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Filosofía desde la trinchera

Reflexiones marginales

La farsa de la inteligencia emocional en la educación.

 

            Sólo el sabio es libre y, comparado con él, un rey es un esclavo. Porque la libertad es el derecho a actuar con independencia, la esclavitud una privación del actuar independientemente.

            Zenón. En Diógenes Laercio

 

Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad.

            Aristóteles.

 

            Leo en este rotativo una entrevista realizada por mi amiga Itziar Santos a la escritora y filósofa Elsa Punset. Siento discrepar de la señora Punset que, junto con muchos otros, la casta de los políticos y psicopedagogos, que se autoproclaman los nuevos redentores a través de un saber científico que, ahora sí, al ser tal, garantiza el fin de los males de la educación, creen que han dado con la piedra angular de la educación. Nada más y nada menos que la inteligencia emocional. Creo que estos señores están muy equivocados. Primero creen descubrir el mediterráneo, segundo confían en la ciencia como en una religión y, tercero, no plantean ninguna posibilidad de transformación y cambio social, sino que se pliegan a la adaptación; es decir, sumisión y obediencia al orden establecido. Analizo someramente estas tres cuestiones.

 

            Digo que estos psicopedagogos creen descubrir nuevas cosas, cuando en realidad son conocidas desde los inicios de la ciencia y la filosofía, desde la Grecia clásica. Elsa Punset, que es filósofa, lo debería saber. En los sofistas, Sócrates y Platón está muy claro lo que ella dice. Y, si no, que recuerde, un poco, la teoría del aprender y del amor en Platón. Que relea, el Felón, el Banquete y el Fedro. Me explico. Se ha puesto muy de moda, en concreto de la mano del divulgador científico Eduardo Punset, el asunto de la inteligencia emocional y la aplicación de la misma a la educación. Todo arranca de la obra de hace unos doce o trece años de Goleman, “Inteligencia emocional”. La tesis fundamental, que en gran parte comparto, es que la inteligencia en occidente ha sido identificada con la inteligencia lógico matemática. Siendo los modelos de genios el del científico. Pero, curiosamente, en muchos de los casos, estos eran unos inadaptados sociales; es decir, que habrían fracasado socialmente. Y esto sería así porque su inteligencia emocional, la base de las relaciones sociales, habría fracasado por diversos motivos. Lo que posteriormente intenta demostrar Goleman desde la neurofisiología y en parte lo consigue, y los estudios de entonces para acá lo siguen confirmando, es que nuestras facultades cognitivas superiores, las que tienen su sede en los lóbulos frontales están relacionadas, a través de redes neuronales (para ello habría que introducir aquí el concepto de red neuronal y el de la teoría modular del cerebro) con el sistema límbico, que es el que regula nuestras emociones. Efectivamente, todo esto es cierto. No hay razonamiento sin emoción. Nuestra vida es, fundamentalmente, emocional y pasional. Es un error que viene desde Aristóteles, como ya he dicho aquí –y en esto no siguió a su maestro Platón- considerar al hombre como un animal racional. Esta definición, unida al triunfo de las ciencias naturales basadas en el método hipotético deductivo y matemático dio lugar a una definición reduccionista de inteligencia y ésta quedó relegada a la inteligencia lógico matemática. Pero esto ha sido un terrible error. La actividad científico técnica ha sido entendida desde la inteligencia, pero no así la actividad artística, la vida en grupo, la estabilidad emocional, la acción política, etc. Y, sobre todo, la acción ética. Por supuesto que la inteligencia es emocional y que emociones sentimiento y razón son inseparables. Ya lo decía Platón cuando distinguía tres partes en el alma que son inseparables: dos emocionales: la irascible y la concupiscible y una racional y que dirige a las otras dos. Nuestra inteligencia es racional, pero es la razón, la que dirige a las emociones. Por seguir el símil de Kant, éstas, por sí mismas son ciegas, mientras que la razón sola está vacía. Pero la cosa queda bien clara en la teoría del amor de Platón y su definición de filosofía. El amor es la búsqueda, un impulso, un rapto, una emoción, de lo que no se tiene. Un deseo. Deseamos lo que no tenemos. El amor es búsqueda. Es algo dinámico que nos impulsa, una pasión. La filosofía es, en su etimología, el amor de la sabiduría, el amor de la verdad, del conocimiento, del bien y de la belleza. Es decir, el filósofo, todo hombre en algún momento, busca lo que no tiene. Y lo que no tiene es sabiduría. No sabe lo que es la verdad, ni el bien, ni la belleza, ni la justicia. No las posee, y como no las posee, pues las desea. La filosofía es dialéctica, como el amor. Va de lo concreto a lo universal. El amor quiere la belleza de un cuerpo bello. La búsqueda de la belleza (el saber de ella) le impulsa (deseo, amor, enamoramiento) a poseer el cuerpo que participa de la belleza. Pero éste es el primer escalón del conocimiento de la belleza. El amor, al proceder dialécticamente, va de lo particular a lo universal. Es decir, de la contemplación de la belleza en un cuerpo bello a la contemplación de la belleza de las leyes de la ciencia y, por último, la justicia de la polis. Pero, claro, para proceder dialécticamente necesitamos de la guía de la facultad racional del alma, los lóbulos frontales. Existe un mecanismo de feed-back entre las emociones y la razón y éste se expresa en las redes neuronales que van desde el sistema límbico a los lóbulos frontales del neocortes. Y, la educación, la filosofía, la dialéctica, todo es lo mismo, consiste en que la razón sea capaz de domar a las emociones, no a su eliminación. Y esto es lo que Platón nos demuestra al unir su teoría del aprender, con su teoría del amor y su teoría de la educación del ciudadano. Y todo esto, que olvidó la razón instrumental científica, lo sabían muy bien los clásicos, los sofistas, Sócrates y Platón. Los sofistas enseñan por medio de la retórica, que es el arte del discurso que consiste en convencer de algo, independientemente de la verdad de ese algo. Los sofistas piensan que la verdad es relativa, por eso no intentan hablar a la razón, no creen en ella. Les pasa como a los políticos actuales y a los pseudocientíficos de la psicopedagogía, por eso dirigen su discurso a las pasiones. Lo que nos hace cambiar de opinión son nuestras emociones. Pero, claro, las emociones, las pasiones, son las que nos esclavizan, mientras que la razón, domina (domestica) las pasiones, no elimina, digo, porque el dominio de la pasión es precisamente la virtud. Por eso la razón nos hace libres. Y por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad, que va desde el individuo a la sociedad y de la sociedad al individuo. Los sofistas, al dirigir su discurso sólo a las pasiones, convierten la democracia en demagogia y a los ciudadanos en súbditos. Ése es el peligro que ven Sócrates y Platón. Por eso Sócrates se declara ignorante, sólo sé que no sé nada, y entonces, teoría del amor platónica, necesito de la verdad. La búsqueda de la verdad es mi pasión, dirá Sócrates, pero no me dejo convencer por el discurso retórico que habla a las emociones, sino que utilizo el diálogo, la razón. Analizo desde la razón lo que se me dice. Y así educo y domino mis pasiones. La educación es el dominio de las pasiones por medio del conocimiento y, por supuesto, de la educación de la voluntad. Otra de las cosas importantes que han olvidado los psicopedagogos, algo que, como no es observable, se les ha traspapelado en su pseudosaber. La voluntad es el querer o no querer. No somos libres de esto, son las emociones con las que hemos nacido por dotación genética. Ahora bien, sí somos libres de hacer o no hacer lo que queremos o deseamos, y en esto consiste la educación de la voluntad. Las teorías de la psicopedagogía, basadas en el constructivismo, mera filosofía idealista, sin ninguna base en las neurociencias -por eso la psicopedagogía es un gazpacho de teorías inconexas y contradictorias- han olvidado el tema de la voluntad.

 

En consecuencia, nada nuevo bajo el sol. Sólo retórica recubierta de mito científico. Y esta es la segunda cuestión a tratar. En las palabras de Punset se trasluce que hay una identificación entre ciencia y verdad. Pero, ¡por dios!, esto es un error elemental, que no les permitiría a mis alumnos de bachillerato. En esta identificación se basa el cientificismo, esto es, la conversión de la ciencia en religión e ideología. ¿Por qué será que los psicopedagogos suelen cometer este error?, ¿por qué siempre quieren sostener la verdad de su discurso en el supuesto hecho de que sus teorías son científicas, no indicará esto, precisamente, lo contrario? La psicopedagogía, en su pretensión de ser una ciencia, quiere seguir el modelo empirista, pero éste es algo ya caduco. Además, mezclan teorías cognitivas, con conductitas, otras de la Gestalt, otras constructivistas y, luego, echan mano de la neurofisiología y el resto de las neurociencias. Pero todo para justificar una ideología. Y ahí es donde entramos en el tercer punto.

 

            Estoy ya más que cansado de escuchar que el objetivo de la educación es la adaptación. ¡No señor! De ninguna de las maneras. Si todo proceso de educación hubiese sido mera adaptación a la sociedad cambiante, no hubiese habido ninguna transformación social. Si el objetivo de la educación es la adaptación a la sociedad cambiante –lo que hay que entender aquí es el mundo laboral dominado por el mercado- entonces apaga y vámonos. Se acabó la lucha por la justicia social. Todos obedientes y sumisos al dios mercado. De ninguna de las maneras, el objetivo de la educación es el conocimiento y la virtud pública. Por supuesto que el conocimiento implica una técnica, la posibilidad de realizar un trabajo para el que continuamente tendrás que seguir aprendiendo, pero esto no es un fin en sí mismo. El fin es alcanzar la libertad por el conocimiento y la virtud. Por otro lado, unión, donde las haya, entre la razón y las emociones. Es más, esto supera, incluso, la cansina inteligencia emocional. Aquí estamos hablando ahora de la mayor inteligencia humana, la inteligencia ética. La mayor construcción que el hombre haya hecho jamás. Y esa inteligencia ética tiene que ver con el gran proyecto ético de la humanidad que nace en Grecia y se impulsa con la ilustración que es el de la búsqueda de la dignidad humana: libertad, igualdad y fraternidad. Esos son los objetivos de la educación, no la adaptabilidad al sistema como meras piezas de recambio. Los psicopedagogos, le están haciendo el juego al poder económico-político, en definitiva son los sofistas actuales. Educar para adaptar. El conocimiento como forma de aceptar la verdad establecida, el orden social vigente y el pensamiento único. En definitiva, educar para la sumisión. Lo siento, pero esta demagogia me resulta ya cansina. Es la antesala del fascismo en el que nos adentramos.

 

 

 

 

Señor Carlos, no tiene usted ni idea de lo que dice. Primero, los profesores han sido culpabilizados del fracaso escolar por muchos sectores. Segundo, a un colectivo no se puede juzgar en su totalidad. Habrá quien lo haga más o menos bien y quien lo haga más o menos mal. Sin embargo, una ley, como la LOGSE-LOE, si puede ser juzgada, analizada y criticada. Además, debe saber usted, que una ley es un marco de acción social, que abre un abanico de posibilidades de sociales y cierra otros. Las leyes son tremendamente importantes, porque son las que vertebran la praxis social. Y también son importantes las ideas, ideologías, intereses y creencias que están detrás de las leyes. Y son todas estas cosas las que analizamos aquí. El análisis del profesorado, así como el del alumnado, es cuestión de evaluación subjetiva; esto es, de cada sujeto, que para eso somos personas, no instrumentos, tanto los alumnos como los profesores. Y, en cuanto a lo de la profesionalidad, pues mire usted, es una palabreja que no me gusta nada, me suena a instrumentalización de la persona, a sociedad tecnificada. La labor del profesor y el maestro es una mezcla de saber y virtud. Es decir, que tiene que ver más con la vocación, el humanismo y el arte. La profesionalidad, absolutamente necesaria, la dejamos para las actividades instrumentales, económicas y empresariales. En cuanto a su última aserción, me parece muy bien, pero incompleta. La política educativa no es que no me importe, sino que me coacciona y, como la considero perjudicial para el alumno y para el profesor y, por ello, para la sociedad en su conjunto, me rebelo contra ella, haciendo un uso crítico de la razón, e, incluso, desobediencia civil. Pero, sí, es cierto, lo que me interesa son los alumnos, pero no que sean más listos que yo, de estos habrá muchos, otros no; sino que lo que me importa es que conquisten la libertad. Con ello quiero decir, que lleguen a ser dignos y autónomos, que decidan y piensen por sí mismos. Y el vehículo más importante para conseguir esto es el conocimiento. Disculpe, pero soy un viejo ilustrado y sigo creyendo en la posibilidad de esos valores universales que deben ser transmitidos por el profesor, pero no como un simple profesional que trata con objetos, sino como persona que trata con personas, es decir, sujetos, fines en sí mismos.

No nos queda más remedio que tener confianza en la razón, a pesar de sus límites y debilidades. Si entronizamos a la razón y tenemos fe ciega en ella caemos en el dogmatismo y éste nos lleva directamente al totalitarismo político que es lo que ha ocurrido en el siglo XX. Nuestro ser contingente abarca también a la propia razón. Creer es un mecanismo adaptativo que nos ha permitido sobrevivir. Pero la creencia ciega nos destruye moralmente. No tenemos más remedio que vivir en la contingencia y la inseguridad. La vida no da para más. Lo que hacemos es entretenernos mientras el tiempo pasa. Pero en ese pasar hay que buscar la excelencia y la virtud y provocar el menor daño posible. Los grandes mensajes y grandes creencias son peligrosos. Lo mejor es la docta ignorancia.

 

Todos los seres del universo son productos del azar y la necesidad. Son contingentes. Podrían no haber existido y dejarán de existir. Pero lo que sucede es que uno de nuestros mecanismos adaptativos que triunfaron, fue el de darnos importancia. Es decir, el antropomorfismo. Por eso nos resulta difícil aceptar nuestro carácter contingente. Y todo ello procede de que el hombre es consciente de su propio fin, de la muerte. Es ésta la que nos acecha y a la que tememos. De este miedo ha surgido toda la cultura (la ciencia pertenece a ésta), que no es más que una forma antropomórfica de entender el universo. El desarrollo de las ciencias nos ha ido poniendo en nuestro lugar. Por eso es necesario un nuevo discurso ecocéntrico sobre el hombre, que tendría grandes implicaciones éticas y políticas.

 

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            El hombre es por naturaleza dogmático. No distingue entre errores y verdades porque no suele ejercer la crítica. Su actitud natural es la de la creencia. Por eso siempre he creído que el escepticismo es una buena vacuna. Cuando hablo de escéptico me refiero a su sentido griego, el que busca, no el que niega. Éste cae también en el dogmatismo. El escepticismo es la auténtica actitud ética del intelectual. El dogmatismo es propio de creyentes y abundan por doquier. Los dogmáticos se cierran a las ideas en tanto que se cierran al diálogo. El escéptico es el racionalista crítico, buscador incansable que confía en la fuerza del diálogo más que en la fe. La fe no mueve montañas, destruye. El diálogo es construcción teniendo confianza en que siempre se puede mejorar. La actitud ética del escéptico es la tolerancia, la del dogmático es el fanatismo.

 

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            La desobediencia civil es la piedra angular en la que debe fundarse la lucha contra las tiranías. No olvidar nunca que los sistemas democráticos vigentes participan, en parte, de la tiranía. La desobediencia civil frente a la injusticia es una virtud cívica. Aquí nos encontramos con una de las paradojas entre ética y derecho. Frente a la tiranía hay que optar siempre por la ética. No confundir nunca mi moral, que es particular, con una ética que pretende ser universal cuya única base es la dignidad. Que el hombre es un fin en sí mismo.

 

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            Sabiduría budista de la que bebe el estoicismo. No desear nada. La vida es dolor y el origen del mismo es el deseo. Hay que recuperar la filosofía de Schopenhauer que actualizó para occidente el budismo. La única felicidad posible es la negativa, eliminación del deseo. Desapego, apatía. La infelicidad es una cuestión de percepción temporal. Si realmente nos damos cuenta de que el tiempo es apariencia, no habría sufrimiento. El tiempo, el existir es el origen de la angustia. Ésta es siempre miedo al futuro, por eso la felicidad está vinculada a la eternidad, que es precisamente la ausencia de tiempo. Cuando los mitos y la religión hablan del paraíso lo identifican con la eternidad. Sin tiempo, un eterno presente, hay felicidad porque hay identidad y no temor del futuro. La conciencia del tiempo es una carga con la que tenemos que vivir y que nos hace siempre infelices. De ahí que en los evangelios se diga “hasta que no seáis como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos” Lo mismo en el budismo, la felicidad es el nirvana, que es la nada, la ausencia del yo (que es el que desea, por tanto, espera y desespera, origen de la angustia). No se puede pensar en la felicidad porque se cae en la dinámica de la angustia. Por eso decía el filósofo y sabio Spinoza en su Ética, “en nada piensa menos el sabio que en la muerte.” Y Platón, veinte siglos antes, decía “filosofar es prepararse para la muerte”. ¡Qué lejos está la sabiduría! Podemos llegar a comprender, pero difícilmente llegar a ser lo que comprendemos.

Todos los seres del universo son productos del azar y la necesidad. Son contingentes. Podrían no haber existido y dejarán de existir. Pero lo que sucede es que uno de nuestros mecanismos adaptativos que triunfaron, fue el de darnos importancia. Es decir, el antropomorfismo. Por eso nos resulta difícil aceptar nuestro carácter contingente. Y todo ello procede de que el hombre es consciente de su propio fin, de la muerte. Es ésta la que nos acecha y a la que tememos. De este miedo ha surgido toda la cultura (la ciencia pertenece a ésta), que no es más que una forma antropomórfica de entender el universo. El desarrollo de las ciencias nos ha ido poniendo en nuestro lugar. Por eso es necesario un nuevo discurso ecocéntrico sobre el hombre, que tendría grandes implicaciones éticas y políticas.

La diversificación del saber. Especialización científica. La importancia de la filosofía como cosmología.

 

            El desarrollo del conocimiento científico fue posible, surgiendo del ámbito de la filosofía natural, porque introdujo un método y delimitó un ámbito del saber. El método es el que hoy en día llamamos hipotético deductivo. Y, por otro lado, el lenguaje que seguía y en el que se expresaba el método era el de las matemáticas. Por eso decía Galileo que el libro de naturaleza está escrito en caracteres matemáticos. Y también, por lo mismo decía, que la astronomía nos dice cómo van los cielos, mientras que la Biblia nos dice cómo ir al cielo. Aquí establece una clara división entre la religión y la ciencia. Cosa que, por supuesto, no podía admitir la iglesia que tenía el poder en aquel momento y, por ello, el del conocimiento. Por eso lucha contra la separación entre ciencia y religión. Pero el curso de la historia, el progreso imparable, aunque no necesario, de la filosofía natural, posteriormente conocida como ciencia, produjo la separación de hecho, aunque nunca admitida por la iglesia. Pero ésta, poco a poco, con el proceso de secularización al que el saber científico ayuda, pero sin ser el máximo responsable, va perdiendo poder. Y así llegamos a la ilustración en la que se producen las dos revoluciones políticas –en el diecisiete tuvo lugar la revolución científica- que determinan nuestra realidad social. Nos referimos a la americana y el surgimiento de la democracia liberal, con su origen en Locke, y a la revolución francesa que produce el republicanismo con su origen en Rousseau. De la dialéctica entre ambas opciones y la revolución industrial, fruto del desarrollo tecnológico y la globalización iniciada en el Renacimiento, así como el desarrollo de las ciencias económicas y las diversas opciones políticas del XIX, surge el siglo XX y nuestra realidad, cuando se le suma la revolución de las tecnologías de la comunicación. Pero no es el desarrollo de esta historia el que yo quiero tratar aquí. Lo que yo quiero analizar es el problema que ha acarreado el tremendo éxito epistemológico del desarrollo de la ciencia y proponer un modelo de enseñanza, unas líneas generales, que eliminen la brecha, que en la realidad no existe, entre el saber humanístico y el tecnocientífico.

 

            El desarrollo de la tecnociencia nos ha llevado, independientemente de los problemas de la gran ciencia: financiación (capital), política, poder militar, a una superespecialización. El lado positivo de ésta es la eficacia del saber tecnocientífico. El lado negativo es, por una parte, la ignorancia del científico, igual que del humanista, de una visión general e histórica de los problemas, así como una ausencia de interdisciplinariedad lo que nos lleva a una ausencia de diálogo.

 

            Existe un problema estrictamente práctico. El saber es amplísimo y es necesario todo el tiempo de tu vida para acceder a un ámbito del mismo si quieres estar en la primera línea. Es más en los saberes eminentemente prácticos, como la medicina, uno debe estar al corriente de todas las novedades para poderlas aplicar. Esto es una dificultad insalvable que conlleva la inmensidad del saber y es inevitable. Pero hay otro aspecto negativo de la especialización del saber, que es la deshumanización del mismo. Y esto sí es evitable. Mi idea es que la tecnociencia está dehumanizada y que se pierde el norte de una cosmovisión que implique una serie de valores y modos de acción. Y la solución de estos problemas es una forma distinta de enfocar la enseñanza de la ciencia que está anclada en el modelo positivista de la misma. Modelo, por lo demás, ya caduco.

 

            La tecnociencia se enseña en la secundaria y en la universidad desvinculada de su dimensión histórica. Como un conjunto de hechos constatados. De esta manera el alumno tiene una falsa visión de la ciencia. Confunde verdad con ciencia. La ciencia no es la verdad, sino la búsqueda de conocimientos verosímiles. Las verdades absolutas las dejamos para el dogmatismo. Una visión dogmática de la ciencia, es una visión falseada de la misma. La cienia es escepticismo, duda, búsqueda. Por eso es necesario que el que se inicie en la ciencia tenga una visión histórica de la misma. Pero no sólo una visión interna de la historia de la ciencia, que es imprescindible, el hecho de cómo se van sucediendo unas teorías a otras, sino, también, la dimensión externa de la misma. Y no como los acontecimientos que rodean a la actividad científica, sino como la historia en la que la ciencia está inmersa. La ciencia no es algo neutral y etéreo, sino, un producto social, concreto. Con esto no quiero relativizar el conocimiento científico, como hacen los sociólogos de la ciencia, apéndices del posmodernismo. Ya el físico Sokal se encargó de desenmascararlos. Lo que yo estoy sugiriendo es que la ciencia está inmersa en una dinámica histórica y social en la que se dan un conjunto de factores que determinan su desarrollo. Estos factores son de toda índole: ideológicos, políticos, financieros, de intereses profesionales y todo lo demás. Esto no anula, por supuesto, la objetividad de la ciencia, pero sí nos permite entender su desarrollo, que no obedece, como se cree, sólo a la búsqueda de la verdad. Éste último es uno de los factores, quizás el más característico, pero, ni siquiera el más importante. Así, el conocimiento histórico del saber científico nos da una idea más general de la misma, a la par que aúna el saber humanístico con el científico. Pero esta unificación ha de ir más lejos. En última instancia, la pregunta originaria es qué es el hombre. La ciencia no debe perder la perspectiva de lo global. Su descubrimiento particular debe inscribirse dentro de una imagen general del mundo que conlleva unos valores y, de suyo, una forma de acción. Es más, la propia actividad científica contribuye, con la aportación de conocimientos, a la transformación de esta cosmovisión y de los valores éticos. De ahí que el norte y el horizonte último de la investigación científica debe ser el humanismo. En este sentido, la ciencia, la política y la ética están íntimamente relacionadas. Existe una relación de complejidad, no lineal, entre ellas.

 

            Así, la enseñanza de la ciencia debe tener un anclaje histórico, por un lado, y otro cosmológico. Es necesario tener una visión general del mundo, y del hombre en el mismo que sirvan como guía regulativa de la investigación científica y de la praxis (el ámbito de la ética.) Para ello es necesario que en el ámbito de la formación científica y humanística se ofrezca un diálogo interdisciplinar. La especialización elimina la interdisciplinariedad; pero sólo a través de ésta podemos llegar a una cosmovisión (en su dimensión natural y ética.) Por su parte el humanista, como el que se dedica a las ciencias sociales, no puede olvidar que el desarrollo de la ciencia implica una nueva idea y concepción del hombre que excede sus planteamientos. El científico social suele ser un reduccionista y piensa que la naturaleza humana se explica por su dimensión social. De esta forma olvida el desarrollo y la aportación de las ciencias naturales al esclarecimiento de la naturaleza humana. Esto es un error. El desconocimiento científico del humanista lo lleva a la fantasía e incluso a las utopías políticas peligrosas. La ignorancia humanista del científico le llevan a la creencia en una ciencia desencarnada que no tiene nada que ver con el hombre, la ética y la política. Ambos extremos son peligrosos. Y la educación contribuye a fomentarlos. Es necesario una mayor cultura humanística por parte del científico y una alfabetización científica del humanista.

 

            Y aquí entra en juego la filosofía. La historia de la filosofía es, a la par que coincide con la historia de la ciencia hasta el siglo XIX, la historia de la argumentación. Es decir, de la crítica dialógica de las ideas. La búsqueda de una cosmovisión en el que el nivel físico-natural, el biológico y el ético-político queden integrados. Así, el estudio de la filosofía, de entrada, tendría dos funciones. En primer lugar, mostrarnos la argumentación y la crítica racional como forma de acceso a la realidad, la verdad y el conocimiento, saltando por encima de los dogmas, las creencias y las opiniones. Es decir, la filosofía nos enseña a pensar que no es más que poner en diálogo las ideas, partiendo de la base de que lo común es la razón, nuestro logos. El pensar es la búsqueda del conocimiento que, a su vez, tiene a la base, la tolerancia, que es la virtud que se enfrenta al dogmatismo, algo que no sólo se da en la religión, sino que es muy común también en el científico. Una segunda enseñanza de la historia de la filosofía es la serie sucesiva de modelos o visiones del mundo absolutamente integradas que han estado y pueden estar a la base de la investigación científica. Estas cosmovisiones, la dimensión cosmológica de la filosofía, tiene a la base el anhelo del saber global, no de forma extensiva, sino intensiva o integradora. La filosofía como cosmovisión, debe ser un saber integrador.

 

            Y hay también una enseñanza de la filosofía que es el estudio de la ciencia de forma crítica. Esto es, no como una exposición de los logros del saber científico; sino un estudio de la tecnociencia como una forma de acción que pretende buscar la verdad y transformar el mundo integrada en la sociedad. Es necesario que tanto el humanista como el científico tengan un saber crítico de la ciencia. La ciencia transforma la sociedad, pero los ideales sociales, políticos y económicos, también transforman la ciencia y dirigen su camino. Este saber crítico desde el ámbito de la filosofía constituyeron los programas de investigación en Ciencia, Tecnología y Sociedad. Programas de investigación con una dimensión teórica: saber cuáles son las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad y una acción práctica; es decir, ética. Del conocimiento de la ciencia y la sociedad se deriva una praxis, una acción que va encaminada a la consecución de la dignidad humana. Tanto la ciencia, como la política o la economía pueden atentar contra la dignidad del hombre. Si conocemos los dinamismos sociales de la ciencia y persistimos en los ideales humanistas de la ilustración: el hombre como un fin en sí mismo: igualdad, libertad y fraternidad, entonces nuestra praxis debe dirigirse hacia el control de las fuerzas que intentan dirigir nuestro destino eliminando nuestra libertad.

 

 

Vargas Llosa, Popper y el neoliberalismo.

 

            He sentido una gran alegría cuándo he conocido a quién se le otorgaba este año el premio Nobel de literatura. Me siento orgulloso de haber leído a este autor. Su prosa es magnífica y, en algunos momentos, sublime, sin dejar de tener un compromiso político que se dirige contra la opresión, los totalitarismos y la consecución de la libertad como el mayor valor humano. He leído a Vargas llosa, tanto en su obra literaria, como en su ensayo. Estos últimos, aunque, en muchos casos, ando en profundo desacuerdo con él, son demoledores, clarividentes y con un profundo compromiso por la libertad humana no exentos de una excelsa valentía.

 

            Pero mi desacuerdo viene de fondo. Dice el flamante Nobel, que la lectura de Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, lo transformó absolutamente. Algo parecido me ocurrió a mi, primero con su obra epistemológica-cosmológica y luego con la obra ético-política. La lectura y el estudio sosegado de la obra de Popper ha sido parte fundamental de mi construcción intelectual y espiritual. Pero, siento discrepar, en mí ha tenido consecuencias muy distintas las ideas y críticas popperianas que en Vargas Llosa. Para el Nobel le hizo renunciar a la izquierda y considerar que toda ella estaba montada sobre un engaño y que su praxis se transformaba en totalitarismo. Consideró que toda la izquierda era utópica y, por ello, totalitaria, pero se equivocaba. Por ello no le quedó más opción que la defensa del liberalismo, pero aquí erró. Porque el liberalismo que defendió no era tal, sino el neoliberalismo, una especie de ideología, pensamiento único, religión, utopía, que nos remitía a lo que, precisamente, Popper denuncia en su obra, el totalitarismo. Las democracias liberales, presentadas como la única alternativa política real, apoyadas, a su vez, en la doctrina del libre mercado, no son más que una visión de la historia determinista, que anula la libertad humana y el pensamiento. Precisamente todo aquello que Popper defendía. El filósofo vienés, escribe La sociedad abierta y sus enemigos como su contribución a la segunda guerra mundial. Lo que defiende es la libertad humana. Y para ello desmonta el pensamiento utópico de occidente, que tiene sus pilares en Platón, Hegel y Marx. Todas las utopías que se han dado en la historia son variaciones sobre los mismos. Pero lo característico de estos pensamientos utópicos es que consideran que la historia viene determinada por leyes. Y si conocemos las leyes podemos hacer una ingeniería social para llegar cuanto antes a la sociedad utópica prometida. Pero para ello hay que fundar un estado absoluto y es necesario eliminar al individuo, la persona. La historia, su designio, está por encima de ellos. Y, por supuesto, hay que eliminar al disidente. La historia de la humanidad, y el siglo XX en particular, está plagada de las consecuencias del pensamiento utópico. Ahora bien, lo que sucede es que el neoliberalismo en el que se instala Vargas Llosa, es un tipo de pensamiento que cumple con las características del que hemos analizado antes. Los neoliberales creen que la historia está sujeta a las leyes del mercado expresadas por la ciencia de la economía. El hombre carece de importancia y de dignidad, es mercancía, la libertad es apariencia, es sólo el nombre que se la da al mercado: libertad de mercado. Algo absurdo, como decía Popper, todo mercado está regulado. Una libertad absoluta del mercado es una contradicción. Y una determinación del mercado –y los que lo manejan- sobre la política y los ciudadanos es una forma de totalitarismo. Pensar que el desarrollo de la sociedad deviene por las propias leyes del mercado y que éste resolverá, por sí mismo, la injusticia social y nos llevará a una sociedad igualitaria y libre, no es más que pensamiento utópico y, como tal, el germen del totalitarismo. Y por eso hoy estamos asistiendo al inicio de un fascismo del mercado que pretende anular al poder político y, con él, al individuo. Vargas Llosa cae en la contradicción de defender la libertad individual y la libertad del mercado. No ha entendido bien la crítica de Popper al pensamiento utópico y ha pensado que todo pensamiento utópico es el de izquierda o el derivado de Marx. Comparto la defensa de la libertad como el mayor valor, pero ésta ha de darse desde la igualdad, la isonomía que decían los griegos. La supuesta libertad del mercado produce desigualdad y anula la dignidad de la persona convirtiendo a ésta en mera mercancía, producto de consumo y autoconsumo. En historia no hay leyes absolutas que determinen el desarrollo de la sociedad, hay tendencias. No hay progreso garantizado, sin el esfuerzo particular de los individuos y las instituciones. Todo lo conquistado en el ámbito de la política y la ética se puede venir abajo. Y la mejor manera es, como hace Vargas Llosa, la defensa de un pensamiento único, como es el neoliberalismo.

Una historia evolutiva preciosa. Inexorables los designios de la evolución. Esto no lo hace ni dios. La carga de la prueba la tienen los creyentes, no los ateos como la tradición nos enseña interesadamente.

 

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            El cristianismo siempre ha ido contra el placer. La historia del cristianismo es una historia del dolor, la pasión, el sufrimiento y la ignorancia. Es la historia, en definitiva, del poder. El cristianismo, la iglesia, en particular, arrambló con todo lo puro de la cultura grecolatina. Con la unión entre mente y cuerpo, razón y deseo. Para instalar la división entre cuerpo y alma. El cuerpo es la sede del pecado y el mal. Pero el cuerpo es el origen del placer, por ello, el cuerpo es negado por la iglesia, se convierte en anatema. El placer es un peligro porque nos lleva al conocimiento y al ateismo. Creemos en los dioses por miedo, esto fue una adaptación biológica exitosa. Y, por ello, no nos vemos libres de la religión y alabamos al poder como nuestro salvador. La prohibición de las drogas y el oscurantismo sobre las mismas, se basa en estas premisas.