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Filosofía desde la trinchera

Ha sido un prejuicio mío, precisamente por saber a ciencia incierta que eres creyente, por otros comentarios que habíamos tenido. Desde luego que, en el sentido que tú dices es más difícil creer que no creer, pero es más difícil porque estás situada en la “docta ignorancia” que decía Nicolás de Cusa “Saber que no se sabe”. Tu conocimiento te hace saber que de todo lo demás, que encima se presenta como dogma, se puede dudar. Pero, ya digo, esto es una actitud sabia. El creyente en este caso sería un ignorante, alguien que no se ha planteado la posibilidad de que sean falsos los discursos que se le ofrecen o que sean interesados. Obviamente, y estoy totalmente de acuerdo con tu exposición, es más difícil ser creyentes. Es más, yo diría que es imposible. Se es escéptico, pero aquí hay que hacer una distinción, el escepticismo como negación absoluta, que hay rechazarlo, es una vía muerta, mientras que la vida es búsqueda. O el escepticismo en su raíz griega, que es el que busca desde la duda, desde la docta ignorancia. Creo que ésta es la actitud. Ahora bien, es menester también no caer, por el hecho de ser escéptico y de que todo es provisional, en el relativismo posmoderno, porque esto nos lleva directamente a la equivalencia de todas las opiniones, lo cual elimina el saber y lo sustituye por el poder de la fuerza que es lo que hoy en día viene ocurriendo en el mundo. En definitiva, la pregunta de a quién creer, se disuelve. No se trata de a quién creer, sino de buscar junto con otros que buscan y, sobre todo, al menos en el caso de los filósofos, deshacer engaños, desenmascarar las apariencias, que es el primer paso y no es poco. Y luego, además, la creencia es mejor dejarla en confianza en ciertas verdades, políticas, económicas científicas (las religiosas no cuentan porque son vivencias: la fe es una vivencia de un misterio) que son provisionales y que forman parte de una cosmovisión más general que hay que intentar que sea coherente y consistente.

Y yo también prefiero los pequeños proyectos biográficos que, por su puesto, pueden ser unos más grandes que otros. Tan grandes como al que tengo confiada mi esperanza de ateo, el proyecto ético político de la humanidad que arranca en Atenas y renace en la Ilustración.

¿Es más fácil ser creyente o no creyente?

                La creencia es una actitud natural. El hombre, por su propia construcción biológica tiende a la creencia. Es más, la construcción de mitos, magia, religiones, son, en definitiva, los que le han permitido sobrevivir. Primero la magia, luego los mitos y más tarde las religiones, que lo engloban todo, han sido las que han hecho posible la supervivencia del hombre.

                El ser humano se encuentra a la intemperie, sin resguardo de nada, a merced de las fuerzas de la naturaleza. Pero con una mente que no está cerrada. Sus respuestas ante el medio no están cerradas, es más, está abierta al tiempo, es decir, a la angustia. El hombre se caracteriza porque se cuestiona su existencia y el porqué de todo lo que hay, el sentido del mundo y de la vida. La magia, el mito y la religión dan respuesta a ello. Una respuesta, que no sólo explica el porqué de las coas, sino que nos ofrece un sentido de cómo debemos hacer las cosas. Porque el mito y la religión no sólo son formas de explicar el mundo, sino de darle sentido y parte de ese sentido está en cómo debemos relacionarnos con él y con nosotros. El mito y la religión crean las  condiciones para que nos podamos relacionar con la naturaleza y con nosotros. A su vez, crean las condiciones de pertenencia. El hombre es un animal social y la magia y el mito, centro o núcleo de la religión, ofrecen una forma de socialización o, dicho de otra forma, de pertenencia. La religión crea una identidad. No sólo encontramos el sentido de nuestra existencia, sino una identidad a través de los ritos que son sociales y que nos hacen sentirnos partícipes de una sociedad. La religión es pues una forma de socialización indispensable y que ha demostrado su valor como mecanismo adaptativo en la medida en la que hoy en día la especie humana sigue existiendo y sigue utilizando el mecanismo de la creencia como un mecanismo fundamental para guiarse en la vida, mucho más que la razón. Fue Aristóteles el que nos definió como animales racionales, pero somos más animales de creencias, entre otras cosas, que racionales. Aristóteles lo que quería señalar es la capacidad racional como capacidad humana para el conocimiento científico. A diferencia de la carencia que de ella tenían los animales. Pero se ha confundido históricamente esto con una definición esencial del hombre, ya digo somos y actuamos cotidianamente más por creencias que de forma racional. Y, por otro lado, también hay un problema con la interpretación de la razón. Desde el Renacimiento, y con el surgimiento de la ciencia moderna, habrá una identificación entre razón y razón matemática y lógica, separada absolutamente de lo emocional. Y, por otro lado, habrá también una identificación entre inteligencia y capacidad lógico matemática. Todo esto no está en los orígenes aristotélicos. La razón en Aristóteles va unida a las emociones y los sentimientos sin los cuales está vacía. La propia actividad del conocimiento está dirigida por la admiración y la perplejidad, que son las que despiertan a la razón. Y, por otro lado, la vida superior es la de la prudencia que es un saber sobre los sentimientos. Toda esta modernez de la inteligencia afectiva y emocional está ya en la “Ética a Nicómaco.”

                Y una vez hecha esta aclaración tendríamos que vérnosla con la respuesta a nuestra pregunta. Pero para ello tengo que hablar un poco del no creyente. Cuando me refiero a tal, me refiero al que de ninguna de las maneras cree en nada. Es decir, a aquel que niega el sentido, tanto trascendente, como inmanente de la naturaleza. Aquel que se queda del lado de la naturaleza contingente, aquel que acepta la intemperie, el sinsentido, la nada, como única realidad y lo efímero como su expresión. Aquel que vive, por tanto, aunque pueda tener muy altos ideales, en la provisionalidad. Y cuando digo no creyente, insisto, que también se refiere a lo inmanente, es decir, que no ha sustituido la creencia en lo trascendente dador de sentido, por lo inmanente, como la historia, la política, la ciencia; es decir, todo aquello que se basa en el mito de la idea de progreso. El ateo hasta sus últimas consecuencias. Aquel que ha sido capaz de trascender el lenguaje. Porque, como decía Nietzsche, no nos veremos libres de dios mientras que sigamos creyendo en la gramática. El sentido del mundo basado tanto en lo trascendente, como en lo inmanente, está en nuestro lenguaje porque éste ha crecido con y desde el mito. Si no trascendemos nuestro propio lenguaje caeremos en las trampas del sentido. Pero el no creyente, el ateo de verdad es aquel que niega la existencia absoluta del sentido, venga de donde venga, insisto, aunque pueda abrazar la provisionalidad. El no creyente es el que describe Camus en el mito de Sísifo. Así empieza su libro, “La única cuestión filosófica de relevancia es el suicidio” Es decir, el cada día y cada momento encontrarle un sentido provisional, una creencia provisional a la existencia, o, sino, simplemente, suicidarse, porque, realmente, nada tiene sentido, ni el acto del suicidio. Sólo quedará un breve comentario y tu nombre en una lápida o urna que pronto el tiempo (el que elimina el sentido) borrará para toda la eternidad del universo.

                Otra cosa es el indiferente. Este es un creyente encubierto. Alguien que puede haber dejado de creer en la religión, pero esta creencia la ha sustituido por otras  múltiples y, probablemente, espiritualmente, ha perdido mucho con el cambio. Desde luego que para éste la vida es más sencilla que para el creyente. Sobre todo en los tiempos que corren y en nuestro entorno en el que la religión no está de modo o, peor, está mal vista y es objeto de burla. Malos tiempos son estos cuando toda una tradición ética es echada por la borda y sustituida por sucedáneos de autoayuda y demás zarandajas. El creyente se tiene que enfrentar a esta situación, lamentablemente desagradable y que de partida lo da como perdedor, pero, aún más. El creyente, a pesar de tener la respuesta religiosa al sentido de su existencia, y el sentido de la historia de la humanidad, como la historia de la salvación del hombre y demás, pues todo ello no implica que su fe no se tambalee y que en muchas ocasiones dude. Ha de aferrarse a la fe para no hundirse, pero, a veces, ésta falla. Sobre todo si nos planteamos el problema del mal y del mal radical, ¿Dónde está dios cuando muere un inocente? ¿Dónde está dios cuando el hombre se extermina a sí mismo? Es lógico que estas preguntas le llevan a la duda, que han dado lugar a muchos ateos pero la religión, o las religiones, tienen respuestas adecuadas para ello. Por eso el índice de depresiones exógenas es menor en el creyente que en el no creyente, porque tiene un asidero. La creencia es un antídoto contra el dolor y el sufrimiento, una forma de supervivencia altamente exitosa, lo ha sido para la especie y lo es para el individuo. El no creyente, en tanto que ateo radical, no tiene ningún asidero, su sufrimiento puede ser infinito, pero sabe que siempre tiene abierta esa ancha puerta que es la del suicidio. Por otro lado, el saber o aceptar, porque no se puede saber nada con certeza, eso sería una contradicción del ateo, que es un escéptico, que nada tiene sentido quizás es también una forma de serenidad y, sobre todo, si uno tiene proyectos provisionales que llenan el absurdo y el sinsentido de la existencia. Porque es verdaderamente donde reside el sentido, en las pequeñas cosas, pero que, en el fondo son efímeras, pero su sentido se da en su misma existencia, no trasciende el tiempo. Lo que si es bien cierto es que los ateos de los que hemos hablado son muy pocos y ello es, en última instancia, porque no es una opción adaptativa triunfante. Provoca sufrimiento, depresión, angustia y, al final, muerte. Salvando las distancias, eso sí, de aquel que encuentra el sentido provisional de la provisionalidad de pequeños proyectos biográficos, pero siempre el abismo estará al acecho.

A Don Agustín García Calvo.

Pensamiento vivo. Pensador por los cuatro costados, siempre contra el poder, siempre disidente, siempre preclaro, siempre solitario y abandonado por sus discípulos que se convierten en intelectuales orgánicos. Un disidente, un hereje. Un filósofo, todo un ciudadano. Un ejemplo, no para seguir, eso es su negación, sino para forjarnos en el ejercicio de la soledad en el pensamiento contra el poder, contra lo establecido. Contra las apariencias, y contra las apariencias de las apariencias. Una máscara, una pose que desenmascara. Una palabra que derrumba al poder, al mediocre, al sinvergüenza y al trepa. Su poder, la palabra, en definitiva, nuestro poder, el que viene de abajo, del pueblo, la sabiduría acumulada de siglos. Pensar es pensar a la contra, lo otro es obedecer consignas. Pensar a martillazos, contra esas consignas, contra lo gregario, lo hegemónico, lo establecido, lo muerto. Pensar es vida, la muerte el no pensar, el mero sobrevivir animal.

Estoy de acuerdo con Latouche, he leído su obra y me ha inspirado. Con lo que no estoy de acuerdo es con la exigencia del cambio de vida como factor determinante. No se le puede exigir a la población una forma de vida, en medio de una vida de consumo desenfrenado y devorador. Eso es exigir mucha virtud. Creo que lo primero es un cambio institucional y en ello es en lo que se debe basar la política del decrecimiento, en una regulación legal que impida que el yogur que me como haya recorrido 9000 km, ésa es la cuestión. Y ésa es la política del decrecimiento. Lo otro tiene que ver con la ética del decrecimiento, que son decisiones individuales y libres. Es cierto que hay que crear la conciencia colectiva de un nuevo modo de vida, pero es imposible pedirla. Lo que sucederá es que este nuevo modo de vida llegará a todos, a los que lo adopten voluntariamente y a los que no. Y llegará cuando se adopten los cambio estructurales que trasciendan el paradigma del crecimiento al del decrecimiento. Y eso se hace desde la política, a partir de leyes que regulen la economía y el mercado, así como las relaciones con la naturaleza. Es decir, todo un cambio del sistema productivo, por eso estamos en la quiebra del capitalismo global que debe ser sustituido por el decrecimiento dentro del marco del ecosocialismo. Y, del paso de un paradigma a otro emergerá una nueva conciencia ciudadana. Ésa es mi diferencia con Latouche, mientras tanto, bienvenidos sean todos aquellos que predican con el ejemplo, pero más importante es forzar el cambio político. Si no se hace, el decrecimiento, en el que ya estamos, se impondrá por la fuerza de la escasez de la riqueza y la rapiña de unos pocos y nos llevará a la barbarie.

Donde rayan ciencia y filosofía

Científicos y pensadores buscan juntos respuesta a interrogantes sobre la naturaleza humana

La ética está más viva que nunca debido a los avances tecnológicos

El conflicto es el mismo desde los presocráticos: cambia el conocimiento y las filosofías se adaptan. / erich schrempp (getty images)

En cierto modo, el ser humano es química. Moléculas, tejidos, corazón, cerebro. Vive en un mundo global acelerado donde el conocimiento del mundo subatómico rige los avances tecnológicos más importantes de la historia. Pero la naturaleza humana sigue planteando los mismos interrogantes que ya se hacían los filósofos presocráticos sobre los fundamentos de la vida. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué es el hombre y cuál es su singularidad? En eso, el mundo no ha cambiado ni un ápice.

Hoy más que nunca la filosofía y la ciencia tienen que volver a ser como lo fue en la época de Aristóteles y Platón, las dos caras de una misma moneda. ¿Son los científicos los filósofos del siglo XXI? Es una cuestión en la que no hay una opinión unánime. Pero la filosofía, en su lado más práctico, lo que se conoce como la ética, está más viva que nunca porque es ahora, con los avances de la tecnología y la ciencia, cuando se necesita de su mediación en temas como la bioética, la eutanasia o el aborto.

“Hoy en día las cuestiones morales de qué hacer o cómo vivir son tan acuciantes como siempre. Porque una cosa es lo que técnicamente se puede hacer y otra lo que moralmente se debe hacer. Se trata de saber cómo administrar el enorme poder que la ciencia y la tecnología han puesto en manos del ser humano”, opina Tomás Calvo, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid y presidente honorario del Instituto Internacional de Filosofía.

Para muchos, los científicos ponen los pies en la tierra a los filósofos

Los filósofos presocráticos eran observadores de la naturaleza pero los científicos hoy también lo son. Eran algo así como actualmente entenderíamos la conjunción entre un filósofo, Daniel Dennet, por ejemplo y un científico como Anton Zeilinger. Este último, de la Universidad de Viena, ha liderado recientemente un experimento en Canarias sobre el teletransporte; la transmisión de un estado cuántico de unas partículas, normalmente, fotones de luz, entre dos puntos que, en principio, pueden estar tan lejos como se desee.

Los antiguos filósofos constataban un hecho y luego hacían reflexiones sobre el mismo. La diferencia es que ahora nos encontramos con planteamientos más sofisticados como el teletransporte, que suena a ciencia ficción.

En Barcelona se planteó recientemente un debate interesante en el que participaron Zeilinger y el matemático Simon Kochen. Fue un momento de “unidad total” entre ciencia y filosofía, reconocen los participantes. El moderador, el filósofo Ulises Moulines, preguntó: ¿Qué es lo que se teletransporta realmente? ¿Puede haber tal acción a una distancia determinada? “El filósofo hace el planteamiento porque el experimento es muy espectacular, pero ¿qué es lo que realmente se teletransporta? La respuesta pudo o no ser clara pero solo con que se formule ya es importante porque plantea una cuestión de base”, dice un testigo del debate. Es decir, la teletransportación de Zeilinger obliga al filósofo a preguntarse si efectivamente se ha modificado la visión que tenemos de la naturaleza.

Hasta principios del XIX no hubo distinción entre filosofía y ciencia. Los filósofos eran científicos y los científicos filósofos. En las ágoras se departía tanto de la naturaleza humana como de astronomía. Después, durante un tiempo, filosofía y ciencia estuvieron realmente diferenciadas. “Pero ahora muchos filósofos están justo en el centro del quehacer científico. Estamos volviendo a los antiguos”, opina el estadounidense Daniel Dennet, uno de los filósofos de la ciencia más destacados en el ámbito de las ciencias cognitivas, especialmente en el estudio de la conciencia.

El estudio evolutivo explica el marco de la cultura, pero no analiza sus valores

El Congreso Internacional de Ontología celebrado a primeros de octubre en San Sebastián y posteriormente en Barcelona, organizado por la UPV, la UAB y la Fundación Paidea Galiza, entre otros organismos, se convirtió durante unos días en un gran foro de debate entre la ciencia y la filosofía. El objetivo no era otro que confrontar las viejas interrogantes anteriores a los griegos entre filósofos eminentes e interpelando a algunos de los científicos que han sido protagonistas de los mayores avances en los últimos años en esta aventura filosófica a la que se ve abocada la ciencia contemporánea tal y como han señalado algunos expertos.

Hay quienes creen que los científicos les ponen a los filósofos los pies en la tierra. “A veces los filósofos hablan como eruditos y en ocasiones la filosofía no se entiende porque peca de erudición. Los presocráticos no eran eruditos, empezaron de cero. Por eso, los científicos en estos momentos tienen algo de presocráticos; ellos miran la naturaleza, la condición humana, observan y sacan sus conclusiones sin citar a nadie. Los científicos nos ayudan a los filósofos a ser claros y a plantear las cosas casi ingenuamente”, explica Víctor Gómez, catedrático de Filosofía de la UAB y miembro de la organización del congreso. “Este encuentro internacional es como le hubiera gustado organizarlo a Aristóteles”, bromea Gómez.

¿Cuál es el propósito de juntar en un mismo espacio a algunos de los mejores científicos y filósofos del mundo? “La filosofía siempre se ha apoyado en la ciencia, pero no se trata de hacer reflexiones sobre la ciencia sino de servirse de ella para responder viejas cuestiones filosóficas sobre el origen del hombre”, explica Gómez. En definitiva, se trata de recuperar esa unidad entre filosofía y ciencia pero no sacrificando esta última. “Jerárquicamente la pregunta superior es la filosófica. Los científicos son la base que permite a la filosofía trabajar sobre suelo firme”, añade.

Para los expertos es necesario recordar que la filosofía tiene viejísimas interrogantes que nunca ha abandonado. Hoy en día, en la emergencia de una nueva filosofía natural desempeñan un papel determinante otras disciplinas, como la genética, la paleontología o la neurobiología, imprescindibles según los argumentos que han aflorado durante el Congreso Internacional de Ontología para dar respuesta a las eternas interrogantes filosóficas sobre la naturaleza humana y que complican ecuaciones nuevas en torno a la bioética, por ejemplo.

Francisco Ayala: “A la mayoría de científicos no les interesa la fisolofía”

“Estas disciplinas son indispensables pero no son suficientes”, dice Dennet. ¿Qué falta entonces? “Lo relativo al concepto de cultura. Estas ciencias dan cuenta de buena parte del comportamiento evolutivo. Pero no van más allá. Dan cuenta del marco en el que surge la cultura pero no dan cuenta de la evolución cultural y de los valores existentes en cada país”, cree Dennet.

Se trata de la interacción entre la ciencia y la filosofía. “La jerarquía está clara; la filosofía legisla y la ciencia le ayuda. Los problemas de la filosofía son los problemas eternos del hombre, ahora la disciplina que ignora la ciencia simplemente es ciega, se priva de los instrumentos para abordar los problemas”, opina otro filósofo.

Francisco J. Ayala, ponente y homenajeado en el congreso por su fructífera carrera, dice que hoy en día no se puede hacer filosofía sin tener un contexto científico. “La ciencia nos hace entender lo que somos. Los científicos y los filósofos deben tener un diálogo a dos bandas; hay muchos científicos que se dan cuenta ahora de las implicaciones filosóficas de la ciencia, pero a la mayoría no les interesa”, opina uno de los más prestigiosos científicos españoles en actividad. “Para hacer filosofía, hoy en día, hay que tener en cuenta los avances de la ciencia y para ver las implicaciones de la ciencia hay que filosofar”, opina Ayala.

Para Dennet, la ciencia y la tecnología han avanzado a un ritmo vertiginoso. A la pregunta de si el hombre es capaz de asimilar estos cambios y a la vez seguir buscando respuestas sobre la condición humana, cuestiones que ya preocupaban a Platón, responde: “Sin duda, cada generación empieza unos pasos más allá. Mis estudiantes, cuando llegaron a la universidad, entendían cosas sobre el cerebro que nadie entendía cuando yo era un estudiante. Ellos podían empezar con detalles de la fisiología del cerebro que ni siquiera existían en el año 65”.

Wilczek, físico, cree que ante tanta especialización falta visión de conjunto

¿Qué es el hombre? ¿Cuál es su singularidad? Actualmente, para responder a estas cuestiones hay que servirse de la ciencia para avanzar. Los griegos ya se preguntaban por las leyes del orden natural, pero ellos mismos a la vez que exploraban tenían un discurso filosófico. “Hoy se ha perdido el lazo pero hay que recuperarlo. La pregunta fundamental sigue siendo la filosofía, es decir, cómo es el mundo y cómo es hombre”, plantea Gómez.

Frank Wilczek es un físico estadounidense de origen polaco e italiano, Premio Nobel de 2004. Desde pequeño una curiosidad insaciable le llevó a interesarse por la ciencia, la religión, incluso la magia, hasta que se dio cuenta de que esta última era “fundamentalmente truculenta” y no aportaba “ninguna verdad”. Encontró en la ciencia fundamental un modo de ir creciendo hasta convertirse en un científico notable. Es de esos físicos que se apoyan en la filosofía para encontrar más sentido a sus respuestas. “Ahora hay una gran especialización que impide apreciar la visión de conjunto y es importante que la gente aprecie como la ciencia expande la imaginación”, explica Wilczek.

Este científico está convencido de que conocer la opinión de los filósofos estimula a abrir el horizonte de preguntas que en su caso realiza en el campo de la física y a cambiar muchas veces de rumbo en sus planteamientos.

Para algunos científicos se podría decir que la imagen de lo que es el ser humano y el lugar que ocupa en el universo ha cambiado con la ciencia porque esta ya no toma al ser humano como la medida de las cosas. Lo que impera es un mundo a escala microscópica y macroscópica.

Es el principio. Se ahoga a la sanidad, a la educación y después se privatizan. Pero la derechización económica viene desde lejos. La privatización de empresas nacionales que eran la joya de la corona ya se hicieron. Y ahora, con lo de la libertad de mercado, en lugar de pagar menos por los servicios como se suponía por la competitividad, pagamos más, porque forman oligopolios. Todo viene por la aceptación del neoliberalismo como dogma de fe. Y esto lo hizo también la izquierda europea, que es una manera suave de ser de derechas. Ahora lo que han hecho es dar el paso hacia los servicios sociales: educación, sanidad…es la teoría neoliberal del estado mínimo. Estamos asistiendo a un retroceso ético-político de grandes dimensiones. Quizás sea el inicio de la barbarie.

Hacía tiempo que no leía una empanada mental tan grande. No sé de qué izquierda habla, no define el concepto de desobediencia civil, que en la práctica se mueve en terreno movedizo. Es fácil hacer leña del árbol caído, si se refiere al PSOE, pero ha habido veinte años para criticarlo y exigir otra izquierda. Por otro lado no habla de las políticas gubernamentales del PP. Al contrario, es un discurso que no ha entendido nada, salvo lo que el stablhiment quiere que entendamos, que todos somos culpables y co-responsables. Es la estrategia religiosa y como tenemos la base en nuestra tradición cristiana, pues funciona. De lo que se trata es de asumir que la culpa de tu existencia, tus males, son tuyos, no vienen de fuera, de poderes extraños que te engañan y manipulan. Sólo un dato da y, además engañoso, el setenta por ciento de la deuda es privada, pues sí, la deuda era de los bancos y el estado los recapitalizó, pasando a convertirse en deuda pública, pero la inyección no fue suficiente, hubo que pedir dinero a Europa y, ahora, tampoco es suficiente, hay que pedir el rescate. Mire usted, ni mi, electricista, ni mi fontanero, ni mi médico, ni el barrendero, ni el profesor somos culpables. Los culpables son los que han permitido crear esta economía financiera que ha propiciado un enriquecimiento de unos pocos y ha favorecido las burbujas financieras y, en España, los culpables son, además, los políticos que han permitido esa burbuja porque producía un crecimiento aparente, por supuesto, porque al final estallaría. Como decía Nietszche, “no nos veremos libres de dios mientras que no nos veamos libres de la gramática”. Por eso ahora nos quieren culpabilizar y que asumamos la culpa y la expiación. De eso nada, lo haremos por la fuerza, porque vivimos en un totalitarismo económico, pero no por convicción. Ya está bien, de alienación, de engaños y de máscaras. Como decía Unamuno, venceréis, pero no convenceréis.

¡Qué miedo se tiene al descalabro del centro izquierda, que en realidad es otra forma de la derecha! ¿No se ha pensado que hay alternativa de una izquierda real, tanto ideológica como programáticamente? O una sustitución total del aparato del partido socialista por las juventudes del partido que traigan un programa de izquierda de verdad y una práctica concreta de esa programa. A lo mejor el fallo es la permanencia de los mismos durante veinticinco años. El problema es que el propio aparato del partido, la lucha interna por el poder y la ausencia total de democracia impedirá la llegada de esas juventudes socialistas, y señalo lo de socialistas, que es de lo que se trata, porque el partido lo dejó de ser hace décadas. Por tanto, lo que le queda es el hundimiento y esto favorece a la extrema derecha, el PP se irá progresivamente derechizando a la par que ganando votos. Pero también puede haber una emergencia de la izquierda auténtica. Eso, lo que también es un problema serio, si ésta es capaz de unirse de verdad y abandonar sus discusiones bizantinas y sus posiciones totalitarias y proponer no sólo una ideología sino una praxis política realizable.