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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

                                   30 de octubre de 2009

 

            El hombre es un ser para la muerte. Somos hombres, entre otras cosas, en la medida en la que somos conscientes de nuestra propia muerte. Realmente somos conscientes de que tenemos un final, que moriremos como todo el mundo. De todas formas, aunque culturalmente nuestra conciencia de la muerte nos hace humanos, nace el ritual sobre la muerte, por tanto, el mito y la religión; a nivel particular, aunque sepamos que vamos a morir, es una idea con la que no convivimos porque nos produciría una tremenda angustia. La angustia de la vida es que somos seres finitos. Lo único que persistirá de nosotros será nuestra descendencia biológica, sólo en los casos más grandes quedará su obra para la humanidad. De todas formas, lo que queda de cada uno es su biología y su obra, lo que ocurre es que la segunda marca grandes diferencias entre los hombres. Aunque también hay que decir que la fama no siempre es justa, que la historia no es imparcial. Pero esto es otro tema. Hoy toca la muerte ya que nos acercamos al día de los muertos.

 

            Decía que aunque somos seres para la muerte no la vivimos como presencia, es más parece que lo que se intenta hacer es vivir de espaldas a ella, lo que intentamos es burlarla por todos los medios. Pero la muerte es implacable y, además, inminente, en el sentido de que como es impredecible, no sabemos cuando nos puede acaecer, podría ser ahora mismo, o dentro de cuarenta años. De ahí que el pensamiento sobre la muerte sea algo absolutamente necesario para llevar una vida auténtica. En la muerte de cada cual se refleja la dignidad de su vida. Para mi el ejemplo es la muerte de Sócrates y la de los estoicos, que optaban por el suicidio, la eutanasia. Suelo realizar un experimento mental con mis alumnos que consiste en lo siguiente. Les pregunto que qué es lo que harían si supiesen que van a morir, pongamos, dentro de tres meses o a lo sumo un año. La respuesta casi unánime es que van a vivir el tiempo que les queda a tope, que van a hacer lo que siempre han querido hacer, pero dejan para otro momento. Pues bien, esta respuesta muestra una existencia inauténtica. Lo malo es que la mayoría de la gente adulta también respondería algo parecido. Aquí falla algo. Vivimos como si la muerte nos fuese ajena; pero es la única verdad evidente que poseemos, lo único que sabemos con absoluta certeza es que vamos a morir, y no sabemos cuándo. Esto es una verdad inapelable. Pero la tozudez humana, su estulticia, la intenta evitar. Por el contrario, intenta encontrar otras verdades y seguridades en cosas que son banales y perecederas. De ahí que la mayoría de las existencias son existencias inauténticas. Pero también es cierto que todas las existencias están recorridas por ese sentimiento de angustia, casi siempre semiconsciente de que somos seres abocados a la muerte. De ahí que huyamos de la soledad como de la peste. No soportamos la soledad, porque no nos soportamos a nosostros mismos, porque llevamos una vida inauténtica y hueca, llena de frustraciones, porque realmente nos damos cuenta de que efectivamente estamos perdiendo la vida y el tiempo. Porque nuestro tiempo es limitado y el tiempo fluye inexorablemente y somos vagamente conscientes de ello, pero en la soledad se nos hace patente. Nuestra existencia se transforma en una huída de la máxima certeza, es una huída de la muerte como realidad última y radical. Pretendemos entretenernos, pasar el tiempo, en definitiva, desvivirnos. Porque entretenerse, pasar el tiempo, es fomentar la inconsciencia. La consciencia, o, mejor, la autoconsciencia, es la que nos muestra la finitud, mientras menos consciente seamos más nos aceramos al olvido de la muerte. Por eso lo que se busca es la diversión efímera que lo que produce es un estado transitorio de inconsciencia. O también lo que se busca es llenar la vida de objetos, porque en realidad, nuestra vida real está vacía. Consumimos para autoafirmarnos. El acto de la posesión es como un rapto a la muerte, o un reto, pero la muerte está siempre ahí. Nos acecha, anida en nuestros sueños y en nuestras angustias, en el miedo a la soledad, al fracso, a la pobreza, a la enfermedad, a la pérdida de los seres queridos. Nos esforzamos por vivir en contra de nuestra propia realidad e intentamos buscar el sentido de nuestra existencia erróneamente llenando el vacío que nosotros mismos vamos creando. Por eso el común de la gente responde a mi pregunta como señalé antes, disfrutar de la vida, hacer lo que realmente quiero hacer, vivir plenamente. Es una respuesta, como digo contradictoria y que muestra el vacío de nuestra existencia. La clave está en lo siguiente: la muerte, además de ser una certeza, es imprevisible, nos puede ocurrir en cualquier momento. Si eso es así, que lo es como verdad evidente e irrefutable, por más que lo queramos evadir; entonces, ¿a qué esperamos para vivir la vida plenamente, para hacer lo que realmente queremos hacer…? Y es aquí donde se muestra el sinsentido de la existencia de la mayoría y el miedo a la muerte que intentan ocultar con sus existencias vacías, pero llenas de lo inútil. Existencias perdidas, anónimas, casi en el nivel de la inconsciencia. En definitiva, existencias robotizadas, automatizadas que responden obedientemente a los dictados de la costumbre, cargadas de un alto grado de frustración y resentimiento.

 

            Filosofar, decía Platón es prepararse para la muerte. Es una enseñanza de su maestro Sócrates. Y también decía el filósofo de origen español Spinoza, que en nada piensa menos el sabio que en la muerte. Parecen dos frases contradictorias, pero vienen a decir lo mismo. Cuando decimos que filosofar es prepararse para la muerte lo que queremos decir es que nuestra misión es llevar tal vida que si la muerte se nos acerca, no la temamos. Quiero decir con esto, que prepararse para la muerte es llevar una existencia que contempla la inminencia de la muerte, y esa inminencia no produce ningún tipo de temor, porque nuestra existencia es, en cada momento, plena. La muerte, simplemente pone final a esa plenitud, pero nada podemos perder, porque nuestra existencia ha sido auténtica. Eso es estar preparado para la muerte, vivir conforme a la virtud. Si ésta habita nuestra vida permanecemos tranquilos y serenos ante la muerte, que contemplamos simplemente como el punto de llegada, como la culminación de una existencia plena. No hay ni miedo ni angustias ante la muerte, hay una aceptación serena y tranquila de la misma. Por eso vienen a decir lo mismo las dos frases. Si la muerte no afecta a una vida plena, y la del sabio lo es, entonces en nada piensa menos el sabio que en la muerte. La muerte le es absolutamente ajena. Como decía Epicuro, cuando yo estoy, la muerte no está, cuando la muerte está yo no estoy. Por tanto la muerte nos es ajena, y en tanto que hemos alcanzado la sabiduría, nada nos puede arrebatar la muerte, lo tenemos todo. Porque el sentido de nuestra existencia es inmanente a la propia vida, hay que encontrar la plenitud en ella sin pensar en la muerte, ésta es ajena.

 

            Pero, claro, aquí el problema es en qué consiste una existencia sabia y plena. La respuesta es bien sencilla: una existencia plena es aquella que se ha dedicado al cultivo de la virtud, algo que no se compra ni se vende, que no se posee como un objeto, algo que, por el contrario te constituye y te construye y que hace posible una relación sana contigo mismo y con los demás. La virtud es entereza, fuerza. La virtud, pues, es la que nos hace libres. Vivir conforme a la virtud es vivir frente a las pasiones. Las pasiones nos esclavizan, y son las que seguimos para saciar el vacío de nuestra existencia. Pero la dinámica de las pasiones es el deseo y el deseo se retroalimenta continuamente, cada vez nos hace más esclavo, por eso tememos a la muerte, porque siempre deseamos más. Ahora bien, la virtud es lo opuesto, lo que nos libera de la pasión. Y esta liberación es la propia libertad. Vivir conforme a las virtudes es vivir libremente. Y entonces cobra sentido hacer con la vida lo que yo quiero. Generalmente cuando se dice esto, la gente suele pensar en realizar todo aquello que no ha hecho por cobardía, por prejuicios de las costumbres, indolencia, en fin, por pereza. No se trata de esas cosas las que yo estoy queriendo decir con mi discurso. Hacer realmente lo que uno quiere es seguir la virtud. Porque como hemos dicho la virtud es lo que nos hace libres y en la medida que somos libres somos dueños de nuestra propia existencia. La vida es una tarea que hay que emprender a diario. Nuestro deber y nuestra virtud es ser dueños de nuestra propia existencia. Y esto es hacer realmente lo que nosotros queremos, porque la vida es un proyecto, de ahí lo de la tarea, no un simple dejarse vivir, esto no es más que una existencia animal y de costumbres. Pero la gente confunde hacer lo que uno quiere con seguir las pasiones que tiene insatisfechas y es ahí donde podemos medir el grado de insatisfacción y de frustración de su propia existencia.

 

            Considero que la muerte es definitiva, que el sentido de nuestra existencia, excepto el biológico es construido, e, incluso, esta construcción tiene la base en la biología. Tenemos que encontrar un sentido a la existencia, por muy engañoso que sea, para llegar a la reproducción que es, en última instancia, el fin de nuestra existencia como seres biológicos que somos. Somos el vehículo particular, y en el caso del homo sapiens sapiens, autoconsciente de lo que es potencialmente inmortal que es el código cifrado del ADN, con más de 3.500 millones de años de antigüedad. Deberíamos tomar esto en cuenta, sumado al hecho de que la existencia de la especie humana es meramente contingente, al igual que la de cada uno en particular. Además tener en cuenta la inmensidad espaciotemporal del cosmos, para empequeñecer nuestro yo egoísta y vanidoso y ser conscientes de nuestra propia pequeñez. Esta idea, en lugar de crear frustración, lo que produce es serenidad y calma. Bastante es que estamos aquí y somos capaces de pensar el mundo que nos rodea, sentirlo, querer a nuestros seres queridos, ver como crecen nuestros retoños, como apuntan a la consciencia, ver en la lejanía todo el camino que les queda por recorrer; y a su vez, saber que todo esto es nada. Es la vieja sabiduría de los budistas. La vida se reduce a velo de Maya, apariencias, detrás de ellas no hay nada, el nirvana. Tomar consciencia de lo que somos como un elemento más nos ayuda a aceptar nuestra nada, y esto nos ayuda a pensar la poca importancia que tienen las pasiones y lo liberadoras que son las virtudes. Las virtudes nos instalan en el ser, mientras que las pasiones son una huida frustrante de la existencia que lo único que hacen es reafirmar nuestro yo, con lo cual, lo que provocamos es aumentar nuestro sufrimiento. El ideal panteísta como nirvana, he ahí el sentido de la existencia. La sabiduría d

 

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                                   30 de octubre de 2009

 

            Vamos esto es increíble, la propuesta que hace ahora el ministro de educación, Gabilondo, aumentar la obligatoriedad hasta los 18 años. Pero, ¿qué coño se piensan esta gente, que por estar más tiempo los alumnos jodiendo la enseñanza más nivel cultural o formación profesional van a tener? ¿dónde se ha visto tamaño despropósito?. Pero si uno de los perores males de la enseñanza está en la obligatoriedad hasta los 16 años, esto ha hecho que proliferen un montón de artilugios educativos, de nombres impronunciables para que los alumnos terminns la enseñanza a los 16 años, además, prorrogables hasta los 18. Desde luego que tenía que ser un catedrático de metafísica al que se le ocurriera esto. Cuando entran en la política, por muy académicos que sean, se vuelven iditas y estúpidos. Será que tendrán que justificar su puesto de trabajo con alguna medida. O padecerán el complejo de Erostratos y querrán ser conocidos y pasar a la historia, para lo cual cometen un tremendo atropello. La verdad es que cada día entiendo menos la política, no sé de dónde proceden sus razones, si de la razón, del corazón, de la estupidez, de las nubes, de los intereses particulares, de la obediencia a un credo; el caso es que dejan de ser personas, obedecen ciegamente y empiezan a desbarrar, con el peligro que conlleva eso para la ciudadanía.

 

 

                                   29 de octubre de 2009

 

            Interesante la idea de Fernando Broncazo en su última obra, La melancolía del ciborg. Define Fernando Broncazo al hombre como un ciborg, no tiene naturaleza esencial, es una mezcla una hybris. Su naturaleza se va construyendo a base de prótesis, la cultura sería la mayor de las prótesis, que se hace posible por la prótesis del lenguaje. Nuestra existencia está en nuestra naturaleza híbrida. No podemos renunciar a nuestras prótesis. El ser humano nació sin una adaptación predeterminada a la naturaleza. Ahora bien, tampoco la teoría de la evolución defiende ese esencialismoo naturalista en la que se entiende que todo lo que existe tiene un motivo, yo soy partidario, y también Fernando Broncazo del puntualismo y neutralismo de Gould. Todo cambio, no es adaptativo necesariamente, además, contamos con la deriva genética.

 

            Pero en el ser humano la característica de mezcla entre lo natural y lo artificial es la más señalada. Lo que ocurre es que tampoco podemos distinguir entre lo natural y lo artificial, nuestro estatus biológico es la condición de posibilidad de nuestro ser cultural. Ambas cosas son inseparables. Pero el estudio de Broncazo está dirigido al análisis de en qué consiste esa naturaleza de ciborg en el hombre posmoderno del siglo XXI. Renuncia al papel del intelectual como crítico, lo considera trasnochado, del siglo pasado. Reivindica que el intelectual debe dar luz, esclarecer. No participo del todo en esta opinión, sí en la segunda parte, porque considero que es condición necesaria de la primera. El intelectual debe ejercer la crítica contra el poder, ahora bien, nos es necesario dar luz primeramente. Dice que la característica propia del ciborg en la actualidad es la de la melancolía, no la de la obsolescencia de las sucesivas prótesis que el desarrollo tecnocientífico va proporcionando. Realmente hay obsolescencia, pero es que esa es la característica de la naturaleza del ciborg, lo que señala Broncazo es que su propia naturaleza de ciborg le lleva a la exclusión. Es decir, que el ciborg, el hombre, es un ser de frontera. O también dicho de otra manera un ser intermedio y siempre en construcción, diría yo que la artificialidad natural es nuestra naturaleza, naturaleza y cultura en el hombre son inseparables. Ahora bien, lo que a mi me interesa es si este estudio, que Broncazo realiza para esclarecer, es decir de forma descriptiva y metodológica, tiene realmente alguna implicación social, ética y política. No nos podemos quedar sólo en la descripción, hay que pasar a la crítica. Lo de la exclusión me parece interesante, lo característico del ciborg, como ser de frontera, no es la obsolescencia de las prótesis, sino, la exclusión. Esto es la naturaleza del ciborg es –como la de cualquier viviente la de estar adaptados- y esto el ciborg lo consigue por medio de las prótesis, no podemos permanecer desconectados. La desconexión es la exclusión. Y es aquí donde aparecen los temas ético-políticos. Para mí estos tienen dos patas. La primera es la de la propia exclusión. Un desarrollo desigual de la humanidad, marcada por la globalización neoliberal, nos lleva a la exclusión de una gran parte de la humanidad, con el grave peligro, debido al avance de la tecnociencia, de llegar incluso a cambiar tanto nuestra naturaleza biológica a través de esas prótesis, que la exclusión se transforme no en algo, meramente ético-político, que no es poco, sino en algo ontológico, de por sí ya irremediable. La otra pata de la argumentación es que el desarrollo tecnocientífico de las últimas décadas no es algo neutral, que se deba al desarrollo interno de las ciencias y la tecnología; sino que tiene un interés económico y una ideología detrás. Y esto no lo debemos olvidar. En primer lugar la tecnología se nos ha ofrecido como la panacea para todos los males del hombre, incluso conseguiríamos la inmaterialidad e inmortalidad. Es decir, que el discurso tecnófilo se convirtió en una escatología religiosa, de ahí su falta de crítica y su carácter ideológico. Pero también estaba en juego la ideología del mercado, de lo que se trataba es de consumir, el estar enganchado y conectado, no era un imperativo del propio desarrollo económico y de nuestro ser en tanto que ciborg, sino de un interés del mercado y el poder político, con dos fines. El primero es el del consumo con el que la máquina de la producción no se para, salvo cuando llegamos a los límites del planeta, cosa que ya hemos sobrepasado. Y la segunda es que mientras que se consume y se adapta el individuo a las nuevas prótesis permanece distraído de la auténtica realidad. Una cosa así como el mito de la caverna o como Matriz, en su versión tecnobarroca.

                                   28 de octubre de 2009

 

            Magistral el libro de José M. Ridao La paz sin excusas. Un libro de ensayo histórico-filosófico y político de envergadura. Pone sobre el tapete las apariencias con las que se nos pretende engañar desde el poder. Nos intenta explicar la realidad que subyace a las ideologías que, en definitiva, lo que buscan es la justificación de la violencia. Coincido plenamente con las tesis del autor. Voy a hacer una reflexión sobre algunos de los aspectos del libro que, a su vez, tienen que ver con el asunto del choque de civilizaciones, aunque Ridao no nombra al autor de esta tesis política, pero está en el fondo de su argumentación. La tesis de Huntington es que a lo largo de la historia se han producido una serie de choques, que se expresan por medio de la guerra entre civilizaciones. Las civilizaciones se caracterizan por un modelo cultural; esto es, de costumbres, moral, política, religión, ciencia, etc, que las hace incompatibles entre sí de tal forma que su contacto acaba en un choque inevitable por una imposibilidad de entendimiento. Pero, también, lo que mantiene Huntington es que entre las diversas civilizaciones que han sido y son ahora mismo, hay una que es claramente superior a las demás. Nos referimos a la civilización occidental cristiana. Pues bien, a mi modo de ver, esto no es más que una ideología, en el sentido marxista, falsa conciencia, enmascaramiento de la realidad, que tiene como objetivo la creación de un estado de conciencia de los ciudadanos que va directamente encaminada a la justificación de una serie de políticas de guerra. En este caso la tesis de Huntingnton se une al pensamiento único de Fukuyama. Ambos filósofos han consolidado la base ideológica de la política internacional estadounidense que se extiende a nivel mundial. Si nuestra civilización es la más avanzada, la más desarrollada, la que ha generado la justicia y la democracia, el resto de las civilizaciones que coexisten en la actualidad con ella son una amenaza, por tanto, está justificada la guerra preventiva. De lo que se trata es de producir un pensamiento ideológico que enmascare la realidad, de tal forma que el ciudadano común no pueda pensar de otra manera. La religión es opio del pueblo, las ideologías políticas, en lo que tienen de religiosas, también. Dos son los pilares de la ideología hegemónica neoliberal en la que estamos instalados, a pesar de la crisis. En primer lugar la creencia de que la única forma posible de organizarse sociopolitica y económicamente es la economía neoliberal de libre mercado, el segundo pilar es el pensamiento de que nuestra civilización tiene una identidad que reside en sus orígenes griegos, que no le debe nada a ninguna otra civilización y que las que actualmente existen, fundamentalmente la islámica, también la asiática, indochina, son una seria amenaza para la supervivencia de la civilización occidental cristiana que se supone que es la garantía del progreso y de la libertad.

 

            Pues bien, esto no es más que mera ideología, pensamiento para dominar al pueblo, para justificar las guerras, la violencia, la tortura y el colonialismo, con lo que esto conlleva de saqueo de otros países y culturas. No es más que una justificación del poder. Y como todo ideología lo que intenta es enmascarar la realidad, es decir, fomentar el olvido a través de la creación de una historia inventada, construida a posteriori y que tiene como objetivo la justificación de la acción política que se persigue. En realidad no se trata de protegerse, sino de aniquilar otras formas de civilización. Pero para eso es necesario la creación de una identidad que es, como señala Popper y veremos, una ficción, un mito. Las supuestas identidades no son más que construcciones históricas a posteriori que tienen como misión mantener una unidad nacional y estatal de carácter político, militar y económico. La ideología de la identidad y la nacionalidad (el nacionalismo irracional del XIX) no es más que la máscara que se le pone al pueblo, para que no vea, en última instancia, la lucha de poder que subyace a esa ideología. Por su puesto, también, para crear el sentimiento psicológico de la identidad o pertenencia y, como consecuencia, el sentimiento del miedo y la angustia de perder esa identidad sin la cual nuestras vida no tiene sentido. En realidad la ideología de la identidad de las civilizaciones, además de enmascarar la realidad, como demostraremos más adelante, intentan producir un estado de ánimo en el pueblo a partir del cual éste se ve arrastrado por las pasiones y es incapaz de pensar. Con respecto al pensamiento neoliberal que es el otro pilar del pensamiento único hegemónico, en este momento no voy a decir nada, lo he analizado en otras partes, simplemente decir que es un conjunto de creencias, que además se han venido abajo con la crisis anunciada y para la cual no se han propuesto de momento un recambio de modelo productivo. Nos vamos a ceñir aquí al asunto del choque de civilizaciones y como se configuran éstas como justificación de la violencia y el colonialismo.

 

            Como decía la base de la construcción de un modelo de civilización es la creación de una supuesta identidad histórica, desde el punto de vista cultural y de las ideas, que justifica la posesión de una posición geográfica. El modelo de la identidad no se apoya en los límites geográficos, sino a la inversa, un conjunto de ideas, que constituyen la civilización, son los que demarcan los límites geográficos. Así nace el mito de la civilización griega o europea u occidental. Se nos viene a decir que la cultura occidental es la del diálogo, el pensamiento, la crítica, la que genera los valores universales y que encuentra su cuna en el supuesto milagro griego que se entiende como el surgimiento de la ciencia y la filosofía. A este primer pilar habría que añadirle el segundo que es el religioso, el jedeocristiano, y aquí nos encontramos con los textos fundacionales de occidente, que son los textos bíblicos. Pues bien, antes de analizar esto errores, que se han convertido en una ideología y que además es objeto de estudio en escuelas, institutos y universidades –con lo cual se garantiza el vehículo de transmisión de la ideología del choque de civilizaciones- hay que analizar dos ideas filosóficas que subyacen al invento y construcción de una identidad histórica.

 

            Pasemos a la primera. La crítica la encontramos en la obra de Popper, La sociedad abierta y sus enemigos. Nos referimos en primer lugar, al mito de la caída. Toda teoría de la identidad nacional o civilizatoria se basa en este mito que nos viene a decir que hubo un tiempo primitivo idílico, que es el tiempo de los orígenes, el tiempo fundante, tras el cual se produce la caída. De lo que se trata, entonces, para recuperar nuestra identidad es poner los medios para acceder a ese tiempo primitivo en el que reconocemos nuestra identidad. Esto ocurrió, como veremos, en el renacimiento cuando se pretendió recuperar la cultura clásica, como forma de identidad europea, para ello lo que se hizo es, en primer lugar, renegar de lo islámico y, en segundo lugar, falsificar las fuentes de la herencia musulmana que habían configurado la cultura occidental. El segundo pilar filosófico del concepto de identidad en las civilizaciones es el de la concepción determinista de la historia. Se piensa que la historia es un desarrollo determinado desde el inicio y encaminado a un fin último. Curiosamente, el principio y el fin son los que coinciden con los ideales identitarias creados por la civilización en cuestión, en nuestro caso, la occidental cristiana que es la hegemónica. Lo que se intenta marcar es una línea histórica, en la que los sucesos están perfectamente determinados, que va desde el origen fundante, hasta la recuperación última de la identidad, que no es más que la realización de los ideales de esa civilización (occidental) que pasa, obviamente, por la eliminación histórica, y de hecho, de cualquier otra civilización. De esta manera se muestra la verdad última de nuestra civilización. Pero lo que aquí no hay que olvidar es que todo esto no es más que una construcción a posteriori para justificar una serie de acciones políticas que justifican la violencia, nos referimos en la actualidad a la supuesta guerra contra el terrorismo, de origen islámico, por ejemplo. Hay mucho más en al ámbito del colonialismo del mundo en su totalidad, a través de la ideología de la globalización neoliberal. Pero resulta que la historia no tiene nada que ver con un proceso determinista ni con que los acontecimientos se reduzcan a un conjunto de causas que van encaminadas a la consecución de un fin último. Nada más alejado de la realidad. Por un lado, esta concepción de la historia elimina al individuo como soporte de la misma, elimina la dignidad y la libertad. Es un pensamiento cerrado y, por esto, excluyente. Se excluye al individuo, porque no es más que un peón de la historia embarcado en un fin más alto, y se excluye a las otras civilizaciones como formas perversas de la humanidad que se empeñan en poner cortapisas al desarrollo de la civilización occidental. En la historia hay tendencias y la base de la construcción social deben ser un conjunto de ideas abiertas, no excluyentes, que fomenten el dialogo con otras culturas y que puedan constituir la base de la construcción de sociedades abiertas y democráticas. Por su puesto, nunca como imposición, porque esto no seria más que la justificación del colonialismo. Y este pensamiento abierto tiene que tener a la base un concepto humanista universal. Nada de lo humano nos es extraño. Un principio moral, en definitiva, que subyace al cosmopolitismo, ser capaz de reconocer en el otro a la humanidad, por tanto, que el otro, por muy distinto a mi que sea es un sujeto de dignidad.

 

            Varios son los momentos históricos en los que apreciamos la creación de este mito de la identidad que, en última instancia, hoy en día, son aprovechados para la justificación de la violencia contra los otros y la supuesta verdad del choque de civilizaciones al que determinísticamente estaríamos abocados. En primer lugar se intenta crear una identidad europea a partir del surgimiento del pensamiento racional y crítico en Grecia. No vamos a discutir aquí lo que de particular ocurre en Grecia y que hace posible el surgimiento de la filosofía. Pero de ninguna manera se puede encontrar aquí una identidad, un tiempo mítico origen de todos los tiempos. En la historia no existen esos saltos, no hay milagros, hay un desarrollo causal y azaroso en el que se entremezclan los acontecimientos. Con esto quiero decir que no podemos entender el surgimiento del pensamiento griego, del que somos herederos, sin la cultura babilónica, sin la cultura egipcia, tremendamente atrayente para los sabios griegos y a la que tanto le debían, a la civilización indú, recordemos los gimnosofistas. Por su puesto, hay factores de carácter estructural como es el desarrollo de las actividades comerciales y artesanales que libera de las cadenas naturales de la producción agrícola, lo cual crea la posibilidad de más tiempo para pensar y contemplar, también favorece la emergencia de la democracia, condición política del diálogo y del pensamiento. Pero en realidad, no existe ningún texto fundante de la tradición occidental en Grecia, es una fusión de culturas, de ideas, de técnicas de producción y científicas (astronomía, matemática) que confluyen dando lugar a lo griego que es común a occidente pero que hunde sus raíces en otras culturas. Claro, cuando decimos esto, estamos diciendo que otras culturas pueden entender y desarrollar el pensamiento racional. Pero los partidarios de la identidad civilizatoria lo que piensan es que esto es un fenómeno exclusivo y excluyente. Las otras civilizaciones no podrían alcanzar las cotas de desarrollo de la civilización europea, con lo cual deben ser relegadas, en nombre del progreso, la libertad y la democracia, al cajón de la historia; pero esto pasa por el exterminio físico y la colonización. Y aquí es donde nos damos cuenta de lo peligrosas que son las ideas de la identidad.

 

            U segundo momento histórico que se considera fundante de la identidad de la civilización occidental es el de sus orígenes cristianos, por eso se proponen como textos fundantes los de la Biblia, fundamentalmente el Génesis y se declara que esto es un fenómeno exclusivo de occidente. Pero la verdad es que al basarse en el mito de la identidad lo que ha hecho la cultura occidental es ocultar los orígenes de esos textos y, también, la semejanza con otros de culturas más antiguas. El mito del génesis es casi calcado a los mitos de los orígenes de los persas y de los babilónicos, de los cuales procede. Pero esto se intentó ocultar siempre y por dos razones. Había que mantener el origen divino de nuestra civilización, lo cual garantiza su superioridad, y, en segundo lugar, había que eliminar de la memoria histórica la existencia de textos similares, lo cual hacía de nuestra civilización algo exclusivo. Es decir, que todo ello constituye una falsificación y recreación de la historia.

 

            Otro momento histórico es el del renacimiento en el que como venimos diciendo se intenta reafirmar la identidad y superioridad de la civilización occidental. Y este es importante por dos razones. La primera es que en el renacimiento empieza la mundializacion, que no es más que la colonización del mundo por parte de la civilización occidental, con lo cual era de vital importancia reafirmar nuestra identidad. En segundo lugar, en el renacimiento hay que afirmarse contra la gran civilización que había sido hegemónica durante ocho siglos, nos referimos a la árabe musulmana. Claro, lo que se hizo sustancialmente en el renacimiento fue negar las raíces islámicas de la civilización occidental cristiana. Dos cosas hay que merecen la pena sercomentadas aquí. En primer lugar la discusión que hubo sobre la influencia en textos similares de la cultura islámica en La divina comedia. Lo que se intentó por todos los medios, y remito a la obra de Ridao para apoyar documentalmente esta tesis, es borrar todo rastro de esta influencia y todos los libros que hablasen de ella. De lo que se trataba era de proponer La divina comedia como uno de los textos fundantes de la modernidad. Pero los estudios históricos han ido demostrando progresivamente lo contrario. Hay una fusión entre el Islam y occidente fruto de ocho siglos, es más el Islam fue el vehículo de transmisión de la cultura. Y esto último tiene que ver con otro de los puntos que quería tratar: el surgimiento de la ciencia. Se considera que el surgimiento de la ciencia moderna es un fenómeno estrictamente europeo y que encuentra sus raíces en la recuperación que se hizo durante el renacimiento de la cultura grecolatina. Pues nada más lejos de la realidad como han demostrado historiadores de la ciencia de la talla de Joan Varnes y Koyre. Ambos consideran y prueban con una documentación exhaustiva y detallada el origen islámico de la ciencia moderna. Incluso se llega a decir que el renacimiento tiene lugar o sus raíces en la España musulmana del siglo XI a partir de la ciencia árabe que se había recopilado en la biblioteca de Córdoba, procedente de Bagdad y de Alejandría. Varnes argumenta documentalmente que los avances de la ciencia árabe, son similares, sólo que varios siglos antes, a los del renacimiento. Por su parte Koyre nos informa de que sin la ciencia árabe y su traducción del griego y del árabe al latín, Europa hubiese seguido sumisa en una profunda ignorancia científica. Los que acudieron a los textos científicos griegos fueron los árabes y eso fue una tarea de siglos, pero no fueron meros recopiladores, como defiende el pensamiento políticamente correcto, sino, también, innovadores. Los árabes fueron el vehículo de transmisión de todo ese saber. Pero lo que se pretende con esta ocultación son dos cosas. La primera es dar una identidad a la civilización occidental que la une directamente con el saber griego y latino lo que nos mostraría su superioridad, esto es una auténtica falsificación, como hemos visto. Por otro lado, y no menos importante, de lo que se trata es de hacernos ver que de la civilización islámica no puede salir un pensamiento científico y crítico, ni puede aparecer la tolerancia, ni la interpretación libre de las escrituras, no olvidemos la teoría del filósofo musulmán español de la doble verdad, algo que el cristianismo intenta refutar por todos los medios, hasta que se llegó a la teoría tomista, aún hoy en día aceptada por los teólogos, de la subordinación del saber científico racional a la verdad de fe. En fin, lo que se pretendía era la eliminación del Islam como algo inferior y degradado, una cultura que ha de extinguirse.

 

            Pues bien, todos estos mitos tienen hoy en día más actualidad que nunca, justifican las guerras que protagoniza EEUU y a las que a ONU se suma como comparsa. La lucha contra el terrorismo se confunde con la guerra contra la civilización islámica y con la progresiva colonización del mundo vía globalización neoliberal. Hay que defender el choque de civilizaciones y la superioridad de la occidental cristiana, para justificar la violencia del poder. Como alternativa tenemos que recuperar el humanismo al estilo de Erasmo que criticaba al poder de la iglesia y al político con el fin de alcanzar la paz en el infierno de las guerras de religión que asolaron Europa. De lo que se trata es de recuperar el liberalismo en el sentido de la recuperación de una sociedad abierta, basada en la tolerancia y el respeto, que tiene una idea universal del hombre, sin eliminar las diferencias y que, como pensamiento abierto que es, fomente el diálogo y el enriquecimiento; y que tiene a la base la idea kantiana del hombre como fin en sí mismo y la paz perpetua como una asociación cosmopolita de repúblicas libres. Éste es el largo camino que hay que recorrer y para eso se requiere luchar contra el poder, contra la tergiversación de la realidad que lo pretende justificar. El pensamiento es desenmascarar, al menos, el pesamiento crítico.

 

 

 

                                   27 de octubre de 2009

 

                        Muy bien, de nuevo, el artículo de Jesús Sánchez Tortosa. Desde que leí su libro, El profesor en la trinchera, además de la analogía con el título de mi obra, he encontrado siempre una sintonía de pensamientos, lo cual me alegra, porque aleja a uno de la soledad intelectual en la que a veces cae, que le hace pensar, al estar tan sólo, si es que no ve las cosas demasiado deformadas. Pues, no, muchos otros, llegan a las mismas conclusiones por caminos diversos.

 

            Considero, como Jesús Sánchez, que nuestras democracia, que se suelen llamar liberales, o mejor, neoliberales, no son tales; sino que podemos denominarlas partitocracias oligárquicas. En realidad los que gobiernan son los partidos y dentro de los partidos la democracia brilla por su ausencia, lo que se da es, precisamente, una lucha de poder. Ahora bien, tal y como están organizadas estas democracias son imposibles sin el apoyo del poder económico; de ahí lo de la oligarquía. No se puede concebir un partido sin financiación y sin control de los medios de producción. Esto queda muy bien analizado en la obra El desgobierno de lo público, la financiación de los partidos viene por tres medios, la subvención estatal, la militancia, (cada vez más escasa) y las donaciones privadas. Sin estas últimas no existirían los partidos mayoritarios. Es imposible mantener la estructura de un partido sin una gran cantidad de fondos. Ya lo decía Ibarra riéndose de los de UPyD, “no saben estos el dinero que hace falta para montar un partido con opciones serias de gobierno u oposición” lo peor de todo es que este señor lleva razón y admite, entonces, desde dentro mismo de la democracia, la violencia contra la misma. Si la supervivencia de los partidos procede del crédito económico ocurren dos cosas igualmente graves. La primera es que se viola el principio de igualdad. No todos tienen las mismas oportunidades, las ideas políticas están compradas por el dinero. Es más, lo que ha ocurrido es que los partidos se han desideologizados. Los partidos con opción de poder o gobierno son, ideológicamente planos y grises. No interesan las ideas, interesa el poder. Lo mejor es que las ideas no sean más que el pensamiento hegemónico o dominante, el neoliberalismo que forma las conciencias hedonistas, individualistas y consumistas, que no tienen la posibilidad de pensar más allá de sí mismo, con lo que por este otro lado también queda la democracia amenazada, en la medida en la que no existe salud democrática. Para que exista tal es necesario la salud pública de los ciudadanos, es decir, que estos sean virtuosos. Pero el sistema ya se ha encargado bastante bien, de que el ciudadano sea tal y se convierta en una marioneta. De modo que lo primero que se conculca con la financiación privada de los partidos es la igualdad; como vivimos en una partitocracia existe una desigualdad de fondo o de partida que es de origen económico, la cual crea a su vez una falsa conciencia en los ciudadanos, de tal forma, que estos ya no son capaces de contemplar lo público. La segunda consecuencia antidemocrática de la financiación privada de los partidos es la corrupción. Si los partidos son financiados por los que tienen el poder económico, entonces, resulta que, inevitablemente, están sujetos a los intereses de este poder. La corrupción, no es algo que nos tiene que extrañar, es, por el contrario, algo absolutamente normal en las estructuras de nuestra democracia. Y, además, sospecho que esta situación a la que hemos llegado, no es algo casual, sino que tiene sus motivos. Hay un interés de fondo, en la construcción de las democracias liberales, de tal manera que, aparentemente se gobierne para el pueblo, pero, en realidad, se gobierna para una élite rica. Claro, la corrupción dentro de los partidos políticos trae otra consecuencia importante. Si los miembros de los partidos participan de esta corrupción resulta, entonces, que ya no son los modelos de valores que el político debía ser. La democracia es el gobierno del pueblo, pero como éste no puede gobernar directamente elige a sus representantes, los cuales han de ser los más excelentes. Pero, como venimos analizando, la estructura de las democracias liberales, lo que vienen garantizando es precisamente lo contrario. El que triunfa, el que está más arriba, es el que tiene más ansia de poder, el más corrupto, de entrada acepta el sistema que es en sí corrupto. Por eso, para revitalizar la democracia habría que aplicar una serie de revisiones técnicas que eliminarían la corrupción y de paso, eliminarían el elitismo de la clase política y la connivencia entre el poder político y económico. Una de las medidas sería la eliminación de las subvenciones privadas, otra la creación de listas abiertas, otra la democratización seria y a fondo de los partidos políticos, otra, la eliminación de la profesionalidad de la política a nivel local y regional. No es mucho, la verdad; pero sí es demasiado, porque el poder ejecutivo, que es el que tiene la posibilidad de cambiar las leyes, no lo hace.

 

            Lo que yo pienso es que hay que recuperar el espíritu filosófico de la democracia que se recoge en el texto de Isócrates, que dice:

 

            «Para decirlo en una palabra, aquéllos [Solón y Clístenes] habían determinado que el pueblo, como un tirano, debía establecer los cargos públicos, castigar a los infractores y resolver las disputas, y que los que fueran capaces de mandar y hubieran adquirido unos medios de vida suficientes, se ocuparan de los asuntos públicos como si fueran sus servidores y que, si llegaban a ser justos, fueran aplaudidos y se conformaran con este honor. Además, que no alcanzaran disculpa alguna caso de gobernar mal, sino que cayeran en las mayores penas. Por eso ¿cómo se podría encontrar una democracia más firme o más justa que la que ponía a los más capacitados al frente de los asuntos y hacía al pueblo señor de ellos?»

 

            Si nos damos cuenta el poder del pueblo está por encima del gobernante, debe ser su tirano. También esto es un peligro, porque si la democracia se convierte en demagogia, que era lo que Sócrates y Platón pensaban, el gobierno del pueblo se convierte en el gobierno de los ignorantes, una tiranía individualista e interesada, basada únicamente en las pasiones. Pero lo que señala el texto, y lo que señala Pericles también, en su oración fúnebre es que la democracia es el gobierno del pueblo que garantiza la isonomía y la isegoría. Ahora bien, esto no implica que la democracia no fomente la excelencia y que los que ocupen los puestos más altos en el poder en las diferentes administraciones sean, precisamente, los más excelentes.

 

 

                                   27 de octubre de 2009

 

 

            Hablé ayer de la lectura e hice una crítica al poder cuando este pretende crear un plan de fomento de la lectura, lo que a mi me parece hipócrita, porque, en definitiva, el poder persigue la ignorancia. Y esta reflexión que hice me recordó tres lecturas que hice este verano, que no eran libros estrictamente de filosofía o ciencia o historia o teoría política y ética, que es lo que suelo leer, algo de literatura también, pero ahora no tengo demasiado tiempo. Me permití el lujo de hacer estas tres lecturas en verano y ha sido de lo mejor que he leído últimamente que no tenga que ver con los ámbitos que he citado antes. La primera obra se titula Los huesos de Descartes, es una obra entre la novela negra y el ensayo histórico filosófico. De lo que se trata es de seguir la huella de los huesos de Descartes desde Estocolmo a París, y sobre todo, del cráneo que se extravió en este viaje. Paralelamente se va haciendo un recorrido de la influencia de Descartes en la modernidad; es decir, en nuestro mundo. Con Descartes nace una nueva forma de conocer el mundo, de relacionarse con él, de pensar y de actuar. Con Descartes nace también la ciencia moderna. Es el inicio de la secularización que culmina en el siglo de las luces. Los epígonos de la obra de Descartes son la posmodernidad. Este desarrollo es tremendamente interesante para saber quienes somos y de donde venimos y porqué nos encontramos en la situación en la que estamos.

 

            La otra obra es La familia Wittgenstein. Es una biografía de la familia de los Wittgenstein, una de las más ricas y cultas del primer tercio del siglo XX, además perfectamente encuadrada y ambientada en la Viena de principio de siglo. Una familia de nueve hijos, tres de los cuales, varones, se suicidan, los dos últimos son auténticos genios: Ludwing es uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, a la par que uno de los hombres más raros y atormentados. Por su parte Poul es un prestigioso pianista que se tuvo que adaptar a tocar el piano con la mano izquierda, la derecha la perdió en la primera guerra mundial. Las obras de piano para ser tocadas con la mano izquierda de los grandes compositores del siglo XX estaban compuestas especialmente para Poul Wittgenstein. El libro es tremendamente realista, describe a cada uno de los personajes con sus grandes virtudes y defectos, las luchas entre ellos, el ambiente extremadamente erudito y estético de la familia de los Wittgenstein, la pasión de toda la familia por la música, la locura que roza, junto con la genialidad, a la mayoría de ellos. Las tremendas y delicadas situaciones en las que se encontraron en la gran guerra y después. El devenir de la familia que no es más que la historia de la extinción de una extirpe de la que actualmente solo queda uno, un prestigioso matemático, hijo de una de las hijas de Poul, y sin descendencia.

 

            Y la última obra, impresionante, y literariamente la mejor con diferencia, es la de Stephan Zsweg, un dramaturgo Vienes de la primera mitad de siglo, El mundo de ayer. En esta obra se hace un recorrido sobre la última parte del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Lo llamativo es, quizás, la cierta semejanza con el momento actual que vivimos. La cualidad fundamental que el autor ve, hasta el comienzo de la Gran Guerra, es que el mundo en el que se vivía es un mundo de seguridad, en la que se pensaba que nada cambiaría, que todo iba progresando hacia mejor, que estábamos en el mejor de los mundos posibles y, encima, progresábamos, no se veía ningún peligro en el horizonte. El sentimiento, casi innato, era el de la seguridad. Pero pronto todo aquello comienza a desquebrajarse, comenzando por la primera guerra mundial, siguiendo con la gran depresión económica, y culminando, como consecuencia de ésta, con la segunda guerra mundial. Éste es el primer gran periodo de barbarie del siglo XX. Cuando todo estaba seguro nos quedaba por ver, todavía, a los infiernos a los que podía llegar el hombre. Una obra imprescindible para entender el siglo XX, aunque sea una autobiografía intelectual. Sólo por la belleza con la que está escrita merece la pena ser leída, por el deleite estético, en suma.

 

 

                                   26 de octubre de 2009

 

            Se nos viene hablando últimamente desde las autoridades académicas de un plan de fomento de la lectura. Quieren estos señores agarrados a la poltrona y a la lucha por el poder políticos, que probablemente no han tocado un libro en su vida, fomentar en los centros de enseñanza la lectura. Me parece muy bien, pero cuando esta iniciativa viene del poder y, creo, que éste es, por lo que muestran, tremendamente inculto me parece poco menos que sospechoso. Desde luego que en mi centro educativo hay que agradecer la gran labor que un puñado de profesores han realizado con la biblioteca, la han ordenado, catalogado e informatizado. Esto supone muchísimas horas de trabajo y esfuerzo, desde aquí se lo agradezco. Antes la biblioteca estaba relegada al olvido, hoy es una realidad que puede ser perfectamente utilizada y con un gran fondo de libros. Pero no es sólo esto la idea del plan de fomento de la lectura.

 

            Vamos por parte. Considero la lectura como una de las actividades más importante que pueda realizar el hombre. Ahora bien, lo que ocurre es que hay que matizar muchas cosas en el tema de la lectura. La lectura, no es meramente entretenimiento, aunque sólo el acto físico de leer sea un placer, sino que la lectura tiene que ir más allá. La lectura tiene que ir dirigida al conocimiento. Y este conocimiento es el conocimiento del mundo y de uno mismo. La lectura es diálogo, de ahí que la lectura sea pensamiento y autoconocimiento. La lectura pone en contacto a la humanidad entera, en el presente y en el pasado. La lectura es el instrumento que tenemos para acceder al mundo del conocimiento y de la belleza. La lectura, meramente como entretenimiento, creo que es dispersión, pan y circo, de lo que se trata es de tener entretenidos al personal. Curiosamente los libros que triunfan y que se venden más son todos estos que tienen como fin entretener a los ciudadanos y llenar su vacío interior. De ahí que proliferen las noveles de misterios, religiosas mezcladas con novelas negras, etc. Son pocos los títulos que encontramos en las librerías. Los libros se exponen como cajas de detergentes, es la cultura mediatizada por el mercado. Pues bien, muy lejos para mí está el tema del fomento de la lectura. Para empezar hay gente que lee, y no pueden concebir la vida sin la lectura –siempre dirigida a la búsqueda de la verdad y la contemplación de la belleza- y otros que no leen, de entre ellos la mayoría no lo harán nunca, por mucho fomento que haya, otros sí. Pero la lectura es una cuestión elitista, de unos pocos. No quiero decir con esto que sean los mejores, sino sólo unos pocos.

 

            ¿Por qué sospecho de un plan institucional de fomento de la lectura? Es muy sencillo. Después de muchos años de insistirles a mis alumnos de la necesidad y el bien moral e intelectual que puede hacerles la lectura, he claudicado. Mi mensaje ahora es que no lean, que leer es peligroso, pero, sobre todo, peligroso para el poder. También es peligroso para ellos porque pondrá en entredicho sus ideas y creencia. El conocimiento que la lectura genera, produce duda, y esto es pensar. De alguna manera esto también es peligroso. En la medida en la que uno empieza a leer entra en lo que he llamado la conversación de la humanidad, digamos que entonces ya ha mordido la manzana, ya no hay vuelta atrás. El mundo y nuestra vida ya siempre serán de otra manera. Nos habremos dado cuenta de nuestra ignorancia y de que vivimos en un mundo de apariencias, por eso las cosas no son lo que parecen, el mundo interpretado empieza a carecer de sentido. Llegamos al desencanto del mundo, o desacralización de lo real. Se instala para siempre en nosotros la duda y la indignación contra el poder que intenta imponernos un mundo a su medida. Por eso no puedo creer, de ninguna manera, en la bondad de ese fomento cuando viene de las instituciones ocupadas por el poder. La lectura está relacionada con la libertad, con la rebeldía, y esto es lo que menos le interesa a las distintas formas de poder. La cosa está muy clara desde el mito del génesis, se nos prohíbe comer del árbol del conocimiento. El conocimiento produce la heterodoxia, la disidencia, por eso siempre ha sido sospechoso para el poder, ha sido declarado anatema. Cuando cualquier forma de poder se hace autoritaria tiende a eliminar todas las formas de conocimiento que no coincidan con la ideología del poder. Por eso, insisto, déjenme que sospeche de la bondad de este plan institucional de fomento de la lectura, máxime cuando viene de la institución que se ha cargado la enseñanza. Esa medida queda muy bonita sobre el papel, pero no es más que propaganda, autobombo y engaño. Y luego tiene a todos los sociatas que hayan escrito cuatro líneas dando charlas por los centros educativos, eso también tiene tela,…¡qué mundo ha creado esta perpetuación del poder! ¡cuántos intereses!, en fin.

 

            He leído últimamente una frase de M. Kundera que es tremenda y con la que coincido plenamente, dice lo siguiente, la lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido. ¡Cuánto contenido encierra esta frase! ¡Y cuánto de lo que venimos diciendo en estos pensamientos está contenido en ella! La lectura como forma de conocimiento es una forma de recuperar la memoria, de hacerse autoconsciente y, por lo mismo, una forma de lucha contra el poder, el olvido y el engaño.

 

23 de octubre de 2009

 

            Terminé hace un par de días un libro buenísimo Los límites del patriotismo. Se trata de una compilación en la que se arranca de un ensayo patriotismo y cosmopolitismo de la filosofa norteamericana Martha Nussbaum a la que le sigue una serie de ensayos en respuesta al primero lo que muestra la gran polémica que suscitó. Se cierra el libro con una réplica magistral de la filósofa. La idea general es muy sencilla, Nussbaum defiende el cosmopolitismo, frente al patriotismo y considera que hay que introducir los valores del cosmopolitismo en la educación; se refiere fundamentalmente a los EE.UU. Su tesis arranca de Diógenes el perro, cuando a éste le preguntaron de qué ciudad era, respondió:  yo soy “Kosmo polita”, esto es, ciudadano del mundo. A lo largo de la tradición filosófica occidental ha habido múltiples defensores del cosmopolitismo, los estoicos griegos y después los romanos, Séneca, Marco Aurelio, Cicerón, entre los modernos nos encontramos a Adam Smith, a Kant que sería el más completo. Luego el siglo XIX trajo la terrible enfermedad de los nacionalismo y del advenimiento de un hombre nuevo, que después se uniría, curiosamente, al internacionalismo socialista y comunista (que en principios deberían ser cosmopolitas) con la intención de luchar contra la opresión. Por mi parte pienso, y lo he discutido mucho con marxista, como M. M. que esto es una contradicción de los marxistas de la que no han sido capaces de salir. De todas formas este no es el tema, pero sí tiene que ver mucho con el fracaso de la izquierda y sobre todo, aquí en España. Una cosa sí es verdad, tanto al marxismo, como a los nacionalismo le anima el mismo espíritu, el romanticismo irracional y utópico.

 

            Pero vamos al asunto del cosmopolitismo que a mí desde mi adolescencia, cuando por primera vez tuve acceso a los estoicos, me fascinó. Cuando escuché por primera vez esta teoría me sentí raptado en mi pensamiento, encontré una explicación, que de alguna manera, me daba alas, me liberaba de las normas y costumbres que me rodeaban y coartaban y que yo consideraba, como buen adolescente rebelde, vacías e hipócritas. Desde entonces para acá me he considerado cosmopolita, igual que soy, desde el punto de vista ético, universalista, además, esto con un fundamento en la naturaleza. La naturaleza humana, que es sólo la biológica, es universal. Pero el cosmopolitismo tiene un mensaje ético mucho más profundo que desarrollaré después. Primero analizaré la crítica fundamental que se le puede hacer. Se dice que para el ser humano es imposible la vida, como ser social que es, y esto es ya desde Aristóteles, sin la identidad; y que ésta tiene lugar a través de la familia, el pueblo, la ciudad y, como mucho el estado y la nación. Bien, nada hay aquí incorrecto. Nuestro proceso de socialización tiene que pasar por un proceso de identificación, pero éste al final tiene que trascenderse. Esto es, que tenemos que llegar a lo universal a través de lo particular y vuelta. Nos reconocemos en lo universal a través de lo particular y en lo particular a través de lo universal. Por otro lado, el paso de lo particular a lo universal se encuentra en el propio proceso de humanización que lo podemos estudiar desde la antropología. Primero eran los clanes en el paleolítico, y se luchaba entre ellos, luego las ciudades, más tarde los estados y, por último la globalización, aunque se me diga que ésta es sólo económica. Es cierto que sí, pero no sólo, también tenemos los derechos humanos, el derecho internacional, la corte penal internacional. Todo en pañales, sí, pero ahí están para ser desarrollados. De modo que la crítica si bien es cierta, lo que le ocurre es que no entiende el mensaje ético que tiene el cosmopolitismo. No sólo lo encontramos en los estoicos, griegos y romanos, sino también en los evangelios, parábola del buen samaritano, piedra angular de la ética cristiana. Lo encontramos desarrollado también en las teorías del derecho de gentes que tiene uno de sus máximos defensores en Bartolomé de las Casas que quiere considerar a los indios en pié de igualdad con los cristianos, a pesar de no ser bautizados. Está surgiendo el concepto de dignidad y así seguiremos hasta Kant, que es el que le da toda la dimensión universal que se merece, aunque el no le saque, en la práctica, las consecuencias que llevaba implícito en sí mismo su imperativo de la dignidad: obra siempre como si el otro fuese un fin en sí mismo y no un instrumento. Y esto es precisamente el gran logro del cosmopolitismo. El ciudadano del mundo es el que reconoce en el otro a otro yo, a un semejante, al prójimo. Lo que tiene el cosmopolitismo, y hoy en día es absolutamente necesario para luchar contra la globalización neoliberal excluyente, es una impronta ética de hondo calado. El ser ciudadano del mundo implica el reconocimiento de que cualquier otro, incluso los no nacidos, las generaciones venideras son sujetos de dignidad, por tanto debemos construir un modelo social –conjunto de instituciones que garanticen- la puesta en práctica de este principio moral universal. De lo que se trata es de la capacidad de reconocer lo humano en el otro. Como decía el sabio, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Pero, claro, esto no implica, y ahí lo entienden mal los críticos, que están cegados por el patriotismo o patetismo, el abandono de las identidades particulares. Uno se construye a partir de estas identidades, pero debe ser capaz de trascenderlas y de mirarlas desde la perspectiva de lo universal. De tal forma que el trato con los de tu propia identidad ya no se basa en el hecho de que sean de tu propia familia, pueblo, ciudad, estado; sino que se basa en el hecho de que son personas, fines en sí mismo, sujetos de dignidad. Y entonces habremos dado un paso importante en nuestro mundo ético. Después viene el asunto político. Tenemos que ser capaz de trascender las instituciones nacionales y estatales, si bien necesarias, en pos de unas instituciones globales que garanticen la humanidad-dignidad de todos los hombres. Y ese es el camino de la sociedad cosmopolita, o, como diría Kant, de la sociedad de repúblicas libres cosmopolitas.

 

            Curiosamente ha coincidido que me estoy leyendo un libro interesantísimo, del que estoy aprendiendo mucho, de la filósofa que despertó la polémica Martha Bussbaum. El libro se titula Las fronteras de la Justicia. El libro hace una crítica a las teorías del contractualismo político, incluyendo la más desarrollada y completa, la del recientemente fallecido Rawls, porque parten de un concepto de igualdad equivocado que les impide tratar tres problemas importantes, que a mi modo de ver, tiene que ver con el cosmopolitismo. Los problemas son: el trato a los incapacitados psíquicos y físicos, la posibilidad de trascender las leyes de la nación (sobre todo cuando ésta es la dominante EE.UU) y la necesidad de extender la justicia a la naturaleza. El problema de los contractualistas es que consideran que el contrato originario se hace entre iguales para obtener un beneficio mutuo, esta sería la base de la formación de los estados democráticos liberales. Pero lo que señala Nussbaum es que si partimos de esa situación originaria nos quedamos fuera esos tres ámbitos, con lo cual, no podríamos construir una sociedad justa, habría tres ámbitos de exclusión. El contractualismo de Rawls es el más completo e introduce dos conceptos muy importantes. El primero es el del velo de ignorancia, según éste el acuerdo al que se llega debe basarse en la ignorancia de lo que es cada cual, de esta forma todos parten de la igualdad, porque deben pensar (por el dilema del prisionero) que se pueden encontrar en la posición más injusta y desfavorable, por eso, en su contrato intentará que todos aquellos que se encuentran en situación desfavorable sean atentidos justamente. Por su parte, Nussbaum considera que hay que pasar de un enfoque cntractualista a otro al que se le sumaría el de las capacidades. Por mi parte pienso que si ahondamos en el velo de ignorancia, también podríamos pensar que nuestra situación inicial fuese de la la discapacidad y ahí estarían incluidos todos los discapaces, mujeres, dependientes por edad, etc. En cuanto al tema de la naturaleza me sumo a lo que ya dijera Hans Jonas el principio de responsabilidad. Tenemos que ampliar nuestra ética desde este principio, que lo podemos considerar como el principio básico de la ética ecológica. Viene a decir lo siguiente, nuestros actos deben tener en cuenta siempre su repercusión en el otro, pero no el cercano (prójimo) sino en aquel que ni conocemos e, incluso, al no nacido. De esta forma nuestras relaciones con la naturaleza vendrían mediatizadas por este principio. El segundo paso sería el político-jurídico que consiste en llevar esto a la práctica desde instituciones internacionales. Volvemos, por este camino también, al cosmopolitismo desde una visión ética universal de la humanidad y que, además, como adelanté antes, tiene una base en nuestra propia naturaleza biológica.

 

            22 de octubre de 2009

 

Acabo de terminar una de las tareas más tediosas de la enseñanza tal y como nos la tienen impuesta. Acabo de terminar, nada más y nada menos, que la programación general del curso. Ahí es nada. Esto es lo que quieren estos burócratas de la enseñanza que no tienen la más mínima idea del acto mismo de enseñar, de la transmisión, inefable, de conocimientos y valores. ¿Cómo vamos a reducir un arte y un saber práctico a un conjunto de términos pseudocientíficos que lo único que hacen es encubrir la nada de la educación? La nada a la que estos ideólogos, ¿qué digo? No creo que lleguen a tanto, estos creyentes obedientes del mito del pseudoprogresismo de la escuela que ha llevado la enseñanza a una cuasihecatombe, de la que tendrán que pasar lustros para ver un poco de luz. El daño que esta izquierda progre ha hecho a la enseñanza no tiene parangón. Ya nos hemos referido aquí a su peligrosa falacia, por aquello de ser un mito, y en los mitos se cree y, por tanto, se imponen, de la democratización de la enseñanza. Esto es una auténtica barbaridad. La enseñanza debe potenciar la excelencia. Y esto no quiere decir que la enseñanza deba ser elitista (para los que tiene poder económico o de otra clase), no. La enseñanza debe ser universal; pero su objetivo debe ser el de producir ciudadanos. Enseñar y educar debe ir encaminado a la misión casi mágica de hacer que un individuo, casi un homínido, se transforme en un ciudadano, un ser libre y autónomo. Pero las diferentes leyes de educación, con palabras robadas a la democracia, han hecho todo lo contrario. Nos han engañado, no quiero pecar de vanidad, pero desde el principio de la LOGSE, allá por los noventa, ya lo sospechaba. Siempre fui crítico de la LOGSE, pero poco a poco me he ido dando cuenta da la tremenda carga ideológica que tiene la misma y de lo bien pensada y planeada que está. Lo deja todo atado y bien atado. Es como una religión, o se niega la totalidad, o no hay forma de meterle mano. La LOE, que la ha sustituido es aún peor, porque no sólo es más de lo mismo, sino que profundiza aún más poniendo los instrumentos necesarios para que se transmita la ideología de la pseudoizquierda de la igualdad. Y a los inspectores y a las juntas directivas, lo único que les importa es el papel. Que haya papeles y justificaciones de todo. ¡Qué sabrán ellos de la magia y el arrebato del enseñar y aprender! Nunca el aprender es cuantificable.

Como filósofo y ciudadano que soy mi deber es hacer una crítica a la ley de educación. Aquí tengo que matizar. Kant hacía una doble distinción del uso de la razón. Hay un uso privado y un uso público. Es una distinción muy sutil y de gran calado, pero en otro momento la abordaremos. Sólo decir, que el uso privado implica la obediencia. Yo, como funcionario del estado, tengo que obedecer la ley. Pero como ciudadano y, más aún, como filósofo, porque es mi deber, tengo que hacer una crítica pública de la ley, cosa que hago por escrito y ante mis alumnos para despertar sus conciencias y animarles a que sigan el ejemplo. Se podría ir aún más allá, desobediencia civil, también ésta en algún ámbito la practico. Pero esto es más complejo de lo que parece. En realidad, tenemos la enseñanza que nos merecemos. Los profesores hemos aceptado indiferentemente las leyes educativas, ni se han criticado en profundidad y de forma generalizada, ni se ha protestado, ni ha habido huelgas, manifestaciones, encierros. Cuando se nos presenta este estado de cosas, entonces uno se echa las manos a la cabeza y dice: pero, bueno, cómo es posible que los que se encargan de la educación, los que tratan con las ideas, los supuestos intelectuales, son tan cómodos, tan poco críticos y tan borregos. Cómo es posible enfrentarse a las leyes ideológicas del poder si el profesorado ha sido el primero en dejarse –a lo mejor es que es inconsciente, lo que es peor todavía- domesticar. La educación es el vehículo de transmisión de la ideología del poder. Es un mecanismo de control. Y los profesores han sido la transmisión de esta ideología. Pieza clave del sistema. Han sido obedientes y sumisos. Se han vendido, esto cuando han tenido cierta conciencia, por un plato de lentejas. Para cobrar los sexenios, pues, ala, allá que van todos a los CPR a escuchar estupideces y tonterías pseudocientíficas sobre la didáctica de yo qué sé que naderías. Y así, poniéndose un velo en los ojos, estos los más críticos, cubren el expediente y engordan sus sueldos. No, aquí, desobediencia civil. El profesor tiene que formarse en su materia, porque supuestamente la ama y vive entre otras cosas para ella. Pero no, el profesor está instrumentalizado. Y ahora se llevan las manos a la cabeza con la violencia en las aulas, el fracaso escolar, el absentismos, pero la cosa viene de mucho más lejos y estaba todo muy bien pensado. Los últimos en caer, donde creíamos que residía el último baluarte del espíritu crítico, el tribunal de la razón, la universidad. Éstos se han rendido al plan Bolonia, también, por un plato de lentejas, eso si, para estos más abundante. En fin, que no se hable de los alumnos, alumnos y profesores están hechos de la misma pasta, materia maleable y domesticable.

Pero también quisiera hablar de algunas de esas profundizaciones que la LOE  ha hecho en la ideología que se venía defendiendo y que nos hacen creer que es la izquierda, cuando en realidad no es más que el pensamiento único hegemónico, el pensamiento neoliberal que sólo mira la productividad y que lo convierte todo en mercancía. Me refiero a ese invento de las competencias básicas. Ahora el objetivo ya no es el conocimiento –que ya antes casi tampoco lo era- sino, las competencias básicas. Sólo la palabra competencia está ya dentro de la ideología mercantil. Cuando decimos que el objetivo es el de alcanzar una serie de competencias básicas, lo que estamos diciendo es que el conocimiento está instrumentalizado, es un medio para obtener otra cosa. El conocimiento pierde el fin en sí mismo, por tanto, su dignidad. Claro, en una sociedad en la que todo vale, el conocimiento ha de perder el valor. De lo que se trata es de la adaptabilidad. Las competencias básicas no son más la forma de que la escuela produzca individuos adaptables al sistema, no ciudadanos libres, sino individuos sumisos. Se nos pone como un algo inevitable el mundo en el que tenemos que vivir, y las competencias básicas son las que nos van a permitir vivir en este mundo. Por tanto, lo que se nos está enseñando es a obedecer a algo, que de entrada, se da como inmutable: la estructura social en la que vivimos. Y esto es lo mismo que ocurre con el plan Bolonia, de lo que se trata es de la adaptabilidad. Pero la verdadera educación lo que debe perseguir es la capacidad de crítica y, por ello, la posibilidad de cambiar el mundo que nos rodea, si consideramos que es injusto y desagradable. Eso es ser libre e ilustrado. Se ha confundido el ideal ilustrado con la educación universal y obligatoria. El ideal de la educación de la ilustración era ofrecer el conocimiento que nos librase de las cadenas de la superstición y de las creencias, en aquel momento religiosas y aristocráticas. Hoy en día el pensamiento ilustrado sigue siendo válido. El objetivo de la educación es la libertad, luchar contra las ideologías, las creencias y las supersticiones con las que el poder pretende domesticarnos.