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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

                        02 de diciembre de 2009

 

La darwinización del mundo. Naturalismo y nihilismo.

 

            La idea darviniana que aparece en principio para explicar la evolución de los seres vivos se convierte en una idea omniabarcativa que es capaz de servir como sustrato filosófico en el sentido en el que se transforma en una idea general del mundo. Podemos entender la idea de Darwin como una metafísica antimetafísica. Digo esto en el sentido en el que la idea darvinista del origen de las especies por selección natural nos ofrece una imagen naturalizada de la cultura. En este sentido es necesario sacarle las máximas consecuencias a esta idea. De ahí que apareciesen dos libros a destacar entre muchos otros que van en esta línea. El primero era el de Ruse Tomarse a Darwin en serio. Y el segundo el de Dennet, La peligrosa idea de Darwin. Este año ha aparecido una obra de un filósofo español, que no desmerece en nada a los citados y que profundiza en este sentido. Se trata de la obra del profesor Carlos Castrodeza, La darwinización del mundo. Es el tercero de una trilogía que comienza con La biología del conocimiento y continua con Nihilismo y naturalismo. Digo que Carlos Castrodeza no desmerece en nada a los filósofos anglosajones, pero además digo, y él lo defiende en su obra, que si bien hay que tomarse a Darwin en serio, y si bien la idea de Darwin es peligrosa, ninguno de los autores, ni Ruse, ni Dennet, han sacado las últimas consecuencias de esta idea. Es decir, no han llegado al naturalismo y de éste al nihilismo. Y esto es lo que hace Carlos Castrodeza en su trilogía y su monumental tercera parte. Éste último, un libro cargado de erudición, conocimientos diversos e interdisciplinares en el que aparecen en la palestra todas las corrientes filosóficas del siglo XX y parte del XIX, miradas todas desde la perspectiva darviniana. El escrito de Castrodeza es un alarde de erudición y de relaciones distantes entre filósofos: Heidegger con el naturalismo darviniano. La sociología de la ciencia y el gen egoísta de Dawkins. La ética y la filosofía política con el altruismo recíproco de Wilson. La teoría biológica del conocimiento de Lorenz y Popper con la radicalidad del naturalismo darwiniano en el que nos quedamos sin objeto y, de paso, con el posmodernismo y el pragmatismo de un Rorty. Los filósofos de la sospecha: Marx, Nietzsche y Freud con Darwin. La filosofía de la historia y las nuevas teorías del contrato social con el naturalismo darviniano. Y con todo ello se nos lleva a un mismo punto: la naturalización de toda la cultura y, como consecuencia de ello, el nihilismo. Este nihilismo seria la nueva filosofía postilustrada (relación con el análisis del cinismo de Sloterdij) y posmoderna que naturaliza al hombre poniéndolo en pié de igualdad –en todos los ámbitos de la cultura- con el resto de los seres vivos. Es decir, que todo lo humano va a venir explicado por los mismos principios que explican la naturaleza: la selección natural, más deriva genética  teoría puntual de Gould, si se quiere, más el gen egoísta y el principio de altruismo recíproco que explica los fenómenos aparentemente altruistas en los animales sociales, particularmente el hombre. No se trata de hacer aquí una reseña de la obra de Castrodeza, sino de hacer unas reflexiones a partir de lo que acabamos de decir que es el meollo de su obra.

 

            En definitiva, lo que nos viene a decir Darwin es que el origen de las especies se debe a la selección natural y al azar. Podemos arbitrar otros mecanismos como se han hecho desde posiciones heterodoxas y como he analizado en otro lugar: La teoría de la evolución: una idea que conmueve los cimientos de occidente. Pero esencialmente lo que Darwin nos dice sigue siendo válido sumándole la teoría de la herencia enriquecida por la genética. Y ello nos lleva a la idea de que el hombre es un ser contingente de la evolución, que igual que está podría no haber existido. Y lo mismo que existe, dejará de existir. No existe ninguna diferencia cualitativa, desde la evolución y en un sentido naturalista, entre el hombre y cualquier especie. La evolución pone en pié de igualdad ontológica a todos los seres. Todos los seres vivos que existen, son en tanto que han triunfado evolutivamente, iguales No hay un más y un menos en ellos. Independientemente de la complejidad de los mismos. La complejidad puede ayudar a la supervivencia y puede ser un estorbo. Todo tiene que ver con el cambio de las circunstancias. Todos los seres vivos están en lucha por su existencia, aunque estas luchas se puedan realizar desde la cooperación, pero ésta, en definitiva es el epifenómeno de la supervivencia del gen (unidad de información DNA con capacidad de autoréplica que es el que lleva existiendo más de 3.500 millones de años. El resto no somos más que la coraza de los genes. Los artificios inventados por ellos para sobrevivir. Todos los seres vivos inventan sus artimañas en la medida en la que se adaptan al medio, transformándolo, haciéndolo suyo, construyéndolo, para sobrevivir. El hombre no es ninguna excepción en esta tarea. La forma de adaptación que ha tenido el homo sapiens al medio y que ha producido una transformación de éste es la cultura. De esta manera llegamos a una naturalización de la cultura y esto de suyo nos lleva al nihilismo. Es decir, no existe ningún sentido especial en el hombre. La cultura no trasciende la naturaleza humana. La cultura es naturaleza humana. La consecuencia de la idea de Darwin es que la cultura es el instrumento de adaptación del hombre al medio y procede de su propia estructura genética. Somos sólo y exclusivamente naturaleza. Este es el sentido de la naturalización de la cultura. Ahora bien, en la naturaleza nada tiene sentido. El azar y la selección natural lo gobiernan todo. La naturalización de la cultura nos lleva al nihilismo en la medida en la que podemos afirmar del hombre, como naturaleza exclusivamente que es, lo mismo que de la naturaleza. No hay ningún sentido en la vida humana, no hay ningún sentido en la historia del hombre, el bien y el mal se naturaliza, no existe ningún absoluto, salvo la naturaleza, pero esto no es ningún absoluto. Y el camino del conocimiento del hombre nos ha llevado precisamente a esto. El hombre por medio del conocimiento ha desencantado al mundo. Esto quiere decir que lo ha naturalizado. La primera naturalización viene por parte de las ciencias físicas que explican los fenómenos a partir de las leyes matemáticas. De ahí se desprende un mundo determinado y gobernado por la causalidad que se puede describir en formalismo matemático. Toda ciencia se va paulatinamente matematizando teniendo todas a la base una imagen determinista y mecanicista de la naturaleza y, con ella, del hombre. Y, aunque la física contemporánea haga esta visión mucho más compleja, desde la teoría de la relatividad y, sobre todo, desde la física cuántica, la imagen del mundo y del hombre no cambian en el sentido en que todo puede ser explicado por leyes matemáticas, aunque ahora sean estocásticas o probabilísticas. Pero aún así, la visión que del hombre nos dan la relatividad y la física cuántica lo naturalizan aún más que la física moderna. Y si unimos esto a la cosmología actual la relativización del hombre es absoluta, y permítaseme el pleonasmo. En definitiva, todo este proceso que se inicia con el invento del logos por los griego y que toma fuerza con la revolución científica hasta nuestros días ha traído como consecuencia el desencantamiento del mundo en palabras de Weber y, de resultas, la relativización del hombre, su vida y su historia. Pero la completa naturalización del hombre viene de la mano de la biología y, como venimos diciendo, del evolucionismo darviniano por lo anteriormente señalado. La cultura es al hombre como los dientes y las garras al león, o como la velocidad a la gacela. El problema del hombre, y de ahí su desencanto y su estado de miseria, vacío, tedio, que le impulsa a dar un sentido trascendente o, al menos, extranatural a su existencia es que es consciente de sí mismo. Y ser consciente de nosotros mismos es ser consciente de nuestra propia limitación o límites. Es ser consciente de que somos seres para la muerte, que dice Hedegger y de ahí “el olvido del ser” (naturalización) al que hemos llegado en la cultura tecnológica. Somos conscientes de nuestra propia nada y la hemos llenado de cultura, metafísica. Lo que la idea de Darwin ha hecho ha sido naturalizar esa metafísica. Pero aquí nos encontramos con un problema, el nihilismo. Ya sabemos lo que somos y eso nos lleva al vacío. No existe ninguna metafísica que a estas alturas pueda sustituir a las anteriores. Ya sabemos demasiado. Es decir, que hemos matado a dios definitivamente y con él han caído todos los absolutos. Pero todavía escuchamos a sus sepultureros, que diría Nietzsche. Lo que se descubre ante nosotros es el nihilismo. ¿Qué nos queda entonces? El naturalismo y el pragmatismo. Todo es naturaleza y todo se reduce al azar, nada tiene sentido ni dirección. El mundo se reduce a la naturaleza. Esto es la darwinización del mundo. Pero mientras tanto tenemos que llenar el vacío. Esa es la contradicción humana por el hecho, como decía antes, de ser conscientes de nuestra propia existencia y por ello somos incapaces de renunciar a donar de sentido nuestros actos. Porque en nuestra naturaleza biológica está también el conatus, que decía Spinoza, o principio de supervivencia. Nuestro mandato biológico, como el de cualquier ser viviente, es el de sobrevivir. De ahí que todo ser se esfuerce por mantenerse en su existencia. Pero el individuo no es el que se mantiene en su existencia. El individuo es el vehículo por el que los genes se mantienen en su existencia. Pero, claro, como resulta que desde la idea darviniana tenemos que entender la cultura como un mecanismo de adaptación como cualquier otro, entonces el hombre se esfuerza en permanecer en su existencia por medio del mecanismo que ha inventado que es el de la cultura. Y de ahí que estemos obligados a dar un sentido a nuestra existencia. Pero ahora hemos aprendido que ese sentido de la existencia es arbitrario y circunstancial, que cambiará con el tiempo. No hay absolutos. Y ese sentido de nuestra existencia obedece al imperativo biológico de la supervivencia, pero, insisto, no de los individuos, sino de los genes. Los individuos y los grupos (animales sociales) son inventos de los genes para perpetuarse. El hombre como animal social que produce cultura intenta sobrevivir a partir de ésta, pero no él como individuo, ni como sociedad, ni como historia, sino los genes. Y éste es el sentido del gen egoísta, una metáfora cultural que aporta luz sobre los mecanismos de la evolución. Estamos condenados a crear cultura a pesar de haber llegado al fin del desencanto, al nihilismo. Es nuestro imperativo biológico. Por eso Camus se decía que la única cuestión de relevancia filosófica era la del suicidio. Por qué cada mañana no nos suicidamos y decidimos, aunque sea inconscientemente, seguir adelante. Pues por imperativo biológico. Lo que ocurre es que el hombre, en la medida que es consciente de su propia muerte, es un ser desajustado. Sufre la necesidad de dar sentido a su existencia. Su existencia, la vida, es una carga, una tarea, algo que está en construcción. Algo a lo que continuamente tenemos que darle sentido. Y aún ocurre algo más. El desarrollo de la propia cultura ha producido otro desajuste. Cuando ya hemos pasado de la edad de la procreación seguimos teniendo el mismo conatus, sigue actuando el principio de supervivencia. Aquí los críticos hablan del altruismo, que intentaría refutar la sociobiología de Wilson, o lo que se ha dado en llamar la psicología evolutiva. Pero la invención del altruismo recíproco, desde la etología, es una panacea. El altruismo siempre es interesado, siempre hay un beneficio. Por eso nuestra ética, que se basa en éste altruismo tiene su respuesta naturalizada en la teoría de la evolución con el concepto de altruismo recíproco. Así, seguimos persistiendo en nuestra existencia cuando biológicamente hemos pasado la edad reproductora. La sociedad ha inventado mecanismos por los cuáles se conserva a estos individuos porque a la postre se obtiene de ellos un beneficio para la persistencia del grupo y, con él, de los genes. Pero insisto, el problema es doble. Por un lado somos conscientes de nuestro deterioro, del sinsentido. Pero seguimos en el conatus por imperativo biológico. Nuestro estado es de sufrimiento en la medida que somos consciente del deterioro y de nuestra muerte. Por otro lado, hemos llegado a la conclusión por el desarrollo de la cultura (mecanismo de supervivencia, paradójico esto) de que el hombre no es más que un animal más y que todos los artificios de la cultura no son más que naturaleza; es decir, instrumentos de supervivencia. Ocurre muchas veces que los instrumentos de supervivencia tienen características ambivalentes. A la par que nos garantizan nuestra supervivencia por medio de la transmisión de los genes, como es el caso de las plumas del pavo real, también son el reclamo de depredadores que pueden acabar con la capacidad de replicación de nuestros genes. En la cultura humana esto es una característica común. Tan común que quizás nos lleve a nuestra propia extinción; o bien por agotamiento de nuestro medio, o bien por autoexterminio. Las relaciones de los seres con el medio son de simbiosis y de parasitismo. Si el parásito acaba con el huésped la supervivencia del parásito es inviable. O, como ha ocurrido en múltiples ocasiones en la historia, lo cual ha producido colapsos civilizatorios, cuando el parásito deteriora al huésped tanto que éste no puede mantener al parásito, entonces, este último, de la misma manera, desaparece. A lo largo de la historia ha ocurrido con múltiples civilizaciones, hoy en día puede ocurrir a escala global. En definitiva, estaríamos ante un problema de adaptación o, mejor, de desadaptación.

 

            La historia es un ejemplo de la naturalización darviniana. La historia de la humanidad es la historia de la lucha por el poder, porque éste garantiza la supervivencia. A mayor poder, mayor capacidad de supervivencia. Por eso la historia del hombre es una historia de genocidios y etnocidios en los que se pretendía alzarse con el máximo poder que garantice la supervivencia de nuestros genes. Las alianzas y acuerdos no son más que el refuerzo de nuestra supervivencia y siempre han estado sujetas al interés. Ahora contigo, hoy contra ti. No hay ningún sentido ni dirección en la historia. La historia es el resultado de la lucha por la supervivencia del hombre en dos niveles, lucha del hombre con el hombre y del hombre con la naturaleza. Y la crisis en la que nos encontramos hoy en día es una crisis de supervivencia. No hay para todos, cómo lo vamos a hacer. De momento la cultura del crecimiento ilimitado está produciendo muerte a mansalva, sin escrúpulos y justificándolo culturalmente. Y encima parapetándonos en la virtud de nuestras sociedades democráticas avanzadas. Todo lo que hemos inventado en la historia no es más que un intento de supervivencia. Los derechos humanaos, la democracia y las instituciones que la salvaguardan son mecanismos refinados de supervivencia. La historia no tiene el sentido de la consecución de estos modelos sociales y políticos. Han sido pragmáticamente más exitosos, al menos parcialmente, en la humanidad. Aunque han creado otros problemas. Porque la democracia ha favorecido el desarrollo y éste ha parasitado al planeta de tal forma que el parásito ahora está en peligro. Además, el invento de las democracias es un invento de ciertas culturas a las que les ha importado poco el resto de las culturas. Su única preocupación ha sido esquilmarlas para alimentar su desarrollo. Por eso podemos entender también hoy en día el choque de civilizaciones como un conflicto adaptativo del hombre. Como han sido todos los conflictos y todas las guerras. De lo que se trata es de sobrevivir. El otro es un extraño que amenaza nuestra existencia. Adviértase siempre que cuando hablo de supervivencia me refiero a la de los genes. Ni el individuo ni el grupo persisten, éste último más que el primero, pero siempre se transforma. En fin, que la historia de la humanidad como lucha por el poder, es la historia natural de la supervivencia del hombre como ser natural sometido a las leyes más básicas de la evolución. Y he aquí la naturalización de la historia humana.

 

            Lo mismo podemos decir de nuestra ética. Ésta es un producto de la cultura, por tanto, un producto natural. La ética, desde el punto de vista de la naturalización darviniana, es un invento o construcción de nuestra supervivencia. Los conceptos éticos más importantes, altruismo, libertad, autonomía. Todos aquellos que forman parte del proyecto ilustrado son mecanismos de supervivencia interesados. Y surgen precisamente en la historia cuando, si no se hubiesen inventado, las sociedades la sociedad hubiese sido inviables. Es decir, que las conquistas éticas de la humanidad, no tienen una justificación en el altruismo del hombre. Sí en el altruismo recíproco: tú me rascas mi espalda, yo te rasco la tuya. Por eso los derechos tienen dos caras. Son tanto derechos como deberes. Si yo tengo el derecho a la vida, tengo el deber de conservar la vida del prójimo. Y esto es un derecho inventado con la intención de preservar la supervivencia del grupo que es lo que, en última instancia, garantiza la replicación genética. No hay un sentido más allá del meramente natural en las conquistas de la ética y de los modelos políticos. Ahora bien, quisiera hacer un inciso. Efectivamente, no hay sentido en la consecución de los principio éticos, libertad, fraternidad igualdad y democracia; salvo estrictamente el de la supervivencia. Estas conquistas éticas no tienen ningún fundamento, ni tienen objetividad extranatural. Son productos de la evolución que permiten la supervivencia. Con lo único que contamos, a pesar de saber su carácter estrictamente natural, es con un criterio pragmático. Esto es, en la práctica hacen más viable la sociabilidad del hombre. El hombre es un animal social; y, en tanto que tal, necesita de normas que rijan su conducta de tal forma que la coexistencia sea lo mejor posible para la procreación (replicación genética). Una sociedad en la que rijan los valores de los que hemos hablado garantiza un estado duradero de paz y ausente de conflictos. Un estado anímicamente preferible y que, por ello, favorece la replicación. El problema es si esto se puede universalizar. Parece ser que en la situación de crisis global o ecosocial en la que nos encontramos esto se hace inviable porque, en realidad, en la sociedad humana sigue reinando la ley natural, la lucha por el poder, por la subsistencia. De ahí que, a nivel global, cuando entran en conflicto intereses de estados (léase intereses de supervivencia) los derechos humanos y las democracias sean papel mojado. Y este es el nihilismo ético en el que nos encontramos. Y ahora me pregunto, ¿será el ideal ilustrado kantiano cosmopolita una buena idea adaptativa para el hombre? Si ello fuese así tendríamos que esforzarnos por su consecución. Aún a sabiendas de que no estamos trascendiendo la ley de la naturaleza, sino obedeciéndola ciegamente, adaptándonos al medio. Y hay una cosa que me inquieta. Quizás la eliminación del sufrimiento sea una idea evolutivamente eficaz. Y en este sentido la ética y la política deberían ir encaminadas a la consecución de la eliminación del sufrimiento. La base de esta idea es la siguiente. A menor sufrimiento menor estrés adaptativo y, por tanto, mayor posibilidad de procreación. No planteo esto como un fin o un sentido de la ética y de la historia; sino como un resultado de la propia historia evolutiva. Ahora bien, hay que tener en cuenta, como señalé antes, que la historia y la actualidad siguen siendo una lucha por el poder. El altruismo recíproco, como principio adaptativo, tiene que armonizar la lucha por el poder con la eliminación máxima del sufrimiento. Y creo que el altruismo recíproco es la respuesta y está, como mecanismo biológico evolutivo, a la base de las conquistas éticas. Creo que con esto no me he salido ni un ápice del naturalismo y del nihilismo. Pero sí, adaptativamente, he propuesto una idea ética universalizable basada en la eliminación del sufrimiento y del estrés adaptativo como medio de supervivencia del hombre. Y aquí, a mi, lo que me parece importante es la eliminación de este sufrimiento. Ya sé que todo se queda en nada en la medida en la que no es un fin de la evolución. Pero es pragmáticamente preferible. Y como necesariamente estamos obligados a dotar a nuestra vida de sentido, por imperativo biológico, y como somos seres para la muerte, conscientes de nuestra existencia, pues somos seres que necesitan esperanzas, también por imperativo biológico. Por eso yo considero que la universalización de ciertos principios éticos como conquista de la humanidad pueden encuadrarse dentro de un gran proyecto ético del hombre, aunque éste no sea más que una forma de adaptación del hombre al medio. Nuestra ideosincrasia de seres conscientes de nuestra naturaleza nunca la vamos a perder. Y nuestra conciencia de desencanto de la realidad tampoco la vamos a perder. Ya no hay vuelta atrás. El naturalismo nihilista se cierra y el mundo se ha darwinizado por completo.

 

 

 

                                   01 de diciembre de 2009

 

            Comento aquí el nuevo artículo del señor Juan Carlos Rodríguez Ibarra que apareció el 30 de Noviembre de 2009 en el diario El País. De nuevo el expresidente hace una defensa, a mi modo, acrítica de las nuevas tecnologías de la información y esta vez las relaciona con el progreso. Y, de pasada, les da un rapapolvo a aquellos que son críticos con la introducción masiva de las nuevas tecnologías de la información en la enseñanza como panacea para resolver la mayor parte de los problemas de la educación. Son tres temas entre sí íntimamente relacionados y que requerirían un estudio a parte cada uno y pormenorizado. Pero quiero aquí comentar brevemente la ideología que subyace al expresidente extremeño.

 

            En primer lugar, es un hecho que las tecnologías de la comunicación se han implantado universalmente; pero ello no implica, en principio, ningún progreso moral y política de la humanidad de forma causal o automática. Es decir, que el progreso de la tecnociencia no lleva aparejado un progreso moral y político de la humanidad. Y esto es algo claro desde la crítica que el ilustrado Rousseau hizo a la idea de progreso, demasiado optimista, de la ilustración. Hay que separar el progreso tecnocientífico del progreso ético político. La ilustración produjo un gran progreso, como conquista de la humanidad, en el ámbito ético político y éste consistió en la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, la revolución francesa y la revolución americana como conquistas de la democracia. Ninguno de estos logros ético-políticos tiene ninguna relación directa con el desarrollo tecnocientífico. Es más, desde entonces para acá ha habido un tremendo desarrollo de la ciencia y la tecnología, que han permitido la transformación de las artes de la guerra, por un lado, y la mundialización de la información por otro, (con lo cual se aumenta la posibilidad de engaño); y, sin embargo, ha habido, y los hay, retrocesos ético políticos de gran calado, como son los totalitarismos del siglo XX y los exterminios a los que todavía podemos asistir en nuestra sociedad globalizada, en virtud, de los medios de comunicación y de sus nuevas tecnologías. El avance ético político es independiente y requiere de la participación de la sociedad en su conjunto. Con ello quiero decir, que requiere de que las democracias no se corrompan y no se devalúen, de tal manera que no se caiga en la partitocracia oligárquica y que el ciudadano siga siendo ciudadano. Permítame, señor Ibarra, esta perversión en la esencia misma de la democracia que exige la autonomía y libertad del ciudadano, empezando por los políticos y lo que ocurre en el interior de los  partidos políticos, es un hecho constatado por gran parte de los especialistas en la teoría de la democracia y que los políticos no quieren reconocer por dos razones. Primera porque no les interesa para poder seguir ostentando el poder y porque sería necesario una transformación radical de los partidos. Y, en segundo lugar, porque los políticos viven casi en un estado delirante en el que abandonan a su suerte a los ciudadanos y se dedican a la lucha por sus intereses particulares; es decir, los de sus partidos.

 

            En segundo lugar, toda transformación de la tecnología conduce a una transformación de la sociedad. Con ello quiero decir algo que también es bien sabido entre los expertos y que el señor Ibarra, como muchos políticos, olvidan. Me refiero al hecho de que la tecnociencia no es neutral. El desarrollo tecnocientífico está cargado de valores y, además, introduce cambio en los valores de la sociedad. En primer lugar, cuando se cree en que el desarrollo tecnocientífico es neutral (exento de valores) y además, autónomo, es decir, que obedece al desarrollo de leyes internas al mismo proceso tecnocientífico, entonces, lo que sucede, en principio, es que se es muy ingenuo y no se conoce, para nada la historia de la ciencia y de la tecnología. En segundo lugar, se participa de una ideología que es la del progreso asaciada a la idea del imperativo tecnológico. Me explico brevemente. Cuando se defiende el progreso de la ciencia de forma acrítica; esto es, suponiendo que de por sí es una bondad, se está cayendo en una secularización de la idea de progreso. Es decir, la idea de progreso tecnocientífica ha sustituido a la idea de progreso de la humanidad en el sentido de la redención con un fin escatológico en el que se alcanzaría la justicia universal y la humanidad quedaría redimida de todos los males. Pues bien, esto es un mito de la religión secularizado. Y defenderlo no es nada racional; sino, en cambio, una creencia, una nueva religión. La tecnoreligión o el digitalismo escatológico. Llamémoslo como queramos. Pero el problema de asumir el progreso como una creencia lo que conlleva es la ausencia de crítica racional desde el ámbito de la ética y la política. Puesto que el desarrollo tecnocientífico transforma la sociedad y también es debido a transformaciones sociales, hay que abrir el espacio a la posibilidad de la crítica. En caso contrario perdemos nuestra libertad. Y ésta es otra idea que subyace al mito del progreso. Lo que se ha venido en llamar el imperativo tecnológico. Esta idea tiene a la base una concepción determinista de la historia en la cual el progreso de ésta viene directamente determinado por el progreso de la tecnociencia, entendiendo ésta como neutral y autónoma, con lo cual al hombre sólo le quedaría plegarse a las transformaciones sociales que el desarrollo determinista e independiente de la tecnociencia produzcan. Es decir, se renuncia a la libertad y a la posibilidad de acción política. Volvemos a caer en la superstición, como antes de la ilustración. En éste caso, los designios de la historia venían marcados por la voluntad de dios y había que resignarse porque al final se nos prometía un mundo justo y feliz. Ahora caemos en la superstición de la religión de la tecnociencia. Y, de la misma manera que en las otras religiones, renunciamos a una de las mayores conquistas del hombre que es la de la libertad. Que, además, no tuvo nada que ver con ningún desarrollo tecnocientífico. Es más, éste puede desembocar en pérdida de libertad.

 

            Y entro en la tercera crítica relacionada con la idea de la educación y las nuevas tecnologías en la que participa el señor Ibarra, junto con muchos otros progresistas, que a mi me parecen snobs, no auténticamente progresistas. Para mi, el progreso, tiene que ver con la lucha por la igualdad, la libertad y la fraternidad, no con la instauración de ordenadores, sin ton ni son, en los institutos y ahora en las escuelas de primaria. (Aviso de que no soy ningún tecnófobo. Uso las nuevas tecnologís desde hace quince años, para mi trabajo personal y para la enseñanza, pero no participo del optimismo acrítico y pseudoprogresista de Ibarra). Y enlazando con el apartado anterior hay que decir lo siguiente. Uno de los valores que se exigen a la educación hoy en día, tanto a la secundaria, como ahora abundando en él con el plan Bolonia, es el de la adaptabilidad. El objetivo omnipresente de la educación es que el estudiante debe conseguir, por medio del proceso de educación, adaptarse a la sociedad, llamada del conocimiento, lo dudo, que está en continuo cambio y transformación. Qué duda cabe que el ser humano debe adaptarse a los cambios culturales, y que los cambios hoy en día son más rápidos que nunca. Aunque aquí también hay mucho mito y negocio (masters) de por medio. Pero no todo puede ser adaptabilidad. En tal caso estaríamos renunciando a la posibilidad de la crítica del ciudadano a la sociedad en la que vive. Y los cambios sociales, como dije más arriba, no sólo se producen por el desarrollo tecnocientífico; sino por ideas éticas y acciones políticas derivadas de éstas. No tenemos que estar obligados a aceptar el mundo que se nos ofrece. A lo que estamos obligados es a la transformación del mismo desde nuestra actitud crítica y como ciudadanos. La aceptación del mundo que se nos ofrece no es más que una mordaza al ciudadano. Es hacerle participe de un pensamiento hegemónico que ha caído, el neoliberalismo. Nada de socialismo digital, como utópicamente dice el señor Ibarra. Y ese neoliberalismo tiene una idea a la base que es la del crecimiento ilimitado. Y créame, señor Ibarra, el crecimiento mata. Y sino eche un vistazo a la historia del siglo XX y principios del XXI. Hay una última alusión al concepto de autoridad que hace usted y que a mi me parece bochornosa. Viene usted a decir que los alumnos están cansados y hartos de tomar apuntes en las clases magistrales, cuando sólo con un clic de ordenador tendrían una información infinitamente más amplia que la de cualquier profesor. Y enlaza a los críticos de la utilización de las nuevas tecnologías en los centros educativos con aquellos que defienden la autoridad. Y en su argumento se desliza que, puesto que en Internet hay más información, en el ordenador habría más autoridad. Creo que esto es una idea ingenua, peligrosa y una falta de respeto a los funcionarios y profesionales de la educación. No se puede confundir la información con el conocimiento; ni, por supuesto, con la autoridad. El conocimiento requiere de un orden causal y explicativo que la información por si sola no puede dar. La información ordenada argumentativamente produce el conocimiento que es siempre conjetural. Mientras que no se adquieran las destrezas de la argumentación, en primer lugar, y los conceptos básicos de las disciplinas, seremos incapaces de transformar la información en conocimiento. Nadie va a negar la información ilimitada de Internet, pero todo el mundo sabe que ahí no hay conocimiento. El alumno que entra en Internet sin los conceptos básicos y sin la capacidad argumentativa, es como un elefante en una cacharrería. Y, por último, lo de la autoridad. Vamos a ver, la autoridad tiene que ver con la excelencia (virtud: areté en griego) y es algo que se conquista por el esfuerzo, la disciplina (aprendizaje, ejercicio continuado) y se desprende del que la tiene. Pero no todo profesor, por el hecho de tener conocimientos tiene autoridad carismática, aunque tenga excelencia. Por ello son necesarios arbitrar los mecanismos institucionales para que el profesor sea una persona de autoridad. Y, para ello, hay que fomentar su prestigio, y esto es una medida política barata, no hacen falta más ordenadores, que son caros y se quedan obsoletos, además de ser víctimas del atropello juvenil. La autoridad del profesor es la que permite el aprendizaje por mimesis, por contagio e imitación. El profesor excelente, con autoridad moral e intelectual ama su disciplina –y el carácter ético de la educación: hacer mejor al hombre, hacerlo libre y autónomo- y transmite ese amor, ese impulso ético a sus alumnos. Por supuesto, también utilizando las nuevas tecnologías. Pero lo uno no sustituye a lo otro. Pero para que esto sea posible hay que acabar con otro mito: la democratización de la enseñanza. La enseñanza debe partir de la igualdad de oportunidades para fomentar la excelencia y el mérito. La democratización de la enseñanza es la pérdida de la excelencia y de la virtud. Pero esto es otro tema.

 

                        27 de noviembre de 2009

 

            Ando releyendo un libro de Leopardi, con motivo de su efemérides: Zibaldone de pensamientos. Lo leí por primera vez hace unos quince años. Me sorprende ver mis propios subrayados que seguirían siendo, más o menos los mismos, pero vistos desde otra perspectiva. Cuando leí a Ciorán y a Leopardi, me encontré identificado con todo su pensamiento. Su centro es el pesimismo y una visión desesperada de la vida, así como la visión de la inutilidad de toda existencia, el vacío, la nada. También me ocurrió con Schopenhauer y con Nietzsche. Pero lo curioso es que todos ellos, en mi juventud, a pesar de coincidir con ellos en su pesimismo, me hicieron reír. Es más, me daba cuenta de la sabiduría de estos señores y la compartía sin yo saberlo. Quiero decir con ello que cuando lees un libro que te apasiona y en el que te sueles identificar con lo que se expone es porque, de alguna manera, más o menos explicita, tú has llegado a las mismas conclusiones. Y lo que sucede es algo maravilloso. El autor empieza a hablar por ti. El autor al que lees y con el que coincides plenamente te hace tomar conciencia de tu propio pensamiento a través de su lenguaje. Él ha sido capaz de expresar lingüísticamente aquello que tú sólo has barruntado en tus sentimientos y, quizás, en algún momento, has sido capaz de pensar. Esto me ha ocurrido con algunos filósofos, como son todos los que he citado antes, sería de justicia añadir algunos más que han dado estructura a lo que soy intelectualmente o, por lo menos, me han servido de andaderas para aprender a caminar en este mundo del pensamiento: cabe citar aquí a Platón, Sócrates, Aristóteles (la ética) Hume, Kant, Wittgenstein, Ortega, Unamuno y Popper por citar los más frecuentados. En todos ellos me he ido conociendo a mi mismo y me he ido construyendo, proceso en el que aún ando, y por eso siempre tengo que volver a estos autores, a pesar de bregar con los más contemporáneos, para no perder el paso, digamos. Por eso comentaba el sentimiento al releer a Leopardi después de quince años. Pero quisiera señalar una cosa. Antes decía que esos autores pesimistas me habían hecho reír, pero resulta, que al volver a releer a Leopardi, mi sorpresa ha sido la de una tremenda seriedad ante lo que se me dice, a pesar de que lo comparta. Digamos que los pensamientos han pasado de ser entendidos a ser sentidos. Es aquello que decía Unamuno de El Quijote: de niño de hace reír, de joven te hace pensar, de viejo te hace llorar. Porque el Quijote también es un libro que trata de la condición humana desde su miseria, y de los afanes del hombre por salir de esta miseria.

 

            Pero quería comentar en estas líneas, muy esquemáticamente, algunas de las ideas básicas del libro en cuestión. Hay un concepto que vertebra toda la obra leopardiana, es el de tedio. La existencia humana es tedio. Es decir, la condición del hombre es la del aburrimiento. El hombre, por naturaleza, se aburre. El hombre es el único animal que se aburre. Y huye del tedio como del mayor de los males. De lo que se trata es de estar ocupados. Tenemos dos salidas, o abandonarnos a la desidia, la indiferencia o la desesperación u ocuparnos. En todos los casos la existencia es vacía. El único sentido de la existencia es el placer. Algo que descubrieron ya los epicúreos. Donde hay placer no hay dolor. En realidad, lo que se produce en el hombre es un desajuste con respecto a la naturaleza. Es decir, y aquí coincidiría con Rousseau y con Ciorán, la razón: el psanmiento, la filosofía y la ciencia, han pervertido la naturaleza del hombre. El resultado de esta perversión es la pérdida de la ilusión. El motor de la acción humana es la ilusión. Y aquí hay una analogía muy interesante entre los antiguos y primitivos y el niño. Lo que ha sucedido a lo largo de la historia de la humanidad es que el hombre se ha desnaturalizado en la medida en la que ha ido conociendo la naturaleza por medio de la razón. Es aquello que decía Weber del desencantamiento del mundo. La ciencia, la filosofía, con sus explicaciones causales y argumentales del mundo y de la propia naturaleza humana han desencantado al mundo y al propio hombre. Ya todo tiene explicación, y lo que no lo tiene la tendrá. Quiere decir esto que hemos perdido la ilusión y la esperanza. El mundo se ha desacralizado y se ha objetivado y al propio hombre le ocurre lo mismo. ¿Qué nos queda?: el tedio. El camino ya está trazado. Hemos perdido la capacidad de asombro y de sorpresa. Venimos como si dijésemos de vuelta. Pero el problema es que esto es como el pecado original, una vez mordida la manzana ya no hay vuelta atrás. La humanidad ha perdido su virginidad intelectual, ha perdido la inocencia, y con ella, la ilusión y la esperanza. Tan sólo nos queda el tedio. La analogía con el niño y el adulto es interesante. La naturaleza del niño es el juego, la pasión, el deseo, el placer, la inmediatez con todo lo que le rodea, el asombro. No hay sombra de aburrimiento en él. El niño vive el instante. Como diría Nietszche, el niño es el paradigma del superhombre. Cuando nos hemos descargado de todo el peso de la cultura occidental que es el que procede de la racionalización del mundo, la invención de las ideas, el concepto del bien y del mal, etc. El niño está por encima del bien y del mal. El niño vive en el paraíso en la medida en la que no tiene tiempo, vive en el instante. Y cada instante es pleno de placer. La vida del niño es la vida animal, la vida natural. Aquella que hemos perdido a lo largo de la historia (proceso de desencantamiento del mundo o proceso de desnaturalización del hombre). Como digo no hay marcha atrás. No nos sirven los discursos de la ecología profunda que nos instan a volver a la naturaleza, como si dijésemos, con el taparrabos. Pero, ¿a dónde ir si ya no hay naturaleza, está plenamente humanizada, la hemos convertido en nuestro mundo? Insisto, no hay vuelta atrás. La situación del hombre es el desencanto y el desengaño. De la misma manera, el niño, como el primitivo y los antiguos (los que inician la cultura: los orígenes griegos) además de estar cargados de ilusión, de expectativas y esperanzas y de vivir instalados en el placer de la relación inmediata con la naturaleza, están expuestos al máximo dolor. Les ocurre también a los animales. Ni éstos ni los niños son capaces de entender la frustración, la ausencia del placer. El niño se tendrá que resignar, y en esto consiste el proceso de socialización. En extirpar su naturaleza y sustituirla por una segunda naturaleza que es la cultura. Pero ésta, siguiendo a Freud, otro de los autores que tendría que haber citado antes, no es más que el conjunto de normas morales, costumbres, hábitos, etc., que reprimen nuestro ello, nuestros instintos naturales, especialmente el de placer. Por ello Freud, en su obra El malestar en la cultura nos viene a decir que la felicidad humana es imposible, que la propia condición cultural del hombre nos tiene abocados a la frustración, la represión y la infelicidad. En el hombre hay siempre una tensión entre sus deseos y lo que no puede hacer por mandato moral. A su vez hay una búsqueda continua de la felicidad en la que existe una constante, la disolución en el sentimiento oceánico. Esto significa, la anulación del yo, origen del sufrimiento porque su existencia es frustrada y reprimida. La cultura nos puede ofrecer diversos sucedáneos de felicidad, como el misticismo, las drogas, el deporte, la vocación científica y filosófica, etc. Algunas son más acertadas que otras. Unas pretenden anular al yo, mientras que otras pretenden la distracción, mantenerse ocupado, afanarse. Pero al final en todas tenemos de fondo el vacío, la nada. De ahí la mística oriental que, a mi manera de ver, es la que más se acerca a una visión naturalizada del hombre y a la redención de su mal que reside en el yo o la conciencia. También está en Freud el concepto de sublimación por el que somos capaces de trascender nuestras frustraciones, fundamentalmente, por medio del arte y la creación científica y filosófica. Por eso dice Nietzsche que el superhombre es un artista que juega, como el niño.

 

            En definitiva no existe salida. La única escapatoria que tenemos es la del placer. Curiosamente las religiones monoteístas que han constituido la tradición occidental han renegado del placer y lo han visto como el peor de los males. Como digo el placer elimina al dolor. Mientras que hay placer hay felicidad. Y si hay felicidad no hay angustia ni necesidad de dios, ni de un más allá. Eliminar el placer es el instrumento mejor de control que ha inventado el cristianismo, el judaísmo y el Islam. Sin placer hay miedo y angustia. Compárese esto con otros males en los que la religión no ha hecho tanto hincapié. Me refiero, por ejemplo, a la condena de la guerra, la violencia, etc, es más, la ha fomentado como vehículo de unión y de identidad, para enfrentarse a otros humanos de cultura y religión distintas. En definitiva, ideologías para fundamentar el poder y el dominio del hombre por el hombre. Y de paso, se mantiene al hombre entretenido, dándole un sentido y un quehacer a su existencia. Pues como decía es el placer la única salida. Pero, de ninguna manera se nos podrá volver a dar la felicidad como en los orígenes. La vida debe ser la consecución de los placeres. Pero, como decía Epicuro, fundamentalmente de los placeres necesarios para el vivir y de los estáticos (intelectuales) la contemplación artística y filosófico-científica. Más no nos es dado alcanzar.

 

            Y una última reflexión. A todo esto hemos llegado también a través de la ciencia. Me refiero a la idea de Darwin. Ésta pone en su sitio al hombre. Éste no es más que un ser contingente de la evolución, en pié de igualdad con los demás seres. Su existencia es contingente y mientras que está aquí se empeña en sobrevivir. Toda la cultura, no es más que un mecanismo de supervivencia, que mientras que perdure, lo único que muestra es su eficacia. Pero el objetivo no somos nosotros, sino la replicación de los genes que utilizan a los individuos, organismos, como máquinas de supervivencia. Y eso lo llevan haciendo 3.500 milones de años. No somos nada.

 

 

                        26 de noviembre de 2009

 

            La ética y la política de Aristóteles cada vez me resultan más interesantes. No voy a desarrollar aquí sus contenidos (tengo en proyecto para el próximo curso escribir un libro que se titularía: Reflexiones sobre ética y filosofía política, ése sería el lugar oportuno para ello) pero sí hacer unas reflexiones sobre el significado actual y la necesidad de recuperar su concepto de virtud para la ética y la política.

 

            En primer lugar, Aristóteles es el primero que separa la ética de la política, no completamente, porque esto es imposible. Pero hay que saber que en la Grecia de entonces, en la época de los sofistas, Sócrates y Platón, la ética y la política venían a coincidir. Quizás Sócrates es el que abre la caja de los truenos porque, como dirá Hegel, introduce el ámbito de la eticidad; esto es, la individualidad y la libertad. De ahí que, además de tener a Platón como seguidor, que opta por la comunidad frente al individuo, con lo que la ética es absorbida por la política y se elimina la libertad humana cayendo en un modelo de estado totalitario, tiene a los cirenaícos, los estoicos, los cínicos y los escépticos. Estos, por el contrario, optan por el individuo frente a la sociedad. En el caso de Aristóteles se da una armonía entre la ética y la política. Los dos son saberes prácticos. Es decir, que se ocupan de los actos humanos. Aquellos que van encaminado a la conquista del bien supremos, la felicidad son los que tienen que ver con la ética. Y los que se dirigen a la consecución de la justicia son los que tienen que ver con la política. Pero en Aristóteles hay que partir de que el hombre es animal político, es decir, que vive en polis, ciudades. Hoy diríamos que es un animal social. Con lo cuál la actividad política es imprescindible. El hombre es un ser político por naturaleza. De esta manera podemos entender que, de alguna forma, el saber ético, queda supeditado al saber político. O que la vida feliz está condicionada por el estado justo. Lo primero, la política, después la ética. Aunque los libros de ética de Aristóteles estén mejor desarrollados y acabados que los de política, esto no implica que la propia naturaleza política del hombre dé la primacía al estado frente al individuo. La política seria una condición de la posibilidad de la vida feliz. La naturaleza del hombre, como hemos señalado, es social. El hombre solo o es un dios o una bestia, decía el filósofo. Lo que es lo mismo, el hombre solo no tiene sentido. (De ahí que en la ética el bien más preciado para la consecución de una vida feliz sea la amistad en sus diferentes formas.) Pero el fin natural del hombre en tanto que individuo es la felicidad. Esto implica que ésta última no es posible conseguirla a menos que se viva en sociedad. De ahí que el modelo social mejor sea el que haga posible la justicia. Y uno de los aspectos de la justicia es la posibilidad de que en una sociedad se pueda alcanzar el ideal de la vida buena: el bien supremos, la felicidad. Con esto queda demostrado la separación de la ética de la política, por un lado, y el condicionamiento político para la vida ética, por otro.

 

            Pero, ¿cómo se alcanza el fin propio del hombre que es el bien supremo o la felicidad? La respuesta aristotélica es que por medio de la virtud. Y ésta las divide en las virtudes morales (la virtud está en el medio de dos extremos que caracterizan al vicio) y las intelectuales: las que definen al hombre como animal racional. El fin del hombre es realizar su propia naturaleza y resulta que Aristóteles además de definir al hombre como animal social, lo define como animal racional; esto es, como ser que conoce por medio de la razón. Así, el fin último del hombre, donde reside su virtud máxima, entendiendo ésta en su sentido griego, areté, excelencia, es en la vida/virtudes intelectuales. Pero es necesario destacar un comentario de Aristóteles sobre la virtud para traerlo a nuestra época. La virtud no es una ciencia, como dijesen Sócrates y Platón, sino una práctica que se consigue con el ejercicio hasta que se convierten en un hábito. En este sentido tenemos que unir el concepto de virtud de Aristóteles con su significado latino. La virtud en su etimología latina significa fuerza. Así, el ejercicio de la virtud, la perseverancia en el mismo, la disciplina, necesita de la fuerza. Pues bien, creo que es ese sentido el que debemos recuperar hoy en día del pasado para el presente. La educación de la virtud, la educación ética en suma, es la educación en el esfuerzo, la perseverancia, la disciplina que nos llevará a la excelencia. Y el único camino para ello es la conquista de las virtudes morales e intelectuales. Pero hoy en día, en todo el siglo XX, tanto en la educación, como en la política y en la ética, se ha olvidado el tema de la virtud. En cada ámbito por motivos distintos. Creo que es necesario una reflexión sobre este asunto porque toda la crisis actual (humana) es, como siempre, una crisis de valores; esto es, una crisis filosófica. Y la reflexión que hemos hecho sobre la virtud puede aportar algo de luz en el túnel en el que nos encontramos.

 

            Pero digo aún algo más para terminar. Este neoaristotelismo que he esbozado tiene que ir acompañado de un neokantismo. La conquista de Kant para la humanidad, que ya la hemos comentado muchas veces aquí, es la conquista de la dignidad. El hombre es un ser digno en tanto que es libre y autónomo. En ese sentido es dueño y señor de su vida. Es un fin en sí mismo. La unión del concepto de persona y el de la virtud en tanto que excelencia a partir del esfuerzo deben ser el fundamento de la vida ética. Pero, claro, si volvemos a Aristóteles, resulta que el hombre, como es un animal social/político, entonces la política –en nuestro caso, la democracia, como el mejor de los gobiernos posible- es la condición de posibilidad del desarrollo de esta vida ética. Ésta es ni más ni menos que la tarea encomendada a la democracia y que debe llevarse a cabo a través de la educación. Y ahora que vengan los psicopedagogos con su jerga pseudocientífica de motivaciones, competencias básicas, adaptaciones, y demás verborrea para ocultar su ignorancia y su simpleza científica. No se puede arrojar el pasado a la basura por el hecho de ser pasado. El pasado está para aprender. Y la naturaleza del conocimiento ético-político y filosófico-histórico, no es la misma que la del conocimiento positivista-científico. El error de los psicopedagogos y de los políticos que los alimentan, es el reducir la naturaleza humana a objetos observables. De esa manera nos quedamos sin lo esencial y acabamos burocratizando la educación e instrumentalizando al hombre.

 

                                   25 de noviembre de 2009

 

            Hemos estado hablando en reflexiones pasadas sobre la intolerancia. Ésta procede del pensamiento dogmático que considera que posee una verdad última y absoluta. En este sentido quiero hacer unas reflexiones sobre la intolerancia de esta sociedad, desde el poder político al eclesiástico, en lo que se refiere a lo que se reclama como derecho inalienable: el derecho a una muerte digna. Me estoy refiriendo a la eutanasia. De entrada quiero decir que soy partidario de la eutanasia y de los cuidados paliativos que eliminen el dolor y ayuden a tener un final digno. Mis argumentos se basan en una crítica a la hipocresía de la sociedad en la que vivimos que, además, no se enfrenta a la muerte y en una crítica al soporte ideológico que niega la posibilidad de la eutanasia como un derecho: la religión cristiana.

 

            Decía Nietszche que no nos veremos libres de dios mientras que no nos veamos libres de nuestra gramática (lenguaje). La sentencia del filósofo es importante. El lenguaje es el vehículo del pensamiento y a través de uno y otro se nos manifiesta la realidad. Por eso nuestro ateismo no llegará hasta que no seamos capaces de analizar hasta las últimas consecuencias lo que la sombra de la idea de dios y de la religión como institución de poder histórico representa. Tanto la idea de dios como la iglesia han perdurado durante veinte siglos y han dejado en el lenguaje y en nuestra capacidad de percepción de la realidad y de nuestra existencia una huella casi imborrable. Se sea o no creyente se es participe de la tradición cristiana. Por eso es necesario conocer esta tradición para eliminar todo aquello que nos esclaviza y quita dignidad a nuestras vidas. Y éste es el caso de la eutanasia. La muerte digna, el suicidio voluntario o el suicidio asistido, deben ser un derecho del hombre siempre y cuando consideremos al hombre como el valor máximo. Cuando digo que el valor máximo es el hombre lo que estoy diciendo es que el máximo valor es el de la dignidad. Ahora bien, como sabemos desde Kant y la ilustración, la dignidad de una persona consiste en que es un fin en sí mismo. Y ello supone que no puede ser instrumentalizado, no puede ser tratado como un medio. Él es un fin en sí mismo y, de tal forma, él es dueño de su existencia desde su libertad. Entendiendo, por supuesto, la libertad desde sus límites y condicionantes, que no son ni más ni menos que el respeto de los otros. Así, la prohibición moral y legal de la eutanasia –tanto en su versión de suicidio a lo estoico, como suicidio asistido cuando el paciente no puede llevarlo a cabo autónomamente- es un atentado contra la dignidad humana y por esto la eutanasia debe ser reivindicada como un derecho del hombre. El argumento es sencillo. Si resulta que proclamamos como máximo valor la autonomía y la libertad; es decir, aquello que aporta la dignidad al hombre, entonces, prohibir por ley o moralmente la eutanasia y el suicidio es convertir al hombre en esclavo. Dicho de otra forma, es eliminar la libertad que el hombre tiene sobre sí mismo en la medida en la que es un sujeto de derecho dotado de dignidad. Es una privación de la libertad en el sentido de que al prohibir la eutanasia se está instrumentalizando, desde la legalidad y basándose en una moral particular que luego veremos, al hombre. La privación de este derecho, casi universal ahora mismo, es una instrumentalización del hombre en virtud de intereses particulares: políticos, morales y legales.

 

            La legalidad vigente se apoya, en este caso, como en muchos otros, en la moral cristiana heredada y en el derecho romano transmitido por la cristiandad. Desde el punto de vista de la moral cristiana el hombre no es dueño de su vida. Ha sido creado a imagen y semejanza de dios para gloria y alabanza de éste. Por tanto, la vida para el cristiano es un don divino del que no puede prescindir, aunque se convierta en una carga, porque, en definitiva, es un regalo de dios y no se puede ir contra la voluntad  divina. En realidad, para el cristianismo atentar contra la vida de uno mismo es el peor de los pecados en la medida que es renegar del favor de dios. Por eso a los suicidas, cuando la religión era más seria y menos interesada que ahora, no se les daba sepultura en el camposanto. Y es esta moral particular la que se cuela en el derecho. Pero como podemos apreciar esta moral no parte de la dignidad del hombre en tanto que autonomía y libertad, sino que el hombre es sujeto de dignidad en tanto que es creado a imagen y semejanza de dios. Pero el hombre, desde un principio, al ser creado, está instrumentalizado. Es un ser que vive en deuda con el creador. Esto ha dado lugar a una ética heterónoma (las normas vienen de fuera: de dios) y basada en el resentimiento y la resignación. El sufrimiento hay que aceptarlo como prueba divina. Al hombre no le está dado rebelarse contra dios. Renegar de dios es estar condenado. Esto genera el resentimiento por el cual queremos que todos sufran nuestros males. Queremos que nuestra moral sea universal. Y en buena medida los cristianos lo han conseguido durante siglos. Pero como vengo diciendo esto tiene poco que ver con el principio de dignidad y autonomía. Son contrapuestos. Mientras que el cristianismo mediatiza al hombre, la ilustración, lo convierte en un fin en sí mismo. Aunque no hay que venirse tan lejos en la historia; ya los estoicos defendían el suicidio como muerte digna frente al sufrimiento y la pérdida de dignidad. Era una cuestión, precisamente, de dignidad y valentía. Pero la moral cristiana ha calado en la cultura y en nuestro sistema legal. De tal forma que, legalmente, la eutanasia es un delito, el suicidio –aunque en muchos casos es cierto- se ha convertido en una cuestión médica, no ética. Desde el punto de vista de la sociedad, en cambio, hay una mayoría  que reclama los cuidados paliativos. Hay que recordar aquí que son muchos los que mueren con dolores terribles, cuando existen fármacos anestésicos que les permitirían llevar una vida digna hasta el final. Todo por una moral particular y caduca y por prejuicios médicos infundados. En este sentido la sociedad va por delante de las instituciones legales y del corporativismo médico.

 

            La moral cristiana que alimenta las leyes que sostienen la ilegalidad de la eutanasia deben ser eliminada, no en su expresión particular, sino en su pretensión de universalidad. Ya hemos dicho que el fundamento moral de la legitimidad y legalidad de la eutanasia es el principio de autonomía y libertad. Pues bien, la actual legislación, amparándose en una ética particular viola esta autonomía. El cristianismo y su moral son aceptables en una sociedad plural. Pero no se pueden establecer como verdades universales. El problema aquí es que en el cristianismo radica el principio de universalidad en la medida en la que se considera absolutamente verdadero. De ahí que su ética tienda a universalizarse y se convierta en totalitaria. La legalización de la eutanasia no es una legalización de la eugenesia. Es la posibilidad de amparar la dignidad de aquellas personas que quieran poner fin a su vida y no puedan por sí mismo. Respetando siempre, por supuesto, la voluntad de aquellos que no quieran, faltaría más. Lo contrario sería eugenesia: un asesinato en masa basado en supuestos principios científicos. No es esto lo que aquí decimos.

 

            Hay también un argumento, que creo muy simple, por parte de los que atacan la eutanasia, y es la afirmación de que la vida siempre tiene sentido, esté uno en la situación en la que esté. Pues mire usted que no es así necesariamente. Eso del sentido de la vida es una cuestión muy subjetiva, depende de la percepción y de los valores de cada uno. Para algunos una tetraplejia puede no impedirles vivir y desarrollarse intelectual y espiritualmente, y me alegro de ello, pero para otros, por más que se les ha intentado convencer y ayudar, pues resulta que es una tortura, una esclavitud, un atentado contra su dignidad. El respeto consistiría aquí en crear la cobertura legal para que éste último pueda acceder a la eutanasia. Otro problema moral que subyace a la ilegalidad de la eutanasia y que tiene su derivación de la ética cristiana es la absolutización de la vida como valor máximo. La vida no es el valor máximo. El valor máximo es la vida digna. Si la vida pierde la dignidad, la vida pierde para el que la vive todo valor y se convierte en una tortura. Por eso, la ilegalidad de la eutanasia es una forma de tortura amparada en viejas formas morales. Y por eso decía que la sombra de dios y del cristianismo es alargada. El derecho a la eutanasia se deriva directamente de los derechos humanos fundamentales y debería ser añadido a ellos explícitamente.

 

            Un par de reflexiones finales para terminar. A veces pienso que la lucha por la eutanasia es propio de una sociedad burguesa y acomodada. Que existen problemas éticamente más graves, como el hambre, la violencia. Pero no es esto del todo cierto. Cuando se lucha por la legalización de la eutanasia se lucha por la dignidad del hombre, si bien es cierto que este problema nos lo planteamos en las sociedades avanzadas de resultas del avance en la tecnificación de la medicina. Pero el fondo es el mismo que el de la violencia y el hambre: la lucha por los derechos humanos en tanto que defienden la dignidad del hombre. Por otro lado hay que matizar la hipocresía de los poderes legales, ejecutivos y religiosos cuando niegan la eutanasia y la convierten en un crimen; sin embargo, desde sus poderes defienden la guerra justa, la pena capital, los supuestos daños colaterales. En fin, esta hipocresía es propia de una sociedad enferma. Y por otro lado es propio de un poder que quiere controlar a los ciudadanos desde la cuna hasta la tumba.

 

            24 de noviembre de 2009

 

            Interesantísimas las 40 reflexiones y cuatro moralejas del ministro Gabilondo en la inauguración de las 23 jornadas sobre educación de la Fundación Santillana. Si realmente esto es lo que piensa (hemos puesto un enlace de audio en el blog) entonces estamos salvados. Pero me temo, que son buenas intenciones de un profesor, profundas reflexiones de alguien sabio, pero políticamente ineficaces. Creo que será arrastrado por el devenir político que no hace más que adaptarse a las circunstancias del momento. Desde luego que habría que imprimirlas y leerlas en las aulas y los claustros para que recordemos a nuestros políticos lo que realmente debemos  reivindicar y lo que realmente es la educación.

 

 

                                   24 de noviembre de 2009

 

            Gran figura la de Hypatia de Alejandría. Su muerte es el fin de una época de pensamiento y el inicio de la intolerancia. Su muerte en el siglo IV a. C. representa el fin del helenismo y el comienzo del cristianismo. El surgimiento de la filosofía –o el conocimiento racional en general- representó el surgimiento de la tradición crítica. Y esta tradición es la tradición del diálogo. Y para que el diálogo se pueda llevar a cabo es necesario poseer una virtud moral que es la de la tolerancia. Esta tradición es el gran invento del helenismo y por eso la democracia fue necesaria para que cuajase la filosofía y la ciencia. La democracia introduce una sana relativización del pensamiento que abre las puertas al pluralismo y la necesidad del diálogo. El surgimiento de la ciencia es el surgimiento de la crítica a la superstición. Fue una conquista progresiva de siglos. Y su pérdida fue algo de siglos también. La muerte de Hypatia, que se ha hecho famosa con la película de Amenazar, Ágora (lugar de encuentro y diálogo, sede de la enseñanza y la política, plaza pública) no es más que el símbolo último del fin de una época: la época del pensamiento libre.

 

            Hypatia fue matemática e hija del matemático Teón, último director del museo de Alejandría. Esta ciudad fundada por Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, fue el centro del saber durante ocho siglo, justo hasta la muerte de Hypatia, que se convirtió en la última profesora e investigadora de Alejandría. Alejandría fue la sede de la gran biblioteca que lleva su nombre, la mayor de la humanidad hasta los tiempos modernos, y del museo, centro de enseñanza e investigación al más estilo moderno universitario. Durante sus ocho siglos de existencia, tanto la biblioteca como el museo, aunque sufrieron grandes avatares, se mantuvieron como los centros del saber del mundo conocido de entonces. Sólo la intolerancia del poder político y de la religión acabarían con este ejemplo de libertad de pensamiento que sumirían a la humanidad en una época de oscuridad intelectual y espiritual en la que el saber fue eliminado prácticamente de la faz de la tierra. Precisamente fueron los musulmanes españoles, junto con los judíos, pero más los primeros, los que iniciaron un primer renacimiento de este saber recopilando y ampliando las obras perdidas de la biblioteca de Alejandría. Y éste renacimiento, en un cierto clima de tolerancia que hizo posible hasta la teoría de la doble verdad de Averroes, fue el que hizo posible el renacimiento europeo del que ya hemos hablado aquí desde distintos ángulos.

 

            La tremenda muerte de Hypatia, a manos de la intolerancia, el machismo, la superstición, el ansia de poder, el delirio de grandeza, nos hace pensar en la naturaleza humana. Y nos hace pensar también en lo difícil que es la conquista de los valores de la libertad del pensamiento, la dignidad de la persona y lo fácil que es caer en la intolerancia. Toda religión, todo ideología no son más que opiniones establecidas por el poder en las que se cree. El hombre es mas un ser de creencias que de razones. Las creencias no necesitan del esfuerzo del análisis. Las razones necesitan del continuo escrutinio, de la evaluación, la verificación, la refutación, la búsqueda de nuevas explicaciones. Las razones implican una tarea y un respeto al otro. Necesitan de la igualdad. Las creencias, por el contrario, son fruto de la pereza. Nos ofrecen la explicación y el sentido de nuestra existencia sin la necesidad del mayor esfuerzo. Cuando estamos en una creencia (ideología política o religiosa, vienen a ser lo mismo al caso) no podemos reflexionar. Somos esclavos de ellas. Y somos capaces de dar la vida y matar por ellas. Las creencias, todas, tienen en sí el germen de la intolerancia que genera por sí misma el fanatismo y la violencia. La época helenística, con todos sus altibajos, fue una época en la que surge el pensamiento crítico y se relativiza el poder religioso y político. Pero igual que floreció desapareció. Nosotros somos herederos, a través de los musulmanes españoles, como no me cansaré de decir (porque el mismo fanatismo y la misma capacidad de modernización hay en ella como en el cristianismo frente a lo que mantiene la ideología del choque de civilizaciones) de la modernidad. Y ésta es el símbolo de la nueva conquista del pensamiento en su dimensión intelectual y ética. Y, por ello, nos debe servir como advertencia el fin del helenismo. Creo que nuestra cultura está en peligro debido a ciertas ideologías que se han instalado en el poder y que están creando muerte. Recuerdo el título de una obra que precisamente se llama: El crecimiento mata. Y, efectivamente, la ideología del crecimiento ilimitado, del neoliberalismo, del estado mínimo, ha producido muerte y miseria. Pero, quizás, las cosas no han hecho más que empezar. El siglo XX fue el siglo de los totalitarismos que estaban basados en ideas que se transformaron en ideologías totalitarias que sustituyeron el pensamiento y la ética por la barbarie y la violencia. El siglo XXI, naciente del seno mismo del XX, se nos muestra incierto. Se proclama el fin de las ideologías, pero esto no es más que una ideología para producir un pensamiento único, una creencia, con la que justificar el poder. Los discursos oscurantistas y supersticiosos abundan por doquier, el relativismo radical del todo vale, justifica el vacío del pensamiento y la barbarie de la acción violenta, guerra, intervenciones armadas con la excusa de la democracia. Quiero decir con todo esto que estamos necesitados de una profundización en la ilustración. Estamos necesitados de la recuperación del pensamiento como actitud intelectual y ética: la crítica y la tolerancia. Si no conocemos nuestro pasado estamos condenados a repetirlo. La muerte de Hypatia fue terrible, pero no menos que la de millones que han muerto por las ideologías, las creencias, el fanatismo y la intolerancia. Me pregunto, siempre, ¿cómo pueden entender esto nuestros alumnos?, ¿cómo puedo enseñarles el valor básico de la tradición crítica nacida en Grecia, la tolerancia?, ¿y si quizás el hombre necesite repetir la barbarie en sus propias carnes para aprender? ¿o, quizás, dentro de un clima de tolerancia, por contagio, aprenderá este valor? No lo sé, pero mientras tanto la barbarie continúa y el mundo –salvo excepciones- sigue siendo injusto y cruel; pero no porque deba ser así, sino por nuestra culpa.

 

                                   23 de noviembre de 2009

 

            Increíble. Leo un artículo de un miembro de una asociación con intención de fomentar ideas llamada Solchaga & asociados y que pretende analizar cuáles han sido los errores de la izquierda de tal manera que ha hecho posible que la derecha, a pesar de la crisis, sigue ganando en Europa. La cosa está muy clara. La izquierda gobernante, lo que yo llamo la izquierda realmente existente es de derechas desde el punto de vista de la economía. Ello quiere decir, que en su momento abrazó el neoliberalismo y no pensó en ningún tipo de modelo alternativo. Las diferencias entre derecha e izquierda fueron meramente epidérmicas y anecdóticas. Y ahora se preguntan como pueden coger el carro del poder y volver a ganar elecciones frente a la derecha. Pero es que el problema es que ellos no cambian de paradigma, siguen siendo neoliberales, el futuro es incierto, los males están conjurados. Leo hoy que el polo norte se derretirá por primerevez en 25 millones de años. Y los políticos siguen con sus intrigas. Y Copenhague a la vuelta y sin compromisos. Nos tendremos que ir acostumbrando a la idea de que el hombre se ha exterminado parcialmente a sí mismo en muchas ocasiones. Lo peor de todo es el sentimiento afectivo que te une a tus hijos, los que heredarán lo que les dejemos. Somos absolutamente responsables. Hemos organizado un caos. Y lo peor de todo es que todo esto te hace perder la confianza en la racionalidad humana y te hunde en ideas conspirativas de la historia. Hay que resistir. Si admitimos esto, admitimos la irracionalidad y el todo vale.

 

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            Lo que faltaba. Llevo un año esperando las segundas jornadas organizadas por la casa de la cultura de Villafranca de los Barros, desde una entelequia política: el foro de debate Prisma, y me encuentro con un despilfarro de dinero público para hacer propaganda de la mala política educativa que en este país se ha venido practicando desde hace más de treinta años.

 

            Lo primero es lo del foro prisma. Menuda mentira y engaño. Dónde se ha visto un foro de debate donde no se debate nada, sólo se realiza una jornada al año; eso sí, acompañada de muy buen cine. Pero el debate no ha lugar, porque no hay discrepancia de ideas. El punto del que se parte es desde lo políticamente correcto y desde el pensamiento hegemónico que representa el poder. Cómo se puede tener el cinismo político de crear un foro de debate, cuando una serie de ciudadanos llevan reclamando un debate técnico y político con los poderes institucionales y estos se niegan a ello amparándose en el poder. Menuda frialdad. Nada, lo de El Leviatan de Hobbes: el estado es un monstruo gélido, sin ética.

 

            Y lo de la educación, pues para qué queremos más. Con la que está cayendo y van y nos traen a la consejera de educación, al rector de la universidad de Extremadura para defender Bolonia y a un psicopedagogo, que no conozco. Ojala me equivoque y éste sea el crítico. En fin, que la cosa no tiene remedio. Lo mejor sería, siguiendo al ensayo sobre la lucidez de Saramago que ningún profesor asistiese, o que asistiésemos una gran mayoría e hiciésemos un boicot a través de intervenciones que desenmascaren a los ponentes y que muestren a la ciudadanía el mal, el caos y la impostura en la que vive la educación.

 

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            Gran sorpresa ayer al leer en El País, a la defensora del lector, la que se ha formado con el artículo de Enrique Linch sobre el feminismo de la revancha. Hemos hecho aquí algunas reflexiones sobre este asunto; pero lo que me hace escribir estas líneas es que una gran cantidad de lectores sugerían al periódico que no se debía haber publicado este artículo que es considerado machista y políticamente incorrecto. La verdad es que los medios de comunicación construyen la realidad. Es imposible de hacer un análisis de las causas de los fenómenos porque entonces ya no se te entiende y, además, te acusan de lo que sea. El pensamiento hegemónico es el políticamente correcto y salir de él te lleva a ser declarado anatema. Eso de la libertad de expresión es un mito. No todo el mundo tiene la oportunidad de hablar y expresar sus opiniones. Además, los medios de comunicación tienen dueños. Y no sólo esto, sino que ya se encargan ellos, para no perder audiencia, de no salirse de lo consuetudinario, de la opinión vulgar. Lo malo de todo esto es que sin un pensamiento heterodoxo, crítico y radical es imposible el debate. Pero todo está atado y bien atado. La libertad de expresión es parte de la neolengua que utiliza el poder para engañar a una dócil ciudadanía.

            19 de noviembre de 2009

 

            El asunto del secuestro del barco pesquero Alakrana y su feliz liberación plantea, independientemente de la cuestión ética, un debate sobre filosofía política de hondura. Se trata del tema de la razón de estado. ¿Un estado puede aceptar el chantaje de los que están fuera de la ley? ¿Se puede permitir que las víctimas mueran sin el apoyo del estado? Las dos posturas se enfrentan, pero a mi modo de ver, es una forma de mezclar los sentimientos con la razón. Evidentemente que todo gobernante tiene el deber de proteger a sus ciudadanos en tanto que esa es su misión. Pero creo que hay una cosa clara, la protección de los ciudadanos no puede minar las bases del estado de derecho, en tal caso éste se derrumba y las consecuencias últimas las pagaran los ciudadanos. La cosa es compleja. La razón de estado nos dice que el estado, por cuestiones de interés general, considerando que hay un bien común a largo plazo, puede saltarse la ley y la moralidad. La cuestión es saber, hasta qué punto es esto permisible sin socavar el propio estado de derecho. Por mucho que nos cueste afectivamente un estado no puede aceptar el chantaje de los delincuentes. Si ése es el caso entonces se presagian males futuros. La lucha contra el que está fuera de la ley tiene que ser desde dentro de la ley; y el estado es el garante de la legalidad. Es cierto que el gobernante tiene que tener la suficiente empatía como para ponerse en el lugar de las víctimas inocentes, pero esto no debe servir para que pierda su racionalidad, sino para animarle a introducir los instrumentos legales y materiales para que estas tremendas situaciones no se produzcan. Y esto no es una razón de estado despiadada. Es el triunfo de la ley sobre la barbarie. Otra cosa, también, sería analizar porqué se dan estos casos tan abundantes de piratería. Estamos en una sociedad global, pero sólo económicamente. Tenemos que dar el paso a un gobierno global que pueda regular todo este entramado. Pero para eso tenemos que dar el paso ético hacia una sociedad cosmopolita.

 

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            Otro asunto que creo que es urgente tratar es el carácter que van teniendo las reivindicaciones feministas. Éstas se han pasado a lo que se llama el feminismo de la diferencia, que es discutible, aunque una posibilidad teórica y práctica. Yo prefiero defender el feminismo de la igualdad que habría que encuadrarlo dentro del concepto de igualdad ilustrado. Pero el feminismo de la diferencia ha engendrado un sentimiento malsano que procede del resentimiento de la víctima. La mujer ha sido, a lo largo de toda la historia desde el neolítico, la víctima de la ideología machista defendida por las tradiciones religiosas, políticas y filosóficas. Estas ideologías y creencias han justificado el abuso de la mujer relegándola a simple objeto de posesión del hombre. Y esto ha engendrado un tremendo sufrimiento, pero no menor que el que han tenido razas consideradas inferiores a las que se las ha maltratado, torturado y esclavizado. Todo ello es producto de la tradición. Como de la tradición es producto el concepto de igualdad y dignidad en el que coincidimos todos los hombres. Pero como decía, la situación de víctima de la mujer ha producido un sentimiento vicioso y peligroso, que es el del resentimiento, y lo que está sucediendo en algunas reivindicaciones feministas es que se está dando largas a este sentimiento. De este modo las reivindicaciones de la mujer pasan de la igualdad a la venganza y la revancha. Curiosamente, y de forma contradictoria, asumen los valores machistas de la fuerza y la violencia, cosa que el feminismo debe superar. Éste, a ni modo de ver, no es el mejor camino a seguir. La tarea es la conquista de la igualdad de derecho desde la diferencia ontológica, que la hay, que es inevitable y enriquecedora. La igualdad entre hombres y mujeres debe ser de orden legal y en todos los ámbitos de la sociedad. Pero la diferencia es de orden ético y ontológico. Los valores femeninos –por supuesto, no exentos en el hombre, todos somos duales- del cuidado, la afectividad, la comunicabilidad,… deben ser incorporados a nuestra tradición y ello produciría un gran enriquecimiento ético. Por el contrario, si se lucha por la igualdad de las mujeres y los hombres desde el resentimiento y la venganza esto no hará más que aumentar la violencia de los hombres bárbaros y machistas que abundan más de lo deseado. La venganza engendra venganza. Las víctimas deben abandonar la conciencia de víctimas, independientemente de la recuperación de la memoria histórica que nos permita luchar contra futuras injusticias semejantes, y luchar desde su diferencia y particularidad ontológica y ética por una sociedad más justa e igualitaria.