por eso, el pasado no interesa. O, interesa, mejor, de forma falseada. Si queremos individuos felices y adaptables, como señala Raus., es necesario que sean ignorantes de su pasado y que su mente, desde el conductismo y el constructivismo, sea concebida como una tabula rasa. Gran error y, sobre todo, gran engaño manipulador. Con ello, los teóricos de la educación, quieren convertir a ésta en un experimento de ingeniería social al mejor modo orwelliano.

 

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            La hipótesis de Gaia es tremendamente interesante. Ha sido atacada de acientífica, pero ello es un error. Porque lo que ha sucedido es que los que la atacaban tenían una concepción mecanicista de la ciencia y la realidad. La teoría de Lobelock no es acientífica, sino que supone un tipo de relación en la realidad que entra dentro de la teoría de sistemas. Desde esta teoría los fenómenos no se entienden de forma separada, como unidades autónomas que se vinculan por medio de la causalidad eficiente, sino como un conjunto de relaciones complejas, no direccionales, de las cuáles surge propiedades emergentes nuevas. Así podemos entender la teoría de Gaia, desde la concepción sistémica. Esto no es confundir la tierra con un ser vivo, con conciencia y demás. Sino considerarla como un sistema con propiedades emergentes. Y es en esta situación en la que podemos entender la relación entre el hombre y la naturaleza o el planeta. Somos parte del sistema y estamos en relación necesaria con él. Pero nuestra relación puede ser simbiótica o parasitaria. En el caso de la primera deberíamos asumir nuestra igualdad natural u ontológica con el resto de seres naturales y nuestra interdependencia con respecto a ellos. La relación parasitaria, que es a la que nos ha llevado nuestro desarrollo cultural desde el neolítico, sin posible vuelta atrás, tiene dos salidas. O la muerte del receptor o la del parásito. Lo que es seguro es que el hombre no puede con la ecosfera. Puede cambiar las relaciones del sistema, de lo cual saldrá perjudicado. Pero, la vida y la ecosfera continuarán. En definitiva, si seguimos así, al hombre habría que entenderlo como una infección para el sistema, pero no un cáncer. Una infección, en todo caso, fácilmente curable. Los tiempos geológicos son inmensos y el homo sapiens es insignificante dentro de ellos.

Sí es cierto eso de que existe una relación entre los psicopedagogos y la religión. El hecho de que muchos de sus máximos representantes procedan del opuseismo y otras sectas, sería necesario probarlo documentalmente. Ahora bien, para mí esto carece de importancia. Lo que me preocupa es el aspecto religioso de la secta. Digo esto porque la estructura de sus pensamientos (ideología, sistema de creencias) coincide con el de la religión, más bien, con el de una secta, que sería una religión radicalizada.

En primer lugar, su pensamiento es acrítico. No admiten la crítica porque se creen poseedores de la verdad absoluta. Y ello, además, se suma, a su cientificismo, que, como sabemos, es otra forma de religión; la religión de la ciencia. En segundo lugar, su discurso es redentor. No hay salvación más allá de la secta. El que discrepa es un disidente, un hereje, vive en el error y está condenado. Lo políticamente correcto es una forma de integrismo de las ideas. Y, la secta de los psicopedagogos, animada por la progresía política, acumula todo el pensamiento políticamente correcto que existe. El pensamiento cerrado, excluyente es intolerante, fanático y, en su extremo, violento. De momento, la violencia, es la exclusión. Por eso, al considerarse poseedores de la verdad absoluta tratan de imponerla. En los sistemas pseudodemcráticos en los que vivimos, más bien, partitocracias oligárquicas, el pensamiento hegemónico se impone por la fuerza, vía administrativa, sin contar ni con la ciudadanía, ni con los interesados. En este caso el cuerpo de profesores. Por el contrario, éste es engañado y seducido. Ésas son las tretas del poder absoluto que se ejercen desde las mismas entrañas de la supuesta democracia.

Su pensamiento es un pensamiento cerrado, llámese, también, pensamiento único. Pero un pensamiento único es un pensamiento cero. El pensamiento es diálogo. La secta psicopedagógica al eliminar la disidencia, elimina la diferencia de pensamiento y la posibilidad del diálogo. Por eso, si la actitud científica y filosófica es la de la crítica, que necesita de la pluralidad de ideas, la de la religión es la de la creencia. Los psicopedagogos creen en sus “teorías”, no las discuten, ni las debaten. Son dogmas. Por eso son practicantes de una religión no de una ciencia ni de pensamiento crítico alguno. Como decía Ortega, en las creencias se está, las ideas se tienen. Cuando uno tiene creencias, igual que opiniones, es esclavo de ellas. Cuando uno tiene ideas las discute desde la razón. A las creencias nos sentimos atados por las emociones, a las ideas llegamos por medio de la razón.

Y, por último, el pensamiento de los psicopedagogos es un pensamiento religioso, una creencia, porque a la base de su actitud redentora subyace la idea de salvación. Todo aquel que siga nuestro pensamiento se salvará. Sólo el que cree alcanzará el reino de los cielos. Es decir, que la visión que del acontecer histórico tienen procede del cristianismo y de la secularización de su idea de historia. La historia como historia de la salvación del hombre por medio de la verdad y la obediencia. Esto es típico de todo pensamiento utópico postilustrado, y, como hemos señalado, es una de las perversiones de la razón ilustrada. Pues la psicopedagogía, que participa de todas estas cosas que venimos comentando ha de ser entendida, en conclusión, como una religión, en su forma más dogmática y fanática, la secta.

Más sobre inteligencia emocional, felicidad y libertad.

 

            Lo de la inteligencia emocional y su aplicación a la enseñanza me parece, a pesar de su base en las neurociencias y de su verdad, mera ideología. No se trata de negar la inteligencia emocional, eso es erróneo. El hombre, en tanto que ser social, se desarrolla emocionalmente en relación con los demás. Y es importantísima la infancia para ello. El problema es que lo que se persigue, desde la política educativa, meramente ideológica, que aquí ha encontrado un filón, es el adoctrinamiento. Se me parece mucho esto a lo de “Un mundo” feliz de Huxley. De lo que se trata es de tener adormecido y feliz a la ciudadanía. Es la manera de ejercer el control. Todo aquel que no se adapta al modelo Standard es que tiene un problema de inteligencia emocional y ahí tiene que intervenir el orientador, psicopedagogo, cual ingeniero, para enmendar el desastre y devolver el rostro de felicidad atontada al infante. No es que yo piense que el niño no deba ser feliz, cuanto más mejor. Cuanto más alegre, mejor. Pero la idiosincrasia de cada cual es inalienable. Tampoco, por mucho que hagamos, el infante estará exento de frustraciones, de éstas se aprende y son inevitables, tanto en la infancia como en la vida adulta. Las frustraciones nos ayudan a conocernos, a saber cuál es nuestro lugar y cuáles son nuestros límites y cómo tenemos que convivir con ellos. Es lo que decía Ortega, yo soy yo y mis circunstancias, si no salvo a éstas, no me salvo yo. Salvar mis circunstancias, esto es, todo aquello que me determina y condiciona, es un ejercicio de libertad. Ser yo es ser dueño de mis circunstancias, ser capaz de trascenderlas en la medida que las conoces y actúas desde ellas. La adaptación a las circunstancias es desconocimiento de las mismas y esclavitud. No se trata de crear mentes sumisas sino autoconscientes y liberadas. El ideal del sabio es el conócete a ti mismo. En el conocimiento de uno mismo está nuestra liberación. Pero ese conocimiento puede acarrearnos infelicidad y frustración. Nadie ha dicho que el camino del conocimiento, la virtud y la libertad, todos ellos vinculados causalmente, sea fácil; ya el viejo mito de la caverna platónica nos avisaba del peligro de la ascensión por la pared de la misma, que simbolizaba el conocimiento. Y también nos advertía del peligro que corre el sabio cuando vuelve a la caverna y les cuenta a los esclavos que viven en las apariencias, el engaño y la autocomplacencia.

 

            Me parece que la utilización política de la inteligencia emocional va en la dirección de la distopía de Husxley, lo que se pretende es proporcionar el soma que atonta y adormece plácidamente a los súbditos. Éste no es un mundo feliz, es un mundo esclavo. Hay que hacer notar aquí, que en la distopía de Huxley, se utiliza la ciencia, biología, para fabricar a los clones, concepto importante. De lo que se trata es de crear seres absolutamente iguales. Y, por otro lado, la psicología, como método de adoctrinamiento de la conciencia por medio del control de los estímulos. La propuesta política actual, basada en la teoría de la inteligencia emocional, concepto que en teoría es admisible y sobre el que la investigación en las neurociencias está abierta, no varía mucho de la novela que comentamos. De lo que se trata es, en nombre de la felicidad, de perseguir la clonación de la psique de los niños. Crear individuos exactamente iguales, predecibles y repetibles. Anular toda particularidad como si fuese un defecto o una enfermedad social. Esto es un atentado contra la persona. De lo que se trata es de educar en la persona. Ello quiere decir, educar en la diferencia, la particularidad, la libertad. La persona es tal porque es irrepetible, porque es un fin en sí mismo, no un medio. La psicopedagogía instrumentaliza al hombre y lo convierte en un medio. Anula su dignidad. El fin está claro. Lo que le interesa a las diversas formas de poder es el control. Y para ello lo que quieren son individuos, no personas, maleables. De ahí su concepto de adaptación. Lo que importa es la sociedad cambiante. El individuo no tiene identidad, tiene que adaptarse al cambio. Se hipostasía (se convierte en cosa autónoma) el cambio social y se aliena al hombre. El cambio social, por el contrario, no es una sustancia, es resultado de la acción humana. Si lo convertimos en sustancia independiente de la praxis humana, estamos aniquilando la libertad del hombre. Por el contrario, el objetivo de la educación, no debe venir marcado por la psicología, que convierte al hombre en un objeto, sino por la ética, que es la que aporta la dignidad humana. Nuestra historia desde los griegos para acá, es la historia de un gran proyecto ético. Cuyo progreso nunca está garantizado, es siempre contingente. Este progreso, que no es automático, sino que depende de la voluntad humana, pretende sacar al hombre de la coseidad, la esclavitud, la opresión y la alienación, y otorgarle dignidad. Pero ese proceso ético no está marcado por la adaptabilidad, sino por la lucha contra la opresión, contra los pensamientos totalitarios, contra las ideologías enmascaradoras, como la que subyace a las teorías pedagógicas actuales, contra la religión en tanto que mito. El proyecto ético de la humanidad es un proyecto en busca de la libertad. El primer ejemplo lo tenemos en la figura de Sócrates. Habría que releer el “Critón o el deber del ciudadano” y “La Apología de Sócrates”, para entender qué significa realmente educación y cual es su relación indisoluble, a menos que queramos eliminar a la persona, con la ética. Decía Sócrates que una vida sin análisis es una vida que no merece la pena de ser vivida. También, que es mejor padecer una injusticia que cometerla. Esto, por supuesto, es inadaptación, es virtud. El análisis de uno mismo es nuestro autoconocimiento que nos permite el dominio racional de las pasiones, no la extirpación de las mismas. Sin pasión no hay ni vida, ni conocimiento. Sin pasión ni emoción, tampoco existe vida social. Pero nuestro autoconocimiento produce la diferencia. Ser libre implica seguir nuestra propia ley, autodeterminarnos. Ejercer la libertad es ejercer el derecho a la disidencia, piedra angular de la democracia, como he defendido en otros lugares. Sin disidencia no hay diálogo, y sin éste, no hay democracia. Si uniformamos a la ciudadanía, nos quedamos sin ciudadanos y sólo nos quedan replicantes, clones, aparentemente felices o, mejor, satisfechos, pero esclavos preparados para la adaptación al sistema.

 

            El sabio sabe que el pensamiento es discrepancia. Que la virtud le enfrenta al vicio y a la comodidad de la cotidianidad. Todos los sabios han pretendido seguir la virtud, ejercicio de la libertad, pero ello les ha llevado a la confrontación con la sociedad, con el orden establecido. Pero lo que es curioso es que, precisamente estos sabios, empezando por Sócrates, ya mencionado, han unido la razón con las emociones y esa unión consistía en la búsqueda de la virtud y la excelencia. Uno de los sabios modernos más ejemplares fue Spinoza. Creo que los psicopedagogos deberían recuperar su figura. Además les recomiendo una obra, “Las emociones en Spinoza”, del neurofisiólogo de prestigio mundial, Antonio Damasio en la que se hace un estudio de la ética spinozista a la luz de la neurofisiología. Spinoza entendió muy bien que existe una relación entre la facultad de la razón y las emociones. La virtud procede de una idea adecuada de mis emociones, mientras el vicio procede de una idea inadecuada. Pero este conocimiento le lleva al sabio a la libertad, pero ésta choca contra lo políticamente establecido. No olvidemos que Spinoza fue perseguido por católicos, protestantes y judíos. Él no persiguió la felicidad, sino la virtud. Ni su objetivo fue la adaptación, sino la verdad. De actitudes como éstas está plagada la historia. Y son estas historias las que producen progreso ético-político. Lo que ocurre es que el caso de Spinoza es ejemplar, porque nos ofrece una ética, demostrada more geométrico, en la que se analizan todas las emociones y sentimientos humanos y se nos enseña cual es el camino a seguir del sabio cuando por medio de la razón consigue tener una idea adecuada de sus emociones y sentimientos. Lo de la adaptabilidad, que el discurso educativo políticamente correcto repite hasta la saciedad de forma cansina, no es más que el fruto de la ideología política. Hemos llegado al fin de la historia, no es posible pensar ni a ésta ni al orden social de otra forma. Es necesario un hombre nuevo. Por eso la obra que Fukuyama escribe después de “El fin de la historia” es “El nuevo hombre”. Un hombre construido para la adaptabilidad al modo de sociedad que tenemos, que según los ideólogos es la mejor y la última. La educación juega el papel, junto con los medios de comunicación de masas, de transmisión de esta ideología, de este pensamiento único totalizador. Como ciudadano, no puedo renunciar al derecho a la disidencia, como persona no puedo admitir ser cosificado y como filósofo, no me creo esa patraña del fin de la historia y el pensamiento único. Ya ha habido muchos mensajes de esos a lo largo de la historia. No quiero Mesías ni redentores. Quiero hombres. Y es la educación ilustrada, que se incardina en el gran proyecto ético de la humanidad, la que puede proporcionarlos.

No conocemos el momento de nuestra muerte y eso es lo que hace que no hagamos lo que deberíamos hacer. Pero, por eso, Spinoza decía que a nada teme menos el sabio que a la muerte. El sabio es el que hace lo que sabe que tiene que hacer. La muerte nunca le puede coger de improviso. El sabio es un hombre libre que sigue su propia ley, que es la ley de la naturaleza. Todo aquel que cambiaría su vida si supiese cuándo va a morir es ignorante. En verdad, la muerte es inexorable, en dos sentidos. A todos nos va a llegar y no sabemos cuándo. Por eso todo momento puede ser el último. El último día, la última semana, el último mes, el último año. Si cambiamos nuestra existencia es que entonces no era autentica. Y éste es el reto de alcanzar la sabiduría; saber qué debemos hacer.

“No pases un día sin leer, escuchar o escribir algo que acrezca tu erudición, tu prudencia, tu virtud”. Luis Vives

“¡Oh, gran maestro aquel que comenzaba a enseñar desenseñando! Su primera lección era de ignorar, que no importa menos que el saber” Baltasar Gracián

“… yo soy antipedagogo y frente a ciertos jóvenes perorantes y ciertos viejos machacones, me dedico a algo muy necesario e importante, a desenseñar…” Ramón Gómez de la Serna

            Si hiciésemos caso a estos sabios y muchos otros como ellos, en lugar de a los pedagogos y políticos progres, otro gallo cantaría en la educación.

            Magnífico Luis Vives, que aúna conocimiento con prudencia y virtud. Y ahora que vengan los de la inteligencia emocional y la motivación, y el aprender a aprender y la amplificación de las competencias o que leches sé yo… cordura es lo que hace falta. Aprender es adentrarse en el conocimiento que transforma nuestro espíritu.

            Orgulloso me siento de haber coincidido, sin saberlo, con Gracián y Ramón Gómez de la Serna, cuando consideran la enseñanza como la tarea de desaprender. Lo primero que tiene que hacer el profesor es deseducar. ¡Es tanto lo que el alumno “sabe” y le perjudica, tanta creencia, tanta opinión y tanta ideología que lo esclavizan y lo convierten en monigote!

Yo pienso que en algunos casos podemos elegir cómo morir. Soy un firme defensor de la eutanasia y el suicidio asistido. Un defensor de la teoría del suicidio de los estoicos. No tengo claro que podamos elegir cómo queremos vivir, pero sí cómo no queremos vivir. La cuestión está en Sócrates. Conócete a ti mismo. Esta es la misión de nuestra vida. Pero este conocimiento de uno mismo tiene lugar a través de los demás porque somos seres sociales, y, además, históricos. Por eso el conocimiento de nuestro pasado, de nuestra cultura y civilización, es conocimiento de nosotros mismo y nos da las claves para saber quiénes somos y porqué somos como somos. Ésta es la inmensa tarea de la educación. Porque la educación es diálogo con el pasado y creación del futuro. Pero, claro, al poder no le interesa. El valor que éste prodiga es el de la novedad: sociedad del cambio, sociedad de la información, adaptación, sumisión, diría yo. Gran engaño para mantenernos alejados de nuestra realidad, para impedirnos pensar el pasado, entender el presenta y proyectar el futuro. Sólo somos libres de decir No.

El proyecto ilustrado no está finiquitado. Eso no es cierto. La ilustración se ha pervertido en muchos casos. Siempre que se ha absolutizado a la razón. O siempre que se negó la razón con discurso oscurantistas. Los nacionalismos fueron uno de ellos, todavía los padecemos. Las utopías políticas fueron el caso de lo primero y causaron millones de muertos. Hoy estamos asistiendo a una mezcla de utopía política: las democracias neoliberales con su fin de la historia y el pensamiento único, por un lado, y, por otro, un discurso oscurantista: la religión de la tecnociencia unida a los pseudovalores del progreso, el hedonismo egoísta, el hiperconsumismo, la hipercomunicación sin conocimiento y todo lo demás. Podemos regresar a un estado de barbarie. La historia no es lineal, ni tiene sentido. Éste lo aporta el hombre. Yo considero, y no son pocos los datos que lo corroboran, que estamos asistiendo al inicio de un nuevo fascismo, con cara económica y política. Pero, para ello, primero ha habido que domesticar al hombre-ciudadano. Se le ha convertido en mera mercancía, se le ha despersonalizado, ha perdido su dignidad. Si no recuperamos el sentido de la dignidad humana nos dirigimos a la barbarie fascista. Al exterminio y a la eliminación del hombre por el hombre. Estamos en la antesala porque está ocurriendo. Asistimos a una crisis profunda, una crisis filosófica. Esto es, la cosmovisión (filosofía)  que dirige la acción política y el pensamiento (opinión y creencia) de los ciudadanos es un engaño. Lo que a mí me gusta llamar el gran engaño de occidente. Mientras se nos hace pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, estamos consintiendo la barbarie o tecnobarbarie. La educación y la cultura, que son instrumentos del cambio y la revolución, están en manos del poder político con su ideología neoliberal y del capital. Tanto la cultura como la educación están realizando el papel contrario, sirven como formas perfectas de domesticación, son retórica o demagogia que revierten en el bien del poderoso y fomentan los valores del individualismo, el consumismo, la juventud, el éxito, lo vulgar, la competencia. Todo en pro de una supuesta adaptabilidad a una supuesta sociedad cambiante que dícese del conocimiento, pero que es de la desinformación y manipulación. El mal radical y la barbarie son siempre un precipicio sobre el que la humanidad se puede precipitar, y en muchas ocasiones lo ha hecho. En este momento estamos todavía en una situación de posible retorno. El problema es igual que antes de la segunda guerra mundial, sólo en este aspecto que señalo ahora, la indiferencia o el consentimiento de los ciudadanos. Fueron participes por su inacción de la barbarie. Igual que la resistencia, junto con otros factores, hicieron posible la salida del precipicio. El problema es que hemos dejado de ser ciudadanos y lo asumimos consentidamente o como mal menor. Renunciamos a nuestra dignidad porque nos tienen domesticados. Frente a la tiranía es legítimo la desobediencia civil. Si los individuos no retoman su papel de ciudadanos no seremos más que títeres…pero lo han hecho muy bien para llegar a aceptar ser tales. Sólo un cambio brusco hacia peor, una agudización radical de la crisis, podría despertar la conciencia ciudadana. Durante los últimos cuarenta años hemos ido perdiendo nuestros derechos y lo hemos aceptado porque todo ha ido poco a poco, pero un cambio brusco puede ser el detonante de la emergencia de la conciencia ciudadana. Existen discursos sociales válidos y están anclados en los valores ilustrados y esto es lo que hay que recuperar.