No sé si esta iniciativa (la reunión de los máximos científicos en España: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/09/26/actualidad/1411753317_144584.html) es buena o hace de la ciencia un espectáculo. Supongo que lo es. Pero lo que sí está claro es el nivel de analfabetismo que inunda nuestro país. Los españoles no son capaces de nombrar a ningún científico importante, actual o histórico, pero tampoco son capaces de nombrar a ningún filósofo, poeta, pintor, arquitecto. Nada de nada. Y, mucho menos, el significado de su obra. Es absolutamente lamentable. Sigo insistiendo en el dilema platónico: la democracia no es un gobierno justo porque es el gobierno de los ignorantes. Dicho de otra manera. Un país no puede ser democrático cuando el periódico más vendido es el Marca, creo y cuando la televisión se reduce a programas basura de los que se vierten falsos valores que, como diría Rousseau, corrompen al hombre. Ante todo esto la educación, encima, tal y como está, tiene muy poco que hacer.
De nada, Miriam. Supuse que te iba a interesar. La actitud es la del respeto. Por eso al mundo árabe le falta una Ilustración que es la que acaba con la superstición religiosa, con su poder, con su relación política con el estado y la relega a su lugar natural que es la creencia privada. Por supuesto que están autorizados a intervenir en el debate público, pero desde la isegoría, la misma posibilidad de hablar y expresar ideas y creencias para todos. Entonces tienen que verse obligados a admitir las ideas del otro y dialogar con él en pie de igualdad, no desde la postura de la posesión de una supuesta verdad. Esa es una de las conquistas de la Ilustración que costó siglos y cintos de miles de muertos. Y, aún hoy, el cristianismo quiere ser una voz especial. Por otro lado el pueblo debe ser educado en el hecho religioso y su historia, no adoctrinado. Porque somos animales religiosos, en primer lugar, y porque somos hijos de nuestra tradición la cual debemos conocer. Así mismo, la pérdida de la religión es una pérdida de valores, de ética y de espiritualidad. Por eso es necesario su conocimiento. El hombre, como ser religioso, busca otros dioses. Y los dioses que se nos ofrecen hoy en día son tan peligrosos como los tradicionales: el éxito, la eterna juventud, la belleza, el dinero, las nuevas tecnologías, vivir el momento (pero no en sentido espiritual, sino hedonista-nihilista) De ahí tanto desasosiego. Porque en estos dioses no hay espiritualidad, no emana el bien ni la justicia, todo lo contrario, fomentan la ignorancia, la competitividad y el egoísmo. El ateísmo, que también es mi postura, no debe nunca abandonar la ética. Debe ser militante. Es decir, tiene que intentar convencer a los demás de las supersticiones en las que viven, ya sean religiosas o falsas espiritualidades, o pseudocientíficas. El ateísmo debe ir acompañado de una ética civil que es el laicismo que implica una democracia radical, no lo que tenemos ahora. Me alegro que te haya interesado.
Todo nacionalismo es mítico. Es decir, todo nacionalismo es un irracionalismo y se alimenta del milenarismo mesiánico. Así surgieron en el siglo XIX y así siguen siéndolo en el XX. El español, lo mismo. Y lo hemos sufrido en su mayor esplendor durante el franquismo, todos. Y ahora lo volvemos a sufrir con nueva fuerza con el gobierno de la derecha. Pero el nacionalismo independentista catalán es de libro. Cumple todas las características de lo que es el mesianismo en el mito nacionalista. ¡Qué le vamos a hacer! Así es la historia. Se independice o no Cataluña, lo que me da exactamente igual, no evita la verdad histórico-filosófico e incluso teológica de la relación del nacionalismo con el mito y, por cierto, de su exclusión democrática. Porque es una creencia compartida, una ideología, una religión y no una idea que se pueda discutir. Y la democracia, que no la hay en ningún lado, por otra parte, se alimenta de ideas, del logos, no de creencias.
La educación acabará privatizada prácticamente en su totalidad. Los centros públicos serán marginales y su gestión se parecerá más a una gestión privada-empresarial que a un servicio y función pública. Se ataca a la educación pública, a la sanidad pública, a la justicia…y se ataca a los funcionarios, sustentadores del estado. El camino está claro. Lo que quieren los poderosos está claro. Una escisión clara entre ricos y pobres, fuertes y débiles, élite y marginados. Y, si de paso, todos esos marginados van muriendo, pues nos encontramos un alivio para el problema de la superpoblación.
Es insoportable la actitud moral paternalista y acusadora de la iglesia en España. No es de recibo que una organización religiosa, sostenida con dinero público, casi absolutamente, quiera marcar las reglas morales de toda una sociedad éticamente plural, o, lo que es lo mismo, democrática. Es, simplemente, un acto de cara dura, de sinvergüenza, en el sentido moral de la palabra. Es decir, aquel que no siente vergüenza de las consecuencias de los actos. La iglesia debería callar. O, mejor, pedir perdón a toda la sociedad española por sus crímenes, no sólo del pasado de la inquisición, centro europeo del terror, sino de su connivencia con el franquismo, absolutamente demostrada por los historiadores. Su último gran crimen fue la participación activa en el genocidio franquista y su plan de exterminio. La iglesia no tiene vergüenza. Tenía que asumir que se debe autofinanciar y no chupar de la teta del estado y luego pretender, habiendo sido una organización absolutamente criminal, dar lecciones de moral. Esto es de juzgado de guardia. Y no se deberían permitir estos discursos que atentan contra la libertad de acción y de pensamiento de todos los españoles. Para empezar hay que cortarles el grifo del dinero a estos señores, en segundo lugar hay que desalojarlos de la escuela pública y en tercer lugar, hay que aclararles qué lugar ocupan, en pie de igualdad, con el resto de españoles y organizaciones no gubernamentales y religiosas. Y, por último, deberían pedir perdón por los crímenes del genocidio franquista de los que fueron, no sólo consentidores, sino personal muy activo y comprometido.
Sobre todo lo del mito rouseauniano del buen salvaje, que, ni si quiera el mismo Rousseau defendió. Los nuevos pedagogos deberían leer de nuevo el Emilio de Rouseau. El objetivo de la educación es alcanzar la virtud y si se educa en ella es porque la tendencia natural es el vicio y es de lo que partimos. Lo del buen salvaje no está en el Emilio sino en el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Y el mismo Rouseau, cuando habla del estado primitivo, nos dice que éste nunca existió, que está contando un cuento, una alegoría para que entendamos en qué consiste la bondad y la virtud hacia la que debemos caminar. De nuevo partimos del vicio o de la tendencia al mal. Los niños no son ni enteramente inmaculados ni perversos demonios. Son animales sociales que se construyen a través de sus relaciones. Y son éstas las que los convierten en una cosa o la otra o, lo más normal, una mezcla en perpetua lucha interior. Los pedagogos se inspiran en Rousseau, pero éste habló metafóricamente. Su intención era la crítica del progreso. Es decir la unión de progreso científico técnico y bondad ético-política. Fue el primero que se dio cuenta de este error ilustrado que ahora los pedagogos, como los economistas ortodoxos repiten. Y así nos va.
Percibimos más el acoso simplemente porque se ha amplificado, como se ha amplificado todo en esta sociedad del desbordamiento total.
La superpoblación es un problema medioambiental. Pero la solución de las élites es la eliminación de gran parte de la población. Esa no es la solución. En realidad, es la misma que ha habido a lo largo de la historia con las guerras, las hambrunas y las epidemias. Pero hoy la tecnología nos ha hecho pasar por encima de ello y de ahí el crecimiento de la población. Probablemente la naturaleza nos tenga reservada algunas sorpresa, ya sabemos el problema que se nos viene encima con los antibióticos, por ejemplo, pero mientras, ¿cuál es la solución? Desde luego que el exterminio, no. Creo que hay una vía que es el decrecimiento y el fin del capitalismo tal y como lo conocemos. Y la crisis en la que estamos quizás sea el principio del fin.
El acoso entre los menores es algo más común de lo que nos parece. Este acoso es auténticamente criminal. Destroza la vida del acosado, se ve absolutamente indefenso. En torno a él se hace el silencio más ensordecedor. La cobardía les juega una mala pasada. Sus compañeros no se atreven, por miedo, dicen, a denunciar el caso. Y el acosado se ve obligado a sufrir en solitario, sin ningún apoyo, esa auténtica tortura que dejará una huella en su vida inolvidable, tanto que la transformará, sufriendo para siempre de angustia, miedo, depresión… eso si es que no acaba con ella por medio del suicidio. La juventud está un tanto enloquecida y las nuevas tecnologías amplifican ese estado y las lleva fuera de control. Los acosos aumentan. Los jóvenes han perdido el norte de las reglas y normas que rigen la sociedad. Son pequeños egoístas-tiranos a los que se les ha dado todo y están acostumbrados a ver que todo está permitido, que la corrupción rampla por doquier y que es inaccesible a la justicia. No encuentran ejemplaridad pública. Y donde la tienen, en el lugar más cercano, sus padres y sus profesores, en general, pues no la reconocen. Es más, la rechazan. E, incluso, se burlan. Todo esto crea un clima de invulnerabilidad que hace que la rebeldía se torne en moneda común y que los casos de acoso proliferen. Es un grave problema que debe comenzar por la ejemplaridad pública de las instituciones que demuestren que no todo vale, que existe algo así como la responsabilidad y la dignidad y el respeto a las personas.