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Filosofía desde la trinchera

Pensamientos contra el poder

 

 

                                   18 de noviembre de 2009

 

            Hay un tema importante de la ética, la política y la legislatura. Me estoy refiriendo a la capacidad de juzgar las culpas de un sujeto colectivo. Desde el punto de vista legal de momento esto es imposible, en la medida que las colectividades no son consideradas sujetos, y por tanto, caen fuera de ámbito del derecho. Pero la cuestión es grave. Podemos decir que cuando existe el conocimiento por parte de una sociedad del mal que desde el poder se está realizando, ésta, de alguna manera, es responsable. Así se ha llegado a la conclusión de que de alguna manera hay cierta responsabilidad moral en la sociedad alemana del exterminio de los judíos. Pero por ese hecho no fueron juzgados ni pueden serlo. Hubo el juicio de Nurenberg que juzga a los directamente culpables y a los ejecutores, pero deja sin juzgar la responsabilidad moral de todo un conjunto de ciudadanos, intelectuales y científicos, una gran mayoría, que participa de las ideas del régimen y que, de cualquier forma, consienten el mal. No hay juicio legal sobre esto, lo único que tenemos es la responsabilidad moral que la historia nos puede ayudar a reconocer en cada caso.

 

            Pues bien, esta reflexión también viene al caso de reconocer quienes son los culpables y los responsables de la crisis económica que vivimos, el cambio climático, el hambre, las enfermedades en el tercer mundo, los etnocidios, etc. Podemos señalar claramente a los culpables de cada uno de estos males, muchos de ellos coinciden. También una inmensa mayoría de los ciudadanos son conniventes de este mal. Hay una responsabilidad moral. En el caso de la crisis actual, con el hambre, el paro, la miseria,…que lleva aparejada podemos reconocer claramente a los culpables: los gobiernos de las superpotencias, los grandes bancos, el FMI, el BM, y algunas entidades más. Ahora bien, el problema es que no podemos juzgar a los que ocupan los cargos directivos, ellos están dentro del sistema. Si no hubiesen estado ellos estarían otros y todo seguiría igual. Cómo podemos juzgar a estos sujetos colectivos que son el origen del mal. El problema y la mala noticia es que no existen instrumentos legales para ello, sólo tenemos la posibilidad de la crítica y la denuncia moral. En el caso de la crisis económica la situación nos ha llevado a un cinismo espantoso. Los fondos públicos han sido utilizados por los dirigentes políticos para paliar la crisis que las mismas entidades habían producido, de tal manera que los ricos han seguido siendo ricos y el sistema se sigue manteniendo –aunque hemos sobrepasado los límites del crecimiento, luego estamos viviendo de un crédito que no podremos pagar- y los pobres han aumentado y son más pobres. Como digo no existen instrumentos legales ni nacionales ni internacionales que puedan juzgar a estos sujetos colectivos, ni siquiera, como en el caso del ejemplo alemán que he puesto, hay un reconocimiento moral de la culpa. De ahí el cinismo de la situación en la que nos encontramos. ¿Qué hacer entonces? Creo que la única salida es la revolución al estilo ilustrado. Hay una serie de gentes amparados en entidades que funcionan como sujetos colectivos que están fuera de la ley. La revolución consistiría en que el principio de igualdad ante la ley les llegara. Lo mismo que ocurrió en la ilustración, con las dos revoluciones, americana y francesa, se estableció el principio de igualdad de tal manera que los privilegios del antiguo régimen que dejaban fuera de la ley al clero y la nobleza, desaparecieron dando paso al concepto de ciudadano. Algo similar es necesario hoy en día. Sabemos quienes son los culpables, debemos exigir a nuestros políticos,poder ejecutivo, que elaboren los mecanismos que posteriormente el poder judicial pueda aplicar a estos malhechores fuera de la ley. Pero la tarea es larga porque todavía estamos en pañales en cuanto a la justicia universal en lo concerniente a los crímenes de guerra. La Corte Penal Internacional está en pañales y los estados, amparándose en la soberanía, pueden aceptar este tribunal o no, o restringir al poder judicial de la nación la investigación sobre casos de justicia universal como ha hecho España, habiendo sido un ejemplo por haber sido capaz de sentar en el banquillo a varios dictadores criminales de guerra.

 

                        18 de noviembre de 2009

 

            Leo en el número 197 de la revista Claves un interesante artículo titulado La evidencia de los derechos humanos de la historiadora Linn Hunt, se trata de una extracción de su última obra La invención de los derechos humanos. Aquí mantiene la autora una tesis muy interesante sobre el origen de los derechos humanos, pero que yo no comparto del todo. Se trata de explicar por qué en un momento determinado de la historia y en una cultura determinada, la occidental y la época de la ilustración, el siglo XVIII, tanto en América, como en Europa, surgen los derechos humanos y hay una sensación en los promotores de estos y en la población en general de evidencia. Es decir, se proclaman los derechos humanos, como algo natural, algo que concierne a la humanidad por el hecho de ser tal, algo, en fin, evidente. La autora nos viene a decir que esto es el resultado de una evolución cultural que afecta directamente a la estructura neuronal o cerebral, de tal forma que hace aparecer la empatía, sin la cual es imposible la comprensión de los derechos humanos, porque es imposible ver al otro como otro yo. Bien, el mecanismo es cierto, pero no del todo. Lo que la autora señala es que la evolución de las costumbres que hicieron al hombre más refinado, aumentaron el recato, el recogimiento, la individualidad, la limpieza, etc, unido al hecho de que la cultura se va progresivamente extendiendo cada vez a más ciudadanos que tiene posibilidad de leer noveleas, ir al teatro, escuchar música, etc, les lleva a tener un contacto con los otros de igual a igual. A través de la lectura de novelas se empieza a contemplar al otro como otro yo. Las vicisitudes que se cuentan en las novelas nos hacen semejantes a todos, de tal manera que de aquí surge la empatía e identidad que son necesarias para ser capaz de percibir al otro como un semejante. Esto es bien cierto, no lo dudamos. Pero tengo que hacer varias matizaciones. En primer lugar la cultura no estaba en el sigo XVIII tan extendida como para que los derechos humanos fuesen percibidos por la inmensa mayoría de la sociedad como naturales y evidentes. Los derechos humanos son un invento y una construcción histórica que se podría encuadrar dentro de una búsqueda de la dignidad humana. En segundo lugar, es cierto que en el cerebro, a título individual, se produce una transformación que nos hace percibir los derechos humanos. Evidentemente, esto es lo que sucede tras el proceso de socialización que es vehiculado por la adquisición del lenguaje. Ahora bien, en el cerebro está la capacidad innata de la empatía, sino no seríamos animales sociales, igual que está también la agresividad que explica nuestra cualidad en tanto que cazadores y el orden jerárquico de la sociedad así como la existencia de la violencia. Es decir, que en el cerebro está la condición de posibilidad de desarrollar los derechos humanos teniendo como base la empatía natural, en tanto que instinto. Pero ya no hay nada más. Los derechos humanos son una conquista ética que emergen como algo nuevo paulatinamente de la historia. Ahora bien, una vez que van apareciendo y se inscriben en el proceso de socialización, entonces modifican el cerebro, concretamente las áreas frontales que son las del pensamiento y la conciencia, lo cultural, digamos; y esa transformación nos predispone a captar los derechos humanos como naturales y evidentes, pero porque, en última instancia, en nuestro sistema límbico, que se encarga de las emociones, se encuentran las neuronas espejo que hacen posible el surgimiento de la empatía y ser capaz de ponerse en el lugar del otro. Pero, en si mismo, los derechos humanos son construcciones laboriosas que tienen su historia. En la época de los judíos era impensable que alguien ayudase a un samaritano, el pueblo judío ha sido siempre excluyente –véase, sino el antiguo testamento. Sin embargo Jesús de Nazaret, a partir de la parábola del buen samaritano funda la fraternidad, el amor al prójimo, base fundamental, aunque religiosa, de los derechos del hombre. Probablemente hay aquí una influencia del budismo y su concepto de compasión, y del induísmo que pone en pié de igualdad a todos los seres de la naturaleza, como también el taoísmo. Esto constituye una conquista ética de la humanidad. Lo mismo se puede decir del cosmopolitismo de los estoicos, del que ya hemos hablado en estas reflexiones. El cosmopolitismo es la consideración de que todos los hombres son hombres, iguales. También es necesario entender la teoría del derecho natural de la filosofía cristiana, el concepto de creación a imagen y semejanza de dios que otorga a todos los hombres la misma dignidad. El debate en España sobre la naturaleza humana o no de los indios. Y toda esta historia culmina con la revolución americana y la francesa que realizan sus particulares declaraciones de los derechos humanos. Nos enfrentamos a una historia de conquistas que van transformando la sociedad de tal forma que progresivamente los derechos humanos se van haciendo evidentes, aunque no lo son, en tanto que no son ni siquiera naturales, son construcciones éticas que, además, necesitan el respaldo de la legalidad. Mientras no estén legitimados por la ley, son papel mojado; o, a lo sumo, un ideal ético de la humanidad.

 

17 de noviembre de 2009

 

                        Autoridad, democracia y educación

           

Leo el último libro de José Antonio Marina La recuperación de la autoridad y no tengo más remedio que coincidir con él en su análisis contra la educación permisiva y autoritaria, pero también en la necesidad de recuperar la autoridad, pero como siempre hemos dicho, en un sentido etimológico y clásico.

 

            El problema de la democracia y de la educación, a mi modo de ver, y coincidiendo alegremente con ello con José Antonio Marina, es el de la falta de autoridad ligado al fomento de la mediocridad y a un desconocimiento o equivocación entre la democracia y la igualdad. Es un error histórico el haber abandonado la educación de la virtud, es decir, de la areté, que es la excelencia en los griegos. De ahí que los problemas que vemos en la escuela son los mismos que se reflejan en la sociedad y a la inversa. La crítica a los falsos valores que se nos están transmitiendo en la democracia es la misma crítica que podemos hacer a la educación en el sentido de que ambas han descuidado la educación en la virtud y han fomentado los falsos valores individualistas, antisolidarios, el relativismo del todo vale, lo superficialidad, el hedonismo romo y ramplón. A ello hay que sumarle también el terrible efecto del triunfo de una filosofía posmoderna que defiende el relativismo, como el fin de los grandes relatos de la humanidad, y con ello el fin de un discurso ético. Todo este conjunto de circunstancias disuelven la humanidad y la conquista de ese gran discurso y proyecto ético de la humanidad en busca de la dignidad. Como he dicho en muchas ocasiones considero que la ilustración es un proyecto, no caduco, como defiende los posmodernos y relativistas –haciéndoles un flaco favor a las distintas formas de poder- sino inacabado. Y el centro de este discurso es el proyecto ético universal de la humanidad en busca de su propia dignidad, algo que no se tiene sino que se conquista. Si queremos una democracia saludable, tenemos que tener una ciudadanía docta, en el sentido de virtuosa, que conozca sus derechos y sus deberes. Pero esto sólo se alcanza por medio de la educación.

 

            Pero vamos por partes, de lo primero que tenemos que hablar es de la autoridad. Hay que diferenciar entre el poder y la autoridad. El poder viene dado por la institución a la que se pertenece, la autoridad es algo que viene dado por el reconocimiento, ahora bien ,este reconocimiento tiene dos ámbitos, el primero es el que dona la propia institución y la sociedad y el segundo el que emana del propio individuo. Y es aquí donde está la cuestión. La sociedad y las instituciones tienen que velar por la autoridad que emana de las propias instituciones porque los individuos, salvo excepciones, no tienen porqué tener autoridad. Aunque de lo que se trata, que también habría que decir, es que han de conseguirla en su proceso de educación. Porque la autoridad está ligada a la virtud. La autoridad, a diferenta del poder, que es frío e institucional, emana del propio sujeto y tiene que ver con la virtud y la excelencia. De lo que se trata es de fomentar esa autoridad. Yo creo que tiene dos dimensiones, la moral y la intelectual. En este sentido, la autoridad, unida a la institución, es objeto por sí mismo de respeto. Hay una cosa curiosa que apunta José Antonio Marina y es la siguiente. Resulta que la democracia la definimos como el poder del pueblo, si queremos que la democracia funcione, el pueblo no sólo debe tener el poder, sino que debe poseer la autoridad. Esto es muy importante porque es una consecuencia directa de la ilustración, un pueblo con autoridad es un pueblo libre con criterio propio y autónomo. Y el tema aquí está en cómo alcanzamos una ciudadanía, que además de tener el poder tenga la autoridad. Pues para ello es necesario una refundación de la democracia que tiene como objetivo una moralización de la misma. El problema de la democracia es un problema de debilidad ética, es decir, de falta de virtud (fuerza) o areté, (excelencia). Y la única manera de solucionar el problema es por la vía de la educación.

 

            En las democracias actuales, en este mundo globalizado mercantilmente en el que el único valor es el mercado y en el que los ciudadanos sólo miran hacia sí mismo, nos encontramos ante una crisis ética. Se ha perdido la confianza en la virtud, de ahí que no se considere la autoridad como un valor fundado en la excelencia. Es más, se ha perdido incluso la capacidad de reconocer la excelencia. La corrupción impera por todos lados y frente a ella la respuesta de la ciudadanía es el desencanto y el comportamiento mimético en su propio campo. No se cree en las conquistas de la humanidad, en ese gran proyecto ético del que hemos hablado que nos ha llevado desde la barbarie a los derechos humanos. Hay que decir también que aunque disfrutemos de los derechos humanos, seguimos teniendo barbarie. Es más, como conquistas éticas de la humanidad están seriamente amenazados.

 

            Desde la ilustración para acá hemos ido saliendo del autoritarismo basado estrictamente en el poder y la fuerza arbitrarias. Esto es lo que ha hecho que tanto a nivel social, como a nivel educativo, la autoridad haya sido menoscabada. Hay que sumarle también, y el daño aquí no es poco, que la educación ha caído en manos de psicólogos y pedagogos, que intentan hacer de un arte, una ciencia. Han intentado reducir al hombre a meros hechos empíricos y generalizaciones inductivas. Estos “científicos” han rehuido de la ética y de la moral como algo de lo que no se puede hablar y que hay que desechar de la educación. Estos psicólogos y pedagogos han producido un tremendo mal en la enseñanza, porque, en definitiva, han eliminado la ética, y la educación, que debe estar basada en la autoridad de la que aquí hemos hablado, es una tarea ética. Por ello se ha pasado del autoritarismo arbitrario, al dejar hacer, sin sentido y sin norte; a la ausencia de los deberes en virtud de la omnipresencia de los derechos. Pero así lo que hemos producido es individuos esclavos. Porque la educación es la educación de la voluntad; es decir, de aquello que se sobrepone a nuestras pasiones. Y para ello se necesita autoridad y disciplina. La personalidad no surge porque sí misma, ni está marcada genéticamente. Es un mecanismo de retroalimentación entre ambiente (entre ellos la educación) y la genética. La ausencia de autoridad en la sociedad y en la escuela produce ciudadanos esclavos de sus pasiones, que sólo contemplan sus derechos, no los deberes. Y aquí está el problema, porque si no se posee la virtud, y esto requiere de la educación la disciplina (discere: aprender) la autoridad, no se posee la libertad. Se ha confundido la autoridad basada en la virtud que es de la que aquí hablamos con la autoridad arbitraria, por eso se rechaza. Se exige libertad absoluta. Pero esto es un engaño, no hay libertad sin cumplimiento del deber, no hay libertad sin ejercicio de la virtud, no hay libertad sin disciplina.

 

            En educación se ha oscilado en torno a dos modelos del hombre. Dos teorías antropológicas. La una que el hombre es un ser caído, malo por naturaleza, que necesita del poder y de la fuerza para ser disciplinado. Esta es una concepción del hombre subhumana; y es la base de las sociedades tradicionales anteriores a la ilustración. El modelo opuesto es el roussoniano, esto es, que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe. Si la sociedad corrompe al niño lo mejor es no hacer nada, dejar que desarrolle sus instintos “libremente”, esto es, el capricho, el egoísmo y el caos social. Hay que recuperar la autoridad en el sentido de excelencia y recuperaremos la libertad. Ahora estamos bajo la tiranía del individualismo y el egoísmo. Es necesario partir de una teoría más correcta del hombre, ni lo uno ni lo otro. Confío más en Kant que habla del fuste torcido de la humanidad, pero a la vez, es el forjador del concepto de dignidad, autonomía y libertad. El hombre es un fin en si mismo, por ello es un sujeto de dignidad, no puede ser tratado arbitrariamente. Todos somos iguales en tanto que somos sujetos, por tanto, dignos y respetables. Pero también es cierto que debemos conquistar nuestra libertad y nuestra autonomía por medio del proceso de ilustración. Estamos, como dice Kant, en una época de ilustración –todavía, después de doscientos años- no ilustrada. Y en qué debe estar basada esa educación-ilustración, pues a mi manera de ver en recuperar la autoridad, a nivel social y a nivel educativo. Pero ello lleva aparejado que el objetivo fundamental de la educación es una educación ética. De lo que se trata es de que el ciudadano se sumerja en ese gran proyecto de la humanidad que es el proyecto ético ilustrado que consiste en la conquista de la dignidad humana. Y esto, sin la unión entre el poder institucional y la autoridad ética reconocida por los ciudadanos es imposible. Pero para aplicar esta educación en la escuela es necesario recuperar la disciplina en el sentido que aquí le hemos dado. Disciplina no es castigo; sino ejercicio, esfuerzo, práctica. Debemos recordar la práctica deportiva para recuperar el concepto de disciplina. Hay que desenmascarar esta palabra de los prejuicios psicopedagógicos y posmodernos. Y el profesor es el que debe impartir esa disciplina: es decir el ejercicio en la exigencia del cumplimiento de los deberes. Y sólo así por medio de este ejercicio nos haremos libres, porque nuestra voluntad dominará nuestros apetitos que son volubles, caprichosos y tiránicos. La educación, en fin, debe estar basada en la autoridad y la disciplina, que tienen como objetivo la educación de la voluntad para que el futuro ciudadano conquiste su libertad y se convierta, él mismo, en una autoridad. Y de esta forma la ciudadanía tendrá, no sólo el poder, sino la autoridad. Ahora, discúlpenme ustedes, no le concedo ninguna autoridad a la ciudadanía, y por tanto, a la decmoracia. Es decir, que como no se produzca este cambio ético seguirá teniendo razón Platón y la democracia será el gobierno de los ignorantes, y recuérdese que el ignorante en Platón es esclavo, de esta manera se cierra el círculo de nuestra argumentación. Y para terminar hay que decir también que es necesario acabar con ese discurso fácil del posmodernismo, ese discurso que considera que los relatos se han acabado, que todo vale, con lo que al final lo que tenemos es el poder del más fuerte o el triunfo de cualquier ideología oscurantista. No debemos olvidar que la conquista de la humanidad es una lucha permanente.

 

13 de noviembre de 2009

 

La libertad y el intelectual comprometido

 

Yo amo la libertad, y no quiero ni puedo servir a ningún partido. Erasmus.

 

            Quiero hacer con este ensayo sobre la libertad y la actitud intelectual, que podemos llamar erasmiana, siguiendo a Dahrendorf, un homenaje a la figura de este filósofo y sociólogo recientemente fallecido. Para ello he seguido su última obra publicada: La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria. Lo que hace Dahrendorf en esta obra es analizar qué es lo que hay en la actitud, o ha habido en la actitud de ciertos intelectuales del siglo XX que no les ha hecho caer en las dos grandes tentaciones totalitarias: el fascismo y el comunismo. Se centra fundamentalmente en los intelectuales nacidos en la primera década del siglo, aquellos que tenía edad suficiente, pero no la suficiente madurez para escapar a ella, para caer en la tentación de los totalitarismos. En esta década hay tres figuras consagradas: I. Berlin, K. Popper y Aron. Podríamos incluir también a Bobbio. Pero el autor prefiere quedarse con los tres primeros como actitud erasmiana absolutamente probada. De todas formas estos tres autores se puedan aumentar hasta una lista de diez que nacieron en esta década. De la misma manera el autor estudia el papel y la probada actitud intelectual erasmiana, el intelectual comprometido, pero como observador comprometido de nuchos otros intelectuales del siglo XX pero que, por estar rodeados de otras circusntancias y pertenecer a otra generación no estuvieron sometidos a la tentación totalitaria en la que cayeron una inmensa mayoría de intelectuales.

 

            Nos enfrentamos en primer lugar a un doble problema, para empezar tendríamos que analizar qué es lo que hizo que la inmensa mayoría de los intelectuales cayeran en la tentación totalitaria, o fuesen indiferentes, y esto es de alguna manera participar en lo que ocurría, porque al final al menos pecaron de connivencia. El segundo problema es el de saber qué entendemos por intelectual. En el primer tercio del siglo XX tienen lugar las dos grandes ideologías que catalizaran la vida intelectual y que revolucionaran toda la historia arrastrando con ello a millones de víctimas. Estas ideologías eran omnicomprensivas, pretendían solucionar todos los problemas de la humanidad, nos estamos refiriendo al fascismo y al comunismo. Los dos anclan sus raíces en el siglo XIX y son epígonos pervertidos de la ilustración. El comunismo participa de la idea determinista de la historia que no es más que una visión secularizada de la religión. El fin último de la revolución comunista habría de ser la emancipación de la humanidad. Su ideal es el de la igualdad de todos los hombres. Por su parte el fascismo hunde sus raíces en las ideologías nacionalistas de la identidad, en las teorías que hablan del surgimiento de un hombre nuevo y de una raza superior. Esas ideologías participaban de una escatología que se había perdido con el advenimiento de los ateismo. El hombre estaba necesitado de una idea de liberación de los males sociales aquí en la tierra que llenase el vacío que había dejado la religión. A esto hay que sumarle las circunstancias históricas peculiares que se dieron con el desarrollo de la sociedad capitalista a partir de la revolución industrial. En definitiva, estas ideologías llenan un vacío metafísico, ético y político que había dejado la modernidad con su proceso de secularización e ilustración. Pero lo común de ambas ideologías, independientemente de su diferencia de contenidos, es que la adhesión a cualquiera de ellas es la renuncia a la libertad. Y esto último es precisamente la clave para entender porqué algunos no sucumbieron a estas ideologías a pesar de pertenecer a la generación más proclive. Y es precisamente que no renunciaron a la libertad. El intelectual erasmiano es un defensor de la libertad con toda la carga que ello conlleva. Y esto nos lleva a la segunda cuestión la de la figura del intelectual. (No voy ha hacer aquí un desarrollo de la filosofía de estos tres autores, ni de todos los que analiza el autor en su obra, si acaso abundaré algo en la figura de Popper que es el que más conozco y en el concepto de libertad de Berlin, de lo que se trata es de hacer un esbozos de la actitud del intelectual en su raíz erasmista o humanista). El intelectual es una persona que se dedica a las ideas, su objeto de trabajo es el de las ideas, su análisis, discusión. Lee y escribe sobre ellas. Se dedica a los objetos intelectuales. Pero resulta que en ciertas circunstancias se ve obligado a intervenir en defensa de la libertad y esto es lo que lo caracteriza. De tal forma que el intelectual es una persona comprometida, pero sin dejar de ser observador. El intelectual erasmiano, que sigue el ejemplo de Erasmus, frente a Lutero y Tomás Moro, es un observador comprometido, no es imparcial porque toma partido por la libertad y por los débiles, es un denunciante, pero no es un luchador activo, no pierde su perspectiva de observador. Es un vigilante de la libertad. De alguna manera su vida transcurre en una tensión, sino en una paradoja, no puede intervenir porque pierde su capacidad de observación y porque, además, al tomar partido, cede su libertad. Por eso tampoco el intelectual erasmiano o comprometido no es un luchador de la resistencia. Ninguno de nuestros tres ejemplos o cuatro empezando quinientos años antes por el propio Erasmus, estuvieron en la resistencia, fueron espectadores comprometidos. En mi opinión ésta es la tarea del intelectual y no se le puede pedir más. Y creo que el análisis de las ideas, la clarificación, la intervención pública del intelectual para mostrar sus pensamientos y ejercer la crítica frente a las diversas formas de poder que eliminan o quieren cercenar la libertad humana es lo único que puede hacer. El intelectual comprometido ni es un mártir, ni es un héroe (en algún sentido su actitud y resistencia sí puede ser considerada heroica) sino un luchador incansable por la libertad, un desenmascarador de los engaños, un hombre condenado a la soledad por no querer ceder un ápice de la libertad. El héroe y el mártir pertenecen a otra categoría moral. Los mártires y los héroes son hombres de acción y renuncian fácilmente a la libertad por luchar por una causa que consideran justa y verdadera. Por eso muchos intelectuales y ciudadanos normales cayeron víctimas de la seducción de las ideologías totalitarias del siglo XX. La clave por la que nuestros intelectuales no cayeron en esta seducción y tentación es su alto concepto de la libertad, que les permitió analizar desde la distancia el peligro que engendraban estas ideologías. Popper escribe su La sociedad abierta y sus enemigos en Nueva Zelanda, bien lejos de los tiros, quería estar tranquilo y a salvo. Mientras tanto dieciséis miembros de su familia son asesinados por judios, a pesar de ser cristianos bautizados. Esto deja claro que no era ningún héroe ni luchador de la resistencia, lo mismo ocurre con los otros dos y con cualquier intelectual comprometido. Esto puede hacer pensar que es una actitud cómoda, pero no lo es, es heroica en otro sentido. El intelectual comprometido que no se adhiere a ningún partido es un luchador solitario, no tiene compañeros, ni escuela, ni discípulos. Su vida es una lucha en solitario contra las tiranías y los abusos del poder en defensa de la libertad. Y yo pienso que sus ideas tienen consecuencias, quizás más de lo que podamos pensar. Son los guardianes de la libertad, que no es poco. Pero en este teatro del mundo que es la historia cada cual tiene que jugar su papel, o, mejor, saber interpretar su papel lo mejor posible; y al intelectual le toca ser un observador comprometido. Incluso entre ellos no existe ninguna relación especial. Y, por supuesto, sus filosofías no coinciden. Ahora bien lo que según Dahrendorf los une a todos es la ética de la libertad. En palabras del autor podemos definir la actitud ética, siguiendo las cuatro virtudes cardinales de la siguiente manera:

 

            He aquí lo que se necesita para poder resistir a las tentaciones que exigen la cesión de la libertad: ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido, que no se deja comprar y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción. Éstas son las virtudes, virtudes cardinales, de la libertad. ¿Suscita su seguimiento simpatía entre los contemporáneos? ¿Se trata de virtudes que uno quisiera recomendar a todos los hombres para hacer posible un mundo mejor? p. 87

 

            Así resume Dahrendorf las virtudes de la ética de la libertad. Y afirma que son las virtudes cardinales porque se corresponden con las virtudes cardinales clásicas: la valentía, la justicia, la templanza y la sabiduría o prudencia. El texto tiene dos partes, la descripción de estas virtudes de forma sintética, por un lado, y la pregunta sobre la actualidad de las mismas. Y estos son los dos puntos que vamos a analizar a continuación. Pero, por mi parte adelanto, que el mundo actual está necesitado de intelectuales comprometidos que actúen desde la ética de la libertad. Porque hoy en día los peligros del autoritarismo no han cesado, sino que vienen enmascarados.

 

            Analicemos ahora someramente estas cuatro virtudes cardinales que caracterizan la ética, en tanto que actitud y carácter, de la libertad. La primera de ellas es la de la valentía. Como hemos dicho el intelectual erasmiano –y podemos fijarnos en nuestros tres ejemplos- no es un hombre valiente. Precisamente frente a las circunstancias adversas de la guerra prefieren estar lejos de los tiros, fuera de las trincheras. Su trinchera es otra. No están en la resistencia. Asisten como observadores comprometidos, pero esto los aleja del mundo y de los demás, los condena a la soledad. No son valientes en el sentido clásico, pero su valentía consiste en la aceptación de la soledad para salvaguardar la libertad y esto es un camino de espinas, no encuentra uno nunca sosiego. El precio de la libertad es la soledad. En cuanto a la justicia el intelectual comprometido vive en la contradicción. No pueden pertenecer a ningún partido, no se les puede declarar de derechas o de izquierda: liberales o socialdemócratas. Asumen la contradicción que existe en el propio hombre. Son kantianos, frente a Rousseau y a Marx. Esto últimos renuncian a la libertad en pos de la igualdad. Los intelectuales comprometidos luchan por la libertad. Pero esta libertad está en tensión con la igualdad y la seguridad. Kant decía que no se puede hacer nada perfecto partiendo del fuste torcido de la humanidad. Y de esto participa la ética de la libertad del intelectual comprometido. No hay sociedad perfecta, se renuncia a la utopía, el análisis de ésta por parte de Popper es despiadado. Todo pensamiento utópico es un pensamiento totalitario. Quizás sí podríamos decir que la utopía de los intelectuales erasmistas es la democracia, la sociedad abierta. Pero la característica de ésta es que está siempre en construcción, es un modo ético de vida que debe ser conquistado en cada momento, una tarea del ciudadano y algo que las instituciones –que a su vez deben ser vigiladas- deben garantizar. En este sentido podríamos pensar la democracia como utopía, en el sentido en el que no tiene lugar, pero si es una idea regulativa, parafraseando a kant –a mi modo de ver, y dicho sea de paso, intelectual comprometido- de la acción ética y política. Los intelectuales comprometidos conocen la imperfección humana y la imperfección de la sociedad de ella resultante; por eso aceptan la tensión entre libertad y seguridad que en toda sociedad hay. La tensión entre libertad e igualdad. Los erasmistas defienden la sociedad abierta que garantiza la igualdad desde la ley, pero esta igualdad no elimina la libertad. Es una igualdad ante la ley. Es el estado de derecho frente al que hay que estar siempre vigilantes para que no se convierta en tiranía. Los totalitarismos lo que hacen es tirar por el camino de en medio y eliminan la libertad de un plumazo en nombre de una escatología final, una emancipación última de la humanidad. Pero los intelectuales saben y ello requiere valentía también, que la justicia es equilibrio. Que en la sociedad abierta se muestra la dinámica de este equilibrio. De ahí el concepto de libertad negativa y positiva de Berlin. Aunque a mi modo de ver, la primera es la condición de posibilidad de la segunda. Berlin se refiere como libertad negativa a la libertad de conciencia y de pensamiento; es decir, a la no coacción. Lógicamente Berlin lucha contra la tiranía y el totalitarismo. Sólo la sociedad abierta y democrática garantiza esta libertad en tanto que es salvaguardada por el estado de derecho. Pero digo que esta libertad es la condición de posibilidad de la segunda, la libertad positiva. La capacidad del hombre de construir su propia existencia, de ser dueño de su propio proyecto de vida.

 

            La templanza es la tercera virtud cardinal. El intelectual comprometido debe ser disciplinado, debe aguantar las tentaciones y seducciones del poder, de las ideas totalitarias. Debe ser austero y dedicarse al análisis de las ideas y a desenmascarar los engaños de las ideologías que emanan del poder. Y la última virtud cardinal de la ética de la libertad es la de la sabiduría o prudencia. El intelectual comprometido considera que la razón es el instrumento que nos sirve para entender el mundo y entendernos a nosotros mismos. Es el instrumento contra las tiranías y los totalitarismos. El conocimiento ejercido por el instrumento de la razón es liberación. Éste es el sentido ilustrado del conocimiento. El saber nos hace libre, y el instrumento de acceso al saber es la razón. La razón debe sustituir a la fe. Ésta última es la base de la creencia. En la religión creemos, en las ideologías creemos. Por eso, tanto la religión como las ideologías totalitarias nos esclavizan, porque eliminan nuestro instrumento de análisis que es el de la razón. De ahí que la razón debe sustituir a la fe. Este es el camino de la sabiduría y la prudencia. Popper lo defiende desde su racionalismo crítico. El camino del conocimiento es un camino por el que vamos reconociendo nuestros errores. Nuestro saber es falible. El camino del conocimiento es inacabable. Como llega a decir, educarse es vislumbrar la inmensidad de nuestra ignorancia. Todo saber es un descubrimiento de nuestra inmensa ignorancia. Lo que llamó Nicolás de Cusa y le gustaba repetir a Popper la docta ignorancia. Lo mismo que el maestro de maestros –otro intelectual comprometido, pero fuera de nuestro contexto,claro- el viejo Sócrates decía, sólo sé que no sé nada; pues bien, esto es la virtud de la prudencia. Pero hay que hacer aquí una matización interesante. La razón no puede caminar sola, está unida a los sentimientos, la razón por sí sola no existe. Tenemos que tener fe (no en un sentido trascendental, sino afectivo) o confianza en la razón. Lo que anima a la razón y al conocimiento es el sentimiento de curiosidad, la perplejidad frente al mundo, el descubrimiento de nuestra propia ignorancia, el afán de la consecución de una sociedad más libre y justa.

 

            Pues bien, así, y de forma muy somera queda caracterizado el intelectual comprometido, Dahrendorf parte de la figura de estos tres campeones de la libertad, partiendo del análisis de la vida del propio Erasmus, porque, como decíamos tuvieron que enfrentarse a la tentación y seducción de los mayores totalitarismos del siglo XX. Pero nosotros podemos universalizar el argumento y decir que esta ética de la libertad debe ser la ética del intelectual siempre y hoy en día también. Y de esta manera entramos a dar respuesta a las preguntas planteadas en el texto de más arriba. El intelectual que sigue la ética de la libertad es siempre necesario e imprescindible. Es más, si hoy en día se pone en duda el papel del intelectual es por dos razones. Los intelectuales suelen ser intelectuales orgánicos, es decir, pertenecen a partidos, han cedido, pues, su libertad. Y, en segundo lugar, al propio poder que siempre enmascara y tiende al autoritarismo le interesa que esta figura desaparezca, porque en definitiva, el intelectual comprometido es un disidente, un hereje, un heterodoxo, un inclasificable, alguien que no está en ninguna parte y en todas, un escéptico en el sentido etimológico griego, un buscador de la verdad y, por extensión, un buscador de una sociedad que garantice la libertad. Los intelectuales comprometidos son necesarios y no se les puede exigir la acción, su acción se ejerce desde la ética de la libertad, otra forma de acción seria la renuncia de la libertad. Digamos que el intelectual comprometido es un vigilante nocturno del propio estado. Un vigilante de los excesos del poder, de la pereza de los ciudadanos, un solitario que no puede casarse con nadie, que es capaz de apreciar las contradicciones y que sabe que no existe lo perfecto ni la verdad absoluta, que todo es revisable. Es un ilustrado, exige y persigue la autonomía. Pero no sólo que el intelectual comprometido en tanto que observador sea necesario en la sociedad de hoy –no voy a enumerar las amenazas de totalitarismos en las que estamos inmersos, la perdida gradual de libertad a la que estamos sometidos- es que lo que hay que perseguir es que la ciudadanía, si quiere salvaguardar su libertad, tiene que conseguir la autonomía, hacerse verdaderos ciudadanos. Éste era el ideal ilustrado. Pero esto está muy lejos de alcanzarse, además es imposible, por aquello de kant ya citado del fuste torcido de la humanidad. Es una utopía, una idea regulativa de la acción ética realizable en esa otra utopía que es la democracia. Pero precisamente por eso, el intelectual comprometido, la ética de la libertad, siguen siendo necesarios. Y, quizás, en este momento más que nunca pues nos hayamos en una crisis sistémica que entrelaza cuatro problemas que son terminales: la crisis económica, el cambio climático, la superpoblación y el agotamiento de los recursos que sostienen el sistema. Ante este panorama –y contando con una ciudadanía sumisa y desencantada de la democracia- las ideologías totalitarias pueden tomar partido y hacer su agosto o, mejor dicho, el peor de los estragos. Estamos realmente en una situación crítica que requiere de los intelectuales y de la ética de la libertad.

 

            13 de noviembre de 2009

 

            La actitud de la iglesia es impresionante desde una perspectiva de las apariencias. Se diría que da palos de ciego, que es atemporal, que está fuera de onda. Pero no es así de ninguna de las maneras. Las reivindicaciones de la iglesia tiene una lógica interna sólida y un fundamento filosófico-teológico y político absolutamente coherentes, si bien, también equivocados. Lo que también es cierto es que la postura de la iglesia con respecto a diversos temas es irritante en su superficie, pero estas posturas no son más que la punta del iceberg del pensamiento que se cuece en la cabeza del teólogo Ratszinger. En verdad que es irritante la postura de la iglesia contra el aborto, contra los preservativos, ni siquiera se admiten estos como un mal menor, para evitar muertes por sida. La iglesia actual ha abandonado el camino de apertura del concilio Vaticano II que se planteó la apertura a la modernidad, el replanteamiento de las relaciones entre el trono y el altar, las relaciones con la ciencia, con los problemas de la sociedad civil. Parecía que el concilio abría una nueva era en la iglesia, que intentaba engancharse a la modernidad afrontando sus retos desde la ética cristiana, pero evitando los fundamentalismos. Pero las cosas desde Juan Pablo II han cambiado y con el Papa actual se han radicalizado. Como digo, la iglesia no da palos de ciego, es todo un plan que obedece a una vieja doctrina teológica y filosófica que el actual Papa quiere reactualizar aprovechando las debilidades del mundo contemporáneo en el que nos encontramos. Su enemigo fundamental es la modernidad y lo que esto significa ético-políticamente: la autonomía y la democracia. Si bien es cierto que su actitud nos parece indignante, y para una gran mayoría les resulta indiferentes por extemporáneas, lo que es cierto es que la iglesia sigue persiguiendo el poder y con la debilidad democrática en la que hemos caído, junto con el pensamiento posmoderno triunfante y el relativismo ramplón que lo justifica todo, son un caldo de cultivo peligroso para que cale la ideología oscurantista de la iglesia actual. No comento las ingerencias de la iglesia en el poder público, que me parecen bochornosas, como esto de querer excomulgar a los diputados católicos que voten a favor del aborto, es tremendo, qué amenaza, con qué facilidad te quieren privar del reino de los cielos, ¡con lo difícil que es, paradójicamente, intentar apostatar! Aquí todo son trabas. La iglesia se cree dueña y señora de la moral, no acepta la pluralidad, sólo la verdad absoluta, que no es más que la interpretación que ella tiene de la verdad. A la iglesia le ha preocupado siempre el sexto mandamiento, ha hecho caso omiso al más importante, el quinto. Ha justificado las guerras, ha elaborado la doctrina de la guerra justa, actualizada en el nuevo catecismo de la iglesia católica. Ha abanderado las cruzadas, el exterminio de los indios de América, el genocidio del franquismo: el dictador bajo palio. Y ahora, que los mantenemos económicamente, se atreven a amenazar. Esto es de un cinismo extremo que sólo se explica porque tienen veinte siglos detrás de corrupción. Pero, en fin, decía, que no iba a comentar estos casos que no son más que el resultado de la doctrina de fondo que es la que aquí nos interesa. Pero la indignación y el bochorno que uno siente ante este poder, todavía demasiado fáctico, y su cinismo, propio de un Herodes, me hace señalar ciertos excesos.

 

            Pero vamos con el fondo de la cuestión. Lo que la actual doctrina de la iglesia pretende es eliminar, como decía, la libertad (autos-nomia) y la democracia (pluralismo, diferentes verdades, dialogo). Es decir, lo que la doctrina oficial de la iglesia dirigida por Benedicto XVI pretende es la reconquista y la cruzada. La iglesia, aprovechando la actual coyuntura política: debilidad de la democracia, relativismo, corrupción, nacionalismos, desencantamiento generalizado, lo que pretende es enmascarar su doctrina oscurantista como una nueva fe e ideología salvadora de toda la humanidad. Quiere aprovechar el supuesto fracaso de la ilustración, la debilidad de la democracia y sustituir toda esta filosofía por un nuevo mensaje que cale en las conciencias de un ciudadano despistado, desorientado, desencantado, egoísta e individualista, dado al consumo y al placer efímero, un ciudadano profundamente descontento. Lo que la iglesia nos viene a proponer, refugiándose para ello en las críticas que se le pueden hacer a los grandes relatos de la humanidad desde la ilustración para acá, desde las filosofías posmodernas, es un pensamiento, ya arcaico, en el que se basó la reconquista y las cruzadas. Un pensamiento totalitario y oscurantista. La filosofía del actual Papa, no va desencaminada, es profundamente inteligente, lo que sucede es que sus intenciones son nefastas. Lo que persigue, en definitiva, es la universalización de la verdad de la iglesia católica, apostólica y romana como única forma de pensar que debe regir la ética y los derechos (sistema legal) de los estados. A esto se le llama teocracia, sin rodeos. Porque no tiene poder físico, si no, nos íbamos a enterar. En esa cruzada quiere ir acompañada de otras religiones, el enemigo a batir son las sociedades democráticas contemporáneas a las que se considera absolutamente corruptas. Como decía, la doctrina de la iglesia aprovecha los análisis que hacen una crítica a la democracia, al capitalismo que crea una mentalidad de consumo, individualista, antisolidario, que vive el placer efímero del momento, para proponer una solución totalitaria, aprovechando el vacío y el desencanto de las conciencias. La cosas es más grave de lo que parece, porque se adueña de discursos que no le pertenecen, los hace suyos para sacar después conclusiones que se enfrentan directamente contra la modernidad (libertad y democracia). Por eso la primera crítica que hacen es al laicismo y encima, el cinismo de la iglesia, lo consideran intolerante. Y nos hacen distinguir entre laicismo y laicidad. El laicismo es la separación absoluta entre la iglesia y el estado dentro de un estado democrático que debe respetar la pluralidad de ideas y creencias y el dialogo entre ellas. El laicismo no es intolerante, al contrario, es una base absolutamente necesaria para la democracia que pone a todo el mundo en pié de igualdad. Las ideas y creencias se peden discutir esta es la base de la democracia, el diálogo. No es posible que una creencia se establezca en norma universal. Aquí lo que se intenta restaurar de nuevo es el falso derecho natural: la ley natural que dios ha puesto en el corazón de los hombres. La única ley que tenemos en nuestro corazón, o, mejor, en el ADN del núcleo de nuestras células, son las de la evolución. Y desde esta perspectiva el hombre es un depredador, por tanto agresivo, pero también animal social: tribal. Y con estos mimbres biológicos hemos creado la sociedad que tenemos. Por eso la historia de la humanidad es una historia de guerras y de exterminios, incluidos los que se han hecho y se siguen haciendo en nombre de la religión. Pero también la historia es la lucha por la conquista de la dignidad humana que se asienta en la libertad humana y en la conquista de la democracia –que se apoya en el laicismo- como forma de preservar esta libertad. Recordemos que las guerras de religión que asolaron Europa no tuvieron fin hasta que no hubo una separación entre el trono y el altar: secularización, y en esto consistió la paz de Wesfalia. No tenemos que olvidar la historia, y estos cínicos con sotana son especialistas en la tergiversación, en la doble verdad y el doble lenguaje, en fin, en la hipocresía que toda forma de poder conlleva.

 

            El enemigo a batir es la democracia y la libertad, los productos más floridos de la ilustración. Muchos son los que consideran que el discurso ilustrado está agotado, por mi parte, considero que el discruso ilustrado no ha sido realizado, independientemente de errores, excesos y todo lo que queramos. Pero la alternativa a la libertad y la democracia, no es el totalitarismo teocrático. Desde luego que la democracia vive momentos bajos, corrupción, desengaño,…que el capitalismo es una ideología que corrompe las conciencias de los ciudadanos: consumismo, individualismo, para en última instancia domesticarlos. Que el relativismo radical: todo vale, es la justificación de que la opinión más válida es la del más fuerte. Toda esta crítica que incansablemente podemos hacer, no desde el posmodernismo, sino desde el racionalismo crítico, desde la creencia en las verdades y en los valores de la libertad y la justicia y en que la razón debe ser la guía son de los que se apropia la iglesia y los tergiversa, haciendo un auténtico malabarismo intelectual oscurantista, que si no es desenmascarado a tiempo puede ser peligroso. Puede ser la ideología que fomente una lucha de civilizaciones, primero contra el capitalismo, aliado al resto de religiones monoteístas en sí fanáticas e igualmente intolerantes, y, luego, contra estas otras religiones. Una auténtica cruzada, que, a mi manera de ver, es una huida hacia delante, teniendo en cuenta la situación terminal (religión terciaria: solo ritual, que diría Gustavo Bueno) en la que se encuentra la iglesia católica.

 

            No podemos permitir que la iglesia se apropie del discurso crítico, porque la iglesia no es crítica, es dogmática. El discurso crítico tiene a la base el hecho de que las democracias son formas de gobiernos perfectibles, de la misma manera que se acepta el principio de imperfectibilidad de toda forma de gobierno. Pero por ello no se renuncia a los valores que dan vida a la democracia: la libertad, la igualdad, la dignidad, la solidaridad, el respeto, el diálogo,…de lo que se trata es que de la crítica surja una profundización en la democracia, no una eliminación. Hay que tener cuidado y estar avisados. En más de una ocasión las críticas a la democracia, unidas al desencanto de los ciudadanos, han acabado en las peores formas de gobiernos totalitarios, genocidas y etnocidas. La historia del siglo XX, empezando por nuestro propio país, está plagada de ellos. (En el nº 197 de la revista Claves Paolo Flores D¨Arcais, azote de la religión y los dogmatismos de la falsa democracia, escribe un interesante artículo sobre estos temas.)

 

 

                                   12 de noviembre de 2009

 

            El pensamiento de Platón es tremendamente sugerente en todos los niveles, desde su ontología hasta su ética y política, pasando por la teoría del conocimiento. A pesar de la severa, y no exenta de razón,  crítica popperiana a su ideal político, el hecho es que de la crítica que arranca este ideal político platónico es de sumo interés y actualidad. Me refiero a la crítica que hace a la democracia. Pero antes de entrar en este asunto tengo algo que decir sobre su teoría del conocimiento y ontología; es decir, sobre el innatismo y el idealismo. A la larga la razón en la teoría de conocimiento y también en la ontología la ha tenido Platón frente a Aristóteles, no quiere ello decir que la razón sea completa, pero sí más acorde con la ciencia actual. Platón viene a decirnos que el único conocimiento verdadero, universal y necesario, por tanto, es el de las ideas, puesto que las ideas son universales y necesarias. El conocimiento sensible, el que tenemos a partir de los sentidos es un conocimiento aparente, por tanto es doxa, opinión, porque es particular y contingente. Ahora bien, las ideas que tenemos no las hemos aprendido a través de los sentidos, puesto que son sólo racionales. Esto implica que el conocimiento de las ideas es innato, nacemos con ellas. En este sentido dice Platón, el saber es recordar lo que ya sabemos y que lo habríamos aprendido en el mundo de las ideas donde habitan las almas antes de su reencarnación. Esto último forma parte de la mitología platónica para hacernos entender su teoría del conocimiento y de la realidad. Pero la reflexión que yo hago aquí es que se puede actualizar perfectamente desde las neurociencias actuales y la teoría de la evolución.

 

            En realidad, gran parte de nuestro conocimiento, es innato. Es nuestro cerebro el que conoce. Nosotros somos seres inmersos en la realidad, no hay pues una separación objeto sujeto, esto es un mito creado desde toda la tradición occidental. Los orientales tendrían mucho que enseñarnos a ese respecto porque consideran, como así es, el dualismo, como maya, apariencia. Pues como decía, en tanto que estamos sumergidos en la realidad de la cual tenemos noticias a través de nuestros sentidos, que serían como los interface de nuestro sistema, es nuestro cerebro el que modula esta información que no es más que diferentes formas de energía. Nuestro cerebro es una máquina de fabulación que construye la realidad y toda esta realidad viene mediatizada y es posible a través del lenguaje, que no es ningún ente etéreo, sino que tiene su lugar en nuestra estructura neuronal y que además es un producto de la evolución, un mecanismo adaptativo que, en principio, mientras que existe ha triunfado. Nuestro cerebro es el que crea el objeto. No existe el objeto puro y neutro, sí existe la realidad, lo contrario sería el idealismo que nos llevaría a un callejón sin salida que es el solipsismo. Ahora bien, el objeto es tal en tanto que es constituido por el sujeto. Pero para esto último tendrá que llegar kant que considera que el sujeto cognoscente, hoy diríamos el cerebro desde el punto de vista científico, constituye -y esto significa que es parte activa- el objeto. No se puede entender el objeto sin el sujeto. En el sujeto se da lo a priori del sujeto, que son las estructuras del conocimiento que residen en el cerebro y lo a posteriori que es la información, estrictamente física que nos viene por los sentidos. El objeto es una unidad que anula el dualismo. El objeto es una construcción. La realidad, en si misma, es incognoscible, porque es el sujeto el que constituye, construye o hace posible el objeto. Insisto que esto no es un idealismo, ni un subjetivismo, porque en última instancia el sujeto del conocimiento es universal. Y ahora es cuando hay que añadir la teoría de la evolución y hacer una filogénesis del conocimiento. Nuestras estructuras del conocimiento, asentadas en las diversas áreas del cerebro y mediatizadas por el lenguaje son un resultado de la evolución y, además, son comunes a la especie humana, esto es, son universales. No tenemos otras estructuras del conocimiento que las que tenemos como resultado de la evolución. Y ni siquiera podríamos imaginar cómo sería otro mundo pensado desde otras estructuras del conocimiento. Nuestras estructuras del conocimiento, innatas y a priori, son la condición de posibilidad de que se dé el objeto, pero, a su vez, son el límite, no podemos salir de ellas ni ver desde fuera.

 

            Esto me recuerda al asunto del positivismooo científico, corriente de la filosofía de la ciencia que pretende que el conocimiento científico es un conocimiento de los objetos tal y como estos son independientemente del sujeto. El positivismo fue una gran filosofía de la ciencia, pero errónea, lo peor es que quiso trasladar su método al las ciencias humanas y esto es ya peligroso. Me comenta Esteban Mira, del que hemos comentado su obra en este diario, que algunos le acusan de falta de objetividad por introducir una metodología en la que se utilizan los juicios de valor. Pues bien, estas críticas son una herencia de la ya muerta filosofía positivista. No existe el objeto neutro y puro separado del sujeto, ni siquiera en las llamadas ciencias duras o naturales, mucho menos en las “ciencias” humanas. La objetividad es construida, las fuentes no son neutrales, ni en sí mismo, ni a la hora de ser leídas. Pero, como digo, esto no implica, ni un idealismo ni un subjetivismo, porque existen unas estructuras universales del conocimiento que constituyen la racionalidad del ser humano. Hay  que decir aquí también que la filosofía positivista, anclada en el mito de la separación total entre sujeto y objeto ha abonado un mito de la ciencia al que podemos llamar cientificismo que ha sido un fiel aliado del poder precisamente a través de la idea de progreso. Éste último ha sido también considerado como algo inevitable, el destino de la humanidad y que se basa en el conocimiento positivo de la realidad (del objeto) lo cual nos permite a su vez la transformación de la misma. De esta manera, lo único que nos queda es plegarnos a ese desarrollo tecnocientífico. Pues bien, esto no es mas que un enmascaramiento de la realidad y una forma de dominio. Una idea justificadora de la acción del propio poder, en este caso, económico, militar y político.

 

            Vamos ahora con el asunto de la crítica a la democracia. Coincido, como he manifestado en otros lugares, con la crítica que hace Popper al estado platónico, pero considero que la raíz, como adelanté ya, de la construcción de la teoría platónica del estado es en lo esencial correcta. Y lo que viene a decirnos Platón es que la democracia, en tanto que poder del pueblo, es el poder de los ignorantes. Y siendo el poder de los ignorantes nunca podrá ser un gobierno justo. La democracia se rige por la retórica, que parte del presupuesto de que no hay vedad absoluta, todo es verdad, por tanto todo se puede defender. La forma de defender es el discurso. De lo que se trata es de convencer. Si partimos de estos presupuesto el ciudadano nunca va a intentar aprender, salir de la caverna, o –más modernamente- de Matrix. Ahora bien, el discurso retórico está hecho para hacernos ver un mundo de apariencias, un conocimiento meramente opinable. De tal forma que la retórica se convierte en un instrumento de manipulación de las mentes. Si entendemos la retórica hoy en día en toda su amplitud nos damos cuenta de que es omnipresente debido a la omnipresencia de los medios de comunicación. Estos son los que crearán la realidad que el pueblo ve, eliminando otras realidades, en la medida en la que no aparecen en los medios de comunicación. La ignorancia es el no saber que no se sabe, y cuando no tienes la posibilidad de comparar, sopesar, disentir, porque sólo se te presenta un mundo –el que al poder le interesa- entones resulta que el ciudadano está en la ignorancia. Su mente está absolutamente manipulada. La posibilidad de la manipulación de las mentes de las personas hoy en día es inmensa, desde luego que no total, entonces habríamos entrado en el fin. Por eso, en esencia, la crítica de Platón a la democracia sigue vigente, aunque su salida, su teoría del estado totalitario, quizás que no sea la mejor. Lo mejor sería una mejora de la democracia asumiendo el principio general de la imperfectibilidad de la misma. La democracia como una forma de vida y como una construcción diaria que tiene su base en valores universales como el respeto, el diálogo, la solidaridad, la honestidad, la justicia social, la igualdad y la libertad.

 

            Frente a la retórica Platón propone la dialéctica (el conocimiento verdadero o la filosofia). La dialéctica es el paso de lo concreto, el saber aparente y opinable al saber de lo universal, la ciencia. Pero como Platón relaciona el conocimiento con la ética por vía del intelectualismo moral entonces resulta que el conocimiento produce la virtud, además de que el conocimiento es, en sí mismo, una actividad liberadora, porque es precisamente la ignorancia lo que nos tiene esclavizado. El efecto del saber es la virtud y la libertad. Platón es pesimista (o, quizás, realista) y piensa que sólo unos cuantos pueden alcanzar esta sabiduría y que estos serán los gobernantes justos. La ilustración y por eso de ella surge la democracia, piensa que el pueblo, por medio de la educación universal, alcanzaría la ilustración: ser autónomos y libres. Pero me temo que esto fue una ilusión de la ilustración que sería necesario replantear, puesto que considero que el proyecto ilustrado sigue de alguna manera vigente. Lo que es cierto, como hemos comentado antes, es que Platón sigue teniendo razón en lo esencial de su crítica a la democracia, en el sentido en el que los ciudadanos hoy en día por mucha educación universal y obligatoria, siguen siendo esclavos de la apariencia, de la omnipresente retórica del poder a través de los medios de producción.

 

 

                                   12 de noviembre de 2009

 

            Leo un artículo en el diario El País del catedrático de ética y filosofía política, Fernandez Buey sobre lo que se viene diciendo de los estudiantes universitarios en lo que se refiere a su actitud política. Lo  que se viene a decir de ellos es que están despolitizados, que no se interesan por la política, que en otros tiempos los estudiantes eran más activos políticmente. Bien, más o menos, coincido con las tesis de Fernández Buey al respecto y las amplio al resto de la sociedad. En esencia lo que nos viene a decir es que los estudiantes no están despolitizados, sino que están desengañados de la política que tienen; es decir, de la política profesional. Podríamos decir, entonces, que el estudiante, como el ciudadano en general es tan activo políticamente como lo era antes, lo que ha ocurrido, pienso yo, es que el sistema de poder ha intentado absorber la capacidad de acción política. Lo que ocurre es que los gobernantes, los que ocupan el poder ejecutivo, solo quieren que los ciudadanos, estudiantes incluidos, participen de la política de la manera que ellos quieren y tienen reglamentada. En definitiva, es una forma de control de la posibilidad de protesta y una forma de canalizar la acción desde un pensamiento único vehiculado por la supuesta dignidad de las instituciones. Claro, desde este punto de vista y desde esta actitud, cada vez hay menos participación en esta política. El ciudadano en general está asqueado de la política que hacen los políticos. Cada vez participa menos incluso en las votaciones. Es más, está absolutamente desencantado y sabe que al sistema bipartidista al que hemos llegado, en el que asola la corrupción, ética, política y económica, no es de ninguna manera creíble. Por eso el ciudadano y el estudiante rechazan la política institucionalizada que, además, se ha convertido en un mecanismo de control. Las acciones de los estudiantes frente a mediadas políticas, así como la de ciudadanos descontentos son calificadas desde los ámbitos institucionales como radicales y, dense cuenta, peligrosas para la democracia. El cinismo del poder es tremendo. Aunque gobierne una supuesta izquierda, el poder es siempre de derecha y conservador. Ayer precisamente, en clase, hablando yo sobre la pérdida de la capacidad que tenemos de manifestarnos y de hacer huelgas y que a ello ha contribuido el poder, una alumna me decía que lo de la huelga es delicado porque se daña a terceros. Hombre, pues faltaría menos, que presión frente al poder económico y político tiene una huelga, sino es la producir un daño. Toda huelga, como forma de presión, de alguna manera es violenta; pero es lo único que nos queda para enfrentarnos al poder. La actitud de este último, que quiere regular el derecho de las protestas para, dice, preservar el derecho de los ciudadanos, ha eliminado la posibilidad y eficacia de las diferentes formas de presión. Y, por su parte, la actitud de los ciudadanos, que se han vuelto absolutamente recmodones, individualistas y antisolidarios, hace del instrumento político de acción social transfrmadora que son las huelgas y las manifestaciones, una manera radical e inaceptable de hacer política. En definitiva, lo que sucede es que el poder lo tiene todo atado y bien atado. Quiere extirpar el espíritu de rebeldía, quiere perpetuar las actuales formas de poder y de entender la democracia, que no son más que la preservación del borreguismo de los ciudadanos y la corrupción moral y política de la “clase” política.

                        11 de noviembre de 2009

 

            Caín, la última novela de Saramago. Estupenda, una sátira del antiguo testamento y, por extensión, de la religión. El comienzo es ejemplar, tras una cita de la creación del hombre suscribe en lugar de La Biblia, el libro de éos disparates. Y este es el tono irónico, pero con un alto calado ético y con una intención clara, de toda la obra. Ni que decir tiene lo magistral de su literatura. Otra cosa que se me ocurre es el hecho de que algunas personas tienen una tremenda longevidad intelectual, este es el caso de Saramago. Sus mejores obras comienzan hace treinta años. Todas ellas son metáforas y alegorías, en su conjunto, que tienen una clara intención ética y política. Una unión perfecta entre ética y estética. Esto es de verdad literatura y éste uno de los mayores escritores del siglo XX, que no se queda en el mero esteticismo, siendo un virtuoso del mismo, sino que sus palabras están cargadas de ironía y crítica social. Sus novelas son una forma literaria de análisis de la realidad humana y social, no exenta de compromiso. El intelectual, como ya hemos dicho aquí, debe clarificar, pero no debe olvidar que esa clarificación, siempre limitada, le debe comprometer éticamente, es la limitadísima forma de acción que tenemos, no podemos renunciar a ella.

 

            La crítica al antiguo testamento, fundamento de lo que se ha llamado nuestra identidad europea es devastadora. Podemos leer el libro del antiguo testamento como una muestra de la literatura del mejor absurdo, a éste es al ridículo que lo lleva Saramago en su novela. Pero es que la cosa tiene consecuencias morales. Por eso el libro es un libro de disparates y, además, la creencia literal, como ha sido hasta hace muy poco en el mismo, no es más que un delirio. La religión no sólo es neurosis colectiva, que decía Freíd, sino, delirio colectivo: locura. Pero como digo, las consecuencias éticas son impresionantes. El libro que pasa por ser el fundamento de nuestra tradición religiosa occidental, no es más que un libro en el que se ensalza la ira, la venganza, la muerte indiscriminada, el castigo arbitrario, el exterminio, etnocidio y genocidio, incluso el exterminio de la humanidad entera por parte de su creador. Pero es que el sujeto de todo esto es precisamente el creador. Cómo vamos a apoyar una ética en un creador, señor de todas las cosas, que ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, que es el ejemplo de la arbitrariedad, de la tiranía, de la exclusión de las razas, del genocidio, et, etc. Es una auténtica barbaridad. Este libro no es mas que el libro de un pueblo errante, y su dios no es más que un dios particular que justifica, para domesticar al pueblo, las acciones políticas de los judíos contra otros pueblos. Un dios guerrero, sádico, incomprensible, un ser abyecto, degradado. Lo único que quizás sea verdadero es lo de aquello de que estamos hechos a su imagen y semejanza. Se me ocurre leer el antiguo testamente como una metáfora. En realidad, en tanto que somos hechos a imagen y semejanza de dios, somos seres inmorales, degradados, capaces de lo peor, en lucha por nuestra existencia, para lo cual exterminamos por las artes de la guerra, y sin escrúpulos, al más débil. En realidad, es una imagen del hombre. Por eso el antiguo testamento no es un espejo de moralidad, es un espejo de la naturaleza humana en su sentido biológico. En realidad el antiguo testamento es una religión arcaica, guerrera, que justifica los mayores crímenes de la humanidad en nombre de un dios señor de todas las cosas, pero este dios es un dios particular, hecho a la medida de las circunstancias. En realidad, una auténtica barbaridad. La humanidad tendrá que esperar el surgimiento de nuevos mensaje éticas, basados en religiones o no, para canalizar su propia naturaleza tribal hacia una sociedad más justa e igualitaria, todavía estamos en ese camino. Lo lamentable es pensar que este libro es el fundamente de nuestra cultura, craso error. Pero al entenderlo así podemos entender las cruzadas y las guerras santas, y el exterminio de los indios de América. La historia del cristianismo como institución de poder está ligada al mensaje ético del antiguo testamento. La conquista –grosso modo- de los derechos humanos está ligada al mensaje ético de los evangelios –libros no históricos, hay que decir- que hunde sus raíces también en la tradición budista y taoísta.