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Filosofía desde la trinchera

Reflexiones de un francotirador

Efectivamente, Maria Jesús, lo has ilustrado muy bien. La justicia es relativa a la clase dominante que es el que maneja el pensamiento dominante. El engaño de Platón es que nos hizo pensar, como señalara Nietzsche, que su filosofía era la filosofía verdadera. Pero Platón, enseñó a todos los poderosos y, sobretodo, a todos los totalitarios. Urdió una utopía, pensamiento cerrado, para convencernos de que su idea de justicia era la verdadera. Pero ésta, como decían los sofistas, Trasímaco, era la que le convenía al gobernante o, la del fuerte. En la dialéctica marxista, la de la clase dominante. Y, de esta manera, y siguiente en terminología marxista, se produce la alienación. Y la alienación en Marx no es sólo falsa conciencia, que también, sino justificación de la miseria y la pobreza. El engaño o la alienación vienen por parte tanto del oprimido como del opresor. El opresor, a menos que sea el que urde el engaño, vive en el engaño. La ventaja es que el fuerte con su engaño, más o menos consciente, vive bien; mientras que el débil, malvive. La educación, para todo poder, es el vehículo de la transmisión de los valores dominantes y justifcativos del estatus quo y del dominio del fuerte sobre el débil en toda época y en todo momento. Ahora bien, lo que sí es verdad y tu señalas, es que hoy en día estamos en una sociedad capitalista; por tanto, los valores que se transmiten son los del capitalismo. Esto es importante, porque el pensamiento hegemónico actual ha intentado urdir un sistema de pensamiento ideológico, al que llamamos pensamiento único, en el que habría quedado abolida la lucha de clase. Esto es grave, la clase media, los trabajadores (proletarios) y los pobres han perdido la consciencia de clase, con lo cual asumen el pensamiento hegemónico de forma automática, con toda la naturalidad. Además, este pensamiento presenta también un carácter utópico. Se identifica con la democracia liberal y defiende los ideales de democracia, por tanto, se considera el pensamiento definitivo, de ahí lo del fin de las ideologías de Fukuyama; que, por cierto, ya no cree en el fin de la historia. Y al ser el pensamiento validado por la historia se considera la verdad. Pero resulta que esta democracia con la que se nos adoctrina desde todos los ámbitos, y también desde la educación, no es un pensamiento crítico heredero de la ilustración, sino ideología del poder dominante que, como bien dices tú, y yo suscribo, es el del poder del capital. El poder político son comparsas del poder del gran capital. Por dos motivos: por ignorancia (alienación) y, sobretodo, por interés. La clase política tiene intereses en el poder del capital; sino no se hubiesen organizado las democracias como se ha hecho. Nos han hecho pensar, desde hace cuarenta años, que había una sola política económica posible, cuando realmente existen varias alternativas. Hoy lo vemos claro. La solución a la crisis del capital no pasa por cuestionar el sistema, a pesar de ser una crisis sistémica, sino por reducir el gasto público (eliminación de los derechos sociales) y una reforma estructural del mercado de trabajo. Cualquier economista crítico sabe que existen otras recetas contra el déficit público. Además, también habría que analizar de dónde procede el déficit público. En fin, que las democracias neoliberales se han transformado en la ideología del poder dominante, que en este caso es el del capital. Pero la estructura es siempre la misma. Todo poder intenta perpetuarse por medio de una ideología alienante que mantenga al débil a raya. La cuestión, con la que está cayendo, es pensar si es posible organizar una sociedad democrática no alienante, o, mínimamente alienante, en la que el poder político regule al poder económico. Soy, como Riechmannn, un pesimista activista. Con lo que estamos viendo no hay razones para el optimismo racional, pero sí para la esperanza del corazón. La salida es hacia una sociedad de decrecimiento sostenible. Pero hay dos formas: o por voluntad política y estamos viendo que hay poca, los gobiernos ceden a los intereses de los mercados, o por un choque contra los límites de nuestro propio crecimiento. Y esto es lo que, tarde o temprano, pasará. Y esto es lo que dará lugar al fascismo en el que ya nos estamos adentrando. Esto no es demagogia. Las guerras por los recursos energéticos, por los alimentos y el agua ya existen. Esto irá a más hasta que se produzca el colapso civilizatorio en la línea del ecologista e historiador Desmond. Somos un virus en la ecosfera, como sostiene Lovelock, el de la teoría de Gaia. Pero, como decía la bióloga Margulis, por mucho que lo intentemos nunca podremos con ella. Por otro lado, la solución marxista tampoco es viable. Por dos razones. El marxismo ha analizado bien estas crisis, que, por muy de origen financiero que sean, son crisis de producción, pero su predicción es errónea. Estas crisis no dan lugar a una revolución de los proletarios. Se le escapaban a Marx muchos flecos, entre otras cosas, que no se puede hacer una ciencia natural de la historia. Que, por tanto, no existen leyes en la historia. La idea de una emancipación de la humanidad tras la revolución de los proletarios, o de cualquier otra revolución, no es más que cristianismo secularizado que tiene a la base el mito del progreso. Y, la segunda razón, es que aunque la humanidad sea universal, desde su propia naturaleza biológica, no lo es histórico-culturalmente y esto hace inviable una revolución mundial, por muy globalizados que estemos, que sólo es económico-financieramente. ¿Cómo, si no, podemos entender que la izquierda, siendo internacionalista, se una a los nacionalismos identitarios, siendo estos la antítesis del marxismo? Y, encima, lo ven con toda naturalidad a través de un engaño del concepto de opresión. Ésta ultima es siempre económica, las diferencias étnicas o culturales son las diferentes ideologías alienantes del poder económico para oprimir al débil. Así que la defensa de la izquierda de las identidades étnico-culturales es un error de interpretación del marxismo, sino una farsa.

 

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            El mundo, la vida y la historia no tienen ni sentido ni significado, salvo el estrictamente natural y biológico. En ese estado el hombre es un ser que vive en la desesperanza. Por eso inventa las religiones, la filosofía y la ciencia y toda la cultura en general, para dar sentido a su existencia. Y de ahí que el hombre es un ser desesperado y abocado, por esa misma razón, a la esperanza. La esperanza es una estructura adaptativa que nos permite vivir. Sin esperanza no tendríamos ningún motivo para seguir viviendo; si acaso, sobrevivir. O, como decía un amigo,  sobrebeber. Por eso señalaba Albert Camus, que la única cuestión filosófica de relevancia es la del suicidio.

El estado totalitario es el vigilante nocturno. El filósofo debe ser el vigilante del estado.

 

Hermosa frase y hermosa reflexión. Gracias por la cita. Decía Agustín de Hipona: ¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta lo sé, si me lo preguntan no lo sé. Algo así como lo que les pasa a los alumnos cuando quieren escurrir el bulto y dicen que no son capaces de expresar lo que saben. Entonces es que no lo saben. Lo de Hipona es más serio. La cuestión del tiempo es de las más difíciles de abordar. Dos dimensiones tenemos: la antropológica-psicológica-existencial, en la línea que tu lo haces. Y físico-matemática. (En este ámbito se sabe mucho, pero las dudas son más profundas aún) En ambos casos, la respuesta sigue siendo, en última instancia, la de Agustín de Hipona. Y una última reflexión. La naturaleza del hombre es la de la existencia, no la del ser. El hombre es un ser (animal) arrojado al mundo, pero consciente de su principio y de su fin. Esa consciencia es el tiempo y eso es lo mismo que el existir. Por eso decía Hedegger que el hombre es un ser para la muerte. Es decir, consciente de su propia existencia, de la fluidez del tiempo, de su fin. De la confluencia final en la muerte, que es la eternidad o la ausencia de tiempo. Cuando joven definí la vida como un dejar. La muerte es la ausencia de todo. La vida un dejar continuo o un ir muriendo con la ausencia del tiempo. De ahí que esté bien eso del Carpe Diem. No confundir con la filosofía libertina, sino con el descubrimiento de que el tiempo es apariencia, lo único que existe es el instante, la eternidad. De ahí que en el evangelio se diga: Hasta que no seáis como uno de estos (los niños) no entraréis en el reino de los cielos. El niño es la ausencia de tiempo. Su inocencia es la inmediatez. Y el Reino de los Cielos es la metáfora que se utiliza para señalar la felicidad que no es, ni más ni menos, que la eliminación del tiempo. Sabiduría budista.

 

Efectivamente, Lucas, coincido contigo en tu análisis. Me parece un poco exagerada la identificación de los alumnos como “garrapatas capitalistas”. Además, esto realmente, no es un argumento. Maria Jesús, creo que te pierde un poco tu ortodoxia marxista. El capitalismo está muy transformado, por mucha razón que tuviese Marx. Ya digo que, después de haberlo criticado duramente, sigo quedándome con su fuerza ética, que nunca rechacé, y con buena parte de su “ciencia” económica, con muchos matices. Pero el problema es la educación. Y Lucas encuentra la clave. No es el sistema capitalista, es el poder. Por supuesto, esto es lucidez. No podemos perdernos en los árboles y no ver el bosque. Todo poder quiere el control. Es más, el poder es control. Socialmente, una de las mejores formas de control es la educación. Hoy en día, desde luego, tiene grandes rivales: los medios de comunicación-desinformación-domesticación de masas. Pero la cosa la vieron ya muy clara los griegos, precisamente en la época de la democracia. Los sofistas defendían que no existía la verdad absoluta. Y esto es un pilar importante de la democracia. Entonces la verdad era la de la palabra, la persuasión por la retórica. El objetivo era sano, lo que sucedía es que esa retórica (convencer de lo más útil o conveniente para la polis) se transforma rápidamente en demagogia (el arte de convencer con un objetivo privado enmascarado, en fin, engañar al demos.) Sócrates ve ese peligro y opta por el diálogo. Considera que sí existe la verdad, pero que no la conocemos y la debemos buscar en común mediante el diálogo. Ésta sería la esencia de la democracia. Pero Platón, el padre de todos los totalitarismos, va más lejos. La verdad absoluta, así como el bien, la belleza y la justicia existen y unos cuantos, los elegidos, la pueden conocer. Estos elegidos son los filósofos-gobernantes y –aquí viene lo importante y la relación del poder con el control por medio de la educación- y los educadores del pueblo. Los gobernantes diseñan desde la “filosofía verdadera” cuál y en qué debe consistir la educación del pueblo. Y ésta es la base del totalitarismo, da igual de qué color sea. Y luego ya, con los contemporáneos, se nos dijo con más claridad. Nietzsche es el primero que denuncia la educación como el vehículo de propaganda del poder. Los profesores jugamos el papel de rueda de transmisión de la ideología del poder (sea éste cual sea.) Y Foucoult, siguiendo a Nietzsche, en lo que se llamó la filosofía de la sospecha, consideró que la educación es un sistema de control y represión, como cualquier forma de poder, que él llamó biopoder. Lo mismo ocurre con la medicina, léase El nacimiento de la clínica de este autor. Lo que sucede es que aquí (ante el médico) nos damos menos cuenta. Aceptamos el principio de paternidad más fácilmente porque, cuando estamos “enfermos” estamos en una clara situación de debilidad; por dos razones: de salud y de ignorancia. La salud que defiende el estado no es porque le interese tu salud particular, eso al estado no le importa, le interesa que tú seas productivo y causes poco gasto al sistema sanitario. En fin, la cuestión es que es al poder al que le interesa perpetuarse. El sistema capitalista desbocado en el que estamos transmite sus valores por la educación y esa es una de las maneras de su forma de control. Ahora bien, el problema aquí reside en otro lugar. ¿Cómo es posible que una democracia se perpetúe en forma de totalitarismo?, o, para ser más claros, ¿es posible una enseñanza en la libertad? La enseñanza que tenemos defiende esos valores de la democracia, pero, es evidente, que no es así.

 

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            Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Esta sentencia clásica me parece de una vital importancia para el fundamento de una ética cosmopolita que debería ser la base de una política internacional. El origen de la sentencia de Terencio, aunque su autoría es discutible, es la filosofía estoica. Los estoicos descubren o inventan, mejor, el concepto de humanidad. Cuando se dice que soy hombre y nada de lo humano me es ajeno lo que queremos decir es que existe una igualdad entre todos los hombres. Y esta igualdad es, precisamente, la humanidad. Si nada me es ajeno es que yo participo de los vicios y las virtudes del hombre, porque soy tal, independientemente de la nacionalidad, la religión, el estatus social… En fin, que todos los vicios que la humanidad pueda tener los puedo tener yo, igual que las virtudes. Esto es un punto importante de encuentro. Por otro lado, si soy capaz de reconocer en mí los vicios y virtudes de la humanidad, entonces puedo verme en el otro. Es el otro el fundamento de la ética, tanto por sus virtudes como por sus vicios, que son los mismos que los míos. El comportamiento ético se basa, precisamente, en saber que el otro es otro yo, un alter ego. Y, por tanto, un sujeto. Lo que consiguen los estoicos y después extenderán los cristianos es fundar el concepto de humanidad en el sentido de fraternidad y éste sería el fundamento de una ética universal que después recogerían los derechos humanos. El cristianismo traía el mensaje de hacer el bien al prójimo (la parábola del samaritano.) como, según el cristianismo todos somos hijos de dios y semejantes a él, todos somos iguales. Por tanto, el mensaje del evangelio debe transmitirse a toda la humanidad, es universal, eso es lo que significa católico. Y por eso el cristianismo, al extenderse por Roma, se hace y se funde con el estoicismo. Y el desarrollo de todo esto, después de la institucionalización de la iglesia y la oscuridad de la edad media, el fanatismo y la intolerancia, es la ilustración, con su proclamación de los derechos del hombre y el ciudadano. No olvidar el papel de fray Bartolomé de las Casas con su “Derecho de gentes” en la defensa del indio como persona. Éste fraile representó la transmisión jurídica del fundamento ético de los derechos humanos en cuya realización y consecución aún andamos.

 

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Si no actúas como piensas vas a terminar pensando como actúas. Esta sentencia de Pascal es tremenda. Nada más y nada menos que trata de la coherencia y consistencia de la acción humana. Y, de paso, también de la libertad. Hay que perseguir como ideal ético de la acción la primera parte de la sentencia. Aunque, previamente, hay que conseguir pensar por uno mismo y saber que nuestro pensamiento está siempre sujeto a revisión. La segunda parte tiene que ver con la libertad. A mi me gusta decir que cuando sólo tenemos opiniones somos esclavos de ellas. Cuando exigimos, como el pensamiento políticamente correcto nos dice, el respeto de las opiniones, entonces caemos en la tiranía de las mismas. En definitiva, nuestras opiniones obedecen a las pasiones. Son prejuicios e ideologías, e, incluso, justificaciones racionales de nuestro hacer. Por eso es necesario el autoanálisis. Saber de dónde vienen nuestras opiniones, dudar de ellas, trascenderlas, que decía Ortega y transformarlas en paradoxa, conocimiento racional bien fundado. Por eso esto tiene que ver con la libertad. La pasión del conocer es la pasión de la libertad. Hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de nuestras opiniones y creencias no nos pertenecen, vienen de fuera y tienen el objetivo de hacernos siervos.

 

 

            Vamos, hombre, José Miguel, que no es para tanto, recuerda la sabiduría del final del tercer acto… Creo que en tu discurso confundes dos cosas importantes. Las instituciones y la cosa pública con los individuos. La separación no es tan tajante, a mi modo de ver. Estoy de acuerdo con que a las instituciones, a los gobernantes, hay que pedirles y exigirles claridad, por supuesto. Las instituciones deben ser claras. Pero las instituciones están regidas por individuos, a pesar de ser construcciones sociales. Estos individuos deben ser claros y honestos en el desempeño de su función pública, como tu bien dices. Y los ciudadanos, vigilantes, debemos exigírselo. Pero esa esquizofrenia entre la función pública y el individuo no la acabo de entender. Sigo siendo socrático en este asunto y griego, en general. Somos animales políticos, vivimos en polis, nuestras virtudes tienen que ser excelencia. La virtud era areté (excelencia), para los griegos. Y, en tanto que excelencia, debe ser ejemplar. La vida privada es sólo la vida doméstica, no la que tiene que ver con la ética pública. Y en nuestra vida doméstica privada, puede y habrá todos los claroscuros que sean, cómo no, incertidumbres, frustraciones, complejos, neurosis, de todo…en fin. Pero nuestra participación pública debe estar guiada por la ética. Si no es así nos han ganado. Porque lo que quiere el poder es recluirnos en la vida privada, por un lado y, por otro, como tu dices, burocratizar toda nuestra vida pública (el ejemplo lo tenemos en la educación) para fundar un poder totalitario. No podemos reducir la ética a lo privado, porque la ética se basa en la alteridad, en la relación con el otro, tanto privada como pública. Nos construimos como personas y como seres éticos a partir de la relación con el otro. Y el camino ético es, también, conocimiento, es búsqueda. Y ejercicio, hábito. Y en nuestra vida pública debemos mostrar al menos la ejemplaridad de ser buscadores de la virtud política. Probablemente esto no tenga nada que ver con Natalia, ni mis discursos van dirigida a ella. Yo he hablado contigo intentando explicar una posición ética de excelencia a través de una reflexión sobre tu obra, porque me pareció, aunque puedo equivocarme, que tu comentario tenía algo que ver con el tercer acto…y esto me recordó nuestras viejas polémicas y esa época fantástica del Diógenes de la que disfruté y aprendí tanto.

 

Esta si que es buena. La Secretaria del Estado de Educación dice que los alumnos de 4º de primaria tienen un buen nivel de conocimientos, según se deduce del plan de evaluación, el problema es que no son capaces de aplicarlos. ¡Toma ya, ahí es nada! Y, añade, el problema es que tienen una educación excesivamente teórica. Estos señores no se bajan de la burra. Y lo de la burra me recuerda al chiste de aquel que decía que tenía un burro que sabía leer y tras la prueba, esperando una hora, sin que el animal dijese nada, soltó, como la secretaria, sabe leer, lo que pasa es que no sabe pronunciar. Pues eso es lo que les pasa a nuestros alumnos según los responsables de educación, que saben mucho, pero no lo saben aplicar. Hay que joderse la estupidez que hay que soportar. Y, encima, resulta que les enseñamos demasiada teoría. Venga, más folclore y tonterías, más motivación, y menos autoridad y disciplina. Más señoritos satisfechos. El daño es irreparable, los que se salvan son por cuestión genética, diría yo que están genéticamente blindados contra la estupidez de la LOGSE-LOE. Pero, están también los listillos, que en otro sistema, llegarían lejos, y aprovechan la coyuntura y se convierten en trepas y oportunistas. Cínicos sin moral ni principios. ¡Venga ya!

 

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Hay una poesía que actúa como fundamento de las patrias y sin la cual no podríamos entender el odio…Necesitamos controlar a la poesía, tras cada limpieza étnica hay un poeta" Zizek. Este filósofo intenta desenmascarar los enredos del poder. Hay que tener cuidado con las ideologías. El fin de las ideologías da paso a las ideologías, siendo él mismo una ideología. Y las ideologías son la consciencia que el poder introduce en los ciudadanos a partir de la cual ejerce su violencia. Y los intelectuales somos muy culpable de todo ello. Primero, porque somos los que producimos las ideas, y, segundo, porque no las analizamos y combatimos seriamente, transformándose en peligrosas y violentas en manos del poder. El filósofo debe enseñar. Y enseñar es esclarecer, desenmascarar las ideologías del poder. Y, para enseñar, lo primero que hay que hacer es acabar con las máscaras del relativismo.

 

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            No existe la identidad, solo la alteridad. Ése es el sentido de que el hombre sea un animal social o gregario. Somos seres en construcción. Y nuestra construcción siempre se da al calor de los otros. En la máxima soledad estamos en diálogo con los otros, porque nuestro yo es diálogo, alteridad. Lo de la identidad es una ficción, un mito. Necesitamos de los otros para existir y crecer.

 

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            Para recuperar el orgullo de ser sindicalista hoy en día se requiere la recuperación de todo lo que hemos perdido a manos del capitalismo desbocado. El problema es que los partidos de izquierda y los sindicatos le han hecho el juego y el camino más fácil a este capitalismo. Recuperar el orgullo requiere: recuperar la democracia por medio de varios pilares. Recuperación de las ideas de izquierda, transformación de los partidos políticos en verdaderos representantes del ciudadano, no en clase política ensimismada en sus luchas de poder. Recuperación de los sindicatos que unifiquen la consciencia de todos los trabajadores. El capital se ha preocupado por eliminar la consciencia de clase haciéndonos creer que no existen las clases sociales y dividiendo a los trabajadores en distintos sectores con intereses diversos. Sí existen las clases y el poder lo sabe. Los sindicatos no se recuperarán hasta que no asuman que son sindicatos de clase y que hay una sola clase de los trabajadores. Hoy, más que nunca, nos damos cuenta de que la sociedad está absolutamente polarizada. Pero nuestros gobernantes siguen haciéndole el juego al verdadero poder: el del capitalismo desbocado.

 

La especulación en las apariencias produce daño en la realidad. Realidad y apariencias se confunden en este baile de máscaras de la sociedad posmoderna y poscapitalista en la que vivimos. Pero, al final, el sufrimiento de los muchos es real. El para, el hambre, la miseria,…son reales para el que los vive aunque sean materia de especulación en el mundo aparente de la economía financiera.

 

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            Leo un libro, no demasiado bueno, aunque el tema lo es, sobre una facultad humana, la estupidez. El título es sugerente, El poder de la estupidez. La verdad es que siempre he pensado que hemos fundado nuestra sociedad occidental, a cuyos epígonos asistimos, sobre un mito: el de la racionalidad humana. Fue Aristóteles el que nos definió como seres racionales, frente al resto del reino animal. La verdad es que nuestra racionalidad es escasa, más amplia es nuestra estupidez, si no, no hubiésemos llegado al mundo en el que estamos. Una locura organizada nacida de la estupidez, no de la razón. O de la razón estúpida; es decir, de la que está ligada a los vicios, soberbia, vanidad, ansia de poder, idolatría. El hombre es un ser con capacidad de conocer. Y en esto no es diferente al resto de los seres vivos: la adaptación es conocimiento. Dentro de esa facultad de conocer está la racionalidad, pero es escasa. La razón no es nunca pura, está cargada de pasiones. Nuestro obrar viene marcado por las emociones, los sentimientos y la razón. Todas estas facultades en unión indisoluble, desde luego, no inanalizables. El problema de la estupidez es que es más amplia de lo que pensamos. Su mal reside precisamente en que está ligada a la ignorancia. El estúpido ignora que lo es, a pesar de que pueda ser inteligente, pero su inteligencia está contaminada del vicio. Creo que la estupidez es algo común al vicio. Y de esto, poco hay que añadir a lo que ya dijo en su ética Spinoza. Que tomen nota los psiquiatras y psicólogos y lean el análisis de los afectos de Spinoza. Nuestros vicios residen en ideas inadecuadas, su raíz es una falta de conocimiento; de ahí lo de la estupidez y la ignorancia. El problema es que la ignorancia es un caldo de cultivo para aumentar la estupidez. De ahí el acierto de Freud, en la línea de Sócrates: conócete a ti mismo. Lo interesante es ser capaz de hacer esto por uno mismo y tomárselo como tarea vital. Como reza la más descomunal de las sentencias socráticas: una vida sin autoanálisis no merece la pena de ser vivida. El error de occidente, que no ocurrió en las religiones y filosofías orientales, es que nos consideramos animales racionales e inteligentes y nos olvidamos de nuestra amplia estupidez, entre otras el pensar que somos sólo racionales y eso nos ha llevado a donde estamos. La estupidez vinculada al poder se retroalimenta y se ciega definitivamente.

 

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            José Miguel, no es miedo. Tampoco pretendo una sociedad burocratizada y perfectamente organizada, eso lo denuncio como totalitarismo y tu bien lo sabes. Lo que no me gusta son las máscaras. Sabes que soy reacio al disfraz. Bastantes personajes representamos ya a diario, para qué ocultarnos en otro más. Lo que no me gusta es el posmodernismo. La máscara confundida con la realidad. Te acuerdas que nunca estuvimos de acuerdo con el tercer acto de tu excelente obra La sombra de un farol. Mientras que me sentía plenamente identificado con los dos primeros actos y admiraba la capacidad de proyección de valores éticos a través del arte, la estética, con el tercer acto, quizás no lo entendí nunca, no pude identificarme. Estéticamente, o artísticamente, era el mejor, pero ahí se traslucía, a mi modo de ver, el posmodernismo. El baile de máscaras, el camaleón, todo ello, a pesar de algún discurso serio que recobraba el sentido común y lo verdaderamente importante, me llevaba al relativismo. Para mí –es mi punto de coincidencia fundamental con la dogmática de la iglesia- éste es el máximo mal de la humanidad. Además creo, que, como siempre, los filósofos hemos favorecido al poder. Alimentando el discurso posmoderno hemos alimentado el relativismo que forma parte del pensamiento único hegemónico con el que el poder tiene adormecidas a las consciencias. Hay que retomar la heroicidad de la ética. Todo está en los griegos. La lucha contra el relativismo también. Y los cínicos son universalistas porque saben lo que es importante y lo que tiene importancia. De modo que el camaleón, como cínico actual, es el relativista, el oportunista. Nada tiene que ver esto contigo. Sólo digo que es una lectura del tercer acto, que, por lo demás, lo discutimos en profundidad en su momento. No hay que dar salida al relativismo, hay que quitarse las caretas y no tener miedo a equivocarse. El relativista se esconde en la relatividad del conocimiento y de la ética, es un cínico político: un oportunista. El relativismo es el triunfo del más fuerte. Frente a las máscaras y las falsificaciones mi propuesta es la de la búsqueda de la verdad y la virtud, con firmeza y con pasión. Nada de tibiezas, como muchas veces hemos dicho. Y, a estas cosas, si que el poder les tiene miedo. Lo otro queda en el vacío del arte posmoderno, sin mensaje ni contenido…sólo válido para la especulación.

 

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            Los filósofos han perdido el norte. Los podemos situar en dos bandos. Los que siguen los pensamientos de moda que hacen un flaco favor a la ciudadanía. En definitiva siguen al poder y fomentan el pensamiento hegemónico. Y los que se encierran en la academia. Estos ni siquiera son filósofos, son eruditos o doxógrafos y sus preocupaciones son de interpretación, no de problemática filosófica. Su interés es mantener el currículo a base de publicaciones hueras. Luego está el verdadero filósofo. El que se dedica, como decía Kant –y es curioso que él fuese de estos, aunque no lo parezca- a la filosofía mundana. El que intenta responder a las cuestiones de toda la vida en la versión en la que aparecen en cada momento histórico. El filósofo, hoy más que nunca, tiene que estar en el ágora. En la plaza está su lugar común. No hemos salido de los griegos. Sócrates sigue vivo. La educación, realmente, no está en los centros de educación. Estos son centros de control y domesticación.

 

 

            La desglobalización del capital pasa por la politización de la humanidad. Decía José Luís Sanpedro que estamos viviendo en una época de tecnobarbarie. A ello deberíamos sumarle lo de una barbarie de la economía apoyada en la tecnobarbarie. Todo ello es una deshumanización completa. Y eso consiste en una transformación del sujeto en objeto. El paso atrás ético-político se cifra filosóficamente en la pérdida de la categoría de sujeto. Hablando menos técnicamente: anulación de la dignidad y la libertad. ¿Hemos ganado más libertad con el euro? ¿Por qué no salir del euro? Son los mercados los que nos dirigen, no la política. No podemos claudicar ni ser indiferentes. La hecatombe de la segunda guerra mundial tuvo dos causas fundamentales: la crisis económica y la indiferencia de la ciudadanía. De ahí lo de la vanalización del mal de Anna Arendt.