Te recomiendo, Miguel, un libro de hace más de una década de la economista y filósofa, Susan George “Informe Lugano” es un libro de política ficción. Ahora mismo, para mí, es escalofriante porque resulta que parece ser que se cumple punto por punto. No sé, será que tanta crisis nos está haciendo perder el norte y vuelven los miedos ancestrales cuando no es para tanto…pero la cosa da para libro o película de ficción-terror. Siempre podemos tener en nuestro horizonte que el hombre es capaz de cualquier cosa. La historia lo muestra y el siglo XX es impensable. Es más, lo que ha ocurrido en el siglo XX es impensable, escapa a la razón, como he leído en un muy recomendable libro de Reyes Mate, filósofo y premio nacional de ensayo en su última obra “Tratado sobre la injusticia.” Saludos. “Es más difícil honrar a los sin nombre que a los famosos. A la memoria de los sin-nombre está consagrada la historia.” Walter Benjamín” esta es la cita que encabeza el libro. Tod el tratado es un profunda reflexión sobre ella, la historia, la memoria y la naturaleza humana.
Biocentrismo y educación.
Volvemos una vez más sobre el sempiterno tema de la educación. Esta vez no para hacer una crítica sesuda de los que yo creo equivocados principios sobre los que se basa la educación. Por el contrario, me voy a referir a los objetivos y, en concreto, al objetivo fundamental que debe perseguir la educación si queremos conservar un futuro.
Pero antes tenemos que señalar cuáles son los objetivos fundamentales de la educación en la actualidad, tanto en la secundaria como en la superior, Plan Bolonia. Pues bien, he de decir muy a mi pesar que la educación se inscribe dentro del paradigma clásico de la economía neoliberal. La formación de los ciudadanos tiene como objetivo, fundamentalmente, la productividad. Se forma a los ciudadanos –y esto se toma como una inversión- para que en un futuro sean productibles. Es decir, que la economía neoliberal, incardinada en el paradigma ortodoxo y clásico de la economía, considera que lo que importa es el crecimiento económico y, por ello, es necesario que la formación vaya dirigida a la productividad. Cuanto más se produzca pues mucho mejor para el sistema. Por otro lado, se tiende a eliminar la capacidad crítica del alumno, porque en el fondo no se pretende formar a personas, sino a instrumentos intercambiables. Los ciudadanos son considerados como mercancía cuyo valor reside en su capacidad de producción que es medible y cuantificable. Por eso uno de los objetivos fundamentales de la educación superior es la adaptabilidad. El estudiante, futuro ciudadano, tiene que estar preparado para adaptarse a la sociedad que le ha tocado vivir. Esto es muy curioso porque no se le deja que se pueda plantear el nivel de justicia o injusticia que pueda haber en esa sociedad. No, adaptarse y punto. Productividad y adaptación, ese ha sido el proceso de domesticación al que ha sido sometido el ciudadano desde la cuna a la tumba. De tal forma que en un mundo supuestamente libre lo que nos encontramos son zombis ambulantes que repiten eternamente sus rutinas y que, de vez en cuando, tienen un regalo para entretenerse, un caramelo. Y además, todo ello, adobado con la farsa de la democracia. Se nos hace pensar, domesticándonos, que vivimos en democracia, que somos libres, que tenemos libertad de expresión, cuando esto no son más que palabras gastadas que no tienen ningún sentido salvo el de mantener el engaño.
Mi visión es muy distinta. En primer lugar considero que la educación debe ser el proceso por el cual la humanidad se emancipe del poder, de toda forma de poder. Sé que quizás esto sea un imposible, porque la educación es precisamente uno de los instrumentos que el poder utiliza para domesticar. Lo que habría es que concebir la educación desde otra perspectiva que amplificase la autonomía y la pluralidad y que la garantía del estado en lo referente a la educación sea sólo una garantía y no una domesticación. Pues bien, en este sentido son dos los objetivos fundamentales que debe alcanzar la educación. En primer lugar, uno que ya he repetido muchas veces, pero que siempre será necesario recordar y es el de que la educación debe formar personas. Y una persona es un sujeto autónomo y libre. Alguien con capacidad de elección y de crítica. Una persona capaz de mirar al mundo cara a cara y decir lo que no le gusta y qué es lo que habría que cambiar. Todo lo contrario al animal doméstico que pretende producir el neoliberalismo, en definitiva, una pieza de recambio. Esto en primer lugar. Es decir, que la educación debe producir la ilustración. De ahí que yo considere la Ilustración un proyecto inacabado. Pero hay otro objetivo fundamental de la educación del siglo XXI y del que depende literalmente nuestro futuro. Y este nuevo objetivo se incardina en el cambio hacia un nuevo paradigma que ha de venir, pues el anterior está agotado y, por lo demás, todos podemos caer con él. Sería el colapso definitivo.
El problema es el siguiente: la economía –y toda nuestra tradición filosófica y religiosa- está anclada en la idea del dominio del hombre sobre la naturaleza. Esto por mandato divino y por la propia capacidad técnica humana. Todo lo cual nos lleva al imperativo tecnológico. Todo lo que se puede inventar se inventa y todo lo que se puede aplicar se aplica. El imperativo tecnológico se puede entender también como una forma de entender la historia en el sentido en el que el movimiento histórico se interpreta como una consecuencia del cambio tecnológico. Es la tecnología la que cambia la historia. Esto es un reduccionismo y, como tal, falso, pero es una de las ideas, que se ha convertido en la religión de la tecnología salvadora, que baraja el neoliberalismo. Por otro lado esta economía no reconoce límites al crecimiento económico. Es más, todas sus medidas económicas están dirigidas al incremento del crecimiento. Y lo que subyace a toda esta idea es el enfrentamiento entre hombre y naturaleza. Y es aquí donde está el error. Esta idea equivocada y que nos ha llevado a la situación de encrucijada en la que nos encontramos es un grave error. Somos animales pertenecientes a una ecosfera. Y nuestra existencia es una existencia en pie de igualdad con el resto de los animales. La biosfera forma un sistema orgánico; es decir, un sistema de equilibrio, si el equilibrio se rompe el sistema tiende a buscar otra forma de equilibrio, a no ser que el daño sea muy elevado y todo el sistema perezca. Pero esa no es la situación actual de nuestra biosfera. Tenemos que ser conscientes de que somos elementos de la biosfera que han tenido una idea equivocada de la relación con ella, que nos hemos considerado dueños y señores de la misma, y eso ha producido un grave daño del que los primeros perjudicados somos nosotros. Y todo ello nos lleva a su explotación, lo cual ha producido un cambio profundo en su equilibrio. Somos los causantes de ese desequilibrio y precisamente por una idea equivocada que todavía se sigue impartiendo en las escuelas y las universidades, que es una idea comúnmente aceptada. Pues bien, yo propongo como reto y como ideal que el objetivo fundamental de la educación es enseñar a los futuros ciudadanos el biocentrismo; esto es, hasta ahora hemos vivido en el antropocentrismo. Si queremos sobrevivir, además de que el biocentrismo es la idea acertada, tenemos que pasar al ecocentrismo. Debemos ser capaces de considerarnos miembros de la ecosfera y ser sus cuidadores. De su cuidado depende el futuro, me refiero al futuro de la raza humana, o, al menos, de nuestra civilización. Si el futuro ciudadano asume el biocentrismo habremos cambiado de paradigma y abandonaremos todo aquello perverso del paradigma anterior que, por lo demás, nos tiene al borde del colapso. De este gran cambio educativo, unido al de la ilustración, que si lo observamos son inseparables, depende la supervivencia y el modo de supervivencia de las futuras generaciones.
Hay que dejarse de plantearse el tema de la felicidad que no es más que un opio del modernismo y rescatar la libertad y la virtud. La virtud nos hace libres. Pero la libertad nos puede llevar a la tortura, el mal radical y la muerte. La historia está plagada de todo esto. A Punset se le ha ido la cosa de las manos. Ha confundido felicidad, en sentido profundo y filosófico, por ejemplo Aristóteles, el hombre feliz es el que tiene el supremo bien, la virtud, pero la virtud es trabajo y esfuerzo contra el vicio que siempre tira de nuestra voluntad, pero el que domina el vicio, con el esfuerzo, se hace libre; lo ha confundido decía con el bienestar. Y esto es un error, sobe todo cuando se traslada a la educación. Estas teorías de Punset, bueno que él divulga, les están viniendo de perlas a los teóricos logsianos. Insisto, la cosa es peligrosa. La felicidad hoy en día no es más que opio para el pueblo. Todos quieren ser felices, eso es síntoma de narcisismo individualista fruto del posmodernismo. La misión es la recuperación de la libertad, la virtud, la dignidad y el sentimiento empático de que todos formamos parte de la biosfera. Esos son los objetivos fundamentales de la educación. No la productividad, ni el bienestar, eso es meramente animal.
Es cierto Fernando, pero ya escribí un largo artículo sobre el asunto. El caso es que también salió un libro titulado Superficiales ¿en qué está convirtiendo nuestras mentes Internet? Hace un análisis a nivel histórico de los diferentes cambios en la comunicación y lo relaciona con las diferentes formas de acceder al conocimiento y las distintas formas de la afectividad. Luego hace un estudio sobre la impresión real que esto deja en nuestros cerebros, esto es lo apabullante, porque conocemos con el cerebro, el mundo está en nuestro cerebro. ¿Sabes el cambio, no sólo externo para el ámbito del conocimiento, sino a nivel neuronal cuando se pasó, por el hábito de San Ambrosio, del acto de leer en voz alta a la lectura en silencio. ¿Y la imprenta? Sin el acceso de la burguesía a las novelas no habría habido posibilidad de empatizar, de ponerse en el lugar del otro y, sin eso, la Ilustración, con sus derechos del hombre y del ciudadano, que eliminan la tortura no hubiesen sido posibles. Sócrates tenía razón, el pensamiento es diálogo, construcción, la escritura lo mata. Pero se equivoca, porque no lo mata, lo transforma. Por otro lado Ortega dice que somos esencialmente técnicos y la técnica es la producción de lo superfluo. Vivimos de lo superfluo, ¿qué es si no el arte, la ciencia y la filosofía? No entro ni a la religión ni al derecho, puesto que como animales sociales que somos son absolutamente necesarios para la supervivencia. Todo lo demás nos sobra, pero nos es necesario en tanto que vivimos de lo que nos sobra, de lo superfluo que produce la técnica. Y por eso tenemos historia. La vida es mestizaje, cambio, fluir, nos lo enseñó el viejo Heráclito y nos lo recordó Nietzsche. No hay dioses, dios ha muerto y nosotros somos sus propios sepultureros. Todos es provisional…la historia empieza en cada momento.
El laicismo. Del fanatismo de Juan Pablo II al integrismo de Benedicto XVI.
Se nos quiere hacer ver que el laicismo es un término que implica una hostilidad frente a la iglesia, que significa anticlerical. Frente a ello, se propone el término de laicidad. Esto es un auténtico error y una farsa. Se nos intenta engañar por medio del lenguaje. El laicismo es un ideal teórico y práctico surgido en la Ilustración y que se sumerge en todo lo que ella significa, sobre todo, tolerancia y respeto y, por su puesto democracia. Es muy importante tener en cuenta que no existe la democracia sin el laicismo, o que el laicismo va implícito en los caracteres de la democracia.
El laicismo es la consideración de que el estado y las iglesias, sean cuales sean, deben ir separadas. Esto no quiere decir, como vienen sosteniendo últimamente Habermas, que las iglesias no puedan intervenir en el diálogo público, en esa sociedad comunicativa, pero, para ello, han de renunciar a algo esencial, sobre todo a las doctrinas del libro, la verdad. La religión reclama toda la verdad para sí. Eso es absurdo y, lo peor, intolerante. Este principio es el que nos lleva, precisamente, a la intolerancia de la iglesia, es decir, al fanatismo y de éste, al integrismo. Y del último a la violencia sólo hay el paso de ser poseedores del poder. Cuando alguien reclama para sí toda la verdad trata de imponerla a los demás. Y si resulta que ese alguien es poseedor del poder, lo hará por la fuerza. La historia es maestra de esto, y no me refiero sólo a la religión cristiana, sino a toda forma totalitaria de pensamiento.
El laicismo, por el contrario, tiene como base el diálogo. Y el diálogo es la búsqueda en común de la verdad, es la suposición de que nadie tiene la verdad absoluta. Que en política, en la res pública hay que pactar. Y que si la iglesia quiere participar en este debate lo debe hacer desde las reglas de la democracia y no del totalitarismo epistemológico y moral. La Ilustración conquista precisamente la virtud de la tolerancia, que se muestra en el respeto al otro. Pero este respeto, dentro del marco democrático, no es un respeto pasivo, sino activo. Con ello quiero decir que de lo que se trata es de que se fomente el diálogo y para que éste se de hay que suponer la posibilidad del error de nuestras opiniones. El dialogo nos permitirá acceder a una verdad superior y más universal. Es el único instrumento con el que contamos.
Y esto se relaciona con el que creo que es el último libro del teólogo Juan José Tamayo “Juan Pablo II y Benedicto XVI, del fanatismo al integrismo”. Libro lúcido, claro y, sobre todo, comprometido con una teología heterodoxa, más allá de la esclerosis de la iglesia, que caracteriza al autor. El punto común del libro es que ambos papas han dado la espalda al concilio Vaticano II con todo lo que ello significa. Y, en segundo lugar, ambos pontífices declaran como el origen de todos los males actuales a la modernidad, esto es, la Ilustración. Estoy absolutamente de acuerdo con las tesis de Tamayo. Y el libro es un recorrido por ambos papados, no es un tratado de teología arduo y sesudo. Simplemente se van marcando las posiciones de los autores a través de sus encíclicas, viajes, discursos, etc. un libro que quiere llegar a todo el mundo porque la intención que tiene es mostrar que hay otra iglesia que no es la oficial y es la que defiende la justicia, lucha contra la miseria, no participa del ideal neoliberal, procura el dialogo intercultural e interreligioso, practica y cree más en la ética que en la dogmática, y así.
Es un error considerar a la modernidad como el origen de todos los males. Puedo admitir, y así lo he defendido en algún escrito, que la razón ilustrada se pervirtió, y de esa perversión surgieron tremendos males contra la humanidad, surgió el mal radical. Pero esto no es la normalidad de la razón ilustrada, que hizo posible el surgimiento de los derechos humanos y de la democracia, proyectos en los que estamos imbuidos porque están inacabados. Y tampoco se refieren los papados a esto. Lo que vienen a decir es que la modernidad trajo, al imponer a la razón como el criterio de la verdad, el relativismo. Y esto, ¿por qué?, pues muy sencillo, porque la razón elimina a la fe y al poder de la superstición. Y, algo más importante, porque la razón no nos lleva a la verdad absoluta, salvo cuando se pervierte, sino que se ejerce en diálogo dentro de un marco político que es el de la democracia. De ahí lo de fanatismo e integrismo. Cuando uno cree que su conjunto de verdades o pensamientos sobre el mundo son los únicos y verdaderos es un fanático y esto es lo que le ocurrió a Juan Pablo II. La cosa es grave, porque excluye la posibilidad de diálogo, cierra todas las puertas. El concilio Vaticano II había anulado un principio eclesial intolerante y que cerraba el diálogo de la iglesia con la sociedad y el resto de religiones, era el principio de que fuera de la iglesia no hay salvación; principio que rigió desde Constantino hasta nuestros días. Pues esto fue abolido y fue un gran paso porque de un plumazo eliminó el fanatismo, las puertas estaban abiertas al diálogo. Pues no, Juan Pablo II se pliega sobre sí mismo y cae en el fanatismo. Pero Benedicto XVI va mucho más lejos, su fanatismo se convierte en integrismo. Es decir, elimina la posibilidad del dialogo porque declara la falsedad y herejía de todo aquello que no concuerde con la ortodoxia de la iglesia que, por otra pare, es él mismo. Esto le lleva a la persecución de cualquier discrepancia dentro de la iglesia y a cerrar las puertas al diálogo interreligioso. El integrismo es, además de una postura cerrada, una postura beligerante. Su enemigo fundamental es la modernidad. Es bien cierto, y coincido en su análisis, que la sociedad posmoderna es egoísta, superficial, consumista, falta de espíritu, de sacrificio y de espiritualidad. Pero esto no es el resultado de la modernidad, sino de una de las formas pervertidas de la modernidad, el neoliberalismo posmoderno. Curiosamente convertido en una religión. Una religión sutil a la que no sabemos ni que pertenecemos. Una religión que ha alineado nuestro cerebro de forma tan perfecta que no teneos criterios para distinguir si en ella hay algún pensamiento nuestro. El combate contra todo esto es: más ilustración. La opción del papa es la de la guerra, metafóricamente, proponer su pensamiento como pensamiento único y salvador. Me temo que por esta vía la iglesia se quede vacía. La alternativa a la iglesia es la de una iglesia abierta al mundo, al diálogo religioso, a las injusticias políticas y económicas. Una iglesia de la liberación y de los pobres. Una iglesia en dialogo con la política y el mercado, pero que nunca se piense poseedora de la verdad. Y el lema de esa iglesia es, como dice Jon Sobrino, teólogo de la liberación, “fuera de los pobres no hay salvación”
Con lo que no estoy de acuerdo es con tu última frase. Hay una cosa importante, la religión es lo que da la esperanza. Si el hombre no fuese un ser desesperanzado no habría religión. Es decir, si el hombre no es un ser contingente y con conciencia de su finitud y muerte no hay religión que valga. La esperanza es lo que la religión nos ofrece. Por eso, cuando la religión fue sustituida se suplantó por ideologías políticas e incluso tecnciemtíficas totalitarias que daban un sentido último a la vida y la sociedad. Pero aquí es donde reside el tema. El hombre es un ser contingente, tanto a nivel de especie como individual. Esto lo podemos creer o no, aunque es cuestión científica probada. (Eso sin equiparar ciencia a verdad) Si no lo creemos es porque necesitamos de la esperanza. El hecho de nuestra contingencia nos lleva a que la esperanza no existe en términos absolutos, sino que depende de cada uno de nosotros y del proyecto de la humanidad en su totalidad. Que, dicho sea de paso, por el camino que vamos, no creo que sea el más adecuado. Por eso el hombre debe ser el artífice de su propia esperanza; o, si no puede, de su desesperación.
Y hay otra cosa importante. La religión no pone al hombre en el centro como espectador privilegiado. No, de ninguna de las maneras. La religión privilegia al hombre en el sentido en el que lo convierte en dueño y señor de la creación. Todo está hecho para el hombre, para su uso y disfrute. Y resulta que esta tradición cristiana unida al surgimiento de la ciencia en el Renacimiento de la mano de Bacon, pues originó el pensamiento tecnocientífico que nos ha llevado a la situación de precolapso en la que estamos. Me explico. El pensamiento tecnocientífico hizo realidad el mandato bíblico “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” En ninguna religión pudo pasar esto. Incluso si hubiese aparecido el saber tecnocientífico en otra civilización, su desarrollo y transcurrir hubiese sido distinto. El hombre es proclamado dueño y señor, y así se ha comportado, no espectador. Precisamente, espectadores del universo nos ha hecho la ciencia desvelándonos los insondables misterios que esconde y los aún por descubrir. Por el contrario, el hombre no es ni centro, ni señor, ni nada de eso. El hombre es un ser contingente que apareció como pudo no haber aparecido, que habita una galaxia vulgar, alojado en el lateral de una de sus espirales y cuya existencia es un suspiro en la inmensidad del tempo cósmico. Si reducimos el tiempo del universo a un año, la revolución industrial ocuparía el último segundo del tiempo cósmico. Y como todo lo que nace muere, el hombre es una especie llamada a desaparecer o trasformarse en otra cosa. Lo único que nos cabe esperar es que la situación actual no sea el fin. Aquí mi esperanza no tiene nada que ver con la religión, sino con la capacidad humana, ético-política-tecnológica de salvar este gran obstáculo.
“Los hombres no son naturalmente ni reyes ni grandes, ni cortesanos ni ricos; todos han nacido desnudos y pobres, todos sujetos a las miserias de la vida, a los pesares, a los males, a los dolores de toda clase; en fin, todos estamos condenados a morir. He aquí lo que es verdaderamente el hombre, he aquí de lo que ningún mortal está exento.” Rousseau. Emilio
Unas bellas palabras para definir la igualdad del hombre a las que no es posible añadir nada más. Quizás el comienzo de la última obra del autor Meditaciones de un paseante solitario, que desde la primera vez que las leí hace casi treinta años me atrajeron como un imán. En esta primera frase de su esrito Rousseau iguala al hombre en la soledad, “compañera” de viaje de la que no se puede escapar: Heme, pues, aquí, en el mundo solo sin mas amigo, prójimo, ni compañía, que yo mismo.
Nunca he sido partidario del pensamiento positivo. Es una forma de control y de autoengaño. Siempre he preferido el escepticismo y la crítica. El hombre no es un ser al que se le pueda pedir demasiado.
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El mundo es incognoscible por la propia estructura interna de nuestra sistema cognitivo, además de por nuestros factores externos, socio-culturales. A pesar de ello, tenemos una fracción de conocimiento del universo que, por lo demás, es curioso, somos parte del universo que se hace consciente de sí mismo. No hay preguntas sin respuestas. Estas son falsas preguntas. Lo que sucede es que nos planteamos cuestiones sin solución, porque no son tales cuestiones y encontramos la solución en la religión. Así la religión ampara nuestra ignorancia. Es el dios tapaagugeros del teólogo Bonhofer. Creo que lo mejor es dejar las cosas de la ciencia para la ciencia y las de la fe para la fe. El problema es que el camino de la ciencia, por un lado, más el camino de la investigación histórico crítica de las escrituras, por otro, nos pueden explicar con bastante claridad el fenómeno religiosos. Ahora bien, eso no implica que esto convenza a nadie y deje de creer. Simplemente, cuando creemos tenemos ciertas redes neuronales activadas, cuando dudamos, otras, cuando demostramos otras. En fin, que existe una incompatibilidad, a nivel de estructura cerebral, entre racionalidad y creencia. Por eso no es cierto que el hombre sea un animal racional. Y por eso fuimos capaces de inventar el pensamiento mágico, después el mítico y sobre éste el religioso. Después llegó la filosofía y la ciencia. La diferencia entre los anteriores y éstas es que la filosofía y la ciencia pueden dar razón de la religión el mito y la magia. A la inversa, no. Pero insisto. Por mucho que esto se diga, el creyente seguirá siendo creyente y, como se dice, dirá, junto con Pascal gran matemático y creyente “El corazón tiene razones que la razón no entiende.”