Blogia

Filosofía desde la trinchera

La desaparición del conocimiento y el saber en manos del saber hacer, el saber mercantilizado y la empleabilidad. En definitiva, la muerte de la universidad. El ideal de la universidad como centro de investigación y transmisión del saber y los hábitos y metodologías de investigación está a punto de desaparecer. Mientras la secundaria se ha vuelto una mala primaria, la universidad se ha vuelto una pésima secundaria. Y el objetivo de toda la enseñanza es el saber técnico. Que no llega a la categoría de científico, es mera técnica. Es un saber hacer, no un saber qué ni por qué. Ahora bien, el saber técnico, el saber hacer es intercambiable mercantilmente. Y el valor del mercado o es el único que existe o el absolutamente hegemónico. Por eso es el que ha de transmitir el sistema de enseñanza. Por eso resulta gracioso oír decir que la enseñanza no debe ideologizarse. ¡Pero si no puede estar más politizada e ideologizada! Es una vía de transmisión de los valores económicos. Y, mientras, nos engañan con las paparruchas del bilingüismo y demás parafernalias que lo único que consiguen es encubrir la segregación y disminuir el nivel de los conocimientos; que, por otra parte, es el objetivo del sistema. Y, entre todo esto, el saber humanístico y científico puro o fundamental, se va al garete, por lo anteriormente dicho. No tiene valor de cambio en el mercado. El profesorado, con perdón, en la inopia, y discutiendo que si la disciplina, que si las llaves de los servicios, que si el plan de limpieza…y así. Así nos va quiero decir. Un mundo orwelliano de engaño y doble pensar. Y, ahora, la farsa de las programaciones con sus competencias (palabra clave del sistema), sus adaptaciones curriculares, por abajo, claro, todavía no las he visto por arriba y eso que he visto a muchos alumnos que se las merecían.  Los cursos de formación de los centros de ideologización de los profesores, con el fin de adoctrinar y cobrar los sexenios… Pero, en fin, esto al sistema no le importa. Seguiremos. Y eso que no hemos hecho nada más que empezar, pero, por mucho que se lo proponga uno, ser positivo -como dicen los coaching, psicólogos y nuevos gurús de turno- es imposible. La realidad es testaruda y se impone.

El periodismo, como todo en este mundo del tardocapitalismo y de la nueva religión de la tecnociencia y su mediadora, las nuevas tecnologías de la información, está llamado a desaparecer. Y a ser sustituido por la vulgaridad, la ramplonería, la mentira, la superficialidad, el engaño, la equivalencia de las opiniones y el relativismo más burdo. Es el sino de nuestro tiempo. La superficialidad, la ligereza y la prisa… Todo ello ha sustituido a la lentitud, el sosiego, el reposo, la lectura pausada y meditada, la contrastación, el criterio de autoridad, la validez imperturbable de los clásicos. Es un mundo que agoniza y que se adentra, alegre, contento, engañado, sumiso, persuadido, en la barbarie más oscura en la que todo es gris y en la que se acaba el pensamiento y la libertad.

Una vez que hicimos la crítica a la psicología positiva lanzo aquí un esbozo de lo que sería una propuesta constructiva en la que se unen ética, política y derecho.

Lo que defienden los epicúreos, los padres del hedonismo o de la teoría según la cual no hay vida feliz sin placer. Ése es el modelo del sabio o del hombre feliz. Riechmann también y yo mismo lo considero así. Pero el placer es el de los bienes naturales y necesarios para la propia vida. Y, aun así, de forma mesurada, prudente. Por eso la prudencia, la sophrone es la mayor de las virtudes: la sabiduría. Y es cierto también que pasado un límite de riqueza, no aumenta el placer, ni la felicidad, sino la frustración y la ambición.

Unir el decrecimiento con la ética epicúrea es algo necesario. Pero no es suficiente. Esto lo he discutido con Riechmann. La sabiduría no se le puede exigir a todo el mundo. Ya sabemos que ésta se encuentra en la mesura de los placeres naturales y necesarios y en el placer que proporciona la inteligencia: la ciencia, el arte, la contemplación. Pero no todo el mundo puede alcanzar esto por sí mismo. Por eso lo que le falta, y es lo que yo discutía, es un programa político que dé lugar a una legislación que nos obligue a la austeridad. Y eso sería la política del decrecimiento enmarcado dentro del ecosocialismo. Por tanto, una política y una ética ecológica recogida legalmente. Y, de esa manera, pasaríamos del paradigma del antropocentrismo al del ecocentrismo. A su vez, la ética ecológica estaría basada en el principio de responsabilidad de Hans Jonas. No sólo somos responsables (ética y jurícamente) de nuestros actos del presente y el pasado, sino también de aquellos que repercuten en el futuro del hombre, en las generaciones futuras o en el otro que está distante. Y, claro, como decía, esta ética necesita de una nueva legislación. Por eso el individuo por sí sólo no puede cambiar el mundo, hace falta la política. En el ecosocialismo, pues, se unen ética, política y derecho. Creo que es la única alternativa viable para la humanidad y al modelo de producción capitalista. Porque decrecer vamos a decrecer, o, a la fuerza, como ahora, pero todavía más a lo bruto, o programado políticamente y de forma progresiva.

El asunto de la psicología positiva y las promesas de felicidad, no sólo es que se desmontan científicamente, aino que filosóficamente son también una barbaridad. Para fundamentarlo habría que extenderse, pero no lo haré. Sólo un par de matizaciones. La primera es que, el concepto que se usa de felicidad en la psicología positiva basada en la inteligencia emocional, es muy pobre. Sólo se refiere a las sensaciones positivas, al sentirse bien. El mero bienestar. No se relaciona ni con las virtudes, ni, mucho menos, con la libertad. Y, en segundo lugar, está incardinada absolutamente en el posmodernismo. En el paradigma de un hombre hedonista, egoísta y nihilista. Sólo busca su propio bienestar para llenar el vacío de su ser tras la muerte de la modernidad: el sentido del mundo, de la vida, la esperanza… frente a esto nos queda la desesperación y el nihilismo. Pero el nuevo dios, el mercado, que no es un ente abstracto, son unos cuantos de nombres, nos proporcionan las recetas de la felicidad por medio del consumo. Y la felicidad que nos promete la psicología positiva no es más que un objeto de consumo y una adaptación al mundo en el que vivimos. Todo es competencia y nada es cooperación, todo es adaptación y nada es transformación. Sumisos y esclavos, pero todos sonrientes.

¡Qué cansancio de gente que descubre el Mediterráneo y le pone nombre a su ignorancia! Si puede ser un nombre técnico para pasar por científico, mejor, así no se duda de su verdad. Lean a Aristóteles, a Séneca, Marco Aurelio, Kant, Spinoza, Schopenhauer, Kierdkegar, Nietzsche, Cioran, Leopardi, Fernando Pessoa...  Allí encontrarán esa inteligencia emocional de la que tanto hablan y sin salirse de la cultura occidental. Ya está bien de renegar de occidente. La civilización grecoromana y cristiana (soy ateo, pero eso no tiene nada que ver) nos ha librado de la barbarie. Sus valores han encumbrado al hombre. Otra cosa es la historia del poder, que no es la de la civilización ni la de las ideas, aquí ha habido crimen, genocidio y todo lo horrendo que el hombre puede hacer. Pero igual que en el resto del mundo. Y ya vale de tanto snobismo oriental. Escuchen el mensaje de Buda, de Lao Tze y verán las similitudes con los estoicos o con el maestro Eckhart, Juan De la cruz,…Ya está bien de neolengua y doble pensar. Vaya farsa de mundo orweliano. Abandonamos la civilización y emprendemos el camino hacia una nueva barbarie.

El mito y la religión han sido formas de explicación del mundo, la naturaleza. El surgimiento de la ciencia (su segundo surgimiento, en el Renacimiento, ya existió antes en Grecia, pero desapareció, como está ocurriendo hoy en día) desplaza al mito y la religión como formas de entender y explicar el mundo. Las instituciones religiosas se resisten. La batalla al principio es dura y cruel, porque en el fondo es una cuestión de poder. Poco a poco se cede el terreno a la par que la religión (la iglesia) pierde poder. Pero el conflicto permanece. Y, luego, curioso, nuestro cerebro funciona en este ámbito de forma esquizofrénica. Se puede ser un gran científico y un perfecto creyente. Y eso es así porque las áreas del cerebro implicadas son distintas. Claro, al científico creyente pues hay que decirle que delira cuando intenta explicar fenómenos naturales por medio de la fe, o creer en un dios uno y trino, o la virginidad de Mario, sin comentarios… Ya digo, fruto de una escisión en nuestro cerebro. Y ello no implica que la ciencia sea la única manera de entender el cosmos. Para empezar la ciencia no es la verdad, sino la búsqueda de la verdad, además de muchas cosas más y, para seguir, la ciencia entiende la naturaleza desde su dimensión lógico matemática. Un poeta interpreta un atardecer de otra manera igualmente válida. Lo que ocurre es que no está dentro de la metodología científica.

Echar la culpa a los docentes, acusarlos de corporativismo…es absurdo. Son muchos los defectos del cuerpo de profesores: su indiferencia, su falta de conciencia, no creen en sí mismos y su importancia,… Pero, todo ello, no tiene nada que ver con la calidad de la enseñanza. Ésta emana de las leyes educativas que son las que ponen el marco desde el que se actúa. De modo que los máximos responsables son los políticos y sus leyes. Leyes que están sustentadas por una ideología mercantilista y por otra ideología pedagógica. Lo del anacronismo de la educación es una tontería. Qué más da enseñar con un libro electrónico que con una pizarra y una tiza, o, como Euclides, Escuela de Alejandría, un palo y arena. El proceso de la transmisión del saber y los valores, entre ellos el fundamental: el amor al saber, está por encima de las tecnologías. Las NN.TT. son un mito creado por los mercados que necesitan demanda y nos intentan convencer de que si no nos montamos en el carro la educación se queda atrás. Pues yo pienso que esto es un gran engaño y que, si bien las NN.TT. a veces ayudan, son un simple medio, no un fin. Pero, digo más, a veces, entorpecen y mucho. Las nuevas tecnologías transforman nuestro cerebro y en muchos casos para peor. Ya está bien de mitos y nuevas redenciones. La educación está mal y llamada a desaparecer, sobre todo la pública, por cuestión legal e ideológica. Todo lo demás es pura paja.

Contra la moda de la inteligencia emocional.

Igual que ha habido un predominio de la razón calculadora desde el Renacimiento, ahora se pretende dar rienda suelta a las emociones y los sentimientos, por encima, incluso, de la mesura y la prudencia. Esto es un problema que, por lo demás, tiene graves consecuencias en la educación. Porque elimina: la disciplina, el hábito, la costumbre, el esfuerzo y la autoridad. Confundiendo el dar rienda suelta a los sentimientos y emociones con la creatividad. Lo primero no es más que anarquía y capricho. Y este último no es más que una forma de esclavitud. Frente a la virtud que es el dominio de las pasiones por medio del ejercicio, la disciplina y la autoridad. Y esto no es, de ningún modo, extirpar las pasiones, ni emociones, ni sentimientos. Es canalizar. Tampoco es domesticar, porque no somos todos iguales ni tenemos la misma intensidad en nuestras emociones y sentimientos, como tampoco en nuestra capacidad de dominio sobre ellos. Razón, emociones y sentimientos van absolutamente unidos. Y no se ha descubierto ningún Mediterráneo al hablar de razón emocional. Lo que sí es cierto es que las neurociencias están aportando un contenido empírico a lo ya sabido. No hay más que leer a Spinoza o, mejor aún, Dostoiesvki. El primero hace el mayor estudio que sobre las pasiones se haya hecho jamás, de cómo nos afectan, de cómo dirigirlas y de cómo a través de ellas (los afectos) conquistar la libertad. El segundo nos ofrece una descripción de las profundidades del alma humana. Por eso no es raro que los grandes neurocientíficos (Antonio Damassio escribe un libro siguiendo el hilo de la Ética de Spinoza y otro en la senda de descartes, lo mismo podemos decir de francisco Rubia…) acudan a estos autores en busca de inspiración. Otra cosa es su trabajo empírico. Ciencia, filosofía y literatura son formas distintas de conocimiento.

Los sentimientos son sentimientos, no actos morales. De los actos morales sí podemos hablar de buenos y malos, aunque no nos pongamos de acuerdo en cuáles sean buenos o malos. Yo he hablo de canalizar los sentimientos, no de negarlos ni reprimirlos. Sin ira no hay valentía, ni indignación, por ejemplo. Sin concupiscencia no hay placer, y sin placer no hay felicidad. Cuando yo hablo de vicios me refiero a los sentimientos no canalizados que te esclavizan. Otra cosa importante es que hay que dar rienda suelta a los sentimientos. Absolutamente cierto. Y la cultura, por medio de sus rituales, se ha encargado de ello. La tragedia, por ejemplo, que nace en Grecia, precisamente es eso lo que hace. Pero la catarsis de los sentimientos, que es lo que se pretende, es precisamente una forma de educación de los mismos y de socialización. Los sentimientos, por sí mismos nos esclavizan, cuando se convierten en mero vicio, no en una explosión catártica que lo que hace es “limpiar” de alguna manera la psique. La virtud, que es la mesura, la medida de los sentimientos, nos hace libres. El valiente es libre, no es que no tenga miedo, sino que está por encima de él. El cobarde es esclavo del miedo, éste le domina. Razón y sentimientos, éticamente hablando ( es decir, lo que ocupa la mayor parte de nuestra vida) son indistinguibles, por eso podríamos hablar, junto con la catedrática de ética y filosofía política, Adela Cortina, de razón cordial (cordial viene de corazón en latín, símbolo de la sede de los sentimientos), o, junto con el filósofo José Antonio Marina, razón ética o inteligencia ética. El problema es que cuando hablamos de razón siempre la reducimos a la razón lógico matemática, pero ésta es sólo una clase de razón, y, precisamente, no tiene nada que ver con la vida. Y el problema viene precisamente por el triunfo de la ciencia moderna al utilizar esta modalidad de razón o inteligencia que ha reducido la inteligencia y la razón a esta modalidad. La recuperación de los conceptos de inteligencia emocional hasta cordial y ética (que sería la inteligencia superior en el sentido de que engloba a las demás) ha sido un gran logro. A la par que recupera la sabiduría del pasado, tanto de la filosofía, como del arte y la religión lo fundamenta con los nuevos estudios empíricos de las neurociencias.

“No concibo una vida feliz sin placer” Epicuro, fundador del hedonismo la teoría según la cual la felicidad reside en el placer. Ahora bien, el placer es fruto de la mesura, la sofroné griega es un concepto muy sutil y que se contrapone a la Hybris, la desproporción, lo prometeico. Nuestra civilización se ha fundado sobre este espíritu prometeico y así tenemos los problemas que tenemos. Por otro lado, el mismo Epicuro considera que el placer máximo es o son los placeres estáticos, los que proceden de la contemplación (la ciencia, el arte, la filosofía y la misma prudencia). Los placeres naturales, que son los necesarios para la vida misma están sujetos a la prudencia o la sabiduría. Es curioso que el fundador del hedonismo considere que el placer está en la austeridad. Así lo predica y así lo hace.  Obtenemos el máximo placer únicamente de lo necesario para vivir, si nos excedemos, nos produce dolor: una gran comilona, beber en exceso… El problema es que el hedonismo tiene mala fama porque ha sido transmitido por el cristianismo que ha visto en el cuerpo el mal. Otro problema es que lo que nos plantea Epicuro es un ideal de sabiduría, un camino. Por cierto, nada fácil. No hay que confundir hedonista con libertino.

Y otra cosa importante, éste ideal del sabio epicúreo o hedonista sería el prototipo del hombre transformado. Es decir, del hombre actual: consumista, hedonista, egoísta y nihilista que ha perdido la posibilidad del placer y con su actitud destruye el planeta y la humanidad, por el hedonista epicúreo, que es austero, que disfruta de los placeres naturales y necesario y de los placeres de la inteligencia, la conversación, la amistad, el arte, el conocimiento en general, la cooperación frente a la competencia. Este tipo de hombre sólo puede surgir de un nuevo modo de producción: el ecosocialista ligado a la economía del decrecimiento que conlleva todos estos valores.