El proyecto ilustrado no está finiquitado. Eso no es cierto. La ilustración se ha pervertido en muchos casos. Siempre que se ha absolutizado a la razón. O siempre que se negó la razón con discurso oscurantistas. Los nacionalismos fueron uno de ellos, todavía los padecemos. Las utopías políticas fueron el caso de lo primero y causaron millones de muertos. Hoy estamos asistiendo a una mezcla de utopía política: las democracias neoliberales con su fin de la historia y el pensamiento único, por un lado, y, por otro, un discurso oscurantista: la religión de la tecnociencia unida a los pseudovalores del progreso, el hedonismo egoísta, el hiperconsumismo, la hipercomunicación sin conocimiento y todo lo demás. Podemos regresar a un estado de barbarie. La historia no es lineal, ni tiene sentido. Éste lo aporta el hombre. Yo considero, y no son pocos los datos que lo corroboran, que estamos asistiendo al inicio de un nuevo fascismo, con cara económica y política. Pero, para ello, primero ha habido que domesticar al hombre-ciudadano. Se le ha convertido en mera mercancía, se le ha despersonalizado, ha perdido su dignidad. Si no recuperamos el sentido de la dignidad humana nos dirigimos a la barbarie fascista. Al exterminio y a la eliminación del hombre por el hombre. Estamos en la antesala porque está ocurriendo. Asistimos a una crisis profunda, una crisis filosófica. Esto es, la cosmovisión (filosofía) que dirige la acción política y el pensamiento (opinión y creencia) de los ciudadanos es un engaño. Lo que a mí me gusta llamar el gran engaño de occidente. Mientras se nos hace pensar que vivimos en el mejor de los mundos posibles, estamos consintiendo la barbarie o tecnobarbarie. La educación y la cultura, que son instrumentos del cambio y la revolución, están en manos del poder político con su ideología neoliberal y del capital. Tanto la cultura como la educación están realizando el papel contrario, sirven como formas perfectas de domesticación, son retórica o demagogia que revierten en el bien del poderoso y fomentan los valores del individualismo, el consumismo, la juventud, el éxito, lo vulgar, la competencia. Todo en pro de una supuesta adaptabilidad a una supuesta sociedad cambiante que dícese del conocimiento, pero que es de la desinformación y manipulación. El mal radical y la barbarie son siempre un precipicio sobre el que la humanidad se puede precipitar, y en muchas ocasiones lo ha hecho. En este momento estamos todavía en una situación de posible retorno. El problema es igual que antes de la segunda guerra mundial, sólo en este aspecto que señalo ahora, la indiferencia o el consentimiento de los ciudadanos. Fueron participes por su inacción de la barbarie. Igual que la resistencia, junto con otros factores, hicieron posible la salida del precipicio. El problema es que hemos dejado de ser ciudadanos y lo asumimos consentidamente o como mal menor. Renunciamos a nuestra dignidad porque nos tienen domesticados. Frente a la tiranía es legítimo la desobediencia civil. Si los individuos no retoman su papel de ciudadanos no seremos más que títeres…pero lo han hecho muy bien para llegar a aceptar ser tales. Sólo un cambio brusco hacia peor, una agudización radical de la crisis, podría despertar la conciencia ciudadana. Durante los últimos cuarenta años hemos ido perdiendo nuestros derechos y lo hemos aceptado porque todo ha ido poco a poco, pero un cambio brusco puede ser el detonante de la emergencia de la conciencia ciudadana. Existen discursos sociales válidos y están anclados en los valores ilustrados y esto es lo que hay que recuperar.
TRIBUNA: CÉSAR ANTONIO MOLINA
La cultura sin cultura
Los males que acucian hoy a la cultura universal son el consumismo, su conversión en mercancía. El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el de los medios de comunicación. Todo es espectáculo
CÉSAR ANTONIO MOLINA 25/11/2010
Cuando se acaba de leer La cultura-mundo, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (Anagrama 2010, traducción de Promoteo-Moya), la desazón es terrible. Y lo es no por lo que se cuenta, ya sabido, sino por la constatación documental y fehaciente de los males que acucian hoy a la cultura. No a la cultura de uno u otro país, sino a la cultura universal invadida por la industria y el consumismo y cada vez más ajena a su función secular de explicar y entender el mundo. Una cultura sometida a los gustos del público y destinada al éxito inmediato, al consumo como una mercancía más. El lector transformado en consumidor mientras, el creador, el escritor o el artista, en simple productor de servicios.
El desencanto de la vida intelectual es cada vez mayor, se nos dice. El valor de la cultura ha sufrido en las últimas décadas una depreciación irrecuperable, los grandes maestros han desaparecido (Foucault ya lo avisó), las grandes obras están solo en el pasado y un amplio sector de la vida intelectual se ha entregado al funcionariado universitario y a la comercialización. Hoy en día, la pérdida del peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas en la esfera pública es una triste realidad.
El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el poder de los medios de comunicación que fabrican más celebridades que los círculos de eruditos e intelectuales. Celebridades que opinan desde su incultura como si fueran sabios. Hoy se escucha más a un cantante, a un deportista, o a una estrella del star-system que a un intelectual. Así lo explican los autores, Lipovetsky y Serroy: "Desacralización del mundo de las ideas, eclipse de los guías del espíritu humano, desaparición del poder intelectual". El consumidor no ha gozado jamás de tanta libertad y tanta oferta para consumir productos efímeros, y si antes la cultura proporcionaba conocimientos imperecederos, hoy día la "incertidumbre" y la "desorientación" son los sentimientos que invaden nuestro mundo democrático en una transformación de dimensiones jamás sospechadas: familia, identidad sexual, educación, moda, tecnologías, alimentación.
La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.
Las exportaciones de la industria cinematográfica, audiovisual, editorial, los beneficios derivados de la enseñanza de las grandes lenguas, producen hoy tantos ingresos como cualquier otra industria. Y esos beneficios también conllevan mutaciones en la cultura. Al prestigio se le opone la rentabilidad; a la reflexión, la facilidad. El peso económico en la cultura la distorsiona, la infantiliza, la empobrece. El mundo hipermoderno, tal como lo estudian estos dos autores, está organizado alrededor de cuatro polos estructuradores que configuran la fisonomía de los nuevos tiempos: hipercapitalismo, hipertecnificación, hiperindividualismo y el hiperconsumo. Es decir, la fuerza motriz de la globalización económica, la universalización técnica, la respuesta del individuo frente a la masificación y universalización y, finalmente, el hedonismo comercial como felicidad.
En medio de esta cultura sin fronteras se alza la sociedad universal de consumidores, cada vez más anónimos, más satisfechos, más alienados. La cultura va perdiendo batallas y también la política. De ello se deriva el escepticismo y desconfianza hacia los políticos, el descenso de la militancia y la confusión de las identidades ideológicas. Internet es un peligro para el vínculo social, añaden los autores de La cultura-mundo, en la medida en que, en el ciberespacio, los individuos se comunican continuamente, pero se ven cada vez menos. En esta era digital los individuos llevan una vida abstracta e informatizada, en vez de tener experiencias juntos quedan enclaustrados por las nuevas tecnologías.
Al mismo tiempo, mientras el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, se forma un universo descorporeizado, desensualizado, desrealizado: el de las pantallas y los contactos informáticos. Lipovetsky y Serroy, por cierto, con dos años de anticipación, resumían perfectamente la espeluznante película de David Fincher La red social, basada en la invención de Facebook, un fenómeno social tan revolucionario como inquietante.
Fue la Escuela de Fráncfort la primera que habló, hace más de medio siglo, de industria cultural, refiriéndose a la reproducibilidad de las obras de arte destinadas a un mercado de mayor consumo. Adorno y Horkheimer ya nos previnieron de los males de la cultura masificada, aunque no se imaginaron los extremos sin retorno a los que llegaríamos. Aquella alarma se ha convertido hoy en una gran amenaza y, cada vez más, la cultura revolucionaria de creación que desprecia el mercado está siendo devorada inmisericorde por la cultura industrial, menos exigente, más accesible, menos elitista, más divertida, evasiva y conformista.
En una civilización así, ¿qué queda de los ideales humanistas sobre los que se levantó la cultura occidental? ¿Qué clase de ser humano producirá esta nueva civilización? El homo sapiens se ha transformado en pantalicus, absorbido por la televisión, por las pantallas de los ordenadores. El mundo existe por las imágenes que aparecen en la pantalla y los individuos lo conocen tal como se deja ver. La televisión cambia el mundo: el mundo político, la publicidad, el ocio, el mundo de la cultura. Hoy no existe más que lo que se ve en televisión, lo que ve la masa, lo que todos comparten. Es el triunfo de la sociedad de la imagen y sus poderes.
Frente a la oralidad, frente a la escritura, frente al pensamiento, la imagen aparece como un tótem absoluto. Y, mientras tanto, los escritores, los intelectuales, los artistas negociando sus derechos de autor a través de los agentes -exactamente como en la industria del espectáculo- y empujándose para estar en las listas de los más vendidos, que ya no son por fuerza los mejores. Un libro vendido equivale a un votante. Éxito, superventas, récords, firmas masivas: lo que no se vende ya no puede ser bueno. Las obras de arte acaban en las subastas, en el mercado más escandaloso, vulgar. Todo es ya espectáculo. Los museos-espectáculo, elevados al rango de objeto turístico de masas, semejan tan solo hipermercados apenas más refinados. Los museos, antes lugares de recogimiento, son hoy espacios para el bullicio y el aturdido turismo cultural. Las obras de los museos no se contemplan, se consumen. Hay un dato interesante aportado en La cultura-mundo: según una encuesta, un visitante medio pasa entre 15 y 40 segundos mirando El rapto de las sabinas de David; entre cinco y nueve segundos, La gran odalisca de Ingres. ¿Cuántos ante Las meninas o El Guernica? Y ante esa visión relámpago ¿qué conocimiento obtendrán? Sin embargo, los museos hoy solo son relevantes por el merchandising adquirido en sus tiendas.
¿Cómo salvarnos? Estoy absolutamente de acuerdo con la solución que dan los dos filósofos: solo la educación está a la altura del problema. Pero escuela y universidad no funcionan. ¿Es aún una tarea posible? La cultura, como valor espiritual, según aprendimos de Valéry, está en vías de extinción, destronada por la industria, el consumo y la mal llamada cultura mediática. Hoy, la lectura, y lo sé por mi propia experiencia docente, no está entre las preferencias de los estudiantes, si bien en el ordenador no paran caóticamente de leer y escribir. El mismo desinterés cunde en otras actividades culturales antaño masivas: teatro, cine, conciertos de música clásica y recitales. Como Lipovetsky y Serroy comentan, el capitalismo y el placer consumista han derribado a la cultura literaria y artística del pedestal en que estaba: en ese espectro ambiental "lo insignificante tiene ya valor cultural" y las jerarquías que no hace mucho distinguían la cultura noble de la cultura de masas han desaparecido. Este es el mar de las tinieblas en que navegamos. Siempre habrá náufragos que mantengan la memoria del origen, siempre alguien se librará y cuando eso suceda, la verdadera cultura permanecerá como tabla de salvación. El libro de Lipovetsky y Serroy es una llamada de atención desesperada, una muestra nada exagerada de que nuestra civilización sufre una crisis de valores de grandes proporciones.
La farsa de la inteligencia emocional en la educación.
Sólo el sabio es libre y, comparado con él, un rey es un esclavo. Porque la libertad es el derecho a actuar con independencia, la esclavitud una privación del actuar independientemente.
Zenón. En Diógenes Laercio
Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad.
Aristóteles.
Leo en este rotativo una entrevista realizada por mi amiga Itziar Santos a la escritora y filósofa Elsa Punset. Siento discrepar de la señora Punset que, junto con muchos otros, la casta de los políticos y psicopedagogos, que se autoproclaman los nuevos redentores a través de un saber científico que, ahora sí, al ser tal, garantiza el fin de los males de la educación, creen que han dado con la piedra angular de la educación. Nada más y nada menos que la inteligencia emocional. Creo que estos señores están muy equivocados. Primero creen descubrir el mediterráneo, segundo confían en la ciencia como en una religión y, tercero, no plantean ninguna posibilidad de transformación y cambio social, sino que se pliegan a la adaptación; es decir, sumisión y obediencia al orden establecido. Analizo someramente estas tres cuestiones.
Digo que estos psicopedagogos creen descubrir nuevas cosas, cuando en realidad son conocidas desde los inicios de la ciencia y la filosofía, desde la Grecia clásica. Elsa Punset, que es filósofa, lo debería saber. En los sofistas, Sócrates y Platón está muy claro lo que ella dice. Y, si no, que recuerde, un poco, la teoría del aprender y del amor en Platón. Que relea, el Felón, el Banquete y el Fedro. Me explico. Se ha puesto muy de moda, en concreto de la mano del divulgador científico Eduardo Punset, el asunto de la inteligencia emocional y la aplicación de la misma a la educación. Todo arranca de la obra de hace unos doce o trece años de Goleman, “Inteligencia emocional”. La tesis fundamental, que en gran parte comparto, es que la inteligencia en occidente ha sido identificada con la inteligencia lógico matemática. Siendo los modelos de genios el del científico. Pero, curiosamente, en muchos de los casos, estos eran unos inadaptados sociales; es decir, que habrían fracasado socialmente. Y esto sería así porque su inteligencia emocional, la base de las relaciones sociales, habría fracasado por diversos motivos. Lo que posteriormente intenta demostrar Goleman desde la neurofisiología y en parte lo consigue, y los estudios de entonces para acá lo siguen confirmando, es que nuestras facultades cognitivas superiores, las que tienen su sede en los lóbulos frontales están relacionadas, a través de redes neuronales (para ello habría que introducir aquí el concepto de red neuronal y el de la teoría modular del cerebro) con el sistema límbico, que es el que regula nuestras emociones. Efectivamente, todo esto es cierto. No hay razonamiento sin emoción. Nuestra vida es, fundamentalmente, emocional y pasional. Es un error que viene desde Aristóteles, como ya he dicho aquí –y en esto no siguió a su maestro Platón- considerar al hombre como un animal racional. Esta definición, unida al triunfo de las ciencias naturales basadas en el método hipotético deductivo y matemático dio lugar a una definición reduccionista de inteligencia y ésta quedó relegada a la inteligencia lógico matemática. Pero esto ha sido un terrible error. La actividad científico técnica ha sido entendida desde la inteligencia, pero no así la actividad artística, la vida en grupo, la estabilidad emocional, la acción política, etc. Y, sobre todo, la acción ética. Por supuesto que la inteligencia es emocional y que emociones sentimiento y razón son inseparables. Ya lo decía Platón cuando distinguía tres partes en el alma que son inseparables: dos emocionales: la irascible y la concupiscible y una racional y que dirige a las otras dos. Nuestra inteligencia es racional, pero es la razón, la que dirige a las emociones. Por seguir el símil de Kant, éstas, por sí mismas son ciegas, mientras que la razón sola está vacía. Pero la cosa queda bien clara en la teoría del amor de Platón y su definición de filosofía. El amor es la búsqueda, un impulso, un rapto, una emoción, de lo que no se tiene. Un deseo. Deseamos lo que no tenemos. El amor es búsqueda. Es algo dinámico que nos impulsa, una pasión. La filosofía es, en su etimología, el amor de la sabiduría, el amor de la verdad, del conocimiento, del bien y de la belleza. Es decir, el filósofo, todo hombre en algún momento, busca lo que no tiene. Y lo que no tiene es sabiduría. No sabe lo que es la verdad, ni el bien, ni la belleza, ni la justicia. No las posee, y como no las posee, pues las desea. La filosofía es dialéctica, como el amor. Va de lo concreto a lo universal. El amor quiere la belleza de un cuerpo bello. La búsqueda de la belleza (el saber de ella) le impulsa (deseo, amor, enamoramiento) a poseer el cuerpo que participa de la belleza. Pero éste es el primer escalón del conocimiento de la belleza. El amor, al proceder dialécticamente, va de lo particular a lo universal. Es decir, de la contemplación de la belleza en un cuerpo bello a la contemplación de la belleza de las leyes de la ciencia y, por último, la justicia de la polis. Pero, claro, para proceder dialécticamente necesitamos de la guía de la facultad racional del alma, los lóbulos frontales. Existe un mecanismo de feed-back entre las emociones y la razón y éste se expresa en las redes neuronales que van desde el sistema límbico a los lóbulos frontales del neocortes. Y, la educación, la filosofía, la dialéctica, todo es lo mismo, consiste en que la razón sea capaz de domar a las emociones, no a su eliminación. Y esto es lo que Platón nos demuestra al unir su teoría del aprender, con su teoría del amor y su teoría de la educación del ciudadano. Y todo esto, que olvidó la razón instrumental científica, lo sabían muy bien los clásicos, los sofistas, Sócrates y Platón. Los sofistas enseñan por medio de la retórica, que es el arte del discurso que consiste en convencer de algo, independientemente de la verdad de ese algo. Los sofistas piensan que la verdad es relativa, por eso no intentan hablar a la razón, no creen en ella. Les pasa como a los políticos actuales y a los pseudocientíficos de la psicopedagogía, por eso dirigen su discurso a las pasiones. Lo que nos hace cambiar de opinión son nuestras emociones. Pero, claro, las emociones, las pasiones, son las que nos esclavizan, mientras que la razón, domina (domestica) las pasiones, no elimina, digo, porque el dominio de la pasión es precisamente la virtud. Por eso la razón nos hace libres. Y por eso el conocimiento es un camino hacia la libertad, que va desde el individuo a la sociedad y de la sociedad al individuo. Los sofistas, al dirigir su discurso sólo a las pasiones, convierten la democracia en demagogia y a los ciudadanos en súbditos. Ése es el peligro que ven Sócrates y Platón. Por eso Sócrates se declara ignorante, sólo sé que no sé nada, y entonces, teoría del amor platónica, necesito de la verdad. La búsqueda de la verdad es mi pasión, dirá Sócrates, pero no me dejo convencer por el discurso retórico que habla a las emociones, sino que utilizo el diálogo, la razón. Analizo desde la razón lo que se me dice. Y así educo y domino mis pasiones. La educación es el dominio de las pasiones por medio del conocimiento y, por supuesto, de la educación de la voluntad. Otra de las cosas importantes que han olvidado los psicopedagogos, algo que, como no es observable, se les ha traspapelado en su pseudosaber. La voluntad es el querer o no querer. No somos libres de esto, son las emociones con las que hemos nacido por dotación genética. Ahora bien, sí somos libres de hacer o no hacer lo que queremos o deseamos, y en esto consiste la educación de la voluntad. Las teorías de la psicopedagogía, basadas en el constructivismo, mera filosofía idealista, sin ninguna base en las neurociencias -por eso la psicopedagogía es un gazpacho de teorías inconexas y contradictorias- han olvidado el tema de la voluntad.
En consecuencia, nada nuevo bajo el sol. Sólo retórica recubierta de mito científico. Y esta es la segunda cuestión a tratar. En las palabras de Punset se trasluce que hay una identificación entre ciencia y verdad. Pero, ¡por dios!, esto es un error elemental, que no les permitiría a mis alumnos de bachillerato. En esta identificación se basa el cientificismo, esto es, la conversión de la ciencia en religión e ideología. ¿Por qué será que los psicopedagogos suelen cometer este error?, ¿por qué siempre quieren sostener la verdad de su discurso en el supuesto hecho de que sus teorías son científicas, no indicará esto, precisamente, lo contrario? La psicopedagogía, en su pretensión de ser una ciencia, quiere seguir el modelo empirista, pero éste es algo ya caduco. Además, mezclan teorías cognitivas, con conductitas, otras de la Gestalt, otras constructivistas y, luego, echan mano de la neurofisiología y el resto de las neurociencias. Pero todo para justificar una ideología. Y ahí es donde entramos en el tercer punto.
Estoy ya más que cansado de escuchar que el objetivo de la educación es la adaptación. ¡No señor! De ninguna de las maneras. Si todo proceso de educación hubiese sido mera adaptación a la sociedad cambiante, no hubiese habido ninguna transformación social. Si el objetivo de la educación es la adaptación a la sociedad cambiante –lo que hay que entender aquí es el mundo laboral dominado por el mercado- entonces apaga y vámonos. Se acabó la lucha por la justicia social. Todos obedientes y sumisos al dios mercado. De ninguna de las maneras, el objetivo de la educación es el conocimiento y la virtud pública. Por supuesto que el conocimiento implica una técnica, la posibilidad de realizar un trabajo para el que continuamente tendrás que seguir aprendiendo, pero esto no es un fin en sí mismo. El fin es alcanzar la libertad por el conocimiento y la virtud. Por otro lado, unión, donde las haya, entre la razón y las emociones. Es más, esto supera, incluso, la cansina inteligencia emocional. Aquí estamos hablando ahora de la mayor inteligencia humana, la inteligencia ética. La mayor construcción que el hombre haya hecho jamás. Y esa inteligencia ética tiene que ver con el gran proyecto ético de la humanidad que nace en Grecia y se impulsa con la ilustración que es el de la búsqueda de la dignidad humana: libertad, igualdad y fraternidad. Esos son los objetivos de la educación, no la adaptabilidad al sistema como meras piezas de recambio. Los psicopedagogos, le están haciendo el juego al poder económico-político, en definitiva son los sofistas actuales. Educar para adaptar. El conocimiento como forma de aceptar la verdad establecida, el orden social vigente y el pensamiento único. En definitiva, educar para la sumisión. Lo siento, pero esta demagogia me resulta ya cansina. Es la antesala del fascismo en el que nos adentramos.
Señor Carlos, no tiene usted ni idea de lo que dice. Primero, los profesores han sido culpabilizados del fracaso escolar por muchos sectores. Segundo, a un colectivo no se puede juzgar en su totalidad. Habrá quien lo haga más o menos bien y quien lo haga más o menos mal. Sin embargo, una ley, como la LOGSE-LOE, si puede ser juzgada, analizada y criticada. Además, debe saber usted, que una ley es un marco de acción social, que abre un abanico de posibilidades de sociales y cierra otros. Las leyes son tremendamente importantes, porque son las que vertebran la praxis social. Y también son importantes las ideas, ideologías, intereses y creencias que están detrás de las leyes. Y son todas estas cosas las que analizamos aquí. El análisis del profesorado, así como el del alumnado, es cuestión de evaluación subjetiva; esto es, de cada sujeto, que para eso somos personas, no instrumentos, tanto los alumnos como los profesores. Y, en cuanto a lo de la profesionalidad, pues mire usted, es una palabreja que no me gusta nada, me suena a instrumentalización de la persona, a sociedad tecnificada. La labor del profesor y el maestro es una mezcla de saber y virtud. Es decir, que tiene que ver más con la vocación, el humanismo y el arte. La profesionalidad, absolutamente necesaria, la dejamos para las actividades instrumentales, económicas y empresariales. En cuanto a su última aserción, me parece muy bien, pero incompleta. La política educativa no es que no me importe, sino que me coacciona y, como la considero perjudicial para el alumno y para el profesor y, por ello, para la sociedad en su conjunto, me rebelo contra ella, haciendo un uso crítico de la razón, e, incluso, desobediencia civil. Pero, sí, es cierto, lo que me interesa son los alumnos, pero no que sean más listos que yo, de estos habrá muchos, otros no; sino que lo que me importa es que conquisten la libertad. Con ello quiero decir, que lleguen a ser dignos y autónomos, que decidan y piensen por sí mismos. Y el vehículo más importante para conseguir esto es el conocimiento. Disculpe, pero soy un viejo ilustrado y sigo creyendo en la posibilidad de esos valores universales que deben ser transmitidos por el profesor, pero no como un simple profesional que trata con objetos, sino como persona que trata con personas, es decir, sujetos, fines en sí mismos.
No nos queda más remedio que tener confianza en la razón, a pesar de sus límites y debilidades. Si entronizamos a la razón y tenemos fe ciega en ella caemos en el dogmatismo y éste nos lleva directamente al totalitarismo político que es lo que ha ocurrido en el siglo XX. Nuestro ser contingente abarca también a la propia razón. Creer es un mecanismo adaptativo que nos ha permitido sobrevivir. Pero la creencia ciega nos destruye moralmente. No tenemos más remedio que vivir en la contingencia y la inseguridad. La vida no da para más. Lo que hacemos es entretenernos mientras el tiempo pasa. Pero en ese pasar hay que buscar la excelencia y la virtud y provocar el menor daño posible. Los grandes mensajes y grandes creencias son peligrosos. Lo mejor es la docta ignorancia.
Todos los seres del universo son productos del azar y la necesidad. Son contingentes. Podrían no haber existido y dejarán de existir. Pero lo que sucede es que uno de nuestros mecanismos adaptativos que triunfaron, fue el de darnos importancia. Es decir, el antropomorfismo. Por eso nos resulta difícil aceptar nuestro carácter contingente. Y todo ello procede de que el hombre es consciente de su propio fin, de la muerte. Es ésta la que nos acecha y a la que tememos. De este miedo ha surgido toda la cultura (la ciencia pertenece a ésta), que no es más que una forma antropomórfica de entender el universo. El desarrollo de las ciencias nos ha ido poniendo en nuestro lugar. Por eso es necesario un nuevo discurso ecocéntrico sobre el hombre, que tendría grandes implicaciones éticas y políticas.
***
El hombre es por naturaleza dogmático. No distingue entre errores y verdades porque no suele ejercer la crítica. Su actitud natural es la de la creencia. Por eso siempre he creído que el escepticismo es una buena vacuna. Cuando hablo de escéptico me refiero a su sentido griego, el que busca, no el que niega. Éste cae también en el dogmatismo. El escepticismo es la auténtica actitud ética del intelectual. El dogmatismo es propio de creyentes y abundan por doquier. Los dogmáticos se cierran a las ideas en tanto que se cierran al diálogo. El escéptico es el racionalista crítico, buscador incansable que confía en la fuerza del diálogo más que en la fe. La fe no mueve montañas, destruye. El diálogo es construcción teniendo confianza en que siempre se puede mejorar. La actitud ética del escéptico es la tolerancia, la del dogmático es el fanatismo.
***
La desobediencia civil es la piedra angular en la que debe fundarse la lucha contra las tiranías. No olvidar nunca que los sistemas democráticos vigentes participan, en parte, de la tiranía. La desobediencia civil frente a la injusticia es una virtud cívica. Aquí nos encontramos con una de las paradojas entre ética y derecho. Frente a la tiranía hay que optar siempre por la ética. No confundir nunca mi moral, que es particular, con una ética que pretende ser universal cuya única base es la dignidad. Que el hombre es un fin en sí mismo.
***
Sabiduría budista de la que bebe el estoicismo. No desear nada. La vida es dolor y el origen del mismo es el deseo. Hay que recuperar la filosofía de Schopenhauer que actualizó para occidente el budismo. La única felicidad posible es la negativa, eliminación del deseo. Desapego, apatía. La infelicidad es una cuestión de percepción temporal. Si realmente nos damos cuenta de que el tiempo es apariencia, no habría sufrimiento. El tiempo, el existir es el origen de la angustia. Ésta es siempre miedo al futuro, por eso la felicidad está vinculada a la eternidad, que es precisamente la ausencia de tiempo. Cuando los mitos y la religión hablan del paraíso lo identifican con la eternidad. Sin tiempo, un eterno presente, hay felicidad porque hay identidad y no temor del futuro. La conciencia del tiempo es una carga con la que tenemos que vivir y que nos hace siempre infelices. De ahí que en los evangelios se diga “hasta que no seáis como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos” Lo mismo en el budismo, la felicidad es el nirvana, que es la nada, la ausencia del yo (que es el que desea, por tanto, espera y desespera, origen de la angustia). No se puede pensar en la felicidad porque se cae en la dinámica de la angustia. Por eso decía el filósofo y sabio Spinoza en su Ética, “en nada piensa menos el sabio que en la muerte.” Y Platón, veinte siglos antes, decía “filosofar es prepararse para la muerte”. ¡Qué lejos está la sabiduría! Podemos llegar a comprender, pero difícilmente llegar a ser lo que comprendemos.
Todos los seres del universo son productos del azar y la necesidad. Son contingentes. Podrían no haber existido y dejarán de existir. Pero lo que sucede es que uno de nuestros mecanismos adaptativos que triunfaron, fue el de darnos importancia. Es decir, el antropomorfismo. Por eso nos resulta difícil aceptar nuestro carácter contingente. Y todo ello procede de que el hombre es consciente de su propio fin, de la muerte. Es ésta la que nos acecha y a la que tememos. De este miedo ha surgido toda la cultura (la ciencia pertenece a ésta), que no es más que una forma antropomórfica de entender el universo. El desarrollo de las ciencias nos ha ido poniendo en nuestro lugar. Por eso es necesario un nuevo discurso ecocéntrico sobre el hombre, que tendría grandes implicaciones éticas y políticas.
La diversificación del saber. Especialización científica. La importancia de la filosofía como cosmología.
El desarrollo del conocimiento científico fue posible, surgiendo del ámbito de la filosofía natural, porque introdujo un método y delimitó un ámbito del saber. El método es el que hoy en día llamamos hipotético deductivo. Y, por otro lado, el lenguaje que seguía y en el que se expresaba el método era el de las matemáticas. Por eso decía Galileo que el libro de naturaleza está escrito en caracteres matemáticos. Y también, por lo mismo decía, que la astronomía nos dice cómo van los cielos, mientras que la Biblia nos dice cómo ir al cielo. Aquí establece una clara división entre la religión y la ciencia. Cosa que, por supuesto, no podía admitir la iglesia que tenía el poder en aquel momento y, por ello, el del conocimiento. Por eso lucha contra la separación entre ciencia y religión. Pero el curso de la historia, el progreso imparable, aunque no necesario, de la filosofía natural, posteriormente conocida como ciencia, produjo la separación de hecho, aunque nunca admitida por la iglesia. Pero ésta, poco a poco, con el proceso de secularización al que el saber científico ayuda, pero sin ser el máximo responsable, va perdiendo poder. Y así llegamos a la ilustración en la que se producen las dos revoluciones políticas –en el diecisiete tuvo lugar la revolución científica- que determinan nuestra realidad social. Nos referimos a la americana y el surgimiento de la democracia liberal, con su origen en Locke, y a la revolución francesa que produce el republicanismo con su origen en Rousseau. De la dialéctica entre ambas opciones y la revolución industrial, fruto del desarrollo tecnológico y la globalización iniciada en el Renacimiento, así como el desarrollo de las ciencias económicas y las diversas opciones políticas del XIX, surge el siglo XX y nuestra realidad, cuando se le suma la revolución de las tecnologías de la comunicación. Pero no es el desarrollo de esta historia el que yo quiero tratar aquí. Lo que yo quiero analizar es el problema que ha acarreado el tremendo éxito epistemológico del desarrollo de la ciencia y proponer un modelo de enseñanza, unas líneas generales, que eliminen la brecha, que en la realidad no existe, entre el saber humanístico y el tecnocientífico.
El desarrollo de la tecnociencia nos ha llevado, independientemente de los problemas de la gran ciencia: financiación (capital), política, poder militar, a una superespecialización. El lado positivo de ésta es la eficacia del saber tecnocientífico. El lado negativo es, por una parte, la ignorancia del científico, igual que del humanista, de una visión general e histórica de los problemas, así como una ausencia de interdisciplinariedad lo que nos lleva a una ausencia de diálogo.
Existe un problema estrictamente práctico. El saber es amplísimo y es necesario todo el tiempo de tu vida para acceder a un ámbito del mismo si quieres estar en la primera línea. Es más en los saberes eminentemente prácticos, como la medicina, uno debe estar al corriente de todas las novedades para poderlas aplicar. Esto es una dificultad insalvable que conlleva la inmensidad del saber y es inevitable. Pero hay otro aspecto negativo de la especialización del saber, que es la deshumanización del mismo. Y esto sí es evitable. Mi idea es que la tecnociencia está dehumanizada y que se pierde el norte de una cosmovisión que implique una serie de valores y modos de acción. Y la solución de estos problemas es una forma distinta de enfocar la enseñanza de la ciencia que está anclada en el modelo positivista de la misma. Modelo, por lo demás, ya caduco.
La tecnociencia se enseña en la secundaria y en la universidad desvinculada de su dimensión histórica. Como un conjunto de hechos constatados. De esta manera el alumno tiene una falsa visión de la ciencia. Confunde verdad con ciencia. La ciencia no es la verdad, sino la búsqueda de conocimientos verosímiles. Las verdades absolutas las dejamos para el dogmatismo. Una visión dogmática de la ciencia, es una visión falseada de la misma. La cienia es escepticismo, duda, búsqueda. Por eso es necesario que el que se inicie en la ciencia tenga una visión histórica de la misma. Pero no sólo una visión interna de la historia de la ciencia, que es imprescindible, el hecho de cómo se van sucediendo unas teorías a otras, sino, también, la dimensión externa de la misma. Y no como los acontecimientos que rodean a la actividad científica, sino como la historia en la que la ciencia está inmersa. La ciencia no es algo neutral y etéreo, sino, un producto social, concreto. Con esto no quiero relativizar el conocimiento científico, como hacen los sociólogos de la ciencia, apéndices del posmodernismo. Ya el físico Sokal se encargó de desenmascararlos. Lo que yo estoy sugiriendo es que la ciencia está inmersa en una dinámica histórica y social en la que se dan un conjunto de factores que determinan su desarrollo. Estos factores son de toda índole: ideológicos, políticos, financieros, de intereses profesionales y todo lo demás. Esto no anula, por supuesto, la objetividad de la ciencia, pero sí nos permite entender su desarrollo, que no obedece, como se cree, sólo a la búsqueda de la verdad. Éste último es uno de los factores, quizás el más característico, pero, ni siquiera el más importante. Así, el conocimiento histórico del saber científico nos da una idea más general de la misma, a la par que aúna el saber humanístico con el científico. Pero esta unificación ha de ir más lejos. En última instancia, la pregunta originaria es qué es el hombre. La ciencia no debe perder la perspectiva de lo global. Su descubrimiento particular debe inscribirse dentro de una imagen general del mundo que conlleva unos valores y, de suyo, una forma de acción. Es más, la propia actividad científica contribuye, con la aportación de conocimientos, a la transformación de esta cosmovisión y de los valores éticos. De ahí que el norte y el horizonte último de la investigación científica debe ser el humanismo. En este sentido, la ciencia, la política y la ética están íntimamente relacionadas. Existe una relación de complejidad, no lineal, entre ellas.
Así, la enseñanza de la ciencia debe tener un anclaje histórico, por un lado, y otro cosmológico. Es necesario tener una visión general del mundo, y del hombre en el mismo que sirvan como guía regulativa de la investigación científica y de la praxis (el ámbito de la ética.) Para ello es necesario que en el ámbito de la formación científica y humanística se ofrezca un diálogo interdisciplinar. La especialización elimina la interdisciplinariedad; pero sólo a través de ésta podemos llegar a una cosmovisión (en su dimensión natural y ética.) Por su parte el humanista, como el que se dedica a las ciencias sociales, no puede olvidar que el desarrollo de la ciencia implica una nueva idea y concepción del hombre que excede sus planteamientos. El científico social suele ser un reduccionista y piensa que la naturaleza humana se explica por su dimensión social. De esta forma olvida el desarrollo y la aportación de las ciencias naturales al esclarecimiento de la naturaleza humana. Esto es un error. El desconocimiento científico del humanista lo lleva a la fantasía e incluso a las utopías políticas peligrosas. La ignorancia humanista del científico le llevan a la creencia en una ciencia desencarnada que no tiene nada que ver con el hombre, la ética y la política. Ambos extremos son peligrosos. Y la educación contribuye a fomentarlos. Es necesario una mayor cultura humanística por parte del científico y una alfabetización científica del humanista.
Y aquí entra en juego la filosofía. La historia de la filosofía es, a la par que coincide con la historia de la ciencia hasta el siglo XIX, la historia de la argumentación. Es decir, de la crítica dialógica de las ideas. La búsqueda de una cosmovisión en el que el nivel físico-natural, el biológico y el ético-político queden integrados. Así, el estudio de la filosofía, de entrada, tendría dos funciones. En primer lugar, mostrarnos la argumentación y la crítica racional como forma de acceso a la realidad, la verdad y el conocimiento, saltando por encima de los dogmas, las creencias y las opiniones. Es decir, la filosofía nos enseña a pensar que no es más que poner en diálogo las ideas, partiendo de la base de que lo común es la razón, nuestro logos. El pensar es la búsqueda del conocimiento que, a su vez, tiene a la base, la tolerancia, que es la virtud que se enfrenta al dogmatismo, algo que no sólo se da en la religión, sino que es muy común también en el científico. Una segunda enseñanza de la historia de la filosofía es la serie sucesiva de modelos o visiones del mundo absolutamente integradas que han estado y pueden estar a la base de la investigación científica. Estas cosmovisiones, la dimensión cosmológica de la filosofía, tiene a la base el anhelo del saber global, no de forma extensiva, sino intensiva o integradora. La filosofía como cosmovisión, debe ser un saber integrador.
Y hay también una enseñanza de la filosofía que es el estudio de la ciencia de forma crítica. Esto es, no como una exposición de los logros del saber científico; sino un estudio de la tecnociencia como una forma de acción que pretende buscar la verdad y transformar el mundo integrada en la sociedad. Es necesario que tanto el humanista como el científico tengan un saber crítico de la ciencia. La ciencia transforma la sociedad, pero los ideales sociales, políticos y económicos, también transforman la ciencia y dirigen su camino. Este saber crítico desde el ámbito de la filosofía constituyeron los programas de investigación en Ciencia, Tecnología y Sociedad. Programas de investigación con una dimensión teórica: saber cuáles son las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad y una acción práctica; es decir, ética. Del conocimiento de la ciencia y la sociedad se deriva una praxis, una acción que va encaminada a la consecución de la dignidad humana. Tanto la ciencia, como la política o la economía pueden atentar contra la dignidad del hombre. Si conocemos los dinamismos sociales de la ciencia y persistimos en los ideales humanistas de la ilustración: el hombre como un fin en sí mismo: igualdad, libertad y fraternidad, entonces nuestra praxis debe dirigirse hacia el control de las fuerzas que intentan dirigir nuestro destino eliminando nuestra libertad.