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Filosofía desde la trinchera

Reflexiones marginales

            Me ha parecido estupendo tu artículo, Esteban. El asunto de la justificación ética de las acciones políticas es de importancia, sobre todo cuando éstas justifican el colonialismo (genocidio y etnocidio.) De lo que se trata es de pura ideología del poder para sostener su acción ante la ciudadanía. Y, como bien dices, es cuestión que se ha repetido a lo largo de la historia. Podríamos decir que es propio de la condición humana, de ahí tu escepticismo sobre el tema de que en un futuro se pueda llegar a una ética universal. Yo pienso igual, pero considero, al modo kantiano, que la acción política debe dirigirse por la idea regulativa de una ética cosmopolita. Los estados-nación, que aparecen en la modernidad, tiene que dejar paso, sin claudicar de su existencia, eso es imposible y, probablemente no deseable porque abriría las puertas a una dictadura mundial, a una legislación ético-política internacional vinculante, no sólo de buenas intenciones. Creo que el siglo XXI debe contemplar esta posibilidad y creo, además, que es el camino que debemos emprender si intentamos solucionar los problemas globales a los que la humanidad se enfrenta. Si no somos capaces de esto me temo que nos adentramos en una época de barbarie semifeudal. Una época de fascismo de las grandes corporaciones que se dividirán lo que queda del pastel. Un caos civilizatorio, en definitiva. Urge, pues, una salida ética-política cosmopolita y esto sería la antesala de una nueva historia de la humanidad. Pero, a mi modo de ver, todo apunta hacia lo contrario, una época nihilista caracterizada por el fascismo económico y político, la tecnobarbarie, la hiperburocratización, el hiperindividualismo y el hipercnsumo. En suma, el fin de la modernidad y el triunfo de la posmodernidad con su gran engaño. El progreso es contingente y, de la misma manera que conquistamos el concepto de persona y dignidad, hoy en día y, paradójicamente, lo hemos perdido enmascarado de democracia. Y ésa ha sido la justificación ética, la democracia, del imperialismo actual, que no es sólo de EEUU, sino mundial. Algo así como sostienen Hardt y Negri en “Imperio” y “Multitud”.

 

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            Las revoluciones necesitan de los ciudadanos. Los ciudadanos alcanzan su mayoría de edad cuando su estado de opresión y miseria supera sus fuerzas. Entonces la ciudadanía se transforma en la luz y el poder en la oscuridad. La libertad está de parte de los ciudadanos y el miedo con el poder. El poder es más débil de lo que nos parece, lo que ocurre es que tenemos demasiado miedo y preferimos la seguridad de que todo siga igual. Por supuesto que la ciudadanía por sí sola tampoco va hacia ninguna parte, necesita de organización, de ideas reguladoras, para no caer en la barbarie, el caos y la tiranía. Pero el hecho de que los individuos se echen a la calle es una prueba de madurez y de plantar cara a la corrupción del poder. En Oriente Próximo también se nos está señalando a nosotros con el dedo. Por dos razones, primero porque hemos apoyado los regímenes totalitarios de esos países musulmanes, engañados por el miedo al islamismo y, en segundo lugar, porque aquí, en plena Europa se está desmantelando el estado social ante nuestras narices por parte del fascismo económico y con la cooperación de nuestros representantes políticos y nosotros sin hacer nada. El neoliberalismo está ganando todas las batallas, esperemos y sigamos el ejemplo de lo que es ser un buen ciudadano, que no gane la guerra.

 

Primero. Nadie ha dicho que ocurriesen de la noche a la mañana, pero sí en cuestión de décadas. La democracia, a nivel mundial, no la española, que salió viciada y blindada desde la constitución, para que sea lo que es, lleva en crisis cuatro décadas. Y desde 1970 ya hay modelos sociales y económicos alternativos que tienen que ver con los modelos de crecimiento.

 

            Eso que llamas tan básico, no debe serlo, cuando la inmensa mayoría vota a los dos partidos que no lo quieren porque desde la constitución está resuelto a su favor. Izquierda Unida y UPyD, no son ninguna utopía, sino opciones serias y presentan alternativas. No identifica IU con el comunismo, ni éste con la Unión Soviética. De todas formas el marxismo está anclado en el modelo capitalista. Es necesaria una reforma del mismo que tiene que ver con el ecosocialismo. Éste último implica una regeneración de las relaciones humanas y de éstas con la naturaleza, desde la perspectiva de los límites de la biosfera de la que somos parte necesariamente. Una redistribución de la renta y una redistribución del trabajo. En última instancia una política económica del decrecimiento. Y esto, que no sé si te sonará, pero que no desarrollo, por lo amplio y técnico del asunto, no es ninguna utopía. Entra dentro de lo que llamaríamos una ingeniería social fragmentaria, que es lo contrario de una utopía. En cuanto a UPyD, no presentan una alternativa económica, pero sí democrática que es conveniente tener en cuenta. Esas opciones no son utópicas, son, dadas las circunstancias de engaño, ignorancia y miedo, inviables, de momento. La utopía, más bien, la distopía, es el modelo en el que vivimos que es el neoliberal que tiene a la base un dogma y es el crecimiento ilimitado y que liga éste, imposible de suyo, por el principio de entropía, al desarrollo social y democrático. Otro mito y farsa. El país llamado a sustituir a los EEUU. es un totalitarismo y tiene un ritmo de crecimiento del diez por ciento. El desarrollo económico no implica el desarrollo social y democrático. Ahora bien el desarrollo democrático si implica la redistribución de la riqueza y del trabajo. Es la socialdemcoracia, que no ha muerto como ideología, ni como forma de organización social, sino que frente a ella ha triunfado la ideología del mercado. Y una de las estrategias de éste ha sido sumir en la ignorancia y el hedonismo individualista al ciudadano convirtiéndolo en siervo-señor, mientras que se cree libre, pero es esclavo, al modo de Matrix o de la caverna platónica. Si unimos la socialdemocracia, que no ha muerto, insisto, y que muchos creyeron renacer en el 2008, como forma viable de organización, al pensamiento ecológico que arranca del discurso de Roma de 1970 de “Los límites del crecimiento” tenemos el andamiaje para un modelo social viable y más justo. Y si a esto le sumamos, lo que para mí es de necesidad, una política económica de decrecimiento, esteremos en buen camino. Pero mientras que se siga en esa actitud escéptica-nihilista, y autosatisfecha, porque todavía no nos ha llegado el hambre, entonces la distopía avanza con paso firme. Esta distopía es la utopía de la tecnobarbarie y el progreso y que puede acarrear un colapso civilizatorio. Pero, no pasa nada, no es el primero, pero sí sería el primero global. Acabaríamos, en un decrecimiento necesario en la que el poder estará en manos de las grandes corporaciones que habría ido sustituyendo a la ciudadanía y sus representantes, la política. Por su parte, la población se iría viendo mermada por catástrofes, guerras y epidemias. Todo en cuestión de décadas. Ya llevamos cuatro, y el monstruo empieza a enseñar sus colmillos. El mal radical ha existido en el siglo XX y los ciudadanos, por ignorancia, complacencia, pereza y cobardía lo consintieron. Pero también hubo una resistencia que tuvo su efecto y de la que surgió la socialdemoracia de la que todavía somos beneficiarios (sanidad, educación, becas, pensiones, justicia, redistribución fiscal…), aunque cada vez menos. Insisto, la utopía es la neoliberal, pero vivimos bajo ese sueño. Una joven manifestante en París, el año pasado, sostenía una pancarta en una manifestación que lo dice todo “Queremos vivir como nuestros padres”. La regresión es ya un hecho dentro de la ideología del progreso. El que se sienta a mirar la historia es arrastrado por el ángel exterminador de la misma.

 

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            Antonio, muy bueno tu comentario, lo he leído después de poner el mío. Desde luego que las cosas en la historia de las ideas son de largo alcance. No hubiese habido ilustración sin cristianismo, ni derechos humanos sin un fray Bartolomé de las Casas. Pero la lucha ilustrada, curiosamente, fue contra la iglesia como institución de poder que utiliza el miedo y la superstición para esclavizar. El concepto de progreso no es ilustrado, lo que sucede es que la ilustración lo seculariza. El concepto de progreso viene del cristianismo-judaísmo y su visión de la historia. También en la mentalidad griego ocurre algo similar. Tenemos el mito de la caída, que, también se recoge en el génesis. Y que es la otra cara del progreso. La ilustración seculariza estos mitos y los convierte, desde la razón absoluta, la instrumental que llamaron los franfurtianos, en un instrumento de poder absoluto. Es lo que llamo la perversión de la razón ilustrada. Y, precisamente, el neoliberalismo, con su fin de la historia, muerte de las ideologías y pensamiento único, es la última utopía-distopía, basada en la idea del progreso. Por eso considero que la ilustración es un proyecto inacabado porque se pervirtió en sus orígenes. Y es verdad, precisamente lo interesante ahora, que además niega de plano la ideología neoliberal, es lo que está ocurriendo en oriente próximo y también en Latinoamérica y lo que puede ocurrir en Europa, en Grecia están en ello, como apuntas. La historia no ha terminado, ni se rige por leyes necesarias. Y los ciudadanos tenemos un papel en la misma, a veces incluso de forma directa y anárquica pero con capacidad de autoorganización. Luego la ciudadanía asume las ideas que ya habían sido creados décadas antes y que vienen del fondo de la historia y de las que eran inconsciente porque vivían en un sueño de apariencias. Y es el hambre, la miseria y el atentado contra la dignidad, lo que hace que la ciudadanía tome conciencia. Aquí Marx sigue teniendo razón.

 

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            Rafael, soy filósofo, y considero que la historia es contingente, no adivino o economista, que creen en el destino y las leyes universales de la historia. Lo que pasa es que a las personas les gustan las mentiras piadosas y acomodaticias...somos seres de creencias. Nunca podremos saber lo que nos ocurrirá en el futuro, ni el fin de nuestros días, pero nos gustaría saberlo. Toda la cultura es un intento de llenar este hueco, este sinsentido… Lo que si es cierto es que nuestra muerte y el fin de la humanidad serán hechos consumados algún día. Lo que me preguntas es, precisamente, lo que todas las utopías prometen…la planificación social del futuro. Es necesario desarraigar ese pensamiento de nuestra conciencia.

Ya que hablas de ilustrar, ¿se pensó alguna vez que caería el antiguo régimen y que se proclamarían los derechos del hombre y del ciudadano? ¿Se pensó que se daría fin al régimen esclavista? Mira, el estar sumergido en un pensamiento nos impide ir más allá. Nuestras democracias están secuestradas por un pensamiento único, el neoliberal, del que una gran mayoría participa inconscientemente. Cuando no se ven alternativas es que todo está por hacer. Para empezar, estudiar las alternativas. Cuando se dice que no hay alternativas, desde la comodidad de la ideología y la creencia dominante, entonces es que se está rendido de antemano. En definitiva eso es un triunfo del poder. Algo similar ocurrió en la segunda guerra mundial. Hubo una connivencia de la ciudadanía y de gran parte de la intelectualidad. El poder subyuga, y una de las formas de hacerlo es por la ideología y el miedo. El hombre quiere la libertad pero la vende por un plato de lentejas, prefiere la comodidad, a pesar de perder su libertad.

 

            Pero en nuestra democracia las cosas son peores. El bipartidismo es un efecto de la constitución y de las leyes de partidos y electoral. Son éstas las que habría que cambiar. Los partidos mayoritarios no quieren, pero a gran parte de la ciudadanía sí le interesa. Hay diversos caminos para conseguir esto que nos daría una democracia más sana, pero para ello no hay que quedarse parados y pensar que sólo existen dos partidos. Sólo hay dos alternativas, que en el fondo son la misma, porque nosotros nos lo creemos, existen otras opciones políticas. Y existe la opción política de cambiar a los partidos y a los sindicatos más importantes desde dentro. Pero eso exige la participación en esos movimientos. Hay que afiliarse y cambiarlos desde dentro. Los partidos políticos y los sindicatos, tal y como están establecidos hoy en día, son obsoletos. Tienen los días contados. Urge cambiarlos desde dentro. Si queremos una democracia más plural es requisito indispensable cambiar la ley de partidos y la ley electoral. Los partidos deben ser abiertos, no listas cerradas. Todos deben tener la misma subvención pública. Y hay que prohibir la subvención privada, ése es el fondo de la corrupción y de que los partidos se olviden del pueblo y gobiernen para sus intereses. Hay que eliminar la obediencia de voto e introducir la democracia en os partidos. La ley electoral tiene que tomar como circunscripción electoral a la comunidad, y no a las provincias. Esto nos acercará más al ideal de la democracia, un ciudadano un voto. De la otra forma, se pierden inútilmente cientos de miles de votos. Es una desfachatez. Todas estas cosas las defienden algunos partidos. Pero es que, además, es de sentido común, y deberían defenderlos los mayoritarios, pero estos gobiernan para sí mismos. No los votemos, simplemente. Voto en blanco. Desobediencia de la ciudadanía. El poder tiene miedo a las concentraciones, la desobediencia civil, las huelgas, la abstención, el voto en blanco. Todo eso está en nuestras manos. También se pueden hacer agrupación de electores que pongan zancadillas a los partidos mayoritarios. En definitiva, hay que implicarse. Se pueden hacer cosas, primero informarse, después actuar. Pensar que no hay alternativas, cuando estamos en una fase final de la democracia es haber sucumbido al engaño y la pereza. La democracia, y la nuestra en particular, exigen de una renovación desde sus fundamentos. El poder ciudadano no puede ser menospreciado. Los gobernantes nos temen. Eso es lo que está ocurriendo en Murcia, lo que ha ocurrido en Extremadura, lo que sucede en el próximo oriente. Si no vemos alternativas somos peones en manos del poder, hemos claudicado y nos hemos vuelto cómplices.

Muchas gracias amigos y compañeros por sus comentarios. Creo que han desarrollado muy bien y con sugerencias de provecho el tema que se exponía en el artículo. He aprendido de vuestras aportaciones. Jesús, efectivamente el saber clásico ha sufrido una entropía en manos de la tecnocracia actual, sobre todo cuando nos referimos a la pedagogía. Raus, cada vez pienso más en el asunto de Platón. Me gustaría leer tus sugerencias, la verdad es que la democracia nos lleva a un callejón sin salida, como bien observó Platón. Pero su teoría, por muy bien intencionada que fuese, caía en un totalitarismo que anulaba al individuo. Platón nunca creyó en él. Ya sé que el ciudadano es una construcción social y que procede, fundamentalmente, de la ilustración, y que, probablemente, no todos quieran esa carga. En tanto que ciudadano significa ser autónomo y libre. Pero es preferible un estado de derecho a una tiranía. Además, la actual sociedad es bastante similar al estado platónico. Lo que se da es un gobierno tecnocrático, tanto a nivel económico, como pedagógico. Las elecciones no son más que pura transición. Pero, de todas formas, estamos en un estado de derecho, no realizado, por supuesto, pero ahí está. De todas maneras, insisto, en que sigo dándole vueltas a lo de Platón, porque, en definitiva, el hombre necesita de mitos para sobrevivir. La sociedad platónica se basa en el mito de la caída, la nuestra en el del progreso. Dos caras de la misma moneda. Atticus, muy interesantes tus reflexiones. La filosofía es un saber práctico y, en tanto que tal, un saber del arte del buen vivir, pero no se queda ahí. Efectivamente, el saber filosófico es un saber transformador. Y eso es muy relevante. Si entendemos la filosofía de un modo genérico, como un saber cosmológico, o como cosmovisión, ello implica que esa visión general del mundo y de la vida produce una actitud ante la realidad y esa actitud, una forma de valorar que implica, siempre una acción. Por eso es necesario estar vigilantes, porque hay muchas filosofáis peligrosas que han generado totalitarismos. Hoy en día vivimos bajo la capa del posmodernismo, falsa filosofía y peligrosa en manos del poder. Lo pero es cuando las filosofías se convierten en ideologías del pueblo y se hacen inconscientes. Ése es el caso del posmodernismo en las sociedades tardocapitalistas. Por eso es necesario el saber filosófico como saber transformador de la realidad. De ahí que al poder le interese descafeinar el saber histórico y el filosófico. Son enemigos potenciales y peligrosos para el poder. Por eso, Maximiliano, a la dirección de los centros educativos y a la inspección, les suena a chino este tipo de discursos, incluso pueden hacer hasta burlas de él. No tienen ni idea de todo esto. Sólo desde su ignorancia prepotente pueden defender lo indefendible, que no es ni más ni menos que lo que están haciendo. Mariano, por esta razón no lo entienden. Lo curioso es que su realidad es delirante y, desgraciadamente vivimos todos instalados en ella. Y esto es un grabe problema, los tecnócratas que nos gobiernas se recluyen en una apariencia de saber y manipulan los contenidos, casi hasta extinguirlos, para fomentar la ignorancia. El saber histórico-filosófico cobra mayor importancia mientras más cerca estamos de la crisis y mientras más cerca estamos de la quiebra de nuestra civilización. Y esa es nuestra situación. El saber histórico filosófico, como la historia de la ciencia o de la literatura, es un saber de autoconciencia que nos permite recuperar lo universal de la humanidad y que nos hace darnos cuenta de que no hay nada nuevo bajo el sol.

 

            Maricruz, hay que defender las humanidades, efectivamente. Pero yo hablo del espíritu humanista. No creo en la separación entre el saber humanístico y el científico. Esto no es más que una artificialidad burocrática que ha producido monstruos de dos cabezas. Lo de las dos culturas, no es más que un mito. El surgimiento del saber moderno en el Reacimiento nace desde el ideal humanista que contempla a un hombre completo. Es cierto que la especialización impide el cultivo de diversos saberes, también es cierto que cada cual tiene cualidades para ámbitos distintos. Pero la especialización es cosa posterior en la educación. En la enseñanza media debe haber una presentación de todos los saberes, fundamentalmente desde su dimensión histórica, que es donde cobran sentido. Es una cosa que me ha enseñado el estudio y la enseñanza de la historia de la ciencia, tanto a los alumnos de ciencias, como a los de humanidades. En la enseñanza media hay que evitar, en todo lo posible, la especialización. Otra cosa, con la LOGSE-LOE, no han salido perjudicadas sólo las humanidades, sino las ciencias puras también. Y esto es porque a los legisladores no les ha interesado un saber por el saber, sino un saber hacer. La última prueba la tenemos en las competencias, el no va más de la tecnobarbarie.

 

            Efectivamente, Francisco Javier, el siglo XX ha arremetido contra la razón y ha caído en el nihilismo. Lo cual ha favorecido la aparición de los fascismos. El posmodernismo es otra forma de nihilismo que vivimos contemporáneamente. Por eso estamos asistiendo a una emergencia del fascismo, ya estamos instalados en el económico y nos situamos en la antesala del político. Por eso urge recuperar la razón y el pasado. Y por ello pienso que la ilustración es un proceso inacabado. Es atacada por los dogmáticos de la fe y por los nihilistas de la razón.  Emilio, efectivamente, coincido con su análisis, todo este proceso, creo, que obedece al pensamiento débil. Al pensamiento políticamente correcto. Una falsa filosofía que se ha convertido en tiranía. En el lenguaje del gran hermano que estructura nuestro pensamiento y cuadricula nuestra visión de la realidad. Insisto que por eso es necesario recuperar los análisis teóricos e históricos, para recuperar una buena perspectiva y para poder ejercer la crítica desde sus fundamentos, con la intención de que nuestro saber sea un saber transformador. Claro que sí, podemos sustituir, persona por ciudadano. Digamos que persona es una categoría filosófica, mientras que ciudadano es social. Pero realmente, son lo mismo, lo que se conquista en la ilustración es que los individuos sean ciudadanos, hombres libres, desde el punto de vista del sujeto (pensar, expresarse y creer en libertad) y desde el punto de vista social (actuar en la polis conforme a nuestras creencias.) Una cosa si me gustaría matizar, la persona es tal, o el ciudadano, en tanto que es sujeto de respeto, no es instrumentalizable. Ahora bien. Aquí hay que tener cuidado, el respeto es hacia las personas, no hacia sus opiniones. Las opiniones y creencias, así como las ideas, están sujetas al debate público. Muchas de ellas pueden ser peligrosas para la polis y, por ello, no se pueden respetar. La posmodernidad ha confundido el respeto a las personas con el respeto a las opiniones; eso es una consecuencia del relativismo. Y aquí viene también al caso, como muy bien sugiere Juan Poz lo de la cosificación. La posmodernidad, y nuestro sistema particular español, ha trivializado a la persona convirtiéndola en instrumento. Creo que debemos atender muy seriamente a las consecuencias de esto, como señala Juan.

 

            En fin, muchas gracias a todos por vuestro enriquecedores comentarios. Creo que tenemos varias ideas para seguir profundizando en ellas. Saludos.

 

Virtud y libertad. Aristóteles y Kant. Una nueva enseñanza.

 

            Como ya he señalado en muchas ocasiones las teorías pedagógicas cometen errores de bulto fundamentalmente debidos a su afán de cientificismo y por su contaminación del pensamiento o ideología posmoderna. Creo que es necesario recordar a los clásicos para no perder el norte. Los tiempos modernos, que valoran la hipermodernidad como verdad absoluta, menosprecian el pasado e idolatran al presente y el porvenir. Son los nuevos dioses posmodernos, pues el hombre no vive sin mitos. Y el posmodernismo ha producido los suyos. Busca el paraíso en un eterno presente de autosatisfacción, indiferencia, disfrute hedonista egocéntrico y demás entelequias del individualismo antisolidario y, más aún, antihumano. Por eso es necesario recuperar el humanismo, porque éste piensa al hombre desde la categoría de lo universal. Como decía Terencio, no lo olvidemos, hombre soy y nada de lo humano me es ajeno. Esta universalidad es la que niega el posmodernismo desde su relativismo subjetivista que, paradójicamente, no salva al sujeto, sino que lo condena a la individualidad; es decir, a un paso de la instrumentalización objetiva. A medida que avanzamos en esta sociedad hipermoderna, hipercapistalista, hiperconsumista, hiperdesarrollada…, retrocedemos en humanidad. En realidad no existe ningún avance, salvo el que se dirige hacia la barbarie. Una barbarie fascista que se nos impone desde las reglas sacrosantas del mercado y desde una democracia tutelada económico-políticamente. Todo desde el mito del progreso. A la barbarie en nombre del progreso. Todo paso adelante en esta dirección es un paso atrás. Por esto, y mucho más que en otra ocasión contaré, es necesario recuperar a los clásicos y su saber. Y más sabiendo que el hombre es universal, tanto espacial como temporalmente. El olvido del pasado debido al fervor entusiasta del presente nos precipita en la ignorancia, en un infantilismo ingenuo, pero grotesco, porque el pasado está ahí, no lo podemos olvidar. Nos empeñamos en borrarlo creando una especie de nuevo pensamiento que no es más que ideología para el pueblo, alimento mediático para vaciar las conciencias y eliminar la acción. Alimento para entretener, mientras los privilegiados se reparten el mundo.

 

            Hay dos grandes éticas en la historia de occidente, que se suelen presentar como contrapuestas, pero que no lo son tanto. Creo que las dos se pueden complementar y nos pueden aportar un poco de luz sobre los pilares ético-filosóficos de la educación. Estos discursos éticos son los de Aristóteles y Kant. Empecemos por el griego. Aristóteles es el primero que distingue la ética de la política. También, frente a Platón y Sócrates, considera que la ética no es un saber científico, si no un saber práctico. El saber sobre la acción humana y sus fines. Ya tenemos aquí una enseñanza fundamental. El discurso que versa sobre los actos humanos que tienen que ver con la ética y la política no es un saber necesario, científico, si no un saber práctico. Nota para los engreídos psicopedagogos, el padre de toda la ciencia antigua saca del saber científico, tanto a la ética como a la política, así como a la técnica y los saberes poéticos. El afán cientificista de los psicopedagogos ha convertido al hombre en objeto, instrumento; uno de los males de la pedagogía actual como ya hemos analizado en otro lugar, fundamentalmente en “La perversión de la razón ilustrada”. Ya Aristóteles sabía que cuando hablamos de la acción humana, hablábamos del ser posible. La acción humana se dirige a fines, a realizar su propia finalidad, que no es ni más ni menos que la felicidad y la justicia. Es importante señalar que, el viejo Platón consideró a la ética igual que la política, identificación de ambos discursos, pero, además defendió, lo que se ha dado en llamar el intelectualismo moral o platónico-socrático. Y éste viene a sostener que la virtud, objeto de la ética y la política, se aprenden, es decir, que no tienen que ver con la acción, sino con el conocimiento. Y al poderse aprender su ejercicio depende de su conocimiento. La virtud es una conquista intelectual. Éste argumento estuvo muy bien para intentar refutar al relativismo de los sofistas, similar al posmoderno, sólo que éste está amplificado por los medios de comunicación de masas. Pero venía con una carga del diablo. En definitiva una paradoja o un dilema para toda la humanidad. Y digo esto porque Platón, basándose en lo comentado anteriormente sumado a otras cosas más que no es el lugar aquí de comentar, llega a una concepción totalitaria del estado. Es decir, el gobierno debe ser, según Platón, para negar la validez de la democracia, el de los mejores, pero los mejores son los sabios. Los sofistas, ni siquiera saben que no saben, están instalados en sus discursos teóricos, el pueblo, es dúctil y se amolda al discurso demagógicos de los poderosos. Por eso la democracia es un gobierno injusto, porque es el gobierno de los ignorantes y demagogos, aquellos que siguen sus pasiones. El remedio es que el gobierno sea el de los sabios, los que conocen la virtud. De ahí que Platón considera que la virtud se puede aprender como aprendemos el teorema de Pitágoras. Pero si esto es así, se legitima el totalitarismo. Una sociedad comunitarista en la que el individuo se reduce a función del estado. Y la enseñanza está en manos de esos expertos que son los filósofos gobernantes. Les suena esto, ¿no? Es lo mismo, pero sin la profundidad platónica y las grandes verdades que nos encontramos en su obra, que ocurre ahora mismo con el poder de los tecnócratas, en nuestro caso, los psicopedagogos.

 

            Pero volvamos a su discípulo Aristóteles. La ética se ocupa de la acción humana y la acción humana se dirige a la conquista de la felicidad. La felicidad, por su parte, consiste en la virtud. Pero ésta ya no se puede aprender, debe ser objeto de la praxis, es decir, de la práctica y el ejercicio. La virtud, decía el filósofo, es la elección del justo medido. Medio que se da entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. Los vicios son las pasiones que zarandean al alma, que la dirigen de un lado a otro arbitrariamente. Cada cual, como por supuesto, no somos iguales, tiene ciertas tendencias, ciertos vicios particulares. El vicio, al ser una pasión, nos dirige. Si actuamos conforme al vicio, que es nuestra naturaleza, a mi me gusta decir que es la entropía del alma, entonces somos esclavos. El cobarde es esclavo del miedo, el temerario es esclavo de su inconciencia. La virtud del justo medio, el valor, la valentía, es ser capaz de elegir entre estas dos pasiones que arrastran al alma. Pero si el alma se ve arrastrada, o bien por la temeridad, o bien, por la cobardía, el intelecto, la parte racional del alma, la voluntad, aquello que los cientificistas perdieron porque es un inobservable, tiene que esforzarse por resistirse a esa pasión. Lo fácil es dejarse llevar por el miedo y quedar paralizado por la inacción, lo difícil es actuar. Ser valientes. La valentía no elimina el miedo, lo domina, que no es poco. El valiente, el héroe, no es inmune al miedo, es más fuerte que su propio miedo. Está por encima de él. Por eso la virtud en latín es fuerza. Para alcanzar la virtud se requiere fuerza, un ejercicio continuado, un esfuerzo. La conquista de la virtud es similar a la práctica deportiva, no se consigue de buenas a primera, no es ningún don, no se produce por motivación, ni jugando. Sino echando toda la leña en el asador. Es decir, en nuestra vida. Nunca seremos valientes si no nos ejercitamos en ello. Pero, nótese también, que la virtud en griego es excelencia. El que consigue un comportamiento virtuoso está por encima de la mediocridad, de todos aquellos que se someten al vicio, a la entropía del alma. Pero, si el vicio esclaviza, la virtud libera. Esto nos lleva a una idea muy interesante. La virtud es el camino hacia la libertad. La libertad no consiste en hacer lo que me de la gana, eso es el capricho; es decir, estar sujeto a las pasiones, esclavitud. La virtud al dominar las pasiones me libera del vicio y, redundantemente, me hace libre. Mi libertad es el dominio de la pasión, el sobreponerme por encima de mi mismo, de mi tendencia al desorden. Pero, claro, para ello, necesito del esfuerzo, de la práctica continuada. Hasta que esta práctica se convierta en una costumbre un hábito. Entonces seré plenamente virtuoso y viviré instalado en la libertad. Si nos damos cuenta, éste es un discurso absolutamente contrario al que mantiene la pedagogía actual con su teoría de la motivación y el juego, con la teoría constructivista y, la última moda, la inteligencia afectiva. Todo esto no son más que cortinas de humo que lo que intentan ocultar es una perpetuación de un poder absoluto y omnimodo sobre los ciudadanos. Si los ciudadanos no conquistan su libertad, son perfectamente domesticables, por eso el posmodernismo, y la ideología política que lo apoya, son profundamente contrailustrados, en definitiva, un fascismo. Lo que pretenden es anular a la persona y convertirla en objeto, instrumentalizarlo. Pero un objeto sumamente maleable, indiferente e inconsciente y exento de voluntad, profundamente adaptable, de esta manera será perfectamente domesticable. La enseñanza, junto con los medios de desinformación y reconstrucción de la persona, son los vehículos que nos llevan hacia este nuevo fascismo que ya asoma peligrosamente sus colmillos. El neolenguaje que han creado, y el pensamiento aparejado a él, están haciendo casi imposible la crítica. Eliminan la posibilidad de la disidencia. Y no hay democracia, libertad ni dignidad sin la posibilidad de la disidencia.

 

            Volviendo a Aristóteles lo que habíamos visto es que la conquista de la virtud necesita de la voluntad y el esfuerzo y que esto me lleva a la libertad. Esto último lo he añadido yo. En los clásicos no existía este discurso sobre la libertad, pero está hay, sin ser nombrado. Pero es que, además, es lo que me sirve de puente de unión del pensador antiguo con el ilustrado Kant. La ética kantiana es una ética del deber. No es una ética material como es el caso de la aristotélica. No tiene contenido. La acción debe dirigirse al cumplimiento del deber. Y el deber es cumplir con la máxima moral universal, lo que se llama técnicamente el imperativo categórico. Expongo aquí dos formulaciones. 1. obra siempre de tal forma que tu máxima moral pueda convertirse en principio de acción de cualquiera. No se nos dice lo que debemos hacer, sino que aquello que debemos hacer, lo haría cualquier otro. La pretensión de Kant es crear una moral universal. Pero no entramos aquí en esta discusión técnica. Lo que a nosotros nos interesa es sacar conclusiones de todo esto y ponerlo en relación con Aristóteles y su concepto de virtud y con la enseñanza. 2. obra siempre de tal forma que considere a los otros como un fin en sí mismo. Esta formulación es mucho más sugerente que la anterior. Lo que nos viene a decir es que el hombre es tal porque es un sujeto, persona, dotado de dignidad. Su dignidad consiste en que su vida en un fin en sí mismo, que está sólo en sus manos, autonomía, libertad. Kant identifica la libertad con la autonomía. Y en tanto que el hombre es persona, sujeto de dignidad, no pude ser instrumentalizado; es decir, tratado como objeto. Hay que advertir aquí que toda forma de poder totalitario es una forma de violar esta máxima moral universal. Es decir, es una forma de objetualizar e instrumentalizar a las personas. El poder lo que persigue es que los “ciudadanos” dejen de ser tal y se conviertan en siervos. Precisamente la ilustración consistió en el camino contrario. (Independientemente de los logros y fracasos de la misma.) Y ese camino contrario se lleva a cabo de la mano de la libertad en tanto que autonomía. Y en ello entramos ahora. Pero advirtamos también antes que nuestras democracias dirigidas por un pensamiento basado en la razón instrumental, una perversión de la ilustración, pretenden objetivar al hombre. De esta manera podemos entender el discurso político que defiende las supuestas ciencias pedagógicas. Estos conocimientos lo que hacen es convertir al hombre en objeto intercambiable, eliminan el concepto de fin en sí mismo y, con él, el de persona.

 

            La virtud era esfuerzo y nos liberaba de la pasión, en una palabra, nos hacía libres. En Kant la libertad es el cumplimiento del deber. Pero esto también requiere su esfuerzo. Aquí hay también, como hemos comentado ya, un añadido, el respeto al otro como otro yo. Mí ética, así como la acción política, no puede violar el hecho de que el otro es un fin en sí mismo, en tal caso seré un inmoral. E, incluso, si anulo absolutamente la persona del otro seré un tirano, en esto consiste el mal radical del que tenemos buen ejemplo en el siglo XX. De nuevo la libertad se alza a través del esfuerzo. Y esto se entiende mejor si ligamos el concepto de libertad con el de autonomía e ilustración. Para Kant la ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Esta autoculpabilidad consiste en la comodidad y la pereza. Es más fácil que otro piense por ti, es más fácil obedecer que actuar. De nuevo las pasiones son las que nos esclavizan. Pero Kant considera que la ilustración se consigue por el conocimiento, no cae en el intelectualismo platónico, sino que relaciona, conocimiento con libertad. Y ya tenemos los tres pilares: voluntad, conocimiento y libertad (autonomía). Kant considera que la ilustración es atreverse a pensar por uno mismo. Y éste pensar por sí mismo –para lo cual hay que vencer a la pereza y la comodidad- nos libera de la obediencia al otro. Es decir, es la base de la autonomía. Conocer es vencer el poder de la superstición. El poder se mantiene en tanto que el pueblo, o los ciudadanos, no son capaces de pensar por sí mismos, sino que obedece sumisos a los dictámenes que del mismo poder emanan. Pensar por uno mismo es disentir, enfrentarse al poder. Y esto es virtud, en tanto que fuerza y excelencia. Pero, como vemos, toda la corriente pedagógica actual pretende, aunque su discurso está plagado de palabras rimbombantes como libertad, democracia…, que ya han perdido su valor por su mal uso, es lo contrario de la ilustración. No pretenden que los futuros ciudadanos sean libres y autónomos, ni virtuosos. Pretenden que sean domesticables, sumisos. Por eso los tratan como objetos, por eso dicen practicar una ciencia en la que la ideosincracia personal desaparece. Y los métodos son maquinales, la estimulación, el juego, el entretenimiento. En definitiva, los mismos que utilizamos para la domesticación de cualquier animal, incluido lo de la intelgenca afectiva. ¿Quién no sabe que para convivir con un perro no es necesario la afectividad, pero, no lo olvidemos, también la disciplina? Se pretende olvidar el esfuerzo, porque éste nos hace libres y la libertad es la disidencia. De lo que se trata es de que el pueblo sea tal, masa o señoritos satisfeho en lenguaje de Ortega siempre certero en estos análisis, y no ciudadanía. El poder dirige al pueblo a través de la educación y lo intenta convencer de qué es lo mejor para él. Para todo ello ha creado toda una ideología, con tintes científicos, que son la superstición de nuestro tiempo. Tras la muerte de dios hemos inventado otros ídolos a los que rendimos culto. Pero la ilustración, en tanto que libertad, es la lucha contra la superstición. Por eso nuestro deber es desenmascarar todo este mito que nos ahoga, nos asfixia y nos despersonaliza.

Saramago. In Memoriam.

Por Juan Pedro Viñuela

 

En este 2010 ha fallecido el insigne escritor portugués y Nobel de literatura, José Saramago. Sirvan estas breves palabras y algunos de sus pensamientos como recordatorio del que fue un escritor que nunca separó, pues no puede ser de otro modo, la estética de la ética. Un escritor comprometido con la humanidad. Un hombre pesimista sobre la condición humana, pero lleno de vitalidad y esperanza. Saramago es el ejemplo de intelectual que aún puede sobrevivir en nuestro tiempo. Cuando se dice, interesadamente, porque se pretende mantener el relativismo posmoderno, la comodidad, la indiferencia y la falta de sensibilidad, que los intelectuales han dejado de tener un lugar en el mundo. No es cierto, y la muerte de Saramago es un ejemplo de la pérdida de un intelectual. Un hombre de ideas y sentimientos. Un hombre de compromiso universal. Su horizonte es la humanidad y su meta la justicia social. Un hombre que no está subordinado a ningún tipo de poder, que es crítico con el poder en cuanto tal. Un pensador y artista que pretende cambiar el mundo con sus palabras. Que las palabras, piensa, tienen un sentido revolucionario. Y que la revolución es un pequeño cambio y que empieza por la toma de conciencia. Saramago es todo esto y mucho más. Por eso es un intelectual. Un hombre incómodo para el poder. Un hombre, coherente y consistente. Sin medias tintas, ni tibiezas. Un hombre que se arriesgaba con sus palabras, que, incluso, pudiendo estar equivocado, a veces, pero siempre abierto al aprender. Un hombre de sorprendente imaginación y creatividad que las pone al servicio de la humanidad. Porque el artista, el intelectual, digo yo, se debe al pueblo. No es el pueblo el que le debe a él. Su sentido y su existencia están abocados a la humanidad. La actividad intelectual y artística, cuando pierde este norte se convierte en narcisista, en vanidad de vanidades y, en última instancia, en bagatelas.

 

            Saramago nos sorprendió con sus grandes noveleas, con sus ensayos y declaraciones. Con su compromiso político inquebrantable. Muestra de una honestidad y honradez fuera de toda duda. Cuando todos huyen, Saramago se mantiene en pie, incombustible, haciendo gala de una entereza radical. Sigue siendo comunista, cuando cae el muro de Berlín, y veinte años después. Cuando toda la izquierda cobarde ha dimitido. Saramago supo aunar la impronta ética del marxismo, su ideal de justicia, libertad e igualdad, con los ideales éticos de la democracia. Y son esos ideales, que proceden de una izquierda radical, no extrema, que eso es otra cosa, los que le permiten criticar la democracia realmente existente. Una democracia que no es más que una fantasmada, una ceguera, como nos viene a decir en Ensayo sobre la ceguera. Una farsa en la que los políticos engañan al pueblo, mientras bailan al son de los mercados. Por eso, el intelectual es una voz crítica, una voz ética, dirigida a la conciencia del pueblo. Una voz que intenta desenmascarar los engaños del poder. Saramago sabe todo esto. Y sabe que la democracia ha perdido sus valores éticos que proceden de la ilustración, que el único valor es el del dinero y el éxito, la lucha egoísta de todos contra todos. Pero, al no renunciar al discurso de izquierda radical, a su impronta ética, aquel legado del Manifiesto comunista de Marx, revitaliza la democracia con esos ideales éticos que la izquierda realmente existente, al claudicar frente al neoliberalismo y al pensamiento único, han tirado por la borda.

 

            Su discurso se dirige contra los mitos que el poder ha ido formando para dominar al pueblo, ya sean religiosos o políticos. Su crítica a la religión es inmisericorde, como lo es a la política. No debemos olvidar esa magnífica obra que es el Evangelio según Jesucristo, en el que se nos muestra a un Jesús de Nazaret humano, demasiado humano. Una obra que desmitifica al cristianismo, pero que acerca a la humanidad. Jesús deja de ser un mito y se hace humano. Lo importante es la ética, no la dogmática. Igual sucede en su penúltima obra, Caín: una burla irónica de la verdad de las escrituras.

 

            Mi primer encuentro con Saramago fue a través de Ensayo sobre la ceguera. Lo leí casi de un tirón. Y me dejó literalmente obnubilado. La impresión que dejó en mi alma fue para siempre. A partir de ahí me fui haciendo con su obra anterior y fui siguiendo sus nuevas publicaciones con puntualidad, hasta la última, El viaje del elefante. Todos sus escritos son grandes metáforas de la realidad social y humana. Son historias que van más allá de la trama, pretenden señalar hacia algo. Y hacia ese algo al que apuntan es donde encontramos su mirada ética y política de la realidad humana. Ensayo sobre la ceguera es una construcción que viene a simbolizar la ceguera paulatina de la población. Una ceguera sin causa que se va contagiando a todo el mundo. Es la ignorancia del pueblo frente al poder. Pero es también su impotencia. Como contrapunto escribe, pasados unos años y con diversas obras de por medio, como La caverna, La balsa de piedra, Ensayo sobre la lucidez. En esta última, de repente el pueblo reconquista la lucidez, se enfrenta al poder, pero el poder lo sitia. El final es dramático, sino trágico. El pesimismo de Saramago sobre el mundo en el que vivimos se hace notar. Aunque él no deje de luchar porque podamos construir un mundo mejor. Sería necesario alcanzar una masa crítica para poderse enfrentar al poder y producir algún cambio. Pero si la inmensa mayoría vive instalada en la ceguera que el poder ha creado para ellos, la salida es imposible. La injusticia se irá extendiendo frente a la ceguera de la población. Iremos admitiendo, sin ver, el totalitarismo que desde, la así llamada democracia, se nos impone. La caverna es una obra también apasionante. Precisamente éste lugar viene simbolizado por una gran ciudad hipermoderna, en la que tenemos todo, pero de la que somos esclavos. Una ciudad como un gran centro comercial. La libertad está fuera, en no depender en nada de esto. Pero el sentido de la historia es la eliminación del mundo exterior. Es como si nos adentrásemos por nuestro propio pie y voluntad, en la caverna. El engaño está consumado. El progreso de la humanidad fagocita otras formas de existencia, como le pasa al protagonista de esta obra. En fin, una crítica al progreso y la tecnobarbarie, ese nuevo mito de la modernidad. La obra de Saramago es imprescindible para entender este mundo en el que vivimos. Una obra hecha desde la estética, la mejor estética, pero sin perder de vista la ética, lo que debe ser un intelectual. Una obra comprometida y en diálogo con el poder. Un pensamiento dirigido contra los mitos, contra la vanidad humana, contra las miserias más humanas, pero que nos hacen humanos. Una escritura, la de Saramago, puntillista y puntillosa. Excelsa y excelente, en una palabra.

 

Pensamientos.

 

En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en Dios, no lo necesito y además soy buena persona

 

Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El arrepentimiento mejor, es sencillamente cambiar

 

Sólo si nos detenemos a pensar en las pequeñas cosas llegaremos a comprender las grandes

 

He aprendido a no intentar convencer a nadie. El trabajo de convencer es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro

 

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir

 

Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

 

Si las conociéramos, las cosas del cielo tendrían otros nombres.

 

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.

 

Sí, soy pesimista, pero yo no tengo la culpa de que la realidad sea la que es.

 

Me gustaría escribir un libro feliz; yo tengo todos los elementos para ser un hombre feliz; pero sencillamente no puedo. Sin embargo hay una cosa que sí me hace feliz, y es decir lo que pienso.

 

No encontró respuesta, las respuestas no llegan siempre cuando uno las necesita, muchas veces ocurre que quedarse esperando es la única respuesta posible.

 

El éxito a toda costa nos hace peor que animales.

 

Antes nos gustaba decir que la derecha era estúpida, pero hoy día no conozco nada más estúpido que la izquierda.

 

El bien y el mal no existen en si mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro.

 

Es mentira que el Nobel sirva para fomentar la literatura del país al que pertenece el galardonado. Para lo único que vale es para engrosar la cuenta corriente del autor.

 

La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad.

 

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

 

Cuanto más te disfraces más te parecerás a ti mismo.

 

La mejor manera de defender los secretos propios es respetando los ajenos.

 

El tiempo no es una cuerda que se pueda medir nudo a nudo, el tiempo es una superficie oblicua y ondulante que sólo la memoria es capaz de hacer que se mueva y aproxime.

El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración... El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje.

Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.

Soy un comunista hormonal.

El poder lo contamina todo, es tóxico. Es posible mantener la pureza de los principios mientras estás alejado del poder. Pero necesitamos llegar al poder para poner en práctica nuestras convicciones. Y ahí la cosa se derrumba, cuando nuestras convicciones se enturbian con la suciedad del poder.

¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?

Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, debían de estar escondidos por ahí y de repente decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega...

Ahora, no hay duda de que la búsqueda incondicional del triunfo personal implica la soledad profunda. Esa soledad del agua que no se mueve.

El nombre que tenemos sustituye lo que somos: no sabemos nada del otro.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos

 

Ciorán. En los cien años de su nacimiento.

 

            Se cumplen cien años del nacimiento de Ciorán. Como recordatorio de uno de los filósofos escépticos del siglo XX, se me ha ocurrido releer una de sus obras. No precisamente de las más conocidas, como son En las cimas de la desesperación o Ese maldito yo. Se trata de Historia y utopía. Una obra absolutamente imprescindible en la que se analizan los conceptos de historia y utopía desde el escepticismo, pero, como siempre, en el caso de Ciorán, con una carga ética y política. La obra me parece de una gran actualidad, porque, en definitiva, lo que realiza es una crítica a los conceptos de historia y utopía, desde la idea de progreso. Y la crítica que hace a ésta se basa en la crítica a la religión cristiana, la crítica a los mitos y la necesidad que el hombre tiene de creencias y de mitos; es decir, de autoengañarse.

 

            La relectura de esta obrita me ha recordado cuales pudieron ser los indicios de mi actual pensamiento. Y, curiosamente, cómo han coincidido, desde una racionalización que he ido haciendo posteriormente, con las máximas de Ciorán. Es curioso como el pensamiento va trabajando a nivel inconsciente. Cómo aquello que leíste hace décadas y que causó un gran impacto se va, poco a poco, materializando en tu visión del mundo. La primera vez que leí está obra, como todo Ciorán, me pareció sorprendente. Me sentí tremendamente identificado con su pensamiento. No en vano era un escéptico, como lo había sido yo siempre y lo sigo siendo. Es eso que te ocurre a veces cuando lees o escuchas a una persona con la que te sientes tremendamente identificado y nos decimos: eso era lo que yo pensaba, pero nunca lo he llegado a decir. Incluso las obras más duras de Ciorán, En las cimas de la desesperación o Ese maldito yo, me hacían reír, por esa coincidencia y porque yo tenía un barrunto de ese pensamiento en mi alma, además de haber cabalgado, a mi manera, sobre esas cimas, y la situación se me antojaba graciosa. Pero nunca había llegado a expresar esos pensamientos. Digamos que vieron la luz a la par que descubría la obra de Ciorán. Dicho de otra manera, la obra del autor rumano me trasladó al interior de mi pensamiento, hizo consciente lo que bullía en mi interior y no acababa de explicitarse. Pero mi talante, no ha sido el poético, como es el caso de Ciorán, sino el de filósofo racionalista crítico. Yo he optado por la argumentación, no por la literatura. Aunque las ideas de Cioran sean filosóficas sus escritos son obras literarias, más que filosóficas. Nunca ha sido ése mi estilo, por más que me guste leerlo. Yo necesito de la argumentación. Por eso una segunda lectura, de Historia y utopía, en este caso, me ha sorprendido de nuevo, pero desde otra perspectiva. Durante quince años he ido trabando un discurso racional y crítico de la historia, el progreso y la utopía, que no es más que una racionalización del pensamiento de Ciorán. Con argumentos sesudos, con pruebas, partiendo de una idea limitada y revisada de razón ilustrada, desde el escepticismo, pero sin perder la esperanza en un futuro mejor. En definitiva, con escepticismo, pero con vitalidad, como le ocurriera a nuestro filósofo adoptado por París y que adoptó, él mismo, la lengua de los ilustrados para escribir. De nuevo, la relectura del autor ha servido como un revulsivo. A pesar de irme diciendo en cada momento, esto ya lo sé, esto ya lo sé. Me voy viendo casi veinte años atrás leyendo con pasión este libro y, como, a partir de entonces, he ido elaborando todo ese discurso que no es más que una reconstrucción racional del pensamiento de Ciorán.

 

            La historia no tiene ningún sentido. El invento del sentido de la historia procede del mito cristiano de la caída y de la redención. El hombre como ser que puede salvarse. No existe, ni salvación individual, ni colectiva. La historia no está fijada. La idea de un fin de la historia, de un sentido, de un progreso es la idea de la historia de la humanidad como historia de la salvación del hombre. La muerte de dios, que comienza a anunciarse en la ilustración y que, después, se materializa en las filosofías ateas del XIX, acaban con la idea de historia. Si dios ha muerto, nada tiene sentido, ni la historia, ni la moral, ni la política…nada. El escepticismo nos lleva al nihilismo  de Schopenhauer o al vitalismo de Nietzsche que sólo afirma la voluntad de poder, el ser individual irrepetible del acto creador, la transformación del camello en niño. Pero igual que llegamos al ateísmo y sus últimas consecuencias, también se produjo un fenómeno de huída o escape ante este vacío antropológico y ontológico. La huída consiste en la aparición del pensamiento político utópico. Y en esto consisten los historicismos que hunden sus raíces en la visión cristiana de la historia y en la idea de progreso, íntimamente ligadas. Pero la idea de progreso se alimenta, a su vez, del espejismo ilustrado de la equiparación entre progreso tecnocientífico y progreso ético-político. La idea de historia del cristianismo en la ilustración se seculariza y se le añade el optimismo ilustrado del progreso. Y eso es lo que heredará todo pensamiento utópico político del futuro. El historicismo y la creencia en la idea del progreso. La historia se rige por leyes necesarias que marcan un principio y un final. La historia tiene sentido. Pero entre el principio y el final hay un progreso hacia algo mejor. El Apocalipsis, con el advenimiento del reino de los cielos, se transforma en utopía. Pero el pensamiento político utópico, como todo pensamiento sobre la historia como un proceso determinado se transforma en la práctica en totalitarismo. Y ésta es la explicación de todos los totalitarismos del siglo XX. Y, que conste, el último es el pensamiento único neoliberal. El pensamiento totalitario anula al individuo. Éste se pierde en el sentido último de la comunidad. La sociedad elimina la libertad. Todos los ciudadanos se convierten en servidores del fin último de la historia, su utopía, su redención. Políticamente se toman las armas para eliminar, como sea, al disidente. Pero, el hombre, como ser caído, como ser a medias, que es, necesita de las creencias. Sustituye sus creencias religiosas por los ideales políticos. Admite su servidumbre, delega su libertad en nombre del ideal utópico. Confunde justicia universal, con eliminación de la libertad individual. Los totalitarismos han sido de izquierdas y de derechas. Pero también la democracia ha generado un nuevo totalitarismo, con base en la idea de progreso tecnocientifica. En nombre de la democracia, hemos abandonado la libertad, hemos permitido y, permitimos, un estado intervencionista en nuestras vidas, que nos anula como personas; y un mercado que regula nuestro ser, el consumo. Nos reducimos a mercancías. A la par que el mercado pone las reglas de la política. Todo, para servir al dios del progreso, el nuevo dios, el del crecimiento económico y la extensión de la democracia, más bien pensamiento neoliberal. Y todo este proceso, igual que los totalitarismos clásicos, produce miseria y muerte. Ya lo he dicho más de una vez, repitiendo el libro de un economista, el crecimiento mata. No podemos vivir sin sentido de la historia, sin utopías. Delegamos nuestra libertad en ellas. Necesitamos el autoengaño. Por eso es necesario un sano escepticismo vital, para recordar que el hombre es un ser limitado, que la razón no es totalizadora, que es limitada. Que en última instancia tenemos que confiar en ella. Que el progreso tecnocientífico es una hybris que trae el mal y el bien indisolublemente unidos. Que el progreso es, en parte, abandonar lo que somos, renunca a nuestra naturaleza y regreso, esto es, más barbarie. Progreso y barbarie se identifican. Que las conquistas ético-políticas, son parciales, provisionales. Que todo se puede perder por la borda de las ilusiones utópicas. Que el pensamiento utópico debe ser entendido, al modo kantiano, como una idea regulativa de la razón práctica-política, pero como un final de la historia inevitable. La historia depende de nuestras opciones y elecciones provisionales. El progreso y la catástrofe dependen de ello, como en nuestra vida particular. No hay salvación, ni aquí, ni en el más allá, ni política, ni religiosamente. Pero el hombre se empeña en autoengañarse, porque el hombre, como comentaba yo en nota al pie, en la primera lectura de Ciorán, es un ser a medias. Ése es el sentido de la caída o del pecado original, nuestra incompletud. Pero ésta la intentamos llenar de discursos absolutos, ya sean políticos o religiosos. Y ése es el error. La cuestión es ser capaz de vivir en la intemperie, en la provisionalidad, construyendo parcialmente el futuro y velando por el presente. Pero sin utopías, sin creencias. Persiguiendo valores universales, pero no absolutos. Y, la democracia es, precisamente, el régimen político parcial y provisional. El que no admite verdades absolutas, sino provisionales, consensuadas. Lo que el hombre, en definitiva, puede dar de sí. Pero la democracia se pervierte por dos motivos, el hombre necesita de verdades absolutas, aunque sea la felicidad egocéntrica del consumo, del tener, la pura transitoriedad, la anulación de su conciencia y por eso cede su libertad. No es capaz de vivir en la soledad de la muerte de dios y lo que ello supone. El otro mal es la tendencia del poder a hacerse absoluto. Y, para ello, de lo que necesita es de un pensamiento único que sirva como ideología alienante de la población. Pensamiento que, en definitiva, no es más que la promesa de una nueva utopía. De esta manera, la propia democracia cae en la trampa del totalitarismo.

La identidad cristiana de Europa.

 

Vuelve el debate sobre la identidad cristiana de Europa. Creo que es una polémica política que ignora la historia de las ideas. Y creo que es una polémica ideológica cargada de xenofobia, racismo y exclusión. Y, por supuesto, pienso que es una polémica que hunde sus raíces en los mitos del nacionalismo y de la identidad. No existen identidades nacionales ni culturales. Toda cultura, civilización es un proceso histórico que se encentra en devenir, en continuo cambio. Las culturas, y más las civilizaciones, se construyen a través del sincretismo de ideas, religiones, creencias, mitos…Por tanto, eso de la identidad lo que genera es un modo de sociedad cerrada e inmovilista, que desprecia al otro, al distinto, al forastero. La identidad es un discurso totalitario y separatista, es un mito y una ilusión que mantiene a la ciudadanía en estado de alienación. Como toda creencia acrítica es una deformación de la realidad. Pero una deformación excluyente que pretende ser la verdad. Por eso los discursos de la identidad y los nacionalistas, que participan de ellos, son totalitarismos dogmáticos y fanáticos.

 

            Si bien Europa no tiene una identidad cristiana, eso no quiere decir que no existan unos orígenes cristianos de Europa. Pero claro, lo que esto significa es que el cristianismo ha contribuido a la formación de Europa, pero no es su identidad. La civilización europea hunde sus raíces en la Grecia clásica, con el origen del pensamiento racional y la democracia, después en Roma con su teoría del derecho y la noción de ciudadano. El cristianismo participa en la fundación de Europa en la medida en la que se convierte en una religión sincrética que auna la filosofía griega, la política y el derecho romano y las religiones del misterio. El propio cristianismo se entiende porque se hace europeo, es decir, griego y romano. El cristianismo no hubiese pasado de ser una secta judía sin los principios filosóficos que hereda de los griegos, como es el de providencia y razón universal y el de hombre universal: el cosmopolitismo de los estoicos. Hay que hacer notar aquí, que, precisamente, si hay una filosofía que caracteriza al imperio romano es la estoica. No hay cristianismo sin estoicismo. Como tampoco lo hay sin el platonismo y Aristótoles. Bien es verdad, también, que con la desaparición de Roma, en la que algo tiene que ver el cristianismo, pues éste perseguía el reino de los cielos en la tierra, la universalidad de la iglesia, la ciudad de dios de Agustín de Hipona, pues lo que queda es la cristiandad. En la cristiandad reside la unidad de Europa en la Edad Media. Pero ésta no es ninguna época envidiable. Lo que se forja es un pensamiento único, intolerante y dogmático. Pensamiento que excluye la ciencia, la filosofía y el resto de las religiones, tanto las paganas, como las del libro. Europa no se recuperaría de esta oscuridad hasta el Renacimiento y la Ilustración.

 

            Pero es justo señalar también, que existen unas raíces islámicas de Europa. Mientras que ésta estaba sumida en la oscuridad del medievo, se produce un esplendor en la cultura de Al-Andalus, una Ilustración en el siglo XI, de la cual Europa es heredera y, más aún, sin la cual no hubiese sido posible el Renacimiento ni el surgimiento de la ciencia moderna. La cultura musulmana de Al-Andalus trajo la sabiduría griega al continente. Tradujo las obras clásicas de la filosofía y la ciencia griega, cuando en Europa nadie sabía griego. Y la tarea no sólo fue la de meros transmisores, sino la de creadores, tanto científicos, como filosóficos. También conquistaron el ideal de la tolerancia religiosa y lo practicaron, así como la supremacía de la razón sobre la fe, como la teoría de la doble verdad de Averroes, filósofo musulmán cordobés, demuestra.

 

            Pero si Europa tiene alguna identidad es precisamente la de la ilustración. Discurso que, de suyo, niega la identidad. La ilustración hace posible la crítica de la religión, en especial del cristianismo, que estaba aliado al poder y proclama el laicismo, concepto inseparable de la democracia. La ilustración produce el concepto de persona, eso sí, inspirándose en el cristianismo, que será la base tanto de la democracia como de los derechos del hombre y del ciudadano. Será precisamente en este pensamiento, sanamente racionalista, crítico con las diferentes formas de poder, defensor de la dignidad del hombre en tanto que un fin en sí mismo, germen del laicismo y de la democracia, por ello, de la libertad de conciencia y de expresión, lo que nos identifica como europeos. Es este el discurso, no identitario, que nos identifica. Y, desde mi opinión, es el proyecto inacabado que es necesario recuperar en esta nueva época de oscuridad, subjetivismo y relativismo.

 

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Vargas Llosa. El sueño del celta.

 

            De nuevo Vargas Llosa me deleita con una de sus magistrales novelas. Y de nuevo su tratamiento de las ideas y su reflexión sobre las mismas es más complejo, con más aristas y matices, que lo que suele ser en sus ensayos. Discrepo profundamente con el neoliberalismo que el flamante Nobel defiende que, a mi modo de ver, procede de una mala lectura de Popper y Hayek. Creo que su postura es simplista y poco matizada, a la par que llena de prejuicios. Pero en sus novelas, cuando aborda cuestiones políticas, el tratamiento es mucho más complejo. Eso es lo que ocurre en esta novela, como también sucede en La fiesta del chivo, con la que, a mi manera de ver, guarda cierto parecido, si bien esta última es más vital, ligera y con un ritmo más asequible a la lectura. La reflexión en La fiesta del chivo emana de los propios acontecimientos. El tema aquí es el totalitarismo y la arbitrariedad del poder tiránico. Son las diferentes peripecias que se nos narran en esta magistral novela las que nos llevan a la reflexión sobre la arbitrariedad del poder absoluto, la ausencia de moral del poderoso, el miedo y la cobardía del tirano, cuando, curiosamente, ostenta un poder absoluto. En cambio, en El sueño del celta hay un tratamiento más reflexivo, no hay una trama llena de peripecias y acontecimientos. Hay más reflexión, más investigación interior. Es una reflexión política, filosófica y psicológica del protagonista Roger Clissement en la celda que es la antesala de su muerte. Una reflexión sobre el sentido de su vida incardinado al sentido de sus luchas políticas contra la opresión. Una reflexión también sobre la creencia, la muerte, el miedo, el dolor y la enfermedad.

 

            El protagonista de la obra, inspirado en un personaje histórico, es un aventurero irlandés que se convierte en diplomático del reino y eso le hace ir hasta el Congo donde permanece quince años y después a la Amazonia, donde permanecerá dos años más. Tras estas peripecias, que comentaremos seguidamente, se hace defensor de la causa independentista irlandesa. Roger Clissement se dirige al Congo en busca de aventuras, descubrimientos, exotismo. Pero lo que descubre es el poder destructor del colonialismo. Descubre la opresión. Pero la maestría de Vargas Llosa nos muestra a un personaje confundido. Un ciudadano británico, diplomático, embajador del reino, que se siente traicionado. Es aquí donde, al encarnarse el pensamiento, en la complejidad de la vida real, los pensamientos y las ideas ya no resultan ser tan simples. Por eso Vargas Llosa, en mi opinión, aborda mejor estos temas desde la literatura que desde el ensayo. En la literatura vemos personas con ideas, ideas que les confunden, ideas de las que dudan, conversiones, escepticismo, desesperanza, es decir, la vida misma. Roger Clissement se desengaña y se desencanta. Se cree un enviado del progreso y la civilización. Cree en la justicia de su causa, en el carácter benefactor de la corona británica. Pero lo que encuentra es la opresión, en este caso del reino de Bélgica en el Congo. Descubre el genocidio y el etnocidio, que se estaban dando lugar –y el lector avisado tiene que ser capaz de extrapolar esta situación a nuestras nuevas formas de colonialismos y esclavitud, también en nombre del progreso- con la connivencia del imperio británico. No hay progreso que exportemos, ni civilización superior. Lo que hay es una explotación brutal de los indígenas, una destrucción de sus culturas, sus medios de vida y su propia existencia, sólo con el fin de explotar sus riquezas para el mantenimiento de la metrópolis. El discurso de la colonización como civilización del bárbaro, como exportación del progreso científico y el avance moral y político, resulta no ser más que una ideología bajo la que se esconde, pura y simplemente, el etnocidio y el genocidio. El mismo desengaño tendrá cuando viaja a la Amazonia. Lo que se encuentra es un mercado en que las multinacionales dominan y engañan a los políticos. El mercado crea sus reglas, la máxima producción y la máxima riqueza, a costa del aborigen. El mercado promete el bienestar por medio del trabajo, pero lo que hace es destruir la selva, el hogar del aborigen y convertirlo en esclavo, una mano de obra bien barata. Toda la vida de Roger se dirige a la denuncia de estas explotaciones, tanto en el Congo, como en la Amazonia. Y obtiene sus éxitos. Su inteligencia y su corazón están con el débil. Para eso ha tenido que sufrir una profunda transformación interior. Ha tenido que descubrir que el pensamiento hegemónico no era más que engaño, ideología. Se ha tenido que rebelar contra los poderes establecidos. Su lucha interior no es menor que los problemas que su actitud valiente le irán ocasionando con respecto al poder.

 

            Pero, poco a poco, nuestro personaje, se va sensibilizando con la causa independentista irlandesa, a la par que se enfrenta a la corona británica de la que reniega al hacerse y autoproclamarse irlandés. Es éste el sueño del celta. Roger reivindica la identidad irlandesa en la cultura celta e idioma gaélico. Pero, es curioso, como Vargas llosa, enemigo del nacionalismo, tesis que comparto, se muestra tremendamente comprensivo con el protagonista. No se ve una crítica al falso concepto de identidad, sí al fanatismo con el que algunos lo defienden y si realmente merece la pena matar y morir por estas ideologías. Pero hay una línea de unión importante, que yo comparto, en la lucha del protagonista contra el colonialismo y en la defensa del nacionalismo. Podemos pensar que el nacionalismo es una idea equivocada, que la identidad es un mito. Pero el Nobel no sitúa aquí la lucha de su protagonista en la defensa de la independencia irlandesa de la corona británica. La lucha se sitúa en la idea de explotación. Lo que une la maldad moral del colonialismo y la lucha independentista es lo mismo: la explotación y dominación del fuerte por el débil. Podemos participar o no del nacionalismo y la teoría de la identidad. Pero lo que sí queda claro es que donde hay oprimidos hay injusticia, donde el ser humano es tratado como objeto, hay injusticia, donde la dignidad no cuenta, hay injusticia y la lucha debe dirigirse contra el poder que hace posible esta injusticia. Por eso la lucha es la lucha por la dignidad de las personas. En suma una excelente obra literaria y una profunda reflexión politico-filosófica.