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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

                                   21 de octubre de 2009

 

Muy distintas son las muertes de Jesús y Sócrates. Dos modelos distintos de vida. A pesar de las coincidencias y de que la tradición los ha querido acercar, son distintos. Sócrates es el modelo de la vida filosófica comprometida con la polis. Con la búsqueda del conocimiento y la virtud que da la sabiduría y la serenidad. Y que esta búsqueda tiene lugar en la polis, en relación con los demás. La de Sócrates es una muerte serena, aceptada. Todo se le ha dado en la vida. Ha alcanzado la sabiduría, ya nada tiene que temer, es digno, feliz y dichoso. La muerte sólo es el final de esa plenitud para extinguirse en la nada. La vida ha sido plena. La muerte le es ajena al sabio, como diría Spinoza, en nada piensa menos el sabio que en la muerte. Y también dice Platón que, filosofar es prepararse para morir; esto es, una vez que estamos preparados, ya no nos importa. Pero, en cambio, la muerte de Jesús es un sacrificio, una pasión, incluso está la duda al final, dios mío por qué me has abandonado. En lugar de la serenidad encontramos el dolor, el sufrimiento y, al final, la resignación. El valor que transmite aquí el cristianismo es el de la resignación. En definitiva es una negación de la vida. El filósofo, el sabio, afirma la vida siempre que merezca la pena ser vivida: la vida virtuosa, en definitiva.

 

 

                                   21 de octubre de 2009

 

            La sombra de Sócrates es alargada. Para entender nuestra civilización occidental tenemos que tomar como referencia dos pilares. Uno es Atenas, que expresa la tradición crítica y racional y el otro es Jerusalén, que nos transmite la tradición religiosa, concretamente el judeocristianismo. Sin estos dos pilares y lo que ello conlleva, añadiéndole lo que de novedad pudieron aportar el renacimiento y la ilustración, no podemos entender nuestra sociedad. Además hay que tener en cuenta que nuestra civilización occidental se ha globalizado y ese proceso comenzó, precisamente, en el renacimiento, para bien y para mal. Pues igual que los dos pilares se centran en dos ciudades, también los podemos concretar en dos personajes históricos, hasta, cierto punto enigmáticos y legendarios, que producen un giro radical en el pensamiento y en sus tradiciones culturales. Ambos personajes, a su vez, tienen sus semejanzas y sus diferencias. Y de ambas podemos aprender en la tarea de intentar comprendernos a nosotros mismos a través del estudio del origen de nuestra tradición. Me toca ahora hablar de Sócrates, haré algunas referencias a Jesús de Nazaret, a éste último, en su momento le reservaremos una reflexión a parte.

 

            Cada vez que leo algo sobre Sócrates, o que lo tengo que explicar y exponer a mis alumnos encuentro al personaje mucho más seductor y en la misma media más incomprensible. Cada vez encuentro más claves en su quehacer filosófico para entender la realidad histórica en la que se encuadra su filosofía y, por otro lado, para entender mejor la realidad de la democracia en la que vivimos y sus defectos o imperfecciones. En Atenas nos encontramos con que se había desarrollado una democracia que implicaba el gobierno del pueblo. Era una democracia directa y asamblearia, las decisiones se tomaban directamente por los ciudadanos. Desde luego no era una situación idílica porque no todos los ciudadanos participaban y tampoco eran todos ciudadanos. Pero no vamos a entrar en estas disquisiciones que tienen que ver con la teoría democrática, de lo que hoy quiero hablar es de la personalidad filosófica de Sócrates y su influencia paradigmática para el resto del pensamiento. Los sofistas, a su manera, alimentan la democracia. Lo que podemos decir es que la democracia es la condición de posibilidad política de que se dé la filosofía o el pensamiento, porque la democracia implica la libertad desde la isonomía y la isegoría. Los sofistas inventan el arte del discurso, a esto le llamamos la retórica que consistiría, grosso modo, en el arte del discurso que pretende convencer, independientemente de la verdad de aquello de lo que se convence. Esto es muy importante y tiene que ver con la esencia de la democracia. Pero aquí precisamente, nos vamos a encontrar la tensión entre los sofistas y Sócrates, tensión que se mantiene en la actualidad. Es una tensión propia de la democracia. Hoy en día podríamos hablar de la tensión entre el político y el intelectual, o, incluso, entre el político profesional y el político en tanto que ciudadano y vocacional (el que quiere el bien de la polis, o el que se dedica a la política, como acabo de leer en frase de Vaclas Havel, por imperativo ético). Y es esta tensión a la que me quiero referir es la que da sentido a la vida y la muerte de Sócrates, pero que trasciende al propio Sócrates porque es una tensión de la democracia como forma de gobierno. Los sofistas inventan la retórica porque parten de un presupuesto filosófico de gran calado y de enorme actualidad. Los sofistas llegan a la conclusión de que el conocimiento es relativo, de que la verdad absoluta no existe, que la verdad, el bien y la justicia, dependen de circunstancias y momentos. Que la verdad, el bien y la justicia tienen más que ver con la utilidad y la conveniencia que con una correspondencia con algo real. Pues bien, este principio relativista es de enorme interés para la democracia porque este sistema de gobierno parte de la idea de que en democracia la verdad absoluta no está de parte de nadie, por eso es necesario e diálogo y el consenso. Por eso decíamos que la democracia es la condición política de posibilidad para que se desarrolle el pensamiento, porque éste último es diálogo. Y por eso decía también que la democracia y la sofística se necesitan mutuamente. Con ello quiero decir que los sofistas, que han pasado por ser los malos de la historia, debido al triunfo de la filosofía platónica a través del cristianismo, no son, en ningún modo, los equivocados. La democracia se desarrolló porque los sofistas la alimentan desde el relativismo. Lo que sucede es que el relativismo puede acabar radicalizándose, de tal forma que, paradógicamente, se convierte en un absoluto en el que la divisa es todo vale; y cuando todo vale, la verdad se basa en la imposición del poder. Es verdadero aquello que defiende el más poderoso. Pero la sofística, aún no degenerada, defendía, que el discurso retórico debía defender que la verdad, el bien y la justicia eran lo conveniente y útil en ese momento para la polis. Y es esto último lo importante. Una democracia saludable, parte del presupuesto de que nadie tiene la verdad y que por medio del discurso retórico podemos convencer a la ciudadanía de lo que es mejor para el bien común, la polis. Ahora bien, es fácil deslizarse de la retórica a la demagogia. Si el discurso retórico es el que marca que es lo que debemos considerar como verdadero, es fácil caer, y eso ocurre por las propias tentaciones del poder, en que lo verdadero es aquello que nos beneficia a nosotros particularmente, nos olvidamos entonces de la polis. Y es aquí cuando caemos en la demagogia, el intento de convencer a los demás para nuestro propio provecho particular, o en las democracias actuales, partitocracias, el beneficio del partido. Es decir, que la retórica que tiene a la base el relativismo tiene en sí mismo el germen de la demagogia; es decir, de la corrupción de la democracia en su propia esencia. Pero profundicemos un poco más en la retórica y la demagogia para poder entender el pensamiento socrático y su enfrentamiento contra los sofistas. La retórica es un discurso que intenta convencer a partir de argumentos racionales, si bien utiliza en el proceso de la argumentación, falacias (argumentos lógicamente incorrectos). Pero, en definitiva, estos argumentos están dirigidos a la razón. Ahora bien, la retórica también se dirige a las pasiones, en este caso la razón ya no juega el papel del filtro por el que han de pasar nuestras decisiones a la hora de elegir. Pues bien, una diferencia importantísima entre la retórica y la demagogia es que ésta última se dirige directamente a las pasiones pasando por encima de la razón. La cosa es de gran calado. Porque si bien, desde la retórica todavía se considera al ciudadano en cuanto tal, un individuo capaz de elegir libremente después de haber escuchado diferentes razones sobre un mismo asunto, en la demagogia, por el contrario, de lo que se trata es de convertir al individuo en masa. El asunto consiste en que la demagogia instrumentaliza al ciudadano, lo pone al servicio de sus propias pasiones. El discurso demagógico, al estar dirigido al corazón, es inconsciente, impulsivo, cambiante y gregario, recordemos el fragmento de la obra de Shakespeare Julio Cesar, cuando Marco Antonio convence demagógicamente a la ciudadanía de cosas distintas sucesivamente hasta que consigue que se rebelen contra el poder, fin que él deseaba por venganza y por poder. Y cuando los ciudadanos obedecen sólo a sus pasiones e intereses particulares entonces se convierten en esclavos de sus propias pasiones, pero resulta que éstas últimas están dirigidas por el poder, con lo que los ciudadanos se convierten en masa homogénea manipulable eficazmente.

 

            Y es aquí en esta disyuntiva, que se repite en nuestras democracias, por muy distintas que sean a la griega, donde entra Sócrates. Es más, la demagogia en nuestras democracias liberales, formales y capitalistas cuentan con los medio más sofisticados para amplificar la demagogia y domesticar-esclavizar al ciudadano. Sócrates era ciudadano ateniense que desconfiaba de la democracia como posibilidad de ser un gobierno justo en la media en la que consideraba que la democracia, tal y como se estaba desarrollando no producía ciudadanos virtuosos, y una sociedad es políticamente saludable si se apoya en ciudadanos virtuosos. La virtud para loas griegos es política o pública. La virtud tiene que ver con ser un buen ciudadano. Para nosotros hoy en día existe una individualidad e intimidad que se rige por la ética de la cual sólo nosotros somos responsables, en parte esto se lo debemos a Sócrates y en parte esto tuvo que ver con su muerte. Pero para la Atenas democrática ética y política son una y la misma cosa. Es Sócrates el que va a abrir la brecha. Sócrates desconfía de los sofistas, no piensa que todo se pueda defender, ni piensa que no exista la verdad, el bien y la justicia. En todo caso lo que él piensa es que no los conocemos, que es distinto. Por eso Sócrates arranca de dos principios básicos, éticos y epistemológicos, que son la base de su filosofía y de la filosofía en general. El primero es la máxima del templo de Delfos, conócete a ti mismo y, la segunda, sólo sé que no sé nada. Sócrates, al contrario que los sofistas, considera que no sabe nada, salvo que nada sabe y a ese conocimiento ha llegado a través del estudio de sí mismo. Por tanto, no es que no exista la verdad, es que no la conocemos. El error del sofista es que no sabe que no sabe; y esto es lo que llamamos ignorancia. Frente a la retórica lo que propone Sócrates es el diálogo. La retórica presupone que no hay verdad, el diálogo presupone que no conocemos la verdad y estamos obligados, en tanto que ciudadanos libres, a buscarla conjuntamente, desde la razón. Sofistas y Sócrates coinciden en la ausencia de la verdad, pero los primeros optan por la retórica, la cual degenera en demagogia y anula al ciudadano, mientras que Sócrates apuesta por el diálogo. Ahora bien, el diálogo, que es la esencia de la democracia, presupone la existencia de ciudadanos libres y, por tanto, virtuosos; esto quiere decir que su interés es el interés de la polis. Ésta es una exigencia tremenda. Nada más y nada menos que Sócrates nos está diciendo que seamos libres, que pensemos por nosotros mismos y que sigamos a la razón, no a la pasión. Las pasiones por sí misma nos esclavizan y sirven como instrumento que el poder utiliza contra nosotros y la democracia. Aunque estamos en el marco de la democracia, los sofistas y Sócrates representarían formas muy distintas de entender la misma y practicarla. Porque no olvidemos que la democracia es práctica, una forma de vida. Lo que se podría seguir de Sócrates es que el modo democrático justo es el de la democracia asamblearia constituidas por ciudadanos libres con capacidad de dialogar siguiendo a la razón en pos de la verdad. Si esto no es posible, entonces no es posible la democracia. Algunos pensarán precisamente esto, por eso optan precisamente por las democracias formales y representativas que fácilmente se convierten en oligarquías partitocráticas. La exigencia de Sócrates es una exigencia ética. Y aquí entramos en el asunto de la condena de Sócrates. Éste último se declaraba el tábano de Atenas. Dedicó su vida a analizarse a si mismo, llegando a decir que una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida. Pero también se dedicaba a analizar a los ciudadanos con los que se encontraba, por medio de su mayéutica, el arte de preguntar indagaba en el fondo de sus interlocutores llevándolos a contradicciones y al reconocimiento de su ignorancia e incluso a hacerles ver que estaban desperdiciando su vida cuando tenían la posibilidad de llegar a ser ciudadanos virtuosos, mientras que, al contrario, malgastaban sus vidas en el vicio, la corrupción, los placeres, el interés particular, las riquezas, el éxito, y olvidaban lo que únicamente merecía la pena, la virtud. Por eso se consideraba el tábano de Atenas, porque aguijoneaba las consciencias de sus conciudadanos. Por supuesto que esto no podía tener un buen final. Sócrates estaba minando las bases de la sociedad ateniense, de la misma manera que hizo Jesús de Nazaret. Ambos sabían a lo que se enfrentaban, pero tenían que ser coherentes y consistentes y esto les llevaría a la muerte. Pero en ambos casos la muerte es un acto pedagógico más. Una exigencia del guión de su propia existencia, una consecuencia inevitable de su pensamiento. Por eso podemos hablar en ambos casos de un suicidio voluntario.

 

            Sócrates es acusado de impiedad y corrupción de la juventud, crímenes que por sí solos lo podrían llevar a la pena capital. Las acusaciones no tienen fundamento real, pero sí justificación filosófica y política. Sócrates era un personaje molesto para el poder y había que callarlo como fuese, era un crítico, un inconformista, un heterodoxo, un hereje, un disidente. Es decir, alguien que está en el polo opuesto del poder. Se le quería dar un escarmiento. Pero Sócrates será consecuente, no quiere escarmientos, quiere seguir siendo filósofo-ciudadano hasta el final. La base de la acusación, en definitiva, la encontramos en que Sócrates era un personaje peligroso para la democracia-demagogia según la venían entendiendo los griegos. Sócrates decía que tenía un dios particular que siempre le había dicho lo que tenía que hacer y decir. Esto es muy importante porque lo podemos entender como la voz de la conciencia o, como dirá Hegel, el surgimiento de la eticidad. En realidad Sócrates lo que está diciendo es que él, en tanto que ciudadano y hombre libre sólo obedece su ley (ética), aunque en su caso coincide con la ley de Atenas. Pero, claro, esto es romper la unidad griega entre ética y política. Por eso, de alguna manera, igual que sucede con Jesús, los griegos tiene razón al condenar a Sócrates. Los dos personajes están socavando los cimientos de su sociedad. Están dando alas a una nueva forma de entender al hombre. Su muerte, como dirá Hegel, no es conmovedora, sino trágica. En definitiva, la vida de Sócrates tiene que ver con la democracia y su viabilidad. Si ésta no se apoya en ciudadanos libres se convierte en demagogia y entonces la salida es la platónica: los hombres no pueden gobernarse a sí mismos porque no saben, es necesario el gobierno de los sabios, es decir, un gobierno autoritario.

                                   20 de octubre de 2009

 

            Es increíble lo que hay que soportar en la prensa políticamente correcta. Ahora abundan los artículos de opinión de grandes catedráticos de economía de la universidad que piden y sugieren la idea del nuevo keynesianismo, la intervención del estado. Que hablan de los límites del crecimiento, del problema del agotamiento de los recursos fósiles. Desde luego, cuando esto se viene pensado desde hace más de cuarenta años y tenemos las bases teóricas para la acción. Ahora todos se rasgan las vestiduras y quieren poner límites al crecimiento. No son más que intelectuales orgánicos aprovechados; esto es, ideólogos del sistema. Hasta hace poco sólo existía un pensamiento único, políticamente correcto, cualquier heterodoxia era una disidencia y una locuta y declarado anatema. Hoy en día, todos se suben al carro de la sostenibilidad. Antes todos defendían como única viabilidad de la democracia el sistema neoliberal, desregulación absoluta, estado mínimo, el mercado corrige errores y produce justicia social. Una gran mentira donde las haya. Ahora resulta que ya no está tan claro para los ideólogos del poder. Pero me temo que estos ideólogos juegan a despistar, porque en definitiva, el sistema de producción que tenemos sigue siendo el mismo. No sabemos si hay un final de la crisis, pero si hay un repunte, seguirá el neoliberalismo. Las propuestas no han llegado a la radicalidad que se requiere. Mientras los intelectuales orgánicos cacarean, el poder económico sigue en sus trece.

 

            La viñeta de El roto de hoy es tremendamente esclarecedora. La realidad social y política es un caos. Interesa ese caos y que no se toque. Es decir, no se admite la racionalidad. Leí un libro hace muchísimos años que me impactó, La locura organizada, de Billy Brand. La conclusión es clara, el desorden, caos, del mundo está absolutamente organizado de forma racional. Responde a razones de interés. El hambre en e mundo, la pobreza, las guerras, la carrera armamentística, el problema ecológico, todo está racionalmente pensado. Pero esto implica que está en contra de la racionalidad ético política. La globalización, que es un fenómeno absolutamente inevitable debe estar regida por ésta última racionalidad.

 

 

                        20 de octubre de 2009

 

            Al menos sé que tengo un lector fiel, lo cual es de agradecer, pero también es un compromiso. Ayer estuve hablando con mi buen amigo P.C. y me preguntó qué como andaba, que había estado varios días sin escribir en este diario. Me sorprendió, pero agradezco su atento seguimiento, mucho más en cuanto que no sólo por leerme y acercarse a textos que, en algunos casos, son difíciles de entender por abstractos y porque es necesario ciertos conocimientos filosóficos previos, y, sobre todo, por la falta de claridad del que escribe. Pero es que además mi amigo soporta mi mala literatura, lo que para mí es admirable porque él es un purista en el estilo. Hablar con P.C. siempre me estimula, porque es un indagador nato. Su discurso tiende más a la indagación que a la respuesta. Él busca conocimiento y explicaciones, de tal forma que hablar con él es siempre una indagación sobre uno mismo. Siempre le estaré agradecido. Ayer hablamos de dos temas fundamentalmente, la escritura y el cine. Para mí la escritura, en su modo ensayístico, que es el que intento practicar, es una forma de expresar lo que bulle dentro de mi cerebro y de mi corazón. Mis escritos son de origen pasional, nacen generalmente de la indignación. Son un intento de comunicación. Considero como Sócrates y Platón, que el pensamiento es diálogo. Hablar con los demás es pensar. Pensar es dialogar con uno mismo. Siempre tenemos un interlocutor, ese yo interno del que hablaba Vigostki, que en el niño está presente y hace posible el surgimiento del lenguaje. Ese yo interior es nuestro interlocutor eterno, también la conciencia, pero aquí habría que introducir más matices que tienen que ver, primero con la ética y después, con el cristianismo. Escribir es una forma de instrumentalizar, o, incluso, objetivar, el pensamiento, esto es, el diálogo. Cuando escribimos nos ponemos en profunda comunicación con nosotros mismos. El estilo del ensayo y el diario ensayístico, particularmente tienen un tono de confesión que hacen que el diálogo sea más íntimo, más auténtico. Uno en este modo de escritura expresa lo que de alguna manera es, o está siendo o construyéndose. La escritura es una confesión del yo ante sí mismo, una prueba de búsqueda de autenticidad. El ensayo, el diario y la autobiografía, los podemos encuadrar dentro del ideal socrático del conócete a ti mismo. Toda forma de pensamiento, al ser un diálogo, es una forma de indagación y, como tal, una búsqueda de la verdad. Lo mismo sucede con la lectura, aunque aquí hay más niveles. El meramente de entretenimiento, que es muy legítimo y que sintoniza con la necesidad humana, que surge de la autoconciencia vehiculada por el lenguaje, de que se le cuenten historias. Un segundo nivel, que sería el estético: el conocimiento de la belleza por vía de la literatura, como puede ser por la música, la pintura… y, por último, la lectura como conocimiento. En este caso, la lectura es un diálogo con los grandes sabios del pasado y del presente. Es un auténtico privilegio, es lo que llamé en un artículo, la lectura como conversación de la humanidad.

 

            También me preguntaba mi amigo sobre el cine, sabe que hace algo más de tres años que no voy al cine, muy a mi pesar. Para mí el cine, será por mi formación, es un ritual, que necesita de una sala grande y oscura. Pero, de todas formas, no soy un cinéfilo exigente. En el cine busco, fundamentalmente, una fusión entre estética y entretenimiento, una historia bellamente contada. No soy partidario del cine intelectual, para eso están los libros que potencian mucho mejor el pensamiento y la imaginación. Por supuesto, no niego que dentro de este cine “intelectual” existan auténticas obras de arte; esto es, una historia bellamente contada. Es muy importante el ritmo en la narración histórica en una película. El ritmo sintoniza con nuestras estructuras psicológicas, en lo que se refiere a la percepción del tiempo y lleva a la historia sola permitiéndonos la contemplación de la belleza. Hay que tener en cuenta, por otro lado, que el arte es una forma de conocimiento que se basa en el mostrar, no en el demostrar. De ahí la gran diferencia entre la filosofía y la ciencia con respecto al arte. La preocupación de las dos primerazas es la de la demostración. Por su puesto no son excluyentes aumentar nuestro conocimiento en tanto que descubrimiento socrático de uno mismo es participar de ambas formas de acceso al saber.

                                   19 de octubre de 2009

 

            Una cosa es la filosofía y otra es la doxografía o la filosofología. Lo que se suele enseñar en la academia es esto último. El conocimiento sobre los autores y lo que quisieron o pudieron decir. La filosofía, en cambio, se ocupa de problemas. Los problemas filosóficos siguen en su inmensa mayoría pendientes de solución, entre otras cosas, porque su solución es por vía aproximativa. Lo interesante es ocuparse de los problemas filosóficos y darles la perspectiva de los tiempos. La filosofía académica, si bien necesaria, es muerte del pensamiento.

 

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            La locura siempre ha sorprendído a la gente normal, porque hay algo enigmático que podría ser tan normal como lo que llamamos normalidad. El delirio se puede clasificar como tal porque es solitario, pero cuando es común, no hacemos tal. Pienso que la religión no es sólo como decía Freud una neurosis colectiva, sino un delirio colectivo. En la medida que es tal entra dentro de la normalidad. La locura ha de ser controlada, porque se escapa de la normalidad. Para que una sociedad pueda funcionar todos tenemos que funcionar al unísono, la diferencia tiene que ser mínima. La locura es la condena a la incomunicación y la soledad. De ahí que el sabio y el genio estén a un paso de la locura. Lo que lo diferencia de este último es que tienen capacidad de comunicación y de síntesis innovadora de lo real. El genio puede llevar a la historia a un paso más allá. El loco, si no es capaz de normalizar su locura, vía ritualización, se aísla en sí mismo: delira. Por eso, lo que nos salva a todos es la rutina y, por eso, también, al poder lo que le interesa es el máximo control de las formas de pensamiento. Los ritos, la repetición siempre de lo mismo es lo que nos da sentido, en definitiva, el espíritu gregario. El poder conoce esto y utiliza los centros psiquiátricos y educativos como centros de domesticación que intentan evitar los rasgos de singularidad que aparecen en los individuos. Porque, a pesar de que somos gregarios, también somos solitarios y forjadores de nuestro propio ser. Y es esa tensión que se da en nosotros, la que el poder intenta eliminar domesticando nuestro espíritu de disidencia y rebeldía, haciéndonos volver a todos al redil. Esto es claro porque es el propio conatos del poder, el intento de mantenerse en su ser. Pero también lo es del ser libre y excelente el llegar a ser por sí mismo lo que realmente es. En definitiva vivimos en la tensión kantiana de la insociable sociabilidad del ser humano.

 

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            Cosmopolitismo, ese es el ideal. El nacionalismo es identitario, irracional, religioso. Desde luego que necesitamos de la identidad; pero la identidad produce diferencia y exclusión. Genera ideas integristas, fanáticas y violencia al final. Se combate religiosamente y por fe sobre creencias, no se defienden ideas. El nacionalista es un paleto que no es capaz de ver la humanidad en el otro. Por supuesto que hay que luchar por la emancipación de los pueblos oprimidos, pero esto pasa por la idea previa de la emancipación de los hombres en particular. No se trata de salvar a un pueblo o una nación con una identidad, esto es una abstracción histórica; de lo que se trata es de salvar a los hombres. Por eso el cosmopolitismo es la filosofía que nos ayuda a pensar qué es lo que hay en todo hombre que no me es ajeno. De lo que se trata es de reconocer la dignidad humana, y ésta habita en cualquiera, sea del pueblo, etnia o estado que sea. La lucha es por la justicia global y la diferencia local. Pero esa diferencia no debe ser más que accidental. Lo sustancial es la dignidad y viene defendida por los derechos humanos. El relativismo cultural es una enfermedad del posmodernismo. Una forma que ha evitado la posibilidad de entendernos. Hay que aceptar el hecho del multiculturalismo como producto de la historia. Hay que luchar contra el imperialismo; pero estas luchas no nos deben cegar e impedir ver la realidad universal del hombre y la sociedad cosmopolitas de repúblicas libres que debe constituir la idea regulativa de la praxis política. Toda discusión entre etnocentrismo y relativismo cultural es vacía. Es una discusión desde la intolerancia. De lo que se trata es de la defensa de lo universal dentro de la diferencia. En definitiva, estas ideologías han sido utilizadas por el poder para fomentar el odio y la incomprensión, que, a su vez, produce miedo y es la mejor forma de crear vasallos.

 

            Interesantes artículos leídos ayer en la revista Claves y en la revista Investigación y ciencia. Un artículo sobre Unamuno y el final de su vida en Salamanca cuando estalla la guerra nos muestra la dificultad del intelectual con pertenecer a ningún grupo y, también, la soledad y la incomprensión del mismo debido siempre a su actitud crítica que le impide comulgar con ruedas de molino. El intelectual debe tomar partido, pero debe ser consciente de que puede siempre rectificar. Y esto último no lo entenderán nunca. Eso es un problema. La lucha necesita unión, pero el avance en las ideas necesita de la crítica.

 

            Artículo muy interesante también sobre los límites del crecimiento en Investigación y Ciencia. Los autores sostienen que el problema se ha abandonado en la enseñanza, porque últimamente se ha hecho más hincapié en el cambio climático y la caida de la biodiversidad. Otro factor sería que cuando se habló de los límites del crecimiento en los años setenta, estábamos en crisis, cuando salimos de ella hubo un crecimiento, entonces se volvió a sostener la idea del crecimiento ilimitado porque en realidad el mercado lo regula todo y solucionaría e problema, aparentemente fue así. Pero resulta que las críticas al crecimiento ilimitado, como yo he hecho aquí, siguen siendo ciertas y además tienen una base científica sólida en el estudio del agotamiento de los recursos. No hay escapatoria, las predicciones tienen su punto de inflexión en el año 2000, y esto es lo que no vieron los críticos de la idea de que era imposible el crecimiento ilimitado. Es hora de tomar conciencia del problema, en caso contrario la situación será irreversible y caótica con miles de millones de muertos al final de esta centuria. Pero es más, el análisis del agtamiento de los recursos hay que unirlo al del cambio climático, los dos factores juntos pueden ser una auténtica bomba. Tenemos que actuar ya. Un dato que me sorprendió es el hecho de que a pesar de que las energías y recursos renovables han aumentado, en primer, lugar sólo representan un uno por ciento; pero, además, no han sustituidos a los recursos fósiles no renovables, sino que su uso ha crecido junto con ellos. Y esto es porque seguimos creciendo por encima del límite ya sobrepasado.

 

 

            14 de octubre de 2009

 

            Hay un tema sobre el que en el último curso he pensado bastante y sobre el que escribí un largo artículo que apareció en la revista de la Real Academia de las Letras y las Artes de Extremadura y también en la revista esbozos. Se trata de las implicaciones de la teoría de la evolución. Pero al final del curso leí un libro de Carlos Castrodeza, que quiero leer otra vez y hacer unas reflexiones sobre el mismo, que se titula La darwinización del mundo. Ahí mi amigo Carlos Castrodeza, sabiamente, radicaliza las consecuencias de la idea darviniana. Como diría Dennet de la peligrosa idea de Darwin. Como ya he espuesto en este diario soy del pensamiento de que la vida humana no tiene sentido, la historia tampoco. Hemos comentado algunas consecuencias ético-políticas de esto; y probablemente volveremos sobre el tema en más de una ocasión. Pero ahora quiero tratar el asunto desde otra perspectiva.

 

            El siglo XIX lo podemos considerar, siempre, por su puesto, entre otras cosas, como el siglo de los grandes ateismos. Hay una serie de pensadores que lo que hacen es desenmascarar la supuesta realidad, que no son más que las apariencias, para enseñarlos, la nada que subyace a toda esa construcción de occidente que se basaría en la idea de verdad, bien, belleza y justicia, tras la cual está, nada más y nada menos, que a idea de dios. Los grandes pensadores de este ateismo son Freud, Marx, Nietzsche, Schponhauer y Darwin. Precisamente es Nietzsche el que nos dice que no nos veremos libres de dios, mientras sigamos creyendo en la gramática. El lenguaje es el vehículo de transmisión de los pensamientos, y en esta medida es el que configura la realidad. Dios, como concepto, es el absoluto, por tanto, el bien, la verdad, la belleza y la justicia tienen su sentido en la medida en la que existe un referente último absoluto que es dios. Por eso también llega a decir Dostoiesvki que si dios ha muerto, todo está permitido. Ésta última pretende ser la consecuencia moral de la inexistencia de dios. Cada uno de los pensadores que hemos citado, sumado por su puesto al ateismo de origen científico, el mecanicismo determinista de Laplace “Yo no necesito de esa hipótesis” cuando le preguntó Napoleón sobre el lugar de dios en su sistema del mundo, han llegado por distintos caminos al ateismos con todas sus consecuencias. La consecuencia final y última es que nada tiene sentido. Pero algunos, como es el caso de Marx, una vez que terminan con la religión porque considera que es ideología y, por tanto, alienación del hombre, lo que hace es secularizar el mensaje del cristianismo. La historia para el marxista tiene sentido, pero es inmanente y se rige por las leyes deterministas de la historia, que son las leyes del desenvolvimiento dialéctico de la infraestructura económica. El fin de la historia, de carácter escatológico, como el cristianismo es el de la emancipación de la humanidad a través de la realización de la sociedad comunista, en fin, el reino de dios o de los cielos, pero en la tierra. Podemos decir entonces que el marxismo no lleva a las últimas consecuencias la idea de la muerte de dios. Y por eso ocurre también que el marxismo, igual que el cristianismo, degenera políticamente en totalitarismo. La idea de dios lleva en sí mismo el concepto de verdad absoluta. Marx acaba con la idea de dios religiosa, pero el concepto y la idea de dios, con todas sus consecuencias, se le cuela en el lenguaje y da sentido a su filosofía. Por tanto, su ateismo no es un ateismo consecuente. El ateismo consecuente nos tiene que llevar directamente a la ausencia de sentido y tenemos que sacar las consecuencias y conclusiones de esta ausencia total de sentido. Y yo creo que esto nos viene dado por la darwinización del mundo o por lo que de peligro engendra en sí mismo la idea de Darwin.

 

            Schopenhauer desenmascara la realidad a partir de la filosofía kantiana. En su obra el mundo como voluntad y representación lleva a su extremo la filosofía kantiana y concluye que el mundo que llamamos fenoménico es producto de la representación de nuestras estructuras mentales. Es decir, que el mundo es representación. No hay un absoluto, aunque esa representación sea igual para todos los humanos. Pero donde podemos atisbar mejor el ateismo de Schopenhauer es en su pesimismo ético. La vida es dolor y sufrimiento, su ética está incardinada al budismo. El único sentido de nuestra existencia es eliminar en lo posible este dolor y sufrimiento. Y el origen del dolor y el sufrimiento es el deseo, sólo la eliminación y control del deseo nos aporta serenidad. Como vemos estamos ante un sentido negativo de la felicidad. Ésta última consiste en privación, es decir, la ausencia de dolor nos lleva a la serenidad. Más allá no hay nada.

 

            Freud desenmascara la realidad a través del inconsciente. Los deseos, instintos o pulsiones son el origen de nuestro psiquismo. Las pulsiones son domesticadas por la sociabilidad del hombre, por la cultura, que constituirá el super yo, conjunto de norma, costumbres, leyes, que reprimen nuestros instintos naturales –hoy en día los podemos estudiar desde las ciencias positivas, la etología, no desde el etéreo psicoanálisis, aunque el mismo Freud dijo que tarde o temprano se encontrarían las bases biológicas de su pensamiento, y en ello andamos- y del que surge el yo. Por tanto, lo que somos, el yo, es el resultado de la tensión dinámica entre nuestras pulsiones y el super yo o la cultura. El concepto de dios es creado para facilitar la socialización y se apoya en el concepto del tabú, como bien desarrolla en sus obras Freud, concretamente Tótem y tabú y Moisés y el monoteísmo judío. Pero es en su obra El malestar en la cultura donde podemos apreciar las consecuencias últimas de que sin dios no hay sentido. Toda nuestra vida no es más que un intento de conquistar la felicidad, pero ésta se haya en el sentimiento oceánico que es el del útero materno, disolvernos en el todo. Por eso, toda búsqueda de felicidad es la búsqueda de la eliminación del yo que es el lugar donde residen las tensiones entre los instintos y las normas. Pero, claro, esto es imposible en la media en que somos seres sociales, ya lo decía Kant, sociablemente insociables, y en este sentido estamos sometidos a las normas. Nuestra supervivencia como especie, digamos, lleva aparejada nuestra infelicidad subjetiva. Sólo parcialmente y transitoriamente podemos sublimar nuestros instintos a través de distintas prácticas. También, por su puesto, en Freud encontramos al viejo Sócrates, el psicoanálisis lo podemos entender como un conocimiento de uno mismo, que es la máxima socrática. En la medida en la que nos conocemos somos más libres porque conocemos las causas de la constitución de nuestro yo.

 

            Pero es la idea de Darwin la que nos lleva a las últimas consecuencias del ateismo y la que complementa, de forma positiva, las argumentaciones de los pensadores anteriores. Por eso hay un antes y un después de estos pensadores y un antes y un después, especialmente de Darwin, para la antropología y la ética. La idea de Darwin pone al hombre definitivamente en su sitio. El hombre no es más que una especie más entre las miles de millones que han sido, son y serán. Su existencia es fruto del azar y la necesidad, que son las leyes que rigen la evolución. La evolución de las especies, por tanto, como he demostrado en otro lugar, no tiene ni sentido ni dirección. El homo sapiens existe, como bien podría no existir y todo seguiría igual, es más, dejaremos de existir y todo seguirá igual. Y éste es el vacío y nihilismo naturalista al que nos lleva la peligrosa idea de Darwin. Pero si aceptamos esta idea y sus consecuencias, resulta que no existe ningún sentido de la existencia humana particular, ni histórica. El ser humano es un producto contingente de la evolución. Ahora bien, si nada tiene sentido corresponde al hombre ser el dador del sentido, pero con una enseñanza crucial, no existe ningún sentido absoluto, porque dios, en definitiva, está muerto y bien enterrado. Claro, si el hombre es el dador del sentido de sí mismo y de la historia, resulta que todo sentido es provisional, no quiero caer aquí en el relativismo. Cuando digo provisional, no digo relativo. Creo que la provisionalidad puede ser objetiva. Quiero decir con esto que, aunque no exista un fundamento absoluto del sentido siempre tendremos un argumento pragmático-histórico para defender nuestras supuestas conquistas ético-morales y políticas. No hay otro tipo de argumento que lo pueda defender. Pero, claro, esto es mucho más que el relativismo del todo vale del posmodernismo. Este último relativismo nos lleva a la extinción. Y el único “sentido” del hombre es el natural, el de la evolución. Toda forma de vida tiende a perpetuarse. Pero para dar sentido hay que partir de cual es nuestra naturaleza biológica, por eso no debemos olvidar, porque es imprescindible, la etología. La ética y la política tienen que surgir de un estudio naturalista del hombre –por su puesto, que no hay que renunciar a toda la tradición filosófica que es tremendamente enriquecedora, en definitiva, son respuestas del hombre como un ser natural en busca de su sentido- este estudio sería el pilar sobre el que apoyarnos. También sería necesario mencionar aquí, que dentro de este nihilismo naturalista, tendríamos que tener en cuenta la ética naturalista ecológica, que la podemos considerar como una segunda ilustración. La base de esta ética naturalista y ecológica es que somos responsables de nuestras acciones ante el otro desconocido y ante los no nacidos. Pero esto implica la ética del cuidado del planeta que es la nave donde todos vamos. Y esto exige un cambio de paradigma. Es lo que Hans Jonás llamó el principio de responsabilidad y lo que Manuel Sacristán y su discípulo Jorge Riechmann llaman el paradigma del cuidado. Esto es también una consecuencia de la idea de Darwin, porque en definitiva, como seres naturales que somos estamos todos en pié de igualdad. A nosotros, como imperativo biológico nos toca luchar por nuestra supervivencia, pero ésta sólo es posible con la supervivecia de la nave en la estamos. De lo contrario, la nave nos tirará por la borda cuando se desate la tormenta. También, asumir que sólo somos biología y que ésta es una forma de manifestarse el universo, y nosotros un modo de esta manifestación nos otorga una visión panteísta del universo. No olvidemos que el panteísmo es una forma de ateismo. Sólo existe el universo, el universo es la sustancia divina, esto es, la sustancia infinita de Spinoza, por tanto, el universo es dios y dios es el universo. Pero claro este dios no tiene nada que ver con el dios trascendente de las religiones bíblicas, más con el todo o, mejor, la nada budista. De ahí también lo del nihilismo naturalista. En definitiva también se nos abre una puerta hacia lo místico desde el nihilismo naturalista que emerge de la idea de Darwin. Decía Wittgenstein que el mundo no tiene sentido, que el sentido del mundo es lo místico, pero lo místico es lo inefable.

 

 

No es que ya no luchen por la polis, lo que es peor, se devoran. El político es un animal que busca el poder. No tendremos una democracia san mientras sino se reconstruya completamente la clase política. Para empezar debería de dejar de ser una clase separada de los ciudadanos. Su clasicismo los envuelve en un delirio que los separa de la realidad.