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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

28 de diciembre de 2009

 

La familia y la educación

 

            La sacrosanta familia. Ahora salen los obispos a defender a la familia cristiana apostólica, católica y romana. La familia es un engendro cultural de coacción. Un sistema de control alimentado por la superstición de la iglesia y basada en el poder de coacción de los sentimientos. Vamos a ver, el hombre es un animal cultural. Y es cultural en tanto que es animal. Su animalidad, su carácter estrictamente biolóico lo condiciona culturalmente. He defendido aquí y cada vez estoy más convencido de ello,un naturalismo radical, aunque emergentista, que nos lleva a la reducción de la cultura a la naturaleza. No a una reducción como identificación, esto sería eliminar el emergentismo, pero si una reducción explicativa. Sucede que el hombre es cultural porque éste es su instrumento para poder sobrevivir. Ha inventado diferentes formas de cultura que son las que le han garantizado su existencia. Estas formas culturales tienen una serie de universales como son el pensamiento mítico y el pensamiento religioso que se funda en éste. Ambos tienen su base en la propia estructura del cerebro. El hombre es un animal mítico y supersticioso por su propia naturaleza. De modo que venimos diciendo que la familia es una construcción cultural. Y es verdad una cosa, que la familia es una construcción cultural que garantiza la supervivencia. Ahora bien, existen múltiples formas de organizarse familiarmente. Ninguna de ella resuelve los problemas de la relación entre los hombres, porque en realidad es imposible resolver plenamente el problema de la sociabilidad humana, por aquello que ya sabemos del fuste torcido de la humanidad. El hombre es un animal social, pero no es absolutamente social. O su comportamiento social no viene plenamente determinado o cerrado genéticamente, se cierra por medio de la cultura. Ahora bien, en la condición natural del hombre a la par que la sociabilidad tenemos la insociabilidad. El hombre es un ser sociablemente insociable. Todo lo que constituye la cultura, ética, política, religión, etc. es un intento de resolver esta brecha que existe en nuestra propia naturaleza. Con ello queremos decir que nunca tendremos una forma de organización social perfecta y, con ello, tampoco tendremos una forma de organización familiar perfecta. Y en eso estamos. Ahora bien, lo peor es cuando una de las formas de organización de la familia, es decir, de las relaciones con parentesco de sangre, se erige en la única y la verdadera. Hasta aquí podríamos llegar. En nuestra civilización occidental ése papel le ha correspondido a la familia cristiana que tiene su origen en la judía y su religión. Pues precisamente ésta es la crítica que comencé al principio y que voy a seguir ahora una vez que he demostrado que la organización familiar, cualquiera que sea, es necesaria como mecanismo de adaptación.

 

            El origen de nuestra familia patriarcal se encuentra en el neolítico. Con éste llegó la vida sedentaria con motivo de la domesticación de animales y plantas: la agricultura y la ganadería. Ahora bien, esta situación produjo una división del trabajo. Las mujeres se dedicaron a las tareas del hogar complementadas con las agrícolas y a los hombres les correspondió las tareas de la defensa, la caza y la agricultura. Esta división del trabajo creó una división de fuerzas y, por ello, de privilegios. Los privilegiados eran los hombres que eran los fuertes y los que estaban al cuidado del poblado y de los vástagos. Esta situación de privilegio se convirtió en una situación de poder y dominio que vino justificada por los mitos y la religión. En nuestro caso, el análisis del génesis es muy claro. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y a la mujer la creo para el hombre. La mujer es, ontológicamente, un ser de segunda. Creado del hombre y para el hombre. Los dioses, repárese en esto, del neolítico entre los que se encuentra el dios judeocristiano, son dioses de la guerra y de la violencia. Dioses vengativos. Dioses creados para las necesidades del momento. Estos dioses son guerreros, dominadores, son varones. Las mujeres son seres de segunda, mediaciones. Están al servicio de estos dioses vengativos y crueles. De modo que los mitos y la religión vienen a justificar las relaciones de dominio. Ya sabemos que el hombre crea a los dioses a su imagen y semejanza y como justificación de su estatus quo. Hasta que no aparece el pensamiento crítico no aparecerá la posibilidad de crítica y, con ello, surge la libertad y la dignidad. Y desaparece la obediencia ciega al poder basado en el dominio del fuerte. Y este hecho es el que se introduce con el logos en Grecia.

 

            Pues bien, la estructura de la familia cristiana y occidental, en términos generales, hasta el siglo XX, está basada en esta división del trabajo y en las relaciones de poder y dominio que ello conlleva, amparados en el mito, la religión y la ideología política (teocracias) que lo sustentan. La situación de la familia en estas circunstancias es la del poder y abuso del hombre sobre la mujer y sobre los hijos. La mujer debe obediencia y sumisión al varón. Los hijos pertenecen al padre que es, realmente, el que tiene la patria potestad. La situación es la de un desequilibrio de poder. Es una relación de injusticia –falta de equidad- y de sumisión. Pero claro, esta relación injusta necesita de una ideología y una religión que la sustenten. Y ésta es la religión cristiana y la política que la ampara. El cristianismo ha creado los fundamentos teológicos que cimentan esta relación de poder, por un lado, y la ética basada en una situación de perversión de los sentimientos apoyados en el sentimiento de culpa y de deber y, en última instancia, en la resignación y el resentimiento. Y estos son los fundamentos que han hecho posible esta perversa relación de dominio del fuerte sobre el débil. El varón sobre la hembra y ambos sobre los hijos, siempre estando por encima el varón. El daño material y moral que esto ha producido durante siglos es inmenso. La mujer ha estado siempre sojuzgada, su comportamiento se debe reducir a la sumisión y la obediencia ciega. Los hijos deben obediencia eterna y agradecimiento. La falta contra los padres es inefable. Es un mal horrendo, porque es la falta contra los que te han dado la vida, en última instancia dios, claro, por tanto, la obediencia es eterna igual que el agradecimiento. Esto crea una situación de asimetría y de dominio en la que se establece un chantaje de los sentimientos y una educación que está dirigida, absolutamente, a anular la voluntad. La familia es un mecanismo de supervivencia que lo que hace es crear replicantes que se comporten en la vida adulta de la misma manera. El chantaje emocional es perverso. La desobediencia es la soledad. Lo que fomenta la familia es el gregarismo, eso es lo que surge de la obediencia y el respeto ciego, sin posibilidad de crítica, a los padres, frente a la libertad. La familia, como mecanismo de clonación cultural que debe garantizar la supervivencia de los vástagos, para que a su vez se autorrepliquen, tanto en el sentido biológico como cultural, lo que hace es extirpar la voluntad. Por eso el modelo de la familia cristiana del que procedemos lo que intenta es extirpar la voluntad por medio de la coacción de los sentimientos. Esto produce una perversión de los sentimientos que nos lleva al gregarismo. Y, de rebote, lo que se produce es un individuo borrego capaz de obedecer a cualquier poder de la sociedad. Porque es un individuo sumiso en el que se ha extirpado la libertad y la dignidad, fomentando el miedo y la resignación. Se ha creado un esclavo obediente de forma automática. Alguien incapaz de pensar y actuar por sí mismo.

 

            Vamos a ver, como ya hemos señalado, la familia es una estructura cultural necesaria para la supervivencia del hombre. Pero hay que terminar con el modelo tradicional en el sentido de que sea el único y el verdadero. Los hijos, por el hecho de ser hijos, no deben ni obediencia ni respeto ciego al padre. La relación entre padres e hijos, por otro lado, es asimétrica. No podemos caer aquí tampoco en la pedagogía progre de que el hijo es un amigo. Eso es imposible. El padre representa la autoridad y sanamente no hay amistad con la autoridad, hay obediencia sin cuestión durante un tiempo y cuando se llega a la madurez la posibilidad de crítica y el respeto mutuo, no sólo del hijo con respecto al padre, sino de ambos. Puesto que en el desarrollo ha ocurrido algo importante, el hijo ha alcanzado la mayoría de edad. Debe ser libre y autónomo. La educación de los padres con respecto a los hijos tiene dos pilares: el afecto de los primeros sobre los segundos y la autoridad. Tanto el afecto como la autoridad van del padre al hijo en el principio de la vida. Pero la autoridad debe ir dirigido a moldear la voluntad, no a extirparla. Por eso el afecto es importantísimo. El hijo tiene que ser feliz. Pero debe aprender que su felicidad también depende de la obediencia. Pero, poco a poco, la autoridad, con la adolescencia, debe ir transformándose en que el hijo debe alcanzar la autonomía; es decir, que la autoridad tiene que ir saliendo de él. Su comportamiento, hasta ahora, heterónomo tiene que hacerse autónomo. El padre debe guiarse por el afecto. Debe querer lo mejor para el hijo, y lo mejor es su libertad y su autonomía. Si no es así estamos confundiendo amor y afecto con posesión y obediencia ciega y entraremos en la dinámica del chantaje emocional. En la familia siempre habrá tensión, por lo que dijimos de nuestra doble naturaleza, o lo del fuste torcido de la humanidad. Pero hay que ilustrar la familia. Convertirla en un mecanismo, no de clonación autorreplicante, sino de singularidad, libertad y dignidad. Y hay que tener en cuenta que vivir en libertad es lo más difícil para el hombre. Y educar en la libertad es la forma más difícil de pedagogía.

 

 

 

 

16 de diciembre de 2009

 

Comentario al artículo de Jacinto Choza. Catedrático de Antropología de la universidad de Sevilla.

 

Querido Jacinto,

 

Muchas gracias por tu rápida respuesta y por tu colaboración. Me ha parecido muy interesante y esclarecedora. Sobre todo para un ateo y laico como yo que siempre le ha preocupado la religión tanto porque fui creyente durante muchos años como porque sin ella no podemos entender ni la civilización occidental, en particular, ni al hombre, en general. Muy interesante, y creo que es el centro del argumento, la distinción entre la institución y el clero y los creyentes de base, así como la iglesia y su doctrina como acontecimiento histórico sometido al cambio. Creo que haces una reflexión que puede aportar luz a muchos creyentes que se encuentran sumidos en contradicciones y, por tanto, que están sufriendo. De todas formas creo que hay una tensión entre lo universal, por un lado (católico) y la autonomía de la conciencia que puede estallar en la anulación de la propia iglesia o autodisolución. No sé, pero tengo que pensar al respecto. Creo que la autonomía de la conciencia, que va ligada a la libertad kantiana, rompe el molde de la heteronomía moral. No soy capaz de asumir una convivencia de la heteronomía de la iglesia, por un lado, con la autonomía de la conciencia, por otro. Creo que esta convivencia la puede hacer estallar. Si nos quedamos sin lo universal en la iglesia, ¿no estamos cayendo en el posmodernismo, esto es, el relativismo, tan denostado por el Papa, y por mi mismo, como filósofo partidario del proyecto inacabado de la ilustración? Si aceptamos dentro de la iglesia una autonomía de base, nos quedamos sin los principios básicos de la teología, entre ellos, la subordinación de la razón a la fe. La autonomía de la conciencia, a mi modo de ver, así ocurrió con los griegos, y volvió a ocurrir en la ilustración, exige del libre uso de la razón. Pero la doctrina oficial de la iglesia, incluido el nuevo catecismo del 92, y la encíclica, fe y razón de Juan Pablo II, creo que avanzan poco en este tema respecto a Tomás de Aquino. Esto lo digo desde mi ignorancia, a pesar de haber leído ambos textos.

 

            Creo que la autonomía de conciencia de la que tú hablas, es una cuestión de hecho. Y está muy bien este análisis, pero creo que la iglesia nunca puede defenderlo explícitamente, aunque lo sepa, porque se autodisuelve. También es necesario saber, que la libertad de conciencia no nos puede llevar al relativismo hedonista del todo vale. Esto es el fundamento del egoísmo. A mi modo de ver, la iglesia tiene un gran mensaje ético que aportar. El de la fraternidad y justicia social. Es lo que Vattimo y Rorty en su diálogo sobre el cristianismo nos cuentan. Tenemos que heredar ese mensaje, secularizado, para el ateo, o fundado en la divinidad de Jesús, para el creyente. Y éste es el norte a seguir. Lo otro es de poca importancia, sólo apariencias, ritual. Se entroncaría, en lo que llama Gustavo Bueno, la fase terciaria de la religión, o la fase del mero ritual. Coincido con el Papa en la lucha contra el relativismo. Pero no coincido en que los males procedan de la ilustración, esto es de nuevo recuperar un mensaje oscurantista y un intento por terminar con las sociedades laicas y plurales. Esta actitud del Papa casa muy poco con lo que tu mantienes, a mi modo de ver. Creo que tu reflexión sirve de alivio para el creyente que se encuentra en la encrucijada. Que describe una situación de hecho, que encuadra a la institución de la iglesia en su dimensión histórica, como debe ser. Pero quizás esto sea anatema, no lo sé, frente a la doctrina oficial de la iglesia. Yo pienso que la iglesia, los curas y los creyentes deberían adoptar el lema de que fuera de los pobres no hay salvación. Lo demás es secundario, aunque a algunos le importe demasiado y les frustre su vida. Creo que es necesario una mejor enseñanza de la religión, de su dimensión histórica y de su base ética que tanto ha aportado a occidente.

 

Muchas gracias de nuevo por tu colaboración que ha sobrepasado con creces mis expectativas.

 

 

 

            11 de diciembre de 2009

 

Democracia participativa versus democracia representativa.

 

            Hay aquí un problema planteado de hondo calado, aunque, quizás, la cuestión sea más de forma que de fondo. Desde los griego se ha considerado idiota al que no participaba en la cosa pública. Esto en el sentido en el que se dedicaba a sus propios intereses. Lo virtuoso era dedicarse a los asuntos públicos. Y esto era un principio básico de la democracia griega. Ahora bien, la democracia griega es una democracia directa y asamblearia, por lo tanto, se les exigía a los ciudadanos participar en la polis. Esto es ser virtuosos y no idiotas. Se ha idealizado la democracia participativa griega y esta idealización intenta llegar a los discursos de la democracia participativa que se reclama hoy en día, o, del republicanismo. Desde luego que la situación en Grecia y Atenas en particular no era tan idílica. Se podía mantener esa democracia por el poder absoluto de Atenas sobre las demás ciudades griegas. Tampoco era un gobierno del pueblo, que es lo que dice la palabra democracia y, por eso, se reclama hoy la democracia participativa. Eran una minoría los ciudadanos que necesitaban de los esclavos para poder dedicarse a la cosa pública. Y de los ciudadanos algunos, un porcentaje bajo, un doce por ciento, eran los que iban a la asamblea a tomar decisiones. En verdad que era una democracia más directa que las de ahora, pero no necesariamente más participativa. Y, además, ese estilo de la democracia directa, quizás sea inviable. Por eso acaban fracasando. Y también está en la idea de Pericles que deben ser los mejores, los excelentes, los que ocupen los cargos públicos. Las asmbleas, como ocurre inevitablemente, por la propia naturaleza humana, eran manejadas por algunos. Lo peor llega cuando estos dejan de ser los excelentes y toman el poder los demagogos. Entonces estamos a un paso de la tiranía.

 

            La cuestión hoy en día es que se reclama la democracia participativa y directa en nombre de la recuperación de la virtud política y en contra de la idiotez, la falta de participación del ciudadano. Pero la cosa no está tan clara. El discurso republicano moderno procede de Rousseau. Un pueblo que elige a sus representantes es un pueblo que renuncia a su libertad, dice el ginebrino. Para ser claros, considero que la democracia representativa es el mejor invento de gobierno que hemos construido y que, encima, garantiza la participación por medio del gran invento de las instituciones públicas. Otra cosa es que las democracias de hoy en día se hayan convertido en partitocracias oligárquicas que se transforman en totalitarismos y producen la apatía e idiotez del ciudadano, es decir, que el ciudadano declina voluntariamente su ciudadanía. Es lo que decía Hume, nada ama el hombre más que su libertad, pero en cuanto puede ejercerla la cede a otro. En fin, esto es la condición humana. Somos animales tribales y nos comportamos como tales. El invento de la democracia es una construcción cultural, con ánimo de sobrevivirnos a nosotros mismos, en la que limamos las diferencias ontológico-biológicas de las que partimos para poder vivir mejor. Es una adaptación evolutiva que parece preferible a otras formas tiránicas. Pero vamos por partes.

 

            La democracia asamblearia y directa es un mito porque nunca ha existido ni es posible. Es un invento. Está bien como idea regulativa para hacer del ciudadano un hombre comprometido con la polis y, de este modo, fomentar las virtudes públicas: generosidad, magnanimidad, solidaridad, justicia… pero, nada más y nada menos. La propia constitución de la psique humana y de la sociedad hace imposible una democracia directa. Siempre necesitamos intermediarios, además son deseables. El pueblo tiene que canalizar sus decisiones a través de unos representantes. La propia división del trabajo hace que esto sea necesario. Y el pueblo tiene que elegir a sus representantes de entre los mejores: la excelencia como virtud. Pero los representantes son los que en última instancia toman las decisiones y, aún más, dan cuerpo y forma a las opiniones del pueblo que, de por sí, son pasionales, interesadas, individuales, etc. La democracia representativa debe garantizar la pluralidad de ideas, y el respeto de las minorías. Es imposible el respeto a las minorías en una democracia asamblearia en las que se toman decisiones plebiscitarias. Además esta democracia no podría desarrollarse, estaría siempre autofundándose y autijustificándose. Para que se desarrolle la democracia es necesario la existencia de representantes y la existencia de instituciones que median entre los representantes, no todos elegidos, por ejemplo no es el caso del poder judicial, o de los distintos cuerpos de funcionarios que velan por el buen funcionamiento de las instituciones que representan. Los representantes y las instituciones son, precisamente, los garantes de la participación y de la pluralidad de ideas; así como el respeto a las minorías. La propia psique humana necesita de la delegación del poder que nos hemos otorgado al instaurar la democracia en otro que consideramos el mejor, excelente. En tanto que masa no tenemos voluntad. El pueblo carece de voluntad y de opiniones. Éstas vienen desde arriba mediatizadas por los representantes y las instituciones. El pueblo es pasión que se vierte en la aclamación. Para desarrollar, pues, la democracia, es necesario que las opiniones estén bien fundadas y tengan un cauce institucional para que se lleven a la práctica. Por eso la democracia representativa debe fomentar la participación de la ciudadanía. Sus acciones repercuten en los representantes. Además, en el germen de la democracia representativa, como en la oración fúnebre de Pericles, está la idea de que el gobierno es el de unos representantes, el de una élite, la de los mejores, los excelentes. Y, además, como garantizan las instituciones democráticas, el pueblo puede eliminar a sus representantes sin derramamiento de sangre, por medio de elecciones. Pueden protestar: manifestaciones y huelgas. En fin, que la democracia representativa garantiza la libertad, las opiniones bien fundadas y el pluralismo y, en el fondo, una meritocracia. Y, en definitiva, que la democracia participativa es un mito.

 

            Para mi la teoría es correcta. Pero hay que hacer dos matizaciones. En primer lugar, no hay que ser ingenuos y pensar, por el hecho de criticar a los partidarios de la democracia participativa, que vivimos en democracias representativas. No. Vivimos en partitocracias oligárquicas como hemos demostrado en otros lugares. Y, por supuesto, no es una élite excelente la que nos gobierna, sino una caterva de corruptos aliados a intereses económicos y que tienen como último fin el desgobierno de lo público. Y, precisamente, porque nos encontramos en esta circunstancia, se reclama la democracia participativa, pese al hecho de ser un mito. Las democracias no tienen más remedo que ser representativas, pero ello no quiere decir, que los representantes sean corrupto, que los partidos políticos sean antidemocráticos. Que los intereses de los partidos sean el poder y no la polis. Que el que llega a lo más alto no es el mejor, sino el que más poder ha obtenido, en fin, toda la retahíla de los males de la democracia actual. Lo que hay que tener en cuenta de los partidarios de la democracia participativa y el republicanismo es la regeneración de la democracia y el fomento de las virtudes públicas de los ciudadanos. Regenerar la democracia implica dos cosas fundamentales. Acabar con la partitocracia y la oligarquía. Y construir, vía educación,  un ciudadano más virtuoso desde el punto de vista de las virtudes públicas.

 

 

                                   11 de diciembre de 2009

 

            La paradoja de la libertad.

 

            Vuelvo a escribir sobre la libertad y sobre los totalitarismos. Y hoy quiero hacer una reflexión de cómo la propia libertad puede crear las condiciones, como así ha sido en dos momentos del siglo XX, de los totalitarismo. A esto lo podemos llamar la paradoja de la libertad en la medida en que son los propios requisitos de la libertad los que se convierten, digamos que por exceso, en totalitarismo. Es lo que en otros lugares he dado en llamar la perversión de la razón ilustrada.

 

            La libertad se conquista en su primer momento con los griegos. El surgimiento de la ciencia y la filosofía es el surgimiento del conocimiento de lo real por medio de la razón. El logos se enfrenta al mito y la superstición. Si podemos explicar la realidad por medio de la razón, si hemos llegado a la conclusión  de que todo lo que hay es un cosmos, entonces, estamos fuera de la influencia de poderes sobrenaturales. Y esto significa que hemos alcanzado cierta libertad. El reconocimiento de la necesidad que rige al cosmos, por lo cual es cosmos, nos da libertad frente a los supuestos dioses, porque nuestra voluntad ya no se rige por estos, sino por la propia naturaleza. Además, la creencia en las fuerzas de la naturaleza crean la superstición y ésta es un modo de oscurantismo, que tiene su forma de poder en el miedo, que sojuzga al hombre y le hace esclavo de sus temores. Por eso el conocimiento tiene que ver con la libertad. El segundo plano del desarrollo del logos es, precisamente, la democracia, que consiste en establecer las leyes que rigen la ciudad a partir del pueblo. Esto significa que la legitimidad del poder reside en el pueblo y no en la voluntad arbitraria de los dioses. De ahí que la conquista de la democracia griega fuera la isonomía e isegoria, y en esto consistía la libertad. Y una virtud aparejada a la aparición de lo que podemos llamar la tradición crítica y racional es la de la tolerancia. Lo que se inaugura con el logos es la capacidad de discusión racional. Pero esto implica el respeto al otro. Nadie tiene la razón, todos tienen razones y, por ello, todos pueden entrar en el diálogo. Y éste es el fundamento del conocimiento y de la democracia. Pero, como tantas veces ocurre en la historia, esto no tuvo un buen final. La aparición del cristianismo como religión oficial del imperio romano acabó con la pluralidad religiosa y con el pensamiento crítico. Habría que esperar al renacimiento, el paso por la revolución científica del XVII, para culminar en la ilustración, para volver a recuperar la libertad. El resurgimiento del conocimiento científico podía explicar las leyes que gobiernan la naturaleza y, además, aparece, aparejado al desarrollo científico el tecnológico. El saber científico ya no es sólo conocer la naturaleza, sino saber para dominar. El conocimiento se convierte verdaderamente en una forma de emancipación. Y la ilustración considera que esa emancipación va dirigida contra la superstición, fundamentalmente la de la iglesia. La libertad es frente a la esclavitud del poder de la iglesia a partir de la superstición que ha esclavizado al hombre por el miedo y la ignorancia. Se reclama el saber como forma de libertad y autonomía. Atrévete a saber, es el lema de la ilustración según Kant. Y la ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Ahora bien, en el propio hecho de reclamar la libertad se encuentra en germen el totalitarismo por varias razones.

 

            En primer lugar se establece un absolutismo de la razón. La razón sustituye entonces a la religión. Y aquí es donde nacen las perversiones de la razón ilustrada, que pierde sus límites y se convierte en absoluta. Hay varias perversiones de esta razón que generan, en la política, totalitarismos perversos. Tenemos los nacionalismos. La revolución inspirada en el marxismo, y el desarrollo tecnocientífico. Como hemos visto la libertad surge como crítica del poder absoluto de la iglesia que se basa en la superstición y el miedo. El resultado de ello es la eliminación de todo poder. Esto último nos llevará al relativismo que, a mi modo de ver es la última perversión de la ilustración o razón ilustrada desenfrenada. Pero antes quiero analizar otras formas previas de perversión. La critica a la iglesia como forma absoluta de poder genera un vacío que va a ser llenado por los discursos basados en una secularización del mensaje mesiánico del cristianismo. Y estos discursos se centran en dos: el de los nacionalismos y el de los totalitarismos comunistas. Ambas perversiones ideológicas han sembrado la historia de cadáveres y han elevado la razón al absoluto, convirtiéndola en un mito. Ambos discurso, como ya he apuntado tienen a la base una secularización del mensaje escatológico de la religión. Nos quedamos sin religión, pero nos quedamos con la estructura formal, que es el discurso mesiánico y escatológico. Tanto los nacionalismos como los fascismos nos prometen el cielo en la tierra. Son teorías de la emancipación total de la humanidad siguiendo una lógica racional. Para el nacionalista, el concepto de pueblo y cultura que dan lugar a la aparición de un hombre superior. Y para el marxismo el desarrollo dialéctico de las fuerzas de producción que darán al traste con la propiedad privada y la lucha de clases llegándose al establecimiento de una sociedad comunista. Ambas ideologías, porque no son ciencia, porque ésta es siempre provisional o conjetural, se han convertido en el siglo XX en programas políticos que han eliminado la libertad en pos de un supuesto bien común que conllevaría la felicidad y la emancipación de la humanidad de toda forma de esclavitud y de opresión. He aquí la paradoja de la libertad. La misma libertad crece como enemiga de la libertad. Por eso considero que la razón en la ilustración tiene que nacer limitada. Ése es el sentido del racionalismo crítico. La razón no lo puede explicar todo, la ciencia es conjetura, no verdad absoluta. Además la ciencia está sujeta a intereses, valores y tiene su carga ideológica. Es necesario analizarla para no caer en el totalitarismo científico-industrial. En última instancia no podemos fundamentar la eficacia de la razón. Lo que podemos decir es que confiamos en que es un instrumento que sirve para entender el mundo en el que vivimos y para entendernos a nosotros mismos. Desde un discurso naturalista podemos decir que la razón es un buen mecanismo adaptativo porque nos permite sobrevivir. Ahora bien, si la razón puede producir el exterminio del hombre, será un instrumento fallido de la evolución. Y, ojo, que esto podría ocurrir. No otra es la situación en la crisis ecosocial en la que nos encontramos. Y ésta es la perversión de la ciencia como discurso omniabarcativo y excluyente. La herencia del cientificismo. La ciencia nos promete un mundo mejor, una emancipación por medio del avance tecnológico que al final acabará con los sufrimientos del hombre. Otro discurso mesiánico que justifica la ciencia como un discurso, apoyado en la idea de razón absoluta, que está por encima de la ética y la política. Este discurso es otra forma de totalitarismo y de instrumentalización del hombre.

 

            Y, para terminar, quiero analizar brevemente, la perversión, que para mi significa el relativismo. Creo que el relativismo, como los otros discursos totalitarios, nace del vacío de poder que deja la crítica, en nombre de la libertad, que se hace al poder omnimodo de la iglesia. Lo que ocurre en este caso es que el individuo se establece como el absoluto, esto es, aquel que legitima, por sí mismo, su opinión. No se puede ir más allá del individuo. El individuo es el principio y el fin de su racionalidad y de su autoridad. No es posible ningún referente. Entonces lo que ha sucedido es que hemos caído en un escepticismo sobre la verdad, el bien y la justicia. Cada cual, a título individual, se erige en el juez último, amparándose en su razón, sobre la verdad, el bien y la justicia. Y esto trasciende a las culturas y las etnias. Cada una de ellas, desde sí mismas, se establecen como la garantía última de la verdad y la moralidad. Pero si esto es así, el resultado para la libertad es nefasto. En definitiva, el relativismo elimina la libertad y nos lleva a otra forma de totalitarismo en el que todo vale. Si el fundamento último de legitimidad es el individuo y la etnia, entones, ya no cabe ni la crítica ni la discusión racional. Se acabó la tolerancia, el respeto y la libertad. Y ésta es la situación a la que hemos llegado en los últimos tiempos. El peligro es inmenso porque cuando todo es verdad, todo se puede defender. Las opiniones son objeto, entonces, del poder. Es el poder, político, económico y mediático el que establece la verdad. Verdad es lo que se puede hacer. Y lo que se puede hacer es lo que el más fuerte puede hacer. Y en esta forma de totalitarismo es en la que vivimos. Y esto es lo que llamamos el nuevo orden globalizado, una forma de totalitarismo y opresión que crea día a día miseria y muerte. Y esto es lo que sucede cuando la razón se pervierte. La razón ilustrada no es absoluta, no reside en unas supuestas leyes necesarias de la historia, ni en el pueblo, ni en el individuo, ni en la cultura; sino en el diálogo, el acuerdo y el consenso. La razón es limitada porque para empezar no se puede ni fundamentar, confiamos en ella como instrumento, y ya está. Pero la razón debe ir acompañada de la pasión, como diría Hume. El hombre se reduce a pasiones, la razón es una. La pasión que anima a la razón es la de conocer y la de la búsqueda del bien y la justicia, pero desde los límites del propio conocimiento científico, moral y político. Éste es el proyecto inacabado de la razón y lo que hay que recuperar. La razón es dialógica, como sabían los griegos y como ha recuperado Habermas y su seguidora española, Adela Cortina. La razón es comunicativa, cordial y afectiva. En definitiva, la razón que rige a la humanidad es una razón ética que está preñada de esperanzas pero que reconoce sus límites. Y la historia es la prueba irrefutable de la ignorancia de estos límites.

 

 

                        10 de diciembre de 2009

 

            Crisis económica. Aproximación un modelo económico y social alternativo.

 

            La crisis económica que padecemos desde 2007 es una de las más profundas del capitalismo. En realidad es la más profunda porque en la crisis del 29 se pudo refundar el capitalismo desde la economía keynesiana de la que tenemos mucho que aprender y en éste y otros escritos hablaremos de ello. Lo que sucede y tiene de particular esta crisis es lo siguiente. En primer lugar, no es sólo una crisis de la economía real o productiva, sino de la economía financiera. Una creación esperpéntica del capitalismo salvaje de los últimos cuarenta años, del llamado neoliberalismo. En realidad, siguiendo a Naredo, no es un neoliberalismo ni un neoclasicismo, porque esto significaría aceptar las tesis del liberalismo. Y esto es algo que tiene que ver con la moral. Es un capitalismo sin bridas ni correcciones, fruto de la ambición del hombre y de sus vicios más corruptos, además de un error teórico, que también analizaremos aquí. De modo que la crisis no es sólo de la economía real, sino de la financiera, de la especulación sobre el propio dinero. A ello hay que sumarle también, que lo que entra en crisis es el modelo de la economía clásica que no tiene en cuenta para nada la ecología y las leyes básicas de la física. Por eso, el modelo de esta economía capitalista es el del crecimiento ilimitado. Una auténtica barbaridad desde el punto de vista de las leyes de la física y la ecología. Por otro lado, también hay que sumarle a este asunto la crisis medioambiental en la que nos encontramos, teniendo como problema de fondo el cambio climático. Y, por último, nos encontramos con otro problema que no tenía la crisis del 29, el de la superpoblación. En definitiva, lo que sucede es que además de tener sus semejanzas y sus diferencias, y en el sentido de las semejanzas la economía keynesiana nos puede ayudar, pues lo que ocurre es que la crisis económica es global. Es una crisis sistémica que es necesario abordar desde múltiples disciplinas. En definitiva, lo que se requiere es el cambio en el sistema de producción y en el sistema político e ideológico que lo sustenta. También he puesto el calificativo de crisis Terminal en el sentido de que estamos asistiendo al final de una forma de producción que viene marcada por la imposibilidad física del crecimiento ilimitado que conllevaría un colapso civilizatorio a nivel global. Como sostiene Desmond, muchas de las crisis civilizatorias se pueden entender desde la perspectiva ecológica. No se tomaron las medidas ecológicas oportunas y a tiempo y ello acarreó el empobrecimiento y el fin de las civilizaciones, son muchos los ejemplos de ellos y la obra monumental de este autor, Colapso, da buena cuenta de ello. Lo que sucede es que nuestra civilización es global y, por tanto, el colapso, por primera vez, se plantea de forma global. A no ser que haya una conspiración del poder político y económico en el que se plantee la subsistencias de unos 1500 millones de personas con crecimiento cero. Ésta es una idea de política ficción que se insinúa en la obra de Susan George, El informe Lugano. No tenemos pruebas ni a favor ni en contra de ello, pero lo que sí es cierto, como he sugerido en ocasiones, es que si damos el brazo a torcer a las teorías conspirativas de la historia, nos quedamos sin la racionalidad. Y sin ésta, nos quedamos sin la posibilidad de actuar y, en última instancia, estamos renunciando a la libertad.

 

            De modo, pues, que tenemos claro que nuestra crisis es Terminal, única, aunque semejante en ciertos aspectos a otras crisis cíclicas del capitalismo, pero global y con unas notas ideosincrásicas que la hacen global y más grave. Una crisis frente a la que no sólo sirven las medidas económicas de rectificación, sino que se exige el cambio del propio sistema de producción, esto no implica el final del capitalismo, y el del sistema político. Esto último conlleva la refundación de la democracia en un sentido republicano. Y, por último, una nueva ética, que sustituya a los valores imperantes de la competitividad, el egoísmo e individualismo consumista, la fama, la juventud eterna y el éxito fácil, que ha conllevado el desarrollo del capitalismo salvaje que ha caído en crisis. Pero antes de proponer una aproximación de modelos económicos y sociales alternativos, quiero aproximarme un poco a los factores sociales, filosóficos y económico-políticos que han desencadenado la crisis. Después analizaré las raíces históricas de la economía clásica, siguiendo a José M. Naredo. Y luego terminaré con una serie de propuestas.

 

            Tras la crisis del 29 que acaba desencadenando la segunda guerra mundial, (las crisis económicas tienden a solucionarse por medio de lo que se llama la economía de guerra. Ésta ha sido la situación de los EEUUU en los últimos años,) sale la nueva economía basada en las propuestas de Keynes. Éste sugiere una regulación del estado en los procesos económicos, sin caer en la socialización de los medios de producción, ni en una regulación absoluta del mercado laboral, pero quiere tener las manos de los empresarios atadas por medio de la regulación del mercado. El mercado no es libre. Lo que se pretende es el pleno empleo, con un crecimiento lento y progresivo, pero que garantice el estado de bienestar y un déficit público moderado. Pero tras treinta años de crecimiento y de consolidación del estado de bienestar se produce la crisis del petróleo que, a su vez, trae consigo, el cambio del patrón oro. Esto significa que la moneda de referencia mundial, el dólar, que era el acuerdo al que se había legado en Bretron Wod, deja de estar respaldada por el oro de la reserva federal. El cambio es al petróleo. Ello conlleva también que la moneda más fuerte entra a formar parte del intercambio y la dinámica monetaria internacional. La respuesta a la crisis es el pensamiento neoliberal. Se dice que el problema es el estado. Antes el estado era la solución, ahora se considera que es el problema. De ahí resurge el neoclasicismo y el neoliberalismo que tiene sus bases filosóficas en Hayeck y su base económica en Friedman y en el consenso de Washington. Hayeck considera que el máximo valor es la libertad. Y la máxima expresión de libertad es la de la propiedad privada. Son herederos esta escuela del pensamiento de la teoría de la propiedad de Locke que comentaremos después. El estado no debe inmiscuirse en la libertad individual, por tanto, el estado debe desregular, de tal forma que el estado se reduzca a la mínima expresión. Lo único que se demanda del estado es la política de seguridad. Estas tesis también se alimentarían de la teoría del estado (anarquismo liberal) de Nozick. En definitiva, el estado debe ser reducido a su mínima expresión, como se solía decir, que quepa en una bañera. Por su lado, los economistas lo que plantean es que la salida de la crisis debe venir dada por la liberalización absoluta del mercado en sus múltiples dimensiones. Se recupera la teoría clásica de la mano invisible que considera que el mercado tiene la posibilidad de la autorregulación. Así surge un credo y un catecismo neoliberal (véase Stiglizt) que se ha aplicado a los países en desarrollo por parte del FMI y del BM y que ha llevado a múltiples países a la quiebra. Esta situación comienza en los setenta y alcanza su máximo apogeo con la caída del muro de Berlín. Esto significó la muerte de la alternativa del socialismo real –en definitiva no era más que el capitalismo de estado- al capitalismo tras lo cual se instaura el famoso pensamiento único y la teoría del fin de la historia y de las ideologías. Sólo existe una forma política y económica de organizarnos que es la sociedad democrática neoliberal. Y una única forma de pensar, el neoliberalismo. No hay sistema político alternativo, ni ideología que pueda reemplazar al sistema político hegemónico. Pero el sistema político hegemónico, instaurado como pensamiento único, es una justificación y apalancamiento del poder económico; es decir, la catapulta del poder económico, aquello que mantiene las manos libres de los grandes empresarios y ricos. Una de las ideas rectoras de ésta economía neoliberal es la del crecimiento ilimitado. Además de ser una idea es una necesidad. El sistema necesita del crecimiento para aumentar su propia voracidad, el ansia de acumular riqueza. Porque hay que tener en cuenta que lo que realmente crece no es la economía de un país, esto ocurre de rebote. El crecimiento es el de las grandes empresas y es el que aumenta el PIB de un país. Otra medida universal donde las haya, que elimina la política y la ética; en definitiva, el bienestar y la felicidad. Pero, como sabemos, el crecimiento económico, según mantienen los neoliberales, es una cuestión matemática y numérica, neutral, exenta de las valoraciones políticas y éticas. En definitiva, la economía neoclásica se ha convertido en la nueva teología y sus defensores en los nuevos redentores. Pero para alimentar el crecimiento ilimitad es necesario del consumo innecesario y superfluo. El sistema económico parapetado en el político crea las necesidades de consumo transformando los valores sociales. Aparece el individuo consumidor compulsivo que se olvida absolutamente de la existencia de los otros y, sobre todo, de la existencia de la injusticia y el mal. Vive en una burbuja de pseudofelicidad, porque se basa en los deseos insatisfechos. El consumo le hace caer en la dinámica del deseo que es una espiral que no tiene fin. Pero sin consumidores no hay crecimiento. Estos son la base. Así, la economía neoliberal se asienta sobre el pensamiento único que nos viene a decir que la única forma de organizarnos es la que tenemos y que la única vida posible es la que tenemos. De esta manera el ciudadano está teledirigido y se convierte en un siervo-señor, que diría Quesada, La era del siervo señor. Esto significa que la ciudadanía deja de ser tal y se convierte en esclava. El desarrollo del neoliberalismo llega a su paroxismo con la economía financiera. Y ésta es realmente la idea de la globalización. La única globalización ha sido la del mercado financiero y la de las multinacionales. Pero el crecimiento financiero es un crecimiento que no tiene una base real en la economía productiva. Es una especulación sobre los valores del mercado. De ahí que la economía financiera no sea una economía real, sino virtual. Pero que sí tiene consecuencias en la economía real cuando se produce una crisis financiera como ha ocurrido a partir del 2007.  Y ello tiene lugar con las hipotecas subprime que animan al consumo (en este caso la adquisición de viviendas) a las rentas que no pueden pagar esas hipotecas y después, para repartir los riesgos, se titularizan esas hipotecas y se pueden comprar. Claro, esto es introducir un veneno en los bancos porque estos no tienen pasivos para responder a la demanda. A partir del 2007 se empieza a sospechar esto y en 2008 entramos en plena crisis. El resto es bien conocido. Aunque sí quiero hacer una matización. En los momentos de crisis –y en realidad hemos estado al borde del colapso económico mundial si no se interviene públicamente a tiempo, y esto por la avaricia de unos cuantos ricos que poseen entre unos pocos los bienes de casi todo el planeta- los neoliberales ya no lo son tanto. Es aquello tan famoso de “privatización de las ganancias y socializacion de las pérdidas”. La solución al problema creado por la libertad absoluta del mercado viene dada por el estado que socializa las pérdidas. Ahora bien, las ganancias se reparten entre unos pocos. El neoliberalismo no contempla ningún estado de bienestar. Considera, gran error del que tenemos evidencias históricas, que el mercado produce justicia y equilibrio social por sí sólo. Como sabemos, y no es ningún mantra, es todo lo contrario.

 

            Pasamos ahora a las raíces histórico-filosóficas de la economía clásica. En un principio la economía no estaba desvinculada ni de la moral ni de la política, ni de la naturaleza. Es a partir del siglo XVII y XVIII cuando esto se produce y se consolida en el XIX con los desarrollos teóricos de la economía. En principio la economía estaba dentro de los fisiócratas y estos consideraban que las relaciones económicas formaban un todo con la naturaleza. Qué es lo que sucede. Pues que aparecerá el sistema productivo que lo que hace es desvincular a la actividad económica de la naturaleza. Y ahí es donde apareen por primera vez las ideas de crecimiento ilimitado y de progreso, alimentadas por la idea ingenua y secularizada de progreso de la ilustración. Se empieza a considerar que el sistema productivo es autónomo y tiene sus propias reglas, con lo cual se desvincula del sistema político. Y esto tiene lugar con la revolución francesa y americana, sobre todo la primera. De lo que se trata es de desbancar al antiguo régimen, es decir, sus privilegios, que son, económicos y a raíz de ahí político-sociales. Por eso se dice que la revolución francesa fue una revolución burguesa y por eso no se pudo llegar a un triunfo definitivo. De lo que se trataba era de un cambio en los privilegios que ahora pasarían a la burguesía. Es decir, que el sistema burgués, su ideología, que veremos en parte, lo que hace es justificar su posición de privilegio. Y esto conlleva la separación del sistema de producción, del sistema político, en el sentido de que éste último no interviene pero si garantiza el estatus quo del primero. De la burguesía emerge la ideología que justifica su situación de poder y de privilegio. Pero lo que podemos sacar en conclusión de aquí es que al separarse ambos sistemas se desnaturaliza la economía descontextualizándola de su origen dentro de las relaciones naturales –algo que habrá que recuperar en la nueva economía- y se separa del sistema del poder político proclamando su independencia. Ello implica de pasada la ausencia de la ética en la economía. Y, precisamente, junto con la desnaturalización, éste es uno de los grandes problemas de la economía, se ha pretendido formar una ciencia que elimina al hombre, que es el sujeto (las acciones económicas, decisiones, expectativas, predicciones) que la hace. Hay que recuperar la economía como ciencia humana y social, que tiene como centro al hombre, y no como ciencia natural. Esto ha ocurrido porque la economía ha intentado imitar, en su intención de garantizar su cientificidad, la metodología de las ciencias naturales. Pero esto es un error que nos ha llevado a la deshumanización de la economía, teniendo en cuenta que lo humano es su raíz, y a la separación de la acción política. Es más, el sistema político se ve supeditado al económico y, de rebote, el ciudadano-esclavo se ve dirigido por los intereses particulares de ambos.

 

            Otro punto importante a tratar sobre las raíces del sistema económico actual es el del origen del concepto de propiedad. Éste lo encontramos en Locke que es el padre del liberalismo económico y político. La propiedad es para este autor un derecho natural. Todos los bienes pertenecen a todos, pero si yo me apropio dentro de la libertad natural de un bien, ya pertenece a mi propiedad. Ahora bien, hasta aquí podríamos estar de acuerdo. Pero el problema es cuando Locke afirma que la hierba que come su cabalo y las frutas que recolecta su sirviente son de su propiedad. Ahora si que nos encontramos con una paradoja y con un intento de justificar la propiedad privada, no basada en la naturaleza, sino en los privilegios sociales admitidos. Y esto es la base filosófica de la propiedad y el fundamento de la justificación de la misma y su progresiva acumulación en detrimento de los otros. Es una aporía, porque el mismo Locke defiende la igualdad. Ahora bien, si lo que recolecta mi sirviente cogiéndolo libremente de la naturaleza me pertenece, es que entonces mi sirviente no es libre. En realidad lo que está justificando Locke es la riqueza adquirida por privilegios, no la propiedad privada como algo natural. Y, de paso, se justifica la propiedad sobre los hombres y se fundamenta el sistema de producción capitalista. El obrero intercambia su mercancía, el trabajo realizado, por un salario para poder comer. No es propietario de lo que produce. Esto lo vieron claro Marx y los anarquistas. Si queremos igualdad hay que abolir la propiedad privada. Por eso Marx ataca al concepto de propiedad de Locke y prefiere a Rousseau. Pero el problema del marxismo es que no escapa al paradigma, a pesar de la crítica a la propiedad, de la economía como sistema de producción separado de la naturaleza. Habrá que esperar al final del siglo XX para que algunos teóricos del marxismo, como Manuel Sacristán, introduzcan el problema ecológico dentro de los parámetros del marxismo. Pero esto requiere un cambio de fondo en toda la concepción económica del marxismo que en su fundamento interno es la misma que la del capitalismo. Por eso la apuesta sería por el ecosocialismo, o una economía ecointegradora que dice Naredo o de la autocontención, en su versión más ética, que dice Riechmann.

 

            Otra idea que está a la base de la economía clásica es la relación de explotación del fuerte por el débil. Es el modelo parásito huésped. Una herencia de una lectura interesada del darwinismo. La economía capitalista neoliberal se ha entendido como competencia. Lo que garantiza el crecimiento, que es la idea rectora, como venimos diciendo, es la competencia. Ahora bien, esto ha llevado al schock a la economía capitalista porque no ha tenido en cuenta los principios físicos y biológicos de limitación. Si el parásito acaba con el huésped, se acabó tanto uno como otro. Hay que introducir el concepto de cooperación, de simbiosis, en el sentido en el que explica la evolución Margulis, en las relaciones económicas. Y aquí también es necesario introducir una de las ideas más importante. El límite del crecimiento es el límite marcado por la entropía. Al desnaturalizar a la economía, hemos olvidado un principio que lo rige todo y es el de entropía. Hemos considerado que los sistemas económicos funcionan independientemente de la naturaleza y hemos matematizado su dinámica sin el límite que al crecimiento pone la propia naturaleza, por ser limitada  y por estar regida ella misma y la economía por el principio de entropía. Y ésta es la gran novedad, que rompe con el paradigma clásico y que aún no se enseña en las facultades, salvo tímidamente con el asunto de las externalidades, que introduce Rogen –Reugescu en su obra Entropía y economía. Un cambio paradigmático en la economía requiere la introducción del principio entrópico lo cual supone la vuelta a la naturalización de la economía y la aceptación de que el crecimiento ilimitado es una utopía. Una utopía que se nos está convirtiendo delante de nuestras narices, en una utopía negativa que puede terminar con todas las conquistas ético políticas de la humanidad.

 

            Con el concepto de simbiosis y cooperación y con el de la entropía hemos puesto las bases de lo que debería ser una nueva economía que no esté separada de la naturaleza. Se requeriría también una acción directa, siguiendo a Naredo, para dar el paso a una economía sostenible o del decrecimiento en el que el lema sería “mejor con menos”, sobre la propiedad, el trabajo y el dinero. Habría que replantearse el sentido de la propiedad refutando a Locke y haciendo posible un reparto más equitativo de las grandes riquezas, cosas como la tasa tobin y demás…Lo mismo podemos decir del trabajo. Es necesario, urgentemente, en una sociedad de la autocontención, reducir el trabajo. No se trata de producir mucho, éste es un camino inviable. Se trata de que todos puedan trabajar mínimamente para vivir de forma feliz y satisfecha. Y en cuanto al dinero es necesario un sistema financiero internacional regulado por los estados. Pero, como se puede percibir, para la reforma en estos tres aspectos es necesario voluntad política y para que haya de esto es necesario un cambio político.

 

            La democracia, como la entendemos y la vivimos hoy en día, es insuficiente. Es una plutocracia de partidos en la que los ciudadanos son teledirigidos. Es necesario una reforma radical de éste sistema político que está justificando el sistema económico de explotación y que además es inviable. Es necesario recuperar el concepto de ciudadanía y para eso es necesario arbitrar los mecanismos institucionales que hagan posible una mayor participación de los ciudadanos. Lo cual requiere, de entrada, una modificación de los partidos y de la ley electoral. La reforma de los partidos debe ir encaminada a la democratización de los mismos y la de la ley electoral debe garantizar el pluralismo. Estas dos reformas harían posible una mayor participación de los ciudadanos en la cosa pública. Lo cuál conllevaría una mayor virtud civil. Y esta reforma de la democracia va aparejada también con una reforma de la ética. Y ésta tiene dos dimensiones. En primer lugar su vena política. Fomentar la virtud pública, el compromiso del ciudadano con los problemas de la polis y, en segundo lugar, fomentar la ética del placer, del hedonismo, en el sentido de los epicúreos. El placer se puede obtener y se puede obtener con poco. Los placeres naturales, los de la alimentación y el vestido, son fácilmente accesibles. Ante lo superfluo hay que ser austeros. Es necesario fomentar la amistad para ser feliz. Los mayores placeres son los derivados de la contemplación. Los que proceden de la ciencia y el arte. No hay que afanarse en tener, sino en ser. Y esto placeres que hemos expuesto escuetamente son los de la autocontención, que es la idea que baraja Riechmann.

 

            Son varios los aspectos que he señalado y que pretendo desarrollar en escritos y reflexiones posteriores. Podemos tomar todo esto como una guía de trabajo para el futuro que nos permita entender por qué hemos llegado a donde hemos llegado y cómo podemos salir del agujero.

 

 

 

                                    09 de diciembre de 2009

 

            Acabo de leer el escrito de A.F. Elu… que me ha mandado como una primera aproximación filosófica a la filosofía o una primera incursión filosófica. No estrictamente un trabajo, sino unas reflexiones sobre la filosofía teniendo como centro al hombre y sus sentimientos. Una mezcla de antropología y metafísica. No me gusta encorsetar. Podría decir que lo que cuenta es un poetizar pensante, o un pensamiento vacío, o mera especulación en el peor sentido de la palabra. Pero no lo veo así. Podría parecerlo, pero debajo hay un sentimiento auténtico que pugna por salir. Creo que es una reflexión sobre los orígenes mismos del filosofar en toda su plenitud. Una reflexión radical sobre qué nos ocurre para que nos pongamos a reflexionar. Una propuesta sobre lo que ocurre en nuestro interior para hacer que seamos lo que somos. En fin, un intento de aclararse sincero y con una intención radical, en el sentido de ir a la raíz, y totalizadora. Un intento de entenderse a sí mismo. Un noble ejerció de autoconocimiento entremezclado de poesía que mezcla los cultismos con el habla popular. Creo que en su centro hay un pensamiento valiente y una solución interesantísima, ya adelantada por los estoicos y redescubierta por este avanzado principiante. Muy interesante la dialéctica entre la rabia y la angustia que pasan en su doble camino de ascenso y descenso por la desidia. Y muy interesante el cómo de esta desidia surge esa alegría de vivir, estoica. O, para mi, un paso más avanzado, spinozista en el que caemos de lleno en el panteísmo. Interesante también la solución sobre la acción. Ésta última tiene que estar basado en ese estado conquistado que es la alegría de vivir. Precisamente la alegría es de por sí acción en tanto que la alegría es un estado positivo en el que se desborda nuestra existencia. La alegría está relacionada con la excelencia. Y éste es el sentido que le otorgaban los griegos a la virtud. Espero que estas reflexiones de A. F. que le han servido de autoconocimiento, con el placer y la serenidad que ello conlleva, le sirvan para impulsarse en el compromiso que debe surgir de la rabia, ahora, tras la alegría, de la indignación. Sí, ya sé que queda la solución contemplativa. Que somos animales y nos regimos por las leyes de la evolución, que hay que aceptar las últimas consecuencias de ello. Pero la vida es invenció cultural, aunque sea en el sentido de supervivencia. Y aunque considero que no somos más que biología, también sospecho y creo no equivocarme, ni engañarme con moralinas, que nuestra existencia es mejor por medio de la cooperación (invención de la democracia y de los derechos humanos como mecanismos  de supervivencia de nuestros propios genes) que con la guerra de todos contra todos. Y por eso hablaba de la acción. La alegría panteísta y estoica no debe impedir el sentimiento de indignación, aunque sepamos que éste no es más que un enmascaramiento de nuestros genes. La indignación, con la alegría de fondo que da el saber panteísta, tras haber buceado en el abismo del tedio y la desidia, es el motor de la acción.

 

 

                                   09 de diciembre de 2009

 

                        Son muchas y diversas las reflexiones que vengo haciendo sobre la educación. He atacado desde distintos ámbitos y perspectivas. Pero hay un ámbito, que quizás por prejuicio, no he tocado lo suficientemente bien. He tratado en algunos sitios el error epistemológico en el que se basan las teorías de la educación. Pero lo que no he dicho es que la causa de la introducción de la psudociencia de la psicopedagogía en la educación, con toda su parafernalia de terminología oscurantista y su pretendido tratamiento cuantitativo y empírico, no es más que una perversión de la ilustración. Creo que esto se me ha escapado por ser un defensor de la ilustración. Por pensar que la ilustración es un proyecto inacabado. Y sigo pensando lo mismo. Qué es lo que ha ocurrido en la educación en el siglo XX. Pues que han surgido una serie de ciencias, más bien falsas ciencias, que han pretendido el conocimiento total del hombre por medio del discurso científico. Es decir que han aplicado la racionalidad del cientificismo al mundo de lo humano, al proceso de aprendizaje y a las relaciones entre los participantes en la comunidad educativa. En definitiva es el vicio de la razón instrumental. Hay diferentes perversiones de la racionalidad ilustradas. Todas ellas llevan al totalitarismo y el siglo XX es un ejemplo de ello. Y todas ellas parten de la base de que la razón lo puede entender todo. De esta forma la razón se convierte en instrumental, como bien señalara la escuela de Frankfurt y su último valedor, Habermas. Pero el problema de la razón instrumental es, precisamente, que convierte en instrumento todo aquello que estudia y analiza. Es decir, lo objetiva. Ahora bien, el mundo humano, y eso es una conquista de la ilustración se caracteriza porque es un fin en sí mismo, no se puede objetualizar ni instrumentalizar. La base de la libertad y de la dignidad humana residen precisamente en que el hombre es un fin en sí mismo. Y en eso estamos. Ése es el proyecto ético inacabado de la ilustración. Pero cuando la pedagogía irrumpe en la enseñanza, además de los errores epistemológicos analizados en otros lugares, lo que hace es tomar al alumno y al profesor como objetos. Los instrumentaliza. Y aquí está el problema. La educación tiene más que ver con el arte y los conocimientos del profesor y la excelencia (ética) del alumno que con los criterios oscurantista de la pedagogía. La palabrería pedagógica no es más que una verborrea que intenta ocultar su ignorancia, haciendo pasar por ciencia, lo que no es mas que un discurso lleno de palabras vacías y generalidades inductivas que lo único que pretenden es justificar el status quo. La pedagogía es, de entre las ciencias, de las más ideologizadas, fundadas y alimentadas por el poder. La pedagogía instrumentaliza la enseñanza y a los que la componen al intentar hacer un análisis aséptico, racional y empírico del proceso de enseñanza. Por eso la psicopedagogía es un cáncer en la educación. Es un instrumento pervertido de la razón, que instrumentaliza al hombre eliminando su idiosincrasia particular y convirtiéndolo en un instrumento evaluable por oscurantistas fórmulas y conceptos probabilísticos, en los que la realidad humana y social se escapan. Pero el peligro es que estas perversiones ilustradas de la razón son un instrumento al servicio de los poderes totalitarios. Es curioso que se hagan desde la democracia, pero es que la democracia hoy en día –utilizando el oscurantismo de la educación y la manipulación informativa- es una forma de totalitarismo encubierto y, por ello, más peligroso. Hay que acabar de una vez por todas con esta dictadura de los políticos sobre la enseñanza que utilizan a los pedagogos y sus erróneas teorías para domesticarnos. La mejor garantía para perpetuar un sistema totalitario es a través de la educación. Y esto es lo que están haciendo estos salvajes políticos utilizando como instrumento de adoctrinamiento la pseudoeducación y los medios de desinformación.

                                   04 de diciembre de 2009

 

            Desde luego es que este país no tiene remedio. La que se ha montado otra vez con lo de los crucifijos a raíz de la sentencia del tribunal de Estrasburgo sobre la eliminación de los crucifijos de las escuelas. La comisión de educación española aprobó esta medida, con el apoyo del PSOE, lo cual es curioso. Pero el ejecutivo frena la acción y la aplaza hasta la elaboración de la ley de libertad religiosa. Otra vez bajada de pantalones de los socialistas frente al clero. ¿cómo tienen tanto poder los unos y tanto miedo los otros? No creo que exista ningún conflicto social si se retiran los crucifijos, mientras que no se atente contra la libertad de conciencia, opinión y religiosa. Igual que es necesario eliminar cualquier simbolismo religioso en los actos oficiales. Es lo que se deriva de la aconfesionalidad (estado laico) de nuestra constitución. No habría conflicto porque nuestra sociedad es cada día más indiferente. Lo que le queda de religión es meramente cáscara, ritual. Estamos en la fase terciaria de la religión, que diría el filósofo Gustavo Bueno. Pero en realidad, por parte del poder hay miedo. La iglesia debe ser un Lobby. Lo que no entiendo es la actitud exigente de la iglesia, su actitud dogmática que quiere tergiversar la democracia, convirtiéndola en una teocracia, cuando, encima, no tiene dónde caerse muerta. La iglesia es una institución muerta. No tiene vocaciones, su discurso es rancio, pero peligroso. Ha abandonado la modernización y el progreso del Vaticano II, con lo que ha perdido el paso y la oportunidad de participar en la sociedad plural y democrática con su voz ética (el mensaje evangélico). La iglesia es financiada por el estado. Sin él no subsistiría. No se debe morder la mano que te da de comer. La iglesia debe reconducir su acción y dirigir sus empeños a la realización de su ideal ético que yo fijaría, junto con el jesuita Jon sobrino e Ignacio Ellacuría en el siguiente lema: fuera de los pobres no hay salvación. Este lema sustituye al intolerante que dirige a la iglesia desde las profundidades de la edad media: fuera de la iglesia no hay salvación. Son muchas las injusticias y miserias del mundo, mucha pobreza, mucho egoísmo, mucha riqueza mal repartida, mucho abuso del poder, y connivencia del poder político con el económico y militar. Hay una inmensa tarea ética por delante. Hay injusticias arbitrarias que jamás se restituyen. A esa tarea debería dedicarse la iglesia y su apostolado. No centrarse en la parafernalia ritual. El ritual, si bien necesario para las instituciones, es vacío sin la acción que debe estar orientada desde un conjunto de ideas. En el caso de la iglesia, sugiero, debe ser la ética evangélica. No voy a entrar aquí en un análisis y una crítica de la misma. Sólo decir que de ella se desprende el concepto de dignidad del hombre y de justicia universal. Y eso es lo primero. Pero esto no tiene nada que ver con la intolerancia de la que hace gala la iglesia; encima, amparándose en la libertad religiosa. Se parte de la libertad religiosa para imponer sus ideas fundamentalistas, dogmáticas y excluyentes. Vamos a ver, la iglesia, como institución, es profundamente antidemocrática. No admite la libertad de pensamiento. La interpretación de los textos viene dada por la autoridad. No existe el debate. Lo que no se entiende es misterio. Y los horrores que han causado en la historia por su intolerancia son achacados a meros errores humanos. Esto es una auténtica barbaridad. La criminalidad de la iglesia es un hecho probado históricamente. Lo más cercano que tenemos es la guerra civil y la connivencia con los cuarenta años de franquismo. Y de ello nunca se han arrepentido y son cientos de miles los muertos de los que aún sobreviven hijos y hermanos. Esto es una desfachatez y una falta de vergüenza. La democracia debe admitir, como principio, la libertad de pensamiento y de opinión, así como de creencia. Eso se recoge en el artículo 16 de la constitución. Aunque la iglesia se ampara en un subapartado y es que el estado deberá tomar en consideración las creencias de los españoles. Ahí se abre la puerta a los crucifijos en las escuelas y actos oficiales. Pero esto ya es pasado, la sociedad es cada vez más indiferente. Se cumple minoritariamente con los rituales de la iglesia. Y, para nada, se cumple con los mandamientos de la religión y, aún menos, con los mandamientos de la iglesia. La situación en treinta años ha cambiado mucho. Han aumentado los indiferentes, los ateos, y los de otras religiones procedentes de la inmigración. El laicismo es esencial a la democracia. Distinguir entre laicismo y laicidad es un error. O hay laicismo, separación absoluta entre la religión y el estado, o no lo hay. Aquí no hay medias tintas. Además, el laicismo, al garantizar la democracia, como pluralismo y libertad de conciencia, lo que está garantizando es la libertad religiosa. Esto es, favorece el libre desarrollo de las religiones. Pero el problema del catolicismo es que, como todas las religiones monoteístas, las del libro, es excluyente y lleva en sí el germen de la intolerancia y la teocracia. Las religiones del libro, y hablamos aquí del cristianismo católico, que es el que nos compete, al proclamar un dios único son excluyentes. Lo que significa que no admiten otro sistema de creencias; por lo tanto, atentan contra la libertad religiosa. Esto por un lado, por otro, al considerar que son la verdad, porque sus textos son de inspiración divina y la interpretación de los mimos también, entonces quieren anular cualquier verdad. Ello implica, que la religión atenta contra la libertad religiosa por su propia naturaleza. De ahí la intolerancia secular de la iglesia. Pero hay un tercer aspecto. Como la iglesia es la verdad y su visión del orden ético-político son de suyo, la verdad, pues tienden a ser reflejados en el poder político. Esto quiere decir que en la iglesia cristiana, no menos que en el Islam, está el germen de la teocracia, que es, en definitiva, lo que quieren recuperar: la alianza entre el trono y el altar, más bien la subordinación. Y el legado de la historia lo que nos muestra es que cuando la religión ha tenido este poder lo ha utilizado para exterminar al disidente, al hereje (el que es de otra opinión).

 

            Y, para concluir, responder a José M. Rouco

Varela, a mi modo de ver, un impresentable desde el punto de vista moral por el fanatismo e intolerancia de sus ideas que atentan contra la esencia misma de la democracia, la libertad. Y, encima, desde el cinismo, ya que somos todos, el estado democrático, los que los mantenemos. Dice este señor que renunciar al símbolo de la cruz es negar a nuestros hijos el símbolo de nuestros padres, de nuestra nación, de nuestra identidad cultural, en fin, de nuestra civilización. Pues bien, es verdad, pero lo que hay que ver es lo que está detrás de ese símbolo y esto lo deberían aprender en todas las escuelas. Aquí hay tres cosas que decir. La primera es que el símbolo de la cruz representa al cristianismo en su visión primitiva, la ética cristiana. Aquí nada que objetar por lo dicho anteriormente. Sólo decir que sería interesante que esto lo conociesen todos los alumnos de mano de un historiador o filósofo, no de un cura intolerante y adoctrinador. En segundo lugar, la cruz muestra una forma ética de vida que es cuestionable. Para mí hay dos paradigmas que son los pilares de la civilización occidental: la filosofía y la ciencia griega y el judeocristianismo. La filosofía nos muestra el camino de la serenidad frente a la muerte, la vida racional, la vida buena o virtuosa. El ejemplo es la muerte de Sócrates y la idea de muerte y suicidio de los estoicos. En cambio, lo que se desprende de la muerte en la cruz es la pasión, el sufrimiento, e, incluso, la desesperación: dios mío, por qué me has abandonado. En última instancia la ética que se desprende del símbolo de la cruz no es la de la virtud, sino la de la resignación y el resentimiento. Y, en tercer lugar, la cruz es el símbolo de la intolerancia y de la guerra, del exterminio y del genocidio. Y esto, como también lo segundo, deben conocerlos en los colegios, de manos de los historiadores y los filósofos. Por supuesto que no podemos olvidarnos del símbolo de la cruz. Pero tenemos que saber qué significa. Y esto sí es enseñanza de la religión vista desde fuera. No desde el dogmatismo interno.

 

03 de diciembre de 2009

En torno a la supuesta corrupción en la investigación científica sobre el cambio climático.

La ciencia no da más de sí. Desde el punto de vista de la lógica científica toda teoría es una hipótesis o conjetura altamente corroborada. La teoría del cambio climático está ampliamente corroborada. Pero en ciencia no hay verdad, sino conjeturas. La teoría de que es de origen antropogénico también está bastante corroborada. Ahora bien, aquí es importante matizar que el cambio climático no tiene su origen en una única causa. Pero sí es cierto que la acumulación de CO2 en la atmósfera es un dato y su origen es humano. Y esto aumenta el efecto invernadero: aumento de las temperaturas. Efectivamente pueden existir otras causas; es más, se puede caer, incluso, en una glaciación, como efecto inverso al desaparecer la corriente del golfo que es la que templa el hemisferio occidental, ya ocurrió esto hace miles de años y la causa sería la mayor ligeraza del agua del mar al disolverse los casquetes polares. Mientras más nos alejamos en las predicciones menos corroborables se hacen.

Por otro lado, la ciencia, ni es neutral ni está exenta de valores y de corrupciones. Esto es algo básico en las relaciones CTS. La ciencia no es la verdad, esto es transformar la ciencia en creencia, religión. La ciencia es un sistema por el cual buscamos conocimiento objetivo que tiende a ser verdadero dentro de los límites de la propia lógica científica. También existe la corrupción, porque los que hacen la ciencia son científicos. También existen las ideologías que dirigen interesadamente determinadas investigaciones y no otras. Los datos no son puros nunca. Todo dato se interpreta a la luz de una teoría hasta que nos encontramos alguno que refuta la teoría. En tal caso la validez de la teoría es restringida, parcial. La actividad científica tampoco está exenta de valores; esto es, de ética. Depende de los valores que la comunidad científica tenga así procederán sus investigaciones. En definitiva, que el sistema de evaluación científica es amplio y diverso. La discusión sobre el cambio climático no debe olvidar esto. Pero tampoco puede olvidar los datos recogidos e interpretados por teorías generales altamente corroboradas. Ni debemos tampoco olvidar el principio ético de precaución. Si no sabemos, mejor no actuar. Nuestro conocimiento, dando la vuelta al principio de precaución, sobre el origen antropogénico del cambio climático, en parte, nos obliga a actuar para frenarlo. Sino, desde el principio de responsabilidad, seriamos responsables de la miseria que en el futuro pudiésemos causar por la inacción. Esto es importante porque la acción política mira a corto plazo. Y los casos de corrupción que se han revelado alientan al posibilismo político y el buitreo económico.


Independientemente del cambio climático, los recursos fósiles se agotan, hay que transitar hacia otro modelo energético, además, de a otro modelo económico, que implica un cambio de paradigma ecosocial inevitable. Aunque la hipótesis de que no existe cambio climático fuese la cierta, el cambio del sistema productivo y energético habría que darlo necesariamente por dos motivos: el agotamiento de los recursos: fósiles, minerales y alimentarios y la superpoblación.