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Filosofía desde la trinchera

Esbozos

Pues efectivamente, lo estabas y más de lo que piensas. No hay ciencia sin ideología y no se puede confundir la filosofía con la ideología. Una gran parte de la filosofía de la ciencia se encarga de los estudios sociales de la ciencia, porque la ciencia es un producto social, no es un milagro que aparece ex novo, ni independiente de los diversos poderes e intereses. Y sí, es cierto, además pertenezco a esa corriente de pensamiento: el racionalismo crítico o realismo crítico que viene a decir que la ciencia, y sobre todo, como muy bien dices, la ciencia básica, que dice que el interés fundamental de la ciencia es la búsqueda de la verdad o el aumento progresivo del conocimiento por la eliminación de errores. La física newtoniana es falsa, pero es ciencia. Y fue refutada por la ciencia de Einstein de tal forma que si concibiésemos la ciencia y sus teorías, que siempre son hipótesis muy bien contrastadas, con una red diríamos que cada vez en ciencia hilamos una red más fina para conocer la realidad. Pero no hay que olvidar que a la vez que abrazamos la realidad con esta red la moldeamos o construimos. Y esto es así porque hay un a priori genético del conocimiento. Esto es la filogénesis del conocimiento. (Como dice el neurofisiólogo Francisco Mora: “Está por hacer una epistemología evolutiva del conocimiento”) Ahora bien, el hecho de que la ciencia sea la búsqueda del conocimiento no la reduce a ello, (el físico y biólogo Bunge habla de una n-dupla de doce caracteres que definen a la ciencia) es mucho más, entre otras cosas, intereses: profesionales, políticos o económicos, por ejemplo, e ideología, como lo vemos claramente en las ciencias económicas hoy en día con el manido neoliberalismo.

            Pero, de todas formas, qué tiene esto que ver con lo que comenta el artículo, que es lo importante, y con lo que comento yo, que simplemente añado a lo importante del artículo que no sólo son los economistas los que deben salir a la palestra a dar razón (actividad científica donde las haya), sino también los filósofos, porque los problemas son en última instancia filosóficos. Y los problemas nos pueden llevar a la ruina, como ocurrió a partir del 32. Hoy en día aún más. Por el contrario, yo he atacado a la inmensa mayoría de los filósofos, que no son tales, y que viven escondidos en la academia y no salen a cielo abierto y miran la realidad que nos rodea y a hacen filosofía en el ágora, la plaza pública, ocupándose de lo que a todos los mortales nos ocupa. Un saludo.

Hay un error de fondo. En el 32 los economistas tenían que haber dado la cara también, como los filósofos y, algo después la dieron, pero se pasó por una guerra que fue el colofón de la crisis económica. Hoy en día los economistas tienen que dar la cara y explicar la cuestión técnica. Pero el problema es filosófico, o sigue siéndolo. Es un problema de imagen del mundo y de epistemología, es decir, del estatus científico de la economía y del significado de la ciencia en su conjunto para la humanidad. En definitiva un buen artículo por lo que apunta, pero se equivoca de gente. El punto de mira son los economistas teóricos y, como siempre, los filósofos. Porque la filosofía es la que se ocupa de desenmascarar las ideologías y no hay ciencia sin ideología ni sin interés. Pero, ¿dónde están los filósofos? Pues hay pocos y, mientras, los profesionales de la filosofía se pelean por un asiento en la academia perdiendo su tiempo y malgastando el dinero público en “investigaciones” absurdas, sin sentido y meramente doxográficas. Alejados de la realidad.

Harto de tanto socialista progre que, después de treinta años de neoliberalismo como discurso de lo inevitable, se quieren volver de izquierda, cuando renunciaron al marxismo y con él a cualquier discurso crítico de izquierda. Harto de tanto funcionario que ha permitido la corrupción de la administración, en especial, la educación, con esa perversa ley  LOGSE-LOE, que todos, o casi, soportaron indiferentes y ahora protestan por un plato de lentejas o por la indisciplina en las aulas. Harto de la falta de compromiso del intelectual que se acomodó en el sillón televisivo y mediático, que se dejó absorber por el sistema para ser paseado por institutos y casas de “cultura”. Harto de tanta indiferencia que ahora se quiere transformar en golpes de pecho, una vez más, hipócritas.

LA DARWINIZACIÓN DEL MUNDO.

 

A Carlos Castrodeza, In Memoriam.

 

            Hace unos meses ha fallecido uno de los filósofos de la ciencia y biólogo más competentes en España y más relevante en lo que concierne al estudio y el conocimiento de la teoría de la evolución. Gran parte de su vida la dedicó al estudio de ella y sacó las consecuencias últimas que la teoría evolucionista encierra a todos los niveles. Su última obra, escrita hace un par de años, la podemos considerar como su testimonio teórico, sus conclusiones más refinadas sobre el evolucionismo. Esa obra lleva el título, sugerente y provocativo de “La darwinización del mundo”. Y arranca también de la obra del filósofo darvinista Dennet “La peligrosa idea de Darwin.”

 

            La cuestión es que la teoría de la evolución, la idea ontológica que ella conlleva nos ofrece una visión del mundo absolutamente distinta a la que nos hemos ido creando y construyendo a lo largo de la historia. Todo en la historia es construcción. Todo en la historia es una búsqueda de sentido a lo que no es más que azar y necesidad. La idea de Darwin tiene consecuencias y las consecuencias de la idea darviniana es, en primer lugar la eliminación del antropocentrismo. Poco a poco el conocimiento nos había ido minando nuestra vanidad, pero el darwinismo acaba con ella definitivamente. Lo que el darwinismo nos dice y su consecuencia ontológica nos muestra a las claras es que todos los seres de la evolución son, desde el punto de vista evolutivo iguales, además de que su existencia depende de un equilibrio sistémico. No podemos entender la existencia de los individuos y especies por separado. Todos existen en la medida en la que se produce un equilibrio ecológico. Si éste se rompe, se rompe la unidad y múltiples especies desaparecen o se transforman. El hombre no está escindido de la evolución de los demás seres. El hombre ha producido cultura, pero la cultura procede de su cerebro y de la interacción entre los individuos dotados de cerebros y de éstos con el medio. La cultura es un producto natural emergente que nos permite nuestra propia subsistencia. Por ello la cultura no tiene valor absoluto, lo que no implica que caigamos en un relativismo. El valor de las culturas es un valor objetivo y biológico. Por tanto, la peligrosa idea de Darwin nos lleva a la eliminación definitiva del antropocentrsimo y a la igualdad de todos los seres vivos, con las consecuencias éticas que ello conlleva. La supervivencia del hombre depende de la supervivencia de la ecosfera. Esto es lo que podemos llamar el nihilismo naturalista. El hombre no es nada, en sentido especial, y lo que es lo es desde el punto de vista natural. Pero la darwinización del mundo nos lleva más allá. Como decía el origen de toda nuestra cultura es estrictamente biológico. Así, la base de aquello que consideramos estrictamente humano, la moral y la política, no son ideosincráticos del hombre, sino que se pueden rastrear sus orígenes en la etología de los primates a los que pertenecemos. Nuestra ética surge de nuestra sociabilidad, y de ahí también la política. La sociabilidad se basa en la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de sentir su dolor y su placer. Pues de aquí surge todo principio ético. Es lo que podemos llamar altruismo recíproco o egoísmo recíproco, según seamos más o menos optimistas sobre la condición humana. En definitiva, la cooperación y colaboración es posible gracias a la empatía natural del hombre que hace posible la colaboración interesada, un quid pro quo. Y ésta es la base de la ética. De ahí que, para mí las dos patas de la ética naturalista sean las que he mencionado. La primera es la de la cooperación sistémica con el resto de los seres naturales en pie de igualdad ontológica y, la segunda, la de la cooperación interesada entre los miembros del clan que es lo único que permitirá su subsistencia. De ahí el concepto de nihilismo naturalista. Cuando hablo de nihilismo a lo que me estoy refiriendo es a que no existe un discurso que apunte a algo trascendente a la propia naturaleza. Que todo se reduce a la naturaleza, aunque en esta existan propiedades emergentes, que eso es otra cosa. Por ende, no existe nada más allá de la naturaleza y el hombre se reduce a la naturaleza. Pero lo que rige en la naturaleza es el azar y la necesidad. Existimos, tanto a nivel de especie, como individual, como bien podríamos no existir. Formamos parte de una gran cadena evolutiva cósmica. Una cadena evolutiva, sin sentido, sin finalidad, sin referencia trascendente. Lo único que nos queda es el conatus spinozista, la reafirmación en nuestro ser. El nihilismo al que me refiero, entonces, apunta a la contingencia de nuestro ser y del universo. Y cuando hablo de naturalismo lo que quiero decir es que no debemos intentar trascender la naturaleza y sus leyes, porque entonces caeremos en discurso alienantes, autoengaños, como la idea de progreso, el antropomorfismo, el amor al prójimo desinteresado y demás quimeras que nos han permitido sobrevivir, pero que no son más que discursos autoreferenciales. Lo importante es que nos han permitido vivir, o sobrevivir, pero no son reales. El naturalismo lo que quiere es precisamente señalar esto, que todo es naturaleza, que nada tiene sentido, salvo el propiamente evolutivo. Cuidado, no confundir evolución con competencia ni supervivencia del más fuerte. Esto fue una lectura sesgada e interesada del capitalismo del XIX que se ha reactualizado. Hay más de colaboración que de competitividad en la evolución. Por tanto, todo discurso cultural pierde su valor absoluto y se reduce a la contingencia evolutiva, como la forma de una hoja o la de las garras de un felino. No hay más, ni hay para más. Pero, ni más ni menos. Porque el discurso nihilista-naturalista nos saca del gran error de la humanidad, la concepción de un ser, el hombre, por encima de los demás seres y que es dueño y señor. Un ser humano que ha inventado historias para justificar su masacre y exterminio de la ecosfera a la que pertenece por naturaleza. El nihilismo nos vuelve a nuestra posición, destruye la vanidad humana y nos sume en la humildad. Y si aprendemos el valor exacto que tenemos pues quizás actuemos éticamente para la preservación de la biosfera, sin olvidar que nosotros somos biosfera.

 

            Además una idea mística se desprende de todo esto. En realidad, la cultura al separarnos de la naturaleza ha producido una conciencia escindida, una conciencia de dualidad. La propuesta naturalista es panteísta. Sólo existe un ser que está constituido por todo lo que hay y las individualidades que lo constituyen todas ellas están interrelacionadas, de tal manera que su relación es sistémica. Y, desde el punto de vista ontológico, todas son iguales, desde los átomos, pasando por las bacterias y terminando por los grandes saurios o los mamíferos. Debemos tomar conciencia cósmica de esto. Nuestra materia es la matera que existe desde los orígenes del universo organizada en una singularidad que es mi especie y una singularidad con cierta conciencia que yo llamo “yo”. Sería de gran interés recuperar esta conciencia cósmica, que no es ninguna novedad, puesto que algunas religiones la tienen, más que nada por dos razones, nos produce paz y sosiego: un reencuentro con uno mismo a través de lo demás. Y porque sirve de base teórica para una ética de la responsabilidad. Una ética naturalista ecológica sin la cual la supervivencia del hombre en la tierra es inviable. Y no es un problema de desaparición de especies, sólo, o de calentamiento global. Esto no son más que respuestas de la biosfera a la situación de stress a la que está siendo sometida. Metafóricamente podemos decir que somos un mal resfriado para la tierra: la tierra sanará, nosotros casi nos extinguiremos.

 

 

El fin.

 

            El hombre sigue empecinado en crecer. No acaba de entender que el crecimiento es limitado. Es más que ha llegado a su fin. Lo que nos resta es adecuarnos al decrecimiento. La opción o es política o es por fuerza. La tierra obrará sin piedad. Se ha roto el equilibrio y, si concebimos la tierra como un sistema, se reorganizará. Así podemos entender el cambio climático que hará inviable la vida tal y como la conocemos, como una respuesta de la ecosfera a la acción humana. Sólo escucho la palabra crecimiento, incluso crecimiento sostenible. Pero no hay sostenibilidad en el crecimiento, solo en el decrecimiento que, por otro lado, ya estamos viviendo. El hombre no acaba de tomar conciencia de ello. Vive como en una nube, en una creencia. La idea del progreso basado en la ciencia y la técnica, aliada al capitalismo ha creado una conciencia que a la inmensa mayoría no le permite ver fuera de sí. Es una conciencia alienada, el hombre es víctima de un autoengaño. Pretendemos parchear la crisis, creyendo solucionarla. Es necesario el cambio revolucionario de sistema, si es que aún es posible, o, lo peor, si es que el hombre es capaz de salir de su estado de alienación. Y éste es el verdadero problema, el único problema filosófico, político y moral, la supervivencia de la humanidad. Todo lo demás es secundario. La crisis no es más que una consecuencia de este problema. consecuencia dramática que nos puede llevar a salir de nuestro estado de letargo y contemplar lo que es importante. Pero mi pesimismo, y mi nihilismo naturalista me impiden verlo. Quizás estemos abocados a un colapso civilizatorio que acaba de comenzar y que irá en aumento y acelerándose progresivamente. Otra cuestión es si merece la pena que la humanidad se salve. Sólo tenemos que echar un vistazo a la historia de la humanidad. Es curioso, el periodo más largo de paz en todo ella ha tenido lugar en Europa durante sesenta años, desde la segunda guerra mundial hasta la guerra de los Balcanes, pero en el resto del mundo había luchas, guerras y genocidios, además de la guerra fría que fue lo que de alguna manera determinó ese periodo de paz. Pero nos armamos hasta los dientes. Lo suficiente como para destruirnos varias veces. Es incomprensible una especie así. Es la especie más depredadora que existe. Confundimos emprender y transformar el medio con depredar. Además, la especie humana es depredadora de sí mismo. Esto explica la guerra entre imperios, la aniquilación de culturas y civilizaciones enteras. Lo bueno que el hombre ha creado no es más que una isla en un océano de maldad, genocidio, crimen y sinsentido.  El hombre es capaz de pelearse por las ideas más sublimes. Qué contradicción, la guerra de religiones. Discurso que predican la paz y la fraternidad y que se convierten en el arma ideológica para la guerra o para el totalitarismo y el exterminio del disidente. ¿Quién puede dar algo por esta especie? Somos primates y nuestra organización es jerárquica, la democracia es imposible y los derechos humanos papel mojado que los países poderosos utilizan para dominar a los débiles que tienen la riqueza que ellos codician. No creo que nadie sensato pueda defender a esta especie. Y, sin embargo, sólo la sonrisa de un niño, nos hace olvidar todo esto. Por eso, quizás si merezca la pena, pero lo que ganaremos será sufrimiento, mucho sufrimiento. A los grandes poderes no les interesan los individuos aislados, esa sonrisa. A los grandes poderes lo que les interesa es el dominio. Representan la hybris, la ambición desmedida y descarriada. Una ambición, que, como vemos, se autodevora. Hemos tenido un inicio y tendremos un final. Un final tras una gran apoteosis. El desarrollo tecnológico ha llegado a su límite porque ha traspasado los límites del crecimiento. Desarrollo tecnológico y capitalismo son los que nos han permitido este crecimiento desorbitante que ahora toca a su fin. Pero, no lo olvidemos, nada homogéneo, crecimiento para unos cuantos, porque el crecimiento mata, Quizás lo que nos quede es contemplar y, mientras tanto, cultivar nuestro jardín.

EL VALOR DE LA FILOSOFÍA HOY

Discurso en la ciudad de Mérida de los libros “Reflexiones de un francotirador” y “Escritos desde la disidencia”.

 

            En primer lugar agradezco a Manolo Cañada y a todos los miembros de la trastienda de Mérida el que me hayan invitado y además elogio su tarea y su lucha por la justicia social. Mi labor es desde la trinchera, como uno de los libros se titula. Es la labor del pensamiento. El pensamiento es lo que nos ha constituido como humanos y es lo que se nos está robando en este mundo en el que el dominio, el poder es de unos pocos que han cosificado a los hombres transformándolos en mercancía. De ahí que yo considere que  el problema y la crisis es ética y filosófica. Obedece a una falsa imagen del mundo. Y esa imagen del mundo es la filosofía posmoderna, una negación de la Ilustración que se ha radicalizado. Y aquí se mezclan varias cosas. En primer lugar, la Ilustración se ha pervertido constituyendo la doctrina neoliberal. Y, en segundo lugar, se ha negado la Ilustración dando lugar a la negación de cualquier tipo de discurso que intente dar un sentido al mundo y esto es la filosofía posmoderna. La conjunción de estas dos falsas concepciones de la razón y de la realidad nos ha llevado al mundo que tenemos. Por un lado el neoliberalismo acaba en la explotación máxima del hombre por el hombre. Por otro lado, el posmodernismo acaba en el relativismo radical que justifica cualquier discurso y, que en definitiva, no es más que la justificación del poder del más fuerte. De ahí que la posición de la filosofía sea un pensar desde la disidencia y un pensar como un francotirador. El disidente es el denunciante y esa es su labor de francotirador.

 

El origen del pensamiento.

 

            El pensamiento es una herencia griega que constituye y junto con otras tradiciones funda a Europa. El pensamiento es el logos y surge en la democracia. No se puede separar el pensamiento de la democracia. De ahí que hoy en día no haya pensamiento, hay pensamiento único, lo cual no es pensamiento, sino doctrina. La democracia está ligada al logos y el logos a la democracia. La razón, para que se pueda ejercer necesita de dos es dialógica. La razón no es absoluta, sino que es un instrumento que nos lleva hacia las verdades que rigen la polis. Y ese diálogo se realiza en el ágora. El ágora es el lugar vacío ocupado por la razón. Cuando hay democracia en la plaza se dialoga. Cuando la plaza es ocupada por algún poder, religioso, económico, u otro cualquiera, entonces se acaba la democracia y comienza la tiranía. Porque frente a la democracia sólo existe el totalitarismo. Y eso es lo que ocurre hoy en día. Se ha sustituido la democracia por la dictadura del mercado y de los mercaderes, porque no olvidemos que tienen nombre, que no son entes abstractos. Que, en definitiva, detrás del mercado está la ambición humana. Por eso el pensamiento es la esencia de la democracia, porque pensar es siempre dialogar, enfrentar posiciones desde la razón. Ya sabemos que en el mundo de la polis no existen las leyes necesarias como en la naturaleza, sino las normas convencionales, pero no por ello subjetivas, sino objetivas, fruto de un acuerdo común. De ahí que el relativismo fuese un fenómeno que se diese en Grecia y que dio al traste con la democracia, la transformó en demagogia. Algo similar es lo que ocurre hoy en día con la llamada posmodernidad. La posmodernidad que se jacta del fin del discurso, que defiende y acaba en el relativismo, que disuelve el arte en pura arbitrariedad mercantil. Pues bien, esa posmodernidad también acaba con la política y la convierte en un instrumento en manos del poder económico. La posmodernidad son discursos negativos.

 

            De lo que se trata es de defender el logos, la razón, la democracia. No como absolutos, sino como conquistas ético políticas de la humanidad. Y esto que venimos diciendo es lo que está siendo amenazado en la actualidad. No es que yo defienda una idea de progreso de la historia. Al contrario, la idea de progreso es un mito y está a la base del neoliberalismo que nos promete la liberación del sufrimiento de la humanidad por el mercado, por medio del capitalismo salvaje en el que vivimos. No, no existe progreso en la historia. Siempre que se nos ha hablado de progreso hemos caído en un totalitarismo. El progreso es una idea heredada de la religión cristiana, pero que, curiosamente, la Ilustración endiosó, junto con la razón. Ésta es la parte que yo llamo pervertida de la razón. Y ésta la ha heredado el discurso científico, las utopías políticas y, como no, la utopía neoliberal. La crítica a la idea de progreso es muy importante para darnos cuenta del gran engaño en el que vivimos, y en el que hemos vivido en el siglo XIX y en el XX y ahora en el XXI. Es el mito del progreso el que nos ha llevado a cometer las mayores atrocidades de la historia. Y el progreso histórico no es fruto de una ley o conjunto de leyes históricas, económicas, como nos hace pensar ahora el neoliberalismo, sino una creencia basada en un mito del cristianismo. Por eso, cuando defendemos el logos, la razón, la democracia lo hacemos de forma objetiva, no absoluta. La democracia como una forma de gobierno perfectible. Y que, igual que es perfectible, se ha arruinado en los últimos cuarenta años. Y se ha arruinado, precisamente, por el acoso del neoliberalismo y de la filosofía posmoderna.

 

Fin de época. Quiebra del capitalismo global.

 

            Decía nuestro apreciado Ramón Fernández Durán que estábamos asistiendo al fin de una era, al fin del capitalismo global. Particularmente estoy de acuerdo con Ramón. Esto significa que habrá un cambio, dure más o menos de nuestra sociedad desde sus cimientos. Un cambio de paradigma. El capitalismo es un sistema de producción que tiene un principio y tiene un final. Estamos asistiendo al final. El capitalismo se basa en un concepto que es el de crecimiento. Sin crecimiento es imposible concebir el capitalismo. De ahí que la idea de progreso le haya venido como anillo al dedo. Pero lo que ocurre es que en un planeta limitado no es posible un crecimiento ilimitado. Y esto es lo que ocurre. Las crisis del capital se reducen a crisis del crecimiento. En la crisis de los años setenta se produce una alternativa. Por un lado tiene lugar el informe del club de Roma “Informe sobre los límites del crecimiento”, por otro lado, está la apuesta de Reagan y Thacher por el modelo neoliberal de la escuela de Chicago inspirado en Milton Friedman. Y ésta última es la apuesta que venció y el resultado es el que tenemos. Agotamiento de los recursos energéticos, alimenticios, acuíferos y el calentamiento global. La transición será dura y durará décadas. Pero lo que sí está claro es que habrá un decrecimiento. Pero este decrecimiento puede ser forzoso, como lo está siendo ya, o puede ser guiado. Y eso último exige una recuperación de la política frente al poder del mercado. Pero para recuperar la política es necesario la recupoeracuión del pensamiento y éste tiene lugar cuando el ciudadano deja de ser vasallo, como lo es ahora y es capaz de tomar las riendas de su propio ser y de su polis. Por eso es necesario el pensamiento y de ahí el valor de la filosofía, pero no la académica, sino la que tiene lugar en la polis.

 

            Mi propuesta es el ecosocialismo. La unión del pensamiento y filosofía ecologista con el socialismo entendiendo a éste como justicia universal. Sino organizamos un sistema de producción en el que el centro sea la biosfera y no el hombre será inviable la supervivencia de este último o sufrirá retrasos de siglos. Y para esto es necesario un cambio de paradigma. Como decía Sacristán, pasar del paradigma de la producción al paradigma del cuidado. Un cambio de paradigma requiere una revolución. Y no me estoy refiriendo a una revolución violenta, aunque violencia ya la hay, y bastante, por parte del neoliberalismo, sino a una transformación profunda. Y esa transformación implica una transformación ética, social, filosófica y, por supuesto económica. Para empezar la economía es una ciencia humana. Su desarrollo desde la Ilustración la ha pretendido convertir en una ciencia neutral cuando realmente no lo es. Su matematización la ha pretendido equiparar a la reina de las ciencias, la física. Pero esto, en lugar de producir claridad ha producido oscurantismo. Y cuando nos referimos a una transformación ética me refiero a la recuperación del principio de responsabilidad de Jonas. Y esto lo uno a una ética cosmopolita. Hay que tener en el horizonte la frase de Terencio y la filosofía de los cínicos de que “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” como nos recordaba M. Noussbaum. El principio de responsabilidad de esa ética ecocéntrica y verdaderamente humana abarca al que está lejano y al no nacido. Y, a su vez, ello incluye que es cosmopolita. De ahí que la propuesta sea ecosocialista. Nuestro sistema de producción tiene que tener como centro el ecosistema, puesto que nosotros somos ecosistema, por un lado, y la equidad, de ahí lo de socialismo por otro. El cosmopolitismo ético nos lleva al reconocimiento de la igualdad de todos los hombres. Pero, además, al ser el centro el ecosistema, nuestra vida está ligada, como así es realmente, a la biosfera. Y estos son los principios, antropológicos, éticos y económicos que el nuevo sistema o paradigma debe introducir. Y, a su vez, deben desarrollarse desde una política del decrecimiento y realmente democrática que haya recuperado al pensamiento y, con él, al ciudadano. Y, como digo, no hay alternativa a la política del decrecimiento.

 

 

                                               Juan Pedro Viñuela

 

                                               22 de junio de 2012

 

La inevitabilidad y la vida.                               

 

Sólo el que vuela alto sabe porqué los pájaros cantan. Javier Rodríguez

A Javier, In Memoriam.

            La vida es el transcurso por lo inevitable. Entre la monotonía diaria del existir se esconde y acecha lo que nos es a todos inevitable, la muerte, el fracaso, la enfermedad, el accidente. Ésta es una característica esencial de la vida. Y lo curioso es que esa inevitabilidad es inevitable. Y precisamente lo es por los límites de nuestro conocimiento. Éste es limitado, sólo se acerca a lo que nos rodea, no tiene capacidad de predicción, el futuro lo vislumbra entre la niebla. Además, la vida, que es en esencia libertad, construcción en el mayor sentido de la palabra para aquel que vuela alto, es sorprendente. El pasado nos arrolla hacia el futuro y éste se esfuma en la niebla, lo mismo que el pasado. Toda nuestra vida la intentamos pasar dándole un sentido a este ir y venir entre la niebla, en la incertidumbre y acosados por la mayor de las incertidumbres, la muerte. La muerte nos está reservada a cada cual de forma inexorable, pero incognoscible. ¿Y qué sentido tendría nuestra vida si supuésemos el momento de nuestra muerte? Seríamos autómatas, no humanos. Seres regidos por las leyes deterministas de la mecánica, no humanos que construyen, cada cual como puede su vida. Teniendo como meta hacer de ella una obra de arte como decía Ortega, algo irrepetible.

            Por eso es necesario volar alto, ir a las altas cumbres, ver a la humanidad en su indigencia, tomar distancia de todo lo que es cotidiano y nos acongoja. En el fondo, todo eso no tiene sentido, es afanarse en un sinfín de actividades para olvidar quiénes somos, seres inevitablemente abocados a la muerte, seres que buscan un sentido. Y ese sentido se encuentra trascendiendo la cotidianidad, lo repetitivo, lo de todos los días. Desde lo alto, todo lo importante pierde importancia y aparece lo importante. Y por eso los pájaros ríen porque ven el gran teatro del mundo en los que los hombres se pierden cada cual en su afán perdiendo la capacidad de dar la importancia justa que cada cosa tiene. Y, por más que nos empeñemos, la importancia es escasa. La importancia de la vida la encontramos en lo que creemos menos importante, en lo que no cuesta dinero y no tiene precio, en una sonrisa, en una caricia, en un amanecer, en la contemplación de un cuadro, o la audición de una pieza musical, en un paseo… En todo aquello que relegamos por el afán del trabajo, en todo aquello que las luchas con los demás nos impiden ver cada día. Porque cada día el mundo está ahí. Y cada día la gran representación del gran teatro del mundo está ahí y podemos participar, como peones de ajedrez, o lo podemos contemplar con la sonrisa huidiza del sabio. Por eso el hombre debe subir a las cumbres, seguir altos ideales, no dejarse atrapar por el fango y cantar con los pájaros. Así será un referente del hombre, una lumbrera de la humanidad, un solitario en marcha con otros solitarios. Pero alguien que en el fondo ha entendido la importancia de lo importante y la necedad de lo que consideramos importante.

            Porque el que vuela alto vuela con las alas de la libertad. Y, la libertad, aunque no nos garantice la felicidad, es el bien más preciado. Es lo que nos lleva al conocimiento de nosotros mismos y de la humanidad. Y de ahí que por eso siempre al hombre libre el que ha volado alto siempre tendrá la sonrisa en el rostro, como sus compañeros los pájaros y cantará para que le acompañemos.