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Filosofía desde la trinchera

 

                                    10 de noviembre de 2009

 

            He terminado de leer el libro de mi amigo Esteban Mira. Ya lo he comentado al hilo de éste ramillete de pensamientos. Me parece magnifico, es valiente, perfectamente documentado y bien argumentado. Comparto sus tesis. Además coinciden con mi pensamiento sobre la historia y sobre el género humano. Esteban se dirige de los juicios universales a los particulares y de éstos a los primeros. Sopesa las distintas argumentaciones, baraja todo tipo de fuentes, enfrenta unos argumentos y posturas contrarias con toda su fuerza, no tergiversa. Es un ejemplo de honestidad intelectual. Pero como ya he dicho no es sólo un gran historiador y en su obra nos lo muestra; sino que su metodología me sugiere que le anima una actitud ética admirable. Su metodología se hace desde la actualidad, sin excluir los juicios de valor. El pasado debe ser juzgado para que no estemos condenados a repetirlo. La historia, a mi modo de ver, y así lo hace Esteban debe ser una escuela moral, ética y política. La historia del hombre es una historia de lucha, guerra y exterminio del hombre por el hombre. No es que caigamos aquí en la tesis darviniana de la lucha por la existencia. Esto es un darwuinismo a lo Spencer que no es más que una mala interpretación de la teoría de la evolución y que sirvió como justificante para la ultraderecha y la guerra de razas y la teoría de la identidad. Todas estas ideologías son el cemento con el que se aunó las consciencias que nos llevaron a la guerra total en el siglo XX. El siglo del exterminio. Pero, como decía, no queremos caer en esta tesis, la historia es maestra y nos enseña que el hombre conquista ciertos valores universales, que quizás, no tengan ninguna existencia sustancial, salvo en la capacidad cognitivo afectiva del hombre, y estos valores son los que nos han permitido convivir. Son conquistas de la humanidad, a un pié de perderse. En la historia toda conquista ético-política es provisional. Esto es algo de lo que deben ser conscientes nuestros alumnos, así como los no tan jóvenes entre los que se encuentran los políticos. La pérdida de los derechos procede del olvido, la historia es el camino de acceso al recuerdo y a la clarificación del pasado que nos hace más diáfano el presente. Si queremos aprender, saber quienes somos debemos acceder con veracidad a nuestro pasado y eso nos permitirá un juicio moral sobre la historia y, esto es decir, sobre nosotros mismos, que, a su vez, nos hará posible una propuesta de futuro. El libro de Esteban es una buena muestra de todo esto. La tesis central de la obra la expuse en su momento, pero hay algunas cosas que quería comentar.

 

            En primer lugar, si bien reconocemos junto con el autor el genocidio y el etnocidio que se produjo en la conquista de América por parte de los españoles, también hay que reconocer, como nos sugiere el autor, que la metrópolis fue capaz de crear unas leyes, todo un sistema legal como cobertura para la protección del indio. Ninguna nación imperial hizo esto. Es lo que llama el único aspecto glorioso de la conquista. Es muy interesante este episodio de la historia porque para mi representa un avance ético político y legal de la humanidad, además de decir mucho de la calidad moral de aquellos, con fray Bartolomé de las Casas a la cabeza, que lo hicieron posible. La discusión es de hondo calado filosófico y moral, pero, a su vez, dada su contextualización histórica está cuajada de intereses que van desde lo económico hasta el poder religioso. Quiero señalar aquí sólo una idea. La posibilidad de considerar al indio, igual que después se hiciera con el negro, como persona pasaba directamente por la doctrina evangélica. Al indio no se le consideraba persona porque era un idólatra, no era un infiel, como los judíos o los musulmanes. En tanto que idólatras eran seres salvajes de los que se podía disponer. De ahí que se cometiesen tremendos abusos en nombre de la evangelización, cuando en realidad lo que se buscaba era sus riquezas. Ahora bien, los que defendían a los indios se basaban en los evangelios, pero para ello se requería primero el artilugio legal de declararlos vasallos de la corona; es decir, miembros de Castilla. Y esto es lo que pretendían las leyes de Burgos. Pero, además de este avance legal de la historia, este aspecto glorioso de la conquista, lo que está a la base es la conquista de un concepto moral importantísimo para la modernidad que es la base de la ilustración y de las democracias modernas. Me estoy refiriendo al concepto de dignidad. Si todas las criaturas son hijas de dios y, por tanto son el prójimo y como tal deben ser considerados, lo que se está poniendo sobre la mesa es que todos somos iguales –no hay distinción entre el samaritano, el gentil, el judío, el cristiano, el musulmán- todos somos hijos de dios y como tales participamos de su divinidad. No se puede atentar contra las criaturas que son hechas a imagen y semejanza de dios. Todos somos iguales y hermanos, este es el concepto de fraternidad universal que emana del cristianismos apoyándose en el estoicismo. Recordemos el sentido del cosmopolitismo. El cosmopolita es el que considera que el hombre es universal y que las culturas y etnias son particulares. Que el valor fundamental es el universal. Estamos entonces asistiendo, con la legislación del imperio español, apoyadas en el pensamiento de los lacassianos –que son muchos, como nos demuestra Esteban- al nacimiento del concepto de dignidad que acabara de cuajar en la revolución francesa con la proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano. Y en la revolución americana. Por supuesto que quedaba mucho camino por recorrer, mucho proceso de secularización hasta culminar en la separación de los poderes. Era necesario también el nacimiento de la nueva ciencia, el desarrollo de la razón frente a la superstición, el surgimiento del liberalismo político con Locke, en fin, una larga historia de las ideas de la humanidad que constituyen una gran conquista ético-política. Pero lo que es innengable es que en el pensamiento de los lacassianos y en las leyes de Burgos para la protección de los indios y la eliminación de las encomiendas encontramos un gran paso y el germen ético filosófico. Curiosamente, y valga esto como reflexión a parte, el cristianismo que había sojuzgado a occidente y que es utilizado como ideología para el exterminio del indio y con ello esquilmar su riqueza, guardaba el tesoro ético de la fraternidad y la igualdad. El cristianismo, a su manera, lo quieran o no los ateos indocumentados y progres, tuvo mucho que ver con el surgimiento de los derechos humanos. De todas formas esto era algo común a otras grandes religiones como el budismo o el taoísmo. Digamos que son esos universales éticos que, poco a poco, se han ido expresando a lo largo de la historia.

 

            Otro punto que quería tratar es lo que me parece más débil de la argumentación de Esteban, aunque, por supuesto, su argumentación es absolutamente verosímil. Muchos de los que son contrarios a la tesis del exterminio vienen a decir que la causa del mismo no fueron los españoles sino las infecciones. Los porcentajes de fallecimientos por viruela, gripe,…son impresionantes, llegando incluso al 80% y al 90% en algunas zonas. Desde luego que podríamos decir que sería la primera gran “guerra” biológica de la humanidad, no lo fue, porque no fue intencionada. La defensa que hace Esteban es doble. Efectivamente que la mayor causa de muerte de los indios fue por las enfermedades que contraen de los españoles, pero hay una cosa importante. Si no hubiesen sido desarraigados, esclavizados y obligados a trabajar jornadas interminables prácticamente sin comida la mortalidad hubiese sido menor. Por otro lado, el genocidio y etnocidio, como bien documenta nuestro historiador está perfectamente constatado con documentos y hechos que él expone minuciosamente. Para mí es el punto más débil de la argumentación en la medida en que no podems saber el alcance que hubiese tenido por sí sólo la muerte de los indios por los microbios. Quizás su civilización se hubiese hundido de igual manera. Pero desde luego, una cosa sí es cierta, si hubiese sido sólo a causa de las infecciones no hubiese habido genocidio y nos hubiésemos ahorrado esta barbarie de la historia de España que no podemos separar de la expulsión de los moriscos, los judíos y de la contrarreforma. Obviamente, hay que estar de acuerdo con Esteban y sostener que la historia se explica multicausalmente, que existen diversos factores que intervienen  y que además, pienso yo, las explicaciones son inagotables. Pero de ninguna manera existe una explicación causal unívoca en la historia, esto sería un reduccionismo y, por tanto, un falseamiento de la realidad. Genocidio y exterminio hubo, y a voluntad, y se amparaban en la doctrina de la expansión del cristianismo y del reino de Castilla como reserva espiritual del auténtico cristianismo, los microbios ayudaron, y mucho, pero no son la única causa.

 

            Y el último punto que quería tratar es el de la discusión sobre el determinismo o no de la historia. El autor en la conclusión se plantea este tema y se pregunta si la historia podía haber sido de otra manera. He abordado en otros escritos el tema del determinismo histórico y a ellos me remito, aquí sólo quiero hacer alguna precisión. A toro pasado la idea del determinismo se nos cuela como un prejuicio en nuestra imaginación, es un sofisma un error de argumentación. Cuando conseguimos explicar algún acontecimiento histórico y lo legramos entender, tenemos la sensación de que no pudo ser de otra manera, pero esto no es más que eso, una sensación que unimos inmediatamente a una idea metafísica que es la del determinismo. Una idea consoladora donde las haya porque en definitiva lo que hace es eliminar la libertad del hombre y, con ella, su responsabilidad. De ninguna manera las cosas son así, esto no es más que una ideología y un error de percepción. La historia tiene múltiples bifurcaciones, diferentes senderos que recorrer. Y escoger entre unos u otros depende de la sabia o ignorante decisión del hombre. De ahí que, uniendo nuestro discurso con el principio, la historia es la gran maestra ética y política de la humanidad. Y aunque fuésemos seres biológicamente determinados nuestra experiencia vital es la de la libertad y la responsabilidad que lleva aparejada es ineludible. En definitiva, la lección de la historia es que el hombre debe luchar por la igualdad, la libertad y la justicia universal. Tenemos que perseguir el ideal cosmopolita ético, la globalización de la justicia. En este desorden de mundo en el que vivimos éste debe ser nuestro imperativo ético político. El futuro es borrascoso, pero el hombre es un ser de esperanzas, de ahí que construyese religiones y utopías políticas, que causaron quizás más mal que bien. Nuestra esperanza ya no puede ser utópica una vez que el mundo está secularizado y desencantado, pero la idea cosmopolita, desde la esperanza, debe servirnos como guía de la acción ético-política.

 

09 de noviembre de 2009

 

            Sigo siendo de la opinión de que la crisis en la que estamos inmersos es una crisis sistémica, es decir, una crisis en el sistema de producción. No saldremos de esta crisis mientras que no cambiemos dicho sistema y éste pasa por el cambio a un sistema de decrecimiento, como he ducho ya, económico y de población. Pero por más que pienso y me informo veo más nubarrones en el horizonte. Uno de los más importantes es el de la pérdida de la capacidad de movilización de la ciudadanía. Los ciudadanos han perdido la conciencia de clase y, con ello, su incapacidad de hacer consciente el estado de alienación y miseria en el que han vivido. A ello hay que sumarle la pérdida de convocatoria que los sindicatos tienen. Quiero decir con ello, que los propios sindicatos han renunciado a ser sindicatos de clases, como si realmente las clases sociales hubiesen desaparecido y como de verdad ocurre, hablar de clase social sea políticamente incorrecto y, a la larga, no rentable, ni política ni económicamente. El propio sistema capitalista se ha encargado de engullir tanto a la ciudadanía en general sumergiéndolos en un mundo de apariencias homogeneizados en el que el consumo y el individualismo antisolidario son los valores primarios, como a los sindicatos convirtiéndolos en auténticos farsantes que bailan al son del poder político y económico. Los sindicatos ya no representan ni a los trabajadores ni a los explotados, se mantienen por las subvenciones públicas, no por los afiliados. Tienen, pues, un dueño político claro. Y su existencia está vinculada al tráfico de dinero que los puede mantener. Los sindicatos son hoy en día casi obsoletos. Es increíble que con la crisis económica que vivimos, la gran recesión en la que estamos, ver como los sindicatos participan del gran engaño para seguir manteniendo el mismo sistema de producción que nos ha llevado a donde estamos y lo que nos queda por ver. Porque quizás, como dicen algunos economistas bastante serios, y yo en mi ignorancia sospecho, no estamos más que al principio.  Así que los sindicatos no tienen poder de convocatoria, ni pueden porque pierden su existencia. Los ciudadanos han sido, por su parte, domesticados, de tal forma que han perdido su conciencia de clase. Por medio del aumento del consumo se ha creado una clase media ficticia –que realmente no es más que la clase de los proletarios u obreros, oprimidos por el sistema- en la que el ciudadano ha podido disfrutar de altas cotas de consumo que lo han desanclado de su situación real en tanto que clase productiva explotada. Esto, el consumo desmesurado, basado en los créditos e hipotecas, que han favorecido el aumento del consumo y el crecimiento económico como un gran espejismo, les han impedido ver su propia realidad social. La gran clase media, los trabajadores, somos los que hemos pagado ya con el dinero público ahorrado la crisis de los grandes bancos, pero solo hemos empezado a pagar. Las cosas son mucho peores, el paro aumenta inexorablemente, el poder adquisitivo disminuye, los salarios se congelan o disminuyen, el consumo cae en picado, el estado no tiene para mantener el estado de bienestar, se plantea ya el congelamiento y la reducción de los salarios de los funcionarios. La gran recesión no ha hecho más que empezar. Pero la clase obrera sigue en el limbo del falso ser que es el del consumo. Nunca volveremos a vivir como lo hemos hecho, es el final de un sistema. Sólo nos queda el decrecimiento y para ello es necesario un acuerdo político internacional relacionado, como hemos apuntado ya, con los problemas del cambio climático, la superpoblación y el agotamiento de los recursos. Pero mi pesimismo y escepticismo aumenta cuando no veo esa conciencia de clase que es necesaria para la rebeldía. En tanto que todos somos capaces de comer del pesebre del consumo nos obnubilamos y perdemos la capacidad de reflexión. Es el mejor sistema autoritario que ha inventado el capitalismo ultramoderno. Pero éste no se podrá mantener por mucho tiempo. Espero estar en el error y que ocurran dos cosas. Que emerja una conciencia de clase y que los políticos a nivel mundial sean capaces de poner las medidas para salir de esta gran recesión desde los principios de la filosofía del decrecimiento. Así sea.

 

TRIBUNA: RAFAEL ARGULLOL

Miedo y piedad

El hombre contemporáneo necesita estar anclado en un temor: guerras, catástrofes y pandemias hacen palidecer a los monstruos medievales. Este afán repercute negativamente en nuestra capacidad de compasión

RAFAEL ARGULLOL 08/11/2009

Leyendo el libro del helenista Wilhelm Nestle Historia del espíritu griego me he encontrado un pasaje que parece escrito por un historiador del futuro al considerar nuestra propia época. En este pasaje, alusión al mundo helénico del siglo VI antes de nuestra era, se hace referencia a una explosión demográfica, a migraciones masivas, al aumento de comunicación entre países, a un temor sistemático y a "un ambiente moral caracterizado por la general desaparición de la piedad". Aunque no me entusiasman los paralelismos históricos, forzados la mayoría de las veces, me ha llamado la atención la insistencia de Nestle en la presencia del miedo y en la ausencia de la piedad porque, en efecto, creo que ambos fenómenos son simultáneos y se dan con fuerza también en nuestro tiempo.

En relación al miedo, Nestle opina que los textos procedentes del periodo inmediatamente anterior al Siglo de Pericles denuncian una atmósfera inquietante de amenazas que no siempre están justificadas por los acontecimientos que realmente ocurrieron. Esa sociedad que él estudia mediante los escritos de la literatura épica y de la primera filosofía parece atenazada por signos turbadores pese a que, por lo que sabemos, gozó de una notable prosperidad y alcanzó una sobresaliente capacidad organizativa, sobre todo en la polis del Asia Menor. Sin embargo, la riqueza mercantil, el despegue artístico y los prolongados períodos de paz no fueron suficientes para alejar las señales siniestras que, a juzgar por los testimonios que hemos preservado, irrumpían en el escenario en forma de malos augurios y oráculos sombríos. Si es cierto lo que han dejado escrito los poetas, los hombres de ese momento únicamente superaban un temor cuando ya habían abrazado otro.

Una actitud que, saltados los siglos, resumía muy bien un titular reciente del New York Times: ¿A quién hay que temer hoy? El periódico neoyorkino se preguntaba si el terrorismo seguía siendo la principal fuente de nuestro pánico, como lo había sido en los años posteriores al 11 de septiembre de 2001 o si, por el contrario, habíamos ya identificado otras sólidas pistas por las que avanzar hacia nuestro íntimo temor. La conclusión del artículo era que, en cierto modo, el hombre contemporáneo necesita estar anclado en un temor, del tipo que sea, pero no andar a la deriva.

Las oleadas de males augurios y oráculos sombríos de las que se hace eco la poesía griega son recogidos en nuestros días, puntualmente, por los medios de comunicación, los cuales -como también hacía la antigua poesía- cuando ya han agotado los inevitables capítulos dedicados a las guerras y las hambrunas, orientan nuestros ojos y nuestros oídos hacia inesperadas catástrofes que prometen aniquilarnos y cuyos efectos psicológicos persisten más allá de sus manifestaciones reales. No deja de ser curioso que los principales pronunciamientos oraculares de nuestros días se presenten, revestidos de un inapelable lenguaje científico, en los espacios de información sanitaria, cada día más abundantes y cada día más inclinados hacia el reforzamiento de la intranquilidad de los pobres mortales. Sin dioses y sin sibilas que nos asusten a los humanos con sus presagios, soportamos, no obstante, la autoridad de los expertos que emplean sus artes -o malas artes- para confeccionar el catálogo de los inminentes cataclismos. Sólo en la última década los expertos-videntes han construido a nuestro alrededor, con sus epidemias y pandemias, un bestiario que hace palidecer a los monstruos medievales: enfermedad de las vacas locas; gripe aviar, o porcina, llamada luego, bastante absurdamente, nueva. Cuando el monstruo mayor, la serpiente, el terrorismo parece no ser suficiente para mantener la tensión, surgen en el horizonte estos animales mutantes y terroríficos, cerdos, vacas, aves; es decir, nuestros alimentos convertidos en veneno masivo. Nadie sabe con exactitud el grado de veracidad de todas esas noticias. Lo que es seguro es que tras la sombra de una epidemia aparecerá otra, sea porque alguien está interesado en que así se desarrollen los hechos, sea porque como aquellos hombres del siglo VI antes de nuestra era, no sabemos, al menos por el momento, vivir sin el morboso estímulo de la amenaza y, paradójicamente, nos sentimos más seguros cuando podemos preguntar ¿a qué toca temerle hoy?

Es muy posible, por otra parte, que esta obsesión por el temor, convertido en condición para la supervivencia, repercuta negativamente en nuestra capacidad de compasión. El miedo atenaza y acostumbra a disolver la relación generosa con la existencia a la que está predispuesto el que se siente libre de temor o que se enfrenta sin falsedades a la propia inseguridad que genera la vida. Es más: el miedo transformado en ciega cotidianidad, en algo definitivamente asumido e insuperable, puede llegar a borrar la idea misma de piedad, una suerte de trasto inútil del que no se puede hacer uso alguno en una sociedad milimétrica dibujada para la producción y la posesión.

Hace poco, un profesor de historia de la medicina me comentó que tenía grandes dificultades para que sus estudiantes comprendieran el significado del término piedad. Al sospechar que quizá sus oyentes otorgaban a la palabra una connotación religiosa recurrió a una especie de traducción laica y se refirió a filantropía. Con el cambio algo ganó, pero no mucho, y el hombre estaba desesperado porque pensaba que sus estudiantes, precisamente por ser de medicina, tenían que ser los primeros en reconocer el sentido profundo de la piedad. Era chocante, desde luego, esta ignorancia en buena parte de los futuros médicos, los cuales, muy probablemente, llegado el momento, no se sentirían demasiado obligados a colgar de la pared de su despacho el Juramento Hipocrático, juzgado como definitivamente anacrónico en la época de la eficacia y la funcionalidad.

No es de descartar que esa misma dificultad relatada por el preocupado profesor de historia de la medicina se pueda extender a todos los ámbitos, a excepción, tal vez, de aquellos que, enfrentados a la pobreza y a la desigualdad, han convertido la compasión en una pasión. Fuera de estos casos, afortunadamente bien representados asimismo en nuestra época, no parece que la práctica de la piedad obtenga un sitial relevante en nuestras escalas de moralidad. El prestigio de que goza entre nosotros la posesión inmediata de las cosas y el acatamiento del utilitarismo en todos los órdenes deja pocos resquicios para una actividad poco rentable o cuya rentabilidad se mide a través de esta lentísima acumulación que caracteriza a los procesos espirituales.

No es que estemos dominados por la impiedad, malvados a conciencia, por así decirlo, sino que, para demasiados, la piedad ha dejado de formar parte del rompecabezas humano. Escuché atentamente, semanas atrás, al ejecutivo de France Telecom al que se hacía directamente responsable de la epidemia (de nuevo una epidemia) de suicidios entre trabajadores de la compañía que no habían podido soportar más situaciones de oprobio e indignidad. Como desconozco el asunto por dentro, me he formado una idea a través de las informaciones que no me permite juzgar con detalle lo sucedido en la empresa. No obstante, sí puedo emitir un juicio sobre el alto ejecutivo de acuerdo con sus explicaciones: este hombre, acusado indirectamente de 25 muertes, magnífico especialista en balances y reajustes, brillante con los números, habló tres cuartos de hora con buenos recursos oratorios sin dedicar un solo segundo a algo parecido a un ejercicio de piedad. Cuando apagué el televisor pensé que se sentía "un héroe de nuestro tiempo". Acaso con razón.

Pero tampoco es necesario dejarse aplastar por esta percepción. La mezcla de temor y falta de piedad detectada por Wilhelm Nestle en el siglo VI antes de nuestra era no impidió el advenimiento de una época espléndida que, pese a muchas penurias, acogió a la democracia, el arte clásico y la filosofía. La tragedia ática nos lo explica maravillosamente al combatir el temor mediante la catarsis, y al proponer la compasión como el vínculo más elevado que une a los seres humanos. Sería un consuelo pensar que también en esta actitud podamos, quizá pronto, encontrar similitudes entre el pasado y nuestro tiempo.

 

                        06 de noviembre de 2009

 

            Vivimos un problema tremendo de superpoblación. Y este problema no se puede desligar del del cambio climático y del modelo de crecimiento que conlleva la economía neoliberal. Hoy más que nunca las tesis de Malthus están al día y en lo cierto. En un planeta limitado en recursos es necesario un límite del crecimiento de la población. Todos los datos señalan que la pobreza y el hambre en el mundo aumentan progresivamente, y este aumento está relacionado con el crecimiento de la población. Es insostenible este nivel de crecimiento, la tierra no lo soportará. Pero el problema se torna todavía más inmoral. Los que siguen creciendo demográficamente son los países más pobres, donde el hambre se ceba más. Desde los países desarrollados no ponemos los remedios para evitar esto, ni para solucionar el hambre. El dinero dedicado este año a la erradicación del hambre en el mundo sólo representa un dos por ciento del dinero que los EEUU. introdujeron en bancos, aseguradoras e instituciones hipotecarias, todas privadas y con altos rendimientos para intentar solucionar la crisis. En verdad que este mundo es absolutamente irracional y que la única justificación de las guerras es la conquista y saqueos de los recurso. Probablemente a los países más ricos no les interesa para nada salvar a la población que paulatinamente va muriendo. Quizás tenga razón Susan George en su libro de política ficción Informe Lugano, el plan es que solo vivan 2.000 millones de habitantes, el resto tiene que desaparecer, ya veremos como. Pero esto último es tremendamente inquietante. Leo hoy en una entrevista a un ecólogo de poblaciones que precisamente la cifra adecuada de sostenibilidad del planeta sea la de 2.000 millones, curiosa coincidencia. La cuestión crucial es cómo podemos llegar a este decrecimiento en la población. Lo paradójico es que los países ricos no van a crecer en sus poblaciones, pero sí los muy pobres. ¿Qué vamos a  hacer en un mundo globalizado cuando los hambrientos quieran comer como nosotros? Encima a esto hay que sumarle el hecho de que el cambio climático, un hecho ya establecido, producirá cada vez más inmigrantes ecológicos. ¿Cómo podremos resolver estos problemas? Y encima los países ricos no quieren oír ni hablar del decrecimiento económico, sin éste es inviable la supervivencia de la humanidad. Pero permítaseme un tono escéptico y pesimista. La historia de la humanidad es una historia de guerra, conquista, saqueos, exterminios, el siglo XX ha sido el peor de todos porque hemos tenido la tecnología que nos ha permitido matar masivamente.  La cuestión que hay que pensar ahora es si el futuro será distinto. Me temo que no. Los políticos y el poder económico no están poniendo los medios para que esta situación se solucione, al contrario, sólo trabas. La acción política es un pensamiento a corto plazo y limitado por tremendos conflictos de intereses. Somos un cáncer para el planeta, pero el planeta tiene capacidad inmunológica para curarse. El cambio climático no es más que una sinergia, una respuesta causal compleja del planeta en su conjunto para adaptarse a las nuevas circunstancias de un alto porcentaje de CO2 en la atmósfera. Claro, el resultado de ello es la inhabitabilidad del planeta para innumerables especies (recordemos que estamos asistiendo a la mayor extinción de especies de toda la historia de la evolución y, además, con un origen antropogénico) entre ellas el hombre que se verá reducido a una mínima expresión desde el punto de vista de las tesis más pesimistas como es la de Loveloc, el autor de la teoría de Gaia. Esperemos que aún estemos a tiempo para resolver o paliar este problema límite al que nos enfrentamos. Existen, en tal caso, dos decrecimientos necesarios, el económico y el de la población, y ambos están ligados causalmente. Sin ellos el colapso civilizatorio es sólo cuestión de tiempo. Basta ya de creer que el desarrollo tecnológico resolverá los problemas. Con ese cuento nos llevan engañando desde mediados del siglo pasado, más exactamente desde los años setenta. De todas formas es una idea equivocada que procede de la ilustración y que tiene su base en la secularización de la idea de progreso. No es necesario ser tecnófobo para apreciar la falsedad de esta idea, sólo hay que ir a los datos, los índices de pobreza han aumentado, la desigualdad ha aumentado, los recursos han disminuido, la población ha aumentado casi exponencialmente, el cambio climático es una realidad y sus efectos ya se dejan sentir en amplias zonas del planeta que están provocando inmigración ecológica. En fin, el futuro es tremendamente incierto. Mientras tanto nuestros mandatarios discuten de trivialidades. Hasta cierto punto el hombre es un ser “caído” incapaz de ponerse en el lugar del otro. Ha hecho de la guerra una profesión y una forma de vida. Tenemos las armas suficientes para exterminar a gran parte de la humanidad. ¿Será éste el recurso que utilizaremos como hemos hecho a lo largo de la historia cuando nos hemos enfrentado a un problema ecológico de recursos?... no me atrevo ni a contestar.

 

 

                                               06 de noviembre de 2009

 

            Magnifica la obra de mi amigo y compañero de profesión Esteban Mira Conquista y destrucción de las indias. 1492-1573. Es una obra valiente, contra los verdades establecidas. Una obra rigurosa que quiere redimir a las víctimas y en la medida en la que la historia lo permite hacer justicia. El autor, sin participar de la leyenda negra, que analiza como un discurso interesado construido por los europeos para combatir propagandísticamente contra el imperio español, considera y demuestra que la conquista de América fue una destrucción casi total de un mundo, una civilización, una cultura. Fue un exterminio, etnocidio y genocidio. La obra está profusamente documentada. Hay en su interior un debate entre las distintas posturas. El autor las sopesa y ve los puntos fuertes y débiles de cada una. Su metodología es interesante. Hace una crítica al historicismo y a los que intentan justificar lo injustificable a partir de la situación histórica. Considera que hay universales ético, independientemente de que hubiese una declaración de derechos humanos y una legislación que proteja al débil. La conquista de América fue un exterminio del fuerte por el débil, cosa que no debe sorprender porque siempre ha sido así. También hicieron lo propio el resto de las naciones europeas que participaron en esta conquista. La historia está sembrada de cadáveres en nombre del progreso y la civilización. El débil siempre ha sido considerado el bárbaro. La civilización se ha asentado en la fuerza. La conquista-destrucción de América por los españoles tiene una justificación ideológica que pretende encubrir la masacre. Esta ideología se basa en la identidad nacional, la misma que lleva a la expulsión y exterminio de judíos y musulmanes de España. Se pretende recuperar una España eterna, salvadora y guardiana de los valores cristianos civilizados de occidente. Todo esto es ideología, apariencias creadas por los poderosos para justificar su ansia de poder y de dominio y para saquear los recurso de los otros. Nada especial tenemos aquí los españoles, esto es común a la historia porque es común al género humano. Es necesario negar la leyenda negra, porque es una construcción cínica de otras naciones contra España, igual que hay que negar la leyenda rosa española que nos viene a contar que los españoles redimieron de la barbarie, cristianizaron y modernizaron el nuevo mundo. Patrañas, para justificar los crímenes cometidos bajo la ideología de la identidad que hemos comentado antes. Fue un genocidio, como lo fue lo que hicieron los ingleses en Norteamérica. Es muy interesante la metodología de Esteban cuando pretende explicar la historia desde la actualidad. El historiador debe tender a la objetividad e imparcialidad, pero es inevitable la contextualización del discurso histórico. Y todo historiador tiene su contexto. Y, además, se puede y se debe hacer un juicio de valor, tras los análisis objetivos e imparciales, si queremos extraer alguna enseñanza moral y política de la historia. En fin, una obra fantástica, valiente, esclarecedora y clara, erudita y, a veces sabia, por el tono ético que la anima. La historia debe ser un instrumento para la justicia y para el crecimiento ético de la humanidad, si intentamos falsificarla estamos condenando nuestro propio futuro.

 

 

                                   05 de noviembre de 2009

 

            Muy interesante la obra que estoy leyendo del biólogo y filósofo Maturana, La realidad, ¿Objetiva o construida? A partir de sus estudio biológicos saca unas consecuencias que se sitúan en el ámbito filosófico. Nos ofrece toda una cosmología con dos pilares básicos que son una ontología y una teoría del conocimiento. Pero de ello se desprende también una teoría de la sociedad y del hombre. Maturana es materialista emergentista y cree haber descubierto una serie de característica en los seres vivos que son básica en todos los sistemas emergentes hasta que se llega a la sociedad humana. En cuanto al conocimiento la tesis fundamental de Maturana es que, de alguna manera, la realidad es construida, porque depende de nuestra estructura cerebral que tiene un funcionamiento interno que después se correlaciona con el entorno. En definitiva, es nuestro cerebro, como resultado de la evolución el que modula la realidad. Por tanto el conocimiento es innato, lo que hace nuestro cerebro de forma a priori es modular y fabular (crear una narración creíble, con sentido) la información que nos viene a través de las sensaciones que nos conectan con el entorno. Se rompe también el dualismo mente cuerpo y sujeto realidad. Maturana estaría de esta manera en la línea de los neurofisiologos LLinás con su El mito del yo y Francisco Rubia El cerebro nos engaña y El mito de la libertad. Tanto el yo como la libertad son construcciones internas y automáticas que realiza nuestro cerebro como instrumentos que hacen consistente la imagen o narración que hacemos sobre la información que nos viene por los sentidos, tanto los externos como los internos. Todo esto no tiene porqué hacernos caer un idealismo. La realidad existe, pero no es independiente de nosotros, nosotros estamos inmersos en esta realidad e interactuamos con ella. El conocimiento es una forma de interactuar. Vivir, por tanto, aquí se asemeja a las tesis de Popper, es conocer. Éste es el carácter evolutivo del conocimiento. Lo que ocurre es que Maturana no es un darwinista ortodoxo, considera que el mecanismo fundamental es la deriva genética y excepcionalmente la selección natural. Hay una semejanza aquí también con Gould. Todo esto es tremendamente interesante y nos replantea una nueva ontología y una nueva teoría del conocimiento. Pero lo curioso y lo sugerente es que nos ofrece una imagen sobre la sociedad humana. La sociedad humana emerge de los seres vivos y por tanto tiene en su base la característica fundamental de estos que es la autopoiesis. Lo que hace al hombre ser tal es el lenguaje, de tal forma que podemos definir al hombre como el ser que conversa, pero el lenguaje, que nace de la comunicación emocional -con lo que la base del desarrollo humano es la cooperación, no la competencia, cosa muy interesante para reorganizar las sociedades actuales y realizar una crítica a la política neoliberal- recrea la sociedad. El hombre vive inmerso en la realidad lingüística que es la conversación, el lenguejear, o hablar que diríamos nosotros. No es el hombre el que crea la sociedad, la cultura, sino el lenguaje. Y éste es la condición de posibilidad para que podamos existir porque somos animales sociales y en tanto que tales vivimos de la comunicación. Se resuelve también el conflicto entre el individuo y la sociedad. El individuo se construye socialmente porque se construye a partir del lenguaje. No hay individuos sin sociedad. Entonces una sociedad es un conjunto de conversaciones y, como tales y como los seres vivos, tienden a ser conservadoras. Y este punto es muy interesante para las reflexiones que sobre el poder venimos haciendo. Para que una sociedad o cultura cambie es necesario que una nueva conversación sea admitida. Pero todo sistema social, como todo ser vivo, tiende a permanecer en su estado como forma supervivencia. De ahí que las sociedades sean conservadoras e intenten eliminar cualquier forma de discurso que las ponga en cuestión porque las consideran como una amenaza. Y de ahí que sean difíciles los cambios y cuesten vidas y desastres. Pero también es curioso que cuando una nueva conversación, un lenguaje que nos hace recrear una nueva realidad y entendernos a nsostros mismos de otra manera, triunfa, pronto se hace así mismo conservador. Esto nos explica el fenómeno de la institucionalización de las ideas más revolucionarias y el hecho de por qué el poder es siempre conservador. El poder protege, como imperativo y de forma inconsciente, las conversaciones y narraciones que dan identidad a una sociedad, lo contrario sería atentar contra nuestra propia existencia. Curiosa base biológico-antropológica de la inmovilidad de las instituciones y del conformismo del pueblo. Cada vez vamos encontrando más datos de porqué el poder se perpetua y los ciudadanos se conforman. La democracia sería, entonces, una forma de conversación que intentaría trascender la propia naturaleza humana, por eso la democracia tiende también al asentamiento institucional de tal forma que se transforma en mera cáscara, algo puramente formal. Quizás, entonces la ilustración fue una gran ilusión. De todas formas los cambios en las sociedades siempre vienen por la introducción de una nueva conversación y a esto no debemos renunciar las consciencias críticas y tampoco a nuestro deber de desenmascarar ante el público las apariencias. Los cambios sociales, bruscos o no, siempre han sido así.

 

                                   05 de noviembre de 2009

 

            Suscribo todo lo que dice el señor Leguina, economista y expresidente de la comunidad de Madrid, en su artículo de hoy en el País, mangoneo y corrupción. La corrupción en la política no es generalizada si entendemos que la mayoría de los políticos no se enriquecen de la política. Ahora bien, la corrupción procede de lo que llama el mangoneo; es decir, entrometerse en asuntos ajenos a la propia política, pero que otorgan poder. Éste es el caso de las recalificaciones de terrenos, las adjudicaciones de obras, las decisiones sobre cargos en empresas privadas y cajas. En fin, todo esto que todos sabemos. Esto no es corrupción desde el punto de vista legal, pero sí desde el moral y democrático. Pero la corrupción empieza en los partidos políticos y acaba en los ciudadanos, me refiero a la corrupción moral. Los partidos políticos no son internamente democráticos, y esto lo exige la democracia y la constitución, son financiados privadamente, con lo cual están sujetos a favores. Sus listas son cerradas y los parlamentarios están obligados a la obediencia de voto, con lo que no son más que convidados de piedra del grupo parlamentario. Se elimina la disidencia y la crítica, se reafirma el autoritarismo. Los partidos tienen en sus manos resolver estos problemas, pero no lo han hecho, no lo hacen, ni lo harán, porque esto es perder poder y privilegios. Los políticos son peones de poderes fácticos más abstractos y poderosos. Para el cambio democrático sería necesario una regeneración de la democratización de los partidos en profundidad. Pero el mal se hace casi irresoluble cuando la corrupción afecta a la propia ciudadanía en la media en la que ésta la consiente. Los ciudadanos no castigan a sus partidos, se mantiene fíeles al voto. El ciudadano es el último responsable de la política que tenemos. Si esto se mantiene así, la regeneración de la vida democrática y política es imposible. La partitocracia oligárquica se seguirá imponiendo y pronto será demasiado tarde, el sistema de control de las consciencias está en marcha y la caverna de las apariencias está abierta para todos junto con las cadenas de la ignorancia.

 

TRIBUNA: JOAQUÍN LEGUINA

Mangoneo y corrupción

JOAQUÍN LEGUINA 05/11/2009

Por razones fáciles de entender, últimamente se escucha con frecuencia la siguiente sentencia: "No todos los políticos son iguales", lo cual es una obviedad, aunque se diga con intención de defender la honradez de los más frente a la corrupción de los menos. Y es una obviedad porque los políticos, como cualesquiera otras personas, son únicos e irrepetibles... Pero el recordatorio no sirve absolutamente para nada, pues ni siquiera trata de aportar solución alguna contra la marea negra que está cubriendo de basura a la política española.

Pero, ¿en verdad, la mayoría de los políticos son honrados? Si por honrado se entiende aquel servidor público que sólo se lleva para casa su sueldo, puede afirmarse sin demasiado riesgo que la mayoría de los políticos españoles son honrados. Pero el calificativo de honrado exige, a mi juicio, alguna precisión más. Por ejemplo, en torno al mangoneo. (Mangonear: entremeterse uno en cosas ajenas, pretendiendo mandar y disponer). Vamos a ello.

Durante algún tiempo hemos asistido -y asistimos- perplejos a manejos sin cuento en torno a la presidencia de Caja Madrid, y resulta escandaloso, pero no estamos ante algo nuevo, sólo contemplamos un mangoneo que es más espectacular que otros por practicarse éste con luz, cámaras, micrófonos y taquígrafos. Pero algo parecido ya ocurrió cuando, no hace tanto, vimos colocar sin ruido al frente de grandes empresas recién privatizadas (y también de Caja Madrid) a un grupo de amigos personales de Aznar, el entonces presidente del Gobierno, y no fue cosa muy distinta de la que pretendió hacer después Rodríguez Zapatero con Endesa y otras empresas energéticas... ¿Y qué preside, si no es el mangoneo, las concesiones de televisión o de las frecuencias de radio por parte de los distintos Gobiernos, ya sea el nacional ya sean los regionales? En fin, también el mangoneo manda a la hora del otorgamiento de contratos de obras o servicios públicos. Buena parte de las recalificaciones de terrenos no tienen otro origen que el mangoneo, y mangoneo sigue siendo que, por ejemplo, en Cataluña no haya forma de ganar un concurso público si la empresa o el individuo no tienen el domicilio en aquellas tierras.

Bien se ve, pues, que el mangoneo en España es el rey de la vida política. Una colonización ilegítima realizada por todos los partidos y que abarca a otros muchos aspectos de la vida social, judicatura incluida.

Pues bien, la corrupción no es otra cosa que un mangoneo remunerado. Por lo tanto -por aquello de que quien evita la tentación evita el pecado-, si los partidos quisieran, de verdad, acabar con la corrupción, tendrían que renunciar al mangoneo... pe

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ro eso -creo yo- va a ser mucho pedir.

Claro que algún ingenuo se preguntará si es evitable el mangoneo e intentaré darle respuesta.

No se trata de una utopía como tantas de las que han querido y quieren erradicar el mal de los corazones humanos, no es eso. Se trata de algo más sencillo, pues el objetivo es simplemente ponérselo más difícil a los potenciales corruptores y corruptos. ¿Cómo? Haciendo que las decisiones en el ámbito público sobre recalificaciones, contratos de obra o de servicios, concesiones, nombramientos fuera del ámbito estrictamente político (por ejemplo: Cajas de Ahorros), intervención en empresas y actividades privadas... estén: a) regladas y b) sean objeto de decisiones colegiadas por personas que no estén sujetas a mandato imperativo y sean elegidas con criterios estrictamente profesionales. De esta suerte, los políticos recibirían menos visitas interesadas y podrían dedicar ese precioso tiempo a solucionar algunos problemas, que buena falta hace.

Otra visión optimista a este propósito asegura que "no es que ahora haya más corrupción que antes, lo que ocurre es que ahora se persigue -judicial y policialmente- con más eficacia y ahínco". Pero ésta es una afirmación tan cándida como metafísica y, por tanto, vacía, pues resulta imposible comprobar mediante datos fiables si lo que se afirma es verdadero o falso.

Mas, sea como sea, estos escándalos encadenados que salpican -aquí y acullá- todo el mapa de España componen una mezcla explosiva cuando se juntan en el tiempo con las colas del paro, las cuales se comportan como tenias en el intestino de la sociedad española. Solitarias que siempre acaban por reproducirse, para seguir consumiendo el alimento (la fuerza de trabajo) que habría de servir para una sana supervivencia colectiva. Porque, digámoslo de una vez, el mercado laboral español es un desastre en el cual una buena parte de nuestra juventud naufraga entre contratos laborales encadenados y efímeros. Unos trabajos sin perspectiva de futuro, con la amenaza, siempre presente, del despido y donde abundan los gestores empresariales cuya especialización parece ser la de echar gente a la calle. No hay en el mundo un país que gaste -proporcionalmente- más dinero que España en formaciones profesionales de todo tipo. Dinero tirado, pues son aprendizajes que no sirven para casi nada en el campo laboral.

Una mezcla explosiva, sí, la de la crisis y la corrupción. Una conjunción perversa en la cual puede estar el germen del populismo... o de la abstención masiva... Y ante este deterioro, ¿qué van a hacer los grandes partidos? Lo diré en pocas palabras: mucho tendrá que apretarles el zapato para que se decidan a renunciar al mangoneo, fuente de toda corrupción. Lo más probable es que no hagan nada práctico. Y no lo harán porque los partidos españoles tienen una bien acreditada fama de no querer autorreformarse, y tampoco están dispuestos a descolonizar lo que han colonizado... Unos partidos que no quieren ni oír hablar del artículo 6 de la Constitución, que les obliga a ser democráticos en su estructura y funcionamiento. Unos partidos que, asimismo, desprecian otro artículo de la Constitución, aquel que obliga a una selección de personal -en la esfera pública- en la cual han de primar "el mérito y la capacidad". Unos partidos que se han dotado de unos reglamentos parlamentarios que ningunean a los diputados y a los senadores reduciéndolos al triste papel de meros ejecutores de un ente burocrático llamado "Grupo Parlamentario". En fin, unos partidos que están encantados de haberse conocido.

Pero hay a este respecto una hipótesis aún más pesimista que me cuesta aceptar y se resume así: la falta de interés de los partidos en cortar de raíz la corrupción nace de la propia sociedad. Por un lado, la plaga del sectarismo y su transformación en un electorado fiel, incapaz de castigar a sus adoradas siglas y, por otro, la trivialización de la moral pública. Todo lo cual conduce a la minimización del impacto electoral de las malas conductas. Si a eso se añade la generalización de una corrupción -que afecta a todos los partidos-, el electorado llega fácilmente a la conclusión de que se está ante una especie de gripe que llega inexorable con el invierno y que es inherente a la actividad política... y por eso es preciso acostumbrarse a convivir con ella...

Mas no es necesario tener la fe de Gramsci para intentar evitarlo y actuar, siguiendo aquel viejo criterio según el cual al pesimismo de la razón siempre cabe oponer el optimismo de la voluntad.