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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

Siempre pensé que la filosofía era pedagogía. Que el sentido máximo de la filosofía es la comunicación. El deseo de instruir, de hacer pensar. No en vano decía Kant que no se enseña filosofía, sino a filosofar. Por eso es muy interesante saber que la pedagogía no es una ciencia, sino una parte de la filosofía. Y como todas las filosofías las hay buenas y malas. La pedagogía que rige nuestro sistema educativo es nefasta, precisamente por el hecho de pretender ser científica y, encima, basada en una ciencia errónea. La verdadera pedagogía es la de educar en la virtud y esto requiere de la educación en la voluntad. Ya está bien de motivaciones, teorías constructivistas y demás paños calientes. La pedagogía actual no es una ciencia, es una ideología en manos del poder político y económico que, únicamente, quiere adoctrinar y producir borregos útiles. Muy bien, hay que volver a la filosofía como pedagogía y recuperar al viejo Sócrates. También es necesario recordar que no hay enseñanza sin enseñanza de la virtud. Por eso debemos releer la ética de Aristóteles y ponerla en diálogo con la kantiana. La virtud es uno de los grandes temas olvidados de la educación. Y la virtud requiere fuerza, por tanto, voluntad.

 

                        05 de enero de 2010

 

            Vamos a ver. Hay dos ideas fundamentales que han salido en la discusión. La primera es la de la igualdad y la segunda la de la autoridad. Con respecto a la igualdad se viene a decir que es, más o menos, un mito. Que es el origen de los males de nuestra mal entendida democracia y de la educación. Estoy con ello de acuerdo. Lo que sucede es que hay que matizar mucho en este asunto. Pero aquí hay que ser breve para no cansar. Habría que escribir un artículo sobre igualdad y democracia. Precisamente sugiero la lectura de dos obras que tengo ahora entremanos que son “El odio a la democracia” de Jacques Rancière y “Ejemplaridad pública” de Javier Gomá. Estas lecturas sustituirían mi argumentación. No obstante pretendo escribir un artículo sobre estos libros en mi blog. La igualdad es una entelequia. Quiere esto decir, que no existe ninguna igualdad ontológica o natural. La igualdad es una idea adaptativa, de orden social y político, que permite un modo de vivir. Los que confunden la igualdad de oportunidades, invento técnico-jurídico y político, con la igualdad natural-ontológica están tergiversando interesadamente el concepto para obtener beneficios; y, en el caso de la educación, defender una ideología que enmascara una educación que sólo genera mediocracia, sino algo peor. En ese sentido la igualdad es un mito. Pero ya en el mismo comienza de la democracia en Grecia, y me refiero a la oración fúnebre de Pericles, se viene a decir, que la igualdad no puede ser el menoscabo de que el gobierno esté encarnados por los mejores. Es decir, que la misma democracia defiende una educación en la meritocracia. De ahí lo de las virtudes públicas y la ejemplaridad del ciudadano. La igualdad no puede eliminar las diferencias del mejor. La igualdad es de oportunidades para eliminar las diferencias de poderes, que, en definitiva, se reducen a las de la riqueza, enmascarada de lo que sea: aristocracia, timocracia… Así, coincido con aquellos que atacan a la igualdad, pero sólo en lo que se refiere al mito de la igualdad. La democracia, por muy deficitaria que sea y muy en desarrollo que pueda estar, lo que hace es darle la vuelta al poder. El poder reside en el pueblo, aquel que no tiene nada para erigirse con el poder. Ya sé que esto es iluso en tanto que teórico, pero quién ha dicho que la democracia sea algo dado. La gobernanza humana es siempre imperfecta, pero la democracia es el único gobierno perceptible.

 

            En cuanto a la autoridad quiero hacer dos observaciones. La primera es que yo no tengo que defender al señor Mariana, él se podrá defender sólo. Tampoco voy a atacar a Gustavo Bueno. A los dos autores los he leído y he sacado lo mejor que he podido de ellos. Pero a ninguno se me ha ocurrido endiosarlo, con perdón, como hacen los “buenistas”. Coincido absolutamente en que la autoridad viene dada por la situación social. Pero la situación social se consigue. Un problema de hoy en día es el de la falta de reconocimiento de la autoridad: médicos, jueces, fuerzas de orden público, profesor…es cierto, y la educación tiene que garantizar el respeto a esta autoridad. Y el respeto es la obediencia al mérito adquirido partiendo todos desde el principio de igualdad. Pero para que se cumpla este cambio de percepción en la realidad, es necesario, como decía, un cambio de paradigma. Por eso no estamos en una situación sin salida, sólo que nuestro paradigma está agotado. No sabemos cómo se saldrá de él. Pero eso es otra historia. Considero que la educación tiene que basarse en la autoridad, y frente a la autoridad lo que tenemos es la obediencia y la disciplina. El niño tiene que hacer sus deberes, como se ha dicho, porque es su deber y punto. Todo lo demás son paños calientes y pérdida de autoridad. Lo que a mi me parece que ocurre es que la crítica que se hace a la autoridad desde la política es porque el político es un camaleón que quiere asemejarse a la sociedad para ganar votos; en definitiva, para mantener su poder. Esto, por un lado, por otro, la ideología pseudocientífica de los pedagogos se apoya en la eliminación de la autoridad y de la educación de la voluntad, porque no caben en su marco científico. Recuerdo que el primero que señaló en España que la educación iba errada porque se basaba en la educación a través de la motivación y no de la voluntad fue Marina, en su libro “En busca de la voluntad perdida”. Y auguraba, como así ha sido, un fracaso absoluto educativo, con emergencia incluso de la violencia, si no se recuperaba la educación de la voluntad, la cual es imposible sin la autoridad y la disciplina. El niño tiene que aprender a obedecer porque así aprenderá a obedecerse. Y ésta es la única manera de ser libres. Nos hacemos libres en la medida en la que somos capaces de obedecer leyes. Lo contrario es caer en el capricho y el vicio, que es lo que fomenta nuestro sistema educativo.

 

 

 

No creo yo en los determinismos históricos, ni en los ciclos de la historia de forma necesaria. Si hay un determinismo, es físico y biológico. Y es dudable. Pero éste es otro tema. No pienso que hayamos llegado a un punto de no retorno. Y no creo ser optimista. Todo lo contrario. Creo que nos reducimos a biología y habría que ver lo que dice la evolución. Es lo que se ha llamado la peligrosa idea de Darwin y la darwinización del mundo. Tampoco creo en determinismos tecnológicos, ni en el imperativo tecnológico ligado al primero. No sé qué se puede entender por deshumanización. La técnica es lo más característicamente humano. Las conquistas técnicas van desde el hacha de silex, pasando por la domesticación de las plantas y los animales, por la creación de un orden democrático y las instituciones que lo respaldan (cuidado que soy un crítico de la democracia, no un ingenuo) y llegando hasta una lavadora y la bomba atómica. No se puede caer ya en el discurso de las dos culturas. Esto es un error y tremendo para la educación. Estoy de acuerdo, por su puesto, con que la autoridad se gana, pero cuidado, no hay que olvidar que detrás puede haber intereses de los grupos de poder. Creo que la democracia debe basarse en la educación de la virtud que daría lugar a la ejemplaridad pública. Y esta ejemplaridad es la que da la autoridad. Y el ideal de la democracia es que fuese alcanzada por la mayoría. Por eso nuestro sistema educativo está tan errado y educa, precisamente, en lo contrario. Y no hay educación de la virtud sin autoridad. Toda crisis es una crisis de valores. Y los valores no cambian hasta que n cambia el paradigma. Esto es, hasta que no aparece una nueva visión del mundo, que por su puesto, nace de la crítica o discurso crítico, como el que se viene haciendo en este blog.

                                   04 de enero de 2010

 

Ese bachillerato fantasma es un bachillerato que da miedo. Ése es su otro aspecto fantasmal. Nos han querido hacer creer que tendríamos un bachillerato de tres años con ese famoso curso puente. Lo que tenemos es una auténtica basura de bachillerato. Antes ya, ahora, no os digo nada. Ahora lo que tenemos es el triunfo del vago, de la ley del mínimo esfuerzo. Ya ni curso que repetir, sólo las asignaturas que te queden, sean cuantas sean. Luego van de oyentes se examinan y si suspenden el examen te dicen que les da igual, que ya lo tiene aprobado. Es, simplemente grotesco y grosero. ¡Cuándo acabaremos con esta pedagogía pseudoprogre que convierte a los futuros ciudadanos en señoritos satisfechos, ineducados, vagos, respondones y que se creen el ombligo del mundo y con todos los derechos! Y los culpables somos todos. Pero los primeros fueros y son los políticos con sus falsas y peligrosas ideologías. Siempre he pensado que las ideas tienen consecuencias, frente a los materialistas históricos. Pero lo peor es cuando esas ideas son peligrosas.

 

 

                        30 de diciembre de 2009

 

            Ya hemos hablado aquí de la educación e ilustración. Antes hacíamos una relación de estos temas a través del fanatismo. También hemos hablado de la actual educación como una corrupción del ideal ilustrado. Una perversión de la razón, como fue el nacionalismo y los estado totalitarios. Ahora quiero, en la línea del párrafo anterior contra el fanatismo, señalar que una solución o tarea que hay que emprender para intentar desenredar el desaguisado de la educación actual, pasa por la recuperación de la ilustración. Otra cosa es, como ya he señalado a veces, porque lo sospecho, que la ilustración sea imposible. En tal caso habrá que considerarla como una idea regulativa de nuestra acción práctica: ético-política.

 

            La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Y ésta consiste en que el hombre es esclavo voluntario, delega su voluntad y su libertad en una autoridad exterior. La ilustración es la salida de este estado de dependencia. Obsérvese que se nos dice que el hombre es culpable de su propio estado de esclavitud, de minoría de edad. La causa es el miedo y la pereza, preferimos la esclavitud por miedo y por pereza. Somos gregarios y siguiendo al grupo nos sentimos a gusto. Incluso somos capaces de cometer las mayores atrocidades si nos vemos identificados con el grupo. En tal caso perdemos hasta la noción de responsabilidad. Esto es lo que ha ocurrido con el mal radical. Los que lo llevaron a cabo, los peones, digámoslo así, eran gente que decía que obedecía ordenes. Los ciudadanos normales, por miedo y pereza consentían. Así todos eran partícipes de exterminio y del etnocidio. A estos límites insospechados nos lleva la renuncia a la libertad por miedo y pereza. La libertad es el maximo bien que poseemos, pero rápidamente delegamos nuestro bien en manos de otro para eliminar semejante peso de encima. De ahí que seamos culpables de nuestra minoría de edad y de nuestra esclavitud. Ésta es la conclusión a la que llega Kant y lo que encontramos en La Boéte, Discurso sobre la servidumbre humana voluntaria. Ahora bien, nuestra renuncia a nuestra libertad nos pone en manos del poder. Y el poder siempre se monta sobre el miedo. El instrumento del poder es la superstición. Ésta es la base de toda ideología, pensamiento acrítico y supersticioso enmascarador de la realidad. El poder fomenta la superstición para aumentar el miedo natural del hombre a la soledad que procede de la libertad y la crítica, el uso libre y autónomo de la razón. Por medio de la superstición el poder puede actuar casi impunemente. La obediencia de los individuos, que no ciudadanos, es ciega. Y para ayudar a esta obediencia es preciso crear un clima de bienestar, de falsa felicidad. En nuestro tiempo esto nos viene dado por el consumo que ha producido un tipo de hombre peculiar: el egoísta consumista hedonista, que no tiene más norte y principio que sí mismo. Un hombre superficial que se agota en su propia piel y en sus propias posesiones que no son más que prótesis adicionales incapaces de crear un ser. El individuo se ha diluido en el tener, pero este tener es efímero y, por eso, continuamente debe ser alimentado. Así, tenemos dos fundamentos de la obediencia, el temor y la satisfacción ante lo dado, la conformidad. De ahí surge la pereza, la madre de todos los vicios, porque la virtud es fuerza, esfuerzo, ejercicio, en el sentido aristotélico. La virtud requiere de la valentía y ésta es un hacer autónomo e independiente que se enfrenta a lo comúnmente aceptado. Por ello, para salir del estado de autoculpable esclavitud necesitamos de la virtud. Pero, ¿se educa en la virtud en los planes de estudio?. De ninguna manera. Se sustituye la virtud por un pensamiento en valores políticamente correcto y, con ello, nuevamente gregario. Y el fundamento epistemológico de la educación está absolutamente alejado de la virtud. La virtud depende de la voluntad: querer o no querer, dominar nuestros deseos, etc. Pero la voluntad es algo inobservable. Y la pedagogía al uso está basada en la epistemología del neopositivismo para el que sólo de lo observable podemos hacer ciencia. Por eso la voluntad queda fuera del fundamento de la educación. No se educa la voluntad. Pero si no hay una educación de la voluntad, ni en la escuela, ni en la familia, lo que tendremos serán niños y futuros hombres caprichosos, sumidos en la tiranía de las pasiones. Y estas pasiones, como hemos visto, ya vienen alimentadas por el propio sistema: el consumo desenfrenado, compulsivo y autoidentitario. Por eso el sistema educativo no pretende formar personas, sujetos libres y autónomos, ni ciudadanos. Pretende domesticar por el miedo y la pereza. A la base hay un fanatismo, por su puesto, el de la ideología hegemónica cuyo contenido habría que analizar a parte, pero que tiene mucho que ver con el neoliberalismo, el individuo autista, la libertad identificada con el consumo, la idea del crecimiento ilimitado, etc. Si en la misma base epistemológica del sistema educativo no está la voluntad, lo que está es la motivación y la teoría constructivista. Dos errores epistemológicos colosales, pero en fin, estos progres pseudocientíficos, están anclados en un paradigma científico remoto. Y se creen modernos. El estimulo, sin contenido y sin esfuerzo es ciego y vacío. Necesitamos de los contenidos, de la memoria y del esfuerzo para aprender. No podemos construir todo el saber nosotros, es necesario la memoria. Pero sí es posible una presentación histórica del saber que nos identifique con la tarea heroica de la humanidad en pos del conocimiento y su autoliberación. Esto requiere del esfuerzo y la voluntad, pero nos llevara a amar y continuar en lo posible la obra más digna del espíritu humano: el conocimiento, la ciencia, la filosofía y el arte. En suma, fruto todo ello de la virtud humana. Consecuencia del esfuerzo del hombre por autotrascenderse en lo universal. El conocimiento es engendrar en lo universal desde nuestra particularidad contingente y limitada. Como ya decía Platón, el amor es engendrar en la belleza. Y entiéndase que el amor es búsqueda de lo que no se tiene y que va de lo particular a lo universal, de amar la belleza en un cuerpo bello a la belleza en sí pasando por toda la jerarquía, desde la naturaleza, la ciencia, el orden social, etc. El amor (una pasión positiva, Spinoza), por tanto, ya desde Platón y Aristóteles, es lo que anima al conocimiento. Ya sabemos que la razón no puede ir sin pasión. La razón fría es para los ordenadores. Mero mecanismo algorítmico. La razón humana está animada por la pasión del saber y la búsqueda de la libertad.

 

            La ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Y el instrumento para salir de ella es el uso de la razón. La razón es la facultad, animada por la pasión, que nos permite salir de nuestra minoría de edad, en la medida en que nos lleva al conocimiento y éste tumba a la superstición. Y sin superstición no hay miedo. El conocimiento es autoliberativo porque elimina el miedo de la superstición, que es el instrumento del poder para sojuzgar. Pero el conocimiento también desenmascara las apariencias y las ideologías. El conocimiento nos muestra al poder, su pasión por dominar y sus instrumentos. Pero el conocimiento como nos libera, nos deja aislados. Por eso el ejercicio de la razón, desde la pasión, es un ejercicio de libertad. Y la libertad nos lleva a la soledad. Pero en la soledad está la creación. Y esa creación es la creación del sí mismo.

 

            Los ilustrados pensaban que se llegaría a una humanidad ilustrada por medio de la educación universal. Y aquí está nuestro problema. Desde el punto de vista teórico la cosa ha quedad clara. La educación basada en los presupuestos que hemos expuesto antes llevaría a la humanidad a una época ilustrada. Pero el problema es que eso no ha sido así. A mi modo de ver hay dos problemas que, además, al interrelacionarse se hacen casi insolubles. El primero ya lo hemos señalado y tiene que ver con la propia condición humana. Esta condición es siempre, a mi modo de ver, de carácter, natural biológico. El hombre renuncia a la libertad. Hemos hablado de miedo y de pereza y es cierto. Estos son los sentimientos que aparecen en el hombre, porque la libertad es heroica en lo que tiene de solitaria. Pero existe un sustrato naturalbiológico. Y ésta es la madre del cordero. Somos animales tribales y gregarios. El hecho de ser tribales implica que nuestra estructura y organización social es jerárquica estableciéndose un orden según fortaleza y posibilidad de replicarse. Siempre habrá una élite con mayor posibilidad de procreación que los vasallos. Pero, a su vez, somos gregarios. No podemos prescindir de los demás y, además, nuestra identificación nos lleva a seguir el comportamiento normal del grupo. Las disidencias y discrepancias son duramente castigadas. La prehistoria y la historia de la humanidad están plagadas de ejemplos de ello. Ésta naturaleza impide el desarrollo de la libertad, si bien no absolutamente en la medida en la que el comportamiento humano es abierto y no cerrado. La cultura, si bien de origen natural, un modo de adaptación, como los dientes del tigre, inventa formas de organizarse que eliminan en cierto grado el tribalismo. Además, todo cambio social depende de la innovación, la cual no es posible sin la crítica a lo antiguo y la disidencia con la presentación de nuevas propuestas. Ahora bien, tenemos que entender aquí que la libertad no es aquí algo ontológico, es un fruto cultural. Es decir, para no salirnos del naturalismo nihilista, un mecanismo de adaptación natural que permite y amplifica la autorreplicación de nuestros genes. Prueba de ello es el hecho de que hemos llegado a 6.500 millones de habitantes. El otro factor que se une al anterior es el del poder. La educación está siempre en manos del poder para que éste se perpetúe. Por tanto, la educación, si viene dirigida por el poder, nunca será educación en la libertad, ni para la libertad, ni desde la libertad, sino para la opresión y el adoctrinamiento, así como para la sumisión, la obediencia y el pensamiento único. El poder es la cúspide de la jerarquía que quiere perpetuarse. Por eso, de ninguna de las maneras, va a perseguir la aparición de individuos críticos y disidentes. Necesita personal obediente y sumiso. Y, además, son explícitos, a tal extremo ha llegado el engaño. El objetivo fundamental de la educación y del plan Bolonia en particularidad es la adaptabilidad del futuro ciudadano a la sociedad cambiante en la que vivimos. Es decir, adaptación (léase sumisión desde la perspectiva éticopolitica) no crítica ni disidencia. El poder es siempre conservador, de lo que se trata es de mantener el status quo, que nada cambie. Y la educación en manos del poder es siempre reaccionaria, por muy de progre que se vista. De lo que se trata es de clonar, de domesticar, a lo que ayuda, y no poco, la propia condición humana.

 

            La educación, basada en la ilustración, debe partir de la libertad, para buscar la libertad. Pero, para ello, nunca debe estar en manos del poder. Pero siempre, y esto es una paradoja, para que el sistema funcione necesitamos individuos obedientes y sumisos. La libertad individual es una conquista que está en manos de muy pocos. Otro cantar es la libertad formal. Un derecho de las democracias formales. Pero esto es otra cosa que presupone, precisamente, el estado de derecho de las democracias. Forma de adaptación cultural exitosa donde las haya.

 

 

                        29 de diciembre de 2009

 

La educación sin fanatismo es el lema de la ilustración. Atrévete a saber por ti mismo. Pero la ilustración está muy lejos de la educación de hoy en día. En lo único que coinciden es en lo de la universalidad, que no obligatoriedad. La educación es adoctrinamiento. Y el adoctrinamiento siempre es en algo. Hay que ser fanático, como bien se dice, para defender la educación universal y obligatoria que obedece a un estado, un gobierno y una ideología. La ilustración, creo, es un proyecto inacabado. Por eso la educación debe ser educar en la ilustración: la autonomía y la libertad. Y en este sentido es una lucha contra el fanatismo y el adoctrinamiento. La ilustración es la lucha contra la superstición y ésta última es la base epistemológica y psicológica del fanatismo. En el fanatismo está el germen de la creencia en la verdad absoluta. De ahí su ansia de extender sus ideas por todo el mundo, su afán mesiánico. Y esto de mesiánico me suena mucho a los ideales de la pseudoeducación actual.

 

 

 

                                   29 de diciembre de 2009

 

Estoicos y epicúreos.

 

            Desde luego que hay que volver a los griegos para no salir de ellos. Cada vez estoy más convencido que en el ámbito de la sabiduría, no así de la ciencia, aunque sí de sus bases, no nos es necesario casi salir de los griegos. Al menos en lo que se refiere a nuestra cultura occidental. Otro cantar es la sabiduría oriental y las sabidurías mistéricas. Pero eso es otra cosa, que además pienso que también tienen su punto de unión. Cuando a lo largo de la historia se han alcanzado altas cotas de sabiduría, como es el caso de Montiagne, La Boéte, Spinoza y otros, por referirme al ámbito ético, son buenísimas actualizaciones del pasado griego. El germen está en los griegos. Por su puesto que no sugiero aquí un reduccionismo. Hay una historia de la ética y del pensamiento político que está encuadrada en el devenir histórico de los acontecimientos y peripecias del hombre. Esto es innegable e ineludible. Pero en los orígenes se concentra lo que después se ha de desarrollar. Por eso hemos hablado ya aquí, en este conjunto de pensamientos contra el poder de un francotirador de las injusticias y las mentiras, del pensamiento de los sofistas y Sócrates, de Platón y Aristóteles. Y los hemos abordado desde su actualidad. Es decir desde las lecciones que nos pueden impartir. Lo mismo sucede, por citar dos de las escuelas helenísticas, con los estoicos y los epicúreos. Su pensamiento es siempre actual y su permanencia se hace más ostensible cuando atravesamos momentos de crisis.

 

            En primer lugar es interesante referirse al hecho de que a filosofía postarsitotélica es heredera de Sócrates. El pensamiento de Sócrates tuvo dos direcciones contrarias, pero que se encontraban en germen en el propio pensamiento de Sócrates. Por un lado tenemos la herencia de Platón. Éste filósofo dió la máxima importancia a la dimensión comunitaria del pensamiento de su maestro. Para él lo importante era la comunidad frente al individuo. Es curioso que la muerte de Sócrates la podemos interpretar como causada por la introducción de la eticidad o la libertad en el mundo griego. La libertad rompe la unidad indisoluble que había en el mundo griego entre ética y política hasta Sócrates. La virtud era sólo entendida como virtudes públicas o política. Sócrates introduce la individualidad, el mundo de la libertad y la autonomía. Pero Platón opta, para resolver el problema con los sofistas, y como réplica a la democracia, por el estado totalitario. El estado platónico es una gran familia que anula al individuo. El individuo es en tanto que pertenece al estado y su función y quehacer viene dirigido por éste. El individuo es educado por el estado en una única educación igual para todos. El pensamiento disidente y heterodoxo es eliminado de raíz. Sólo existe una única filosofía verdadera y sólo existe una única forma posible de vivir según la justicia, el estado platónico. El individuo feliz y virtuoso no puede concebirse fuera de este estado.

 

            Pero hubo una segunda línea que deja la sombra de Sócrates y que nos ha llegado como las escuelas helenísticas. Aquí nos encontramos con los cirenáicos, los cínicos, los estoicos, los epicúreos y los escépticos. Hay una nota común entre todas estas filosofías: la primacía del individuo frente a la comunidad. Lo que se persigue, tras la caída de la polis, es el ideal del sabio. Y el sabio se construye a sí mismo. La polis no le es necesaria. En algunos casos es un mal necesario. Se renuncia a la política como actividad perturbadora. Se defiende el ideal de la vuelta a la naturaleza en el sentido de recuperar la razón universal que lo gobierna todo. El sabio, dicen cínicos y estoicos, debe obedecer a la naturaleza. La razón de la naturaleza, su ley es universal y lo abarca todo. La  ley de los pueblos son particulares y convencionales. Seguirla no nos hace sabios sino estúpidos en tanto que contingentes. En la ley de la naturaleza, en tanto que nosotros somos naturaleza está la sabiduría. Ya hemos hablado aquí del ideal estoico del cosmopolitismo como un ideal ético. Lo que nos une es la naturaleza. Y nuestra naturaleza es la humanidad. Lo que tenemos en común pues es nuestra humanidad, por el contrario, lo que nos separa son las naciones, las culturas, los estados, etc. por eso el sabio sigue a la naturaleza, no a las costumbres particulares. Las costumbres son pasajeras y variables, carecen de importancia. Cuando les damos más de la que tienen caemos en disputas y violencia. Así, todas estas escuelas, desde los cirenáicos a los escépticos, defendieron al individuo y a la humanidad como naturaleza propia del hombre por encima de las diferencias culturales. Vieja sabiduría que será interesante recobrar hoy para una globalización de la justicia.

 

            Los estoicos descubrieron que la felicidad positiva es imposible. La felicidad consiste en la eliminación del dolor, la apatía. El origen de la felicidad está en el deseo. También es ésta una vieja doctrina que es necesario recuperar hoy en día para forjar una ética del deseo que reemplace al individuo ególatra consumista en el que nos hemos y nos han convertido. El deseo es el origen de la infelicidad. Los estoicos desenmascararon la dinámica del deseo, como lo hiciera el budismo oriental. El deseo es imposible de ser satisfecho. El deseo es dinamismo, movimiento, intranquilidad, nos saca de nuestro ser, nos hace en suma infelices. Una vez satisfecho renace con nuevos bríos. No se puede domesticar. No existe para los estoicos una felicidad positiva, lo único que nos queda es dominar el deseo y el miedo. No desear nada es la piedra angular de la felicidad en tanto que tranquilidad o serenidad de espíritu. Y esta ausencia de deseo tiene una doble cara, la eliminación del miedo y el temor. El temor es un deseo negativo. Tememos perder algo, a alguien o a nosotros mismos. La clave está en no desear y aceptar el devenir inexorable del curso de las cosas. Nada depende de nosotros. El orden racional del mundo está fuera de nuestra voluntad. Luchar contra la razón universal, responsable del orden último del universo es locura. Y la locura es la expresión máxima de la infelicidad. No tenemos nada por lo que sufrir, porque no debe existir el apego a nada. La dulce pasión del sabio estoico es la alegría de vivir, algo así como un carpe diem filosófico, vivir el momento con intensidad, pero sin apego. Y esta es la serenidad de los sabios estoicos. Cuando esto no es posible siempre nos queda esa ancha puerta que es la muerte. Si no se puede vivir con dignidad, mejor es morir con ella. El suicidio o la eutanasia es la solución final a la vida digna.

 

            Aunque se suelen presentar de modo distinto, e, incluso, contrarios, los epicúreos tienen semejanzas con los estoicos y los complementan. Estos sí hablan de una felicidad positiva. El origen de la vida feliz es el placer. No hay vida feliz sin placer. Donde hay placer no hay dolor. Lo que descubrieron los estoicos es un mecanismo, del que hoy se ha rastreado su huella neurofisiológica, por el cual donde hay dolor, no hay placer y donde hay placer no hay dolor. Y sólo en la vida placentera podemos encontrar la felicidad. Así que el objeto de la vida feliz es el placer. Ahora bien, este hedonismo no tiene nada que ver con el libertinaje. Ni con el hedonismo transmitido por la iglesia cristiana. Para el cristianismo el hedonismo, y los epicúreos como sus máximos representantes, son el demonio. Bien saben ellos que donde hay placer no hay temor y donde no hay temor no hay necesidad de los dioses ni obediencia ciega debida a la superstición. Por eso, el cristianismo, en su intento de domesticación del hombre, ha considerado que el placer es el peor de los males. De ahí que el hedonismo es uno de sus anatemas. Efectivamente que donde hay placer no hay miedo y donde existe o reside, hay ausencia de dioses y de creencias. Y donde no hay dioses no hay poder basado en la superstición. Pero lo que los epicúreos han defendido ha sido otra clase de placer distinto a lo que los cristianos entienden por hedonismo que, en última instancia, identifican con libertinaje y lujuria. Lo que piensan los epicúreos es que lo primero que hay que hacer es eliminar el miedo. Donde hay miedo no hay posibilidad de placer. Los miedos fundamentales son a la muerte, a los dioses y a la enfermedad. A la muerte no hay que temerla porque la muerte es ajena a la vida, cuando yo estoy la muerte no está cuado la muerte está yo ya no estoy. De los dioses no sé si son o no son, pero si son serían inmortales y perfectos; así que para nada se ocuparían del hombre. La enfermedad es un mal mientras que no la podamos sustituir por un placer. Pero los dolores o son leves y duraderos y sustituibles por placeres o cortos e intensos. Los largos e intensos llevan a la muerte o a la opción por el suicidio cuando nuestra vida, a nuestro juicio, carece de dignidad. Así la felicidad está en el placer. Pero los estoicos dicen que de los placeres los únicos legítimos son los naturales, es decir, los necesarios para la vida: comer, beber, procreación, vestido y vivienda. Pero todo esto con extrema moderación, es decir, desde la austeridad. El cálculo de los placeres es la prudencia. Satisface menos un gran banquete que esperar ayunando y comer un mendrugo de pan con un pedazo de queso, como decía el viejo Epicuro. A cada placer dinámico hay que calcular el dolor que pueden producir después. Esta doctrina de los placeres, más realista que la anulación de los deseos de los estoicos, es necesaria hoy en día para la creación de una nueva forma de vivir y concebir la existencia más allá del consumo ilimitado, que por los propios límites del planeta, está tocando a su fin. Y luego están los placeres estáticos, los de la contemplación: el estudio y la contemplación artística. Aquí no hay medida. Estos son placeres del espíritu. Es necesario recobrar esta sabia doctrina del placer espiritual para forjar, a través de la educación, a nuevos ciudadanos que sean capaces de llenar su vida desde lo que hoy se llama el ocio creativo. Nada más y nada menos que los placeres estáticos y eminentemente humanos, unidos a la prudencia y la amistad como fundamentos de la vida feliz, que defendían los estoicos. ¿Sabremos llegar a un ideal de ciudadano en este sentido, o nos veremos obligados a ello (a la austeridad obligada y no deseada) tras un colapso civilizatorio del que cada vez estamos más cerca?. He mantenido un debate con Jorge Riechmann en este sentido y él apuesta por lo primero, mientras que mi pesimismo y mi naturalismo ético me llevan a pensar más bien, por desgracia, en lo segundo. Pero aunque mi razón es pesimista, mi corazón es optimista y quiere, lucha y ansía lo primero: ser capaz de salir del atolladero, del callejón del gato, por nosotros mismos y, además, redivivos.

 

                        29 de diciembre de 2009

 

            El futuro de la humanidad y el mal radical.

 

            Dos de las últimas lecturas que he realizado versan sobre los dos temas que figuran en el título de esta entrada: El desajuste del mundo y Narrar el mal. Los dos me han parecido magníficos, sobre todo el de Maria Pía de Lara, Narrar el mal, sobre el mal radical. Pero lo que a mi se me ha ocurrido ha sido unir estos dos libros de alguna manera. La pregunta sobre el futuro de la humanidad, habida cuenta de los terribles problemas que padecemos, crisis terminal, de la que ya hemos hablado aquí antes, me hace pensar que en realidad estamos asistiendo a un mal radical de la historia, de alguna forma encubierto. Me explico. Cuando nos referimos al mal radical lo que queremos decir es la eliminación del hombre por el hombre, el exterminio de la víctima, pero este exterminio pasando por la anulación total de la víctima. Quitarle lo que es en tanto que persona, la deshumanización. Éste es el fin del genocidio y el etnocidio, la eliminación de todo rastro de la persona. Otra de las características del mal radical es que se hace desde la razón instrumental, de forma calculada. El avance científico y la racionalización de los estados absolutos han favorecido éste fenómeno, como es el nazismo y el stalinismo, de manera clara. De lo que se trata es de eliminar al distinto. En definitiva, creo que el mal radical es algo constante en la historia de la humanidad. El siglo XX lo que ha hecho ha sido amplificarlo. No  hay nada nuevo, solo más tecnologías y unos estados totalitarios perfectamente racionalizados en sus funciones. Unos estado totalitarios procedentes de la perversión de la ilustración y su optimismo racional. La historia del hombre es la historia de la barbarie y del exterminio del otro. Es más, el hombre no ha sido siempre persona. No se ha cometido un crimen contra la persona hasta que no hemos inventado la categoría de persona. Y eso es algo que tiene que ver con la ilustración. Y todavía estamos en pleno proceso de ilustración. Recordemos que los derechos civiles se consiguen en la década de los sesenta, que muchos países están aún en regímenes totalitarios, que los derechos humanos son papel mojado. Lo que ha ocurrido son dos cosas a mi modo de ver. En primer lugar, la posibilidad de hacer el mal ha aumentado, como decíamos antes, con el desarrollo tecnocientífico, por un lado, y, en segundo lugar, la globalización o mundialización, fenómeno que comienza en el renacimiento ha extendido este mal a nivel global. La segunda guerra mundial fue una guerra global, al menos en Europa. El mal se pudo extender por toda su geografía. Pero no hay nada particular en lo que se refiere al exterminio que durante toda la historia el hombre ha realizado sobre el hombre. Ya hemos hablado aquí del genocidio y etnocidio que los españoles del siglo XV y XVI realizaron en las indias. Es una peculiaridad humana, por su naturaleza tribal y depredadora, su autoexterminio. El hombre como miembro de su tribu considera al de la otra tribu, el otro, como el enemigo que pone en juego su supervivencia. La sociabilidad humana es con los cercanos, la familia, el clan y la tribu. Después llegaría el pueblo, la ciudad, el estado, la nación… el otro es el que no pertenece a ninguno de estos grupos. El otro es siempre el peligro y contra él nos dirigimos. Somos depredadores de los demás para sobrevivir en tanto que grupos cerrados. Lo que ha ido ocurriendo a lo largo de la historia, desde el neolítico, particularmente, es que los clanes se han trascendido formando estados y naciones. La guerra se ha hecho mayor, a gran escala y el exterminio es más numeroso. Pero nada nuevo se ha conseguido. Ya digo que el factor novedoso es meramente accidental. Aumento del estado y de los individuos, aumento de la racionalización organizativa de los estados y de la capacidad de exterminio cuantitativo. A la base está la misma cuestión moral, el considerar al otro como un no humano que es un peligro para mi supervivencia.

 

            Cuál es la situación en la que nos encontramos ahora. Pues la cosa se ha generalizado. Esto es el fruto de la globalización. Sostengo una tesis que es necesario probar más profundamente, pero que adelanto a modo de ensayo o esbozo. La situación de crisis global –ecosocial- en la que nos encontramos se puede entender desde la perspectiva del mal radical. Vamos a ver como puedo argumentar someramente esta tesis. Pienso que la organización del mundo es absolutamente racional. Pero su racionalidad pertenece a la racionalidad mecánica e instrumental, que criticaba la escuela de Frankfurt con respecto a la razón ilustrada. Esta racionalidad elimina al individuo, en tanto que lo trata como objeto. Y ésta es la base tanto de nuestra economía como de nuestra política. Por eso podemos decir que el mundo está organizado racionalmente, pero deshumanizado. También pienso que la razón y la humanidad no tienen por qué estar reñidas. Si admitimos esta tesis caeríamos en los irracionalismos románticos, que por su lado también nos conducen al mal radical, al exterminio del hombre y su deshumanización. La cosa es bastante grave. Resulta que vivimos en un mundo perfectamente organizado, pero esta organización es una locura, un atentado contra la humanidad. De ahí el título del viejo libro de Billy Brand, que me produjo un tremendo impacto, La locura organizada. Éste mundo es una auténtica locura, pero está perfectamente organizada. Es absolutamente racional.Y esto me lleva a mantener la tesis de que esta organización enloquecida del mundo es un mal radical en la medida en la que esta organización produce muerte y miseria y además, una clave de esta organización, es la cuantificación de este mal, la despersonalización de las víctimas, en meras estadísticas. Hemos asumido el mal, otra similitud con los pueblos que han ejercido éste en la historia, como algo necesario y normal. Algo que tiene que ser. La organización del mundo, basada en la ideología capitalista del crecimiento ilimitado y apoyada en la acción política que la ampara, produce la muerte masivo de gran parte de la humanidad, por no decir el hambre en la mitad de los hombres. Y esto no es una cuestión accidental, sino una consecuencia directa de cómo tenemos organizado el mundo. La organización política económica de occidente es la causa de esta situación mundial, que sumado a la crisis terminal que padecemos –efecto de esta organización-, nos lleva a una situación límite de la cual somos responsables. Nuestra organización económicosocial es la causa del mal radical del mundo. Es algo voluntario. Pero, además, hay que añadir la connivencia, como ocurrió en los estados totalitarios que practicaron el exterminio, de los ciudadanos como realidad sin la que el exterminio sería inviable. No podemos meter la cabeza debajo del ala, tenemos que saber que cada uno de los ciudadanos es responsable. Si no es así caeremos en lo de Eichmann (asesino del nacismo, juzgado en Jerusalén): yo obedecía ordenes. En definitiva nos refugiamos en el sistema totalitario; por tanto, participamos del exterminio. De aquí que Arend hablase en el caso del juicio de Eichmann de la “banalización del mal” en el sentido precisamente de la eliminación de la responsabilidad de aquel que lo produce porque simplemente se refugia en el sistema. Es necesario, para que se produzca un cambio, una revuelta civil, una desobediencia que produzca una revolución en la que cambiemos de paradigma económico y social sin la cual el exterminio masivo y consciente de gran parte de la humanidad será inevitable. Somos participes y responsables de la ejecución, probablemente, del mayor mal radical de la historia. No podemos actuar como Eichmann, de ahí que sea necesario la toma de conciencia global, igual que se ha globalizado la economía. Pero hay una apreciación pesimista que me hace dudar del éxito de tal misión. Somos animales gregarios y tribales y, como tales, sólo podemos sentir nuestro mal y nuestro bien, y hacemos todo lo posible por mantener el segundo a costa, incluso, de producir el máximo mal en el otro.