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Filosofía desde la trinchera

Yo pienso que la historia no tiene sentido. Perfectamente podría haber sido otra. Igual que el hombre, podríamos, perfectamente no haber existido y todo hubiese seguido igual. Todo lo que hemos construido es para nuestra supervivencia. Y, como resulta que somos seres sociales, pues necesitamos leyes para sobrevivir. Esas leyes son construcciones convencionales. No hay un derecho natural, porque no existe un dios trascendente. Existen las leyes de la naturaleza y de ahí emanamos nosotros y nuestra capacidad cultural. Nuestro único sentido es el de la naturaleza. Ahora bien, podemos dar un sentido a la historia, intentar transformar el mundo, porque al no haber sentido nada está determinado. Yo creo que el fin del que decide no jugar es, o bien, intentar cambiar las reglas, o aislarse monacalmente (asumiendo otras reglas, claro) o el suicidio. De ahí que Camus decía que la única cuestión filosófica relevante sea la del suicidio. La última opción es mejor evitarla hasta el final, al modo de los estoicos, mientras, hay que persistir aunque sea como observador. Pero, bueno, uno en ese momento es absolutamente libre.

 

 

El mal es connatural al hombre. Ello no quiere decir que el hombre sea malo por naturaleza, esto es un absurdo, por naturaleza el hombre no puede ser ni bueno ni malo. Puede ser agresivo o cooperativo. Y es las dos cosas. Pero el hombre ha generado cultura. Y de las múltiples formas culturales ha triunfado la nuestra, que es una cultura de la violencia, la depredación y la autodestrucción a la larga. La historia podría haber sido otra, pero es la que es. Cuando se habla de progreso no es más que un engaño, unas anteojeras reduccionistas que sólo nos dejan ver lo que a los poderosos les interesa impidiéndonos ver toda la maldad que las distintas formas de poder han utilizado para llegar donde han llegado. El resto de la humanidad no somos más que títeres engañados. Pero que, a pequeña escala nos comportamos como los grandes poderosos: nos mueve la ambición, la codicia, la fama, el dinero, las apariencias, parecer lo que no se es ante los demás. Me gustaría, no ya que la historia, sino la base de ésta, que el hombre, su condición, fuese otro. Pero nuestra condición humana es la que es, puede alcanzar lo más sublime y lo más bárbaro. Pero el hecho es que la historia de la humanidad, desde que comenzó el neolítico es una historia de horror y de crimen, de ambición, de poder, de desigualdad, de engaños, mentiras, crímenes, genocidios, torturas, dominación, esclavitud, vanidad e hipocresía. Algunas antorchas iluminan esa historia: grandes logros culturales, científicos, actos altruistas, descubrimiento de principios éticos cuasi universales, la conquista teórica de los derechos humanos, el arte, una de las formas que la cultura nos proporciona para escapar de la barbarie y que nos acerca a los dioses. Pero, el balance, a mi modo de ver, es negativo. Sólo hay que mirar a nuestro alrededor y contemplar el mal, por un lado, y, por otro, lo cerca que estamos del fin, de un colapso civilizatorio.

La historia no se puede reducir a ningún tipo de causalidad unívoca. Ello quita el protagonismo al sujeto de la historia que son los hombres. Tampoco se puede reducir a los grandes protagonistas de las historia, los grandes nombres. Estos son sujetos que estaban ahí en el momento justo y que canalizan todo un movimiento social. Hay tendencias en la historia, causalidad multívoca y responsabilidad y protagonismo de todos y cada uno de los hombres. Por eso no se podría hacer una historia estrictamente universal, porque necesitaríamos la historia de cada uno de los hombres. Los grandes nombres de la historia, para lo que nos sirven es para renunciar a nuestra responsabilidad y libertad. Lo mismo que ocurre con las teorías conspirativas de la historia. Nuestra debilidad nos lleva a la superstición y a la creación de héroes (o antihéroes) que asuman sobre sus espaldas toda la responsabilidad de determinadas circunstancias históricas.

En el mito del progreso que nace entre el Renacimiento y la Ilustración, el progreso se va a reducir al progreso científico-tecnológico, que supuestamente tendría una repercusión ético-moral dando lugar a una sociedad justa y feliz. En el Renacimiento y la Ilustración se unen el ideal religioso cristiano “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” con el imperativo de la nueva ciencia “Conocer para dominar”, ya no se trata del mero hecho del saber por el mero hecho de saber de la antigua ciencia griega, como aparece en sus orígenes. Luego el optimismo ilustrado identifica educación con ilustración y ésta con liberación o libertad. Pero ésta ecuación resulta que no es cierta. Pasado los siglos nos hemos dado cuenta de que no existe esta relación causa efecto. Pero sólo unos pocos. La inmensa mayoría, incluidos nuestros gobernantes, piensan que el progreso, ahora visto como crecimiento económico, nos lleva a un estado justo y feliz. Y todo porque ha habido una pseudociencia, la economía, que se ha endiosado y ha embrujado a los poderosos. Y porque, por debajo de todo esto está el mito del cientifismo, que nos viene a decir que la ciencia es igual a la verdad, así, de forma religiosa o rebelada. Y de eso se ha recubierto hoy en día la economía y por eso el poder político obedece; eso, cuando no, el mismo poder político se identifica con el poder económico.

 

Bueno, pues ya tenemos aquí la alerta mundial. Como siempre el brote aparece en los países pobres y los ricos nos protegeremos cerrando nuestras fronteras a cal y canto. Y, esta vez, la cosa no es de broma. Estamos hablando de una enfermedad letal, en torno al 80% de mortalidad. El miedo a la muerte ayudará a las decisiones políticas de seguridad, nos gusten o no. Pero, mientras, hemos ido viviendo, durante décadas, en una burbuja de crecimiento ilimitado a costa de producir pobreza, miseria y muerte. Ahora son enfermedades, pero llegará la escasez de alimentos (grandes hambrunas), la de agua y la de los recursos energéticos. Y, mientras, se sigue pensando en las contradictorias políticas de crecimiento económico. No puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. Estamos asistiendo a los avisos (crisis económica, emergencia de autoritarismo mercantil, países emergentes, desaparición de la democracia y los derechos humanos, guerras geoestratégicas y geoenergéticas, cambio climático, olvidado, pero es el epicentro), de un colapso civilizatorio. Tenemos que poner remedio, pero para ello hace falta voluntad ciudadana y conciencia. Los poderosos no lo van a hacer por nosotros.

La vida como una ilusión. Existe, lo único, la disolución de todos tus átomos en el todo. Desaparece la unidad de la conciencia que es determinada forma de organizarse la materia y se acabó. Eso es la muerte.
Felicidad y tristeza son estados de ánimo. Juicios subjetivos. Cuando desaparece el yo, desaparecen esos juicios, por tanto, también el dolor. Pues eso es la muerte y lo que persiguen las religiones, la eliminación del dolor. La existencia del tiempo es la que marca la felicidad y el dolor. La eternidad es la ausencia del tiempo, por ello no hay ni felicidad ni dolor. Ése es el sentido de la vida eterna que nos promete la religión o el nirvana budista, mucho más realista, claro.

"Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura si no justicia"...

Es la cordura de Don Quijote. Hoy se les enseña en los institutos y universidades que hay que adaptarse al mundo, por muy injusto que nos parezca. Y es el discurso hegemónico, todos lo admiten y lo consideran como inevitable. Hasta que no recuperemos la idea de que somos nosotros los que debemos cambiar el mundo y no el mundo a nosotros seguiremos siendo esclavos. Marionetas en manos de unos cuantos poderosos.

La secularización y la Ilustración del mundo islámico es algo que no se puede exportar desde occidente por medio de la guerra y la sangre. El colonialismo hizo un daño tremendo a la posibilidad de esta secularización. Y el poscoloniamismo, lo mismo. Luego vinieron las guerras geoestratégicas y de control de las riquezas energéticas que se recubrieron del mensaje de exportar la democracia a los países musulmanes. Una patraña de los poderosos. El proceso de democratización del mundo musulmán es un camino que deben recorrer por sí mismo los países árabes. Pero es curioso que nosotros, los occidentales, estamos recorriendo el camino al contrario: perdemos democracia, perdemos derecho, perdemos dignidad...nos encaminamos a una nueva Edad Media. Quizás la esperanza esté en la emergencia de los BRICS y, con ello, de un mundo multipolar económicamente que exija, por ello, más democracia y más derechos humanos. Pero la cosa no pinta nada bien. Estamos bajo el influjo del espíritu prometeico. ¿Seremos una especie fallida que arramble con ella misma y gran parte de la biosfera, o tendremos solución? La respuesta está en nuestras manos.