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Filosofía desde la trinchera

            13 de noviembre de 2009

 

            La actitud de la iglesia es impresionante desde una perspectiva de las apariencias. Se diría que da palos de ciego, que es atemporal, que está fuera de onda. Pero no es así de ninguna de las maneras. Las reivindicaciones de la iglesia tiene una lógica interna sólida y un fundamento filosófico-teológico y político absolutamente coherentes, si bien, también equivocados. Lo que también es cierto es que la postura de la iglesia con respecto a diversos temas es irritante en su superficie, pero estas posturas no son más que la punta del iceberg del pensamiento que se cuece en la cabeza del teólogo Ratszinger. En verdad que es irritante la postura de la iglesia contra el aborto, contra los preservativos, ni siquiera se admiten estos como un mal menor, para evitar muertes por sida. La iglesia actual ha abandonado el camino de apertura del concilio Vaticano II que se planteó la apertura a la modernidad, el replanteamiento de las relaciones entre el trono y el altar, las relaciones con la ciencia, con los problemas de la sociedad civil. Parecía que el concilio abría una nueva era en la iglesia, que intentaba engancharse a la modernidad afrontando sus retos desde la ética cristiana, pero evitando los fundamentalismos. Pero las cosas desde Juan Pablo II han cambiado y con el Papa actual se han radicalizado. Como digo, la iglesia no da palos de ciego, es todo un plan que obedece a una vieja doctrina teológica y filosófica que el actual Papa quiere reactualizar aprovechando las debilidades del mundo contemporáneo en el que nos encontramos. Su enemigo fundamental es la modernidad y lo que esto significa ético-políticamente: la autonomía y la democracia. Si bien es cierto que su actitud nos parece indignante, y para una gran mayoría les resulta indiferentes por extemporáneas, lo que es cierto es que la iglesia sigue persiguiendo el poder y con la debilidad democrática en la que hemos caído, junto con el pensamiento posmoderno triunfante y el relativismo ramplón que lo justifica todo, son un caldo de cultivo peligroso para que cale la ideología oscurantista de la iglesia actual. No comento las ingerencias de la iglesia en el poder público, que me parecen bochornosas, como esto de querer excomulgar a los diputados católicos que voten a favor del aborto, es tremendo, qué amenaza, con qué facilidad te quieren privar del reino de los cielos, ¡con lo difícil que es, paradójicamente, intentar apostatar! Aquí todo son trabas. La iglesia se cree dueña y señora de la moral, no acepta la pluralidad, sólo la verdad absoluta, que no es más que la interpretación que ella tiene de la verdad. A la iglesia le ha preocupado siempre el sexto mandamiento, ha hecho caso omiso al más importante, el quinto. Ha justificado las guerras, ha elaborado la doctrina de la guerra justa, actualizada en el nuevo catecismo de la iglesia católica. Ha abanderado las cruzadas, el exterminio de los indios de América, el genocidio del franquismo: el dictador bajo palio. Y ahora, que los mantenemos económicamente, se atreven a amenazar. Esto es de un cinismo extremo que sólo se explica porque tienen veinte siglos detrás de corrupción. Pero, en fin, decía, que no iba a comentar estos casos que no son más que el resultado de la doctrina de fondo que es la que aquí nos interesa. Pero la indignación y el bochorno que uno siente ante este poder, todavía demasiado fáctico, y su cinismo, propio de un Herodes, me hace señalar ciertos excesos.

 

            Pero vamos con el fondo de la cuestión. Lo que la actual doctrina de la iglesia pretende es eliminar, como decía, la libertad (autos-nomia) y la democracia (pluralismo, diferentes verdades, dialogo). Es decir, lo que la doctrina oficial de la iglesia dirigida por Benedicto XVI pretende es la reconquista y la cruzada. La iglesia, aprovechando la actual coyuntura política: debilidad de la democracia, relativismo, corrupción, nacionalismos, desencantamiento generalizado, lo que pretende es enmascarar su doctrina oscurantista como una nueva fe e ideología salvadora de toda la humanidad. Quiere aprovechar el supuesto fracaso de la ilustración, la debilidad de la democracia y sustituir toda esta filosofía por un nuevo mensaje que cale en las conciencias de un ciudadano despistado, desorientado, desencantado, egoísta e individualista, dado al consumo y al placer efímero, un ciudadano profundamente descontento. Lo que la iglesia nos viene a proponer, refugiándose para ello en las críticas que se le pueden hacer a los grandes relatos de la humanidad desde la ilustración para acá, desde las filosofías posmodernas, es un pensamiento, ya arcaico, en el que se basó la reconquista y las cruzadas. Un pensamiento totalitario y oscurantista. La filosofía del actual Papa, no va desencaminada, es profundamente inteligente, lo que sucede es que sus intenciones son nefastas. Lo que persigue, en definitiva, es la universalización de la verdad de la iglesia católica, apostólica y romana como única forma de pensar que debe regir la ética y los derechos (sistema legal) de los estados. A esto se le llama teocracia, sin rodeos. Porque no tiene poder físico, si no, nos íbamos a enterar. En esa cruzada quiere ir acompañada de otras religiones, el enemigo a batir son las sociedades democráticas contemporáneas a las que se considera absolutamente corruptas. Como decía, la doctrina de la iglesia aprovecha los análisis que hacen una crítica a la democracia, al capitalismo que crea una mentalidad de consumo, individualista, antisolidario, que vive el placer efímero del momento, para proponer una solución totalitaria, aprovechando el vacío y el desencanto de las conciencias. La cosas es más grave de lo que parece, porque se adueña de discursos que no le pertenecen, los hace suyos para sacar después conclusiones que se enfrentan directamente contra la modernidad (libertad y democracia). Por eso la primera crítica que hacen es al laicismo y encima, el cinismo de la iglesia, lo consideran intolerante. Y nos hacen distinguir entre laicismo y laicidad. El laicismo es la separación absoluta entre la iglesia y el estado dentro de un estado democrático que debe respetar la pluralidad de ideas y creencias y el dialogo entre ellas. El laicismo no es intolerante, al contrario, es una base absolutamente necesaria para la democracia que pone a todo el mundo en pié de igualdad. Las ideas y creencias se peden discutir esta es la base de la democracia, el diálogo. No es posible que una creencia se establezca en norma universal. Aquí lo que se intenta restaurar de nuevo es el falso derecho natural: la ley natural que dios ha puesto en el corazón de los hombres. La única ley que tenemos en nuestro corazón, o, mejor, en el ADN del núcleo de nuestras células, son las de la evolución. Y desde esta perspectiva el hombre es un depredador, por tanto agresivo, pero también animal social: tribal. Y con estos mimbres biológicos hemos creado la sociedad que tenemos. Por eso la historia de la humanidad es una historia de guerras y de exterminios, incluidos los que se han hecho y se siguen haciendo en nombre de la religión. Pero también la historia es la lucha por la conquista de la dignidad humana que se asienta en la libertad humana y en la conquista de la democracia –que se apoya en el laicismo- como forma de preservar esta libertad. Recordemos que las guerras de religión que asolaron Europa no tuvieron fin hasta que no hubo una separación entre el trono y el altar: secularización, y en esto consistió la paz de Wesfalia. No tenemos que olvidar la historia, y estos cínicos con sotana son especialistas en la tergiversación, en la doble verdad y el doble lenguaje, en fin, en la hipocresía que toda forma de poder conlleva.

 

            El enemigo a batir es la democracia y la libertad, los productos más floridos de la ilustración. Muchos son los que consideran que el discurso ilustrado está agotado, por mi parte, considero que el discruso ilustrado no ha sido realizado, independientemente de errores, excesos y todo lo que queramos. Pero la alternativa a la libertad y la democracia, no es el totalitarismo teocrático. Desde luego que la democracia vive momentos bajos, corrupción, desengaño,…que el capitalismo es una ideología que corrompe las conciencias de los ciudadanos: consumismo, individualismo, para en última instancia domesticarlos. Que el relativismo radical: todo vale, es la justificación de que la opinión más válida es la del más fuerte. Toda esta crítica que incansablemente podemos hacer, no desde el posmodernismo, sino desde el racionalismo crítico, desde la creencia en las verdades y en los valores de la libertad y la justicia y en que la razón debe ser la guía son de los que se apropia la iglesia y los tergiversa, haciendo un auténtico malabarismo intelectual oscurantista, que si no es desenmascarado a tiempo puede ser peligroso. Puede ser la ideología que fomente una lucha de civilizaciones, primero contra el capitalismo, aliado al resto de religiones monoteístas en sí fanáticas e igualmente intolerantes, y, luego, contra estas otras religiones. Una auténtica cruzada, que, a mi manera de ver, es una huida hacia delante, teniendo en cuenta la situación terminal (religión terciaria: solo ritual, que diría Gustavo Bueno) en la que se encuentra la iglesia católica.

 

            No podemos permitir que la iglesia se apropie del discurso crítico, porque la iglesia no es crítica, es dogmática. El discurso crítico tiene a la base el hecho de que las democracias son formas de gobiernos perfectibles, de la misma manera que se acepta el principio de imperfectibilidad de toda forma de gobierno. Pero por ello no se renuncia a los valores que dan vida a la democracia: la libertad, la igualdad, la dignidad, la solidaridad, el respeto, el diálogo,…de lo que se trata es que de la crítica surja una profundización en la democracia, no una eliminación. Hay que tener cuidado y estar avisados. En más de una ocasión las críticas a la democracia, unidas al desencanto de los ciudadanos, han acabado en las peores formas de gobiernos totalitarios, genocidas y etnocidas. La historia del siglo XX, empezando por nuestro propio país, está plagada de ellos. (En el nº 197 de la revista Claves Paolo Flores D¨Arcais, azote de la religión y los dogmatismos de la falsa democracia, escribe un interesante artículo sobre estos temas.)

 

TRIBUNA: ANTONIO ROLDÁN MONÉS Y CARLOS CARNICERO URABAYEN

La era de lo posible

La tasa Tobin o la limitación de los sueldos de los directivos son algunas de las propuestas para cambiar el modelo económico. Pero el debate está condicionado por la desubicación ideológica de la izquierda

ANTONIO ROLDÁN MONÉS Y CARLOS CARNICERO URABAYEN 13/11/2009

Es durante las grandes crisis históricas cuando las ideas que parecían irrealizables emergen con fuerza para cimentar las bases teóricas de nuevos paradigmas. La crisis económica mundial es una puerta abierta a una transformación profunda en el modelo económico y social establecido. Ideas ambiciosas, como la de la tasa, tipo Tobin, sobre las transacciones financieras internacionales (FTT, en sus siglas en inglés) o el debate sobre la limitación de los sueldos de altos directivos, se abren camino en el debate político y económico internacional. Sin embargo, en este contexto convulso de potencial cambio histórico, la izquierda socialdemócrata europea parece no despertar de su letargo.

A finales del verano, lord Turner, presidente de la Autoridad Reguladora de Servicios Financieros (FSA, en sus siglas en inglés) del Reino Unido, criticaba públicamente el carácter "socialmente inútil" de los mercados financieros y se posicionaba a favor de tasar las transacciones financieras internacionales. Curiosamente, este tipo de declaraciones provenían, en esta ocasión, de un exitoso financiero de la City y no de un agricultor barbudo francés o un trotskista antiglobalizador. Tras él, eminentes líderes mundiales, desde Nicolas Sarkozy a George Soros, pasando por Joseph Stiglitz o (recientemente) Gordon Brown, han declarado estar a favor de la aplicación de una FTT.

Tanto interés ha culminado en el encargo del G-20 a John Lipsky, director del FMI, de un estudio sobre la posible aplicación de una tasa, todavía por definir, sobre el sector financiero. La iniciativa original, liderada por Peer Steinbrück, ex ministro alemán de Finanzas y justificada bajo el principio de "quien contamina, paga", consistiría en un impuesto de un tipo muy bajo (por ejemplo del 0,05%), con un contenido más amplio que el de la tasa Tobin, que cubriría todas las transacciones financieras internacionales (incluyendo mercados de derivados, etc.), en el marco de sus jurisdicciones.

No es casual, en el contexto de la decadencia de la doctrina del "todo-gobierno-es-malo", que vuelvan las ideas de uno de los grandes economistas del siglo XX, James Tobin, Nobel de Economía en 1981, discípulo de Keynes, asesor de J. F. Kennedy y el más destacado opositor al naciente monetarismo de Milton Friedman, padre intelectual del Consenso de Washington.

La idea, que desde su concepción ha sufrido de mucho contrabando semántico, es poderosa actualmente por su doble dimensión: un simple parámetro podría contribuir a estabilizar las finanzas globales, penalizando los movimientos especulativos a corto plazo (afectando al comercio de manera prácticamente imperceptible) y como recurso potente para ayudar a paliar los costes de la crisis o financiar bienes públicos globales, como la lucha contra la pobreza y el cambio climático. El Instituto Austríaco de Investigaciones Económicas estima que una tasa global de 0,05% podría recaudar hasta 690.000 millones de dólares anuales, lo que equivale aproximadamente al 1,4% del PIB mundial.

No es la primera vez que escuchamos hablar de los beneficios potenciales de una tasa de este tipo, ahora bien, ¿es posible su aplicación? La crisis ha propiciado los cambios necesarios para que así sea. La consolidación del G-20 como nuevo foro para la gobernanza global ofrece un espacio idóneo para el consenso internacional: los países del G-20 representan el 97% de las transacciones financieras internacionales. Asimismo, los planes para extender la regulación financiera internacional permitirían un control mucho mayor del monto total de transacciones. En contra de lo que se piensa, tasas sobre el sector financiero existen en varios países de la UE: Austria, Irlanda, Grecia o Francia. En el Reino Unido, por ejemplo, la Stamp Duty, que existe desde hace más de 100 años, reporta unos beneficios de 7.000 millones de dólares anuales y no podría decirse, precisamente, que la tasa haya expulsado a los inversores de la City. El desarrollo de la tecnología ha permitido que este tipo de tasas sean una fuente de ingresos estable, barata, predecible y eficiente, dado que al dejar las transacciones financieras un recorrido electrónico, son muy difíciles de evadir.

Habida cuenta que la crisis ha costado de media a los trabajadores de los miembros del G-20 más del 30% del PIB es hora de que los responsables de la crisis empiecen a pagar por sus errores. Especialmente cuando, en un marco de verdadera crisis social, los causantes de la crisis están volviendo al business as usual. Son incontables los casos de entidades todavía sostenidas con dinero público que están repartiendo bonus millonarios a sus directivos.

La aparición del debate en el G-20 sobre la necesidad de limitar los sueldos y bonus de directivos constituye otro ejemplo de que los tiempos han cambiado. En el pasado cualquier debate de este tipo hubiera sido impensable. Como sugirió David Miliband, ministro de Exteriores británico, "la diferencia entre el sueldo del consejero delegado y del empleado de tienda, es más el resultado de las normas morales de nuestro tiempo que de las fuerzas de mercado". Comentario significativo, viniendo de un destacado dirigente laborista, cuyo gobierno ha permitido durante la última década los grandes excesos de la City londinense.

Al inicio de la crisis Stiglitz sugirió que la caída de Wall Street sería para el capitalismo lo que la caída del Muro fue para el comunismo. Sin embargo, el potencial cambio real que este nuevo debate internacional pudiera producir está severamente condicionado por la desubicación ideológica de la izquierda. Particularmente ilustrativo resulta el caso de la socialdemocracia en Europa occidental. Véase la crisis interna del partido socialista francés, la caída en picado del laborismo de Gordon Brown, o los pésimos resultados electorales del partido socialista alemán.

La caída del muro de Berlín hace 20 años se tradujo en la progresiva eliminación de las cortapisas que habían moderado el capitalismo, una vez que la desaparición del comunismo no le empujaba a mostrar su lado más humano. Desde los años 90 la socialdemocracia en Europa se sumó al carro del dogmatismo neoliberal, donde la desregulación fue la norma y el progresivo adelgazamiento del Estado una inercia tramposamente inevitable. Así, como bien relataba Sami Nair desde estas mismas páginas, la izquierda no calculó bien la pérdida de identidad que le ha supuesto su adaptación a la globalización liberal.

Precisamente ahora que la crisis ha puesto en cuestión el paradigma neoliberal, han sido Merkel y Sarkozy quienes han liderado el discurso en Europa en favor de limitar los bonus o aplicar la FTT. Incluso fue el presidente francés quien se atrevió a hacer un llamamiento por una "refundación del capitalismo". Nos encontramos ante la paradoja de que los autores intelectuales de un modelo fracasado son los primeros en liderar su reforma.

Pero precisamente ahí está la clave de la cuestión: ¿podría una reforma liderada por los conservadores traducirse en un verdadero cambio de modelo económico y social? La experiencia hasta la fecha sugiere que no. Los encuentros del G-20 en Pittsburg y Saint Andrews han sido decepcionantes. La respuesta política a la crisis debe de ir más allá de un mejor sistema regulador, de estrategias de gestión de riesgos y requerimientos de capital. Se debe aspirar a recuperar el contenido ético que ha estado ausente de los mercados financieros. Y es en ese espacio donde la izquierda debe ser capaz de reinventar su discurso para presentarse como una transformadora pero fiable opción de cambio. La Presidencia Española de la UE es un escenario idóneo para que Zapatero lidere ese proyecto.

Por el momento, el balance no es positivo. Parece como si en esta era de lo posible, en donde lo antes utópico ahora es considerado razonable, la izquierda estuviese agazapada a la espera de pistas que le indiquen por qué latitudes se dibujará el camino hacia un mundo más justo. Por el momento, podría comenzar por abanderar la defensa de iniciativas como la FTT o la necesidad de impregnar de un valor moral las abrumadoras diferencias salariales, para que, al menos, la distancia entre las expectativas de cambio que ha despertado la crisis y los cambios reales sea razonable.

 

                                   12 de noviembre de 2009

 

            El pensamiento de Platón es tremendamente sugerente en todos los niveles, desde su ontología hasta su ética y política, pasando por la teoría del conocimiento. A pesar de la severa, y no exenta de razón,  crítica popperiana a su ideal político, el hecho es que de la crítica que arranca este ideal político platónico es de sumo interés y actualidad. Me refiero a la crítica que hace a la democracia. Pero antes de entrar en este asunto tengo algo que decir sobre su teoría del conocimiento y ontología; es decir, sobre el innatismo y el idealismo. A la larga la razón en la teoría de conocimiento y también en la ontología la ha tenido Platón frente a Aristóteles, no quiere ello decir que la razón sea completa, pero sí más acorde con la ciencia actual. Platón viene a decirnos que el único conocimiento verdadero, universal y necesario, por tanto, es el de las ideas, puesto que las ideas son universales y necesarias. El conocimiento sensible, el que tenemos a partir de los sentidos es un conocimiento aparente, por tanto es doxa, opinión, porque es particular y contingente. Ahora bien, las ideas que tenemos no las hemos aprendido a través de los sentidos, puesto que son sólo racionales. Esto implica que el conocimiento de las ideas es innato, nacemos con ellas. En este sentido dice Platón, el saber es recordar lo que ya sabemos y que lo habríamos aprendido en el mundo de las ideas donde habitan las almas antes de su reencarnación. Esto último forma parte de la mitología platónica para hacernos entender su teoría del conocimiento y de la realidad. Pero la reflexión que yo hago aquí es que se puede actualizar perfectamente desde las neurociencias actuales y la teoría de la evolución.

 

            En realidad, gran parte de nuestro conocimiento, es innato. Es nuestro cerebro el que conoce. Nosotros somos seres inmersos en la realidad, no hay pues una separación objeto sujeto, esto es un mito creado desde toda la tradición occidental. Los orientales tendrían mucho que enseñarnos a ese respecto porque consideran, como así es, el dualismo, como maya, apariencia. Pues como decía, en tanto que estamos sumergidos en la realidad de la cual tenemos noticias a través de nuestros sentidos, que serían como los interface de nuestro sistema, es nuestro cerebro el que modula esta información que no es más que diferentes formas de energía. Nuestro cerebro es una máquina de fabulación que construye la realidad y toda esta realidad viene mediatizada y es posible a través del lenguaje, que no es ningún ente etéreo, sino que tiene su lugar en nuestra estructura neuronal y que además es un producto de la evolución, un mecanismo adaptativo que, en principio, mientras que existe ha triunfado. Nuestro cerebro es el que crea el objeto. No existe el objeto puro y neutro, sí existe la realidad, lo contrario sería el idealismo que nos llevaría a un callejón sin salida que es el solipsismo. Ahora bien, el objeto es tal en tanto que es constituido por el sujeto. Pero para esto último tendrá que llegar kant que considera que el sujeto cognoscente, hoy diríamos el cerebro desde el punto de vista científico, constituye -y esto significa que es parte activa- el objeto. No se puede entender el objeto sin el sujeto. En el sujeto se da lo a priori del sujeto, que son las estructuras del conocimiento que residen en el cerebro y lo a posteriori que es la información, estrictamente física que nos viene por los sentidos. El objeto es una unidad que anula el dualismo. El objeto es una construcción. La realidad, en si misma, es incognoscible, porque es el sujeto el que constituye, construye o hace posible el objeto. Insisto que esto no es un idealismo, ni un subjetivismo, porque en última instancia el sujeto del conocimiento es universal. Y ahora es cuando hay que añadir la teoría de la evolución y hacer una filogénesis del conocimiento. Nuestras estructuras del conocimiento, asentadas en las diversas áreas del cerebro y mediatizadas por el lenguaje son un resultado de la evolución y, además, son comunes a la especie humana, esto es, son universales. No tenemos otras estructuras del conocimiento que las que tenemos como resultado de la evolución. Y ni siquiera podríamos imaginar cómo sería otro mundo pensado desde otras estructuras del conocimiento. Nuestras estructuras del conocimiento, innatas y a priori, son la condición de posibilidad de que se dé el objeto, pero, a su vez, son el límite, no podemos salir de ellas ni ver desde fuera.

 

            Esto me recuerda al asunto del positivismooo científico, corriente de la filosofía de la ciencia que pretende que el conocimiento científico es un conocimiento de los objetos tal y como estos son independientemente del sujeto. El positivismo fue una gran filosofía de la ciencia, pero errónea, lo peor es que quiso trasladar su método al las ciencias humanas y esto es ya peligroso. Me comenta Esteban Mira, del que hemos comentado su obra en este diario, que algunos le acusan de falta de objetividad por introducir una metodología en la que se utilizan los juicios de valor. Pues bien, estas críticas son una herencia de la ya muerta filosofía positivista. No existe el objeto neutro y puro separado del sujeto, ni siquiera en las llamadas ciencias duras o naturales, mucho menos en las “ciencias” humanas. La objetividad es construida, las fuentes no son neutrales, ni en sí mismo, ni a la hora de ser leídas. Pero, como digo, esto no implica, ni un idealismo ni un subjetivismo, porque existen unas estructuras universales del conocimiento que constituyen la racionalidad del ser humano. Hay  que decir aquí también que la filosofía positivista, anclada en el mito de la separación total entre sujeto y objeto ha abonado un mito de la ciencia al que podemos llamar cientificismo que ha sido un fiel aliado del poder precisamente a través de la idea de progreso. Éste último ha sido también considerado como algo inevitable, el destino de la humanidad y que se basa en el conocimiento positivo de la realidad (del objeto) lo cual nos permite a su vez la transformación de la misma. De esta manera, lo único que nos queda es plegarnos a ese desarrollo tecnocientífico. Pues bien, esto no es mas que un enmascaramiento de la realidad y una forma de dominio. Una idea justificadora de la acción del propio poder, en este caso, económico, militar y político.

 

            Vamos ahora con el asunto de la crítica a la democracia. Coincido, como he manifestado en otros lugares, con la crítica que hace Popper al estado platónico, pero considero que la raíz, como adelanté ya, de la construcción de la teoría platónica del estado es en lo esencial correcta. Y lo que viene a decirnos Platón es que la democracia, en tanto que poder del pueblo, es el poder de los ignorantes. Y siendo el poder de los ignorantes nunca podrá ser un gobierno justo. La democracia se rige por la retórica, que parte del presupuesto de que no hay vedad absoluta, todo es verdad, por tanto todo se puede defender. La forma de defender es el discurso. De lo que se trata es de convencer. Si partimos de estos presupuesto el ciudadano nunca va a intentar aprender, salir de la caverna, o –más modernamente- de Matrix. Ahora bien, el discurso retórico está hecho para hacernos ver un mundo de apariencias, un conocimiento meramente opinable. De tal forma que la retórica se convierte en un instrumento de manipulación de las mentes. Si entendemos la retórica hoy en día en toda su amplitud nos damos cuenta de que es omnipresente debido a la omnipresencia de los medios de comunicación. Estos son los que crearán la realidad que el pueblo ve, eliminando otras realidades, en la medida en la que no aparecen en los medios de comunicación. La ignorancia es el no saber que no se sabe, y cuando no tienes la posibilidad de comparar, sopesar, disentir, porque sólo se te presenta un mundo –el que al poder le interesa- entones resulta que el ciudadano está en la ignorancia. Su mente está absolutamente manipulada. La posibilidad de la manipulación de las mentes de las personas hoy en día es inmensa, desde luego que no total, entonces habríamos entrado en el fin. Por eso, en esencia, la crítica de Platón a la democracia sigue vigente, aunque su salida, su teoría del estado totalitario, quizás que no sea la mejor. Lo mejor sería una mejora de la democracia asumiendo el principio general de la imperfectibilidad de la misma. La democracia como una forma de vida y como una construcción diaria que tiene su base en valores universales como el respeto, el diálogo, la solidaridad, la honestidad, la justicia social, la igualdad y la libertad.

 

            Frente a la retórica Platón propone la dialéctica (el conocimiento verdadero o la filosofia). La dialéctica es el paso de lo concreto, el saber aparente y opinable al saber de lo universal, la ciencia. Pero como Platón relaciona el conocimiento con la ética por vía del intelectualismo moral entonces resulta que el conocimiento produce la virtud, además de que el conocimiento es, en sí mismo, una actividad liberadora, porque es precisamente la ignorancia lo que nos tiene esclavizado. El efecto del saber es la virtud y la libertad. Platón es pesimista (o, quizás, realista) y piensa que sólo unos cuantos pueden alcanzar esta sabiduría y que estos serán los gobernantes justos. La ilustración y por eso de ella surge la democracia, piensa que el pueblo, por medio de la educación universal, alcanzaría la ilustración: ser autónomos y libres. Pero me temo que esto fue una ilusión de la ilustración que sería necesario replantear, puesto que considero que el proyecto ilustrado sigue de alguna manera vigente. Lo que es cierto, como hemos comentado antes, es que Platón sigue teniendo razón en lo esencial de su crítica a la democracia, en el sentido en el que los ciudadanos hoy en día por mucha educación universal y obligatoria, siguen siendo esclavos de la apariencia, de la omnipresente retórica del poder a través de los medios de producción.

 

 

                                   12 de noviembre de 2009

 

            Leo un artículo en el diario El País del catedrático de ética y filosofía política, Fernandez Buey sobre lo que se viene diciendo de los estudiantes universitarios en lo que se refiere a su actitud política. Lo  que se viene a decir de ellos es que están despolitizados, que no se interesan por la política, que en otros tiempos los estudiantes eran más activos políticmente. Bien, más o menos, coincido con las tesis de Fernández Buey al respecto y las amplio al resto de la sociedad. En esencia lo que nos viene a decir es que los estudiantes no están despolitizados, sino que están desengañados de la política que tienen; es decir, de la política profesional. Podríamos decir, entonces, que el estudiante, como el ciudadano en general es tan activo políticamente como lo era antes, lo que ha ocurrido, pienso yo, es que el sistema de poder ha intentado absorber la capacidad de acción política. Lo que ocurre es que los gobernantes, los que ocupan el poder ejecutivo, solo quieren que los ciudadanos, estudiantes incluidos, participen de la política de la manera que ellos quieren y tienen reglamentada. En definitiva, es una forma de control de la posibilidad de protesta y una forma de canalizar la acción desde un pensamiento único vehiculado por la supuesta dignidad de las instituciones. Claro, desde este punto de vista y desde esta actitud, cada vez hay menos participación en esta política. El ciudadano en general está asqueado de la política que hacen los políticos. Cada vez participa menos incluso en las votaciones. Es más, está absolutamente desencantado y sabe que al sistema bipartidista al que hemos llegado, en el que asola la corrupción, ética, política y económica, no es de ninguna manera creíble. Por eso el ciudadano y el estudiante rechazan la política institucionalizada que, además, se ha convertido en un mecanismo de control. Las acciones de los estudiantes frente a mediadas políticas, así como la de ciudadanos descontentos son calificadas desde los ámbitos institucionales como radicales y, dense cuenta, peligrosas para la democracia. El cinismo del poder es tremendo. Aunque gobierne una supuesta izquierda, el poder es siempre de derecha y conservador. Ayer precisamente, en clase, hablando yo sobre la pérdida de la capacidad que tenemos de manifestarnos y de hacer huelgas y que a ello ha contribuido el poder, una alumna me decía que lo de la huelga es delicado porque se daña a terceros. Hombre, pues faltaría menos, que presión frente al poder económico y político tiene una huelga, sino es la producir un daño. Toda huelga, como forma de presión, de alguna manera es violenta; pero es lo único que nos queda para enfrentarnos al poder. La actitud de este último, que quiere regular el derecho de las protestas para, dice, preservar el derecho de los ciudadanos, ha eliminado la posibilidad y eficacia de las diferentes formas de presión. Y, por su parte, la actitud de los ciudadanos, que se han vuelto absolutamente recmodones, individualistas y antisolidarios, hace del instrumento político de acción social transfrmadora que son las huelgas y las manifestaciones, una manera radical e inaceptable de hacer política. En definitiva, lo que sucede es que el poder lo tiene todo atado y bien atado. Quiere extirpar el espíritu de rebeldía, quiere perpetuar las actuales formas de poder y de entender la democracia, que no son más que la preservación del borreguismo de los ciudadanos y la corrupción moral y política de la “clase” política.

TRIBUNA: FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Los estudiantes en la escena pública

Los universitarios no están al margen de lo que ocurre. Hacen política pero de manera distinta a la que se realiza a través de los partidos. Quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia

FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY 12/11/2009

Desde hace ya muchos años se viene diciendo que los estudiantes universitarios pasan de la política o la desprecian. Pero ¿realmente es así? Los estudios sociológicos que se han hecho en España y en otros países parecen confirmar esa impresión. Y lo que se escucha al respecto en las universidades parece ir en la misma dirección. La mayoría de los profesores universitarios que tienen contacto directo con los estudiantes fuera de las aulas estaría de acuerdo en que es así. Y algunos de estos profesores lo han dicho en las últimas décadas, unas veces describiendo sin más lo que ven y lo que oyen en las universidades, y otras, con cierta preocupación por lo que consideran desafección de los jóvenes respecto de las instituciones democráticas. También yo he tenido experiencias en estos últimos años que van por el mismo camino. No hace mucho, al anunciar un curso sobre ética y filosofía política, varios estudiantes vinieron a preguntarme de qué iba a tratar en realidad, y ya antes de que empezara a describir el temario, me adelantaron: "Porque si va a tratar usted de ética nos matriculamos, pero si va a hablar de política no nos interesa". Más claro, agua.

Y, sin embargo, quedarse en esta primera impresión o seguir repitiendo sin más precisiones el tópico de la despolitización de los estudiantes resultaría trivial. Deberíamos empezar por preguntarnos de qué estudiantes estamos hablando y de qué hablan los estudiantes cuando dicen que no quieren ni oír hablar de política. Pues, a poco que se investigue sobre la cosa, enseguida se da cuenta uno de que muchas personas de edad, dignidad y gobierno, que se quejan amargamente de la despolitización de los estudiantes universitarios, luego escriben aún más críticamente cuando los estudiantes salen a la calle protestando contra los planes económicos de los que mandan en el mundo, contra el Plan Bolonia o, por la acera de enfrente, contra la ampliación de los supuestos en la interrupción del embarazo o contra las medidas de control de las actividades de los jóvenes propugnadas por tales o cuales ayuntamientos.

Como es evidente que también estas manifestaciones son expresión de actitudes políticas y que en ellas participan muchos estudiantes, no será ocioso preguntarse si cuando decimos que los estudiantes universitarios están despolitizados, o que desprecian la política, no estaremos queriendo decir que no hacen nuestra política, o sea, la política que al patriarca que se queja le gustaría que hicieran. Teniendo en cuenta que la queja de los mayores, profesores o no, sobre la despolitización de los estudiantes está tan extendida como la crítica a las acciones politizadas de minorías estudiantiles que no nos gustan y a las que a veces se llama radicales o antisistema, la segunda pregunta que conviene hacerse es si esto que ocurre ahora es en verdad una novedad.

Yo creo que no, que no es una novedad. En los cuarenta y tantos años que llevo ya en la Universidad, primero como estudiante y luego como profesor, he escuchado tantas veces el mismo o parecido sermón de los mayores, primero sobre la despolitización de los jóvenes universitarios y luego sobre su mala politización, que tengo motivos para desconfiar de lo que ahora se presenta como novedad. Más bien me inclino a seguir considerando el asunto desde el punto de vista del conflicto entre generaciones, latente unas veces y agudo en ocasiones.

Hace 50 años los mandamases y las autoridades universitarias se dividían en dos: los que predicaban el fin de las ideologías y pretendían explicar con eso la despolitización de los estudiantes de entonces y los que, más o menos cínicamente, como el general Franco y sus acólitos, predicaban que había que hacer como ellos, o sea, no meterse en política. Unos y otros se vieron sorprendidos por lo inesperado: la revuelta estudiantil de 1968, que negó en la práctica el fin de las ideologías y negó también la forma autoritaria de hacer política diciendo al mismo tiempo que no se hacía.

Ya eso debería darnos una pista para interpretar lo que pasa hoy. Ahora, los portavoces del sistema político existente y buena parte de las autoridades universitarias no suelen decir ya a los estudiantes jóvenes que hagan como ellos, o sea, que no se metan en política, pero lo que les dicen es una variante de lo mismo, a saber: que no se metan en la política que están haciendo las minorías o que hagan política como mandan los cánones establecidos por quienes los han establecido, o sea, por los mismos que dan consejos. Se entiende que hacer política o meterse en política, según este discurso, tiene que ser necesariamente actuar en el marco del sistema de partidos políticos del arco institucional respetando normas, leyes, estatutos y reglas del juego instituidas por los mayores. Fuera de eso hay peligro (para la democracia). Y aunque quienes repiten eso son muchas veces personas cultas y leídas que se adornan con citas de los clásicos, invierten el célebre verso de Hölderlin: "Donde hay peligro no hay salvación".

Los jóvenes universitarios (y no sólo ellos) perciben la actuación práctica del sistema de partidos realmente existente como una indecencia y el argumento de que hubo en el pasado indecencias mayores les suena a coartada. De manera que hay que ponerse muy cínico para decirles que actúen en política como están actuando los principales partidos políticos del arco institucional (aquí y en otros muchos sitios). Y el disco sobre la otra forma de hacer política, que siempre se les suele poner a los jóvenes cuando las cosas ya huelen demasiado mal o en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones, está demasiado rayado para que alguien quiera oírlo en la época del MP3.

Por supuesto, siempre hay y ha habido estudiantes universitarios dispuestos a emular el cinismo de los mayores, a escuchar discos rayados o a tragarse sapos cum grano salis parecidos a los que se tragan los cínicos de provecta edad y con mando en plaza. Esos son los dispuestos a trepar desde jóvenes haciendo carrera en los principales partidos políticos del arco institucional. Pero si yo no estoy ciego (que podría ser), esos estudiantes son también pocos, una minoría, más minoritaria, desde luego, que la minoría estudiantil radical que realmente hace política hoy en día.

Por ahí se puede entrar ya al fondo del asunto. La mayoría de los estudiantes universitarios no quiere ni oír hablar de política en la acepción que esta palabra tiene hoy entre quienes hacen política institucional o profesionalmente. Pero, en cambio, muchos suelen escuchar con atención lo que se les dice sobre la acepción noble que la palabra política ha tenido en la historia desde los griegos, o sea, sobre la participación de los ciudadanos en los asuntos de la polis o sobre la política como extensión de la ética a la vida colectiva. Y se puede añadir que son bastantes los que, además, actúan en consecuencia. En este segmento hay que incluir no sólo a los estudiantes que actualmente denuncian la orientación principal de las políticas universitarias y elevan su voz crítica frente a medidas de las que disienten, sino también a muchos colectivos y asociaciones que, coincidiendo o sin coincidir en esta crítica, colaboran con organizaciones que dedican sus esfuerzos a la solidaridad con los excluidos, a la lucha contra el hambre, a la defensa de los derechos humanos, a la cooperación con los pueblos y culturas oprimidas, a organizar movimientos sociales críticos y alternativos o a trabajar en lo que se llama altermundismo.

Son estos estudiantes universitarios los que en realidad hacen política de otra manera. Muchos de ellos seguramente dirán a los sociólogos y encuestadores que no quieren saber nada de política. Pero hay que entenderlos: lo que en realidad están diciendo (y eso no siempre cabe en la respuesta a una encuesta) es que no les interesa la política que se hace habitualmente en el actual sistema de partidos políticos. Y no porque estén en contra de la democracia, sino precisamente porque quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia. Así que, en vez de echarles la bronca cotidiana y recurrente por su despolitización o por su mala politización, mejor sería escucharles y colaborar con ellos a la limpieza del ágora. Que falta hace.

                        11 de noviembre de 2009

 

            Caín, la última novela de Saramago. Estupenda, una sátira del antiguo testamento y, por extensión, de la religión. El comienzo es ejemplar, tras una cita de la creación del hombre suscribe en lugar de La Biblia, el libro de éos disparates. Y este es el tono irónico, pero con un alto calado ético y con una intención clara, de toda la obra. Ni que decir tiene lo magistral de su literatura. Otra cosa que se me ocurre es el hecho de que algunas personas tienen una tremenda longevidad intelectual, este es el caso de Saramago. Sus mejores obras comienzan hace treinta años. Todas ellas son metáforas y alegorías, en su conjunto, que tienen una clara intención ética y política. Una unión perfecta entre ética y estética. Esto es de verdad literatura y éste uno de los mayores escritores del siglo XX, que no se queda en el mero esteticismo, siendo un virtuoso del mismo, sino que sus palabras están cargadas de ironía y crítica social. Sus novelas son una forma literaria de análisis de la realidad humana y social, no exenta de compromiso. El intelectual, como ya hemos dicho aquí, debe clarificar, pero no debe olvidar que esa clarificación, siempre limitada, le debe comprometer éticamente, es la limitadísima forma de acción que tenemos, no podemos renunciar a ella.

 

            La crítica al antiguo testamento, fundamento de lo que se ha llamado nuestra identidad europea es devastadora. Podemos leer el libro del antiguo testamento como una muestra de la literatura del mejor absurdo, a éste es al ridículo que lo lleva Saramago en su novela. Pero es que la cosa tiene consecuencias morales. Por eso el libro es un libro de disparates y, además, la creencia literal, como ha sido hasta hace muy poco en el mismo, no es más que un delirio. La religión no sólo es neurosis colectiva, que decía Freíd, sino, delirio colectivo: locura. Pero como digo, las consecuencias éticas son impresionantes. El libro que pasa por ser el fundamento de nuestra tradición religiosa occidental, no es más que un libro en el que se ensalza la ira, la venganza, la muerte indiscriminada, el castigo arbitrario, el exterminio, etnocidio y genocidio, incluso el exterminio de la humanidad entera por parte de su creador. Pero es que el sujeto de todo esto es precisamente el creador. Cómo vamos a apoyar una ética en un creador, señor de todas las cosas, que ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, que es el ejemplo de la arbitrariedad, de la tiranía, de la exclusión de las razas, del genocidio, et, etc. Es una auténtica barbaridad. Este libro no es mas que el libro de un pueblo errante, y su dios no es más que un dios particular que justifica, para domesticar al pueblo, las acciones políticas de los judíos contra otros pueblos. Un dios guerrero, sádico, incomprensible, un ser abyecto, degradado. Lo único que quizás sea verdadero es lo de aquello de que estamos hechos a su imagen y semejanza. Se me ocurre leer el antiguo testamente como una metáfora. En realidad, en tanto que somos hechos a imagen y semejanza de dios, somos seres inmorales, degradados, capaces de lo peor, en lucha por nuestra existencia, para lo cual exterminamos por las artes de la guerra, y sin escrúpulos, al más débil. En realidad, es una imagen del hombre. Por eso el antiguo testamento no es un espejo de moralidad, es un espejo de la naturaleza humana en su sentido biológico. En realidad el antiguo testamento es una religión arcaica, guerrera, que justifica los mayores crímenes de la humanidad en nombre de un dios señor de todas las cosas, pero este dios es un dios particular, hecho a la medida de las circunstancias. En realidad, una auténtica barbaridad. La humanidad tendrá que esperar el surgimiento de nuevos mensaje éticas, basados en religiones o no, para canalizar su propia naturaleza tribal hacia una sociedad más justa e igualitaria, todavía estamos en ese camino. Lo lamentable es pensar que este libro es el fundamente de nuestra cultura, craso error. Pero al entenderlo así podemos entender las cruzadas y las guerras santas, y el exterminio de los indios de América. La historia del cristianismo como institución de poder está ligada al mensaje ético del antiguo testamento. La conquista –grosso modo- de los derechos humanos está ligada al mensaje ético de los evangelios –libros no históricos, hay que decir- que hunde sus raíces también en la tradición budista y taoísta.